Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta poder. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poder. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

 


Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6

En tus manos está, en tus manos lo dejo, decimos cuando queremos confiar a alguien la realización de algo que queremos importante, que no hemos de realizar por nosotros mismos, pero que ponemos toda nuestra confianza en alguien para que lo lleve a cabo. Confiamos en que es capaz, que tiene los medios o los conocimientos para realizarla, que tiene la autoridad quizás de una experiencia o también desde los valores y cualidades que posee y que estamos seguros de que podrá llevarla adelante.

Es lo que estamos viendo en este pasaje del evangelio; lo consideramos un momento clave e importante en que Jesús va, podríamos decirlo así, delegando en sus discípulos, a quienes como nos dice el evangelista les ha dado autoridad, para que sigan realizando su misión, el anuncio del evangelio con palabras y con signos. ‘En tus manos está, en tus manos lo dejo’, como decíamos al principio. Han de hacer el anuncio del Reino, han de mostrar los signos de que llega el Reino de Dios y los corazones han de cambiar. Por eso como dice el evangelista ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ y terminará diciendo que ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’.

Y nos habla el evangelista de la disponibilidad que Jesús les pide, vacíos de sí mismos para que todo su apoyo y su confianza para la misión que han de realizar la pongan en Dios. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno’. No llevar nada para el camino significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino, como nos decía un teólogo de nuestro tiempo, Carlos María Martini.

Es necesario también una disponibilidad y una predisposición a ser acogedores pero también a ser acogidos, allí donde nos reciban. Es algo nuevo y distinto, es cercanía y es corazón; como les dirá Jesús en otro momento no pueden actuar a la manera de los jefes y poderosos de este mundo, porque la misión es la del servicio y para eso hay que ponerse a la altura de todos, también del más pequeño y del más bajo, porque en su Reino la grandeza está en el servir y en el hacerse el último de todos.

¿Será esta la imagen que damos los servidores del evangelio, la imagen que da la Iglesia hoy en medio del mundo que nos rodea? Tenemos, es cierto, que vivir en el mundo de hoy, con los medios de los que hoy disponemos, pero no tenemos que hacernos a la manera del mundo que nos rodea. Demasiadas veces cometemos el error de presentarnos con los parámetros del mundo y cuando llegan a confundirnos con las maneras de ser del mundo estamos perdiendo toda credibilidad. La Iglesia no puede ser nunca una sociedad a la manera de las sociedades del mundo. Otra tiene que ser la manera de ser ese rostro de Dios en medio de los que nos rodean.

Nuestra pobreza y nuestro espíritu de servicio tiene que ser la primera señal que demos, con esa cercanía a los demás estaremos diciendo cómo el Señor nos ama, nuestra fortaleza no tiene que estar en los medios o recursos humanos que utilicemos, porque nuestra fortaleza la tenemos en el Espíritu del Señor que tiene que llenar e inundar nuestra vida. El verdadero evangelizador tiene que revestirse desde lo más hondo de humanidad para poder mostrar esa ternura de Dios.

Y una cosa muy hermosa que está pidiendo Jesús a los que son sus enviados, han de ser sanadores de nuestro mundo. Nos hablaba de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba pero también de curar enfermos. No nos quedemos en el milagro por el milagro, porque tenemos una enfermedad de la que queremos ser curados, es una sanación mucho más profunda la que tenemos que realizar que va más allá de un cuerpo dolorido o impedido.

Las curaciones de los enfermos, es cierto, son signos que hemos de realizar, pero los signos nos hablan de algo más; hay dolor y sufrimiento que tenemos que curar, hay angustias en las que tenemos que poner serenidad, hay inquietudes en el corazón donde tenemos que orientar, hay oscuridades en la vida que tenemos que iluminar, hay muchos equívocos que tenemos que corregir, hay caminos que tenemos que enderezar, hay pobreza del corazón que tenemos que enriquecer, hay amor que tenemos que hacer florecer en tantos caminos llenos de odios y de insolidaridades, hay alegrías que tenemos que despertar en tantos corazones llenos de tristeza, hay un mundo nuevo que tenemos que sanar y reconstruir.

¿Estaremos siendo en verdad signos de esa nueva salud y salvación que Cristo viene a ofrecernos? En nuestras manos está, es nuestra responsabilidad y nuestra misión.


miércoles, 19 de agosto de 2026

Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

 


Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

La vida la hemos convertido en una carrera donde todos queremos llegar los primeros o tener siempre los beneficios de los ganadores; hay que ser competitivos nos dicen porque se quiere desarrollar en nosotros esos deseos de no quedarnos atrás, de ser siempre los ganadores y algunas veces en esa competición parece que fuéramos enemigos los unos de los otros porque queremos arrasar a nuestros contrincantes, queremos avasallar, o queremos valernos de las influencias del poder que hayamos conseguido para anular a los demás.

¿Es eso algo que nos satisface, que nos haga vivir la vida con paz, que lleguemos de verdad a comprender de esa manera el sentido de la vida? Creo que ser competitivo no tiene que significar anular a nadie, sino desarrollar lo mejor de nosotros mismos con la conciencia además de estar contribuyendo a hacer que nuestro mundo sea mejor para todos poniendo cada uno su parte, como solemos decir, su granito de arena.

Pero no siempre lo entendemos así. Ya sabemos de los empujones con que andamos en la vida, de las manipulaciones que intentamos hacer para conseguir nuestros adelantamientos, de lo poco que valoramos lo positivo que también ofrecen los demás, de cómo siempre nos creemos merecedores de los mejores premios sobre todo para deslumbrar a los demás. Después de todo eso ¿no sentiremos un vacío por dentro?

Hoy Jesús nos propone una parábola partiendo de esas cosas normales de la vida y de lo que era la vida de trabajo en un mundo rural, como quizás también podemos ver hoy en parte de nuestra sociedad. El dueño de una viña que necesita jornaleros para trabajar en su campo y sale muy de mañana en búsqueda de esos trabajadores. Hasta aquí todo parece que entra en la normalidad, quedan en lo que van a recibir de salario al final del día y son enviados al campo. Pero no sé si es que las necesidades eran mayores de lo previsto o era el buen corazón de aquel hombre, que sale también a la plaza a diversas horas del día y sigue recolectando trabajadores para su campo; casi al final del día se sigue encontrando gente que no ha sido contratada y él los envía también a su viña.

Quiere aquel amo de la vida que todos puedan tener trabajo, por eso ya no le importa la hora del día pero sigue invitando gente para trabajar en su viña. A la hora de la paga del jornal es cuando sucede algo que parece estar fuera del guión, porque los últimos que han ido a trabajar reciben el mismo salario que los primeros; como siempre suele suceder surge el descontento y las reclamaciones. Habían quedado en un denario y un denario reciben según contrato.

Pero detrás de todo esto quiere dejarnos Jesús un mensaje. Primero podríamos decir su voluntad de que todos puedan trabajar; cada uno ha de aportar según sus propias condiciones en la hora en que ha sido llamado pero todo trabajo ha de tener su valor; no andamos aquí en nuestros parámetros humanos donde, como decíamos al principio, andamos todos a la carrera y al empujón, mirando con malos ojos lo que el otro pueda aportar y dejando aflorar con demasiada facilidad nuestros orgullos y nuestras envidias porque nos hayamos tomado la vida como una competición en la que ganar significa descartar o anular al otros.

Miremos como hacemos todas nuestras competiciones en la vida, incluso en el mundo deportivo, donde siempre vamos descartando gente o equipos y al final los que se sienten perdedores ya sabemos cómo suelen reaccionar, con poca deportividad solemos decir, pero tendríamos que pensar qué es lo que les hemos insuflado en su espíritu para hacer esa competición. ¿Lo importante es la belleza del juego, la humanidad y respeto que nos tenemos incluso en la lucha, o lo que va a predominar es nuestro amor propio o nuestro orgullo herido?

No terminamos de aprender a caminar juntos. Por muchas palabras bonitas que digamos siempre nos quedan heridas que no sabemos curar en el corazón. ¿Cuando nos daremos cuenta que somos una misma humanidad y todos tenemos que contribuir a que sea más humano nuestro mundo?


sábado, 28 de marzo de 2026

Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

 


Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jer 31, 10-13; Juan 11, 45-57

Quien se endiosa en el poder, sea el poder que sea en cualquier ámbito de la vida, siempre andará sospechoso de quien pueda hacerle sombra, de quien pueda presentarse con otros planteamientos distintos que puedan hacer peligrar su poder. Ha sido siempre así como lo sigue siendo ahora y lo contemplamos en este mundo en el que vivimos que las ambiciones de poder de algunos nos están llevando a la destrucción de nuestro mundo y nuestra sociedad. Es terrible la espiral de violencia, de guerra de todo tipo y de muerte que se está engendrando desde el interés de algunos y que a todos nos hace daño por muy lejos que estemos.

Tendríamos que quizás analizar bien los derroteros por los que va nuestro mundo y como nosotros quizás podamos estar contribuyendo. Un cristiano tiene que ser crítico con todas esas situaciones que vive nuestra sociedad porque los caminos que nos ha enseñado el evangelio son bien distintos y no podemos dejarnos envolver por esa espiral de ambición por una parte y de inhumanidad en la que todos podemos ir cayendo.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión de urgencia, porque parecía que todo se les iba de las manos. Ahora Jesús había resucitado a Lázaro en Betania y muchos habían comenzado a creer en Él. La preponderancia de la que habían disfrutado y abusado aquellos dirigentes les parecía que se veía en peligro; y ellos tenían el poder y la ambición en sus manos y se sentían con ínfulas para quitar de en medio a quien fuera necesario.

Será el sumo sacerdote el que temiendo incluso la intervención de los romanos porque parecía que para todos estaba en peligro su preponderancia y su poder dirá que será conveniente que muera uno por todo el pueblo; quitado de en medio el que según ellos provocaba aquella inestabilidad ellos podrían seguir en paz y con su poder e influencia.

Sin embargo, sin querer por su parte, aquellas palabras se convirtieron en proféticas porque estaban dando la clave para nuestra redención. Un pueblo nuevo tenía que resurgir como había anunciado el profeta Ezequiel y era lo que provocan las palabras de Jesús que llenaban de esperanza los corazones. Hablaba el profeta de una alianza de paz, de una alianza eterna. ‘Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra’.

Algo nuevo tendrá que rebrotar para hacer nacer esa nueva humanidad. Aquel Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús ha de hacerse realidad, porque todos seremos reconciliados con la sangre de Cristo derramada. En verdad uno tenía que morir por todos y Jesús había subido decidido a Jerusalén sabiendo que se iba a celebrar una nueva pascua, un nuevo paso de Dios que venía con su salvación.

‘Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’, había anunciado el profeta y ahora se iba a realizar esa purificación que no sería ya con la sangre de los machos cabríos que se sacrificaban en el templo de Jerusalén, sino con la sangre derramada de Cristo por todos para el perdón de nuestros pecados.

Y eso es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Estamos en las puertas de la semana de Pasión que culminará en la Pascua. Pero disponernos a celebrar no es disponernos como espectadores que ven pasar por delante un desfile, pero en el que no participan. Nuestra celebración, es cierto, ha de tener mucho de contemplación, porque contemplando desde lo más hondo de nosotros mismos nos podemos impregnar de ese sentido de pascua que hemos de tener y vivir. Todo nos tiene que llevar a vivir, no como una emoción pasajera, sino como quien va a sentir ese paso de Dios por su vida.

        Tenemos que hacer Pascua porque en esa pasión y muerte de Cristo que vamos a contemplar y a celebrar hemos de incluirnos nosotros para que pueda haber resurrección. Bajémonos al camino de la humildad que será siempre un camino de amor, despojémonos de esas vestiduras del orgullo que son vestiduras de muerte para poder vestirnos con la vestidura blanca del hombre nuevo, porque hemos blanqueado nuestros mantos en la sangre del Cordero como nos recordará el Apocalipsis, porque así tenemos que sentirnos en la pascua.

martes, 12 de agosto de 2025

Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

 


Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

Deuteronomio 31,1-8; Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Todos, quieras que no, vamos buscando nuestro lugar en la vida, para eso nos esforzamos, nos preparamos, trabajamos para ir logrando ese lugar, ese puesto, ese prestigio; podemos luego darnos importancia, o sentirnos interiormente satisfechos de nuestros logros. No está mal, claro que tendríamos que ver nuestras mañas, nuestras aspiraciones, los empujones quizás que hemos dado para quitar delante de nosotros el que nos estorba, el que nos impide llegar a aquel lugar con el que soñamos; tendríamos, es cierto, que ver por qué lo buscamos o qué pretendemos.

Pero no queremos ser como ‘esos’, y pensamos a los que vemos a nuestro alrededor que nada importan ni significan, que según nosotros simplemente van arrastrándose por la vida sin conseguir nada, sin salir de sus pobrezas o nulidades como a nosotros quizás nos gusta pensar. Y nos hacemos comparaciones y no queremos ‘vernos en su pellejo’, porque nos parece que para nada valen, para nada sirven y no van a llegar a ninguna parte.

Ya nos estamos dando cuenta que en esas nuestras apetencias no todo era tan bonito cuando decíamos que queríamos buscar nuestro lugar en la vida. Cuántas comparaciones hacemos, cuantas descalificaciones, a cuantos arrimamos a un lado porque son tan pequeños, son tan insignificantes en la vida, que nada decimos alcanzarán. ¿Para nosotros los primeros puestos, los lugares de importancia?

Jesús viene a romper nuestros esquemas. De entrada ha tomado un niño y lo ha puesto en medio. ¿Qué hace un niño en una reunión de personas mayores? ¿Qué puede pintar allí? ¿Quizás para que nos haga los mandados? Pero Jesús viene a decirnos otra cosa. ‘¿Quién será el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que parece que no dice nada. ¿A qué viene esa pregunta? Pero es lo que tantas veces han discutido y volverán a discutir entre el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús. Y Jesús lo quiere dejar muy claro. ‘Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’.

Por eso ha puesto un niño allí en medio, en el centro. Hacernos como niños, pequeños como este niño; no eran tenidos en cuenta para nada los niños. Se le consideraba algo insignificante. Se acogía a los amigos, se acogía a las personas de bien, se acogía a las personas importantes, se acogía a los poderosos, pero ahora nos dice Jesús que hay que acoger un niño. Sus ángeles están viendo el rostro de Dios, nos dice.

Si el pastor que pierde una oveja en el campo se vuelve loco buscándola hasta que la encuentre, ahora nos dice Jesús que a ese pequeño e insignificante hay que acogerlo, hay que tenerlo en cuenta. Pero es que nos dice más, es que nosotros tenemos que hacernos así pequeños, como los inocentes niños, y entonces entenderemos la verdadera grandeza que hemos de buscar.

Pero nosotros seguimos con nuestras peleas y con nuestras ambiciones, seguimos buscando puestos y queriendo ascender en esa escalera que nos llevaría a los puestos de privilegio. ¿Dónde está nuestro espíritu de servicio? ¿No estaremos viendo esos codazos muchas veces también en nuestra iglesia? Las hermandades que quieren aparecer con toda pomposidad y gran número de afiliados; los puestos especiales en nuestras celebraciones porque nosotros vamos con nuestro bastón de mando o con nuestras medallas y nuestras túnicas y hábitos, los ropajes de colores que buscamos vestir para diferencias las diversas categorías o las carreras que hemos hecho.

¿Nuestra iglesia no tendría que leer con más atención este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece?

domingo, 18 de mayo de 2025

Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

 


Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor y ese será el camino de nuestra gloria  y nuestro triunfo con el que haremos un mundo mejor

Hechos 14, 21b-27; Salmo 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando hablamos de gloria, de glorificación y lo hacemos en términos muy a lo humano, a lo terreno y material, por decirlo de alguna manera, pensamos en triunfos, en victorias, en aclamaciones; la gloria de un deportista es la victoria personal o la victoria de su equipo, es el triunfo sobre el adversario, es la aclamación que va a tener de sus seguidores o de los que valoran esa victoria; salvo que nos hagamos unas interpretaciones ya muy particulares en las que se admire el esfuerzo realizado aunque no haya vencido se suele decir que su victoria es su superación, es su esfuerzo, o es el lograr llegar a aquella final aunque no haya habido triunfo sobre el adversario.

¿Cómo podemos entender las palabras que emplea Jesús hoy en el evangelio en las que habla de que ha llegado la hora de la glorificación precisamente en el contexto en que las pronuncia? Ya al comenzar la cena pascual el evangelista nos dice que ha llegado su hora, y lo repetirá Jesús en distintos momentos. Ya anteriormente hablando en Jerusalén había hablado de que estaba deseando que llegara la hora de la glorificación, mientras se escucha como un grito una voz venida del cielo que habla de esa glorificación.

Ahora ha salido ya Judas del cenáculo, y bien sabemos por los derroteros por los que caminaba pues iba a preparar el prendimiento de Jesús en aquella noche, y Jesús vuelve a hablar de glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros’. Son palabras que tienen un tinte especial, de ahí la tristeza que embarga al grupo de los discípulos, que no entienden lo que suceda, pero que presienten que algo especial va a suceder, como Jesús les había anunciado y ellos no habían comprendido.

Es el comienzo de la pasión; pronto vendrá el prendimiento, y como les ha dicho Jesús ‘me queda poco de estar con vosotros’. Pero es la hora de la entrega y del amor. Aunque sea difícil de ver y comprender todo lo que va a suceder tiene un sentido. Es el sentido de quien se entrega por nosotros, es el sentido del amor. Es el amor de Dios al hombre y al mundo que no se detiene hasta entregar a su Hijo para que nosotros tengamos vida. Aunque sean pasos amargos, porque a nadie le gusta el sufrimiento, fueron los pasos decididos con que Jesús subía a Jerusalén sabiendo que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, pero nadie le arrebata la vida, como nos dirá en una ocasión, sino que El la entrega libremente.

Puede pedirle al Padre que le libere de ese cáliz, pero El está dispuesto a llegar hasta el final. Porque no hay amor más grande que el de quien entrega su vida por los que ama. Es lo que está haciendo Jesús y la gloria de Dios se manifiesta cuando se manifiesta el amor, cuando llegamos a descubrir lo que es el amor que Dios nos tiene. Es la hora de la glorificación, porque es la hora de la entrega, es la hora del amor. Era lo que los judíos no entendían de la manera en cómo Jesús e presentaba como Mesías. Para ellos el Mesías tenía que se un caudillo que hiciera la guerra a quienes los oprimían para en esa violencia dominarlos y conquistar su libertad. No era la guerra que Jesús iba a emprender ni la que nos confiara a nosotros sus seguidores.

Y ese será el camino de nuestra gloria, el camino de nuestro triunfo. Es nuestra lucha y nosotros queremos ver también derrotados nuestros enemigos, pero nuestra victoria no viene por la violencia, nuestra victoria viene por el amor. Por eso nos dirá que será nuestro distintivo, por lo que nos conocerán. Es su ley y su mandato, amar. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros’.

Es la tarea que nos confía, pone en nuestras manos para poder manifestar la gloria de Dios. Solo en el amor se va a manifestar la gloria de Dios. Muchas veces tenemos la tentación de la ostentación en las cosas externas. Nos rodeamos de muchos resplandores y brillos que no son sino hojarasca; tenemos demasiadas manifestaciones de poder desde la imposición y desde la vanidad. Todavía seguimos sin entender las palabras de Jesús y pretendemos imponernos, convertir nuestra manera de ver y vivir el amor en leyes humanas que terminan maleándose porque se nos meterán nuestros intereses y nuestras vanidades por medio. Incluso hasta cuando hablamos de paz en tantos conflictos como nos encontramos en el mundo, terminamos hablando de imposiciones y exigencias, pero llegamos a entender que solo por el camino del amor es como la vamos a encontrar.

Tenemos que ver el camino de Jesús para hacerlo nuestro camino. Tenemos que ver lo que fue la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús para que lo hagamos también nuestra gloria porque emprendamos ese mismo camino de entrega y de amor. Despojémonos de esas ansias de poder que se sigue manifestando en nosotros y en nuestra Iglesia, esa fastuosidad y vanidad que lo que hace es crear abismos y distancias, que además nos están alejando del evangelio. Bajemos a ese terreno llano donde nos sentimos todos a la misma altura y se palpa la cercanía entre nosotros porque estamos todos caminando el mismo camino del amor.

viernes, 21 de febrero de 2025

En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

 


En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

Génesis 11, 1-9; Salmo 32; Marcos 8, 34 – 9, 1

Todos queremos ganar, nadie quiere perder; y hablamos de ganar y pensamos en poseer más, más cosas, más posesiones, más riquezas, más poder, más prestigio, más influencias, no nos queremos quedar atrás; queremos ser tenidos en cuenta, queremos brillar aunque sea con oropeles, queremos estar por delante, queremos reverencias y reconocimientos… y vamos intentando medrar en la vida, ir alcanzando mejores puestos, poder pasarlo bien sin ninguna preocupación, disfrutar de la vida, decimos en una palabra. Y decimos que cada momento es importante, que tenemos que saber aprovechar la ocasión, que no estamos hechos para el sufrimiento y vamos a ver como conseguimos las cosas con el menor esfuerzo…

¿Serán esos también nuestros criterios? Sabemos que son el criterio normal de la gente que está a nuestro alrededor, pero ¿nos quedamos en esos valores que podemos cuantificar en lo material, en lo económico, en los placeres de la vida? ¿No hay otras metas, otras ansias en nuestra vida como si ahí lo tuviéramos todo?

Escuchando el evangelio de hoy con criterios como estos que hemos mencionado de alguna manera nos sentimos desconcertados con las palabras de Jesús. Nos habla de perder la vida para poderla ganar. ¿Será que tenemos que sacrificar algunas ganancias, hacer algunas inversiones para poder tenerlas luego de forma superior?

Sí que tenemos que hacer inversiones en la vida, pero que no van por esos caminos de lo material o de los prestigios y honores que este mundo podamos recibir. Hay algo distinto que nos da un sentido superior a la vida, algo que nunca nos dejará vacíos por dentro. Son esos valores que elevan nuestro espíritu, que nos hacen mirar la vida de forma distinta, que crean verdadera humanidad en nuestras relaciones de los unos con los otros, las que nos van a dar verdadera paz interior que será fuente de la verdadera alegría, no de alegrías efímeras para las que necesitamos algunos alicientes que cuando nos fallan todo se nos queda en nada.

Tenemos que buscar en donde vamos a encontrar la verdadera grandeza del hombre, de la persona. Por eso no nos podemos dejar arrastrar por esos criterios mundanos, por esas vanidades que serán como humo que pronto se disipa y se queda en nada. Tenemos que buscar lo que da verdadera profundidad a la vida; y para eso tenemos que aprender a decir no porque buscamos lo mejor y no nos queremos quedar en lo mediocre.

Claro que queremos crecer, que queremos tener una vida digna, claro que tenemos que aprender a disfrutar de la vida, claro que tenemos que darle importancia a cada momento porque le damos una trascendencia a la vida, porque buscamos algo que nos lleve más allá y más arriba, porque nos queremos dejar impregnar por los valores que nos va enseñando el evangelio, porque queremos mirar a los demás no como unos contrincantes sino con alguien con quien voy a colaborar para hacer un mundo mejor y que nos llene de felicidad a todos.

No es que no queramos ganar, sino que buscamos lo que nos va a dar una ganancia perpetua. Y tenemos que invertir nuestro esfuerzo por la superación, por la búsqueda de la verdad, por la construcción de la verdadera paz que nace del corazón, por construir unas relaciones más amistosas y más fraternas, por ser capaces de poner comprensión y misericordia en el corazón, porque vamos a querer compartir porque será la manera en que sienta las más hondas satisfacciones. No buscamos ganarnos el mundo entero, sino hacer que nuestro mundo sea mejor porque yo voy a ser mejor y porque voy a ayudar a los demás a que sean también mejores.

Y lo vamos a hacer desde una fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu. Y lo hacemos porque creemos en Jesús y queremos seguirle y no nos avergonzaremos nunca de esa motivación trascendental para nuestra vida. Es un mar inmenso el que tenemos delante y en el que en el nombre de Jesús vamos a echar nuestras redes.

viernes, 11 de octubre de 2024

Que por todo lo bueno que vemos a nuestro alrededor sepamos dar gloria a Dios, porque son signos y señales de ese Reino de Dios

 



Que por todo lo bueno que vemos a nuestro alrededor sepamos dar gloria a Dios, porque son signos y señales de ese Reino de Dios

Gálatas 3, 7-14; Salmo 110; Lucas 11, 15-26

Hay quien va por la vida de autosuficiente y engreído porque se cree, y hace alarde de ello, que nadie hace las cosas como él; se las sabe todas, como solemos decir, pero se cree que es el único que sabe; a lo sumo, los que son como él, o sea de su grupo o de su clan, son los que podrían hacer las cosas bien; por supuesto aquellos que no piensan como él, que no son de su manera de pensar, por decirlo de alguna manera, esos por más que quieran no serán capaces de hacer nada bueno. Y con ello, con su autosuficiencia por una parte, o con sus criticas a todo y a todos va creando un mal ambiente, va creando divisiones, estará siempre con el rechazo a lo que hagan los otros.

Quizás planteo las cosas con una cierta exageración, pero ¿de alguna manera no estamos siendo así en nuestra sociedad en que siempre lo que hacen los otros está mal y no somos capaces de ver y de aceptar lo bueno que puedan hacer los demás? Cuánto nos cuesta aceptar y valorar lo que hacen los otros. Qué prontos somos para juzgar, para criticar, para poner faltas, para minusvalorar lo que hacen los otros, o para desprestigiarlos para que así pierdan todo valor. Con qué facilidad corroemos lo bueno de los demás. Son nuestros orgullos y autosuficiencias, o es la falta de humildad para reconocer lo bueno que hacen los otros que incluso nos superan; pero eso  no lo podemos soportar.

Es el rechazo que vemos que ciertos sectores le están haciendo a Jesús. No terminan de comprender la obra de Dios que en Jesús se manifiesta. Serán los sencillos los que sienten admiración por las obras de Jesús, reconociendo que un gran profeta ha aparecido entre ellos. Ya contemplamos a Jesús en otro momento del Evangelio dando gracias al Padre que ha revelado los misterios de Dios a los pequeños y a los sencillos.

Pero aquellos que se creían sabios y entendidos, que de alguna manera se habían vuelto manipuladores de la fe de los sencillos rechazan la buena nueva de Jesús. No serán capaces de reconocer esa buena noticia que les trae Jesús del Reino de Dios que se acerca y que ya está en medio de ellos. Ellos tenían otros conceptos, ellos se creían con sus privilegios que en el nuevo Reino que Jesús anuncia, ellos podrían perder. No han terminado de entender el sentido del Reino de Dios que Jesús viene proclamando; lo ven como un peligro para sus posicionamientos y sus privilegios.

Por eso, lo mejor, desprestigiar a Jesús. Aquello que Jesús está realizando no es obra de Dios; Jesús, dicen ellos, está actuando con el poder de Belcebú. La ceguera de sus mentes y la cerrazón de sus corazones les llevan a confundir todo y a querer crear confusión también en los demás. Siembra desconfianza y echarás abajo el más hermoso edificio. Como sigue sucediendo en todos los tiempos y nos sucede hoy también con las mecánicas y dinámicas de nuestra sociedad.

Jesús nos enseña a valorar todo lo bueno, venga de donde venga. A tener un espíritu abierto y al mismo tiempo humilde para descubrir lo bueno, para valorar lo bueno, para tener en cuenta todo  lo bueno que hay alrededor. Tenemos que aprender a abrir los ojos al estilo de Jesús, porque también muchas veces somos catastrofistas viendo todo mal, viendo todo lleno de maldad, creando también confusiones a nuestro alrededor, no sabiendo descubrir los signos de los tiempos, como en otra ocasión Jesús nos decía, para ver esa acción de Dios en tantas cosas en nuestro entorno.

Es algo muy general de nuestra sociedad, pero que también nos sucede en nuestro espacio eclesial. No todo el campo siempre está lleno de flores y de buenos frutos, y entre nosotros aparecen también esos sembradores de cizañas que tanto daño pueden hacer alrededor. Sabemos que tenemos que contar con ello, como Jesús nos va enseñando en el evangelio, pero nos obliga a purificar más y más nuestra, a dulcificar nuestras actitudes, a tener una mirada nueva, a ver ese sentido positivo que siempre el evangelio tiene que sembrar en nuestro corazón.

Claro que tenemos que fortalecernos en nuestra fe para que cuando llegue la tentación nos mantengamos firmes y nos dejemos confundir por tantas cosas y tantas tentaciones que nos pueden aparecer en nuestro derredor. Si no estamos vigilantes, si no mantenemos alto nuestro espíritu, vendrá el maligno que revolverá nuestra vida, como nos dice hoy jesus.

Que por todo lo bueno que vemos a nuestro alrededor, venga de donde venga, sea quien sea, sepamos dar gloria a Dios, porque son signos y señales de ese Reino de Dios que se está construyendo en nosotros y entre nosotros.  

domingo, 14 de julio de 2024

Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

 


Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Nos confían un trabajo o una tarea y enseguida nos hacemos nuestras planificaciones y nuestros presupuestos; necesitamos esto, lo otro y lo de más allá… pronto vamos a ver con qué contamos, qué es lo que vamos a necesitar para sacar esa obra adelante. No digo que no tengamos que hacerlo en nuestras tareas humanas, en el desempeño de nuestras responsabilidades, pero ¿habría que contar solo con esto o con otras cosas?

Lo mismo podemos decir de un viaje que vamos a emprender; siempre pagamos la novatada en los primeros viajes, nos cargamos de multitud de cosas por lo que pueda suceder, decimos, por los imprevistos que puedan surgir, y llevamos la maleta a reventar de cosas que volverán sin que las hubiéramos tocado y con la incomodidad del peso que hemos ido arrastrando.

Hoy Jesús nos sorprende y bien que tenemos que aprender de esa sorpresa. Ha escogido de entre los discípulos a los apóstoles que va a enviar con su misma misión y autoridad. Han de ponerse en camino para anunciar el Reino de Dios, como había hecho Jesus desde el comienzo de su actividad pública y apostólica.

El también había ido itinerante de pueblo en pueblo anunciando la buena noticia de la llegada del Reino de Dios. Es el envío que ahora realiza en aquellos a los que llama apóstoles. ¿Y qué van a necesitar? Solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas buenas sandalias, pero nada de suministros, nada de repuestos, nada en el bolsillo que dé seguridades. Han de ponerse en camino con la confianza de que su fuerza estará en la Palabra que pronuncien, el mismo anuncio que están haciendo.

¿No nos tendría que hacer pensar mucho estas recomendaciones de Jesús a los cristianos que nos sentimos también enviados con la misma misión de Jesús? Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje. Cuidado que los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia que tenemos que proclamar. Con tanto que nos preocupamos de los recursos y de los preparativos no va a llegar a tiempo la Buena Noticia que tenemos que anunciar.

Jesús pone en camino a aquellos discípulos que envía para que con su presencia sean en verdad signos de ese Reino de Dios que anuncian; es anunciar que solo Dios es el Señor, el Rey de nuestras vidas pero lo rodeamos de tantas cosas que pareciera que esas cosas son verdad los señores de nuestra vida. La presencia de los enviados tiene que convertirse en señales y signos de amor; van a acercarse allí donde está el sufrimiento, allí donde se ha perdido la esperanza, allí donde ha reinado la insolidaridad y el desamor para poner señales de vida, para despertar al amor.

Es lo que tenemos que ir curando, es lo que en verdad tenemos que ir transformando nuestro mundo. ¿Irán floreciendo en verdad en torno a donde haya unos cristianos las flores de la solidaridad y del amor? ¿Habrá más corazones sanos porque con nuestra presencia hemos ido contagiando de vida a nuestro mundo enfermo?

Es la autoridad con la que van los discípulos de Jesus, mientras nosotros tantas veces nos preocupamos de organizar muchas cosas, pero no terminamos de ser esos signos de amor. No terminamos de despertar esperanzas en este mundo tan lleno de amarguras y de sufrimientos. Es nuestra tarea, es la misión que Jesus nos ha confiado, es la siembra de evangelio que tenemos que ir haciendo. Nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra presencia tienen que ser en verdad unos rayos de luz para nuestro mundo.

No es tarea fácil, no siempre seremos bien recibidos, pretenderán desprestigiarnos de mil maneras, podemos tener la tentación de sentirnos fracasados porque no logramos realizar lo que Jesus nos ha confiado, hay el peligro de que nuestro corazón se llene de amargura por la desconfianza que encontramos cuando estamos intentando hacer las cosas de la mejor manera posible.

Hay una cosa que nos puede pasar desapercibida en este texto del evangelio. Nos dice Jesus que cuando tengamos que marcharnos de un lugar porque no nos reciben, a la salida nos sacudamos el polvo de nuestros pies. Muchas veces lo hemos interpretado como un echarles en cara a los que no nos ha recibido, lo que han hecho. Pero quiero verlo de otra manera distinta. Nos sacudimos el polvo de nuestros pies, porque no podemos dejar que quede sobre nuestros corazones la amargura y el resentimiento. Son esos lodos los que tenemos que quitar de nuestros pies para poder seguir caminando livianos para ir a hacer el anuncio en otro lugar.

Con el bastón en la mano, con las sandalias limpias de desánimos y desconfianzas tenemos que seguir caminando, porque la semilla tenemos que seguirla sembrando, porque el resplandor de la paz no puede faltar de nuestros rostros, porque tenemos que seguir siendo signos de ese reino que anunciamos con nuestro desprendimiento, con nuestro amor, con nuestra comprensión y nuestro perdón.


miércoles, 10 de julio de 2024

Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

 


Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

¿Qué significa tener poder? La pregunta podría tener diferentes y variadas respuestas según lo que sean las apetencias y los deseos de cada uno. Queremos ser poderosos, no lo ocultemos – bueno algunos no lo ocultan sino que de muchas maneras manifiestan sus deseos de poder – pero para algunos sentirse poderoso será poder disponer de todo lo que apetece, no carecer de nada, y mostrar así su grandeza delante de los demás; tener poder puede significar tener autoridad, lo que significa mandar, disponer no ya sólo de cosas sino incluso de la vida o de la manera de vida de los demás, porque desde mi poder haré y manipularé lo que sea necesario para que se haga lo que yo quiera y como yo lo quiero; poder entonces puede ser dominio que exige sumisión en los demás porque yo soy el que mando y el que digo como tienen que ser las cosas… así podríamos seguir desgranando esas muchas maneras con las que yo me manifestaría poderoso, por encima de los demás, en actitud y postura de dominio.

¿Será ese nuestro estilo y lo que tiene que ser el sentido de nuestra vida? Ya les dirá Jesús en algún momento en que los discípulos andan discutiendo por detrás de Jesús quién será más poderoso, quien va a ocupar los puestos de dominio, que entre ellos no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Es un camino distinto por el que debemos transitar.

Hoy el evangelio nos habla sin embargo de que Jesús dio poder y autoridad a aquellos que había escogido como apóstoles. ¿Cuál es el sentido de ese poder y de esa autoridad? No les dice jesus que les da poder para que vayan mandando sobre los demás, sino para que puedan ir liberando de todo lo que signifique mal entre aquellos a los que Jesús envía a anunciar la buena noticia del Reino de Dios. No nos confundamos con las palabras.

Claramente nos trasmite el evangelio lo que fueron las palabras y la intención de Jesús.  ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia…’ Expulsar los espíritus inmundos y curar todo lo que signifique sufrimiento. No es dominio, no es estar en primer lugar, no es mostrar grandezas a la manera de los poderosos de este mundo que se rodean de personas que les sirvan, es arremangarse para ponerse a curar y a sanar. No es vestirse ropas lujosas que manifiesten poder y grandeza, sino quitarse el manto y ceñirse bien ceñido para coger una jofaina y ponerse a lavar los pies a los demás, como lo hizo en la cena pascual, donde incluso dirá que lo llaman Maestro y Señor y en verdad lo es. ¿Cómo? En el ejemplo del servicio.

No sé, aquí me quedo pensando en mi vida, en mis actitudes y en mis posturas, en mi manera de hacer las cosas y de trabajar con los demás. ¿Estaré yo ciñéndome bien para estar disponible para el trabajo y para el servicio? Incluso cuando voy haciendo el bien muchas veces llevamos dentro de nosotros esos pensamientos y sueños por los que me siento grande porque quizás estoy haciendo cosas buenas.

Me quedo pensando en muchos tramos de mi vida en las que quizás he perdido el tiempo porque ese orgullo que llevamos dentro ha echado a perder muchas cosas buenas que aparentemente estaba haciendo pero que las malograba desde mi interior por mis orgullos y mis sueños.

Me quedo pensando en la Iglesia ¿qué imagen estaremos dando? ¿No habrá demasiados oropeles, no habrá demasiadas vestimentas lujosas, no habrá demasiados signos de grandeza y de poder en lugar de ceñirnos bien para ir a lavar los pies a la humanidad sufriente que nos rodea y que no sea solo por apariencia y espectáculo? Parece que predicamos mucho pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio. Tendríamos que leer muchas veces más este texto que hoy se nos ofrece.


domingo, 16 de junio de 2024

Con la acción de Dios nos podemos sentir transformados, y a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo también se transforme

 


Con la acción de Dios nos podemos sentir transformados, y a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo también se transforme

Ezequiel 17, 22-24; Salmo 91; 2 Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

Muchas veces decimos, es que yo soy así y a estas alturas de mi vida nada me va a hacer cambiar, y nos encerramos en nosotros mismos como un caracol que pone enroscada la concha sobre si mismo y parece que nada lo puede hacer salir de allí. Pero algunas veces nos sorprendemos en nosotros mismos, aunque nos cueste reconocerlo, pero podemos verlo en la evolución de los demás, o en la evolución de la misma sociedad que realmente se puede cambiar, podemos comenzar a ser de otra manera, tener otras perspectivas u otros pensamientos.

Decimos que no sabemos cómo, lo queremos echar al azar, pero quizás olvidamos una palabra que un día escuchamos y nos hizo pensar, el testimonio de alguien que hizo algo que no esperábamos y quizás nos planteó unos interrogantes. ¿Puede ser la influencia de la sociedad que nos rodea? Tendríamos que quizás pensarlo, para darnos cuenta también de lo que podemos hacer. Pero ¿por qué no pensar en una fuerza interior que pueda mover nuestros corazones, hacer cambiar nuestros pensamientos, realizar una transformación dentro de nosotros que quizás no esperábamos? Nosotros los cristianos tenemos algo que nos puede dar luz en este sentido.

Hoy Jesús nos ha propuesto dos parábolas en el evangelio. Nos habla de una semilla echada en tierra y que allá en lo secreto de la tierra germina, hace brotar una planta, que crecerá y madurará para un día darnos fruto. Como nos habla de otra semilla más insignificante aún, la mostaza más pequeña que una cabeza de alfiler, y que sin embargo habrá brotar una planta muy hermosa.

Decimos es la fuerza de la semilla, su capacidad de germinar, el encontrar la tierra o el lugar apropiado para que al germinar brote y nos pueda dar esa planta con sus frutos. Decimos que el labrador poco más hace que sembrarla, quizás luego vendrá el cultivarla con sus cuidados, sus riegos y sus abonos. Pero no es el abono el que hace germinar la semilla, sino que antes tendrá que germinar para que luego pueda alimentarse y fortalecerse.

¿Qué nos estará queriendo decir Jesús? ¿Podrá germinar algo nuevo en nuestro corazón? ¿Podrá lograrse esa transformación de nuestro mundo y de nuestra sociedad? No pensamos solo en la mano o el poder del hombre. Quizás muchas veces nuestra mano maleada o nuestro poder con todas las cosas que en su entorno con sus ambiciones y manipulaciones, con nuestros enfrentamientos y nuestras guerras y podemos decir de cualquier tipo que puedan aparecer, más bien muchas veces está produciendo nuestra destrucción y la destrucción de nuestro mundo. ¿No hay posibilidad de salvación para nosotros y para nuestro mundo?

Jesús cuando se ha planteado estas parábolas se estaba preguntando con qué podía comparar el Reino de Dios. Es lo que hemos de tener presente. Como creyente sigo pensando y creyendo en la presencia y en el poder de Dios en medio de nosotros, incluso en nuestro propio corazón. Y Dios tiene muchas formas de llamarnos, de hablarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos, muchas maneras de hacernos llegar su inspiración y su fuerza. Ese actuar en silencio y en secreto de la semilla de la que nos hablaba la parábola.

¿No nos habremos sentido en más de una ocasión movidos a algo nuevo y distinto, a hacer algo en lo que jamás habíamos pensado, a actuar en una situación determinada con cosas y acciones que jamás se nos habían ocurrido? ¿Por qué no pensar en ese actuar de Dios, esa inspiración del Espíritu Santo allá en lo hondo del corazón?

No hace mucho hemos celebrado la fiesta del Espíritu Santo, hemos celebrado Pentecostés recordando la venida del Espíritu sobre los Apóstoles y sobre la Iglesia naciente. Pero no podemos quedarnos en eso como si fuera cosa sucedida en otro tiempo y lugar pero que hoy con nosotros no puede suceder. Hoy, en nuestra vida y en nuestro mundo, de la misma manera se sigue haciendo presente el Espíritu Santo. ¿No decimos que somos templos de Dios y que su Espíritu mora en nosotros? Que no solo sean ideas que tengamos en la cabeza sino algo que en verdad sentimos en el corazón.

Con esa acción de Dios nos sentimos transformados, con esa acción de Dios a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo se transforme. Ahí está también nuestra tarea, como esos labradores de la viña del Señor que hemos de cultivar nuestra tierra para que también un día esa semilla, que ahí está plantada, llegue a dar sus frutos.

Siento al ofreceros esta reflexión que ha sido el Espíritu del Señor quien me ha inspirado para ayudaros a que también lleguéis a dar fruto. Sin su acción no hubiera sido capaz de ofreceros esta semilla con la que quiero colaborar a hacer fructificar el campo de vuestra vida.

 

sábado, 27 de enero de 2024

Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

 


Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

2 Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41

Seguramente que nos habrá sucedido alguna vez, que nos hemos visto con el agua al cuello, sin saber como salir de esa situación y donde lo vemos todo perdido. Problemas no nos faltan en la vida; quizás situaciones que ahora nos aparecen como consecuencia de algo que no hicimos bien; los mismos avatares de la vida que van y vienen y hay momentos de calma en que parece que todo va bien, pero de pronto se nos viene el mundo abajo; contratiempos y tropiezos con la gente con la que convivimos, situaciones inexplicables en que todo cambia a nuestro alrededor; mal entendidos que nos llenan de desconfianzas y se producen distanciamientos… muchas cosas podemos pensar.

Pero ¿cómo reaccionamos? ¿Nos dejamos morir porque no vemos solución y todo nos parece un fracaso? ¿Luchamos buscando medios, buscando ayudas, amarrándonos de lo que sea – un clavo ardiendo, decimos tantas veces – para ver como salimos, como nos levantamos, como las cosas vuelven a la calma de siempre? ¿Nos entra la desesperación, aparece la soledad que nos turba, nos llenamos de angustia? ¿Seremos capaces de mirar hacia lo alto buscando esa fortaleza que nos viene de arriba y tanto necesitamos?

La imagen que nos ofrece hoy el evangelio puede ser muy iluminadora para esas situaciones por las que pasamos. Jesús había estado predicando allí en la orilla del lago; cuando termina su predicación les dice a los discípulos más cercanos que ya comienzan a estar de una forma más estable con El de ir a la otra orilla.

Atravesar el lago, puede ser algo apacible y agradable, y bueno es hasta echarse una siesta por algún rincón de la barca. Pero también es frecuente, como consecuencia de las variaciones de los vientos que bajan de las montañas vecinas, estando el lago además en una depresión – está a un nivel más bajo que el nivel del mar Mediterráneo – que surjan sorpresivamente tormentas que puedan poner en peligro las barcas que se encuentren atravesando el lago.

Y es lo que sucedió. Y mientras los pescadores luchaban contra las inclemencias del tiempo, Jesús dormía plácidamente en un rincón de la barca. No saben qué hacer. Al final despertarán a Jesús, ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Ellos habían hecho lo posible por salir de aquella situación. Ahora acuden a Jesús y con Jesús vuelve la calma. ‘Increpó al viento y al mar… y vino la calma’, nos narra el evangelista.

Pero es entonces cuando surge la pregunta. ‘¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?’ Habían ido conociendo a Jesús, escuchando sus enseñanzas, también comenzaban a ser testigos de los signos que realizaba cuando curaba a los enfermos e iban descubriendo también cómo los milagros no se quedaban reducidos a la curación de unas enfermedades, unas cegueras o unas parálisis, porque además se sentían transformados por dentro cuando de nuevo renacían en ellos las esperanzas. Pero ahora estaban contemplando algo nuevo. ‘¿Quién es este?’ se preguntaban.

¿Qué necesitamos descubrir en Jesús? ¿Qué es lo nuevo que nos está ofreciendo para la vida? Decimos que Jesús es evangelio, es buena noticia para nuestra vida. ¿Cuál es esa buena noticia que nosotros necesitamos escuchar, descubrir en Jesús?

Pensemos en esas situaciones que describíamos antes en las que nos encontramos tantas veces en la vida. ¿Jesús tendrá algo que decirnos para todo eso por lo que pasamos? ¿La liberación que Jesús nos está ofreciendo responderá a esos momentos duros que pasamos tantas veces en la vida en que nos parece que andamos en un callejón oscuro y sin salida?

Jesús les recriminó a los que iban en la barca, ‘¿por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’ Pensemos que es lo que Jesús nos está diciendo también a nosotros ahora, mientras quizás escuchamos este trozo de evangelio y no sabemos cómo interpretarlo o qué lección sacar para nuestra vida. Nos lo está diciendo cuando en la vida tantas veces nos sentimos angustiados, amargados, agobiados por los problemas sin saber cómo salir adelante. ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’

 Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos. Sabemos que El está ahí y no nos deja solos porque con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas de la vida. Sintamos la seguridad de su presencia, dejémonos envolver por la paz con la que quiere llenar nuestro espíritu.