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martes, 12 de noviembre de 2024

Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

 


Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

Tito 2, 1-8. 11-14; Salmo 36; Lucas 17, 7-10

¿Queremos tener fruto de todo lo que hacemos? Parece normal, vivimos en una sociedad de intercambio, yo sé hacer una cosa, tu sabes hacer otra, con lo que yo hago contribuyo a lo que tú puedes tener, y con lo que tú realizas puede servirme a mí; nacen así unas relaciones, llamémoslas comerciales, en donde por lo que yo hago recibo un beneficio, salario lo llamamos y no vamos ahora a entrar en el origen de la palabra, para que yo pueda vivir y pueda adquirir aquellas cosas que no tengo pero que otros han realizado. Son las relaciones, decíamos de intercambio o comerciales, que mantenemos los unos y los otros con lo que vamos realizando y construyendo nuestra sociedad.

¿Pero todo lo podemos o tenemos que fundamentar en ese tipo de relaciones, donde entran los beneficios y las ganancias? Muchos se preguntan cuando le piden un servicio, que realice algo que es capaz de hacer, ¿cuánto voy a ganar yo por esto? Pero creo que nuestra mirada tiene que ir mucho más allá de todos estos intereses cuando nos sentimos responsables de la vida y del mundo en el que vivimos.

No solo tenemos que mirar por nosotros mismos y esos beneficios gananciales por llamarlos de alguna manera que vamos a obtener, sino que tendríamos que ir pensando en el bien que hacemos, los beneficios que ya no tenemos que medirlos en ese plano material y económico sino en lo que me puede enriquecer humanamente a mi, pero también en el grado de humanidad que yo voy a ir poniendo en las relaciones entre unos y otros. Eso cuesta algunas veces.

Es necesario tener otra altura de mirada, o si queremos decirlo de otra manera, otra mirada más alta, con una nueva perspectiva. Cuando nos ponemos en un plano muy horizontal algunas veces nos tapamos los unos a los otros, o se nos ponen como espejos delante de nosotros aquellas cosas que vamos haciendo y no somos capaces de mirar más allá, será como una cortina que se nos interpone; por eso decíamos que tenemos que tener otra perspectiva, tener una mirada, por ejemplo, más alta, mirar desde otra altura, y ya no se nos interpondrán por medio tantas cosas, y ya podemos ver todo en su conjunto. Desde lo alto de la montaña podemos ver mejor la amplitud del valle, con todas sus variaciones, con todos sus colores, con toda su variada riqueza, podríamos decir.

Creo que esta reflexión que me vengo haciendo nos puede ayudar a encontrar un sentido más genuino y más profundo incluso de la vida; creo que nos puede ayudar también a entender el mensaje que hoy Jesús nos quiere trasmitir desde el evangelio. Habla de aquel que tiene que hacer su trabajo desde su responsabilidad, desde ese sentido que tiene su vida, y por lo que no tenemos que estar buscando agradecimientos ni homenajes.

Es la responsabilidad de su vida, son los valores que hay en él con sus cualidades y capacidades, con su saber hacer y con toda la riqueza que lleva en su interior y que va a reflejar en aquello que realiza. Por sí mismo en lo que está haciendo tiene que sentir su satisfacción interior, pero no lo hará buscando esa ganancia de unas alabanzas, sino que se sentirá enriquecido en sí mismo por haberlo realizado.

Nos dirá Jesús en una frase a la que queremos darle muchas interpretaciones, pero que hemos de tomárnosla incluso con toda la crudeza de sus propias palabras. ‘Siervos inútiles somos y no hemos hecho otra cosa que lo que teníamos que hacer’. Eso, lo que teníamos que hacer, y en esa responsabilidad con que vivimos, ya nos sentimos enriquecidos, ya sentimos el gozo del corazón. No siempre lo que hacemos tiene que ser buscando esas ganancias materiales.

Creo que tenemos que aprender mucho de la gratuidad, y para eso nos fijamos también en la gratuidad del amor que el Señor nos tiene. Como nos llegará a decir san Juan, no es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama, sino que Dios nos amó primero, incluso cuando nosotros no lo merecíamos a causa de nuestro pecado. Jesús es el que muere no por un justo, sino por nosotros aun siendo pecadores.


martes, 14 de mayo de 2024

Repasemos alguna vez la historia de nuestra vida para reconocer una historia de amor de Dios para con nosotros y volvamos sobre nuestros pasos para dar gracias

 


Repasemos alguna vez la historia de nuestra vida para reconocer una historia de amor de Dios para con nosotros y volvamos sobre nuestros pasos para dar gracias

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Salmo 112; Juan 15, 9-17

Ser elegido para desempeñar una función, para una responsabilidad importante es considerado todo un honor; más aún cuando no ha sido algo deseado o buscado por nuestra parte sino que aparece como un don gratuito hacia nosotros de aquel que nos ha elegido; con qué empeño y responsabilidad asumiremos ese honor queriendo hacernos dignos de esa confianza que han tenido con nosotros. No se trata en este caso de una elecciones que llamamos democráticas en las que nos presentamos como candidatos ofreciendo de nuestra parte nuestro curriculun para hacernos merecedores de tal elección. Hablamos, en este caso, de la generosidad de quien ha pensado en nosotros y nos ha elegido para desempeñar tales funciones.

Me estoy haciendo esta consideración en la fiesta del Apóstol que hoy nos propone la liturgia de la Iglesia, san Matías, elegido como se nos relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles en sustitución de Judas que había traicionado al Señor. Y es también el texto que en esta liturgia hoy se nos ofrece en la que Jesús, recogiendo palabras de la cena pascual, que hemos venido considerando en días pasados, nos llama sus elegidos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

‘Soy yo quien os he elegido’, nos dice Jesús. Y no hay otra razón que su amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Como hemos considerado tantas veces recordamos aquello que nos dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó’  y nos eligió para regalarnos con su amor. Por eso no nos queda otra que responder nosotros con el mismo amor. ‘Permaneced en mi amor’.

Creo que es algo que no hemos considerado lo suficiente. Tenemos que dejarnos sorprender por el amor del Señor. No son nuestros merecimientos cuando nuestra vida está llena de debilidades y pecados. Y Dios sigue amándonos, sigue confiando en nosotros, sigue regalándonos su amor para que al final nosotros aprendamos también a amar y amemos con su mismo amor, a su medida. Por eso nos dice que nos ha destinado para que demos fruto y nuestro fruto permanezca.

Ha sido Dios ese buen viñador que ha cuidado de su viña, ha cuidado de nosotros. La historia de nuestra vida es una historia de lo que es el amor de Dios para con nosotros. Alguna vez tenemos que detenernos a pensarlo, a considerarlo bien. Cada uno tenemos nuestra historia personal, que no es solo lo que nosotros hayamos podido construir, también tenemos que considerarlo y reconocerlo, pero por encima de todo eso están todas esas señales del amor que Dios ha ido poniendo a la vera del camino de nuestra vida. Sería bueno que alguna vez nos detuviéramos a pensarlo y reconocerlo, porque es reconocer el amor de Dios, dar gracias por ese amor que Dios nos ha tenido.

Cuántas veces en la historia de nuestra vida nos hemos visto envueltos en mil turbulencias y como personas de fe hemos acudido al Señor para que nos ayude a atravesar esos malos momentos y podamos salir de esas situaciones; pero qué pronto lo olvidamos cuando volvemos de nuevo a la calma o a la vida rutinaria de cada día. Nos pasa muchas veces como aquellos leprosos del evangelio que se vieron curados y corrieron para buscar los papeles que les permitieran ir al encuentro de los suyos; solo uno volvió sobre sus pasos para llegar a los pies de Jesús y dar gracias. Tenemos que hacerlo.

miércoles, 23 de agosto de 2023

Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

 




Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

Es cierto que tenemos que cuidar las relaciones que mantenemos los unos con los otros para saber actuar siempre con rectitud y justicia en todo lo que sea intercambio de nuestros servicios y trabajos, como aquello que es fruto de nuestro trabajo. Por eso decimos siempre que hemos de actuar en justicia y de alguna manera nos hemos establecido como unas normas o unas pautas de comportamiento que faciliten esa rectitud. Pero también es cierto que nuestras relaciones humanas van mucho más allá de un mercantilismo en ese intercambio con unos beneficios que consideramos justos pero también de la calidad de esas prestaciones que nosotros realizamos.

Pero también hemos de considerar que unas relaciones humanas, que nos ayuden a nuestro crecimiento como personas y a un enriquecimiento de nuestro espíritu van más allá de ese mercantilismo y hemos de entrar en unos parámetros de generosidad, de altruismo, de desinterés material y de gratuidad. Cuando entramos en el cultivo de valores así estaremos dándole más hondura a nuestra vida y podremos sentir las mayores satisfacciones en nuestro corazón. Es la satisfacción y el gozo interior por lo bien hecho que es lo que pondrá una verdadera alegría en nuestro espíritu. Ya no estaremos usando medidas materiales e interesadas porque lo que vamos logrando en nuestro interior es muy superior a todas las ganancias materiales que podamos obtener en la vida.

Es cierto que no todos lo entenderán porque muchas veces nos ciega el materialismo de la vida y el poder tener contante y sonante en nuestras manos esas ganancias que siempre en ese sentido se nos quedan en lo material y no llegarán nunca a darnos ese gozo interior del que pone como eje de su vida la gratuidad y la generosidad. No es fácil liberarnos de esos condicionamientos y necesitaremos un esfuerzo grande para estar por encima de todo eso y no seguir con nuestros apegos egoístas. Cuando andamos tras esos intereses terminaremos con un desastroso vacío interior, que al final nos hará estar mano sobre mano sin llegar a saber por donde emprendemos el camino.

De eso nos está hablando Jesús en la parábola que nos ofrece. Un hombre que busca jornaleros para su viña en la plaza en distintas horas del día, unos obreros que en principio están mano sobre mano mientras encuentran a alguien que los contrata. Una expectativas que se crean en su interior los que comenzaron la jornada desde el principio del día olvidando por cuanto han sido contratados. Finalmente aquella sorpresiva forma de actuar del dueño de la viña que a todos paga por igual.

A todos los surgen dudas; tomamos el relato demasiado al pie de la letra y queremos usar nuestros parámetros humanos; pero la parábola nos está queriendo hablar de lo que es la generosidad del corazón de Dios. No importan medidas ni tiempos, porque los tiempos de Dios son otros, las medidas de Jesús son bien distintas porque son nuevos los valores que nos quiere ofrecer. Hay otros valores más y mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo, aunque también es importante; la gratuidad eleva nuestro espíritu, los regalos de Dios sí que nos hacen sentirnos bien en el corazón.

Así está actuando Jesús con unos nuevos valores y entrará en juego la generosidad del corazón, entrará en juego la rectitud con que nosotros actuamos dejando a un lado intereses demasiado materiales y mercantilistas, y tendrá que resplandecer de manera especial la gratuidad, que tanto nos cuesta poner como medida de nuestro corazón. Así tendrá que ser nuestra manera de actuar; no es el interés por una recompensa, sino la generosidad del que se da y está siempre en actitud de servicio. Es el camino que Jesús va haciendo delante de nosotros y que nos enseña a recorrer nosotros también, aunque tantas veces nos resistamos. Con Jesús algo nuevo tiene que brillar en nuestra vida.

jueves, 13 de julio de 2023

Que suene la melodía de la gratitud y de la gratuidad, que se derramen chorros de ternura de nuestro corazón generoso, que se llene el mundo de paz

 


Que suene la melodía de la gratitud y de la gratuidad, que se derramen chorros de ternura de nuestro corazón generoso, que se llene el mundo de paz

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15

Todo cuesta, decimos; a todo queremos ponerle un valor, un valor que muchas veces lo reducimos al valor material; enseguida cuantificamos lo que hemos hecho y estamos contando con las ganancias que podamos obtener. Aunque algunos parece que se lo merecen todo y no saben valorar ni agradecer lo que reciben los demás, por la contra también nos encontramos los que no entienden que se pueda hacer algo de manera gratuita, debido a ese mercantilismo del que hemos envuelto la vida, de manera que de todo queremos sacar un rendimiento, una ganancia, y poco es lo que se hace de forma gratuita.

Creo que un paso necesario es saber valorar y agradecer lo que recibimos, incluso cuando tengamos que abonar unas tasas por un trabajo hecho. Quien ha hecho algo por nosotros, quien nos ha prestado un servicio, aunque entrara en sus obligaciones, merece que le valoremos al menos con nuestro agradecimiento lo que nos ha facilitado, lo que ha hecho por nosotros, aunque entrara, como decíamos, en sus obligaciones, en las tareas que tenía que realizar en razón del lugar que ocupa. Necesitamos que se oiga más la palabra gracias, porque además entraríamos en la órbita de unas relaciones más humanas, porque el otro también merece ese detalle de la gratitud que es valoración de lo que hace.

Seguramente cuando aprendamos a decir gracias, cuando aprendamos a valorar lo que recibimos, lo que los otros hacen, podríamos estar entrando en nosotros en otra clave a la hora de hacer algo que pueda beneficiar a los demás. Seguramente comenzaríamos a ser más desprendidos, comenzaríamos a dar más de nosotros mismos de forma generosa a los demás. La generosidad de lo que recibimos nos enseñaría a actuar con la misma generosidad en todo lo que hacemos; no estaríamos en ese estadio tan mercantilista en que tantas veces nos movemos.

Es lo que Jesús les está enseñando a los discípulos. Un día sintieron la llamada del Señor y se fueron con Jesús. De aquel encuentro con Cristo mucho estaban recibiendo, porque estaban comprendiendo y aprendiendo a vivir en los parámetros del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando. Ahora hemos visto que Jesús los llama de manera especial para confiarles una misión. Aquella noticia que ellos habían recibido un día y que les había movido a estar con Jesús ahora han de llevarla a los demás. Habían ellos también de anunciar la llegada del Reino de Dios, habían de realizar los signos y señales de que ese Reino de Dios se hacía presente en nuestro mundo, porque eso reciben el poder de curar enfermedades, de expulsar demonios. ‘ld y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios’.  

Pero hay algo muy importante que Jesús les dice a continuación. ‘Gratis habéis recibido, darlo gratis’. Importante reconocer el don de Dios en sus vidas, ese don de Dios que ellos ahora habían de transmitir. Por eso les dice que su apoyo no está en medios humanos; la fuerza del anuncio que habían de hacer estaba en si mismo, en el propio anuncio, en el Reino de Dios que se estaba instituyendo.

Por eso les está pidiendo también ese desprendimiento a la hora de caminar al encuentro con los demás para hacer ese anuncio del Reino de los cielos. Ni bastones ni sandalias, ni túnicas de repuesto ni dinero en la alforja, es importante la paz que lleven en su corazón. Su vida se ha visto transformada desde el encuentro con Jesús y sus corazones han comenzado a vibrar de distinta manera, porque es la melodía del amor y de la paz lo que tiene que escucharse. No podemos llevar otros sonidos en nuestra vida que distraigan de ese auténtico sonido de paz que han de transmitir.

Bien nos vendría escuchar con toda intensidad estas palabras de Jesús para que seamos esos testigos y misioneros de la paz en medio del mundo que nos rodea. esa música no la podemos hacer sonar apoyándonos en cosas, esa música sonará de verdad cuando haya auténtico desprendimiento en nuestro corazón, cuando agradecidos reconozcamos cuanto de Dios recibimos, y cuando derramemos sin medidas ni límites ese chorro de ternura que brota de nuestro corazón lleno de amor.

martes, 30 de mayo de 2023

Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

 


Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la  generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

En generosidad Dios siempre nos gana. Pero es que además tiene otra característica maravillosa, es gratuita, es un regalo.

Tenemos el peligro y la tentación de que aun en la generosidad seamos interesados y seamos mezquinos, pongamos medidas y pongamos límites; a todo en la vida queremos ponerle una medida, un hasta aquí llego, pero vamos a ver qué es lo que obtengo a cambio, con lo que hay el peligro de que tengamos que eliminar la palabra y cambiarla por otra. ¿La convertiremos en algo así como una compraventa?

Queremos obtener algo a cambio. Y es que así nos hemos construido la vida; es cierto que son las reglas, por así decirlo, del comercio, y es la obtención de unos frutos. Es cierto que trabajamos para algo, en ese algo que caben muchas cosas, pero que está la obtención de unos beneficios – riquezas podemos llamarlas también –porque sería cómo lograríamos lo que necesitamos para nuestra propia subsistencia. Así vamos estableciendo nuestras mutuas relaciones, así valoramos lo que hacemos y valoramos el trabajo que realizamos, así lo que yo produzco se convierte en algo de utilidad para los demás; es como una cadena, y en ese intercambio también tenemos que decir salimos todos beneficiados.

Pero también tenemos que saber irnos realizando en nuestro trabajo, en aquellas cosas que hacemos, pero no desde unos beneficios materiales que obtengamos a cambio. Hay otro beneficio que nos enriquece interiormente en la satisfacción de lo que hacemos, en la iniciativa y creatividad que ponemos en nuestro trabajo que nos da satisfacciones y alegrías, que nos hace crecer en el desarrollo de nuestras capacidades, de nuestras habilidades, incluso de nuestro arte para hacer las cosas bellas. Y eso que sentimos por dentro no nos lo paga nadie por mucho que nos quieran dar a cambio, porque ahí está la riqueza y la grandeza de nuestra propia persona, de nuestra identidad.

Pero hay algo más, y es aquello que forma parte de mi vida, aquello que es producto y fruto de nuestro trabajo, aquello en lo que estoy plasmando mi yo y simplemente lo comparto, simplemente lo regalo, simplemente lo ofrezco para que también los demás lo puedan disfrutar. Es cuando aparece la generosidad de nuestro corazón, es cuando en verdad estamos expresando lo más noble que llevamos dentro que es nuestro amor. Y el amor no se vende, el amor se regala, porque el amor es donación de mi mismo.

Hay quien no entiende lo de gratuito y entonces no llegará a entender la generosidad del que da sin límites ni medidas, sin ningún tipo de interés. Andan siempre interesados, están a ver lo que consiguen, lo que como fruto de su generosidad se convierte en un beneficio para él. Lo están echando todo a perder. Y es una lástima que aquellos que por vocación trabajan para los demás en diversas funciones dentro de la comunidad, en distintos ámbitos de la sociedad, de la vida pública, de la vida social, parezca que no se mueven por beneficiar a esa sociedad para la que trabajan, a la que sirven, tendríamos que decir, sino que están buscando unos beneficios, unas ganancias, unos ascensos y al final lo convirtamos todo en una guerra de guerrillas buscando quien saca más, quien se impone con más fuerza, quien logra un mayor prestigio, y hacen turbio lo que tendría que brillar por su generosidad.

¿Seríamos capaces de convertir nuestra vida en un servicio a la sociedad en la que vivimos y de donde, aunque nos cueste reconocerlo, tanto al mismo tiempo recibimos aunque no lo busquemos? Hemos comenzado hablando de la generosidad, hablamos de altruismo, estamos hablando de amor, en el fondo está el compartir, la gratuidad con que ofrecemos lo que somos y lo que tenemos, lo que es nuestra vida. ¿Llegaremos a entenderlo?

Malo sería también que en el seno de la Iglesia viviéramos con esa mezquindad, movidos de esos intereses, en la búsqueda de unos prestigios o unos honores. Estaríamos diciendo que aun no hemos llegado a entender entonces lo que es el amor cristiano. Toda esta reflexión que me he venido haciendo surgió en mi interior desde la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre qué es lo que van a recibir ellos que lo han dejado todo por el Reino. Esa pregunta de Pedro está reflejando también aquellas ambiciones de las que aun no se habían despojado. Ya vemos en otros momentos a los discípulos discutiendo por los primeros puestos o quien va a ser principal entre ellos.

La respuesta de Jesús nos está diciendo aquello que mencionábamos al principio, Dios siempre nos gana en generosidad. No andamos con esas miras interesadas en lo que hacemos, pongamos siempre generosidad en nuestro corazón, que es lo que va a hacer más sublime nuestra vida.

sábado, 3 de diciembre de 2022

Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala, cuando Dios nos ama se nos está regalando a sí mismo a nuestra vida

 


Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala, cuando Dios nos ama se nos está regalando a sí mismo a nuestra vida

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8

No siempre valoramos lo suficiente lo gratuito; podríamos pensar que como es gratuito es de menos valor, que más valor tiene aquello que nos cuesta, en lo que no solo tenemos que poner esfuerzo para conseguirlo, sino incluso desprendernos de algo a cambio; claro que entonces tendríamos que preguntarnos donde está el verdadero valor ¿en lo material que tenemos aportar a cambio? ¿En lo que nosotros lo ambicionamos, y por eso, porque lo ambicionamos y nos cuesta esfuerzo, nos parece que tiene más valor? No digo que no tengamos que valor lo que significa nuestro esfuerzo, lo que ponemos de nosotros mismos para obtener algo. ¿Qué valor tendría entonces lo gratuito?

Se nos quedan ahí planteadas unas cuestiones, a lo que no siempre sabemos o podemos dar respuesta. Pero ¿y el valor que tiene quien, porque quiere regalarnos algo, se desprende de algo suyo que sea nuestro? Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala. Será o no será lo que nosotros apetecíamos, pero en ello está la vida, el amor de aquella persona que nos regala. ¿Y no vale eso más que todo el oro del mundo?

Creo que esto incluso tendría que hacernos pensar en la manera cómo nosotros recibimos un regalo; muchas veces aparece, quizá sin querer, una actitud de desdén porque no era lo que nosotros esperábamos o no terminamos de comprender lo que significa aquel regalo que nos hacen. Apuros como esos seguramente habremos pasado más de una vez en la vida.

¿Por qué me estoy haciendo todas estas consideraciones? Estoy recogiendo una frase que nos deja caer Jesús en el final del relato que hoy nos presenta el evangelio. ‘Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.

Vamos a fijarnos en el desarrollo del relato del evangelio. Nos habla de cómo Jesús va por todas las aldeas y pueblo ‘proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia’. Es como una constante de lo que significa siempre la presencia de Jesús. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. ¿Y qué es lo que hace Jesús? Anunciar el Reino y dando señales de que ese Reino ha llegado y se está haciendo presente. Cura Jesús, porque El es Amor; cura Jesús porque quiere quitar el mal, es la señal del Reino de Dios que llega, no será el mal el que domine sino que tiene que ser el amor. Es la llegada del Reino de Dios.

Pero eso es lo que nos pide que nosotros hagamos también. ‘La mies es abundante…’ nos dice Jesús. Y escoge entre sus discípulos aquellos que han de ir con la misma misión. El anuncio del Reino y la muestra de las señales de que ese Reino de Dios ha llegado, curando de todo mal. ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia… Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios’. 

No van a anunciar algo que ellos no hayan recibido. No son unas máquinas que repiten, son unos mensajeros que anuncian lo que ellos han vivido. Han sentido también que sus vidas se transformaban, que se sentían liberados del mal, que había algo nuevo que brillaba ahora en sus vidas, que Dios en verdad era y es el Señor de sus vidas. Eso que han recibido, es lo que tienen que transmitir. ‘Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.

Y haciendo referencia a lo que decíamos cómo muchas veces nos cuesta valorar lo gratuito, tendríamos que preguntarnos qué valor le damos en nuestra vida a la salvación que Jesús nos ofrece. Qué lugar ocupa en nuestra vida el evangelio de Jesús, la Palabra de Dios que escuchamos. Algunas veces damos la impresión que no valoramos la fe porque no termina de empapar totalmente nuestra vida.

En la práctica religiosa no hemos de reducir todo lo que es nuestra fe, pero si es una expresión y muy importante de lo que significa Dios en nuestra vida, y veamos cómo muchas veces las ponemos en un segundo plano. ¿No tendría que ser, entre otras cosas, esa práctica religiosa que expresamos en la oración y en la liturgia una manera de agradecer a Dios lo que tan generosamente nos ha regalado cuando nos ha dado todo su amor?

jueves, 7 de julio de 2022

Cuando Jesús nos envía a anunciar el Reino nos está diciendo que el anuncio que hacemos es el del regalo de Dios y que como regalo hemos de saber ofrecer

 


Cuando Jesús nos envía a anunciar el Reino nos está diciendo que el anuncio que hacemos es el del regalo de Dios y que como regalo hemos de saber ofrecer

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Sal 79; Mateo 10, 7-15

¿Qué beneficio tengo yo de todo esto que estoy haciendo? ¿Cuánto gano? Son preguntas que nos hacemos, son preguntas que nos pueden definir por dentro. ¿Seremos capaces de hacerlo de forma gratuita sin ganar nada? Hemos mercantilizado demasiado la vida, lo que hacemos, aquello por lo que nos movemos; siempre aparecen unos intereses por medio, intereses que muchas veces se quedan en lo material o lo económico.

Queremos que nos paguen, o queremos pagar cuando alguien nos hace algo con lo que nos puede ayudar. Nos parece que pagando ya no quedamos en deuda por algo que gratuitamente se nos ha dado o regalado; no nos queda la deuda de que tengamos nosotros que actuar de la misma manera con esa persona. Hasta los favores se pagan o queremos pagar con favores. Es la espiral en la que nos vemos envueltos. Algunos no llegan a entender que se hagan las cosas gratuitamente, porque todo ha de tener su pago. Nos cuesta entender lo gratuito.

Y cuidado que esto se nos puede meter hasta en lo más sagrado. Tenemos que pagar nuestras promesas, porque lo que hacemos muchas veces con Dios se parece más a un contrato de compraventa que a una relación de amor. Si me concedes esto – y vaya ahí la curación de un dolor o una enfermedad, tener suerte en un examen, que gane nuestro equipo, o sacarnos la lotería… - yo te prometo que… y vienen las promesas, los regalos que le tenemos que hacer a Dios, y lo en deuda que nos sentimos y que tenemos que pagar.

Y hoy viene y nos dice Jesús ‘lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’. Es el envió que Jesús hace de sus discípulos, a aquellos doce apóstoles que había escogido, para que vayan a anunciar el Reino. Y es cuando Jesús habla de esa gratuidad. Es ese nuevo estilo y sentido de hacer las cosas. Les ha dado, es cierto, autoridad para curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y expulsar demonios. Como ya hemos expresado en más de una ocasión son los signos con los que se ha de manifestar que ha llegado el Reino de Dios. Y es que todo aquello que han sentido en sus vidas cuando se han puesto a seguir a Jesús y han ido viendo como sus vidas se transformaban, es lo que ahora tienen que ir realizando con los demás. Es el regalo de Dios.

Por eso no han de ir apoyándose en lo material, en su poder particular o en su propia sabiduría, no van a ir comprando voluntades con lo que tienen, sino que han de ir, por así decirlo, con las manos vacías de cosas materiales. Ni dinero en la bolsa, ni túnicas ni sandalias de repuesto, ni previsiones de riquezas para tener donde hospedarse. Solo un bastón para el camino. Por eso se hospedarán donde los acojan y los reciban, porque siempre se han de manifestar como mensajeros de paz, no mensajeros de ningún otro poder humano. Ellos simplemente van a repartir el regalo de Dios porque se sienten regalados por Dios. Y es que lo gratuito es una señal precisamente de esa llegada del Reino de Dios.

Escuchemos lo que nos dice Jesús y nosotros seguimos con nuestras aspiraciones y sueños de grandezas, nuestras manifestaciones de poder, nuestro apoyo en lo material para todo lo que hagamos, nuestra poca confianza en la Providencia divina, nuestras búsquedas de seguridades y garantías. ¿Dónde estamos confiando en la gratuidad de lo que Dios nos ofrece y que de la misma manera nosotros tenemos que hacerlo? Muchas veces la Iglesia también se ha dejado seducir por la manera de obrar de nuestro mundo y pareciera que confiamos más en los medios que podamos tener que en la acción del Espíritu que es el que guía en verdad la Iglesia.

¿No necesitaremos ponernos con sinceridad ante Dios y ante su Palabra para aprender a actuar a la manera de Jesús, a la manera del evangelio?

jueves, 19 de mayo de 2022

Soy feliz porque amo, ojalá llegamos a esa sublimidad en el amor que no busca premios ni recompensas

 


Soy feliz porque amo, ojalá llegamos a esa sublimidad en el amor que no busca premios ni recompensas

Hechos de los Apóstoles 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Podríamos decir que entre los parámetros humanos del amor está el que nos sintamos felices porque seamos correspondidos en nuestro amor. Amamos y nos llenamos de alegría, es cierto, cuando al mismo tiempo nos sentimos amados por aquel en quien hemos depositado nuestro amor y todas las muestras señales de ese amor. Es cierto que nos sentimos felices cuando somos amados; y nos llena de satisfacción el ver que a quien amamos nos corresponde.

Pero ¿nos podemos quedar ahí? ¿Habrá algún paso más sublime en el amor? Si no somos correspondidos, ¿seríamos capaces de seguir amando? Creo que es un peldaño más que subimos en nuestro amor que así se hace más sublime, cuando nos sentimos felices simplemente por el hecho de amar, aunque no fuéramos correspondidos. Humanamente es difícil pero en ello se manifiesta toda la sublimidad del amor. Ser capaces de amar así, con un amor gratuito, porque no estamos buscando ninguna recompensa, porque sentimos en nosotros mismos esa satisfacción de lo bueno que hacemos, del amor que regalamos.

Es de ese amor del que nos habla Jesús. Nos habla de un amor tan grande que es capaz de dar la vida por aquel a quien amamos. Es lo que contemplamos en Jesús. Es la sublimidad del amor de Dios. ‘Aunque no hubiera cielo, yo te amara’, era una oración hermosa que algunos aprendimos de chicos, porque el regalo, la felicidad está en el mismo hecho de amar.

Sin embargo aplicamos demasiados parámetros humanos a nuestro amor y al amor que le tenemos a Dios, porque buscamos la recompensa, porque buscamos el premio, y pareciera que todos aquellos gestos de amor que vamos realizando en la vida son puntos y valores que hacen crecer nuestra cuenta para buscar y merecer un premio cada vez más grande.

Muchas hemos andado con esas contabilidades en nuestra vida espiritual, tantos rosarios, tantas limosnas, tantas Misas, tantas visitas al Santísimo, tantos primeros viernes, tantos enfermos que visitamos o atendimos, y así queremos ir haciendo crecer nuestra cuenta, como si fuera la factura de gastos que le vamos a presentar a Dios cuando nos pongamos en su presencia tras la hora de la muerte. Y claro como ya hicimos una buena cantidad de cosas, ahora ya nos podemos relajar un poquito y no hace falta darle tanta intensidad. ¿No tendríamos que reconocer que hay una cierta mezquindad en un amor así que contabiliza lo que ha hecho?

Hoy Jesús nos dice simplemente que permanezcamos en su amor. Y hemos aprendido a permanecer en ese amor desde el amor grande que Dios nos tiene. No es otra cosa que vivir esa unión de amor a semejanza de lo que es el amor de la Trinidad de Dios. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice Jesús. Y nos lo está diciendo para que aprendamos a disfrutar de la alegría del amor. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.

Es que Jesús nos está hablando de la sublimidad del amor. Un amor siempre gratuito, siempre generoso, siempre universal; un amor que es darse sin medida, que me hace olvidarme de mi mismo, porque lo que importa es que amo, a quien amo. Soy feliz, porque amo, tendríamos que terminar diciendo, no importa nada más. Puede parecer difícil, porque siempre puede aparecer nuestro orgullo y nuestro amor propio, pero cuando aprendemos a hacerlo, será lo más fácil y lo más hermoso del mundo.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Con el cántico de María queremos nosotros dar gracias por la Buena Nueva de salvación que se nos anuncia y que también necesita escuchar el mundo de hoy

 


Con el cántico de María queremos nosotros dar gracias por la Buena Nueva de salvación que se nos anuncia y que también necesita escuchar el mundo de hoy

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1Samuel 2,1-8; Lucas 1,46-56

Solemos decir que es de bien nacidos el ser agradecidos. Justo es que sepamos dar gracias, sin embargo fácilmente nos creemos merecedores de todo y no somos capaces de ver la gratuidad de quien nos ofrece sus dones, su cariño, sus servicios, su atención y no somos capaces de tener bien definida nuestra actitud de gratitud. Que prontos estamos para pedir y hasta para exigir y qué tardos somos para dar gracias.

Nos pasa fácilmente en nuestras relaciones humanas y hasta en lo más cercano a nosotros como son nuestras relaciones familiares; ¿cuántas veces nos hemos detenido para dar gracias a nuestros padres por todo lo que han hecho por nosotros? con facilidad se enfrían algunas veces hasta las relaciones entre los esposos porque no saben ser agradecidos mutuamente; y lo tendríamos que saber hacer entre los hermanos, y entre los amigos que por mucha confianza que nos tenemos algunas veces lo olvidamos y nos falta ese detalle de delicadeza. Bueno, no quiero extenderme, pero sería pauta lo que estamos diciendo para muchas cosas más.

Me ha dado pie a esta reflexión introductoria lo que nos ofrece hoy el evangelio, el cántico de María. Es el cántico de la acción de gracias, del reconocimiento desde su humildad y desde la pequeñez en la que ella se ve de todas las maravillas que el Señor realiza en ella. Es el cántico que se nos ofrece en el evangelio en el momento del encuentro de María y de Isabel, su prima, a la que ha ido a visitar. Ambas mujeres inundadas por el Espíritu Santo prorrumpen en cánticos de alabanza al Señor.

‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador…’ comienzo cantando agradecida María. Ella sabe que no es merecedora de nada porque todo es obra del Señor. Ahí está la fe de María para descubrir esa presencia y esa acción de Dios en su vida; humilde canta agradecida a Dios porque quiso poner su mirada en ella, la que se siente la más pequeña, la humilde esclava del Señor.

Pero siente María que es el comienzo de muchas cosas maravillosas, no ya para ella sino para toda la humanidad. Se está manifestando la gloria del Señor que así muestra su misericordia con todos nosotros. es la mirada del amor de Dios que se vuelca sobre toda la humanidad porque su misericordia llega a sus fieles de generación en generación; es el comienzo de algo nuevo que con su Hijo se va a realizar, porque va a comenzar un mundo nuevo, el mundo nuevo de la justicia y de la paz, el mundo nuevo en que todos vamos a comenzar a sentirnos hermanos porque comienza una nueva fraternidad, el mundo nuevo donde nadie se puede sentir inferior ni nadie va a ponerse por encima del otro porque una dignidad nueva comienza para todos, ‘derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

Y María da gracias a Dios, canta la alabanza al Señor. Este cántico de María, inspirado de alguna manera en aquel canto de acción de gracias de Ana en el Antiguo Testamento cuando ella sintió también cómo se derramaba en su vida la misericordia del Señor al concederle el hijo tan deseado también es como un anticipo de aquella proclamación de Jesús en la Sinagoga de Nazaret de la Buena Nueva que iba a ser anunciada a los pobres y a los oprimidos. Una Buena Nueva de liberación porque los oprimidos verían llegar la verdadera libertad y todo iba a ser algo nuevo con los ciegos recobrando la luz de sus ojos y todos alcanzarían la salud y la salvación.

Es el cántico que nosotros también queremos proclamar porque a nosotros nos llega también la Buena Noticia de Jesús. Estamos en las vísperas de la celebración de su nacimiento, de la Natividad del Señor. Una buena noticia anunciará los ángeles a los humildes pastores de la que nosotros escuchándola también tendremos que hacernos eco para proclamarla ante el mundo que nos rodea. Tenemos que anunciar el verdadero mensaje de la Navidad contenido en el nacimiento de Jesús; el anuncio de la navidad tiene que seguir siendo evangelio, buena noticia que se proclame hoy, en pleno siglo XXI, para que no quede diluido entre otras luces fatuas que oculten la verdadera Estrella de la Navidad.

Y tenemos que proclamarlo con nuestra vida, con nuestras actitudes nuevas, con nuestro cántico de agradecimiento al Señor, con las señales de ese mundo nuevo que con Jesús llega también para la humanidad de hoy. Que ninguna de esas luces fatuas ni ninguna de esas preocupaciones que tengamos en nuestros días difuminen y oculten el verdadero mensaje de la Navidad.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

 


Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Más vale caer en gracia… decimos más de una vez cuando hemos sido beneficiados por algo, pero no en sentido de algo que la suerte nos haya traído, sino en el sentido de que alguien en su benevolencia ha pensado en nosotros y ha querido regalarnos algo que nos llena de satisfacción.

En un mundo tan lleno de acritud, en mundo en que nos envuelven las sombras de la duda y de la desconfianza, en un mundo que vamos haciendo violento con nuestras envidias y rencillas, con nuestros resentimientos y orgullos mal curados, con un amor propio que sale tan fácil a flote y que nos lleva a enfrentamientos y luchas, el sentir que alguien gratuitamente nos regala algo, nos descoloca, parece que no estamos acostumbrados, nos sorprende y algunas veces no sabemos ni cómo reaccionar. Claro que a esa gratuidad de lo que tan generosamente se nos ofrece tendría que corresponder por nuestra parte una gratitud que no se quede solo en palabras.

‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel a María después de sus saludos. La llena de gracia, la saludó el ángel, porque Dios estaba con ella. María le cayó en gracia a Dios. Estamos viendo es cierto ese actuar de Dios con María a la que eligió por sí mismo depositando en ella todo su amor, pero tenemos que reconocer que la gracia que María estaba recibiendo no era solo para ella, sino que era gracia para toda la humanidad. El regalo de la gracia de Dios para María era un regalo para la humanidad, porque a través de María nos iba a hacer llegar a quien iba a ser en verdad la salvación para toda la humanidad.

María es la elegida de Dios para ser su Madre, María era la elegida de Dios para ser la madre del salvador del mundo. Aquel Hijo que por obra del Espíritu Santo habría de nacer de sus purísimas entrañas, el Hijo del Altísimo, será llamado Hijo de Dios iba, sin embargo, a llevar un nombre que venía a significar ese regalo de Dios para la humanidad. ‘Y le pondrás por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Ya nos dirá en otro momento el evangelio que tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único. Es el regalo de Dios, es la benevolencia de Dios.

El mundo se iba a llenar de luz porque las sombras iban a desaparecer. Nos tenemos que sentir sorprendidos por esa luz que comienza a brillar para nosotros y que de alguna manera nos viene de mano de María, pero que es el regalo de la benevolencia de Dios para con todos nosotros. No quiere el Señor otra cosa para nosotros que la salvación, como nos repetirá en otras ocasiones el evangelio, la buena nueva que nos trae Jesús. Si antes decíamos que en ese mundo tan convulso en el que vivimos, tan lleno de egoísmos y de insolidaridades nos descoloca cuando nos encontramos con alguien que generosamente nos regala algo, así tenemos que sentirnos ante el misterio de Dios que hoy se nos revela en María.

Hoy es un día cuando celebramos su Inmaculada Concepción y escuchamos este evangelio que estamos comentando en el que no paramos de cantar alabanzas a María porque así se dejó llenar de Dios en esa disponibilidad y en esa apertura de su corazón a lo que era la voluntad de Dios pero tenemos que fijarnos en la generosidad de su respuesta.

Es la correspondencia de María a la gratuidad del don de Dios para ella y para la humanidad. Está ella reconociendo ese don de Dios. ‘El Poderoso se fijó en la pequeñez de su esclava’, cantaría María en la visita a su prima Isabel en la montaña, reconociendo que el Señor había hecho obras grandes en ella y por eso la iban a felicitar todas las generaciones. Pero ella con su respuesta estaba manifestando como la misericordia del Señor se iba a seguir derramando por todas las generaciones. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’

Claro que el Señor derramó su gracia sobre ella y la hizo grande; claro que en María veremos resplandecer todas las virtudes y toda la santidad; claro que hoy la contemplamos Inmaculada en ese don que Dios le concedió al preservarla de todo pecado en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.

Nos gozamos con ella, nos felicitamos con ella como los hijos se felicitan con la madre. Pero nuestra fiesta de María tiene que ser ese reconocimiento de la gratuidad de la benevolencia de Dios sobre nosotros que se tiene que convertir en la generosa gratitud que con toda nuestra vida imitando a María nosotros tenemos que ofrecer. María es también ese regalo de Dios para la humanidad, para todos nosotros. Cantemos agradecidos la gloria del Señor. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’. Bendito sea Dios que nos ha regalado a María.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Nos quejamos de las oscuridades de la vida porque quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de la luminosidad del corazón de tantos a nuestro lado

 


Nos quejamos de las oscuridades de la vida porque quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de la luminosidad del corazón de tantos a nuestro lado

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos 12, 38-44

Siempre lo recuerdo como el regalo más hermoso que he recibido. Me habían hablado de una mujer mayor y muy pobre que estaba enferma, atendida en la medida que podía por un hijo ya en cierto modo mayor también y que vivía muy lejos entre los montes de aquel pueblo donde entonces estaba como párroco; me dispuse a ir a visitarla y tras la sorpresa de mi llegada, la dificultad para entendernos por su casi ceguera y sordera, al final me reconoció y con emoción recuerdo aún la alegría con que me recibió; no sabía como agradecérmelo y en su pobreza quería hacerme algún presente; abrió uno de aquellos cajones de tea que entonces se usaban para guardar sus pertenencias y allí tenía prensados unos higos pasados, que de alguna manera guardaba para su propia alimentación; como pudo trató de sacar un puñado grande de aquellos higos como un regalo que desde su pobreza pero en su alegría y generosidad quería compartir conmigo.

Podemos estar seguros que de la casa de un pobre si a ellos nos acercamos con generosidad de corazón nunca saldremos con las manos vacías. Allí leí aquel día plasmado en aquella mujer una página del evangelio. Un gran regalo recibí yo aquel día a través de aquel puñado de higos pasados.

Es lo que vemos hoy en el evangelio. Jesús estaba a la entrada del templo sentado enfrente del arca de las ofrendas y desde allí enseñaba a los discípulos reunidos en torno a El. Pero sus ojos estaban atentos para captar donde se desarrollaba un gesto maravilloso de generosidad y de desprendimiento. Mientras los que entraban echaban sus ofrendas en el arca, algunos quizá con pomposidad manifiesta para que se notara lo generosos que querían aparentar en lo que allí depositaban, una anciana viuda silenciosamente y sin que nadie se percatara dejó caer su humilde ofrenda de dos monedillas que era todo lo que tenía para vivir. Sólo los ojos de Jesús supieron percatarse de lo que allí sucedía y de la grandeza del corazón de aquella anciana.

Es lo que Jesús quiere destacar. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el interrogante que se plantea en nuestro corazón. ¿Hasta donde llega nuestra generosidad? ¿Hasta donde somos capaces de desprendernos de lo que tenemos? ¿Si solo damos cuando nos sobra qué valor tiene eso? Nosotros, hemos de reconocerlo, que siempre estamos haciendo nuestros cálculos, hasta dónde puedo llegar, cuáles son los imprevistos que se me pueden presentar, cuánto va a quedar para mí. La generosidad y la gratuidad están en merma en nuestros corazones.

Una generosidad y una gratuidad que tiene que aprender a mirar a los ojos de la persona a la que vamos a ayudar, una generosidad que tiene que saber tender la mano con humildad pero con la ternura del amor para acercarse a aquel con quien compartimos; pero una generosidad y una gratuidad que no tiene que mirar colores de piel ni procedencias, que no tiene que hacer juicio de la vida de aquellos a los que damos, ni buscar preferencias en aquellos que nos pudieran parecer más merecedores.

Una generosidad y una gratuidad en la que no es tan importante lo que se puedan vaciar nuestros bolsillos, sino ser capaces de vaciarnos de vanidades y de orgullos, de búsquedas de reconocimientos o de gratitudes, de actitudes egoístas o posturas de comodidad. Si faltan estas condiciones aunque quizás demos mucho está mermada en nuestro corazón la generosidad.

Jesús les decía los discípulos que tuvieran cuidado de no contagiarse de las actitudes de los escribas y de los fariseos con sus vanidades y con sus orgullos, buscando primeros puestos o lugares de honor, buscando reconocimientos y gratitudes, a costa quizás de la manipulación que hacen de los demás. Cuidado que esas vanidades no se nos metan también en el alma a nosotros buscando también halagos y gratitudes por aquello que con generosidad de corazón tendríamos que hacer, cuidado con esas disimuladas posturas que ocultan la pobreza de nuestro corazón.

Seamos además capaces también de saber apreciar el altruismo, la generosidad, la gratuidad y el desprendimiento de muchas personas nuestro alrededor. Hay personas así, como aquella viuda del evangelio o como aquella mujer de Sarepta de Sidón de la que nos habla la primera lectura; hay personas que no destacan, que parece que no levantan un palmo del suelo por la humildad con que van por la vida, pero que van con un corazón generoso y desprendido y tienen un alma grande.

Nos quejamos con demasiada frecuencia de las oscuridades de la vida, pero es que quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de esa generosidad de corazón de tantos a nuestro lado. Será la viejita que te da el puñado de higos pasados, o será la persona sencilla que te ofrece el vaso de agua fresca de su sonrisa, será la persona que silenciosamente pone su humilde ofrenda en el templo, o será quien se acerca a casa del vecino para compartir el perejil de su pobreza. Pero muchas personas hay con generoso corazón y no siempre somos capaces de verlo.

No vamos a hacerles homenajes porque ellos tampoco los quieren, pero si desde lo más hondo de nosotros mismos hemos de saber hacer ese reconocimiento y aprender esa lección.

jueves, 8 de julio de 2021

Gratuidad, disponibilidad, generosidad, abandono en las manos providentes de Dios y paz como fruto de la semilla de amor que plantamos son señales del Reino de Dios

 


Gratuidad, disponibilidad, generosidad, abandono en las manos providentes de Dios y paz como fruto de la semilla de amor que plantamos son señales del Reino de Dios

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15

‘ld y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Volvemos a escuchar hoy el mandato y el envío que Jesús hace de sus discípulos. Recordamos ayer, había elegido a doce, a los que El quiso, de entre los discípulos a los que constituyó apóstoles para enviarlos a hacer el anuncio del Reino. Sobre ello ya ayer reflexionábamos.

El texto de hoy insiste en las señales de la llegada del Reino. Les ha dado autoridad para curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y arrojar demonios. Las señales del amor y de la vida. No podemos permitir el mal ni quedarnos en la muerte, las señales de la libertad verdadera y de la verdadera dignidad de la persona. Cuando dejamos que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida estamos llamados a la vida y al amor, alcanzamos la verdadera liberación, vivimos en la plenitud de nuestra dignidad. Nada que pueda empañar esa vida podemos dejar que se posesione de nosotros.

Es lo que se quiere expresar con esa autoridad y con ese poder que da a sus discípulos; es la semilla que tenemos que ir sembrando por nuestro mundo; son los pasos hacia ese nuevo sentido de la vida y a esa dignidad nueva que alcanzamos cuando en verdad podemos llamarnos hijos de Dios. Es lo que expresa el vivir el Reino de Dios.

Pero si nos seguimos fijando en el texto del evangelio nos daremos cuenta de esos nuevos valores que hemos de vivir. La gratuidad, la disponibilidad y la generosidad, el abandono en las manos providentes de Dios porque nos dejaremos conducir por su Espíritu y la paz que será la flor que florecerá de esa semilla de amor que plantamos.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’. Somos conscientes de ese amor gratuito de Dios porque nuestra fe no es sino respuesta a ese amor que Dios nos tiene. Y Dios nos ama, no por nuestros merecimientos, sino por su infinita generosidad. Como nos diría san Pablo lo grande y lo maravilloso es que Dios nos ama a pesar de que seamos pecadores, esa es la prueba del amor de Dios que nos amó primero, como nos dirá san Juan también en sus cartas.

La gracia que hay en nosotros eso es gracia, el amor gratuito de Dios; empleamos tantas veces esa palabra y nos fijamos en su significado más elemental, la gratuidad del amor de Dios. Como respuesta tiene que estar entonces la gratuidad de nuestra vida, la gratuidad de lo que hacemos, la gratuidad de darnos por los demás con toda generosidad. Como consecuencia la disponibilidad generosa en ese abandono en las manos providentes de Dios.

Es lo que quiere decirnos Jesús de que ni tenemos que preocuparnos de llevar algo en la alforja ni incluso de preocuparnos donde hemos de alojarnos. Como sembradores de evangelio, como anunciadores de esa buena nueva de vida y salvación hemos nosotros también de dejarnos acoger por los demás. Dios proveerá y hará florecer la paz. Será nuestro saludo y será nuestro mensaje, como va a ser también la respuesta que vamos a encontrar.

Con lo preocupados que andamos en la vida de nuestras previsiones y de nuestras provisiones. Es cierto que tenemos que valernos de todos los medios posibles que hoy incluso la técnica pone en nuestras manos con tantos medios para comunicarnos con los demás, pero cuidado le demos más valor e importancia a esos medios, a esos instrumentos que a la gracia de Dios que es la que mueve en verdad los corazones. No es nuestra palabra ni son los medios técnicos que empleamos lo que produce la conversión del corazón, sino el Espíritu del Señor que es el que produce esa fecundidad de vida en los corazones.

 

jueves, 4 de febrero de 2021

Demos más señales de gratuidad para que así sea más resplandeciente la imagen del Reino de Dios que desde la Iglesia queremos mostrar

 

Demos más
señales de gratuidad para que así sea más resplandeciente la imagen del Reino de Dios que desde la Iglesia queremos mostrar

Hebreos 12,18-19. 21-24; Sal 47; Marcos 6,7-13

Vivimos en una sociedad de trueque y cambio; tú me das y yo te doy, o mejor, cuánto tengo que darte para que me des esto; claro que esa es la base del comercio, arranque de la economía, camino de la riqueza, y detrás de ello hablamos luego del bienestar. Pero es que esos intereses y ganancias lo queremos tener por todo, somos capaces de vender lo que sea.

¿Vendemos lo que sea? Por ahí puede ir el tema a reflexionar, hay cosas que ni se compran ni se venden; tiene que haber valores en nuestra vida para que seamos verdaderamente humanos que tienen que estar más allá de esas leyes económicas; parecería que la gratuidad no está muy presente en este mundo tan lleno de intereses. Lo de gratuito quizá para exigir porque nos consideramos con derecho a todo y si podemos evitarnos el esfuerzo o el gasto de aquellos medios que tenemos, pues mejor.

En el fondo creo que os dais cuenta de que a lo que quiero hacer referencia es a la gratuidad, aunque ya sé que por otra parte surgen desconfianzas porque siempre queremos ver intereses o segundas intenciones detrás. Pienso en cuánto podemos dar de manera gratuita a los demás haciendo que se sientan bien – porque no lo hacemos como si fuera una limosna – sino que de alguna manera tendríamos que convertirlo en un estilo de vivir.

Quizá en momentos de la vida que hemos vivido con más premuras hemos sido más generosos y ha surgido el compartir y el ofrecer de manera generosa y gratuita cuanto somos, primero que nada, que nos ha llevado también a dar gratuitamente de lo que tenemos.

Me ha surgido toda esta reflexión desde lo que escuchamos hoy en el evangelio. Jesús ha escogido doce entre sus discípulos – en otro lugar del evangelio se nos dirá que los llamó apóstoles (enviados) – y los envía de dos en dos a anunciar el Reino de Dios, dándoles incluso autoridad sobre los espíritus inmundos. Pero es especialmente significativo cómo les dice que han de ir, despojados de todo, sin dineros en los bolsillos ni túnicas de recambio, sin provisiones para el camino sino sólo un bastón y las sandalias que llevan puestas.

Aquello que van a dar gratuitamente que es el anuncio del reino de Dios va a ser mejor comprendido si quien va a hacer ese anuncio va desde su pobreza y su disponibilidad. Irán regalando el don de la Palabra de Dios y podrán curar a los enfermos, pero su disponibilidad y su pobreza, la gratuidad con la que van por la vida van a ser las primeras señales de la llegada de ese Reino de Dios; por eso simplemente entrarán en las casas donde son acogidos como señales y signos de la paz que quieren transmitir y de que el Reino de Dios se está haciendo presente también en aquellos lugares donde son acogidos.

Quien va pobre ofreciendo solo su voz para el anuncio y su amor generoso para curar los corazones y liberar del mal, no se le van a descubrir detrás otros intereses o segundas intenciones ni una búsqueda de ganancias. En la gratuidad con que ofrecen sus vidas se harán verdaderamente creíbles, o lo que es más, harán creíble el anuncio del Reino que van haciendo.

Que lástima que tantas veces alrededor del anuncio de la Palabra de Dios se hayan oído tantos tintineos de monedas y de dineros; qué lástima la mala imagen que hemos dado tantas veces en la Iglesia con esos sonidos que parecen repiques pero que no atraen ni llaman, sino que más bien muchas veces nos espantan.

Tenemos que mostrar la imagen de una Iglesia pobre pero que al mismo tiempo es generosa. Y de eso tenemos que tomar conciencia todos de arriba abajo y de abajo a arriba. Desprendernos de alforjas, de fajas de dineros y de túnicas de repuesto porque a otros son a los que tenemos que vestir y con los que tenemos que compartir. Demos más señales de gratuidad para que así sea más resplandeciente la imagen del Reino de Dios que desde la Iglesia queremos mostrar.

sábado, 11 de julio de 2020

Cuando lo damos todo por Jesús y el Evangelio nunca nos sentiremos ninguneados porque ante nosotros se abren horizontes de plenitud y eternidad


Cuando lo damos todo por Jesús y el Evangelio nunca nos sentiremos ninguneados porque ante nosotros se abren horizontes de plenitud y eternidad

Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29
Después de todo lo que has hecho, de todo lo que te has sacrificado, mira cómo te pagan. Ha sido quizás la reacción que nos ha surgido de forma espontánea, o hemos escuchado a alguien de nuestro entorno, cuando te has visto incomprendido, cuando nos parece que ha sabido valorar lo que hemos hecho por los demás, cuando quizás nos ningunean dándole los méritos a otros que nosotros consideramos que no han hecho nada. 
Cuando nos ponemos serios y solemnes valorando lo que hacemos, - y con carita de niños buenos - decimos que somos altruistas, que no buscamos méritos ni recompensas, que lo que priva en nuestro corazón es la generosidad y así queremos quedar bien, y hasta de manera oculta en nuestra intención lo que queremos es que alaben nuestra generosidad y nuestra humildad.
Y digo esto, porque, es cierto, nos gusta que nos reconozcan lo que hacemos, nos halaga que hablen bien de nosotros, nos sentimos orgullosos aunque tratemos de disimularlo con humildades quizá de apariencias por aquello que hacemos.
Diríamos que son sentimientos muy humanos, que quizá tendríamos que tenerlo más en cuenta en nuestro trato con los demás y en la valoración de las personas que tenemos alrededor. Tendríamos que saber ser humildes para no ir haciendo alarde de lo que hacemos, pero al tiempo tendríamos que aprender a valorar más a los demás, que todo eso se puede convertir en reciproco y todos nos sentiremos muy felices.
¿Y a nosotros que nos toca? Algo así le está planteando Pedro a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio. Hemos venido escuchando el envío que Jesús hace de sus discípulos, la generosidad y disponibilidad que Jesús les pide, la misión que tienen de darse por los demás para crear ese mundo de paz y de amor, conforme a los valores del Reino de Dios; hemos escuchado la generosidad de aquellos pescadores de Galilea que un día lo dejaron todo por seguir a Jesús aparcando las barcas y las redes en la orilla del lago. Y así todo aquel grupo de discípulos que le siguen, a los que Jesús va llamando. Y todo esto ¿para qué? Parecen preguntarse. ‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’, pregunta Pedro.
Seguimos a Jesús por el gozo de estar con El; seguimos a Jesús porque en El encontramos esa verdad de nuestra vida; seguimos a Jesús porque haciendo como El, llenando nuestra vida de amor y generosidad nos sentimos en caminos de plenitud; seguimos a Jesús porque El nos hace trascender nuestras vidas encontrando aquello que de verdad nos llena, aquello que nos puede hacer sentirnos grandes, porque nos abre horizontes de eternidad. Jesús lo expresa diciendo que de todo aquello de lo que se han despojado se van a encontrar el ciento por uno, Jesús les habla de herencia de vida eterna. No hay nada que nos llene más que el vaciarnos de nosotros mismos porque con amor nos hemos dado por los demás.
Nos cuesta entenderlo muchas veces, porque vivimos en un mundo donde parece que tienen que estar sonando siempre las monedas de las ganancias en la bolsa. Nos sentimos tentados muchas veces porque nos parece que los que andan en esas ganancias del mundo son los más ricos y felices, pero tendríamos que ver qué es lo que nos llena de verdad por dentro. Muchas veces nos encontramos alegrías y felicidades efímeras en tantos a los que pronto vemos en la soledad de sus vacíos, mientras cuando sentimos en nuestro interior la satisfacción de lo bueno que hemos hecho por los demás entonces nos damos cuanta de cuál es la verdadera felicidad a la que hemos de aspirar.
Aunque sintamos todas esas tentaciones nunca sabremos lo que es la soledad y el vacío del corazón cuando lo hemos llenado de amor. Con nosotros está siempre la fuerza del Espíritu que nos eleva, que nos hace mirar hacia lo alto, que abre ante nosotros siempre horizontes de eternidad.