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domingo, 16 de agosto de 2026

Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

 


Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

Isaías 56, 1. 6-7; Salmo 66; Romanos 11, 13-15. 29-32;Mateo 15, 21-28

‘Mira qué vas a hacer, porque esto es ya un fastidio’, algo así quizás habremos dicho alguna vez, o lo hemos escuchado de una forma directa y clara o con insinuaciones porque de alguna manera nos parecemos a los políticos que quieren quedar siempre bien pasándole la pelota a otros; y digo que lo hemos dicho cuando nos encontramos manifestaciones que reivindican o reclaman derechos o cosas que necesitan, cuando se acumulan personas y situaciones que nos parecen ajenas pero que han rebotado en nuestros lares, cuando quizás nos vemos impotentes pero quizás por nuestra falta de decisión o por pensar solo en nosotros mismos, porque esas personas que nos están llegando parece o que van a cambiar nuestras costumbres o a quitarnos el pan que nosotros pretendemos ganar cuando ellos traen tras de sí más miserias y necesidades de las que podemos imaginar.

He querido describir y contemplar ese cuadro que además hemos de reconocer que es incompleto cuando escuchamos este texto del evangelio en que Jesús, saliéndose del propio territorio de Israel y Palestina, ha llegado a unos territorios paganos en que una cananea va gritando tras Jesús pidiendo compasión porque tiene una hija con una grave enfermedad, poseída por el maligno como era la expresión más usual. Parece que Jesús no atiende a la petición de esta Cananea y serán los discípulos los que al final cansados de aquellos gritos que los persiguen le piden a Jesús que haga algo, aunque sea para quitársela de encima.

La fe y la confianza de aquella mujer se está viendo puesta a prueba. Jesús y aquel grupo de discípulos que la acompañan son judíos, con sus propias convicciones y planteamientos, mientras que ella es una pagana. Pero terminará diciendo ante el aparente rechazo de Jesús ‘también los perritos terminan comiendo las migajas que caen de la mesa de sus amos’, haciendo referencia a la manera que tenían habitualmente los judíos más radicales de mirar a los que no fueran judíos; ni en sus casas querían entrar, cuanto menos hacerles un favor.

Pero Jesús admira la fe de aquella mujer que se mantiene constante en su confianza y en su petición. Habrá otra ocasión en que Jesús también se admira de la fe de un pagano, como será el caso del centurión que pedía la salud para su criado enfermo al que miraba como un hijo. ‘No he encontrado en Israel nadie con tanta fe’, dirá entonces; ahora le dice a la mujer que vaya y que se cumpla conforme ha creído. Ya en otro momento nos dirá que vendrán de Oriente y de Occidente quienes se sienten en la mesa del reino de los cielos frente al rechazo que los hijos de Israel están haciendo del mensaje del evangelio.

Con Jesús se romperán todas las barreras que imponen limitaciones o que crean distancias. Recordemos que cuando nos habla del amor nos dirá y con gran exigencia que hemos de amar también a los enemigos, y saludar a los que no nos saludan, y prestar también a quienes no colaboran con nosotros porque el sol sale para todos, para justos y para injustos. Con Jesús ya no valen los condicionamientos sociales ya sean mujeres o ya sean niños, ya sean considerados buena gente o ya sean considerados pecadores porque la mujer pecadora lavará y perfumará sus pies o Zaqueo el publicano lo hospedará en su casa, con Jesús se caen las barreras de las impurezas legales porque dejará que el leproso llegue ante Él y extenderá su mano para tocarlo y quede limpio o la hemorroísa podrá tocar la orla de su manto para curarse de sus hemorragias, ya no hay limitaciones que nos imposibiliten ir al paso de los demás porque si es necesario la camilla bajará desde el techo para poder llegar a los pies de Jesús, ni soledades que aíslen porque Él sabrá buscarlo para ponerle en camino al encuentro con los demás como con el paralítico de la piscina.

Lo que hoy en el evangelio nos pareciera lentitud en la reacción de Jesús ante la petición de aquella mujer cananea podríamos decir que entra en la pedagogía del evangelio porque Jesús está queriendo que nosotros nos detengamos a pensar, a reflexionar y a reaccionar. ‘Dadle vosotros de comer’, les dirá a los discípulos que le plantean que despida a la gente en el descampado para que encuentren donde comprar comida, o preguntará de cuántos panes disponen para provocar que un muchacho ofrezca sus cinco panes y dos peces para alimentar a aquella multitud.

¿No será también lo que Jesús con este evangelio está queriendo provocar en nosotros? Al comienzo de nuestra reflexión hacíamos recuento de algunas de esas situaciones que suceden a nuestro alrededor pero en las que siempre estamos esperando que sean otros los que tomen las iniciativas. ¿Cuáles son las iniciativas que nosotros somos capaces de aportar? Quejarnos es una cosa que hacemos con facilidad ante cualquier cosa que vemos a nuestro lado y nos parece que está mal, pero ¿cuál es la mano que nosotros estamos dispuestos a poner? ¿Le habremos mirado a los ojos a esas personas que se arraciman en nuestro entorno con sus necesidades o con sus quejas? ¿Seremos capaces de ver la historia que hay detrás de cada una de esas personas, por ejemplo, que llegan como decimos ilegalmente a nuestras costas o atraviesan nuestras fronteras?

No queremos que nos molesten, pero ¿hasta donde somos nosotros capaces de llegar?


miércoles, 5 de agosto de 2026

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 


Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13;Mateo 15, 21-28

‘¡Ayúdame!’ ¿Lo habremos escuchado alguna vez? Como recurso fácil enseguida pensamos en el amigo que se ve en apuros y que no sabe a quien acudir y cuando nos encuentra, quizás con mucha vergüenza en su cara, nos cuenta su situación. Pero sabemos ciertamente que de una forma u otra lo hemos escuchado muchas veces; quizás íbamos ensimismados repasando la lista de las cosas que vamos a comprar y a la puerta del supermercado nos cruzamos con alguien que nos está tendiendo una mano o en un cartelito nos habla de los hijos pero ante quien pasamos de largo sin detenernos a prestar atención; a la puerta de la Iglesia está quizás el inmigrante de siempre pero al que esquivamos para no tropezar porque ya vamos tarde para misa.

Escuchamos, y de eso sabemos mucho en nuestras islas de las pateras que continuamente llegan a nuestras costas y que con una mirada de esperanza porque ya cruzaron el mar nos están mirando pero que pronto puede convertirse en dolor y desilusión por quienes se quedaron en el mar o porque ahora no encuentran lo que tanto esperaban. ¿No nos están diciendo ¡ayúdame! esos miles que llegaron estos días a Ceuta, - y dejemos a un lago connotaciones y críticas políticas - y que muchos poco a poco han tenido que regresar por donde vinieron porque no encontraron ni un trozo de pan que llevarse a la boca?

‘¡Ayúdame!’ ha sido el grito que hemos escuchado en el evangelio en aquella mujer y madre cananea que va detrás de Jesús gritando porque tiene una hija muy enferma – poseída por un espíritu inmundo en la concepción de la enfermedad que entonces se tenía – y que parece no escuchar respuesta. Hasta los discípulos le dicen a Jesús que la atienda para que no les moleste más.

Aparecen una consideraciones que vienen a poner a prueba la fe de aquella mujer que vienen quizás a reflejar las consideraciones o las disculpas que nosotros nos hacemos o ponemos cuando vemos esa mano tendida a nuestro lado. Al final Jesús se admira de la fe de aquella mujer, que está hablando y suplicando desde un corazón dolorido, que está hablando y suplicando desde un corazón de madre que sufre en la situación en que se encuentra su hija, que está hablando desde ese mundo de distancias y discriminaciones en que tantas veces nos vemos envueltos; son, podríamos decir, los zapatos que lleva en sus pies cuando se acerca a Jesús, pero es también la fortaleza que le da la fe para creer y para confiar, para sobreponerse a lo que parece un camino lleno de obstáculos, a poner toda su confianza en quien ella sabe que la va a escuchar y ofrecerle el pan de los hijos.

Creo que aquí hay una hermosa lección para nuestra vida, para que aprendamos a superar esas prevenciones con que tantas veces vamos a caminando por la vida que nos hace desconfiados, que nos endurece el corazón y nos insensibiliza; a nosotros con nuestros zapatos de la comodidad nos resulta fácil el camino, pero tenemos que ponernos en los zapatos de esos que nos están tendiendo una mano, que los tenemos a las puertas de nuestros establecimientos y de los que pasamos de largo, que llegan a nuestras costas tras infames travesías y habiendo dejado atrás sus seres queridos en sus particulares situaciones y su tierra, o que llegan a nosotros de la manera que sea. ¿Seremos capaces de ponernos en sus zapatos de su pobreza y su miseria, de sus sufrimientos y soledades?

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad en nuestros corazones, a poner más compromiso de amor con ese mundo que queremos hacer mejor, a darle todo el valor de su dignidad como personas a sea quien sea el que llegue a nuestro lado. Este evangelio de la cananea nos dice mucho.


jueves, 12 de febrero de 2026

Creemos en lo que pedimos y somos perseverantes y nuestra moneda de cambio es el amor, porque nos confiamos en lo grande que es el amor que Dios nos tiene

 


Creemos en lo que pedimos y somos perseverantes y nuestra moneda de cambio es el amor, porque nos confiamos en lo grande que es el amor que Dios nos tiene

1Reyes 11, 4-13; Salmo 105; Marcos 7, 24-30

En la vida nos aparecen muy pronto los cansancios y pronto, al menos desaire o contratiempo, desistimos de aquello que anhelamos y buscamos; es imposible, nos decimos, yo no soy capaz o no tengo fuerzas, nos vamos argumentando a nosotros mismos, nos olvidamos que echamos la semilla a la tierra y no brota de inmediato, tiene su tiempo para la germinación, pero vivimos en un mundo de prisas y de lo inmediato, queremos que todo sea como tocar una tecla o un botón para que de inmediato se enciendan todas las luces, a eso nos va llevando la tecnología moderno, aunque tenemos que reconocer que siempre hemos sido impacientes, y por eso se nos quedan las cosas a la mitad.

Pero yo quiero ver detrás de todo eso algo que quizás nos falta que es el amor por eso o en medio de eso que buscamos. Tan tecnificados estamos que vamos perdiendo esos valores de humanidad, fácilmente nos quedamos en superficialidades o en lo externo y no ponemos corazón en aquello que buscamos. Quizás estamos acostumbrados a sustituir fácilmente unas cosas por otras que desde esa superficialidad no valoramos lo que verdaderamente buscamos con ese grado de humanidad.

Hoy el evangelio nos sitúa a Jesús fuera del territorio de Israel, se ha ido por el norte y por las afueras ya en territorio de los fenicios; eran territorios paganos y aunque Jesús luego nos dejará el mandato de ir a anunciar el evangelio por todos los pueblos y naciones, sin embargo su predicación y su presencia el evangelio lo recorta a las tierras de Israel; en contadas ocasiones, como en esta, lo veremos fuera de la Palestina judía; aquí que quiere pasar desapercibido, y cuando atravesando el lago llega al territorio de los gerasenos que incluso le pedirán que se vaya de aquel lugar; cuando envía en distintos momentos a los discípulos a anunciar el Reino les dirá que solo vayan a los territorios de los judíos; bien sabemos que su mensaje final tendrá un carácter universal.

Centrándonos en este episodio que hoy nos ofrece el evangelio una mujer fenicia tiene una hija enferma y en su desesperación acude a Jesús. Pero la veremos que acude a Jesús con fe; al principio no es escuchada, pero los desaires no lo impiden seguir insistiendo. ¿Es que el amor de una madre por su hija que se le muere se puede apagar de cualquier manera? El amor de madre le hizo ser insistente, porque también los cachorritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos, será la respuesta de aquella mujer.

Jesús movido por su fe y por ese amor de madre accederá a lo que le pide aquella mujer. Grande es su fe, grande es el amor de madre. ¿Nos valdrá este pensamiento para mantenernos con insistencia en aquello que pedimos o que buscamos? Decíamos antes que pronto nos llegan los cansancios, pero el amor verdadero no se cansa nunca; es lo que tiene que envolver nuestra vida, es lo que amasamos con nuestra fe para ser en verdad constantes y profundos en nuestra oración o en la consecución de aquellas metas que nos hemos propuesto, de esos ideales por los que luchamos.

Creemos en lo que pedimos o buscamos, pero nuestra fe y nuestra constancia la vamos a poner en aquel a quien pedimos porque sabemos qué grande es el amor que Dios nos tiene. Por eso tenemos que saber apelar al amor. Y entonces no habrá cansancio ni abandono por mucho que sea lo que nos cueste conseguirlo, nuestra moneda es el amor. Es la perseverancia de nuestra fe alimentada y amasada en el amor.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Jesús se sentó a hablar con la mujer cananea, ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con tantos con los que nos cruzamos y evitamos tantas veces?

 


Jesús se sentó a hablar con la mujer cananea, ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con tantos con los que nos cruzamos y evitamos tantas veces?

Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

Cuando se acerca a nuestra puerta, nos cruzamos por la calle o nos encontramos en un lugar de convivencia pública con una persona extraña, reconozcamos que de alguna manera nos ponemos como en guardia, nos mostramos precavidos, no mostramos demasiada familiaridad o pretendemos guardar las distancias; es cierto que en la sociedad actual estamos disfrutando de una gran movilidad y nos es fácil encontrarnos con gente extranjera que viene a visitar nuestro lugar, vivimos en un mundo de mas intercambio intercultural incluso, sin embargo hay algo que tenemos que reconocer; quizás a aquel que miramos con ojos de turista, por decirlo de alguna manera, nos es más fácil aceptarlo, porque hasta vemos una fuente de ingresos para la economía del lugar, sin embargo, seamos sinceros, ante los que vemos o consideramos como inmigrantes ilegales – en nuestras islas en este momento es un problema acuciante – no los tratamos con el mismo espíritu de acogida; son aquellos a los que ponemos distancia, de los que desconfiamos y hasta la sociedad hace sus campañas que creo que están muy llenas de inhumanidad.

Creo que con cosas en las que tenemos que pensar, tienen que hacernos reflexionar, por razones de humanidad, pero también desde nuestro sentido cristiano de la vida tenemos que ver cual tiene que ser realmente nuestra reacción. Me ha dado pie a esta reflexión que me estoy haciendo y compartiendo precisamente el evangelio que hoy se nos ofrece.

En este caso es Jesús el que no está en los límites de la tierra de Israel, se ha salido, por decirlo así, por las regiones cananeas por el norte, donde ya precisamente no son los judíos los que predominan entre los habitantes del lugar. Dice el evangelio que Jesús se retiró por aquellos lugares, ¿sería probablemente en esos momentos en que quería estar más a solas con sus discípulos más cercanos para irlos instruyendo? En territorios cercanos fue donde Jesús les hacia la gran pregunta sobre lo que la gente pensaba de El y ellos mismos también.

Es ahora una mujer cananea la que viene detrás de Jesús llorando y suplicando. Tiene una hija enferma y quizás habiendo oído hablar de los signos que Jesús hacía viene a pedirle por la salud de su hija. Parece que Jesús no le hace caso e incluso los mismos discípulos quieren que la atienda por quitársela de encima. ¿Haremos alguna vez nosotros algo por quitárnoslo de encima? Podría ser una buena pregunta que también nos hiciéramos.

Jesús le dice que no ha venido sino por las ovejas descarriadas de Israel, y en este caso no es una oveja descarriada de Israel, pues es una cananea. Pero la mujer no se acobarda en su súplica, y aunque Jesús le dice que no es bueno echar el pan de los hijos a los perros – aquí habría una consideración con esa palabra con la que los judíos se referían en ocasiones a los gentiles por no tener la fe judía – aquella mujer sigue creyendo y confiando, porque también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Conocemos la alabanza de Jesús de la fe aquella mujer. ‘Grande es tu fe’ y la niña se curará. Pero vamos a quedarnos en la actitud de aquella mujer que no siendo judía sin embargo acude con gran fe a Jesús. Y quiero mirar a esos inmigrantes, que nos viene de otras tierras pasando también grandes calamidades para poder llegar a nuestras costas – ¡cuántos se quedan tragados por el mar en tantos naufragios de los que no podemos tener ni siquiera el número! – y que ahora nos encontramos de aquí para allá porque están buscando una vida mejor, una oportunidad en la vida, una mano que los ayude a encontrar caminos nuevos.

Cuando nos cruzamos con ellos en la calle, en nuestras plazas o en nuestros medios de transporte ¿nos habremos detenido a mirarles a los ojos para tratar de descubrir realmente lo que hay detrás de esas vidas? Los miramos de soslayo quizás y nos apartamos a un lado a su paso pero, ¿qué sabemos de sus vidas, de las familias que quedaron allá en sus lugares de origen esperando quizás una ayuda que ellos les puedan mandar desde esta tierra que ellos sueñan como tierra de promisión?

Me he querido fijar de manera especial en esta situación de los inmigrantes que de esa manera llegan a nuestras costas, pero lo mismo podríamos preguntarnos qué es lo que conocemos que se encierra detrás de esas manos y de esas miradas de quienes nos piden una ayuda.

Jesús se sentó a hablar con aquella mujer cananea ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo?

domingo, 20 de agosto de 2023

Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón y llenos de la osadía del Espíritu romper los moldes de nuestras rutinas

 


Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón y llenos de la osadía del Espíritu romper los moldes de nuestras rutinas

Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28

¡Qué atrevido! ¡Una osadía! pensamos cuando vemos a alguien a arriesgarse a hacer algo insólito, algo muy atrevido y quizás hasta peligroso por los riesgos que corre, porque se sale de lo normal, de lo que se hace siempre, emprende algo que parece que está llamado al fracaso pero insiste en seguir adelante a pesar de todas las cosas que pueda tener en contra, trata de cambiar cosas que se han encallecido en la vida con la rutina y el paso del tiempo. Al final terminaremos alabando su intrepidez, felicitándolo incluso por su perseverancia, y por los logros conseguidos.

Así, como de entrada, me atrevo a calificar este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece como el pasaje de los atrevidos que vienen a romper todos los moldes que nos encorsetan. Empecemos por la mujer que nos aparece con un cierto protagonismo en el relato, la mujer cananea. Jesús anda por la región de Tiro y Sidón, muy al norte y en las afueras de Palestina, que era una región pagana y gentil. No era una región muy transitada por los judíos, que habitualmente no querían mezclarse con los gentiles. No nos dice que Jesús fuera a predicar allí, formaba parte de alguna manera de aquellos momentos en los que Jesús quiere estás más a solas con sus discípulos más cercanos, en especial aquellos a los que escogería para apóstoles.

Esta mujer cananea tiene una hija enferma, poseída por un espíritu malo como era habitual considerarlo. Y cuando conoce la presencia de Jesús acude a Jesús gritando tras de él para pedirle que cure a su hija. Ahí, por así decirlo, comienzan los atrevimientos. Si ella era pagana, ¿cómo es que acude a un judío, de religión distinta, para implorar que su Dios sane y libere a su hija enferma? Pero ella insiste gritando tras Jesús aunque parezca que no es escuchada. ‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’.

Pero allí están como siempre aquellos discípulos muy fervorosos y celosos – cuanto se pueden parecer a algunos sectores muy enfervorizados y llenos de fanatismos que fácilmente encontramos siempre en la sociedad – que quieren quitar de en medio aquella mujer que sienten que les está molestando con sus gritos. ‘Atiéndela, que viene detrás gritando’, como quien dice, bueno, dile algo para que se calle y no vuelva a molestar, pero no porque consideraran que aquella mujer merecía ser atendida, en fin de cuentas era una pagana.

Y podíamos decir que Jesús recoger el guante de solución que le están ofreciendo sus discípulos. Pero Jesús quiere llegar a algo más, porque se pone a hablar, a dialogar con aquella mujer. Ya sabemos la poca consideración en que eran tenidas las mujeres en aquella sociedad, pero además había como unos abismos, unas diferencias muy grandes, como ya se hacía constar en la actuación de los discípulos en relación a aquella mujer. No era habitual el detenerse a hablar y menos con una mujer pagana.

Y surge ese diálogo maravilloso aunque algunas veces nos pudiera parecer duro porque parte de alguna manera de lo que era el actuar de los judíos en su relación con los paganos, pero se está poniendo a prueba el valor y la fe de aquella mujer. No importan las palabras duras porque ella en su atrevimiento de amor de madre reconoce también que no es digna, pero por encima de todo confía en la misericordia. ‘Aunque sean solo unos migajas yo quiero probar de ese pan de la misericordia’, parece decir la mujer. Es lo que va a merecer la alabanza de Jesús y el regalo no ya de unas migajas sino de todo el pan de la misericordia de Dios. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’.

El atrevimiento de un amor de madre, el atrevimiento y la riqueza de la misericordia de Dios a la que no podemos poner límites ni moldes. Todos cavemos en el corazón de Dios, todos en El tenemos nuestro lugar. No puede haber distinciones, limites ni separaciones. ‘Porque mi salvación está por llegar y mi justicia se va a manifestar’, que decía el profeta, ‘a todos los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración… así la llamarán todos los pueblos’.

El Papa Francisco nos ha estado repitiendo en las Jornada Mundiales de la Juventud hace unos días que todos tienen su cabida en la Iglesia. Y recordamos cómo en su discurso nos repetía una y otra vez, todos, todos. Tenemos que hacer que en verdad eso sea una realidad, porque seguimos teniendo la tentación en nuestro corazón de poner limitaciones, de aceptar a unos sí y a otros no. Jesús se mezcló con toda clase de personas y de pecadores, aunque hubiera muchos en su entorno y en su tiempo que no lo entendieran. Y algunas veces a pesar de las palabras bonitas que podamos pronunciar da la impresión que nosotros, que la Iglesia incluso, no terminamos de entenderlo, no terminamos de llevarlo al día a día de la práctica.

Se atreve Jesús a romper moldes, nos está ofreciendo Jesús el que nosotros también seamos atrevidos y vayamos más allá de lo que siempre hacemos, de esas barreras que en nuestros prejuicios y rutinas, en nuestros miedos y en nuestras cobardías seguimos teniendo en nuestra vida en nuestras relaciones con los demás, en lo que vivimos en el día a día. Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón.

jueves, 9 de febrero de 2023

Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

 


Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Jesús quería pasar desapercibido. Es cierto que estaba fuera del territorio propiamente de Palestina, pues andaba en las cercanías de Tiro y de Sidón. Se había alejado de los territorios habituales de los judíos, donde la gente le buscaba y le seguía. No se menciona que Jesús se retirara por aquellos territorios con sus discípulos más cercanos por alguna razón especial; o sí la había.

Ese querer pasar desapercibido sería quizá como un claroscuro que se utiliza en ocasiones para hacer resaltar algo que va a tener especial interés en aquel cuadro. ¿Sería lo importante la reacción de aquella mujer y sus valores que anda ahora suplicándole por su hija que está enferma? ¿Querrá Jesús quedar en un segundo plano, en el lugar oscuro, para hacer resaltar otra luz?

Con lo que nos gusta a nosotros salir en los primeros planos. No le cedemos el puesto a nadie si nosotros podemos relucir en algo. La vanidad siempre nos ataca sutilmente, porque siempre nos podremos buscar alguna excusa con tal de quedar nosotros bonitos en la foto. ¿Seremos nosotros capaces de dejar que brillen los otros mientras permanecemos en el lado oscuro? Puede parecernos una cosa sin importancia, podemos decir que es necesario que se vean las cosas buenas que nosotros hacemos para servir de atracción a que otros hagan también lo bueno, pero puede ser también que la vanidad se coma los mejores brillos y al final lo que queremos hacer resaltar son nuestros orgullos.

Hoy quiere Jesús hacer resplandecer la fe, la humildad y la constancia de aquella mujer. Jesús parece desentenderse de sus lamentos y de sus gritos; siempre nos ha costado entender el por qué Jesús no quería atender a las peticiones de aquella mujer. Era fenicia, no era judía, no es bueno dar el pan de los hijos a los perritos. Palabras duras, pero era realmente el lenguaje que utilizaban los judíos en referencia a los gentiles, aunque nos parecen duras en labios de Jesús.

Algo quiere resaltarnos Jesús. Porque la mujer con humildad insiste y encontrará razones y motivos porque los perritos algunas veces se contentan con las migajas que se les caen a los niños mientras comen. Pero aquella mujer sigue suplicando con fe. Nos recuerda al centurión de Cafarnaún que no se siente digno de que Jesús entre en su casa, pero suplicará con fe para que su criado pueda ser sanado por la palabra de Jesús. Jesús entonces alabará la fe de aquel centurión porque en Israel no ha encontrado nadie con tanta fe. Jesús alabará finalmente la fe de aquella mujer a la que se le va a cumplir todo lo que ha pedido, porque lo ha pedido con fe.

Es la luz que Jesús nos quiere hacer brillar. Para que aprendamos a hacer resplandecer nuestra fe aun en los momentos que nos parecen más oscuros. Tantas veces pedimos y pedimos y no alcanzamos tan pronto como quisiéramos lo que son nuestras suplicas y desistimos y tiramos pronto la toalla. Dios no nos escucha, decimos tantas veces, y nuestra fe se debilita. Es lo que ahora tenemos que aprender de esta mujer. Dios nos escucha más allá de que merezcamos o no merezcamos que nos escuche, más allá de lo que pudiéramos considerar nuestra indignidad por nuestro pecado. Seamos humildes, reconozcamos nuestra pobreza y nuestro pecado, pero reconozcamos por encima de todo lo que es el amor del Señor que no nos abandona.

Aprendamos también a valorar la fe de los demás, venga de donde venga. Cuidado con las discriminaciones que muchas veces nos hacemos.

miércoles, 3 de agosto de 2022

Sepamos descubrir los caminos de fe y humildad que hemos de recorrer para encontrarnos con el amor de Dios que seguirá contando con nosotros

 


Sepamos descubrir los caminos de fe y humildad que hemos de recorrer para encontrarnos con el amor de Dios que seguirá contando con nosotros

Jeremías 31, 1-7; Sal.: Jer 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

Hay cosas que a veces nos desconciertan; nos parece que van contra todo sentido, por llamarlo de algún modo, natural; nos parece que eso no sería lo lógico;  pero la vida es desconcertante y es necesario tener mucho equilibrio y madurez para entender las cosas, para descubrir lo positivo, para deducir lo que la vida nos va enseñando, y eso nos hace madurar porque nos hace reflexionar; no podemos precipitarnos en juicios que muchas veces pueden ser prejuicios, porque quizás comenzamos a sentenciar sin razón, sin conocimiento auténtico de la situación de las personas, de los hechos que acaecen, de las circunstancias que lo rodean, de los por qué, como no podemos juzgar el pasado con los ojos o criterios de hoy como muchas veces precipitadamente sucede. Hay que saber frenar a tiempo, hay que descubrir cuál es la mirada nueva que se nos pide.

El evangelio en ocasiones también en cierto modo nos desconcierta. Hoy nos encontramos con uno de esos pasajes que en una primera lectura podría producirnos ese desconcierto, porque da la impresión que Jesús está actuando en contra de todo lo que nos ha venido enseñando cuando nos anuncia el Reino de Dios. Normalmente vemos a Jesús con una actitud acogedora para todo el que se acerca a El, sea quien sea. No importa que sea un fariseo el que lo invite a su casa o venga de noche a visitarlo; se irá con uno y al otro lo recibirá abriéndole las puertas de su casa y de su corazón; no importa que sea un pagano el que le pida por la curación de un criado, porque incluso está dispuesto a entrar en su casa; por supuesto, no importa que sean pecadores y publicanos los que se acerquen a El y se sentará incluso a su mesa; no importa que un leproso llegue hasta El en medio de la gente y extenderá su mano tocándolo incluso para curarlo sin temor a ninguna impureza legal, como no le importará que una mujer toque la orla de su manto aun siendo impura legalmente a causa de sus flujos de sangre.

Hoy está Jesús fuera del territorio de palestina o propiamente judío, pues está en la tierra de los cananeos y fenicios, fuera incluso de las fronteras de Israel. Una mujer le suplica gritando detrás de El, porque tiene su hija poseída por un espíritu muy malo. Jesús no la escucha, cuando los discípulos interceden aduce que solo ha venido a las ovejas descarriadas de Israel, y ante la insistencia de la mujer dice que no es bueno echar el pan de los hijos a los perros, haciendo así referencia a cómo los judíos llamaban a los gentiles. Todo parece rechazo, algo que parece en contra de lo que siempre ha hecho Jesús que finalmente mandará a sus discípulos a que vayan a todas partes para hacer el anuncio de la buena noticia.

Pero finalmente la humildad de aquella mujer junto a su fe nos dará la clave de todo el episodio. Los perritos comen también las migajas que caen de la mesa de sus amos, le replica la mujer, haciéndose pequeña, no mostrando exigencia, sino con humildad dejando que no la migaja, sino toda la riqueza de la misericordia de Dios venga sobre ella. Jesús alaba la humildad y la fe de aquella mujer.

No es el rechazo de Dios, sino la actitud con que nosotros nos acercamos a Dios lo que tenemos que descubrir. Es la humildad y la perseverancia de nuestra oración, para sentir que nada somos, que somos pecadores para llegar a decir incluso como Pedro ‘apártate de mi, Señor, que soy un pecador’ lo que en verdad va a alcanzarnos la misericordia de Dios. Es hermoso lo que tenemos que aprender. Esa humildad de reconocer nuestros pasos malos, la indignidad de nuestra condición de pecadores, el no tener miedo de expresar incluso nuestros temores o nuestras cobardía siendo capaces de subirnos a la higuera porque quizá no nos sentimos dignos de ni siquiera estar con los demás, es el saber llorar nuestros pecados, traiciones y cobardías porque sentimos que nos embarga el amor y solo en el amor es como podemos salvarnos.

Finalmente podremos escuchar también ‘qué grande es tu fe’, qué grande es tu amor y sentiremos que el Señor sigue confiando en nosotros, sigue contando con nosotros. También nosotros tendremos que decir qué grande es la misericordia del Señor, su amor no tiene fin.

 

miércoles, 4 de agosto de 2021

La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

 




La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

Números 13, 1-2. 25; 14, 1. 26-29. 34-35; Sal 105; Mateo 15, 21-28

Qué desilusión nos llevamos en ocasiones cuando con mucha confianza queríamos lograr algo que además considerábamos importante para nosotros, pero nos encontramos la negativa por respuesta. Se nos cae el mundo encima, se nos vienen abajo todas nuestras esperanzas, nos sentimos desilusionados y cuando somos personas propensas a sentirnos fácilmente deprimidos nos dan ganas de tirar la toalla en todos nuestros proyectos y nos sentimos como ridiculizados y como unos ineptos porque quizás no suplimos plantearlo debidamente.

Puedo parecer un poco exagerado pero son cosas que nos suceden y siempre nos conviene analizar un poco nuestra vida para ver también cuales son nuestras reacciones, las que tenemos o las que deberíamos de tener. Siempre tenemos que estar aprendiendo de la vida, incluso de aquello negativo que nos puede suceder, y de alguna manera preparándonos para las situaciones en las que nos podamos encontrar.

¿Se sentiría algo así aquella mujer cananea de la que nos habla hoy el evangelio? En este caso no era simplemente un proyecto que podría tener para su vida, sino estaba por medio el sufrimiento de una madre que de alguna manera veía morir a su hija en su grave enfermedad.

Como nos narra el evangelista Jesús anda por las fronteras de Palestina, muy al norte en Galilea en territorios cercanos a los fenicios – actual Líbano – y no eran territorios precisamente donde abundaran los judíos. Vemos a Jesús en ocasiones que se marcha a lugares lejanos y, en cierto modo, apartados porque también quiere ir instruyendo a sus discípulos más cercanos a los que un día va a confiar su propia misión.

Una mujer fenicia, pagana, camina detrás de Jesús gritándole que tenga compasión de ella y de su hija gravemente enferma. Parece como que Jesús se desentiende, de manera que incluso los discípulos interceden para quitarse el tormento de los gritos de aquella mujer. La respuesta de Jesús nos desconcierta aunque él solo emplea el lenguaje habitual de los judíos, que consideraban perros a los paganos.

Pero ante la negativa de Jesús la mujer no se viene abajo, sino que insiste y aprovechando incluso las palabras de Jesús buscará argumentos para seguir haciendo su petición. ‘También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’, le responde dando a entender en su humildad que no le importan incluso los desprecios con tal de comer esas migajas del amor de Dios. Pero Jesús para ella no tiene migajas sino que está todo su amor, para alabar la fe de aquella mujer y para conceder lo que tanto está deseando aquella mujer.

Ya hemos visto en el evangelio que en muchas ocasiones se queja de la falta de fe de los que le escuchan; se extrañó de la falta de fe incluso en su pueblo de Nazaret, de manera que como dice el evangelista allí no hizo ningún milagro; a los mismos discípulos los llama torpes y tardos de corazón para creer.

Pero hay dos momentos en que Jesús alaba la fe de alguien, y en estos casos se tratará precisamente de dos personas que no son judías. Alaba la fe del centurión, como alaba ahora la fe de esta mujer fenicia. Y como nos dirá en otras ocasiones basta que tengamos fe, que la fe es la que nos ha curado. Tendría que hacernos pensar.

Pero por medio está la consideración con la que comenzábamos esta reflexión. Las negativas nos desalientan, cuando las cosas se nos ponen difíciles nos llenamos de dudas y de temores; la frustración que muchas veces sentimos nos lleva a querer abandonar y no insistir en aquello bueno que deseamos o tendríamos que realizar.

La mujer cananea nos sirve hoy de ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor, que siempre será para nosotros presencia de luz y de amor, a pesar de todas las oscuridades en las que nos encontremos.

jueves, 11 de febrero de 2021

Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar donde han de resplandecer los valores del evangelio y del Reino de Dios

 


Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar donde han de resplandecer los valores del evangelio y del Reino de Dios

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Con la lectura de este evangelio, con el episodio de la cananea, que tantas veces, al menos en alguna de sus partes, tan difícil se nos ha hecho para interpretar he traído a la memoria una situaciones que ahora estamos viviendo en Europa, ahora mismo en nuestra tierra canaria, y en tantos lugares del mundo y que de alguna manera en este mismo evangelio podemos encontrar luz para hacer una lectura digna.


Algunos con excesivo dramatismo están ya diciendo que estamos viviendo una invasión, en nuestro caso canario, de africanos; en sus pateras o en los pobres medios de los que disponen se lanzan al mar a la aventura de llegar a nuestras tierras con su sueño de ir a Europa. Y ya nos van apareciendo los problemas, porque como dicen algunos se sienten invadidos, realmente la acogida que se les da no termina de ser todo lo humana que tendría que ser, porque algunas veces nos cuesta comprender los dramas que hay detrás en esas familias que han dejado en sus tierras, en la pobreza de sus vidas tan angustiosa que se lanzan al mar buscando una salida y un nuevo sol para sus vidas.

Y el problema lo encontramos en la reacción que por parte de nuestras gentes se tiene ante esta situación, que nos vuelve egoístas e insolidarios, que termina haciendo de nosotros unos racistas, en unas discriminaciones y encerronas nada humanas para estas personas, en los juicios de valor que nos hacemos cuando algunos piensan que les vienen a robar sus trabajos y sus medios de vida, en los casi apartheid en que queremos convertir los campamentos que se han levantado de acogida no siempre en las mejores condiciones.

Yo a mi gente canaria les recordaría que inmigrantes hemos sido nosotros y pocas son las familias canarias que en distintos momentos de nuestra historia algunos de sus miembros tuvieron que emigrar, en nuestro caso canario sobre todo a América, en condiciones muchas veces muy deshumanizante. Se suele decir, en el camino nos encontramos, pero es que tendríamos que decir que  ya hicimos nosotros ese camino, porque emigrantes fuimos o nuestros padres y no lo olvidemos.

 ¿Cómo tendríamos que reaccionar hoy? Nos decimos tan avanzados en muchas cosas pero algunas veces nos faltan grados de humanidad, y todavía seguimos fijándonos en el color de la piel o en el lugar de donde proceden quienes llegan a nuestro lado. ¿No estaremos diciendo de alguna manera y con mucha crueldad que el pan de los hijos no se lo queremos dejar comer a los perritos?

Ya sé que esa es la frase que nos duele en este pasaje del evangelio, pero pensemos si acaso nuestras actitudes insolidarias y hasta racista en ocasiones no son peores que aquella frase que dice Jesús como para poner a prueba la fe de aquella mujer. Aunque pareciera en principio que Jesús la evitara sin embargo estaba hablando con aquella mujer, algo había en su mirada y en las actitudes de su acogida que aquella mujer descubría lo que era en verdad el corazón de Jesús para insistir con toda confianza en que iba a ser escuchada.

Ya sé que muchas veces nos hacemos explicaciones sobre que esa era la manera de tratar los judíos a los que no fueran de su raza, pero Jesús quiere venir cambiando nuestros corazones y cambiando la manera en que hemos de saber acoger siempre a los demás. Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar y pudiera ser hasta escandaloso que en unos lugares donde decimos que somos cristianos y seguidores de Jesús nuestras actitudes con el inmigrante, ya sea africano o latinoamericano, ya sea del este de Europa o ya venga de los más lejanos lugares tendrían que ser totalmente distintas.

¿Dónde está el corazón nuevo del que se dice seguidor de Jesús? ¿Dónde están esos valores del evangelio que en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestra manera de actuar tendrían que resplandecer? Empeñados tendríamos que estar para que entre todos encontremos soluciones a estos problemas en lugar de estar peleándonos desde unos intereses partidistas como tantas veces vemos a nuestros dirigentes. Pero no olvidemos que eso es tarea de todos, de nosotros también.


jueves, 13 de febrero de 2020

No es una convivencia meramente formal que se pueda quedar en apariencias sino es la acogida generosa de un corazón grande donde todos hemos de tener un lugar


No es una convivencia meramente formal que se pueda quedar en apariencias sino es la acogida generosa de un corazón grande donde todos hemos de tener un lugar

1 Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30
En nuestras relaciones entre vecinos, aunque todos queramos llevarnos bien y tener una buena convivencia es muy humano que nos hagamos algunas distinciones y seamos más amigos de unos que de otros y hasta mantengamos ciertas reticencias unas veces por ser de la familia que son, o bien en ocasiones por su lugar de procedencia. Se marcan esas diferencias de manera notable cuando somos de pueblos vecinos entre los que siempre existe cierta rivalidad por progresos que podamos ver en el pueblo vecino o bien porque recordemos datos de historias pasadas; aquí en Canarias bien sabemos las diferencias que nos marcamos entre islas que van en ocasiones más allá de una rivalidad festiva que nos pueda hacer echar en cara cosas de un lugar o de otro.
Los judíos marcaban fuertemente esas diferencias, viviendo en un territorio en el que habitaban otras etnias o también incluso desde razones de religión porque al considerarse el pueblo elegido por Dios se sentían en otro nivel de los otros pueblos a los que consideraban como gentiles; eran marcadas las diferencias entre los de Judea y los de Galilea, mucho más las diferencias que tenían con los samaritanos con los que había también un cisma religioso y mucho más con los pueblos más allá de sus fronteras a los que consideraban paganos y para quienes tenían fuertes gestos de desprecio y discriminación.
Hoy Jesús anda por tierras de paganos; se había salido de los límites de Israel y andaba por la región fenicia, lo que hoy serian territorios del Líbano. Trata de pasar desapercibido, nos dice el evangelista, pero hasta allí había llegado su fama y pronto tras de El corre una mujer gritando que tenga piedad de su hija que está enferma. Ya decíamos que trata Jesús de pasar desapercibido y se hace oídos sordos a aquella petición aunque la mujer fenicia sigue con insistencia tras Jesús hasta introducirse en la casa y postrarse a los pies de Jesús.
Surge un diálogo que a nosotros nos puede parecer duro pero que era la forma como se trataban unos y otros. De ahí la imagen del perro al que no se le echa la comida de los hijos, pero en la fe y confianza de aquella mujer el perrito come las migajas que caen de la mesa de sus amos. Se sorprende Jesús de la fe y la confianza de aquella mujer y le dice que por esa fe ya su hija está curada. Se rompen las barreras porque la salvación que nos viene a traer Jesús no se va a quedar reducida solo a un pueblo determinado porque es una salvación con carácter universal.
Se rompen las barreras, porque todos somos hijos; se rompen las barreras porque lo que tiene que prevalecer es el amor; se rompen las barreras porque el sentido y el estilo que nos quiere ofrecer Jesús es bien nuevo, no caben las discriminaciones, no cabe que tengamos marcado con un sambenito a alguien para siempre porque en un determinado momento haya podido hacer algo o sea de tal o cual condición; se rompen las barreras porque Jesús nos ofrece un mundo nuevo, donde todos nos escuchemos, nunca seamos capaces de darle la espalda a alguien, ni vayamos con disimulos por la vida para no encontrarnos con este o con aquel que nos pueda caer mejor o peor.
Creo que el evangelio es una invitación a que vivamos el sentido de ese mundo nuevo donde todos hemos de caber y del que hemos de desterrar todo tipo de discriminación. Es un mundo nuevo de puertas abiertas, de corazones grandes y generosos para la acogida donde todos hemos de caber. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos proclama.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Necesitamos mantenernos firmes y seguros a pesar de las dificultades en un crecimiento humano de nuestra vida pero también en la maduración de nuestra fe


Necesitamos mantenernos firmes y seguros a pesar de las dificultades en un crecimiento humano de nuestra vida pero también en la maduración de nuestra fe

Números 13,1-2.25; 14,1.26-30.34-35; Sal 105;  Mateo 15,21-28
Algunas veces nos crecemos cuando encontramos dificultades o todo se nos pone en contra; es cierto que hay momentos en que en situaciones así nos sentimos derrotados, lo queremos echar todo a rodar, nos desanimamos y al final no seguimos insistiendo. Pero cuando tenemos confianza en que aquello por lo que luchamos merece la pena, estamos seguros que lo podemos conseguir, las dificultades no nos arredran sino que seguimos insistiendo y luchando con una gran fortaleza de espíritu.
Ahí se manifiesta también la grandeza de la persona, aunque quizá nos pueda parecer llena de defectos y debilidades, que es incapaz o que no sabe cómo enfrentarse, pero sin embargo insiste y lucha por conseguir aquello que tanto anhela. Son ejemplos que quizá nos queremos ver o no sabemos valorar, porque quizá provienen de personas a las que nosotros de alguna manera consideramos inferiores o incapaces para esas luchas.
No queremos reconocerlo quizá porque realmente somos nosotros los incapaces para luchar y los que pronto tiramos la toalla desistiendo del esfuerzo que sería necesario. Ya simplemente con el ejemplo que no dan personas así podemos decir que tenemos aprendida una hermosa lección para nuestra inconstancia y nuestra falta de perseverancia.
Pudiera parecer excesiva la introducción fijándonos en aspectos meramente humanos con referencia a nuestra propia personalidad como entrada a la reflexión que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. Y es que en este texto de la mujer cananea que va detrás de Jesús pidiendo compasión para ella y para su hija enferma, en este aspecto humano ya es una gran lección para nosotros que tendríamos que aprender.
Hoy se nos resalta en este texto la fe de aquella mujer. Es lo que finalmente Jesús alaba cuando al fin entra en conversación con ella para atender a su petición. Había ido rogando compasión y misericordia, haciendo incluso una confesión de fe en Jesús como Mesías - hijo de David, le llama -, cuando realmente aquella mujer era pagana. Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo, es el grito de aquella mujer.
En el relato hay cosas que nos pueden confundir en las palabras o en la actitud primera de Jesús, pero que de alguna manera reflejan lo que era el trato que los judíos daban a los gentiles, con los que incluso no querían ni mezclarse. Pero en el conjunto del relato descubrimos una apertura del evangelio y de la salvación que es para todos, y no se reduce al pueblo judío, basta con que se tenga fe. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’, le dirá Jesús y la niña quedó curada, liberada del maligno.
Un doble mensaje estamos descubriendo, por una parte de ese aspecto humano de nuestra vida donde tenemos que aprender a crecer y a madurar, donde hemos de ser perseverantes en aquello por lo que luchamos, aunque al mismo tiempo el respeto y la valoración que hemos de saber hacer de toda persona no discriminándola nunca por su condición sea cual sea; pero también en el crecimiento de nuestra fe, por la confianza que hemos de saber poner en Dios que aunque nos parezca en ocasiones en silencio o lejano a nuestras peticiones o a nuestros sufrimientos, siempre nos escucha y con nuestra perseverancia en la fe encontraremos la salvación.

domingo, 20 de agosto de 2017

Los pasos de Jesús por los caminos del amor nos impulsan a ser testigos de ese amor y de esa fe con la paz de nuestros corazones y la serenidad de nuestro actuar en toda ocasión

Los pasos de Jesús por los caminos del amor nos impulsan a ser testigos de ese amor y de esa fe con la paz de nuestros corazones y la serenidad de nuestro actuar en toda ocasión

Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28
Los pasos de Jesús siempre nos conducen hacia el amor. Nos ofrece amor y todo en Jesús es búsqueda del hombre, de la persona a la que quiere regalar amor, y al mismo tiempo despierta en nosotros amor para que sepamos hacer su mismo camino, seguir sus mismas huellas y demos a los demás la oportunidad de encontrarse con el amor.
Lo vemos tantas veces en el evangelio, busca al paralítico de la piscina, se hace el encontradizo con el ciego al que ha curado, se deja rodear por todos aquellos que llevan un sufrimiento en el alma; no son solo los enfermos del cuerpo, leprosos, paralíticos, ciegos o sordos con los que se va a encontrar Jesús, sino aquellos que sufren en el espíritu, se ven atormentados en su interior quizá con sentimientos de culpa, los que se sienten pecadores y quizá malditos de los demás porque todos los desprecian tendrán ese momento de encuentro con Jesús.
¿No fue eso el encuentro con Zaqueo allá junto a la higuera? ¿No fue la comida en casa se Simón el fariseo la oportunidad para que aquella mujer pecadora llegara hasta sus pies con sus lágrimas y sus perfumes, con todo su amor para sentir como Jesús llenaba de paz su corazón? ¿No fue eso el dejar que echaran a perder la terraza de la casa para descolgar al paralítico a quien iba a ofrecerle el perdón de sus culpas? ¿Por qué no podemos pensar que este episodio de la mujer cananea fue una búsqueda de Jesús, un dejarse encontrar por parte de Jesús para hacer grande la fe de aquella mujer?
Es lo que hoy estamos contemplando en el evangelio. Jesús en este caso pareciera que se hace oídos sordos a los gritos de aquella mujer, pero de alguna manera Jesús está provocando también la reacción de los discípulos que se van a convertir en intercesores. ‘Atiendela que viene gritando detrás de nosotros’, le dicen. Las palabras que se intercambian nos pueden parecer duras, pero era el lenguaje habitual entonces y la forma de relacionarse que tenían los judíos con los paganos. Tenían sus prevenciones los unos de los otros y ya en la historia del pueblo malas habían sido las influencias que habían recibido en ocasiones con el culto a los baales, los dioses de los fenicios y palestinos.
Pero Jesús dialoga con aquella mujer. Un diálogo tenso, pero donde se va a resaltar la fe de aquella mujer que era lo importante. Y allí estaba el amor. El amor que no podía hacerse sordo a aquel grito y aquella súplica nacida de un corazón lleno de dolor. Será la fe y el amor el que renacen de manera especial en aquellos momentos. Se purificará la fe de aquella mujer y se hará grande. Es curioso que cuando Jesús alaba la fe de alguien lo haga en dos ocasiones en relacion a unos gentiles, del centurión romano que viene a pedirle por su criado al que mira como un hijo, y ahora el de aquella mujer cananea. ‘No he visto en Israel una fe tan grande’ que dice del centurión. ‘¡Qué grande es tu fe!’ que proclama de aquella mujer cananea.
¿Qué nos está diciendo todo esto? ¿Cuál es la lección para nosotros? Testigos tenemos que ser de una fe así; testigos tenemos que ser de ese amor de Jesús. Meditando en pasajes del evangelio como este nos sentimos fortalecidos en nuestra fe y con deseos de una renovación grande en nuestro interior. Como aquel otro hombre del evangelio al que Jesús le preguntaba si creía y le respondía ‘yo creo, pero aumenta mi fe’, nosotros tenemos que pedir lo mismo; creemos, pero que el Señor con su gracia nos haga crecer en esa fe; que no haya nada que nos la debilite; que en los momentos de turbación por los que pasemos nos mantengamos firmes, fuertes, con la fortaleza de la fe porque ponemos toda nuestra confianza en Dios.
Pero tenemos que dar testimonio de esa fe, que los demás la puedan conocer, que en los demás se pueda despertar también esa fe. Y ahí están las obras de nuestro amor con que tenemos que manifestarnos. Nuestro amor despertará la fe de los demás; con nuestro amor hemos de saber llegar hasta el final, hasta los limites mas insospechados para dar testimonio, para hacer que todos puedan encontrarse con esa fe, para que nadie en medio de la turbación que pueda estar pasando por sus sufrimientos se sienta solo ni desamparado; hemos de ser testigos con nuestra presencia, con nuestro saber estar a su lado, con nuestras palabras o con nuestro silencio, con nuestra mano tendida, o con la sonrisa de nuestro rostro de esa fe y de ese amor.
Tenemos que ser en verdad ocasión para que tantas puedan encontrarse con Jesús. Hoy Jesús quiere llegar a todos a través nuestro. Jesús se hace el encontradizo con los demás para llenarlos de amor a través de nuestro testimonio. También como los discípulos podemos convertirnos en intercesores pidiendo por los demás. Cristo nos lo confía y el mundo lo está esperando.
Hemos vivido en nuestra patria estos días unos momentos especialmente difíciles con lo acaecido en Barcelona y Cataluña. Ha habido muchos que con madurez han sabido responder a ese estallido de violencia no perdiendo la serenidad ni la paz aunque mucha sea la indignación que tengan en su interior. Pero también sabemos que hay muchos profetas de malos augurios que con sus comentarios alimentan odios, deseos de venganza y de revancha y respuestas muy negativas que se pueden convertir también en una injusta discriminación, tratando a todos por igual. No podemos colaborar con sentimientos así.
  Ahí desde nuestra fe y nuestro amor cristiano tenemos un testimonio muy importante que dar donde no perdamos la paz de nuestros corazones ni la serenidad en nuestro actuar. Que el Señor nos ilumine y nos ayude.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Cuando entramos en diálogo no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado comprendiendo sus razones o sus motivaciones mas profundas

Cuando entramos en diálogo no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado comprendiendo sus razones o sus motivaciones mas profundas

Núm. 13, 2-3. 26-14, 1. 26-30. 34.35; Sal. 105; Mt. 15, 21-28
Cuántas veces nos sentimos incómodos cuando tenemos a nuestro lado a alguien que no hace sino contarnos sus penas, sus agobios o sus problemas. Quizá de entrada queremos sentirnos buenos y lo escuchamos, pero cuando vemos que sus explicaciones se multiplican, que nos repite una y otra vez lo mal que está o los problemas que tiene, que quizá nosotros nos sentimos inútiles porque no sabemos qué hacer o cómo ayudarle, la situación se nos vuelve incómoda y ya quizás no pensamos sino como vamos quitarnos de encima a aquel que nos repite una y otra vez sus penas.
No está posiblemente en nuestras manos el darle una solución definitiva a su situación, pero ya no sabemos que palabras decirle o cómo darle algo de esperanza. Nos lo quisiéramos quitar de encima y comenzamos a poner barreras.
Así vamos a veces por la vida queriendo hacernos oídos sordos porque si conocemos la situación de tantas que pasan dificultades eso nos va a producir una inquietud interior que pudiera quizás amargarnos el día. Pensamos en posibles grandes soluciones y quizá todo lo que necesita esa persona es que la escuchen y estén a su lado. Nos queremos desentender para no complicarnos la vida y pensamos que así seriamos más felices, pero nos queda quizá un poso amargo en nuestro interior porque sabemos que no estamos dando la respuesta que tendríamos que dar. Y quizá las respuestas que nos piden son más sencillas de lo que imaginamos.
Jesús se había salido de lo que seria propiamente tierra judía. Andaba por tierras de Fenicia, en las cercanías de Tiro y Sidón. Y una mujer de aquella tierra, a la que quizá le habían llegado  noticias de aquel profeta de Galilea tiene una hija enferma para la que no encuentra solución a su mal y acude a Jesús. Sabe bien quien es Jesús o al menos piensa en él como la solución taumaturguita para la enfermedad de su hija y va detrás de Jesús gritando y pidiendo compasión.
Parece que Jesús no quisiera escuchar. Aquella mujer no es judía. Sin embargo grita tras Jesús. Serán los discípulos los que ahora insistan e intercedan. Quizá por quitársela de encima porque ya es una lata aquellos gritos continuados detrás de Jesús. ‘Atiendela que viene detrás gritando’ y esto no hay quien lo aguante, parece que le dicen a Jesús.
Y comienza el diálogo entre Jesús y aquella mujer aunque de principio pareciera que las palabras son duras. Era el lenguaje distante y cortante que empleaban habitualmente los judíos en sus relaciones con los paganos. Pero aparece la humildad de aquella mujer, aparecen las mas preciadas flores de su corazón con un fe intensa en Jesús. Las palabras que nos trasmite el evangelista son escuetas, como es normal en los diálogos del evangelio, pero podemos pensar en una comunicación más extensa entre aquella mujer y Jesús para que aflorara así la fe de aquella mujer que Jesús terminará alabando. ‘Mujer, qué grande es tu fe’.
Cuantas veces un dialogo sincero y humilde hace aflorar lo mejor que hay en nuestro corazón. Quizá nuestras diferencias nos hacen estar distantes, pero esos muros se pueden caer cuando hay sinceridad en el corazón y sabemos entrar en autentica comunicación con el que está al otro lado al que ya no tendríamos que mirar enfrente.
Cuando entramos en diálogo ya no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado. Y ponernos a su lado es comprender sus razones, sus motivos, el por qué de lo que dice o de lo que hace, lo que motiva de verdad su vida o sus peticiones. Es una nueva comunicación. 

jueves, 9 de febrero de 2017

La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios

La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30
Como suele decirse, hay formas y formas. No todo es igual, no se pueden hacer las cosas de cualquier manera. Cuando pretendemos obtener un favor de alguien no podemos ir con impertinencias ni con exigencias. Es un favor, algo que pedimos y creemos que no lo merecemos aunque lo necesitamos, y solicitamos el favor, la gracia de alguien para conseguirlo, para obtenerlo. Por eso el mejor camino es la sencillez de presentamos como somos y la humildad que de alguna forma adelante la gratitud con que nos vamos a mostrar por aquello que esperamos conseguir.
En la vida algunas veces nos mostramos con demasiada arrogancia, porque nos falta humildad para reconocer lo que no tenemos, pero hay arrogancia también en los que se creen que lo tienen todo y que todo se lo merecen. La sencillez en el trato, la confianza que ponemos en el otro reconociendo nuestras debilidades y nuestras carencias, la apertura sincera del corazón con nuestras propias limitaciones son pautas muy buenas que nos acercan los unos a los otros. En nuestra pobreza y en nuestras carencias también tenemos el peligro de mostrarnos arrogantes, exigentes, orgullosos. No es un sometimiento al otro lo que hemos de manifestar en nuestras carencias porque todos tenemos nuestra dignidad, pero sí poner buenas actitudes en el acercamiento a los demás desde nuestras propias necesidades.
Lo vemos hoy reflejado en aquella mujer fenicia que se acercó a Jesús desde su necesidad y sus problemas con la enfermedad de su hija. No sabía qué hacer ni a quien acudir. Conoce la presencia de Jesús en su tierra, lejos ya de los territorios de Israel, pero hasta ella han llegado noticias de lo que Jesús puede hacer. Por eso acude hasta Jesús, llora, suplica, insiste, se muestra con entera humildad.
Son pruebas duras por las que ha de pasar aquella mujer. Bien sabe que los judíos tenían sus recelos ante los gentiles, a los que menospreciaban con el calificativo de perros. Es la terminología que escuchamos en el evangelio. Pero en Jesús no hay desprecio, en Jesús está presente su amor misericordioso pero quiere purificar la fe de aquella mujer. No ha de ir simplemente a buscar a un taumaturgo que haga milagros sino que tiene que descubrir algo más profundo en Jesús. La fe purificada en la humildad aparece en el corazón de aquella mujer. ‘Anda, vete, le dirá Jesús, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’. Y al llegar a casa encontró a su hija curada.
Tenemos que purificar nuestra fe; tenemos que ahondar más y más en el evangelio; hemos de aprender esos caminos de la humildad; hemos de saber de la gratuidad de lo que es el amor de Dios que tantas veces se ha derramado en nuestra vida sin que nosotros lo mereciéramos; hemos de reconocer esa misericordia del Señor que nos perdona y que nos levanta, que nos fortalece y nos llena de su gracia para que vivamos para siempre liberados del mal; hemos de llenarnos de esos sentimientos de humildad siempre en nuestro trato con los otros.
La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios.