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jueves, 13 de febrero de 2025

Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

 


Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

Génesis 2,18-25; Salmo 127; Marcos 7,24-30

No somos racistas, decimos y lo repetimos muy fuerte y muy claro no sé si en el fondo para justificarnos de algún resabio que nos queda por dentro en algunas actitudes o posturas que podamos mantener en relación a los que nos vienen de fuera. En nuestra tierra con tanta gente que nos llega del exterior, ya sea por turismo o por inmigración, de una forma legal o también de esos que llamamos inmigrantes ilegales porque llegan a nuestras costas en pateras y de muy mala manera, algunas sentimos cosas que se hablan con comparaciones entre el trato que le damos a unos o a otros, ya sea de los que nos dejan su dinero o de los que tenemos que ayudar, que no sé si esos comentarios dejan mucho que desear en referencia lo que primero decíamos en nuestra reflexión. Pero creo que son cosas, palabras y frases que decimos, actitudes o posturas que pueden reflejar algo y tenemos que revisar de alguna manera. ¿Cómo actuar?

Me estoy plateando toda esta reflexión desde el evangelio que hoy escuchamos y que no sé si siempre sabemos darle una buena interpretación. Jesús está fuera del territorio de Israel, o de aquellos lugares donde más se habían asentado los israelitas; está ya en territorio de Fenicia donde ya no todos son judíos sino que hay muchos cananeos, de aquellos que allí estaban asentados cuando llegaron los judíos desde su peregrinar por el desierto en su liberación de Egipto.

Jesús intenta pasar desapercibido. Su misión, como misión divina, que tenía su carácter universal porque para todos era la salvación que venía ofreciéndonos, sin embargo estaba reducida al territorio de Israel. Pero la misericordia de Dios de la que venía a ser signo en medio de nosotros estaba presente en su corazón. Nos cuesta entender algunas veces que Jesús no quisiera escuchar a aquella mujer cananea que suplicaba por su hija enferma, pero su corazón estaba abierto porque con ella entra en diálogo. Y esto es un punto importante. Hay expresiones que nos resultan duras como el hablar de perros, pero tenemos que entender el lenguaje que utilizaban los judíos para  hacer referencia a quienes no fueran de su raza o su religión. Y de aquel diálogo surgirá el milagro del amor porque la fe de aquella mujer era sincera, como hará luego notar Jesús. ‘Por eso que has dicho, ya el demonio salió de tu hija’, le dirá.

Nos surgen también en ocasiones, influenciados por el ambiente o por lo que escuchamos expresiones o sentimientos que pudieran poner en duda la calidad de nuestro amor. Quizás muchas veces nos encerramos en nuestros criterios, ponemos por delante lo que nos parece que pudieran ser nuestros intereses, y surgen así esas actitudes o esas palabras negativas que podamos emplear. Pero ¿no necesitaremos, como lo hizo Jesús, entrar en diálogo con aquellos que nos puedan parecer diferentes para descubrir por ejemplo lo duro del sufrimiento por el que están pasando, o los buenos sentimientos que ellos también pueden tener?

¿Qué sabemos que hay detrás de esas personas, de esas manos tendidas en búsqueda de ayuda? ¿Qué conocemos de sus historias o del sufrimiento que sido su recorrido para llegar hasta donde ahora están? Cuando conocemos de verdad al que está delante de nosotros quizás tendiéndonos su mano o con unos ojos suplicantes podrían cambiar nuestras actitudes y nuestras posturas. No podemos encerrarnos en nuestros propios criterios o en nuestros prejuicios; los prejuicios sabemos que siempre los realizamos cuando no tenemos un conocimiento de verdad de la realidad. Sólo así podrá surgir el milagro del amor que primero que nada tiene que realizarse en nuestros corazones. Solo así podremos ser signos en verdad de ese amor de Dios que tenemos que ser en medio del mundo.

También esas personas tienen derechos a esas migajas de amor que han de desprenderse de la mesa de nuestra vida. Es algo más que una migaja lo que tiene que salir de nuestra vida cuando en verdad nos sentimos envueltos por el amor y la misericordia del Señor. Tenemos que ser verdaderos señales con nuestra vida, con nuestras actitudes, con lo que hacemos de lo que es el amor de Dios.

jueves, 8 de febrero de 2024

El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

 


El espíritu humilde abre las puertas de los corazones, diluye los prejuicios y disculpa las malas interpretaciones para no sentirnos ofendidos

1Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30

Algunas veces queremos pasar desapercibidos, por la razón que sea, pero no lo logramos; bien porque evitemos un encuentro que nos compromete, bien porque queremos pasar un rato tranquilos sin los agobios de los trabajos, de los conocidos, porque nos queremos sentir anónimos para hacer lo que queramos, lo intentamos, disimulamos, huimos de que nos vean los conocidos, y no vamos a entrar en juicios de valor del por qué lo hacemos, pero son cosas que nos pasan. Pero siempre hay alguien que nos reconoce, se fija en nosotros, lo dirá a los demás, o luego vendrá contando que nos vieron aquí o allá. Nos sentimos incómodos quizás.

Aunque parezca broma es lo que le sucedió a Jesús en esta ocasión. Predicando por los lugares más lejanos del norte de Galilea se metió en la tierra de los fenicios, lo que hoy sería prácticamente el Líbano. Y Jesús quería pasar desapercibido; primero porque El se sentía enviado a Israel, y aquello era tierra de gentiles; en alguna ocasión como en Gerasa que también era tierra de gentiles se sintió rechazado a pesar de haber liberado al poseso de los cementerios; lo vemos en ocasiones que quiere estar más a solas con los discípulos más cercanos a los que iba preparando para la misión que le encomendaría, y busca lugares apartados donde no es conocido para que no vengan como en aquellas ocasiones que no les dejaban tiempo ni para comer.

Ahora está entre los fenicios queriendo pasar desapercibido, nos dice el evangelista. Pero una mujer que lo reconoce y que tiene una hija enferma, poseída por un espíritu maligno como eran las apreciaciones que entonces se tenía de la enfermedad, corre detrás de Jesús suplicándole por su hija enferma. Y Jesús no le hace caso, pareciera incluso que la desprecia si hacemos unas interpretaciones muy ajustadas de sus palabras. ‘No está bien echar a los perros el pan de los hijos’.

Pero va a aparecer la grandeza de aquella mujer. Ella sabe que no es de la religión judía, y Jesús parece un profeta entre los judíos, comprendería su lugar y el lugar de Jesús en aquella situación. Pero hay una grandeza de espíritu porque hay una humildad grande en el corazón de aquella mujer. No se ofende por las palabras de Jesús que podían reflejar el espíritu y sentido de muchos judíos que consideraban a los gentiles como perros, y con ellos no querían juntarse, porque además era considera como una impureza entrar en la casa de un gentil. Pero aquella mujer expresa que los cachorrillos de los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos aunque no se las den.

Grande es el corazón de esta mujer. Y los humildes se ganan el corazón de Dios que se complace en los pobres y en los humildes de corazón. Es importante la fe y la humildad de aquella mujer. Mucho nos enseña este pasaje del evangelio. Primero en la actitud que nosotros hemos de tener ante los demás, también con aquellos que no son de los nuestros, aquellos que no nos caen bien, aquellos a los que podemos ver como adversarios nuestros en muchas cosas de la vida porque son distintos, porque piensan distinto, porque tienen otros conceptos o sentido de la vida; pero son personas, que también tienen sus valores, que pueden no coincidir con los nuestros, pero ¿por qué no se los hemos de respetar? ¿No podremos descubrir siempre algo bueno en el otro aunque sea distinto a nosotros? 

Como nos diría Jesús en otro momento del evangelio ¿es que solo vamos a saludar a los que nos saludan? ¿Solo vamos a ayudar a los que nos ayudan? Eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los gentiles, nos dirá Jesús. ¡Qué distinta tiene que ser nuestra óptica!

Pero también hay otra cosa que podemos ver también en el corazón de aquella mujer. No se siente ofendida por las palabras de Jesús, no hace su interpretación interesada de las palabras de Jesús sino que siempre querrá sacar un partido bueno. Quitemos prejuicios de nuestra cabeza, no mal interpretemos las palabras o las cosas que hacen los demás. Somos muy dados a ello y por cualquier cosa nos ofendemos, y ni siquiera saber interpretar unos gestos o unas palabras de humor.

Disculpemos siempre, veamos siempre un lado positivo, descubramos detrás de todo un buen corazón que siempre lo hay, para que no se creen tensiones, para que no se rompan las amistades, para que no pongamos abismos entre unos y otros; todo tiene que ser un buen puente que nos acerque a los demás.


jueves, 10 de febrero de 2022

El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios y es signo y señal de que se rompen todas las barreras y todos puedan sentir el amor de Dios

 


El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios y es signo y señal de que se rompen todas las barreras y todos puedan sentir el amor de Dios

Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30

El amor de una madre es tan poderoso que hasta mueve el corazón de Dios. Quienes son madres lo experimentan en su vida, nada las puede detener. Harán lo imposible por conseguir lo que desean para sus hijos. Todos lo hemos palpado a nuestro alrededor o en experiencias también de nuestra misma vida. Moverán lo que sea necesario, acudirán a donde tengan que acudir sin miedos ni complejos, siempre sus hijos estarán por encima de todo. ¿Cómo pueden permitir el sufrimiento de un hijo? Capaces son de ponerse en su lugar. El amor la ciega y serán como una fiera salvaje para conseguir lo que sea para su hijo.

Lo contemplamos en diversas páginas del evangelio. ¿Qué es si no lo que hacía la madre de los Zebedeos cuando se acercó con sus peticiones para sus hijos a Jesús? El amor llenó de ambición su corazón haciendo incluso oídos sordos a lo que Jesús antes les había enseñado.

¿Qué es lo que le vemos hacer a esta mujer cananea que corre por las calles tras Jesús, que es capaz de soportar todas las humillaciones posibles, que se siente ninguneada por ser mujer y por ser gentil, pero que insiste e insiste con mil argumentos que se los inspirarán su amor para conseguir lo que está pidiendo? El amor de madre la hizo grande para mover el corazón de Dios.

Y es que el amor de una madre es humilde, no le importa hacerse o sentirse pequeña, pobre y necesitada; el amor de una madre es generoso porque no pide para ella; el amor de una madre la hace desgastarse sin importarle hacerse la última con tal de conseguir lo mejor para sus hijos; el amor de una madre la hace ser muchas veces invisible, pero será el corazón que siempre está atento y vigilante porque no se puede dormir.

Son los pobres y los humildes, los sencillos y los pequeños los que se ganan el corazón de Dios; ya Jesús nos dice – y da gracias al Padre por ello – que Dios solo se revela a los que son pequeños, sencillos, humildes, generosos de corazón. El que se hace pequeño de verdad no dejará meterse nunca la malicia en su corazón y serán los limpios de corazón los que verán a Dios; el humilde y el sencillo entenderá mejor que nadie los secretos del misterio de Dios; los pobres que saben vivir desprendidos de todo serán capaces de tener un corazón grande para que lo ocupe totalmente Dios.

Lo vemos hoy reflejado en esta página del evangelio. Una mujer que ni siquiera era judía que se ganó el corazón de Cristo para terminar reconociendo la grandeza de su fe. Y aquel día saltaron las barreras, porque le mujer finalmente comenzó a ser escuchada; saltaron las barreras porque se nos dio a conocer que el amor de Dios no era sólo para los que se consideraban hijos de siempre; saltaron las barreras porque la buena nueva del evangelio comenzaba a anunciarse más allá de las fronteras de Israel.

Era el principio de lo que sería luego el gran mandato de Jesús de ir por todo el mundo para anunciar el evangelio y a todo aquel que creyese se le derramaba la gracia de Dios también sobre sus vidas. Era un preanuncio de aquel mantel que un día vería Pedro bajar del cielo con toda clase de animales y de comidas de las que él también habría de comer; nada ni nadie se consideraba ya indigno de alcanzar la gracia del Señor lo transformaba todo.

¿Seguiremos nosotros aun poniendo barreras? Con nuestras actitudes y posturas ¿seremos acaso alguna vez nosotros barreras que quieran impedir el avance de lo que es la gracia de Dios?

domingo, 16 de agosto de 2020

Tratemos de escuchar la buena noticia que Jesús tiene para nosotros hoy cuando escuchamos su evangelio

Tratemos de escuchar la buena noticia que Jesús tiene para nosotros hoy cuando escuchamos su evangelio

 Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28

El evangelio siempre tiene que ser evangelio, siempre tiene que ser buena noticia para aquellos a los que se proclama; cuando deje de ser buena noticia dejará de ser evangelio, habrá perdido todo su sentido y todo su valor. Puede parecer un juego de palabras pero es algo más que eso, aunque estemos jugando con las palabras, porque la palabra evangelio eso es lo que significa. Tiene que proclamarse siempre con ese sentido; si lo proclamamos o escuchamos como algo ya sabido, ya no es noticia. Noticia es algo que es nuevo, que sucede ahora y nos impacta y nos llama la atención, por eso decía un periodista que no nada más viejo que un periódico de ayer, porque ya no nos está trasmitiendo noticias de hoy que es su sentido.

Cuidado que vayamos tanto a proclamarlo a quienes les corresponda, como a escucharlo como una noticia ya sabida, ya repetida porque perdería todo su sentido, la novedad de gracia y de salvación que en el hoy de nuestra vida tiene que significar para nosotros. Mala actitud es la de quien cuando comienza a escuchar un evangelio ya se está diciendo para si mismo, ah, sí, eso ya lo sabia, es aquel episodio tan conocido. Lo estaríamos echando todo a perder. De ahí la necesidad de una capacidad de asombro que tiene que haber en nosotros para dejarse sorprender por lo que aquí y ahora a través de ese hecho, es cierto que ya lo conocemos, algo nuevo nos quiere decir el Señor.

Confieso que me estoy haciendo esta reflexión primero que nada para mi mismo; no hace pocos días hemos escuchado este mismo episodio, y reconozco que cuando hoy me he puesto de nuevo delante de esta pagina del evangelio he pensado ¿qué es lo que voy a decir, que es lo que me puede decir de nuevo este texto que ya lo reflexionamos hace poquitos días? Y me he detenido a pensar ¿qué tiene de nuevo que decirme el Señor hoy y con este mismo texto de la mujer cananea?

Me interpela la fe de aquella mujer. No era judía, era cananea y su fe la tendría puesta en sus dioses cananeos, aquellos baales quizás que a lo largo de la historia habían sido un peligro y una tentación para el pueblo judío; recordemos los tiempos del profeta Eliseo. Sin embargo cuando se entera de la llegada de Jesús  viene suplicando, utilizando incluso expresiones propiamente judías, misericordia y compasión, no para ella, sino para su hija poseída por un espíritu muy malo. Lo que podría entrar incluso en el terreno de los desaires, cuando Jesús no quiere escucharla, cuando dice que solo ha venido para las ovejas descarriadas de Israel, avivan con más fuerza su fe y no ceja en su suplica y petición con perseverancia yendo tras Jesús hasta la casa en que se aloja donde se establece el diálogo que nos presenta el evangelio. Serán incluso los discípulos los que se la quieren quitar de encima intercediendo por ella ante Jesús. ‘Grande es tu fe’ reconocerá Jesús finalmente y la hija de aquella mujer se vería libre de todo mal.

¿Dónde está mi fe? ¿Dónde está la perseverancia de mi fe y de mis súplicas? Cuantas veces decimos que Dios no nos escucha; cuantas veces nuestras súplicas son frías y rutinarias porque rezamos simplemente porque sabemos que tenemos que rezar, pero no está esa oración viva, esa oración que nos hace caminar detrás del Señor con insistencia esperando encontrar esa palabra de vida que nos transforme, que nos llene de salvación. Porque tenemos que preguntarnos si es que rezamos y de verdad buscamos al Señor, buscamos esa palabra nueva que el Señor quiere decirnos y para eso es necesario que abramos con sinceridad nuestro corazón. Quizá lo único que hacemos es repetir nuestros rezos, repetir unas palabras aprendidas de memoria pero nos falta ese encuentro vivo con el Señor.

Tras aquella prueba que significó todo aquel recorrido, incluso físico, que hizo aquella mujer en su súplica, aquella mujer salio fortalecida en su fe. No fue solamente el que su hija fuera liberada del espíritu maligno, sino cuanta purificación interior tuvo que producirse en el corazón de aquella mujer. Fue ella la primera liberada por Jesús porque como se suele decir se tuvo que comer sus orgullos y su amor propio para ponerse humilde a los pies de Jesús. Aquella mujer sí podía decir luego que había encontrado una palabra de vida, una palabra de salvación para su vida.

Nos interpela, pues, la fe de aquella mujer, la búsqueda de Dios que le hizo caminar humilde tras Jesús; nos interpela la oración de aquella mujer que nos hace mirar nuestra oración, nuestra manera de rezar y suplicar o las mismas cosas que pedimos de forma interesada tantas veces en nuestra oración. Es la buena noticia que hoy escuchamos, es el evangelio que vamos a llevar en nuestro corazón cuando salgamos hoy de esta celebración. Aprendamos a caminar tras Jesús suplicando pero escuchándole, abriéndonos a su Palabra, esa palabra nueva que tiene para nosotros hoy, pero dejándonos transformar en tantas cosas que tenemos que hacer nuevas en nuestra vida.


miércoles, 5 de agosto de 2020

Mantengamos viva la humildad y el amor que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Mantengamos viva la humildad y el amor  que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Jeremías 31, 1-7; Sal.: Jer. 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. Estaban fuera del territorio de Palestina. Por tierras paganas de Tiro y Sidón. Se ha alejado Jesús de su territorio habitual en el centro de Galilea, los alrededores del Mar de Tiberíades y ha llegado a tierra de fenicios, a tierra de paganos. Pero hasta allí ha llegado su fama y una mujer que tiene una hija enferma acude a Jesús. Acude a Jesús y emplea términos propiamente judíos para suplicar a Jesús, lo llama Hijo de David. Y la mujer confía e insiste.

Cuando en otros momentos hemos visto a Jesús tan cercano de los que sufren, como llega hasta donde está aquel de quien nadie se acuerda o se deja tocar el manto por quienes acuden a El con la confianza de solo eso es suficiente para alcanzar la salud que piden, o está dispuesto a ponerse en camino para llegar a la casa donde está el enfermo, como desea con el criado del centurión o como camina con Jairo que le pide por su hija que está en las últimas, nos sorprende en esta ocasión porque desoye la suplica de aquella mujer.

Cuando los discípulos se convierten incluso en intercesores, al menos quizás por quitarse de encima la cantinela de aquella mujer, Jesús responderá que solo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Será lo que en otro momento le escuchamos recomendar a los discípulos cuando los envía con su poder a predicar por delante de El. En el dialogo que establece finalmente entre aquella mujer y Jesús será ese también el sentido de sus palabras utilizando incluso el lenguaje duro que empleaban los judíos para referirse a los gentiles. Pero aun así vemos que Jesús escucha. Si surge aquel dialogo en que se pone a prueba la fe de aquella mujer será porque Jesús está viendo más adentro que nosotros y sabe de la fe de aquella mujer. Así lo alabará finalmente, ‘grande es tu fe’.

Hay momentos en que se nos hace largo el tiempo de la prueba. Parece que no terminamos de ver la luz al final del camino o los tropiezos que encontramos en el camino se hacen interminables. Como cuando vamos por una carretera peligrosa y en malas condiciones de viabilidad, en medio quizá de barrancos y precipicios y aunque el trayecto no ha sido largo en distancias, sin embargo se nos hace interminable en el tiempo porque nos parece que en cualquier momento todo  nos va a fallas y nos vamos a ir por el precipicio.

Son en muchas ocasiones los problemas en los que nos vemos envueltos a nivel familiar o a nivel laboral a los que nos cuesta encontrar salida, serán las enfermedades donde avanzamos y retrocedemos una y otra vez en ese ansiado camino de curación, ya sea en lo que pasamos nosotros, ya sea en lo que contemplamos en seres queridos, en amigos o en personas cercanas a nosotros que vemos luchando con la enfermedad con deseos de vida, serán los momentos de crisis que se puede estar pasando en la sociedad como la misma situación que estamos atravesando que parece que se hace interminable.

Son momentos difíciles, momentos de oscuridad, momentos de silencio como respuesta a nuestros gritos, serán momentos en que quizás nos vemos solos porque los apoyos que deseamos parece que han desaparecido. Pero es el momento de no tambalear en nuestra fe aunque se nos hace difícil. Queremos poner toda confianza en Dios porque sabemos que El tiene para nosotros una respuesta que tanto nos cuesta escuchar. ¿Seremos capaces de mantener la confianza de aquella mujer fenicia que acudía a Jesús con insistencia aunque pareciera que Jesús se hacia oídos sordos a su súplica?

Al final escucharemos esa palabra tan confortadora de Jesús. ¡Qué grande es tu fe! Mantengamos viva la humildad y el amor  serán ese anillo o ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar esa vida y esa luz que tanto necesitamos.


domingo, 14 de agosto de 2011

Señor, tenemos en casa un mundo lleno de sufrimiento…


Is. 56, 1.6-7;

Sal. 66;

Rom. 11, 13-15.29-32;

Mt. 15, 21-28

‘¡Mujer, qué grande es tu fe!’ le dice finalmente Jesús a la mujer cananea. ‘Que sea como tú quieres’. En otra ocasión Jesús había exclamado: ‘No he encontrado en nadie tanta fe en Israel!’ Fue al centurión que venía suplicándole por su criado enfermo, pero que no se sentía digno de que Jesús entrase en su casa.

Dos ocasiones en que Jesús alaba la fe quienes acuden a El; y en estas dos ocasiones, no serán judíos sino gentiles, una la mujer cananea y el otro un centurión romano, los que merecerán esta alabanza de Jesús por su fe. Lo cual es también significativo de cómo la salvación de Jesús ha de llegar a todos los hombres de cualquier raza o condición.

Habrá otros momentos en que Jesús pida la fe de quienes acuden a El y les diga también que conforme a su fe se cumpla lo que desean. Pero serán siempre momentos en que con humildad grande se acercan a Jesús. Serán los que se sienten pequeños y humildes los que son más gratos a Dios y a los que el Señor se manifestará de manera especial. Sólo los pequeños y los sencillos tendrán ojos para ver a Dios, tendrán los ojos limpios para descubrir sin engaño ni confusión los misterios de Dios.

Los limpios de corazón serán dichosos porque verán a Dios, proclamará Jesús en las Bienaventuranzas. Bendice Jesús al Padre que revela los misterios de Dios a los humildes y sencillos de corazón. ‘Has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’.

Y serán las gente sencillas y humildes los que van a poner todas sus esperanzas en Jesús, y le seguirán, y estarán con El, y a El le abrirán su corazón con las miserias de su vida. Con ellos Jesús será misericordioso, manifestará lo que es la grandeza de su corazón que es el amor y es la misericordia. Y recordemos también cómo será de los que se hacen como niños, sencillos y humildes de corazón, abiertos a la sabiduría de Dios de los que es el Reino de los cielos.

En estos domingos hemos escuchado que los pobres y los hambrientos de pan y de Dios, los que tenían el corazón roto y el cuerpo lleno de sufrimiento, los que tenían ansias de algo distinto en su alma eran los que seguían a Jesús por partes incluso en los descampados porque en El encontraban todas las razones para poner toda su esperanza.

Es lo que contemplamos hoy en este pasaje del evangelio. Jesús camina por territorios que ya están fuera de Israel. Una mujer cananea, como hemos escuchado, que tiene una hija muy enferma acude a Jesús llena de fe y con una confianza total. ‘Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. E insiste en su súplica una y otra vez. No teme ser despreciada porque es humilde, constante, perseverante, con una fe total en que Jesús puede curarla. Y la alabanza final de Jesús: ‘¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija’.

Ya hemos reflexionado recientemente sobre este evangelio. http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/2011/08/admirable-fe-y-hermosa-oracion.html Y aprendemos mucho para nuestra manera de acercarnos al Señor: con humildad y confianza. ‘Pedid y recibiréis’, nos había enseñado Jesús; ‘llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, a quien llama se le abre…’ Dios es un Padre bueno y misericordioso y con esa confianza al mismo tiempo que humildad nos acercamos a El en todo momento y por todos los motivos.

Unas veces iremos suplicando en nuestras necesidades – qué pobres somos delante del Señor -; muchas veces tenemos que aprender también a ir en acción de gracias – no lo podemos olvidar -; siempre con el gozo en el corazón de encontrarnos con El para llenarnos de su gracia, de su presencia, de su vida. La riqueza de su gracia y la inmensidad de su amor nos inundará. Siempre saldremos confortados de su presencia si con fe acudimos a El.

Con el salmo tenemos que aprender a alabar al Señor y a alabarlo unidos a todos los pueblos y a todas las gentes. ‘Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben’. Todos los pueblos, todos los hombres están llamados a cantar esa alabanza del Señor; todos los pueblos, todos los hombres están llamados a la fe y a conocer al Señor.

Es hermoso el mensaje en este sentido del profeta Isaías que escuchamos en la primera lectura. Todos están llamados a venir al monte santo, a la casa del Señor, al encuentro con el Señor. Como dice el profeta ‘a los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores… los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración… así la llamarán todos los pueblos’.

Lo vemos palpablemente reflejado en este texto del evangelio de hoy, porque aquella mujer llena de fe merecerá la gracia del Señor de ver curada a su hija. Toda una señal, todo un signo de esa universalidad de la salvación que Jesús nos ofrece. Que todos los pueblos alaben el nombre del Señor. Y recordamos lo que Jesús decía después de la alabanza que hizo de la fe del centurión a quien hacíamos antes mención. ‘Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en la mesa del Reino de los cielos’.

Por eso cuando los apóstoles son enviados a anunciar el evangelio serán enviados a todo el mundo, a toda la creación. Todos los pueblos están llamados a cantar la gloria y la alabanza del Señor.

Qué hermoso cuando podemos sentir la universalidad, la catolicidad de nuestra fe porque nos encontremos cantando y celebrando nuestra fe unidos a personas de distintos lugares, quizá cada uno en su lengua y con lo que son las expresiones propias de su lugar de origen. Estos días en Madrid, con las Jornadas mundiales de la Juventud, se va a tener una expresión viva, una manifestación muy clara de esa universalidad de nuestra fe en Jesús. Se van a reunir jóvenes venidos prácticamente de todos los países del mundo para tener ese encuentro que va a ser un encuentro vivo con Cristo.

Tenemos que alegrarnos que se pueda realizar un acto así en nuestra tierra española que puede valernos muy bien para revitalizar la fe de tantos que por distintos motivos hayan podido ahogar la fe en su corazón. En nuestro mundo y en la cultura que se vive hoy, donde se va cayendo en la indiferencia religiosa o se quieren apagar todos los brillos de la cruz salvadora de Jesús, este encuentro de miles de jóvenes creyentes en Jesús va a ser un grito que nos despierte, un testimonio vibrante que pueda sacar a nuestra sociedad de esa modorra e indiferencia espiritual.

Recemos todos para que se obtengan esos frutos de gracia para cuantos estos días participan en este encuentro, pero que sean frutos de gracia para toda nuestra sociedad para que muchos lleguen a descubrir desde la humildad del corazon que sólo en Cristo está la verdadera salvación del hombre.

Supliquemos a la manera de aquella mujer cananea, con su misma humildad; Señor, tenemos en casa, en nuestro mundo, en nuestra sociedad, muchos enfermos en su espíritu, con su corazón roto, vacío, destrozado por muchos sufrimientos… ten compasión de nosotros, tiende tu mano hacia nosotros y cúranos, danos tu salvación. Que encontremos tu luz.

jueves, 12 de febrero de 2009

¿Soledad o comunión? ¿Orgullo o humildad?

Gen. 2, 18-25

Sal.127

Mc. 7, 24-30

‘No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude’. Así escuchamos en el Génesis en el segundo relato de la creación. Y Dios pone en las manos del hombre todas las criaturas que ha creado para que el hombre les pusiera nombre.

Poner nombre en el sentido bíblico y semita era algo así como tomar posesión, ser el dueño. Era el padre el que ponía nombre a su hijo, como señal de su autoridad y dominio.

‘Pero no encontraba nadie como él que le ayudase’, dice el texto sagrado. Ninguna de todas las criaturas era igual. Por eso Dios crea a la mujer. Tenemos que entender que todo son imágenes que quieren expresarnos algo. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será mujer, porque ha salido del hombre’.

Este texto nos sirve como fundamento para el sentido del matrimonio, porque Dios los creó hombre y mujer. Y cuando a Jesús precisamente le plantean el tema del divorcio que había permitido Moisés, como les dice Jesús ‘por su terquedad’, para hablarnos de la indisolubilidad del matrimonio Jesús se apoya en las palabras que nos trae el Génesis. ‘Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una cosa carne’.

Pero yendo más allá con este texto de la creación del hombre y de la mujer podemos hablar de cómo el ser humano está hecho para la relación, para la comunicación y la comunión con el otro. El hombre no es un ser solitario, es un ser social. Con lo que podríamos sacar muchas conclusiones de cada a nuestra convivencia de cada día, a nuestra relación con los demás, para el sentido humano que tenemos que darle a todo lo que signifique esa relación y comunicación con los otros.

Por amor a la brevedad en el comentario, vamos a fijarnos también en el texto del evangelio que nos habla de la mujer cananea. Y no sé que valorar más si la fe de aquella mujer o su humildad. Ya nos resalta el evangelista que estaban fuera del territorio propiamente judío y que aquella mujer era gentil, no judía.

Aquella mujer acude a Jesús llena de fe. Tiene la seguridad y la certeza, tiene la fe de que Jesús podrá curar a su hija liberándola de aquel espíritu maligno que la poseía. Peo tenemos que destacar también su humildad grande. Ante el aparente rechazo de Jesús que emplea palabras que eran la forma de tratar los judíos a los no judíos, aquella mujer sigue confianza y sigue confiando desde la humildad. ‘Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños… Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’.

Es de notar que en dos ocasiones en que se quiere resaltar la fe y la humildad de quien acude a pedir a Jesús, sean precisamente dos personas, no judías, las que reciban la alabanza de Jesús. ‘No soy digno de que entres en mi casa…’ había dicho el centurión romano, también un pagano. Ahora una mujer pagana insiste con humildad ante Jesús para la curación de su hija.

Hermoso ejemplo y testimonio. Cuando somos capaces de vaciarnos de nuestro yo egoísta, despojarnos de nuestro orgullo o nuestra soberbia es cuando sentiremos que Dios está en nosotros. No podemos aislarnos en nuestra falta de humildad. Recordemos lo que decíamos al comentar el texto del Génesis, estamos hechos para la relación, para la comunión con los demás. Y ya sabemos cómo el orgullo y la soberbia nos aíslan de los demás. Nos apartan de Dios, podemos decir como en la continuación del texto del Génesis vemos que le sucede al hombre cuando quiere hacerse como Dios.

Superó la mujer cananea lo que podría haber sido para ella una humillación, y el espíritu maligno dejó de estar en su vida, en la vida de su hija. ‘Al llegar a su casa, se encontró a la niña sentada en la cama; el demonio se había marchado’.