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domingo, 30 de agosto de 2026

Seguir a Jesús significa emprender el camino del amor que nos hace entregar la vida cargando con nuestra cruz para poder ganarla en plenitud

 


Seguir a Jesús significa emprender el camino del amor que nos hace entregar la vida cargando con nuestra cruz para poder ganarla en plenitud

Jeremías 20, 7-9; Salmo 62; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27

No se me ocurre mejor ejemplo, aunque tras las consideraciones que nos vamos a hacer seguramente brotarán en nuestra mente hechos similares a lo que ahora nos vamos a referir; digo que no se me ocurre mejor ejemplo que pensar en el amor de una madre; ¿qué es lo que está dispuesta a hacer una madre por el hijo a quien ama? Lo reducimos siempre a una palabra, todo, porque podríamos decir que una madre lleva el amor en su corazón como valor y sentido de su vida y mientras no anule ese amor porque se deje vencer por el egoísmo será capaz de dar todo, hasta su vida si fuera necesario, por el hijo a quien ama; todos pensamos así como surgido espontáneamente esas noches de insomnio de una madre junto al lecho de su hijo enfermo, a lo que por supuesto podemos y tenemos que unir muchas más cosas que es capaz de hacer en nombre de su amor. Algunas veces a eso lo llamamos sacrificio, porque en cierto modo es una ofrenda que está haciendo de su vida en nombre del amor, pero la madre no ha elegido el camino del sacrificio sino el del amor, y como el amor es darse y entregarse será capaz de aceptar el sacrificarlo todo precisamente en nombre de ese amor. Y aquí muchas más cosas podríamos seguir diciendo.

He dicho de entrada que lo he escogido como ejemplo y es para que comprendamos el sentido y el valor de las palabras de Jesús hoy en el evangelio, o más aún, de su propia vida. El camino de Jesús no es otro que el del amor, es el camino que está recorriendo Él y nos manifiesta en el evangelio. Es El la gran manifestación del amor de Dios y es lo que nos quiere enseñar, pero porque es lo que está viviendo El. Es la propuesta que nos está haciendo para nuestra vida, es la propuesta del evangelio, porque lo que Él quiere es que vivamos en ese amor; es el sentido del Reino de Dios que nos está proponiendo, es el camino que El va haciendo delante de nosotros.

Pero no es fácil, no lo fue para Él, como igualmente no lo será para nosotros. Ya vemos en el evangelio el rechazo que por parte de ciertos sectores va teniendo El y su mensaje que no terminan de entender. En el fondo a nosotros nos sucede lo mismo, porque no siempre entendemos, muchas veces nos cuesta hacer el mismo camino de Jesús. El quiere ser, va a ser el gran signo de ese amor ante el mundo, aunque se sienta rechazado. Y es lo que ahora Jesús les está anunciando.

En pasajes anteriores, como escuchamos el mismo pasado domingo, se hace una proclamación de quién es Jesús., y le reconocen como el Ungido de Dios, el Mesías de Dios. Y como vemos que les costaría entender a los propios discípulos tan cercanos a Jesús., también les va a costar entender y aceptar a aquellos dirigentes de Israel. Es por lo que ahora anuncia Jesús que su subida a Jerusalén va a significar dolor y sufrimiento y aunque va a ser rechazado y llevado a la cruz, El tiene que seguir haciendo su subida a Jerusalén. ¿Es que Jesús buscar ese sacrificio y muerte en la cruz? Jesús. ha escogido el camino del amor, aunque luego ese amor venga acompañado por ese sufrimiento e incluso la muerte, porque es la prueba más grande, como nos dirá en otra ocasión, de lo que es el amor verdadero.

Pedro no lo entiende y quiere quitárselo de la cabeza, aunque me imagino al resto también pensándose mucho estas palabras de Jesús que no acaban de digerir. Y Jesús les dice que es una tentación muy fuerte, que pensando así no están pensando a la manera de Dios, porque no han llegado a entender lo que es el amor. Pero les dice algo más, si quieren ser sus discípulos, si quieren seguir sus pasos, no han de temer el camino de la cruz. Que cada uno tome su cruz, les dice, y que me siga.

Nos dice tomar nuestra cruz, a la manera como Él también carga con su cruz; la cruz de Jesús. pasa ahora por ese rechazo que va a encontrar, que incluso está encontrando en sus propios discípulos, y se va a encontrar con la violencia de este mundo que solo sabe resolver las cosas eliminando al que nos parece contrario o enemigo. Pero El aun en el momento de la cruz seguirá haciendo su ofrenda de amor, como aquel perdón que pide al Padre para aquellos que le están crucificando, o que le están negando el agua que alivie sus labios resecos por su pasión; en ese momento de la cruz seguirá haciendo su ofrenda de amor porque es así como se pone en las manos del Padre. No se está guardando la vida para sí porque no se puede encerrar el amor, porque el que entregue su vida así la ganará. Es dejarnos seducir por el amor, como nos decía el profeta, de manera que ya no podamos sofocar ese fuego que arde en nosotros.

Pero decíamos que nos dice que tenemos que tomar nuestra cruz, sí, la nuestra, la que cada uno personalmente tenemos que asumir si emprendemos ese camino del amor. No simplemente por sacrificio, sino porque hacemos entrega de nuestra vida por amor. Y la cruz la tendremos en nosotros mismos porque nos vemos tentados a abandonar, a no seguir adelante porque cuesta olvidarnos de nosotros mismos para darnos por los demás; la tendremos en nosotros mismos en tantas influencias que recibimos de todas partes para vivir la vida de otra manera; la tenemos en nosotros mismos porque nos cuesta bajar la cabeza por amor para perdonar; la tenemos en nosotros mismos en tantos fantasmas que asaltan nuestra mente proponiéndonos otras formas de ganar la vida o de disfrutar de la vida dejándonos arrastrar por nuestras ambiciones o nuestras pasiones; la tenemos cerca de nosotros en quienes quizás nos hacen la burla por nuestro sentido de vivir y nos dicen que eso de ser cristiano no es para tanto, que nos contentemos con cumplir con algunas cositas… cada uno tenemos que ver donde nos cuesta amar para darnos cuenta de donde está nuestra cruz.

¿Seremos capaces de seguir haciendo ese camino del amor que hemos querido emprender con Jesús.? Ya hemos escuchado lo que nos dice que ‘quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará’. Eso significa no amoldarnos a los criterios de este mundo, sino renovar nuestra mente para discernir lo que es la voluntad de Dios.


lunes, 10 de agosto de 2026

No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

 


No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

2 Corintios 9, 6-10; Salmo 111; Juan 12, 24-26

Supongamos que alguien ha tenido especial cuidado en cultivar una planta porque quería sacar un fruto maravilloso que poco menos que fuese único; lo ha logrado aquel fruto es la joya de su corona, y como todo fruto tiene una semilla en su corazón; pero quiere conservar ese fruto, guardarlo como signo y señal de su trabajo, dedicación y esfuerzo.

Claro aquel fruto podría ser alimentación de alguien y como todo alimento produce vida; o la semilla de aquel fruto podría sembrarse de nuevo que se multiplicaría en nuevos frutos generadores de mucha vida; pero aquel de quien estamos hablando no quiere ni una cosa, ni otra, solo guardar su fruto como perenne testimonio de su esfuerzo y llamarla así sabiduría; pero sabemos en lo terminan unos frutos a los que no dejamos que de una forma o de otra sean transmisores de vida; se pudrirá y secará, nadie tendrá beneficio de vida porque a nadie alimentará y perderá todo su sentido y valor.

¿Podría ser así nuestra vida? ¿Nos podrá suceder algo así que por el sentido que le hayamos dado a nuestra vida al final quedemos sin ningún fruto de vida? ¿Nos queremos guardar tanto que al final no somos generadores de ninguna vida? ‘El que se ama a si mismo, se pierde’, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Nos amamos tanto que no queremos gastarnos y al final podremos ser un adorno muy bonito pero nos hemos perdido porque hemos perdido el sentido de nuestro vivir que es dar vida.

Nos habla Jesús de la semilla sembrada en tierra para que sea fecunda. ‘En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Es lo que vemos en Jesús y con ello encontramos el significado de pasión y de su muerte; es lo que nos está enseñando que tiene que ser nuestra vida. Por eso o podemos guardarnos para nosotros mismos; por eso nuestro auténtico testimonio es el del servicio, el de la entrega, el de amor con todo el sentido del amor verdadero.

Algunas veces lo olvidamos o nos confundimos; amamos porque nos sentimos complacidos con alguien que hace algo por nosotros, pero no somos los que hemos tomado la iniciativa de comenzar a darnos, de poner generosidad en nuestra vida, de olvidarnos de los beneficios que podamos obtener porque lo importante es lo que yo pueda enriquecer a los demás. Algunas veces decimos que amamos, pero en el fondo somos unos profundos egoístas, porque no prima el desinterés, el altruismo verdadero, la generosidad sin esperar nada a cambio.

Hoy la liturgia nos ha propuesto este texto del evangelio cuando estamos celebrando a san Lorenzo mártir. Al pensar en san Lorenzo siempre nos acordamos de la parrilla donde fue quemado en su martirio, pero el martirio de san Lorenzo fue mucho más allá de eso. Mártir significa testigo, y es lo que no podemos olvidar, su testimonio pasaba por la generosidad. Era diácono de la Iglesia de Roma con el Papa Sixto III y como tal era el encargado de ejercer la caridad en nombre de la Iglesia con los pobres y necesitados, alimentándolos en sus necesidades. Y ese fue su testimonio grande de fe y de amor, que le llevaría luego al martirio dando su vida quemado en la hoguera porque un día había dicho que la riqueza de la Iglesia eran los pobres a los que alimentaba.

La generosidad desde el amor era el sentido de su vida y su testimonio que lo hacía testigo de una fe que envolvía y empapaba toda su vida. ‘Y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’, como nos diría Jesús en lo que hemos escuchado hoy del evangelio. Y generosidad es olvidarse de si mismo para pensar en el otro, para regalar amor. Y la generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Y lo es en la medida de esa generosidad. La generosidad beneficia, pues, tanto al que recibe la ayuda, como al que la ofrece. La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla.

La generosidad no se guarda nada para si mismo. Nos estará hablando de la grandeza de nuestro espíritu porque es exigencia y consecuencia de nuestra condición humana, de ese sentido social de todo ser humano: algo, pues, esencial al género humano de manera que nos atrevemos a afirmar que no ser generoso nos hace inhumanos. Por eso nos decía san Pablo: ‘El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará’.


viernes, 7 de agosto de 2026

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

 


No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

Nehemías 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7; Salmo : Dt 32, 35-41; Mateo 16, 24-28

Algunas veces sentimos el deseo de encerrarnos en una torre para estar preservados de todo, no contagiarnos de tanta violencia, de tanto egoísmo, de tanto materialismo que contemplamos por todos lados, hastiados del vacío con que se vive la vida sin darle un sentido y un valor a lo que hacemos, buscando siempre pasarlo bien y de la forma que sea en todos los aspectos, no queriendo contaminarnos de esas ínfulas en que viven tantos en su vanidad y en su prepotencia que nada respetan ni nada valoran. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si en verdad esa es la solución cuando solo queremos salvarnos a nosotros mismos dejando que nuestro mundo sigan circulando por esos cauces turbios.

¿Estaré ganando o estaré perdiendo? ¿Qué satisfacción puedo sentir al final si nada he hecho sino de preocuparme de salvarme a mí mismo sea como sea? ¿No estaré yo haciendo lo mismo por lo que no quiero contagiarme y por lo que me refugio en ese torreón cerrado? Nos sentimos confundidos, no hemos terminado quizás de encontrarle un sentido a la vida. ¿Merecería la pena?

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio y no siempre hemos terminado de entender. Nos está hablando de cruz y también de ser capaz de perder para poder ganar. ¿Nos quiere unos perdedores? ¿Quiere que busquemos el dolor y el sacrificio por mi mismo quizás de una manera fanática? ¿Es que nos quiere acaso tristes y amargados en medio de penas y sufrimientos?

No es ese el sentido de Jesús. Él nos ha hablado de dicha y felicidad y la promete para todos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios es que quiere que le demos un sentido distinto a nuestra vida con unos valores que en verdad van a darle una plenitud a nuestra existencia. Nos está hablando Jesús del amor como lo que le da sentido a todo y lo que en verdad nos va a llenar de vida. Los edificios de la vida construidos desde la vanidad o pensados solo para nuestro disfrute personal y egoísta pronto se los va a comer la carcoma de esa misma vanidad y se vendrán abajo.

Unos sólidos fundamentos en los valores de la autenticidad, del amor y la generosidad, de la búsqueda del bien para actuar en justicia para todos serán los que mantendrán firme ese edificio que entonces estará abierto para todos. Nos es más cómodo dejarnos arrastrar por la vanidad y los caprichos de mi autosuficiencia pero sabemos que estamos edificando sobre arenas movedizas que no dan auténtica firmeza a nuestra vida. Amar porque nos damos y somos capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos porque lo que buscamos siempre es el bien del otro nos resulta más costoso y exigente, pero estaremos haciendo un mundo más agradable y acogedor donde todos nos vamos a sentir más a gusto y ya nos cuidaremos entre todos de mantenerlo.

Es lo que nos está queriendo decir Jesús cuando nos habla de negarnos a nosotros mismos o cuando nos dice que tenemos que ser capaces de perder la vida para ganarla. En ese mundo tan revuelto del que, como decíamos al principio, algunas veces tenemos la tentación de preservarnos encerrándonos en nosotros mismos tenemos que ser mensajeros de esperanza, de que es posible un mundo nuevo y mejor, y de ello tenemos que saber dar testimonio.

Cuando nos detenemos ante el que sufre para con nuestra presencia ser consuelo, cuando tenemos una palabra amable para sembrar paz y armonía donde todo es confusión, cuando vamos actuando con generosidad derrochando gestos de ternura para los que están a nuestro lado, cuando vamos buscando la autenticidad de los gestos sencillos que nos hacen sentirnos cercanos a los que van con nosotros en el camino, cuando tenemos paciencia para escuchar el que vive en soledad y nos contará una y mil veces sus andanzas o sus preocupaciones… estamos siendo esos mensajeros de esperanza que nuestro mundo necesita.

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor.


domingo, 28 de junio de 2026

Decisiones que parecen locuras pero que nacen del amor y nos hacer caminar de una forma radical con un nuevo sentido de vida

 

Decisiones que parecen locuras pero que nacen del amor y nos hacer caminar de una forma radical con un nuevo sentido de vida

2Reyes, 4, 8-16; Salmo 88; Romanos, 6, 3-4.8-11

Hay momentos en la vida en que llega la hora de tomar decisiones; la radicalidad con que hemos de tomar esas decisiones algunas veces parece que no hay nadie que lo entienda; es una nueva manera de concebir las cosas, de entender la vida que parece que va a contracorriente de lo que parece que tiene que ser lo habitual; nos sentimos nosotros mismos abrumados quizás por tener que tomar esa decisión, los que están a nuestro lado no lo entienden, pero quizás nosotros en el fondo tenemos claras cuales son nuestras metas, los objetivos que pretendemos en la vida, en lo que hacemos, en nuestros negocios, en la relación con los demás, porque son cosas que pueden afectar a diferentes situaciones de nuestra vida, en diferentes estadios nos podemos encontrar con momentos radicales así. Mantener el pulso nos puede ser costoso pero lo tenemos claro.

Creo que es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. Nos parecen muy radicales y exigentes sus palabras, porque nos está diciendo que quien no lo hace así como nos está diciendo, no es digno de Él. ¿No nos recordará lo que en otro momento nos ha dicho que tenemos que estar con El o contra Él, porque el que no recoge con El desparrama?

Y nos toca momentos o situaciones de las más normales de nuestra vida como son nuestras relaciones familiares con padres, hermanos, esposos, hijos. Y pareciera que hiciera una comparación entre el amor que hemos de mantener en esos lazos familiares con el amor que a Él le hemos de tener. 

Fijémonos bien en las palabras de Jesus y no es que pretendamos hacer rebajas, sino fijarnos en su hondo sentido y también en consecuencia en la radicalidad que nos pide. ‘El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí’.

¿No tenemos que amar a nuestros padres o a nuestros hijos? No es eso lo que nos está pidiendo Jesús, sino que sepamos encontrar lo que es verdaderamente la prioridad de nuestra vida y lo que va a dar sentido y valor a todo lo que luego tengamos que vivir. Sí, el amor de Dios tiene que estar por encima de todo, ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’, decimos en los mandamientos, ‘con todo el corazón, con toda el alma, con todo tu ser’, como nos dice el texto bíblico. Pero es que ahí está la raíz de todo nuestro amor, ahí es donde haremos que todo nuestro amor sea sublime, es desde ese amor que le tenemos a Dios que no es sino respuesta el amor infinito que Él nos tiene y al que queremos imitar desde donde aprenderemos a amar también con todo nuestro ser a aquellos a los que tenemos que amar. ¿No nos pedirá que amemos a los demás como Él nos ha amado?

No es contraponer, es fortalecer y darle hondura, para que esos amores humanos que hemos de vivir no sean un obstáculo al amor de Dios. Es una exigencia que no nos hace pesado el amor sino todo lo contrario. Como decía san Agustin el amor suaviza todos los preceptos. Y podemos recordar aquella anécdota de la Madre de Calcuta cuando alguien llegó y a ver como ella trataba a los pobres y los enfermos y decía que ni por todo el oro del mundo esa persona decía que no sería capaz de hacer aquello; a lo que Santa Teresa de Calcuta le respondía que ella tampoco lo hacía por eso, porque lo hacía por amor.

Nos habla Jesús de tomar la cruz para seguirle, porque de lo contrario no seríamos dignos de Él. Es la carga del amor lo que hará que nada ni nadie nos pueda separar de ese amor de Dios. Porque hemos de tener claro, como decíamos, cuales han de ser nuestras prioridades. ¿Qué será entonces para nosotros ganar la vida? ¿Serán solamente esas ganancias materiales que podamos ir obteniendo por lo que hacemos? Jesus nos habla de perderla, de gastarla, de entregarla como Él lo hizo. Ahí está nuestra verdadera ganancia, solamente así es como le daremos sentido de plenitud a nuestra vida.

Y claro eso son decisiones muy serias y hasta radicales que hemos de ir tomando, porque desde ese amor las cosas se miran con otro sentido y con otro valor. Y claro, el mundo que no camino sino por intereses y ganancias no nos comprenderá. Pero nosotros somos locos de amor por Cristo porque en Él y en su amor encontraremos la verdadera plenitud de nuestras vidas.

viernes, 21 de febrero de 2025

En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

 


En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

Génesis 11, 1-9; Salmo 32; Marcos 8, 34 – 9, 1

Todos queremos ganar, nadie quiere perder; y hablamos de ganar y pensamos en poseer más, más cosas, más posesiones, más riquezas, más poder, más prestigio, más influencias, no nos queremos quedar atrás; queremos ser tenidos en cuenta, queremos brillar aunque sea con oropeles, queremos estar por delante, queremos reverencias y reconocimientos… y vamos intentando medrar en la vida, ir alcanzando mejores puestos, poder pasarlo bien sin ninguna preocupación, disfrutar de la vida, decimos en una palabra. Y decimos que cada momento es importante, que tenemos que saber aprovechar la ocasión, que no estamos hechos para el sufrimiento y vamos a ver como conseguimos las cosas con el menor esfuerzo…

¿Serán esos también nuestros criterios? Sabemos que son el criterio normal de la gente que está a nuestro alrededor, pero ¿nos quedamos en esos valores que podemos cuantificar en lo material, en lo económico, en los placeres de la vida? ¿No hay otras metas, otras ansias en nuestra vida como si ahí lo tuviéramos todo?

Escuchando el evangelio de hoy con criterios como estos que hemos mencionado de alguna manera nos sentimos desconcertados con las palabras de Jesús. Nos habla de perder la vida para poderla ganar. ¿Será que tenemos que sacrificar algunas ganancias, hacer algunas inversiones para poder tenerlas luego de forma superior?

Sí que tenemos que hacer inversiones en la vida, pero que no van por esos caminos de lo material o de los prestigios y honores que este mundo podamos recibir. Hay algo distinto que nos da un sentido superior a la vida, algo que nunca nos dejará vacíos por dentro. Son esos valores que elevan nuestro espíritu, que nos hacen mirar la vida de forma distinta, que crean verdadera humanidad en nuestras relaciones de los unos con los otros, las que nos van a dar verdadera paz interior que será fuente de la verdadera alegría, no de alegrías efímeras para las que necesitamos algunos alicientes que cuando nos fallan todo se nos queda en nada.

Tenemos que buscar en donde vamos a encontrar la verdadera grandeza del hombre, de la persona. Por eso no nos podemos dejar arrastrar por esos criterios mundanos, por esas vanidades que serán como humo que pronto se disipa y se queda en nada. Tenemos que buscar lo que da verdadera profundidad a la vida; y para eso tenemos que aprender a decir no porque buscamos lo mejor y no nos queremos quedar en lo mediocre.

Claro que queremos crecer, que queremos tener una vida digna, claro que tenemos que aprender a disfrutar de la vida, claro que tenemos que darle importancia a cada momento porque le damos una trascendencia a la vida, porque buscamos algo que nos lleve más allá y más arriba, porque nos queremos dejar impregnar por los valores que nos va enseñando el evangelio, porque queremos mirar a los demás no como unos contrincantes sino con alguien con quien voy a colaborar para hacer un mundo mejor y que nos llene de felicidad a todos.

No es que no queramos ganar, sino que buscamos lo que nos va a dar una ganancia perpetua. Y tenemos que invertir nuestro esfuerzo por la superación, por la búsqueda de la verdad, por la construcción de la verdadera paz que nace del corazón, por construir unas relaciones más amistosas y más fraternas, por ser capaces de poner comprensión y misericordia en el corazón, porque vamos a querer compartir porque será la manera en que sienta las más hondas satisfacciones. No buscamos ganarnos el mundo entero, sino hacer que nuestro mundo sea mejor porque yo voy a ser mejor y porque voy a ayudar a los demás a que sean también mejores.

Y lo vamos a hacer desde una fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu. Y lo hacemos porque creemos en Jesús y queremos seguirle y no nos avergonzaremos nunca de esa motivación trascendental para nuestra vida. Es un mar inmenso el que tenemos delante y en el que en el nombre de Jesús vamos a echar nuestras redes.

jueves, 15 de febrero de 2024

No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir

 


No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir

 Deuteronomio 30, 15-20; Salmo 1; Lucas 9, 22-25

Cuando nos invitan a hacer un camino queremos saber a donde vamos, cual es la meta, qué se nos ofrece, las dificultades que vamos a encontrar en el camino o si acaso es un camino fácil y llevadero. Muchas cosas nos preguntamos, muchas cosas queremos saber. Y es normal, porque tenemos que prepararnos, porque tenemos que saber si merece la pena por lo que vamos a encontrar, a pesar de las dificultades que vamos a encontrar o de los esfuerzos que tenemos que realizar. Tenemos que saber a ver si estamos dispuestos o no, o si estamos preparados. Sería insensato meterse a hacer un camino a lo loco.

Ayer iniciamos un camino, y por el nombre que le damos ya sabemos su duración. Pero hemos de tener clara la meta, es una subida a Jerusalén, una ascensión; como también hemos de saber los medios que vamos a emplear, o que están disponibles en nuestras manos. La liturgia no se guarda los secretos para si, y ya desde este primer momento nos está diciendo el sentido de esta subida a Jerusalén. Nos lo dice claramente el evangelio, ‘Mirad que subimos a Jerusalén…’ y Jesús nos aclara:’ El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. O sea, habrá sufrimiento, habrá muerte, pero también al final se nos anuncia la vida. ‘Ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Lo va a repetir muchas veces.

Jesús va delante en esa subida, y ya hemos de tener claro lo que va a significar, el sentido que tiene. Y Jesús nos invita – no nos obliga – a ir con El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mi…’ si alguno quiere venir conmigo. Este es el camino, un camino de donación y de entrega, un camino donde será necesario que nos anonademos, como lo hizo El de condición divina pero que tomó la imagen de esclavo, se hizo el último y el servidor de todos, entregó su vida para que nosotros tengamos vida. Y es a lo que nos invita.

Lo hemos de tener claro. Y a eso es a lo que nos invita. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?’

Nos invita a que hagamos como El. Tomar la cruz, entregar la vida. Algo que hay que hacer con valentía y con decisión. No podemos andar a medias tintas. Ya nos dirá que ‘con El o contra El’ porque ‘quien no recoge conmigo, desparrama’. Y esa es la manera de ganar, aunque parezca que perdamos. Pero es que libremente, como El lo hizo, tenemos que entregarnos. Es ponernos en camino, en actitud de servicio, olvidándonos de nosotros mismos, no buscando ganancias del momento, porque tenemos que saber perder para poder ganar la vida.

No es tarea fácil, pero es el camino que aunque nos parezca estrecho es que nos lleva a la vida eterna. Seguro que nos gustaría tener todas las ganancias y riquezas del mundo en nuestras manos, pero, como nos dice, ‘¿de qué nos vale ganar el mundo entero si perdemos la vida, si perdemos el alma?’ No son esos reinos del mundo, del poder, de la ostentación, de la vanidad, de las luces y resplandores de los oropeles, del orgullo, de los aplausos de todos los que nos tienen que seducir.

‘Hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal’, que nos decía el libro del Deuteronomio. ¿Estaremos dispuestos a emprender el camino?

jueves, 23 de febrero de 2023

Encrucijadas en el camino ante las que tenemos que tomar nuestra decisión para seguir o no a Jesús, y El nos habla de tomar nuestra cruz de cada día

 


Encrucijadas en el camino ante las que tenemos que tomar nuestra decisión para seguir o no a Jesús, y El nos habla de tomar nuestra cruz de cada día

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25

En la vida continuamente nos vamos encontrando encrucijadas. Como cuando nos ponemos a caminar por cualquier calle de nuestra ciudad, y si queremos también en nuestros campos; a cada tramo del camino que vamos haciendo pronto nos encontraremos con el cruce de otra calle - ¿una encrucijada?, la palabra viene de ahí – y tenemos que decidirnos por donde vamos; ¿seguimos derecho? ¿Cogemos a un lado o a otro? Depende de donde queramos ir, por donde llegamos mejor, más cerca, con más facilidad; pero en nuestras manos está la decisión del camino que cogemos, dependiendo, como decíamos, del sitio a donde queremos llegar. ¿Tendremos clara nuestra meta, nuestro punto final?

Así decimos en la vida. Tenemos que estar tomando decisiones, escogiendo el mejor camino, teniendo seguridad de la meta que queremos alcanzar. Y no siempre es fácil; aquella calle, aquella avenida, aquella senda que se abre a un lado o a otro nos puede resultar atractiva; son tantas las cosas que nos atraen, nos llaman la atención, nos quieren distraer, nos pueden engañar con sus atractivos. Seguridades necesitamos.

De eso nos está hablando hoy la Palabra de Dios, nada más iniciar este camino de Cuaresma, que comenzamos ayer. Caminos de vida o caminos de muerte, caminos luminosos o caminos llenos de oscuridad, incertidumbres e inseguridades que nos podemos encontrar. ¿Qué queremos alcanzar? ¿Qué queremos ganar?

Cuidado con esta palabra que nos puede resultar engañosa. ¿Cuáles son los intereses de nuestras ganancias? Cuando hablamos de ganancias podemos materializarnos en exceso, estar pensando solo en ganancias materiales, ¿económicas? ¿Ganancias que nos hagan relumbrar ante el mundo que nos rodea? ¿Cuáles son esas luminosidades para la gente que está a nuestro alrededor? ¿Cuál es la luminosidad que queremos dar a nuestra vida?

Aquí se trata de coger el evangelio con las dos manos, sentirnos seguro con el evangelio, del mensaje que se nos está ofreciendo. Y la buena nueva que nos está ofreciendo Jesús en cierto modo nos inquieta, porque parece que no siempre coincide con nuestras aspiraciones o con nuestros sueños. Se nos habla de ganar el mundo, pero del peligro de perderlo; se nos habla de entregar la vida, aunque nos parezca que la perdemos, pero con lo que tendremos ganancia segura. Nos cuesta entender.

Pero es que antes Jesús nos ha hablado de cual es su camino. Es un camino de amor y de vida, pero por eso mismo es un camino de entrega y entrega hasta el final. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.

Decir que amamos puede resultarnos fácil de decir. Todos hablamos de amor, pero no siempre lo entendemos de la misma manera. Jesús nos habla de un amor que entraña padecimientos y muerte. Eso ya es otra canción que no es tan fácil de cantar. Por eso a los discípulos les costará tanto entenderla. Como nos cuesta a nosotros. Porque preferimos amor mientras nos van bien las cosas, cuando no cueste demasiado sacrificio, cuando yo puedo ir escapando sin muchas complicaciones. Pero de eso no es de lo que nos habla Jesús. Por eso algún día Pedro se rebelará contra esas palabras y anuncios de Jesús.

Por eso hoy Jesús nos dice que tenemos que ser capaces de coger la cruz. ¿Pero si el madero hasta es áspero al contacto con nuestras manos? Pero esa es la madera que quiere que Jesús cojamos, porque ahí está nuestra vida, nuestras cosas, nuestras luchas, lo que aspiramos y lo que soñamos, que tenemos que dejarlo a un lado muchas veces si queremos en verdad seguir a Jesús. Nos habla Jesús de negarnos a nosotros mismos, o sea que no nos pongamos nosotros los primeros y por delante, sino que seamos capaces de hacernos los últimos, porque siempre tenemos que ser servidores.

Son las encrucijadas que vamos a encontrar en el camino, y ante lo que tenemos que decidirnos, tomar decisión, queremos en verdad llegar hasta la meta. ¿Seremos capaces? ¿Seguiremos siempre buscando calles bien adoquinadas y caminos perfecta y cómodamente trazados?



viernes, 14 de octubre de 2022

Es complejo el mundo en que vivimos y son muchas las influencias que recibimos, pongámonos en las manos de Dios para no perder el norte de la vida

 


Es complejo el mundo en que vivimos y son muchas las influencias que recibimos, pongámonos en las manos de Dios para no perder el norte de la vida

Efesios 1, 11-14; Sal 32; Lucas 12, 1-7

Ya sea porque es una forma literaria que utiliza el evangelista para narrarnos los hechos y los dichos de Jesús en el evangelio, o ya sea porque realmente la predicación de Jesús en aquel momento fuera de una forma más distendida y menos solemne, donde se van como desgranando temas y dejándonos sentencias un poco algo así como un mosaico que nos presenta los diferentes temas o matices. Es lo que hoy estamos escuchando en el evangelio del día.

Comienza como de una forma distendida previniendo a los discípulos más cercanos, a los apóstoles de algo en lo que podemos caer con facilidad; y es el dejarnos contagiar por lo que palpamos en el ambiente, por el estilo de aquellas personas que nos rodean. Grande era la influencia que los grupos de los fariseos ejercían sobre el pueblo; como en su mano estaba también el que muchos de ellos fueran maestros de la ley eran sus enseñanzas muy particulares las que trasmitían al pueblo sencillo y donde podrían entrar en fáciles confusiones.

Por eso les dice Jesús que anden con cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Hemos de estar alertas porque son muchas las influencias que podemos recibir de todos lados. Ya nos hablará Jesús en sus parábolas de cómo la semilla sembrada encontrará dificultad para germinar, porque la tierra sobre la que cae está endurecida, porque está llena de matorrales y abrojos, o serán tantas las piedras que no podrá enraizar de verdad; por otra parte podemos recordar que la buena semilla va a nacer y crecer en medio de la cizaña. Ahí tendrá que fortalecerse la planta, porque la cizaña no va a ser arrancada, pero en la hora de la cosecha no podremos confundir las buenas con las malas semillas, que será cuando se haga la criba. Refleja bien lo que nos sucede cada día.

¿Sabremos hundir bien nuestras raíces para encontrar lo que la nutra de verdad para que pueda dar buenos frutos al final? ¿Nos dejaremos confundir con las influencias que podamos recibir? Nos quiere prevenir, para que estemos bien atentos.

Pero al mismo tiempo nos invita a la confianza. Sabemos que la tarea es dura en muchas ocasiones, son muchas las luchas que hemos de mantener desde dentro de nosotros mismos. ¿Podría perderse nuestra vida en esa lucha o podemos salir con heridas que nos dañan? Y ya sabemos, la historia está ahí y Jesús además nos lo ha anunciado, que muchas veces esa lucha será demasiado cruenta porque se puede convertir en persecución.

Aquí nos invita Jesús a no tener miedo, nos invita a la confianza. Nos invita a que no tengamos tanto miedo a lo que físicamente puedan hacernos, que incluso nos pueda hacer perder la vida del cuerpo, sino que pudiera ser algo más hondo lo que podamos perder. Como nos dice, ‘A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte, tiene poder para arrojar a la “gehenna”. A ese tenéis que temer, os lo digo yo’.

¿Podrían hacernos perder la fe? ¿Podrían embarcarnos por caminos de maldad y de pecado? ¿Podrían arrancarnos lo más valioso que llevamos en el alma que es la gracia de Dios? Eso sí que sería un gran peligro, una gran catástrofe para la vida. A cuántos les sucede. Cuántos hemos visto que poco a poco se han ido alejando de la práctica religiosa, han ido abandonando la Iglesia, quizás por malos testimonios que hayan encontrado y han perdido la fe. Y nosotros podríamos estar también en esa pendiente resbaladiza que nos hará precipitarnos en esa vida de vacío cuando perdamos la fe. ‘A eso tenéis que temer’, nos dice el Señor.

Hemos de saber ponernos en las manos de Dios. ¿No se venden cinco pájaros por dos céntimos? Pues ni de uno solo de ellos se olvida Dios. Dios no se olvida de nosotros, está a nuestro lado. No nos olvidemos nosotros de Dios.

jueves, 3 de marzo de 2022

Interrogantes que se nos plantean, caminos que se abren en la vida ante nosotros, buscamos esa luz que nos de verdadera sabiduría y plenitud a nuestro existir

 


Interrogantes que se nos plantean, caminos que se abren en la vida ante nosotros, buscamos esa luz que nos de verdadera sabiduría y plenitud a nuestro existir

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25

¿Qué metas tenemos en la vida? ¿Hacia donde vamos? ¿Qué buscamos? ¿Por qué y para qué vivimos? Preguntas a las que tenemos que dar una respuesta personal. Porque es mi vida, es mi vivir. Pero preguntas que pueden encontrar muchas respuestas distintas.

Pero ¿qué responderíamos de una forma personal nosotros? Algunas veces nos quedamos callados, porque son respuestas que comprometen. Es el compromiso de la vida, es el sentido de la vida, es lo que traza mi camino. Cuidado que si no damos respuestas es porque andemos desorientados, vayamos tanteando a ver lo que sale, o vayamos dando palos de ciego. ¿No crees que sería triste vivir así? Ahí tenemos que encontrar nuestra verdadera sabiduría. No es cuestión de copiar, cortar y pegar lo que otros dicen o lo que otros hacen. Mirando a los otros puede ser que se nos produzcan interrogantes en nuestro interior, mirando a los otros quizás podemos encontrar ayuda, pero es un camino que personalmente tenemos que hacer, unas repuestas que personalmente tenemos que dar.

Queremos vivir, decimos, y parece que con eso está todo dicho, pero cuando solamente decimos eso, algo quizás nos está fallando por dentro. Quizás aún no hemos encontrado esa verdadera sabiduría de nuestra vida. Será momento para detenerse, para reflexionar hondo, para buscar con ahínco, para encontrar esa luz.

Cuando estamos aun iniciando este camino cuaresmal nos hacemos estas preguntas. Queremos saber a donde queremos ir. Queremos saber, es cierto, cual es ese camino de cuaresma que estamos iniciando, pero tenemos que saber ir a lo más hondo. No es decir, bueno, como el año pasado, vamos haciendo la cuaresma y luego viene la Semana Santa  y terminamos en la Pascua. No es solo como el año pasado, es hora de seriedad y del momento presente, porque ahora las circunstancias pueden ser distintas, otros son los problemas de la vida y del mundo con los que nos vamos a encontrar, y la vida no es una simple repetición, sino que hemos de darle intensidad a cada momento. Bien distintos son los problemas que nos toca vivir este año.

‘Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal’ le decía Moisés al pueblo de parte de Dios. Habían de hacer la elección. Ante nosotros están también esos caminos. Pero tenemos que entender lo que es la vida, porque no es pensar solo en nosotros mismos, no es solo disfrutar de la manera que sea, no es simplemente dejarnos llevar por nuestro capricho o nuestra visión miope; hay que vislumbrar bien todo lo que se pone delante de nosotros para saber escoger.

Más o menos teóricamente quizá lo podemos entender, pero a la hora de vivir, a la hora de la práctica aparecen nuestras querencias, nuestros deseos, nuestras rutinas de la vida, nuestros caprichos que nos encierran, nuestras pasiones que nos desestabilizan y podemos perder la perspectiva. ¿Qué es lo que nos dará plenitud a nuestro ser, un momento de placer y felicidad o algo más hondo que podemos hacer que nos llena de verdad, y que llena de felicidad también a los que están a nuestro lado? Muchas opciones tenemos que plantearnos.

Vamos a dejarnos conducir porque quien de verdad puede iluminar nuestra vida, vamos a ponernos a la sombra de la Palabra de Dios y vayamos dando pasos de plenitud, pasos llenos de amor y de generosidad, pasos que nos abran horizontes, pasos en los que iremos encontrando ese sentido hondo de nuestro ser.

Como perspectiva tenemos la pascua. Ya en el evangelio de este primer día Jesús nos hace el anuncio de por qué sube a Jerusalén y que sentido tiene el que caminemos con El, el que queramos seguir sus mismos pasos. Por eso nos habla de tomar la cruz, pero no es porque escojamos un camino de sufrimiento, sino porque queremos escoger un camino de entrega y de amor. Cuando con seriedad queremos coger ese camino parece que todo da vueltas, que todo se nos trastoca porque nos encontramos con nuevos valores, porque nos encontraremos que aquello que parece perder la vida sin embargo es encontrarla, es recobrarla, es alcanzar verdadera plenitud. ‘Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’.

Pero todo esto tenemos que irlo madurando en nuestro interior. Seguiremos dando los pasos de la Cuaresma, pidamos al Señor que sepamos tener un espíritu abierto a su Palabra, que nos dejemos guiar por su Espíritu y encontraremos lo que da verdadera plenitud a nuestro ser. Iremos encontrando las grandes respuestas a nuestra vida.

 

viernes, 18 de febrero de 2022

Las palabras de Jesús impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida, nos proponen exigencias de renovación y autenticidad

 


Las palabras de Jesús impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida, nos proponen exigencias de renovación y autenticidad

Santiago 2, 14-24. 26; Sal 111; Marcos 8, 34 – 9, 1

Nos gusta contentarnos a nosotros mismos. ¿Quién no se permite un capricho en más de alguna ocasión? Queremos lo mejor, ambicionamos todo, cuando vemos algo que nos gusta y nos llama la atención nos sentimos atraídos y ya estamos pensando a ver cómo lo consigo. ¿Aspiraciones de felicidad? Claro que todos queremos ser felices y queremos en ocasiones llenarnos de cosas pensando que ahí está la felicidad. Pero puede llegar un momento en que nos sentimos hastiados de todo; aquellas cosas que antes anhelábamos tanto, ahora parece que no nos llaman la atención y nada nos dicen. Tenemos de todo y pudiera ser que nos sintiéramos vacíos, ¿qué nos falta?

Son preguntas que algunas veces nos hacemos, porque incluso la posesión de todas aquellas cosas que anhelamos y por las que luchamos para conseguirlas ahora nos pueden producir vacío, hastío, insatisfacción, agobios y preocupaciones. ¿Para qué? nos preguntamos. ¿Es que en verdad necesito tanto para ser feliz? Y contemplamos a nuestro lado a quienes nada tienen pero reflejan en su rostro una sonrisa que brota de la felicidad de su alma. Por eso nos preguntamos, tenemos que hacernos muchas preguntas, no hemos de tener miedo a esas preguntas que nos pueden horadar el alma, pero que nos harán mirar de una forma distinta los bolsillos.

Y algunas veces nos dan miedo esas preguntas. ¿Será que no nos gusta que nos hagan pensar? Pero lo necesitamos. Lo hace Jesús con sus discípulos. Sus palabras impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida. Claro que a los que siempre quieren estar en lo mismo, no les gustan las palabras de Jesús. Ya sabemos lo que pasa con los fariseos y los maestros de la ley. Plantea exigencias de renovación, quiere autenticidad en la vida, que busquemos lo que es verdaderamente principal para que no nos quedemos en superficialidades, nos hace tomar caminos nuevos.

Es lo que se nos plantea en el evangelio de hoy. Si decíamos al principio que nos gusta regalarnos a nosotros mismos, hoy nos dice Jesús que tenemos que negarnos a nosotros mismos. No porque de una forma masoquista tengamos que buscar el sufrimiento, sino porque tenemos que aceptar la realidad de la vida que muchas veces está llena de sufrimientos, pero sobre todo porque cuando tenemos que superarnos para buscar cosas mejores, tendremos que dejar a un lado algunos gustos o algunas apetencias aunque eso nos haga sufrir por dentro.

Jesús plantea que vivir con intensidad la vida es amar, y amar significa entregarse siendo capaz de olvidarse uno de si mismo porque busca siempre el bien del otro. Es el camino de la autentica felicidad frente a lo que muchas veces nosotros pensamos que la felicidad está en las cosas; la verdadera felicidad tenemos que buscarla dentro de nosotros mismos por nuestra capacidad de amar, por nuestra capacidad de darnos. ¿De qué nos vale tener todo,  nos viene a decir, si no alcanzamos la verdadera felicidad desde la intensidad de nuestra entrega y de nuestro amor?

‘Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?’, nos dice hoy Jesús. Por eso habla de ser capaces de perder la vida para ganarla. Algo muy distinto a los criterios del mundo a los que estamos tan acostumbrados. ‘Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará’. 

En otro momento nos dirá Jesús que tenemos que ser luz y que vean nuestras buenas obras para que todos den gloria al Padre del cielo. Hoy nos viene a decir que tenemos que ser testigos siempre, dar testimonio de lo que es nuestra fe, mostrar sin temor al mundo el camino y los valores por los que hemos optado. Es importante dar la cara, no ocultarnos. De una forma que nos pudiera parecer dura nos dice: ‘Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles’. Es la valentía del testimonio ante el que nunca nos podemos acobardar.

Son cuestiones que nos hacen pensar. Son planteamientos nuevos que hemos de hacernos buscando siempre lo que es verdaderamente importante. Es un sentido de autenticidad, de verdad que hemos de darle a la vida. Es un camino que hemos de recorrer que aunque en algún momento pudiera parecer cruz, siempre tenemos los ojos puestos en la resurrección y en la vida.

viernes, 17 de febrero de 2017

Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio la salvará

Frente a un mundo de ganancias, de competencias y de luchas ofrecemos una nueva escala de valores en la que pondré todo lo que soy para hacer que todos seamos mas felices

Génesis 11,1-9; Sal 32; Marcos 8,34-39
A nadie le gusta perder; todos queremos ganar. Son deseos que todos llevamos en el  corazón y nos sentimos emulados constantemente a crecer, a superarnos, y en el fondo queremos y deseamos estar en lo mas alto, tener mas, ser los mejores, no sentirnos relegados a un segundo término.
Además vivimos en un mundo de mucha competencia, pero en el sentido que le damos a la palabra de lucha, muchas veces de ir contra los demás; porque competencia puede significar que yo sea competente, que yo sea capaz, que yo desarrolle mis capacidades, mis posibilidades, pero enseguida lo volcamos en competencia como lucha y luchar luchamos demasiadas veces con los otros y somos capaces de emplear todas nuestras artimañas y estratagemas para conseguir ganar o estar en lo mas alto. Pero quizás tendríamos que preguntarnos si con este plan y sentido hacemos que nuestro mundo sea mejor y todos seamos más felices.
Pero mira por donde hoy el evangelio nos desconcierta porque nos dice que tenemos que perder la vida para ganarla. ¿Cómo entenderlo? ¿Es una simple estrategia? ¿O será acaso un descubrir una nueva escala de valores?
Estas palabras de Jesús van en consonancia con lo que ayer escuchábamos en el evangelio. Ante la pregunta de Jesús Pedro había hecho una hermosa confesión de fe, pero Jesús les quiere hacer descubrir el verdadero sentido de su vida. Es el Mesías de Dios, es el Hijo de Dios, pero El ha venido a descubrirnos el verdadero sentido del amor. Un amor que le llevará a la entrega, a la muerte incluso, porque no le aceptarán, porque le perseguirán, porque lo entregarán en manos de los gentiles, porque al final dará su vida por nosotros. Es  la prueba del amor; es la manifestación mas sublime del amor; es la grandeza y la maravilla de un Dios que nos ama y de que manera.
Pues es lo que hoy nos esta diciendo Jesús, donde hemos de encontrar el sentido de nuestra vida, cual es la verdadera escala de valores por la que hemos de regir nuestra vida. Y el que ama se entrega hasta el final; el que ama de verdad no teme perder su vida, siente por encima de todo la felicidad de amar. El que ama de verdad encontrara la plenitud de su vida precisamente entregando su amor, entregando su vida. No la pierde, la gana. No es una pura estrategia, es una nueva escala de valores, un nuevo sentido a la vida.
No son renuncias porque si, sino buscar lo mejor, y buscar lo mejor no es solo buscarlo para mi, sino buscarlo para el otro; eso me obligara quizás a olvidarme de mi mismo, pero esto ganando en plenitud, en la satisfacción del amor, en el gozo de sentir que el otro es mas feliz.
Entonces mi verdadera competencia no es luchar por defenestrar al otro, como podríamos decir y como vemos tantas veces en la vida, sino ser yo competente de la mejor manera para hacer que mis valores, mis cualidades hagan bien. Nos sentimos obligados a contribuir con lo que somos, con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo en el que vivimos, en hacer que los otros sean más felices; puede parecer que yo pierdo porque no me busco a mi mismo el primero, pero realmente estoy alcanzando la mayor plenitud para mi vida.
Cuánto más felices seriamos todos si llegáramos a entender esta escala de valores que nos propone Jesús en el evangelio. Qué distinta seria nuestra humanidad, realmente seriamos humanidad verdadera.