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domingo, 5 de mayo de 2024

No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

 


No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Vivimos en un mundo de méritos; nos lo hemos ganado, decimos; nos creemos merecedores de todo porque tengamos unos títulos, porque hayamos hecho un recorrido en la vida, porque hayamos acumulado unos méritos. No digo que no tengamos que tener en cuenta esas cosas, y está por medio nuestra preparación, el desarrollo de cualidades y valores, la buena ejecución de aquello que se nos haya encomendado; es una forma de valorarnos y de estimularnos, es una forma de que otros también se sientan impulsados a crecer. Pero la vida es más.

No son unos méritos o unos títulos los que nos ganan el corazón de las personas; no es con una carrera con la que vamos a presentarnos ante alguien para exigirle que nos acepte y nos meta en su vida; no es lo que tengamos acumulado en nuestras ganancias lo que en verdad nos hace grandes como personas; es otra cosa que tenemos que sentir en el corazón, en lo más hondo de nosotros mismos, donde vamos a manifestar lo que es la verdadera realidad de nuestra vida y nuestra grandeza.

¿Qué es lo que verdaderamente dará grandeza a nuestra vida? ¿Qué es el fondo lo que nos puede producir mejor y más honda felicidad? Todos andamos buscando esa grandeza, esa dignidad que también tenemos que saber reconocer en los demás, esa felicidad que nos llenará de las satisfacciones más hondas. ¿Dónde encontrarlo?

Sentimos así la necesidad de amar y de sentirnos amados. Es esa relación de comunión que queremos establecer con las personas, con las personas que amamos y de las que nos sentimos amadas. Es el camino que tenemos que aprender a descubrir. Es de lo que hoy Jesús nos está hablando en el evangelio.

Como bien sabemos, estos textos que estamos escuchando estos domingos, aunque también en las lecturas de pascua en medio de la semana, están tomadas en gran parte del evangelio de san Juan y en especial de la cena pascual antes del comienzo de la pasión. Momentos de emociones fuertes, momentos de desahogo y de despedida, momentos de últimas recomendaciones. Jesús está desparramando toda la ternura de su corazón. Los discípulos amaban a Jesús y por eso su emoción y hasta su tristeza porque realmente aún terminaban de comprender todo lo que iba a suceder, por eso les veremos luego despistados, desparramados, que huyen y se esconden. Pero allí Jesús les va dejando todas las señales de su amor, que tendría que ser en verdad en lo que ellos tendrían que apoyarse para no sentirse tan escandalizados por lo que luego sucedería.

Y les dice una cosa muy bonita. Hay como una corriente de amor que parte del Padre y que a través de Jesús les llega a ellos también. De manera que si entran en esa corriente de amor algo nuevo habrán de sentir en sus corazones para que su vida fuera distinta. Pero aunque Jesús les habla claramente ellos andan como aturdidos y terminan de saborear hondamente las palabras de Jesús. Será después de la resurrección, cuando se llenen del Espíritu, cuando lo comprenderán todo y comenzarán a vivirlo intensamente.

Jesús les está diciendo que no los mira como siervos, no los mira como alguien ajeno a su corazón, para El son sus amigos, los amados, los que también se están llenando de ese amor de Dios. Porque no es lo que ellos realmente por si mismos hayan hecho como merecimientos en el tiempo que han estado con Jesús. Es Dios quien ha tomado la iniciativa.

‘A vosotros os llamo amigos’, les dice, porque ya conocéis todo lo que es el amor de Dios que se nos ha manifestado. Conocer, bien sabemos, en el sentido bíblico es algo más que tener conocimiento de algo, un conocimiento intelectual, o como quien conoce una noticia que le comunican; conocer es experimentar en si mismo, es algo mucho más hondo. Cuando María dice que no ha conocido hombre está queriendo decir que no ha tenido experiencia de lo que es el amor de un hombre, recordamos. Es ahora lo que les está diciendo Jesús. Ellos han experimentado en sí mismo lo que es ese amor y esa elección de Dios. ‘Yo os he elegido’, les dice Jesús. Les ha elegido porque les ama; en esa elección de Jesús están experimentando en sí mismos el amor que Jesús les tiene.

Todo es iniciativa de Dios. ¿Qué sucedió en el texto que hemos escuchado en la primera lectura cuando Pedro es llamado a ir a visitar la casa de aquel gentil y de repente siente que el Espíritu Santo ha inundado aquella casa llenándolos a todos del Espíritu Santo? No eran judíos, no estaban bautizados, llamaron a Pedro porque estaba en un camino de búsqueda de conocer el evangelio de Jesús, pero el Espíritu del Señor tomó la iniciativa, y por eso dirá Pedro como podrán negarles entonces el bautismo de Jesús.

Es lo que nos viene a decir también san Juan en la segunda lectura. Repito, la iniciativa es de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios primero nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados’. Es que Dios es amor, y todo va a ser una derivación de ese amor que es Dios, de ese amor con Dios nos ama y nos entrega a su Hijo. Es mucho más que un amor de amistad, aunque Jesús empleará esa palabra para referirse a sus discípulos. Es el amor que es entrega. Por eso no hay amor más grande que el de quien da su vida por los que ama, del que se entrega por los que ama. No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama.

¿Seremos capaces de amar con un amor así? Es el amor que Jesús nos pide, porque nos pide que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Y no es poca cosa.


jueves, 14 de diciembre de 2023

Necesitamos unas curas de humildad contemplando a quien era el más grande de los nacidos de mujer pero que dejaba adelantarse a los pequeños en el reino de los cielos

 


Necesitamos unas curas de humildad contemplando a quien era el más grande de los nacidos de mujer pero que dejaba adelantarse a los pequeños en el reino de los cielos

 Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11, 11-15

Siguiendo con nuestro camino de Adviento la liturgia nos va delineando la figura de Juan Bautista, aquel que había sido preanunciado como el que venía a preparar los caminos del Señor y que venía con el poder y el espíritu de Elías para reunir a los hijos dispersos para preparar un pueblo bien dispuesto para la venida del Señor.

En la interpretación que iban haciendo de las Escrituras y de lo anunciado por los profetas tenían la esperanza que el profeta que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, habría de volver antes de la llegada del Mesías. En cierto modo es a lo que hará referencia el ángel del Señor cuando se manifieste a Zacarías en la ofrenda del incienso en el templo anunciándole el nacimiento de un hijo que habría de tener una misión muy especial. Es a lo que ahora nos hará hoy referencia Jesús en el evangelio de que Elías ya ha venido, si querían admitirlo, haciendo referencia a la presencia del Bautista, como comentarán algunos de los que escucharon las palabras de Jesús.

Hoy Jesús nos quiere hablar de la grandeza del Bautista, como hará también en otros momentos del evangelio y que ya tendremos la oportunidad de comentar, pero al tiempo quiere señalarnos donde está la verdadera grandeza que nosotros hemos de buscar. ‘No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista…’ les dice, ‘profeta y más que profeta’ que dirá en otro momento, pero al mismo tiempo nos señala que ‘el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’.

¿Qué nos dirá Jesús en otros momentos cuando los discípulos andaban tan preocupados por los primeros puestos y quien iba a ser el más principal cuando faltare Jesús? El más pequeño es el más grande en el Reino de los cielos, y serán los primeros y los importantes los que sepan ser los últimos, hacerse servidores de todos. Hoy nos habla Jesús de la grandeza de Juan, pero una grandeza que también nosotros podremos alcanzar si sabemos hacernos pequeños, si sabemos hacernos los últimos y los servidores de todos.

Pero nosotros seguimos soñando con grandezas, con prestigios, con honores y con reconocimientos, con aplausos y con homenajes, y con la mejor buena voluntad hacemos muchas veces cosas muy buenas, pero calladamente estamos esperando el reconocimiento, la gratitud, el que nos lo tengan en cuentas, en que sean méritos que vayamos acumulando. No son esos los caminos del evangelio, no son esos los caminos de los que queremos seguir a Jesús.

Y con esos pensamientos dentro de nosotros, aunque tratemos de disimularlo, muchas veces sentimos violencia dentro de nosotros mismos, desde lo que nos gustaría alcanzar de reconocimientos o de valoraciones y el lugar que seguimos ocupando; nos cuesta pasar desapercibidos, queremos hacernos notar, sentimos unas cosquillas dentro de nosotros cuando vemos que otros son alabados y ensalzados y para nosotros no hay una palabra, una mueca al menos de reconocimiento, no queremos que nadie se nos adelante; qué duro se nos hace cuando quizás alguien echa tierra sobre nosotros que nos puede hacer perder prestigios, puestos de honor, o influencia sobre los demás.

No terminamos de asumir y aprender lo que es el camino de Jesús que no es otro el camino que nosotros hemos de hacer. Necesitamos unas curas de humildad. Miremos al Bautista, con sus pieles de camello, con sus langostas y miel silvestres (que no eran precisamente langostinos), y con la humildad de reconocer que no le importa menguar si el que crece es el Mesías que ha de venir.

Qué lección tenemos para nuestras actitudes desequilibradas, para los celos y las envidias que tantas veces se nos meten por dentro, para nuestras desconfianzas. Unas actitudes nuevas tienen que nacer en nuestro corazón.

martes, 14 de noviembre de 2023

No busquemos reconocimientos ahora por lo que hacemos, somos servidores que hacemos lo que tenemos que hacer, es el gozo y la sabiduría de vivir el Reino de Dios

 


No busquemos reconocimientos ahora por lo que hacemos, somos servidores que hacemos lo que tenemos que hacer, es el gozo y la sabiduría de vivir el Reino de Dios

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10

Nos creemos merecedores de todo; por la más mínima cosa buena que realicemos pronto estamos esperando reconocimientos. ¡Qué ingrata es la gente!, nos decimos, porque no nos echan incienso, porque no nos dan las gracias, porque no pregonan a bombo y platillo las cosas tan buenas que nosotros hacemos. ¡Qué autosuficientes somos en muchas ocasiones! Hasta nos creemos que si nosotros no lo hacemos, no habrá nadie que lo haga, y nos creemos insustituibles.

Podemos pensar que estoy exagerando un poco, quizás haya que poner las cosas así de una forma espectacular, pero para que recapacitemos y nos demos cuenta que algo de eso hay en nuestro interior. Bueno, gente humilde y generosa la hay y mucha, que no busca aplausos, que hace las cosas calladamente, que es fiel aquello que nos dirá Jesús en el evangelio que no sepa tu mano izquierda lo que haces con la derecha; pero, sí tenemos que reconocer que en el fondo buscamos esos reconocimientos y nos sentimos un tanto rato cuando no nos mencionan entre aquellos que hace tantas cosas buenas.

Lo que tendría que llevarnos a pensar, por qué hacemos nosotros las cosas, cuál pudiera ser el motivo oculto que nos guardamos incluso cuando protestamos de nuestra humildad y decimos que no queremos que nadie sepa lo que hacemos; porque decirlo es fácil, pero fáciles pueden ser también esas dobles intenciones que nos guardamos dentro de nosotros mismos.

Y nos pasa en múltiples aspectos de la vida; nos pasa en el trabajo que decimos que nadie nos lo reconoce, nos puede suceder incluso en la familia cuando los llamamos ingratos, nos pasa en el ámbito de la vida social de los convecinos o de los miembros de la comunidad en la que andamos que no reconoce nuestros méritos y nos tienen por un cualquiera, nos puede suceder hasta en el ámbito de la Iglesia donde nos sentimos quizás arrimados a un lado y nuestro orgullo herido.

Hoy Jesús nos da un toque de atención. Nos dice que somos unos servidores y eso es lo que tenemos que hacer. Que nuestra actitud de servicio nos hace estar siempre alerta para ver donde nos necesitan, qué es lo que tenemos que hacer, el mejor servicio que siempre podamos prestar. Nos habla de los sirvientes que trabajan en una casa y cuya misión es tenerlo todo preparado; que el sirviente no se puede sentar a la mesa para que le sirvan, sino que su función es la de prestar esos servicios, que además se convierten en una responsabilidad por la que incluso tenemos que dar cuentas.

No es que andemos en servilismos trasnochados, como tampoco es cuestión de que nos tengamos como insustituibles, pero sí hay algo que tengo que hacer y que nadie hará por mí, y que el bien que yo haga o deje de hacer es responsabilidad que tenemos. Por eso nunca tenemos que buscar las grandezas de tener a los otros a nuestro servicio, sino que nos dirá que nuestra grandeza está en hacernos los últimos y los servidores de todos.

Si el amo, como hoy mismo nos dice, cuando llega de su trabajo, no nos va a decir que nos sentimos a la mesa nosotros que él nos sirve, sin embargo sí tenemos una certeza de algo que nos ha dicho Jesús en otro lugar. Cuando llegue el momento final sí que nos va a decir que vayamos a participar del banquete del Reino que para nosotros tiene preparado desde la creación del mundo, porque allí donde vimos un hambriento lo vimos a El, allí donde dimos de beber un vaso de agua a un sediento a El se lo hicimos, allí donde estaba un enfermo al que fuimos a visitar, a acompañar y a consolar a El se lo estábamos haciendo.

Y nos llamará ‘benditos de su padre’; es la gran bienaventuranza porque con el amor y la misericordia con que caminamos por el mundo vamos a ser recibidos nosotros también en el Reino de los cielos, y aunque muchas veces hayamos sido débiles y hayamos tropezado, para nosotros habrá misericordia y podremos contemplar el rostro de Dios.


domingo, 24 de septiembre de 2023

El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

 


El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

Isaías 55, 6-9; Sal 144; Filipenses 1, 20c-24. 27a; Mateo 20, 1-16

Vivimos en un mundo de productividad y eficacia; si estamos haciendo un trabajo, queremos ver resultados; si estamos desarrollando un negocio, queremos beneficios; si tenemos a alguien trabajando para nosotros, lo que queremos es que sea eficaz y produzca rendimientos; si emprendemos un proyecto, lo que queremos es que sea eficaz para ver sus resultados. Cuanto más sea la productividad mejores serán los beneficios y mejor pagados estarán los que trabajan. Son nuestras lógicas y razonamientos humanos y queremos hacerlo por un camino recto; son las leyes del mercado y de la economía que se nos impone en nuestras relaciones; son las metas por las que nos esforzamos, nos preparamos, y luego trabajamos buscando los mejores rendimientos.

Mucho no podremos decir en contra de todo esto; son también caminos de justicia en nuestro trato y relaciones y es la manera de que nuestro mundo avance. Pero ¿solo es ese el camino para que nuestro mundo avance? ¿Dónde está la humanidad, incluso cuando hablamos de justicia social, para que sea el hombre y la persona la que esté por encima de todas estas carreras de productividad, de eficacia, de economía? ¿Las personas van a valer sólo por su eficacia y su productividad? ¿No tendríamos que buscar por otro lado lo que es verdaderamente la dignidad de toda persona buscando quizás otros valores? Son cosas que tendríamos también que pensar. 

Hoy nos sorprende Jesús con la parábola que nos propone. Un hombre que busca jornaleros para su viña ya desde el comienzo del día, y a los que contrata los envía a su viña a trabajar por denario por su jornada. No vamos a buscar razones de eficacia o no de los que están trabajando o de que fuera mayor el trabajo de lo que se pensaba, pero aquel hombre vuelve a salir a la plaza a buscar jornaleros a distintas horas del día enviando obreros a trabajar. Cuando ya casi acaba el día, en la última hora, vuelve a salir y se encontrará gente que nadie ha contratado durante el día y también los envía a su viña. Hasta ahora nada tenemos que reprochar a ese viñador.

Es al terminar la jornada cuando comienza a sorprendernos, le dice al encargado que pague a los jornaleros el denario prometido, comenzando por los últimos que ha contratado. Cuando llegan los primeros reciben igualmente un denario, lo que provocará reclamaciones, porque se consideran mal pagados cuando les han dado a ellos que han trabajado todo el día con el bochorno del calor lo mismo que a los que llegaron a última hora.

Y aquí tenemos la clave en la respuesta que da aquel amo de la viña: 'Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?'

Aunque estamos viendo la respuesta de este buen hombre, quizás nosotros nos quedamos también con un cierto resabio en el corazón. ¿Qué nos está queriendo decir el Señor con la parábola? No es una lección de justicia social, es cierto, porque eso no es lo que pretende decirnos jesús. Está hablándonos de lo que es la bondad y la generosidad de Dios para con nosotros. Nos ha llamado también a su viña, a la vida, a esa misión y a esa función que tenemos que realizar con nuestra vida en nuestro mundo. Busca el Señor nuestra respuesta en la hora que nos llame, y bien sabemos que esas llamadas del Señor nos van llegando en distintos momentos de nuestra existencia.

Hay una cosa hermosa que nos ha dicho hoy el profeta de parte de Dios, 'porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes'.  Así es de grande y hermosa la generosidad del Señor para con nosotros.

Es nuestra vocación que no siempre descubrimos a primera hora, porque quizás nos hayamos podido pasar nuestra vida distraídos con tantas cosas diversas, pero fue en un momento determinado cuando escuchamos esa llamada y esa invitación del Señor. ¿Cuál es nuestro premio o nuestra ganancia? Poder vivir la vida y la gracia del Señor, en la hora que nos haya llamado. Lo importante es esa actitud de servir, de disponibilidad de nuestra vida que siempre tiene que haber en nosotros. 

No es cuestión de ir haciendo méritos, de ir apuntando los servicios que vamos prestando para al final recibir nuestra paga casi como si fuera una exigencia que le ponemos al Señor. Cuidado que también en nosotros los que andamos en la Iglesia con nuestros trabajos y nuestros compromisos, algunas veces también andamos haciéndonos nuestras cuentas de lo que hacemos. 'Mis planes no son vuestros planes', nos dice el Señor.  Sus medidas no son nuestras medidas. Si el Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar. 

Esto nos podría llevar a hacer más consideraciones sobre la actitud con que nosotros hemos de prestar los servicios en medio de la comunidad, en esa sociedad en la que vivimos, desde esas funciones sociales que podamos realizar o a las que nos comprometemos. ¿Nuestro afán es el servicio o buscamos una carrera de ascensos y de ganancias? 

Y podríamos llegar todavía a muchas más cosas y muy concretas en relación a las personas que se van incorporando a nuestro mundo, porque han tenido que venirse de sus países por la situación que allí vivían y ahora vienen buscando una vida mejor, pero a los que pareciera que siempre queremos poner en la cola, porque son los últimos que han llegado, porque seguimos manteniendo nuestras discriminaciones y desconfianzas, porque no los consideramos dignos de méritos como nosotros que sí somos de aquí de toda la vida. ¿Nos dirá algo el evangelio sobre esas actitudes larvadas que algunas veces mantenemos en nuestro interior?  

Algunas veces el evangelio nos desconcierta porque nos abre a otras perspectivas tan distintas de lo que son nuestras manera de pensar y nos cuesta aceptarlo. El evangelio es una buena noticia que nos interroga por dentro para que en verdad busquemos los caminos de Jesus.


martes, 20 de junio de 2023

Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

 


Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

2Corintios  7, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48

Hemos de reconocer que mientras no nos molesten en la vida somos pacíficos; nos gusta llevarnos bien con la familia, con los vecinos, y con la gente que nos encontramos por la calle normalmente somos corteses y educados. Está bien, pero, como decíamos, mientras no nos molesten.

Si un día alguien nos contrarió en algo, si sabemos que tiene ideas distintas a las nuestras – y no digamos nada cuando nos metemos con la política o los políticos -, si alguien en un momento determinado hizo algo que nosotros pudiéramos considerar ofensivo, entonces las cosas cambian, nos dejamos de hablar, comenzamos a mirarnos de lado,  ya en todo lo que hace siempre encontraremos un defecto, una maldad o malicia que muchas veces más que nada es la que nosotros tenemos, ya no somos tan amigables ni corteses. Es nuestra realidad de cada día, lo que nos vamos encontrando, pero lo que vamos haciendo también. Ya parece que todos nos son tan buenos.

Y decimos que vivimos en un ambiente de cristianos, si nos preguntan o nos quieren echar en cada, ya estaremos diciendo que somos cristianos de toda la vida y ponemos mil razonamientos o justificaciones más. Pero realmente, seamos sinceros, ¿dónde están los valores del evangelio? ¿Cuáles son nuestros criterios para actuar según el espíritu y el sentido del evangelio? ¿Habremos dado el paso adelante que nos pide Jesús? ¿Qué es lo que de verdad nos define como cristianos?

Es lo que Jesús nos va desgranando en el sermón de la montaña. Y nos habla de la acogida mutua que siempre hemos de ejercer, sea quien sea; para un cristiano no pueden haber enemigos, un cristiano siempre ha de tener la mirada limpia y luminosa para ser capaz de ver en el otro un hermano, un cristiano siempre tiene el corazón abierto a la comprensión y al perdón, un cristiano si algo tiene que destacar es en la capacidad de amar.

Y es que nos decimos cristianos cuando hemos optado por Jesús, cuando somos capaces de poner como criterios de nuestra vida los criterios de Jesús. Y lo primero que nos dice Jesús es que Dios nos ama y es nuestro Padre; en consecuencia de Dios para abajo todos somos hermanos, y los hermanos se aman y se perdonan, los hermanos, porque nos conocemos y nos amamos, comprendemos las limitaciones de los demás como reconocemos también las propias y lo que vamos a hacer es ayudarnos mutuamente para superar esas limitaciones sin tener en cuenta los roces que se hayan producido entre nosotros. El otro no es un adversario sino un hermano.

Y nos habla Jesús del Padre bueno que hace salir el sol sobre todos, sean malos o sean buenos. Y nos habla Jesús que no solo haremos el bien a aquel que ya ha sido bueno con nosotros, porque eso lo puede hacer cualquiera aunque no se llame cristiano, sino que con todos vamos a tener un corazón generoso capaz de darse sin esperar compensación, y compartiendo también con aquel que quizá nunca tuvo un gesto bondadoso conmigo.

Si ayudamos solo a los que nos ayudan, ¿qué mérito tenemos? Si saludamos solo a los que nos saludan, ¿qué es lo que estamos haciendo de extraordinario? Por eso nos dice Jesús que incluso recemos por aquellos que nos hayan ofendido. Una diferencia tiene que haber en nuestra vida.

Y nos dice Jesús que cuando actuemos así es cuando en verdad nos estamos manifestando como hijos del Padre celestial. Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción. Es más nos dice que en esto tenemos que ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. El amor ha de ser el primer brillo y resplandor de nuestra santidad.

 

martes, 1 de marzo de 2022

Nos desconcierta Jesús porque trastoca muchas aspiraciones, nos promete vida eterna para quienes le seguimos, pero nos habla de los últimos que serán los primeros

 


Nos desconcierta Jesús porque trastoca muchas aspiraciones, nos promete vida eterna para quienes le seguimos, pero nos habla de los últimos que serán los primeros

1Pedro 1, 10-16; Sal 97; Marcos 10, 28-31

En el sentido habitual de nuestro vivir nos parece justo que se tengan en cuenta los méritos de la persona, porque desde su capacidad, pero también del desarrollo responsable de las cualidades y valores de su vida, pueda ir como ascendiendo en esos escalones de responsabilidades y pueda ver un fruto de su trabajo, esfuerzo y responsabilidad en esa asunción de nuevas funciones en bien de la misma sociedad.

Nos quejamos muchas veces cuando no son los méritos sino los amiguismos los que llevan a algunos a ascender en esa escala social de responsabilidades  y por supuesto de las retribuciones que pueda obtener. Justo es, repito, la valoración de los méritos de una persona en función del desarrollo de sus responsabilidades. Medidas humanas tenemos que tener en nuestras relaciones y siempre lo hemos de hacer desde la mayor rectitud.

Sin embargo, aunque esas cosas puedan ser buenos alicientes, una persona madura y responsable de sí misma no se mueve solo desde esos intereses que se puedan convertir en ganancias; diríamos que la responsabilidad comienza con uno mismo y si es poseedor de unos valores o de unas cualidades, ha de buscar, es cierto su crecimiento personal en el desarrollo de esos valores que posee, pero también piensa en esa sociedad en la que vive y de la que se siente de alguna manera deudora y responsable; aquello que posee tiene también esa función social de enriquecer a la misma sociedad. Ahí manifiesta su madurez y su grandeza.

Es la respuesta que va dando a esos valores de los que Dios le dotó que van a ser una riqueza no solo en lo material para ese mundo en el que vive. Nos sentimos responsables no solo de nuestra vida personal sino de ese mundo en el que vivimos; nos sentimos llamados a desarrollar también una función en medio de esa sociedad.  Y aquí tendríamos que recordar aquello de que no podemos enterrar el talento que se nos ha dado, sino que hemos de saberlo negociar en bien no solo de uno mismo sino de la sociedad en la que vive.

Los méritos de esa persona no son las ganancias que en el orden material pueda recibir, sino que será la satisfacción que sentirá en lo más hondo de sí mismo por el bien que realiza, por la función que está llamado a realizar en medio de ese mundo, de esa sociedad. No nos movemos entonces solamente buscando unas satisfacciones materiales o unas ganancias sino que es esa respuesta responsable que nosotros estamos dando a la vida misma con todo lo que en la misma vida hemos recibido.

¿Búsqueda de méritos de interés? Tiene que ser algo distinto. ¿Búsqueda de reconocimientos de eso que hacemos? Parecería que fuera algo normal, pero no hacemos las cosas para que nos den las gracias, hacemos las cosas como responsabilidad y como respuesta a una llamada que sentimos en lo hondo de nosotros mismos. Desde la fe sentimos que esa llamada viene de Dios, y el dar gloria a Dios con lo que hacemos es nuestra mayor gloria.

Sin embargo todos sentimos la tentación de esa búsqueda de méritos y de reconocimientos. Pero como quien pone toda su confianza en Dios, en manos de Dios dejamos cuanto hacemos porque lo que buscamos es la gloria de Dios. En el evangelio vemos que los discípulos que han seguido a Jesús y han dejado muchas cosas por estar con El también tienen esa tentación de reconocimientos. En algún momento los veremos interesados en la búsqueda de primeros puestos, de influencias que pudieran tener por una cosa o por otra para ocupar lugares principales en ese Reino que Jesús anuncia. Ya vemos como Jesús va formando sus conciencias, va haciéndoles aspirar a cosas más grandes.

Ahora como consecuencia de lo que están aprendiendo con aquel episodio del joven rico, que era muy cumplidor, que deseaba en verdad alcanzar la vida eterna, y Jesús le pide el desprendimiento de todo para tener ese tesoro en el cielo, surge en ellos también la duda y el interrogante. ¿Y ellos que lo han dejado todo que van a recibir? ¿Jesús les va a pedir algo más aún?

‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.


Es la respuesta de Jesús. Nadie le va a ganar en generosidad. Se han dado por El, por el Evangelio…
‘en la edad futura, vida eterna’, les dice. Pero un día, cuando alababa a Juan, el mayor de los nacidos de mujer, decía también que el más pequeño podía adelantársele en el Reino de los cielos. Hoy nos ha terminado diciendo ‘muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. ¿Qué nos querrá decir? Recordemos que cuando discutían por los primeros puestos les decía, que había que hacerse el último y el servidor de todos. ¿Entenderemos el camino de Jesús? Algunas veces parece que nos desconcierta

domingo, 26 de septiembre de 2021

Cuando sepamos aceptar que los otros también son buenos y justos aunque no parezcan de los nuestros estaremos dando señales de que entendemos el Reino de Dios

 


Cuando sepamos aceptar que los otros también son buenos y justos aunque no parezcan de los nuestros estaremos dando señales de que entendemos el Reino de Dios

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6;  Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Lo podemos llamar envidia, lo podemos llamar celos, podemos darle el nombre que queramos pero cuanto nos cuesta en ocasiones aceptar que otros puedan hacer el bien; como si fuera una cosa exclusiva nuestra, como si los otros no fueran capaces de hacer cosas buenas también; como si aquel que no es de los nuestros, y en eso ponemos nuestros grupos, nuestras familias, la gente de una manera de pensar semejante a la nuestra, y no digamos nada cuando entran por medio ideologías y políticas, lo que hacen no puede ser bueno, y si alguna cosa positiva vislumbramos ya buscaremos algo que la vicie. Así andamos a la greña en la vida; así vamos destruyendo lo que otros hacen, así no somos capaces de edificar sobre algo ya comenzado para continuar lo bueno que se pudiera estar haciendo, sino que arrasamos aunque luego no sepamos como construir.

Lo vemos en nuestras mutuas relaciones con sus desconfianzas; lo vemos en los orgullos pueblerinos donde por cualquier cosa estamos enfrentados y no somos capaces de aceptar lo bueno que hacen los demás; lo vemos en la vida social y política de nuestros pueblos que llegamos de nuevos al poder y querer borrar del mapa todo lo que hayan podido hacer los que consideramos nuestros adversarios. No es necesario poner muchos ejemplos porque lo vemos casi todos los días en la forma infantil que tenemos de hacer las cosas. Que pena que no sepamos construir juntos aceptando lo bueno que hacen los demás, que también son capaces de hacerlo.

Es la historia de cada día y es lo que vemos en la historia de todos los tiempos. A eso hace referencia hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que en este domingo escuchamos. En el campamento habían dos que se pusieron a profetizar aunque no estaban en el grupo de los cuarenta que Moisés había escogido, y ya andaba por allá Josué con sus celos por Moisés queriendo impedírselo. Juan se encuentra que alguien está haciendo milagros expulsando demonios en el nombre de Jesús, pero como no es del grupo de aquellos discípulos cercanos a Jesús, ya quiere impedírselo y viene corriendo a contárselo al Maestro.

’Ojalá todo el pueblo fuera profeta’, les dice Moisés. ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Y viene a decirnos Jesús que tenemos que aprender a valorar todo lo bueno que hagan los demás aunque sea algo tan sencillo como dar un vaso de agua. Así tenemos que construir, así tenemos que aprender a valorar, así hemos de saber tener en cuenta lo bueno que hacen los otros, así tenemos que nosotros que saber colaborar de las cosas buenas y sencillas que hacemos cada día.

Y es que el camino de evangelización, de anuncio del evangelio que tenemos que hacer no significa que tengamos que hacer grandes sermones donde mostremos nuestra erudición sobre lo que dicen los evangelios o la alta teología; el verdadero anuncio del evangelio que tenemos que hacer es ir sembrando esas pequeñas semillas en las cosas buenas que podemos hacer desde lo más sencillo; ese perejil que somos capaces de facilitarnos los unos a los otros en esas pequeñas cosas que compartimos cada día con el hermano, con el amigo, con el vecino es un signo de ese reino de Dios que construimos.

¿Qué es el reino de Dios sino que nos sintamos cercanos y hermanos, que colaboremos juntos en las cosas buenas que hacemos para construir nuestro mundo, en esos gestos de cercanía y amistad que nos ofrecemos los unos a los otros cuando nos ayudamos desde lo más sencillo? Crear ese mundo de armonía y de paz, ese mundo en que sepamos valorarnos los unos a los otros, ese mundo en donde sepamos ver lo bueno hacen los demás aunque no sean de los nuestros es también poner los cimientos del Reino de Dios. Lo bueno y lo justo no es una cosa exclusiva nuestra, sino que podemos descubrirla en los demás; cuidado que muchas veces brille más en los otros que en nosotros mismos aunque nos creamos tan santos.

Y eso algunas veces, aunque sea tan sencillo, cuesta; cuesta porque seguimos manteniendo nuestros orgullos interiores, porque seguimos en una carrera de hacer méritos, porque casi sin darnos cuenta queremos subirnos a pedestales. Son muchas actitudes negativas que se nos meten dentro de nosotros y de las que hemos de saber purificarnos. Qué distinta haríamos la vida, qué armonía y paz crearíamos en nuestras relaciones, qué felices podríamos ser.

martes, 10 de noviembre de 2020

Hermosa es la tarea que tenemos entre manos que cuando la realicemos simplemente diremos no es otra cosa sino el deber cumplido

 


Hermosa es la tarea que tenemos entre manos que cuando la realicemos simplemente diremos no es otra cosa sino el deber cumplido

Tito 2, 1-8. 11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

No es otra cosa que el deber cumplido. ¿Por cumplir con nuestro deber, con nuestra responsabilidad merecemos alguna recompensa especial o algunos reconocimientos laudatorios? Si es nuestra responsabilidad, nuestro trabajo, por el que ya percibimos una justa retribución, tendríamos que decir que lo que nos queda es cumplir con nuestro deber. Aunque ya sabemos como hoy vamos buscando reconocimientos y alabanzas, como nos queda o se nos sale ese prurito del orgullo que busca esas alabanzas y reconocimientos. Como decíamos, es el deber cumplido y en ello está la más profunda recompensa, lo que sintamos en nuestro interior sin buscar otros alardes u otras coronas de gloria.

Algo así es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que el lenguaje y las imágenes más propias de otra época en cierto modo nos desconciertan y nos cogen con el pie cambiado y nos cuesta interpretar, nos cuesta entender. Al final termina diciéndonos Jesús ‘siervos inútiles somos y no hemos hecho sino lo que teníamos que hacer’.

Claro que nuestra relación con Dios no es la de los siervos ni la de los esclavos. El por qué de nuestra responsabilidad no está en la servidumbre ni en la esclavitud sino en el amor. Todo es una respuesta de amor que damos con amor. De lo contrario no tendría sentido ni valor. No es algo que hagamos por una obligación de la que no nos podamos liberar como si fuéramos unos esclavos, sino que es la sumisión del amor que no es otra cosa que entrega que nos lleva a la responsabilidad más grande.

Es cierto que Jesús nos dice en el evangelio que tenemos que hacernos los últimos y los servidores de todos – cuánto les costaba a los discípulos cercanos a Jesús entender sus palabras y como vemos cómo se las andan de codazos buscando primeros puestos – pero cuando Jesús nos dice que seamos servidores los unos de los otros lo hagamos siempre por amor, lo hagamos siempre desde el amor. Por eso, en una sublimidad maravillosa, nos dirá san Pablo que seamos los unos esclavos de los otros por amor.

Jesús nos está haciendo hoy unas recomendaciones para que asumamos la vida con total responsabilidad, no como la de quienes se sienten esclavos, sino desde los que saben darse y entregarse generosamente y con total libertad. Es esa seriedad con que tenemos que tomarnos la vida, cada una de las cosas que hagamos, nuestra responsabilidad, pero la responsabilidad que sentimos con la vida misma y con el mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que tomar en serio esta tierra en la que vivimos y que hemos de saber cuidar; porque Dios nos haya dado dominio sobre las cosas por nuestra inteligencia y por nuestras capacidades no significa que destrocemos nuestro mundo sino mejor aun que lo vayamos construyendo cada vez más bello.

Nos tenemos que tomar en serio esa sociedad en la que vivimos en la que todos tenemos que colaborar, en la que todos tenemos que ser constructores, en la que cada uno desde sus valores y cualidades va poniendo su granito de arena para hacerla cada vez mejor, sea mejor la convivencia y la armonía entre todos, trabajemos juntos por mantener la paz, busquemos el que en todo momento actuemos en la más estricta justicia para que nadie se sienta dañado, para que todos nos veamos enriquecidos con la aportación de todos.

Y en todo vayamos poniendo la dulzura del amor; que no sea la rigidez de una ley que impongamos, que no se mantengan las amarguras de nuestro corazón porque nos veamos contrariados, que resplandezca la armonía y el entendimiento porque sepamos dialogar, porque sepamos aportar, porque sepamos incluso ceder para buscar siempre el bien común.

Hermosa tarea que tenemos entre manos. No necesitamos alabanzas ni reconocimientos, no necesitamos que nos pongan una medalla al cuello. Cuando la realicemos terminaremos diciendo no es otra cosa sino el deber cumplido.

sábado, 11 de julio de 2020

Cuando lo damos todo por Jesús y el Evangelio nunca nos sentiremos ninguneados porque ante nosotros se abren horizontes de plenitud y eternidad


Cuando lo damos todo por Jesús y el Evangelio nunca nos sentiremos ninguneados porque ante nosotros se abren horizontes de plenitud y eternidad

Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29
Después de todo lo que has hecho, de todo lo que te has sacrificado, mira cómo te pagan. Ha sido quizás la reacción que nos ha surgido de forma espontánea, o hemos escuchado a alguien de nuestro entorno, cuando te has visto incomprendido, cuando nos parece que ha sabido valorar lo que hemos hecho por los demás, cuando quizás nos ningunean dándole los méritos a otros que nosotros consideramos que no han hecho nada. 
Cuando nos ponemos serios y solemnes valorando lo que hacemos, - y con carita de niños buenos - decimos que somos altruistas, que no buscamos méritos ni recompensas, que lo que priva en nuestro corazón es la generosidad y así queremos quedar bien, y hasta de manera oculta en nuestra intención lo que queremos es que alaben nuestra generosidad y nuestra humildad.
Y digo esto, porque, es cierto, nos gusta que nos reconozcan lo que hacemos, nos halaga que hablen bien de nosotros, nos sentimos orgullosos aunque tratemos de disimularlo con humildades quizá de apariencias por aquello que hacemos.
Diríamos que son sentimientos muy humanos, que quizá tendríamos que tenerlo más en cuenta en nuestro trato con los demás y en la valoración de las personas que tenemos alrededor. Tendríamos que saber ser humildes para no ir haciendo alarde de lo que hacemos, pero al tiempo tendríamos que aprender a valorar más a los demás, que todo eso se puede convertir en reciproco y todos nos sentiremos muy felices.
¿Y a nosotros que nos toca? Algo así le está planteando Pedro a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio. Hemos venido escuchando el envío que Jesús hace de sus discípulos, la generosidad y disponibilidad que Jesús les pide, la misión que tienen de darse por los demás para crear ese mundo de paz y de amor, conforme a los valores del Reino de Dios; hemos escuchado la generosidad de aquellos pescadores de Galilea que un día lo dejaron todo por seguir a Jesús aparcando las barcas y las redes en la orilla del lago. Y así todo aquel grupo de discípulos que le siguen, a los que Jesús va llamando. Y todo esto ¿para qué? Parecen preguntarse. ‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’, pregunta Pedro.
Seguimos a Jesús por el gozo de estar con El; seguimos a Jesús porque en El encontramos esa verdad de nuestra vida; seguimos a Jesús porque haciendo como El, llenando nuestra vida de amor y generosidad nos sentimos en caminos de plenitud; seguimos a Jesús porque El nos hace trascender nuestras vidas encontrando aquello que de verdad nos llena, aquello que nos puede hacer sentirnos grandes, porque nos abre horizontes de eternidad. Jesús lo expresa diciendo que de todo aquello de lo que se han despojado se van a encontrar el ciento por uno, Jesús les habla de herencia de vida eterna. No hay nada que nos llene más que el vaciarnos de nosotros mismos porque con amor nos hemos dado por los demás.
Nos cuesta entenderlo muchas veces, porque vivimos en un mundo donde parece que tienen que estar sonando siempre las monedas de las ganancias en la bolsa. Nos sentimos tentados muchas veces porque nos parece que los que andan en esas ganancias del mundo son los más ricos y felices, pero tendríamos que ver qué es lo que nos llena de verdad por dentro. Muchas veces nos encontramos alegrías y felicidades efímeras en tantos a los que pronto vemos en la soledad de sus vacíos, mientras cuando sentimos en nuestro interior la satisfacción de lo bueno que hemos hecho por los demás entonces nos damos cuanta de cuál es la verdadera felicidad a la que hemos de aspirar.
Aunque sintamos todas esas tentaciones nunca sabremos lo que es la soledad y el vacío del corazón cuando lo hemos llenado de amor. Con nosotros está siempre la fuerza del Espíritu que nos eleva, que nos hace mirar hacia lo alto, que abre ante nosotros siempre horizontes de eternidad.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Porque nos sentimos amados de Dios, a El permanecemos unidos para siendo en verdad así discípulos de Jesús para dar en abundancia los frutos del amor



Porque nos sentimos amados de Dios, a El permanecemos unidos para siendo en verdad así discípulos de Jesús para dar en abundancia los frutos del amor

Hechos 15, 1-6; Sal 121;  Juan 15, 1-8
Unidos venceremos, es una expresión que como un slogan quizás habremos escuchado más de una vez en distintas manifestaciones de la vida social queriendo expresar como entendemos bien en la frase que la unión hace la fuerza en otra expresión presentada como un principio y un valor para la vida de la sociedad. No pretendo hacerme portavoz de ningún tipo de reivindicación social pero con toda libertad creo que podemos usar esta expresión que nos viene a resumir lo que Jesús hoy nos quiere presentar en el evangelio.
Y no se trata ya de la unión entre unos y otros donde sintamos el apoyo de los otros en nuestras luchas o en nuestro camino de superación, sino que Jesús quiere hablarnos de otra muy necesaria unión para poder realizar el camino de la vida cristiana. Un camino como llevamos bien experimentado en la vida que no siempre es fácil, un camino con obstáculos y tropiezos, un camino en cuyo entorno nos pueden aparecer en muchas ocasiones tantas cosas que nos atraen y nos distraen de esa meta a la que queremos llegar; un camino de exigencias dentro de nosotros mismos en ese crecimiento humano y personal, pero en ese camino de crecimiento espiritual que tenemos que realizar; un camino en el que sentimos la tentación, porque el enemigo como león rugiente anda a nuestro acecho, como nos dirá la carta del apóstol san Pedro.
Otra dificultad que podemos encontrar en el camino y que está en nosotros mismos es la autosuficiencia. Nos creemos capaces de hacer el camino por nosotros mismos, sin darnos cuenta de que no es solo la voluntad o la decisión que tomemos por nosotros mismos, sino que también es puro asunto de gracia. No se trata de vivir nuestra vida; no se trata de hacer nuestros esfuerzos personales porque queremos cultivar esta virtud o aquella otra; no se trata de ese deseo de superación por nuestra parte en que queremos ir haciendo una ascesis como si solo se tratara de un programa que nos trazamos y que nos proponemos cumplir.
Y es que todo parte del regalo del amor de Dios; nos sentimos amados por Dios, nos sentimos inundados y nuestra vida se transforma como hemos dicho en más de una ocasión recientemente. No es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso tratamos de hacer méritos cumpliendo con esto o con aquello, sino que el amor consiste en que Dios nos amó primero, como nos enseña san Juan en sus cartas. Esa es la grandeza y la maravilla de nuestra vida cristiana.
Y aquí viene lo que nos dice Jesús hoy. Tenemos que estar unidos a El como el sarmiento a la vid, porque el sarmiento que se desgaja no dará fruto, se secará y poco más servirá que para el fuego. Esa es la unión que nos hace fuertes, nuestra unión con El, porque sin El nada podemos hacer, como nos dice hoy. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.
Podrán venirnos tormentas, momentos oscuros y de tensión, tentaciones y cosas que nos pueda distraer, pero nada podrá apartarnos del amor de Cristo, como nos dice san Pablo. Y es ese amor, y esa unión la que tenemos que mantener; unidos, pero no es una unión cualquiera, es nuestra unión con el Señor, venceremos. No nos faltará su gracia, como la savia que corre por los sarmientos que están unidos a la vid.
Claro que nuestra unión con el Señor nos hace mantenernos unidos también con los demás hermanos, porque formamos como un gran racimo, como una piña, porque somos una familia, porque vivimos la comunión del amor que parte y arranca del amor que el Señor nos tiene. Y con ese amor amaremos a los demás, cumpliremos el mandamiento del Señor, el mandamiento del amor. Unidos venceremos, como decíamos al principio que es mucho más que un slogan para nuestras relaciones o reivindicaciones sociales, porque la unión importante es la que mantenemos con el Señor.
Como termina diciéndonos Jesús hoy, ‘con esto recibe gloria mi Padre, daréis fruto abundante y seréis discípulos míos’.

domingo, 25 de agosto de 2019

Poniéndonos en camino con Jesús, aunque sea subida a la Pascua, nos llenaremos de salvación porque es paso de Dios


Poniéndonos en camino con Jesús, aunque sea subida a la Pascua, nos llenaremos de salvación porque es paso de Dios

 Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30
‘Señor, ¿serán muchos o pocos los que se salven?’, se acercan unos a preguntarle a Jesús. Una pregunta interesante que puede indicarnos muchas cosas. Porque si algo de fe tenemos en el fondo de lo que hacemos está más o menos ese planteamiento. ¿Lo que estamos haciendo nos hará entrar en el cupo de los que alcanzan la salvación? Quizá sea un planteamiento que sigue latente en nosotros.
Como en la vida cuando nos encontramos con una oferta limitada pero con muchos demandantes. A ver si tenemos suerte, nos decimos. Y algunos se plantean algo así como jugando con la suerte, por ejemplo, cuando quieren ganar unas oposiciones;  son tantos los demandantes y tan escaso el numero de plazas, que ya no miramos lo que sabemos sino como en una lotería a ver si nos cae la suerte, a ver si llegamos al cupo. Como un currículum que tenemos que presentar y allí pondremos todos nuestros méritos, lo que hemos hecho o los títulos que podamos tener y vamos a ver si lo alcanzamos. Pero es en tantas cosas de la vida en las que andamos en el deseo de alcanzar algo y no sabemos si vamos a llegar.
Claro que el planteamiento que le hacen a Jesús es de una mayor trascendencia porque se trata en fin alcanzar la vida eterna. Ya recordamos que alguno le vendrá a preguntar a Jesús qué es lo que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna. Hacer cosas… Y en tiempos no tan lejanos así andaban muchas veces los cristianos que se consideraban más piadosos; tenían una lista de todo lo que habían hecho, las misas a las que habían asistido, los rosarios que habían rezado, las peregrinaciones a santuarios que hayan realizado, una contabilidad a ver si tenían méritos suficientes. Una vez alguien me decía que él tenia que salvarse porque había hecho los primeros viernes no se cuantas veces, pero ahora ya ni venía a Misa.
Es cierto que la respuesta de Jesús en principio parece paradójica con aquello de la puerta estrecha por la que no todos podrán entrar. Como si se tratara de un cúmulo de dificultades que se nos ponen y tenemos que sortear. No va por ese sentido la respuesta de Jesús. No olvidemos que El nos dice que quiere que todos se salven y lleguen a conocimiento de la verdad.
Porque hay una cosa que hemos de tener clara que si es salvación - y tenemos en cuenta el mismo sentido de la palabra - es algo que se nos ofrece y que se nos regala. Somos salvados por un Salvador; no somos nosotros los salvadores de nosotros mismos. Viene Jesús y ofrece su vida, derrama su sangre para salvación de muchos que dice el evangelio; es El quien nos salva, quien nos hace el regalo de su vida divina, quien nos inunda con su Espíritu para que podamos ser hijos de Dios, porque ya Dios nos ama como sus hijos.
 Lo que necesitamos nosotros es ponernos en camino con Jesús, seguir sus pasos para vivir su vida. Estas palabras de hoy de Jesús las dice mientras van subiendo a Jerusalén; y Jesús sube a Jerusalén para la Pascua, una Pascua que va a ser muy especial; no solo va a ser el recuerdo y celebración de una pascua antigua cuando Dios los liberó de la esclavitud de Egipto – ya entonces se tuvieron que poner en camino y atravesar un desierto para llegar a la tierra prometida – sino que es un nuevo paso salvador de Dios para toda la humanidad. Y tenemos que ponernos también en camino, en camino con Jesús.
Es un camino nuevo, es el camino que nos señala en el evangelio; es un camino de superación y crecimiento; no es un camino que se reduce a hacer cosas, es un camino de transformación de vida, de renovación interior; es un camino en que tenemos que arrancarnos del hombre viejo de corrupción, de muerte y de pecado, es un camino de libertad interior. Y eso no es fácil.
Ya vemos cómo a muchos les costaba entender a Jesús y lo rechazan porque aquellos nuevos caminos no los entendían, no eran capaces de seguirlo porque preferían seguir por sus viejos y rutinarios caminos; habían entendido la religión simplemente como el cumplimiento de unos ritualismos y cuando Jesús quiere darle profundidad a la vida y al culto que han de darle a Dios, lo rechazan.
Seguir los caminos nuevos de Jesús nos descoloca, es cierto, porque nos hace emprender un nuevo estilo y un nuevo sentido, nos crea una ruptura interior. Y esos caminos se hacían costosos, no porque no se nos ofreciera algo nuevo que iba a llenarnos de plenitud, sino porque nos cuesta arrancarnos de los ritualismos o las rutinas en que siempre hemos vivido. El camino se hace angosto, la puerta es estrecha.
La salvación no era algo mágico que se nos ofreciera a cambio quizá de unas papeletas, un listado o una contabilidad, sino que la salvación la vamos a vivir dentro de nosotros mismos con un nuevo sentido de plenitud de cuanto hacemos, con una nueva libertad interior, con una nueva paz que sentimos en nosotros cuando nos llenamos de Dios. Y en esa trascendencia de la vida esto tendría valores de plenitud y de eternidad porque es vivir en Dios para siempre.
Finalmente Jesús nos está diciendo que no nos valen méritos antiguos, ni méritos acumulados en razón de decir nosotros hemos sido cristianos de siempre, porque somos de un pueblo de cristianos o en nuestra familia siempre hemos sido muy religiosos. Nos propone una pequeña parábola de la puerta que se cierra y algunos no podrán entrar y se quedarán fuera, mientras verán venir de oriente y de occidente, del norte y del sur, quienes se van a sentar en la mesa del Reino de Dios.
¿Estaremos dispuestos a ponernos en camino con Jesús?