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miércoles, 5 de marzo de 2025

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2 Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

En un mundo de ruidos y superficialidades necesitamos hacer silencio para poder llegar a una profundización de la vida. Todo parece una loca carrera, son los agobios en los deseos de conseguir todo y lo más pronto posible, como es la banalidad con que vivimos la vida que disfrazamos con tantas vanidades. Ensordecidos al final nos encontramos vacíos, aquello por lo que tanto luchábamos porque nos parecía que era lo que nos iba a hacer más feliz, pronto se desvaneció y ni encontramos esa pronta y fácil felicidad ni encontramos un sentido profundo a la vida que parece que se nos diluye y desaparece como agua que se nos escapa de nuestras manos.

Es necesario detenernos, apartarnos de esos ruidos para encontrar un silencio que nos dé paz, un silencio para la reflexión, para encontrar una mirada nueva, para descubrir una luz en el camino, para saber que al final hay una meta por la que merece la pena luchar, superarnos, dejar cosas atrás, despojarnos de vanidades, buscar lo mejor y lo que es primordial. No sabemos como hacerlo, porque esos mismos ruidos que nos envuelven, nos ensordecen para escuchar las llamadas que recibimos seguramente allá en lo más hondo del corazón, pero que nos llegan también por la mediación de la Iglesia y desde la Palabra de Dios.

En ese ruido de la vida, en medio de tanto bullicio de nuestro mundo, con tantos guiños que recibimos de todas partes y que nos distraen pudiera sucedernos que nos pasara desapercibido este miércoles de ceniza que hoy celebramos. Para algunos ha perdido incluso su sentido, a lo más les es un anuncio de que pronto en cuarenta días llegará la semana santa, pero si no captamos todo su sentido se nos puede quedar, como me decía una persona estos días, es que nos ponen una cruz de ceniza en la frente y ya está.

Lo llamamos de ceniza, es cierto, por ese signo que la liturgia emplea en este día, la imposición de la ceniza. Pero eso tiene un sentido. Es la puerta que se nos abre y nos invita a entrar en nuestro interior para hacer ese silencio que tanto necesitamos. Es cierto que tiene ese sentido penitencial que nos recuerda que somos pecadores, que nos recuerda la nada de nuestra vida que se nos puede quedar en polvo de ceniza que pronto el viento se puede llevar, pero esos signos nos están hablando de un camino que hemos de iniciar, un camino de interiorización, un camino de búsqueda y de escucha para lo que necesitamos hacer ese silencio interior.

Acostumbrados como estamos a tanto ruido - ¿no encendemos desde que llegamos a casa la televisión para que haya unos sonidos que nos alejen de nuestra soledad aunque ni prestemos atención a lo que aparece en la pantalla? – algunas veces nos molesta ese silencio; nos cuesta hacer ese silencio porque nos vamos a escuchar a nosotros mismos, va a aflorar nuestra conciencia que quizás nos traerá muchos recuerdos que preferimos olvidar, nos va a hacer pensar en algo distinto, nos va a hacer sentir una voz que nos invita a algo nuevo.

Pero tenemos que aprender a dejarnos envolver por ese silencio porque será la manera que al final escuchemos la voz de Dios que nos susurra en nuestro corazón. La liturgia nos irá ofreciendo cada día en este tiempo que comenzamos que llamamos la cuaresma la riqueza de la Palabra de Dios como un camino a recorrer; un camino que será de encuentro con nosotros mismos y con nuestra cruda realidad, de renovación porque nos irá dando pautas de por donde tiene que ir el recorrido de nuestra vida, de vaciamiento de vanidades y superficialidades para poder encontrar lo que dará verdadera riqueza a nuestra vida; un camino que será de pascua porque aprenderemos a ir muriendo a nosotros mismos y a despojarnos de todas esas banalidades con que disfrazamos con vanidad nuestra vida, para encontrar ese vestido nuevo de nuevos valores que nos hará sentirnos hombres y mujeres nuevos.

Es el camino que vamos a emprender. Dejemos, sí, que el signo de la ceniza caiga sobre nuestra frente que nos recuerde lo que somos o en lo que nos hemos convertido. Al final habrá un agua que nos lave, la fuente bautismal ante la que renovaremos en la noche de pascua todo lo que es el sentido de la vida de quien sigue a Jesús y su evangelio.

Habrá sido un camino de pascua porque habremos aprendido a morir a todo ese viejo que hay en nosotros para resucitar a una vida nueva con Cristo resucitado. Ojalá cuando llegue la noche de Pascua lo podamos celebrar con todo sentido. Emprendamos ese camino de silencio e interiorización.

martes, 21 de noviembre de 2023

Comencemos de una vez por todas a levantar nuestra mirada porque alguien desde sus ramas de higuera nos está buscando y nosotros también tenemos que ir a su encuentro

 


Comencemos de una vez por todas a levantar nuestra mirada porque alguien desde sus ramas de higuera nos está buscando y nosotros también tenemos que ir a su encuentro

2Macabeos 6,18-31; Sal 3; Lucas 19, 1-10

Un encuentro es un camino de dos. No hay encuentro si los dos no coinciden en un punto común. Un encuentro es mucho más que el estar el uno junto al otro. Hay que estar, pero hay que saber ponerse en camino. Puede haber un aglomeración grande de personas, porque hemos llegado a un lugar que está atestado de público, porque vamos en un colectivo que va lleno de gente hasta los topes, podemos ir por una calle concurrida donde la gente circula para un lado y para el otro incluso tropezándose los unos con los otros, y no haber encuentro. Cada uno ha estado allí por sus diferentes motivos, pero cada uno ha estado en lo suyo. Te dirán te vi en la grada del partido de fútbol, pero en aquel momento no dijiste nada, no te acercaste, no te encontraste. Y en la vida vamos mucho así, mucha gente alrededor y vamos solos, no nos encontramos con nadie.

En el evangelio hoy encontramos esos caminos que se encuentran. Aunque pareciera que cada uno iba a los suyo, había una confluencia. Una confluencia, es cierto, que Jesús provocó. Por que podía haber quedado en un paso de Jesús por las calles de aquel pueblo y en un hombre que estaba subido en una higuera para ver pasar aquel cortejo. Llamaba la atención. Mejor, tenemos que decir, llaman la atención muchas cosas.

Zaqueo, a pesar de todo, quería ver a Jesús. ¿Quería encontrarse con El? Al principio parece ser que solo era la curiosidad; había oído hablar de Jesús, había escuchado que las gentes de Jericó estaban alborotadas porque pasaba Jesús, el profeta de Galilea – aquel era precisamente el camino de los Galileos para subir a Jerusalén y no encontrarse con los samaritanos de quienes no eran bien recibidos – y también Zaqueo se echó a la calle; habían muchas dificultades, era bajo de estatura y quedando detrás no podría ver pasar a Jesús, pero había algo más porque era despreciado por la gente por su condición de recaudador de impuestos, con la fama de usureros que todos tenían, y nadie le cedería el lugar para poder ver a Jesús. Se subió a una higuera.

Pero aquí viene también la iniciativa de Jesús que también buscaba a Zaqueo. Pudo pasar de largo porque era uno más que se había colocado en un lugar oportuno para ver pasar el cortejo. Pero Jesús no pasa de largo, Jesús se detiene, Jesús entra en el detalle de ponerse a hablar con el que está subido a la higuera. Ese es el detalle que no siempre nosotros tenemos. Jesús también quería encontrarse con Zaqueo, que también de alguna manera ha venido al encuentro con Jesús, aunque pensara quedarse entre las ramas; pero entre las ramas lo busca Jesús y con él se pone a hablar.

Cuántos detalles nos faltan en tantas ocasiones. Cuántas veces pasamos de largo sin tener ese detalle, con quien nos cruzamos por la calle, con los que están al borde del camino, con quien está allá en su soledad o en sus cosas, con aquel a quien nadie atiende como aquel paralítico de la piscina, con aquel a quien nadie considera o más bien todos discriminan, con aquel que permanece en silencio pero a gritos del alma está manifestando su dolor o su soledad, son tantos con los que podríamos tener detalles, pero pasamos de largo porque vamos a lo nuestro, porque quizá llegamos tarde al templo…

‘Baja, Zaqueo, que hoy quiero hospedarme en tu casa…’ escucha la gente que le está diciendo Jesús. ¿No había otro lugar más digno entre todos los habitantes de Jericó para que se hospede Jesús que la casa de este pecador y publicano? Es lo que también pensamos muchas veces. Queremos buscar lugares dignos y nos olvidamos de la dignidad de toda persona. Seguimos con nuestras apariencias y con nuestras vanidades. Seguimos con nuestras discriminaciones y con las descalificaciones que seguimos haciendo de los demás.

Pero el camino de Zaqueo y el camino de Jesús han llegado a un punto de encuentro. Más tarde dirá Jesús que ha llegado la salvación a aquella casa. No vamos a entrar en más detalles de todo lo sucedido en aquella comida, que tantas veces hemos comentado. Merece la pena que nos detengamos aquí, y miremos cuales son los detalles y los signos que nosotros podemos realizar y quizá no realizamos. Alguien quizá también está en camino de búsqueda, quizás movido solo por la curiosidad, o movido por otros sentimientos que lleva en el alma, y será necesario que yo también me ponga en camino para que haya ese encuentro, para que a pesar de nuestras búsquedas sin embargo pasemos de largo y no nos encontremos.

¿Comenzaremos de una vez por todas a levantar nuestra mirada porque alguien desde sus ramas de higuera nos está buscando y nosotros también tenemos que ir al encuentro con él? 


jueves, 24 de agosto de 2023

Hay dudas y hay preguntas, hay silencios y hay oscuridades, pero en esos procesos debajo de la higuera siempre podemos encontrar a Dios

 


Hay dudas y hay preguntas, hay silencios y hay oscuridades, pero en esos procesos debajo de la higuera siempre podemos encontrar a Dios

Apocalipsis 21, 9b-14;Sal 144;Juan 1, 45-51

Algunas veces somos crédulos para aceptar lo que nos dicen en torno a las cosas que suceden, noticias que nos dan, comentarios que nos hacen sobre situaciones o problemas de la vida, pero hay ocasiones en que nos resistimos, no nos lo creemos así porque sí y de alguna manera queremos comprobar la veracidad de lo que se nos dice, la confianza que podemos poner en quien nos está comunicando algo, y de alguna manera lo ponemos todo en duda. no es malo el comprobar, el cerciorarnos de la verdad que nos comunican antes de ofrecer nuestro asentimiento. Muchas veces corren noticias que se divulgan con demasiada facilidad, noticias en ocasiones nacidas también de ciertos fanatismos con los que queremos ver las cosas según sean nuestras apetencias o nuestros gustos; hay, por otra parte, personas a las que gusta el sensacionalismo y de cualquier cosa se crean un mundo grandioso y fantasioso que muchas veces pueda estar bien lejos de la realidad. Por eso, digo, es bueno sopesar con equilibrio lo que no dicen para poder encontrar lo que es la auténtica verdad.

¿Era una situación así la que vivían en aquellos momentos en Israel? Estaba, es cierto, la esperanza del pueblo judío en la pronta venida del Mesias, pues de alguna manera los tiempos se cumplían segun lo anunciado por los antiguos profetas. Era especial la situación que vivían bajo la dominación romana, que tanta inquietud podría producir en sus cosas aumentando sus deseos de la pronta venida del Mesías. Habían, o mejor, aún estaban viviendo la experiencia de aquel profeta surgido allá en el desierto en las orillas del Jordán con el anuncio de la inminente venida del Mesías; él en cierto modo se presentaba como el precursor con la misión de preparar los caminos para la llegada del Mesías, acudían por esto gentes no solo de Jerusalén sino de toda Palestina para escucharle, y ya algunos hablaban de que había señalado a quien iba a ser el Mesías. 

Con estas noticias llega un amigo de Natanael a contarle que han encontrado al Mesías. ‘Felipe encuentra a Natanael y le dijo: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Pero Natanael lo pone en duda, no se lo cree. Por mucho que le insista su amigo, no se traga así tan fácilmente sus palabras; claro que surge también la rivalidad pueblerina entre pueblos vecinos, al decirle que es de Nazaret, y él era de Caná de Galilea, un pueblo cercano. ‘De Nazaret no puede salir nada bueno’. 

Aunque algunas veces pareciera que nos escudamos en esas rivalidades es normal y podríamos decir que tambien bueno que surjan esas dudas que nos hacen pensar, que nos hacen reflexionar, que nos hacen buscar; aunque nuestra mente parezca un torbellino de cosas y de ideas de las que nos parece imposible salir es la manera de cribar, es la manera de ir a lo más profundo para no quedarnos en frivolidades, para no quedarnos en lo superficial, para encontrar lo que llegue a ser nuestra verdadera sabiduría.

No es solo que queramos experimentar y probar todo para poder llegar a conocerlo, pero si son necesarios en la vida encuentros profundos que incluso nos haga encontrarnos a nosotros mismos que también muchas podemos andar como perdidos. ¿Será ese en cierto modo el proceso que se estaba desarrollando en el corazón de Natanael mientras planteaba sus dudas a su amigo Felipe? 

Finalmente se dejó conducir. Felipe logró llevarlo ante jesús. Y aquí surgen las sorpresas por las alabanzas de Jesús y es el propio Natanael el que se siente sorprendido por las palabras de Jesus. ‘¿De qué me conoces?’, le pregunta. Jesús, sí, nos conoce; Jesus si sabe cual es nuestro corazón; Jesus si ha estado cerca de nuestra vida aunque nosotros no lo hubiéramos visto. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera yo te ví’. Y surgió la respuesta de fe de Natanael. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

No sabemos qué había pasado debajo de la higuera. Pero podemos intuir ahí todo el proceso que se estaba desarrollando en su corazón que ahora venía a terminar con una experiencia de encuentro. Allí, debajo de la higuera, en ese proceso de la vida de Natanael aunque él entonces no se diera cuenta había estado Dios, había estado Jesús. Había sido como una llamada que había ido sintiendo en su corazón a la que se resistía, como luego se estaba resistiendo a la invitación de su amigo Felipe; pero su corazón había terminado abriéndose a Dios, había dado el paso adelante, ahora estaba ante jesús confesando su fe pero recibiendo también la promesa de cosas mayores.

¿Seremos capaces nosotros también de dejarnos conducir para llegar también a tener esa experiencia de Dios, como la que tuvo Natanael? También muchas veces ponemos resistencias, nos llenamos de dudas, buscamos muchas veces sin saber dónde o cómo buscar. Habrá un Felipe o habrá un Natanael que nos ayudará a encontrar la luz. No nos hagamos sordos a las invitaciones que podamos recibir.  Dejémonos conducir para llegar a ese encuentro con Dios.


sábado, 17 de junio de 2023

Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

 


Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

Corintios 5, 14-21; Sal 102; Lucas 2, 41-51

¡Qué archivo más grande tienen las madres guardado en su corazón! Toda una biblioteca. Y casi tenemos que decir que se las saben todas. En silencio escuchan y contemplan. Es lo que nosotros les contamos, es lo que ellas intuyen con ese corazón de madre. Esperamos muchas veces una palabra de la madre, aunque no nos guste lo que nos dicen en muchas ocasiones – ahí están nuestros orgullos y nuestras rabietas de niño que nos molesta la verdad -, se lo agradecemos.

Pero muchas veces callan, sufren en silencio, nos acompañan de lejos o de cerca, pero sabemos que siempre nos tienen en el corazón, miran, no dicen nada, pero sabemos que están ahí y comprenden hasta la incomprensible, conocen hasta lo que nosotros guardamos más secreto, es la madre que nos ama, que está a nuestro lado, no solo nos dio la vida un día cuando nos trajo a este mundo, sino que está dispuesta a darla cuantas veces haga falta.

Hoy la liturgia nos invita a contemplar el Corazón de María, y he querido comenzar con esta pequeña reflexión que quiere ser como un homenaje a la madre que no terminamos de agradecer cuanto hace por nosotros. He querido comenzar con un recuerdo de nuestra madre de la tierra pero es que hoy quiero contemplarla al lado de María, nuestra madre del cielo. Porque estamos queriendo contemplar también su corazón de madre.

Ese corazón de María, igual que hacen todas las madres, en el que iba guardando todo cuanto iba sucediendo en torno a Jesús. Así nos lo dice el evangelio hoy, pero en algún otro momento se nos dice, pero muchas veces se intuye.

Hemos escuchado el relato del evangelio; Jesús que se ha quedado en el templo cuando sus padres se disponían en caravana regresar a su pueblo tras la fiesta de la pascua. Una caravana no solo de la gente de Nazaret, familiares y convecinos todos, pero que probablemente se uniría a las de otros pueblos cercanos de Galilea para hacer el camino juntos evitando también peligros. Jesús podría estar entre tantos que hacían el camino, como suele suceder en los muchachos sobre todo cuando van entrando en la adolescencia. Concluida la primera jornada de camino al reunirse en el atardecer por familia, allí no aparece Jesús. Comprendemos los momentos de dolor de unos padres, comprendemos la espada de dolor que comenzaba a taladrar su corazón de madre. Se van cumpliendo los anuncios proféticos del anciano Simeón.

De vuelta a Jerusalén en nueva jornada de camino al tercer día lo encuentran entre los doctores y maestros de la ley en los soportales del templo donde se reunían para enseñar a la gente; y allí está Jesús en diálogo con los doctores, de manera que incluso el evangelista nos resaltará que la gente estaba admirada de la sabiduría de Jesús, un adolescente aún de doce años.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados’. Es la queja, la reprimenda normal de la madre. Pero aquí está Jesús que está manifestando su madurez humana con su respuesta. ‘¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?’. No hay más palabras. El silencio es lo que queda. El silencio de una madre que va rumiando en su corazón las palabras de su hijo. Es algo que María sabe hacer.

Cuando el ángel llega hasta ella con el anuncio del gran misterio, María también se quedó en silencio rumiando en su interior el significado de aquellas palabras. Ahora nos dice el evangelista que María guardaba todo esto en su corazón. Los archivos de María donde va sumando lo que son las maravillas del Señor. ‘El Todopoderoso ha hecho en mi cosas grandes’, había dicho un día en un cántico de alabanza.

Ese cántico se continúa cantando porque María en el silencio de su corazón sigue cantando al Señor. Es ahora, pero será el seguimiento que como Madre va haciendo de su hijo. Pasa desapercibida, como saben hacerlo las madres, pero ahí estará siempre María; la veremos aparecer en el evangelio en momentos puntuales, pero el corazón de María se iba ensanchando porque aunque grande era su fe y su amor, iba aprendiendo del amor.

Así contemplamos hoy el corazón de María, deteniéndonos en el pasado del evangelio que nos ofrece la liturgia, pero así es como contemplamos a aquella que nos metió a todos en su corazón de Madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dirá en lo alto del Calvario, y ya para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios, porque sentimos los latidos del corazón y del amor de María.

 

lunes, 27 de marzo de 2023

Aprendamos de una vez por todas a no apedrear a nadie con nuestros juicios y condenas, sensibilicemos nuestro corazón para hacerlo compasivo y misericordioso

 


Aprendamos de una vez por todas a no apedrear a nadie con nuestros juicios y condenas, sensibilicemos nuestro corazón para hacerlo compasivo y misericordioso

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

¿Quiénes somos nosotros para saber y para juzgar lo que sucede tras las puertas en el interior de una casa? La discreción, el respeto a la intimidad de cada hogar y de cada familia ha de marcar nuestra línea de actuación, y no somos nadie para averiguar ni para juzgar lo que se vive en cada familia. Esto que es muy importante y básico en el respeto de nuestras mutuas relaciones lo hemos de referir a la conciencia de cada uno; nada sabemos de lo que hay en el interior de la persona, ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y condenar?

Esto que nos vale para ese respeto que hemos de tener a toda persona, también nos tiene que hacer pensar en las tragedias de sufrimiento que puede haber tras cada mirada; miradas, es cierto, que algunas veces son gritos a voces, aunque no oigamos los sonidos, desde esas tragedias del interior de cada persona, pero donde no podemos entrar sin que nos abran su corazón. A varias cosas nos puede llevar, pues, esta consideración de lo que hay en el interior de cada persona. Como también ha de hacernos mirar con sinceridad nuestro interior y lo que nosotros encerramos, para actuar en consecuencia con misericordia y compasión con los demás. Dios es quien en verdad puede conocer nuestro corazón, pero también El nos respeta esa sacrosanta libertad que nos ha concedido.

Hoy nos habla el evangelio de que estando Jesús en el templo enseñando, después de venir de Betania donde había ido en la noche a descansar, los fariseos le traen a una mujer que ha sido sorprendida en adulterio. Es cierto que ahí está su pecado, para que el que la ley de Moisés era muy dura, pues la mujer adúltera había de ser apedreada. Pero aquellos dirigentes de Israel que buscaban motivos por todas partes para desprestigiar e incluso condenar a Jesús por lo que hacía y decía, la traen ante con la malicia de sus intenciones.

¿Conocía Jesús el drama que en aquellos momentos estuviera viviendo aquella mujer que así se ve condenada poco menos que irremediablemente? Pero conocía Jesús también las aviesas intenciones de aquellos acusadores y la maldad que pudiera haber en sus corazones. Hay silencios que se hacen dolorosos y producen mucha inquietud. Jesús se ha quedado en silencio y agachado en el suelo, como quien anda distraído se ha puesto a dibujar en la tierra. Será el silencio que está traspasando el corazón de aquella mujer, pero es el silencio que les duele a los acusadores que parece no verse secundados por Jesús en lo que son sus peticiones.

Insisten y reclaman, pero Jesús tiene una sola palabra dirigiéndose a todos. ‘El que esté sin pecado que le arroje la primera piedra’. Querían enfrentar a Jesús con el cumplimiento o no de la ley de Moisés, pero Jesús les hace enfrentarse cada uno a su propia conciencia. ¿Quién con sinceridad puede decir que no tiene pecado? Poco a poco se va despejando el patio, porque uno a uno comienzan a desaparecer de escena comenzando por los mayores. Si miramos con sinceridad nuestra conciencia, nuestra propia vida, ¿cómo es que no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás si somos tan pecadores como ellos?

Por algo Jesús nos había enseñado que teníamos que ser compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo. ¿Cómo podremos decir con sinceridad la oración que Jesús nos enseño si no somos capaces de ser misericordiosos con los demás para ofrecerles generosamente nuestro perdón? ¿Podremos decir en verdad, ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’ si guardamos rencor en el corazón y no perdonamos a los que nos han ofendido?

‘¿Nadie te ha condenado, mujer? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Es el final del episodio que está encerrando tantas enseñanzas para nuestra vida. Tendríamos que tenerlo muy en cuenta porque aun seguimos apedreando en la vida, porque seguimos con nuestros juicios y condenas, porque seguimos endureciendo el corazón.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

martes, 25 de octubre de 2022

Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza, esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo y que un día ha de fermentar, porque Dios también está ahí

 


Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza, esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo y que un día ha de fermentar, porque Dios también está ahí

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Para los que tenemos siempre muchas prisas y queremos todo de inmediato nos viene bien escuchar las parábolas que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Siempre tenemos prisa, queremos las cosas de inmediato; los medios que hoy se nos ofrecen, la tecnología que se vive tan intensamente, las redes sociales que nos ponen en comunicación de inmediato con cualquier en cualquier parte del mundo, contribuyen aun más a estas prisas y carreras en que vivimos y que de alguna manera nos pueden impedir el saborear las cosas de cada momento. Y hasta nos volvemos exigentes, porque si no nos responden de inmediato ya es que no nos hacen caso, que nosotros poco importamos para esas personas y no nos damos cuenta del ritmo real que cada persona lleva allí donde esté y que no sabemos bien cuales son las circunstancias que viven.

Con esto hablamos de nuestras relaciones interpersonales, con esto podemos hablar de las inquietudes que podamos sentir por situaciones que no nos parecen bien y que desearíamos que cambien, con esto podemos hablar, también ¿por qué no?, del anuncio del evangelio en nuestro mundo y nuestros deseos de que se haga presente el Reino de Dios.

¿Se hace o no se hace presente? Quisiéramos verlos a todos convertidos. Quisiéramos que nuestro mundo y nuestra sociedad cambie y sea más humana y logremos caminos de entendimiento y de paz; no nos sentimos satisfechos con la falta de paz que hay en nuestro mundo y no solo es la guerra de Ucrania, sino que bien sabemos que son muchos los conflictos de nuestra sociedad, pero muchos los conflictos que hay también en medio de nosotros. ¿Por qué no cambiamos? ¿Por qué no cambia nuestro mundo que nos parece que todo sigue igual? Pero en verdad, ¿será eso cierto así? Ahí andamos con nuestras prisas y carreras porque todo lo queremos de inmediato, pero que no siempre sabemos apreciar las pequeñas cosas, los pequeños signos que se pueden estar donde del Reino de Dios entre nosotros.

Hoy nos habla Jesús de una pequeña semilla, insignificante semilla la del grano de mostaza. Y nos habla de esa pequeña semilla que germina y que crece, podrá anidar hasta pájaros entre sus ramas. Tan insignificante que ni nos damos cuenta de su presencia y de su crecimiento. Pero ahí está y está produciendo sus frutos. Como nos habla del puñado de levadura que queda diluido en la masa que luego no sabremos diferencias una cosa y otra. Pero hace fermentar el pan.

¿No estarán esas pequeñas semillas sembradas en medio de nuestro mundo? ¿No estará ese puñado de levadura diluyéndose en la masa de nuestro para hacerlo fermentar a un pan mejor? Corremos y queremos ver el resultado final ya; no apreciamos los pasos previos, no apreciamos los pasos pequeños, no apreciamos lo que nos parece insignificante.

Muchos cristianos estarán calladamente siendo esa levadura en medio del mundo, aunque nos parezca que no vemos nada. Van surgiendo nuevos movimientos, se va creando un mundo de solidaridad, estamos contemplando una inquietud grande que hay en muchos por hacer un mundo nuevo y mejor; cuanta gente comprometida podemos ver alrededor aunque, como en un momento decían algunos discípulos a Jesús, no parecen de los nuestros. Pero si lo que están haciendo es dar señales de un mundo nuevo y mejor, ¿por qué no los valoramos? ¿Por qué no descubrir ahí un actuar de Dios, aunque nos parezca que nuestras iglesias están vacías?

Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza; descubramos esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo. Un día ha de fermentar. Dios también está ahí.

viernes, 22 de julio de 2022

El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

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El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Te encuentras un niño llorando en la calle y te detienes junto a él y le preguntas, ¿por qué lloras? Te encuentras una persona encogida en un rincón tratando de disimular sus sollozos y te acercas a ella y respetuosamente le preguntas ¿por qué lloras? Quizás un día te encuentras a tí mismo deprimido y hasta medio escondiéndote de tí mismo y te preguntas ¿por qué lloro?

‘¿Por qué lloras?’ Quizás si fuéramos más atentos nos daríamos cuenta de cuántas lágrimas se derraman en nuestro entorno; no nos enteramos quizás por el pudor de quien llora que medio oculta su dolor y no quiere que nadie le vea llorando, o quizás nos hemos insensibilizado tanto que no nos damos cuenta de ese llanto que resuena a nuestro alrededor.

¿Por qué lloramos? ¿Tristezas que se nos meten en el alma? Frustraciones, metas que no hemos podido conseguir, personas que se han arrancado de nuestro corazón y no sabemos por qué, despedidas que rompen al alma, desesperación y angustia ante lo que vemos que sucede en nuestro mundo y que no vemos quien ponga su mano para sacarlo a flote, amigos que se van, familiares a los que le llegó el final de sus vida, luchas a las que no vemos salida, soledades que no encuentran alivio, dolor y sufrimiento al que no encontramos un sentido, vidas vacías y llenas de superficialidad que se toman la vida a risa pero por lo que nos dan ganas de llorar...

Aunque decíamos al principio que le preguntábamos al niño o a la mujer que encontrábamos llorando del por qué de sus lágrimas, seamos sinceros con nosotros mismos porque quizá no le hemos preguntado a una madre por la razón de sus lágrimas, no hemos tenido la sensibilidad al ir por los caminos para escuchar tantos llantos detrás de puertas y ventanas, de los que preferimos no enterarnos, o cerramos los ojos para no ver unas lágrimas rodando mejilla abajo que nos interpelan.

Me estoy haciendo esta reflexión porque hemos escuchado esa pregunta primero en boca de los ángeles del sepulcro, y luego en labios del mismo Cristo, aunque en sus lágrimas ella no lo reconociera, que se le hacía a María Magdalena que llorando se había quedado junto a la piedra de la entrada del sepulcro. No había sabido reconocer el sentido de las palabras de los ángeles que le preguntaban por sus lágrimas, ni había sido capaz de reconocer al que ella tanto amaba, Jesús, su Señor, que le interrogaba detrás de ella. Solo una palabra la había despertado de su letargo y fue la voz de Jesús que la llamaba por su nombre. Todas sus lágrimas se secaron y la tristeza se transformó en alegría, allí estaba el Señor. Pero era Jesús quien había venido a su encuentro, era Jesús quien incluso se había interesado por lágrimas, será al final pronunciado su nombre cuando todo se transforma y ella ya puede reconocer al Señor. ‘¡Maestro!’, le dice y se tira a sus pies. Estamos celebrando hoy a Santa María Magdalena.

Cuando encontremos en la vida a alguien envuelto en sus lágrimas os voy a sugerir que nos acerquemos a esa persona llamándola por su nombre. Esas lágrimas y ese llanto tienen un nombre; esas lágrimas y ese llanto son de unas personas concretas. No son algo anónimo que nos hemos encontrado por el camino, detente e interésate por la persona, detente junto a eso concreto que está viviendo esa persona, porque la palabra con la que nos vamos a acercar para ofrecer consuelo tiene que ser algo concreto de su vida, con sus características y con sus circunstancias.

Desde nuestro yo, que también tenemos nuestro nombre, que también somos unas personas concretas, nos vamos a acercar a un tú que tiene nombre, a un tú que es una persona con sus características y sus circunstancias. Solo con que le digamos su nombre, con que hagamos referencia a algo concreto de su vida, estamos ofreciendo la mejor palabra y el mejor gesto de consuelo.

Pero hay algo más, en el encuentro con esa persona concreta nosotros vamos a sentir como Jesús llega a nuestra vida. Aprendamos a reconocer esa presencia del Señor. Tengamos en cuenta dos cosas, no son personas anónimas porque tienen un nombre y una vida concreta, pero sepamos también reconocer en ellas la voz del Señor que nos está llamando por nuestro nombre.