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viernes, 25 de julio de 2025

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

 


Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2 Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

¿Desde donde edificamos nuestra vida? Desde lo que somos, con esa madera que tenemos, la nuestra, no la que otros quizás quieran imaginar o desear o quizás desde la que nosotros quisiéramos tener; es la rudeza y de nuestra vida en su propia realidad, la que somos con nuestras callosidades o nuestros nudos, con su parte de madera más blanca o más dúctil, pero también con nuestra fuerza interior, con nuestras ambiciones y nuestras pasiones, que no podemos dejar de lado porque forman parte de nosotros también; no se trata de descartar o destruir, sino de ser capaz de aprovechar lo que hay en nosotros para en ello tratar de esculpir la mejor figura, la mejor persona, que no se va en apariencias, sino que trata de sentir plenitud en si misma pero también de ser, podíamos decir, útil a los demás; por eso no pensamos solo en nosotros, sino también en ese lugar en el que estamos o donde seremos llamados a realizar nuestra vida, que tiene que ser también para los demás, y con esa barca que hemos hecho de nuestra vida nos conducimos, navegamos hacia el encuentro de los otros para llevar lo mejor que en ella llevamos, que en nosotros llevamos.

Mira tu vida en esta reflexión que te ofrezco y piensa en lo que eres y en lo que te puedes transformar, pero descubre también cuál es tu misión porque en cuanto te sucede también hay una llamada, como la que hizo un día Jesús a aquellos pescadores de Galilea.

Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago y he querido comenzar con esta reflexión, porque al escribirla y hacérmela he estado pensando precisamente también en el apóstol y en su vida. Un pescador y una barca, un oficio con toda su dureza que no era solo para sí mismo en unas ganancias que pudiera obtener, sino que tenía su función para los demás, portador de alimento en aquellos peces para muchos. Un día el lago se quedó corto porque a su lado pasó un profeta que iba reclutando pescadores para otros mares más amplios; no sería ya solo pescador de peces sino de hombres, no sería el lago de Tiberíades sino llegar hasta el fin del mundo conocido, llegó hasta el Finisterre, al fin de la tierra conocida entonces con la misión de pescador que había recibido. No se rehusaba a aquel oficio, muchas veces a lo largo del evangelio lo veremos cruzando una y otra vez aquel lago, sino que se transformaba.

Pero tuvo que hacer un camino, para pulir aquella madera a pesar de las callosidades de sus ambiciones y sus sueños; muchas veces seguían discutiendo entre ellos sobre quien sería el más grande o importante y Jesús seguía señalándoles el camino; su madre intervendría también en aquellos sueños de sus hijos y se convertiría en mediadora – lo que hacen siempre las madres – pero aprenderían de un bautismo y bautismo de sangre por el que habían de pasar, de a pesar de sus impulsos por correr y querer transformarlo todo de una vez, habían de aprender a quedarse los últimos, porque ahí está el mejor servicio que pudieran realizar ayudando a los que menos podían caminar.

Tendría sus momentos de luz, que alimentaban mejor sus impulsos como en el Tabor, estaría también allí donde desde lo que parecía un sueño de muerte renacía la vida como en la casa de Jairo, pero también sabría de lo que era el dolor más intenso que hace sudar sangre en la cercanía de Jesús en Getsemaní. Así se fue tallando aquella madera, así podría ponerse en marcha aquella barca hasta lejanas tierras porque allí también tenían que enseñar todo aquello que habían aprendido de lo que era el amor y el amor hasta el final. Pero estaría también en el momento oportuno, donde se convirtiera en el primer testigo, en el primero de los del grupo de los apóstoles que derramara su sangre, que diera su vida.

Y hoy nosotros contemplamos su figura, esa madera tan variada en su composición que tenía sus nudosidades pero que tenía el mejor material y podemos así celebrar la obra de Dios en él. Nos creemos muchas veces en nuestros orgullos que lo que somos o lo que hemos conseguido solo es fruto de nosotros mismos y de nuestros particulares esfuerzos y nos olvidamos de la obra de Dios en nosotros; es El quien nos ha ido tallando, puliendo, haciendo brillar lo mejor que ha puesto en nosotros, porque esos acontecimientos, muchas veces quizás duros, por los que hemos pasado, esas personas que han estado cerca de nosotros y nos han echado una mano con su palabra y su consejo, con su presencia que nos daba ánimos o nos hacía ver las cosas de otra manera, todo cuando ha ido sucediendo en nuestro derredor tenemos que reconocer que ha sido un don de Dios para nuestra vida, que nos manifestaba su amor, que nos acompañaba en nuestro camino, que nos daba esa fortaleza que necesitábamos, que nos impulsaba a algo nuevo y mejor, que nos hacía mirar a lo alto. Es la obra de Dios en nosotros, misteriosa muchas veces porque nos ha costado leerla, pero grandiosa siempre porque grande es su amor que así ha derrochado su gracia sobre nosotros.

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros. Trajo la fe a nuestras tierras españolas, pero sobre todo nos hizo descubrir, nos sigue haciendo descubrir ese amor de Dios que se derrama abundantemente en nuestra vida. Y todo eso tiene que tener unas consecuencias para nosotros. Tenemos que descubrirlas.

 

viernes, 25 de abril de 2025

No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

 


No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

Hechos, 4, 1-12; Sal.117; Jn. 21, 1-14

Es frustrante cuando nos hemos pasado un tiempo sacar adelante algo y al final no conseguimos nada; que intentemos hacer algo que pueda ser también de provecho para los demás y cuando vengan a pedirnos o preguntarnos tengamos que responder que no tenemos, que no lo hemos conseguido.

Así ha estado aquel grupo de viejos pescadores intentando pescar aquella noche y frustrante tenía que haber sido que alguien desde la orilla las preguntara si tenían pescado y responderle que no; como tantas otras veces también que habían salido a la faena de la pesca y al regresar con las barcas vacías las personas que se habían acercado a la orilla buscando ese pescado que necesitaban para la comida del día habían tenido que irse de vuelta con las manos vacías.

La situación ahora tenía un matiz especial. Aquellos antiguos pescadores eran los que un día lo habían dejado todo por seguir a Jesús. Con El habían estado hasta su muerte en Jerusalén que se habían convertido en momentos trágicos para todos. Por allí seguían con sus pesares y sus tristezas; como aquellos que se habían marchado a Emaús desconsolados aquella tarde de aquel primer día de la semana, porque aun no habían visto a Jesús resucitado, estos pescadores se habían venido a Galilea, porque las mujeres les habían dicho de parte de los ángeles o del mismo Jesús que decían que habían visto, les habían encargado que se vinieran a Galilea que allí le verían.

Aquella tarde noche, sin nada que hacer y con mucho desaliento en el corazón habían vuelto a coger sus barcas para salir a pescar. Se habían pasado la noche bregando, como tantas veces les sucediera antes, y no habían cogido nada. De ahí su frustración y respuesta seca ante el que le gritaba preguntando desde la orilla. Pero aquel para ellos entonces desconocido entre las brumas del amanecer les había dicho que echaran la red por el otro lado de la barca. ¿De lejos tendrían mejor visión para ver el cardume de peces y por eso les señalaba el lugar? Se fiaron, y la redada de peces fue grande, de manera que volverían a renacer los recuerdos de aquella ocasión que a petición de Jesús también habían lanzado la red.  

Pero sus ojos seguían oscurecidos. Pero en los ojos del amor comenzaba de nuevo algo a brillar. Será el discípulo, como nos dice el evangelista, que Jesús tanto amaba, el que le susurra a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. No fue necesario más para que Pedro se lanzara al agua tal como estaba para llegar lo más pronto al lado de su Señor, porque el arrastre de la red con los peces desde la barca le haría tardar más. Cuando llegaron todos a la orilla ya había sobre unas brasas un pescado que se estaba preparando para el almuerzo. Nadie ahora se atrevía a decir nada. Todos sabían que era Jesús.

 ¿Nos estará hablando este evangelio de nuestros desalientos y de nuestras frustraciones? ¿Nos estará recordando el vacío que produce dentro de nosotros cuando no tenemos a Jesús,  cuando se debilita nuestra fe, cuando perdemos la confianza y la esperanza, cuando nos queremos volver a nuestras cosas y a nuestra manera porque nos parece que ya no nos sirve esa fe y esa vida religiosa?

En la noche de la cena pascual Jesús nos recordaría que sin El nada podemos hacer, que el sarmiento tiene que estar siempre unido a la vid, a la cepa, al tronco para que tenga vida y pueda producir frutos. ¿Habremos querido nosotros algunas veces querer dar frutos sin estar unidos a la cepa que es Cristo? ¿No nos habrá sucedido alguna vez que incluso aquello que con tanta fe y tanto sentido comenzamos pronto se enfrió, o pronto se desvió de su auténtico sentido y al final nos sentimos vacíos y sin fruto bueno en nuestra vida?

Como Pedro tenemos que recordar que cuando aquella pesca milagrosa había dicho que lanzaba la red en el nombre de Jesús. ¿Estaremos haciéndolo de verdad en todo lo bueno que intentamos hacer y que muchas veces parece que no nos da fruto, no tenemos peces es nuestra red?

 

lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

jueves, 9 de enero de 2025

Necesitamos pasar por la experiencia de sentir la voz de Jesús que nos invita a la confianza y a la fe para borrar todos nuestros miedos y temores

 



Necesitamos pasar por la experiencia de sentir la voz de Jesús que nos invita a la confianza y a la fe para borrar todos nuestros miedos y temores

1Juan 4, 11-18; Salmo 71; Marcos 6, 45-52

Nos gusta ir de seguros por la vida, no nos agrada que nos vean miedosos y cobardes, tratamos de mantenernos firme y fuertes aun en las circunstancias más difíciles y aunque sintamos un cierto miedo interior tratamos de disimularlo. Pero lo cierto es que no siempre nos encontramos con esa seguridad, porque muchas veces surgen dudas, hay cosas que no acabamos de entender, se nos hace difícil ese camino de la vida y al final surgen como una explosión todos esos miedos, que de alguna manera nos destrozan, nos hacen como caminar sin sentido y sin rumbo. La vida no es siempre tan fácil como queremos planteárnosla y nos aparecen muchas sombras que nos oscurecen la luz, que nos desorientan en los caminos de la vida.

Hoy nos encontramos en el evangelio un pasaje en el que nos aparece un mal momento por el pasan los discípulos. En una lectura muy superficial del hecho nos parece una anécdota más que además nos resulta curiosa por el lugar, atravesando el lago que tan bien tendrían que conocer pues eran pescadores de aquellas aguas, pero donde se encuentran con unos vientos en contra que les hace zozobrar incluso en su fe. No es solo la dificultad material de avanzar porque tienen el viento en contra, es el hecho de lo que anteriormente ha sucedido, pero que ahora además se encuentren sin la presencia de Jesús.

Realmente hemos de considerar desconcertante lo sucedido cuando lo de la multiplicación de los panes. Muchas preguntas, incluso, podrían hacerse en su interior a pesar del entusiasmo producido por aquel hecho prodigioso. En fin de cuentas estaban comenzando a conocer a Jesús y aun no tenían muy claro quien era Jesús, aunque les entusiasmaran sus palabras y los signos que realizaba. Pero además cuando incluso la multitud estaba poco menos que queriendo hacer rey a Jesús, El les pide que se marchen a la otra orilla mientras se va solo a la montaña, alejándose de todo y de todos.

Con muchas preguntas en su interior se encuentran ahora en la dificultad de avanzar en medio de aquel lago que de alguna manera se les ponía en contra. Y aparece una figura, para ellos misteriosa, que parece caminar sobre las aguas. Y aparecen sus miedos interiores que salen a flote, poco menos que se ponen a gritar porque les parece que es fantasma.

Pero en medio aparece la voz del maestro, la voz Jesús que les invita a apaciguar sus miedos, porque es El quien viene a su encuentro. Con la presencia de Jesús desaparecen sus miedos y sus dudas, todo se vuelve en calma, porque incluso el viento cesa y podrán continuar su travesía. Pero no es solo la travesía del lago la que continúan sino la travesía de sus vidas, disipando dudas, desapareciendo sombras e interrogantes, encontrando un sentido a todo, aprendiendo a conocer a Jesús, aunque algunas veces les parezca tan enigmático que lo confundan con un fantasma; renace la fe en sus corazones, aparece la luz en su vida. Aquello que había anunciado el profeta que una luz iba a aparecer que disiparía todas las tinieblas y las sombras. Allí estaba Jesús. Ahora podían sentirse seguros de verdad.

¿Necesitaremos nosotros pasar por una experiencia así? Cosas semejantes nos suceden tantas veces que nos llenamos de dudas sobre lo que estamos haciendo, dudas sobre el sentido incluso de nuestra vida, dudas sobre nuestra fe y nos sentimos también turbados, como estaban los discípulos en medio del mar y con el viento en contra. Nos encontramos así, pero tenemos que saber descubrir a Jesús que viene a nuestro encuentro aun en medio de las peores sombras por las que podamos pasar.

Tener la experiencia de sentir en lo hondo de nuestro corazón esa voz de Jesús que también nos dice: ‘No temáis, soy yo’, y sentir como se sube a la barca de nuestra vida, y comenzaremos a tener una nueva paz en nuestro corazón, y podremos seguir haciendo la travesía de nuestra vida. Que no se nos derrumbe nunca esa fe, que aparezca siempre esa luz, que sintamos la presencia del Espíritu de Jesús que va con nosotros. Nuestra vida también comenzará a ser distinta.

martes, 2 de julio de 2024

Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

 


Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Salmo 5; Mateo 8, 23-27

En nuestras actividades humanas sabemos manejarnos, lo que son nuestros trabajos habituales los dominamos, sabemos lo que tenemos qué hacer y cómo tenemos que hacer; aunque las cosas se nos vuelvan dificultosas a veces intentamos salir adelante, resolverlas, buscamos medios cuando no los tenemos o pedimos ayuda a quien pueda orientarnos para encontrar una solución.

No nos damos por vencidos, o no nos hemos de dar por vencidos. Porque no siempre es así, hay veces en que flaqueamos, en que parece que se acumulan tantos problemas que se nos vuelve más revuelto el panorama y se nos hace difícil encontrar la salida, que quizás tenemos en nuestras manos, echando mano de nuestras experiencias, encontrando fuerza dentro de nosotros mismos para no rendirnos y seguir adelante. Es complejo el camino de la vida.

Parece que nos estuviéramos refiriendo solo a lo que son nuestras tareas habituales, pero nos damos cuenta que podemos hacer una lectura más honda de nosotros mismos; ya no es nuestro trabajo, sino los problemas de la vida, la convivencia con los más cercanos o la relación que hemos de mantener los unos con los otros en nuestra vida social, en nuestro trabajo, incluso hasta en nuestros momentos de ocio. Y hay ocasiones que ahí se nos pone el cielo oscuro, gris, muchas veces incluso negro. Y nos obcecamos tanto que no sabemos mirar dentro de nosotros mismos la capacidad que tenemos para salir adelante.

Así podríamos seguir pensando en muchos aspectos de nuestra vida. El sentido eclesial con que hemos de vivir nuestra fe, por ejemplo; esa lucha interior que hemos de mantener para conservar nuestra fe a pesar de todas las cosas adversas que nos pudieran aparecer, a pesar de las dudas, a pesar de nuestras debilidades e incluso caídas. Y también nos llenamos de dudas y desconfianzas, parece en ocasiones que hasta nos olvidamos de Dios, aunque seamos nosotros los que digamos que es Dios quien se olvida de nosotros. Tanta es nuestra obcecación.

Hoy el evangelio habla de una travesía en barca por aquel lago que bien conocían los que iban en la barca; algunos eran pescadores y estaban acostumbrados a atravesar aquel lago con buenos o con malos tiempos. Pero hoy parece distinto, como si la tormenta fuera más fuerte; parece siempre que la última tormenta fue la peor. Y allí están llenos de miedo, temerosos de que la barca naufrague. Al final acudirán a Jesus que a pesar de la tormenta parece dormido en la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

¿No habían visto ellos en tantas ocasiones lo que jesus era capaz de hacer? ¿Por qué ahora esos miedos? Como tantas veces nos sucede, cuando nos entran los miedos se pierde la confianza. Y ellos lo que piensan, como pensamos nosotros tantas veces, es que a Jesus no le preocupa que la barca se pueda hundir. ¿Estaban perdiendo la confianza con jesus? ¿Qué es lo que se les estaba debilitando por dentro?

Cuando tergiversamos las cosas, cuando nos movemos por otros intereses que no siempre queremos manifestar, cuando nos aparece el orgullo o el amor propio cerrándose sobre nuestros cuellos, perdemos el norte y el sentido, dejamos de valorar lo que tendríamos que valorar, comenzamos a sentirnos heridos en nuestro amor propio y en nuestro orgullo pero se desvanece nuestra autosuficiencia, parece que ya nos sentimos sin apoyos, comenzamos a hundirnos.

De este episodio del evangelio tenemos que aprender muchas cosas para nuestra vida. Empezar por valorar lo que tiene más valor, aprender en quien de verdad hemos de apoyarnos, buscar la manera de crecer por dentro para sentirnos fuertes no por nosotros mismos o por nuestros saberes, sino porque sabemos que Dios está siempre con nosotros, aunque no lo notemos a veces.

Es la búsqueda de una verdadera espiritualidad que nos haga fuerte frente a todas las adversidades de la vida. Es poner el verdadero cimiento sobre piedra que evita que la casa se caiga cuando vengan los temporales, esa piedra que encontramos en la Palabra de Dios, esa fortaleza que nos da una verdadera oración, esa gracia divina que recibimos en los sacramentos que nos hacen encontrarnos no solo con nosotros mismos, porque son muchas las cosas que tenemos que mirar y revisar, sino porque vamos a encontrarnos con Dios, verdadero alimento, luz y fuerza de gracia para nuestra vida.

¿Dejaremos que se nos hunda la barca? ¿Nos daremos de quien de verdad lleva el timón?


domingo, 23 de junio de 2024

Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

 


Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

¿No podíamos decir también que en la vida andamos como en una travesía?  El sentido de la vida humana no es quedarse como anquilosado siempre en lo mismo sino que es búsqueda, es querer mirar más allá para ir también al encuentro de eso nuevo e incluso desconocido. 

Es la historia de la humanidad desde todos los tiempos; siempre en camino, siempre en búsqueda de algo más. Fueron los descubrimientos de nuevas tierras, las migraciones de un lado para otro, ha sido el camino del progreso y de la ciencia, de la filosofía y del conocimiento, porque siempre andamos en búsqueda; igual queremos hacer nuevos amigos, conocer nuevas personas, entrar en contacto con otras culturas  otras maneras de ver y de entender la vida y el mismo mundo.

No siempre fácil; muchas veces también con tropiezos y errores, era como probar algo nuevo, conocer algo nuevo sin saber lo que nos íbamos a encontrar. El mismo encuentro con otras personas algunas veces puede convertirse en tormenta, porque nos cuesta aceptarnos, descubrir la diferencia, pero encontrar también lo que nos acerca; y la tormenta puede venir de fuera, de los otros, de los imprevistos que encontremos, pero puede surgir también de lo más hondo de nosotros mismos, porque nos aparecen los resabios del egoísmo, porque nos hacemos insolidarios, porque brota el amor propio y el orgullo.

Una travesía que nos va tocando las fibras más íntimas de nuestro ser, una travesía que nos abre a nuevas transcendencias, nos ha descubrir nuevos horizontes, nos lleva a que podamos sentirnos iluminados por nuevas luces y a veces no sabemos por donde caminar, cual es la luz que mejor nos iluminará o el calor que nos pueda dar mejor vida. Y en medio de esas tormentas de la vida nos pueden surgir incertidumbres e interrogantes, que nos hagan tambalearnos en muchas cosas que nos parecían antes fundamentales. Y nos llenamos de miedos, y nos parece que nos sentimos solos, y nos parece que no hacemos pie y nos hundimos.

Hoy nos habla el evangelio de una travesía. ‘Vamos a la otra orilla’, les dice Jesús a los discípulos. Había que atravesar el lago tantas veces en calma y en principio parece que nada peligroso, pero en ocasiones los vientos bajados del Hermón en la hondura del lago en medio de aquellos valles producían inesperadas tormentas. La barca estaba en peligro; los discípulos aunque avezados pescadores se sienten indefensos frente a la tormenta y se llenan de miedo. Y Jesús está allí en medio de todo durmiendo sobre un cabezal en un rincón de la barca.

‘¿No te importa que nos hundamos?’, es la queja con que despiertan a Jesús. Podemos hundirnos cuando no nos sentimos seguros. Y en esa travesía de la vida hay muchos momentos en que no nos sentimos seguros. ¿Nos habrá faltado algo? ¿En la barca de nuestra vida llevamos lo suficiente para sentirnos seguros frente a toda esa avalancha de cosas que muchas veces se nos viene encima? Tenemos que llevar en la bodega de nuestra barca, de nuestra vida, lo necesario para tener esa seguridad.

Quizás a lo largo de la vida no nos hemos pertrechado lo suficiente en la búsqueda de unos valores permanentes, en un fortalecimiento de nuestro espíritu para hacer frente a todos los peligros que tenemos que arrostrar. ¿Nos habremos formado como personas y madurado lo suficiente a lo lago de nuestra vida? 

Muchos años hemos dejado pasar baldíos, en muchas ocasiones nos dejamos arrastrar por la superficialidad, habremos desperdiciado mucho tiempo de nuestra vida donde teníamos que habernos formado debidamente, pero lo dejábamos para más tarde, para otra ocasión, no hemos cuidado una profunda espiritualidad que nos haga sentirnos fuertes en nuestra fe.

Y claro, ahora le decimos a Jesús ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Pero Jesús nos dirá, ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’. Jesús estaba allí, aunque les pareciera que dormía insensible a lo que estaba pasando. Jesús está aquí aunque muchas veces no hemos sabido contar con El lo suficiente. Jesús quiere avivar nuestra fe, quiere hacer que nos sintamos fuertes interiormente para esa travesía que tenemos que hacer. 

Esa travesía, como decíamos, que es la vida misma; esa travesía que es búsqueda, esa travesía que nos hace levantar nuestra mirada para buscar otros horizontes, esa travesía que tendría que hacernos crecer para sentirnos seguros, esa travesía, sí también, en la que nosotros tenemos que ir a ofrecer algo nuevo y distinto al mudo que nos rodea.

En esa travesía tenemos una misión; no nos podemos quedar enrollados en nuestros miedo, sino que con valentía tenemos que ir a ese mundo que nos rodea, porque hay una luz que tenemos que llevar, hay algo que tenemos que hacer para hacer un mundo nuevo, hay una esperanza que tenemos que sembrar, hay algo nuevo que tenemos que hacer descubrir a cuantos nos rodean. Es la buena noticia del evangelio que tenemos que anunciar. 

¿Estaremos dispuestos a embarcarnos con Jesús para ir a la otra orilla?

viernes, 17 de mayo de 2024

El que nos ama nos busca, el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama, es lo que tiene que ser siempre nuestra relación de amor con Jesús

 


El que nos ama nos busca, el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama, es lo que tiene que ser siempre nuestra relación de amor con Jesús

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

El que nos ama nos busca; el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama. ¿No son así los corazones enamorados? Quizás algunas veces con dolor; quizás pasando por encima de momentos difíciles como pueda ser el sentirse en cierto modo humillado porque se tienen que reconocer ciertas debilidades; siempre buscando el gozo del encuentro, de la recuperación del amor debilitado, de la superación de las tinieblas pasadas.

Es Jesús el que les había salido al encuentro allá junto a la orilla del lago de Tiberíades, como en otras ocasiones. Ahora también se habían ido a pescar. ¿Aburridos quizás porque se encontraban mano sobre mano y no terminaban de creer todo lo que había pasado? ¿Con la soledad de no estar con Jesús a quien tanto habían amado, a quien habían seguido a todas partes, pero ahora pesaba como una loza cuanto había sucedido en Jerusalén?

En la orilla estaba Jesús y sin embargo les había costado reconocerle. Solo el discípulo amado – siempre por medio el amor – le había dicho al oído a Pedro que quien estaba en la orilla era el Señor. Y allí se había lanzado Pedro, porque quería estar con Jesús. Había dejado que otros fueran los que arrastraran la barca hasta la orilla cargada de peces.

Había dicho que por El todo lo daría y que estaría dispuesta a dar su vida, pero las experiencias habían sido otras. Un día lo había reconocido allá en los confines de Galilea como el Mesías y el hijo del Dios vivo, pero cuando Jesús había hablado de pasión, de entrega, de muerte, quería quitarle la idea de la cabeza. En lo alto del Tabor había querido quedarse para siempre con El disfrutando de aquella visión de Dios, pero había sido obligado a bajar a la llanura de la vida, porque había que subir a otro monte, porque había que subir a Jerusalén. Solo Jesús tenía palabras de vida eterna para él, y no tenían a quien acudir, pero no se dejaba lavar los pies por Jesús porque no había terminado de entender lo que era el servicio y el amor hasta la humildad.

Ahora, recordando, si, muchas cosas y muchos momentos pasados, unos llenos de luz, pero otros en que se habían dejado dormir en las sombras de la noche, había saltado para estar a los pies de Jesús.  ¿Cómo serían las miradas que se cruzaban uno y otro? La mirada de Jesús bien sabemos como era siempre. Era la mirada que penetraba el corazón pero que llenaba de paz, era la mirada de quien sigue confiando y sigue ofreciendo y pidiendo amor.

Por eso aquel diálogo que se había entablado después de comer el almuerzo que Jesús les había preparado. ‘¿Me amas? ¿Me amas más que estos?’ Y ya Pedro no sabía como responder. ‘Tu sabes que te amo… tú conoces todo’. No era necesario más. Jesús lo conocía todo, Jesús estaba viendo el corazón, Jesús estaba viendo la luz que se estaba encendiendo de nuevo dentro de El para disipar tinieblas para siempre. Pedro sabía que Jesús seguía confiando en El.

No temamos correr hasta Jesús, saltar las olas de la playa, o saltar las dudas que puedan aparecer en el corazón, saltar por encima de los pesares de lo pasado que no siempre fue bueno, pero queriendo llenarnos siempre de su amor y amar con un amor como el que Jesús nos tiene. No temamos reconocer que Jesús conoce las sombras de nuestro corazón, nuestras dudas o nuestras debilidades. No temamos, sino con confianza, como quien se pone totalmente en sus manos, va a porfiar una y otra vez su amor.

Detrás está nuestra historia, que también tiene sus muchas luces en tantos momentos maravillosos vividos; está nuestra historia, es cierto, que también con sus sombras porque no siempre hemos sido muy congruentes con las palabras que en otro momento hayamos pronunciado; pero detrás está la historia del amor de Dios en mi vida, con todo lo que nos ha buscado, con todo lo que nos ha ofrecido, con todo lo que nos ha regalado.

Tenemos que reavivar nuestro amor, tenemos que volver a aquel amor primero que un día nos puso en camino para seguirle, tenemos que poner toda la intensidad de ese fuego que ha ido creciendo en nuestro corazón, tenemos que clarificar esos nuevos horizontes que se abren ante nosotros porque Dios sigue confiando en nosotros, sigue regalándonos con su amor.

sábado, 27 de enero de 2024

Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

 


Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

2 Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41

Seguramente que nos habrá sucedido alguna vez, que nos hemos visto con el agua al cuello, sin saber como salir de esa situación y donde lo vemos todo perdido. Problemas no nos faltan en la vida; quizás situaciones que ahora nos aparecen como consecuencia de algo que no hicimos bien; los mismos avatares de la vida que van y vienen y hay momentos de calma en que parece que todo va bien, pero de pronto se nos viene el mundo abajo; contratiempos y tropiezos con la gente con la que convivimos, situaciones inexplicables en que todo cambia a nuestro alrededor; mal entendidos que nos llenan de desconfianzas y se producen distanciamientos… muchas cosas podemos pensar.

Pero ¿cómo reaccionamos? ¿Nos dejamos morir porque no vemos solución y todo nos parece un fracaso? ¿Luchamos buscando medios, buscando ayudas, amarrándonos de lo que sea – un clavo ardiendo, decimos tantas veces – para ver como salimos, como nos levantamos, como las cosas vuelven a la calma de siempre? ¿Nos entra la desesperación, aparece la soledad que nos turba, nos llenamos de angustia? ¿Seremos capaces de mirar hacia lo alto buscando esa fortaleza que nos viene de arriba y tanto necesitamos?

La imagen que nos ofrece hoy el evangelio puede ser muy iluminadora para esas situaciones por las que pasamos. Jesús había estado predicando allí en la orilla del lago; cuando termina su predicación les dice a los discípulos más cercanos que ya comienzan a estar de una forma más estable con El de ir a la otra orilla.

Atravesar el lago, puede ser algo apacible y agradable, y bueno es hasta echarse una siesta por algún rincón de la barca. Pero también es frecuente, como consecuencia de las variaciones de los vientos que bajan de las montañas vecinas, estando el lago además en una depresión – está a un nivel más bajo que el nivel del mar Mediterráneo – que surjan sorpresivamente tormentas que puedan poner en peligro las barcas que se encuentren atravesando el lago.

Y es lo que sucedió. Y mientras los pescadores luchaban contra las inclemencias del tiempo, Jesús dormía plácidamente en un rincón de la barca. No saben qué hacer. Al final despertarán a Jesús, ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Ellos habían hecho lo posible por salir de aquella situación. Ahora acuden a Jesús y con Jesús vuelve la calma. ‘Increpó al viento y al mar… y vino la calma’, nos narra el evangelista.

Pero es entonces cuando surge la pregunta. ‘¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?’ Habían ido conociendo a Jesús, escuchando sus enseñanzas, también comenzaban a ser testigos de los signos que realizaba cuando curaba a los enfermos e iban descubriendo también cómo los milagros no se quedaban reducidos a la curación de unas enfermedades, unas cegueras o unas parálisis, porque además se sentían transformados por dentro cuando de nuevo renacían en ellos las esperanzas. Pero ahora estaban contemplando algo nuevo. ‘¿Quién es este?’ se preguntaban.

¿Qué necesitamos descubrir en Jesús? ¿Qué es lo nuevo que nos está ofreciendo para la vida? Decimos que Jesús es evangelio, es buena noticia para nuestra vida. ¿Cuál es esa buena noticia que nosotros necesitamos escuchar, descubrir en Jesús?

Pensemos en esas situaciones que describíamos antes en las que nos encontramos tantas veces en la vida. ¿Jesús tendrá algo que decirnos para todo eso por lo que pasamos? ¿La liberación que Jesús nos está ofreciendo responderá a esos momentos duros que pasamos tantas veces en la vida en que nos parece que andamos en un callejón oscuro y sin salida?

Jesús les recriminó a los que iban en la barca, ‘¿por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’ Pensemos que es lo que Jesús nos está diciendo también a nosotros ahora, mientras quizás escuchamos este trozo de evangelio y no sabemos cómo interpretarlo o qué lección sacar para nuestra vida. Nos lo está diciendo cuando en la vida tantas veces nos sentimos angustiados, amargados, agobiados por los problemas sin saber cómo salir adelante. ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’

 Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos. Sabemos que El está ahí y no nos deja solos porque con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas de la vida. Sintamos la seguridad de su presencia, dejémonos envolver por la paz con la que quiere llenar nuestro espíritu.


lunes, 8 de enero de 2024

Jesús viene a nuestro encuentro y puede llegar de la manera más inesperada en una palabra, en un gesto, en una invitación, en un suceso acaecido en nuestro entorno

 


Jesús viene a nuestro encuentro y puede llegar de la manera más inesperada en una palabra, en un gesto, en una invitación, en un suceso acaecido en nuestro entorno

1Samuel 1, 1-8; Sal 115; Marcos 1, 14-20

Lo que nos puede parecer una rutina el realizar las tareas de cada día en nuestro trabajo, en lo que son las actividades de la vida ordinaria, ya sea en nuestras propias tareas domésticas, ya sea en nuestro trabajo profesional, ya sea en lo que realicemos en la vida social de encuentro con los demás no tiene que quedarse en algo mediocre y con poco valor, sino que puede ser sin embargo un momento importante de nuestra vida, puede ser un punto de estimulo y arranque quizás para nuevas actividades, un motivo de encuentro con alguien que con su presencia o su palabra quizás despierte en nosotros nuevos horizontes.

Es importante la intensidad y responsabilidad con que vivimos cada momento y el sentido que le damos a lo que hacemos para que tenga su valor. No son los mediocres, que se contentan rutinariamente con lo que siempre hacen, sino los que son capaces de tener sueños de algo más y mejor, los que un día pueden despertar emprendiendo nuevas tareas y nuevos caminos.

Seguramente tenemos la experiencia de encuentro vividos en momentos similares, experiencias que nos han enriquecido, momentos que nos han llenado de felicidad o han despertado en nosotros inquietudes de buscar algo nuevo y distinto, estímulos que nos han podido levantar de situaciones o momentos oscuros por los que hayamos estado pasando. Hemos sentido que momentos así nos han llenado de luz y puesto nuevas esperanzas e ilusiones en el corazón.

Allí estaban aquellos pescadores en la orilla del lago; unos echando de nuevo sus redes en búsqueda de nuevas capturas, otros antes del descanso repasando sus redes para dejarlo todo en orden para nuevas faenas. Jesús camina en medio de ese ajetreo de pescadores o de gentes que se acercan a la orilla del lago esperando conseguir lo que deseaban y para todos, podemos pensar, tenía una palabra, un gesto o una mirada que fuera señal de ese Reino nuevo que El anunciaba. ‘Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio’, era su anuncio. Había vuelto a Galilea y había comenzado a hacer el anuncio del Reino de Dios después que el Bautista ya había sido encarcelado por orden del Rey Herodes.

Y en su paso por la orilla del lago Jesús se detiene junto a los pescadores que están echando de nuevo las redes para pescar. ‘Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres’, era la invitación que les había hecho. Dejar aquellas redes porque El les ofrecía otras redes. Y aquellos hombres que ya habían escuchado el mensaje de Jesús que había ido despertando inquietudes y esperanzas en sus corazones, lo dejaron todo y se fueron con Jesús. Lo mismo había sucedido más adelante cuando se detuvo con los hijos del Zebedeo que estaban con su padre remendando las redes. ‘También los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él’.

Así prácticamente comienza el relato del evangelio de san Marcos que nos habla de aquellos primeros momentos de la predicación de Jesús. Un anuncio, una invitación, y unas primeras respuestas generosas en disponibilidad. Sus corazones estaban hambrientos de esperanza y para ellos llegó la luz que les abría nuevos caminos. Era la disponibilidad que había en sus corazones que les hacía dar prontas respuestas.

Jesús quiere llegar también a nuestros corazones inquietos por muchas cosas porque todos tenemos insatisfacciones en la vida a las que no sabemos como responder; también tenemos nuestras tareas y nuestras preocupaciones, en ocasiones la vida se nos hace dura y se nos llena de sombras por lo que vemos que va sucediendo en nuestra sociedad, por lo que estamos contemplando alrededor, o por las situaciones que en nuestro interior podamos estar viviendo; nos parece que no salimos siempre de lo mismo y hay el peligro de que nuestra mirada se vuelva turbia atormentada por las cosas que suceden, nos parece que nos encontramos solos y nos cuesta en ocasiones encontrar caminos de salida.

Pero Jesús viene a nuestro encuentro; tenemos que saber distinguir su presencia para no entrar en confusiones, pero nos puede llegar de la manera más inesperada en una palabra, en un gesto, en una invitación, en un suceso acaecido en nuestro entorno, o hasta en esas mismas cosas que suceden y que en ocasiones turban nuestro espíritu. Pero en esa orilla del lago, en esa playa de la vida nos vamos a encontrar a ese caminante que viene a nosotros, a Jesús que nos sale a nuestro encuentro y para nosotros tendrá esa palabra, ese gesto, esa invitación.

Abramos nuestros ojos, entremos en esa sintonía aunque nos sea difícil, escuchemos esa voz de Jesús que nos habla y su palabra llega a lo hondo de nuestro corazón. ¿Seremos capaces de dar una respuesta generosa?

viernes, 14 de abril de 2023

Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

 


Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Una noche bregando sin obtener ningún resultado, unas manos con las manos vacías sin nada que ofrecer, de una manera o de otra nos habrá pasado alguna vez. Trabajos que no resultan fructuosos, momentos en que nos sentimos vacías y hasta en cierto modo fracasados porque nada hemos conseguido, no hemos podido resolver los problemas, no encontramos el ‘quid’ de la cuestión, trabajos infructuosos que pudieran llenarnos de desaliento, nos van sucediendo unos tras otros tantas veces en la vida.

No tenían claro aun los discípulos lo de la resurrección de Jesús. Para Galilea se habían venido tras el comunicado que les había llevado Maria Magdalena y las otras mujeres que habían ido al sepulcro. Ahora están en Galilea mano sobre mano sin saber qué hacer. Es Pedro el que se adelanta para ir de nuevo a pesar, y algunos de los discípulos que están con él se deciden también a acompañarle. ¿Para qué? La noche había salido infructuosa, habían perdido la buena costumbre y la habilidad para tener una buena pesca, incluso cuando todos sabían lo que tenían que hacer. No dan muchas señales de que lo tuvieran claro. La noche los ha ido envolviendo, pero las noches son preanuncios de un nuevo amanecer.

En el amanecer les preguntan sobre la pesca recogida. Se les cae la cara de vergüenza por no tener nada que ofrecer. Pero desde la orilla les están dando indicaciones de por donde han de echar las redes. Los orgullos son malos para recibir esas indicaciones en momentos malos como los estaban pasando. Pero hacen caso y no se arrepentirán, la redada de peces ha sido muy grande, y seguramente los recuerdos habían vuelto a la mente. Juan sabe interpretar lo sucedido porque es quien reconoce al que está en la orilla. Por lo bajo se lo insinúa a Pedro, no hacía falta más, porque muchas cosas estaban sucediendo como en repetición de lo un día sucedido, pero ahora parecía que tenía otros aires, otro sentido.

No hace falta mucho para que Pedro se tire al agua para llegar a los pies de Jesús. ‘Es el Señor’, le había dicho Juan por lo bajo. El arrastrar la red repleta de tantos peces lo dejó en las manos de los otros, pero él quería estar junto al Maestro. Jesús está allí. No hace falta más para correr al encuentro con Jesús. Más tarde llegarán los otros arrastrando la red que está casi para romperse. ¿No les había dicho Jesús que los haría pescadores de hombres?  Aquí tenemos la señal.

Ahora ya nadie se atreve a preguntar nada. Todos saben que es Jesús. Los desánimos y los cansancios se habían difuminado, como se difuminan las tinieblas de la noche con la luz del sol que amanece en la mañana. Era para todos un nuevo amanecer.

No siempre es fácil dejarse iluminar por la luz de ese nuevo amanecer. Tan ensimismados andamos en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones. Cuando hay parones en la vida podemos ponernos a pensar en muchas cosas, nos ponemos a pensar en nuestro futuro, volvemos a recordar los instrumentos de trabajo que tuvimos en otro tiempo y que habíamos dejado a un lado. Como Pedro y aquellos discípulos que aquella tarde se fueron de nuevo a la pesca. ¿Qué vamos a hacer? ¿En qué vamos a entretener nuestro tiempo? ¿Podríamos seguir con nuestras habilidades de siempre? ¿Aparecerán otros nuevos caminos y cómo voy a tener la certeza de que ese es mi camino?

Alguien quizá está haciéndonos señales allá desde la orilla del lago ¿Las sabremos interpretar? Dios va poniendo señales en nuestro camino de cual ha de ser nuestra certeza. ¿Seguiremos buscando entretenimientos? Estemos atentos, que de una forma u otra el Señor nos saldrá al encuentro para ponernos en camino para algo nuevo, para que miremos por el otro lado, para que sepamos aceptar las voces y señales que nos llegan desde la orilla.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Ojalá tengamos el coraje de san Andrés para levantarnos y desenredarnos de nuestras redes para abrirnos a los nuevos horizontes que nos ofrece Jesús

 


Ojalá tengamos el coraje de san Andrés para levantarnos y desenredarnos de nuestras redes para abrirnos a los nuevos horizontes que nos ofrece Jesús

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Tengo un proyecto muy interesante y quiero contar contigo. No sé si alguien se ha acercado a ti en alguna ocasión y te ha hecho una propuesta así. Es así cómo en muchas ocasiones se proyectan cosas, se hacen planes de futuro, nos embarcamos o nos embarcan en proyectos que unas veces nos parecen interesantes y nos ilusionan, en otras no lo tenemos muy claro pero nos confiamos de aquella persona que nos lo propone, y comenzamos una nueva tarea en la en alguna ocasión ni habíamos soñado que se pudiera realizar, ni estaba en nuestra mente. Alguien notó tu capacidad, tu disponibilidad, que eres una persona soñadora e inquieta y se fijó en ti llegando a comprometerte.

Era el proyecto de Jesús, algo que había comenzado a dejar caer cuando hablaba con la gente; algunos le escuchaban con gusto, otros quizás se hacían preguntas por dentro; estaba además el momento que vivían en la situación social y política del pueblo de Israel, pero en el fondo estaban las esperanzas que todos mantenían y que se alimentaban aun más cuando los sábados escuchaban a los profetas en las sinagogas. Había aparecido no hacia mucho tiempo un nuevo profeta en las orillas del Jordán y allá habían ido muchos a escucharle, porque algo nuevo estaba anunciando que alimentaba sus ilusiones y sus esperanzas. Estaba por llegar el Mesías, aquel profeta del desierto decía que era la voz que preparaba los caminos del Señor.

Entre los que le escuchaban estaban también unos pescadores de Galilea que hasta el lugar de la predicación del Bautista se habían trasladado; habían escuchado como Juan señalaba a alguien, sobre el que había visto cómo el Espíritu del Señor se manifestaba con ocasión de un bautismo general de todos los que allí acudían, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y ellos, Juan y Andrés, se habían puesto a seguirle. Con El habían estado una tarde y una noche y salieron entusiasmados comunicando a los demás lo que habían encontrado.

Pero sus tareas habían continuado en lago de Tiberíades con la pesca de cada día para su sustento y de sus familiares. Por aquellas orillas andaba aquel nuevo profeta anunciando la llegada del Reino de Dios, como también el Bautista en el desierto había prometido. Es ahora Jesús el que se acerca hasta aquellos pescadores para invitarles a algo nuevo. Por así decirlo, como decíamos al principio, les presentaba unos nuevos proyectos y quería contar con ellos. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, les había dicho primero a los dos hermanos, Simón y Andrés, y luego también a los hijos del Zebedeo. Y ellos se habían ido con Jesús, dejando las redes y la barca.

Son los primeros momentos del anuncio del Reino de Dios. Jesús había comenzado invitando a la conversión para creer en el Buena Noticia que les estaba comunicando. No de cualquier manera se entusiasma uno por algo nuevo para no quedarse en lo superficial. Había que estar dispuesto a cambiar la mente y el corazón para aceptar lo nuevo que se nos propone. Si no hay esa disposición difícilmente escucharemos y difícilmente tomaremos decisiones que son opciones por algo nuevo, por una nueva vida. Y ahora eso se estaba manifestando en aquellos primeros discípulos, aquellos pescadores dispuestos a cambiar, se les ofrecía otro tipo de pesca, no era salir a aquellos mares sino a unos mares distintos y más profundos; en fin de cuentas aquello en lo que estaba era solo un pequeño lago con todas sus limitaciones.

Así nosotros en la vida, tenemos que tomar decisiones, tenemos que estar dispuestos a aceptar lo nuevo que se nos ofrece; es necesario estar dispuestos a cambiar esos pequeños lagos de los rincones en que hacemos nuestra vida de cada día en lo que fácilmente caemos en la rutina, por otros mares más profundos, por otros horizontes más amplios, por otros caminos que algunas veces se han hecho inescrutables, pero que ahora estaríamos dispuestos a recorrer.

Es la oferta que Jesús nos hace a nosotros también para seguirle. No nos podemos quedar encerrados en lo mismo, tenemos que abrir nuestros horizontes, tenemos que dejarnos entusiasmar por la Palabra de Jesús y la misión que a nosotros también nos quiere confiar, porque cuenta con nosotros.

¿Seremos capaces de levantarnos como Andrés, a quien hoy estamos celebrando, para desenredarnos de nuestras redes y comenzar a seguir en serio a Jesús?

miércoles, 20 de julio de 2022

Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

 


Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

Las imágenes que se nos presentan hoy en el evangelio son realmente cautivadoras. Nos llenamos la mente de imaginación y disfrutamos con esa riqueza de imágenes. Nos ponemos a soñar. Es bueno. La mente necesita también de imágenes que nos cautiven, que nos llamen la atención, imágenes no solo para soñar, sino para que seamos capaces de aterrizar, de bajar a pie de calle, de encontrarnos con la vida.

Por una parte está el cuadro que nos describe el evangelista de lo sucedido en aquella mañana – poniendo imaginación también quiero pensar en una mañana esplendorosa - en la orilla del Tiberíades, las gentes que quizá han venido a ver los resultados de la pesca, pues era la hora en que retornaban las barcas después de una dura faena, pero que se habían encontrado al profeta de Nazaret y en torno a él se habían arremolinado para escucharle. ¿Se olvidarían quizá de lo que realmente habían venido a buscar a la orilla del lago? Ahora todos querían escuchar a Jesús; como tantas veces sucedería entre todos los estrujaban; El decide subir a una de las barcas mientras los pescadores limpiaban las redes, para desde allí como en un escenario hablar de manera que todos le pudieran escuchar.

La escena por si misma y ella sola ya nos tendría que hacer pensar. Querían escuchar a Jesús y se agolpaban en torno a El. Y Jesús no deja pasar la oportunidad de sembrar la semilla. De eso les va a hablar. Y El está allí como ese sembrador que esparce la semilla. ¿Serán todos tierra buena y fértil? Es precisamente en lo que les quiere hacer pensar.

Nos quiere hacer pensar, porque hoy es para nosotros. Pero ¿es que seremos capaces de correr también hasta la orilla porque queremos escucharle?  ¿O pasaremos indiferentes porque ya nos lo sabemos, que lo hemos escuchado tantas veces, y nos pondremos indiferentes a la distancia? Lo han visto muchas veces. Siempre que se reúne y aglomera gente ante algo que sucede o que se está realizando, veremos a los que se ponen a distancia y no se implican, van a ver de qué va la cosa, por ahora no vamos a complicarnos mucho.

Y por ahí va toda la belleza y la riqueza de la parábola que propone Jesús. El sembrador que sale a sembrar la semilla, pero los distintos campos y terrenos por donde va a ir pasando para esparcir esa semilla. No todos los terrenos son iguales, no todos los terrenos están preparados para sembrar esa semilla, no todos los terrenos se han labrado previamente para quitar hierbajos y zarzales, para aflojar la tierra endurecida o para ararla debidamente para que pueda recibir esa semilla que pueda producir luego buenas plantas que den fruto.

Y es aquí donde de nuevo tenemos que mirarnos y constatar nuestra realidad, y ver cual es nuestra predisposición, saber si en verdad estamos dispuestos a escuchar para sembrar en el corazón. La parábola es muy rica en imágenes y matices como para reflejar en verdad ese campo que es la vida, ese campo que es ese mundo en el que vivimos. Ese campo que está en nuestras manos para que lo cultivemos. ¿No nos dijo Dios allá en el Génesis, en los inicios del mundo y de la vida, allá en el paraíso que dominásemos sobre toda la creación? La puso en nuestras manos para que la trabajásemos y pudiéramos hacerle dar buenos frutos.  Pero ¿qué hemos hecho de la vida y del mundo?

Demasiado lo hemos pisoteado de manera que la tierra se nos ofrecerá dura y áspera; demasiados abrojos hemos dejado crecer porque no la hemos cuidado debidamente y brotan los zarzales de nuestros enredos, de nuestros orgullos, de nuestras violencias, de nuestras ambiciones egoístas y hemos creado como un caparazón que nos envuelve, que nos aísla, que nos insensibiliza, que nos encierra. No es la tierra propicia para que una buena semilla haga brotar hermosas plantas que nos den ricos y sabrosos frutos.

Hablábamos de la belleza de las imágenes y de toda la riqueza que encierran estas palabras del Evangelio, pero precisamente esa belleza y riqueza será mayor si somos capaces de aterrizar, de llegar a la realidad de nuestra vida para contrastar, para sentirnos interpelados y estemos dispuestos a hacer todo lo posible por ser esa tierra buena. Es la respuesta que se está esperando de nosotros hoy y ahora.