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domingo, 8 de diciembre de 2019
Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación
Hoy
nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia
el día que llega, el día de la salvación
lunes, 22 de junio de 2009
Ponernos en camino e ir hacia donde Dios nos mostrará
Sal. 32
Mt. 7, 1-5
En la lectura continuada que vamos haciendo de la Biblia en las lecturas en medio de la semana con la intención de que los creyentes tengamos un mayor acercamiento a la Palabra de Dios manifestada en los textos sagrados, en la primera lectura iniciamos hoy la lectura de varios libros del Antiguo Testamento. Se prolongará ahora varios meses y comenzamos con el Génesis para hacer una lectura escogido de los principales textos del Pentateuco, el libro de la Ley para los judíos, y continuaremos luego con otros libros del conjunto de los llamados históricos.
Comenzamos hoy con el capítulo 12 del Génesis porque ahí comienza la historia de Abrahán, fundamental en la historia y en la fe de Israel, como lo es para las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y la musulmana. Las tres religiones tienen como padre en la fe a Abrahán, y para el pueblo de Dios es el inicio de su propia historia. Dios le promete que hará surgir de él un pueblo numeroso, como le dirá más adelante, ‘te bendeciré y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa’.Es el inicio de la historia del pueblo de Israel, el pueblo de Dios.
Abrahán es modelo y ejemplo de fe; se le reconoce como el padre de los creyentes. Hoy se nos manifiesta esa fe de Abrahán, aunque tendremos ocasión de contemplar otros momentos especiales de su fe puesta a prueba. Ahora el Señor le dice: ‘Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré… y Abrahán marchó como le había dicho el Señor’. Aquí está la fe de Abrahán, que se fía de Dios y se pone en camino a donde Dios lo conduzca. Abrahán creyó. Escuchó a Dios y le siguió.
Ahí está su gran ejemplo del que tenemos que aprender. La fe le complica la vida, porque le hace salir y ponerse en camino. Algunas veces queremos tener nuestra como un adorno bonito que lucimos en determinados momentos. Pero la fe tiene que ponernos en camino. Camino de la fe, camino que nos hace salir de nosotros mismos y de nuestras seguridades. Camino que es búsqueda y escucha. No fueron sus propios caminos los que siguió Abrahán, sino los caminos que Dios le señalaba. ‘Hacia la tierra que te mostraré…’
Esa búsqueda no se acaba; ese ponernos en camino es tarea de todos los días; ese arrancarnos de nuestras cosas es algo en lo que tenemos que estar siempre atentos. Hay apegos, y rutinas, y anquilosamiento… Siempre Dios tiene una palabra nueva y viva que decirnos allá en lo hondo del corazón. No nos instalamos. Nos hace arrancarnos de nuestro pecado, y subir la larga pendiente que nos lleva a la santidad. Aunque pasemos por arideces y desiertos. Sabemos quien va con nosotros en ese camino, porque Dios no nos dejará nunca solos aunque muchas veces nos cueste verlo.
Y una palabra del evangelio aunque sólo sea subrayar la sentencia que nos da Jesús. ‘No juzguéis y no seréis juzgados…’ Qué fácil nos sale el juicio y la condena. Qué fácil nos es ver la mota del ojo ajeno. Qué prontos somos para mirar lo negativo del otro aunque sea una cosa muy pequeña. Cuánto nos duele que nos juzguen a nosotros. Siempre queremos justificarnos. Escuchemos lo que nos dice Jesús. ‘La medida que uséis, la usarán con vosotros’.
sábado, 21 de febrero de 2009
¿Nos recordarán por nuestra fe?
Hebreos, 11, 1-7
Sal. 144
Mc. 9, 2-13
¿Nos recordarán por nuestra fe? Sí, esa es la pregunta. Podrían recordarnos por muchas cosas. Pero ¿lo harán por nuestra fe?
‘Por su fe son recordados los antiguos’, nos decía la carta a los Hebreos. ‘La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve?' Por la fe nos fiamos de Dios, confiando en su Palabra. No vemos, pero creemos. Esperamos, porque creemos. Creemos, con amor y con esperanza.
Al concluir lo que podríamos llamar la primera parte del Génesis en esta lectura continuada de todos los días, hoy la liturgia nos ofrece este texto de la Carta a los Hebreos. No hace mucho tiempo la hemos escuchado en lectura continuada. Pero si hoy se nos ofrece este texto es porque hace como una lectura de aquellas primeras páginas de la Biblia.
Por la fe descubrimos la grandeza de la creación, pero más aún la grandeza e inmensidad del Creador. Pero nos habla también de la fe de Abel, que ofrecía el sacrificio más agradable al Señor. De Henoc, en quien Dios se complacía por su fe; de Noé, que creyó a Dios y construyó un arca para salvar a su familia… '' consiguió la justicia (la salvación) por su fe’. Una fe que ilumina, que hace la mejor ofrenda al Señor desde lo más hondo del corazón, que pone toda su confianza en Dios.
Pero de la fe nos habla también el evangelio escuchado. Siempre el Evangelio, la Palabra de Dios, es alimento de nuestra fe. Pero podríamos decir que en este acontecimiento que hoy nos narra, la Transfiguración del Señor que volveremos a escuchar en dos semanas una vez iniciada la Cuaresma, se fortalece la fe de los apóstoles.
Precisamente en textos anteriores contemplábamos la proclamación de su fe por parte de Pedro. El amor que sentía por Jesús, como entonces reflexionamos, le llevó a hacer aquella intensa declaración de fe. ‘Tu eres el Mesías’. Pero también recordamos cuánto le costaba entender a Pedro lo que anunciaba entonces Jesús. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado… ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Ya Pedro trataba de quitarle eso de la cabeza a Jesús porque no le podía suceder. Pero Jesús lo aparta diciéndole que lo está tentando como Satanás, ‘tu piensas como los hombres, no como Dios’.
Pero si el Hijo del Hombre tendrá que subir hasta la Cruz, el que le sigue no tiene mejor camino. Ha de tomar la cruz también para seguirle, escuchábamos ayer. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga’. Aquellas cosas desestabilizaban la fe de los apóstoles. No cabía en sus esquemas ni el sufrimiento para Jesús, ni el sufrimiento para quienes siguieran a Jesús. Pero es lo que Jesús nos anuncia. Es el camino para seguirle con toda fidelidad.
Por eso hoy escuchamos este texto, la transfiguración del Señor en lo alto del Tabor. Allí se manifestaba la gloria del Señor. Allí podríamos descubrir muy bien quién era Jesús, el Jesús que tenía que pasar por la pasión y la muerte. Allí se estaba vislumbrando la gloria de la resurrección, aunque los discípulos no entendieran eso de la resurrección. Pero el hecho quedaría grabado en sus almas y eso alentaría su fe cuando llegara el momento de su propia pasión. Porque Jesús iba a pasar por la pasión y la cruz, y para ellos era también pasión cuando no terminaban de entender el significado de todo lo que estaba sucediendo. ‘Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos’. Pero la voz del cielo lo había señalado: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.
Necesitamos nosotros reafirmar nuestra fe, sentirnos seguros en ella. La necesaria fortaleza de la fe. Pueden venir tiempos difíciles como cada día nos aparece la tentación. Pero el camino por el que hemos optado de seguir a Jesús tiene que tener una certeza absoluta para nuestra vida. Nosotros sí podemos entender lo que significa la resurrección de entre los muertos, pero igualmente muchas veces nos podemos también sentir débiles en nuestra fe. Por eso necesitamos la fortaleza que nos da la gracia.
¿Nos recordarán por nuestra fe?
lunes, 16 de febrero de 2009
Pon una fuente de alegría en el desierto de mi corazón
Gén. 4, 1-15.25
Sal. 49
Mc. 8, 11-15
Con el pecado entró la muerte en el corazón del hombre. Lo contemplábamos en versículos anteriores cuando nos narraba la tentación de Adán y Eva y su pecado. La página del Génesis que hoy escuchamos nos habla de Caín y Abel. Y nos habla de las consecuencia de ese pecado y de la maldad que se va introduciendo en el corazón de los hombres, en este caso de Caín.
No era agradable la ofrenda que hacía Caín al Señor, mientras que la de Abel que ofrecía las primicias y la grasa de sus ovejas – imagen que quiere expresar cómo ofrecía lo mejor de sí mismo y de su trabajo – sí era agradable al Señor.
‘Caín se enfureció y andaba abatido… ¿Por qué te enfureces y andas abatido?, le dice el Señor…. Cierto, si obraras bien, estarías animado; pero si no obras bien, el pecado acecha a tu puerta; y aunque viene a ti, tú podrás dominarlo…’ La tentación acecha, pero la tentación se puede vencer. Caín se dejó vencer. Ya conocemos cómo continúa la escena con el crimen de Abel. Pero la conciencia le remordía. ‘Mi culpa es demasiado grande para soportarla… tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo…’ Vuelve a repetirse la reacción de Adán y Eva que se ocultaron de Dios entre los árboles del jardín.
Nosotros tenemos una seguridad y una certeza: la misericordia del Señor que es infinita y nos ofrece su perdón. Ya allí mismo en el paraíso Dios había prometido un Redentor, quien iba a escachar la cabeza de la serpiente y del mal. Tenemos un Salvador, Cristo Jesús, que nos redime de nuestra culpa, pero que aún más es nuestra fortaleza y nuestra defensa frente a la tentación del mal y del pecado. Cristo nos ha redimido. Cristo nos deja su gracia.
Andamos también errantes y como por un desierto inhóspito cuando nos vemos envueltos por el pecado. Cardos y espinos envuelven nuestra vida y todo se convierte en un sequedal cuando nos alejamos del Señor y nos metemos en el mal y en el pecado. Pero podemos acudir al Señor para que El nos conceda su perdón y su gracia.
Esta página es bien reflejo de nuestra vida y de la realidad de nuestro mundo. Violencias, discordias, orgullos no apagados, envidias que nos corroen, zancadillas que quieren hacer caer a los demás, amarguras y resentimientos, luchas y rivalidades… En nuestra vida personal, en lo que contemplamos a nuestro alrededor; en el pequeño ámbito de los que están más cerca de nosotros en la familia, entre vecinos, en el mundo del trabajo en el que nos movemos. Pero también a los grande que provoca guerras y contiendas, luchas por el poder ya sea político, económico o en la vida social… Los periódicos cada día nos traen noticias de todo ello.
Hay un Himno en la liturgia de las horas que nos dice: ‘Hoy sé que mi vida es un desierto, en el que nunca nacerá una flor, vengo a pedirte, Cristo jardinero, por el desierto de mi corazón. Para que nunca la amargura sea en mi vida más fuerte que el amor, pon, Señor, una fuente de alegría en el desierto de mi corazón…’
Cada día lo pedimos al Señor, pero hagámoslo de forma consciente. ‘Líbranos del mal… no nos dejes caer en la tentación…’ Ponemos nuestro esfuerzo y nuestra voluntad, nuestra determinación y la lucha personal, pero pensemos que no lo hacemos solos. Lo podremos lograr, la victoria del amor y de la gracia, con la fuerza del Señor.
jueves, 12 de febrero de 2009
¿Soledad o comunión? ¿Orgullo o humildad?
Gen. 2, 18-25
Sal.127
Mc. 7, 24-30
‘No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude’. Así escuchamos en el Génesis en el segundo relato de la creación. Y Dios pone en las manos del hombre todas las criaturas que ha creado para que el hombre les pusiera nombre.
Poner nombre en el sentido bíblico y semita era algo así como tomar posesión, ser el dueño. Era el padre el que ponía nombre a su hijo, como señal de su autoridad y dominio.
‘Pero no encontraba nadie como él que le ayudase’, dice el texto sagrado. Ninguna de todas las criaturas era igual. Por eso Dios crea a la mujer. Tenemos que entender que todo son imágenes que quieren expresarnos algo. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será mujer, porque ha salido del hombre’.
Este texto nos sirve como fundamento para el sentido del matrimonio, porque Dios los creó hombre y mujer. Y cuando a Jesús precisamente le plantean el tema del divorcio que había permitido Moisés, como les dice Jesús ‘por su terquedad’, para hablarnos de la indisolubilidad del matrimonio Jesús se apoya en las palabras que nos trae el Génesis. ‘Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una cosa carne’.
Pero yendo más allá con este texto de la creación del hombre y de la mujer podemos hablar de cómo el ser humano está hecho para la relación, para la comunicación y la comunión con el otro. El hombre no es un ser solitario, es un ser social. Con lo que podríamos sacar muchas conclusiones de cada a nuestra convivencia de cada día, a nuestra relación con los demás, para el sentido humano que tenemos que darle a todo lo que signifique esa relación y comunicación con los otros.
Por amor a la brevedad en el comentario, vamos a fijarnos también en el texto del evangelio que nos habla de la mujer cananea. Y no sé que valorar más si la fe de aquella mujer o su humildad. Ya nos resalta el evangelista que estaban fuera del territorio propiamente judío y que aquella mujer era gentil, no judía.
Aquella mujer acude a Jesús llena de fe. Tiene la seguridad y la certeza, tiene la fe de que Jesús podrá curar a su hija liberándola de aquel espíritu maligno que la poseía. Peo tenemos que destacar también su humildad grande. Ante el aparente rechazo de Jesús que emplea palabras que eran la forma de tratar los judíos a los no judíos, aquella mujer sigue confianza y sigue confiando desde la humildad. ‘Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños… Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’.
Es de notar que en dos ocasiones en que se quiere resaltar la fe y la humildad de quien acude a pedir a Jesús, sean precisamente dos personas, no judías, las que reciban la alabanza de Jesús. ‘No soy digno de que entres en mi casa…’ había dicho el centurión romano, también un pagano. Ahora una mujer pagana insiste con humildad ante Jesús para la curación de su hija.
Hermoso ejemplo y testimonio. Cuando somos capaces de vaciarnos de nuestro yo egoísta, despojarnos de nuestro orgullo o nuestra soberbia es cuando sentiremos que Dios está en nosotros. No podemos aislarnos en nuestra falta de humildad. Recordemos lo que decíamos al comentar el texto del Génesis, estamos hechos para la relación, para la comunión con los demás. Y ya sabemos cómo el orgullo y la soberbia nos aíslan de los demás. Nos apartan de Dios, podemos decir como en la continuación del texto del Génesis vemos que le sucede al hombre cuando quiere hacerse como Dios.
Superó la mujer cananea lo que podría haber sido para ella una humillación, y el espíritu maligno dejó de estar en su vida, en la vida de su hija. ‘Al llegar a su casa, se encontró a la niña sentada en la cama; el demonio se había marchado’.
lunes, 9 de febrero de 2009
¡Cuántas son tus obras, Señor...!
Gén. 1, 1-19
Sal. 103
Mc. 6, 53-56
‘Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría. La tierra está llena de tus criaturas. Bendice alma mía, al Señor’. Así queremos bendecir y alabar al Señor cuando contemplamos la obra de su creación. Miramos la naturaleza que nos rodea, nos sumergimos en la inmensidad del universo, y no podemos hacer otra cosa que cantar al Señor, bendecir a Dios sabio y poderoso, creador de todas las cosas.
Hoy en la primera lectura hemos comenzado el libro del Génesis. Primer libro de la Biblia y primero de esos cinco libros que componen el Pentateuco. La Torá para los judíos, la ley del Señor. Fundamentaban su fe en la Ley y los Profetas. Cuando decían la Ley estaban refiriéndose a estos cinco libros del Pentateuco cuyo primero es el Génesis.
Génesis, el origen, el principio. Se nos narra la obra de la creación como hoy y en los próximos días escucharemos. Estaremos leyendo el Génesis en las próximas dos semanas hasta que comencemos la Cuaresma. Hoy hemos escuchado el relato de la creación que se completará con la lectura de mañana, mientras pasado mañana escucharemos un segundo relato de la Creación. No es momento de extendernos en la formación de los libros bíblicos, pero decir brevemente que el autor sagrado recogió dos tradiciones de la creación proponiéndolas en el texto sagrado.
Hay una palabra que decir que leemos estas páginas que nos narran la creación, el pecado del hombre y la promesa salvadora de Dios. ¿Qué es lo que allí vamos buscar? ¿Con qué tipo de libro nos estamos encontrando? ¿Ciencia, historia, mito, leyenda…?
Nada de eso pretende ofrecernos el autor sagrado. Es la lectura creyente de la vida del hombre y del universo creado. Allí sólo vamos a buscar un mensaje de revelación que nos habla del misterio de Dios y que en consecuencia quiere abrirnos a entender el misterio del hombre y de todo el universo. No quiere contarnos una historia, no se queda en un mito o una leyenda, no pretende ofrecernos datos científicos. Desde una cosmovisión del hombre antiguo se acerca al misterio de Dios. Y descubrimos que detrás de toda ese universo inmenso y por encima del hombre que lo habita está el Dios creador que es el que ha dado vida y existencia a todo el universo y en consecuencia al hombre.
La ciencia seguirá su camino para investigar y hablarnos del origen del universo y de la vida. Pero sólo la fe podrá descubrirnos al Dios Creador que está en el origen de todo. Y es lo que viene a decirnos el libro del Génesis. Revelación que nos hablará de la grandeza del ser humano al que Dios ha creado a su imagen y semejanza, como mañana escucharemos, para hablarnos así de la dignidad del hombre creado por Dios y puesto en el centro de la creación. Como rezaremos mañana con el salmo. ‘Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies’.
Nos queda a nosotros reconocer la grandeza y el poder del Señor para adorarle y para alabarle. ‘Tú sólo eres bueno y fuente de vida, hiciste todas las cosas, para colmarlas de tus bendiciones, y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria… Te alabamos, Padre santo, porque eres grande, porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su creador, dominara todo lo creado…’
Que así siempre reconozcamos la grandeza del Señor y cantemos su alabanza.
