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jueves, 9 de enero de 2025

Necesitamos pasar por la experiencia de sentir la voz de Jesús que nos invita a la confianza y a la fe para borrar todos nuestros miedos y temores

 



Necesitamos pasar por la experiencia de sentir la voz de Jesús que nos invita a la confianza y a la fe para borrar todos nuestros miedos y temores

1Juan 4, 11-18; Salmo 71; Marcos 6, 45-52

Nos gusta ir de seguros por la vida, no nos agrada que nos vean miedosos y cobardes, tratamos de mantenernos firme y fuertes aun en las circunstancias más difíciles y aunque sintamos un cierto miedo interior tratamos de disimularlo. Pero lo cierto es que no siempre nos encontramos con esa seguridad, porque muchas veces surgen dudas, hay cosas que no acabamos de entender, se nos hace difícil ese camino de la vida y al final surgen como una explosión todos esos miedos, que de alguna manera nos destrozan, nos hacen como caminar sin sentido y sin rumbo. La vida no es siempre tan fácil como queremos planteárnosla y nos aparecen muchas sombras que nos oscurecen la luz, que nos desorientan en los caminos de la vida.

Hoy nos encontramos en el evangelio un pasaje en el que nos aparece un mal momento por el pasan los discípulos. En una lectura muy superficial del hecho nos parece una anécdota más que además nos resulta curiosa por el lugar, atravesando el lago que tan bien tendrían que conocer pues eran pescadores de aquellas aguas, pero donde se encuentran con unos vientos en contra que les hace zozobrar incluso en su fe. No es solo la dificultad material de avanzar porque tienen el viento en contra, es el hecho de lo que anteriormente ha sucedido, pero que ahora además se encuentren sin la presencia de Jesús.

Realmente hemos de considerar desconcertante lo sucedido cuando lo de la multiplicación de los panes. Muchas preguntas, incluso, podrían hacerse en su interior a pesar del entusiasmo producido por aquel hecho prodigioso. En fin de cuentas estaban comenzando a conocer a Jesús y aun no tenían muy claro quien era Jesús, aunque les entusiasmaran sus palabras y los signos que realizaba. Pero además cuando incluso la multitud estaba poco menos que queriendo hacer rey a Jesús, El les pide que se marchen a la otra orilla mientras se va solo a la montaña, alejándose de todo y de todos.

Con muchas preguntas en su interior se encuentran ahora en la dificultad de avanzar en medio de aquel lago que de alguna manera se les ponía en contra. Y aparece una figura, para ellos misteriosa, que parece caminar sobre las aguas. Y aparecen sus miedos interiores que salen a flote, poco menos que se ponen a gritar porque les parece que es fantasma.

Pero en medio aparece la voz del maestro, la voz Jesús que les invita a apaciguar sus miedos, porque es El quien viene a su encuentro. Con la presencia de Jesús desaparecen sus miedos y sus dudas, todo se vuelve en calma, porque incluso el viento cesa y podrán continuar su travesía. Pero no es solo la travesía del lago la que continúan sino la travesía de sus vidas, disipando dudas, desapareciendo sombras e interrogantes, encontrando un sentido a todo, aprendiendo a conocer a Jesús, aunque algunas veces les parezca tan enigmático que lo confundan con un fantasma; renace la fe en sus corazones, aparece la luz en su vida. Aquello que había anunciado el profeta que una luz iba a aparecer que disiparía todas las tinieblas y las sombras. Allí estaba Jesús. Ahora podían sentirse seguros de verdad.

¿Necesitaremos nosotros pasar por una experiencia así? Cosas semejantes nos suceden tantas veces que nos llenamos de dudas sobre lo que estamos haciendo, dudas sobre el sentido incluso de nuestra vida, dudas sobre nuestra fe y nos sentimos también turbados, como estaban los discípulos en medio del mar y con el viento en contra. Nos encontramos así, pero tenemos que saber descubrir a Jesús que viene a nuestro encuentro aun en medio de las peores sombras por las que podamos pasar.

Tener la experiencia de sentir en lo hondo de nuestro corazón esa voz de Jesús que también nos dice: ‘No temáis, soy yo’, y sentir como se sube a la barca de nuestra vida, y comenzaremos a tener una nueva paz en nuestro corazón, y podremos seguir haciendo la travesía de nuestra vida. Que no se nos derrumbe nunca esa fe, que aparezca siempre esa luz, que sintamos la presencia del Espíritu de Jesús que va con nosotros. Nuestra vida también comenzará a ser distinta.

sábado, 9 de enero de 2021

Momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida, dificultades y contratiempos, sin saber como salir de la situación y Jesús que viene a nuestro encuentro

 


Momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida, dificultades y contratiempos, sin saber como salir de la situación y Jesús que viene a nuestro encuentro

1Juan 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6, 45-52

En la vida nos acostumbramos a que la vida vaya marchando con toda normalidad, sin tener mayores problemas sino las cosas de cada día, que las cosas nos vayan saliendo más o menos sin complicaciones que cuando nos surge una dificultad mayor parece que el mundo se nos viene encima, perdemos el  humor y hasta parece que las ganas de vivir, fruncimos nuestro ceño, nos ponemos adustos y parece como que perdiéramos la alegría de estar con los demás, incluso con los más amigos.

Algunas veces no somos sensibles para darnos cuenta de lo que les puede pasar a los que están a nuestro lado, pero muchos dramas podríamos encontrar en esas personas a las que de un momento a otro se le acumulan los problemas. Todos necesitaríamos un poco más de sensibilidad para darnos cuenta de esos sufrimientos que pueden estar pasando muchos a nuestro lado.

¿Qué hacer? ¿Cómo encontrar fuerzas? ¿Dónde encontrar recursos que nos levanten el espíritu? Quizás necesitamos hacer alguna parada en la vida, en esa carrera loca en la que vivimos, para encontrar esa serenidad del espíritu que tanto necesitamos. Descubrir donde está nuestra fortaleza y que no estamos tan solos en esas situaciones.

Habían pasado un día los discípulos con gratas y sorprendentes experiencias al lado de Jesús sobre todo en lo que había sucedido en aquella tarde cuando le dio de comer a toda aquella multitud que en torno a El se había reunido. Pero Jesús les había insistido en que tomaran la barca y marcharan a la otra orilla y en estas estaban esa noche intentando atravesar el lago. Intentando, porque aparecían las dificultades a las que quizá como pescadores de aquel lago tendrían que estar acostumbrados. Pero aquel viento en contra que se les había levantado impidiendo avanzar la barca era algo que no les gustaba y comenzaba a preocuparles. Jesús se había querido quedar en la orilla y ahora no estaba con ellos, cuando su presencia tanto les reconfortaba.

Serán esos momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida. Dificultades, problemas, contratiempos, soledades y no saber como salir de la situación, como arrancar y caminar hacia delante, cuando parece que todo lo que hace es retroceder. Nos parece que nadie nos auxilia. Nos sentimos acaso abandonados de Dios. Es el grito doloroso que algunas veces surge en nuestro interior y que nos llena de dudas. Y cuando ya vamos con una actitud pasiva simplemente arrastrándonos porque parece que hasta hemos perdido la última ilusión más oscuros se nos vuelven los caminos de la vida.

Jesús se había quedado solo en la montaña, pero como solía hacer tantas veces, era una soledad para encontrarse con el Padre, era un momento de oración. Jesús no se desentendía de los que abajo en el lago iban remando a la contra y sabía bien de las dificultades que ya no eran solo los contratiempos de la meteorología lo que tenían sino que habían comenzado a aparecer dudas en sus corazones.

Y Jesús va a su encuentro. Jesús viene a su encuentro y no lo saben ver. Jesús camina sobre las aguas y ellos creen ver un fantasma. ¿Les faltaba visión? ¿Les faltaba una visión de fe en la dificultad por la que iban pasando? ¿No es un poco lo que a nosotros nos pasa en esas situaciones difíciles, en esas noches oscuras de la vida?

‘No temáis, soy yo’, les dice Jesús. Y reconocerían su voz y reconocerían su figura, y eran entonces conscientes de que Jesús estaba con ellos aunque les pareciese lo contrario, y la barca comenzó a avanzar con toda normalidad, y las fuerzas del viento contrario cesaron. Es lo que necesitamos nosotros, pero para ello abramos los ojos de la fe, porque será la manera de que llegue la luz a nosotros, entre la luz en nuestra alma. Jesús está con nosotros y es nuestra luz.

Pero si antes hablamos de la necesidad de nuestra sensibilidad ante lo que sucede en nuestro entorno, pensemos que como Jesús sobre el agua de esas dificultades tendremos que caminar para ir al encuentro de nuestros hermanos que sufren y ser esos signos de Jesús en sus vidas que tanto necesitan. Nuestro amor y nuestra preocupación por los demás han de convertirse en luz para esos corazones que en el fondo están necesitando encontrarse con Jesús y a través nuestro pueden lograrlo.