Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta travesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta travesía. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

martes, 2 de julio de 2024

Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

 


Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Salmo 5; Mateo 8, 23-27

En nuestras actividades humanas sabemos manejarnos, lo que son nuestros trabajos habituales los dominamos, sabemos lo que tenemos qué hacer y cómo tenemos que hacer; aunque las cosas se nos vuelvan dificultosas a veces intentamos salir adelante, resolverlas, buscamos medios cuando no los tenemos o pedimos ayuda a quien pueda orientarnos para encontrar una solución.

No nos damos por vencidos, o no nos hemos de dar por vencidos. Porque no siempre es así, hay veces en que flaqueamos, en que parece que se acumulan tantos problemas que se nos vuelve más revuelto el panorama y se nos hace difícil encontrar la salida, que quizás tenemos en nuestras manos, echando mano de nuestras experiencias, encontrando fuerza dentro de nosotros mismos para no rendirnos y seguir adelante. Es complejo el camino de la vida.

Parece que nos estuviéramos refiriendo solo a lo que son nuestras tareas habituales, pero nos damos cuenta que podemos hacer una lectura más honda de nosotros mismos; ya no es nuestro trabajo, sino los problemas de la vida, la convivencia con los más cercanos o la relación que hemos de mantener los unos con los otros en nuestra vida social, en nuestro trabajo, incluso hasta en nuestros momentos de ocio. Y hay ocasiones que ahí se nos pone el cielo oscuro, gris, muchas veces incluso negro. Y nos obcecamos tanto que no sabemos mirar dentro de nosotros mismos la capacidad que tenemos para salir adelante.

Así podríamos seguir pensando en muchos aspectos de nuestra vida. El sentido eclesial con que hemos de vivir nuestra fe, por ejemplo; esa lucha interior que hemos de mantener para conservar nuestra fe a pesar de todas las cosas adversas que nos pudieran aparecer, a pesar de las dudas, a pesar de nuestras debilidades e incluso caídas. Y también nos llenamos de dudas y desconfianzas, parece en ocasiones que hasta nos olvidamos de Dios, aunque seamos nosotros los que digamos que es Dios quien se olvida de nosotros. Tanta es nuestra obcecación.

Hoy el evangelio habla de una travesía en barca por aquel lago que bien conocían los que iban en la barca; algunos eran pescadores y estaban acostumbrados a atravesar aquel lago con buenos o con malos tiempos. Pero hoy parece distinto, como si la tormenta fuera más fuerte; parece siempre que la última tormenta fue la peor. Y allí están llenos de miedo, temerosos de que la barca naufrague. Al final acudirán a Jesus que a pesar de la tormenta parece dormido en la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

¿No habían visto ellos en tantas ocasiones lo que jesus era capaz de hacer? ¿Por qué ahora esos miedos? Como tantas veces nos sucede, cuando nos entran los miedos se pierde la confianza. Y ellos lo que piensan, como pensamos nosotros tantas veces, es que a Jesus no le preocupa que la barca se pueda hundir. ¿Estaban perdiendo la confianza con jesus? ¿Qué es lo que se les estaba debilitando por dentro?

Cuando tergiversamos las cosas, cuando nos movemos por otros intereses que no siempre queremos manifestar, cuando nos aparece el orgullo o el amor propio cerrándose sobre nuestros cuellos, perdemos el norte y el sentido, dejamos de valorar lo que tendríamos que valorar, comenzamos a sentirnos heridos en nuestro amor propio y en nuestro orgullo pero se desvanece nuestra autosuficiencia, parece que ya nos sentimos sin apoyos, comenzamos a hundirnos.

De este episodio del evangelio tenemos que aprender muchas cosas para nuestra vida. Empezar por valorar lo que tiene más valor, aprender en quien de verdad hemos de apoyarnos, buscar la manera de crecer por dentro para sentirnos fuertes no por nosotros mismos o por nuestros saberes, sino porque sabemos que Dios está siempre con nosotros, aunque no lo notemos a veces.

Es la búsqueda de una verdadera espiritualidad que nos haga fuerte frente a todas las adversidades de la vida. Es poner el verdadero cimiento sobre piedra que evita que la casa se caiga cuando vengan los temporales, esa piedra que encontramos en la Palabra de Dios, esa fortaleza que nos da una verdadera oración, esa gracia divina que recibimos en los sacramentos que nos hacen encontrarnos no solo con nosotros mismos, porque son muchas las cosas que tenemos que mirar y revisar, sino porque vamos a encontrarnos con Dios, verdadero alimento, luz y fuerza de gracia para nuestra vida.

¿Dejaremos que se nos hunda la barca? ¿Nos daremos de quien de verdad lleva el timón?


martes, 2 de agosto de 2022

Nos falta aprender a estar con Jesús aunque los momentos sean difíciles, aunque no lo veamos con la cara, ni con sueños ni imaginaciones, sino sintiendo la fuerza de su Espíritu

 


Nos falta aprender a estar con Jesús aunque los momentos sean difíciles, aunque no lo veamos con la cara, ni con sueños ni imaginaciones, sino sintiendo la fuerza de su Espíritu

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101; Mateo 14,22-36

Hay ocasiones en que nos hacemos nuestros planes, y nos parece que todo va a salir bien tal como nos lo habíamos planeado, pero en un momento determinado por unas circunstancias, que no podemos decir siempre que sean malas, los planes se nos cambian, no podemos hacer aquello tal como lo habíamos planeado y pueden ir surgiéndonos al paso muchas cosas, incluso muy positivas que tenemos que saber aprovechar; nos suele pasar que cuando nuestros planes se nos trastruecan nos ponemos de mal humor porque no conseguimos las metas que habíamos previsto, y no sabemos sacar provecho de lo nuevo que nos acontece que también nos puede llenar de mucha riqueza humana y espiritual; quizás en otro momento podemos retomar aquellos proyectos, y vamos a ver si acaso no nos van a salir de alguna manera enriquecidos.

Siguiendo el hilo del evangelio de estos días, Jesús al enterarse de que a Juan Herodes lo había mandado decapitar había querido irse con los discípulos más cercanos a un lugar apartado; pero las cosas también se le torcieron, allá se encontró con una multitud que lo esperaba, muchos enfermos que curó, la multitud hambrienta a la que tuvo que alimentar. Mucha bendición de Dios se fue repartiendo en aquellos momentos aunque pareciera que salieron otros planes.

Llega el momento en que todo termina, y después de haber multiplicado el pan milagrosamente para toda aquella gente apremia a los discípulos para que se vayan a la otra orilla en barca; mientras El se retira solo a la montaña para orar, apartándose incluso de aquella multitud que allí se había congregado. Había buscado aquellos momentos de paz, y ahora marcha solo a la montaña para orar pasando casi toda la noche en oración.

Mientras los discípulos que van en la barca se ven en una prueba. La barca no avanza, da la impresión que tienen el viento en contra, todo se les está haciendo cuesta arriba, y encima están solos, porque Jesús se quedó en la orilla. Esa prueba de la dureza de la travesía puede ser también para ellos un signo. Algo les faltaba. Les faltaba Jesús, pero era algo más, les faltaba confianza, les faltaba fe para afrontar la dificultad. Lo que al principio cuando venían con Jesús parecía que iban a ser momentos de paz y de descanso todo se trastocó. Y ahora están solos en la dificultad de enfrentarse a aquel lago cuya travesía se les está haciendo dura.  Cuántas veces la travesía se nos hace dura, y también nos encontramos con dificultades, con el viento en contra. Cómo tendría que hacernos pensar.

Como decíamos les faltaba fe para afrontar aquella dificultad, porque ahora hasta les parece ver fantasmas. Algo viene caminando sobre el agua. Se llenan de temor. Cuántos fantasmas nos creamos en nuestra mente cuando estamos pasando por un momento duro, cuantas noches de insomnio donde todo se nos revuelve en la mente y hasta nos parece todo mucho más difícil. Estaban llenos de temor.

Será Jesús el que se les adelante a decirles que no teman porque es El quien viene hasta ellos, pero les cuesta creer. Y como sucede tantas veces allí están, el primero Pedro, pidiendo pruebas. ‘Que yo pueda ir hasta ti caminando sobre el agua también’. Y Jesús le invita a acercarse. Pero Pedro no las tiene todas consigo, y teme aunque intenta caminar, pero ante la más pequeña ola comienza a dudar y a hundirse. Con qué facilidad nos hundimos. Tenemos a Jesús a nuestro lado que pronto nos tenderá la mano, pero nuestro espíritu sigue lleno de dudas y de miedos. Tendremos que aprender a orar y gritarle que nos hundimos para que tienda su mano sobre nosotros y nos salve.

Luego ya podrán decir cuando Jesús está con ellos en la barca, Pedro ha sido rescatado de su hundimiento, y el viento se ha calmado, que realmente era el Hijo de Dios. Pero el paso por la prueba había sido duro. Les faltaba aprender a estar con Jesús aunque no lo vieran con los ojos de la cara. Más tarde terminarán aprendiéndolo sobre todo después de la resurrección, aunque entonces también pasarán por momentos difíciles y delicados, hasta darse cuenta de que Jesús para siempre estaría con ellos, aunque los ojos de la cara no lo vieran, pero la presencia de Jesús ya es otra cosa.

Es lo que nosotros tenemos que vivir, lo que nosotros tenemos que aprender, lo que nosotros tenemos que saber hacer irnos a estar con Jesús, como los que se fueron al monte alto con El, como los que ahora sentían su presencia en la barca, como lo van a sentir después de la venida del Espíritu Santo, como la Iglesia sigue sintiéndolo hoy. No son fantasmas, ni sueños, ni imaginaciones, es la presencia del Espíritu de Jesús que siempre estará con nosotros.

sábado, 30 de abril de 2022

Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

 


Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Estar solo, la soledad ¿será un valor que habría que buscar o será algo de lo que tenemos que huir? Como valor de principio tendríamos que decir que por naturaleza es la comunión y la relación con los demás; no estamos hechos para estar solos; hay quien realmente le tiene miedo a sentirse solo; le da quizás inseguridad, aparecen los temores ante lo que tenemos que enfrentarnos, parece que nadie nos apoya ni nos valora cuando nos dejan solos, muchas cosas podríamos pensar.

Aunque hay quien busca la soledad, o habrá momentos en que también necesitemos de la soledad y el silencio, para apartarnos de tantos ruidos, para no dejarnos encandilar por las cosas y las materialidades de la vida, para encontrarnos con nosotros mismos, puede ser también un valor sin renunciar a lo que sea estar en relación con los demás.

Hoy el evangelio nos habla del grupo de los discípulos que al anochecer embarcan allá en aquellos descampados donde se habían desarrollado varios hechos, como la multiplicación de los panes, y ahora van solo en la barca rumbo a Cafarnaún. Jesús no estaba con ellos y se sienten solos porque les parece incluso que la barca no avanza. Pero si ellos están con sus temores y sus soledades no deseadas atravesando el lago, Jesús ha querido quedarse solo en la montaña aquella noche, porque al despedir a los discípulos en la barca evita el estar con aquellos que en sus entusiasmos por el pan comido milagrosamente en el desierto ahora quieren hacerle rey. No busca Jesús el éxito y el clamor de los reinos de este mundo. Jesús se va solo a la montaña, como tantas veces le veremos hacer en el evangelio que se retira a solas en la noche o en la madrugada para orar.

Una búsqueda de soledad por parte de Jesús mientras los discípulos atraviesan el lago en una soledad no deseada. Pero Jesús está con ellos, o mejor, Jesús viene a su encuentro para estar con ellos. En medio de la noche, con todos los fantasmas que nos hace ver la oscuridad, ellos descubren que alguien camina sobre el agua y viene hacia ellos. El evangelista Juan no entra en muchos detalles pero los otros evangelistas que nos narran este hecho nos hablarán de los miedos que se despiertan en los discípulos porque creen ver un fantasma. Las oscuridades que llevan por dentro con sus miedos les impiden reconocer a Jesús. ¿Tendríamos que pensar en eso también?

‘Soy yo, no temáis’, escuchan la voz del Maestro. Tras su sorpresa con alegría quieren recogerlo, pero pronto se dan cuenta de que ya están llegando a su destino. Con Jesús a su lado parece que la barca tuviera alas para hacer más rápido el camino.

Necesitaban los discípulos pasar por aquella soledad en medio del lago, aunque les pareciera que el trayecto se hacía interminable. Nos viene bien tener esos momentos de soledad, en que nos sentimos vacíos e impotentes; las pruebas de las noches oscuras aunque a veces nos parezcan insoportables nos son necesarias para que aprendamos a buscar donde realmente tenemos la luz; sentirnos incapaces en ocasiones nos viene bien para vencer nuestras autosuficiencias y ver la necesidad del otro que está a nuestro lado y al que no habíamos prestado atención, pero que nos está ofreciendo una mano que mejor nos capacita; vernos solos y en silencio es bueno para salir de ese aturdimiento de los ruidos y de tantas cosas que nos gritan a nuestro alrededor y poder comenzar a escuchar lo que verdaderamente es importante, o para descubrirnos a nosotros mismos con nuestros valores y capacidades que a veces tenemos como ocultas.

Tenemos que aprender a aceptar y valorar esas soledades que a veces nos llegan en la vida, porque pueden ser una gran lección, como tenemos también que saber buscar esa soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente, que nos abre el corazón a Dios. No estamos solos porque Dios está siempre con nosotros.

sábado, 29 de enero de 2022

Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida en la que Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas con la certeza de que El va en la misma barca que nosotros

 


Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida en la que Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas con la certeza de que El va en la misma barca que nosotros

2 Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41

No hace mucho escuchaba la noticia de que un capitán de un barco había sido condenado porque en una catástrofe marítima él había abandonado el barco antes de que todos los viajeros y tripulantes hubieran estado a salvo. Todos conocemos más o menos a qué se hacia referencia con esta noticia. Es ley, pero todos siempre sabemos y decimos que, casi como una razón que se cae por su propia naturaleza, el capitán del barco es el último que lo abandona. Es su misión y es su responsabilidad, llevar a puerto seguro la nave y a salvo a todos los viajen en ella. No puede, pues, abandonar.

Me viene a la mente esta consideración escuchando el relato del evangelio que hoy se nos ofrece. Al atardecer Jesús invita a los discípulos a ir a la otra orilla del lago. Sería la barca de Pedro – lo cual vendría a ser bien significativo – o la de cualquiera de los otros pescadores del grupo con la que se disponen a atravesar el lago. Pero en la travesía se levanta una fuerte tempestad, de manera que todos pensaban que aquello se hundía. Pero Jesús, al parecer ajeno a todo, duerme por algún rincón y allá vienen a despertarlo diciéndole ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Claro que Jesús no era el patrón de aquella barca, pero si el que los había metido en aquella travesía. ¿Parecería que se estaba desentendiendo?

¿No es el grito de angustia y desesperanza que en la vida lanzamos contra Dios viendo el mal que nos rodea en el mundo? ¿Y qué hace Dios? nos preguntamos nosotros o hay tantos a nuestro lado que también se lo preguntan y nos lo preguntan a nosotros que nos presentamos como creyentes y como cristianos. ¿Tendría razón y sentido esa queja y esa pregunta?

Antes dijimos así como de pasada que Jesús no era el patrón de aquella barca que atravesaba Tiberíades. Pero claro que de la vida sobre todo el creyente no puede pensar que Dios no sea el patrón de la vida y del mundo, porque si algo nos caracteriza a los creyentes es ese creer en esa presencia de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Pero como creyentes también recordamos cómo Dios ha puesto este mundo en nuestras manos. Y ahí ante toda esa problemática de la vida estamos nosotros con nuestras responsabilidades, nosotros con nuestra creatividad y con nuestra iniciativa, nosotros con nuestras capacidades y con nuestros valores para ir haciendo que esa vida nuestra o que ese mundo en el que vivimos sea mejor, lo vayamos construyendo mejor. ¿Quiénes somos los que hemos conducido a este mundo por estos derroteros de los que ahora nos quejamos?

Pero quizá cuando nos sentimos débiles e indefensos para enfrentarnos a todo eso, para saber hacer que nuestro mundo sea mejor, siga quemándonos en nuestros labios o en nuestro corazón esa misma queja y esa misma pregunta. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ Y tenemos que darnos cuenta de una cosa y es que Dios no se desentiende de nuestra travesía cuando El ha querido venir a hacer esa misma travesía con nosotros. En aquella barca que parecía que se iba a hundir estaba Jesús ¿quería hundirse El con la barca y todos sus acompañantes?

Dios está embarcado con nosotros en esa travesía de la vida; Dios está embarcado con nosotros en esa tarea de ir conduciendo nuestro mundo, y será El quien nos dé esa sabiduría que necesitamos, quien nos dé esa fuerza para seguir remando frente a la tormenta, quien nos levanta sobre la olas de la vida o nos ayuda a descubrir el faro que al final nos señala el puerto seguro.

Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida porque además Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas, hacia otros horizontes, hacia otros campos a los que también tenemos que llegar. La travesía no es fácil, encontrarnos con eso nuevo que está más allá y que Jesús nos ofrece en ocasiones nos puede llenar de dudas y de incertidumbres, de miedos y hasta de cobardías, pero tenemos que seguir remando hacia delante, tenemos que seguir llevando ese mensaje de vida que resucite muertos, esa palabra de salvación que sane nuestras heridas, esa luz que ilumine nuestros caminos.

No temamos, porque Jesús está con nosotros en esa misma barca, aunque nos parezca dormido, pero está haciendo la travesía con nosotros y su presencia nos da fortaleza y seguridad, su presencia nos hace confiar, su presencia se convierte en gracia de vida para nosotros. Si confiamos en El no vamos a perecer, si confiamos en El llegaremos a la otra orilla, si confiamos en El podremos hacer ciertamente que nuestro mundo sea mejor. El no abandona el barco, y nosotros tampoco podemos desentendernos de lo que son nuestras responsabilidades.

martes, 3 de agosto de 2021

Sintiendo a Jesús con nosotros, aunque las aguas tormentosas que atravesamos siguen siendo las mismas, nos sentimos más seguros con la paz que nos da su presencia

 


Sintiendo a Jesús con nosotros, aunque las aguas tormentosas que atravesamos siguen siendo las mismas, nos sentimos más seguros con la paz que nos da su presencia

Números 12, 1-13; Sal 50; Mateo 14, 22-36

‘Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente’. Pero Jesús no volvió con ellos a la barca y ellos iban solos haciendo la travesía. Cruz el lago para aquellos avezados pescadores no era algo que entraña dificultad, pero sabemos cómo es andar sobre las olas. O viene la calma o se encrespan las olas con el viento que aparece en contra de alguna parte.

Y en esas se vieron en aquella noche; y la barca no avanzaba; y comenzaron los miedos. La oscuridad de la noche en medio del agua nos hace ver más tinieblas que las que realmente existen en algunas ocasiones. En estas andaban o más bien hacían esfuerzos por remar cuando les pareció ver un fantasma; muy propio en esos niveles de cultura; se llenaron de temor.

Cuántas veces en la vida nos llenamos de miedos y temores, incluso en aquellas cosas o en aquellos lugares o circunstancias a las que estamos habituados; pero como se nos pongan los vientos en contra, como comiencen a no salirnos las cosas como nosotros quisiéramos, como aparezcan dificultades con las que no contábamos, vienen los agobios, los temores, la indecisión de no saber qué hacer, el sentirnos abrumados porque nos parece que todo lo tenemos en contra. Cuántas veces perdemos esa serenidad de espíritu que tanto necesitamos, y nos llenamos de angustias, y ya no sabemos hacer lo que siempre hacíamos, o perdemos las fuerzas para luchar y querer salir adelante.

Son muchas las circunstancias de la vida, son muchos los aspectos en los que nos encontramos de esta manera. Y a veces se nos tambalea nuestra fe, perdemos la confianza. Hay cosas que vemos que suceden en nuestro entorno, incluso en nuestro entorno eclesial, que quizá no terminamos de entender y nos sentimos que desestabilizados. Quisiéramos otra imagen de la Iglesia, pero la imagen que damos muchas veces no es la más ideal; nos sentimos mal muchas veces en la debilidad de los que están a nuestro lado y eso nos desanima; nos parece que la barca se nos hunde.

Tenemos que pensar que es Jesús el que nos ha puesto en marcha para hacer esa travesía; es en esa Iglesia que algunas veces no nos gusta en las que nos quiere Jesús y donde también tenemos que saber hacerle presente a El. Nos puede parece que no es Jesús sino son otras cosas las que resplandecen en ocasiones, pero es la barca en la que tenemos que remar, es la barca con la que tenemos que ir al mundo, cruzar todas las travesías de la vida y donde tenemos que dejar una huella, la huella del evangelio, la huella de Jesús. Es lo que nos toca realizar.

A veces saltamos al agua de la vida y nos parece que nos hundimos como Pedro, porque son tales las tormentas del mundo alrededor que nos parece que perdemos pie. Nos tenemos que dar cuenta que Jesús está ahí, a nuestro lado, a nosotros nos tiende la mano también para que nos mantengamos firmes y sigamos dando testimonio, sigamos siendo testigos de algo nuevo, de lo que Jesús quiere para nosotros y para el mundo.

Sintiendo a Jesús a nuestro lado, porque hayamos despertado bien nuestra fe, aunque las aguas que atravesamos son las mismas y con las mismas dificultades de siempre, nos sentimos más seguros, sentiremos la paz en el corazón que tanto necesitamos. No olvidemos la presencia de Jesús. Hagamos sentir su presencia al mundo a través del testimonio que damos con nuestra vida. Hagamos resplandecer la verdadera imagen de la Iglesia de Jesús.

domingo, 18 de julio de 2021

Sepamos descubrir en las travesías de la vida que el Señor va con nosotros y sentémonos junto a El para escucharle, para que las olas de su ternura bañen nuestros pies

 


Sepamos descubrir en las travesías de la vida que el Señor va con nosotros y sentémonos junto a El para escucharle, para que las olas de su ternura bañen nuestros pies

Jeremías 23, 1-6; Sal. 22; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

Los apóstoles se fueron de crucero con Jesús. Así lo diríamos hoy. Una travesía en barca por las tranquilas aguas del mar de Galilea ciertamente es algo placentero y son buenos momentos de relax y de descanso. Y era lo que realmente buscaba Jesús con los discípulos. Habían regresado de la misión que les había encomendado, contaban sus experiencias, pero era tanta la gente que acudía para estar con Jesús que, como dice el evangelista, no tenían tiempo ni para comer. Y Jesús quiere llevárselo a un lugar apartado para descansar un poco. Ya la misma travesía se convertía en momentos de descanso. Iban ellos solos con Jesús y oportunidad tenían para contar sus experiencias, momento era propicio para descansar estando con el Señor.

He tenido la suerte de hacer esa travesía del lago de Tiberíades y confieso que es algo maravilloso y hasta puede ser una experiencia espiritual que cala hondo en el alma. Ya sea atravesando el lago en barca o simplemente estando sentado a su orilla escuchando el suave murmullo de las olas es una rica experiencia si uno en verdad quiere sentir y escuchar las palabras de Jesús pronunciadas en ese mismo lago, o gozarnos espiritualmente de la presencia del Señor que allí puede uno sentir.

Vemos, sin embargo, que cuando llegan al lugar escogido para ‘acampar’, digámoslo así, la gente de las aldeas y pueblos vecinos se les habían adelantado y allí estaba una muchedumbre ansiosa también de estar con Jesús y escucharle. Sintió lástima de ellos, dice el evangelista, porque estaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles con calma. Casi podemos escuchar sus palabras aunque ahora el evangelista no nos detalle lo que les estaba enseñando.

Con lo que hemos venido diciendo hasta ahora en torno a este episodio que nos ofrece  hoy el evangelio creo que podemos sentir una llamada en nuestro corazón, una invitación de Jesús para irnos a estar con El. Lo necesitamos. Vivimos demasiado ajetreados en la vida con nuestras locas carreras; decimos que tenemos tanto que hacer que no sabemos detenernos para encontrarnos al menos con nosotros mismos; ni nos encontramos con nosotros mismos, ni sabemos encontrarnos con los demás, y cuanto menos algunas veces nos sucede no sabemos encontrarnos con Dios.

Necesitamos ese lugar apartado, esa travesía del lago, ese momento de silencio dejando quizá que las olas de la playa mojen nuestros pies. Necesitamos saber detenernos y apagar nuestras músicas, silenciar nuestros oídos a tantos gritos y locuras que nos envuelven. Si no hacemos silencio ni a nosotros mismos nos escucharemos. Y tenemos que saber sacar a flote tantas cosas que llevamos revueltas en el corazón, necesitamos escucharnos esos interrogantes que nos surgen tantas veces dentro de nosotros mismos pero que o los acallamos o decimos que lo dejamos para luego, pero no nos enfrentamos a la verdad de nuestra vida.

Necesitamos ese silencio en nosotros para escuchar ese susurro de Dios en la suave brisa que nos envuelve, como le sucedió al profeta allá en lo alto de la montaña cuando huía de sus problemas y de sus angustias, pero vino a encontrarse con Dios para luego ponerse en camino de nuevo para su misión. No podemos ir a la misión, a eso que Dios nos tiene encomendado para el camino de nuestra vida y nuestro encuentro con los demás, si antes no hemos escuchado bien en lo hondo de nosotros mismos ese susurro de Dios que pondrá en orden tantas cosas dentro de nuestro corazón.

Sepamos encontrar ese momento. Quizás nos preocupamos mucho de nuestro descanso físico para recuperar las fuerzas de nuestro cuerpo y andamos ansiosos por encontrar unos fines de semana o unos tiempos de vacaciones para dejar a un lado nuestros trabajos, pero quizá no nos preocupamos tanto de ese descanso y de esa renovación de nuestro espíritu.

Hemos de saber encontrar la verdadera alegría de nuestra vida en esa paz para nuestro espíritu. Son las baterías del alma las que tenemos que saber también recargar y eso tenemos que hacerlo en el Señor. Pongamos espiritualidad profunda en nuestra vida, vayamos a estar con el Señor, sepamos descubrir en esas travesías de nuestra vida que el Señor va con nosotros y sentémonos a sus pies para escucharle, para empaparnos de sus palabras y de su vida, dejemos que las olas de su ternura bañen nuestros pies y nos hagan sentir paz en el alma.

Vayámonos de crucero con Jesús.

domingo, 20 de junio de 2021

Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando, llegamos a pensar ante las turbulencias de la vida

 


Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando, llegamos a pensar ante las turbulencias de la vida

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

‘Vamos a la otra orilla’. No se lo pensaron. ‘Dejando a la gente se lo llevaron en barca como estaban’. ¿Necesitaban haber sido más previsores antes de meterse a atravesar el lago? Creían conocerlo.

En la vida muchas veces sentimos el impulso o sentimos la invitación a lanzarnos mar adentro. ¿Es la aventura de la vida? ¿Son los riesgos que hemos de asumir? ¿Son los proyectos que se nos pueden presentar que nos obliguen a dejar en lo que estamos para lanzarnos a algo nuevo? Quizás nos lo pensamos, analizamos, queremos ver pro y contra, recibir quizá otra opinión de otras personas, vemos los peligros y los riesgos, ¿nos atreveremos a arriesgarnos?

Quizá queremos tenerlo todo atado y bien atado; no queremos que nada nos falle; cuando se hacen proyectos o se lanzan planes los promotores lo estudian todo al pormenor; quien va a embarcarse en ese proyecto estudiará con todo detalle lo propuesto, viendo posibilidades, viendo capacidades porque no vamos a emprender la tarea de edificar una torre si no tenemos medios para terminarla, para no ser el hazmerreír de la gente. Aunque también los hay osados que se lanzan ciegos porque aquel proyecto le atrajo, porque en él vio la realización de sus sueños, porque aburrido de lo de siempre quería lanzarse a algo nuevo y distinto. Dicen que quien no se arriesga nunca consigue nada.

Es la travesía de la vida en la que todos andamos embarcados; cada uno irá a altura diferente según su capacidad, sus posibilidades o su saber hacer. Quisiéramos que la travesía fuera cómoda y placentera; además nos estamos mal acostumbrando en la vida y algunas veces hasta exigiendo que todo nos lo den hecho y resuelto y que nosotros no tengamos que sacrificarnos tanto. No queremos contratiempos, cosas que nos vengan en contra, pero hay ocasiones en que parece que todo se nos va de las manos, se nos va al traste, que se derrumban nuestros planes y proyectos y no sabemos a quien culpar o cómo rehacernos para salir de esa situación. Nos vemos abrumados y nos parece que estamos hundidos para siempre.

En estos momentos en nuestra sociedad estamos pasando por uno de esos trances en que nos parecía que habíamos conseguido grandes metas pero un simple virus nos ha dado la vuelta a la vida, nos ha trastocado todo y el mundo parece que se nos derrumba. No terminamos de saber cómo reaccionar, no terminamos de darnos cuenta de cuáles son las cosas verdaderamente importantes y esenciales que son las que tendrían que darle un valor más permanente a la vida.

Y podemos y tenemos que hablar también del ámbito de nuestra fe, de la vida de la Iglesia y nuestra pertenencia a la comunidad eclesial. En el horizonte también nos aparecen turbulencias que en determinados momentos se pueden convertir en fuertes tormentas que nos puede parecer que la barca se hace agua y nos hundimos. No todo es tan placentero y tan pacífico, y esto lo podríamos ver desde diferentes frentes; no todo son siempre noticias buenas y hay cosas que suceden que nos cuesta entender y hasta nos pueden escandalizar; hay quien por otra parte se siente desorientado porque o quiere anclarse en meras tradiciones que nos pueden llenar de rutinas o porque algunas veces queremos caminar tan deprisa que podemos perder el norte o perder de vista lo que es el verdadero fundamento.

No todos entendemos de la misma manera la evolución de la vida y lo que es el camino de la Iglesia y en consecuencia el camino de los cristianos en este mundo en el que estamos. Y nos encontraremos con reacciones enfrentadas dentro de la misma Iglesia. Nos da la impresión que la barca hace agua porque nuestras Iglesias se nos vacían y nos cuesta ver la asistencia del Espíritu Santo en este camino que hoy vive la Iglesia. ¿Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando?, llegamos a pensar.

Pero el Señor está ahí y su Espíritu está presente en medio de nosotros. No es a Jesús a quien tenemos que despertar sino que somos nosotros los que tenemos que despertar para darnos cuenta de esa presencia del Espíritu de Cristo en la Iglesia y también en medio de nuestro mundo en esta situación que vivimos. Es el Espíritu quien nos inspira, quien nos abre los ojos y el corazón, quien nos hace buscar lo que es verdaderamente fundamental, quien amplía ante nosotros horizontes para despejar todos esos nubarrones que nos parecía que nos podían poner en peligro.

En toda esa travesía de la que hemos venido hablando sabemos bien quién es el que lleva el timón y que nunca nos fallará. A El es a quien tenemos que escuchar allá en lo hondo del corazón y al que tenemos que seguir porque es el que nos puede llevar a alcanzar una vida en plenitud. Con El a nuestro lado no tememos las tormentas, nos sentimos seguros porque El es nuestra verdadera fortaleza y guía de nuestra vida. En la barca con nosotros va siempre Jesús. Y no está dormido.

sábado, 17 de abril de 2021

Imagen de nuestro tiempo en que nos vemos haciendo esta travesía en medio del mar de nuestro mundo en que algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor

 


Imagen de nuestro tiempo en que nos vemos haciendo esta travesía en medio del mar de nuestro mundo en que algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor

 Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Hermoso texto del evangelio para este tiempo pascual en que estamos, pero para este tiempo post-pascual, que podríamos decir, que es el tiempo de la Iglesia. Después del episodio de la multiplicación de los panes y de los peces allá en el descampado, cuando la gente quiere hacer rey a Jesús – una reacción de gratitud o interesada puesto que les había dado gratis de comer hasta saciarse – Jesús se retira solo a la montaña y los discípulos embarcar para ir a la otra orilla del lago.

El evangelio de Juan es escueto en detalles, solo nos dice que Jesús no iba con ellos, llevaban ya mucho tiempo en la barca y la barca no avanzaba. Era de noche, sopla un viento fuerte y Jesús no está allí. ¿Recordarían aquel otro momento en que medio de una tempestad Jesús si estaba, aunque dormido a popa, pero al final lo despertaron y amainó la tormenta? ¿Recordarían otros momentos en que Jesús estando con ellos en la barca les invitó a echar de nuevo las redes para pescar aunque la noche anterior no habían cogido nada pero luego se multiplicaban los peces hasta necesitar pedir ayuda? Iban solos en la barca o eso les parecía a ellos.

Como sucedería cuando el tiempo de la Pascua, se habían quedado solos, porque a Jesús lo habían prendido y condenado a muerte, y aunque les decían que había resucitado no siempre lo veían con ellos; desalentados también algunos querían marcharse a sus casas y el final se habían venido a Galilea y se habían ido también a pescar.

Pero, ¿no será también imagen de nuestro tiempo – que antes llamábamos post-pascual o el tiempo de la Iglesia – en que nos vemos haciendo esta travesía por el mar de la vida, en medio del mar de nuestro mundo pero algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor?

Vientos en contra no nos faltan, tempestades de todo tipo aparecen en cualquier momento, la tarea de hacer el camino de la Iglesia no siempre nos es fácil, los mismos cristianos perdemos el aliento y algunas veces parece que venimos de vuelta y ya no creemos en nada.

Es un mundo revuelto en el que vivimos, un mundo variado, un mundo en el que encontramos resistencias, pero también muchas veces es complicada y conflictiva la vida de la Iglesia porque no siempre sabemos contar la presencia del Espíritu del Señor que Jesús nos prometió y está con nosotros. Nos vemos como los discípulos en la barca, que parece que el Señor no está con nosotros en esta travesía que estamos haciendo.

El Señor entonces estaba con ellos aunque no lo vieran, o aunque lo confundieran con un fantasma cuando les salió al paso en la travesía del lago. Estaban embarcados en aquella tarea y aunque remaban y remaban y no parecía que avanzaran el Señor apareció en medio de ellos y pudieron llegar pronto al ansiado puerto.

Tenemos que correr de delante de nuestros ojos esos velos que nos ciegan y nos impiden ver y reconocer la presencia del Señor. velos que nos ciegan que muchas veces parten de nuestra propia autosuficiencia para creernos que nos lo sabemos hacer solos y no saber poner nuestra confianza en el Señor que aunque los tiempos o los momentos nos parezcan malos con nosotros está el Señor.

Seguro que si así ponemos toda nuestra confianza en el Señor ante nosotros se van a abrir nuevos caminos, nuevas posibilidades y también ¿por qué no? nuevas tareas. Hoy la primera lectura nos ha hablado de un momento en que la primitiva iglesia se vio envuelta en un problema donde era necesario encontrar una solución.  No se estaba atendiendo debidamente a los huérfanos y a las viudas porque los apóstoles no podían llegar a todo. Tomaron la decisión de elegir aquellos siete diáconos para el servicio y la atención de aquellas necesidades, mientras los apóstoles podían dedicarse con mayor intensidad a su tarea, la oración y la predicación de la Palabra.

Una pauta para nosotros. No podemos llegar al servicio total y pleno sobre todo a los necesitados si antes no nos sentimos fortalecidos en la oración y la Palabra de Dios. No es el trabajo por el trabajo, el servicio por el servicio si perdemos el contacto con el que es la fuente de nuestra vida y de nuestra entrega.

Queremos llevar a Jesús en la barca de nuestra travesía pero porque queremos contar con El, porque queremos vivir unidos a El – y para eso necesitamos de la oración – y que El ilumine nuestro corazón llenándonos de la fuerza de su Espíritu. Tenemos que cultivar más nuestra espiritualidad, o lo que es lo mismo, nuestra unión con El llenándonos de su Espíritu. Es el crecimiento de la vida de la gracia de Dios en nosotros.