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lunes, 18 de febrero de 2019

Pedimos signos y milagros pero no somos capaces del milagro de amor del Señor cada día que nos sostiene y nos acompaña en nuestro caminar


Pedimos signos y milagros pero no somos capaces del milagro de amor del Señor cada día que nos sostiene y nos acompaña en nuestro caminar

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13
Algunas veces tenemos las cosas delante de los ojos y no queremos verlas. Nos cegamos con nuestro pensamiento, nuestra manera de ver las cosas, nuestras ideas y no somos capaces de entrar en razonamiento. Es lo que suele pasar en muchas ocasiones en nuestras discusiones que se terminan por volver violentas; en lugar de un dialogo donde presentemos nuestras propuestas, nuestras ideas para confrontarlas con las de los demás y llegar a un entendimiento, nos encerramos en nosotros mismos y no somos capaces de razonar ni de ver ni escuchar el planteamiento que nos hagan los otros.
Nos sucede en nuestras relaciones ordinarias incluso en la vida familiar, en nuestro trato con los amigos a la hora de poner nuestros puntos de vista, y todos vemos como todo eso se traslada a todo el ámbito de la vida social, política, etc.… Se hace difícil dialogar, se hace imposible el entendimiento, y no llegaremos así nunca a una buena colaboración, esa buena colaboración que tendría que haber cuando decimos que todos estamos trabajando por el bien común. Demasiadas voces airadas, demasiada crispación y los que la provocan son quizá los que hablan mucho de que es necesario ese sosiego, moderación  y entendimiento, pero nada ponen de su parte. Es lo que estamos palpando cada día en nuestra sociedad.
Me hago esta reflexión mirando a lo que sucede en nuestra sociedad y partiendo de lo que hoy nos dice el evangelio. No todos estaban de acuerdo con lo que Jesús hacia, tenían otra concepción de lo que tendría que ser el Mesías, o el planteamiento de un estilo de vida nuevo que Jesús hacia, venía a desmontar los pedestales, los privilegios que ellos se habían construido enfrente de la sociedad de su tiempo a la que querían manipular a su antojo y según sus ideas.
No son capaces de ver con claridad de espíritu las obras que Jesús hacia, pero continuamente vemos que le están pidiendo a Jesús signos y señales que confirmen lo que Jesús les enseña o la autoridad con que lo hace. En otro momento del evangelio Jesús les hablará del signo de Jonás, ahora en esta ocasión Jesús prefiere callar haciendo caso omiso de las exigencias que le plantean. Si quieren descubrir la verdad de su mensaje, la verdad de lo que es realmente Jesús que vean las obras que continuamente Jesús realiza, o que vean incluso su propio estilo de vivir.
Pero quizá esa humildad y sencillez de Jesús, ese acercamiento lleno de amor a todos especialmente a los que sufren es un aldabonazo a sus conciencias que no quieren reconocer. Y ya veremos en el evangelio que en aquellos que no aceptan a Jesús todo terminará como decíamos antes que nos sucede tantas veces a nosotros en la vida, con la violencia; la solución que finalmente buscarán será quitar de en medio a Jesús y lo llevaran hasta la muerte en cruz. Como tantas veces que nosotros queremos quitar de en medio a aquellos que su vida entra en contradicción con nosotros y nuestras obras.
Nosotros también somos dados a pedir milagros o cosas extraordinarias a Dios decimos para mantener nuestra fe. Pero seamos capaces de ver y reconocer las obras de Dos en nosotros cada día.
En nuestros problemas y necesidades, es cierto, acudimos al Señor, como es normal pidiendo su ayuda, pero lo que queremos es el milagro; pero la obra del Señor en nosotros muchas veces es callada, nunca aparatosa, y viendo nuestra vida con cierta perspectiva tendríamos que reconocer esa presencia amorosa del Señor a nuestro lado en esos momentos difíciles que nos mantuvo firmes, que no nos dejó caer ni fuéramos arrastrados por ese torbellino de los problemas; aunque la salida quizá no fuera como nosotros pedíamos en nuestra angustia, tenemos que reconocer que Dios sí estuvo con nosotros y nos damos cuenta cómo al final superamos aquellas difíciles situaciones. Dios no nos dejó de su mano, y esa maravilla del Señor se realizó en nosotros casi imperceptiblemente.
Seamos capaces de ver las obras del Señor, dejémonos conducir por su Espíritu y alabemos al Señor cantando sus maravillas.

martes, 21 de marzo de 2017

El necesario perdón como camino de reencuentro, reconciliación y convivencia en paz para hacer un mundo mejor

El necesario perdón como  camino de reencuentro, reconciliación y convivencia en paz para hacer un mundo mejor

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35
Hay ocasiones en que en nuestro orgullo herido cuando alguien ha podido hacernos daño o molestarnos en alguna cosa nos encerramos en nuestro resentimiento y rencor negando el perdón a quien nos haya ofendido, pensando quizá que con eso nos resarcimos de lo que nos hayan herido y con un sentimiento de venganza pensamos que es al otro a quien estamos dañando con nuestra negativa al perdón. Pero seamos sinceros, ¿a la larga cuál es el mayor daño que el que nos hacemos a nosotros mismos que en el fondo no llegamos a tener paz en nuestro propio corazón?
Efectivamente, seguimos haciéndonos en ese amor propio herido que mantenemos en nuestro corazón la misma pregunta que se hacia Pedro. ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? Y nos escudamos quizá en la reincidencia del que una y otra vez quizá nos ha ofendido. En el fondo es no haber entendido el sentido de humanidad con que hemos de vivir y tratarnos los unos a los otros que tendría que llevarnos siempre a la comprensión y al perdón.
Somos y humanos y capaces del error porque no somos perfectos ni infalibles en todo lo que hacemos. Todos en la vida cometemos errores, tenemos la posibilidad de tener ese mal momento con el que podemos molestar, ofender, hacer daño a aquel con quien convivimos. Pero hemos de saber buscar siempre caminos de entendimiento, de reencuentro, de reconciliación.
Desgraciadamente vivimos en un mundo muy crispado en el que salta fácilmente la chispa cuando menos lo pensamos. La violencia está a flor de piel. Los resentimientos se mantienen demasiado en la memoria y con mucha facilidad sacamos cuentas antiguas. Parece que no hay manera de que nos reconciliemos para saber caminar juntos y entre todos ir construyendo un mundo de paz.
Esto lo palpamos en el día a día de nuestra sociedad a todos los niveles. Nos cuesta entendernos y cuando alguien piensa distinto a nosotros en lugar de tratar de entender lo que esa persona quiere expresar y con argumentos  expresar nuestra manera de ver las cosas, enseguida saltamos con el insulto, las palabras fuertes, las descalificaciones, la atribución al contrincante de no sé cuantos males o no sé de cuantas herencias que haya recibido de lo que se haya podido vivir en otras épocas. Es la crispación, repito, que palpamos en la vida social, en la política, en la convivencia incluso en el seno de las familias. Nunca aceptamos al que pueda pensar distinto y pueda ofrecernos otra visión de las cosas. Son esos orgullos latentes en nosotros que hacen aparición de tantas formas violentas en la vida.
Mucho nos da que pensar este evangelio que hoy se nos propone en este camino cuaresmal y que hemos de saber traducir al día a día de nuestra vida. Ese tema del perdón tiene unas repercusiones muy amplias en todo lo que es nuestra vida social y en la convivencia que hemos de vivir con los más cercanos a nosotros, pero también con todos los que formamos una misma sociedad y conjuntamos un mismo mundo.
Porque hablar del perdón nos está haciendo pensar en todos esos valores que hemos de cultivar para lograr convivir en paz y armonía con los que nos rodean; y eso significa comprensión y encuentro, diálogo y sinceridad, humildad en el trato y sencillez en nuestras relaciones, aceptación mutua y comprender que tenemos que hacer el camino juntos y entre todos cada uno aportando desde sí hacer que nuestro mundo sea mejor.