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domingo, 21 de agosto de 2016
No es solo buscar mi particular salvación, sino hacer el anuncio de la Buena Nueva de Jesús para que todos puedan ser iluminados por su luz
domingo, 21 de agosto de 2011
Una pregunta de Jesús también para nosotros hoy

Is. 22, 19-23;
Sal. 137;
Rom. 11, 33-36;
Mt. 16, 13-20
Seguían aun por las zonas fronterizas del norte de Palestina. El domingo pasado lo veíamos en la región de Tiro y Sidón con la cananea que llena de fe acudía a Jesús pidiendo la curación de su hija. Hoy está en la región de Cesarea de Filipo, allá muy cerca de las fuentes del Jordán.
Jesús aprovecha siempre estos momentos de mayor soledad e intimidad con el grupo de sus discípulos más cercanos para irlos instruyendo, vemos en otros lugares del evangelio, o como en este caso para entrar en un diálogo profundo de mayor intimidad. ¿Qué piensan de El? La opinión de la gente y también de sus propios discípulos. Es como una encuesta. ‘¿Qué dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Y tras la primera respuesta será más directo con ellos. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Las respuestas de la opinión de la gente es diversa. ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas’. No todos lo tendrán igualmente de claro aunque vean en El algo especial. Pero a la pregunta directa a ellos será Pedro el que se adelanta. Ya conocemos sus impulsos, pero en este caso van a ser sorprendentes. Adelantándose a la respuesta de los demás, ‘Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’.
Detengámonos aquí. ¿ No seguirá Jesús haciendo esa doble pregunta hoy? ¿No será la pregunta que está en el aire detrás de esta gran manifestación de la Jornada Mundial de la Juventud que se está celebrando en Madrid? Será, sí, la pregunta que se están haciendo y queriendo dar respuesta esos miles y miles de jóvenes que allí estos días se han congregado. Será la pregunta que les está haciendo Jesús a cada uno de ellos, como nos las hace a nosotros también, allá en lo profundo de su corazón en esos momentos especiales que cada uno de ellos está viviendo en los encuentros, en las catequesis, en las celebraciones, en la escucha de la Palabra del Papa.
Pero pienso también que es la pregunta que se les hace también a cuantos rodean estas jornadas, quizá como espectadores, quizá con curiosidad ante esta masiva afluencia, o quizá también a esos que se ponen a una cierta distancia o que se oponen y hasta luchan contra esta Jornada. Ahí está la pregunta. ‘¿Qué dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ o la pregunta mas directa que se le hace a cada uno. ‘Y vosotros, y tú, ¿Quién dices que soy yo?’
Las respuestas en unos y otros pueden ser variadas también. Pero seguro que a la mayoría de esos jóvenes que han venido de tan diversos lugares allá en su corazón, como a Pedro que el Padre del cielo se lo revelaba, se les está revelando ese misterio de Jesús que hace que merece que lo dejemos todo por seguirle. Han venido esos jóvenes queriendo afirmar valientemente, y lo están haciendo, su fe en Jesús, queriendo sentirlo en lo hondo de su corazón; pero habrán venido también muchos en camino de búsqueda porque quieren encontrar esa respuesta que les haga conocer profundamente a Jesús para confesar también valientemente su fe en El. ¡Cuántas cosas suceden en el corazón por la fuerza de la gracia del Señor! Ojalá a todos llega la gracia de Dios y les mueva el corazón, también a esos que miran desde posturas bien distantes.
Para eso y por eso hemos orado mucho en estos días por la Jornada Mundial de la Juventud, como ellos también lo hacen, porque no se han reunido simplemente para una fiesta o para escuchar a un cantante de moda. Han venido por Jesús en el que quieren creer, al que quieren buscar, al que quieren llevarse en su corazón. A muchos no les habrá sido fácil, pero ahí están en torno al sucesor de Pedro, en torno al Papa que con la misión que Cristo le confió ha venido a confirmar en la fe a sus hermanos, ha venido a alentarnos en nuestra fe y a ayudarnos a caminar y encontrarnos con Cristo.
Pero, repito, es la pregunta que también se nos está haciendo a cada uno de nosotros los que ahora estamos aquí reunidos en esta celebración. Muchas veces se nos puede enturbiar la mente y el corazón y podremos andar un tanto confundidos. Pero una cosa podemos hacer, como Pedro dejemos que el Padre nos hable al corazón, y nos revele allá en lo hondo del corazón todo ese misterio de Jesús en quien queremos creer, a quien queremos seguir, a quien queremos amar desde lo más profundo de nosotros mismos.
‘Tú eres el Cristo, tú eres el Mesias, Tú eres el Hijo de Dios vivo?’, queremos nosotros confesar también reafirmándonos firmemente en nuestra fe y en nuestro seguimiento de Jesús. La verdad, confieso, que la contemplación en estos días de algo tan maravilloso como ha sido esta Jornada Mundial de la Juventud, viendo a tantos y tantos jóvenes entusiasmados por su fe, es un aliento, un aliciente en nuestra vida para seguir buscando más y más a Jesús, para también con valentía confesar nuestra fe en El.
A la respuesta de fe de Pedro por la revelación del Padre en su corazón se sigue una revelación de Jesús y es la Iglesia que El quiere convocar en torno a Pedro de todos los que también confiesan su fe en El. Es una revelación, porque Jesús nos está dando a conocer lo que es su voluntad para nosotros. Nos quiere Iglesia, nos quiere convocados – eso significa la palabra Iglesia realmente – y por eso le dirá a Simón: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Y te daré las llaves del Reino de los cielos…’
Tú serás la piedra en torno a la cual serán convocados a todos los que crean en mi nombre, le viene a decir; y no temas, grandes serán las fuerzas del mal pero no podrán con ella, porque os doy mi Espíritu, y tú serás el servidor de todos esos convocados, de toda esa Iglesia, que para eso te doy las llaves del que administra y sirve, que siempre os he dicho que ser primero es ser el servidor de todos. Esa es tu misión, Pedro.
Esta eclesialidad universal la estamos viviendo en estos días con la Jornada Mundial de la Juventud. Ahí está Pedro en su sucesor el Papa convocándonos para hacernos sentir de verdad Iglesia e Iglesia universal. Esa universalidad de nuestra fe y de la salvación de Jesús se palpa fuertemente en encuentros como los que estos días se están celebrando, donde vemos en este caso jovenes venidos de todas partes del mundo. Han venido de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur para sentarse en la mesa del Reino, como había anunciado Jesús. Y qué hermoso el espectáculo de ese banquete, con la fiesta, la convivencia, el encuentro, la alegría, el amor de hermanos que se palpa en todos los convocados.
Vuelvo a decir, todo esto es un aliciente, un empuje grande para nuestra fe y para que vivamos hondamente nuestro sentido de Iglesia. ‘Creemos en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica…’ como confesamos en el credo. Porque todos nos hemos sentido en estos días en verdadera comunión aunque fisicamente quizá hayamos estado lejos porque no todos hemos podido asistir pero seguro que en el corazón lo hemos sentido muy vivo y lo seguimos sintiendo.
Junto a esa afirmación de nuestra fe en Jesús, tenemos que hacer afirmación también de nuestra fe en la Iglesia, la que Jesús instituyó, la que se siente siempre asistida por el Espíritu Santo, la que formamos todos los que creemos en Jesús que a pesar de nuestras debilidades sin embargo queremos ser rostro de Jesús en medio del mundo, como estos días se ha manifestado. Ni nuestras debilidades, ni las fuerzas del mal que quieren luchar contra la Iglesia podrán hundirla, porque por encima de todo eso está asistida por el Espíritu Santo. ‘El poder del infierno no la derrotará’, nos ha prometido Jesús.
Proclamemos firme y valientemente nuestra fe. Merece estar con Jesús y seguirle y amarle.
domingo, 14 de agosto de 2011
Señor, tenemos en casa un mundo lleno de sufrimiento…

Is. 56, 1.6-7;
Sal. 66;
Rom. 11, 13-15.29-32;
Mt. 15, 21-28
‘¡Mujer, qué grande es tu fe!’ le dice finalmente Jesús a la mujer cananea. ‘Que sea como tú quieres’. En otra ocasión Jesús había exclamado: ‘No he encontrado en nadie tanta fe en Israel!’ Fue al centurión que venía suplicándole por su criado enfermo, pero que no se sentía digno de que Jesús entrase en su casa.
Dos ocasiones en que Jesús alaba la fe quienes acuden a El; y en estas dos ocasiones, no serán judíos sino gentiles, una la mujer cananea y el otro un centurión romano, los que merecerán esta alabanza de Jesús por su fe. Lo cual es también significativo de cómo la salvación de Jesús ha de llegar a todos los hombres de cualquier raza o condición.
Habrá otros momentos en que Jesús pida la fe de quienes acuden a El y les diga también que conforme a su fe se cumpla lo que desean. Pero serán siempre momentos en que con humildad grande se acercan a Jesús. Serán los que se sienten pequeños y humildes los que son más gratos a Dios y a los que el Señor se manifestará de manera especial. Sólo los pequeños y los sencillos tendrán ojos para ver a Dios, tendrán los ojos limpios para descubrir sin engaño ni confusión los misterios de Dios.
Los limpios de corazón serán dichosos porque verán a Dios, proclamará Jesús en las Bienaventuranzas. Bendice Jesús al Padre que revela los misterios de Dios a los humildes y sencillos de corazón. ‘Has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’.
Y serán las gente sencillas y humildes los que van a poner todas sus esperanzas en Jesús, y le seguirán, y estarán con El, y a El le abrirán su corazón con las miserias de su vida. Con ellos Jesús será misericordioso, manifestará lo que es la grandeza de su corazón que es el amor y es la misericordia. Y recordemos también cómo será de los que se hacen como niños, sencillos y humildes de corazón, abiertos a la sabiduría de Dios de los que es el Reino de los cielos.
En estos domingos hemos escuchado que los pobres y los hambrientos de pan y de Dios, los que tenían el corazón roto y el cuerpo lleno de sufrimiento, los que tenían ansias de algo distinto en su alma eran los que seguían a Jesús por partes incluso en los descampados porque en El encontraban todas las razones para poner toda su esperanza.
Es lo que contemplamos hoy en este pasaje del evangelio. Jesús camina por territorios que ya están fuera de Israel. Una mujer cananea, como hemos escuchado, que tiene una hija muy enferma acude a Jesús llena de fe y con una confianza total. ‘Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. E insiste en su súplica una y otra vez. No teme ser despreciada porque es humilde, constante, perseverante, con una fe total en que Jesús puede curarla. Y la alabanza final de Jesús: ‘¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija’.
Ya hemos reflexionado recientemente sobre este evangelio. http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/2011/08/admirable-fe-y-hermosa-oracion.html Y aprendemos mucho para nuestra manera de acercarnos al Señor: con humildad y confianza. ‘Pedid y recibiréis’, nos había enseñado Jesús; ‘llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, a quien llama se le abre…’ Dios es un Padre bueno y misericordioso y con esa confianza al mismo tiempo que humildad nos acercamos a El en todo momento y por todos los motivos.
Unas veces iremos suplicando en nuestras necesidades – qué pobres somos delante del Señor -; muchas veces tenemos que aprender también a ir en acción de gracias – no lo podemos olvidar -; siempre con el gozo en el corazón de encontrarnos con El para llenarnos de su gracia, de su presencia, de su vida. La riqueza de su gracia y la inmensidad de su amor nos inundará. Siempre saldremos confortados de su presencia si con fe acudimos a El.
Con el salmo tenemos que aprender a alabar al Señor y a alabarlo unidos a todos los pueblos y a todas las gentes. ‘Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben’. Todos los pueblos, todos los hombres están llamados a cantar esa alabanza del Señor; todos los pueblos, todos los hombres están llamados a la fe y a conocer al Señor.
Es hermoso el mensaje en este sentido del profeta Isaías que escuchamos en la primera lectura. Todos están llamados a venir al monte santo, a la casa del Señor, al encuentro con el Señor. Como dice el profeta ‘a los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores… los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración… así la llamarán todos los pueblos’.
Lo vemos palpablemente reflejado en este texto del evangelio de hoy, porque aquella mujer llena de fe merecerá la gracia del Señor de ver curada a su hija. Toda una señal, todo un signo de esa universalidad de la salvación que Jesús nos ofrece. Que todos los pueblos alaben el nombre del Señor. Y recordamos lo que Jesús decía después de la alabanza que hizo de la fe del centurión a quien hacíamos antes mención. ‘Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en la mesa del Reino de los cielos’.
Por eso cuando los apóstoles son enviados a anunciar el evangelio serán enviados a todo el mundo, a toda la creación. Todos los pueblos están llamados a cantar la gloria y la alabanza del Señor.
Qué hermoso cuando podemos sentir la universalidad, la catolicidad de nuestra fe porque nos encontremos cantando y celebrando nuestra fe unidos a personas de distintos lugares, quizá cada uno en su lengua y con lo que son las expresiones propias de su lugar de origen. Estos días en Madrid, con las Jornadas mundiales de la Juventud, se va a tener una expresión viva, una manifestación muy clara de esa universalidad de nuestra fe en Jesús. Se van a reunir jóvenes venidos prácticamente de todos los países del mundo para tener ese encuentro que va a ser un encuentro vivo con Cristo.
Tenemos que alegrarnos que se pueda realizar un acto así en nuestra tierra española que puede valernos muy bien para revitalizar la fe de tantos que por distintos motivos hayan podido ahogar la fe en su corazón. En nuestro mundo y en la cultura que se vive hoy, donde se va cayendo en la indiferencia religiosa o se quieren apagar todos los brillos de la cruz salvadora de Jesús, este encuentro de miles de jóvenes creyentes en Jesús va a ser un grito que nos despierte, un testimonio vibrante que pueda sacar a nuestra sociedad de esa modorra e indiferencia espiritual.
Recemos todos para que se obtengan esos frutos de gracia para cuantos estos días participan en este encuentro, pero que sean frutos de gracia para toda nuestra sociedad para que muchos lleguen a descubrir desde la humildad del corazon que sólo en Cristo está la verdadera salvación del hombre.
Supliquemos a la manera de aquella mujer cananea, con su misma humildad; Señor, tenemos en casa, en nuestro mundo, en nuestra sociedad, muchos enfermos en su espíritu, con su corazón roto, vacío, destrozado por muchos sufrimientos… ten compasión de nosotros, tiende tu mano hacia nosotros y cúranos, danos tu salvación. Que encontremos tu luz.
