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lunes, 9 de febrero de 2026

Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

 


Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

Aquellas personas que consideramos importantes en la vida tenemos el peligro de convertirlas en personajes; sí, digo bien, personajes o bien porque los vemos en la distancia, quizás su autoridad o su prestigio los ha endiosado, se han colocado o los hemos colocado en pedestales que los ponen a distancia y los alejan de los demás mortales, y al final más que el respeto y el amor va predominar el miedo de los que estamos fuera de esos pedestales, o el dominio autoritario desde la altura y la distancia.

Son cosas que suelen suceder, aunque bien desearíamos que fuera de otra manera; si son personas importantes para mi por lo que en mi pueden influir, por el ejemplo que me pueden dar o por los servicios que me puedan prestar, nos gustaría verlos cercanos, caminando a nuestro lado, queriendo trasmitirnos algo pero sobre todo escuchándonos y abriendo su corazón a lo que es nuestra vida. Cuando encontramos personas así de cercanas a pesar de su autoridad o de la función que realicen en la vida, y no por populismo y adulación que eso se nota por mucho que se trate de disimular, nos sentimos sorprendidos pero al mismo tiempo gozosos, porque sentimos que caminan a nuestro lado y así pueden sintonizar mejor con lo que nosotros somos.

Hoy el evangelio nos habla de esa cercanía de Dios. Si en los pasajes anteriores vimos la sorpresa rayana en el miedo de los discípulos en la noche bregando en el mar en su barca cuando Jesús aparece caminando sobre el agua, ahora lo vemos con los pies bien embarrados en la tierra caminando en medio de todos aquellos que con sus sufrimientos se acercaban a El queriendo tocarle al menos la orla de su manto; y Jesús se dejaba. Allá en el lago le había dicho a los discípulos ante su temor, ‘soy yo, no temáis’, ahora nos está diciendo también ‘soy yo, acercaos a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré, en mi encontraréis vuestro descanso’.

No podemos olvidar la inmensidad de la grandeza de Dios que lo llena todo con su presencia y tenemos que mostrar nuestro reconocimiento y adoración, porque solo a Dios tenemos que adorar – cuidado con los dioses que nos creamos, o cuidado que en nuestra soberbia nosotros nos endiosemos y queramos ponernos en la alturas – pero al mismo tiempo hemos de sentir la cercanía de Dios, porque el amor no lo podemos sentir nunca en la lejanía. La Encarnación es la revelación de esa cercanía de Dios que es amor, que camina con nosotros, que lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón, y cuya presencia hemos de ir sabiendo descubrir en la realidad de todas las cosas y sobre todo en la realidad de las personas que caminan a nuestro lado. Pero para eso es necesario entrar en la sintonía del amor, la única que de verdad nos va a hacer sentir a Dios.

Se dejaba tocar, como nos dice el evangelista, en aquel deseo de la gente de al menos poder tocar la orla de su manto. ¿No recordáis a aquella mujer de las hemorragias? Es el Jesús que nos tiende su mano, que ayudará a terminar de descolgar desde el techo a aquel paralítico que querían hacer llegar a sus pies, que como hemos recordado no hace mucho pondrá barro en los ojos del ciego para que vaya a lavarse a la piscina de Siloé, que se dejará lavar los pies por parte de aquella mujer pecadora que con su cabello pretendía secar las lagrimas que con antes se los había lavado, que dejará que los niños se sienten sobre sus rodillas en sus juegos para bendecidles y disfrutar mutuamente del cariño verdadero como es el cariño de un niño.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del evangelio. Es Jesús que se acerca a nosotros, a nuestra vida tal como nosotros somos, que querrá lavarnos los pies a lo que no podemos negarnos si queremos tener parte con El, como le diría a Pedro. Dejémonos, pues, tocar en lo más hondo del corazón por el amor de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. No importa lo que seamos o lo que hayamos hecho, pues El siempre tendrá una disculpa para nosotros porque no sabíamos lo que habíamos hecho. 

Ojalá nos llenáramos de esos sentimientos de Jesús y sea como en verdad  nos acercamos a los demás y a todos acogemos sin distinción.

martes, 3 de febrero de 2026

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

 


Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Salmo 85;  Marcos 5, 21-43

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe. Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Un hombre lleno de angustia, ¿cómo no lo va a estar si se le muere su niña?, que no sabe a donde acudir pero cuando oye la llegada de Jesús allá corre para pedir auxilio. Y Jesús que quiere ir al encuentro de la persona en su más cruda realidad se pone en camino a casa de Jairo; cuando vamos de camino con alguien van saliendo las inquietudes o las dudas que llevamos en nuestro interior, los interrogantes que se nos plantean, las inseguridades en que nos sentimos. Seguramente no fue un camino en silencio, aunque el evangelio nos lo relate en escuetas palabras. En algún momento surgirá el pensamiento quizás del fracaso porque ya está todo perdido. Son las pocas palabras que le escuchamos a Jesús pero con ellas diría muchas cosas. ‘¿No te he dicho que basta con que tengas fe?’

En el intervalo del camino siguen sucediendo cosas. Una muchedumbre rodea aquella pequeña comitiva y lo apretuja. Perdida en aquella muchedumbre una mujer que también ha perdido sus esperanzas con la enfermedad que le aflige. Jesús parece ser que será el único que sostenga su esperanza, aunque ve difícil llegar a Jesús porque además por su enfermedad es una persona impura y no podría mezclarse con la gente. Pero la fe, como dirá Jesús en otro momento, mueve montañas y ella logra abrirse paso hasta Jesús para tocar al menos la orla de su manto. Y sucede lo inesperado, siente la mujer que se ha curado porque cesan sus hemorragias, pero siente también Jesús que alguien le ha tocado.

‘¿Quién me ha tocado?’, se vuelve Jesús. Allá el intrépido discípulo le dirá que cómo hace esa pregunta si la gente lo apretuja por todas partes. Es distinto lo que ha sucedido, la multitud apretuja y tocamos sin sentir, pero la fe toca en lo más hondo y sentiremos como nos transformamos. Aquella gente por curiosidad quizás, porque Jesús se dirige a la casa de Jairo que tiene una hija enferma, por la novedad que se pueden encontrar si realmente Jesús la cura, se dan de empujones y empellones también al cuerpo de Jesús. Y todo se quedará ahí, pero lo que sucedido con aquella mujer es distinto. Finalmente dará el paso adelante para sentirse plenamente confortada con las palabras de Jesús. ‘Tu fe te ha salvado, sigue viviendo con fe y tendrás vida…’ así terminan los caminos que con fe hacemos hasta Jesús.

Como finalmente sucedió con Jairo y su hija. Todavía el trecho de camino que queda por hacer va a ser difícil. ‘No molestes al maestro que no hay nada que hacer’, le dicen los que vienen con noticias de la casa. Al llegar el alboroto de las plañideras aunque Jesús les repite una y otra vez que no está muerta sino dormida. Son palabras que cuesta creer. Finalmente llegan en medio de dolor de todos a la cámara donde está la niña que ha fallecido. ‘A ti te lo digo, niña, levántate’ y la niña se levantó con vida. Un camino dificultoso, pero un camino de fe que se convierte en gracia; allí está el regalo de Dios.

¿Es nuestro camino?, tenemos que preguntarnos. Ahí están también nuestras dudas y nuestras ansiedades, seguimos preguntándonos ¿a quién tenemos que acudir?, oímos hablar de que llega Jesús pero quizás nos quedamos con la curiosidad pero no terminamos de descubrir algo más; ¿nos apretujaremos en torno a El para seguirle? Pero tiene que ser algo más que vernos envueltos en una masa, muchas veces quizás participamos en esos momentos multitudinarios de nuestra piedad popular, pero, ¿hasta donde llegamos?; ¿seremos capaces de abrirnos paso para llegar hasta Jesús y tocarle con la fe de aquella mujer aquejada de su enfermedad? Necesitamos tocar a Jesús o sentirnos tocados por El como aquellos leprosos que curaba, aquellos ciegos a los que ponía un poco de barro en sus ojos, aquellos sordomudos a los que tocaba sus labios o sus oídos, como a tantos a los que tendía una mano para levantarlos de sus camillas de postración.

Es algo más que un contacto físico, es el contacto de la fe para que circule la gracia, para que llegue a nosotros su vida, es el quizás quedarnos en silencio sentados en su presencia porque las palabras que tienen que resonar son las que Jesús nos dirige a nuestro corazón. No temamos quedarnos en silencio haciendo sentir sobre nosotros el peso de nuestras dudas o de nuestras debilidades. El todo lo transformará. Es la fe que nos sana, que nos salva, que pone vida en nosotros.

lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

viernes, 5 de agosto de 2016

Que la Virgen de las Nieves extienda su manto protector de manera especial sobre sus hijos que en la Isla de la Palma padecen la catástrofe del incendio forestal que asola su tierra

Que la Virgen de las Nieves extienda su manto protector de manera especial sobre sus hijos que en la Isla de la Palma padecen la catástrofe del incendio forestal que asola su tierra

Gál. 4, 4-7; Sal. 112; Lc. 2, 1-7
Hoy es una fiesta de la Virgen que tiene una hermosa resonancia popular y un hermoso significado, aunque en su origen fuera fiesta eminentemente eclesial pues es la Dedicación de la Basílica Mayor de Santa María en el monte Esquilino de Roma. Fue, sin embargo, en su origen la primera Iglesia dedicada a María, la Madre de Dios, en el occidente cristiano.
La tradición envuelve en hermosas leyendas la construcción de este templo con el sueño del Papa que le impelía a edificar una Iglesia en Roma donde apareciera el suelo nevado en pleno mes de agosto. Es así como se enmarca el solar donde sería levantada lo que es hoy la hermosísima Basílica de Santa María la Mayor, una de las cuatro Basílicas Mayores o Papales que existen en la Urbe romana. Allí se venera el Icono de Santa María, Salus populi romani, que bien sabemos que el Papa Francisco va a venerar con frecuencia y en especial antes y después de cada uno de sus viajes apostólicos por el mundo.
Decíamos que la fiesta de la Virgen de este día tiene una fuerte resonancia popular sobre todo en la Advocación de la Virgen de las Nieves. Son muchos los lugares que veneran a María con esta Advocación que nos habla de la pureza de María y nos impulsa a seguir sus mismos caminos de santidad y de gracia. No podemos menos de recordar hoy aquí en mi tierra canaria a la Isla de La Palma que la venera como Patrona en esta Advocación de la Virgen de las Nieves, sobre todo en estos momentos angustiosos que se viven en aquella isla con el incendio forestal que va devastando sin control los montes de la isla y poniendo en peligro sus poblaciones.
Queremos pedir con todo el amor de nuestra alma que María extienda su manto protector sobre la isla y sus habitantes y como tantas veces se han visto liberados de tantos peligros ella ahora una vez extienda su protección sobre todos ellos y encuentren la forma de controlar y detener tal catástrofe que se abate sobre la isla. Grande es el amor que los palmeros sienten por su madre y patrona y son muchos los que se congregan hoy en su santuario para invocarla y celebrarla, aunque muchos también se hayan visto imposibilitados para ir a visitarla por las circunstancias que viven. Que María les conceda hacerles sentir paz en sus corazones y la alegría del control de tan devastador fuego que va calcinando sus montes y poniendo en peligro sus vidas.
En otras circunstancias me hubiera detenido en esta reflexión que diariamente os ofrezco en considerar muchas cosas que podemos y tenemos que aprender de María, porque siempre a la Madre tenemos que imitar y muchas son las cosas que de ella podemos aprender. Hoy simplemente quiero invitar a cuantos lean esta página de mi blogs a que eleven una oración especial por los habitantes de aquella bella isla en las duras circunstancias que vive en estos momentos, y por quien ha fallecido desempeñando su labor de luchar contra este incendio.
Que la amargura de las circunstancias negras o difíciles por las que pasamos en ocasiones no nos oscurezca las mentes ni endurezca los corazones, sino que en todo momento sintamos la protección de quien nos ama como Madre y siempre nos querrá llevar hasta la paz de Jesús.

lunes, 8 de febrero de 2016

Vayamos hasta Jesús toquemos la orla de su manto para que se restablezca con toda dignidad nuestra vida

Vayamos hasta Jesús toquemos la orla de su manto para que se restablezca con toda dignidad nuestra vida

1Reyes 8,1-7.9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

‘Colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos…’  Allá por donde fuera Jesús se iba encontrando con el dolor y el sufrimiento y su presencia era signo de la llegada de la liberación y de la paz. Todos ansiaban tocar a Jesús.
Queremos sanarnos; el enfermo tiene ansia de salud, porque todos deseamos la vida y tener ansias de salud es tener deseos de vida, pero de vida en plenitud, sin limitaciones, sin dolor, sin muerte. Y ya no es solo el dolor o la enfermedad física, las limitaciones que las discapacidades de nuestro cuerpo puedan producirnos.
Es algo más, porque hay otros sufrimientos, otras limitaciones, otras angustias que no solo afectan a nuestro cuerpo sino que las tenemos en lo más hondo de nosotros mismos, que nos afectan a nuestro ser, que nos restan dignidad, que nos hacen ir como perdidos sin sentido ni orientación, que nos envuelven de soledad, que nos aíslan de los demás, que nos encierran en nosotros mismos, que nos distancian de todo cuanto hay en nuestro entorno, que nos hacen perder el sentido de la vida.
Buscamos la salud, la vida, el sentido, el camino, el encuentro. Es una búsqueda continua de nuestra vida porque siempre queremos crecer, porque queremos recuperar la dignidad perdida, porque queremos tener paz en nuestro corazón, porque buscamos el amor, amando y sintiéndonos amados, porque queremos ver lo bueno que los otros nos puedan ofrecer, porque queremos compartir la pequeña o grande luz que llevamos dentro, porque ansiamos encontrar ese sentido de la vida que dé plenitud a nuestra existencia.
Vamos a Jesús como aquellos enfermos, de los que nos habla el Evangelio, como toda aquella gente que se arremolinaba en torno a Jesús y querían tocarle, aunque solo fuera la orla de su manto. Vamos a Jesús y queremos que El tienda también su mano sobre nosotros, al menos llegue su sombra sobre nuestras vida, porque sabemos que en El vamos a encontrar vida, porque su mano y su sombra nos va a llenar de luz, porque sabemos que con Jesús aprenderemos a ir al encuentro con los demás y nunca nos sentiremos solos, porque en El vamos a ver restablecida nuestra dignidad, porque con El ya para siempre vamos a tener razones para vivir, para buscar la vida, pero también sobre todo para compartirla.
Jesús tendía su mano y tocaba al leproso curándole no solo de su lepra sino restableciendo su dignidad; tomaba de la mano al paralítico para levantarlo de la camilla y caminar por si mismo con dignidad; tocaba los ojos del ciego para hacerle tener una visión nueva y una mirada nueva; tocaba la lengua y los oídos del sordomudo para que aprendiera el lenguaje nuevo del amor que le hiciera encontrarse con los demás. Vemos tantos momentos así en el Evangelio y queremos también que llegue a nosotros con su vida.
Sí, vayamos hasta Jesús porque en El siempre vamos a encontrar vida.

lunes, 9 de febrero de 2015

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
‘En la aldea o caserio donde llegaba colocaban los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto’. Querían tocar a Jesús; recordamos a la mujer de las hemorragias que se atrevió a ir por detrás y tocar la orla del manto de Jesús; pensaba que así podía ser curada; ‘tu fe te ha curado’, le dijo Jesús.
Queremos tocar con nuestras manos; es una forma de expresarnos y de comunicarnos. Lo hacemos mediante signos y gestos; en fin de cuentas el hablar para comunicarnos de alguna manera es un signo verbal con que expresamos lo que llevamos en nuestro interior y con lo que nos comunicamos con los demás; no siempre serán necesarias las palabras; a través de gestos y diversos signos nos comunicamos. Vemos el rostro de alguien y aunque no nos diga nada por su expresión podemos saber lo que siente o lo que quiere decirnos, lo que quiere expresar en ese momento.
Esos signos y esos gestos los empleamos de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida, pero también en nuestra vida religiosa, en nuestra relación con Dios. Nos ponemos de rodillas porque queremos expresar nuestra adoración, nuestro reconocimiento del Señor; levantamos las manos en alto como expresión de que queremos ofrecer algo a Dios o también como expresión de  nuestra suplica; imponemos las manos - en muchos momentos se utiliza este gesto en la liturgia - como expresión de un don que se nos da o que damos o recibimos.
En la vida de Jesús a lo largo del evangelio vemos que utiliza muchos signos y gestos imponiendo las manos a los enfermos, tocando al leproso, dejandose tocar por aquellos que se acercaban a El, bendiciendo a los niños. Hoy vemos que la gente quiere tocarlo.
Nosotros también nos acercamos a Jesús, desde lo que es nuestra vida; queremos tocarlo, queremos que El nos toque, imponga su mano sobre nosotros; que le tengamos con nosotros, que sintamos el calor de su presencia, la fuerza de su Espíritu. Ven, Señor, impon tu mano sobre nosotros que te necesitamos. Quiero, Señor, tocar la orla de tu manto.