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viernes, 19 de julio de 2024

Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

 


Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is 38, 10. 11. 12; Mateo 12, 1-8

Navegando por las redes como todos hacemos hoy me encontré un video que para mi fue muy significativo y aleccionador. Se trataba de una escuela en la que la maestra observó que un niño se dormía constantemente en clase y no respondía a las tareas de estudio que se le encomendaban; la reacción de la docente fue violenta expulsando al niño de la clase, pero no se quedó satisfecha con aquello por lo que al salir trató de averiguar por donde andaba o qué hacía aquel niño. Se lo encontró trabajando de limpiabotas en la calle para ganar unos dineros con los que comprar comida para su madre que estaba enferma y a la que cuidaba con toda dedicación. Fue suficiente y no es necesario entrar en los detalles que al día siguiente no solo ella sino todos los niños de la clase tuvieron con aquel muchacho.

¿Por qué juzgamos sin saber? No sabes cual es la situación que está viviendo aquella persona y porque su comportamiento nos parece extraño no solo juzgamos sino que condenamos. De muchas situaciones semejantes podríamos hablar donde tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos. Nos hemos llenado tanto de desconfianzas que siempre estamos, como se suele decir, con la mosca detrás de la oreja, y estamos prontos para juzgar y para condenar sin saber realmente cual es la situación de las personas y por qué han llegado a donde están.

Entran aquí las desconfianzas que nos tenemos los unos con los otros, unos vecinos con otros, la gente que vemos mal encarada como decimos y que siempre estamos viendo como unos malvados, la prevención que los mayores tenemos hacia los jóvenes, es justo que lo reconozcamos, o todo lo que pensamos en referencia a los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas de manera que llamamos ilegal pero a lo que tendríamos que buscar otro nombre por las tragedias con que llegan hasta nosotros.


¿Seremos capaces de ver a alguien que ha dejado atrás lo más que quería en el mundo, que ha sido un drama la travesía para llegar a donde está ahora, pero que está soñando con un mundo de oportunidades que algunas veces parece que se ven truncadas quizás por nuestra insolidaridad? No sé muchas veces qué hacer, pero cuando me cruzo en nuestras calles con esos muchachos que han llegado hasta aquí decimos de forma ilegal pienso en todo lo que puede haber detrás de sus ojos y de su mirada, que aunque los veamos con sus risas juveniles no sabemos las tragedias que se ocultan en sus corazones.

Me ha hecho pensar en todo esto el episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Los discípulos que van con Jesús en su caminar de una lado para otro en el anuncio del Reino, que sintiendo esa fatiga que se nos mete en el estómago al pasar por un sembrado cogen algunas espigas para echarse a la boca unos granos; pero es sábado y allá estarán vigilantes los fariseos para recordarles que segar es un trabajo que no se puede hacer en sábado. ¿Se parecerá a algunas de esas situaciones en las que nosotros juzgamos antes de conocer lo que realmente está pasando?

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. Recuerda distintos episodios de la Escritura, pero los quiere decir que allí está alguien que es más que el sábado. El sábado, podíamos decir, tenía sus normas con la finalidad de que todo se centrará en Dios a quien debían de dar culto, pero el sábado sería siempre un instrumento mientras nos sirviera, pero no para convertirle en algo tan sagrado que pareciera que el culto es para el sábado y no para Dios.

¿De qué nos valen todos esos rigorismos en el cumplimiento de unas normas si no somos capaces de llenar de misericordia y compasión nuestro corazón? Estamos esperando tantas veces leyes bonitas y bien codificadas como si esa fuera la salvación del mundo y nos olvidamos de la compasión que es padecer también con el sufrimiento de los demás, de la misericordia que es poner nuestro corazón en nuestra mirada y en cuanto hagamos por los demás, y la solidaridad para sentirnos uno con aquellos que sufren. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos recuerda hoy el evangelio.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

 


Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6

Poner piedras en el camino, para hacerte tropezar, para que encuentres obstáculos y al final te canses y desistas de hacer el camino, para hacer que te desvíes del camino que lleva la meta, a lo que quieres conseguir y al final te pierdas, para hacerte daño porque te quieren mal, porque sienten la maldad en su corazón y parece que disfrutan entorpeciendo a los demás, porque afloran resentimientos y envidias, porque el orgullo nos corroe por dentro y hacemos lo posible y lo imposible porque el otro no consiga lo que desee… Hemos comenzado hablando materialmente de piedras en el camino para entorpecernos el recorrido que tengamos que hacer, pero al final hemos terminado resaltando la malicia que aflora en muchos corazones para hacer daño a los demás; y la maldad aparecerá en cosas materiales, como puedan ser las piedras del camino, o serán otras muchas intenciones torcidas que nos aparecen por dentro.

Es de lo que comienza hablándonos Jesús. Y son los más débiles los que habitualmente sufren las consecuencias de esos tropiezos porque en su debilidad es más fácil la caída. Y es esa malicia con que nos estamos acostumbrando a actuar en la vida, porque todo son desconfianzas, todo son recelos y envidias, amor propio herido y soberbias del corazón, porque en nuestras vanidades no soportamos que otros puedan estar mejor que nosotros e incluso hagan el bien cuando nos creemos que somos nosotros los únicos que hacemos el bien y no terminamos de ver y reconocer el bien que hacen tantos a nuestro lado. Y vienen los daños que nos hacemos los unos a los otros de mil maneras; y viene el mal ejemplo que arrastra cuando nosotros no hacemos las cosas bien y llevamos a los demás por mal camino. Y Jesús nos habla muy fuerte y muy duro por ese daño que hacemos en los demás.

Y los discípulos más cercanos de Jesús se ven sorprendidos por la dureza de Jesús en sus palabras para los que hacen el mal y las nuevas actitudes que Jesús pide a los que quieren ser sus seguidores. Porque a pesar de todo ese mal que nos hacemos, Jesús nos está pidiendo que seamos capaces de tener comprensión en el corazón y cuando alguien reconoce el mal generosamente le ofrezcamos el perdón. Y Jesús nos plantea que el perdón hay que ofrecerlo siempre, no podemos poner medidas ni límites; todos somos igualmente débiles y tropezamos muchas veces en la misma piedra, caemos una y otra vez en las mismas debilidades. Y de la misma manera que queremos que sean comprensivos con nosotros, así hemos de serlo también con los demás siempre.

Es lo que a los discípulos se les hace difícil. Entonces y ahora. Porque sigue siendo una piedra de tropezar hoy en nosotros y hasta en la Iglesia lo de la generosidad del perdón a los que hayan tropezado muchas veces. Nos cuesta perdonar. Se nos hace difícil. Mantenemos muchas reservas. Se mantienen incluso en los protocolos de actuación también muchas reservas y parece que no se tiene en cuenta mucho lo que Jesús nos dice. Nos acogemos a unas palabras, a lo que nos interesa, pero olvidamos o descartamos otras.

‘Aumentamos la fe’, le piden los discípulos a Jesús, porque todo aquello que les está diciendo Jesús les parece como imposible realizarlo. Y Jesús nos dice que si tuviéramos fe, aunque fuera tan pequeña como un grano de mostaza, seríamos capaces de hacer grandes maravillas, hacer que la morera se arranque de raíz y se plante en el mar. ¿Hasta dónde llegará entonces nuestra fe cuando no somos capaces de hacer esa maravilla de ofrecer generosamente el perdón a los que débiles han caído una y otra vez? ¿No habrá por ahí, en muchos que no lo imaginamos incluso, muchas lagunas en la fe?  ¿Por qué seremos tan rigoristas? ¿Qué imagen damos de la misericordia y de la compasión? Nos da mucho que pensar.

viernes, 21 de julio de 2023

Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano, porque lo que tenemos que hacer es que resplandezca la misericordia

 


Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano, porque lo que tenemos que hacer es que resplandezca la misericordia

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8

Es cierto que como seres humanos que somos, sujetos a nuestra libertad personal pero con las limitaciones que surgen de una vida dominada por muchas pasiones y en la que tendríamos la tendencia a querer imponernos los unos a los otros buscando el dominio y nuestra propia relevancia sobre los demás, necesitamos de unas normas de convivencia con las que busquemos siempre el bien común, seamos capaces de armonizar la libertad de cada uno con el bien y el respeto que hemos de tener hacia los demás. Son las leyes que con un sentido ético universal que sea aceptado y respetado por todos nos hemos ido imponiendo en la construcción de nuestra sociedad.

Pero a todo eso hemos de saber ponerle humanidad, porque no es un cumplimiento estricto, frío y formal lo que va a facilitar esa armonía y esa unidad de la comunidad, de la sociedad. Algo de esa humanidad que brota del corazón tendrá que darle color y calor a nuestras relaciones, porque además no somos unos autómatas ciegos para cumplir unas normas. En fin de cuentas lo que estamos buscando es el bien de todo ser humano.

Por eso siempre hemos de mirar a la persona y siempre hemos de tener una mirada de persona. No somos unas máquinas que funcionen automáticamente. Y cuidado que tenemos el peligro de cuadricular así nuestra vida y más ahora que con los avances y los medios de los que hoy disponemos tendemos a esa automatización de todo lo que hacemos. No podemos olvidar a la persona que vale mucho más que todo eso. No es una tecla o un botón que pulsemos para que se realicen las cosas.

Qué frialdad encontramos muchas veces en la tramitación de tantas cosas de la vida. Vamos a resolver algo a un departamento, necesitamos la atención para un problema, y enfrente de nosotros parece que no está una persona sino simplemente una máquina. Necesitamos algo más. Las personas no podemos convertirnos en máquinas y aunque dispongamos de muchos medios técnicos que tendrían que facilitarnos la vida, quizá por encima y más allá de todo eso necesitamos una sonrisa de calor humano, una mirada a los ojos que sean capaces de trasmitirnos un calor y una relación humana.

Hoy Jesús en el evangelio ante una situación que le plantean algunos fariseos desde sus rigorismos y el cumplimiento exigente de las leyes, terminará Jesús pidiendo que seamos capaces de poner humanidad en la vida. Vienen reclamando porque los discípulos se han atrevido a coger unas espigas mientras van de camino en medio de aquellos sembrados, pero además lo han hecho en sábado. Aquel gesto de coger unas espigas, estrujarlas para sacar unos granos que llevarse a la boda, quizás matando una fatiga en el cansancio del camino, se ha convertido en el trabajo de la siega que no podría realizarse porque había que guardar el descanso sabático. Un rigorismo que no mira a la persona, como tantas exigencias que muchas veces nos imponemos con nuestras normas y reglamentos. ¿Dónde está el corazón?

Jesús quiere hacerles comprender el sin sentido de lo que plantean apelando incluso a las Escrituras santas, pero Jesús lo que quiere es que sepamos poner corazón en la vida y en lo que hacemos. Conectando con lo que veníamos reflexionando podemos aplicar aquí esta sentencia de Jesús a esa falta de humanidad con que vivimos tantas veces.

Simplemente vamos tan preocupados por hacer nuestras cosas, por cumplir quizá con nuestras obligaciones, atentos a los protocolos que nos imponemos en la vida, que no somos capaces de mirarnos los unos a los otros, que nos lleva consigo a esa cerrazón del corazón con que tantas veces vivimos que no sabemos ver ni escuchar el clamor de muchos que sufren a nuestro lado. Muy preocupados ‘por llegar temprano al templo’, no miramos a los ojos a los que encontramos a su puerta o con los que nos cruzamos por la calle, y tantas veces en la vida pasamos de largo.

‘Misericordia quiero, y no sacrificios’, nos está diciendo hoy Jesús. Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano.

martes, 17 de enero de 2023

Jesús nos enseña a centrar nuestra vida en Dios, pero para que sepamos descubrir la grandeza y el valor de la persona

 


Jesús nos enseña a centrar nuestra vida en Dios, pero para que sepamos descubrir la grandeza y el valor de la persona

Hebreos 6,10-20; Sal 110; Marcos 2,23-28

¿Quién pasa por un sembrado y no siente apetito de llevarse a la boca alguna fruta que podamos coger de un árbol o unos granos de trigo cogido de una espiga al pasar? Parece la cosa más natural del mundo, y salvo que nos salga el dueño del terreno con cajas destempladas porque todos los que pasan se enamoran de sus peras o de sus naranjas, es algo a lo que damos la menor relevancia.

Pero aquí había alguien al acecho y no era el dueño de aquellos sembrados que iban atravesando Jesús con sus discípulos. El cansancio del camino, quizá la hora inoportuna en que hacían el camino hizo que algunos discípulos hicieran lo que hace cualquiera. Tomar algunas espigas, estrujarlas con las manos y llevarse unos granos a la boca, que podían matar una fatiga, refrescar una garganta y servir casi como un juego mientras iban haciendo camino. Y quienes estaban al acecho eran precisamente unos fariseos o unos maestros de la ley que en aquel gesto inocente estaban viendo ya la realización de un trabajo que precisamente en sábado, era sábado cuando atravesaban aquellos sembrados, no se podía realizar.

Había que respetar el descanso sabático que ahora estaban incumpliendo los discípulos que acompañaban a Jesús. ¿Cómo Jesús podía permitirles dichas acciones? ¿Dónde estaba el cumplimiento estricto de la ley?

Por ahí andan las cosas, por los rigorismos, por los cumplimientos rigurosos sin otras razones sino que hay que cumplir la ley que está por encima de todo. Y la ley está al servicio del hombre, la ley pretende garantizar el bien de la persona y que nada ni nadie pueda hacernos daño con lo que hacemos. La ley es regularizar nuestro actuar para que lo que hagamos sea siempre bueno, siempre busque el bien de la persona, nadie pueda verse perjudicado.

Pero cuando se meten por medio los rigorismos es a la persona a la primero que vamos a dañar. Es cierto que el sábado estaba reservado para el culto al Señor, pero era el día de descanso que pretendía garantizar el bien de la persona que nadie se impusiera sobre el otro ni lo manipulara bajo ningún concepto. El descanso buscaba el bien de la persona, para humanizar la vida, para no embrutecernos con el trabajo, para que sepamos encontrar un tiempo para nosotros mismos, para profundizar en nuestro interior, para abrir nuestro corazón a Dios, para poder elevarnos por encima de la dureza de la vida buscando otros bienes más preciosos que todo el oro o riquezas del mundo. Pero en nombre de ese descanso no podemos dejar de atender a las necesidades de los demás, o a las necesidades de la persona. Es centrar nuestra vida en Dios, pero para que sepamos descubrir la grandeza y el valor de la persona. Pero cuando llegan los rigorismos todas esas cosas se olvidan, y lo importante es cumplir la ley por cumplir la ley.

Jesús venía para abrir nuestros corazones; Jesús quiere darle verdadera trascendencia lo que hacemos; Jesús quiere que busquemos la dignidad de toda persona y por ello nos preocupemos; Jesús viene a hablarnos del Reino de Dios, donde Dios es el verdadero Señor de la vida, del hombre, de la historia, pero precisamente para que busquemos siempre el bien de los demás, para que a nadie embrutezcamos ni a nadie esclavicemos; Jesús viene a darnos la libertad más verdadera. Jesús quiere que encontremos la verdadera paz del espíritu y nuestra vida está siempre llena de alegría y de esperanza; Jesús quiere ponernos en camino de algo nuevo, donde tampoco nos sintamos esclavizados por la ley.

viernes, 19 de julio de 2019

Sepamos buscar las motivaciones hondas que dan sentido y plenitud a lo que hacemos como respuesta de un corazón agradecido y siempre lleno de amor


Sepamos buscar las motivaciones hondas que dan sentido y plenitud a lo que hacemos como respuesta de un corazón agradecido y siempre lleno de amor

 Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
Siempre hay alguien que está en su punto, en el punto exacto. Y no habla de perfección sino de esos perfeccionistas que están en el punto exacto para decirnos donde nos pasamos, donde nos quedamos cortos, aquello que no hicimos bien según sus normas; parece que están al acecho a ver como nos cogen en algún renuncio, como se suele decir. Siempre ha habido esos perfeccionistas, esos que miden milimétricamente las cosas, pero sobre todo lo que hacen los demás, pero sin contar con la realidad de lo que cada uno es, de lo que cada uno puede hacer o las cosas que pudieran darnos la razón en lo que hacemos aunque a ellos les parezca mal.
Son los que van con el juicio y la condena por delante, parece como si tuvieran ya preparada de antemano las sentencias para caer encima y para condenar. No dejan pasar una. Perfeccionistas, decíamos antes por definirlos de alguna manera, pero que exigen la perfección de los demás en el cumplimiento riguroso de las normas, pero que no lo son tanto para sí mismos porque ahí siempre encontrarán justificaciones o se harán sus propias rebajas.
¿Se puede ser así de verdad y tener algo de humanidad en el corazón? Nos hacemos la vida cuadriculada y todo tenemos que meterlo en su cuadricula, aunque sea a la fuerza. Se nos hace insoportable una vida así y es que además nos hacemos insoportables para los demás. No somos capaces de tener la flexibilidad necesaria para contar con lo que cada uno puede hacer, o con las debilidades que todos tenemos que si fuéramos capaces de reconocerlas seríamos más humanos con los demás.
Todo este comentario muy en lo humano que nos venimos haciendo parte de aquel episodio en que caminando de un lado para otro como iban con Jesús pasaron en un sábado por un sembrado e hicieron eso que se hace tan espontáneamente como arrancar unas espigas, estrujarlas con las manos y comerse los granos. Pero ya vemos quienes están allí al acecho. ¿Sería el mediodía? ¿Vendrían cansados del camino y tendrían ya ganas de comer? Son cosas que se hacen de forma espontánea y que quizá alivian la fatiga del camino. Pero era sábado y allí están los observantes cumplidores de la ley. 
Normas que en su origen eran de gran sabiduría y que buscaban humanidad, cuando entran de camino los rigorismos se convierten en inhumanas y pierden todo su sentido. En la ley mosaica era de gran sabiduría el que se dedicara un día de la semana al descanso por una parte y al culto al Señor por otra. Humanamente era hacer que el hombre no fuera esclavo del trabajo, liberando un día para su descanso, ni nadie pudiera manipular a la persona haciéndola su esclava de su trabajo. La ley en su sentido era estricta pero al mismo tiempo liberadora y humana. Serán luego los rigorismos lo que la hagan inhumana porque llegaba incluso a que se pudiera ayudar a la persona a causa de la prohibición de trabajar.
Estaba también el sentido religioso de la vida y de la persona que de quien único se sentía dependiente era de Dios y a quien habían de dar culto. Ese día del descanso sería la ocasión y oportunidad para con mayor serenidad poder escuchar la Palabra de Dios y cantar su alabanza. No es algo que solo debamos de cumplir por la obligación de una ley, sino que ha de ser la respuesta agradecida de la criatura a su Creador.
Ya sabemos bien que hasta las mejores cosas las podemos malear cuando le hacemos perder su sentido y su valor. Nacen así las imposiciones y las normas estrictas que hay que cumplir así porque sí. No será entonces la respuesta de un corazón agradecido ni de un amor verdaderamente libre y humano lo que hagamos simplemente por obligación. Por eso hemos de saber buscar las motivaciones hondas para hacer lo que hacemos dando plenitud a cuanto hagamos porque lo hagamos siempre desde el sentido del amor.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Que el Señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos


Que el Señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos

1Corintios 12,31–13,13; Sal 32; Lucas 7,31-35

Bien sabemos que no todos miramos con los mismos ojos a las otras personas. Y también es cierto con que facilidad en ocasiones cambiamos de la opinión o el aprecio que le tengamos a los demás ya sea porque no nos guste un determinado gesto que haya realizado en algún momento, ya sea porque no le vemos actuar como a nosotros nos gustaría, porque en determinadas circunstancias haya tenido que tomar determinaciones en asuntos que nosotros resolveríamos de otro modo, o también por las influencias que recibamos de los demás porque siempre hay alguien cerca de nosotros que trata de desprestigiar a aquellos de los que nosotros teníamos buena opinión.
Somos muy volubles en nuestras apreciaciones, lo que puede determinar una pobre personalidad por nuestra parte que fácilmente nos dejamos influir por la opinión de los otros, y aparecen también nuestros orgullos heridos, nuestro amor propio y el egoísmo que nos quiere convertir en el centro de todo y que cuando no lo conseguimos aparecen las descalificaciones, los rumores que se filtran, y hasta las falsedades que se pueden ir infundiendo en la opinión publica con tal de quitarnos de en medio a quien no nos gusta o no nos convence.
Lo estamos viendo cada día en la vida social, lo estamos viendo demasiado en la vida publica donde ya parece que lo que importe de verdad es el servicio del ciudadano sino nuestras propias grandezas, prestigios o ganancias. Así desgraciadamente vamos construyendo nuestra sociedad, por no decir que así la vamos destruyendo.
En cierto modo de algo de esto nos habla hoy el evangelio. Vemos como no todos tienen la misma opinión de Jesús. Lo vamos viendo progresivamente en el evangelio, porque mientras muchos se admiran de sus signos y alaban a Dios porque ha suscitado u profeta en medio de ellos, otros sin embargo tratan de desprestigiarlo de la forma que sea.
‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: Tocarnos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’. Volubles como los niños en sus juegos que no terminan de ponerse de acuerdo. Así les sucedía con la visión que tenían del Bautista y con la visión que ahora muchos se iban haciendo de Jesús.  ‘Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores’.
Pero ¿no seremos así de alguna manera nosotros también de cara a la Iglesia, de cara a la figura del Papa, de cara a sus enseñanzas? Tanto nos sentimos entusiasmados en un momento determinado, como al momento siguiente juzgamos y criticamos, ya no  nos parecen tan buenas las cosas que se hacen, o la imagen que nos hacemos de la Iglesia. Y cuando nos toca algo que nos afecte personalmente, porque toque heridas o cicatrices mal curadas de nuestra vida, enseguida saltamos, nos hacemos nuestras prevenciones, comenzamos a poner nuestros ‘peros’.
Por no decir como hay en la sociedad sectores deseosos de destruir la Iglesia y se valdrán de lo que sea para tratar de socavar la apreciación que tengamos de ella. Cuantas campañas de forma dicta o de forma soterrada, cuanto abundar en errores o pecados que se hayan podido cometer y cuanto cerrar los ojos a todo el bien que hayamos podido recibir. Nos gozamos en un día porque se proclama un año de la misericordia, pero luego vienen los rigorismos de nuestros juicios y condenas tan lejanos de aquella misericordia anteriormente proclamada. Y cuidado, que eso no es solo desde el exterior, sino muchas veces desde el mismo interior de la Iglesia.
Que el señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos.

miércoles, 8 de junio de 2016

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

1Reyes 18,20-39; Sal  15;  Mateo 5,17-19
A veces quisiéramos hacer desaparecer todo lo que nos suene a norma o precepto, porque nos parece que eso nos sujeta y nos coarta nuestra libertad, porque cada uno quisiéramos hacer solamente aquello que nos apetece. Olvidamos quizá que en lugar de ver esas normas o preceptos que regulan nuestra vida personal y nuestras relaciones con los demás y con la sociedad son mas que unos imposiciones unos principios fundamentales que lo que buscan por encima de todo es nuestro propio bien y nos ayudan a alcanzar esa plenitud de vida que todos en el fondo deseamos.
Unos principios que nos ayudan a comprender lo que es verdaderamente el bien de la persona, de toda persona, y no mirado solamente desde un punto de vista personal e individual, así comprendemos lo que verdaderamente es recto y es lo deseable para nuestra vida, cuando tantas veces andamos confundidos y dejándonos arrastrar simplemente por el ambiente que nos rodea.
Ya sabemos las tendencias que aparecen en nuestra sociedad – y eso ha sucedido en todos los tiempos no es solo cosa de estos momentos con ciertos movimientos sociales que parece que ven rebrotando – donde parece que se quiere vivir de una forma anárquica sin querer someterse a ninguna normal o ley que regule la convivencia social. Ahora todo lo resolvemos con asambleas donde el que más grita parece que tuviera más razón pero donde tenemos que reconocer que la bondad o malicia de las cosas no está simplemente en lo que una mayoría pueda opinar o votar; esos principios son algo mucho más hondo.
También en nuestro ámbito eclesial algunas veces podemos tener esa tentación y estamos deseando en nombre de una vuelta a los contenidos fundamentales del evangelio un hacer desaparecer normas o preceptos que por una parte regulen la vida de la Iglesia, pero como decíamos antes sean esos principios que nos ayuden a descubrir lo que verdaderamente es fundamental.
Esa tentación vemos que también existía en los tiempos de Jesús. Frente al rigorismo de los fariseos con un cumplimiento riguroso y excesivamente formal de la ley de Moisés queriendo imponer sus criterios a todo el mundo, también había movimientos donde querían que todo cambiase. Es lo que Jesús vemos que quiere corregir; quizá en algunos con la aparición de aquel profeta a quien muchos ya consideraban quizá como el Mesías, pensaban que ahora todo se iba a abolir porque era necesario romper con todo.
Jesús habla claramente. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley…’ Jesús les habla de plenitud, de perfección, de purificación quizá necesaria, pero de fidelidad a la ley del Señor que es inamovible.
Es lo que realmente tenemos que buscar, esa fidelidad a la ley del Señor, que es camino de vida y de felicidad. Ha comenzado Jesús su discurso allá en el monte, como ya hemos reflexionado, señalándonos un camino de dicha y de felicidad, que es el camino del Reino de Dios que hemos de emprender. Nos hará descubrir el verdadero sentido de Dios y el lugar fundamental – es el Rey y Señor – que ha de ocupar en nuestra vida, pero  nos ayudará también a descubrir el verdadero sentido de nuestra relación con los demás que son nuestros hermanos.

lunes, 27 de octubre de 2014

La presencia de Jesús viene a traernos la verdad libertad con su perdón y su misericordia

La presencia de Jesús viene a traernos la verdad libertad con su perdón y su misericordia

Ef. 4, 32-5, 1-8; Sal. 1; Lc. 13, 10-17
La presencia de Jesús siempre es para la vida, nos manifiesta la vida, los llena de vida, transforma nuestra vida. Con Jesús se nos manifiesta lo que es el amor de Dios y donde está el amor de Dios presente hay vida, porque hay gracia, porque hay perdón; Jesús con su vida nos transforma liberándonos desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿No anunció en la sinagoga de Nazaret que lleno del Espíritu del Señor venía a traer a los oprimidos la libertad, porque llegaba el año de gracia del Señor?
Nos lo va manifestando a lo largo del evangelio en la Palabra de vida que nos anuncia, en los signos que realiza, en el amor que nos regala, en su compasión y en su cercanía allí  donde hay alguien oprimido por el diablo liberando de todo mal.
El episodio del evangelio que hemos escuchado en todo él, en todos sus detalles, una manifestación de esa libertad y esa vida que Jesús nos trae con su salvación. Nos dice el evangelista que estando en la sinagoga ‘había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar’. Pero allí está Jesús que cura a la mujer liberándola de aquel mal espíritu, ‘le impuso las manos y en seguida la mujer se puso derecha’.
La imagen que expresa la falta de libertad o la esclavitud es ver a uno encorvado bajo el peso de un pesado yugo. Por eso este milagro que Jesús realiza en aquella mujer encorvada es un buen signo que nos puede hablar de esa liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Pero no nos quedamos solo en la enfermedad de aquella mujer, porque a lo largo de este episodio van a aparecer otros yugos que esclavizan al hombre, como pueden ser los rigorismos o las intolerancias, la falta de misericordia y la insensibilidad del corazón que nos incapacita para tener compasión del que sufre, los juicios condenatorios y las imposiciones de todo tipo que muchas veces queremos hacer a los demás para que hagan las cosas solo según nuestro particular parecer.
Es lo que se nos manifiesta en la actitud farisaica del que poner de forma rigurosa el mero cumplimiento de las normas o leyes por encima del bien del hombre. Fue la reacción del jefe de la sinagoga que poco menos que quería poner horarios para el amor y la misericordia. No era, según él, el día para la misericordia y la compasión el sábado; como les dice hay otros seis días para trabajar. Y Jesús trata de hacerle ver que la misericordia, la compasión, el amor no tienen horarios ni días, sino que esas actitudes han de llenar nuestro corazón las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, dirá Jesús en otra ocasión recordando el texto de la Escritura.
El milagro que Jesús está realizando con la curación de aquella mujer encorvada a causa de la enfermedad está siendo un signo maravilloso de cuántas cosas nos quiere liberar el Señor si en verdad dejamos que llegue a nuestra vida. No caben en nuestro corazón esas esclavitudes que nos hacen intolerantes e  inmisericordes, que nos impiden amar y tener compasión para con los demás. Muchas veces se nos endurece el corazón y se nos insensibiliza.
Que Jesús nos libere de esas ataduras y esclavitudes, que nos dé la verdadera libertad del amor. Como decíamos al comenzar nuestra reflexión allí donde está Jesús hay vida; Jesús llega a nosotros para darnos vida; Jesús viene a nosotros para transformar nuestra vida y nunca más haya nada que nos esclavice. Viene Jesús y se restablece la dignidad del hombre; nunca más tenemos que ir encorvados bajo el peso de ningún yugo que nos esclavice. Viene Jesús y nos trae la gracia y el perdón. Viene Jesús y no solo nos está manifestando lo que es el amor infinito y eterno del Padre, sino que nos está llenando de su amor.
Dejemos que Jesús nos dé la verdadera libertad. Acudamos a El con tantas cosas que nos esclaviza, acudamos a El con nuestro pecado, que sabemos que siempre en El vamos a encontrar la misericordia y el perdón.