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martes, 4 de agosto de 2026

Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

 


Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Salmo 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

Uno de los signos anunciados por el profeta por los que había de reconocerse la llegada del Reino de Dios era que los ciegos recobrarían la vista. Así lo proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret con aquel texto proclamado del profeta Isaías; y Jesús había dicho al terminar su proclamación que aquello allí anunciado se estaba cumpliendo entonces.

Bien vemos a lo largo del evangelio cómo se repiten las curaciones de los ciegos que acuden a Jesús y bien nos proclamará Jesús que El es la luz del mundo. ¿Para qué es la luz? Para que podamos ver, pero también para que podemos iluminar; tenemos que iluminar. Pero además nos está pidiendo que nosotros seamos luz y la luz no se puede ocultar, tiene que ponerse en el lugar más estratégico para que todos se puedan iluminar. Así nos pedirá que salgamos a nuestros caminos con la luz en nuestras manos para que todos sean iluminados; así hemos de tener cuidado que no nos falte el combustible que mantenga encendida nuestra luz, no sea que nos pase como a aquellas doncellas que no fueron previsoras y no llevaron alcuzas con suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Pero hoy nos encontramos con lo que sería un contrasentido, los ciegos que no reconocen su ceguera, creen que ven pero sus ojos están ciegos, no tienen luz pero rechazan la luz. Ya lo decía el evangelio de Juan al principio, las tinieblas rechazaron la luz. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Surge el comentario a raíz de lo que le dicen los discípulos a Jesús. Los fariseos se habían escandalizado con las palabras de Jesús. Y Jesús no había hablado sino de la necesaria autenticidad de nuestra vida que no se puede quedar en apariencias. Nos pide Jesús que miremos el corazón que es de donde sale la más terrible maldad. ‘Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre’.

La ley del Señor que pedía la pureza interior desde la mayor autenticidad se había transformado con las normas y preceptos que se les hacían insoportables de lo que podían o no podían comer porque solo por eso se convertía en impuro el hombre. Y venían las normas de lavarse las manos para no caer en esa impureza por algo que pudieran haber tocado. Era algo muy arraigado en la fe judía y de lo que les costó liberarse. Recordemos aquella visión de Pedro en la que descendía del cielo un gran mantel con toda clase de alimentos y se le decía a Pedro que tomase de aquel mantel y comiese; Pedro se negaba porque allí había alimentos impuros, pero el Señor le decía que lo que Dios declaraba puro porque de sus manos había salido el hombre no podía declararlo impuro.

Ahora ante la observación de Jesús para que examinemos lo que sale de nuestra boca, lo que sale dentro de nosotros cuando tenemos el corazón lleno de maldad, los fariseos se escandalizan. Y es cuando Jesús nos deja esta observación de que son ciegos que no quieren reconocer su ceguera y por eso nunca irán en la búsqueda de la luz. ‘Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo’.

Que no nos sucede a nosotros esto. Tenemos cegueras porque son muchas las debilidades que nos envuelven; somos ciegos muchas veces cegados por el orgullo y por el amor propio; somos ciegos en nuestras autosuficiencias en que no nos dejamos enseñar; somos ciegos en nuestras insolidaridad que nos encierra en nosotros mismos; somos ciegos que solo nos miramos a nosotros mismos y lo que son nuestros intereses; somos ciegos arrastrados por la vanidad que nos hace creernos los mejores y los superiores; somos ciegos y no somos capaces de ver un hermano en quien está a nuestro lado sea cual sea su condición. Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo.


jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

 


Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

Tito 1,1-9; Salmo 23; Lucas 17,1-6

Algunas veces se pone uno a pensar y no termina de ver por donde van los derroteros de nuestra sociedad. Es muy fácil decir que queremos una sociedad nueva; todos de una manera o de otra lo dicen sea cual sea la ideología o la manera de pensar que tengan; parece que nadie está de acuerdo con las cosas como marchaban antes, salvo los nostálgicos, y queremos hacer reformas por todas partes porque decimos que queremos una sociedad mejor.

Pero ¿sobre qué bases o fundamentos queremos construir esa sociedad? Por todas partes no vemos sino revanchas, palabras agrias porque no se sabe hacer un debate si no buscamos descalificaciones y enseguida salen a relucir los insultos, despertamos odios y enfrentamientos que habíamos dejado ya por zanjados y volvemos a desenterrar viejos enfrentamientos y divisiones; como alguien tenga un tropiezo, ya estamos todos haciendo leña del árbol caído, tapamos lo que nos conviene o lo de lo que está más cerca de nosotros buscando mil justificaciones, pero como podamos enterramos vivo al que haya tenido un tropiezo.

Escándalos del tipo que sea, errores en la realización de las cosas, cosas mal hechas o que han rayado con cosas injustas, las ha habido en todos los tiempos, pero parece que ahora yo no somos capaces de enmendar errores, no se da posibilidad a que haya una rehabilitación de las personas, y por supuesto lo del perdón parece que está bien lejos del pensamiento y del actuar. ¿Y de esa manera haremos que las cosas vayan mejor? ¿A dónde vamos a llegar?

Esto lo palpa uno en la vida de la sociedad en la que estamos, donde parece a veces que falta una madurez humana y unos valores que de verdad construyan a la persona. Y de esto todos podemos contagiarnos, porque ya no es solo a los niveles que podríamos llamar altos de la sociedad, sino que esto es lo que luego palpamos en las relaciones más a pie de calle de unos y otros, entre vecinos, entre familias, y cuidado que los cristianos y en el ámbito de la iglesia nos contagiemos de esa manera de actuar.

Me surge toda esta reflexión desde el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla Jesús de los escándalos, y de alguna manera nos dice que son inevitables (teniendo en cuenta claro nuestra propia debilidad que fácilmente nos hace tropezar tantas veces y en tantas cosas) y ya nos dice que ay del que provoca el escándalo, pero también nos dice que tengamos cuidado. Tengamos cuidado ¿por qué? Porque, es cierto, nos podemos contagiar de la manera de reaccionar y de actuar del mundo que nos rodea. Pero Jesús a continuación nos ofrece todo un proceso, podríamos decir.

Nos habla Jesús de cómo tenemos que ser comprensivos los unos con los otros, porque todos podemos de la misma manera cometer errores - ¿No nos dirá en otro momento que el que esté sin pecado que tire la primera piedra?, y muchos buscarán cómo justificarse para tirar esa piedra – pero nos dice además como tenemos que corregirnos los unos a los otros, cómo tenemos que buscar la manera de ayudarnos; y la comprensión exige paciencia, y humildad, y mucho cariño y amor; la corrección nos lleva a perseverar en esas palabras buenas que queremos decir para convencer y para animar; y la corrección nos llevará al perdón, para que la persona se sienta en verdad rehabilitada y considerada de nuevo para volver a comenzar.  ¿Seremos capaces de hacer todo eso?

Muchas veces nos tomamos las palabras de Jesús allí por donde mejor nos conviene, pero no terminamos de escuchar todo lo que Jesús nos dice. Entiende Jesús que las personas tienen que realizar un proceso, y somos humanos, y no siempre es fácil. Pero no sabemos acompañar al que yerra y se quiere levantar; no sabemos valorar los esfuerzos que hace y que tanto le cuestan para tropezar quizás una y otra vez. ¿Es que nosotros somos tan perfectos y tenemos tanta fuerza para que a la primera cambiemos del todo y nos podamos presentar de nuevo como santos? Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás.

Si entre nosotros no somos capaces de realizarlo, ¿como seremos capaces de verdad de contribuir a que la sociedad sea mejor y destierre de una vez por todas esas revanchas y esos odios renacidos que estamos viendo continuamente?

Los discípulos a todo esto que les planteaba Jesús terminaron pidiéndole que les aumentara la fe. Les parecía, es cierto, algo muy difícil. Pero Jesús nos habla del poder de la fe, de lo que podemos hacer si en verdad ponemos toda nuestra fe y toda nuestra confianza en Dios, de la fortaleza que nos va a acompañar. ‘Si tuvierais fe como un granito de mostaza…’ nos dice.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

 


Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6

Poner piedras en el camino, para hacerte tropezar, para que encuentres obstáculos y al final te canses y desistas de hacer el camino, para hacer que te desvíes del camino que lleva la meta, a lo que quieres conseguir y al final te pierdas, para hacerte daño porque te quieren mal, porque sienten la maldad en su corazón y parece que disfrutan entorpeciendo a los demás, porque afloran resentimientos y envidias, porque el orgullo nos corroe por dentro y hacemos lo posible y lo imposible porque el otro no consiga lo que desee… Hemos comenzado hablando materialmente de piedras en el camino para entorpecernos el recorrido que tengamos que hacer, pero al final hemos terminado resaltando la malicia que aflora en muchos corazones para hacer daño a los demás; y la maldad aparecerá en cosas materiales, como puedan ser las piedras del camino, o serán otras muchas intenciones torcidas que nos aparecen por dentro.

Es de lo que comienza hablándonos Jesús. Y son los más débiles los que habitualmente sufren las consecuencias de esos tropiezos porque en su debilidad es más fácil la caída. Y es esa malicia con que nos estamos acostumbrando a actuar en la vida, porque todo son desconfianzas, todo son recelos y envidias, amor propio herido y soberbias del corazón, porque en nuestras vanidades no soportamos que otros puedan estar mejor que nosotros e incluso hagan el bien cuando nos creemos que somos nosotros los únicos que hacemos el bien y no terminamos de ver y reconocer el bien que hacen tantos a nuestro lado. Y vienen los daños que nos hacemos los unos a los otros de mil maneras; y viene el mal ejemplo que arrastra cuando nosotros no hacemos las cosas bien y llevamos a los demás por mal camino. Y Jesús nos habla muy fuerte y muy duro por ese daño que hacemos en los demás.

Y los discípulos más cercanos de Jesús se ven sorprendidos por la dureza de Jesús en sus palabras para los que hacen el mal y las nuevas actitudes que Jesús pide a los que quieren ser sus seguidores. Porque a pesar de todo ese mal que nos hacemos, Jesús nos está pidiendo que seamos capaces de tener comprensión en el corazón y cuando alguien reconoce el mal generosamente le ofrezcamos el perdón. Y Jesús nos plantea que el perdón hay que ofrecerlo siempre, no podemos poner medidas ni límites; todos somos igualmente débiles y tropezamos muchas veces en la misma piedra, caemos una y otra vez en las mismas debilidades. Y de la misma manera que queremos que sean comprensivos con nosotros, así hemos de serlo también con los demás siempre.

Es lo que a los discípulos se les hace difícil. Entonces y ahora. Porque sigue siendo una piedra de tropezar hoy en nosotros y hasta en la Iglesia lo de la generosidad del perdón a los que hayan tropezado muchas veces. Nos cuesta perdonar. Se nos hace difícil. Mantenemos muchas reservas. Se mantienen incluso en los protocolos de actuación también muchas reservas y parece que no se tiene en cuenta mucho lo que Jesús nos dice. Nos acogemos a unas palabras, a lo que nos interesa, pero olvidamos o descartamos otras.

‘Aumentamos la fe’, le piden los discípulos a Jesús, porque todo aquello que les está diciendo Jesús les parece como imposible realizarlo. Y Jesús nos dice que si tuviéramos fe, aunque fuera tan pequeña como un grano de mostaza, seríamos capaces de hacer grandes maravillas, hacer que la morera se arranque de raíz y se plante en el mar. ¿Hasta dónde llegará entonces nuestra fe cuando no somos capaces de hacer esa maravilla de ofrecer generosamente el perdón a los que débiles han caído una y otra vez? ¿No habrá por ahí, en muchos que no lo imaginamos incluso, muchas lagunas en la fe?  ¿Por qué seremos tan rigoristas? ¿Qué imagen damos de la misericordia y de la compasión? Nos da mucho que pensar.

lunes, 7 de noviembre de 2022

Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

 


Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay momentos en la vida en que nos parece que todo se nos vuelve cuesta arriba, la situación se nos complica y no sabemos ya cómo hacer o como actuar; sentimos la tentación de tirar la toalla, como suele decirse, abandonar los esfuerzos porque nos parece imposible. Serán los problemas que se nos van presentando en la vida en nuestras tareas o responsabilidades, en algo que nos han confiado, la problemática familiar que algunas veces se nos complica, la convivencia con aquellas personas que queremos o los amigos que están a nuestro lado, problemas que vemos en nuestro entorno y que nos afectan y nos hacen daño, muchas situaciones complicadas, difíciles de resolver, que parece que nos hacen imposible el caminar.

Algo así les estaba pasando a los discípulos de Jesús. Venía hablando Jesús de las exigencias de su seguimiento, y de los planteamientos que teníamos que hacernos en nuestras relaciones con los demás, ahí estaba el tema del perdón siempre tan controvertido porque nos cuesta curar nuestros orgullos heridos, o situaciones escandalosas ante las que había que actuar de forma drástica. ¿Qué hacer? Algunas cosas parecían poco menos que un imposible, pero ellos querían seguir con Jesús, les convencía por otra parte todo el ideal de vida que les proponía, pero había por medio como algunos callos con los que parecía que era difícil caminar.

Y surge la petición a Jesús. Es como un grito pidiendo ayuda, es un decir queremos seguirte pero nos cuesta, parece que nos falta fe. ‘Señor, auméntanos la fe’, le piden. Hay que tener mucha fe pensaban para poder superar muchas de aquellas cosas con las que tenían que enfrentarse, hay que tener mucha fe porque el camino parece que se hace exigente. ‘Auméntanos la fe’.

Como pedimos nosotros también, porque nos parece que no creemos lo suficiente para aceptar todo el evangelio de Jesús; como pedimos porque el camino se nos hace duro, porque parece que hay muchas cosas en contra o que el mal lleva por adelantada su victoria. Pedimos fe cuando vemos cosas también en nuestro entorno que no nos gusta o que nos hacen daño; pedimos fe cuando tan difícil se nos hace la convivencia como para sentirnos de verdad hermanos, porque se nos hace tan difícil mirar a los demás con una mirada limpia. Pedimos fe cuando nos cuesta perdonar y el fuego del resquemor, de la intolerancia, de los resentimientos, de los deseos de venganza quizá que sentimos dentro de nosotros, parece que nada ni nadie lo puede apagar.  Pedimos fe, tendríamos que pedir mucha fe, pero no solo con los labios.

Y nos habla Jesús de la fe como un granito de mostaza, capaz de mover montañas o de arrancar una morera para que se plante en el mar. Es que quizás la fe la hemos convertido en una rutina, en un adorno externo, en una medalla que llevamos al cuello igual que podríamos llevar otra cosa, porque lo que necesitamos es que le demos autenticidad a nuestras palabras de fe. Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida. No nos vale simplemente que el domingo cuando llegue ese momento en la celebración recitemos el credo, pero sin ser conscientes de las palabras que vamos pronunciando en ese momento.

Es la autenticidad de una profesión de fe recitando el credo como tiene que ser la autenticidad de nuestras oraciones. No son cosas que simplemente recitamos de memoria o vamos quizás repitiendo mentalmente mientras el sacerdote en la misa va pronunciándolas. Son cosas que más que decir tenemos que sentir; más que unas palabras que recitamos tiene que ser algo que vamos sintiendo de verdad en el corazón. Decimos quizás ‘te rogamos, óyenos’, porque ahora toca decir eso, pero nuestra mente está en otra cosa muy lejos incluso del lugar en el que estamos. Nos hace falta más autenticidad en la vida, en nuestras oraciones, en la proclamación de nuestra fe.

 

jueves, 2 de junio de 2022

Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

 


Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Dolor sentimos en el alma cuando vemos que una cosa, una tarea, una obra que con mucho cariño habíamos emprendido luchando y trabajando por conseguir lo mejor, por culpa de la división o el enfrentamiento de aquellos por los que trabajamos o que serían sus beneficiarios o de aquellos que tenían la misión de continuar dicha tarea, aquello se destruye y se viene abajo.

¿Por qué tienen que surgir esas ambiciones que nos enfrentan y que nos hacen estar como a la rapiña? ¿Por qué no somos capaces de con el mismo mimo y cuidado seguir haciendo que aquello se mantenga en pie, pues con tanto bien puede a la larga beneficiarlos a todos?

Pero mira cómo somos, qué pronto lo que comenzamos a hacer es buscar nuestro beneficio, o como nos sentimos mal cuando vemos que otros son felices y las cosas le marchan bien. Envidias, recelos, desconfianzas, ambiciones, orgullos tantas cosas que se nos meten por medio y son causa de destrucción en lugar de mantener la unidad.

Nos sucede tantas veces en todos los ámbitos de la vida social. Pareciera que siempre nos gusta estar jugando a la guerra; pero no es un juego, es una cruel realidad en nuestras comunidades, en nuestros grupos y desgraciadamente lo vemos también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, en nuestra Iglesia. Queremos que sobresalga nuestro grupo y no nos importa destruir lo que hagan los demás; en nuestros orgullos y vanidades lo que pretendemos es sobresalir porque a la larga lo que queremos es humillar a los que no son de nuestra cuerda.

Es doloroso, pero es la realidad. Es doloroso y no nos podemos cruzar de brazos. Es doloroso y tenemos que escuchar hoy la oración de Jesús al Padre pidiendo por la unidad de todos los que creemos en El. El sabía bien lo que nos iba a suceder. Cuántas guerras nos hacemos también dentro de la Iglesia. Cuánto nos falta de la misericordia, pero de la de verdad. Cuánto nos falta del amor verdadero que hace verdadera comunión.

Cuando hablamos de la unidad de la Iglesia nos refugiamos enseguida en ese gran drama de la Iglesia de Jesús que es la falta de la unidad de los cristianos que ha creado tan diversidad de Iglesias en que todos se quieren considerar la verdadera y tanto nos cuesta ese diálogo y entendimiento pero lo que llamamos la unidad de los cristianos. Claro los cristianos de pie nos parece que casi tenemos que desentendernos de eso por va por otras alturas y ahí poco podríamos hacer.

Pero no olvidemos que el escándalo de la falta de unidad está en nuestras pequeñas comunidades, en esa misma Iglesia a lo que nosotros pertenecemos y en la que vivimos que vive tantas veces rota por dentro. Y ahí sí tenemos mucho que hacer, ahí tenemos que comenzar a poner esa unidad y esa necesaria comunión; entre los más cercanos, entre los que nos encontramos todos los domingos cuando entramos o salimos de nuestras celebraciones pero que ni nos conocemos aunque seamos del mismo pueblo. En esas pequeñas comunidades en las que muchas veces destruimos tanto con nuestras críticas, con nuestro despego y no participación, con nuestra dejadez y despreocupación. Qué imagen tan desastrosa damos tantas veces ante el mundo que nos rodea.

Escuchemos las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí’.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado



Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado

 Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6
Hay ocasiones en que parece que todo se nos hace cuesta arriba y las dificultades van en aumento y nos sentimos como sin fuerzas para avanzar, para alcanzar la cima, las metas; ocasiones en que nos cuesta entender por qué son las cosas así, o también no comprendemos las metas que se nos proponen que nos parecen altas e inalcanzables, o que los planteamientos que se nos hacen superan nuestras fuerzas y nuestra capacidad. Gritamos, entonces, pidiendo ayuda, cuando no sentimos la tentación del abandono pensando que eso supera nuestras posibilidades y no es para nosotros. Muchas veces quizá nos hayamos podido encontrar en una situación semejante en diferentes aspectos de la vida.
Algo así se sintieron los discípulos cercanos a Jesús cuando escuchaban sus planteamientos. Conocemos cómo en una ocasión, allá en la sinagoga de Cafarnaún muchos comenzaron a dejar de seguirle porque decían que aquella doctrina era muy dura. Ahora los discípulos cercanos a Jesús piden que les aumente la fe.
Había hablado Jesús de una forma radical de los escándalos y de aquellos que hacían daño a los demás, pero les hablaba de algo que podía tocarle muy de cerca a todos que era el tema del perdón. Recordamos que ya un día había preguntado a Jesús si había que perdonar hasta siete veces, pensando que con eso ya se era suficientemente generoso. En el sermón del monte Jesús había hablado de no solo perdonar sino de amar a los enemigos y rezar por aquellos que te hacen daño. Ahora les dice que si un hermano peca y reincide una y otra vez y una y otra vez viene a pedir perdón hay que perdonarlo siempre. Que no tenemos que ser obstáculo sino ayuda, y aquel que quiere dar pasos y lo intenta una y otra vez hay que ayudarlo, porque tenemos que tener una capacidad de comprensión y de amor en nuestro corazón como Dios lo tiene con nosotros.
Claro que humanamente esto nos cuesta; nos cuesta entender los esfuerzos de los demás; nos cuesta entender que tropecemos una y otra vez en la misma piedra; nos cuesta entender las caídas de los demás porque quizá no nos damos cuenta de nuestras propias caídas, de nuestros propios tropiezos que siempre lo vamos haciendo en la misma piedra como si fuéramos cegatos. Digo que humanamente nos cuesta, pero es que es de humano el comprender, porque es contar con nuestra propia debilidad, porque es saber caminar al lado del otro que tropieza no para echárselo en cara sino para ayudarlo a levantarse, el creer en el otro aunque lo veamos débil, porque vemos en él reflejada nuestra propia debilidad.
Y esto no siempre lo sabemos hacer; y vamos por la vida demasiado justicieros porque al que la hace la paga que decimos; porque nos volvemos inhumanos con los demás y lo que queremos es hacer caer el peso de la ley sobre los otros; porque no somos lo suficientemente misericordiosos porque no hemos aprendido a saborear de verdad lo que es la misericordia que Dios nos tiene.
Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado, que de verdad nos sintamos hermanos que caminamos juntos y nos ayudamos a hacer el camino, a subir la montaña, a llegar hasta la meta.
Es cierto que como los discípulos también tenemos que pedir ‘auméntanos la fe’, pero que nunca abandonemos, nos echemos para detrás, nos sintamos vencidos a causa de nuestras debilidades, y que sepamos tener esas buenas sintonías con los demás.

viernes, 5 de julio de 2019

Jesús nos sale al encuentro, no importa que seamos pecadores o hayamos llenado el corazón de maldad, porque es el médico que nos sana y que nos llena de vida


Jesús nos sale al encuentro, no importa que seamos pecadores o hayamos llenado el corazón de maldad, porque es el médico que nos sana y que nos llena de vida

Génesis 23,1-4.19; 24, 1-8.62-67; Sal 105; Mateo 9,9-13
‘Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme’. La gente se sintió sorprendida. ¿Era consciente Jesús de a quien estaba llamando para ser uno de los que le iban a seguir de cerca? Aquello se salía de lo comúnmente establecido. Los que tenían ese oficio no eran bien mirados, se les llamaba incluso publicanos, o sea, pecadores. ¿Cómo se mezclaba Jesús con toda clase de gentes? ¿Cómo lo agrega al número de sus amigos? Ya veremos luego la reacción de algunos porque Jesús se sentó a la mesa del publicano en la que estaban sentados también otros muchos publicanos.
Cuando leemos hoy este evangelio nos escandalizamos quizá, no de que Jesús haya escogido a un publicano para formar parte del grupo de los que más íntimamente le seguían, sino quizá de que aquella gente tuviera esas actitudes, actuara de esa forma discriminatoria con los que ejercían una profesión. Pero ¿de qué tenemos que escandalizarnos? Seguro que en el mundo, en la sociedad en la que vivimos ¿no andamos con discriminaciones semejantes?
Pensémoslo bien antes de entrar en juicios que se pueden volver contra nosotros. Diversas son las reacciones que muchos tenemos ante ciertas personas cuando nos cruzamos con ellas por la calle, o porque quizá conviven en nuestro mismo barrio o en nuestra misma calle. Nos llenamos de prejuicios ante su aspecto exterior, su manera de vestir o las cosas que les vemos hacer y ya nos sentimos como prevenidos ante su presencia; quizá el color de su piel o su apariencia externa ya nos predispone, su raza o el lugar de su procedencia los tenemos demasiado en cuenta consciente o inconscientemente.
Ahí está la frialdad con que los recibimos, la manera casi con indiferencia y distancia con que abrimos la puerta si nos llaman para vendernos algo o pedirnos una ayuda. ¿No seremos de alguna manera racistas? Muchos prejuicios llevamos en nuestro interior que no manifestamos claramente, pero ahí están.  Creo que tendría que hacernos pensar.
Hoy Jesús nos está dando una gran lección. No tiene en cuenta los prejuicios en que se movía la sociedad de entonces, de manera especial con los llamados publicanos, para llamar a alguien que va a seguirle de cerca y a quien un día hará formar parte del número de los Doce.
Como ya antes mencionábamos, por allá andan los fariseos y los escribas con su ojo escrutador viendo lo que Jesús hace y hasta manifiestan externamente con sus comentarios los prejuicios con que Vivian su vida. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’, les comentan a los discípulos de Jesús. Ya conocemos la reacción de Jesús. ‘Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’.
Es el sentido nuevo que Jesús quiere dar a nuestra vida y a nuestras mutuas relaciones. ¿Quién soy yo para hacer discriminaciones y distinciones entre las personas? El espíritu del amor que tiene que anidar en nuestro corazón nos tiene que llevar a la acogida, a la relación de amistad, a saber compartir la misma vida para caminar junto, a tender nuestras manos como puentes, no poniendo muros que nos distancien o nos alejen, a tener una nueva mirada hacia los demás haciéndolo pasar todo por el filtro del amor, a limpiar nuestros ojos con el colirio del amor y de la ternura.
Jesús nos sale al encuentro, no importa que seamos pecadores o hayamos llenado el corazón de maldad, porque es el médico que nos sana y que nos llena de vida, que perdona nuestra obstinación y nos pone un nuevo corazón.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa que nos hace llegar la misericordia y el amor de Dios y así hacer un mundo más hermoso


Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa que nos hace llegar la misericordia y el amor de Dios y así hacer un mundo más hermoso

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Cuando contemplamos cómo la inmoralidad, la falta de ética, la poca honradez en las responsabilidades que cada uno tiene que asumir, la maldad que llena los corazones o la falta de escrúpulos o sensibilidad para no hacer daño a nadie nos va invadiendo y de alguna manera sentimos como se contagia y a nosotros también nos puede contagiar, sentimos una repulsa tremenda en nuestro corazón y al mismo tiempo como impotentes sin saber qué hacer o cómo hacer. Parece como que quisiéramos destruirlo todo para recomenzar de nuevo haciendo que el mundo sea mejor, pero no siempre parece que pueda estar en nuestras manos.
Jesús nos está diciendo hoy que ese mal que tanto daño hace a los demás tenemos que arrancarlo de raíz, aunque sabemos que es bien difícil y a todos, creo que lo sabemos por experiencia propia, nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra vida que sabemos que no siempre son buenas. Como nos dirá en otro momento con la parábola de la buena semilla y la cizaña, sabemos que han de crecer juntas siendo al final cuando serán separadas del todo. Será para nosotros un acicate que nos hará mantenernos siempre muy vigilantes para no dejarnos contagiar por ese mal. Es la lucha que cada día hemos de mantener en la vida buscando por encima de todo lo bueno y alejándonos de lo malo.
Pero por otra parte nos habla Jesús de la paciencia de Dios que siempre está esperando nuestro cambio y nuestra conversión. No nos da por irremediablemente malos, sino que continuamente nos está regando con su gracia para que demos el paso a esa transformación.
Hoy nos habla Jesús también del perdón. Una disposición y una actitud necesaria siempre en nuestro corazón. Y es que como nosotros nos sentimos también pecadores y débiles, que nos cuesta recuperarnos y rehacer nuestra vida y siempre estamos tropezando, eso tiene que hacernos humildes para ser comprensivos con los demás, sea cual sea el mal que hayan podido hacer.
Algunas veces parece que hacemos distinciones entre lo que los otros pudieran hacer, y decimos con mucha facilidad ‘eso yo  no se lo perdono’. Pero ¿es así la actitud del corazón de Dios? ¿Y no nos dice Jesús en el evangelio que hemos de ser compasivos y misericordiosos como lo es el Señor siempre compasivo y misericordioso? Para que Dios nos perdone a nosotros si tenemos en cuenta esas palabras, pero para nosotros tener esa disposición y actitud para con los demás, ya somos distintos.
Es la imagen que misericordia que siempre tiene que tener la Iglesia para con los pecadores, sea cual sea su pecado. Pero en ocasiones parece que un poco se deja arrastrar por influencia mediática del mundo, por las actitudes justicieras de tantos alrededor y no muestra del todo ese corazón misericordioso. Y el pecador, por muy grande que sea su pecado, está ansiando encontrar esa misericordia, esa comprensión, esa mano como la de Jesús que levantaba a los enfermos y a los pecadores y a todos se acercaba sin hacer distinción, pero muchas veces quizás no la encuentra.
Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa. Todos tenemos que mostrarnos igualmente compasivos y misericordiosos en todo momento con el hermano que ha tropezado y ha caído y saber tender la mano para ayudarlo a levantarse y hacer que se encuentre la infinita misericordia de Dios.

jueves, 19 de octubre de 2017

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Romanos (3,21-30a); Sal 129; Lucas (11,47-54)

¿Podemos ser obstáculo para el bien que los otros quieren hacer? Parecería que eso no tiene sentido porque en el fondo todos queremos lo bueno, queremos hacer el bien, y parece que tendríamos que alegrarnos que otros también hagan cosas buenas, hagan el bien a los demás; tendría que ser incluso un aliciente y un estimulo para nuestra vida.
Pero ya bien sabemos cómo la malicia llena el corazón de los hombres y en lugar de sentirnos estimulados lo que nos sucede es que nos llenamos de envidia, y ya sabemos lo destructiva que es la envidia cuando se nos mete en el corazón. El envidioso en lugar de ayudar querrá poner todos los obstáculos posibles, porque quizás nos duela que nosotros no podamos hacer eso bueno que hacen los demás. Y desprestigiamos, restamos importancia a lo que hacen los demás, sembramos desconfianza queriendo hacer ver que hay una caprichosa intención en quien está haciendo lo bueno, tratamos de llenar de sombras todo aquello que tendría que estar lleno de luz.
Es la malicia que se nos puede meter en el corazón y así nos convertimos en obstáculos para lo bueno de los demás. Cosas así nos podemos encontrar en las relaciones de los amigos, en el trato con los que conviven cerca de nosotros y que alguna vez por resentimientos que vienen de viejo nos hacen brotar esas malas yerbas que tanto daño nos pueden hacer. Algunas veces pueden ser resentimientos que se heredan de familia porque no sé quien y no sé en qué época alguien de aquella familia hizo algo que hirió a un antepasado nuestro y eso parece que no se olvida ni se perdona aunque pasen años y generaciones.
He ido en mi reflexión por este camino de las envidias pero que encierran orgullos mal curados en nuestro interior, pero también hay tantas formas en que por nuestro mal ejemplo podemos ser ese obstáculo para lo bueno y que de alguna manera por nuestro mal testimonio incitan o inclinan hacia lo malo a los que nos rodean. Es el mal ejemplo que podemos ver los mayores, son las situaciones de corrupción por ejemplo que vemos hoy en nuestra sociedad, que nos lleva a ver las cosas tan naturales, que ya hasta lo malo e injusto nos puede parecer bueno porque otros lo hacen. Son los obstáculos para lo bueno que nos podemos ir encontrando en el camino de la vida, o son los obstáculos que también nosotros mismos podemos ser para los demás.
Muchas cosas que pensar para caer en la cuenta de la rectitud en que hemos de vivir nuestra vida. Quizá pensamos en un momento determinado que aquello que nosotros hacemos o sentimos en nuestro interior es cosa nuestra y a nadie tiene que interesar, pero no nos damos cuenta que una mala actitud por nuestra parte en un momento determinado puede hacer daño a alguien, no solo porque lo podamos ofender, sino porque nuestro mal ejemplo es el peor daño que le hacemos, porque de alguna manera es abrirle las puertas al mal.
Me ha surgido esta reflexión - que quizá se quede incompleta porque son muchas las consecuencias que se pueden sacar - cuando he escuchado en el evangelio en la diatriba que sostiene con los escribas y con los fariseos diciéndoles: ‘¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!’
Que no nos suceda así a nosotros. Que nuestras actitudes y comportamientos ayuden siempre a los que están a nuestro lado a hacer el bien y apartarse del camino del mal.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Es necesario despertar la fe en nuestro corazón para mirar siempre a lo alto pero que siempre nos compromete a ser mejores y hacer mejor nuestro mundo de cada día

Es necesario despertar la fe en nuestro corazón para mirar siempre a lo alto pero que siempre nos compromete a ser mejores y hacer mejor nuestro mundo de cada día

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay ocasiones en que nos parece que nos sentimos aturdidos ante la tarea que tenemos por delante, y no me refiero solamente a las ocupaciones o responsabilidades que tenemos que afrontar en la vida, los trabajos de cada día, las obligaciones familiares, todo lo que se refiera a nuestra profesión o los compromisos que vamos adquiriendo hacia o con los demás – cosas importantes, es cierto, y que tenemos que afrontar con responsabilidad -, sino algo más hondo que atañe a lo más profundo de nuestro ser, nuestra personalidad, nuestra espiritualidad, el compromiso de nuestra fe.
Nos sentimos aturdidos, decía, porque nos parece ingente nuestra tarea, el camino de superación y crecimiento que tenemos por delante, que hemos de desarrollar. Y ya decía no son solo nuestras tareas o responsabilidades. Nos sentimos débiles y nos parece que no tenemos fuerza para afrontarlo. ¿Qué podemos hacer? ¿dónde encontraremos las fuerzas para ello?
Jesús en su contacto con sus discípulos iba señalándoles aquellas cosas en las que habían de irse superando, aquello que tenía que evitar, o lo que habrían de vivir con toda intensidad si en verdad querían entrar en el Reino de Dios. Los vemos en ocasiones impresionados e impactados por las palabras de Jesús, les parece imposible. Es lo que hoy escuchamos. Les ha hablado de Jesús del daño del escándalo que tendrían que evitar porque nunca su conducta, sus palabras, lo que hicieran tendría que conducir a los demás y menos a los más débiles a verse en la ocasión, en la tentación del pecado. ‘Tened cuidado’, les dice Jesús.
Y les habla también del perdón que generosamente han de conceder siempre al hermano que te haya ofendido, aunque fuera reiterativo en sus ofensas; ¿cuántas veces hemos de perdonar al que nos haya ofendido?, es la pregunta que también nosotros tantas veces nos hacemos. ‘Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: "Lo siento", lo perdonarás’.
Ya sabemos cuanto nos cuesta. Es entonces cuando surge la petición de los discípulos a Jesús. Les parece que no tienen fe, no tienen fuerza suficiente para seguir ese camino. ‘Auméntanos la fe’, le piden.
¿La fe nos lo va a resolver todo? ¿la fe es la que nos da fuerza? La fe nos hace confiar en Dios; la fe nos da seguridad de que no nos faltará esa fuerza de Dios, esa gracia de Dios; la fe es la que nos ayudará, nos motivará para que nos mantengamos firmes; la fe nos iluminará para ver el camino, para ver lo que tenemos que hacer; la fe nos dará sentido a lo que hacemos; la fe nos hará centrar toda nuestra vida en Dios.
Es la fe que nos ayuda a caminar, la fe que nos hace que nunca nos sintamos solos, la fe que nos hace creer que podemos no por nosotros mismos solamente sino por la fuerza que nos viene de Dios, la fe que nos hace superar problemas, la fe que nos levanta el animo cuando estamos decaídos, la fe que nos hace mirar a lo alto y buscar metas grandes para nuestra vida, la fe que nos compromete en un mundo nuevo y mejor.
No plantaremos moreras en el mar, pero si nos hace posible que transformemos nuestro mundo, como se transformará también nuestro corazón; es la fe que nos hace mejores porque al abrir nuestro corazón a Dios lo estaremos abriendo también a los demás. Es la fe que nos lleva al encuentro, a la aceptación, al respeto, a la comprensión, que es capaz de dar el perdón siempre con toda generosidad; es la fe que nos hace humildes pero que nos descubre la mayor grandeza del amor. Es la fe que nos pone en el camino del amor.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor

Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
Qué celosos somos de nuestras cosas y de la manera cómo las hacemos; qué celosos somos de nuestros grupos o de los que son y piensan como nosotros. Como nosotros nadie hace las cosas; somos unos ‘chachis’, como decíamos en mi época; nadie como nuestro grupo, nuestro partido, los que son afines a nosotros. Sucede en muchos ámbitos de la vida, de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Y en consecuencia desconfiamos de los demás, que aunque hagan cosas buenas nosotros siempre le pondremos un ‘pero’; desconfiamos y nos volvemos suspicaces, o porque nos copian o porque queremos ver segundas intenciones o intenciones torcidas o partidistas en los demás. Seguro que al hilo de esto que reflexionamos podríamos poner muchos ejemplos.
Es lo que vemos reflejado de alguna manera en el texto del evangelio de hoy con la actitud de Juan que viene a decirle a Jesús que han visto a uno que hace cosas buenas y se lo trataron de impedir. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros’. Celosos de nuestras cosas y de los nuestros. Si no eran del grupo de Jesús, ¿cómo es que se atrevían a utilizar el nombre de Jesús para echar demonios?
‘No se lo impidáis, les dice Jesús… el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. No seamos desconfiados, podríamos de alguna manera traducir; dejemos que hagan el bien, valoremos que hagan el bien. El bien y la bondad no es algo exclusivo nuestro. Además quien está sembrando el bien, quien está sembrando amor, quien obra con rectitud y justicia, aunque quizá no lo sepa está también construyendo el reinado de Dios.
¿Significa eso que nosotros renegamos de nuestros principios, de nuestros valores? De ninguna manera. Nosotros podremos tener otras motivaciones y razones que nacen de nuestra fe y de la trascendencia con que vivimos nuestra vida, es cierto. Nosotros en nuestra fe y desde el testimonio y la Palabra de Jesús le podremos dar un sentido más amplio y más profundo a nuestro amor y a nuestro compromiso por los demás. Y nosotros seguiremos viviendo nuestro amor y nuestro compromiso cristiano desde esos valores profundos del evangelio, desde esa trascendencia de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana.
Pero aprovechemos todo lo bueno que podemos encontrar en nuestro mundo, en nuestro entorno, en los demás que también trabajan por los demás, se comprometen por hacer un mundo más justo, se dan y se entregan también desde la solidaridad con los que los rodean. Abramos bien los ojos para ver todo lo bueno esté donde esté. Hay mucha gente que actúa con rectitud, con generosidad, con auténtico espíritu solidario, es la búsqueda de la justicia y del bien.
No seamos tan obtusos de pensar que solo nosotros somos los buenos y los que sabemos hacer las cosas. No todo es malo en nuestro mundo, aunque desgraciadamente demasiadas veces nos pongamos las gafas oscuras para contemplarlo y nos parezca verlo todo negro. También hay mucha luz; hay mucha gente buena que trabaja por la justicia y también quiere amar solidariamente a los demás. Sepamos valorar todo eso bueno que hay en los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’.
Y esto aprendámoslo para vivirlo en el ámbito de nuestra vida cristiana, pero aprendámoslo en todas las circunstancias de la vida en lo social, en lo político, en lo cultural. Hay demasiados exclusivismos en nuestras relaciones y en las cosas que hacemos en la vida de nuestra sociedad; exclusivismos que son partidismos excesivos en lo político, por ejemplo, donde siempre al que se mira como adversario no le aceptamos que pueda hacer algo bueno o acertar en sus planteamientos, ni reconocerle incluso aquellas cosas que son comunes. Y así sucede en todos los ámbitos de la sociedad.
Reconozcamos además de que a pesar de tener los principios que tenemos y aprender de los valores del evangelio y actuar con la fuerza de Jesús también nosotros cometemos errores, muchas veces se nos puede manifestar el cansancio, o hacemos las cosas mal. No porque nuestros valores no sirvan o nos conduzcan por lo malo, sino por nuestra debilidad, nuestra inconstancia, y porque también nos podemos sentir tentados por el mal y torcer nuestros caminos. 
Que nunca nuestros tropiezos sean causa de tropiezo para los demás. Por eso tenemos que cuidar mucho la santidad de nuestra vida para que en verdad podamos ser luz, nuestro testimonio sea auténtico. Y aquello que nos podría hacer tropezar a nosotros arranquémoslo de nuestra vida, como nos enseña Jesús. Eso malo que hay en nosotros no solo nos hace tropezar a nosotros haciendo el mal, sino que además puede hacer de tropiezo para los demás. Por eso hemos de evitar el escándalo que podamos dar con nuestra vida, pensando en el significado de la palabra que es precisamente tropiezo.
Hoy nos enseña Jesús a valorar hasta lo más pequeño, lo que nos parezca tan insignificante como dar un vaso de agua. ‘No quedará sin recompensa’, nos dice. Hagamos el bien, aunque sean cosas pequeñas y aprendamos a valorar siempre el bien que hacen los demás. Como decíamos, todo son semillas del Reino de Dios. Claro que nosotros desde nuestra, desde esa motivación profunda que encontramos en Jesús queremos que Dios sea el centro de todo, que en verdad el sea el Señor de nuestra vida y de nuestra historia.
Quizá ese aspecto no lo tendrán en cuenta los demás, por la ausencia de la fe en sus vidas, pero con el testimonio que nosotros también podamos darle una luz puede comenzar a brillar en sus corazones para que también se encuentren con Dios. Lo bueno que nosotros vamos haciendo, por la rectitud con que lo hagamos, por el amor que vayamos poniendo en nuestra vida, sea una luz que ilumine. Como nos dice Jesús en otro lugar del Evangelio que vean nuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Apoyándonos en la fe podemos hacer cosas tan grandes como ser capaces de ser comprensivos y misericordiosos con los demás

Apoyándonos en la fe podemos hacer cosas tan grandes como ser capaces de ser comprensivos y misericordiosos con los demás

Tito, 1,1-9; Sal. 23; Lc. 17, 1-6
Ojalá pudiéramos caminar en la vida sin tropiezos. Y no son ya solo los tropiezos con que nos podamos encontrar a causa de las discapacidades físicas que van apareciendo en nuestro cuerpo que nos van produciendo limitaciones para nuestra movilidad y nuestra vida, sino que quiero referirme, aunque estas tengan su importancia, a otros tropiezos más profundos que nos pueden poner en peligro quizá hasta nuestra fe y a la larga nuestra salvación.
Son las dificultades que nos pueden aparecer por nuestra propia debilidad espiritual, pero también pueden ser las influencias negativas que podamos sufrir desde quienes nos rodean que nos pueden llenar de dudas, que nos pueden hacer que nos sintamos más fuertemente inclinados al mal por algo que nos dicen y que nos hagan sentirnos débiles y tentados o incluso también por los malos ejemplos que nos pueden dar que nos inciten al mal. Es lo que llamamos escándalo. La palabra precisamente significa piedra de tropezar; y efectivamente un mal ejemplo que recibamos o una incitación al mal de quien puede influir en nosotros es una piedra que nos hace tropezar, una zancadilla a nuestra fe.
Jesús nos previene para que por una parte no nos dejemos arrastrar nunca por esos malos ejemplos que nos pueden llevar al camino mal, pero también para que nunca nosotros seamos causa de escándalo para los demás por nuestros malos ejemplos o porque con nuestra manera de actuar o de vivir arrastremos a otros al pecado. Y habla el Señor fuerte y duro en este sentido.
Pero a continuación sigue hablándonos de esas actitudes buenas y positivas que siempre hemos de tener en nuestro corazón para saber acoger a los demás con una capacidad de comprensión y de perdón muy grande. Sí, comprensión y perdón, que son actitudes muy importantes y fundamentales en nuestra vida y que como cristianos han de resplandecer de manera muy brillante en nosotros.
‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’, nos dice Jesús en las bienaventuranzas. ¿No le decimos al Señor cuando rezamos el padrenuestro que El sea misericordioso con nosotros porque nosotros somos misericordiosos con los demás? ¿Qué es lo que pedimos? ¿No le pedimos que nos perdone porque nosotros perdonamos las ofensas que nos puedan hacer los demás? Pero es que además, cuando somos compasivos y misericordiosos nos estamos pareciendo al corazón de Dios, que es compasivo y misericordioso.
Sin embargo, reconocemos, que es algo que nos cuesta ser. Somos más dados al juicio y a la condena. Yo diría que en principio es una falta de humildad por nuestra parte. Porque cuando juzgamos y condenamos a los demás, pareciera que nosotros somos tan perfectos que nunca fallamos. Y ‘el que esté sin pecado que tire la primera piedra’, como nos dice Jesús en otro lugar del evangelio.
Por eso, aunque nos cueste, escuchemos con corazón abierto lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio. No estemos como Pedro preguntándonos cuantas veces tenemos que perdonar. ‘Tened cuidado, nos dice, si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; su te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: lo siento, lo perdonarás’.
Es cierto que con la corrección fraterna - y subrayo esta palabra ‘fraterna’ - tenemos que ayudar al que falla o incluso nos pueda ofender, a que se corrija, reconozca su mal, y ayudarle con nuestra comprensión y cercanía a que haga las cosas bien; pero siempre tiene que estar en nosotros esa capacidad de comprensión y de perdón; la misericordia tiene que brillar en nuestro corazón.
A los discípulos estas cosas que les iba diciendo Jesús les costaba entenderlas y se les hacían difíciles. Ya recordábamos como Pedro hacia aquella pregunta de cuantas veces tenia que perdonar al hermano. Ahora los discípulos le piden al Señor que les aumente la fe. Y el Señor les señala cuantas cosas grandes pueden hacer si tienen fe aunque sea tan pequeña como un granito de mostaza. Y no es que vayamos arrancando moreras para que se planten en el mar, o moviendo las montañas de un sitio para otro. Pero sí, esas cosas que nos parecen difíciles o incluso imposibles en ese camino de superación y crecimiento en nuestra vida cristiana se pueden realizar.
Cuantas veces decimos que no podemos perdonar, que no podemos hacer tal o cual cosa que sentimos que el Señor nos pide en nuestra vida cristiana. ¿Has rezado? ¿Has contado con el Señor? ¿Has puesto a juego tu fe? Esa fuerza divina que el Señor nos da con su gracia, si ponemos toda nuestra fe en El, hará que podamos hacer grandes cosas que nos podrían parecer imposibles.

Que el Señor nos aumente la fe.

jueves, 27 de febrero de 2014

Un camino de desprendimiento y generosidad pero también de superacion para vencer las tentaciones del mal



Un camino de desprendimiento y generosidad, pero también de superación para vencer las tentaciones del mal

Sant. 5, 1-6; Sal. 48; Mc. 9, 40-49
El camino de Jesús tiene que estar adoquinado con el desprendimiento y la generosidad nacidos del amor y con la lucha y el esfuerzo por superarnos cada día más a nosotros mismos para que ni por una parte seamos causa de mal o de pecado para los demás y por otra parte nosotros al mismo tiempo arranquemos continuamente esas raíces de pecado que pudiera haber en nosotros. Bien sabemos que cuando queremos arrancar una mala hierba, si no la arrancamos de raíz, pronto volverá a brotar con fuerza.
Ese camino de desprendimiento y de generosidad hemos de aprender a hacerlo desde las pequeñas cosas porque ya nos dirá en otro momento del evangelio que si no sabemos ser fieles en lo poco, en lo pequeño, tampoco en lo grande e importante sabremos ser fieles. Por eso nos habla hoy del vaso de agua dado con generosidad que nunca quedará sin recompensa. ‘El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no quedará sin recompensa’, nos dice.
Algunas veces podemos pensar, bueno, eso que voy a hacer es pequeño e insignificante y no tiene valor; de ninguna manera podemos pensar así.  El pequeñito grano de arena unido a otros pequeños granos de arena hará el montón. Pero además la grandeza de lo que hacemos no está en la cantidad sino en la calidad del amor que pongamos en aquello que hacemos. Dios habitualmente no nos pide cosas extraordinarias, pero sí nos pide que lo que hagamos, lo hagamos extraordinariamente bien. Es, pues, la intensidad que ponemos en aquello que hacemos. Porque en ello queremos poner siempre amor.
Y eso nos vale en el lado positivo de todas las cosas que hacemos, haciéndolas siempre con el amor más exquisito, como nos vale también en lo negativo que puede aparecer en nuestra vida. Es un camino bien resbaladizo y la tentación que se nos puede meter en el alma en cosas que nos parecen pequeñas e insignificantes pronto pueden desembocar en cosas mucho más graves.
Nos habla Jesús del cuidado que hemos de tener para no hacer daño a nadie con nuestros malos ejemplos, pero también de cómo tenemos que arrancar de nosotros todo lo que sea malo. Las expresiones de Jesús, en su lenguaje semítico propio que es muy rico en imágenes, nos pueden parecer duras, pero nos habla de la importancia que hemos de darle a todo aquello que hacemos, para que nada nos impida alcanzar esa vida eterna a la que estamos llamados y nunca nosotros seamos causa de que otros puedan desviarse del camino recto.
Es cierto que somos débiles y estamos sometidos continuamente a la tentación que nos inclina hacia el mal, pero ahí está precisamente ese camino de superación en el que hemos de estar empeñados. Y es que un cristiano de verdad ha de estar siempre en esa actitud de superación y de crecimiento en su vida, porque tan pronto nos descuidemos, ya sabemos, la raíz de la mala hierba de la tentación y del mal vuelve a brotar con fuerza en nosotros.
Además en la medida en que vayamos creciendo en el amor al Señor, mucho más santos querremos ser, y entonces con mayor delicadeza e intensidad iremos examinando nuestra vida continuamente en ese deseo de ser mejores, de ser santos de verdad, como escuchamos hace poco que nos decía Jesús en el Evangelio. Porque no se trata, como decíamos entonces, de ser buenos así como todos, sino que lo que tenemos que buscar siempre esa perfección y santidad cuyo modelo e ideal es Dios mismo, porque a la larga esa santidad que vamos a vivir es esa posesión de Dios, ese sentirnos llenos y poseídos de Dios que habita en nuestros corazones.
Que nos sintamos en verdad llenos e inundados del Espíritu del Señor que nos llene con su gracia, que nos dé la fortaleza de la gracia para recorrer ese camino de santidad alejándonos siempre del mal,  y poniendo el amor más exquisito en nuestra vida.