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viernes, 7 de agosto de 2026

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

 


No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

Nehemías 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7; Salmo : Dt 32, 35-41; Mateo 16, 24-28

Algunas veces sentimos el deseo de encerrarnos en una torre para estar preservados de todo, no contagiarnos de tanta violencia, de tanto egoísmo, de tanto materialismo que contemplamos por todos lados, hastiados del vacío con que se vive la vida sin darle un sentido y un valor a lo que hacemos, buscando siempre pasarlo bien y de la forma que sea en todos los aspectos, no queriendo contaminarnos de esas ínfulas en que viven tantos en su vanidad y en su prepotencia que nada respetan ni nada valoran. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si en verdad esa es la solución cuando solo queremos salvarnos a nosotros mismos dejando que nuestro mundo sigan circulando por esos cauces turbios.

¿Estaré ganando o estaré perdiendo? ¿Qué satisfacción puedo sentir al final si nada he hecho sino de preocuparme de salvarme a mí mismo sea como sea? ¿No estaré yo haciendo lo mismo por lo que no quiero contagiarme y por lo que me refugio en ese torreón cerrado? Nos sentimos confundidos, no hemos terminado quizás de encontrarle un sentido a la vida. ¿Merecería la pena?

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio y no siempre hemos terminado de entender. Nos está hablando de cruz y también de ser capaz de perder para poder ganar. ¿Nos quiere unos perdedores? ¿Quiere que busquemos el dolor y el sacrificio por mi mismo quizás de una manera fanática? ¿Es que nos quiere acaso tristes y amargados en medio de penas y sufrimientos?

No es ese el sentido de Jesús. Él nos ha hablado de dicha y felicidad y la promete para todos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios es que quiere que le demos un sentido distinto a nuestra vida con unos valores que en verdad van a darle una plenitud a nuestra existencia. Nos está hablando Jesús del amor como lo que le da sentido a todo y lo que en verdad nos va a llenar de vida. Los edificios de la vida construidos desde la vanidad o pensados solo para nuestro disfrute personal y egoísta pronto se los va a comer la carcoma de esa misma vanidad y se vendrán abajo.

Unos sólidos fundamentos en los valores de la autenticidad, del amor y la generosidad, de la búsqueda del bien para actuar en justicia para todos serán los que mantendrán firme ese edificio que entonces estará abierto para todos. Nos es más cómodo dejarnos arrastrar por la vanidad y los caprichos de mi autosuficiencia pero sabemos que estamos edificando sobre arenas movedizas que no dan auténtica firmeza a nuestra vida. Amar porque nos damos y somos capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos porque lo que buscamos siempre es el bien del otro nos resulta más costoso y exigente, pero estaremos haciendo un mundo más agradable y acogedor donde todos nos vamos a sentir más a gusto y ya nos cuidaremos entre todos de mantenerlo.

Es lo que nos está queriendo decir Jesús cuando nos habla de negarnos a nosotros mismos o cuando nos dice que tenemos que ser capaces de perder la vida para ganarla. En ese mundo tan revuelto del que, como decíamos al principio, algunas veces tenemos la tentación de preservarnos encerrándonos en nosotros mismos tenemos que ser mensajeros de esperanza, de que es posible un mundo nuevo y mejor, y de ello tenemos que saber dar testimonio.

Cuando nos detenemos ante el que sufre para con nuestra presencia ser consuelo, cuando tenemos una palabra amable para sembrar paz y armonía donde todo es confusión, cuando vamos actuando con generosidad derrochando gestos de ternura para los que están a nuestro lado, cuando vamos buscando la autenticidad de los gestos sencillos que nos hacen sentirnos cercanos a los que van con nosotros en el camino, cuando tenemos paciencia para escuchar el que vive en soledad y nos contará una y mil veces sus andanzas o sus preocupaciones… estamos siendo esos mensajeros de esperanza que nuestro mundo necesita.

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor.


viernes, 10 de octubre de 2025

La vida está llena de signos y señales, con mirada de esperanza descubramos las señales del Reino de Dios en tanto bueno que podemos contemplar a nuestro alrededor

 


La vida está llena de signos y señales, con mirada de esperanza descubramos las señales del Reino de Dios en tanto bueno que podemos contemplar a nuestro alrededor

Joel 1,13-15; 2,1-2; Salmo 9; Lucas 11,15-26

La vida de cada día está rodeada de signos y de señales que nos indican caminos, que nos señalan sendas de vida, que amplían horizontes, que nos hacen comprender cuanto nos sucede o que nos plantean interrogantes.

Cuando hablamos de signos o de señales pensamos, por ejemplo, en nuestras carreteras; tenemos que conocer las señales que vamos encontrando que nos señalan direcciones o que nos indican cómo hemos de conducir por esas vías; tenemos que saber leerlas a tiempo e interpretarlas porque de eso va a depender nuestra manera de circular, de evitar los peligros que podamos encontrar, o de darnos pista para que hagamos más agradable nuestro viaje.

Pero los signos no son solo las señales de tráfico de nuestras carreteras, calles o caminos; son los signos que encontramos en la vida, desde lo que podamos leer e interpretar de la manera de actuar de los que caminan a nuestro lado, o desde los acontecimientos de todo tipo que suceden en el mundo en que vivimos, ya sea nuestro entorno cercano, o ya sea acontecimientos de carácter más universal. Signos y señales que nos indicarán el sentido del vivir de tantos o los derroteros por donde anda nuestro mundo.

Tenemos la tendencia de fijarnos en lo que suene a catastrófico, de resaltar aspectos negativos que encontremos en nuestra sociedad que nos lleva a hacer unas determinadas lecturas de cuanto sucede, de dejarnos envolver muchas veces por el pesimismo porque no puede parecer todo tan negativo; es cierto que no todo son luces, pero también podemos encontrar luces y buen colorido en muchas cosas que nos manifiestan un despertar de la solidaridad, de búsqueda del bien común, de deseos de paz y de señales aunque en ocasiones nos puedan parecer imperceptibles de una paz que poco a poco se va construyendo.

¿Detrás de cuanto sucede no podemos encontrar alguna luz de algo nuevo y esperanzador? Creo que tendría que ser por donde tendría que ir nuestra lectura de la vida y la interpretación que hemos de hacer de los acontecimientos que se suceden. Siempre podemos encontrar esa luz, siempre tenemos que saber encontrar esa luz, dejando a un lado la tendencia a los catastrofismos y a las lecturas negativas y pesimistas. Nosotros los cristianos tenemos que ser los hombres y mujeres de la esperanza, y desde esa esperanza confiamos en la presencia del Señor en cuanto nos sucede y cómo Él quiere hablarnos también desde cuanto nos sucede.

Nos choca hoy en el texto del Evangelio que se nos propone aquella interpretación que hacían algunos de los signos y milagros que Jesús realizaba cuando se los atribuyen al poder de Satanás. Jesús nos habla de un reino dividido que no puede subsistir para señalarnos la incongruencia de los que así pensaban. Querían pedir después de lo que estaban viendo un nuevo signo del actuar de Dios cuando estaban tan ciegos que no sabían ver e interpretar las obras de Jesús.

Pero ¿no será lo que de alguna manera nos sucede a nosotros cuando andamos tan pesimistas en la vida y no somos capaces de ver esas señales de Dios que se van manifestando? Y todavía queremos seguir pidiendo milagros, o corremos de un lado para otro cuando sucede algo extraordinario. Seamos capaces de ver esas señales de Dios que se nos manifiestan en lo pequeño y en lo sencillo.

Como decíamos antes aun con todas las negruras que podamos apreciar hay bonitos signos en muchos donde se manifiesta la solidaridad, hay un despertar de las conciencias buscando mayor justicia, hay mucha gente intranquila con tanta violencia y acritud en nuestras relaciones y están buscando formas nuevas de construir esa paz y esa armonía entre todos, hay un deseo de salvaguardar la naturaleza y de cuidar nuestro entorno.

¿No podemos ver ahí señales de algo nuevo que va surgiendo en nuestro mundo? ¿No tenemos que estar ahí también los cristianos y poner también nuestra propia nota de humanidad y de amor, porque nos sentimos llenos del amor de Dios? ¿No tendríamos que convertir todo eso y ver en ello señales del Reino de Dios por el que nosotros hemos de luchar?


jueves, 11 de noviembre de 2021

En la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad están las señales del Reino de Dios en medio de nosotros

 


En la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad están las señales del Reino de Dios en medio de nosotros

Sabiduría 7, 22 – 8, 1; Sal 118; Lucas 17, 20-25

Vivimos en un mundo de prisas; queremos que todo sea de inmediato. Nos hemos acostumbrado con la técnica y con la informática que tocamos una tecla, tocamos un botón o colocamos una clavija y todo sucede inmediatamente, que no soportamos las esperas. Que el ordenador va lento, nos quejamos tantas veces; que no nos resuelven de inmediato nuestros problemas, y ya andamos quejándonos y protestando porque nos hacen esperar. Un mundo de inmediatez.

Pero por unas razones o por otras, con unas técnicas modernas, o simplemente cuando las cosas llevaban otro ritmo, siempre nos hemos estado preguntando ¿y eso me lo van a solucionar pronto? ¿Y cuándo va a suceder eso que nos anuncian? Siempre hay como una expectativa de inmediatez. Y aunque las esperas a lo largo de la historia de la salvación podríamos decir que fueron de siglos, siempre estaba la esperanza de que todo aquello anunciado por los profetas tuviera pronto cumplimiento.

Ahora Jesús anuncia el Reino de Dios, nos da señales de cómo ha de ser ese Reino de Dios, nos pide un espíritu de conversión para abrir los espíritus de verdad a ese Reino de Dios, pero allí andaban los contemporáneos de Jesús, como había sucedido también a través de los tiempos en la espera de sucesos espectaculares con los que se hiciera presente el Reino de Dios.

Y ahora vienen preguntándole, ‘¿cuándo va a llegar el reino de Dios?’ y la respuesta de Jesús es clara. ‘El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros’. Será algo que Jesús repetirá en varias ocasiones como nos narran los evangelistas.

La tendencia a lo espectacular. Que nosotros también la tenemos. Cómo corremos de un lado para otro y somos capaces de atravesar el mundo cuando nos dicen que sucedieron cosas espectaculares o milagrosas en un lugar determinado; cómo corremos tras las apariciones o las visiones de algo que nos pueda parecer sobrenatural; cómo acudimos a este o al otro santuario porque allí nos dicen que se hacen milagros, que allí nos curamos de nuestras enfermedades y hacemos largas peregrinaciones. ¿Buscamos lo espectacular o buscamos a Dios? Será algo que tenemos que preguntarnos.

Y Jesús nos ha dicho ‘mirad que el Reino de Dios está en medio de vosotros’. Ahí, en nosotros, en nuestro interior según las actitudes nuevas de las que llenemos nuestro corazón, según los valores nuevos que vayamos poniendo en nuestra vida; ahí en nosotros, en medio de ese mundo en el que vivimos que luchamos por hacerlo mejor, es donde tenemos que encontrar el Reino de Dios, es donde tenemos que despertar todos esos valores del Reino de Dios.

Y cuando comencemos a amarnos más, cuando aprendamos a estar más unidos colaborando los unos con los otros, cuando vayamos arrancando de nosotros y de nuestras relaciones esos orgullos que nos destrozan, esas envidias que nos corroen, esos egoísmos que nos hacen insolidarios, esa maldad que hace ruin nuestro corazón y llena de injusticia nuestro trato y nuestra relacion con los demás, entonces nos daremos cuenta de cómo estamos construyendo el Reino de Dios.

Mira a esas personas que se aman, mira a quienes viven desprendidos y con corazón generoso dándolo todo por los demás, mira a esa gente que es verdaderamente solidaria, mira a quienes trabajan por lo bueno, por hacer el bien a todos, por buscar el respeto de cada persona, mira a esas personas que alejan de sí toda vanidad y toda hipocresía y estarás encontrando semillas del Reino de Dios. Ahí en ese mundo que vamos construyendo de esa manera, pongamos a Dios en el centro y estaremos en verdad encontrándonos con el Reino de Dios.

No son cosas espectaculares lo que esas personas hacen; es la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad; y eso serán quizás cosas que nos parecen pequeñas, pero ahí estamos viendo las señales de que el Reino de Dios está en medio de nosotros.

 

miércoles, 27 de febrero de 2019

Luchemos por quitar tanta crispación como hay en nuestra sociedad y aprendamos a aceptar lo bueno de los demás en lugar de querer destruirlo todo


Luchemos por quitar tanta crispación como hay en nuestra sociedad y aprendamos a aceptar lo bueno de los demás en lugar de querer destruirlo todo

Eclesiástico 4,12-22; Sal 118; Marcos 9,38-40

Hay gente que se piensa que ellos son los únicos que saben hacer las cosas; nadie las hace como ellos y son personas difíciles para trabajar con ellas porque esas personas lo monopolizan todo y no permiten que nadie pueda meter mano, poner su parte; para un trabajo en común se hacen insoportables pues no te dejan hacer sino que continuamente estarán pendientes de lo que haces y como lo haces para decirte continuamente como lo tienes que hacer y terminan haciéndoselo todo ellos sin contar con nadie.
Están también las personas que nunca sabrán tener una visión positiva para ver lo bueno que hacen los otros; ya sea desde sus ideologías o sus maneras de pensar o ver las cosas, ya sea porque nunca aceptarán una opinión distinta y las opiniones que no coincidan con su peculiar manera de pensar son siempre erróneas, ya sea por la malicia que anida en sus corazones para desconfiar, para no ver sino segundas intenciones en lo que los otros hacen, o para desde su vanidad buscar siempre un punto desde el que desprestigiar lo bueno que los otros hacen con una perversa envidia que malea sus corazones, nunca aceptaran lo bueno que hacen los demás.
Decimos que podemos verlo en los demás, pero con sinceridad tenemos que reconocer que cosas más o menos así muchas veces también nos pasan por nuestra mente y nuestra manera de actuar. Reflexionando fríamente nos damos cuenta de esa malicia que puede meterse también en nuestros corazones que nos lleve a amor propio herido, a orgullos que resucitan en nuestro interior, a envidias y desconfianzas que corroen nuestras mutuas relaciones. Nos damos cuenta que esa no es la forma correcta y humana de actuar y que tenemos que hacer el esfuerzo de reconocer con humildad y también con alabanza lo bueno que hacen los demás y que es mucho.
Son reacciones humanas que muchas veces nos pueden surgir dentro de nosotros y nadie está libre de poder caer en esas situaciones. Que muchas veces entre nosotros los cristianos en nuestra propia comunidad, en la vida de la iglesia nos pueden aparecer esas reacciones negativas porque nos afloran los celos y recelos, porque nos creemos demasiado perfectos y pensamos que solo nosotros sabemos hacer las cosas bien.
En nuestro engreimiento no somos capaces de descubrir cuanto bueno hay en ese mundo que nos rodea, y que pueden haber muchas buenas semillas del Reino de Dios también en los que no creen, viven alejados de la Iglesia y tienen la buena voluntad y deseo de luchar también por un mundo mejor. Hay unos orgullos ‘eclesiales’ muchas veces entre nosotros que nos impiden realizar ese necesario diálogo también con el mundo, aunque viva alejado de la fe.
Es lo que aflora en el texto del evangelio que se nos ofrece hoy. Juan viene a decirle a Jesús, y se cree que ha hecho una cosa muy buena, que se ha encontrado con algunos que no son de los del grupo pero que están echando demonios en nombre de Jesús; en su buena voluntad ha querido impedírselo. Y Jesús le dice que no, que esa no es la actitud. ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
Creo que está bien claro el mensaje, después de lo que hemos venido reflexionando. Sepamos descubrir, como decíamos antes, esas buenas semillas del Reino que otros también están cultivando cuando buscan un mundo mejor, cuando luchan por la libertad y la justicia o cuando están creando las condiciones para que seamos más hermanos y desterremos de nuestro mundo tantas negruras y sufrimientos. Mucha gente hace el bien a nuestro lado y tenemos que reconocer que muchas veces más que nosotros. Vayamos por la vida con una mirada positiva y seamos capaces de colaborar, poner todo nuestro apoyo a cuanto de bueno realizan otros, sean quienes sean.
Ya es bastante que en la vida social y política muchas veces se cree tanta crispación y no se colabore mas en un dialogo sincero para buscar lo mejor por la sociedad, sino que más bien muchas veces se vaya destruyendo todo lo que hace el otro porque a mi no me complace o porque no lo hice yo. Colaboremos en quitar esa crispación de nuestro mundo y a lograr que seamos capaces todos de colaborar unidos siempre por lo bueno a aunque tengamos pensamientos distintos.

lunes, 18 de febrero de 2019

Pedimos signos y milagros pero no somos capaces del milagro de amor del Señor cada día que nos sostiene y nos acompaña en nuestro caminar


Pedimos signos y milagros pero no somos capaces del milagro de amor del Señor cada día que nos sostiene y nos acompaña en nuestro caminar

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13
Algunas veces tenemos las cosas delante de los ojos y no queremos verlas. Nos cegamos con nuestro pensamiento, nuestra manera de ver las cosas, nuestras ideas y no somos capaces de entrar en razonamiento. Es lo que suele pasar en muchas ocasiones en nuestras discusiones que se terminan por volver violentas; en lugar de un dialogo donde presentemos nuestras propuestas, nuestras ideas para confrontarlas con las de los demás y llegar a un entendimiento, nos encerramos en nosotros mismos y no somos capaces de razonar ni de ver ni escuchar el planteamiento que nos hagan los otros.
Nos sucede en nuestras relaciones ordinarias incluso en la vida familiar, en nuestro trato con los amigos a la hora de poner nuestros puntos de vista, y todos vemos como todo eso se traslada a todo el ámbito de la vida social, política, etc.… Se hace difícil dialogar, se hace imposible el entendimiento, y no llegaremos así nunca a una buena colaboración, esa buena colaboración que tendría que haber cuando decimos que todos estamos trabajando por el bien común. Demasiadas voces airadas, demasiada crispación y los que la provocan son quizá los que hablan mucho de que es necesario ese sosiego, moderación  y entendimiento, pero nada ponen de su parte. Es lo que estamos palpando cada día en nuestra sociedad.
Me hago esta reflexión mirando a lo que sucede en nuestra sociedad y partiendo de lo que hoy nos dice el evangelio. No todos estaban de acuerdo con lo que Jesús hacia, tenían otra concepción de lo que tendría que ser el Mesías, o el planteamiento de un estilo de vida nuevo que Jesús hacia, venía a desmontar los pedestales, los privilegios que ellos se habían construido enfrente de la sociedad de su tiempo a la que querían manipular a su antojo y según sus ideas.
No son capaces de ver con claridad de espíritu las obras que Jesús hacia, pero continuamente vemos que le están pidiendo a Jesús signos y señales que confirmen lo que Jesús les enseña o la autoridad con que lo hace. En otro momento del evangelio Jesús les hablará del signo de Jonás, ahora en esta ocasión Jesús prefiere callar haciendo caso omiso de las exigencias que le plantean. Si quieren descubrir la verdad de su mensaje, la verdad de lo que es realmente Jesús que vean las obras que continuamente Jesús realiza, o que vean incluso su propio estilo de vivir.
Pero quizá esa humildad y sencillez de Jesús, ese acercamiento lleno de amor a todos especialmente a los que sufren es un aldabonazo a sus conciencias que no quieren reconocer. Y ya veremos en el evangelio que en aquellos que no aceptan a Jesús todo terminará como decíamos antes que nos sucede tantas veces a nosotros en la vida, con la violencia; la solución que finalmente buscarán será quitar de en medio a Jesús y lo llevaran hasta la muerte en cruz. Como tantas veces que nosotros queremos quitar de en medio a aquellos que su vida entra en contradicción con nosotros y nuestras obras.
Nosotros también somos dados a pedir milagros o cosas extraordinarias a Dios decimos para mantener nuestra fe. Pero seamos capaces de ver y reconocer las obras de Dos en nosotros cada día.
En nuestros problemas y necesidades, es cierto, acudimos al Señor, como es normal pidiendo su ayuda, pero lo que queremos es el milagro; pero la obra del Señor en nosotros muchas veces es callada, nunca aparatosa, y viendo nuestra vida con cierta perspectiva tendríamos que reconocer esa presencia amorosa del Señor a nuestro lado en esos momentos difíciles que nos mantuvo firmes, que no nos dejó caer ni fuéramos arrastrados por ese torbellino de los problemas; aunque la salida quizá no fuera como nosotros pedíamos en nuestra angustia, tenemos que reconocer que Dios sí estuvo con nosotros y nos damos cuenta cómo al final superamos aquellas difíciles situaciones. Dios no nos dejó de su mano, y esa maravilla del Señor se realizó en nosotros casi imperceptiblemente.
Seamos capaces de ver las obras del Señor, dejémonos conducir por su Espíritu y alabemos al Señor cantando sus maravillas.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Purifiquemos el corazón para que sea un cristal limpio y brillante con el que miremos a los demás y lo que hacen viéndolo siempre con un sentido positivo



Purifiquemos el corazón para que sea un cristal limpio y brillante con el que miremos a los demás y lo que hacen viéndolo siempre con un sentido positivo

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23
Se suele decir que cada uno ve las cosas según el color del cristal a través del cual mira; bien sabemos que si tenemos los cristales opacos veremos todo con esa opacidad, esa falta de brillo y de luz, con unos cristales limpios veremos más nítidamente y con una claridad más natural las cosas. Algunos utilizamos los cristales de nuestras lentes, de nuestras gafas como decimos normalmente al menos entre nosotros, con un tratamiento que hace que por la fuerza de la luz solar los cristales se oscurezcan, decimos que para no molestar a nuestros ojos, pero bien sabemos que vemos las cosas con una oscuridad no natural y también tenemos la experiencia que si nuestros cristales están con suciedad o polvo en el contraste de la luz del sol muchas veces se nos convierten como en espejos que más que ver claramente lo externo casi nos vemos a nosotros mismos.
Pero los cristales con que miramos la vida no son los de una ventana a través de la que miremos o los de nuestras gafas con tantos tratamientos y matices de colores que les podemos dar. Los cristales de la vida es lo que llevamos en nuestro interior y bien sabemos que el egoísta no mirará a lo que hay alrededor sino desde su egoísmo acaparador, o los prejuicios que tengamos en nuestro interior desde intereses particulares, ideologías que nos absorben la mente y el corazón nos llevarán a juzgar a los demás desde esos criterios interesados y cuando no coinciden con nuestra idea o interés todo lo que veamos en el otro lo veremos con mirada turbia poniendo en los demás los intereses malignos que llevemos en el corazón.
¿Por qué no somos capaces de valorar lo bueno que hace el otro, lo que ha acertado en su manera de actuar, y siempre estaremos poniendo objeciones al actuar de los que no piensan como nosotros y viéndolo todo desde un sentido negativo? Nos pasa con el consideramos nuestro contrincante o adversario en cuestiones, por ejemplo, sociales o políticas, con el que no sabremos colaborar nunca en lo que plantea desde sus ideas para bien de la sociedad, y a quien veremos siempre casi como un enemigo al que si pudiéramos hacíamos desaparecer. Así vivimos enfrentados en lugar de ser capaces de ponernos de acuerdo y colaborar, mejorando también en lo que hiciera falta de parte y parte, para lograr un bien común. En lugar de colaborar tenemos más bien deseos de destruir todo lo que hago el otro desde otro signo.
Creo que todos podemos entender lo que estamos reflexionando y tendría que hacernos pensar para ser capaces de trabajar de verdad por un bien común que mejore la vida de nuestra sociedad. Pero es que parece que son unos enemigos contra los que tenemos que luchar en lugar de una gente que pueda pensar distinto pero que tendríamos que lograr el ser capaces de colaborar todos juntos.
Ahí está el color del cristal con el que miramos. Pero ese color lo llevamos en nuestro corazón y cuando dejamos meter la maldad dentro de nosotros todo serán rencillas, resentimientos, orgullos heridos, amor propio que nos llega de petulancia y de soberbia, envidias y desconfianzas, ira y violencia que se nos descontrola, y así nos vivimos enfrentados, nos herimos los unos a los otros, no somos capaces de poner comprensión en nuestra vida para entender mejor al otro, y el perdón nunca aparecerá como una buena actitud y un valor que tendríamos que cultivar para encontrar la paz.
Es de lo que nos está previniendo Jesús hoy con sus palabras en el evangelio. Queremos auto-justificarnos en lo que hacemos diciéndonos que nosotros si actuamos así es influenciados por lo que vemos alrededor para así descargar nuestras culpas. Es cierto que podemos recibir muchas influencias negativas de nuestro entorno, pero los actos que nosotros realizamos los hacemos con nuestra libertad personal, y ante lo negativo que podamos recibir nosotros tenemos que ser los que decidimos cual es nuestra respuesta que daremos libremente. Somos nosotros los que dejamos salir de nuestro interior como un torrente embravecido todas esas maldades con las que miramos o con las que tratamos a los que están a nuestro lado.
Parte Jesús del concepto que tenían los judíos de que la impureza nos podría llegar desde fuera y por eso había que purificarse tanto con sus abluciones y lavatorios para que al comer no entrar nada impuro en su corazón. Pero Jesús nos viene a decir que la impureza sale de dentro de nosotros. ‘Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’, les dice; y luego les explicará a los discípulos más cercanos en casa cuando le vuelven a preguntar: ‘Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Purifiquemos nuestro corazón para que sea un cristal limpio y brillante con el que miremos a los demás y lo que hacen y lo veamos siempre con un sentido positivo en la vida.


domingo, 27 de septiembre de 2015

Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor

Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
Qué celosos somos de nuestras cosas y de la manera cómo las hacemos; qué celosos somos de nuestros grupos o de los que son y piensan como nosotros. Como nosotros nadie hace las cosas; somos unos ‘chachis’, como decíamos en mi época; nadie como nuestro grupo, nuestro partido, los que son afines a nosotros. Sucede en muchos ámbitos de la vida, de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Y en consecuencia desconfiamos de los demás, que aunque hagan cosas buenas nosotros siempre le pondremos un ‘pero’; desconfiamos y nos volvemos suspicaces, o porque nos copian o porque queremos ver segundas intenciones o intenciones torcidas o partidistas en los demás. Seguro que al hilo de esto que reflexionamos podríamos poner muchos ejemplos.
Es lo que vemos reflejado de alguna manera en el texto del evangelio de hoy con la actitud de Juan que viene a decirle a Jesús que han visto a uno que hace cosas buenas y se lo trataron de impedir. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros’. Celosos de nuestras cosas y de los nuestros. Si no eran del grupo de Jesús, ¿cómo es que se atrevían a utilizar el nombre de Jesús para echar demonios?
‘No se lo impidáis, les dice Jesús… el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. No seamos desconfiados, podríamos de alguna manera traducir; dejemos que hagan el bien, valoremos que hagan el bien. El bien y la bondad no es algo exclusivo nuestro. Además quien está sembrando el bien, quien está sembrando amor, quien obra con rectitud y justicia, aunque quizá no lo sepa está también construyendo el reinado de Dios.
¿Significa eso que nosotros renegamos de nuestros principios, de nuestros valores? De ninguna manera. Nosotros podremos tener otras motivaciones y razones que nacen de nuestra fe y de la trascendencia con que vivimos nuestra vida, es cierto. Nosotros en nuestra fe y desde el testimonio y la Palabra de Jesús le podremos dar un sentido más amplio y más profundo a nuestro amor y a nuestro compromiso por los demás. Y nosotros seguiremos viviendo nuestro amor y nuestro compromiso cristiano desde esos valores profundos del evangelio, desde esa trascendencia de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana.
Pero aprovechemos todo lo bueno que podemos encontrar en nuestro mundo, en nuestro entorno, en los demás que también trabajan por los demás, se comprometen por hacer un mundo más justo, se dan y se entregan también desde la solidaridad con los que los rodean. Abramos bien los ojos para ver todo lo bueno esté donde esté. Hay mucha gente que actúa con rectitud, con generosidad, con auténtico espíritu solidario, es la búsqueda de la justicia y del bien.
No seamos tan obtusos de pensar que solo nosotros somos los buenos y los que sabemos hacer las cosas. No todo es malo en nuestro mundo, aunque desgraciadamente demasiadas veces nos pongamos las gafas oscuras para contemplarlo y nos parezca verlo todo negro. También hay mucha luz; hay mucha gente buena que trabaja por la justicia y también quiere amar solidariamente a los demás. Sepamos valorar todo eso bueno que hay en los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’.
Y esto aprendámoslo para vivirlo en el ámbito de nuestra vida cristiana, pero aprendámoslo en todas las circunstancias de la vida en lo social, en lo político, en lo cultural. Hay demasiados exclusivismos en nuestras relaciones y en las cosas que hacemos en la vida de nuestra sociedad; exclusivismos que son partidismos excesivos en lo político, por ejemplo, donde siempre al que se mira como adversario no le aceptamos que pueda hacer algo bueno o acertar en sus planteamientos, ni reconocerle incluso aquellas cosas que son comunes. Y así sucede en todos los ámbitos de la sociedad.
Reconozcamos además de que a pesar de tener los principios que tenemos y aprender de los valores del evangelio y actuar con la fuerza de Jesús también nosotros cometemos errores, muchas veces se nos puede manifestar el cansancio, o hacemos las cosas mal. No porque nuestros valores no sirvan o nos conduzcan por lo malo, sino por nuestra debilidad, nuestra inconstancia, y porque también nos podemos sentir tentados por el mal y torcer nuestros caminos. 
Que nunca nuestros tropiezos sean causa de tropiezo para los demás. Por eso tenemos que cuidar mucho la santidad de nuestra vida para que en verdad podamos ser luz, nuestro testimonio sea auténtico. Y aquello que nos podría hacer tropezar a nosotros arranquémoslo de nuestra vida, como nos enseña Jesús. Eso malo que hay en nosotros no solo nos hace tropezar a nosotros haciendo el mal, sino que además puede hacer de tropiezo para los demás. Por eso hemos de evitar el escándalo que podamos dar con nuestra vida, pensando en el significado de la palabra que es precisamente tropiezo.
Hoy nos enseña Jesús a valorar hasta lo más pequeño, lo que nos parezca tan insignificante como dar un vaso de agua. ‘No quedará sin recompensa’, nos dice. Hagamos el bien, aunque sean cosas pequeñas y aprendamos a valorar siempre el bien que hacen los demás. Como decíamos, todo son semillas del Reino de Dios. Claro que nosotros desde nuestra, desde esa motivación profunda que encontramos en Jesús queremos que Dios sea el centro de todo, que en verdad el sea el Señor de nuestra vida y de nuestra historia.
Quizá ese aspecto no lo tendrán en cuenta los demás, por la ausencia de la fe en sus vidas, pero con el testimonio que nosotros también podamos darle una luz puede comenzar a brillar en sus corazones para que también se encuentren con Dios. Lo bueno que nosotros vamos haciendo, por la rectitud con que lo hagamos, por el amor que vayamos poniendo en nuestra vida, sea una luz que ilumine. Como nos dice Jesús en otro lugar del Evangelio que vean nuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo.

martes, 1 de septiembre de 2015

Allí donde hay un cristiano siempre ha de vencer y reinar el bien, la verdad, la justicia, la paz

Allí donde hay un cristiano siempre ha de vencer y reinar el bien, la verdad, la justicia, la paz

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Bajó Jesús a Cafarnaún, ayer lo contemplábamos en la sinagoga de Nazaret, y allí en la sinagoga enseñaba a las gentes los sábados. Aquella nueva forma de enseñar llenaba a todos de admiración. Las noticias corrían de boca en boca y acudían a escucharle y a ver las obras que hacía. Porque hablaba con autoridad.
Había comenzado Jesús anunciando la llegada del Reino de Dios. En la sinagoga de Nazaret, como una presentación programática, había dicho cuales eran las señales del Reino de Dios. Comenzaba un mundo nuevo en que todos nos veríamos liberados de esclavitudes y opresiones, empezando por lo más hondo de nosotros mismos. La liberación de las limitaciones corporales era signo de esa liberación interior que hay que hacer en nuestro interior. Con un corazón renovado nuestro mundo será distinto. No comenzamos desde fuera sino desde dentro del corazón del hombre. El mundo había de ser renovado para hacer desaparecer todo mal porque además llegaba el perdón de Dios.
Ahora contemplamos cómo esas señales se van realizando en Jesús. Es la fuerza de su Palabra con la que anuncia de una manera nueva el Reino de Dios. Pero es también ese mal que va siendo vencido, por mucha resistencia que opongamos. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo y al ver y escuchar a Jesús se pone a la defensiva, quiere rechazar la acción de Jesús. Pero allí está el poder de Dios que manifiesta su soberanía sobre todo. El espíritu inmundo es arrojado de aquel hombre. Allí donde está Jesús siempre vence el bien sobre el mal.
Escuchamos también nosotros a Jesús. Cada día dejamos que su Palabra se vaya plantando en nuestro corazón y hemos de sentir paso a paso esa renovación que ha de irse produciendo en nosotros. Hemos de ir dando señales de ese Reinado de Dios en nuestra vida, porque con nuestra vida, con nuestros actos, con nuestros gestos vamos dando señales de esa presencia de Dios en nosotros.
Pero si decíamos antes que allí donde está Jesús el bien vence el mal, tendríamos que decir también que allí donde está un cristiano siempre tiene que vencer el bien, la bondad, la verdad, la justicia. No podemos dejar que el mal se apodere de nuestro mundo; hemos de ir sembrando siempre la buena semilla; hemos de ir llenando día a día nuestro mundo de más amor, de mayor justicia, de una paz más profunda en todos los corazones y en las relaciones entre unos y otros; no podemos dejar que la mentira, la falsedad, la hipocresía, la vanidad se apoderen de nuestro mundo.
Es nuestra tarea porque somos otros cristos, porque para eso hemos sido consagrados en nuestro bautismo. Preocupémonos de sembrar cada día esa buena semilla en nuestro corazón y en aquellos que nos rodean y así iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

jueves, 16 de abril de 2015

El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida que solo alcanzaremos en Jesús

El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida que solo alcanzaremos en Jesús

Hechos,  5,27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36
‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Todo es una invitación a creer en Jesús, a poner toda nuestra fe en El.
El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida. Pues toda esa plenitud al tenemos en Jesús. En El hemos de poner toda nuestra fe. El nos alcanzará la vida en plenitud, la vida eterna. ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’, que nos ha dicho hoy el evangelista.
Por eso todo nuestro deseo ha de ser querer conocer a Jesús, encontrarnos con Jesús para llenarnos de su vida. Como aquellos que nos cuenta el evangelio que un día vinieron hasta los apóstoles para decirles que querían conocer a Jesús. Pero conocerlo no es mirarlo de lejos, como si fuéramos unos espectadores que nos contentamos con verlo pasar. Tenemos que abrirle las puertas de nuestra casa, de nuestro corazón, dejar que Jesús entre en nosotros para que se haga vida en nosotros, para que nos llene de su vida. Zaqueo estaba queriendo contemplar a Jesús que pasaba desde lo alto de la higuera, pero Jesús viene a decirle que eso no es suficiente; que está bien esa primera curiosidad, pero es necesario algo más. Por eso Jesús le está diciendo que lo reciba en su casa. Y su vida cambió.
Como tiene que cambiar nuestra vida cuando de verdad nos encontramos con Jesús. Ya no podemos callar lo que hemos visto y oído, lo que hemos experimentado. Como les decían los apóstoles a aquellos que querían prohibirles hablar de Jesús. No podían callar. Allá en su conciencia estaban sintiendo la voz de Dios que les enviaba a ser testigos y esa voz de Dios no la podían desoír, ese mandato del Señor no lo podían desobedecer.
‘Nosotros somos testigos’ dicen los apóstoles ante el Sanedrín. El Espíritu de Jesús esta en nosotros, tenemos que proclamar, tenemos que anunciar el nombre de Jesús como nuestro único Salvador. ‘El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados’.
Es lo que los apóstoles anuncian, es lo que nosotros tenemos también que anunciar. Es algo que vivimos y tiene que reflejarse en nuestra vida, en nuestras palabras, en todo lo que vayamos haciendo, porque la fe un adorno cualquiera; la fe es lo que más profundamente da sentido a nuestra vida. Por la fe en Jesús alcanzamos la vida eterna, como recordábamos al principio.
El mundo que nos rodea necesita esos testigos que le llenen de vida y de esperanza. Hay muchas negruras en el corazón del hombre que solo en Cristo podrán desaparecer. Nos podemos quedar tranquilos con la luz solo para nosotros, sino que con esa luz de Cristo tenemos que iluminar a los demás, llenar de luz nuestro mundo. Podemos hacer un mundo mejor; Cristo está con nosotros para que eso sea posible.
¿Cómo hacerlo? Cada uno mire allí donde está, donde vive, de la gente de la que está rodeado y viendo las sombras trate siempre de poner luz con su fe, con su amor, con su esperanza. Aunque parezca que no, al final el mundo nos lo va a agradecer. De todas maneras tenemos la certeza de la recompensa eterna, de la vida eterna para quienes creemos en Jesús.