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martes, 18 de julio de 2023

Con sinceridad tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido

 

Con sinceridad tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido

 Éxodo 2,1-15a; Sal 68;  Mateo 11,20-24

Mira qué desagradecido, nos atrevemos a pensar en más de una ocasión cuando no somos correspondidos por alguien al que quizás en muchas ocasiones habíamos ayudado de alguna manera pero que ahora parece que se desentiende de todo y todo parece darlo por olvidado. No es que hagamos las cosas para que nos las agradezcan, eso al menos decimos no sé si por quedar bien, pero nos gusta que esas personas correspondan de alguna manera, se acuerden de lo que un día hicimos por ellas y de alguna manera den una respuesta.

Claro que eso nos es fácil pensarlo de los demás y quizás somos nosotros en muchas cosas de la vida los que de alguna manera estamos actuando así. En fin de cuentas en la vida todo nos relaciona a los unos con los otros y siempre directa o indirectamente siempre estamos recibiendo algo de los demás. Son cosas que hemos de saber valorar, tener en cuenta, corresponder de alguna manera, es como iremos haciendo crecer también nuestras relaciones de amistad y todo lo que es el aprecio que nos hemos de tener los unos a los otros. Mucho tenemos en la vida que aprender en este sentido.

El evangelio de hoy nos está hablando de una queja de Jesús, por llamarlo de alguna manera; una queja hacia algunos pueblos y ciudades de aquel entorno de Galilea donde Jesús se prodigó más en su predicación y en sus milagros.  Se nos está refiriendo a algunos pueblos de aquel entorno del lago de Tiberíades, como eran Betsaida, precisamente la patria de Simón y de Andrés, y otras ciudades como Corozaín. Mucho había predicado Jesús allí y muchos milagros habría realizado y sin embargo no daban señales de conversión, no daban señales de creer en El.

‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido: ¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Y Jesús les hace la comparación con Sodoma y Gomorra, aquellas ciudades destruidas por la increencia y la maldad con fuego del cielo, y también compara con Tiro y con Sidón, dos ciudades de gentiles, en las tierras de Fenicia junto al mar, dedicadas al comercio sobre todo pero que eran famosas por su increencia.

Y Jesús ahora les dice que si en esos sitios se hubieran hecho los milagros que en Corozaín y Betsaida se han realizado, seguro que hubieran dado señales de conversión. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras… Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, - y está haciendo referencia ahora a Cafarnaún - habría durado hasta hoy’.

Pero releamos este pasaje del evangelio no solo pensando en aquellas ciudades y aquel entorno donde Jesús realizaba el anuncio del Reino de Dios, sino haciendo referencia a nosotros mismos. Hablábamos al principio de esa actitud desagradecida con que muchas veces caminos en la vida en nuestras relaciones entre unos y otros, hagamos ahora referencia a nuestra relación personal con Dios. ¿Cuál es nuestra respuesta? ¿Seremos en verdad conscientes de cuanto recibimos cada día de Dios en la misma vida que vivimos y en cuanto nos rodea que tendríamos que saber descubrir la mano de Dios?

Pensemos en nuestra vida personal, con nuestra historia, con nuestras luces y con nuestras sombras, todo lo que ha sido el camino en nuestra vida en lo religioso y en nuestra fe, en los sacramentos que hemos recibido o la Palabra de Dios que tantas veces hemos escuchado, en los problemas con que nos hemos ido encontrando en la vida y cómo tantas veces hemos pedido la ayuda de Dios, en tantos que Dios ha puesto a nuestro lado y que con su palabra, con su testimonio y su ejemplo han sido voz de Dios para nuestra vida, en las veces que nos hemos sentido pecadores y hemos implorado el perdón del Señor, y así podríamos según pensando en muchas cosas más. ¿Cuál ha sido nuestra respuesta? ¿Qué frutos de vida cristiana estamos manifestando en nuestra vida? ¿Hasta donde llega nuestro compromiso con la Iglesia?

Mira qué desagradecido, decíamos al principio pensando en las cosas que vemos en nuestro entorno en otras persona, pero ¿no tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido?

 


martes, 13 de julio de 2021

Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 


Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

Hay quienes no se dejan ayudar. Lo vemos con frecuencia en el devenir de la vida. Estamos queriendo ayudar a alguien que sabemos que lo está pasando mal, que está en una situación desastrosa en la vida, y allí queremos estar a su lado con buenas palabras y con buenos consejos, más de una vez quizás nos hemos sacrificado en nuestras cosas por tratar de ayudar a mejorar la situación de esa persona, ponemos mucho empeño desde muchos caminos, pero no hay manera; aquella persona sigue igual, no da pasos que signifiquen que quiere salir de aquella situación, pareciera que se aferra a esos problemas y no conseguimos nada. Nos sentimos desalentados, nos dan ganas de tirar la toalla, como quien dice, y que esa persona se las arregle por sí sola ya que no quiere dejarse ayudar, pero seguimos quizás con aquella inquietud en nuestro corazón pensando qué más podríamos hacer, qué más podríamos haber hecho y no hicimos.

¿Sería algo así cómo se sentiría Jesús después de aquellas correrías que había hecho por toda Galilea y lo más que cosechaba es que algunos en unos primeros momentos se sintieran entusiasmados con sus milagros o con sus mismas palabras, pero luego pronto lo olvidaban todo?

Algo así estaba sucediendo. Momentos de multitudes que se arremolinaban a su puerta con sus enfermos para que los curase, o que se las encontraba incluso allá en lugares apartados donde en alguna ocasión se había querido retirar; momentos en que las gentes se multiplicaban en alabanzas y entusiasmo, pero pronto parecía que no hacía mella aquella buena noticia que El les anunciaba. Parecía, en ocasiones, que solo buscaran al taumaturgo, o en otras ocasiones sus palabras podían despertar aquel sentimiento nacionalista al que vivían tan apegados algunos con sus deseos de revolución. Pero entender lo que era el nuevo Reino de Dios que El anunciaba, eso de ninguna manera.

Hoy le escuchamos recriminar a Corozaín y a Betsaida, pero también a la misma Cafarnaún donde tanto se había prodigado. Y compara cuál hubiera sido la respuesta en ciudades paganas como las cercanas Tiro y Sidón, o lo que le hubiera sucedido a Sodoma que no hubiera sido destruida. Pero en esos sitios no se había anunciado la Buena Noticia del Reino como se había hecho a lo largo y ancho de Galilea. ¿Merecerían el castigo divino? Bien nos ha dicho que El es como el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida, por barrancos o despeñaderos, donde pueda encontrarla. Por eso la Palabra de Jesús se sigue pronunciando esperando que la semilla abundantemente esparcida por todos los terrenos un día pueda dar fruto.

Pero bien sabemos que cuando a nosotros hoy se nos anuncia también esa Buena Noticia del Evangelio no es para que entremos en juicios y condenaciones de hechos o de gentes de otro momento. Esos hechos que nos narra el evangelio vienen a ser signos para nosotros que tratan de despertarnos de la modorra espiritual que también vivimos y no terminamos dar el fruto que el Señor nos pide. No maldice Jesús la higuera improductiva de nuestra vida, sino que como buen labrador seguirá abonando nuestra tierra y regándola con la gracia para que un día también dé fruto.

¿No tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también por la poca respuesta que damos? Pensemos a lo largo de nuestra vida cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios; pensemos todo ese caudal de ese río de gracia que hemos recibido a lo largo de la vida en cuantas Eucaristías hemos participado, en cuantos sacramentos hemos recibido, en cuantos momentos de intensidad espiritual se nos han ofrecido. ¿Hemos dado respuesta en consonancia con todo eso que hemos recibido? Pero el Señor sigue esperando.

 

martes, 14 de julio de 2020

El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar


El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar

Isaías 7, 1-9; Sal 47; Mateo 11, 20-24
¿Qué hacemos cuando hemos estado preocupándonos por alguien de quien no veíamos clara su situación y tratábamos de ayudarle ya fuera con un buen consejo para que recapacitara de cuál era la situación en la que estaba viviendo y que le estaba llevando a la ruina de su vida o quizás pusimos recursos de nuestra parte hasta de orden material para que fuera capaz de emprender algo distinto pero esa persona no quería escucharnos, rechazó cuantos ofrecimientos le hicimos y siguió en su empeño, por decirlo de alguna manera, de despeñarse por esa corriente?
Sentimos quizá hasta ira dentro de nosotros, la tentación de abandonarla a su suerte desentendiéndonos y tratando quizá de olvidar. Nos sentimos impotentes, sentimos rabia en nuestro interior por no poder hacer nada, y quizá abandonamos nuestra lucha  dejándola a su suerte que se la había buscado. Tendríamos que tener una sensibilidad especial y una fuerza de voluntad grande por querer hacer el bien, para seguir intentándolo por todos los medios.
¿Qué sentía Jesús cuando había gente que lo ignoraba, se encontraba con aquellos que siempre le estaban buscando las cosquillas, o cuando no había una respuesta sincera y auténtica ante todo lo que le ofrecía?
Claro que podemos pensar también quienes hemos vivido o vivimos algunos compromisos dentro de la Iglesia y hemos querido trabajar por los demás en distintas tareas o servicios que se pueden ofrecer desde la comunidad eclesial cómo nos sentimos o cómo reaccionamos ante la indiferencia que encontramos en nuestro entorno; o lo que sentimos por la en cierto modo manipulación que se quiere hacer de nuestro trabajo porque ofrecemos un mensaje, tratamos de hacer un anuncio del evangelio, pero luego vemos que convierten nuestras celebraciones cristianas poco menos que en un circo de vanidades sociales. Pensamos en lo que se han convertido las primeras comuniones y también la celebración de las bodas en la Iglesia, por señalar algunas cosas. Todo aquello que tratábamos de transmitir en nuestras catequesis ¿en qué se ha quedado?
También podemos sentir frustración y cansancio, sentir que no merece la pena porque no encontramos la respuesta deseada, o dejarnos arrastrar por esas vanidades de la vida y vivir todas esas situaciones de una forma conformista. Aunque quizá algunas veces nos puede sobrevenir la ira como cuando los apóstoles pidieron a Jesús que hiciera bajar fuego del cielo porque en una población no los habían querido recibir porque iban a Jerusalén.
En el evangelio que hoy se nos ha propuesto en la liturgia podemos decir que estamos contemplando el dolor del corazón de Cristo ante la respuesta negativa que en algunos lugares están dando a su predicación. Habla en concreto de aquellas ciudades o poblaciones del entorno del lago de Tiberíades, como Corozaín, Betsaida o la misma Cafarnaún donde de alguna manera Jesús se había establecido como centro de operaciones. Se lamenta Jesús por aquellas ciudades como un día le veremos llorar sobre la ciudad de Jerusalén porque no le ha escuchado.
Mucho había realizado Jesús en aquellos pueblos y aldeas con su predicación, con sus milagros, con su presencia pero no habían terminado de entrar en el camino de la conversión. Y compara con Sodoma o aquellas ciudades malditas en el entorno del mar Muerto, o con las ciudades paganas de Tiro y Sidón en la cercana Fenicia. Si allí se hubieron hecho los signos que en estas ciudades habrían dado respuesta. Por eso, como les dice, para esas ciudades el juicio será más llevadero que el que merezcan estas ciudades del entorno de Tiberíades. Pero Jesús allí estaba y allí seguía porque el anuncio de la Buena Nueva no podía dejar de realizarse.
Claro que en nuestra reflexión miramos nuestra vida y tratamos de ser conscientes de cuánto hemos recibido del Señor. No se trata de juzgar o condenar a los demás sino de mirarnos a nosotros mismos; cuánto ha derrochado de su amor Dios sobre nosotros a lo largo de nuestra vida.
Pensemos en cuánta predicación escuchada, cuántos sacramentos recibidos, cuántos momentos de gracia hemos vivido, cuánto hemos participado de la celebración de la Eucaristía, y aun así seguimos siendo inconstantes, muchas veces mantenemos una frialdad o una tibieza en nuestro espíritu que no se corresponde al calor del amor de Dios que hemos recibido. ¿No tendríamos de alguna manera que despertar ya de una vez por todas? De una cosa estamos seguros, el Señor no nos abandona y nos sigue regando con su gracia, sigue llamando a la puerta de nuestro corazón.

jueves, 12 de febrero de 2015

El amor nunca podrá ser insensible ante las necesidades o sufrimientos de los demás

El amor nunca podrá ser insensible ante las necesidades o sufrimientos de los demás

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30
‘Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió…’ Y es que el amor nunca será insensible ante las necesidades o sufrimientos de los demás.
Jesús está fuera de territorio judío, ‘se fue a la región de Tiro’, nos dice el evangelista. Pero aunque quiere pasar desapercibido su fama había llegado también a aquellos lugares ya apartados de la tierra judía. ‘Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies’. Allí está el corazón roto de una madre que ve sufrir a su hija. Sabe que Jesús puede curarla, aunque ella es gentil, pagana, pero acude a Jesús con total confianza. A pesar de los aparentes desaires de Jesús ella insiste.
Las expresiones que se usan, y que nos pueden escandalizar, eran las expresiones habituales que utilizaban los judíos para referirse a los extranjeros. El amor puede más que todas las conveniencias sociales por así decirlo, porque los judíos se consideraban los únicos depositarios de la promesa de salvación de Dios. Pero Jesús llega a todos y es el que amor nunca se puede resistir allí donde haya una necesidad o sufrimiento.
‘Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’. Vence la fe y el amor. Cuánto tenemos que aprender. Por encima de todo está el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Pero allí están también la fe y el amor de aquella mujer. Fe porque tiene la seguridad de que Jesús escuchará su súplica. Insiste una y otra vez; los desaires no le hacen desistir; podría parecer imposible pero ella confía y confía con humildad. ¿Que me llaman perro? Pues los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de los niños. Y así ella confía con ese espíritu humilde.
Pero decimos también el amor de aquella mujer. No está pidiendo para sí, está pidiendo la salud de su hija. Es su dolor pero es su amor. No le importa tanto su sufrimiento o las humillaciones que pueda padecer, cuando el sufrimiento de su hija. Y nosotros tantas veces acudimos al Señor solo pensando en nuestros propios problemas y necesidades y no somos capaces de echar una mirada en torno para ver el sufrimiento de tantos que están a nuestro lado. Tenemos el peligro de hacernos egoístas en nuestra oración. Tendríamos que aprender a pensar más en los demás, en las necesidades y sufrimientos de los demás.
Que no nos encerremos nunca en nosotros mismos o nuestro propio dolor; seamos capaces de ver el sufrimiento de los otros; seamos capaces un poco de olvidarnos de nosotros mismos o nuestros propios problemas para mirar el sufrimiento de los otros, para interceder por los otros. Vencerá el amor y también nosotros nos veremos recompensados pues el Señor atenderá también a nuestra necesidad.


jueves, 13 de febrero de 2014

CON FE VERDADERA Y CON ESPIRITU HUMILDE ACUDIMOS A DIOS Y EL REALIZA MARAVILLAS EN NOSOTROS



Con fe verdadera y con espíritu humilde acudimos a Dios y El realiza maravillas en nosotros

1Reyes, 11, 4-13; Sal. 105; Mc. 7, 24-30
Cuando con fe verdadera y con espíritu humilde acudimos a Dios, El se nos manifiesta y realiza las maravillas de su amor en nosotros. Es el mensaje en pocas palabras que podemos resumir de este texto del evangelio que hoy se nos proclama.
Jesús está fuera de Palestina y de la tierra de los judíos. ‘Jesús se fue a la región de Tiro’; es la Fenicia, el Líbano actual, y es tierra de paganos. Pero hasta allí ha llegado también la fama de Jesús, porque ya en otro momento del evangelio se nos hablará que también de los territorios de Tiro y de Sidón venían a escucharle y a traerle sus enfermos para que los curase. Normalmente el territorio que Jesús recorre anunciando el Reino de Dios es la tierra de los judíos, principalmente Galilea y Judea cuando viene a Jerusalén. En ocasiones, lo hemos visto en la tierra de los Gerasenos, al otro lado del lago, o recorriendo la Decápolis, como hoy también lo veremos a su regreso.
Sin embargo, quiere pasar desapercibido, alojándose en una casa, pero no lo consiguió nos dice el evangelista. Hasta allí llega una mujer de aquella región, ‘una mujer pagana, una fenicia de Siria’, lo que indica que no creía en Yahvé, el Dios de los judíos, ‘que tenía una hija poseída por un espíritu inmundo’. Pero acude a Jesús ‘y le rogaba que echase el demonio de su hija’.
En el diálogo que se sigue entre Jesús y aquella mujer vamos a contemplar una fe grande y un espíritu humilde que será el que moverá el corazón de Cristo. Parece sentirse rechazada, pero ella sigue confiando y suplicando. Como los pobres que nada tienen lo hace con humildad. Ella sabe y reconoce que no es judía y que Jesús ha venido al pueblo judío que es donde anuncia el Reino de Dios, pero como dice, los perritos debajo de la mesa comen las migajas que tiran los niños.
No le importa sentirse humillada, porque Jesús empleará una palabra usual entre los judíos para referirse a los paganos, pero el dolor de una madre es tan grande que sigue confiando en que va a ser escuchada. Así se realizará. ‘Jesús le dice: anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija. Y al llegar a casa se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado’.
Fe, humildad, perseverancia y constancia en la oración son cosas que aprendemos de esta mujer. Tenemos que aprender a acercarnos a Dios. Tiene que ser la oración humilde de los hijos que se saben amados y, aunque se ponga a prueba nuestra fe porque nos parezca que no somos escuchados, ahí tiene que estar nuestra humildad y nuestra perseverancia. Y es que estamos poniendo mucho amor. Y el amor nos hace confiar y nos hace ser perseverantes. No vamos a Dios con exigencias, recordándole a Dios lo bueno que somos, sino que tenemos que ir siempre con humildad, sabiendo que no somos merecedores.
También otro pagano en su oración y súplica a Jesús es buen ejemplo para nuestra oración. Fue la fe, la confianza, la humildad y la perseverancia del centurión romano, que estaba seguro que iba a ser escuchado por el Señor. ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa’, diría el centurión. ‘También los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños’, será la respuesta confiada de esta mujer fenicia.
Y nosotros tantas veces nos cansamos de nuestra oración y perdemos la confianza porque nos parece que no somos escuchados. Vayamos con humildad al Señor que siempre nos escucha y nos regala con su gracia haciendo maravillas en nosotros. Tenemos que sentirnos siempre amados de Dios porque somos sus hijos y siempre nos llenará con su gracia. No dejará nunca el Señor que el espíritu del mal nos domine; siempre está a nuestro lado llenándonos de su gracia y de su paz.

martes, 17 de julio de 2012

Una respuesta de amor que el Señor nos pide

Una respuesta de amor que el Señor nos pide
Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 20-24

‘Jesús se puso a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’. Cafarnaún donde había puesto como su centro probablemente viviendo en la casa de Pedro, Betsaida de donde eran naturales Simón Pedro y su hermano Andrés y algún otro de los apóstoles, Corozaín, lugares costeros alrededor del Lago de Tiberíades o Mar de Galilea. Pero no daban los frutos que el Señor pide, la conversión.

Cuando el evangelista nos narra que Jesús se vino a establecer en Cafarnaún dejando Nazaret recuerda palabras del profeta Isaías, porque aquellos momentos fueron momentos de luz para aquellas gentes que les llenaba de esperanzas. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en una región de sombra de muerte una luz les brilló’. Así quiere recoger el evangelista lo que significó el comienzo de la predicación de Jesús anunciando el Reino de Dios.

Pronto veremos que las gentes se llenaban de esperanza al escuchar el mensaje de Jesús y ver los signos que realizaba. Muchos se entusiasmaban por seguirle. Solo un pequeño grupo se mantenía fiel, de entre los que escogió a los doce apóstoles. Aunque muchos se entusiasmaban la constancia en el seguimiento de Jesús no fue buena entonces como nos sigue sucediendo a nosotros hoy. Nos entusiasmamos, prometemos muchas cosas, pero pronto nos enfriamos y terminamos por olvidar. Malo cuando incluso nos ponemos en contra como sucede tantas veces.

Pero era, podíamos decir, la lucha entre las tinieblas y la luz. El evangelio de Juan que es muy expresivo en sus imágenes nos lo recuerda. ‘La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’ Jesús les recrimina a los fariseos que están ciegos porque quieren ser ciegos, porque rechazan la luz. Recordamos el episodio del ciego de Jerusalén que Jesús envía a lavarse a Siloé, y como rechazan su testimonio y no quieren ver la luz.

Ahora Jesús, como venimos comentando, recrimina a aquellas ciudades donde tantos milagros había hecho. Como les dice, si hubiera hecho esos milagros en Sodoma o Gomorra, o en Tiro o en Sidón se hubieran convertido y no merecerían castigo, pero los ha hecho allí entre aquellas gentes que no terminan de aceptarle. El día del juicio les será más llevadero a aquellas ciudades que siempre habían sido consideradas malditas y paganas, porque aquí se había prodigado el Señor con su predicación y con su amor en los signos que realizaba y sin embargo no se convertían.

Todo esto tiene que hacernos pensar. Porque no es cuestión simplemente de juzgar o condenar a aquellas ciudades, sino de mirarnos a nosotros mismos. Mirarnos a nosotros mismos para ver cuánto nos ha regalado el Señor y lo mezquinos que somos tantas veces en nuestra respuesta. ¿Amamos todo lo que deberíamos al Señor?

Podríamos pensar en todo lo que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Habría que hacerlo con corazón agradecido al Señor. Si nos detuviéramos un poquito para hacer un recuento de cuántas veces en nuestra vida hemos sentido la presencia y la llamada del Señor quizá hasta nos sorprenderíamos. Pero quizá no sea necesario tanto, sino mirar nuestros últimos tiempos, lo que ahora mismo nosotros vivimos y veamos si en verdad estamos correspondiendo como deberíamos a tanto amor del Señor.

No nos hacemos estas consideraciones para llenarnos de temor, sino para aprender a tener un corazón agradecido. Hacemos este recuento de las maravillas del amor del Señor en nosotros que se manifiesta de tantas maneras para que nos sintamos más motivados para dar esa respuesta de amor que el Señor está esperando de nosotros.

Respondamos con más amor a tanto amor que el Señor nos tiene.

jueves, 9 de febrero de 2012


Una lección de fe y de humildad para acudir al Señor con toda confianza

1Reyes, 11, 4-13; Sal. 105; Mc. 7, 24-30
Una lección grande de fe y de humildad. Una fe constante y firme nos manifiesta esta mujer cananea y una humildad grande. Cómo necesitaríamos nosotros tener esa firmeza de fe pero también esa humildad.
Jesús está fuera de los límites de Palestina. Estaba en la región de Tiro y dice el evangelista que quería pasar desapercibido. No era tierra ya de judíos sino cananeos. Sin embargo, como hemos visto en otros lugares del evangelio su fama se había extendido superado los límites de Palestina, más allá de Galilea donde habitualmente Jesús predicaba y anunciaba el Reino de Dios. 
Igual que cuando se había ido con los discípulos a un lugar tranquilo y apartado con los discípulos para estar a solas con ellos por las orillas del lago, ahora tampoco había podido pasar desapercibido porque esta mujer cananea va tras El gritando  y suplicando por su hija que está enferma, poseída por un espíritu impuro. La mujer era pagana, una fenicia de Siria, comenta el evangelista.
La mujer suplica con fe, pero parece que Jesús no le hace caso. Más bien las expresiones de Jesús son de rechazo, en un lenguaje que nos puede parecer fuerte y duro, pero era en cierto modo la manera cómo los judíos trataban a los paganos. Una expresión en labios de Jesús que de alguna forma manifiesta cómo el Reino había de anunciarse primero a los judíos. Eran los herederos de la Alianza, los hijos, con quienes Dios había la había pactado allá en el Sinaí y a quienes por medio de los profetas se les trataba de mantener en esa fidelidad y esperanza de salvación.
Pero la mujer no se acobarda, podríamos decir, por las palabras de Jesús, sino que su humildad le hace ser más constante en su petición. ‘También los perros, debajo de la mesa, comen de las migajas que tiran los niños’, dice la mujer. Hermoso ejemplo de humildad y de constancia en la oración. Le valdrá para que Jesús la envíe a casa diciéndole que su hija está curada. ‘Anda, vete que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija. Y al llegar a casa se encontró a la niña sentada en la cama y el demonio se había marchado’. La fe de aquella mujer alcanzó la curación de su hija.
Aquí tenemos la lección para nuestra vida que no somos constantes en nuestra oración. Cuántas veces pensamos que el Señor no nos escucha. Cuántas veces cuando nos llega lo que pone a prueba nuestra fe y nuestra constancia, desistimos y abandonamos. Pedimos y queremos que se nos conceda las cosas tal como  nosotros las deseamos, pero no somos capaces de darnos cuenta que el Señor nos dará siempre lo mejor para nuestra vida. Pedimos y pedimos, pero no sabemos escuchar a Dios, descubrir cuáles son los verdaderos designios de Dios para nuestra vida.
Repetidas veces aparecerá en el evangelio el testimonio de la fe de unos paganos que se acercan a Jesús con mucha más confianza y humildad que los propios judíos. Es el caso de esta mujer cananea, como lo es también el caso del centurión romano cuya fe es alabada por Jesús. Con fe humilde y confiada tenemos que aprender a ir a Jesús. Con fe reconociéndole a El como al Señor, al Dios a quien hemos de adorar y en quien hemos de escuchar. Con humildad reconociendo nuestra pequeñez y nuestra indignidad.
No somos dignos, pero la Palabra del Señor nos salva, y nos sana, y transforma nuestro corazón, y nos llena de gracia, y nos hace vivir una vida nueva que es la vida de los hijos, porque nos hace hijos de Dios. Acudamos con esa confianza y con esa humildad al Señor que siempre seremos escuchados y siempre nos dará el Señor mucho más de lo que nosotros seamos capaces de pedirle.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Que se mueva nuestro corazón para reconocer las maravillas de amor del Señor por nosotros


Baruc 1, 15-22;

Sal. 78;

Lc. 10, 13-16

‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Lamentos de Jesús por aquellas ciudades donde había predicado la Palabra de Dios, anunciado el Reino con obras y palabras y no habían dado respuesta. Lamenta Jesús también la situación de Cafarnaún que se levantaba llena de orgullo considerándose una ciudad próspera por su situación allá junto al lago, donde tantas obras había realizado Jesús y no se habían convertido. ‘¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo…’

Hace referencia Jesús a otras ciudades consideradas paganas y malditas, como eran Tiro y Sidón por una parte, y las ciudades destruidas por el fuego por su maldad en la antigüedad de Sodoma y Gomorra que si allí se hubiera hecho tanto como ahora en estas ciudades hacía Jesús se hubieran vestido de sayal y no hubieran merecido castigo.

Como dirá Jesús en otra ocasión ‘lloraréis y os rechinarán los dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y todos los profetas sentados en la mesa del Reino de Dios mientras vosotros seréis arrojados fuera. Pues vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur a sentarse en la mesa del Reino de Dios’.

Lo vamos a escuchar también el domingo en la parábola de los viñadores homicidas. ‘Arrendará la viña a otros labradores que entreguen los frutos a su tiempo… Os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que corresponden…’

Algo que tiene que hacernos pensar a nosotros que tanta gracia recibimos del Señor. Sí, es una gracia del Señor no solo la fe que hemos recibido y todo lo que a lo largo de nuestra vida hemos ido recibiendo del Señor, sino lo que ahora mismo estamos recibiendo. Podríamos pensar en cuántas veces hemos recibido el perdón del Señor, cuántas veces hemos tenido la oportunidad de acercarnos a la Eucaristía, cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios. ¿Cuáles son nuestros frutos?

Ahora mismo cada día, cada mañana, tenemos la oportunidad de reunirnos para celebrar la Eucaristía y escuchar la Palabra del Señor, ¿estará creciendo más y más en santidad nuestra vida? ¿Somos cada día mejores?

No echemos en saco roto la gracia del Señor que se nos manifiesta de mil maneras en tantos mimos de Dios para con nuestra vida. Ese amor de Dios que se manifiesta en tantos cuidados que recibimos, en tantas personas que nos quieren y están cercanas a nosotros a nuestro lado. Manifestaciones del amor de Dios tenemos que reconocer. Manifestaciones del amor de Dios que tendrían que mover nuestro corazón a dar una mejor respuesta de amor cada día.

En la primera lectura hemos escuchado un texto del profeta Baruc. Probable secretario de Jeremías y recopilador de las profecías del mismo, fue profeta en los primeros tiempos del exilio en Babilonia y supo hacer una lectura creyente de la situación difícil por la que estaba pasando el pueblo desterrados y cautivos lejos de su tierra, de sus casas, de su templo, de lo que había sido su vida hasta entonces y no habían sabido valorar ni cuidar lo suficiente.

Ahora se sienten pecadores y humildes se postran ante el Señor pidiendo perdón, queriendo convertir sus corazones al Dios de la Alianza cuyos mandatos habían tan fácilmente olvidado y desobedecido. ‘No obedecimos al Señor que nos hablaba por medio de sus enviados los profetas… haciendo lo que el Señor reprueba’.

Fue una ocasión para escuchar ahora la llamada del Señor y convertirse a El. ¿No tendríamos que hacer lo mismo nosotros también cuando tantas son las llamadas del Señor y la gracia que derrama cada día sobre nosotros?

martes, 12 de julio de 2011

Cuánto ha hecho el Señor por nosotros y qué pobre es nuestra respuesta


Ex. 2, 1-15;

Sal. 68;

Mt. 11, 24-30

Mira tú esa persona qué desagradecida, con todo lo que han hecho por ella… pensamos y hasta decimos muchas veces; pero claro, siempre refiriéndonos a los demás. Pero sería bueno que fuéramos sinceros con nosotros mismos y nos miremos hasta donde llegan nuestras propias actitudes de gratitud o de desagradecimiento. Y no se trata ya solamente en nuestras mutuas relaciones, sino en la respuesta o no respuesta que nosotros damos a Dios con nuestra vida.

Es el primer pensamiento que me sugiere el texto del evangelio que hemos escuchado. Hay un reproche grande de Jesús hacia las gentes de aquellos lugares donde tanto se ha prodigado en su predicación del Reino y en los signos que ha ido realizando de la cercanía del Reino de Dios que va anunciando. ‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’, dice el evangelista.

Se contraponen en el texto aquellos lugares de Galilea donde Jesús realizaba principalmente su actividad, Cafarnaún y sus alrededores, aquellos lugares de Galilea por los que iba predicando, anunciando el Reino y realizando tantos milagros, con otras ciudades paganas como Tirón y Sidón en Fenicia y Sodoma castigada por su pecado.

Se hace referencia especial a Cafarnaún que sale con mayor frecuencia en el relato de los evangelistas y Corozaín y Betsaida, ciudades cercanas que no son tan nombradas en los evangelios, pero que por la mención de Jesús eran lugares frecuentemente visitados. Naturales de Betsaida eran Pedro, Andrés y Felipe. Se hace mención de algunos milagros allí realizados y probablemente en sus cercanías pudiera haber sido el sitio de la multiplicación de los panes y los peces.

‘¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido…’ Lo mismo recrimina a Cafarnaún ‘¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al Abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy’. En referencia a la destrucción de Sodoma y Gomorra y aquellas otras ciudades llenas de perversión y pecado que nos relata el Génesis cuando la historia de Abrahán y su sobrino Lot.

Pero como decíamos al principio tenemos que mirarnos a nosotros mismos y ver nuestra respuesta. Cuánto nos ha dado el Señor y qué pobre es nuestra vida. Cuántas gracias ha derramado el Señor sobre nuestras vidas. Cuántas llamadas y cuántas oportunidades. Cuántas veces se nos ha proclamado la Palabra de Dios y se nos ha invitado a convertirnos al Señor. Cuántas veces hemos recibido la gracia de los sacramentos a lo largo de la vida. Cuántas señales podemos apreciar del amor de Dios que realiza maravillas cada día para nosotros.

El Señor tiene un amor preferencial por nosotros. Podríamos haber nacido en otros países. Podríamos haber tenido otras familias. Podríamos vernos ahora abandonados y despreciados por todos. Pero desde que nacimos hasta la última hora el Señor va poniendo en nosotros su mirada de amor, tendiéndonos su mano para levantarnos, llamándonos allá en lo hondo del corazón esperando una respuesta.

Pero, ¿seremos lo suficientemente santos? ¿Damos en verdad frutos de amor y de santidad en nuestra vida o seguimos con nuestro pecado, nuestras frialdades espirituales, nuestras rutinas que no nos dejan despertar a una vida de más amor y entrega, nuestras desganas y cansancios? Qué desagradecidos somos con la gracia del Señor.

Pero el Señor es paciente con nosotros y no se cansa de esperarnos. Llama a la puerta del corazón cada día con una nueva gracia esperando nuestra respuesta de amor. No nos hagamos sordos a las llamadas del Señor. No endurezcamos nuestro corazón sino dejémonos conducir por la gracia del Señor, por la fuerza y el fuego de su Espíritu. Démosle una respuesta agradecida al Señor con nuestra santidad y nuestra entrega de amor.

viernes, 1 de octubre de 2010

¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…!

Job. 38, 1.12-21; 39, 33-35;
Sal. 138;
Lc. 10, 13-16

El orgullo de que somos cristianos viejos, cristianos de siempre queda bien herido con las palabras de Jesús a Corozaín, Betsaida y Cafarnaún.
Eran pueblos y ciudades del entorno del lago de Tiberíades, de la zona geográfica, podemos decir, donde Jesús de manera especial realizó su actividad pública. El evangelio nos repite varias veces que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea. Allí predicaba anunciando el Reino de Dios, allí realizó la mayoría de los milagros que nos narran los evangelios. Pero, ¿cuál era la respuesta?
Hoy les dice Jesús que ‘si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en ceniza’. Tiro y Sidón eran ciudades cananeas, ciudades paganas más al norte del territorio de Palestina. Por allá llegó Jesús cuando la curación de la hija de la Cananea y a Cesarea de Filipos que quedaba ya en el límite cuando la confesión de fe de Pedro. Recordamos también la respuesta de Jesús a la petición de la cananea que ‘el pan de los hijos no se da a los perros’, en referencia a que había venido a anunciar la salvación directamente en Israel.
Nos sucede tantas veces que porque somos religiosos, porque vivimos una cierta práctica de vida cristiana, porque escuchamos con frecuencia – en nuestro caso todos los días – la Palabra de Dios, ya nos creemos convertidos lo suficiente y nos parece que ya no necesitamos hacer nada más. Vivimos a la sombra del campanario de nuestra Iglesia y ya con eso pensamos que estamos salvados. Le sucede a mucha gente en nuestros pueblos que viven en la cercanía de la Iglesia, o que se hacen muy presentes en la fiesta del santo del pueblo, y ya piensan que con eso está todo hecho.
Es que siempre hemos de estar abiertos a la Palabra de Dios. No nos podemos hacer oídos sordos, porque pensamos que ya nos la sabemos o la conocemos. Es un peligro de rutina en el que podemos fácilmente caer. Pero ser cristiano es una vida y una vida siempre está en crecimiento; cuando no crece se muerte. Por eso en la respuesta que le damos al Señor con nuestra vida cristiana, con nuestro seguimiento del Evangelio no podemos pensar que ya lo tenemos todo hecho. Siempre tiene que haber en nuestra vida un espíritu de superación y unos deseos de crecimiento.
Espíritu de superación porque siempre podemos ser mejores, porque siempre habrá cosas que purificar en nuestro corazón, porque siempre podemos crecer en la virtud. Deseos de crecimiento decimos, porque además es cuestión de respuesta de amor. Y el amor nunca se agota, ni se queda estabilizado. El amor tiene que crecer más y más nuestro amor al Señor, como respuesta a ese amor inmenso que El nos tiene, siempre tiene que estar en crecimiento.
No nos valen orgullos de cosas pasadas, de todo lo que hice, de la fe que siempre he tenido, sino que cada día tengo que dar mi respuesta, cada día tiene que crecer mi amor, cada día tiene que ser mayor mi entrega y mi compromiso, cada día tienen que resplandecer más mis virtudes, cada día tiene que ser más grande mi santidad.
‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…! y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo?’ Que no oigamos la queja del Señor porque no le demos esa respuesta de amor cada día más creciente y más fructífera.

martes, 17 de agosto de 2010

Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja

Ez. 28, 1-10;
Sal.: Dt. 32, 26-36;
Mt. 19, 23-30

‘Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja…’ Era como un refrán o una sentencia muy utilizada por los rabinos en Israel para expresar que algo era difícil, poco menos que imposible. Podemos pensar en el ojo de una aguja que se utiliza para coser, por muy grande que sea, o podemos pensar, como se suele interpretar, en las puertas pequeñas y estrechas que había en las murallas de una ciudad junto a la puerta mayor por la que entraran los carruajes o las bestias de carga, pero a las que sería imposible pasar por esa puerta pequeña. Más un camello con la forma de llevar la carga con sus angarillas laterales o por las petas propias del animal.
Jesús lo aplica a los ricos que quieren entrar con todas sus riquezas en el reino de los cielos. ‘Más fácil que un rico entrar en el reino de los cielos’. Es el comentario que sigue a la tristeza del joven rico que no fue capaz de desprenderse de lo que tenía para seguir a Jesús. Los apegos del corazón hacen bien difícil el seguimiento del camino de Jesús. ‘No podéis servir a Dios y al dinero’, diría Jesús en otra ocasión.
En la primera lectura hemos escuchado al profeta Ezequiel en un oráculo-profecía contra el rey de Tiro. Esta ciudad era famosa por sus riquezas y por sus sabios, puesto que sus habitantes eran muy dados al comercio. ‘Con tu talento y tu habilidad, te hiciste una fortuna; acumulaste oro y plata en tus tesoros; con agudo talento de mercader ibas acrecentando tu fortuna y tu fortuna te llena de presunción’. Así le dice el profeta y le denuncia que se ha engreído tanto su corazón que se cree dios y no hombre, y se jacta de sus riquezas y de sus sabidurías. ‘Te hundirán en la fosa, morirás con muerte ignominiosa, en el corazón del mar’, les anuncia el profeta. Es que el Señor resiste a los soberbios, o como escuchábamos en el cántico de María ‘derriba del trono a los poderosos y a los ricos los despide vacíos’.
La reacción de los discípulos cuando escuchan a Jesús es que ‘entonces, ¿quién puede salvarse?... para los hombres es imposible, no para Dios’, les responde Jesús. costará y será difícil ese desprendimiento, ese vivir desapegado a las riquezas, pero con la ayuda y la gracia del Señor todo es posible. Tendremos que utilizar esos medios materiales y pecuniarios en nuestras relaciones humanas para la adquisición de aquello que necesitamos. Pero no hagamos nunca que el dinero sea nuestro Dios. Que los talentos y habilidades que nos ha dado el Señor sean siempre para lo bueno y para la gloria del Señor.
Los discípulos se preguntan y a ellos que les pasará, porque lo han dejado todo para seguirle. Un día dejaron la barca allá junto al lago los que eran pescadores, o le mostrador donde cobraba los tributos Leví, el publicano, como cada uno de los apóstoles cuando se habían decidido a seguir a Jesús lo habían dejado todo por estar con El..
‘Cuando llegue la renovación y el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir las tribus de Israel…’ Lo han dejado todo, padre, madre, hermano, casa, tierra y Jesús, el hijo del Hombre que aparecerá con todo poder y gloria, les dirá ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre, pasad a heredar el Reino de mi Padre, preparado para vosotros desde la fundación del mundo… heredarán la vida eterna’.
Que merezcamos nosotros alcanzar también la vida eterna. Que vivamos con ese corazón desprendido y generoso.