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miércoles, 5 de agosto de 2026

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 


Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13;Mateo 15, 21-28

‘¡Ayúdame!’ ¿Lo habremos escuchado alguna vez? Como recurso fácil enseguida pensamos en el amigo que se ve en apuros y que no sabe a quien acudir y cuando nos encuentra, quizás con mucha vergüenza en su cara, nos cuenta su situación. Pero sabemos ciertamente que de una forma u otra lo hemos escuchado muchas veces; quizás íbamos ensimismados repasando la lista de las cosas que vamos a comprar y a la puerta del supermercado nos cruzamos con alguien que nos está tendiendo una mano o en un cartelito nos habla de los hijos pero ante quien pasamos de largo sin detenernos a prestar atención; a la puerta de la Iglesia está quizás el inmigrante de siempre pero al que esquivamos para no tropezar porque ya vamos tarde para misa.

Escuchamos, y de eso sabemos mucho en nuestras islas de las pateras que continuamente llegan a nuestras costas y que con una mirada de esperanza porque ya cruzaron el mar nos están mirando pero que pronto puede convertirse en dolor y desilusión por quienes se quedaron en el mar o porque ahora no encuentran lo que tanto esperaban. ¿No nos están diciendo ¡ayúdame! esos miles que llegaron estos días a Ceuta, - y dejemos a un lago connotaciones y críticas políticas - y que muchos poco a poco han tenido que regresar por donde vinieron porque no encontraron ni un trozo de pan que llevarse a la boca?

‘¡Ayúdame!’ ha sido el grito que hemos escuchado en el evangelio en aquella mujer y madre cananea que va detrás de Jesús gritando porque tiene una hija muy enferma – poseída por un espíritu inmundo en la concepción de la enfermedad que entonces se tenía – y que parece no escuchar respuesta. Hasta los discípulos le dicen a Jesús que la atienda para que no les moleste más.

Aparecen una consideraciones que vienen a poner a prueba la fe de aquella mujer que vienen quizás a reflejar las consideraciones o las disculpas que nosotros nos hacemos o ponemos cuando vemos esa mano tendida a nuestro lado. Al final Jesús se admira de la fe de aquella mujer, que está hablando y suplicando desde un corazón dolorido, que está hablando y suplicando desde un corazón de madre que sufre en la situación en que se encuentra su hija, que está hablando desde ese mundo de distancias y discriminaciones en que tantas veces nos vemos envueltos; son, podríamos decir, los zapatos que lleva en sus pies cuando se acerca a Jesús, pero es también la fortaleza que le da la fe para creer y para confiar, para sobreponerse a lo que parece un camino lleno de obstáculos, a poner toda su confianza en quien ella sabe que la va a escuchar y ofrecerle el pan de los hijos.

Creo que aquí hay una hermosa lección para nuestra vida, para que aprendamos a superar esas prevenciones con que tantas veces vamos a caminando por la vida que nos hace desconfiados, que nos endurece el corazón y nos insensibiliza; a nosotros con nuestros zapatos de la comodidad nos resulta fácil el camino, pero tenemos que ponernos en los zapatos de esos que nos están tendiendo una mano, que los tenemos a las puertas de nuestros establecimientos y de los que pasamos de largo, que llegan a nuestras costas tras infames travesías y habiendo dejado atrás sus seres queridos en sus particulares situaciones y su tierra, o que llegan a nosotros de la manera que sea. ¿Seremos capaces de ponernos en sus zapatos de su pobreza y su miseria, de sus sufrimientos y soledades?

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad en nuestros corazones, a poner más compromiso de amor con ese mundo que queremos hacer mejor, a darle todo el valor de su dignidad como personas a sea quien sea el que llegue a nuestro lado. Este evangelio de la cananea nos dice mucho.


miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

 


¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

Génesis 8,6-13.20-22; Salmo 115; Marcos 8,22-26

¿Cómo podrá encontrar el ciego el camino de la luz si no hay un lazarillo que le ayude a hacer el camino y encontrar la luz para sus ojos?

Sabemos que llamamos lazarillo al que acompaña al ciego en su caminar para ayudarle en la carencia de luz en sus ojos. Obras de nuestra literatura clásica nos han presentado con profusión esa figura y todos entendemos de lo que son sus valiosos servicios; aunque hoy disponemos de mejores medios de ayuda, aun contemplamos en nuestro caminar al ciego que va acompañado de su perro lazarillo, su perro guía que le previene de peligros, le facilita los movimientos y de alguna manera cuida de su amo ciego. Todos nos sentimos reconfortados con esa imagen.

Pero si nos entretenemos en comentar estos detalles es porque esa imagen puede decirnos mucho para la vida y su sentido. Porque además hoy el evangelio que se nos ha presentado en este día nos habla de la curación de un ciego, allá por la región de Betsaida que, como se nos dice en otro lugar del evangelio era la patria o lugar de nacimiento de Simón Pedro y su hermano Andrés.

Hemos escuchado los detalles del relato evangélico, cómo Jesús se lo ha llevado aparte y poniendo algo en sus ojos hará que poco a poco sus ojos vuelvan a la luz. Pero hay un detalle que nos puede pasar desapercibido; nos dice el evangelista que a aquel hombre ciego lo llevaron a Jesús. Recordamos también al ciego Bartimeo en Jericó que pedía limosna en el camino y tras sus gritos pidiendo ayuda al saber que pasaba mucha gente, Jesús les pide que se lo traigan, que lo ayuden a llegar a Jesús. En este caso también alguien ayudó a aquel ciego a llegar a Jesús.

Es importante la imagen. Es la pregunta que nos hacíamos al principio de esta reflexión. ¿Quién será el que ayude al ciego a encontrar el camino de la luz? ¿Llegaremos a ser ese lazarillo para tantos que están a nuestro lado necesitados de luz? ¿seremos los cristianos en verdad lazarillos que ayuden a nuestro mundo envuelto en tantas cegueras y oscuridades a encontrar la luz del Evangelio?

Es nuestra tarea y nuestra misión. Aunque primero seremos nosotros los cristianos los que tengamos que dejarnos envolver por esa luz de Cristo y su evangelio. En nuestras cegueras seguimos tantas veces porque teniendo la luz a nuestra mano no sabemos, no terminamos de dejarnos iluminar por el Evangelio; nos pasa muchas veces como aquellas doncellas del evangelio que no guardamos suficiente aceite para mantener encendidas nuestras lámparas, o dejamos que muchos tropiezos que se convierten en cegueras lleguen a nuestra vida y no terminamos de dejar que Jesús ponga su mano para lavarnos en el Siloé de su gracia. Cuidemos la limpidez de nuestros ojos, cuidemos no nos dejemos embaucar por luces fatuas que nada iluminan sino que más bien con sus guiños nos llevan a la confusión.

Pero importante el mensaje que quiere dejarnos el evangelio de hoy. Tenemos que ayudar a que los demás lleguen a Jesús, se encuentren con Jesús para que la luz vuelva a sus vidas. No siempre sabrán o podrán ir solos y necesitan quien les ayude. Nuestra palabra tiene que ser clara para hablar de Jesús a los demás, de que nosotros hemos encontrado la luz y con Cristo hemos encontrado el camino de la felicidad verdadera; nuestros gestos, nuestros detalles, nuestra manera de vivir tiene que ser un testimonio claro que hable a los demás de Jesús y de la luz que en El encontraremos siempre.

Es hermosa la buena voluntad de aquellos que llevaron aquel día al ciego de Betsaida hasta Jesús para que recobrara la visión de sus ojos. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Seremos capaces de hacerlo con nuestro mundo? ¿Qué testimonio estamos dando como cristianos y como Iglesia ante el mundo que nos rodea que les haga sentirse atraídos por el Evangelio?

lunes, 18 de noviembre de 2024

Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

 


Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Salmo 1; Lucas 18, 35-43

Al borde del camino, sin saber que hacer o sin tener nada que hacer, ensimismados quizás en nuestras cosas, en nuestras rutinas de cada día, abrumados por los problemas que caen encima como una loza que paraliza y encierra, perdida quizás la ilusión y la esperanza, llenos de miedos para emprender otros caminos, con deseos de hacerlo pero con cobardías que ciegan, sintiéndose quizás ignorados y no tenidos en cuenta marcados por una cierta marginación… son tantos los que podemos encontrar en nuestros caminos, pero que tampoco vemos porque quizás hemos perdido la sensibilidad o porque pensamos que si se hacen notar nos molestan porque pueden despertar inquietudes con las que no queremos cargar.

¿Quiénes son los ciegos? ¿Los que están tirados al borde del camino o los que vamos por el camino pero que miramos para otro lado? Mejor no enterarnos, mejor seguir con nuestras prevenciones y prejuicios, mejor hacernos los desconocidos cuando nos tropezamos con ellos en cualquier esquina o se suben al transporte con nosotros. Su manera de ser, su forma de actuar, sus gestos o sus palabras, las sonrisas que surgen en sus conversaciones entre ellos, sus miradas nos molestan y tratamos de evitarlos, hacernos los sordos o mirar para otro lado.  Y vamos a Misa.

¿Será posible que nos quedemos tan tranquilos sin implicarnos cuando escuchamos un evangelio como el que hoy se nos propone? Jesús iba de camino para Jerusalén; atravesaba Jericó, casi al final de la bajada del valle del Jordán antes de emprender la subida a Jerusalén; mucha gente lo acompañaba, por allí lo rodea el grupo de los discípulos que fieles van siempre con él, pero también mucha gente que hacía del camino de subida a Jerusalén, pues se acercaba la Pascua. Parece que lo importante es hacer el recorrido y de camino ir escuchando las enseñanzas de Jesús que siempre tiene una palabra que enriquece la vida; por el barullo de la gente y que no siempre podían mantenerse en la misma cercanía, en ocasiones se hacía costoso escucharle. No iban pendientes de nada más.

Pero al borde del camino hay un ciego pidiendo limosna. Era casi habitual encontrarlos, además siendo un lugar de paso de muchos peregrinos en su subida a Jerusalén. En la pobreza acrecentada con la ceguera era la ocasión de recoger alguna limosna que aliviara sus necesidades.

Al oír el barullo de gentes en el camino el ciego pregunta y le dicen que pasa Jesús, el Nazareno. No fue necesario  nada más para que su pusiera a gritar pidiendo a Jesús que tuviera compasión de él. Qué molesto, no podían escuchar las palabras de Jesús; quieren hacerlo callar, lo regañaban pero él gritaba más fuerte. Cuando Jesús se entera de lo que sucede lo manda llamar.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ el ciego soltándolo todo de un salto se había puesto a los pies de Jesús. ¿Qué es lo que puede pedir? ¿Qué es lo que hubiéramos pedido si  nos encontráramos en su misma situación? ¿Se nos habrá ocurrido pensarlo? Nosotros que llevamos la lista (de la compra) elaborada de nuestras peticiones cuando vamos a rezar… ¿Habría que hacer una revisión de esas listas que llevamos en nuestra mente?

Hemos comenzado hoy nuestra reflexión haciéndonos unas consideraciones sobre lo de estar al borde del camino. Traigamos acá ahora aquellos pensamientos, pero seguramente en aquellos en los que íbamos pensando cuando nos hacíamos aquella descripción y pensemos que es lo que realmente quieren.

¿Nos habremos detenido a pensar alguna vez cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y que algunas veces evitamos qué es lo que quieren que hagan por ellas? Quizás solo esperen de nosotros una mirada – esa mirada que tantas veces desviamos -, que los tengamos en consideración, que los saludemos igual que saludamos a los conocidos o a los amigos, el no sentirse ignorados, el que los dejemos actuar con libertad y confianza tal como son dejando a un lado nuestras prevenciones, nuestros prejuicios y nuestras desconfianzas. Volvamos a leer los primeros renglones de nuestra reflexión de hoy y pongamos por medio esa pregunta de Jesús ‘¿Qué es lo que quieres que haga por ti?’

Pero no nos quedemos con los brazos cruzados, sino comencemos a hacer lo que desean de nosotros. Unas nuevas actitudes, unas nuevas posturas, unos nuevos gestos tendrán que ir acompañando nuestra vida a partir de que Jesús hoy a nosotros también quiere hacernos ver, quiere romper nuestras cegueras, quiere devolvernos también la visión. Da pasos como aquellos que iban con Jesús y al final ayudaron a ciego a ir también hasta Jesús.

sábado, 24 de febrero de 2024

Sanemos las heridas del corazón, pongamos en nuestra oración a las personas que nos cuesta amar, seremos nosotros los enriquecidos con una nueva forma de amor

 


Sanemos las heridas del corazón, pongamos en nuestra oración a las personas que nos cuesta amar, seremos nosotros los enriquecidos con una nueva forma de amor

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

Amigo de mis amigos. Seguro que alguna vez habremos escuchado esta autodefinición en los perfiles de las redes sociales. ¿Solo amigo de mis amigos? ¿Tan reducido es nuestro marco de vida? Porque parece como si no abriéramos la puerta a nuevos amigos porque ya tengo mi círculo cerrado. Da que pensar.

Como el que dice que soy bueno con los que son buenos conmigo, ayudo a los que me ayudan. ¿Quién comienza? ¿Estaré esperando a que el otro comience y luego según yo vea decidiré si también lo voy a ayudar, también voy a ser amigo? Donde por otro lado decimos que somos amigos de todos, parece que no es tan cierto, porque ya estamos de entrada poniendo unas limitaciones.

De ahí fácilmente se pueden desprender muchas consecuencias. Y es que si alguien no se ha portado como amigo conmigo, es más, haya podido hacer algo que no me gusta o que me haya molestado, quizás hasta porque yo tenía un día malo, ya eso se lo estaremos guardando para siempre, crearemos distanciamientos y rupturas, ya será una persona a la que no aguanto y ya le puse una marca, por decirlo de alguna manera, y con él ya no voy a contar más.

Qué duro nos lo ponemos a nosotros mismos. ¿Sabes a quién le hace más daño ese resentimiento o ese rencor que le estás guardando a una persona? A ti mismo. Sí, porque esa posible herida que tengas en el alma no la has sabido curar, sino que más bien en tu resentimiento lo que haces es hurgar en esa herida y cada vez te va a doler más. Mientras no la cures cada vez que vas a pasar por aquel lugar o vas a tener un encuentro con esas personas lo que estarás haciendo es reavivar en ti esas heridas que seguirán siendo un tropiezo para tu vida, un pus que seguirá sacando lo peor de ti mismo haciéndote tú mismo desagradable para los demás.

Una herida infectada es a nosotros mismos a los que duele, pero además puede causar incluso repugnancia para los que están a tu lado. Cura esas heridas, sánate a ti mismo alejando de tu corazón esos malos recuerdos y esos resentimientos. Son heridas, es cierto, que cuesta curar, pero donde tienes que tener paz es en tu corazón, al que tienes que sanar es tu corazón, olvida, perdona, abre una página en blanco.

Pon una nueva apertura en tu corazón, emplea a borbotones la medicina del amor, saca a flote la capacidad de ternura que aun queda en tu corazón, comienza a mirar con ojos nuevos, no te fijes tanto en las debilidades de los demás sino mírate a ti mismo y reconoce cuantas debilidades hay en ti, cuántas cosas hay que te cuestan mucho, y comienza a dar pasos de vida.

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos habla del amor y de un amor que tiene que ser universal y generoso; un amor que siempre será un regalo que ofrezco, como me siento regalado cuando me aman, me siento regalado cuando descubro todo el amor que Dios me tiene a pesar de tantas debilidades e infidelidades que hay en mi. Si así nos sentimos amados de Dios ¿por qué no amar con un amor generoso también a los demás, a todos sin distinción?

Jesús nos habla de amor y de perdón, Jesús nos ama de que pongamos en nuestra oración a aquellos a los que nos cuesta amar, aquellos que quizás un día me ofendieron o me hicieron daño. No los podemos borrar de nuestro corazón, aunque esa sean la tentación que sintamos cuando por algo nos veamos defraudados. Seguro que cuando los pongamos en nuestra oración, comenzaremos poco a poco a amarlos también. Ya no será solo amar a los que me aman que eso lo hace cualquiera, ya no será el ser amigo solo de los que ya son mis amigos; nuestro círculo se va a abrir y los beneficiados somos nosotros que así nos vemos enriquecidos.


lunes, 2 de octubre de 2023

Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión de los Santos Ángeles que cada uno tenemos a nuestro lado para conducirnos a la vida



 Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión de los Santos Ángeles que cada uno tenemos a nuestro lado para conducirnos a la vida

Zacarías 8, 1-8; Sal 101;Mateo 18, 1-5. 10

En este día siempre recuerdo un cuadro que mis padres tenían en la cabecera de su cama, el santo Angel Custodio. La imagen de unos niños que están en un peligro pero el santo Angel Custodio que extiende sus alas para protegerlos del peligro inminente. Esto nos hace recordar aquellas oraciones aprendidas de niño que nuestras madres nos hacían rezar todas las noches antes de dormirnos que nos hablaban de las cuatro esquinitas de nuestra cama protegidas por cuatro ángeles que como guardianes custodiaban nuestro sueño para que no sucediera algo malo.

Hoy quizás no nos puedan valer de la misma manera esas imágenes tan infantiles, pero sin embargo encontraremos con frecuencia en las redes sociales cadenas que nos invitan a hacer novenas a los santos ángeles además atribuyéndose unos poderes espirituales, más allá de lo que es nuestra verdadera espiritualidad cristiana. Fácilmente se puede caer en supersticiones que nos pueden desviar de una verdadera religiosidad y una auténtica espiritualidad.

No es fácil hablar de esto esto por esas mezclas que hacemos en las expresiones de nuestra religiosidad. Más allá de esas imágenes un tanto infantiles propias también de una época y una cultura, sí tenemos que reconocer con nuestra fe de la presencia de esos espíritus puros que están en la presencia de Dios alabando por toda la eternidad, pero que al mismo tiempo están a nuestro lado como una protección y un signo de la presencia de Dios.

Hoy precisamente el evangelio a partir de un planteamiento que le hacen a Jesús de quien va a ser el más importante en el Reino de los Cielos, nos habla de hacernos pequeños, sencillos y humildes como niños para poder entrar en el Reino de los cielos. Y nos dirá que el que acoge a un niño lo está acogiendo a Él. Quizás ante la extrañeza que pudieran producir estas palabras de Jesús en un mundo donde precisamente los pequeños hasta que no llegaran a una cierta edad eran poco considerados, Jesús les dirá que cuidemos de no despreciar a los pequeños 'porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial'.

Es aquello que aparece en el momento de las tentaciones de Jesús en el desierto cuando el diablo le invita a tirarse desde el pináculo del templo, porque seguro que no le pasaría nada y eso sería ocasión para ser aclamado por las gentes ante un hecho tan milagroso, porque, recordando episodios y textos del Antiguo Testamento, Dios pondría sus ángeles para que su pie no tropezará en ninguna piedra.

'El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege', rezamos con los ángeles. Expresión de esa presencia sobrenatural junto a nosotros para inspirarnos el bien en nuestros corazones y para sentir la fuerza de su presencia celestial vencer también las fuerzas del mal que nos tientan. Cuántas veces sentimos en nuestro interior esa fuerza que nos impulsa a hacer una cosa buena, cuántas veces aparecen palabras en nuestros labios que quizá nunca hubiéramos imaginado con las que dar un buen consejo, con las que dar una buena orientación. ¿Por qué no pensar que Dios nos asiste y nos inspira porque también nos concede la fuerza de su Espíritu?

Como nos enseña el catecismo de la Iglesia Católica “Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. ‘Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida’ (S. Basileo)”

Es algo que forma parte de nuestra fe, y más atentos tendríamos que estar a esas inspiraciones espirituales que nos alientan y que nos guían. Sintamos también que en nuestras luchas por superar la tentación, en los momentos en que nos encontramos con problemas y dificultades en la vida siempre tenemos a nuestro lado ese ángel que nos ayuda y que nos trae la gracia del Señor.

En ese Getsemaní de la vida por el que tantas veces tenemos que pasar cuando nos vemos agobiados con nuestros problemas, nuestros tropiezos, nuestras debilidades también estará con nosotros, como con Jesús en la agonía del huerto, el Ángel del Señor que nos conforta. Nunca estamos solos, el ángel del Señor nos acompaña y nos guía para traer sobre nosotros esa fuerza divina.


viernes, 29 de septiembre de 2023

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor


 

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

'Delante de los ángeles tañeré para tí, Señor', decimos con la liturgia de este día en que celebramos la fiesta de los Arcángeles de Dios. Nos unimos a los coros de los ángeles, decimos en otro momento de la liturgia y de ellos tomamos prestadas sus palabras para también entonar ese cántico de gloria del Señor.

No sé, pero aunque nos manifestamos con corazón agradecido a Dios cuando sentimos su presencia en nuestra vida, en medio de nuestras luchas y problemas, creo que no siempre sabemos cantar como es debido a la alabanza del Señor. 'Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria', diremos también en otro momento de la liturgia. Es algo que tendríamos que hacer más. Es gozarnos de la gloria del Señor, es reconocer su grandeza y las maravillas que hace con nosotros, es disfrutar de su presencia en la que nos gozamos con su presencia y de nuestra boca y de nuestro corazón tendrían que salir cada vez con más fuerza esos piropos de alabanza.

¿No es lo que hacen los enamorados que se vuelven poetas rebuscando las mejores y más bonitas palabras para describir de la mejor manera posible lo que han descubierto en su amado o su amada y regalarle con un cántico bien hermoso todo lo que quisieran expresar desde ese amor que sienten en el corazón?

¿No es lo que hacemos en nuestras relaciones humanas cuando descubrimos las cosas hermosas que una persona ha realizado por su comunidad o su pueblo y le dedicamos fiestas en su honor y buscamos los mejores poetas que ensalcen esas figuras que van ya a ser muy importantes para el pueblo?

Que no se enfríen nuestros sentimientos, que no decaiga nuestro amor, que vivamos con intensidad esos momentos en que se desborda nuestro corazón para cantar a Dios, cuando reconocemos sus maravillas, cuando nos sentimos inundados de su amor, cuando somos conscientes de cómo el Señor nos ayuda y nos libera, nos hace seguir caminando adelante con paso firme, porque Él está siempre con nosotros, que sepamos, pues, encontrar el modo en que también sepamos proclamar esas alabanzas para nuestro Dios.

Celebrar esta fiesta de los Santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael, tendría que despertarnos a esa alabanza y a esa acción de gracias que continuamente cantemos a nuestro Dios. Cuando contemplamos hoy a estos arcángeles estamos viendo la intervención divina en nuestra propia historia de la salvación. No solo recordamos a Rafael porque acompañara al joven Tobías en su camino de peregrinación y fuera signo de la medicina de Dios al curar al anciano Tobías; no solo estamos recordando a Gabriel como el mensajero de Dios que llegó a casa de María, como antes lo hiciera en el templo con el sacerdote Zacarías, para transmitirles los designios de Dios; no solo contemplamos a Miguel como algo así como el capitán de los ejércitos celestiales para significar la victoria del bien sobre el mal y el pecado.

Estamos contemplando esa acción de Dios en nosotros, que pone a sus ángeles como compañeros de nuestro camino - en unos días celebraremos a los santos Angeles Custodios -, vienen a ser la voz de Dios en nuestro corazón para inspirarnos el camino del bien o hacernos descubrir los planes de Dios para nuestra vida, sino que también descubrimos esa presencia sobrenatural junto a nosotros para librarnos del mal, para que no caigamos en la tentación, para que tengamos esa luz de lo alto que nos haga descubrir el camino del bien que hemos de recorrer.

Pondrá el Señor a sus ángeles para que nuestro pie no tropiece en el camino, para presentar nuestras súplicas y oraciones ante el trono celestial, para ayudarnos a escuchar y discernir la Palabra de Dios que llega a nuestro corazón. No nos hagamos sordos ni nos resistamos a la gracia de la presencia de los ángeles de Dios a nuestro lado. 'Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre', le decía Jesús al sorprendido Natanael cuando descubrió que Dios conocía sus secretos más íntimos. Sepamos sentir como los ángeles de Dios que nos acompañan en nuestro camino están también contemplando el rostro de Dios y cantando eternamente la alabanza del Señor. Que con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unamos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor.


domingo, 10 de septiembre de 2023

No podemos cerrar los ojos, no podemos permitir que nuestra sociedad se hunda porque con ella nos hundiremos si no ponemos de nuestra mano nuestro grano de arena para hacerla mejor


 

No podemos cerrar los ojos, no podemos permitir que nuestra sociedad se hunda porque con ella nos hundiremos si no ponemos de nuestra mano nuestro grano de arena para hacerla mejor

Ezequiel 33, 7-9; Sal 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

En ocasiones sentimos la tentación de decir que nadie se meta conmigo que yo tampoco me meto con nadie. Y parece como si quisiéramos ir por la vida aislados de los demás y sintiéndonos despreocupados de lo que nos sucede a nuestro alrededor. confesamos que a la larga no nos sentimos satisfecho con posturas así, pero quizás cansados de que los cotillas de turno siempre se estén metiendo con uno y parece como si siempre quisieran estar diciéndonos lo que tenemos que hacer, quizás agobiados por los problemas de la vida, por los problemas de la sociedad en la que vivimos a los que no siempre sabemos qué solución dar, parece como si quisiéramos poner una campana alrededor que nos aisle de todo. 

Pero vivimos en una sociedad, estamos creados para la socialización, para la relación, nos damos cuenta de que no podemos desentendernos así de todas las cosas, que lo que sucede en nuestro entorno nos afecta, que lo que es la vida de los que nos rodean también de alguna manera nos afecta, podríamos decir que tenemos que despertar de esas posturas aislacionistas y necesariamente tenemos que sentir preocupación por cuanto nos rodea y nosotros mismos en el camino que vamos haciendo por muy aislados que queramos vivir nos damos cuenta que nos necesitamos los unos a los otros. Mejor es tendernos la mano, mejor es tratar de poner algún granito de arena que contribuya a una mejor construcción de nuestra sociedad. Si dejamos que la sociedad se hunda sin que pongamos algo de remedio según seamos capaces, seguro que nos vamos a hundir en ese mismo hundimiento de la sociedad.

Hoy nos habla Jesús en el evangelio de la corrección fraterna. Y ya nos decía el profeta que nuestro hermano se hunde por el mal que ha dejado meter en su corazón sin corregirse, pero nosotros no hemos hecho nada por ayudarlo, él tendrá su culpa, pero Dios nos pedirá cuentas porque nosotros nos cruzamos de brazos y nada hicimos. Jesus nos está dando la pauta de cómo hemos de actuar, de la delicadeza que hemos de poner, porque en fin de cuentas es entrar en el sagrario del yo y del ser de la otra persona y eso no lo podemos hacer de cualquier manera, de cómo hemos de contar con otros para poder realizar esa labor, que no es ir con el chisme para decirle a los demás lo mala que es aquella persona, sino saber encontrar la forma de acercarnos al otro buscando la mejor manera de ayudarle. 

No podemos cerrar los ojos; no podemos permitir, aun respetando la libertad de cada persona y su personal responsabilidad en sus decisiones, que alguien se hunda porque no le advertimos del peligro, porque no seamos capaces de tener una mano para que pueda sortear ese momento difícil. Tenemos que sentir hondamente esa responsabilidad por el hermano y con él saber buscar caminos de vida.

Pero como hemos venido diciendo no nos quedamos reducidos a ese ámbito particular de cada persona, sino que eso ha de llevarnos a mucho más; es la responsabilidad que tenemos con la sociedad en la que vivimos. 

Es fácil que todos nos pongamos a hablar de lo mal que andan las cosas; hay momentos difíciles por los que pasamos con mucha frecuencia en nuestra sociedad que parece que nos encontramos como en un callejón sin salida porque los problemas se acumulan, porque no siempre somos capaces de entendernos o ponernos de acuerdo en las soluciones que le tenemos que ir dando a los caminos o a los momentos que vivimos, pero todo se nos va y se nos queda en nuestras críticas y en nuestros juicios, en culpar a los demás, sean personas, sean partidos, sean instituciones, de que las cosas vayan como están marchando, pero poco aportamos, pocos lazos de entendimiento buscamos, demasiados abismos creamos entre unos y otros, de excesiva tensión cargamos el más mínimo intento de diálogo que queramos entablar. 

¿No tendríamos que buscar otros caminos? ¿No tendríamos que bajarnos de nuestros pedestales de orgullo con los que queremos siempre imponernos a los demás? Algo nuevo y distinto tendríamos que hacer para mejorar el estado Si nos callamos, como nos decía el profeta, también a nosotros se nos pedirá cuenta de lo que no hicimos.


viernes, 2 de diciembre de 2022

Aunque ciegos vamos por los caminos abramos nuestros sentidos del espíritu para descubrir las señales que nos ayuden a encontrar el camino y la luz

 


Aunque ciegos vamos por los caminos abramos nuestros sentidos del espíritu para descubrir las señales que nos ayuden a encontrar el camino y la luz

Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31

Seguir a alguien por un camino siendo ciego parece una cosa bastante difícil, porque quien no va iría tropezando con todo, no sabría los límites del camino y tendría el peligro de despeñarse, y podría desistir ante la imposibilidad de seguir el paso de quien está bien, ve con claridad y nada le detiene.

¿Andaremos así en la vida? ¿Podremos con nuestras cegueras tener certeza del camino que hacemos y podremos alcanzar la meta? ¿No tenemos el peligro de errar el camino, de no encontrarle sentido a lo que hacemos, de que la oscuridad nos agobie o se convierta en una barrera difícil de superar? ¿Podremos tener claro hacia donde vamos? Y comprenderemos que no estamos ha hablando de las cegueras de los ojos, sino de esas otras cegueras de nuestro espíritu, de esas oscuridades en que nos vemos envueltos cuando hay cosas que no entendemos, cuando las dificultades de la vida nos hacen tropezar, nos desorientan y nos hacen perder el sentido de la vida.

El evangelio de hoy nos habla de dos ciegos que seguían a Jesús por el camino. En medio de sus tumbos al final llegaron también a la casa de Jesús. ¿Les guiaban sus oídos porque escuchaban el murmullo de los que acompañaban a Jesús y ya eso les servía de alguna manera de guía? ¿Alguien entre los que estaban caminando con Jesús les pudo quizás servir de lazarillo para ayudarles de alguna manera a seguir tras Jesús? Sabían ellos a quien estaban intentando seguir, porque pedían compasión y misericordia; no era solo la limosna que estaban acostumbrados a pedir en la orilla de los caminos a quienes por allí transitaban, sino que ellos lo que estaban pidiendo era recobrar la vista. ‘Ten compasión de nosotros, ¡Hijo de David!’ era su súplica.

Logran al final llegar a los pies de Jesús, ya en casa, y se establece aquel diálogo en aquella súplica que es oración, pero que es también proclamación de una fe, porque ante la pregunta de Jesús de si creían ellos que El pudiera hacerlo, su respuesta es una afirmación de su fe. Y desde esa fe recobran la vista. ‘Suceda conforme a vuestra fe’, les dice Jesús y ellos recobran la vista. Pero aquí no acaba todo porque no son sólo sus ojos los que se han abierto, sino que ante ellos se abre un horizonte nuevo donde tienen que anunciar lo que Jesús ha hecho con ellos. ‘Ellos al salir hablaron de él por toda la comarca’.

Estamos contemplando aquí todo un itinerario de nuestra búsqueda de la luz pero también de cuanto podemos hacer para ayudar a otros a encontrar la luz. Entre tropiezos caminamos, pero siempre con los sentidos abiertos para descubrir las señales que Dios va poniendo junto a nosotros como muestra de su amor.

Quizás nos llama la atención el camino que otros también están haciendo y seguimos el rumor de sus pasos porque también nosotros queremos encontrar algo; quizás sentimos una mano amiga que nos ayuda a caminar y nosotros nos dejamos ayudar, que puede ser una palabra o un gesto, que pueda ser descubrir que hay alguien a nuestro lado cuya presencia nos estimula para superar dificultades, para encontrar el camino de salida de esa oscuridad.

Pero estamos descubriendo también lo que podemos hacer, el testimonio que podemos ofrecer, la palabra buena que podemos decir, el brazo que tendemos generosos para que pueda servir de apoyo a otros, o el ser capaces de ponernos en camino para anunciar todo lo que el Señor ha hecho con nosotros. Es anuncio de evangelio.

¿Queremos seguir en la oscuridad? ¿Ayudaremos a otros a que también encuentren la luz? ¿Nuestra vida es testimonio de quien se ha dejado iluminar para reflejar esa luz y ayudar también a los demás? ¿Seremos unos testigos que pongamos más luz en nuestro mundo?

viernes, 17 de septiembre de 2021

Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están haciendo el mismo camino, son la comunidad de Jesús de la que yo también soy miembro

 


Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están haciendo el mismo camino, son la comunidad de Jesús de la que yo también soy miembro

1Timoteo 6,3-12; Sal 48;  Lucas 8,1-3

Hacer camino, muchas veces hablamos de ello. Comparamos la vida con un camino, un camino que cada uno tiene que hacer personalmente, pero un camino que cuando vamos acompañados de buena compañía parece que se nos hace más liviano. Algunos quizás quieren caminar solos, pero como se suele decir, el que solo va, solo se cae y solo se queda. La compañía de los que van caminando a nuestro lado nos anima, nos estimula; claro que no lo hemos de tomar como una carrera a ver quien llega primero, sino que lo importante es alcanzar la meta. Sentirnos acompañados nos estimula y nos da fuerza, nos hace superar con mayor facilidad los obstáculos, nos ayuda a no perder la ruta a donde queremos llegar.

Hoy el evangelio nos habla de esos caminos que hacia Jesús acompañado de sus discípulos. ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres…’ nos relata el evangelista. Nos dará luego el nombre de algunas de esas mujeres que acompañaban a Jesús en la tarea del anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios y de los servicios que incluso prestaban.

Aunque estamos haciendo mención a este episodio concreto si recorremos las páginas del evangelio veremos a Jesús siempre en camino, pero en camino rodeado de gente; están aquellos discípulos que quieren seguir más de cerca, como serán luego los doce apóstoles especialmente llamados por El; pero están todo esos que se convierten en colaboradores también del anuncio del Reino, como todos aquellos que porque quieren escuchar a Jesús son capaces de irse de un lugar a otro para seguir sus pasos.

Me quiero ver yo también en esa comitiva de los que caminan con Jesús. Metámonos en el interior del evangelio y encontremos en sus páginas nuestro lugar, encontremos nuestro sitio al lado de Jesús en medio de todos aquellos que le siguen, de aquellos discípulos más cercanos, como decíamos, o formando grupo con aquellas mujeres que le atendían. Hay un puesto para nosotros.

No es necesario que juguemos con la imaginación. Pensemos realmente en lo que es el camino de nuestra vida cristiana, el camino de la Iglesia. Aunque lo sabemos tenemos la tentación muchas veces de ponernos a vivir el seguimiento de Jesús como muy en solitario, como si solo fuera un camino que hacemos solo nosotros y no caemos en la cuenta de cuantos son los que a nuestro lado están también haciendo ese camino.

Como decíamos, es el camino de la Iglesia. Es el camino de nuestras comunidades y parroquias. Que tienen que ser eso, comunidades, gente que en comunión los unos con los otros vamos haciendo ese camino de nuestra fe con nuestros compromisos, con nuestras responsabilidades asumidas, con esas tareas que podemos realizar también en medio de la comunidad, con ese lugar que ocupo allí en nuestras celebraciones.

Cuidado no nos aislemos. Muchas veces cuando vamos a Misa los domingos, da la impresión que cada uno va a lo suyo, a escuchar o a celebrar su misa, a realizar su cumplimiento personal, como si nuestra presencia allí nada tuviera que tener con los demás que están participando o viviendo aquella celebración. Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están en la misma celebración, son esa comunidad de la que yo también soy miembro.

Renovemos esos deseos de sentirnos juntos en camino con Jesús, pero juntos con esos hermanos que también están haciendo camino a nuestro lado. Que nos sintamos estimulados y que seamos también estímulo para los demás.

martes, 13 de julio de 2021

Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 


Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

Hay quienes no se dejan ayudar. Lo vemos con frecuencia en el devenir de la vida. Estamos queriendo ayudar a alguien que sabemos que lo está pasando mal, que está en una situación desastrosa en la vida, y allí queremos estar a su lado con buenas palabras y con buenos consejos, más de una vez quizás nos hemos sacrificado en nuestras cosas por tratar de ayudar a mejorar la situación de esa persona, ponemos mucho empeño desde muchos caminos, pero no hay manera; aquella persona sigue igual, no da pasos que signifiquen que quiere salir de aquella situación, pareciera que se aferra a esos problemas y no conseguimos nada. Nos sentimos desalentados, nos dan ganas de tirar la toalla, como quien dice, y que esa persona se las arregle por sí sola ya que no quiere dejarse ayudar, pero seguimos quizás con aquella inquietud en nuestro corazón pensando qué más podríamos hacer, qué más podríamos haber hecho y no hicimos.

¿Sería algo así cómo se sentiría Jesús después de aquellas correrías que había hecho por toda Galilea y lo más que cosechaba es que algunos en unos primeros momentos se sintieran entusiasmados con sus milagros o con sus mismas palabras, pero luego pronto lo olvidaban todo?

Algo así estaba sucediendo. Momentos de multitudes que se arremolinaban a su puerta con sus enfermos para que los curase, o que se las encontraba incluso allá en lugares apartados donde en alguna ocasión se había querido retirar; momentos en que las gentes se multiplicaban en alabanzas y entusiasmo, pero pronto parecía que no hacía mella aquella buena noticia que El les anunciaba. Parecía, en ocasiones, que solo buscaran al taumaturgo, o en otras ocasiones sus palabras podían despertar aquel sentimiento nacionalista al que vivían tan apegados algunos con sus deseos de revolución. Pero entender lo que era el nuevo Reino de Dios que El anunciaba, eso de ninguna manera.

Hoy le escuchamos recriminar a Corozaín y a Betsaida, pero también a la misma Cafarnaún donde tanto se había prodigado. Y compara cuál hubiera sido la respuesta en ciudades paganas como las cercanas Tiro y Sidón, o lo que le hubiera sucedido a Sodoma que no hubiera sido destruida. Pero en esos sitios no se había anunciado la Buena Noticia del Reino como se había hecho a lo largo y ancho de Galilea. ¿Merecerían el castigo divino? Bien nos ha dicho que El es como el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida, por barrancos o despeñaderos, donde pueda encontrarla. Por eso la Palabra de Jesús se sigue pronunciando esperando que la semilla abundantemente esparcida por todos los terrenos un día pueda dar fruto.

Pero bien sabemos que cuando a nosotros hoy se nos anuncia también esa Buena Noticia del Evangelio no es para que entremos en juicios y condenaciones de hechos o de gentes de otro momento. Esos hechos que nos narra el evangelio vienen a ser signos para nosotros que tratan de despertarnos de la modorra espiritual que también vivimos y no terminamos dar el fruto que el Señor nos pide. No maldice Jesús la higuera improductiva de nuestra vida, sino que como buen labrador seguirá abonando nuestra tierra y regándola con la gracia para que un día también dé fruto.

¿No tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también por la poca respuesta que damos? Pensemos a lo largo de nuestra vida cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios; pensemos todo ese caudal de ese río de gracia que hemos recibido a lo largo de la vida en cuantas Eucaristías hemos participado, en cuantos sacramentos hemos recibido, en cuantos momentos de intensidad espiritual se nos han ofrecido. ¿Hemos dado respuesta en consonancia con todo eso que hemos recibido? Pero el Señor sigue esperando.

 

miércoles, 13 de enero de 2021

Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

 


Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

Hebreos 2,14-18; Sal 104; Marcos 1,29-39

Hablar de los demás es fácil; aunque intentamos en la vida respeto y discreción sabemos bien cómo en nuestras conversaciones algo que nos es fácil que nos surja es el hablar de los otros; esas comidillas donde comentamos de todo, pero donde caemos también tan fácilmente en la murmuración, la crítica y la condena, el sembrar sospechas y desconfianzas.

Así somos los humanos y es la piedra en la que fácilmente tropezamos. Nos es más fácil comentar lo que hizo o lo que no hizo, lo que me desagrada o lo que pueda llevar a una condena, que sentir una verdadera preocupación por la otra persona y con todo el respeto del mundo, por ejemplo, estar atento a sus necesidades o a sus problemas para prestar alguna ayuda.

Si algo se nos permitiera como correcto sería el buscar el apoyo de los otros para ayudar a salir de unos problemas o necesidades, o el saber acudir a quien de verdad pueda prestar una ayuda a la persona para que pueda salir adelante. Ese interés en el buen sentido por los otros es algo que quizá no siempre entra en nuestros planes porque quizá tememos hasta donde nos puede llevar el compromiso.

Respetamos a la persona y el camino que haya querido escoger para su vida, pero con todo el respeto del mundo muchas veces esa persona necesita una mano que le ayude a levantarse, a encontrar nuevo camino, a llegar a una luz que dé sentido y orientación a sus problemas.

Hoy he querido fijarme este aspecto positivo que debiéramos tener en nuestra preocupación por los demás y lo hago al hilo del evangelio que se nos propone. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de Simón Pedro y Andrés. A continuación el evangelista nos relata cómo cura a la suegra de Pedro que está en cama con fiebre, y a una multitud que se agolpa a su puerta en la que traen a muchos enfermos con todo tipo de dolencias. A la mañana siguiente, cuando Jesús se ha retirado en la madrugada a la soledad y silencio del amanecer para la oración, vienen diciéndole que hay mucha gente que le busca y que le espera.

Nos fijamos siempre en la solicitud de Jesús por los demás y en especial por los enfermos, como un signo que va realizando de ese Reino de Dios que está anunciando y que ahora quiere llevar su anuncio a otras aldeas y lugares. Nos fijamos en ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús siempre atento al sufrimiento de los demás, a nuestro sufrimiento del que nos quiere sanar.

Pero hay un aspecto en el que quiero fijarme y que viene a ser ya en aquellos que comienzan a seguirle como un signo de que ellos están acogiendo también ese reino de Dios y están ya mostrando señales en su vida. Fijémonos en la mediación que hay en todos estos casos de los que hoy nos habla en el evangelio de personas que muestran interés por los que sufren y cómo se convierten en cierto modo en intercesores ante Jesús. Cuando llegan a casa de Simón Pedro y Andrés ‘le dicen’ que la suegra de Pedro está enferma; aquellos enfermos que se agolpan a la puerta de la casa ‘han sido traídos’, y el final será Pedro quien ‘va a decirle que hay mucha gente que le busca’.

Gente que habla de los demás y se preocupa de los demás, pero que van a decírselo a Jesús. Preocupación por los otros para ayudarles a salir de sus problemas e intercesión a quien en verdad puede sanarlos y darles nueva vida. Y es aquí donde me pregunto por esa preocupación que yo pueda sentir por los demás. Es cierto que rogamos al Señor por los nuestros, por nuestros familiares y los que están cercanos a nuestra vida; pienso que siempre estarán presentes en nuestra oración. Pero ¿nuestra preocupación y nuestra oración se sale de ese círculo de los más cercanos haciendo una oración más universal para presentarle al Señor nuestra súplica por los problemas del mundo?

Creo que aquí tendríamos que hacernos muchas consideraciones en este sentido, de cual es nuestra oración. Serán cuantos sufren en nuestro mundo de una forma o de otra, serán quienes se ven atenazados por tantas cosas que les esclavizan y les dominan, serán los problemas concretos de esa sociedad en la que vivimos y los derroteros que se van tomando, será la preocupación por los que tienen responsabilidades en nuestra sociedad por los que tendríamos que rezar aunque quizá no piensen como nosotros ni actúen según nuestros principios pero para quienes tendríamos que pedir también esa luz de lo alto que les lleve a actuar en justicia y por el bien de todos, será nuestra oración por la Iglesia y las situaciones difíciles que vive la Iglesia en el mundo de hoy y los problemas que tienen muchos cristianos para testimoniar su fe.

La suegra de Simón está enferma, nuestra sociedad está también enferma; le llevaban a Jesús los enfermos y nosotros llevamos a Jesús esos sufrimientos de nuestros hermanos; todo el mundo buscaba a Jesús y quería estar con El, ahora habrá muchos que no lo buscan o que quieran quizás desterrar el nombre de Jesús, pero por ellos también tenemos que pedir para que un día sean capaces de reconocer la luz.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Seamos signos de que pasa Jesús Nazareno en los caminos de dolor de la vida y seamos capaces de escuchar el clamor de los que sufren

 


Seamos signos de que pasa Jesús Nazareno en los caminos de dolor de la vida y seamos capaces de escuchar el clamor de los que sufren

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

‘Pasa el Nazareno’ fue la respuesta a su pregunta. Aquella afluencia de gente en la entrada o en la salida de la ciudad no era habitual; de cuando en cuando grupos de galileos que preferían el camino del valle del Jordán atravesaban Jericó para desde allí subir a la ciudad santa sin tener que pasar por la tierra de los samaritanos, conocida su rivalidad. Ahora el tumulto que se escuchaba era distinto y pregunta. No ve, pero sabe que eran muchos y aquello era algo especial.

Había oído hablar del profeta de Nazaret que en alguna ocasión ya había atravesado la ciudad y se contaba algún acontecimiento especial. Por eso grita con fuerza ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí’. Quieren hacerlo callar; quizá molestaba a los que querían escuchar las palabras de Jesús, pero él insiste más fuerte. No quiere que Jesús pase de largo. Era su oportunidad; en aquella ocasión no pensaba quizá en las limosnas que pudiera alcanzar de los acompañantes, que ahora en principio parecía que estaban en su contra, pero vislumbraba que algo especial podía suceder dada la fama que el profeta de Nazaret había adquirido y conocidos eran sus milagros.

Jesús no pasa de largo, como hacemos nosotros tantas veces; ni da el rodeo de aquel sacerdote y aquel levita de Jerusalén precisamente en ese mismo camino entre Jericó y Jerusalén. Jesús se detiene y lo manda llamar. ‘El maestro te llama’ y de un salto se postra a los pies de Jesús. ¿Qué podía hacer Jesús por él? ‘Que vuelva a ver’ eran sus deseos. La ceguera era señal segura de pobreza y de miseria, de vivir en la dependencia para siempre de lo que los otros buenamente pudieran dar, porque en su casa no podía entrar ningún jornal, siendo ciego como era y en aquella época los servicios sociales eran escasos.

Es tan poco lo que le está pidiendo a Jesús pero al mismo tiempo tan importante. No pedía riquezas ni poder ocupar primeros puestos en su reino, como desearían algunos de los discípulos cercanos a Jesús; no quería que solucionara los problemas que podrían preséntarsele con los demás, sino solamente recobrar la dignidad perdida. Sí, recobrar la vista era como recobrar la dignidad, porque ya entonces podría valerse por sí mismo. Podría trabajar, podría ganarse su sustento, no significaba salir de la pobreza total, pero sí al menos recobrar su dignidad para poder trabajar dignamente.

¿Qué pedimos nosotros o qué ofrecemos nosotros cuando nos encontramos con alguien en la miseria de su vida? Tendría que hacernos pensar el pensamiento de aquel hombre, como tendría que hacernos pensar la actitud y la postura de Jesús. Se ha detenido al borde del camino donde hay alguien malherido de la vida en su ceguera; pero además Jesús pide la colaboración de los demás, de aquellos incluso que antes querían impedirle que gritara desde su pobreza. Y también las actitudes de aquellas personas cambiaron, porque ahora lo ayudaron a llegar hasta Jesús. ‘El Maestro te llama’, y lo conducen hasta Jesús que allí está esperando la llegada de aquel hombre. ¿Algo así haremos nosotros también con el que vemos caído en el camino? ¿Seremos obstáculo de acercamiento a Jesús o tenderemos nuestra mano para ayudarle a encontrarse con Jesús y una nueva vida?

Claro que Jesús le hizo recobrar la vista, le devolvió su dignidad; aquel hombre se sintió engrandecido y con saltos de alegría alababa a Dios y quería seguir con Jesús. Lo que había recibido le impulsaba a algo distinto en la vida, no podía quedarse al borde del camino, tenía que ponerse también en camino, primero al encuentro con Jesús en su actitud de acción de gracias, siempre a Dios para alabarle por sus beneficios y seguro que ahora su encuentro con los demás, con los suyos o con sus convecinos sería totalmente distinto. Su vida era ya para siempre una alabanza al Señor.

lunes, 24 de febrero de 2020

Humildad grande y apertura del corazón para gustar del don de la fe y hacer que cada día crezca más y más


Humildad grande y apertura del corazón para gustar del don de la fe  y hacer que cada día crezca más y más

Santiago 3, 13-18; Sal 18; Marcos 9, 14-29
Una cosa, una aptitud que nos suelen recomendar es que tengamos fe en nosotros mismos; la autoestima es algo que nos aconsejan los sicólogos como algo muy fundamental para el camino de nuestra vida, porque tenemos que creer en nosotros mismos, en nuestros valores, y que seremos capaces de conseguir aquello que anhelamos o con lo que soñamos. Eso nos hará sentirnos fuertes dentro de nosotros mismos y nos hará mantener nuestra lucha y nuestro esfuerzo para querer alcanzar una meta, para superar obstáculos, para encontrar solución a los problemas que se nos vayan presentando.
Claro que esto no significa autosuficiencia de creernos que solo en nosotros tenemos la fuerza y no ser capaces de pedir la ayuda que necesitamos en un momento determinado. El autosuficiente se siente engreído en si mismo y termina en su orgullo de querer ponerse en estadios que no le corresponden o de subirse a pedestales colgándose a si mismos muchas medallas. Esa fe en nosotros mismos nos hace ver también la realidad de lo que es nuestra debilidad, de aquello que por nosotros no podemos alcanzar pero porque tenemos esa fe en un día poder alcanzarlo también con la humildad suficiente pedir ayuda a quien nos pueda tender una mano o darnos una salida o solución.
Cuando nos sentimos desesperados y agobiados en nuestros problemas, en aquello que nos sucede pero de lo que queremos salir podemos perder la confianza y tener la tentación de tirarlo todo por la borda. Es un peligro que tenemos que evitar por eso tenemos que creer en nosotros mismos y con esa humildad también de saber pedir ayuda a quien puede ofrecérnosla.
Cuando Jesús baja del monte con los tres discípulos que habían sido testigos de hechos maravillosos allá en la altura, se encuentran un gran revuelo y a un padre desesperado. Tenía fe en Jesús pero no lo encontró cuando le traía a aquel hijo aquejado de tantos males, endemoniado como se solía considerar en aquella época, y al no estar Jesús sus discípulos no habían podido hacer nada. A la llegada de Jesús se postra ante El para pedir su ayuda con la queja de que los discípulos nada habían hecho. Jesús se queja de la falta de fe, porque incluso lo ve en los apóstoles que allí habían quedado; el  hombre insiste en su petición pero ahora con cierta duda y por eso le dice ‘si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos’.
‘¿Si puedo? Todo es posible para el que tiene fe’, es la respuesta de Jesús. Y ahí se agarra aquel hombre; él quiere creer pero sabe que su fe es pobre, que se llena de dudas, que tiene miedo, pero grande es la angustia por la que está pasando por la situación de su hijo. Y entonces surge esa hermosa oracion que tanto tendría que valernos también para nosotros. ‘Entonces el padre del muchacho se puso a gritar: Creo, pero ayuda mi falta de fe’.
Creía, necesitaba creer, pero necesitaba que su fe creciera, que se acabaran sus dudas, que tuviera la certeza de que Jesús en verdad podía curar a su  hijo, como en realidad sucedió. Por eso suplica que le ayude a aumentar su fe. ‘Ayuda mi falta de fe’.
Comenzamos hablando de la fe solamente en un sentido humano como una aptitud que hemos de tener para nosotros mismos, creer en nosotros mismos. Pero ya decíamos que esa fe nos hace reconocer nuestra debilidad y nos hace pedir ayuda. Humanamente tenemos que hacerlo en esas buenas aptitudes que hemos de tener en la vida, pero también en el ámbito de la fe como un don espiritual, sobrenatural.
Reconocemos que es un don de Dios, que Dios nos regala. Pero no podemos se autosuficientes y que ya creemos solo por nosotros mismos. Hemos de tener la humildad de pedir la fe, de pedir que se nos ayude, que Dios nos ayude a que crezca nuestra fe. Es una humildad grande y una apertura muy importante que hemos de tener en nuestro corazón.