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domingo, 14 de abril de 2024

Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias, algo distinto tiene que producirse dentro de nosotros en la celebración y en la vida

 


Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias, algo distinto tiene que producirse dentro de nosotros en la celebración y en la vida

Hechos de los Apóstoles 3, 13-15. 17-19; Sal. 4; 1Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48

Les estaba costando a los discípulos aceptar y comprender la resurrección de Jesús. Dudaban de quienes habían tenido ya la experiencia del encuentro con Cristo resucitado y ellos mismos ante su presencia aunque llenos de gozo al tiempo se sentían como intimidados al contemplar y sentir la presencia de Cristo resucitado entre ellos.

Nosotros también muchas veces tenemos nuestras dudas, no terminamos de entender como les sucedía a ellos. Fácilmente podemos quedarnos en un hecho racional, como si lo tuviéramos solo en la cabeza, y otras veces nuestro espíritu no está lo suficientemente abierto – seguimos con muchas puertas cerradas – como para saber experimentar, vivir la presencia del Señor en nuestra vida.

Podemos tener unas celebraciones gozosas de pascua en las que cantemos a pleno pulmón el aleluya de la resurrección, pero ¿dentro de nosotros que ha sucedido? ¿Llegaremos en verdad a dar el paso de fe de sentir que Jesús está ahí con nosotros de la misma manera que resucitado estaba con los discípulos, por ejemplo, en el cenáculo? 

Podemos seguir con la tentación de pensar en una resurrección corpórea, como quien vuelve a vivir la misma vida, y eso ya no lo podemos palpar nosotros aquí y ahora en nuestra vida y en nuestras celebraciones; y vienen las dudas, se nos debilita la fe, perdemos el entusiasmo de quien ha vivido de verdad la pascua, por eso caemos tan fácilmente una y otra vez en la misma tibieza espiritual.

Es un misterio, es cierto, donde tenemos que poner a tope nuestra fe. Es un misterio en el que tenemos que dejar conducir por el espíritu de Jesús, y comenzar a sentirlo allá en lo más hondo de nosotros mismos. No fueron suficientes los ojos de la carne a aquellos primeros discípulos para creer en Cristo resucitado, porque incluso cuando estaba con ellos, como hoy mismo hemos escuchado en el evangelio, ellos se habían llenado de temor y no terminaban de creer. Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que entendieran las Escrituras, como nos dice hoy mismo el evangelio, para que pudieran comenzar a creer que era el verdaderamente resucitado y luego comenzaran a anunciarlo por el mundo. ‘Vosotros sois testigos de esto’, les dice Jesús.

‘Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

El pasaje del evangelio que hoy escuchamos nos habla de la vuelta de los discípulos que habían ido a Emaús y habían tenido el encuentro con Jesús. Habían vuelto y contaban cuanto les había sucedido, y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Y es entonces cuando de nuevo Jesús se les manifiesta, allí reunidos en el cenáculo, y como hemos venido comentando porque ‘aterrorizados y llenos de miedo creían ver un espíritu’. Pero era Jesús, aunque seguían atónitos. Y les explicaba que ‘era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí’. 

Un misterio grande y doloroso había significado para ellos la pasión y la muerte de Jesús. Era necesario que comprendiera que era lo anunciado en las Escrituras. Era necesario que comenzaran a sentir esa presencia de Cristo resucitado con ellos, que ya no sería solo en los momentos de las apariciones, sino que sería que lo que siempre habría de vivir su Iglesia, lo que siempre hemos de vivir los que creemos en El.

Que en verdad siempre que nos reunamos en su nombre sepamos sentir su presencia. Que cuando vivimos nuestras celebraciones, no nos quedemos en un rito más o menos bellamente realizado, sino que allá en lo más hondo de nosotros mismos sintamos, vivamos esa presencia de Jesús. Qué lástima la frialdad de nuestras Eucaristías; Allí estamos fría y formalmente para realizar unos ritos, y de la misma manera fría saldremos de nuestra celebración sin llevar la alegría del encuentro con Cristo para anunciarlo a los demás. Frías nuestras celebraciones no solo por nuestra escasa participación, somos demasiado espectadores y oyentes en nuestras celebraciones, pero también porque nos falta expresar ese gozo y esa alegría del encuentro con el Señor que tendrían que ser siempre verdaderas fiestas llenas de alegría.

Qué bonita decimos tantas veces fue la celebración, porque se hicieron unos ritos perfectos y solemnes, escuchamos unos coros que decimos que nos sonaban a cielo, escuchamos unos lectores que a perfección proclamaron las lecturas, pero allí estábamos pasivamente en nuestro banco o en nuestro sitio sin ponerle calor a aquella celebración. Si vivimos la presencia de Cristo resucitado con todas sus consecuencias no solo vamos a contemplar esos ritos, que decimos nos saben a gloria, sino que algo distintos tiene que producirse dentro de nosotros. 

Mucho tenemos que revisarnos, nuevos planteamientos tenemos que hacernos, nueva y distinta forma hemos de tener para celebrar. Con Cristo resucitado todo tiene que ser distinto.

viernes, 23 de abril de 2021

Comulgar no es solo lo material de comer un pan, sino realmente algo místico porque solo desde la mística de la unión con Dios podremos comprenderlo en toda su plenitud

 


Comulgar no es solo lo material de comer un pan, sino realmente algo místico porque solo desde la mística de la unión con Dios podremos comprenderlo en toda su plenitud

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

¡Esto es de locura! Reaccionamos en alguna ocasión cuando lo que nos cuentan parece  imposible, cuando la noticia que nos están dando se salta todas las normalidades, cuando aquello que hace o que dice aquella persona no nos cabe en nuestra cabeza y decimos que quien dice eso o quien hace cosas semejantes no está en sus cabales. ¿Cómo reaccionar? Si no nos queremos complicar la vida tratamos de olvidarlo, darle la espalda a aquel hecho que nos parece de locura o no mezclarnos con personas que demos actuar así.

Pues eso les pareció aquella mañana a las gentes que estaban en la sinagoga de Cafarnaún lo que les estaba diciendo Jesús. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ se preguntan y no hay manera de entender lo que Jesús les está diciendo porque se sale de lo normal. ¿Cómo vamos a comer la carne de una persona? El les había dicho: ‘En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida’.

Bueno, fueron las gentes de Cafarnaún aquel día, pero también han sido muchos a través de los tiempos, como sigue sucediendo hoy mismo, que no entienden, a los que no les caben en la cabeza estas palabras de Jesús. Fue motivo de rechazo entonces como sigue siéndolo hoy cuando no intentamos entrar en la órbita y en el sentido de Jesús para entender sus palabras. Algunas veces parece que somos medio infantiles para hacernos unas interpretaciones tan literales que poco menos – perdonen la expresión – que nos vemos chorreando sangre desde nuestros labios.

Tampoco hemos de irnos a hacernos interpretaciones tan melifluas que lleguemos a desvirtuar y hacer que pierdan sentido las palabras de Jesús. Tenemos que entrar en una órbita de la fe para fiarnos de la palabra de Jesús, pero para sentir tanto deseo de vivir unidos a El que lleguemos a entender la comunión de vida y amor que podemos llegar a tener en Jesús. Fijémonos en lo que termina diciéndonos hoy Jesús. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’. No es una unión cualquiera, se trata de que comemos a Jesús de tal manera que habita en nosotros y que nosotros terminamos habitando en El.

Ya hemos comentado que estas palabras de Jesús llegarán a tener plena comprensión para nosotros cuando llegue la noche del Jueves Santo, cuando Jesús nos dé el signo de su cuerpo, de su carne, de su sangre en el pan y el vino que se hacen eucaristía. No vamos a comer un pan cualquiera sino que vamos a comer a Cristo mismo, su cuerpo y su Sangre que se hacen vida en nosotros. Por eso tan tajantemente nos dice que si no comemos su carne y no bebemos su sangre no tenemos vida en nosotros, porque el que come su carne y bebe su sangre tendrá vida eterna y El nos resucitará en el último día.

Como decíamos, no es una unión cualquiera; no son simplemente como unas personas que se juntan porque tienen un proyecto común; no es simplemente como el hecho de estar junto al otro porque su compañía se hace agradable para mí; no es acercarme a alguien porque simplemente lo necesito y vengo a pedir ayuda en mi necesidad; no es la compañía de unos amigos que porque se quieren comparten muchas cosas en lo material y también en lo espiritual. Todo esto puede ser muy hermoso pero la unión que llegamos a vivir con Jesús es mucho más. Como nos dice habita en nosotros y nosotros en El.

Comulgar no es simplemente recibir algo hermoso, un regalo que nos hacen porque nos quieren. Comulgar es entrar en comunión, en esa unión tan profunda en que llegaremos a sentir en nosotros todo el misterio de Dios, todo el misterio de su amor. Comulgar no es un rito ni una rutina, comulgar significa una vida porque es entrar en comunión de vida desde el amor que Dios nos tiene y al que correspondo con mi pobre amor. Comulgar no es solo una cosa material que hacemos de comer un pan, sino que es realmente algo místico porque solo desde la mística de la unión con Dios podremos comprenderlo en toda su plenitud.

Mucho tendríamos que preguntarnos cómo son nuestras comuniones, qué hay de todo esto cada vez que nos acercamos a la comunión del Cuerpo de Cristo. A la larga sí tenemos que decirnos que es una locura, una locura de amor de Dios.

 

martes, 9 de febrero de 2021

Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

 


Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Ahora sí toca lavarse las manos. Nos lo están repitiendo, como solemos decir, por activa y por pasiva; dada la situación y peligro de contagio que ahora vivimos una de las normas que han tratado de imponernos o al menos convencernos de que es muy importante que lo hagamos, es lo de lavarse las manos; cuando vamos a algún sitio, salimos o entramos en casa, estamos en contacto con lugares o personas donde habitualmente no hacemos la vida, nos ofrecen ese gel con alcohol para que evitemos algún tipo de contagio. Hoy es necesario y no podemos, es cierto, tomarlo a la ligera, cuando además podemos poner en peligro también la salud de los demás.


Pero pensemos en cuando pase todo esto, hayamos vencido este virus y no andemos con la mosca tras la oreja con el peligro de contagios, pensemos, digo, que esto se nos trate de imponer prolongando la norma y hasta le diéramos un sentido sagrado o religioso. Diríamos que nos estamos saliendo de madre, porque una cosa es ese lavarnos por higiene y en evitación de peligros de contagios y otra que lleguemos a convertirlo en un signo religioso que si no lo realizamos lo estamos convirtiendo hasta en pecado.

Eso pasaba entre los judíos. Eran gente del desierto en su origen, habían vivido trashumantes de un lugar para otro y en condiciones donde la higiene no era fácil, sobre todo viviendo en lugares desérticos, y las enfermedades se contagiaban fácilmente de unos a otros por esa falta de higiene. Sabiamente, podríamos decir, con la sabiduría del hombre del desierto, se implicaba a la gente en tratar de vivir higiénicamente de la mejor manera posible; quienes hemos vivido en el campo y con costumbres campesinas en el cuidado de ganados, por ejemplo, sabemos como tenemos que cuidar esa higiene para no caer en infecciones innecesarias.

Pero esto se había convertido en ley en el pueblo judío y en ley de carácter religioso; la purificación no era ya el cuidado de la higiene sino que se convertía en tema de impureza legal y religiosa; sabemos de lo estrictos que eran sobre todo en el peligro de contagio de algunas enfermedades como era la lepra, y todas las consecuencias que tenia en la convivencia de la gente cada día.

Es lo que ahora los fariseos le están planteando a Jesús, sobre todo en relación a sus discípulos y las costumbres que veían que tenían. Sentarse a la mesa para comer el pan sin antes lavarse las manos no era cuestión solo de higiene por aquello de lo que hubiéramos tocado anteriormente, sino que se convertía en algo con un sentido religioso y formal, era una impureza legal de la que estaban echando en cara a Jesús por permitirlo a los discípulos.

Jesús quiere hacerles comprender el sentido de las normas y como no podemos quedarnos en cosas externas sino que tenemos que ir a lo más hondo del corazón. ¿De qué nos vale que externamente nos presentemos muy rectos y cumplidores si interiormente nuestro corazón está lejos de la verdadera ley de Dios? Jesús les pone incluso el ejemplo de la ofrenda que hacían al templo de sus bienes y ya no se veían obligados a la atención de sus padres, de sus mayores. ¿Dónde quedaba entonces el cuarto mandamiento de honrar a los padres?

Empleamos mucho esfuerzo en esa limpieza externa, en el cumplimiento de las normas, pero, ¿dónde tenemos puesto nuestro pensamiento? Es como cuando vamos a una celebración y estamos tan pendientes de los más pequeños ritos que al final estamos tan distraídos en ello que no terminamos de vivir nuestra unión con Dios.

Nada tendría que distraernos de lo que es verdaderamente importante; muy preocupados, por ejemplo, por el porte externo e incluso la vestimenta de quien está haciendo una lectura en una celebración pero no estamos prestando atención a lo que en esa lectura se nos está diciendo de parte de Dios. ¡Cuántas veces andamos así de distraídos! Estoy poniendo estos ejemplos pero en cuántas cosas nos sucede en la vida que le damos más importancia a lo secundario que a lo que es lo fundamental.

Ahora toca lavarnos las manos, decía al principio, haciendo referencia a la situación de pandemia en que vivimos; pero ahora toca purificarnos interiormente tenemos que decir porque hay algo que sí nos mancha por dentro cuando dejamos meter las raíces del mal en nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado.

martes, 4 de agosto de 2020

Hacer las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las manos para los fariseos


Hacer las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las manos para los fariseos

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Sal 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

En los momentos que vivimos parece que se ha puesto de modo de nuevo el lavarnos las manos para todo; nos encontramos en la entrada de cualquier establecimiento o de cualquier lugar publico el gel que se nos facilita para que podamos realizar ese preceptivo lavado de manos. Como si no nos hubieran enseñado desde pequeños que tenemos que ser limpios y tenemos que lavarnos frecuentemente las manos. Ahora con el tema de la pandemia y la prevención con que hemos de actuar – lo que parece muy conveniente y necesario – se ha convertido en norma de obligado cumplimiento. ¿Podríamos llegar a convertirlo hasta en un rito religioso?

Bueno, eso es lo que parece que pasaba en tiempos de Jesús. Lo que era una norma higiénica necesaria, pensemos que en su origen el pueblo hebreo era un pueblo nómada y trashumante que andaba por los desiertos de un lugar para otro, en contacto con sus ganados porque esa era su principal actividad; necesarias eran esas normas de higiene que habría que imponer de la forma que fuera necesario, pero que vemos como luego llegaron a convertirse en unos ritos relacionados con la impureza o no impureza que les permitía o no acercarse a lo sagrado. Ahora estaban los fariseos tan rigoristas que hacían tanto hincapié en la pureza o la impureza y para quienes tocar cualquier cosa que estuviera manchada de alguna forma se consideraba causa de esa impureza.

Es lo que ahora vienen reclamando a Jesús.  Sus discípulos no se lavan las manos. El ritualismo con que vivían la vida les hacia aferrarse a esas cosas como ritos, pero que luego estaban tan lejos en su corazón de vivir una verdadera pureza y santidad de vida. Y Jesús es tajante en su respuesta. No es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino que es lo que sale del corazón, de un corazón lleno de maldad, lo que verdaderamente mella la santidad de vida que hemos de vivir. Apegados a su ritualismo no lo entienden, y como le dicen los discípulos a Jesús, los fariseos se han escandalizado con la respuesta que Jesús les había dado. Les parece que Jesús no le da importancia a aquellos ritos que estaban prescritos en la ley de Moisés. Como responde Jesús ahora son ciegos que no quieren ver.

¿Andaremos nosotros cegados de la misma manera? porque eso es lo que ahora tenemos que preguntarnos. No se trata ahora de unas costumbres o de unos ritos, no se trata de unas normas para una buena convivencia o con lo que queremos cuidar nuestra salud, sino de lo que en verdad llevamos en el corazón.  Algunas veces nos hemos hecho también una religión de ritos y de costumbres, que hacemos una serie de cosas porque como decimos tantas veces ‘siempre se ha hecho así’, o son las costumbres que nos enseñaron. ¿Y nuestro corazón donde está cuando realizamos esas cosas?

Por ejemplo, los cristianos celebramos el día del Señor y lo hacemos el domingo porque recordamos el día en que resucitó el Señor; para nosotros se ha convertido en un precepto la asistencia a la Misa dominical y los que decimos que queremos ser buenos cristianos no podemos dejar de pasar un domingo sin nuestra participación en la Eucaristía dominical. Es justo, es necesario, es importante en nuestra vida que celebremos nuestra fe y que lo hagamos en la comunidad y con la comunidad y por eso nos reunimos el día del Señor.

Pero quizá tendríamos que detenernos un poco a pensar cómo lo hacemos, cómo vivimos esos momentos, ¿nos contentamos con nuestra asistencia, con el rito de la celebración o hay una vivencia más profunda desde lo hondo del corazón? No se nos puede quedar para que sea auténtico simplemente en el cumplimiento de un precepto; el precepto nos ayuda, nos educa, nos hace entrar en la dinámica, pero no se nos puede quedar en el ritualismo, tenemos que poner vida, poner todo nuestro corazón en lo que hacemos para que sea en verdad vida para nosotros.


domingo, 2 de septiembre de 2018

No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios



No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios

Deum. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b 22. 27; Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

Hay ocasiones en que nos damos cuenta cuando vemos a alguien hacer alguna cosa que quizá tiene que hacer por obligación que sin embargo lo está haciendo como de mala gana, de rutina, no está poniendo todo su ser en lo que está haciendo. Nos puede pasar en más de una ocasión, estamos cansados quizá pero aquello ahora hay que hacerlo y lo hacemos, pero como se suele decir estamos pero no estamos, lo hacemos fríamente, rutinariamente.
Y ¡ojo! que nos pasa más de una vez en nuestras oraciones, en los actos de piedad que realizamos, rezamos pero nuestra mente está en otro lado, realmente repetimos las palabras o los gestos pero solamente de una forma mecánica. Hemos llenado quizá nuestra relación con Dios de tantos ritos muy codificados que podemos tener el peligro de realizarlo ritualmente pero realmente no haya un encuentro vivo con el Señor. 
Cuantas veces quizá hemos recitado el rosario, porque decimos que tenemos que rezarlo todos los días a la Virgen, pero nuestros ojos se caían de sueño y simplemente nos reducíamos a recitar mecánicamente las avemarías, que al final terminábamos diciéndolas dormidos.
Cuantas veces estamos en la celebración de la Eucaristía y seguimos punto a punto todos sus gestos y sus ritos, pero al final nos preguntamos y qué nos ha dicho la Palabra de Dios y es que no nos acordamos ni de qué iba el evangelio. Podemos realizar una celebración milimétricamente perfecta porque hemos sido fieles hasta en lo más mínimos en todos sus ritos, pero nuestro corazón estar lejos del Señor. ¿Es eso dar verdadera gloria al Señor? ¿Solo porque el coro, por ejemplo, haya ejecutado magistralmente unos cantos muy solemnes con la mejor de las músicas es suficiente para que nuestro corazón esté cantando la gloria del Señor?
El rito, el canto, los gestos las acciones de la liturgia tienen que estar en función de ayudarnos a que de verdad nuestro corazón esté en el Señor y abierto a su Palabra, no solo en la ejecución perfecta por si misma. Puede parecer un tanto crudo esto que estoy diciendo pero con sinceridad hemos de reconocer que más de una vez nos ha sucedido así.
Nos llenamos de ritos, de normas, tratamos de medir milimétricamente lo que tenemos que hacer, pero nos olvidamos del espíritu, nos olvidamos de lo interior. Aquí quizá habría que pensar y revisar muchas de las reglamentaciones que todavía tenemos en nuestra Iglesia para mantener una uniformidad exterior, pero que no llega nunca a esa comunión interior que tendría que haber. Comenzando por la comunión interior que tendría que haber entre todos los que nos decimos seguidores de Jesús, comunión interior con Dios en una autentica oración porque en verdad abramos nuestro corazón a Dios que va más allá de repetir unas oraciones o unos ritos.
Ya le venían planteando a Jesús aquellos necesarios ritos de purificación a los que eran tan dados los judíos sobre todo los fariseos que de necesidades higiénicas pasaron a convertirse en ritos que podrían marcar lo que tendría que ser la verdadera pureza interior. Muy preocupados andaban los fariseos por si los discípulos de Jesús se lavaban o no se lavaban las manos antes de comer. Jesús les recuerda con palabras del profeta que honraban a Dios más con los labios que con el corazón. ‘El culto que me dan está vació porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’.
Y Jesús nos habla de la verdadera pureza interior porque del corazón del hombre nos salen todos nuestros malos deseos. Así nos lo recuerda el evangelista. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Ya nos recuerda la carta del apóstol Santiago cual es el verdadero espíritu de la religión. ‘La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo’. Que haya verdadero amor en nuestro corazón, que en verdad seamos compasivos y misericordiosos como tantas veces se nos repite en los salmos; que ese corazón compasivo y misericordioso es lo que nos hace parecernos a Dios, porque ya Jesús nos lo propone en el sermón del monte como el ideal de perfección para nuestra vida, compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo.
Y eso lo podremos vivir cuando en nuestro interior de verdad estamos llenos de Dios, entramos en esa sintonía de amor con Dios; no es la apariencia externa por muy bonita o perfecta que la presentemos, es ese interior de verdad abierto a Dios dejándose inundar por su Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios. Es la mejor forma de cantar la gloria del Señor, porque todo eso que vivimos en nuestro interior se va a traducir de verdad en el amor que le tengamos a los hermanos y la comunión que vivamos con todos. Esa es la autentica comunión con Dios.

martes, 10 de febrero de 2015

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8,4-5.6-7.8-9; Marcos 7,1-13
‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Son duras las palabras de Jesús, recordando lo dicho por el profeta Isaías; a continuación les señala cosas muy concretas de lo que se habían convertido en normas y leyes en el pueblo de Israel.
Pero no nos contentemos con comentar lo que sucedía en tiempos de Jesús y que Jesús denuncia, sino que eso tenemos que escucharlo hoy, en nuestra vida. ¿Cuál es el culto verdadero que nosotros le ofrecemos al Señor? Podríamos decir que con la sagrada liturgia que celebramos estamos ofreciendo el sacrificio más agradable al Señor, porque cada vez que celebramos una acción litúrgica estamos ofreciendo el sacrificio de Cristo. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven, Señor Jesús’ decimos, es cierto, cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la pascua del Señor, de su muerte y resurrección.
Pero ¿dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Qué profundidad le damos a cada una de nuestras celebraciones sagradas? Lo que decimos con nuestros labios o realizamos con nuestros gestos y ritos ¿lo estamos en verdad viviendo en lo más hondo de nosotros mismos? ¿Podría sucedernos en algún momento que se está cumpliendo en nosotros lo denunciado por Jesús que le honramos con los labios pero el corazón lo tenemos lejos de El?
Y no es solo que en algún momento nuestra atención se distraiga por cualquier motivo mientras estamos en la celebración, porque no siempre nos concentramos debidamente y surgen las distracciones. Sería lo menos importante, esas distracciones pasajeras, contra las que, es cierto, también tenemos que luchar.
Lo peligroso y que sería una tremenda tentación es que nos contentemos con realizar bien nuestros ritos, pero nuestra vida vaya por otros derroteros. Si estamos celebrando los misterios de nuestra salvación, es porque esa salvación estamos queriendo vivirla. Si celebramos el misterio de Cristo, es porque en verdad estamos queriendo hacer que Cristo sea el centro de nuestra vida. Si decimos que estamos escuchando la Palabra de Dios, es porque queremos plantar de verdad esa Palabra de Dios en nuestra vida y estamos esforzándonos con la gracia del Señor a dar fruto.
Nos expresamos a través de signos y de ritos pero que tienen que tener hondo significado en nuestra vida; por una parte que comprendamos bien el significado de nuestros ritos conociéndolos bien; por supuesto, tenemos que ser fieles porque con ellos estamos queriendo expresar y vivir algo grande y misterioso como es la salvación que Dios nos ofrece en su amor. Pero no nos quedemos en ritualismo, sino que pongamos corazón, pongamos vida en aquello que hacemos.
Porque el culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestra vida. Pero no somos nosotros los que por nosotros mismos hacemos ese culto agradable a Dios, sino en la medida en que lo vivimos unidos a Cristo, porque es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde y cómo podemos dar la mejor gloria a Dios, nuestro Padre del cielo. Que esas palabras de la doxología, al final de la plegaria eucarística, las vivamos siempre en su más hondo sentido, dejándonos conducir por el Espíritu Santo que clama desde lo más hondo de nosotros y llena nuestro corazón.