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lunes, 18 de noviembre de 2024

Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

 


Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Salmo 1; Lucas 18, 35-43

Al borde del camino, sin saber que hacer o sin tener nada que hacer, ensimismados quizás en nuestras cosas, en nuestras rutinas de cada día, abrumados por los problemas que caen encima como una loza que paraliza y encierra, perdida quizás la ilusión y la esperanza, llenos de miedos para emprender otros caminos, con deseos de hacerlo pero con cobardías que ciegan, sintiéndose quizás ignorados y no tenidos en cuenta marcados por una cierta marginación… son tantos los que podemos encontrar en nuestros caminos, pero que tampoco vemos porque quizás hemos perdido la sensibilidad o porque pensamos que si se hacen notar nos molestan porque pueden despertar inquietudes con las que no queremos cargar.

¿Quiénes son los ciegos? ¿Los que están tirados al borde del camino o los que vamos por el camino pero que miramos para otro lado? Mejor no enterarnos, mejor seguir con nuestras prevenciones y prejuicios, mejor hacernos los desconocidos cuando nos tropezamos con ellos en cualquier esquina o se suben al transporte con nosotros. Su manera de ser, su forma de actuar, sus gestos o sus palabras, las sonrisas que surgen en sus conversaciones entre ellos, sus miradas nos molestan y tratamos de evitarlos, hacernos los sordos o mirar para otro lado.  Y vamos a Misa.

¿Será posible que nos quedemos tan tranquilos sin implicarnos cuando escuchamos un evangelio como el que hoy se nos propone? Jesús iba de camino para Jerusalén; atravesaba Jericó, casi al final de la bajada del valle del Jordán antes de emprender la subida a Jerusalén; mucha gente lo acompañaba, por allí lo rodea el grupo de los discípulos que fieles van siempre con él, pero también mucha gente que hacía del camino de subida a Jerusalén, pues se acercaba la Pascua. Parece que lo importante es hacer el recorrido y de camino ir escuchando las enseñanzas de Jesús que siempre tiene una palabra que enriquece la vida; por el barullo de la gente y que no siempre podían mantenerse en la misma cercanía, en ocasiones se hacía costoso escucharle. No iban pendientes de nada más.

Pero al borde del camino hay un ciego pidiendo limosna. Era casi habitual encontrarlos, además siendo un lugar de paso de muchos peregrinos en su subida a Jerusalén. En la pobreza acrecentada con la ceguera era la ocasión de recoger alguna limosna que aliviara sus necesidades.

Al oír el barullo de gentes en el camino el ciego pregunta y le dicen que pasa Jesús, el Nazareno. No fue necesario  nada más para que su pusiera a gritar pidiendo a Jesús que tuviera compasión de él. Qué molesto, no podían escuchar las palabras de Jesús; quieren hacerlo callar, lo regañaban pero él gritaba más fuerte. Cuando Jesús se entera de lo que sucede lo manda llamar.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ el ciego soltándolo todo de un salto se había puesto a los pies de Jesús. ¿Qué es lo que puede pedir? ¿Qué es lo que hubiéramos pedido si  nos encontráramos en su misma situación? ¿Se nos habrá ocurrido pensarlo? Nosotros que llevamos la lista (de la compra) elaborada de nuestras peticiones cuando vamos a rezar… ¿Habría que hacer una revisión de esas listas que llevamos en nuestra mente?

Hemos comenzado hoy nuestra reflexión haciéndonos unas consideraciones sobre lo de estar al borde del camino. Traigamos acá ahora aquellos pensamientos, pero seguramente en aquellos en los que íbamos pensando cuando nos hacíamos aquella descripción y pensemos que es lo que realmente quieren.

¿Nos habremos detenido a pensar alguna vez cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y que algunas veces evitamos qué es lo que quieren que hagan por ellas? Quizás solo esperen de nosotros una mirada – esa mirada que tantas veces desviamos -, que los tengamos en consideración, que los saludemos igual que saludamos a los conocidos o a los amigos, el no sentirse ignorados, el que los dejemos actuar con libertad y confianza tal como son dejando a un lado nuestras prevenciones, nuestros prejuicios y nuestras desconfianzas. Volvamos a leer los primeros renglones de nuestra reflexión de hoy y pongamos por medio esa pregunta de Jesús ‘¿Qué es lo que quieres que haga por ti?’

Pero no nos quedemos con los brazos cruzados, sino comencemos a hacer lo que desean de nosotros. Unas nuevas actitudes, unas nuevas posturas, unos nuevos gestos tendrán que ir acompañando nuestra vida a partir de que Jesús hoy a nosotros también quiere hacernos ver, quiere romper nuestras cegueras, quiere devolvernos también la visión. Da pasos como aquellos que iban con Jesús y al final ayudaron a ciego a ir también hasta Jesús.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Nunca podremos sentirnos abandonados ni olvidados de Dios, porque ahí está Jesús que con los signos y señales que realiza nos recuerda el amor de Dios

 


Nunca podremos sentirnos abandonados ni olvidados de Dios, porque ahí está Jesús que con los signos y señales que realiza nos recuerda el amor de Dios

Isaías 49,8-15; Salmo 144;  Juan 5, 17-30

No nos gusta ser los olvidados. Ni de la familia, ni de los amigos, ni de aquellas personas que apreciamos y, en cierto modo, tampoco de aquellos con los que nos relacionamos en la vida, ya sea por la convivencia, por las relaciones de vecindad, o por razones laborales.

¿No nos quedamos los vecinos de un lugar determinado, un barrio, un sector de la ciudad, que las autoridades se han olvidado de nosotros porque no atienden nuestras demandas o necesidades? ¿Cómo reaccionamos ante un amigo al que hace tiempo que no veíamos y que de alguna manera se había distanciado la relación? Ya te olvidaste de los amigos, es casi lo primero que le decimos cuando nos reencontramos de nuevo.

Y lo mismo nos sucede en nuestras relaciones familiares y suele ser la queja más común, o de los padres que dicen que sus hijos ya no se acuerdan de ellos, o los hijos por el contrario con la misma queja contra los padres, ya no te acuerdas de mí.

Ese recuerdo que queremos que se mantenga dice mucho de cómo nos sentimos y cómo nos sentimos necesitados los unos de los otros, de su cariño, su presencia, su valoración, el tenernos en cuenta y así mucho más. Y tenemos que decir en el ámbito religioso que es algo que aparece en nuestra relación con Dios, en nuestras prácticas religiosas. Dios no nos escucha, decimos con tanta facilidad tantas veces. Claro que también tendríamos que preguntarnos si nosotros escuchamos a Dios. ¿Nos sentiremos acaso en alguna ocasión olvidados de Dios? ¿O será más bien que Dios es el olvidado de nosotros porque somos nosotros los que realmente no le tenemos en cuenta?

Me estoy haciendo esta consideración que a la larga tendría que llevarme a analizar detenidamente nuestra relación con Dios, desde el texto maravilloso que nos ha ofrecido hoy el profeta. El profeta está hablando a un pueblo que no lo está pasando nada bien; probablemente se trate de la época del exilio a Babilonia y el profeta trata de levantar el animo a aquel pueblo desesperanzado porque se van a abrir caminos por el desierto para un nuevo éxodo, para una nueva vuelta a su tierra desde el lugar del destierro. ¿Se sentían abandonados de Dios? La situación que vivían no era fácil, pero el profeta viene a decirles que Dios no los olvida, que Dios no los abandona, y termina con ese maravilloso texto que nosotros también hemos de escuchar con corazón abierto y con corazón humilde y agradecido.

‘Exulta, cielo, romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sion decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré’.

Una madre nunca podrá olvidar al hijo de sus entrañas. Y eso de alguna manera nos viene a decir también hoy Jesús en el evangelio. Sea cual sea la situación que nosotros vivamos en nuestra vida, ahí está El. Nunca podremos sentirnos ni abandonados ni olvidados ¿Y qué significa su presencia? Recordarnos continuamente que Dios nos ama. Para eso ha venido. Cuando de verdad lo asumamos y lo recordemos siempre, en todo momento y situación, cualquiera que sean las circunstancias de nuestra vida, estaremos entrando en algo nuevo. El Reino de Dios lo llama Jesús. ‘Mi Padre sigue actuando y yo también actúo’, nos dice Jesús.

¿Qué son esos signos y señales que Jesús va realizando con su vida? Las muestras de que Dios nos ama, y porque nos ama irá transformando nuestra vida, y porque nos sentimos amados comenzamos nosotros a dejarnos transformar nuestra vida. ¿No nos ha pedido Jesús desde el principio que tengamos fe y que transformemos nuestro corazón? Acaso somos nosotros los que olvidamos esta invitación y esta llamada de Jesús. Pero aunque nosotros en la práctica tantas veces lo neguemos, como nos diría san Pablo, El no puede negarse a sí mismo, y siempre será fiel en el amor que nos tiene.

¿Qué más necesitamos nosotros para comenzar a dar respuesta a ese amor de Dios? Sigamos con nuestro programa de Cuaresma y podremos llegar de verdad a la Pascua.


sábado, 8 de junio de 2019

‘Tú, sígueme’ le dice Jesús a Pedro y nos dice a nosotros para que no nos distraigamos y nos alejemos de la Buena Nueva del Evangelio


‘Tú, sígueme’ le dice Jesús a Pedro y nos dice a nosotros para que no nos distraigamos y nos alejemos de la Buena Nueva del Evangelio

Hechos 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25
Algunas veces por prestar atención con nuestra buena voluntad a cosas que nos encontramos en el camino podemos distraernos de la meta que pretendemos alcanzar, de objetivos que consideramos fundamentales en la vida y podemos perder el ritmo de entusiasmo con que hemos de emprenderlas.
Ya sabemos que el que va por un camino con un vehículo en sus manos toda su atención tiene que estar centrado en la responsabilidad que significa conducir dicho vehículo y no nos podemos entretener mientras pretendemos conducir fijándonos en otros espectáculos que pudieran aparecer alrededor. Tenemos que darnos cuenta de cual es nuestra principal responsabilidad, hemos de tener claros los objetivos que pretendemos alcanzar y no podemos prestarle atención a lo que en ese momento con cosas secundarias. Y esto puede significar muchas cosas para el camino de nuestra vida, que ya entendemos que cuando decimos caminos no nos estamos refiriendo a carreteras por las que circulamos.
En aquel diálogo tan intenso que habían mantenido Jesús y Pedro aquella mañana a la orilla del lago este había hecho una gran promesa de fe y amor a Jesús que seguía confiando en él, como ya reflexionamos, en la tarea que le confiaba de pastorear al pueblo de Dios. Clara era la misión que Jesús le confiaba y era importante el camino que emprendía.
Sin embargo Pedro viendo cerca al discípulo amado de Jesús con quien es cierto se veía también profundamente unido muestra ahora interés por él queriendo saber quizá cual era la misión que también Jesús le confiaba a Juan. Pero la palabra de Jesús es de una exigencia radical. ‘Tú, sígueme’. Y añade Jesús que nada ha de importarle si acaso Jesús quisiese que Juan se quedara hasta su segunda venida. Ya nos dice como entre paréntesis el evangelista los comentarios y expectativas que estas palabras de Jesús hicieron surgir entre los primeros cristianos. Pero ahora la importante para Pedro era seguir a Jesús.
Es lo importante también para nosotros. Sin distraernos. Sin olvidar lo que significa seguir a Jesús. Sin olvidar nuestra misión. Sin buscar sustitutivos. Sin caer en enfriamientos y rutinas. Sin dejarnos influir por ese mundo que lo relativiza todo. Sin dejarnos influir por nuestras desganas o deseos de cambios a otras cosas.
Y es que tenemos el peligro los cristianos de entrar en los roles del mundo que nos rodea, de comenzar a dejarnos influir por otros criterios, de comenzar a escuchar y darle crédito a tantos que nos dicen que no hace falta comprometerse tanto, que hay que tomarse las cosas con calma, de comenzar a aceptar los parámetros de nuestro mundo para caer bien, para quedar bien, para no tener que nadar siempre a contracorriente.
Comenzamos a veces a utilizar las reglas del mundo y olvidamos el evangelio. Comenzamos a ponernos duros, porque parece que eso es lo que exigen muchos a nuestro alrededor con los problemas a los que se enfrenta la Iglesia y olvidamos la misericordia tan esencial en el mensaje de Jesús que nos dice que seamos compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo. Y así tantas cosas en que cambiamos los criterios del evangelio para acomodarnos a las exigencias del mundo.
‘Tú, sígueme’, le dice Jesús a Pedro, y te lo dice a ti y me lo dice a mí, y lo dice a la Iglesia y lo dice a sus pastores. Cuidado que no escuchemos esa exigencia de Jesús.