
Vistas de página en total
martes, 25 de marzo de 2014
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria

martes, 29 de enero de 2013
Estos son mi madre y mis hermanos, los que hacen siempre la voluntad de Dios
lunes, 28 de enero de 2013
Cristo Mediador de una Alianza Nueva
lunes, 14 de enero de 2013
El alimento de la Palabra que cada día nos pone en disponibilidad para seguir a Jesús
jueves, 16 de junio de 2011
Cristo, mediador de una nueva alianza tiene el sacerdocio que no pasa

Is. 52, 23-53, 12;
Sal. 39;
Hebreos, 10, 12-23;
Lc. 22, 14-20
‘Cristo, mediador de una nueva Alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’. Estas palabras tomadas de la carta a los Hebreos nos las ofrece la liturgia hoy como antífona de entrada a esta Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Una fiesta eminentemente sacerdotal que nos hace mirar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para considerar ese sacerdocio real con que nos ha dotado a todos desde nuestro bautismo al hacernos miembros de un pueblo santo y sacerdotal, pero que nos hace mirar a aquellos a quienes el Señor ha escogido de manera especial para hacerlos partícipes de su sagrada misión en el sacerdocio ministerial.
Aunque el jueves santo los sacerdotes contemplamos y junto a la institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor celebramos también la institución del Sacerdocio, en este jueves posterior al domingo de Pentecostés queremos celebrar de manera especial esta participación en el Sacerdocio de Cristo, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, sumo y eterno Sacerdote.
‘Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… no pides sacrificio expiatorio… entonces yo digo: Aquí estoy, como está escrito en el libro, para hacer tu voluntad…’ Así rezábamos con el salmo. Es el grito de Cristo en su entrada en el mundo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y obediente al Padre se entrega; su alimento y su vida era hacer la voluntad del Padre; su venida es la mayor manifestación del amor de Dios que tanto amó al mundo que nos entregó a su Hijo único; su presencia en el mundo nos redime y nos santifica; viene a ofrecer el sacrificio único y definitivo, la ofrenda de su sangre para la Alianza Nueva y Eterna. Hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos, ‘Cristo ofreció por los pecados para siempre jamás un solo sacrificio… con una sola ofrenda nos ha consagrado para siempre’.
Como nos diría en otro lugar la carta a los Hebreos ‘así pues, ya tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe’. Tenemos ya entrada libre en el santuario de los cielos en virtud de la sangre de Jesús. Por eso lo llamamos sacerdote, pontífice, mediador de la Alianza nueva y eterna.
Pero, como decíamos y diremos en el prefacio, ‘con amor de hermano elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Es el sacerdocio ministerial que nos hace partícipes del sacerdocio de Cristo. Somos los llamados por el Señor para que en nuestro ministerio sacerdotal renovemos en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparemos el banquete pascual, presidamos al pueblo de Dios en el amor y lo alimentemos con la palabra y con la gracia de los sacramentos.
Ministerio grande y maravilloso que el Señor nos confía. Ministerio que nos exige una unión profunda con Cristo, un configurarnos cada día más con Cristo cuando en su nombre tenemos que hacer llegar la gracia de la salvación a todos los hombres. Ministerio que nos exige una vida totalmente entregada y santa en la fidelidad y en el amor. Somos conscientes de tanta grandeza que no merecemos, pero que ha sido un don y un regalo del Señor, es gracia de Cristo para nosotros y para el pueblo de Dios.
Pero es ahí donde el pueblo cristiano ha de saber amar y valorar ese sacerdocio de Cristo ejercido por sus ministros lo que exigirá en consecuencia al pueblo cristiano saber estar al lado de sus sacerdotes y pastores apoyándolos con su oración. Para nosotros los sacerdotes este fiesta de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, es una exigencia de santidad y de entrega al mismo tiempo que una ocasión más para dar gracias al Señor por su elección y la confianza que el Señor sigue poniendo en nosotros; pero para el pueblo cristiano tiene que convertirse en una jornada de especial oración por los sacerdotes.
Sólo con la gracia del Señor podemos ejercer y vivir nuestro ministerio. Y esa gracia tenéis que conseguirla para nosotros desde vuestra intensa oración al Señor. Siempre y en todo momento el pueblo cristiano ha de orar por los sacerdotes.
Recordad el sacerdote que os bautizó para haceros hijos de Dios y cristianos; el sacerdote que tantas veces os ha traído el perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia y os ha servido de consuelo, ayuda y consejo en vuestras luchas y dificultades; el sacerdote que ha celebrado la Eucaristía tantas veces a lo largo de vuestra vida en la que habéis comulgado el Cuerpo del Señor de sus manos; el sacerdote que os ha anunciado y explicado una y otra vez la Palabra del Señor; el sacerdote que en la parroquia o en cualquier otra función pastoral os ha ayudado de tantas maneras; el sacerdote que ungió a vuestros padres o familiares enfermos u os acompañó en su muerte celebrando sus exequias; el sacerdote que habéis conocido y con el que habéis tenido amistad; el sacerdote... bueno, todo sacerdote, conocido o no, porque por todos hemos de rezar.
lunes, 10 de enero de 2011
Ahora en la etapa final nos ha hablado por el Hijo que nos anuncia la Buena Noticia del Reino

Hebreos, 1, 1-6;
Sal. 96;
Mc. 1, 14-20
Al iniciar hoy el tiempo Ordinario, terminadas ayer las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía con el Bautismo del Señor, en la lectura de la Palabra de Dios que iremos proclamando escucharemos por una parte la carta a los Hebreos durante varias semanas y en el evangelio escucharemos a san Marcos.
La carta a los Hebreos es una hermosa Catequesis a las primeras comunidades cristianas de una gran densidad doctrinal que trata de animar en la fe a aquellos primeros cristianos cuya vida no estaba exenta de dificultades. Ya nos iremos introduciendo en su hermoso mensaje a través de las perícopas que la liturgia nos irá ofreciendo.
Es hermoso cómo a través de esta lectura semicontínua que vamos haciendo día a día de la Biblia vamos enriqueciendo nuestra vida de fe, nos sentimos iluminados por los diferentes textos de la Palabra de Dios. Es muy enriquecedor el que podamos así irnos introduciendo más y más en el mensaje de Jesús y del Evangelio y tendríamos que prestarle mucha atención. Seguro que si lo hacemos iremos creciendo más y más en nuestra espiritualidad cristiana. Es una oportunidad hermosa que se nos ofrece, una gracia del Señor el que cada día así nos vayamos acercando a su Palabra.
‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas’. Es un recuerdo a todo el Antiguo Testamento y a toda la historia de la salvación vivida por el pueblo judío. Pero todo ello era preparación y camino para la etapa final. Y llama etapa final al momento de la aparición de Jesucristo, misterio que hemos venido celebrando de manera especial en los días pasados.
‘Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo’. Es la Palabra que se hace carne, la Palabra por medio de la cual se hizo todo. Lo hemos escuchado y meditado estos días. ‘Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir…’ Ahora nos dice refiriéndose a Cristo, ‘El es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa’.
Y en el evangelio – comenzamos a leer a san Marcos, como indicamos – comenzamos a escuchar la proclamación de esa Palabra en labios de Jesús. ‘Marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia’.
Dios nos habla por Jesús, Palabra eterna de Dios que se ha encarnado. Es la Buena Noticia que se proclama y que hay que creer. Pero necesitamos convertirnos a Jesús para aceptar esa Buena Noticia. Tenemos que escuchar y decir ‘sí’. Tenemos que escuchar ese anuncio de Buena Noticia que se nos hace y ponernos en camino para seguir a Jesús. Aunque tengamos que dejar cosas atrás porque va a significar un cambio de vida. La noticia del Reino de Dios que se nos trae no es para que sigamos igual, de la misma manera, con las mismas cosas. Aceptar el Reino de Dios que llega es comenzar a vivir una nueva vida.
Vemos la respuesta de los primeros discípulos, los pescadores de Galilea. ‘Pasando junto al lago de Galilea, vió a Simón Pedro y a su hermano Andrés… un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo y a su hermano Juan… venid conmigo y os haré pescadores de hombres…’ Lo dejaron todo, se pusieron en camino con Jesús.
Jesús llega también a la orilla de nuestra vida – ‘Tú has venido a la orilla’, hemos cantado muchas veces – y nos invita, y nos mira a los ojos, y toca en las puertas de nuestro corazón, y nos anuncia la Buena Noticia del Reino que llega, y nos dice que le sigamos… ¿qué le vamos a responder?
jueves, 18 de noviembre de 2010
Las lágrimas de Jesús
Las lágrimas de Jesús. ‘Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz!’
Unas lágrimas siempre impresionan y nos mueven emociones. Al leer y meditar en este pasaje del evangelio me he quedado casi sin palabras ante las lágrimas de Jesús. Pueden decirme tantas cosas. Quizá podríamos contemplarlas en silencio. No convendría romper la emoción del momento con nuestras palabras.
Sólo veremos a Jesús llorar en otro momento. Ante la tumba de Lázaro. Llora ante la muerte, ante la tumba del amigo. ‘Jesús, al verla llorar, y a los judíos que también lloraban, lanzó un hondo suspiro y se emocionó profundamente… y rompió a llorar’, dice el evangelista Juan en aquella ocasión. En la oración del huerto más que lágrimas veremos la angustia de su corazón, aunque en la carta a los Hebros se nos hable de cómo ‘Cristo en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte…’; sin embargo el evangelista sólo nos dirá que ‘le entró un sudor, que chorreaba hasta el suelo, como si fueran gotas de sangre’ sin mencionar las lágrimas. Luego le veremos cargar con la cruz y subir hasta el calvario y aún en medio de dolor tendrá la serenidad y la paz de consolar a las que encuentra llorando a la vera del camino o de perdonar disculpando incluso a los que le crucificaban.
Ahora llora Jesús ante la ciudad de Jerusalén. Y no es sólo el amor que siente por la ciudad santa y lo que ella significaba para todo judío y que iba a ser destruida. Es algo más. ‘Porque no reconociste el momento de mi venida’. No reconocieron a Jesús y lo que Jesús ofrecía. ‘¡Si al menos comprendieras en este día lo que conduce a la paz!... pero está escondido a tus ojos…’
Su Palabra de vida y salvación se había prodigado en los pórticos del templo y por las calles de Jerusalén. Paralíticos, ciegos, enfermos habían recobrado la salud y la luz de sus ojos que se habían abierto a la salvación. Pero tantos habían dicho no. Aunque le aclamen en su entrada en la ciudad, más tarde vendrán los gritos pidiendo su crucifixión por parte de unos, mientras otros se escondían temerosos de lo que les pudiera pasar. Hasta entre los más cercanos a El, uno le traicionaría, otro negaría conocerle, mientras los otros huían asustados.
Pero miremos las lágrimas que Jesús hoy pueda seguir derramando por nuestro mundo, por nosotros. ¿Nos sucederá lo mismo que a aquellos que estaban en Jerusalén? ¿Habrá también traiciones y negaciones, huídas y temores de dar la cara por Jesús? Nos pueden parecer duras estas preguntas que nos hacemos, pero miremos la realidad de nuestro pecado tantas veces repetido. Somos pecadores muchas veces reincidentes en lo mismo a pesar de tantas promesas de arrepentimiento y corrección.
Somos débiles tantas veces en nuestra fe. Nos dejamos arrastrar por la tentación y no sabemos reconocer la presencia del Señor que está con su gracia a nuestro lado para fortalecernos frente a la tentación. También huimos para no dar la cara, o tenemos la tentación de ocultarnos en lugar de dar valiente testimonio.
Lágrimas de Cristo ante la muerte o ante el sufrimiento. Ante la muerte porque el pecado es una muerte para nosotros porque rompe nuestra relación con Dios, destroza la vida divina que el Señor ha impreso en nuestra alma. Tendríamos que llorar una y otra vez ante el pecado que nos rodea en nuestro mundo y ante nuestro pecado. Ante el sufrimiento nosotros tendríamos que derramar lágrimas de compasión, de solidaridad, de consuelo, de compromiso serio de hacer que haya menos dolor y menos sufrimiento.
Esas lágrimas de Cristo para nosotros tienen que ser gracia, tienen que ser llamada e invitación para responderle más, para reconocerle mejor en tantos que son su pecado y su dolor pasan a nuestro lado o se acercan a nosotros esperando compasión. Lágrimas de arrepentimiento y lágrimas de solidaridad y de amor que también nosotros hemos de derramar.
sábado, 21 de febrero de 2009
¿Nos recordarán por nuestra fe?
Hebreos, 11, 1-7
Sal. 144
Mc. 9, 2-13
¿Nos recordarán por nuestra fe? Sí, esa es la pregunta. Podrían recordarnos por muchas cosas. Pero ¿lo harán por nuestra fe?
‘Por su fe son recordados los antiguos’, nos decía la carta a los Hebreos. ‘La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve?' Por la fe nos fiamos de Dios, confiando en su Palabra. No vemos, pero creemos. Esperamos, porque creemos. Creemos, con amor y con esperanza.
Al concluir lo que podríamos llamar la primera parte del Génesis en esta lectura continuada de todos los días, hoy la liturgia nos ofrece este texto de la Carta a los Hebreos. No hace mucho tiempo la hemos escuchado en lectura continuada. Pero si hoy se nos ofrece este texto es porque hace como una lectura de aquellas primeras páginas de la Biblia.
Por la fe descubrimos la grandeza de la creación, pero más aún la grandeza e inmensidad del Creador. Pero nos habla también de la fe de Abel, que ofrecía el sacrificio más agradable al Señor. De Henoc, en quien Dios se complacía por su fe; de Noé, que creyó a Dios y construyó un arca para salvar a su familia… '' consiguió la justicia (la salvación) por su fe’. Una fe que ilumina, que hace la mejor ofrenda al Señor desde lo más hondo del corazón, que pone toda su confianza en Dios.
Pero de la fe nos habla también el evangelio escuchado. Siempre el Evangelio, la Palabra de Dios, es alimento de nuestra fe. Pero podríamos decir que en este acontecimiento que hoy nos narra, la Transfiguración del Señor que volveremos a escuchar en dos semanas una vez iniciada la Cuaresma, se fortalece la fe de los apóstoles.
Precisamente en textos anteriores contemplábamos la proclamación de su fe por parte de Pedro. El amor que sentía por Jesús, como entonces reflexionamos, le llevó a hacer aquella intensa declaración de fe. ‘Tu eres el Mesías’. Pero también recordamos cuánto le costaba entender a Pedro lo que anunciaba entonces Jesús. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado… ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Ya Pedro trataba de quitarle eso de la cabeza a Jesús porque no le podía suceder. Pero Jesús lo aparta diciéndole que lo está tentando como Satanás, ‘tu piensas como los hombres, no como Dios’.
Pero si el Hijo del Hombre tendrá que subir hasta la Cruz, el que le sigue no tiene mejor camino. Ha de tomar la cruz también para seguirle, escuchábamos ayer. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga’. Aquellas cosas desestabilizaban la fe de los apóstoles. No cabía en sus esquemas ni el sufrimiento para Jesús, ni el sufrimiento para quienes siguieran a Jesús. Pero es lo que Jesús nos anuncia. Es el camino para seguirle con toda fidelidad.
Por eso hoy escuchamos este texto, la transfiguración del Señor en lo alto del Tabor. Allí se manifestaba la gloria del Señor. Allí podríamos descubrir muy bien quién era Jesús, el Jesús que tenía que pasar por la pasión y la muerte. Allí se estaba vislumbrando la gloria de la resurrección, aunque los discípulos no entendieran eso de la resurrección. Pero el hecho quedaría grabado en sus almas y eso alentaría su fe cuando llegara el momento de su propia pasión. Porque Jesús iba a pasar por la pasión y la cruz, y para ellos era también pasión cuando no terminaban de entender el significado de todo lo que estaba sucediendo. ‘Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos’. Pero la voz del cielo lo había señalado: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.
Necesitamos nosotros reafirmar nuestra fe, sentirnos seguros en ella. La necesaria fortaleza de la fe. Pueden venir tiempos difíciles como cada día nos aparece la tentación. Pero el camino por el que hemos optado de seguir a Jesús tiene que tener una certeza absoluta para nuestra vida. Nosotros sí podemos entender lo que significa la resurrección de entre los muertos, pero igualmente muchas veces nos podemos también sentir débiles en nuestra fe. Por eso necesitamos la fortaleza que nos da la gracia.
¿Nos recordarán por nuestra fe?
miércoles, 4 de febrero de 2009
Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado
Hebreos, 122, 4-7.11-15
Sal.102
Mc. 6, 1-6
‘Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado’. Así ha comenzado el texto de la Carta la los Hebreos hoy proclamada. ¿Qué quiere decir, qué significa?
Es algo que quiere prevenirnos. Porque somos tentados y probados de muchas maneras. La tentación nos acecha para arrastrarnos al pecado y contra ella tenemos que luchar para no dejarnos seducir por el mal. Pruebas diversas tenemos que pasar y todas hemos de saberlas ver que son para nuestro bien.
Son por una parte, digo, las tentaciones que nos incitan al pecado, a ir contra la ley del Señor, olvidarla o desobedecerla; tentación que nos lleva a hacer el mal, llenando nuestro corazón, por ejemplo, de tinieblas y de odio, o dejándonos arrastrar por la pasión que nos ciega y nos esclaviza. Cuántas veces somos tentados. Cuán sutilmente se nos mete el pecado en nuestra vida, nos acecha la tentación confundiéndonos y queriendo hacernos ver como bueno lo que es malo y va contra la ley del Señor. La ley del Señor nos dignifica; el pecado nos esclaviza, aunque a veces en nuestra ceguera podamos pensar lo contrario.
Pero son, por otra parte, también las pruebas diversas a las que nos vemos sometidos; el sufrimiento que llega a nuestra vida y nos hace dudar y tambalearnos; las situaciones duras por las que tenemos que pasar en distintos momentos que nos hace rebeldes; los problemas en nosotros mismos, en nuestra relación con los demás, o al tenernos que enfrentarnos a la vida que se nos hace a veces difícil, que nos ciega, que nos llena de negrura.
¿Es un castigo del Señor el vernos sometidos a todo eso? Cuando lo miramos como castigo parece como que más pronto nos rebelamos, porque aparece nuestro orgullo, ya que a nadie le gusta que lo castiguen o que lo corrijan. Cuánto nos cuesta reconocer los errores que podamos cometer en la vida. Nos creemos tan perfectos.
¿Qué nos dice hoy la Palabra del Señor? ‘El Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos’. Pienso que corregimos a quienes amamos, porque nos gustaría que fueran mejores. Al que no amamos o no nos importa nada, nos dará igual que sea como sea. Pero sí que le importamos al Señor. Nos ama y nos ofrece el camino mejor y continuamente está señalándonos.
¿Qué quiere el Señor? Purificarnos porque la reprensión nos hace ver lo que no es bueno. La prueba que sufrimos nos hace discernir lo que es lo verdadero de lo que es falso. Y claro ese discernimiento algunas veces nos cuesta y nos duele, porque nuestro corazón se apega a muchas cosas. Y de la corrección y de la prueba tenemos que salir más fortalecidos y predispuestos a un camino de mayor santidad.
Por eso nos dice hoy la Palabra de Dios recordando lo dicho por el profeta: ‘Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes y caminad por una senda recta y llana…’ porque así caminaremos por un camino de rectitud, de salud, de salvación y santidad.
¡Qué hermoso lo que nos dice a continuación! ‘Buscad la paz con todos y la santificación, sin lo cual nadie verá al Señor’. Necesitamos esa paz entre todos, porque los pacíficos son los que verán a Dios como ya nos dijo Jesús en las Bienaventuranzas. Esa paz que nos lleva a la santificación, a que con toda nuestra vida demos gloria al Señor.
Y finalmente nos aconseja cómo tenemos que preocuparnos de los demás, preocuparnos por todos para que la gracia salvadora del Señor llegue a todos y a todos santifique y así nada malo – raíz amarga de odio y de pecado – pueda hacernos daño.
No temamos que en esa lucha contra la tentación y el pecado lleguemos a ser testigos, mártires, con nuestra sangre de esa fe y de ese amor que anima nuestra vida. Por eso nos decía: ‘Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado’.
martes, 13 de enero de 2009
Perfeccionar y consagrar con sufrimientos al autor de nuestra salvaciòn
Hebreos 2, 5-12;
Sal.115;
Mc. 1, 14-20
Cada vez que nos acercamos a la Palabra de Dios hemos de hacerlo con espíritu de fe, porque ni es un simple rito que hemos de hacer de una forma mecánica, ni una lectura simplemente de cosas bonitas. Vamos a escuchar la Palabra que Dios nos dirige y hemos de saber invocar al Espíritu divino que sea quien nos hable al corazón y nos haga comprender toda la sabiduría divina encerrada en su Palabra. Seguro que si dejándonos conducir por el Espíritu del Señor nos acercamos a la Palabra muchas serán las cosas que el Señor nos hable en el corazón y mucho será lo que lleguemos a sentir que nos pide la Palabra de Dios.
Podríamos hoy fijarnos en muchas cosas desde la carta a los Hebreos en primer lugar, el salmo responsorial que nos hace descubrir la grandeza del hombre ‘a quien Dios ha hecho poco inferior a los ángeles’, o lo que nos expresa el evangelio en ese reconocimiento por parte del espíritu inmundo de quién es Jesús – ‘sé quien eres: el Santo de Dios’, que le dice – o el poder de Jesús que provoca la admiración de las gentes.
Quisiera detenerme en esta reflexión en el mensaje – o al menos, parte – que nos trae la carta a los Hebreos. En la vida atenemos que enfrentarnos a problemas, en los que muchas veces no sabemos cómo salir adelante; hay ocasiones en que la enfermedad, nuestras debilidades y carencias nos hacen sentirnos limitados; nos vemos quizá imposibilitados por discapacidades que puedan afectarnos o quizá por lo avanzado de los años podríamos pensar qué sentido o qué valor tiene nuestra vida.
Pues aún así, creo que la madurez de nuestra vida nos hace ver el valor que tenemos en nosotros mismos más allá de lo que podamos o no podamos hacer. O también podemos caer en la cuenta que quizá esas limitaciones, esos problemas por los que tenemos que pasar, ese sufrimiento o todo eso que nos sucede, puede ser para nosotros un medio que nos ayude a profundizar en lo que somos, a crecer y a madurar como personas, a darle una mayor hondura a nuestra vida. Los problemas, los sufrimientos nos maduran y nos ayudan a ser más personas.
De eso nos ha hablado hoy la carta a los Hebreos al referirse a Jesús. ‘… a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, por quien y para quien existe todo, juzgó conveniente… perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación’.
Coronado de gloria y honor por su pasión y muerte…. Perfeccionar con sufrimientos… Como decíamos, los sufrimientos nos maduran, nos pueden ayudar a comprender sí el valor y el sentido de nuestra vida, cuando al mismo tiempo somos capaces de mirar a Jesús.
Y ya sabemos el valor redentor del sufrimiento y muerte de Jesús. Así podemos comprender también el valor de nuestra vida. Para nosotros puede y tiene que ser también un medio de santificación. Nos purifica como se purifica el oro el crisol del fuego, purificamos nuestra vida en el crisol del sufrimiento. Cómo nosotros podemos unirnos al sacrificio de Cristo y con nuestros sufrimientos y limitaciones con Cristo también podemos hacernos corredentores.