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martes, 25 de marzo de 2014

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria



La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria

Is. 7,10-14; Sal.39; Hb. 10, 5-10; Lc. 1 ,26-38
‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria’, es la aclamación que la liturgia nos invita a hacer antes  del Evangelio. Es precisamente el misterio de la Encarnación de Dios en las entrañas de María del que nos habla el Evangelio. Es el Misterio de la Encarnación de Dios que hoy estamos celebrando.
No nos hemos detenido lo suficiente ante este misterio de Dios que hoy estamos celebrando. No es cualquier cosa. No es simplemente que Dios venga a visitarnos como se visita a un familiar o a un amigo, que vamos, lo visitamos y luego nos vamos. Dios viene a visitarnos, como repetidamente se nos dice en la Escritura y en la liturgia, pero viene a quedarse: ‘acampó entre nosotros’. Así lo escuchamos en los cánticos de Zacarías y del anciano Simeón - ‘bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto…’ -, pero esa visita de Dios será un estar Dios para siempre con nosotros, porque ya para siempre, desde que se encarnó en el seno de la Virgen será para siempre Emmanuel.
Lo hemos escuchado en el profeta en la primera lectura - ‘la virgen concebirá y dará a luz un hijo al que se le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’ - pero es el cumplimiento de las antiguas promesas al pueblo de Israel, como reconoceremos en el prefacio, pero es al mismo tiempo la esperanza de todos los pueblos que en todas las expresiones religiosas siempre han manifestado ese deseo de vivir a Dios, o de estar en Dios.
Bellamente y con altura teológica nos lo ha presentado así el evangelio de Juan en lo que llamamos su prólogo o su primer capítulo. Es la luz que viene a iluminarnos, es la verdad que nos viene a dar plenitud, es la vida que nos va a llenar de Dios plenamente, es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios que planta su tienda entre nosotros para ser para siempre nuestra salvación. ‘Y hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad’.
No nos cansemos de considerar esta maravilla del misterio de Dios, de contemplar la gloria de Dios que así se nos manifiesta. Tendríamos que rumiarlo una y otra vez en nuestra cabeza y en nuestro corazón contemplando la hermosa escena de Nazaret. Allí se estaba realizando ese misterio de Dios; allí se estaba derramando el amor de Dios pero en una medida infinita como es siempre el amor que Dios nos tiene y nos entrega a su Hijo único para que realice esa ofrenda de amor de su vida que nos dará la salvación para siempre.
Es el grito que escuchamos en la entrada del Hijo de Dios en el mundo, nuestra carne humana, al hacerse carne como nosotros. Grito de obediencia que va precedido o acompañado por el susurro de amor que salía del corazón de María cuando recibe la embajada angélica. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ nos narraba la carta a los Hebreos que fue la exclamación y la aclamación de Cristo al entrar en el mundo. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, escuchamos a María como un eco de la ofrenda de amor de Cristo. Cuánto nos enseña esta actitud de María, este ‘sí’ de María.
Demos gracias a Dios por el misterio que se nos revela. El amor de Dios supera todas las expectativas que pudiera tener el hombre. Nos desborda en su inmensidad y nos sentimos envueltos en ese amor que será ya para siempre nuestro amor. Si uno se parara lo suficiente a considerar este misterio del amor de Dios que es su Encarnación se quedaría como ensimismado sin saber qué decir o qué hacer ante tanta maravilla. Decimos ‘sí’ con nuestra fe; nos lo repetimos una y otra vez en nuestro interior y brota generosa y como espontánea la ofrenda que nosotros queremos hacer también de nuestro amor.
‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’, repetimos embelesados porque parece que ya no sabemos decir otra cosa. No son unos holocaustos cualesquiera los que le vamos a ofrecer al Señor; no es la sangre de los animales ni el sacrificio de las cosas, sino que va a ser nuestra voluntad, nuestro yo, nuestra vida, todo nuestro amor. ‘Todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo - su sacrificio en la cruz - hecho de una vez  para siempre’. El sacrificio de Cristo nos va enseñar ya para siempre cuál es el verdadero sacrificio que es agradable al Señor.
Y es lo que queremos repetir; cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos la pascua, celebramos el misterio pascual,  hacemos presente ese sacrificio y esa ofrenda de Cristo, pero donde también nosotros queremos ponernos, donde también ya nosotros queremos hacer nuestra ofrenda de amor. Es la maravilla de lo que es cada Eucaristía que celebramos y de lo que va a ser la celebración del misterio pascual en la ya cercana Pascua, y para la que nos vamos preparando. Es lo que ahora de forma intensa también queremos vivir cuando estamos hoy contemplando y celebrando el Misterio de la Encarnación de Dios.
Adoremos el Misterio de Dios, el Misterio de su Encarnación poniendo todo nuestro yo, toda nuestra vida postrada delante del Señor para hacer siempre su voluntad.

martes, 29 de enero de 2013


Estos son mi madre y mis hermanos, los que hacen siempre la voluntad de Dios

Hebreos, 10. 1-10; Sal. 39; Mc. 3, 31-35
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ La han venido a decir a Jesús que su madre y sus hermanos - su familia - están fuera y quieren hablar con El. Pero entonces surge la pregunta de Jesús. Entendemos claramente que no es que Jesús desprecie o no tenga en cuenta a su familia. Pero si entendemos que con Jesús se va formando una nueva familia.
El mensaje de Jesús quiere aunarnos a todos los que creemos en El. Todo lo que nos irá enseñando Jesús con las características del Reino de Dios que va anunciando y que quiere constituir con todos los que le seguimos quiere hacer surgir entre nosotros los lazos y los vínculos del amor. Un amor que nos llevará a sentirnos en una nueva comunión; un amor que nos hará sentirnos verdaderamente como  hermanos.
‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando una mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y miss hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Cumplir la voluntad de Dios; entrar en esos nuevos caminos de amor y de comunión; saber aceptarnos y comprendernos, ayudarnos mutuamente como si fuéramos hermanos, perdonarnos cuando tengamos alguna queja los unos con los otros, buscar siempre lo bueno para los otros.
Una verdadera familia, y en una familia siempre estará fundamentada en un amor auténtico y sincero, caminará siempre por esos derroteros. Los que seguimos a Jesús ya no solo porque haya unos vínculos de sangre y de afectividad entre unos y otros vamos a vivir ya siempre con ese nuevo estilo de vida, en esa comunión de amor. Somos la nueva familia de Jesús. La fe en Jesús nos une porque la fe en Jesús hará que nos amemos con toda sinceridad.
‘El que cumple la voluntad de Dios, la voluntad del Padre del cielo’. ¿Decimos que creemos en Jesús y en el Evangelio? ¿Aceptamos a Jesús porque llega el Reino de Dios? Creer en el Evangelio, aceptar el Reino de Dios significará que ya para siempre Dios es nuestro único Señor y en consecuencia lo que es su voluntad será para siempre la norma de nuestra vida. ¿No es eso lo que pedimos en la oración del padrenuestro que nos enseñó Jesús? ‘Venga a nosotros tu reina… hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’. Así pedimos. Pero no solo así pedimos sino que eso es lo que queremos hacer siempre.
Lo que hemos escuchado en la carta a los Hebreos tendría que ser como nuestra gran afirmación en todos los momentos de nuestra vida. Porque no es hacer otra cosa que lo que hizo Jesús. No es la ofrenda de cosas lo que tenemos hacer al Señor; no son los sacrificios ni los holocaustos. La verdadera ofrenda es nuestra vida, es nuestra voluntad. ‘Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Es lo que tiene que ser también nuestra oración, la afirmación rotunda que hagamos con nuestra vida, lo que ha de ser nuestro propósito para siempre: hacer la voluntad de Dios por encima de todo. No siempre será fácil. Nos sentiremos tentados muchas veces por muchas cosas. El orgullo y el egoísmo se nos meterán fácilmente en el corazón. Pero también en el padrenuestro pedimos la gracia del Señor para no caer en la tentación, para vernos siempre libres del mal.
Queremos ser la familia de Jesús porque queremos siempre y en todo momento hacer la voluntad de Dios. Que en verdad eso lo vivamos. Que en verdad nos sintamos así una sola familia. Que con toda sinceridad nos amemos y nos sintamos verdaderos hermanos. Nos gozaremos así del amor del Señor.

lunes, 28 de enero de 2013


Cristo Mediador de una Alianza Nueva

Hebreos, 9, 15.24-28; Sal. 97; Mc. 3, 22-30
 ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas’, hemos cantado y repetido con el salmo. Sí, un cántico nuevo, cantamos las maravillas del Señor. Cantamos a Cristo Jesús nuestro único Salvador, nuestro único Mediador, que ha derramado su sangre por nosotros, que intercede por nosotros y para eso ofrece su vida hasta derramar su sangre. ¿Queremos más motivos para cantar al Señor? Tiene que surgir ese cántico, esa alabanza, esa acción de gracias al Señor.
Nos ha dicho la carta a los Hebreos: ‘Cristo es el Mediador de una alianza nueva… con su muerte nos ha redimido de los pecados cometidos… ha entrado en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros’. No es el sacrificio de la antigua alianza en la que cada día se ofrecían sacrificios de animales queriendo ser gratos a Dios; es el Sacrificio de la nueva Alianza en su Sangre derramada de una vez para siempre para alcanzarnos el perdón de los pecados. Ya es el único y definitivo sacrificio; ya es la nueva y definitiva, eterna, Alianza. ‘De hecho, El se ha manifestado una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo’.
El autor sagrado en esta como catequesis que es toda la llamada carta a los Hebreos hace una comparación entre los sacrificios de la Antigua Alianza en la que los sacerdotes entraban cada día en el Santuario - como dice construido por hombres - para ofrecer los sacrificios que querían impetrar el perdón y la clemencia de Dios, con el Sacrificio único y definitivo de Cristo. Por eso nos dice que es ‘el Mediador de una Alianza Nueva’. Porque Cristo derramó su sangre de una vez para siempre.
Cuando nosotros celebramos la Eucaristía que estamos celebrando el Sacrificio de Cristo, porque estamos celebrando su pasión, muerte y resurrección, no estamos ofreciendo un nuevo sacrificio; estamos celebrando, haciendo presente, haciendo actual el único sacrificio de Cristo. Sobre el altar no se ofrece un nuevo Sacrificio. Se ofrece el Sacrificio de Cristo, el que El ofreció de una vez para siempre en el altar de la Cruz. Por eso lo llamamos memorial, como decimos en la plegaria eucarística. No es solo  hacer memoria, sino hacer presente aquel sacrificio de Cristo con todo su valor redentor.
Cristo se ofreció por nosotros, intercede por nosotros. Es el único Mediador porque solo de Cristo nos viene la gracia, nos viene la salvación que El ganó para nosotros en el sacrificio de la Cruz. Por eso ahora, como decíamos al principio recordando el salmo, queremos cantar ese cántico nuevo, esa alabanza al Señor, recordando las maravillas de su gracia y de su amor.
Finalmente una palabra del Evangelio. Seguimos contemplando la oposición a la obra y al mensaje de Jesús. Es el maligno que se resiste. Cristo viene a instaurar una vida nueva arrancándonos de las garras del mal, pero el mal sigue acechando y resistiéndose. Aquellos que ya no tienen argumentos para oponerse a la obra de Cristo, cuando además ven que todos vienen a buscar a Jesús, quieren escucharle y seguirle, se valdrán de todas las argucias posibles para hacerle frente; una actitud muy fácil pero también muy cobarde por la falta de argumentos es el querer desprestigiar. Cuántas veces actuamos nosotros así también en nuestra relación con los demás que cuando no tenemos nada bueno que decir, lo que queremos es desprestigiar, destruir corrosivamente al otro con nuestras críticas y nuestros juicios.
Por eso le acusan de que Jesús no está obrando rectamente, que detrás de lo que Jesús está haciendo está el maligno. ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios’, dicen con un argumento que en sí mismo no tiene sentido. ‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?’ les replica Jesús. Su pecado es mayor, imperdonable podríamos decir porque no ofrecen capacidad de arrepentimiento con lo que dicen. Y Jesús les explica y les da argumentos que en su ceguera no quieren reconocer.

lunes, 14 de enero de 2013


El alimento de la Palabra que cada día nos pone en disponibilidad para seguir a Jesús

Hebreos, 1, 1-6; Sal. 96; Mc. 1, 14-20
Iniciamos hoy el tiempo ordinario y comenzamos un nuevo ritmo de lecturas de la Palabra de Dios en las Eucaristías de los días feriales. En este año impar en la primera lectura comenzaremos por la carta a los Hebreos, mientras en el evangelio iniciamos el evangelio de san Marcos de una forma continuada.
Es el alimento de la Palabra de Dios que cada día vamos recibiendo para iluminar nuestra vida, para ir haciéndonos crecer en nuestra fe mientras vamos avanzando en el conocimiento del Misterio de Dios. Cuando estos días pasados de la Epifanía escuchábamos esa manifestación que se iba haciendo de Jesús uno de los aspectos en los que nos fijábamos era como Cristo que sentía lástima de las multitudes que le seguían porque andaban como ovejas sin pastor, se ponía a enseñarles alimentándolos con la Palabra del Señor. Es lo que queremos nosotros ir haciendo ahora, alimentarnos de Dios que no solo se nos da en la Eucaristía sino que también la Palabra es un banquete de vida al que El nos invita para que vayamos a El.
‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres por los profetas. Ahora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo’. Así comienza la carta a los Hebreos que iniciamos hoy. El Dios que nos ha creado nunca se ha desentendido del hombre. Nos creó y puso su obra creadora en neustras manos pero no es sólo que el hombre haya buscado a Dios y haya querido comunicarse con El, sino que es Dios mismo el que se adelante para venir hasta el hombre y hablarle manifestándonos su amor.
En un versículo casi nos hace un resumen de la historia de la salvación cuando nos dice que  nos ha hablado de muchas maneras y en distintas ocasiones y nos ha manifestado su voluntad por los profetas. Recordamos así toda la historia del Antiguo Testamento, pero podemos recordar a tantos hombres de Dios que a lo largo de la historia nos han ayudado a acercarnos a Dios en cualquier tiempo o en cualquier momento de nuestra vida. Pero la plenitud de la revelación la tenemos en Jesús. ‘En esta etapa final nos ha hablado por el Hijo’. Va a ser el centro de todo el mensaje de la carta a los Hebreos, que más que carta es como una hermosa homilía o reflexión que nos ha quedado en la Palabra de Dios.
Es Jesús esa Palabra de Dios, esa revelación en plenitud de Dios, esa manifestación gloriosa de lo que es todo el amor de Dios. Hemos estado celebrando en estos días todo el misterio de su encarnación y nacimiento. Ahora iremos dando pasos a lo largo de todo el año litúrgico en esa profundización en el conocimiento del misterio de Jesús y de su salvación.
Es el Jesús que nos anuncia el Reino de Dios, como hoy escuchamos en el evangelio, y que fue su primer mensaje, su primera predicación. Reino de Dios que hemos de aceptar convirtiendo nuestro corazón a Jesús. ‘Se ha cumplido el plazo’, nos dice Jesús en el Evangelio. Es la etapa final de la que nos ha hablado la carta a los Hebreos.
‘Está cerca el Reino de Dios: convertios y creed la Buena Noticia’. Esa Buena Noticia, ese Evangelio es Jesús que llega, es el Reino de Dios que ha de instaurarse en nuestra vida. Hemos de creer en esa Buena Noticia, darle importancia, acogerla en nuestro corazón aunque eso signifique que muchas cosas tenemos que renovar en nuestra vida. Por eso Jesús nos habla de conversión. Si es Buena Noticia es porque es algo bueno y algo nuevo. Ahí está la novedad del Evangelio de Jesús que siempre es vida y salvación para nosotros. En cada momento de nuestra vida necesitamos de esa salvación, de esa renovación de nuestra existencia.
Es la primera disponibilidad que nos pide Jesús para seguirle, creer en El. Luego vendrá el momento, como el de aquellos pescadores de Galilea, que cuando Jesús invita a seguirle habrá disponibilidad también para dejarlo todo por seguirle. ¿Tendremos nosotros la fe y la disponibilidad de aquellos primeros discípulos?

jueves, 16 de junio de 2011

Cristo, mediador de una nueva alianza tiene el sacerdocio que no pasa

Is. 52, 23-53, 12;

Sal. 39;

Hebreos, 10, 12-23;

Lc. 22, 14-20

‘Cristo, mediador de una nueva Alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’. Estas palabras tomadas de la carta a los Hebreos nos las ofrece la liturgia hoy como antífona de entrada a esta Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Una fiesta eminentemente sacerdotal que nos hace mirar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para considerar ese sacerdocio real con que nos ha dotado a todos desde nuestro bautismo al hacernos miembros de un pueblo santo y sacerdotal, pero que nos hace mirar a aquellos a quienes el Señor ha escogido de manera especial para hacerlos partícipes de su sagrada misión en el sacerdocio ministerial.

Aunque el jueves santo los sacerdotes contemplamos y junto a la institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor celebramos también la institución del Sacerdocio, en este jueves posterior al domingo de Pentecostés queremos celebrar de manera especial esta participación en el Sacerdocio de Cristo, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, sumo y eterno Sacerdote.

‘Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… no pides sacrificio expiatorio… entonces yo digo: Aquí estoy, como está escrito en el libro, para hacer tu voluntad…’ Así rezábamos con el salmo. Es el grito de Cristo en su entrada en el mundo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y obediente al Padre se entrega; su alimento y su vida era hacer la voluntad del Padre; su venida es la mayor manifestación del amor de Dios que tanto amó al mundo que nos entregó a su Hijo único; su presencia en el mundo nos redime y nos santifica; viene a ofrecer el sacrificio único y definitivo, la ofrenda de su sangre para la Alianza Nueva y Eterna. Hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos, ‘Cristo ofreció por los pecados para siempre jamás un solo sacrificio… con una sola ofrenda nos ha consagrado para siempre’.

Como nos diría en otro lugar la carta a los Hebreos ‘así pues, ya tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe’. Tenemos ya entrada libre en el santuario de los cielos en virtud de la sangre de Jesús. Por eso lo llamamos sacerdote, pontífice, mediador de la Alianza nueva y eterna.

Pero, como decíamos y diremos en el prefacio, ‘con amor de hermano elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Es el sacerdocio ministerial que nos hace partícipes del sacerdocio de Cristo. Somos los llamados por el Señor para que en nuestro ministerio sacerdotal renovemos en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparemos el banquete pascual, presidamos al pueblo de Dios en el amor y lo alimentemos con la palabra y con la gracia de los sacramentos.

Ministerio grande y maravilloso que el Señor nos confía. Ministerio que nos exige una unión profunda con Cristo, un configurarnos cada día más con Cristo cuando en su nombre tenemos que hacer llegar la gracia de la salvación a todos los hombres. Ministerio que nos exige una vida totalmente entregada y santa en la fidelidad y en el amor. Somos conscientes de tanta grandeza que no merecemos, pero que ha sido un don y un regalo del Señor, es gracia de Cristo para nosotros y para el pueblo de Dios.

Pero es ahí donde el pueblo cristiano ha de saber amar y valorar ese sacerdocio de Cristo ejercido por sus ministros lo que exigirá en consecuencia al pueblo cristiano saber estar al lado de sus sacerdotes y pastores apoyándolos con su oración. Para nosotros los sacerdotes este fiesta de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, es una exigencia de santidad y de entrega al mismo tiempo que una ocasión más para dar gracias al Señor por su elección y la confianza que el Señor sigue poniendo en nosotros; pero para el pueblo cristiano tiene que convertirse en una jornada de especial oración por los sacerdotes.

Sólo con la gracia del Señor podemos ejercer y vivir nuestro ministerio. Y esa gracia tenéis que conseguirla para nosotros desde vuestra intensa oración al Señor. Siempre y en todo momento el pueblo cristiano ha de orar por los sacerdotes.

Recordad el sacerdote que os bautizó para haceros hijos de Dios y cristianos; el sacerdote que tantas veces os ha traído el perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia y os ha servido de consuelo, ayuda y consejo en vuestras luchas y dificultades; el sacerdote que ha celebrado la Eucaristía tantas veces a lo largo de vuestra vida en la que habéis comulgado el Cuerpo del Señor de sus manos; el sacerdote que os ha anunciado y explicado una y otra vez la Palabra del Señor; el sacerdote que en la parroquia o en cualquier otra función pastoral os ha ayudado de tantas maneras; el sacerdote que ungió a vuestros padres o familiares enfermos u os acompañó en su muerte celebrando sus exequias; el sacerdote que habéis conocido y con el que habéis tenido amistad; el sacerdote... bueno, todo sacerdote, conocido o no, porque por todos hemos de rezar.

lunes, 10 de enero de 2011

Ahora en la etapa final nos ha hablado por el Hijo que nos anuncia la Buena Noticia del Reino



Hebreos, 1, 1-6;

Sal. 96;

Mc. 1, 14-20

Al iniciar hoy el tiempo Ordinario, terminadas ayer las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía con el Bautismo del Señor, en la lectura de la Palabra de Dios que iremos proclamando escucharemos por una parte la carta a los Hebreos durante varias semanas y en el evangelio escucharemos a san Marcos.

La carta a los Hebreos es una hermosa Catequesis a las primeras comunidades cristianas de una gran densidad doctrinal que trata de animar en la fe a aquellos primeros cristianos cuya vida no estaba exenta de dificultades. Ya nos iremos introduciendo en su hermoso mensaje a través de las perícopas que la liturgia nos irá ofreciendo.

Es hermoso cómo a través de esta lectura semicontínua que vamos haciendo día a día de la Biblia vamos enriqueciendo nuestra vida de fe, nos sentimos iluminados por los diferentes textos de la Palabra de Dios. Es muy enriquecedor el que podamos así irnos introduciendo más y más en el mensaje de Jesús y del Evangelio y tendríamos que prestarle mucha atención. Seguro que si lo hacemos iremos creciendo más y más en nuestra espiritualidad cristiana. Es una oportunidad hermosa que se nos ofrece, una gracia del Señor el que cada día así nos vayamos acercando a su Palabra.

‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas’. Es un recuerdo a todo el Antiguo Testamento y a toda la historia de la salvación vivida por el pueblo judío. Pero todo ello era preparación y camino para la etapa final. Y llama etapa final al momento de la aparición de Jesucristo, misterio que hemos venido celebrando de manera especial en los días pasados.

‘Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo’. Es la Palabra que se hace carne, la Palabra por medio de la cual se hizo todo. Lo hemos escuchado y meditado estos días. ‘Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir…’ Ahora nos dice refiriéndose a Cristo, ‘El es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa’.

Y en el evangelio – comenzamos a leer a san Marcos, como indicamos – comenzamos a escuchar la proclamación de esa Palabra en labios de Jesús. ‘Marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia’.

Dios nos habla por Jesús, Palabra eterna de Dios que se ha encarnado. Es la Buena Noticia que se proclama y que hay que creer. Pero necesitamos convertirnos a Jesús para aceptar esa Buena Noticia. Tenemos que escuchar y decir ‘sí’. Tenemos que escuchar ese anuncio de Buena Noticia que se nos hace y ponernos en camino para seguir a Jesús. Aunque tengamos que dejar cosas atrás porque va a significar un cambio de vida. La noticia del Reino de Dios que se nos trae no es para que sigamos igual, de la misma manera, con las mismas cosas. Aceptar el Reino de Dios que llega es comenzar a vivir una nueva vida.

Vemos la respuesta de los primeros discípulos, los pescadores de Galilea. ‘Pasando junto al lago de Galilea, vió a Simón Pedro y a su hermano Andrés… un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo y a su hermano Juan… venid conmigo y os haré pescadores de hombres…’ Lo dejaron todo, se pusieron en camino con Jesús.

Jesús llega también a la orilla de nuestra vida – ‘Tú has venido a la orilla’, hemos cantado muchas veces – y nos invita, y nos mira a los ojos, y toca en las puertas de nuestro corazón, y nos anuncia la Buena Noticia del Reino que llega, y nos dice que le sigamos… ¿qué le vamos a responder?

jueves, 18 de noviembre de 2010

Las lágrimas de Jesús

Apoc. 5, 1-10;
Sal. 149;
Lc. 19, 41-44

Las lágrimas de Jesús. ‘Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz!’
Unas lágrimas siempre impresionan y nos mueven emociones. Al leer y meditar en este pasaje del evangelio me he quedado casi sin palabras ante las lágrimas de Jesús. Pueden decirme tantas cosas. Quizá podríamos contemplarlas en silencio. No convendría romper la emoción del momento con nuestras palabras.
Sólo veremos a Jesús llorar en otro momento. Ante la tumba de Lázaro. Llora ante la muerte, ante la tumba del amigo. ‘Jesús, al verla llorar, y a los judíos que también lloraban, lanzó un hondo suspiro y se emocionó profundamente… y rompió a llorar’, dice el evangelista Juan en aquella ocasión. En la oración del huerto más que lágrimas veremos la angustia de su corazón, aunque en la carta a los Hebros se nos hable de cómo ‘Cristo en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte…’; sin embargo el evangelista sólo nos dirá que ‘le entró un sudor, que chorreaba hasta el suelo, como si fueran gotas de sangre’ sin mencionar las lágrimas. Luego le veremos cargar con la cruz y subir hasta el calvario y aún en medio de dolor tendrá la serenidad y la paz de consolar a las que encuentra llorando a la vera del camino o de perdonar disculpando incluso a los que le crucificaban.
Ahora llora Jesús ante la ciudad de Jerusalén. Y no es sólo el amor que siente por la ciudad santa y lo que ella significaba para todo judío y que iba a ser destruida. Es algo más. ‘Porque no reconociste el momento de mi venida’. No reconocieron a Jesús y lo que Jesús ofrecía. ‘¡Si al menos comprendieras en este día lo que conduce a la paz!... pero está escondido a tus ojos…’
Su Palabra de vida y salvación se había prodigado en los pórticos del templo y por las calles de Jerusalén. Paralíticos, ciegos, enfermos habían recobrado la salud y la luz de sus ojos que se habían abierto a la salvación. Pero tantos habían dicho no. Aunque le aclamen en su entrada en la ciudad, más tarde vendrán los gritos pidiendo su crucifixión por parte de unos, mientras otros se escondían temerosos de lo que les pudiera pasar. Hasta entre los más cercanos a El, uno le traicionaría, otro negaría conocerle, mientras los otros huían asustados.
Pero miremos las lágrimas que Jesús hoy pueda seguir derramando por nuestro mundo, por nosotros. ¿Nos sucederá lo mismo que a aquellos que estaban en Jerusalén? ¿Habrá también traiciones y negaciones, huídas y temores de dar la cara por Jesús? Nos pueden parecer duras estas preguntas que nos hacemos, pero miremos la realidad de nuestro pecado tantas veces repetido. Somos pecadores muchas veces reincidentes en lo mismo a pesar de tantas promesas de arrepentimiento y corrección.
Somos débiles tantas veces en nuestra fe. Nos dejamos arrastrar por la tentación y no sabemos reconocer la presencia del Señor que está con su gracia a nuestro lado para fortalecernos frente a la tentación. También huimos para no dar la cara, o tenemos la tentación de ocultarnos en lugar de dar valiente testimonio.
Lágrimas de Cristo ante la muerte o ante el sufrimiento. Ante la muerte porque el pecado es una muerte para nosotros porque rompe nuestra relación con Dios, destroza la vida divina que el Señor ha impreso en nuestra alma. Tendríamos que llorar una y otra vez ante el pecado que nos rodea en nuestro mundo y ante nuestro pecado. Ante el sufrimiento nosotros tendríamos que derramar lágrimas de compasión, de solidaridad, de consuelo, de compromiso serio de hacer que haya menos dolor y menos sufrimiento.
Esas lágrimas de Cristo para nosotros tienen que ser gracia, tienen que ser llamada e invitación para responderle más, para reconocerle mejor en tantos que son su pecado y su dolor pasan a nuestro lado o se acercan a nosotros esperando compasión. Lágrimas de arrepentimiento y lágrimas de solidaridad y de amor que también nosotros hemos de derramar.

sábado, 21 de febrero de 2009

¿Nos recordarán por nuestra fe?

Hebreos, 11, 1-7

Sal. 144

Mc. 9, 2-13

¿Nos recordarán por nuestra fe? Sí, esa es la pregunta. Podrían recordarnos por muchas cosas. Pero ¿lo harán por nuestra fe?

‘Por su fe son recordados los antiguos’, nos decía la carta a los Hebreos. ‘La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve?' Por la fe nos fiamos de Dios, confiando en su Palabra. No vemos, pero creemos. Esperamos, porque creemos. Creemos, con amor y con esperanza.

Al concluir lo que podríamos llamar la primera parte del Génesis en esta lectura continuada de todos los días, hoy la liturgia nos ofrece este texto de la Carta a los Hebreos. No hace mucho tiempo la hemos escuchado en lectura continuada. Pero si hoy se nos ofrece este texto es porque hace como una lectura de aquellas primeras páginas de la Biblia.

Por la fe descubrimos la grandeza de la creación, pero más aún la grandeza e inmensidad del Creador. Pero nos habla también de la fe de Abel, que ofrecía el sacrificio más agradable al Señor. De Henoc, en quien Dios se complacía por su fe; de Noé, que creyó a Dios y construyó un arca para salvar a su familia… '' consiguió la justicia (la salvación) por su fe’. Una fe que ilumina, que hace la mejor ofrenda al Señor desde lo más hondo del corazón, que pone toda su confianza en Dios.

Pero de la fe nos habla también el evangelio escuchado. Siempre el Evangelio, la Palabra de Dios, es alimento de nuestra fe. Pero podríamos decir que en este acontecimiento que hoy nos narra, la Transfiguración del Señor que volveremos a escuchar en dos semanas una vez iniciada la Cuaresma, se fortalece la fe de los apóstoles.

Precisamente en textos anteriores contemplábamos la proclamación de su fe por parte de Pedro. El amor que sentía por Jesús, como entonces reflexionamos, le llevó a hacer aquella intensa declaración de fe. ‘Tu eres el Mesías’. Pero también recordamos cuánto le costaba entender a Pedro lo que anunciaba entonces Jesús. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado… ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Ya Pedro trataba de quitarle eso de la cabeza a Jesús porque no le podía suceder. Pero Jesús lo aparta diciéndole que lo está tentando como Satanás, ‘tu piensas como los hombres, no como Dios’.

Pero si el Hijo del Hombre tendrá que subir hasta la Cruz, el que le sigue no tiene mejor camino. Ha de tomar la cruz también para seguirle, escuchábamos ayer. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga’. Aquellas cosas desestabilizaban la fe de los apóstoles. No cabía en sus esquemas ni el sufrimiento para Jesús, ni el sufrimiento para quienes siguieran a Jesús. Pero es lo que Jesús nos anuncia. Es el camino para seguirle con toda fidelidad.

Por eso hoy escuchamos este texto, la transfiguración del Señor en lo alto del Tabor. Allí se manifestaba la gloria del Señor. Allí podríamos descubrir muy bien quién era Jesús, el Jesús que tenía que pasar por la pasión y la muerte. Allí se estaba vislumbrando la gloria de la resurrección, aunque los discípulos no entendieran eso de la resurrección. Pero el hecho quedaría grabado en sus almas y eso alentaría su fe cuando llegara el momento de su propia pasión. Porque Jesús iba a pasar por la pasión y la cruz, y para ellos era también pasión cuando no terminaban de entender el significado de todo lo que estaba sucediendo. ‘Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos’. Pero la voz del cielo lo había señalado: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.

Necesitamos nosotros reafirmar nuestra fe, sentirnos seguros en ella. La necesaria fortaleza de la fe. Pueden venir tiempos difíciles como cada día nos aparece la tentación. Pero el camino por el que hemos optado de seguir a Jesús tiene que tener una certeza absoluta para nuestra vida. Nosotros sí podemos entender lo que significa la resurrección de entre los muertos, pero igualmente muchas veces nos podemos también sentir débiles en nuestra fe. Por eso necesitamos la fortaleza que nos da la gracia.

¿Nos recordarán por nuestra fe?

miércoles, 4 de febrero de 2009

Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado

Hebreos, 122, 4-7.11-15

Sal.102

Mc. 6, 1-6

‘Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado’. Así ha comenzado el texto de la Carta la los Hebreos hoy proclamada. ¿Qué quiere decir, qué significa?

Es algo que quiere prevenirnos. Porque somos tentados y probados de muchas maneras. La tentación nos acecha para arrastrarnos al pecado y contra ella tenemos que luchar para no dejarnos seducir por el mal. Pruebas diversas tenemos que pasar y todas hemos de saberlas ver que son para nuestro bien.

Son por una parte, digo, las tentaciones que nos incitan al pecado, a ir contra la ley del Señor, olvidarla o desobedecerla; tentación que nos lleva a hacer el mal, llenando nuestro corazón, por ejemplo, de tinieblas y de odio, o dejándonos arrastrar por la pasión que nos ciega y nos esclaviza. Cuántas veces somos tentados. Cuán sutilmente se nos mete el pecado en nuestra vida, nos acecha la tentación confundiéndonos y queriendo hacernos ver como bueno lo que es malo y va contra la ley del Señor. La ley del Señor nos dignifica; el pecado nos esclaviza, aunque a veces en nuestra ceguera podamos pensar lo contrario.

Pero son, por otra parte, también las pruebas diversas a las que nos vemos sometidos; el sufrimiento que llega a nuestra vida y nos hace dudar y tambalearnos; las situaciones duras por las que tenemos que pasar en distintos momentos que nos hace rebeldes; los problemas en nosotros mismos, en nuestra relación con los demás, o al tenernos que enfrentarnos a la vida que se nos hace a veces difícil, que nos ciega, que nos llena de negrura.

¿Es un castigo del Señor el vernos sometidos a todo eso? Cuando lo miramos como castigo parece como que más pronto nos rebelamos, porque aparece nuestro orgullo, ya que a nadie le gusta que lo castiguen o que lo corrijan. Cuánto nos cuesta reconocer los errores que podamos cometer en la vida. Nos creemos tan perfectos.

¿Qué nos dice hoy la Palabra del Señor? ‘El Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos’. Pienso que corregimos a quienes amamos, porque nos gustaría que fueran mejores. Al que no amamos o no nos importa nada, nos dará igual que sea como sea. Pero sí que le importamos al Señor. Nos ama y nos ofrece el camino mejor y continuamente está señalándonos.

¿Qué quiere el Señor? Purificarnos porque la reprensión nos hace ver lo que no es bueno. La prueba que sufrimos nos hace discernir lo que es lo verdadero de lo que es falso. Y claro ese discernimiento algunas veces nos cuesta y nos duele, porque nuestro corazón se apega a muchas cosas. Y de la corrección y de la prueba tenemos que salir más fortalecidos y predispuestos a un camino de mayor santidad.

Por eso nos dice hoy la Palabra de Dios recordando lo dicho por el profeta: ‘Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes y caminad por una senda recta y llana…’ porque así caminaremos por un camino de rectitud, de salud, de salvación y santidad.

¡Qué hermoso lo que nos dice a continuación! ‘Buscad la paz con todos y la santificación, sin lo cual nadie verá al Señor’. Necesitamos esa paz entre todos, porque los pacíficos son los que verán a Dios como ya nos dijo Jesús en las Bienaventuranzas. Esa paz que nos lleva a la santificación, a que con toda nuestra vida demos gloria al Señor.

Y finalmente nos aconseja cómo tenemos que preocuparnos de los demás, preocuparnos por todos para que la gracia salvadora del Señor llegue a todos y a todos santifique y así nada malo – raíz amarga de odio y de pecado – pueda hacernos daño.

No temamos que en esa lucha contra la tentación y el pecado lleguemos a ser testigos, mártires, con nuestra sangre de esa fe y de ese amor que anima nuestra vida. Por eso nos decía: ‘Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado’.

martes, 13 de enero de 2009

Perfeccionar y consagrar con sufrimientos al autor de nuestra salvaciòn

Hebreos 2, 5-12;

Sal.115;

Mc. 1, 14-20

Cada vez que nos acercamos a la Palabra de Dios hemos de hacerlo con espíritu de fe, porque ni es un simple rito que hemos de hacer de una forma mecánica, ni una lectura simplemente de cosas bonitas. Vamos a escuchar la Palabra que Dios nos dirige y hemos de saber invocar al Espíritu divino que sea quien nos hable al corazón y nos haga comprender toda la sabiduría divina encerrada en su Palabra. Seguro que si dejándonos conducir por el Espíritu del Señor nos acercamos a la Palabra muchas serán las cosas que el Señor nos hable en el corazón y mucho será lo que lleguemos a sentir que nos pide la Palabra de Dios.

Podríamos hoy fijarnos en muchas cosas desde la carta a los Hebreos en primer lugar, el salmo responsorial que nos hace descubrir la grandeza del hombre ‘a quien Dios ha hecho poco inferior a los ángeles’, o lo que nos expresa el evangelio en ese reconocimiento por parte del espíritu inmundo de quién es Jesús – ‘sé quien eres: el Santo de Dios’, que le dice – o el poder de Jesús que provoca la admiración de las gentes.

Quisiera detenerme en esta reflexión en el mensaje – o al menos, parte – que nos trae la carta a los Hebreos. En la vida atenemos que enfrentarnos a problemas, en los que muchas veces no sabemos cómo salir adelante; hay ocasiones en que la enfermedad, nuestras debilidades y carencias nos hacen sentirnos limitados; nos vemos quizá imposibilitados por discapacidades que puedan afectarnos o quizá por lo avanzado de los años podríamos pensar qué sentido o qué valor tiene nuestra vida.

Pues aún así, creo que la madurez de nuestra vida nos hace ver el valor que tenemos en nosotros mismos más allá de lo que podamos o no podamos hacer. O también podemos caer en la cuenta que quizá esas limitaciones, esos problemas por los que tenemos que pasar, ese sufrimiento o todo eso que nos sucede, puede ser para nosotros un medio que nos ayude a profundizar en lo que somos, a crecer y a madurar como personas, a darle una mayor hondura a nuestra vida. Los problemas, los sufrimientos nos maduran y nos ayudan a ser más personas.

De eso nos ha hablado hoy la carta a los Hebreos al referirse a Jesús. ‘… a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, por quien y para quien existe todo, juzgó conveniente… perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación’.

Coronado de gloria y honor por su pasión y muerte…. Perfeccionar con sufrimientos… Como decíamos, los sufrimientos nos maduran, nos pueden ayudar a comprender sí el valor y el sentido de nuestra vida, cuando al mismo tiempo somos capaces de mirar a Jesús.

Y ya sabemos el valor redentor del sufrimiento y muerte de Jesús. Así podemos comprender también el valor de nuestra vida. Para nosotros puede y tiene que ser también un medio de santificación. Nos purifica como se purifica el oro el crisol del fuego, purificamos nuestra vida en el crisol del sufrimiento. Cómo nosotros podemos unirnos al sacrificio de Cristo y con nuestros sufrimientos y limitaciones con Cristo también podemos hacernos corredentores.