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lunes, 23 de marzo de 2026

Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

 


Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

¿Las acusaciones y condenas no podrían estar ocultando malicias y maldades que tenemos dentro de nosotros mismos y de las que no tenemos la sinceridad de reconocer? Es el primer pensamiento que llega a mi mente al escuchar ambos textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. Mucho más es el mensaje que nos quiere transmitir y del que hemos de tomar buena nota, porque nos está hablando de la misericordia entrañable de Dios que se manifiesta en Jesús.

El evangelio es bien conocido y lo habremos meditado multitud de veces, pero para nosotros tiene que seguir siendo una buena nueva que nos hace considerar lo que es la misericordia del Señor pero para que aprendamos también nosotros a actuar con la misma misericordia. No se deja de condenar el mal y Jesús le dirá a la mujer al final que no peque más, pero hemos de saber tener ojos de misericordia con el pecador, como nosotros imploramos también esa misericordia cuando nos vemos en la miseria de nuestros errores y pecados. ¿No es una cosa que continuamente le pedimos al Señor que tenga misericordia con nosotros que somos pecadores? ¿O se quedará solo en palabras pero sin llegar a saborear por nosotros mismos lo que es esa misericordia del Señor?

Muchas veces nos endurecemos tanto que perdemos lo que tiene que ser la ternura de nuestro amor. Somos exigentes con los demás lo que no somos capaces de ser con nosotros mismos porque siempre estaremos buscando disculpas ante lo que hayamos podido hacer mal. Nos cegamos tanto en la exigencia del cumplimiento de la ley, de los mandamientos, que perdemos la ternura de nuestra humanidad. Nos volvemos implacables contra los que hacen mal, como decíamos, quizás queriendo ocultar nuestros propios errores.

Es sorprendente cómo Jesús nos hace recapacitar. Ante las exigencias implacables de aquellos fariseos que pedían el cumplimiento de la ley de Moisés de apedrear a las adúlteras está la serenidad con que se manifiesta Jesús, para colmo se pone a garabatear en silencio en el suelo mientras escucha aquellos gritos para finalmente decirles que quien no tenga pecado que le tire la primera piedra. Antes de gritar y exigir detente a mirarte por dentro. Un buen criterio que habríamos de tener más presente en los avatares de cada día, en esa violencia que nos envuelve, en esa acritud con que nos tratamos, en esas exigencias con que vamos reclamando a los demás.

¿Tendremos derecho a tirar la primera piedra? Seguramente si hubiera alguien que tuviera ese derecho, que significaría una rectitud en su vida y la vivencia de unos valores que ponen por delante la dignidad de la persona a toda costa, no sería precisamente el que tirara la primera piedra. Sería una persona en verdad comprensiva y con una bondad grande en el corazón para siempre buscar y encontrar una salida antes de la condena inmisericorde.

Qué fácil parece ser el condenar, el juzgar lo que hacen las otras personas, el descalificar y querer echar abajo y hundir cualquier cosa que hagan los otros. No podemos decir que eso son cosas que no nos afectan. Seamos sinceros y miremos la realidad. Parece que eso está a la orden del día como si fuera lo que tiene que predominar. Por eso las distancias y los abismos que vamos poniendo entre unos y otros cada día se ensanchan más. En lugar de ir tendiendo puentes vamos poniendo distancias, vamos levantando murallas, vamos cerrando puertas.

Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social. Y luego decimos que trabajamos por hacer que nuestro mundo sea mejor, y lo que hacemos es fomentar rencores y desenterrar odios. ¿No nos damos cuenta de que cuando somos inmisericordes con el pecador de alguna manera al sentirse abandonado le estamos incitando a dejarse llevar por ese arrastradero en que se encuentra?

Y los cristianos que tenemos como principal mandamiento el amor ¿qué estamos haciendo en este sentido? ¿Cómo estamos promoviendo ese acercamiento de unos y otros? ¿Estaremos siguiendo el juego al mundo cuando quizás entre nosotros seguimos marcando a las personas por errores que hayan cometido alguna vez en su vida? ¿Dónde está de manera efectiva la misericordia de la que hacemos gala? Muchas heridas siguen sin sanarse con las cicatrices muy marcadas. Es hora de curar de verdad el corazón. 


lunes, 8 de diciembre de 2025

Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso, hoy viene a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María

 


Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso, hoy viene a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 97; Efesios 1, 3-6. 11-12;  Lucas 1, 26-38

‘¿Dónde estáis?’ Permítanme decirles que esto me recuerda aquellas chiquilladas que de niños hacíamos, pero tras el momento del entusiasmo de juego y de nuestras diabluras nos sentíamos pesarosos y renuentes a entrar a casa, o si lo hacíamos poco menos que nos escondíamos en el último cuarto temiendo el encuentro con nuestra madre. ¿Dónde estás?, era el grito con el que nos llamaba y al que evitábamos responder; nacían las desconfianzas, las culpabilidades y las culpabilizaciones, el miedo temeroso al castigo aunque al final tuviéramos que afrontar las consecuencias.

Es lo que nos relata el libro del Génesis en aquellas primeras páginas de la historia humana que pronto se llenan de sombras. Tras la desobediencia viene el respeto, y aunque Dios viene al encuentro del hombre, como dice tan bellamente, a la hora de la brisa de la tarde, Adán y Eva se han metido en lo más profundo del jardín. ‘Me dio miedo y me escondí’, fue su respuesta; se habían dado cuenta que aquello que le había prometido el tentador se quedaba en un vacío, se dieron cuenta de que estaban desnudos y les entró la vergüenza ciñéndose con unas hojas de higuera.

Es nuestra realidad y la realidad de la humanidad. Cuando el orgullo domina la vida del hombre a continuación aparecerán las oscuridades y los miedos; ya no nos mostraremos con la misma libertad los unos a los otros en unas relaciones verdaderamente humanas apareciendo todo un mundo de hostilidades; nos sentiremos abrumados por la culpa, pero pronto buscaremos disculpas para nosotros pero otros a quien echar la culpa; un abismo frío de muerte se mete por medio de nuestras relaciones y el amor deja de ser el rail por donde camine nuestra vida, porque aparecerán los intereses y las divisiones; dejaremos de sentir la felicidad de la vida y todo hasta lo más esencial para la vida se convertirá en carga pesada sobre nuestros hombros de lo que siempre querremos liberarnos.

¿Pero eso se quedará ahí sin remedio como un peso muerto para siempre o habrá algún destello de esperanza de que todo eso un día pueda cambiar? Dios nos sale al encuentro como lo hizo un día con Adán y Eva en el paraíso después de su pecado. Y es lo que hoy celebramos y contemplamos. La historia de la salvación en ese venir de Dios a nuestro encuentro, aunque muchas veces nosotros sigamos escondiéndonos o haciéndonos oídos sordos a sus llamadas.

Así llegó el ángel de Dios a Nazaret, como hoy escuchamos en el Evangelio. En el lenguaje bíblico se habla con frecuencia de esa visita de los ángeles, como una manera de expresarnos esa visita de Dios. Diríamos que es una forma de expresar esa cercanía y no sentirnos abrumados por la inmensidad de Dios, de manera que los antiguos pensaban que quien veía a Dios moría. Por eso en aquellas manifestaciones grandiosas de Dios con el pueblo que camina por el desierto y en el Sinaí, le piden a Moisés que les hable en nombre de Dios, porque sea Moisés el que tenga ese encuentro cara a cara con Dios. Así resplandecía luego su rostro, como se nos señala en la Biblia.

Pero en aquella visita del ángel de Dios en Nazaret, María no se escondió, no tuvo que preguntar el ángel, ‘¿dónde estás?’ porque aunque María se siente sobrecogida por las palabras del ángel no rehuye su presencia y se queda en diálogo con él. Aunque siente su pequeñez e indignidad, aunque no termina de entender todo lo que el ángel de parte de Dios le está trasmitiendo María dice sí, María, aunque humilde esclava del Señor, acepta que se cumpla en ella cuanto el Señor le manifiesta. ‘Hágase en mi según tu palabra’, será su respuesta final.

Dios sigue abriendo caminos para venir a nuestro encuentro y María se convierte para nosotros en modelo y ejemplo de cómo ponernos en ese camino de Dios empezando por acogerle en nuestra vida, no hacernos sordos a su llamada y a su presencia. Necesitamos aprender, necesitamos entrar en esa sintonía de Dios, necesitamos abrir los oídos y las puertas de nuestro corazón porque el Dios que viene a nosotros es un Dios de amor. Habremos hecho tantas veces en nuestra vida esas chiquilladas que ponen en nosotros esa tendencia a escondernos, a rehuir nuestra culpa o a buscar a quien culpabilizar; tenemos que ser conscientes de nuestra desnudez y de nuestro vacío cuando estamos sin Dios, cuando queremos caminar en la vida sin seguir las sendas de Dios, sino creyéndonos nosotros dioses. Ha dejado Dios el mundo en nuestras manos, como lo hizo con Adán y Eva, a pesar de que es bien palpable nuestra debilidad y los desvíos que tantas veces se producen en nuestro corazón, pero Dios sigue queriendo confiar en nosotros, en la humanidad; pero no olvidemos una cosa, Dios se pone a nuestro paso para que no nos falte esa luz; a nosotros también el ángel del Señor nos dirá que Dios está con nosotros; Jesús nos lo ha prometido y eso no fallará.

Miramos hoy a María abriendo su corazón a Dios y aceptando el plan que Dios tiene para ella. ¿Seremos capaces nosotros de abrir así nuestro corazón y aceptar el plan de Dios para nosotros? este camino de Adviento que estamos haciendo es una buena oportunidad para pensar en ello y que esta próxima venida del Señor a nosotros en esta navidad que vamos a celebrar sea también el comienzo de una humanidad nueva. Es una esperanza que queremos hacer vida en nosotros.

Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso. Hoy nos está saliendo a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María.

 

lunes, 22 de enero de 2024

El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

 


El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Una página dura la que nos presenta hoy el evangelio, pero como siempre el evangelio es un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo; siempre es buena noticia de salvación. A muchas cosas nos puede llevar a reflexionar.

Por una parte ese rechazo blasfemo que hacen de Jesús los escribas y fariseos que han bajado de Jerusalén a Galilea tratando de controlar aquello nuevo que ha surgido y que a ellos les produce tanto escándalo. Rechazan la buena nueva de Jesús, rechazan su obra, no son capaces de descubrir la obra y la mano de Dios en lo que Jesús realiza, por eso llegan a la blasfemia de decir que lo que Jesús realiza es obra del espíritu maligno.

Pero la respuesta de Jesús, las palabras de Jesús tratan de ser conciliadoras; quiere hacerles comprender la incongruencia de sus planteamientos; como nos dice Jesús un reino dividido está abocado a la muerte y a desaparecer; ¿cómo puede el espíritu maligno actuar en contra de si mismo? Lo que Jesús está haciendo es expulsar al maligno de la vida de las personas, para que sea en verdad Dios el que reine en nuestra vida. Pero no llegarán a comprender.

‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa’. Ahí están las palabras de Jesús.  

Por eso, esa parte dura de las palabras de Jesús que les dice que quienes niegan la acción del espíritu Santo no tendrán perdón. Se ha de comprender que para recibir el perdón hay que reconocer el pecado, reconocer el mal que hay en nuestra vida y del que Jesús con el perdón nos quiere liberar; si no hay arrepentimiento, y arrepentimiento es reconocimiento del pecado y querer cambiar nuestra vida para entrar en una órbita nueva, no habría entonces perdón. Si negamos la acción del espíritu del que nos viene el perdón de Dios, tampoco habría perdón. Es necesaria esa conversión de la que Jesús nos está hablando continuamente.

Todo esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio no es una cuestión que vemos planteada solo en aquellos momentos. Es algo actual. ¿De alguna manera no estaremos negando en nuestra sociedad actual esa realidad del pecado? Cuánto nos cuesta reconocerlo, nadie tiene pecado, nadie quiere reconocer que es pecador. Y hablaremos de errores o de debilidades, está bien si lo queremos decir así, pero ¿por qué negar la culpabilidad que nosotros podamos tener en nuestro pecado en lo que hemos obrado mal? No nos queremos sentir culpables, todo lo tratamos de disculpar, claro en lo que nos atañe a nosotros, porque bien que nos fijamos en lo que hacen mal los demás y bien que los queremos hundir en su mal. Y por supuesto en la práctica de nuestra vida hasta hemos ido desapareciendo el concepto del demonio o de Satanás del que ya no queremos oír hablar.

Y es que por otra parte olvidamos nuestra relación con Dios, con buscar lo que Dios quiere y hacer su voluntad. Olvidamos o dejamos de lado los sentimientos religiosos más profundos de la persona; es cierto que se mantienen ciertas religiosidades populares que muchas veces las reducimos a unas costumbres, unas tradiciones o un folclorismo.

Veamos y reconozcamos cómo en nuestra sociedad se han ido transformando expresiones religiosas en meras costumbres populares y que cuando incluso las celebramos le hemos mermado las expresiones religiosas más profundas. Las fiestas religiosas que marcaron el calendario de nuestra vida son ahora fiestas populares a las que incluso les hemos cambiado su nombre por fiestas de la primavera o del invierno o de no sé que nombres nos inventamos. ¿En que hemos convertido incluso nuestras celebraciones de Semana Santa? Repasemos todo lo que la rodea con sus publicidades y veamos en qué la hemos convertido.

 

lunes, 27 de marzo de 2023

Aprendamos de una vez por todas a no apedrear a nadie con nuestros juicios y condenas, sensibilicemos nuestro corazón para hacerlo compasivo y misericordioso

 


Aprendamos de una vez por todas a no apedrear a nadie con nuestros juicios y condenas, sensibilicemos nuestro corazón para hacerlo compasivo y misericordioso

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

¿Quiénes somos nosotros para saber y para juzgar lo que sucede tras las puertas en el interior de una casa? La discreción, el respeto a la intimidad de cada hogar y de cada familia ha de marcar nuestra línea de actuación, y no somos nadie para averiguar ni para juzgar lo que se vive en cada familia. Esto que es muy importante y básico en el respeto de nuestras mutuas relaciones lo hemos de referir a la conciencia de cada uno; nada sabemos de lo que hay en el interior de la persona, ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y condenar?

Esto que nos vale para ese respeto que hemos de tener a toda persona, también nos tiene que hacer pensar en las tragedias de sufrimiento que puede haber tras cada mirada; miradas, es cierto, que algunas veces son gritos a voces, aunque no oigamos los sonidos, desde esas tragedias del interior de cada persona, pero donde no podemos entrar sin que nos abran su corazón. A varias cosas nos puede llevar, pues, esta consideración de lo que hay en el interior de cada persona. Como también ha de hacernos mirar con sinceridad nuestro interior y lo que nosotros encerramos, para actuar en consecuencia con misericordia y compasión con los demás. Dios es quien en verdad puede conocer nuestro corazón, pero también El nos respeta esa sacrosanta libertad que nos ha concedido.

Hoy nos habla el evangelio de que estando Jesús en el templo enseñando, después de venir de Betania donde había ido en la noche a descansar, los fariseos le traen a una mujer que ha sido sorprendida en adulterio. Es cierto que ahí está su pecado, para que el que la ley de Moisés era muy dura, pues la mujer adúltera había de ser apedreada. Pero aquellos dirigentes de Israel que buscaban motivos por todas partes para desprestigiar e incluso condenar a Jesús por lo que hacía y decía, la traen ante con la malicia de sus intenciones.

¿Conocía Jesús el drama que en aquellos momentos estuviera viviendo aquella mujer que así se ve condenada poco menos que irremediablemente? Pero conocía Jesús también las aviesas intenciones de aquellos acusadores y la maldad que pudiera haber en sus corazones. Hay silencios que se hacen dolorosos y producen mucha inquietud. Jesús se ha quedado en silencio y agachado en el suelo, como quien anda distraído se ha puesto a dibujar en la tierra. Será el silencio que está traspasando el corazón de aquella mujer, pero es el silencio que les duele a los acusadores que parece no verse secundados por Jesús en lo que son sus peticiones.

Insisten y reclaman, pero Jesús tiene una sola palabra dirigiéndose a todos. ‘El que esté sin pecado que le arroje la primera piedra’. Querían enfrentar a Jesús con el cumplimiento o no de la ley de Moisés, pero Jesús les hace enfrentarse cada uno a su propia conciencia. ¿Quién con sinceridad puede decir que no tiene pecado? Poco a poco se va despejando el patio, porque uno a uno comienzan a desaparecer de escena comenzando por los mayores. Si miramos con sinceridad nuestra conciencia, nuestra propia vida, ¿cómo es que no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás si somos tan pecadores como ellos?

Por algo Jesús nos había enseñado que teníamos que ser compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo. ¿Cómo podremos decir con sinceridad la oración que Jesús nos enseño si no somos capaces de ser misericordiosos con los demás para ofrecerles generosamente nuestro perdón? ¿Podremos decir en verdad, ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’ si guardamos rencor en el corazón y no perdonamos a los que nos han ofendido?

‘¿Nadie te ha condenado, mujer? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Es el final del episodio que está encerrando tantas enseñanzas para nuestra vida. Tendríamos que tenerlo muy en cuenta porque aun seguimos apedreando en la vida, porque seguimos con nuestros juicios y condenas, porque seguimos endureciendo el corazón.

jueves, 12 de mayo de 2022

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio


 

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Sal 88; Juan 13, 16-20

En las costumbres y hasta normas sociales con las que nos vivimos y relacionamos los unos con los otros tenemos una multitud de recursos, llamémosles así, en los que actuamos por la mediación de los demás o como mediación de los demás, que incluso se han traducido en normas legales que le dan como mayor autoridad y validez a esas mediaciones; gentes que actúan por poder, abogados que nos representan y hablan en nombre nuestro o defienden nuestros intereses, portavoces de grupos o de familias en diversas situaciones y así muchas cosas más en este sentido. Quien actúa como mediador o en representación no se puede atribuir papeles o poderes que superen a quien es representado, ni podrán actuar en contra o por encima de los intereses de dichas personas que representan. Así nos damos cuenta, que además hasta legalmente está establecido cual es la verdadera medida de esa representación.

Digo esto como ejemplo y me viene a la memoria al escuchar las palabras hoy de Jesús. ‘El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Primero recordemos el hecho del que parten estas palabras de Jesús. El episodio es el comienzo de la cena pascual. Jesús se ha quitado el manto, se ha ceñido la toalla y se ha puesto a lavar los pies de los sorprendidos discípulos. Y cuando termina recordándoles que le llaman el Maestro y el Señor y en realidad lo es, sin embargo ha sido capaz de arrodillarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. Y de ahí el comentario de las palabras de Jesús que hemos recordado.

En el texto que hoy se  nos ofrece en la liturgia de este día Jesús terminará diciéndonos que somos sus enviados. Quien recibe el enviado, recibe al que lo envía, y así Jesús nos dirá como estamos recibiendo a Dios. Es un nuevo y distinto sentido de mediación. No es simplemente que vayamos con unos poderes legales, como al principio comentábamos, aunque Jesús cuando envía a sus discípulos les da sus mismos poderes para anunciar la Buena Nueva, para curar enfermos y para arrojar demonios. Y es que sintiéndonos enviados de Jesús en la misión que se nos confía y que tenemos que realizar, estamos convirtiéndonos en algo más, estamos convirtiéndonos en signos de la presencia de Dios.

Esto es serio y es grandioso. Es cómo tenemos que ver nuestra misión. Es darnos cuenta de lo que nosotros tenemos que realizar en medio del mundo. Somos algo más que unos portavoces porque nuestra vida y nuestra palabra tienen que convertirse en ese signo de la presencia salvadora del Señor. Es grandiosa la misión que se nos está confiando, es de seria responsabilidad la misión que estamos asumiendo; es lo que tiene que brillar en nuestra vida. Es el cuidado también de lo que nuestra palabra tiene que pronunciar y lo que nuestras obras tienen que realizar. No nos podemos alejar del evangelio de Jesús, no nos podemos alejar del mensaje del Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, nos dice Jesús. La iglesia tiene que escuchar en sí misma estas palabras de Jesús. El criado no es mayor que su amo, ni el enviado mayor del que lo envía. ¿Lo habremos tenido en cuenta siempre? ¿No nos contagiaremos del espíritu del mundo y algunas veces porque actuamos como iglesia o en nombre de la Iglesia, se nos habrán subido los humos y nos habremos creído poco menos que dioses?

Es un peligro y es una tentación. Es la tentación del poder, de la búsqueda de grandezas humanas, de querer ponernos a la altura de los poderes del mundo, y algunas veces nos hemos confundido y hemos querido quizá ser mayores que nuestro maestro.

¿No habremos querido hacer y deshacer a nuestro antojo en muchas de las cosas que llamamos pastorales y que en la Iglesia o en su nombre realizamos? ¿Habrá sido siempre la Iglesia imagen del servicio a los demás y a ejemplo de Jesús que se arrodilló ante de los discípulos para lavarles los pies? Puede haber sido nuestro gran pecado.

Tenemos que escuchar con corazón humilde, con corazón abierto la palabra de Jesús.

domingo, 3 de abril de 2022

La tarea del cristiano, la tarea de la Iglesia como la de Jesús de ser signo de la misericordia de Dios que levanta y rehabilita al pecador llenándolo de nueva vida

 


La tarea del cristiano, la tarea de la Iglesia como la de Jesús de ser signo de la misericordia de Dios que levanta y rehabilita al pecador llenándolo de nueva vida

Isaías 43, 16–21; Sal 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11

Si en la vida nos miráramos más a nosotros mismos con sinceridad otras serían nuestras actitudes tantas veces condenatorias para con los demás, se desinflaría pronto la violencia de la condena y comenzaríamos más a tender la mano para ayudar a levantarse al caído como nos gustaría que nos dieran la mano para hacer nuestro propio camino de retorno. No somos sinceros para mirarnos, no somos humildes para reconocer que necesitamos esa mano tendida, no tenemos la valentía de ponernos a dar los pasos del retorno de las miserias en que nos vemos envueltos, seríamos más generosos con los demás para caminar a su lado en esa difícil tarea y camino de rehacer una vida rota.

Es lo que nos ofrece hoy el evangelio en este quinto domingo de cuaresma. Es el paso final para el encuentro definitivo con la misericordia; es el duro momento quizá en que nos vemos hundidos pero que se convierte en un momento de esperanza cuando sentimos la mirada misericordiosa del Señor sobre nosotros.

¿Nos habremos preguntado de verdad cómo se sentiría aquella mujer que fue arrojada a los pies de Jesús casi con una sentencia de condena ya prefijada? Era mucho más que la vergüenza de verse señalada con el dedo y acusada; era el peso de la muerte de la que le parecía que no se libraba. Y ese momento que se convierte en un momento supremo para la persona contemplaría su vida y sus errores, contemplaría su pecado y todo lo que la había arrastrado hasta ese momento. Los gritos de sus acusadores le taladraban no solo sus oídos, sino que se sentiría desgarrada hasta lo más hondo de sí misma.

Pero se hizo silencio. Cesaban los gritos de los acusadores y se esperaba la palabra final. Quien parecía que tenía esa palabra también guardaba silencio aunque ahora se palpaba que todas las miradas se dirigían a El, a Jesús, que agachado hacía garabatos en el suelo. Algún nuevo grito rompía aquel silencio y al final se escuchó la palabra de Jesús. ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Y el silencio volvió a envolver aquellos momentos roto por unos pasos silenciosos que se arrastraban alejándose del lugar.

Ahora Jesús sí la miraba. ‘¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?’ Tímidamente como quitándose un peso de encima finalmente se oye la voz de la mujer. ‘Ninguno, Señor’. Y en los ojos de Jesús pudo contemplar aquella mujer lo que era la misericordia de Dios. Una mirada que la levantaba y no ya de aquel suelo donde la habían arrojado, sino del infierno en que ella misma se había metido. Una mirada de vida que rehacía la vida, una mirada de amor que llenaba de esperanza el corazón, una mirada intensa que rehabilitaba y ponía en camino. ‘Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.

Qué nuevos caminos se abren cuando nos encontramos con la misericordia del Señor. Pero, como decíamos, tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos con sinceridad y con mucha carga de humildad. Es así cómo experimentamos la misericordia de Dios en nuestra vida; será así cómo aprenderemos a mirar con ojos de misericordia al hermano que camina a nuestro lado comenzará a surgir una nueva sensibilidad en el corazón.

Cuando en verdad nos sentimos amados de Dios nuestro corazón se llena de una nueva ternura que se va a traslucir en actitudes nuevas para con los demás, en gestos de verdadera misericordia con el hermano, en manos tendidas para levantar, para ayudar a rehabilitarse, para saber caminar al lado del otro, para ofrecer nuevas oportunidades, para creer de verdad en la persona y en todas sus posibilidades.

Lo tenemos que experimentar en nosotros mismos dejando que cale en nosotros esa mirada de amor que Jesús nos ofrece porque así sentimos tantas veces el amor y la misericordia de Dios; ese amor de Dios que rehace nuestra vida por muy rota que la tengamos, ese amor de Dios que sigue contando con nosotros a pesar de nuestras flaquezas y debilidades tantas veces repetidas; ese amor de Dios que nos transforma para que nosotros seamos esos instrumentos de la misericordia de Dios para con los demás.

Porque esa tiene que ser nuestra tarea; esa es la buena noticia que nosotros hemos de transmitir a los demás; esas han de nuestras nuevas actitudes, nuestros nuevos gestos con los que iremos ayudando a los demás, ese nuevo corazón con el que nos acercaremos siempre a los otros. Esa ha de ser siempre la tarea de la Iglesia, Iglesia de misericordia y de compasión, Iglesia que camina junto al mundo para iluminarla con su luz, Iglesia que tiene que acercarse siempre al hombre pecador, no para lanzar la piedra de la condena, sino para tender el brazo en que se apoye para levantarse e iniciar nuevo camino.

¿Sabremos hacerlo siempre así? ¿Lo hará siempre así la Iglesia con el hombre pecador o con el mundo lleno de pecado? Es un reto muy grande el que tenemos entre manos.

jueves, 16 de septiembre de 2021

La falta de amor en el corazón nos impedirá entender lo que es la misericordia y el perdón y cerrará nuestros ojos a la mirada nueva que hemos de tener hacia los demás

 


La falta de amor en el corazón nos impedirá entender lo que es la misericordia y el perdón y cerrará nuestros ojos a la mirada nueva que hemos de tener hacia los demás

1 Timoteo 4, 12-16; Sal 110;  Lucas 7, 36-50

Nos sucede a veces que nos cruzamos con alguien con quien no nos gustaría tropezar, es más, que no nos gustaría que nos viesen con esa clase de personas; nos parecen mala sombra, la rehuimos, o nos hacemos los distraídos como si no las hubiéramos visto a ver cómo pasamos desapercibidos; que no se lo ocurra a aquella persona detenerse junto a nosotros, saludarnos o decirnos algo, pasaríamos un mal trago. Intentamos, quizás, que nadie se de cuenta, tratamos de disimular lo más posible, pero de alguna manera estamos huyendo de aquella persona, o más bien, queriendo desterrarla lejos de nosotros mismos.

Su mala fama, su conducta desordenada, algunas cosas muy escandalosas de las que la han acusado aunque realmente no tenemos pruebas ni seguridades de que lo que se dice de ellas es cierto, pero nosotros nos precavemos, mejor, como si no las hubiéramos visto. Aunque quizá tendríamos que preguntarnos ¿qué sabemos del interior de esa persona? ¿Cuáles pueden ser las tragedias que esté padeciendo en su interior o incluso también en los desaires que recibe de los demás? Nada sabemos ni parece que nos pueda interesar.

¿Sería así el mal trago que estaba pasando Simón el fariseo en aquella comida en que tanto interés había tenido que fuera Jesús? ¿Lo estarían pasando mal de la misma manera el resto de comensales, amigos del fariseo y probablemente de su mismo partido? La comida parecía que se iba a desarrollar dentro de lo normal, pero de repente aparece aquella mujer que nadie sabe cómo llegó hasta la sala de comensales que se puso de rodillas a los pies de Jesús lavándoselos con sus lágrimas y ungiéndolos con costoso perfume. Todos sabían quién era aquella mujer en aquella ciudad y la fama que la acompañaba; estarían pasando un mal rato porque parecía que todo el festejo de aquel almuerzo se estaba viniendo abajo.

Y eso es lo que estaba pensando en su interior el anfitrión de aquella comida. Si éste (Jesús) supiera quien es esta mujer… no le dejaría hacer lo que está haciendo. Pero Jesús le está leyendo los pensamientos. No hacía falta ser muy adivino viendo los rostros de circunstancias que todos estaban poniendo, aunque Jesús bien conocía el corazón de aquellas personas. Por eso es Jesús el que se adelanta para proponerle a Simón una pequeña parábola, los dos deudores que debían a su amo determinadas cantidades y a quienes su amo condonó la deuda en la generosidad de su corazón. ¿Cuál estará más agradecido? Seguro que aquel a quien se le perdonó más.

Y ahora es Jesús el que hace que todas las miradas se dirijan a aquella mujer. De alguna manera pone en un feo al anfitrión de la comida, porque no ha cumplido con los protocolos normales para esas ocasiones, de ofrecer agua y perfume a su huésped como signo de hospitalidad además del correspondiente saludo. Y Jesús le viene a decir que aquella mujer ha hecho todo lo que Simón había descuidado hacer. Pero que si aquella mujer lloraba hasta bañar sus pies es porque el amor de su corazón le hacía reconocer lo que había sido su vida y su pecado. Y a aquella mujer que estaba amando mucho, se le perdonaban sus muchos pecados.

Ya sabemos las reacciones de aquellos fariseos que no dan el brazo a torcer y no entienden de lo que es la misericordia. Les falta amor en su corazón y no entenderán nunca lo que es el perdón. Pero ahí queda el gesto de Jesús que nos tiene que hacer pensar, en nuestras discriminaciones y en nuestros juicios, en la hipocresía de nuestra vida y en las fáciles condenas que hacemos de los demás sin fijarnos en la viga que llevamos en nuestro ojo.

Un buen toque de atención que nos hace Jesús que nos hace mirar de manera nueva a los demás. Como decíamos antes no sabemos lo que hay en el interior del corazón de la persona, pueden estar las negruras que se van acumulando a lo largo de la vida, pero pueden estar también los buenos deseos que nos hacen levantarnos, pueden estar las tragedias que sufrimos a consecuencia de nuestros errores, pero puede estar también la intensidad del amor que ahora queremos poner porque queremos algo nuevo para nosotros.


lunes, 6 de septiembre de 2021

Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

 


Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11

Cuántas veces nos sucede que hay personas en nuestro entorno que nos pasan desapercibidas; estamos en una reunión, hay muchas personas que aportan sus ideas, participan en el diálogo y discusión de los temas que tratamos, pero quizás allá por algún rincón hay alguien callado, que quizá no se atreve a hablar apabullado por la palabrería de los que mucho hablan, y casi no nos enteramos de su presencia. Gentes quizá que se autoexcluyen de la participación, gente que se siente poca cosa y cree que poco tiene que aportar, gente que quizá anulamos y no tenemos en cuenta y de alguna manera vamos dejando a un lado.

Pero hay otro aspecto también por el que anulamos a las personas; las vemos quizás con alguna limitación o deficiencia física o discapacidad de algún tipo y siempre nos encontraremos razones para no tenerlos en cuenta; ¿lo hacemos conscientemente? Casi nos hemos acostumbrado a tener a esas personas al margen porque nos podemos creer que son una carga para nosotros, porque para que puedan hacer algo siempre tendríamos que estarle prestando nuestra ayuda y eso, pensamos, nos restaría posibilidades de todo lo que quisiéramos hacer. Es cierto que la sociedad de alguna manera se ha despertado y personas así han comenzado a creer en sí mismas y reclaman su participación más activa y viva en la sociedad, y también en la Iglesia.

Me ha dado pie para toda esta reflexión que me voy haciendo algo que nos dice el evangelio y que también casi nos puede pasar desapercibido. Cuando comentamos este pasaje del evangelio normalmente nos fijamos en algo que puede ser, es cierto, mensaje principal, que es toda la relacion con el día del sábado y de su descanso. Por ahí arranca el texto cuando los fariseos y los escribas estaban al acecho de lo que iba a hacer Jesús, puesto que era sábado cuando habían ido a la sinagoga.

El evangelista, sin embargo, nos dice que Jesús fijándose en un hombre que estaba allí en cualquier rincón y tenía una mano paralizada, lo llamó y lo puso en medio. Viene, algo así, Jesús a convertirlo en protagonista del momento, cuando aquel hombre quizá lo que quería era pasar desapercibido. Bien sabemos el concepto que se tenía entonces de que una enfermedad o cualquier limitación que hubiera en la vida era un castigo de Dios por algún pecado. Justo podría parecer que tratara de ocultarse para no verse denunciado por su pecado. Recordamos aquella pregunta que se hacían los discípulos cuando lo del ciego de las calles de Jerusalén, ‘¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?’

Pero Jesús quiso ponerlo allí en medio. Es un desafío de Jesús frente a todos aquellos que estaban al acecho. Allí estaba la pregunta de Jesús sobre qué es lo que se puede hacer el sábado. ¿Qué es lo que habría de prevalecer, la misericordia y la compasión o el estricto cumplimiento de la ley? ¿Importaba de verdad la persona o a la persona se le tenía que dejar en su sufrimiento?

Jesús lo puso allí en medio para que aprendamos a valorar a la persona, tenerla en cuenta, dejarle su protagonismo, hacer relucir y destacar sus valores que estarán siempre por encima de sus limitaciones. La curación que realizó Jesús va mucho más allá de que recobrara el movimiento de su mano, porque lo que Jesús en verdad le estaba haciendo recobrar era su dignidad.

Curar es arrancar a la persona de todo modo de vida indigna, es arrancar a la persona de la marginación y el desprecio, de ese hundimiento en el que vive cuando se cree que nada vale o que nada puede aportar; curar es hacerle creer en sí misma, hacerle descubrir sus posibilidades y sus valores, es comenzar a tenerla en cuenta y escucharle y darle su lugar que le corresponde en la sociedad en la que vivimos. Curar no es hacer nosotros las cosas en su lugar movidos por una compasión mal entendida – con nuestras prisas y carreras siempre queremos acabar pronto y preferimos hacerlo nosotros para terminar antes -, sino estimularle para que sea capaz de poner su mano, de su poner su esfuerzo, de decir su palabra, de prestar su aportación, porque eso le hace recobrar su dignidad.

Jesús lo puso allí en medio, ¿a cuántos tendremos nosotros que comenzar a poner también en medio?

lunes, 22 de marzo de 2021

De ahí, de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo, surgirá su palabra y su gesto… yo tampoco te condeno, vete y no peques más

 


De ahí, de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo, surgirá su palabra y su gesto… yo tampoco te condeno, vete y no peques más

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Qué reconfortante es la Palabra de Dios, cómo nos llenan por dentro haciéndonos sentir las mejores alegrías, cómo nuestro corazón se llena de esperanza, de una esperanza nueva que nos hace ya pregustar como una vida nueva en nosotros. Si con sinceridad vamos caminando nuestra vida siendo conscientes de cómo estamos llenos de debilidades, se suman una y otra vez nuestros errores y tropiezos, contemplar esta escena del evangelio nos hace sentirnos impulsados a algo nuevo, a gozar en nuestro interior por la alegría que vivió aquella mujer pecadora pero nos hace sentirnos a nosotros también como revitalizados con lo nuevo que nos ofrece Jesús con su generoso perdón.

Es cierto que ambos pasajes que nos ofrece hoy la Palabra de Dios nos sugieren multitud de cosas que con el evangelio tendrían una iluminación nueva. Nos habla de dos mujeres, una realmente pecadora porque es cierto que ha sido sorprendida en flagrante adulterio, la otra es una mujer que se siente acosada por el machismo y la maldad de aquellos hombres que incluso por lo que representaban tendrían que haberse comportado con mayor dignidad.

Por eso, de alguna manera se sugieren multitud de temas que hoy están muy candentes en nuestra sociedad como lo es la discriminación de la mujer, el maltrato y el acoso sexual de la mujer, la violencia a que son sometidas y que son noticias casi de cada día también en el hoy de nuestra sociedad. Ambos textos reflejan y denuncian multitud de situaciones que aun hoy siguen sucediendo en nuestra sociedad actual.

Vaya al menos esta constancia que dejamos con nuestro comentario y que sea también de denuncia de lo que hoy sigue sucediendo. Muchas discriminaciones, malos tratos y violencias seguimos constatando en nuestra sociedad en este sentido. Y es precisamente el evangelio el que nos está pidiendo actitudes nuevas, un cambio radical de nuestras tradiciones y costumbres que tanto se necesita en nuestra sociedad de hoy para que toda persona sea siempre valorada y respetada en toda su dignidad.

Sin dejar de tener muy presente todo esto que venimos comentando hoy queremos subrayar en este texto del evangelio lo que es la misericordia compasiva del Señor para todos los pecadores. Como decíamos nos reconforta, hace renacer la esperanza en nuestros corazones. Sabemos que no tenemos que cargar para siempre con nuestro pecado porque el Señor se adelante misericordia para venir a nuestro lado tendiéndonos la mano que nos levanta, que nos hace llegar su misericordia y su perdón, siempre pone su esperanza en nosotros – porque Dios sigue creyendo en el hombre, mucho más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos – y es posible comenzar una vida nueva sin la carga eterna de nuestro pecado.

Nos enseña, sí, actitudes nuevas que hemos de tener con los pecadores. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar si nosotros somos también pecadores? Ojalá aprendiéramos la lección que muchas veces nos cuesta tanto aprender. Qué prontos somos para el juicio y la condena. Cuánto nos falta de generosidad en nuestro corazón y nos volvemos mezquinos con nuestras discriminaciones y condenas.

‘El que no tenga pecado, que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús. Era cierto, aquella mujer había sido sorprendida en adulterio y podría merecer la condena y el castigo, aunque tendríamos que preguntarnos donde está el adultero que pecó con ella. Pero la misericordia tiene que aflorar primero que cualquier otro sentimiento. Una misericordia que va a hacer de la conciencia de que somos pecadores y de cuantas veces hemos necesitado nosotros del encuentro con ese corazón misericordioso que nos ofreciera su amor y su perdón.

Quienes has experimentado el amor en sus vidas, porque se sienten amados a pesar de sus debilidades, con esa misma misericordia tienen que saber tratar al hermano.  En aquella ocasión todos se fueron escabullendo, pero tantas veces nosotros no nos escabullimos sino que seguimos allí apuntando con nuestro dedo.

De ahí de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo surgirá su palabra: ‘¿Nadie te ha condenado? Pues yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.

viernes, 26 de junio de 2020

Los leprosos se veían obligados a vivir confinados, pero tendríamos que pensar en los que realmente hoy en nuestra sociedad viven una situación también de confinamiento



Los leprosos se veían obligados a vivir confinados, pero tendríamos que pensar en los que realmente hoy en nuestra sociedad viven una situación también de confinamiento

2Reyes 25, 1-12; Sal 136; Mateo 8, 1-4
Nos habla hoy de un leproso, y de un leproso que se atreve a acercarse hasta Jesús para pedirle que tenga misericordia con él y lo cure. Ya conocemos todo cuanto sucede y el breve diálogo entre Jesús y el leproso. Pero quería fijarme en este aspecto que hemos mencionado de que se atreve a acercarse hasta donde estaba Jesús.
En tiempos de confinamiento como los que estamos es bueno subrayar este aspecto. En el mundo antiguo toda enfermedad era como un castigo de Dios. ‘¿Quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego?’ recordamos que le preguntaban los discípulos de Jesús en las calles de Jerusalén cuando con aquel ciego de nacimiento que pedía limosna que era el destino más pronto de los ciegos para poder sobrevivir. ¿Una maldición de Dios? algo así pensaban y mucho más de aquellas enfermedades que eran propensas al contagio. Los leprosos se veían marginados totalmente de la sociedad porque tenían que vivir en lugares apartados, no podían acercarse ni permitir que nadie se acercara a ellos. Así los vemos habitualmente en el evangelio.
‘Ni este pecó ni sus padres para que naciera ciego, sino para que se manifieste la gloria de Dios’, respondería Jesús en el caso del ciego de nacimiento de Jerusalén cuya curación también iba a producir tanto revuelo entre los judíos. Ahora solo hay el gesto de Jesús que extiende su mano y que dirá ‘quiero, queda limpio’.
Aquel hombre no teme, no tiene vergüenza de reconocer su enfermedad, que le llevaba incluso a una situación de impureza legal. No se esconde, no se queda lejos, se mete en medio de la gente arriesgándose incluso a que pudieran apedrearle, no teme el rechazo de nadie ni menos de Jesús. En su concepto también incluso podría considerarse pecador aunque no supiera cual era su pecado, pero si conocía su sufrimiento, pero allí va con esa impureza legal, con esa enfermedad propensa al contagio, pero se postra ante Jesús. En El tiene toda su confianza.
¿Habrán situaciones semejantes entre nosotros? y al hablar de situación semejante pienso en todo lo que era el sufrimiento de aquel hombre alejado de la sociedad, discriminado y despreciado por todos, que llevaba a la inmensa mayoría a esconderse de los demás y refugiarse en aquellos lugares de muerte que les estaban reservados. Normalmente es cierto que decimos que sentimos compasión por los enfermos, pero pensemos si acaso entre nosotros pudiera haber actitudes un tanto parecidas a lo que vemos reflejados en aquel mundo antiguo.
¿No tendremos también muchos miedos ante todo lo que signifique sufrimiento y soledad? O también quizá tendríamos que preguntarnos a cuantos condenamos a la soledad porque tienen unas limitaciones físicas o síquicas, porque son dependientes y ya pesa sobre ellos la debilidad de los años. Es cierto que van surgiendo en la sociedad diversas instituciones y organismos que dicen cuidar y preocuparse por estas personas discapacitadas y dependientes por sus limitaciones físicas o síquicas o por sus muchos años, pero ¿no significará una condena de soledad que desde nuestras familias, desde el funcionamiento de la sociedad estamos haciendo de todas esas personas? No tenemos tiempo, no hay lugar en nuestros hogares modernos o en nuestros pisos pequeños, no somos capaces de hacer por ellos desde la cercanía de una familia y de un hogar.
Nos duele el tener que estar confinados en este estado de alarma que hemos vivido o seguimos aun viviendo – mucha gente dice que lo ha pasado muy mal al verse así confinados en su propio hogar -, pero no pensamos en tantos seres que por una razón o por otra también confinamos en residencias, asilos, o lugares a los que queremos dar el hombre de hogares de nuestros mayores, y realmente porque no queremos complicarnos la vida; exigencias de la vida moderna, decimos en tantas ocasiones.
Mucho tendrían que hacernos pensar estas cosas. Y también de esta situación dolorosa que hemos venido viviendo tendríamos que sacar muchas lecciones, aprender muchas cosas, valorar lo que verdaderamente es principal en nuestras vidas. Quizá aprendamos a dejar que ‘el leproso’ se acerque a nosotros diciéndonos que podemos limpiarlo y aprendamos a tender la mano como Jesús pero decir que sí, que queremos hacerlo y hacer que otras actitudes nuevas surjan en nuestros corazones. Claro que tendríamos que preguntamos cual es el pecado de nuestra sociedad.

lunes, 30 de marzo de 2020

Tratemos de empaparnos de la misericordia, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo


Tratemos de empaparnos de la misericordia, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11
¿Y si es culpable se va a quedar sin castigo? ¿No será algo así como pensamos y pretendemos ejercer la justicia? Qué difícil tarea la de un juez. Pero también hemos de decir con qué facilidad nos convertimos en jueces. Pero jueces solamente para condenar. Me vais a decir que las leyes están para cumplirlas y no lo niego; que quien quebranta la ley es reo de esa ley y merece que se le aplique la justicia, que esa es la función de los jueces.
Pero difícil es la imparcialidad, fácil es la mano dura para aplicar la ley y para aplicar sentencias. También podemos decir que se juzga según las apariencias exteriores o mejor las pruebas y que es difícil saber lo que sucede en el corazón de las personas.
Un poco nos hacemos lío con todas estas cosas pero una cosa hemos de tener clara y es que dejemos la justicia a quienes tienen que impartirla y no nos convirtamos nosotros así porque si en jueces inmisericordes que muchas veces lo somos. Y los juicios populares que con tanta facilidad nos hacemos son muy peligrosos. Claro que no saquemos conclusiones precipitadas de lo que voy reflexionando y se vaya a decir que no se ha de aplicar la justicia, aunque claro que pueden surgir muchos interrogantes ante todo esto.
Lo que hoy nos presenta el evangelio nos deja aun más descolocados. Aquella mujer había sido sorprendida en flagrante adulterio; la ley mosaica era dura con este pecado. Y aquí vienen todos aquellos que se creían muy justificados a traerle a esta mujer a Jesús para que haga juicio sobre ella. Ya venía prejuzgada y prácticamente con la sentencia dictada. La ley de Moisés mandaba apedrear a las adulteras. Pero ahora quieren pasarle la papa caliente a Jesús a quien han oído hablar tantas veces de la misericordia y del perdón, hasta setenta veces siete le había dicho un día a Pedro, que acogía a los pecadores y comía con ellos, que tanto se dejaba invitar por Simón el fariseo, como se auto-invitaba El mismo a casa de Zaqueo un reconocido publicano que era despreciado por todos.
¿Qué iba a hacer Jesús? Podrían acusarlo de que iba contra la ley, siendo así que la ley y los profetas eran los pilares fundamentales de todo el pueblo judío, de todo el pueblo escogido de Dios. Todos estaban expectantes cuando parecía que Jesús no les prestaba atención, entretenido jugando con el polvo del suelo. ¿Estaría Jesús tratando de quitar el polvo externo a ver si encontraba algo de sinceridad en el interior?
Ante la insistencia Jesús se levanta para dirigir su mirada a todos los que le rodean expectantes solamente para decir ‘el que esté libre de pecado que tire la primera piedra’. Si habían venido con sus voceríos gritando y exigiendo, haciendo fiesta ya en lo que les parecía que iba a ser un espectáculo cierto, ahora el silencio se apodera de todos. Un silencio que se vuelve incómodo y en el que quizá solo se escuchan las piedras que caen al suelo desde unas manos que ya no se atrevían a levantarse. Y empezando por los más viejos todos se fueron escabullendo. Al final quedó sola la mujer tirada por tierra. ‘¿Dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?’ No hacían falta respuestas porque el vacío y el silencio se habían apoderado del lugar. ‘Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.
Había aparecido la misericordia y ahora brillaba en todo su esplendor. ¿Se había quedado sin condena la que había merecido el castigo? ¿Acaso necesitaría castigo aquella mujer tras aquella experiencia del encuentro con Jesús para que no reincidiera en su pecado? ‘Vete y no peques más’, y el corazón de aquella mujer se había transformado por el amor y ahora rebosaba de paz en el encuentro con la misericordia.
¿Seguiremos nosotros condenando inmisericordes? Aunque hablemos mucho de la misericordia cuidado no aparezcan algunas veces y en algunas situaciones ese condena inmisericorde también en nosotros que nos decimos iglesia, que nos decimos seguidores de Jesús y de su evangelio. Pudiera haber mucha gente dolida porque no siempre ha encontrado esa misericordia en el seno de la Iglesia.
Cuidado nos contagiemos del espíritu del mundo que no entiende de misericordia y tratemos de emular a nuestro mundo actuando según sus exigencias. Aunque nos cueste mucho entenderlo y llegar a vivirlo tratemos de empaparnos de esa misericordia del cielo, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo.

viernes, 3 de enero de 2020

Reconozcamos en verdad lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo



Reconozcamos en verdad lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

1Juan 2, 29-3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34
Le habían venido a preguntar a Juan, como escuchábamos ayer, ‘Tú ¿quién eres?’ ‘¿Por qué bautizas?’ El no era el Mesías ni se consideraba un profeta. Sólo sabía una cosa, era el que habían anunciado los profetas que saldría a preparar los caminos del Señor, ya puede afirmar que en medio de ellos está aunque no lo conocen. Los que habían venido a preguntar no encuentran respuestas satisfactorias.
Hoy vemos como de una forma concreta ya señala a Jesús, que viene hacia él como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Está señalando en Jesús que en El se cumplen las profecías, que es el enviado de Dios, que El sí es el verdadero cordero pascual. Hasta ahora habían comido el cordero de la pascua como un recuerdo de la pascua pasada. Ahora llegaba el verdadero cordero pascual que iba a ser inmolado, que nos traería el perdón, la vida, la salvación.
Y él puede dar testimonio, porque allá en su corazón había sentido la revelación de Dios. ‘Yo no lo conocía, les dice, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’ y manifiesta claramente la revelación que él ha recibido. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’. Como comprendemos fácilmente estas palabras del bautista fueron pronunciadas después de aquella teofanía del Jordán cuando Jesús quiso ser bautizado por Juan.
Escuchamos hoy toda una revelación de quien es Jesús, aquel niño que hemos contemplado estos días recién nacido en Belén, envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Hemos contemplado toda la humanidad de Jesús, pero ahora estamos contemplando su gloria, ahora se nos está diciendo que es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo, que es el Hijo de Dios. Y Juan da testimonio de todo ello. Un momento propicio para renovar toda nuestra fe en Jesús.
Nos acostumbramos a las palabras, nos acostumbramos a lo que expresamos y decimos cuando hacemos una profesión de fe, pero no siempre somos totalmente conscientes de lo que decimos o expresamos; lo decimos y repetimos y el peligro está en que lo convirtamos en una rutina. Es necesario detenernos, reflexionar, motivamos bien cuando vamos a hacer una profesión de fe, abrirnos a la acción del Espíritu para dejarnos conducir por El y encontrarle todo su sentido a las palabras que decimos.
De tantas formas decimos en la liturgia y tantas veces repetimos que al final se puede quedar en palabras que decimos, pero que no es realmente algo que llevamos en el corazón. ‘Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo’, decimos muchas veces en una celebración de la eucaristía, así textualmente o con su sentido. Pero ¿somos conscientes de ello? Porque algunas veces quitamos ese concepto de pecado de nuestra vida; todo nos parece bueno, nada es pecado, nos parece una palabra o un concepto de otro tiempo que hoy no pueda tener sentido. Pero ahí está el pecado en nuestra vida de tantas maneras.
Y es la ausencia de Dios con que vivimos o es el orgullo de nosotros mismos creernos como dioses; no aceptamos lo que Dios nos propone como norma o plan para nuestra vida y queremos construirla por nuestro lado o a nuestra manera. Y entonces rechazamos sus mandamientos, no les hacemos caso, no les tenemos en cuenta, olvidándonos así del camino de Dios, dejando, entonces, que el mal se meta en nuestro corazón.
Vamos a reconocer hoy lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No solo viene a recordarnos Jesús lo que son los caminos de Dios – no ha venido a anular la ley de Dios, nos dirá en su momento – sino a sacarnos de ese pozo en el que nos metemos cuando olvidamos la ley de Dios, de ese pozo de nuestro pecado. Y El es nuestro único salvador.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación


Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Romanos 15, 4-9; Lucas 1, 26-38
En medio del camino del Adviento que iniciábamos el pasado domingo nos aparece hoy la figura de María en esta fiesta de su Inmaculada Concepción que siempre nos cae en este marco, pero que este año se hace coincidir con el segundo domingo de Adviento. Repetidamente aparecerá en la liturgia en este camino de preparación para la Navidad la figura de María. De mano de quien mejor podemos nosotros hacer este camino que de mano de María.
En la Palabra de Dios que para esta fiesta se nos propone aparece como en un contrapunto la figura de Eva y la figura de María. Nos aparece Eva en el relato del Génesis en esa página llamada precisamente el proto-evangelio, porque viene a convertirse en el primer anuncio, la primera Buena Nueva de la salvación que Dios nos ofrece para nuestro pecado.
Cuando nos acercamos al Génesis podemos ir llenos de prejuicios y de no tan correctas interpretaciones por lo que algunos casi lo descartan como fruto de leyendas y de mitos que dicen que se contraponen a conceptos que dicen científicos de lo que es el origen del universo y de la humanidad. Desde el sentido creyente de la vida con el que ponemos siempre a Dios en el centro y origen de nuestra existencia y de la vida misma, sabemos que nunca haremos de esas primeras páginas de la Biblia ninguna lectura literal ni por supuesto tampoco de signo científico.
Pero en esa lectura creyente que del Génesis hacemos podemos descubrir el sentido de Dios que gravita en el fondo de la existencia del universo mismo y que ahora mismo que tan dados somos a ecologías y cuidados del medio ambiente allí veremos también como Dios ha puesto su obra creadora en las manos del hombre para que la cuide y para que la desarrolle con las capacidades de las que está dotado. Que nunca la maldad que se introduce con tanta facilidad en el corazón del hombre destruya la vida ni destruya la obra creada de Dios.
Fijémonos como cuando dejamos introducir ese mal en el corazón del hombre, de la persona, en nuestros deseos de grandeza y de poder queremos ser como dioses que se sientan por encima de todo y de todos no importándole destruir lo que sea para no bajarse del pedestal en que ha querido subirse.
Lo que nos relata el Génesis del pecado de Adán y Eva lo podemos seguir leyendo, lo podemos seguir viendo en el corazón de la humanidad hoy donde seguimos con nuestros afanes y nuestros orgullos de grandeza y de poder que nos divide y nos destruye como destruye cuanto esté en nuestro derredor. Cuando se mete esa maldad en el corazón pronto aparece la discordia y el enfrentamiento porque nunca queremos reconocer que la culpa es nuestra sino del otro o de la circunstancia. Eva me dio de comer dirá Adán, la serpiente me engañó replicará Eva, pero nunca reconocemos cuando de ambición y de orgullo hay en nuestro corazón.
Es bueno detenernos un poquito a hacernos esta reflexión del pecado de la humanidad, porque no es un pequeño etéreo y en abstracto sino que tenemos que reconocer que sigue siendo nuestro pecado y ver ahí nuestra propia destrucción. Pero esta página es una página de esperanza porque para ese pecado que nos destruye hay una salvación. Es la promesa de Dios que escuchamos en esta página del Génesis. ‘Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón’.
Está el anuncio de la victoria sobre el mal ‘te aplastará la cabeza’, y aparece también en cierto modo la figura de María. Es la mujer cuya descendencia será nuestra salvación. Es por lo que escuchamos este texto en esta fiesta de Maria, porque ya María, en virtud de los méritos de su Hijo, nació liberada de la esclavitud del pecado. Por eso la llamado Inmaculada en su Concepción.
Hoy el ángel del Señor la llama la llena de gracia, porque es la que está llena de Dios cuando le anuncia que va a ser la Madre del Altísimo. Decíamos antes como en contrapunto aparecen Eva y María, porque si aquella primera mujer la vemos seducida por el maligno – no nos quedemos de manera simple en la prohibición o la tentación de una fruta cogida de un árbol y comida – puede ser esa figura o esa imagen de la humanidad manchada por el pecado porque desobedece el plan de Dios, en contrapunto aparece María, la Inmaculada, la llena de gracia y que se convierte por su obediencia de fe en el puente de nuestra salvación porque es la madre del que vino a traernos la salvación.
Hoy nos gozamos con Maria, como los hijos se gozan con la Madre, pero hoy nos gozamos con María porque ella es aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación. Como nos gozamos tras una noche oscura cuando al amanecer van apareciendo los primeros albores del nuevo día, así nos gozamos con María y de manera especial en este camino de Adviento que estamos haciendo y que nos conduce a la celebración del nacimiento del Salvador.
En los pasos que vamos dando en este camino tantas veces oscuro de la vida vayamos impregnándonos de esos albores de gracia que en Maria contemplamos para que vayamos desprendiéndonos de esas negruras de orgullo y de vanidad en que nos vemos envueltos tantas veces para que imitando a María nos revistamos de esas vestiduras de gracia del hombre nuevo con nuestra humildad y nuestra disponibilidad, con nuestra apertura a los designios de Dios y nuestra obediencia de fe, con la generosidad de un corazón desprendido y que se ha despojado del orgullo y de la vanidad que nos hacia creernos grandes y nuestro compromiso siempre renovado de hacer de este mundo lleno de violencia y de maldad un mundo nuevo de verdad y de paz.
De mano de María será un hermoso camino de Adviento que nos llevará a una autentica navidad de Dios que se hace más presente en nuestro mundo.