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jueves, 10 de febrero de 2022

El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios y es signo y señal de que se rompen todas las barreras y todos puedan sentir el amor de Dios

 


El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios y es signo y señal de que se rompen todas las barreras y todos puedan sentir el amor de Dios

Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30

El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios. Quienes son madres lo experimentan en su vida, nada las puede detener. Harán lo imposible por conseguir lo que desean para sus hijos. Todos lo hemos palpado a nuestro alrededor o en experiencias también de nuestra misma vida. Moverán lo que sea necesario, acudirán a donde tengan que acudir sin miedos ni complejos, siempre sus hijos estarán por encima de todo. ¿Cómo pueden permitir el sufrimiento de un hijo? Capaces son de ponerse en su lugar. El amor la ciega y serán como una fiera salvaje para conseguir lo que sea para su hijo.

Lo contemplamos en diversas páginas del evangelio. ¿Qué es si no lo que hacía la madre de los Zebedeos cuando se acercó con sus peticiones para sus hijos a Jesús? El amor llenó de ambición su corazón haciendo incluso oídos sordos a lo que Jesús antes les había enseñado.

¿Qué es lo que le vemos hacer a esta mujer cananea que corre por las calles tras Jesús, que es capaz de soportar todas las humillaciones posibles, que se siente ninguneada por ser mujer y por ser gentil, pero que insiste e insiste con mil argumentos que se los inspirarán su amor para conseguir lo que está pidiendo? El amor de madre la hizo grande para mover el corazón de Dios.

Y es que el amor de una madre es humilde, no le importa hacerse o sentirse pequeña, pobre y necesitada; el amor de una madre es generoso porque no pide para ella; el amor de una madre la hace desgastarse sin importarle hacerse la última con tal de conseguir lo mejor para sus hijos; el amor de una madre la hace ser muchas veces invisible, pero será el corazón que siempre está atento y vigilante porque no se puede dormir.

Son los pobres y los humildes, los sencillos y los pequeños los que se ganan el corazón de Dios; ya Jesús nos dice – y da gracias al Padre por ello – que Dios solo se revela a los que son pequeños, sencillos, humildes, generosos de corazón. El que se hace pequeño de verdad no dejará meterse nunca la malicia en su corazón y serán los limpios de corazón los que verán a Dios; el humilde y el sencillo entenderá mejor que nadie los secretos del misterio de Dios; los pobres que saben vivir desprendidos de todo serán capaces de tener un corazón grande para que lo ocupe totalmente Dios.

Lo vemos hoy reflejado en esta página del evangelio. Una mujer que ni siquiera era judía que se ganó el corazón de Cristo para terminar reconociendo la grandeza de su fe. Y aquel día saltaron las barreras, porque le mujer finalmente comenzó a ser escuchada; saltaron las barreras porque se nos dio a conocer que el amor de Dios no era sólo para los que se consideraban hijos de siempre; saltaron las barreras porque la buena nueva del evangelio comenzaba a anunciarse más allá de las fronteras de Israel.

Era el principio de lo que sería luego el gran mandato de Jesús de ir por todo el mundo para anunciar el evangelio y a todo aquel que creyese se le derramaba la gracia de Dios también sobre sus vidas. Era un preanuncio de aquel mantel que un día vería Pedro bajar del cielo con toda clase de animales y de comidas de las que él también habría de comer; nada ni nadie se consideraba ya indigno de alcanzar la gracia del Señor lo transformaba todo.

¿Seguiremos nosotros aun poniendo barreras? Con nuestras actitudes y posturas ¿seremos acaso alguna vez nosotros barreras que quieran impedir el avance de lo que es la gracia de Dios?

domingo, 25 de agosto de 2019

Poniéndonos en camino con Jesús, aunque sea subida a la Pascua, nos llenaremos de salvación porque es paso de Dios


Poniéndonos en camino con Jesús, aunque sea subida a la Pascua, nos llenaremos de salvación porque es paso de Dios

 Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30
‘Señor, ¿serán muchos o pocos los que se salven?’, se acercan unos a preguntarle a Jesús. Una pregunta interesante que puede indicarnos muchas cosas. Porque si algo de fe tenemos en el fondo de lo que hacemos está más o menos ese planteamiento. ¿Lo que estamos haciendo nos hará entrar en el cupo de los que alcanzan la salvación? Quizá sea un planteamiento que sigue latente en nosotros.
Como en la vida cuando nos encontramos con una oferta limitada pero con muchos demandantes. A ver si tenemos suerte, nos decimos. Y algunos se plantean algo así como jugando con la suerte, por ejemplo, cuando quieren ganar unas oposiciones;  son tantos los demandantes y tan escaso el numero de plazas, que ya no miramos lo que sabemos sino como en una lotería a ver si nos cae la suerte, a ver si llegamos al cupo. Como un currículum que tenemos que presentar y allí pondremos todos nuestros méritos, lo que hemos hecho o los títulos que podamos tener y vamos a ver si lo alcanzamos. Pero es en tantas cosas de la vida en las que andamos en el deseo de alcanzar algo y no sabemos si vamos a llegar.
Claro que el planteamiento que le hacen a Jesús es de una mayor trascendencia porque se trata en fin alcanzar la vida eterna. Ya recordamos que alguno le vendrá a preguntar a Jesús qué es lo que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna. Hacer cosas… Y en tiempos no tan lejanos así andaban muchas veces los cristianos que se consideraban más piadosos; tenían una lista de todo lo que habían hecho, las misas a las que habían asistido, los rosarios que habían rezado, las peregrinaciones a santuarios que hayan realizado, una contabilidad a ver si tenían méritos suficientes. Una vez alguien me decía que él tenia que salvarse porque había hecho los primeros viernes no se cuantas veces, pero ahora ya ni venía a Misa.
Es cierto que la respuesta de Jesús en principio parece paradójica con aquello de la puerta estrecha por la que no todos podrán entrar. Como si se tratara de un cúmulo de dificultades que se nos ponen y tenemos que sortear. No va por ese sentido la respuesta de Jesús. No olvidemos que El nos dice que quiere que todos se salven y lleguen a conocimiento de la verdad.
Porque hay una cosa que hemos de tener clara que si es salvación - y tenemos en cuenta el mismo sentido de la palabra - es algo que se nos ofrece y que se nos regala. Somos salvados por un Salvador; no somos nosotros los salvadores de nosotros mismos. Viene Jesús y ofrece su vida, derrama su sangre para salvación de muchos que dice el evangelio; es El quien nos salva, quien nos hace el regalo de su vida divina, quien nos inunda con su Espíritu para que podamos ser hijos de Dios, porque ya Dios nos ama como sus hijos.
 Lo que necesitamos nosotros es ponernos en camino con Jesús, seguir sus pasos para vivir su vida. Estas palabras de hoy de Jesús las dice mientras van subiendo a Jerusalén; y Jesús sube a Jerusalén para la Pascua, una Pascua que va a ser muy especial; no solo va a ser el recuerdo y celebración de una pascua antigua cuando Dios los liberó de la esclavitud de Egipto – ya entonces se tuvieron que poner en camino y atravesar un desierto para llegar a la tierra prometida – sino que es un nuevo paso salvador de Dios para toda la humanidad. Y tenemos que ponernos también en camino, en camino con Jesús.
Es un camino nuevo, es el camino que nos señala en el evangelio; es un camino de superación y crecimiento; no es un camino que se reduce a hacer cosas, es un camino de transformación de vida, de renovación interior; es un camino en que tenemos que arrancarnos del hombre viejo de corrupción, de muerte y de pecado, es un camino de libertad interior. Y eso no es fácil.
Ya vemos cómo a muchos les costaba entender a Jesús y lo rechazan porque aquellos nuevos caminos no los entendían, no eran capaces de seguirlo porque preferían seguir por sus viejos y rutinarios caminos; habían entendido la religión simplemente como el cumplimiento de unos ritualismos y cuando Jesús quiere darle profundidad a la vida y al culto que han de darle a Dios, lo rechazan.
Seguir los caminos nuevos de Jesús nos descoloca, es cierto, porque nos hace emprender un nuevo estilo y un nuevo sentido, nos crea una ruptura interior. Y esos caminos se hacían costosos, no porque no se nos ofreciera algo nuevo que iba a llenarnos de plenitud, sino porque nos cuesta arrancarnos de los ritualismos o las rutinas en que siempre hemos vivido. El camino se hace angosto, la puerta es estrecha.
La salvación no era algo mágico que se nos ofreciera a cambio quizá de unas papeletas, un listado o una contabilidad, sino que la salvación la vamos a vivir dentro de nosotros mismos con un nuevo sentido de plenitud de cuanto hacemos, con una nueva libertad interior, con una nueva paz que sentimos en nosotros cuando nos llenamos de Dios. Y en esa trascendencia de la vida esto tendría valores de plenitud y de eternidad porque es vivir en Dios para siempre.
Finalmente Jesús nos está diciendo que no nos valen méritos antiguos, ni méritos acumulados en razón de decir nosotros hemos sido cristianos de siempre, porque somos de un pueblo de cristianos o en nuestra familia siempre hemos sido muy religiosos. Nos propone una pequeña parábola de la puerta que se cierra y algunos no podrán entrar y se quedarán fuera, mientras verán venir de oriente y de occidente, del norte y del sur, quienes se van a sentar en la mesa del Reino de Dios.
¿Estaremos dispuestos a ponernos en camino con Jesús?

domingo, 11 de marzo de 2018

Mirando a lo alto de la cruz de Jesús afinemos bien la cuerda de nuestro amor para que esté siempre en la sintonía del amor misericordioso de Dios


Mirando a lo alto de la cruz de Jesús afinemos bien la cuerda de nuestro amor para que esté siempre en la sintonía del amor misericordioso de Dios

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Sal 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

Da la impresión de que no estuviéramos suficientemente convencidos; nuestra vida seria otra, otra forma de actuar, otro sentido de vivir, otros sentimientos en nuestro corazón, otro compromiso en la vida.
Nos lo sabemos pero como algo que aprendimos de memoria pero que no terminamos de asimilar para la vida. ¿Nos faltará una verdadera experiencia de amor? Creer en Dios y creer en su amor no solo cuestión de ideas y de razonamientos, necesitamos vivencias, necesitamos la experiencia en nuestra vida de lo que es ese amor de Dios que nos llena con su presencia y esa experiencia de la presencia de Dios en nosotros que nos inunda con su amor. No es solo necesario que nos digan que Dios nos ama, sino que desde la experiencia de nuestra vida con sus luces y con sus sombras hayamos sentimos ese amor y esa presencia.
Ese amor y esa presencia que se hace viva en nosotros por Jesucristo. Es la prueba del amor de Dios; es la manifestación del amor que Dios nos tiene. Es lo que hoy nos repite de una forma y otra la Palabra que escuchamos en este cuarto domingo de Cuaresma. Necesitamos mirar a lo alto y necesitamos mirar hacia la cruz. Hasta aquel pagano que era el centurión encargado de cumplir la sentencia de Pilatos mirando hacia quien estaba en la cruz terminó por reconocer la grandeza del amor de Jesús.
Hoy nos ha dicho el evangelio que ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’. Moisés había levantado en el desierto un estandarte con una serpiente de bronce para que mirándola reconociesen su pecado pero al mismo tiempo sintieran el amor de Dios que les perdonaba una y otra vez en tantas veces que se habían rebelado contra El en el desierto. Era un signo que les recordaba su pecado, pero les hacia comprender lo que era el amor de Dios por su pueblo. Así eran curados los mordidos por serpiente; así experimentaban en su vida ese amor de Dios que les curaba, en adelante habían de ser fieles al Dios de la Alianza para siempre.
Pues así nos lo recuerda el evangelio. Jesús sería levantado en lo alto también, para que en El descubramos el amor de Dios que en su misericordia tiene piedad de nuestra miseria y nuestro pecado. En la contemplación de Jesús hemos de experimentar nosotros ese amor que nos hace creer y creer para siempre, creer para tener vida eterna. Es el juicio de amor de Dios que nos salva, porque ‘Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El’. Si así nos sentimos salvados ¿terminaremos de una vez por todos de creernos todo lo que es el amor que Dios nos tiene?
Por eso nos dirá tajantemente el evangelio: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna’. Así es el amor de Dios. Así es el amor que se da, que se olvida de si, que busca siempre el bien, que ofrece salvación.
¿Merecemos ese amor? Es un regalo de Dios. Es lo que luego reflexionaría san Pablo en la carta a los Efesios. ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él’.
Fijémonos como nos dice que ‘estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir en Cristo’. Ya nos dirá también san Juan en sus cartas que el amor de Dios es primero. No que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero y así nos creó, y así nos envió a su Hijo que daría la vida por nosotros. Miramos a lo alto de la cruz, como recordábamos. Es gracia, es don gratuito, es regalo de Dios, de su amor generoso para con nosotros. Es Dios, que es rico en misericordia.
Por eso, como decíamos, es necesario mirarnos a nosotros mismos que nos sentimos pecadores, para comprender la grandeza del amor de Dios. ‘Por el gran amor con que nos amó’. Sintámoslo hondamente en nosotros y aprendamos a amar así. Por eso decía que si estamos convencidos porque lo experimentamos en nosotros nuestra manera de actuar será distinta, nuestra manera de amar tendrá otros matices.
No nos vale decir a los cristianos que amamos a los que nos aman, que somos amigos de nuestros amigos. Eso lo hace cualquiera. Nuestro amor tiene que tener otra amplitud, otra universalidad. No esperamos a que nos amen para nosotros amar. Es que entonces no nos diferenciaríamos de los demás. Y nuestro amor tiene que ser distinto.
Por eso seremos capaces de regalar el perdón, eso que nos cuesta tanto, y hasta de rezar por nuestros enemigos y por los que nos hayan dañado o hecho mal. Esa cuerda de nuestro amor tiene que estar bien afinada en la sintonía de Dios. Y porque no lo cuidamos suena tan mal en tantas ocasiones la sinfonía de nuestra vida cristiana. No olvidemos que Jesús en la cruz nos está dando el tono para que afinemos bien la cuerda de nuestro amor.


martes, 20 de junio de 2017

: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo,

No somos amigos solo de nuestros amigos, sino que nuestro corazón tiene que tener una apertura universal

2Corintios 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48
A veces en los perfiles de las redes sociales cuando uno trata de definirse o alguien pretende decir cosas buenas de alguien se encuentra uno con esta referencia, ‘es o soy amigo de mis amigos’. Y yo me pregunto ¿nada mas que amigo de tus amigos? Alguna dirá que eso es ya gran cosa, porque alguno no saber ni ser amigo de sus amigos. Pero ¿no habrá ahí una cierta limitación, una manera de encerrarse en un círculo y de ahí no salir en búsqueda de algo más?
De alguna manera ese es el ritmo y el estilo que se vive habitualmente; tenemos nuestro círculo de amistades, además de la familia, o aquellas personas con las que convivimos o nos relacionamos cada día por razones de vecindad, de trabajo u otras relaciones sociales.
Nos llevamos bien, somos buenos, intentamos llevarnos bien con los que están a nuestro lado. Pero bien sabemos cuanto nos duele cualquier desaire que nos hagan y como muchas veces pesa mucho en nosotros el orgullo y el amor propio. Y así vamos marcando a la gente, a éste sí, y aquel no lo soporto. Y estaremos recordando siempre cualquier contratiempo que hayamos tenido en alguna ocasión, para echarlo en cara cuando haga falta, y rehuimos el saludo, volvemos la cara al paso de aquellas personas que en alguna ocasión hayan hecho algo que no nos ha gustado.
Qué difícil es olvidar, aunque digamos que perdonamos, porque siempre tendremos presente, habrá ya una marca para toda la vida. Es nuestra realidad, lo que se vive en nuestro entorno y lo que nos sentimos nosotros tentados a hacer de la misma manera.
Jesús hoy viene a romper nuestros esquemas. Ya nos dice que no podemos hacer lo que hace todo el mundo, que en nosotros tiene que haber algo distinto y superior. No vamos a saludar solo a los que nos saludan siempre, ni hacer el bien solo a los que nos hayan hecho el bien. Eso lo hace cualquiera. Como nos dice Jesús hoy eso lo hacen también los paganos. Pero nosotros estamos llamados a algo distinto y superior.
Y nos habla del perdón y del amor a nuestros enemigos. Un amor que nos ha de llevar incluso a rezar por aquellos que nos hayan podido hacer mal. No es fácil, pero si queremos seguir el mandato del amor de Jesús ese es un hermoso paso que hemos de saber dar, porque cuando rezamos por alguien significa que ya estamos comenzando a amarlo.
Y es que Jesús nos pone un modelo sublime, lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en su propia entrega. Ya sabemos que para nosotros Jesús es el rostro misericordioso de Dios. Por eso hoy nos dirá que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso con nosotros.
Es la sublimidad del amor cristiano. No somos amigos solo de nuestros amigos, sino que nuestro corazón tiene que tener una apertura universal. Son las metas grandes del Evangelio. Es el estilo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que hemos de vivir

domingo, 21 de agosto de 2016

No es solo buscar mi particular salvación, sino hacer el anuncio de la Buena Nueva de Jesús para que todos puedan ser iluminados por su luz

No es solo buscar mi particular salvación, sino hacer el anuncio de la Buena Nueva de Jesús para que todos puedan ser iluminados por su luz

Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30
‘Señor, ¿serán pocos los que se salven?’ Jesús iba camino de Jerusalén y mientras recorría aquellas ciudades y pueblos iba enseñando a la gente. Era lo que hacia habitualmente; en ocasiones salía directamente para ir a enseñar por los pueblos, en esta ocasión aprovecha el viaje, junto a El irán más discípulos, atraviesan pueblos y la gente saldrá al encuentro porque su fama se extendía por todas partes. Es la ocasión para que uno se acerque a Jesús con la pregunta ‘¿serán muchos los que se salven?’
Podríamos pensar en una preocupación misionera de que el mensaje del Reino llegue a todas partes y todos puedan participar de él; pero podría ser también otra la preocupación, sin son pocos los que se salven ¿podré yo estar entre esos pocos que se salven? Un pensamiento quizá que pudiera surgir de un deseo de salvar el pellejo, de que al menos él alcance esa salvación si quizá van a ser pocos, porque ya el número esté preestablecido; un sentimiento y una actitud en cierto modo egoísta porque solo piensa en si mismo, en su propia salvación. Como me salve yo…
Pero Jesús no da respuesta a esa pregunta; es más Jesús hablará de esfuerzo, de lucha, de sacrificio; nos habla de puerta estrecha y no es el sentido de poner dificultad sino en cuanta la respuesta que tenemos que dar a esa gracia salvadora que Jesús nos ofrece exige por nuestra parte un esfuerzo, un deseo de superación. No es contentarnos con que en algún momento hemos hecho cosas buenas, en un momento determinado ya hicimos unos esfuerzos para tener unas ganancias aseguradas y ahora ya puedo vivir tranquilo.
Recuerdo alguien que me comentaba en una ocasión, yo ya no me preocupo mucho por cumplir ahora, porque cuando chico hice muchas veces los primeros viernes, y ya con eso tengo asegurada la salvación. ‘Llamaréis a la puerta’, nos dice Jesús, y se nos responderá de dentro ‘no sé quienes sois’… mientras nosotros quizás insistimos ‘hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’, yo antes iba a misa siempre y me portaba bien, yo no falto a ninguna procesión de la Virgen o del santo de mi pueblo, yo rezaba antes siempre el rosario y llevo flores a la Iglesia… y sería terrible que siguiéramos escuchando ‘no sé quienes sois’.
¿En qué ponemos nuestra religiosidad? ¿Qué es lo que consideramos esencial para decir que vivimos una buena vida cristiana? Son preguntas que nos tenemos que hacer seriamente. Es la búsqueda sincera que con toda profundidad hemos de hacer para descubrir en verdad lo que es ser seguidor de Jesús. No es contentarnos con hacer algunas cosas en un momento determinado. Yo me casé por la Iglesia, yo he bautizado a mis hijos, se dicen algunos, ¿qué más tengo que hacer?
Es lo que quizá se pregunten por dentro, aunque luego eviten encontrar la respuesta, unos padres cuando se les habla del compromiso de una educación cristiana para los hijos para los que piden el bautismo. Quizá piensan que no han de hacer mucho más que lo que ya están haciendo y que un día hagan la primera comunión, pero pensar en educación cristiana implica mucho más, es un crecer en la fe, una maduración de nuestra vida en la vivencia de unos valores que nos ofrece el evangelio, son unas actitudes y unas posturas que se han de tomar ante la vida y los problemas que van surgiendo, es una manera de actuar en la vida de la familia, en su vida personal, en la relación con los demás, en el compromiso social con la sociedad en la que vivimos desde unos valores, desde unos principios. Pero eso quizá lo pasamos por alto.
Ser cristiano para vivir la salvación que Jesús nos ofrece implica toda la vida, y se comienza por descubrir cuál ha de ser nuestra verdadera relación con Dios que se ha de reflejar en una manera de orar, de vivir la Eucaristía y todos y cada uno de los sacramentos. Unas actitudes religiosas no de forma rutinaria y fría por cumplir, sino buscando esa relación personal y profunda con Dios, a quien siento en verdad como mi Padre.
Ser cristiano no es simplemente hacer unas cosas para obtener yo la salvación sino que es mucho más, porque me hace entrar en una nueva relación con los demás. Ser cristiano implicará esa preocupación que he de sentir para que todos lleguen a descubrir esa fe, esa manera de vivir como cristianos en esas actitudes nuevas que nos trasmite el evangelio.
‘¿Serán muchos los que se salven?’ era la pregunta que alguien la planteaba a Jesús y que en el fondo puede ser también una pregunta que nos hagamos en nuestro interior preguntándonos por nuestra propia salvación. Pero Jesús termina diciéndonos hoy que ‘vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán en la mesa en el reino de Dios’. Es la imagen que nos ofrecía el profeta Isaías, en lo que hemos escuchado en la primera lectura para hablarnos de ese pueblo nuevo, de ese Reino nuevo de Dios que con Cristo se va a instaurar.
Sintamos esa universalidad de la salvación porque de todos los pueblos están llamados para vivir en el Reino de Dios; sintamos la catolicidad, la universalidad de nuestra fe cuando contemplamos a tantos de toda lengua y nación que también quieren glorificar al Señor. Pidamos la fuerza del Espíritu del Señor para que haya quienes lleguen a todos los rincones para hacer ese anuncio del Evangelio, ese anuncio de la Buena Nueva de la salvación que es Jesús para todos los hombres. Sintamos en lo más profundo de nosotros ese compromiso y esa responsabilidad de que esa Buena Nueva llegue a todos, y comencemos por anunciarlo con el testimonio de nuestra vida a tantos que a nuestro lado siguen sin ser iluminados por la luz del evangelio.
Cuánto podemos y cuánto tenemos que hacer en ese sentido; es necesario ese nuestro testimonio claro y explicito ahí donde estamos para que todos puedan descubrir la alegría de la fe, la alegría del evangelio.

lunes, 29 de febrero de 2016

Abramos los horizontes de nuestra vida de fe llevando el evangelio con valentía a tantos que necesitan esa luz de esperanza

Abramos los horizontes de nuestra vida de fe llevando el evangelio con valentía a tantos que necesitan esa luz de esperanza

2Reyes 5,1-15ª; Sal 41; Lucas 4,24-30

Peligroso es ponerle vallas a los horizontes de la vida, pero algunas veces quizá inconscientemente se las ponemos. Una mirada que nos cierre el horizonte nos encierra la vida, nos limita posibilidades, nos impide soñar con plenitud. Necesitamos a abrirnos a algo más que lo que cada día hacemos y vivimos. No podemos quedarnos en la rutina de lo que siempre hacemos o pensando que no hay otra forma, otra mirada más amplia, otra opinión aunque estemos muy convencidos de lo que pensamos y son nuestros principios. Nos hace confrontar ideas y pensamientos, nos enriquece con algo nuevo, nos purifica de rutinas y de apegos, nos hace ir a lo que verdaderamente es fundamental, nos hace ver con más claridad la vida y por lo que luchamos.
Jesús viene a abrirnos horizontes para que encontremos en verdad esa plenitud y ese sentido verdadero a lo que vivimos, por lo que luchamos, lo que somos en verdad. Algunas veces nos cuesta; parece que deseamos simplemente dejarnos llevar por lo que siempre hacemos, pero así vemos cómo nuestra vida se limita, se encierra, perdemos el sueño de algo más grande.
Lo vemos en lo que es nuestra vida personal de cada día en la que al final si no tenemos esos horizontes parece que todo se nos vuelve monótono y aburrido y lo vemos en nuestras comunidades ya sean simplemente nuestras comunidades humanas o ya sea nuestras comunidades eclesiales. De ahí esa atonía que viven nuestros pueblos; de ahí esa atonía que vivimos muchas veces en nuestra Iglesia donde perdemos incluso ese impulso misionero para salir a buscar, a anunciar, a llevar ese mensaje de vida que nos trae Jesús. Nos contentamos en nuestras comunidades eclesiales en los que ya venimos siempre y que seamos buenos, pero nos falta ese coraje para ir al encuentro con nuestro mundo, porque olvidamos esa misión universal que tenemos.
Es lo que les costó aceptar a las gentes de Nazaret. Vivían muy encerrados en sí mismos con unos horizontes muy limitados. Ahora su orgullo se había alimentado cuando habían visto que uno de su pueblo hablaba como hablaba y hacía los prodigios que habían escuchado que iba haciendo por todas partes. Pero cuando Jesús quiere abrirles horizontes, les habla de una universalidad del Reino que ha de llegar más allá de sus fronteras, pero les recuerda que eso ya estaba anunciado con hechos en la misma vida de los profetas, y eso les cuesta aceptarlo. Cuando no ven que Jesús realiza allí los prodigios que en otras partes han escuchado que realiza, les gusta menos. Cuando Jesús viene a descubrirles el sentido de una fe más auténtica, le rechazan. Querían despeñarlo en el barranco del monte.
Jesús viene a ser ese revulsivo en nuestra vida que tanto necesitamos, aunque nos cueste aceptarlo. Abramos en verdad el corazón al evangelio de Jesús y seamos capaces de compartir su mensaje haciéndonos misioneros, portadores de evangelio para los demás. Hagamos en verdad una iglesia misionera, como nos dice el Papa Francisco, seamos capaces de ir a las periferias. E ir a las periferias no siempre significa ir a países lejanos, porque esa periferia la tenemos cerca de casa, en los que nos rodean y conviven con nosotros a los que tenemos que llevar esa esperanza y esa luz del evangelio.

domingo, 17 de agosto de 2014

Tenemos que aprender a escuchar los gritos de quienes nos piden que nos detengamos junto a ellos en el camino de la vida

Tenemos que aprender a escuchar los gritos de quienes nos piden que nos detengamos junto a ellos en el camino de la vida

Is. 56, 1.6-7; Sal. 66; Rm. 11, 13-15.29-32; Mt. 15, 21-28
El evangelio de este domingo de entrada nos puede parecer paradójico pues nos costará entender algunas cosas que en él contemplamos; sin embargo, tras una pausada reflexión, y más allá incluso de ese mensaje de la universalidad de la salvación de Jesús que vemos que de aquí se desprende, podemos encontrarnos un variado y hermoso mensaje para muchas actitudes y posturas que podemos tomar en muchas ocasiones en la vida.  
Nos damos cuenta que Jesús está fuera de la propiamente llamada tierra judía; Tiro y Sidón quedan ya en tierra de los gentiles fuera incluso del  territorio propiamente de Palestina - prácticamente casi lo que hoy sería ya en el Líbano -; los judíos eran reacios a entrar en contacto con los gentiles, con los paganos, a los que trataban con cierto desprecio hasta en sus expresiones, incluso los más piadosos rehusarían entrar en sus casas porque eso se consideraba como una impureza; en varias ocasiones vemos en el evangelio situaciones así, como cuando acusan a Jesús ante Pilato pero los fariseos y los sacerdotes no entran en el Pretorio para no incurrir en impureza ya que estaban en la víspera de la Pascua.
El comportamiento primero que vemos en Jesús con esta cananea entra dentro de estos parámetros de las relaciones entre judíos y gentiles incluso en esas expresiones que nos pueden parecer tan duras; sin embargo hemos visto en otros momentos del evangelio que Jesús tendrá encuentros con gentiles, como el caso del Centurión Cornelio al que se ofrece ir incluso a su casa para curar a su hijo que se está muriendo; en este caso será el centurión el que no se considerará digno de que Jesús entre en su casa, pero tiene fe en que Jesús sólo de palabra puede curar a su criado.
¿Qué querrá enseñarnos Jesús en este episodio de la mujer cananea? Aquella mujer, al enterarse de que Jesús está allí - seguro que a ella habían llegado noticia de las obras milagrosas que Jesús hacía - acude gritando tras Jesús pidiendo la curación de su hija. ‘Ten compasión de  mi, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. Una súplica con un reconocimiento incluso de cariz mesiánico al llamarlo Hijo de David.
Una insistencia de aquella mujer y parece que Jesús se hace oídos sordos. ¿Querrá Jesús provocar la reacción de sus discípulos para que aprendieran a escuchar los gritos, el lamento de quien estaba sufriendo? ¿querrá Jesús enseñarles cuáles han de ser los verdaderos motivos para escuchar aquel lamento? ¿nos querrá enseñar también algo a nosotros?
Como Jesús no respondía nada a los gritos de la mujer, ‘los discípulos se acercaron a decirle: Atiéndela que viene detrás gritando’. ¿Algo así quizá, atiéndela para que no nos moleste más con sus gritos? ¿Había verdadera compasión o querían quitársela de encima?
Creo que tendría que hacernos pensar esto. En la vida tantas veces, o vamos como sordos porque vamos tan ensimismados en nuestras cosas o en nuestras preocupaciones, o nos hacemos oídos sordos porque no queremos escuchar, porque no queremos enterarnos del sufrimiento que hay a nuestro alrededor. Por cuántos sitios, o por delante de cuántas personas pasamos en tantas ocasiones y no queremos mirar ni escuchar el clamor de los que sufren. Miramos para otro lado. Nos hacemos duros e insensibles y queremos pensar quizá que esas cosas no nos tocan a nosotros resolverlas.
Repito que esto tendría que hacernos pensar. Porque cosas así, situaciones así nos las encontramos en cualquier esquina, en la plaza, en el transporte, en el mercado, a la puerta de la Iglesia y cerramos los ojos y pasamos de largo. Pero es que quizá en nuestro interior estamos pensando también muchas cosas, culpabilizando a los propios que tienen el sufrimiento o la necesidad porque no han sabido, porque no han aprovechado las oportunidades, porque esto es consecuencia del momento en que vivimos y ya otros tendrían que dar solución, etc. etc. etc… Quizá al final, medio forzados, damos una limosna, unas monedas que rebuscamos perdidas en el fondo de nuestros bolsillos, para que se callen y no nos den la lata, o para  acallar así nuestra conciencia que no sé si acallará de verdad.
Os confieso que esta reflexión que me estoy haciendo, me la estoy diciendo a mí el primero, porque posturas así fácilmente aparecen en mi corazón y muchas veces cuesta mirar con verdadero y desinteresado amor a cuantos sufren a nuestro lado. Es difícil muchas veces, cuesta, despertar esta sensibilidad en el corazón. No siempre actuamos desde el verdadero amor. Tenemos duro el corazón.
Un paso más adelante que vemos en el evangelio es que Jesús se puso a dialogar con aquella mujer. Un diálogo en principio duro, en ese encuentro entre un judío y un gentil, pero que va a provocar que se abra el corazón de aquella mujer en la que van a aparecer hermosos valores, como es su fe por encima de todo, pero también una humildad profunda para reconocer su vida y su situación. Al final Jesús terminará respondiendo a la petición de aquella mujer, pero sobre todo alabando la fe de la cananea, ‘¡Mujer, qué grande es tu fe!’, que nos hace recordar también la alabanza de Jesús al otro pagano que había acudido también a El para pedirle la curación de su criado. ‘No he visto en Israel nadie con tanta fe’, que diría entonces. ‘Que se cumpla lo que has pedido’, le dice.
Un aspecto humano que tendríamos que destacar y subrayar y es el hecho de Jesús pararse a dialogar con aquella mujer. Decíamos antes que no oímos los gritos de los que sufren o nos hacemos sordos, pero tenemos que decir también que muchas veces, aún oyéndolos, pasamos de largo sin sabernos detener. Detenernos para escuchar; detenernos para decir una palabra de aliento; detenernos para manifestar que nos interesa y nos preocupa el problema de aquella persona; detenernos… frente a tantas prisas y carreras como vamos por la vida; hay tantas maneras de detenernos en la vida al lado de quien tiene un problema y que sufre. Ahí tenemos otra hermosa enseñanza de este evangelio.
Volvemos al principio de nuestra reflexión y al mensaje que siempre desprendemos el primero de este evangelio. Aquella mujer no era judía, era cananea, una pagana, pero para ella llegó también la salvación; más aún en ella descubrimos también una fe grande, una humildad profunda en su corazón, una confianza absoluta en la salvación que iba a alcanzar aunque ella considerase también que no era digna. La salvación que Dios nos ofrece en Jesús es para todos, tiene ese carácter universal y a nadie podemos excluir.
Por una parte que sepamos descubrir siempre las cosas buenas que tienen los demás, aunque quizá no sean como nosotros o no piensen como nosotros; es ese diálogo que tenemos que saber hacer con el mundo de hoy, del que muchas veces no hacemos sino quejarnos porque todo lo vemos mal, pero no sabemos descubrir también cuantos valores afloran en las personas y en el mundo que nos rodea, aunque no sean creyentes o no vivan todos los valores del evangelio. Es necesario que aprendamos a descubrir lo bueno de los demás, las semillas de lo bueno que también hay en nuestro mundo y que son muchas.
Y por otra parte también tenemos que ir a otras tierras, y ya no es simplemente ir a tierras lejanas, las que llamábamos tierras de misión, sino ese mundo que nos rodea que tan lejano está de Dios y de la Iglesia, porque allí también tenemos que hacer el anuncio de la salvación; la salvación de Jesús es para todos, y también esos de nuestro entorno a los que un día se les enfrió la fe o la abandonaron o quizá nunca la tuvieron han de recibir ese mensaje de salvación. Cuánto tenemos que hacer en este sentido.
A cuántas cosas nos compromete el Evangelio si con corazón abierto nos abrimos al Espíritu del Señor y a su Palabra.

lunes, 6 de enero de 2014

Con la estrella de Belén un nuevo resplandor de vida y salvación amanecía para todos los hombres

Is. 60, 1-6; Sal. 71; Ef. 3, 2-3. 5-6; Mt. 2, 1-12
Tenemos que volver a repetir lo mismo. Seguimos celebrando Navidad. Hoy es la manifestación de Dios a todos los hombres por medio de una estrella. Por eso llamamos a este día Epifanía, pero que viene a ser lo mismo, porque celebramos al Dios que se hace presente entre nosotros cuando se ha encarnado en el seno de María para ser nuestra Salvación, pero  hoy le añadimos la característica, por decirlo así, de esa manifestación universal de que la salvación es para todos los hombres y para todos los pueblos.
En la noche de navidad los resplandores celestiales llevaban a ras de tierra porque los ángeles vinieron a hacer el anuncio, a dar la Buena Nueva a unos pastores que allá estaban guardando al raso sus rebaños en los alrededores de Belén. El Dios que nacía pobre entre los pobres y había sido recostado entre las pajas de un pesebre tenía como sus preferidos a los pobres y a los humildes, por eso, como decíamos, los resplandores celestiales los contemplábamos a ras de tierra. Así es la cercanía de Dios que se nos manifestaba en el Emmanuel, en Jesús.
Hoy vemos brillar el resplandor de una nueva estrella en lo alto del firmamento, pero allí donde nadie podría adueñarse de ella, porque ese anuncio de salvación era no para unos pocos, ni para quienes con su poder intentaran adueñarse de su luz - ya lo intentaría Herodes -, sino era para todos los hombres sin distinción. No son ahora sólo unos pastores de Judea los que reciben su luz, sino que van a ser unos Magos de Oriente, en consecuencia no pertenecientes al pueblo de Israel, los que se van a dejar iluminar por su luz siguiendo su rastro para encontrar al recién nacido Rey y Salvador.
La luz que despertaba la esperanza va a brillar bien alta, porque un nuevo resplandor de vida y salvación amanecía no solo en Jerusalén sino para todos los hombres. Envueltos en nuestras tinieblas nos costará en muchas ocasiones distinguir esa luz nueva que nos dará nuevo sentido y que a todos los reunirá en torno a Jesús. Hemos de estar atentos y saberla buscar y encontrar.
Muchas veces la podemos tener  muy delante de nuestros ojos pero obnubilados por tantas cosas y tantas desesperanzas a pesar de tener la posibilidad del conocimiento de esa luz, nos podemos seguir quedando a oscuras. Tenemos que despertar y saber mirar a lo alto para distinguir la luz, pero tenemos que saber también acudir a las Escrituras que nos contienen la Palabra de Dios que nos ayudará a interpretar las señales que nos van a llevar certeramente hasta Jesús.
El camino que hicieron los Magos de Oriente, como hoy nos cuenta el evangelio, es muy ejemplar para nuestra vida. Estaban atentos a lo que sucedía y a descubrir las señales del cielo. Fueron capaces de ponerse en camino arrancándose de sus comodidades o de la vida de rutina de cada día. Fueron capaces de unirse a otros que realizaban la misma búsqueda y no quisieron venir cada uno por su camino. Buscaron donde pensaban que podían encontrar pero luego se dejaron guiar para encontrar al recién nacido donde realmente estaba. Pero también acudieron a quienes podían interpretarles las Escrituras para tener cierto el camino del Espíritu que es el que de verdad nos conduce en nuestros corazones. Y así llegaron hasta Belén.
Pero en las sorpresas de los caminos de Dios no se resistieron porque no fuera un palacio donde encontraran al recién nacido Rey, sino que allí, en aquella casa de pobres, porque la estrella así lo señalaba, ‘se encontraron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron’ a pesar de las pobres apariencias. ‘Se llenaron de inmensa alegría’, porque de nuevo la estrella les había conducido, porque ahora se habían encontrado con Jesús.
‘Luego le ofrecieron regalos’. No venían en plan de conquista ni con ostentaciones de poderosos sino que agradecidos diríamos que se dejaron conquistar el corazón. Vieron en el Niño al Rey que buscaban, al Dios que necesitaban y al Redentor que agradecían. Significativos son sus regalos de oro, incienso y mirra.
Luego nos dice el evangelio que los Magos, después de la experiencia que habían vivido, ‘se fueron a tierra por otro camino’. Para ellos no cabían caminos de muerte y la vuelta por casa de Herodes eso podría significar. Ellos eran ya unos hombres nuevos porque la gracia del Señor les había transformado los corazones.
Eran caminos nuevos, eran rutas nuevas las que habían de recorrer, como nosotros cuando  nos encontramos de verdad con Jesús. Son resplandores de esperanza, de vida nueva, de amor los que ahora tienen que brillar en nuestro corazón. Con la certeza de la cercanía de Dios que se nos manifiesta en Jesús tienen que disiparse todas las tinieblas de muerte que pudieran rodearnos. Porque de una cosa estamos ciertos, somos amados del Señor y el nos ofrece siempre su misericordia, su gracia, su perdón. Y la salvación es para todos los hombres. 

domingo, 25 de agosto de 2013

Tenemos la esperanza de sentarnos en la mesa del reino de dios

Tenemos la esperanza de sentarnos en la mesa del Reino de Dios

Is. 66, 18-21; Sal. 116; Hb. 12, 3-7.11-13; Lc. 13, 22-30
‘Uno se le acercó a Jesús y le preguntó: ¿serán pocos los que se salven?’ Una pregunta, podríamos decir, curiosa que le hacen a Jesús. En alguna ocasión los discípulos cercanos a Jesús viendo las exigencias que Jesús planteaba se preguntaban ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’ Ahora, nosotros, recogiendo en cierto modo esa pregunta a Jesús quizá nos preguntamos ¿nosotros alcanzaremos la salvación?
En la respuesta de Jesús de alguna manera hay como dos partes, porque por un lado nos dice ‘esforzaos por entrar por la puerta estrecha’ diciéndonos que algunos no van a ser reconocidos pero por otra parte nos dice que ‘vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob y todos los profetas en la mesa del Reino de Dios’.
En este sentido ya nos anunciaba el profeta Isaías, en la primera lectura, que vendrá ‘a reunir a las naciones de toda lengua, vendrán para ver mi gloria… hasta el monte santo de Jerusalén’, con lo que queda claro ese mensaje de la salvación universal, que no tendrá un carácter exclusivista, sino que está abierta a todos los hombres de toda condición.
 El Señor viene como nuestro Salvador y es el regalo de gracia que El nos ofrece sin que nosotros lo merezcamos. Pero tiene sus exigencias. No es por el mero hecho de que seamos de un pueblo o de una raza, porque todos los hombres estamos llamados a la salvación, sino que tiene que estar nuestra manera de responder a ese regalo de gracia que  nos ofrece el Señor.
Por eso nos dice ‘esforzaos por entrar por la puerta estrecha’. Responder a esa llamada de gracia comporta una vida, unas actitudes, unos comportamientos, una manera de actuar y de vivir. Es ponernos a seguir un camino y ya en otro momento Jesús nos dirá que ancho es el camino que nos lleva a la perdición.
‘Muchos intentarán entrar y no podrán’, nos dice Jesús. ‘Llamaréis a la puerta diciendo: Señor, Señor, ábrenos, pero os replicará desde dentro: no sé quienes sois…’ Sería tremendo que nos llegara a suceder una cosa así. Nos recuerda otra parábola, la de las doncellas que habían de tener encendidas sus lámparas para la llegada del esposo. No les era suficiente con estar allí más o menos en vela en el camino esperando, sino que era necesario algo más: habían de tener las lámparas encendidas y con suficiente aceite para que no se apagaran. Pero no tuvieron suficiente aceite y no pudieron entrar porque sus lámparas no estaban encendidas en el momento preciso.
No nos vale decir es que yo soy cristiano de toda la vida, es que yo cuando era joven hice muchas cosas buenas, cumplí con los primeros viernes y asistía a todas las fiestas de las vírgenes y de los santos. ¿Era solo eso lo que había que hacer? ¿qué es lo que estoy haciendo ahora, cómo estoy respondiendo a la gracia del Señor en este momento? Se nos puede haber apagado esa lámpara de nuestra fe y de nuestro amor porque en lugar de preocuparnos del aceite de la gracia nos dejamos arrastrar por la tentación y dejamos que el pecado se nos metiera en la vida.
Creo que este evangelio tiene que hacernos pensar y sin temor ninguno dejar que la Palabra del Señor nos interpele por dentro, nos haga hacernos muchas preguntas que nos lleven a una corrección del rumbo quizá de nuestra vida. Eso de la corrección algunas veces no nos gusta; no nos agrada que nos pongan el dedo en la llaga para señalarnos posturas o actitudes que tendríamos que mejorar en nuestra vida, cuando tendríamos que estar agradecidos en que alguien nos ame de tal manera que nos corrija y nos ayude a ser mejores.
Se nos mete fácilmente el orgullo en el alma. Pero fijémonos lo que nos ha dicho el Señor hoy en la carta a los Hebreos. ‘Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama… aceptad la corrección porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?’ Pensemos, pues, en el amor de Padre que Dios tiene para con nosotros.
Que no se nos apague nuestra fe; que no se nos enfríe el amor; que no perdamos nunca la esperanza de vida y salvación poniendo toda nuestra confianza en el Dios que nos ama. Pero estas virtudes, esenciales en el camino de nuestra vida cristiana, son como unas plantas muy delicadas que tenemos que cuidar para que no se estropeen ni se pierdan; son una luz que hemos de cuidar de mantener siempre encendida en nuestra vida frente a los vendavales de las dudas y de los errores, de los materialismos y sensualidades, de las pasiones y de tantas cosas que pudieran hacerla peligrar.
Si queremos llevar una luz encendida que nos ilumine el camino para no perder el rumbo sabiendo que hay muchos vientos y tormentas que pudieran ponerla en peligro de apagarse, ya buscaríamos el modo de preservarla, de buscar todo lo que sea necesario para evitar que se nos apague o nos falte el combustible que la alimente. No sé si siempre en la vida cuidamos así la luz de nuestra fe. Nos dejamos fácilmente influir por tantas cosas, por tantas ideas que nos aparecen de un lado y de otro en quienes en su increencia tratan de destruirnos, apartarnos de esa luz de nuestra fe; no nos fortalecemos lo suficiente con una profundización y formación adecuada para enfrentarnos y superar dudas y errores que se  nos pueden plantear.
Y lo que estamos diciendo de la luz de la fe hemos de decirlo también de nuestro amor y de nuestra esperanza. Tenemos que ir puliendo esa piedra preciosa de nuestra vida para que vaya resplandeciendo más y más nuestro amor y nuestra esperanza. ¿Dónde podemos a aprender a amar de verdad? En el amor de Dios, empapándonos más y más de ese amor de Dios, hundiéndonos en Dios en la intimidad y en la profundidad de la oración.
Una oración que tiene que ser llenarnos de Dios para que luego con nuestro amor seamos capaces de trasparentar a Dios. Entonces podremos amar con un amor como el de Dios. Quien se ha empapado así de Dios con sus obras, con su amor, con su vida estará siendo signo de Dios para los demás; a través de su amor el cristiano tiene que dar a conocer a Dios.
Con una fe así de intensa y con un amor que nos trasparenta lo que es el amor que Dios nos tiene, nuestra esperanza se mantendrá firme y segura. Tenemos la certeza de que todo eso que vivimos en nuestra fe y en nuestro amor no se queda reducido al tiempo presente sino que trasciende hacia la plenitud de la vida eterna. Nos sentimos seguros haciendo ese camino, que será, sí, un camino de lucha y de esfuerzo por superarnos cada día, pero camino alegre en la esperanza porque a los que son fieles Dios les tiene reservado una recompensa eterna. La esperanza llena de alegría y de paz nuestra vida.
Es la salvación que deseamos y esperamos porque sabemos que el amor que el Señor  nos tiene nos perdonará las debilidades que nos han hecho tropezar quizá muchas veces en el camino de la vida y tenemos la esperanza de la salvación eterna, de podernos un día sentar con los que vienen de oriente y de occidente, del norte y del sur, en la mesa del Reino eterno de Dios.

miércoles, 31 de octubre de 2012


Esforzaos en entrar por la puerta estrecha…

Ef. 6, 1-9; Sal. 144; Lc. 13, 22-30
Mientras Jesús iba camino de Jerusalén enseñando por todos aquellos lugares por donde pasaba ‘se le acercó uno para preguntarle: Señor, ¿serán pocos los que se salven?’
Ya en otras ocasiones se le habían acercado a Jesús preguntándole qué había que hacer para heredar la vida eterna, como el joven rico; otros le preguntaban qué es lo que había que hacer, cuáles eran los mandamientos y el mandamiento principal; muchos se ofrecían a seguirle, aunque algunas veces con condiciones a los que Jesús se les mostraba con exigencias radicales para su seguimiento. Podríamos decir que era en cierto modo normal que alguien se preguntase si realmente se podía alcanzar aquella salvación y entonces, como ahora preguntan, si serán muchos o pocos los que se salven.
Nosotros nos hubiéramos puesto quizá a hacer rebajas o al menos a suavizar las condiciones para tratar de captar a la gente. Siempre andamos buscando medidas mínimas o el menor esfuerzo, quizá a ver cómo nos hacemos para nadar y guardar la ropa, como se suele decir en expresión vulgar y sencilla. En los raquitismos con que pretendemos medir muchas veces nuestra generosidad vamos buscando quizá lo mínimo que tendríamos que hacer para alcanzar la salvación.
Pero esas no son las medidas ni los parámetros de Jesús. Ya nos dirá en una ocasión que estamos con Él o estamos contra El. ‘El que no recoge conmigo desparrama’. Ahora tampoco se anda con chiquitas. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, nos dice. Os digo que muchos intentarán entrar pero no podrán’. ¿Será que el Señor quiere ponérnoslo difícil? ¿La salvación tiene un ‘númerus clausus’, un número predeterminado y de ahí no se puede pasar? Ya hemos escuchado en el Evangelio que Jesús nos dice que lo que El quiere es la salvación para todos los hombres. Tiene un carácter y sentido bien universal. Hoy nos está hablando que vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos.
Lo que nos está pidiendo Jesús es que cuando demos respuesta a su amor y a la salvación que El nos ofrece en verdad la aceptemos con toda nuestra vida, y que decimos que le amamos y queremos seguirle tiene que ser con toda nuestra vida, en todo lo que hagamos. Que no podemos dejar como lagunas en nuestra vida diciendo, bueno en esto sí, pero en aquello que me cuesta un poco más, pues ya veremos o eso lo dejamos para otro momento. Cuando seguimos a Jesús hemos de hacerlo con toda radicalidad, no valen las medias tintas. Ya nos decía en otra ocasión que no podemos poner la mano en el arado y volver la vista atrás, para hacer nuestras componendas.
Cuando se trata de darle una respuesta de amor ha de ser con todas sus consecuencias, porque la medida del amor con que hemos de amar es el amor que El nos tiene. Y ya sabemos cómo de generoso es su amor y lo universal que es su amor, porque a todos quiere amar y entonces a todos nosotros hemos de amar.
No  nos valen los subterfugios de si yo soy religioso de toda la vida o yo hice una promesa y regalé no sé cuantas cosas. A Dios no lo podemos engañar y no nos podemos quedar en apariencias. Ya sabemos cómo Jesús hablaba fuerte a los fariseos por su hipocresía a los que llamaba sepulcros blanqueados porque por fuera muy bonitos en la apariencia pero por dentro lleno de podredumbre y maldad. Por eso les dice que vendrán otros y se les adelantarán en el Reino de Dios. Sería tremendo que nos creyéramos buenos porque actuamos por las apariencias y luego escuchemos de labios de Jesús ‘alejaos de mí, no os conozco’.
Una llamada que nos hace el Señor a la rectitud de nuestro corazón y al seguimiento radical aunque nos cueste. Nos sentiremos débiles y sin fuerzas propias en muchas ocasiones, pero sabemos que nunca nos faltará la gracia y la fuerza del Señor.

lunes, 30 de abril de 2012


Que nuestro corazón esté abierto a todos como para todos es la gracia del Señor

Hechos, 11, 1-18; Sal. 41; Jn. 10, 1-10
Ayer escuchábamos que Jesús es el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas, que las conoce y ellas le conocen a El. Ya reflexionábamos sobre la belleza e intensidad de este mensaje con todas sus consecuencias. Pero hoy nos dice que es la puerta. Va en el mismo sentido y forma parte de este mismo capítulo del Buen Pastor.
‘Yo soy la puerta, quien entre por mi se salvará…’ nos dice. Y termina diciéndonos: ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’. Vida, salvación, que nos ofrece el Señor. Por Jesús llegamos a Dios; por Jesús podemos conocer a Dios; es la revelación de Dios. ‘Nadie va al Padre sino por mí…’ que nos decía en el sermón de la última cena. ‘Quien me ve a mí, ve al Padre’, que le respondía a los discípulos cuando le pedían que les manifestara al Padre’.
Como escuchábamos ayer también a Pedro ‘no se nos ha dado otro nombre en el que podamos obtener la salvación’, cuando les explicaba a los judíos que en el nombre de Jesús había sido curado aquel paralítico de la puerta hermosa, en el texto que hemos venido escuchando también en las semanas pasadas. Aquella curación era signo de la salvación que Jesús nos ofrece y quiere para todos. Quiere vida en abundancia para todos, como le hemos escuchado hoy.
En ese mismo sentido ha sido lo que hemos escuchado en la primera lectura en los Hechos de los Apóstoles. Pedro, impulsado por el Espíritu va a Cesarea y entra en casa de un gentil, que va a recibir también el Espíritu Santo y que recibirá el Bautismo. Algo que no comprenden algunos de la comunidad provenientes de los grupos más estrictos del judaísmo. Pedro había entrado en casa de un gentil y había comido con él, lo que era incomprensible para un buen judío. Algunos pensaban que también los que creían en Jesús como Salvador habían de seguir esas normas mosaicas.
Si Pedro se había atrevido a entrar en la casa de aquel gentil era porque lo hacía dejándose conducir por el Espíritu del Señor. La salvación había de ser para todos sin distinción. Lo importante era la fe en Jesús, reconociéndolo como el único salvador. Era lo que Pedro había contestado a los que le preguntaban ya el día de Pentecostés ‘arrepentios, convertios al Señor Jesús, y bautizos en su nombre’. No había más requisitos; eso era la fundamental.
Si ahora se había atrevido era por la visión que había tenido y porque se dejaba conducir por el Espíritu del Señor. No podemos seguir diciendo que es impuro lo que Dios ha declarado puro. Es la imagen del mantel que bajaba del cielo con toda clase de cuadrúpedos, animales puros y animales impuros, y a los que se le había invitado comer. ‘Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tu profano, impuro’, había escuchado la voz desde el cielo.
Jesús había venido a traer su salvación para todos los hombres sin distinción. Todos han de ser purificados en el agua salvadora de la gracia de Dios que se derrama de manera sobreabundante. Todos los hombres están llamados a la salvación.
¿Seguiremos nosotros haciendo distingos? ¿Seguiremos nosotros con discriminaciones? Cuánto nos cuesta a veces entender y aceptar el evangelio de Jesús y comprender el sentido de su salvación. Tenemos tanto que aprender, porque seguimos haciendo nuestros distingos, nuestras divisiones, nuestras separaciones; seguimos colocando barreras y a la gracia de Dios no podemos poner barreras, porque el amor de Dios es infinito y es para todos porque para todos es su misericordia y su perdón.
Que nuestro corazón esté abierto a todos como para todos es la gracia del Señor.

domingo, 21 de agosto de 2011

Una pregunta de Jesús también para nosotros hoy

Is. 22, 19-23;

Sal. 137;

Rom. 11, 33-36;

Mt. 16, 13-20

Seguían aun por las zonas fronterizas del norte de Palestina. El domingo pasado lo veíamos en la región de Tiro y Sidón con la cananea que llena de fe acudía a Jesús pidiendo la curación de su hija. Hoy está en la región de Cesarea de Filipo, allá muy cerca de las fuentes del Jordán.

Jesús aprovecha siempre estos momentos de mayor soledad e intimidad con el grupo de sus discípulos más cercanos para irlos instruyendo, vemos en otros lugares del evangelio, o como en este caso para entrar en un diálogo profundo de mayor intimidad. ¿Qué piensan de El? La opinión de la gente y también de sus propios discípulos. Es como una encuesta. ‘¿Qué dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Y tras la primera respuesta será más directo con ellos. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’

Las respuestas de la opinión de la gente es diversa. ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas’. No todos lo tendrán igualmente de claro aunque vean en El algo especial. Pero a la pregunta directa a ellos será Pedro el que se adelanta. Ya conocemos sus impulsos, pero en este caso van a ser sorprendentes. Adelantándose a la respuesta de los demás, ‘Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’.

Detengámonos aquí. ¿ No seguirá Jesús haciendo esa doble pregunta hoy? ¿No será la pregunta que está en el aire detrás de esta gran manifestación de la Jornada Mundial de la Juventud que se está celebrando en Madrid? Será, sí, la pregunta que se están haciendo y queriendo dar respuesta esos miles y miles de jóvenes que allí estos días se han congregado. Será la pregunta que les está haciendo Jesús a cada uno de ellos, como nos las hace a nosotros también, allá en lo profundo de su corazón en esos momentos especiales que cada uno de ellos está viviendo en los encuentros, en las catequesis, en las celebraciones, en la escucha de la Palabra del Papa.

Pero pienso también que es la pregunta que se les hace también a cuantos rodean estas jornadas, quizá como espectadores, quizá con curiosidad ante esta masiva afluencia, o quizá también a esos que se ponen a una cierta distancia o que se oponen y hasta luchan contra esta Jornada. Ahí está la pregunta. ‘¿Qué dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ o la pregunta mas directa que se le hace a cada uno. ‘Y vosotros, y tú, ¿Quién dices que soy yo?’

Las respuestas en unos y otros pueden ser variadas también. Pero seguro que a la mayoría de esos jóvenes que han venido de tan diversos lugares allá en su corazón, como a Pedro que el Padre del cielo se lo revelaba, se les está revelando ese misterio de Jesús que hace que merece que lo dejemos todo por seguirle. Han venido esos jóvenes queriendo afirmar valientemente, y lo están haciendo, su fe en Jesús, queriendo sentirlo en lo hondo de su corazón; pero habrán venido también muchos en camino de búsqueda porque quieren encontrar esa respuesta que les haga conocer profundamente a Jesús para confesar también valientemente su fe en El. ¡Cuántas cosas suceden en el corazón por la fuerza de la gracia del Señor! Ojalá a todos llega la gracia de Dios y les mueva el corazón, también a esos que miran desde posturas bien distantes.

Para eso y por eso hemos orado mucho en estos días por la Jornada Mundial de la Juventud, como ellos también lo hacen, porque no se han reunido simplemente para una fiesta o para escuchar a un cantante de moda. Han venido por Jesús en el que quieren creer, al que quieren buscar, al que quieren llevarse en su corazón. A muchos no les habrá sido fácil, pero ahí están en torno al sucesor de Pedro, en torno al Papa que con la misión que Cristo le confió ha venido a confirmar en la fe a sus hermanos, ha venido a alentarnos en nuestra fe y a ayudarnos a caminar y encontrarnos con Cristo.

Pero, repito, es la pregunta que también se nos está haciendo a cada uno de nosotros los que ahora estamos aquí reunidos en esta celebración. Muchas veces se nos puede enturbiar la mente y el corazón y podremos andar un tanto confundidos. Pero una cosa podemos hacer, como Pedro dejemos que el Padre nos hable al corazón, y nos revele allá en lo hondo del corazón todo ese misterio de Jesús en quien queremos creer, a quien queremos seguir, a quien queremos amar desde lo más profundo de nosotros mismos.

‘Tú eres el Cristo, tú eres el Mesias, Tú eres el Hijo de Dios vivo?’, queremos nosotros confesar también reafirmándonos firmemente en nuestra fe y en nuestro seguimiento de Jesús. La verdad, confieso, que la contemplación en estos días de algo tan maravilloso como ha sido esta Jornada Mundial de la Juventud, viendo a tantos y tantos jóvenes entusiasmados por su fe, es un aliento, un aliciente en nuestra vida para seguir buscando más y más a Jesús, para también con valentía confesar nuestra fe en El.

A la respuesta de fe de Pedro por la revelación del Padre en su corazón se sigue una revelación de Jesús y es la Iglesia que El quiere convocar en torno a Pedro de todos los que también confiesan su fe en El. Es una revelación, porque Jesús nos está dando a conocer lo que es su voluntad para nosotros. Nos quiere Iglesia, nos quiere convocados – eso significa la palabra Iglesia realmente – y por eso le dirá a Simón: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Y te daré las llaves del Reino de los cielos…’

Tú serás la piedra en torno a la cual serán convocados a todos los que crean en mi nombre, le viene a decir; y no temas, grandes serán las fuerzas del mal pero no podrán con ella, porque os doy mi Espíritu, y tú serás el servidor de todos esos convocados, de toda esa Iglesia, que para eso te doy las llaves del que administra y sirve, que siempre os he dicho que ser primero es ser el servidor de todos. Esa es tu misión, Pedro.

Esta eclesialidad universal la estamos viviendo en estos días con la Jornada Mundial de la Juventud. Ahí está Pedro en su sucesor el Papa convocándonos para hacernos sentir de verdad Iglesia e Iglesia universal. Esa universalidad de nuestra fe y de la salvación de Jesús se palpa fuertemente en encuentros como los que estos días se están celebrando, donde vemos en este caso jovenes venidos de todas partes del mundo. Han venido de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur para sentarse en la mesa del Reino, como había anunciado Jesús. Y qué hermoso el espectáculo de ese banquete, con la fiesta, la convivencia, el encuentro, la alegría, el amor de hermanos que se palpa en todos los convocados.

Vuelvo a decir, todo esto es un aliciente, un empuje grande para nuestra fe y para que vivamos hondamente nuestro sentido de Iglesia. ‘Creemos en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica…’ como confesamos en el credo. Porque todos nos hemos sentido en estos días en verdadera comunión aunque fisicamente quizá hayamos estado lejos porque no todos hemos podido asistir pero seguro que en el corazón lo hemos sentido muy vivo y lo seguimos sintiendo.

Junto a esa afirmación de nuestra fe en Jesús, tenemos que hacer afirmación también de nuestra fe en la Iglesia, la que Jesús instituyó, la que se siente siempre asistida por el Espíritu Santo, la que formamos todos los que creemos en Jesús que a pesar de nuestras debilidades sin embargo queremos ser rostro de Jesús en medio del mundo, como estos días se ha manifestado. Ni nuestras debilidades, ni las fuerzas del mal que quieren luchar contra la Iglesia podrán hundirla, porque por encima de todo eso está asistida por el Espíritu Santo. ‘El poder del infierno no la derrotará’, nos ha prometido Jesús.

Proclamemos firme y valientemente nuestra fe. Merece estar con Jesús y seguirle y amarle.