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viernes, 27 de febrero de 2026

Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

 


Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129; Mateo 5, 20-26

El decir o proclamar los mandamientos algunas veces nos suena a solemnidad mayor, palabras solemnes y categóricas que nos definen grandes principios que se convierten en norma y ley de nuestra vida; algunas veces nos puede parecer que por esa solemnidad están por encima de todo y de nosotros mismos, de manera que nos pueden parecer lejanas de la realidad de las cosas pequeñas y ordinarias de cada día. Es cierto que tenemos que proclamarlos con cierta solemnidad porque nos decimos que es la ley del Señor, son las pautas fundamentales que Dios nos ha dado para el camino de nuestra vida pero tenemos que reconocer que están constituidos por pequeños detalles que marcan los pasos diarios que en nuestra vida hemos de ir dando.

No nos quedamos en la solemnidad, por ejemplo, de un ‘no matarás’ sino que nos está señalando esos pasos de encuentro o desencuentro que cada día vamos teniendo en el camino de nuestra vida y señalando hasta esos pequeños detalles donde vamos a manifestar el amor que tengamos o no a los que están a nuestro lado. Es lo que nos va contraponiendo hoy Jesús en este pasaje del evangelio y en todo el conjunto del sermón del monte que ha comenzado precisamente con la descripción de las bienaventuranzas.

Las palabras de Jesús entran en detalle en ese camino del día a día, no se quedan en el derramar la sangre del hermano porque le arranquemos la vida, sino en todo aquello que puede mermar nuestra buena relación con los demás. Surge así el reconsiderar las palabras, por ejemplo, con que nos dirigimos a los demás donde puede aparecer el desprecio o la discriminación, el valorar o el querer anular los valores o las cosas buenas que hagan los demás, el respeto que nos lleva a la cercanía pero también a la concordancia de los corazones, la actitud de comprensión que podamos tener con los demás para ser generosos en ese perdón que ofrecemos como mano que ayuda a levantar al caído, porque todos además podemos tener también los mismos tropiezos y querríamos tener también la comprensión y el perdón de los demás.

No nos vale una vida de apariencias si no hay autenticidad y sinceridad en nuestras vidas, siendo capaces de quitarnos esas máscaras de hipocresía con que tantas veces cubrimos nuestras incongruencias y nuestras debilidades. Camino de respeto y comprensión que nos ha de impulsar a valorar los esfuerzos que cada uno realiza en su momento por superarse y que nos impide marcar con el sambenito de los errores pasados una vida que quiere reconstituirse y rehacerse. Tropezamos muchas veces en la vida pero todos tenemos el derecho y al mismo tiempo también el deber de querer levantarnos, de rehacer nuestra vida, de comenzar a hacer nuevos caminos. Y eso que es posible en nosotros también hemos de ser capaces de contemplarlo en los demás y valorar el esfuerzo de recuperación que quieren hacer.

Por eso la reconciliación es algo que siempre tiene que estar presente en nuestra manera de actuar, es lo que tenemos que buscar cuando sabemos que hemos tropezado y alguien puede tener quejas contra nosotros, pero es también lo que estaremos dispuestos a ofrecer cuando el otro se acerca con verdad y humildad a reconocer sus errores; todos podemos levantarnos, a todos hemos de dar el derecho de que se puedan levantar.

Una cosa que no tendríamos que permitirnos en la vida es querer seguir manteniendo las distancias y abismos que un día creamos con nuestros errores sino que siempre tenemos que saber ir tendiendo puentes de acercamiento y rellenando con la generosidad de nuestro amor esos abismos que hemos ahondado entre nosotros. Si vuestra justicia no está por encima de esas sombras que tantas veces oscurecen nuestra vida, no seremos merecedores del Reino de los cielos.

viernes, 17 de octubre de 2025

Que nuestra presencia, por nuestros gestos o nuestra cercanía, sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea y nos trae la paz

 


Que nuestra presencia, por nuestros gestos o nuestra cercanía, sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea y nos trae la paz

2 Timoteo 4, 10-17b; Salmo 144; Lucas 10,1-9

El embajador no actúa por cuenta propia, actúa en nombre de quien lo ha enviado, trasmite aquello que se le ha confiado; lo mismo el apoderado, el que ha recibido un poder, o el mensajero a quien se le ha confiado un mensaje que ha de llevar y trasmitir.

Hoy nos dice Jesús ‘poneos en camino’, nos envía; nos confía una misión, ‘cuando entréis en una casa decid primero, paz a esta casa… curad a los enfermos que haya’. Y nos deja claro cuál es el objetivo, ‘decidles… el Reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Nos viene bien recordar estos puntos fundamentales del evangelio de hoy en esta fiesta del Evangelista san Lucas, que hoy estamos celebrando. Fue la misión que él también recibió y en los Hechos de los Apóstoles o en las cartas de san Pablo, lo veremos en distintos lugares cumpliendo con esa misión. Pero fundamentalmente tenemos su evangelio escrito y lo que podíamos decir que fue algo así como la crónica de la primera Iglesia en los Hechos de los Apóstoles. ‘Poneos en camino’ él también había escuchado como él mismo nos lo trasmite y en esa tarea y en ese camino también lo contemplamos.

Sigue siendo la tarea de la Iglesia hoy, nuestra tarea. No solo porque pensemos en ese amplio mundo que lo vemos en la lejanía de otros países u otros continentes, mañana domingo precisamente vamos a celebrar la jornada misionera del Domund, sino porque es la tarea que tenemos que realizar ahí donde estamos. Hay quien recibe como vocación la llamada especial de ser misioneros yendo a otros lugares, pero es lo que cada uno escuchamos en nuestro corazón para sentirnos misioneros ahí donde estamos.

Misioneros cuando compartimos y celebramos los que tenemos una misma inquietud y nos servimos mutuamente de estimulo para mantener viva esa llama de la inquietud por el anuncio y la vivencia del Evangelio. Es lo que tenemos que vivir con entusiasmo y alegría en nuestras celebraciones, donde siempre hemos de sentirnos misioneros. Pero es también lo que en el día a día, allí donde estamos y vivimos, allí donde trabajamos o donde realizamos esa convivencia social en el encuentro con vecinos, con amigos o con quienes por las circunstancias que sea nos van saliendo al paso, donde tenemos que sentir que llevamos una misión, tenemos una tarea que realizar, un anuncio que realizar.

Necesitamos esa actitud en la vida de ‘ponernos en camino’, de salir de nosotros mismos porque siempre tenemos que ir al encuentro con los demás y como nos decía el evangelio ‘curar a los enfermos que haya’. Creo que entendemos bien esta imagen porque a nuestro lado vemos tristezas y angustias, sufrimientos y enfermedades no solo del alma sino también del espíritu, gente sin esperanza y sin rumbo en la vida que andan desorientados o dejándose malear por el ambiente que nos rodea.

¿No tenemos nada que hacer ahí? ‘Curad a los enfermos que haya’, nos dice Jesús y no es que vayamos haciendo milagros de curaciones físicas, pero algo si podemos trasmitir para aliviar sufrimientos, para despertar esperanzas, para poner ilusión en la vida por algo nuevo y mejor, por ayudar a superar esas cosas que nos duelen por dentro y que tantas amarguras quizás silenciosas nos provocan, a hacer brillar de nuevo los ojos de los que van tristes por la vida. ¿No estarán necesitando de esa paz que Jesús nos invita a llevar en nuestro camino?

No son cosas extraordinarias, milagros que llamen la atención, pero seguro que quien se siente ayudado con nuestra presencia o con nuestra palabra, con nuestros gestos o nuestra cercanía, van a sentir que algo nuevo está sucediendo en su interior; serán personas que comiencen a vivir de forma nueva, que se abren a la vida y a la vez se van a convertir en trasmisoras de vida para los demás. Es hacer que reine de nuevo la paz. Muchas veces lo que necesitamos hacer es estar ahí. Por eso nos decía Jesús ‘quedaos en la misma casa’, porque es esa presencia que sana y que da vida.

Tengamos conciencia que con esas pequeñas cosas estaremos anunciando, aunque no hagamos maravillosos sermones, el Reino de Dios para los que nos rodean. Jesús ahora no nos decía que el Reino de Dios estaba por llegar, sino que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. Que nuestra presencia sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea.

lunes, 28 de julio de 2025

Aunque parezcamos insignificantes seamos sembradores de buena semilla sin ningún tipo de complejo, que algún día germinará y producirá sus frutos

 


Aunque parezcamos insignificantes seamos sembradores de buena semilla sin ningún tipo de complejo, que algún día germinará y producirá sus frutos

Éxodo 32, 15-24.30-34; Sal. 105; Mateo, 13, 31-35

Total, ¿quien soy yo entre tantos? Ni me van a tener en cuenta porque en verdad soy poquita cosa, hay quien tiene más influencia, quien tiene más capacidad que yo, quien está mejor preparado y sabrá mejor que yo cómo actuar o qué decir. En nombre de una humildad mal entendida quizás muchas veces podamos haber dicho algo semejante, nos callamos porque pensamos que nuestra opinión ni vale ni importa a nadie, nos ponemos a la sombra para que incluso ni se note nuestra presencia. ¿Está bien actuar así?

Nos justificamos de nuestros silencios, aunque en el fondo nosotros teníamos una opinión que no nos sentíamos capaces de manifestar; nos parece que son las luces grandes las que de verdad iluminan, o que son los que hacen cosas extraordinarias los que van a relucir en la vida y podrán darle a la vida y al mundo algo que merezca la pena. ¿Será así cómo tenemos que pensar?

Hoy nos está diciendo Jesús que lo pequeño sí vale, sí es importante, sí hay que tenerlo en cuenta. Una semilla habitualmente no suele tener gran tamaño en comparación con el tamaño de la planta que germina o de la cantidad de frutos que luego pueda darnos. Jesús nos ha hablado estos días del sembrador que sale a esparcir sus semillas, pequeñas e insignificantes, pero que pueden producir como nos dice en una parábola hasta el ciento por uno.

Hoy nos habla de la mostaza, pequeña e insignificante, pero que puede hacer brotar una planta que dentro de las hortalizas puede tener un considerable tamaño; como nos dice hasta los pájaros pueden venir a anidar entre sus ramas. Pero nos habla también de la levadura, un puñado apenas que sin embargo hará fermentar la masa, con todo lo que eso significa para el buen pan que podemos luego comer. A los oyentes de Jesús en aquel momento les era bien significativo lo de la levadura, pues en determinados momentos como en la pascua habían de comer el pan sin levadura, sin el buen sabor que le da la levadura, en recuerdo de cuando vivían en la pobreza de la esclavitud y ni levadura tenían.

Jesús nos está haciendo valorar lo pequeño; pero es que tenemos que decir algo más, Jesús nos está haciendo que sepamos valorarnos nosotros también, aunque nos consideremos pequeños e insignificantes. Nuestras palabras valen tanto como las de los demás, nuestros pequeños gestos de amor son importantes en medio de la sequedad de nuestro mundo que se hace insolidario y está tan lleno de cosas que tienen sabor amargo.

Es muy válida e importante esa palabra que puedes decir y que puede ser un paño que seque muchas lágrimas a tu alrededor; es muy importante ese gesto de amabilidad que vas a tener con aquel con quien te cruzas por la calle, esos buenos días con buen semblante con que saludas al barrendero, porque le puedes hacerle sentirse valorado y respetado como el que más. Jesús nos dirá que no se quedará sin recompensa un vaso de agua dado en su nombre. Cuánta sed puede calmar en corazones atormentados y llenos de amargura ese gesto sencillo de detenerse junto a alguien para preguntarle simplemente cómo está.

Jesús nos está diciendo cómo tenemos que ser esa levadura en medio de la masa; cuanto podemos hacer con nuestra cercanía y nuestra preocupación por los demás; qué riqueza estamos trasmitiendo y compartiendo con los demás cuando somos capaces de decir una palabra que sea estimulo reiniciar un camino; cuánta paz podemos transmitir con una palabra llena de serenidad en medio de la violencia que nos aturde o incluso somos capaces de dar un abrazo de perdón.

Seamos sembradores de semillas de bondad, seamos generosos en repartir alegría y poner esperanza en los corazones, seamos capaces de trasmitir sin complejo los mejores pensamientos que surgen dentro de nosotros. Estaremos en verdad sembrando el Reino de Dios, algún día esa semilla germinará y producirá su fruto.

jueves, 24 de julio de 2025

Necesitamos entrar en una sintonía nueva para escuchar todo lo que Jesús se hace Palabra de Dios para nosotros desde sus gestos y sus signos

 


Necesitamos entrar en una sintonía nueva para escuchar todo lo que Jesús se hace Palabra de Dios para nosotros desde sus gestos y sus signos

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17

Es muy variada y rica en sus diversas expresiones la cantidad de lenguajes que utilizamos en la vida para entrar en comunicación y hasta en comunión los unos con los otros; y no me estoy refiriendo a la diversos idiomas con todas sus variantes que utilizamos los diferentes pueblos del mundo; estoy hablando de un lenguaje que muchas veces va más allá de las palabras pues nos manifestamos por signos y por gestos, nos expresamos con nuestra presencia corporal, pero también hemos de saber descifrar el lenguaje de los acontecimientos que también nos hablan y hasta en cierto modo pueden ser portavoces de otra voz superior, que nos llega de la naturaleza pero más aún nos trasciende y sentimos que nos viene también de Dios.

Claro que es necesario saber entrar en sintonía, captar la onda, escuchar con el corazón, leer más allá de unos sonidos o de unos signos, saber captar esa voz misteriosa que nos llega pero para lo que hemos de tener el corazón preparado. Obtusos muchas veces nos quedamos en la materialidad de lo que vemos o de lo que nos llega por los sentidos, pero tiene que haber otra afinación, para lo que ciertamente hemos de hacer también un aprendizaje, para saber interpretar, para no quedarnos por las ramas, para no sostenernos en la literalidad de unas palabras o unos hechos que para nosotros han de ser signos de algo más, de algo nuevo para nuestra vidas.

Ahí está el camino de sabiduría que tenemos que emprender, aprendiendo a saborear que es algo más que tragar. Y muchas veces nos tragamos las cosas pero no saboreamos la vida, no entramos en ese camino de nueva sabiduría. Cuando lo encontremos nos sentiremos dichosos porque es entrar en un camino de plenitud para nuestra vida.

Hoy escuchamos en el evangelio que los discípulos más cercanos a Jesús le preguntan por qué cuando le habla a la gente lo hace con parábolas. Jesús en sí mismo, podríamos decir, es la Parábola viva de Dios, porque es a través de quien Dios nos habla; así se manifestado Jesús con la gente a la que enseña, pero a la que está hablando también a través de los signos que realiza; a los milagros los evangelistas los llaman signos, porque hay que ir más allá del milagro en sí mismo que ya también es voz de Dios en lo que Jesús quiere significar para nosotros con lo que realiza; pero es la cercanía de Jesús, son sus gestos y sus detalles, es el detenerse junto al camino, o dejarse acariciar por los niños, es la mano que pone sobre el enfermo o el que se siente caído, o es el gesto de dejar que abran un boquete en el techo para que quien está impedido por otras cosas pueda llegar hasta Él y en encontrar salud y encontrar salvación.

Las palabras algunas veces nos son difícil de interpretar, porque cada uno podemos darle un sentido a lo que oímos según lo que tengamos en el corazón por eso Jesús se hace entender con un lenguaje sencillo como un buen pedagogo pero también irá directamente al corazón de quien le escucha señalándole incluso con crudeza lo que es su vida, como a la mujer que se acercó a buscar agua al pozo de Jacob en Samaría. Habla Jesús del agua y aquella mujer en principio querrá de esa agua que calma la sed para no tener que ir cada día a aquel pozo a buscarla, pero Jesús está queriendo ofrecer esa agua cuando con la fe le aceptamos y abrimos no solo los oídos sino sobre todo el corazón.

Son los lenguajes de Jesús que así en sus palabras pero sobre todo en su vida es Palabra de Dios para nosotros. Pero hemos de querer escucharle, quitarnos las vendas de los ojos o alejar de nosotros los prejuicios o las ideas preconcebidas; por eso nos hablará igual del samaritano que es de otra zona y de quien se tiene unos conceptos preconcebidos, como se mezclará con los pecadores y con los publicanos que todos desprecian, escogiendo a alguno de ellos, Leví, para formar parte incluso del grupo de los doce; se dejará lavar los pies por la mujer pecadora aunque todos la rechacen igual que por el corazón agradecido de María de Betania que previamente se había sentado a los pies de Jesús para escucharle.

¿Seremos capaces de entrar en esa sintonía nueva que Jesús nos ofrece con su Palabra para escucharle?


lunes, 7 de julio de 2025

Gestos y signos de vida y de salvación hemos de saber tener con los que nos rodean para hacer más presente el Reino de Dios en el mundo que nos rodea

 



Gestos y signos de vida y de salvación hemos de saber tener con los que nos rodean para hacer más presente el Reino de Dios en el mundo que nos rodea

Génesis 28, 10-22ª; Salmo 90; Mateo 9,18-26

La vida toda está rodeada de gestos, para comunicarnos, para relacionarnos, para expresar lo que queremos o lo que sentimos, para significar todo lo que es la vida en si misma; los podemos llamar gestos, como lo llamamos también signos; son señales que dicen en si mismas, y que de alguna manera tienen un lenguaje universal; no son necesarias traducciones porque muchas veces dicen algo más y más hondo que lo que expresamos con palabras, siendo también éstas gestos y signo de lo que pensamos o de lo que llevamos dentro.

Nos damos la mano para saludarnos en nuestros encuentros o en nuestras despedidas, es expresión de amistad y también de acuerdo de paz; ponemos la mano en el hombro de alguien y queremos expresar nuestro apoyo y la fortaleza que el otro recibe con nuestro gesto; damos un abrazo como expresión de cercanía más honda, porque de alguna manera es hacer vibrar el corazón al unísono; nos atrevemos a tocar al otro porque queremos llamar su atención o para decirle que cuente con nosotros que estamos ahí; nos cogemos del brazo de la otra persona porque queremos caminar juntos pero que significa mucho más porque en ese camino vendrán los desahogos y las confidencias;  nos sentamos al lado del otro y hacemos silencio porque simplemente queremos escuchar lo que el otro tenga que decirnos; miramos a los ojos porque le estamos diciendo que queremos llegar más hondo, o porque ofrecemos la sinceridad de nuestro corazón que ofrece confianza; muchos son los gestos con los que nos expresamos y todos son siempre bien significativos aunque algunas veces casi los hagamos sin darnos cuenta, pero siempre queriendo decir algo.

El evangelio está lleno de gestos, en Jesús que nos manifiestan muchas cosas por algo incluso a sus milagros los llamamos signos, pero no son solo esas cosas extraordinarias los gestos que hemos de contemplar en Jesús, pero gestos también en quienes se acercan a El con una petición o con un deseo, expresando también un sentimiento o queriendo ser señales también de una búsqueda que llevamos en nuestro interior y que no siempre sabemos expresar con palabras.

El texto que hoy se nos ofrece muchas veces lo hemos meditado y reflexionado; un hombre importante – algún evangelista lo llama jefe de la sinagoga – que se acerca a Jesús porque su hija está en la ultimas; una mujer con una triste enfermedad por todas las connotaciones incluso sociales que tenía y que también se acerca a Jesús buscando su curación. Ya sabemos bien cómo se desarrolló todo el episodio.

Una petición de un hombre que sufre y que se postra ante Jesús; Jesús que escucha y que se pone en camino, una mujer que se atreve a tocar la orla del manto de Jesús, un silencio penetrante que hace despertar los espíritus, una palabra de aliento para quien tanto ha confiado y que ahora se siente curada, una palabra invitando a la confianza para quien le parece que todo ya está perdido, una mano que se tiende y que levanta a la niña de su enfermedad y sueño de muerte.

¿Queremos más gestos cuando tantos se nos han ofrecido en esta corta página del evangelio? Pocas son las palabras que escuchamos a Jesús, salvo para invitar a la fe y a la confianza por una parte o para resaltar la fe de aquella mujer que se atrevió a tender la mano hasta el manto de Jesús con la confianza total de que sería curada. ‘Animo, hija, tu fe te ha curado…’ que le dice a la mujer de las hemorragias, ‘Basta que tengas fe’ que le repite Jesús a Jairo. No son necesarias cosas especiales o extraordinarias, una mano que se acerca a Jesús y una mano que acerca a Jesús. Pero en medio la fe.

¿Dónde está nuestra fe? ¿Cuáles son los gestos con los que nosotros queremos trasmitir vida, como lo hizo Jesús en aquella ocasión? ¿No tendremos que comenzar a decir menos palabras y a tener más gestos con los que manifestemos de verdad la presencia del Reino de Dios entre nosotros? La mujer se curó y la niña se levantó… ¿qué señales de curación, de salud, de vida estamos dando o estamos viendo en lo que vamos haciendo cada día?

miércoles, 26 de marzo de 2025

La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

 


La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

La sabiduría que es hacernos caminar con sentido en la vida no se impone sino que se contagia desde lo que se vive. No es de sabio la imposición por muy bonitas y hermosas que sean las ideas, sino el saber trasmitirlas desde la vida, contagiarlas con convencimiento desde la forma en que lo vive el que quiere trasmitirlo. No son sabias las leyes que pretenden imposición, porque restan la libertad de las personas, sino las que se convierten en pautas que nos ayudan a caminar dándole un sentido y un valor nuevo a nuestros pasos ayudándonos a ser mejores y ser todos más felices.

Hoy se nos dice en el libro del Deuteronomio que donde hay un pueblo más sabio que tenga unas normas o cauces de conducta mejores que las que presente el pueblo de Dios. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación’ nos dice. ‘Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos’.

Alguien pueda sentirse incómodo con tales palabras cuando pretendemos hacer juicio desde lo que hoy vivimos y no nos situamos en el momento y lugar concreto de la historia del pueblo de Israel en el momento en que recibió la llamada ley mosaica. No podemos nunca juzgar la historia desde la situación en la que hoy vivimos, sino que tenemos que comprender el modo de vivir que se tenía en aquel momento histórico. Algún comentario he escuchado o leído donde poco menos que se quiere echar abajo todo lo que era la ley de Moisés, olvidando la situación de desierto en que vivían, los pasos que iban dando en búsqueda de su libertad y de su identidad y las circunstancias también de los pueblos que les rodeaban y donde iban abriéndose paso.

Algunas veces nos sentimos con tantos aires revolucionarios que parece que pretendemos destruir todo lo anterior sin darnos cuenta de que en ese camino andado están los cimientos del camino que hoy estamos haciendo. Por eso, incluso dentro de esa radicalidad que significaba la presencia de Jesús y el anuncio del Reino nuevo de Dios, Jesús nos dice que no viene a anular sino que viene a dar plenitud. Y dar plenitud es encontrar sentido pero es darle también ese sabor nuevo que tiene el sentido del Reino de Dios que Jesús anuncia. No son simples reformas o parches lo que Jesús quiere ponernos, porque nos dirá que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo del Reino de Dios; por eso también nos hablará de los odres nuevos para el vino nuevo, pero esos odres tienen que partir de nuestro corazón; será un corazón nuevo, un corazón impregnado y rebosante de amor el que nos va a poner nuevo cauce a nuestra vida.

Por eso nos habla Jesús hoy también de la importancia de esas pequeñas cosas que nos pueden parecer insignificantes que no podemos dejar de lado porque son las que van a ir dando color a cada momento de nuestra vida. Decimos, por ejemplo, que todo lo centramos en el amor, que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ahí nos centra Jesús toda la ley y los profetas, como nos dirá en alguna ocasión.

Pero no nos podemos quedar en palabras rimbombantes, tenemos que llegar a esos pequeños gestos y detalles de amor que vamos teniendo los unos con los otros en el momento concreto; no es decir solamente que ni matamos ni robamos, si no nos respetamos como personas, si no somos detallistas para hacer que el otro se sienta bien, si no tratamos bien las cosas del otro, si no cuidamos hacer agradable la vida de los que nos rodean, si no vamos con sinceridad y corazón abierto al encuentro con los demás, si no nos aceptamos en esas cosas pequeñas de cada día y somos capaces de comprendernos y perdonarnos.

La plenitud de la que Jesús nos habla no son las cosas extraordinarias que podamos hacer, sino lo extraordinariamente bien que hagamos esas cosas pequeñas de cada día. Eso sí que es verdadera sabiduría.

viernes, 31 de enero de 2025

Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

 


Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

Hebreos 10,32-39; Salmo 36; Marcos 4,26-34

Algo importante por lo que al menos tendríamos que comenzar es por sembrar la semilla; no podemos pretender recoger frutos si antes no hemos sembrado y cultivado. Es nuestra tarea y nuestra función en la vida; es cierto que nos sentimos tentados a la pasividad y que todo nos lo den hecho, algunas veces es la sensación que damos con algunas maneras de plantear la vida y plantear la sociedad; no sé si de alguna manera estaremos provocando una cierta pasividad cuando no somos capaces de poner nuestro esfuerzo personal sin que antes medien no sé cuantas oportunidades que hasta exigimos en formas de ayudas para poder emprender algo o desarrollar propias iniciativas. ¿Qué sociedad nos estaremos creando cuando no promovemos que surjan y se desarrollen esas iniciativas personales desde ese esfuerzo que cada uno hemos de poner? Por eso al final pretendemos que todo nos lo den hecho. Pudiera parece que me he alejado de lo que es el mensaje del día, pero también sobre todas estas cosas hemos de reflexionar, no estoy tan lejos.

Seamos capaces de sembrar semillas, aunque algunas veces podamos ser conscientes de que no todos los terrenos son igualmente propicios. Semilla sembrada siempre tiene la posibilidad de que de alguna manera algún día brote una flor, lo cual será señal de que luego podamos recoger un fruto. La semilla guardada en el granero no va a producir fruto; quizás haya semillas en nuestra vida que dejamos pudrir en el granero porque no las sacamos y sembramos en tierra dándole la posibilidad de dar un fruto. ¿Tendremos valores guardados y enterrados en nosotros mismos que no sacamos a flote y desarrollamos por los miedos que nos coartan y nos impiden actuar?

Jesús en el evangelio repetidamente nos compara el reino de Dios con una semilla; diversas parábolas nos hablan de ello. Y hoy nos habla de esa semilla sembrada en silencio y que aparentemente en silencio queda bajo tierra, y como nos dice Jesús sin que el agricultor sepa cómo un día aquella semilla germinó y llegar a producir fruto.

Esa semilla que vamos sembrando con nuestro testimonio, esa semilla sembrada con una palabra amable o un gesto generoso, esa semilla de la rectitud con que andamos por la vida y ese compromiso que tenemos con todo lo bueno, esa semilla que será nuestra presencia que parece que no dice nada pero que está manifestando la integridad de una fe, esa semilla del día a día que vivimos con responsabilidad y con sentido trascendente.

Serán semillas silenciosas quizás pero que dejan huella, que hacen que nos hagamos preguntas, que impulsan a mirar las cosas de manera distinta, que elevan la altura de miras de los demás para comprender que puede haber otras metas, que hay otros ideales, que hay una luz que ilumina caminos en las peores tormentas que nos podamos encontrar. Es lo que tenemos que ser los cristianos en medio del mundo. Como nos dirá Jesús en otros momentos y con otras imágenes, como la silenciosa levadura que desde dentro hace fermentar la masa. Así tenemos que ser, así tiene que ser nuestro testimonio, así tenemos que ser evangelio para los demás.

No buscaremos apoyos humanos, pero sí sabemos que con nosotros está el que dará fuerza y vigor para que la semilla pueda germinar. No nos sentiremos solos porque es el Espíritu del Señor el que está haciendo surgir todo eso bueno dentro de nosotros, está inspirando esos gestos y esas iniciativas, estará dándonos fuerzas cuando nos parezca que todo es adverso, pero tenemos la certeza de que podemos seguir, podemos dar ese testimonio, tenemos la esperanza de que la semilla un día germinará y dará fruto. Es la paciente espera del sembrador y del agricultor con la que nosotros esperamos que un día podamos ver un mundo nuevo, un mundo mejor. Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

 


Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Salmo 1; Lucas 18, 35-43

Al borde del camino, sin saber que hacer o sin tener nada que hacer, ensimismados quizás en nuestras cosas, en nuestras rutinas de cada día, abrumados por los problemas que caen encima como una loza que paraliza y encierra, perdida quizás la ilusión y la esperanza, llenos de miedos para emprender otros caminos, con deseos de hacerlo pero con cobardías que ciegan, sintiéndose quizás ignorados y no tenidos en cuenta marcados por una cierta marginación… son tantos los que podemos encontrar en nuestros caminos, pero que tampoco vemos porque quizás hemos perdido la sensibilidad o porque pensamos que si se hacen notar nos molestan porque pueden despertar inquietudes con las que no queremos cargar.

¿Quiénes son los ciegos? ¿Los que están tirados al borde del camino o los que vamos por el camino pero que miramos para otro lado? Mejor no enterarnos, mejor seguir con nuestras prevenciones y prejuicios, mejor hacernos los desconocidos cuando nos tropezamos con ellos en cualquier esquina o se suben al transporte con nosotros. Su manera de ser, su forma de actuar, sus gestos o sus palabras, las sonrisas que surgen en sus conversaciones entre ellos, sus miradas nos molestan y tratamos de evitarlos, hacernos los sordos o mirar para otro lado.  Y vamos a Misa.

¿Será posible que nos quedemos tan tranquilos sin implicarnos cuando escuchamos un evangelio como el que hoy se nos propone? Jesús iba de camino para Jerusalén; atravesaba Jericó, casi al final de la bajada del valle del Jordán antes de emprender la subida a Jerusalén; mucha gente lo acompañaba, por allí lo rodea el grupo de los discípulos que fieles van siempre con él, pero también mucha gente que hacía del camino de subida a Jerusalén, pues se acercaba la Pascua. Parece que lo importante es hacer el recorrido y de camino ir escuchando las enseñanzas de Jesús que siempre tiene una palabra que enriquece la vida; por el barullo de la gente y que no siempre podían mantenerse en la misma cercanía, en ocasiones se hacía costoso escucharle. No iban pendientes de nada más.

Pero al borde del camino hay un ciego pidiendo limosna. Era casi habitual encontrarlos, además siendo un lugar de paso de muchos peregrinos en su subida a Jerusalén. En la pobreza acrecentada con la ceguera era la ocasión de recoger alguna limosna que aliviara sus necesidades.

Al oír el barullo de gentes en el camino el ciego pregunta y le dicen que pasa Jesús, el Nazareno. No fue necesario  nada más para que su pusiera a gritar pidiendo a Jesús que tuviera compasión de él. Qué molesto, no podían escuchar las palabras de Jesús; quieren hacerlo callar, lo regañaban pero él gritaba más fuerte. Cuando Jesús se entera de lo que sucede lo manda llamar.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ el ciego soltándolo todo de un salto se había puesto a los pies de Jesús. ¿Qué es lo que puede pedir? ¿Qué es lo que hubiéramos pedido si  nos encontráramos en su misma situación? ¿Se nos habrá ocurrido pensarlo? Nosotros que llevamos la lista (de la compra) elaborada de nuestras peticiones cuando vamos a rezar… ¿Habría que hacer una revisión de esas listas que llevamos en nuestra mente?

Hemos comenzado hoy nuestra reflexión haciéndonos unas consideraciones sobre lo de estar al borde del camino. Traigamos acá ahora aquellos pensamientos, pero seguramente en aquellos en los que íbamos pensando cuando nos hacíamos aquella descripción y pensemos que es lo que realmente quieren.

¿Nos habremos detenido a pensar alguna vez cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y que algunas veces evitamos qué es lo que quieren que hagan por ellas? Quizás solo esperen de nosotros una mirada – esa mirada que tantas veces desviamos -, que los tengamos en consideración, que los saludemos igual que saludamos a los conocidos o a los amigos, el no sentirse ignorados, el que los dejemos actuar con libertad y confianza tal como son dejando a un lado nuestras prevenciones, nuestros prejuicios y nuestras desconfianzas. Volvamos a leer los primeros renglones de nuestra reflexión de hoy y pongamos por medio esa pregunta de Jesús ‘¿Qué es lo que quieres que haga por ti?’

Pero no nos quedemos con los brazos cruzados, sino comencemos a hacer lo que desean de nosotros. Unas nuevas actitudes, unas nuevas posturas, unos nuevos gestos tendrán que ir acompañando nuestra vida a partir de que Jesús hoy a nosotros también quiere hacernos ver, quiere romper nuestras cegueras, quiere devolvernos también la visión. Da pasos como aquellos que iban con Jesús y al final ayudaron a ciego a ir también hasta Jesús.

viernes, 12 de abril de 2024

Ofrezcamos con generosidad nuestro pobre pan de cebada y nuestra disponibilidad hará presente el Reino de Dios en el mundo

 


Ofrezcamos con generosidad nuestro pobre pan de cebada y nuestra disponibilidad hará presente el Reino de Dios en el mundo

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Salmo 26; Juan 6, 1-15

Cuantas veces lo hemos pensado, total, qué puedo hacer yo si soy solo, qué puedo hacer yo que soy poca cosa ante la magnitud de lo que se presenta, de lo que hay que hacer; nos lo decimos, rehuyendo compromisos, cuando hablamos de cómo andan las cosas, de cómo está nuestro mundo, de tanto que habría que hacer para que las cosas mejoren, y todos tenemos ideas porque nuestras tertulias están llenas de proposiciones; pero nos echamos atrás, porque decimos que la tarea nos supera, qué es uno en medio de tantos y cosas por el estilo. Y nos olvidamos que el grano de arena, por pequeño que sea, hace montón, que la gota de agua no es todo el océano, pero el océano no sería tal si no se juntaran todas esas gotas de agua.

Tenemos que pensarlo de cara a nuestros compromisos con la sociedad en la que vivimos; cuando se inicia una acción comunitaria que va a ayudar a mejor la vida de todos, siempre nos quedamos atrás, rehuimos el compromiso, pensamos que son otros los que tienen que realizarlo, y nos quedamos con los brazos cruzados como espectadores. Ya nos dirá Jesús que quien no es fiel en lo pequeño no sabrá ser fiel en lo grande o en lo importante. Seremos poca cosa, pero es nuestro grano de arena que ayudará a hacer montón. 

Hoy el evangelio es claro en este sentido. Una multitud grande seguía a Jesús. Llevaban varios días siguiéndolo por aquellos caminos y aldeas, ahora están lejos y Jesús se da cuenta de cual es la situación. Aquella muchedumbre está hambrienta, y en este caso es también hambre de pan, porque llevan varios días con Jesús y las provisiones se han agotado. ¿Dónde compraremos panes para que coma toda esta gente? Es la pregunta que surge

No hay solución, están en descampado y allí no hay donde buscar pan, además se necesitaría una cantidad grande de dinero para comprar pan para toda esta gente. ‘Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo’. Pero no hay donde comprarlo.

Y aparece uno de los apóstoles con la noticia de que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero ¿qué es esto para tantos?’ Pero el muchacho ha hecho desde su pobreza su aportación. Nada se reserva para él a pesar de su pobreza. El pan de cebada es el que comían los pobres que no tenían posibilidades de comprar trigo para hacer la harina. Aquí está este pequeño, pobre, con sus cinco panes y dos peces, y aunque parezca que eso no es nada para tantos, Jesús les dice que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio – los detalles del evangelio que se fija también en los pequeños detalles – y el resto queda de manos de Jesús. ‘Solo los hombres eran unos cinco mil’, nos detalla también el evangelista. Lo de menos son los números porque lo importante es la acción de Jesús precedida por la generosidad de aquel muchacho.

El gesto es sencillo. ‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’.  Y comieron todos hasta hartarse; y las sobras se recogieron, ‘llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido’. Y ya sabemos la reacción de la gente que quiere hacerle rey, porque están reconociendo que Jesús es el esperado que tenía que venir, pero no ha llegado su hora y Jesús se retira a la montaña, él solo, mientras a los apóstoles los envía en barca a la otra orilla.

Quedémonos con el gesto. El que parece que es el más pequeño y más pobre es quien es capaz de ofrecerlo todo. Y se pudo realizar la maravilla que luego tantas cosas, como signo, nos ha sugerido. Pero hoy quiero quedarme en el signo del desprendimiento y de la generosidad, en el signo de lo pequeño con lo que podemos realizar cosas grandes. ¿No decía María que el Poderoso había hecho obras grandes en ella que solo era la humilde esclava del Señor?

¿Aprenderemos los caminos de la generosidad y del desprendimiento aun desde lo pequeño e incluso lo que nos pueda parecer que no vale nada? Tu vida, mi vida, es ese pequeño grano de arena, es ese pequeño y pobre pan de cebada, pero con el que construimos el Reino de Dios. Cuánto se ha quedado sin hacer porque nos considerábamos pequeños y no dimos el paso adelante. Unos pobres pescadores de Galilea se pusieron en camino por el mundo y el evangelio ha llegado o está llegando a todos los rincones.

¿Qué gesto de desprendimiento has de realizar para que el Reino de Dios se haga más presente en el hoy de nuestro mundo?

viernes, 26 de enero de 2024

Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

 


Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4,26-34

Quiero comenzar diciendo algo que podría parecer una perogrullada - una ocurrencia que se sale de tiesto – pero tengo que reconocer que yo creo en la semilla. Sí, la semilla tiene su valor y su significado. Y hoy nos habla Jesús en el evangelio de la semilla, una parábola muy sencilla que solo nos dice que la semilla es echada en tierra, germina y hará nacer una planta que crecerá y un día da fruto; y no nos habla del agricultor que cuida ese campo, no nos habla de lo que hemos de preparar la tierra, sino simplemente de la semilla echada en tierra y que germina. Podíamos decir que no sabemos cómo ni por qué, pero en si misma tiene su virtud, su ser, su esencia, podríamos decir.

¿No hemos visto nacer una planta en los lugares más insospechados? ¿Un árbol frutal que nació allá entre las rocas donde quizás podría parecer imposible que llegara una semilla? ¿Por qué allí y no en otro sitio? Allí llegó la semilla y germinó dándonos una nueva planta. Observaba yo esta misma mañana en mis paseos por los alrededores una pared de piedra que allí se había levantado para salvar un desnivel y a considerable altura se veían surgir plantas silvestres entre las piedras de aquella pared. Allí estaban dando vida y color a la estética de aquella pared.

Y Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esa semilla echada en tierra, que germinará y por su misma esa nueva planta puede regalarnos su fruto. Una referencia, es cierto, a la semilla de la Palabra de Dios, como se nos dará referencia y explicación en otras parábolas que nos ofrece Jesús; una referencia a ese Reino de Dios – con él se compara – que germinará en medio de nuestro mundo cuando nos preocupamos de sembrar esa semilla. Esa semilla que son esos valores que nosotros vamos viviendo y ahí en medio de nuestro mundo lo irán contagiando; esa semilla que partirá de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestros compromisos, de nuestras buenas palabras con los que queremos enseñar y educar, con los que queremos transmitir lo mejor de nosotros mismos que llevamos en el corazón y queremos vivir.

Somos, tenemos que ser sembradores de semillas en la vida, en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos. Es importante nuestro testimonio, es importante nuestra palabra, son importantes nuestros gestos. Sembremos aunque nos parezca que lo que hacemos es pequeño e insignificante. Hoy nos ha propuesto Jesús otra parábola habla de la semilla insignificante de la mostaza, pero que nos puede dar una hermosa planta, que como nos dice Jesús en la parábola, hasta los pajarillos pueden anidar entre sus ramas.

      Sin dejarme llevar por orgullos ni vanagloria sí quiero decir que, como bien sabéis los que me leen por Internet, estas pequeñas reflexiones nacidas del evangelio de cada día yo las he querido llamar precisamente así, ‘la semilla de cada día’. Ahí dejo en ese amplio campo de Internet y de las redes sociales esa semilla que quiero plantar cada día, como otras pequeñas reflexiones que cada día ofrezco a mis amigos con el buenos días a las que por su brevedad llamo ‘semillitas’. Es la responsabilidad de sembrar algo bueno y la esperanza de que en alguien germine en cosas buenas para él y para nuestro mundo.

domingo, 16 de julio de 2023

Una buena semilla que Dios planta de mil maneras en nuestro corazón, que hemos de saber asimilar al tiempo que ser sembradores también para los demás

 


Una buena semilla que Dios planta de mil maneras en nuestro corazón, que hemos de saber asimilar al tiempo que ser sembradores también para los demás

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Una palabra puede tener muchas y diferentes resonancias según quien la escuche, porque podemos darle diferentes significados, o porque la miramos y escuchamos desde diferentes ecos que llevemos en el corazón; podemos ir precavidos de entrada ante quien nos pronuncia esa palabra y esa malicia que llevamos en el corazón nos haga tergiversar esa palabra que se nos dice; experiencia tenemos de cuantos conflictos se han producido en nuestras relaciones humanas, por esa malicia que llevábamos como prejuicio y esa interpretación que le dimos a algo que era bueno en sí. La palabra era buena en si misma, pero nosotros la maleamos y no será ya para nosotros palabra de sabiduría que nos enriquezca.

Decimos las palabras, decimos los gestos, decimos cualquier cosa que hagamos que siendo algo bueno sin embargo no encuentra la misma reacción por quienes nos rodean, nos escuchan, o caminan con nosotros en la vida. Es también la valoración que nosotros hacemos tantas veces de lo que nos dicen o hacen junto a nosotros los que nos rodean.

Hoy el evangelio nos está hablando de momentos de placidez, de sentirnos a gusto disfrutando de cuanto nos rodea. La escena que nos presenta el evangelio realmente es bucólica; la orilla del lago, la gente que va y viene, los pescadores que a la vuelta de sus faenas reparan redes, mantienen en orden las artes de pesca y Jesús allí en medio sentado entre la gente hablando y comentando, como suele suceder, los acontecimientos del día.

Pero la palabra de Jesús no será nunca una palabra superficial que se lleva el viento, la palabra de Jesús tiene la sabiduría de hacernos pensar, de hacernos reflexionar, de hacer que nos miremos por dentro, pero también de despertar muchas cosas buenas en nuestros corazones. Una palabra dicha con sencillez, como quien va desgranando los granos de una espiga, que no simplemente alimentan a los pajarillos que revolotean a nuestro lado si cae en el suelo, sino que van siendo alimento para nuestra vida, despertando nuevas ilusiones de cosas grandes, sembrando inquietud en nuestras vidas, abriéndonos horizontes y caminos que nos hacen avanzar hacia una nueva plenitud.

Y nos está hablando de esa riqueza de vida que encierra la semilla; cuántas nuevas plantas que produzcan nuevos frutos pueden surgir, qué hermoso alimento y energía para la vida cuando comemos ese fruto. En misma tiene su valor ¿sabremos apreciar cuanto nos ofrece? ‘La semilla cayó a tierra y dio fruto’, repetimos en el salmo recordando el meollo del mensaje.

Hoy nos hablado Jesús de una semilla que sale el sembrador a sembrar. La parábola, es cierto, nos describe los diferentes terrenos en que puede caer y del fruto o no fruto que pudiera producir. Muchas veces en nuestra reflexión hemos hecho mucho hincapié en esa diferencia de terrenos que nosotros podemos ser; y tenemos que hacerlo también. Pero me atrevo a decir que el protagonista de la parábola es la semilla y la riqueza de esa semilla que el sembrador ha salido a sembrar. No era una semilla estéril, no era una semilla dañada, como en otros momentos Jesús nos dirá en otras parábolas, era una semilla buena.

Valoremos, pues, esa buena semilla. Es cierto que es una clara referencia a la Palabra de Dios que se siembra o se ha de sembrar en los campos de nuestro mundo. Una semilla que está ahí y a su tiempo producirá su fruto. Una buena semilla que también podemos encontrar en cuanto de bueno vamos encontrando en la vida, que podemos encontrar en esa palabra enriquecedora que podemos recibir, que podemos escuchar a los que están a nuestro lado, y tanto nos puede ayudar.

Una buena semilla en tantos gestos de humanidad que podemos encontrar en los que nos rodean, una buena semilla en ese buen testimonio y ejemplo que recibimos de alguien que pasa a nuestro lado, una buena semilla que podemos encontrar en la generosidad de tantos corazones que hacen el bien, que tienen una mano para ayudar al que va tambaleante por los caminos de la vida, en una sonrisa que llena de un nuevo azul el cielo que nos rodea para desterrar sombras, una buena semilla que podemos encontrar en tantas cosas si somos capaces de abrir los ojos para ver la bondad y generosidad de muchos corazones. Una buena semilla, es cierto, que nosotros también podemos ir sembrando al borde del camino de nuestra vida.

Vamos, pues, a intentar descubrir esas buenas semillas, porque son también una forma de cómo Dios nos habla. Seamos capaces de crear en nuestros corazones aquellos momentos de placidez de los que hablábamos al principio cuando contemplábamos a Jesús junto al lago hablando con la gente. No vamos a permitir ni que nuestros oídos ni nuestra mirada se llenen de malicia que malinterpreten esa Palabra de vida que llega a nosotros. Hagamos ese silencio interior, llenemos de paz y serenidad nuestro corazón y nos vamos a encontrar con Jesús que desgranará para nosotros esos granos de semillas que alimenten nuestra vida.

jueves, 15 de junio de 2023

Tomémonos en serio el camino de la reconciliación, camino que anudará de nuevo los lazos del amor y la amistad cuando de corazón hemos sabido perdonarnos como hermanos

 


Tomémonos en serio el camino de la reconciliación, camino que anudará de nuevo los lazos del amor y la amistad cuando de corazón hemos sabido perdonarnos como hermanos

2Corintios 3, 15-4, 1. 3-6; Sal 84; Mateo 5, 20-26

Muchas veces metemos la cabeza debajo del ala, no queriendo ver los problemas, no queriendo reconocer aquello que un momento dado hicimos mal, y como nos tapamos la cabeza como el avestruz que cuando la persiguen mete la cabeza bajo el ala, y como ella no ve a quien la persigue, ya piensa que nadie la está persiguiendo, como no queremos enterarnos, nos hacemos oídos sordos a lo que nos puedan decir, nos desentendemos del problema de los demás, no le queremos dar importancia a aquello que hicimos en un momento y que pudo herir a alguien, con no encontrarnos con aquellos que nos llevamos mal o que tienen quejas contra nosotros, ya pensamos que somos buenos con todo el mundo.

Apariencias, cerrar los ojos para no ver, hacernos los insensibles como si con nosotros no fuera la cosa, queremos mantener la facha incluso de hombres virtuosos, pero los problemas persisten y se agrandan, los que están heridos le damos más motivos para que encierren en su rencor, y a la larga nos creamos una vida de falsedad y de mentira. Hasta pretendemos vestirnos de hombres sabios y buenos quedándonos en falsas apariencias, como falsedad es siempre lo que se queda en apariencia.

Hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘Si nuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’. Se presentaban comos justos y cumplidores, pero su vida estaba llena de falsedad y de engaño. A lo largo del evangelio veremos lo duro que Jesús es con ellos, por la cerrazón de su corazón, pero lleno de apariencias y falsedad. Los llamará sepulcros blanqueados, denunciará claramente la doblez de sus vidas, le dolerá a Jesús la cerrazón de su corazón  y continuamente su palabra es una llamada a la conversión. Hoy nos dice que no nos podemos quedar en esas vanidades y apariencias, no podemos estar aparentando una cosa y quizás volviéndonos exigentes con los demás, mientras no somos capaces de mover un dedo por vivir la rectitud del corazón.

Y hoy insiste Jesús en las actitudes de amor, de respeto, de valoración que hemos de tener con los demás, pero también de la actitud humilde de mutua acogida, aceptándonos y valorándonos, pero también arrancar de nuestro corazón todas esas actitudes negativas que nos llevan al desamor. Justo será entonces que llenemos de delicadeza nuestra vida, para que ningún mínimo gesto por nuestra parte, ni ninguna palabra que pronunciemos nos lleve a romper esos necesarios lazos de comunión que hemos de mantener los unos con los otros.

Así hemos de manifestar el respeto en todos los detalles que hemos de tener para con los demás. Entonces cuidemos nuestros gestos y posturas, pero cuidemos también nuestras palabras para que nunca sean ofensivas, sino siempre creadores de comunión, de cercanía, de fraternidad.

Pero eso significa también la humildad suficiente para ir siempre al encuentro con el hermano, pero sobre todo para tener la valentía de nuestros errores para reconocerlos y para pedir perdón. Nunca debemos mantener una actitud de desconfianza hacia el otro, nunca hemos de permitir que las heridas del alma se infecten y cada día sean mayores los abismos que nos separan los unos de los otros.  De tal manera que dignamente no podemos presentar nuestra ofrenda al Señor, si sabemos que hay un hermano que tiene quejas contra nosotros. Sería una ofrenda vacía, pero estaría carente de lo más importante como es el amor.

Es el camino de la reconciliación que tan en serio hemos de tomarnos. Es el camino que va de nuevo a anudar lazos de amor y de amistad, cuando de corazón hemos sabido perdonarnos como hermanos. Es el camino en que ya no caben las apariencias ni las vanidades, donde todo estará adornado siempre con los lazos del más perfecto amor.


viernes, 3 de marzo de 2023

No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado al que regalamos toda la delicadeza del amor

 


No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado al que regalamos toda la delicadeza del amor

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129; Mateo 5, 20-26

¿Para qué mantener una herida abierta, que nos siga doliendo y molestando? Lo mejor es encontrar cómo sanar esa herida. Esa herida que mantenemos abierta tantas veces en el corazón cuando no sabemos sanarnos, cuando no sabemos o queremos sanar también a los demás.

Yo no lo puedo perdonar, decimos, y creemos que a quien dañamos solamente es al otro y no nos damos cuenta que nos estamos dañando a nosotros mismos, porque mientras no nos sanemos a nosotros mismos porque queremos guardar ese rencor a quien nos haya podido hacer algo, es a nosotros a quienes estamos dañando, porque cada vez que recordemos, cada vez que por los azares de la vida nos volvamos a encontrar con esa persona, estaremos abriendo esa herida en nuestro corazón. Nos cuesta darnos cuenta, nos cuesta buscar esa sanción dentro de nosotros, nos cuesta ser valientes para emprender ese camino del perdón. No nos estamos perdonando ni a nosotros mismos.

De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. El texto escogido por la liturgia para este día nos vuelve a referir al sermón del monte donde Jesús nos dejó claro lo que tiene que ser la sublimidad de nuestro amor. Un amor que tiene que estar lleno de delicadeza, una forma de tratarnos los unos a los otros donde debe prevalecer la ternura de quien ama de verdad. No son palabras, son gestos, son actitudes positivas las que tenemos que poner. Fácil es decir que amamos, pero no tan fácil es mantener ese amor de cada día cuando nos encontramos con quien nos cae mal, con aquel que sabemos que va con actitudes negativas, con aquel que nos contradice y no quiere estar de acuerdo con nosotros.

Por eso hoy Jesús le da tanta importancia a una palabra mal dicha, una palabra hiriente u ofensiva que podamos en contra de los demás. No es solo la violencia a lo grande lo que tenemos que evitar  sino esa violencia callada que llevamos en el corazón cuando nos podemos sentir incomodados y mal reaccionamos, - no podemos permitir que la cólera nos domine y nos haga perder el control - que no manifestaremos con grandes gestos violentos, pero que se puede traducir en ese desprecio, en esa no valoración de la persona que tengo delante de mi.

Nos recalca Jesús los buenos sentimientos que debemos tenernos los unos a los otros, como diría san Pablo tengamos entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que tiene que hacernos buscar siempre el encuentro, la reconciliación cuando tengamos quejas los unos contra los otros. No nos deberíamos ir a presentar nuestra ofrenda ante el altar, nos dice Jesús hoy. Y volviendo a lo que nos llegará a decir en este sentido el Apóstol en sus cartas, tenemos que ser ministros de reconciliación en el mundo en que vivimos. No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado.

‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no podréis entrar en el reino de los cielos’, nos dice Jesús. Nos escudamos tantas veces en que es lo que todo el mundo hace; eso no nos puede justificar de ninguna manera. Cuando optamos por el camino de Jesús, sabemos que es un camino diferente, es una forma más sublime y más delicada de vivir el amor. No es simplemente hacer lo que todo el mundo hace. Es sintonizar con el amor de Dios para vivirlo de manera igual nosotros con los demás. ¿Nadamos contra corriente? Nuestra dirección, la meta hacia la que nosotros tenemos que nadar, nos la propone el evangelio.

lunes, 27 de febrero de 2023

No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

 


No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46

Cuando Dios nos creó, como nos enseña la Biblia desde la primera página, nos dotó de la más gran dignidad y nos hizo para el amor; será en ese amor donde alcanzaremos la más alta cota de nuestra dignidad. Un poco de calor humano en nuestras relaciones nos hace más grandes y más felices que todas las leyes y normas que podamos establecer para proclamar la dignidad de la persona.

Es necesario el respeto, ciertamente, pero podemos manifestar nuestro respeto desde la frialdad del corazón. Podemos tener todos los protocolos que queramos imaginar para que tratemos dignamente a las personas, pero si en nuestro trato falta ese calor humano que solo puede nacer puro cuando nace desde el amor, lo que obtendremos en nuestra relacion entre los unos y los otros será frialdad; qué mal nos sentimos cuando simplemente nos dicen todo lo que tenemos que hacer para beneficiarnos de unos derechos, si quien nos lo está manifestando en sus gestos, en la forma de hablarnos, en su mirada, en su cercanía y su escucha no pone ese calor humano para poder uno sentirse acogido y amado.

Es el amor el que nos engrandece, el que nos hace sentirnos personas de verdad cuando lo recibimos y cuando lo ofrecemos. Es el amor que me valora y me dignifica, es el amor que me hace levantarme cuando estoy hundido, es el amor el que me hace descubrir ese rayo de esperanza para caminar cuando todo me parece turbio porque estoy envuelto en mil problemas, es el amor el que despierta en mí la alegría de la vida.

Por eso son tan importantes los gestos de humanidad que vamos regalando mientras hacemos el camino. No son grandes cosas, pero ese vaso de agua que se me ofrece para calmar mi sed, ese sitio que se me ofrece cuando los que están sentados se acomodan aun en su estrechez para que yo también pueda sentarme, esa sonrisa que llega a mi como una brisa fresca cuando voy acalorado en el camino buscando mil soluciones para mis problemas, ese cederme el paso en el lugar estrecho para evitar que vaya por donde se pueda poner en peligro mi vida, esa mirada que sin palabras me enseña a confiar en mi mismo y en mi capacidad para salir de aquel mal momento… son pequeños gestos de humanidad que me hacen sentirme querido y valorado y que me harán caminar con mayor esperanza e ilusión. Son los que también hemos de saber regalar en cada paso a los demás.

Nos decía Dios desde el texto del Antiguo Testamento las cosas que habíamos de evitar, y simplemente nos daba una razón, porque ‘yo, el Señor tu Dios, soy santo’. Y nos enseñaba como tenemos que amar como nos amamos a nosotros mismos, y lo que no queramos para nosotros, no lo podemos querer nunca para nadie.

Pero Jesús en el evangelio nos levanta el listón un punto más, porque ya nos dice que tenemos que amar como El nos ha amado. Y para que seamos capaces de hacerlo nos dice que cuando hicimos una de esas pequeñas cosas a los demás, a El se lo estábamos haciendo. Desde entonces en el otro no solo he de ver a una persona repleta de dignidad y que con dignidad hemos de tratar, sino que en el otro estaremos siempre viendo a Jesús a quien no podremos amar si no amamos de verdad al hermano.

Nos habla Jesús hoy en el evangelio de que nos va a preguntar cuando nos presentemos a El en el examen final de nuestra vida. Y de lo único que nos va a examinar es de amor. En esa alegoría del juicio final nos va señalando esas actitudes de amor que hemos de tener con los demás que van a manifestar la autentica cordialidad de nuestro corazón. En nuestra reflexión nos hemos detenido en algunos gestos de humanidad que en el día a día podemos tener para los que están a nuestro lado. El amor es creativo, porque cada uno va a encontrar sus gestos, esos gestos que tiene que tener con las personas concretas con las que convive, con las que trabaja, con las que hace su vida, con las que se va a cruzar por la calle. Es ahí donde tenemos que derretirnos de amor.

Es lo que ahora en este camino cuaresmal que casi estamos empezando a hacer tenemos que revisar, tenemos que plantearnos, tenemos que poner por obra. Es el auténtico ayuno y la auténtica penitencia que tenemos que hacer; es la verdadera oración en la que vamos a encontrarnos con el Señor. Piensa, por ejemplo, que cuando te detienes en el camino a escuchar a aquella persona que una y mil veces quizás te va a contar lo mismo, es como si estuvieras orando con el Señor.