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martes, 21 de enero de 2025

Dejémonos de superficialidades y apariencias, busquemos el sentido de las cosas, lo que en verdad valore a las personas, siempre lo que busca la mayor dignidad

 


Dejémonos de superficialidades y apariencias, busquemos el sentido de las cosas, lo que en verdad valore a las personas, siempre lo que busca la mayor dignidad

Hebreos 6,10-20; Salmo 110; Marcos 2,23-28

Caminando uno por esos mundos de Dios, como solemos decir, nos encontramos con cosas sorprendentes que al final no terminamos de entender por qué se hicieron así o cual sería en verdad su motivación. Podría uno pensar en muchas cosas, pero en este caso pienso en una ciudad que quien nos guiaba nos señalaba una fachada de un edificio y nos decía que tras aquellas paredes monumentales de su frente no había posibilidad alguna de hacer ningún tipo de vivienda por lo poco que tenia de profundidad; no había ningún tipo de vivienda ni nada que pudiera tener alguna utilidad, todo se quedaba en fachada.

Me hace pensar en si algo así nos pueda suceder a nosotros con nuestra vida, incluso con algunas cosas que regulamos para nuestra vida social; todo fachada, pero nada en el interior, todo apariencia pero nada de profundidad en la vida; todo normas y preceptos para decir que tenemos bonitas leyes, pero nada que en verdad esté en servicio del hombre, en servicio de la persona. ¿Hacemos las cosas solo para que sean bonitas? Tenemos sí que cultivar la belleza, pero la belleza será mayor cuando lo que buscamos es el bien de la persona, de toda persona y en nada queremos perjudicar a nadie. Quizás muchas veces estamos buscando tanta perfección de las cosas en si mismas, que nos olvidamos de las personas que tendrían que ser las beneficiadas de aquello que hacemos.

El pueblo de Israel se preciaba de tener las mejores y más sabias leyes de todos los pueblos. Así se manifiestan incluso los textos de la Escritura sagrada; era el orgullo de aquel pueblo el pensar en la sabiduría de sus leyes, porque en su fe sentían que habían sido dictadas por Dios a Moisés. Pero queriendo perfeccionarlas tanto la habían llenado de preceptos y de normas cuyo cumplimiento algunas veces se podía convertir en un suplicio cuando lo hacían con radicalidad.

Contados estaban hasta los pasos que podían dar el sábado para poder dar cumplimiento perfecto al descanso sabático. ¿Qué sentido tenía en su origen aquel precepto sabático del descanso? Primordialmente era el tener tiempo para el culto a Dios, pero al mismo tiempo, y no era de menor importancia, el lograr el descanso de las personas de sus trabajos, para que no cayeran en una esclavitud de ese mismo trabajo. Pero lo habían convertido todo en un precepto religioso tan radical que ya no importaba la persona para su descanso o para su relación con Dios sino era el cumplimiento en si mismo midiendo hasta lo más mínimo lo que pudieran o no pudieran hacer.

De ahí nace la cuestión que le plantean a Jesús los fariseos cuando ven que los discípulos de Jesús mientras van atravesando los sembrados cogen algunas espigas, para abrirse paso o también para echarse a la boca unos granos que mitigase la fatiga del caminar. ¿Era aquello un recolección de la cosecha, un segar aquellos trigales y en consecuencia un trabajo? Seguro que veremos con buenos ojos que tratasen de mitigar su cansancio o incluso sus ganas de echarse algo a la boca mientras iban de camino, porque lo importante eran aquellas personas con su fatiga y su caminar. ¿Había simplemente que cumplir la ley por cumplirla? ¿No sería eso una fachada sin contenido de profundidad detrás?

No podemos hacer las cosas simplemente porque queden bonitas o por quedar nosotros bien con lo que hacemos. Este pueblo, les decía el profeta y les recordaba Jesús, me honra con los labios pero su corazón está bien lejos de mí. Es lo que nos sucede cuando nos quedamos en la fachada, cuando nos puede por encima de todo la vanidad, cuando hacemos las cosas simplemente por cumplir, cuando no le hemos dado verdadera profundidad a nuestra vida.

Busquemos el sentido de las cosas, busquemos lo que en verdad valore a las personas, busquemos siempre lo que nos hace vivir con mayor dignidad y con mayor plenitud, busquemos lo que nos hace grandes desde el corazón, busquemos lo que da verdadero sentido a nuestra vida y autentico valor a lo que hacemos. El valor no está en unas ganancias, el valor no son unos adornos que se quedan como oropeles, el valor no está en un brillo que pronto se va a desvanecer, el valor no está en lo superficial. Busquemos lo que tiene que ser el verdadero tesoro del corazón. El evangelio nos ayuda a encontrarlo, porque nos ayuda a encontrarnos con las personas; es el mejor camino para finalmente encontrarnos con Dios.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

 


Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27;  Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

En nuestra carrera humana por la vida todos tenemos la tentación de que aquello que ideamos con la mayor pureza y desde la más buena voluntad luego con el paso del tiempo lo vamos malogrando porque comenzamos a hacerle añadidos, correcciones por acá o por allá, y aquello que era simple y claro luego lo fuimos haciendo engorroso y pesado. Sin mala voluntad en principio porque queríamos aclararlo tanto fuimos dándole tantas explicaciones y comentarios, que al final terminamos haciéndole caso más a las explicaciones o comentarios que pretendían simplemente ser ayuda, que a lo que era lo verdaderamente fundamental que habíamos ideado. Así van naciendo protocolos y reglamentos que los convertimos en norma fundamental.

Nos pasa con lo que es la vida normal de la sociedad que la hemos llenado de tantos reglamentos y leyes que olvidamos lo que en verdad nos constituye como sociedad; nos pasa con todo aquello que se nos ha ofrecido para mejorar la vida de nuestra sociedad, donde al final le damos más importancia a los reglamentos que nos imponemos que a las propias personas que constituimos esa sociedad. ¿Y no nos pasará igualmente en el culto con que queremos expresar nuestro amor y nuestra adoración a Dios como centro y eje de nuestra vida que le hemos llenado de tantos aditamentos que olvidamos el culto y amor que tiene que surgir de nuestro corazón?

En eso nos quiere ayudar a pensar hoy el evangelio. La ocasión parte de aquella queja de los rigurosos fariseos y escribas que vienen a decirle a Jesús que sus discípulos no están cumpliendo con la tradición recibida de los mayores y entonces el culto que le dan a Dios está lleno de impurezas. Y todo porque no se lavan las manos antes de comer el pan.

Una norma higiénica, una ley sanitaria podríamos decir, en la que Moisés en el peregrinar por el desierto había insistido para evitar contagios y enfermedades que se podrían trasmitir por la falta de higiene – pensemos en lo difícil que sería mantener esa higiene en un camino por un desierto – la han convertido en ley de Dios que parece que está por encima de todo lo que son los verdaderos mandamientos del Señor.

Me vienen a la mente las interpretaciones tan literales y rigoristas que algunos se siguen haciendo de palabras de la Biblia que nacieron en su momento para preservar a aquel pueblo que camina por un desierto con tan pocos medios humanos para mantener la salud y la sanidad de sus vidas, o que pretendían ayudarles a que no confundieran el sentido del verdadero culto que habían de dar a su Dios dejándose cautivar por los dioses y los cultos de aquellos pueblos con que se iban a encontrar e incluso convivir al llegar a la tierra prometida.

Estoy haciendo referencia al cuidado de la sangre, por ejemplo, que era una señal de la vida y que no habían de comer por esas razones higiénicas mencionadas, y a la prohibición de hacerse dioses en figuras elaboradas con sus manos a la manera como los tenían los pueblos que los rodeaban. Hoy muchos siguen dándonos la tabarra con esas cosas, como si  nosotros adoramos una imagen, que solo es eso una imagen que nos está expresando como un signo de lo que es la misericordia y el amor de Dios.

Y Jesús les dice que el culto que ellos dan a Dios sí que está vacío, porque no lo hacen desde el corazón. La maldad de la vida no nos entra por un contagio que podamos tener por la forma de usar nuestra manos, limpias o no, nos viene a decir. Lo que en verdad hemos de tener limpio es el corazón arrancando de él toda malicia y toda impureza. Como nos dice Jesús es de dentro del corazón del hombre desde donde salen las maldades, la malquerencia y el odio, el orgullo y la envidia, los malos deseos y las malas intenciones, las ambiciones que nos hacen avariciosos o el egoísmo que nos encierra en la insolidaridad.

Busquemos, pues, esa rectitud del corazón; no dejemos que se endurezca con todas esas maldades sino que nos dejemos purificar por ese amor de Dios que nos sana y que nos salva. Vayamos siempre buscando lo que es lo fundamental para no quedarnos nunca en lo que es accidental o accesorio. Pongamos a Dios verdaderamente en el centro de nuestra vida y alcanzaremos la más sublime sabiduría porque en nosotros estará actuando el Espíritu de Dios.

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación; que el evangelio sea la sabiduría de nuestra vida. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’, nos decía el libro del Deuteronomio que se harían eco los que conocieran al pueblo de Dios fiel al mandamiento del Señor. ¿Quién tiene como nosotros tenemos un Dios que nos ame tanto y nos haya trasmitido esa sabiduría del amor que nos llena de la verdadera paz?

Cuidado llenemos de malicia nuestro corazón y olvidemos esa sabiduría de Dios y no salga ya a borbotones ese río del amor y de la gracia de Dios que fecunde nuestro mundo.

viernes, 19 de julio de 2024

Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

 


Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is 38, 10. 11. 12; Mateo 12, 1-8

Navegando por las redes como todos hacemos hoy me encontré un video que para mi fue muy significativo y aleccionador. Se trataba de una escuela en la que la maestra observó que un niño se dormía constantemente en clase y no respondía a las tareas de estudio que se le encomendaban; la reacción de la docente fue violenta expulsando al niño de la clase, pero no se quedó satisfecha con aquello por lo que al salir trató de averiguar por donde andaba o qué hacía aquel niño. Se lo encontró trabajando de limpiabotas en la calle para ganar unos dineros con los que comprar comida para su madre que estaba enferma y a la que cuidaba con toda dedicación. Fue suficiente y no es necesario entrar en los detalles que al día siguiente no solo ella sino todos los niños de la clase tuvieron con aquel muchacho.

¿Por qué juzgamos sin saber? No sabes cual es la situación que está viviendo aquella persona y porque su comportamiento nos parece extraño no solo juzgamos sino que condenamos. De muchas situaciones semejantes podríamos hablar donde tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos. Nos hemos llenado tanto de desconfianzas que siempre estamos, como se suele decir, con la mosca detrás de la oreja, y estamos prontos para juzgar y para condenar sin saber realmente cual es la situación de las personas y por qué han llegado a donde están.

Entran aquí las desconfianzas que nos tenemos los unos con los otros, unos vecinos con otros, la gente que vemos mal encarada como decimos y que siempre estamos viendo como unos malvados, la prevención que los mayores tenemos hacia los jóvenes, es justo que lo reconozcamos, o todo lo que pensamos en referencia a los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas de manera que llamamos ilegal pero a lo que tendríamos que buscar otro nombre por las tragedias con que llegan hasta nosotros.


¿Seremos capaces de ver a alguien que ha dejado atrás lo más que quería en el mundo, que ha sido un drama la travesía para llegar a donde está ahora, pero que está soñando con un mundo de oportunidades que algunas veces parece que se ven truncadas quizás por nuestra insolidaridad? No sé muchas veces qué hacer, pero cuando me cruzo en nuestras calles con esos muchachos que han llegado hasta aquí decimos de forma ilegal pienso en todo lo que puede haber detrás de sus ojos y de su mirada, que aunque los veamos con sus risas juveniles no sabemos las tragedias que se ocultan en sus corazones.

Me ha hecho pensar en todo esto el episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Los discípulos que van con Jesús en su caminar de una lado para otro en el anuncio del Reino, que sintiendo esa fatiga que se nos mete en el estómago al pasar por un sembrado cogen algunas espigas para echarse a la boca unos granos; pero es sábado y allá estarán vigilantes los fariseos para recordarles que segar es un trabajo que no se puede hacer en sábado. ¿Se parecerá a algunas de esas situaciones en las que nosotros juzgamos antes de conocer lo que realmente está pasando?

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. Recuerda distintos episodios de la Escritura, pero los quiere decir que allí está alguien que es más que el sábado. El sábado, podíamos decir, tenía sus normas con la finalidad de que todo se centrará en Dios a quien debían de dar culto, pero el sábado sería siempre un instrumento mientras nos sirviera, pero no para convertirle en algo tan sagrado que pareciera que el culto es para el sábado y no para Dios.

¿De qué nos valen todos esos rigorismos en el cumplimiento de unas normas si no somos capaces de llenar de misericordia y compasión nuestro corazón? Estamos esperando tantas veces leyes bonitas y bien codificadas como si esa fuera la salvación del mundo y nos olvidamos de la compasión que es padecer también con el sufrimiento de los demás, de la misericordia que es poner nuestro corazón en nuestra mirada y en cuanto hagamos por los demás, y la solidaridad para sentirnos uno con aquellos que sufren. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos recuerda hoy el evangelio.

domingo, 29 de agosto de 2021

Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

 


Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b-22. 27;  Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

‘Lo sé’, nos responde nuestro interlocutor cuando le hacemos ver una cosa. Lo sabe, pero no hace nada. Luego el saber tiene que entrañar algo más que tener conocimiento de algo; la sabiduría no es simplemente saber cosas, ser erudito en muchos temas, sino que la sabiduría está en un vivir, en un sentido de vivir; aquellos conocimientos que he adquirido, que la misma vida me ha ido dando, nos dan una nueva amplitud de la mente, pero que no se queda ahí sino que nos impregna, nos da un nuevo sabor y sentido a nuestro corazón.

Puede sucedernos también que hasta hacemos muchas cosas buenas, pero les puede faltar algo por dentro, porque se han convertido en una rutina más de nuestra vida y las hacemos porque siempre se ha hecho así, porque es una tradición, porque todo el mundo lo hace, pero no ponemos corazón en lo que hacemos, no ponemos vida, lo hacemos con frialdad, al final no sabemos por qué las hacemos. Podemos terminar siendo dependientes o esclavos del tener que hacer algo pero no le hemos encontrado su sentido profundo. Hemos de saber encontrarle el sentido a lo que hacemos para que entonces pongamos corazón. Necesitamos, pues, también ser más reflexivos en la vida.

Y creo que a esto es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy escuchamos. Vienen muy preocupados algunos fariseos y escribas a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen la tradición de sus mayores. Todo iba por aquel sentido de pureza que ellos tenían en que poco menos que se quedaba en una pureza legal; hacer las cosas porque es una tradición, hacer las cosas por un cumplimiento, o de lo contrario estamos contrayendo una impureza.

Aquí van planteando el tema de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. No es una cosa mala, es una buena costumbre higiénica; mira cómo ahora en estos tiempos de pandemia y peligros de contagio nos lo recomiendan encarecidamente. Pero se había convertido en una ley y hasta le habían dado un sentido religioso, formaba parte para ellos ya de la ley de Moisés. Y ahora ponen el grito en el cielo porque los discípulos de Jesús no cumplen según ellos con esas costumbres. Venir con las manos manchadas de la plaza significaba que habían podido tocar algo que se considerara impuro, y así entraba la impureza en el corazón de la persona.

Jesús viene a decirles que la impureza no viene de fuera sino que sale del corazón porque es en el corazón donde tenemos los malos deseos y las malas intenciones. Y claro nuestros labios hablarán lo que llevamos en el corazón, nuestros comportamientos externos y nuestras actitudes reflejarán lo que llevamos dentro de nosotros. Si en nuestro corazón hay maldad, malicia, con esa maldad y malicia vamos a actuar contra los demás. Por eso Jesús nos está pidiendo esa pureza de nuestro corazón del que hemos de desterrar todo mal deseo.

Les recuerda Jesús lo que ya había dicho el profeta Isaías: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Es la profundidad que hemos de saberle dar a nuestra vida. Y ahí está la verdadera sabiduría que nos ayudará a descubrir lo que en verdad el Señor quiere de nosotros. Lo que hacemos y lo que vivimos ha de tener un sentido, hemos de darle una verdadera profundidad, hemos de poner en ello todo nuestro corazón. No se trata de ser cumplidores sino de darle plenitud a aquello que hacemos y que vivimos. Como decíamos antes, podemos hacer incluso cosas buenas pero no le ponemos el calor de nuestra humanidad.

Hoy se nos ha dicho en el libro del Deuteronomio que los mandamientos del Señor son nuestra Sabiduría. ‘Esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’. Porque los mandamientos del Señor no son un yugo pesado que se nos impone y del que no nos podemos liberar, sino que son como el cauce y el camino que lleva a la plenitud de su ser a toda persona.

Nunca el mandamiento del Señor nos coarta en lo más hondo de nosotros mismos sino que nos hace vivir la vida en la mayor plenitud. Es la gloria del Señor lo que buscamos, pero será siempre buscando el bien del hombre, de toda persona, y los mandamientos es eso lo que tratan de preservar. Quien busca el bien de la persona estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, lo que es la voluntad de Dios que es nuestra felicidad.

Pongamos corazón en lo que hacemos y vivimos y nos sentiremos en plenitud.

viernes, 22 de noviembre de 2019

La expulsión de los vendedores del templo nos dice que es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy


La expulsión de los vendedores del templo nos dice que es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal. 1Cro 29,10-12; Lucas 19,45-48
Hay ocasiones en que nos podemos encontrar con un gesto realizado por alguien, un hecho que nos sucede y que se salta todo lo previsible, algo que nos llama la atención, que puede incluso escandalizarnos porque no lo entendemos, que de alguna manera nos conmociona y nos hace pensar.
Claro que tenemos que saber estar atentos en la vida porque a veces nos pueden pasar desapercibidos y no los tenemos en cuenta ni siquiera captamos su sentido. Cuando nos detenemos algo a pensar nos damos cuenta que aquello tiene un significado, que puede ser una llamada a nuestra conciencia, que puede ser un despertar y un abrirnos a algo nuevo que quizá nos trasciende.
Vivimos sin embargo muchas veces demasiado superficialmente y dejamos pasar grandes oportunidades para nuestra vida, hermosos testimonios que podrían hacer que nuestra vida sea mejor. Esa superficialidad nos hace mucho daño en la vida porque nos puede hacer perder el sentido de cosas que aparentemente son pequeñas pero que pueden cosas grandes para nuestra vida. Es necesario detenerse a reflexionar, a rumiar lo que nos pasa, lo que contemplamos, lo que vemos o lo que escuchamos en nuestro entorno; grande seria la riqueza para nuestra vida. Tenemos que aprender también a dejarnos sorprender.
Hoy el evangelio nos presenta un hecho verdaderamente profético de Jesús. Después de aquellas lágrimas al contemplar su ciudad que le hicieron aflorar todas sus emociones, se abre paso Jesús hasta el templo de Jerusalén. El camino de bajada del monte de los Olivos, tras atravesar el torrente Cedrón que circunvalaba la ciudad y el templo por su lado este sube de nuevo la colina y atravesando la llamada Puerta Hermosa – hoy clausurada en la actual muralla – introducirse en el templo.
Allí el espectáculo que se ofrece realmente no es agradable ni da el sentido profundo que tendría que tener el templo como lugar de oración y encuentro con Dios. Justificándose en la necesidad de tener lo necesario para el culto y los sacrificios aparecen en aquellas explanadas multitud de vendedores y cambista de dinero que lo convierten todo en una muchedumbre tumultuosa. Qué parecido a lo que sigue sucediendo en torno a nuestros templos y sobre todo santuarios de especial devoción y afluencia de fieles.
Y ahí surge el gesto profético de Jesús echando fuera a todos aquellos vendedores y quitando de en medio todo lo que representaba un negocio en torno al culto debido a Dios. No entenderán el por qué de ese gesto de Jesús y por que tiene que meterse con algo que parecía tan natural en torno al templo. Suscitará preguntas, interpretaciones y será un motivo más para querer quitar de en medio a Jesús. Andaban ya acechando como acabar con El porque además desbarataba los intereses de tantos. Incluso las palabras de Jesús serán utilizadas en su contra sin haberlas realmente entendido cuando lo acusen ante el Sanedrín.
Nos habla el gesto de Jesús de la necesaria purificación del templo, pero  nos estará hablando más hondamente de la purificación de nuestro templo, de nosotros mismos que en verdad somos ese templo de Dios que quiere morar en nosotros. ¿Estaremos lo suficientemente purificados? Fácil nos es el juzgar lo que sucedía entonces en aquel templo de Jerusalén y en los intereses de tantos que lo rodeaban, pero nos cuesta más mirarnos a nosotros mismos, mirar nuestra situación actual, mirar también lo que nos sucede en la Iglesia para que sea en verdad ante el mundo esa verdadera morada de Dios entre los hombres, ese signo vivo de la presencia y del amor de Dios para todos.
Es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy.


domingo, 2 de septiembre de 2018

No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios



No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios

Deum. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b 22. 27; Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

Hay ocasiones en que nos damos cuenta cuando vemos a alguien hacer alguna cosa que quizá tiene que hacer por obligación que sin embargo lo está haciendo como de mala gana, de rutina, no está poniendo todo su ser en lo que está haciendo. Nos puede pasar en más de una ocasión, estamos cansados quizá pero aquello ahora hay que hacerlo y lo hacemos, pero como se suele decir estamos pero no estamos, lo hacemos fríamente, rutinariamente.
Y ¡ojo! que nos pasa más de una vez en nuestras oraciones, en los actos de piedad que realizamos, rezamos pero nuestra mente está en otro lado, realmente repetimos las palabras o los gestos pero solamente de una forma mecánica. Hemos llenado quizá nuestra relación con Dios de tantos ritos muy codificados que podemos tener el peligro de realizarlo ritualmente pero realmente no haya un encuentro vivo con el Señor. 
Cuantas veces quizá hemos recitado el rosario, porque decimos que tenemos que rezarlo todos los días a la Virgen, pero nuestros ojos se caían de sueño y simplemente nos reducíamos a recitar mecánicamente las avemarías, que al final terminábamos diciéndolas dormidos.
Cuantas veces estamos en la celebración de la Eucaristía y seguimos punto a punto todos sus gestos y sus ritos, pero al final nos preguntamos y qué nos ha dicho la Palabra de Dios y es que no nos acordamos ni de qué iba el evangelio. Podemos realizar una celebración milimétricamente perfecta porque hemos sido fieles hasta en lo más mínimos en todos sus ritos, pero nuestro corazón estar lejos del Señor. ¿Es eso dar verdadera gloria al Señor? ¿Solo porque el coro, por ejemplo, haya ejecutado magistralmente unos cantos muy solemnes con la mejor de las músicas es suficiente para que nuestro corazón esté cantando la gloria del Señor?
El rito, el canto, los gestos las acciones de la liturgia tienen que estar en función de ayudarnos a que de verdad nuestro corazón esté en el Señor y abierto a su Palabra, no solo en la ejecución perfecta por si misma. Puede parecer un tanto crudo esto que estoy diciendo pero con sinceridad hemos de reconocer que más de una vez nos ha sucedido así.
Nos llenamos de ritos, de normas, tratamos de medir milimétricamente lo que tenemos que hacer, pero nos olvidamos del espíritu, nos olvidamos de lo interior. Aquí quizá habría que pensar y revisar muchas de las reglamentaciones que todavía tenemos en nuestra Iglesia para mantener una uniformidad exterior, pero que no llega nunca a esa comunión interior que tendría que haber. Comenzando por la comunión interior que tendría que haber entre todos los que nos decimos seguidores de Jesús, comunión interior con Dios en una autentica oración porque en verdad abramos nuestro corazón a Dios que va más allá de repetir unas oraciones o unos ritos.
Ya le venían planteando a Jesús aquellos necesarios ritos de purificación a los que eran tan dados los judíos sobre todo los fariseos que de necesidades higiénicas pasaron a convertirse en ritos que podrían marcar lo que tendría que ser la verdadera pureza interior. Muy preocupados andaban los fariseos por si los discípulos de Jesús se lavaban o no se lavaban las manos antes de comer. Jesús les recuerda con palabras del profeta que honraban a Dios más con los labios que con el corazón. ‘El culto que me dan está vació porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’.
Y Jesús nos habla de la verdadera pureza interior porque del corazón del hombre nos salen todos nuestros malos deseos. Así nos lo recuerda el evangelista. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Ya nos recuerda la carta del apóstol Santiago cual es el verdadero espíritu de la religión. ‘La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo’. Que haya verdadero amor en nuestro corazón, que en verdad seamos compasivos y misericordiosos como tantas veces se nos repite en los salmos; que ese corazón compasivo y misericordioso es lo que nos hace parecernos a Dios, porque ya Jesús nos lo propone en el sermón del monte como el ideal de perfección para nuestra vida, compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo.
Y eso lo podremos vivir cuando en nuestro interior de verdad estamos llenos de Dios, entramos en esa sintonía de amor con Dios; no es la apariencia externa por muy bonita o perfecta que la presentemos, es ese interior de verdad abierto a Dios dejándose inundar por su Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios. Es la mejor forma de cantar la gloria del Señor, porque todo eso que vivimos en nuestro interior se va a traducir de verdad en el amor que le tengamos a los hermanos y la comunión que vivamos con todos. Esa es la autentica comunión con Dios.