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viernes, 22 de julio de 2022

El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

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El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Te encuentras un niño llorando en la calle y te detienes junto a él y le preguntas, ¿por qué lloras? Te encuentras una persona encogida en un rincón tratando de disimular sus sollozos y te acercas a ella y respetuosamente le preguntas ¿por qué lloras? Quizás un día te encuentras a tí mismo deprimido y hasta medio escondiéndote de tí mismo y te preguntas ¿por qué lloro?

‘¿Por qué lloras?’ Quizás si fuéramos más atentos nos daríamos cuenta de cuántas lágrimas se derraman en nuestro entorno; no nos enteramos quizás por el pudor de quien llora que medio oculta su dolor y no quiere que nadie le vea llorando, o quizás nos hemos insensibilizado tanto que no nos damos cuenta de ese llanto que resuena a nuestro alrededor.

¿Por qué lloramos? ¿Tristezas que se nos meten en el alma? Frustraciones, metas que no hemos podido conseguir, personas que se han arrancado de nuestro corazón y no sabemos por qué, despedidas que rompen al alma, desesperación y angustia ante lo que vemos que sucede en nuestro mundo y que no vemos quien ponga su mano para sacarlo a flote, amigos que se van, familiares a los que le llegó el final de sus vida, luchas a las que no vemos salida, soledades que no encuentran alivio, dolor y sufrimiento al que no encontramos un sentido, vidas vacías y llenas de superficialidad que se toman la vida a risa pero por lo que nos dan ganas de llorar...

Aunque decíamos al principio que le preguntábamos al niño o a la mujer que encontrábamos llorando del por qué de sus lágrimas, seamos sinceros con nosotros mismos porque quizá no le hemos preguntado a una madre por la razón de sus lágrimas, no hemos tenido la sensibilidad al ir por los caminos para escuchar tantos llantos detrás de puertas y ventanas, de los que preferimos no enterarnos, o cerramos los ojos para no ver unas lágrimas rodando mejilla abajo que nos interpelan.

Me estoy haciendo esta reflexión porque hemos escuchado esa pregunta primero en boca de los ángeles del sepulcro, y luego en labios del mismo Cristo, aunque en sus lágrimas ella no lo reconociera, que se le hacía a María Magdalena que llorando se había quedado junto a la piedra de la entrada del sepulcro. No había sabido reconocer el sentido de las palabras de los ángeles que le preguntaban por sus lágrimas, ni había sido capaz de reconocer al que ella tanto amaba, Jesús, su Señor, que le interrogaba detrás de ella. Solo una palabra la había despertado de su letargo y fue la voz de Jesús que la llamaba por su nombre. Todas sus lágrimas se secaron y la tristeza se transformó en alegría, allí estaba el Señor. Pero era Jesús quien había venido a su encuentro, era Jesús quien incluso se había interesado por lágrimas, será al final pronunciado su nombre cuando todo se transforma y ella ya puede reconocer al Señor. ‘¡Maestro!’, le dice y se tira a sus pies. Estamos celebrando hoy a Santa María Magdalena.

Cuando encontremos en la vida a alguien envuelto en sus lágrimas os voy a sugerir que nos acerquemos a esa persona llamándola por su nombre. Esas lágrimas y ese llanto tienen un nombre; esas lágrimas y ese llanto son de unas personas concretas. No son algo anónimo que nos hemos encontrado por el camino, detente e interésate por la persona, detente junto a eso concreto que está viviendo esa persona, porque la palabra con la que nos vamos a acercar para ofrecer consuelo tiene que ser algo concreto de su vida, con sus características y con sus circunstancias.

Desde nuestro yo, que también tenemos nuestro nombre, que también somos unas personas concretas, nos vamos a acercar a un tú que tiene nombre, a un tú que es una persona con sus características y sus circunstancias. Solo con que le digamos su nombre, con que hagamos referencia a algo concreto de su vida, estamos ofreciendo la mejor palabra y el mejor gesto de consuelo.

Pero hay algo más, en el encuentro con esa persona concreta nosotros vamos a sentir como Jesús llega a nuestra vida. Aprendamos a reconocer esa presencia del Señor. Tengamos en cuenta dos cosas, no son personas anónimas porque tienen un nombre y una vida concreta, pero sepamos también reconocer en ellas la voz del Señor que nos está llamando por nuestro nombre.

viernes, 25 de febrero de 2022

Nunca se acaba de hablar del amor porque siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso

 


Nunca se acaba de hablar del amor porque siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

Todo el mundo sabe hablar del amor; cuántas cosas bellas somos capaces de decir; qué romántico lo ven todo los enamorados y cuántas cosas bonitas saben decirse; cualquiera puede sentirse inspirado. Pero es difícil hablar del amor, es difícil vivir con toda hondura el amor, cuesta mucho mantener el amor. Es una flor muy delicada que fácilmente se puede estropear.

Cuando vienen los fracasos pensamos en todo aquello romántico que fuimos capaces de decir, pero que no supimos mantener; quizás no cuidamos mucho sus raíces, no supimos abonarlas debidamente, le faltó algo que mantuviera la frescura de su belleza para siempre. Nos damos cuenta quizá que el amor es mucho más que unas palabras románticas; que tampoco puede ser algo pasajera, flor de un día; decimos quizás muchas veces que se nos muere el amor, pero ¿lo habíamos mantenido bien vivo y con toda su hondura?

No quiero ponerme pesimista, ni decir que el amor es imposible, no quiero juzgar aquellos efluvios románticos del amor, porque quizás también fueron necesarios, quisiera que supiéramos encontrar, yo el primero, el verdadero camino que nos lleve al verdadero amor. Algunas veces no es tan fácil. Está por medio nuestra condición humana con todas sus limitaciones. Pero también muchas cosas pueden influir para que no le hayamos dado la verdadera hondura que tendría que tener para que se mantenga lozano y fresco como el primer día. Aunque tiene que madurar y comenzar a tener un sabor y color añejo que lo hace más recio y más fuerte.

Y es que siempre nos entran dudas. Tenemos el corazón inquieto y podemos sentir atracción de muchas cosas mientras vamos de camino, o también nos pueden entrar los cansancios cuando no lo vivimos como una novedad de cada día. Vivimos por otra parte en un mundo donde nos cuesta reparar y preferimos tirar y cambiar. Encontrar solución para todos los problemas es una tarea ardua, pero cuando somos capaces de hacerlo al final nos sentiremos mejor.

Hay túneles oscuros en la vida con muchas luces fatuas alrededor que tratan de llamarnos la atención. Pero tenemos que saber lo que queremos, a dónde vamos, qué camino hacemos, qué es lo que realmente nos va a dar verdadera felicidad. Y eso en todos los aspectos de la vida; no solo en el amor o en el matrimonio sino en todas las cosas que emprendamos.

Quizá pueda parecer que estoy teorizando, pero si nos paramos a pensar en la realidad de la vida de cada día. Siempre en la vida hay luces y sombras, siempre pueden haber cansancios si perdemos la ilusión por alcanzar metas que nos hemos propuesto y que sabemos que son las que verdaderamente nos harán felices. Las dificultades no tienen que hacernos perder la ilusión sino hacernos sentirnos más fuertes para superarlas. Y cuando eso lo hacemos acompañados por la persona que sabemos que nos ama y a la que nosotros amamos también parece que todo se puede sentir distinto, que no nos faltarán las fuerzas para seguir el camino.

Hoy en el evangelio vemos que le plantean a Jesús las mismas cosas que seguimos planteándonos en todos los tiempos. De alguna manera están hablando de la caducidad del amor. Es lo que hacemos muchas veces, ponerle fecha de caducidad. Y cuando vamos caminando así con esa posible caducidad delante de nuestros ojos, fácilmente podemos perder la ilusión y las ganas de seguir luchando. Algunas veces algunos entran en esa aventura maravillosa del amor pensando ya de antemano en esa fecha de caducidad. Estamos reventando las raíces y el árbol pronto se puede secar en esas condiciones.

Jesús habla de una unión tan grande y tan profunda desde el amor de un hombre y una mujer que nos dice que van a ser como una sola carne. Así son los lazos del amor. Así tenemos que buscar esas raíces profundas que le den autenticidad a ese amor, para que no sea solo apariencia o flor de un día, como antes decíamos. Es tan maravillosa esa unidad que en ella Jesús pone la imagen de lo que es el amor que El tiene por su Iglesia, del amor que Dios nos tiene. Nuestro amor signo de lo que es el amor de Dios; el amor de Dios signo de lo que tiene que ser nuestro amor. ¿En el amor que vivimos habrá alguna semejanza, mirando la realidad de nuestra vida, con lo que es el amor que Dios nos tiene?

Hablar de todo esto se hace inacabable, porque así de grande es el amor. Siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso. Intenta darle brillo a tu amor cada día.

miércoles, 19 de mayo de 2021

La alegría con que vivimos nuestra fe y la comunión que tenemos entre nosotros son el mejor testimonio de la verdad del mensaje de Jesús para el mundo d


 

La alegría con que vivimos nuestra fe y la comunión que tenemos entre nosotros son el mejor testimonio de la verdad del mensaje de Jesús para el mundo de hoy

Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Cuando hacemos aquello en lo que de verdad creemos nos sentimos las personas más felices del mundo; y esa alegría que sentimos al realizarlo nos provoca a que con mayor intensidad busquemos todo aquello que pueda ayudar a los demás a encontrar también esa satisfacción y esa felicidad. Cuando estamos alegres por algo buscamos el encuentro con los demás, parece que con mayor facilidad encontramos esa comunión con los otros tratando también de superar aquellas cosas que nos pudieran enfrentar o distanciar. Esa alegría vivida con intensidad puede ser un ingrediente muy importante en los esfuerzos que hacemos por sentirnos unidos los unos con los otros.

Arranca todo eso de la sinceridad de nuestra vida, de la responsabilidad con que asumimos nuestra función sea cual sea el lugar que ocupemos en la sociedad, de esa fe que tenemos en nuestros proyectos porque los vemos bien enmarcados en lo que necesitamos en la vida y en lo bueno que buscamos. Hay una verdad que es esa meta que buscamos, hay una sinceridad que nos aleja de toda doblez, falsedad, hipocresía, vanidad, mentira. Nos sentimos con una alegría interior que por nada podemos sustituir en esa sinceridad con que queremos vivir nuestra vida.

Estamos en el evangelio escuchando, como decíamos ayer, la llamada oración sacerdotal de Jesús en que pide por sus discípulos en esa hora suprema de su ofrenda al Padre. Repetidamente Jesús ha deseado que sus discípulos vivan en la alegría - que vuestra alegría sea completa, les dice -, y es que los que seguimos a Jesús tenemos todas las razones para ser las personas más felices del mundo. Creemos en lo que hacemos e intentamos vivir, siguiendo con el concepto que veníamos desarrollando, y, a pesar de las dificultades de todo tipo que podemos encontrar, sabemos de quien nos fiamos porque hemos puesto toda nuestra fe en Jesús y tenemos la seguridad de que este es el mejor camino que podemos recorrer y que en verdad haría un mundo mejor.

Es una pena que tantas veces los cristianos no demos esa imagen de alegría y felicidad en la fe que confesamos y en el plan de vida que queremos realizar. Vamos por la vida, incluso realizando nuestra vida religiosa, con cara de entierro y de luto sin esperanza y lo menos que manifestamos al mundo es la alegría de nuestra fe. Malo es el testimonio que damos con esas caras que ponemos tantas veces de afligidos cuando estamos celebrando nuestra fe o cuando estamos realizando todo lo que es nuestro compromiso como cristianos.

Por otra parte tantas veces nos rompemos porque hacemos aflorar excesivamente nuestros protagonismos que nos llevan a rupturas y enfrentamientos, a no expresar la unidad y comunión que entre nosotros los que creemos en Jesús tendría que haber. Se rompe nuestra unidad y nuestra comunión y el testimonio se convierte en contra-testimonio.

Por eso hoy vemos como Jesús pide insistentemente por sus discípulos, que siguen en el mundo enfrentándose a todos los embates, pero que también reciben de sí mismos en actitudes y posturas insolidarias y con falta de verdadera comunión. Por eso ruega Jesús que estemos unidos para que el mundo crea. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’. Así ora Jesús al Padre por sus discípulos que quedan en el mundo, así pide por nosotros para que seamos santificados en la verdad.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Adviento, camino de esperanza, camino al encuentro con la luz, camino que nos hace salir de nuestros desiertos porque en los desiertos se van a abrir caminos nuevos

 


Adviento, camino de esperanza, camino al encuentro con la luz, camino que nos hace salir de nuestros desiertos porque en los desiertos se van a abrir caminos nuevos

Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84; 2Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

¿Qué experiencia tenemos de desierto? Quizás todas las imágenes que tenemos de un desierto es aquello que vemos en el rally Paris-Dakar – cuando se hacía por África – de aquellos arenales inmensos, de aquellas dunas y montañas de arena todo como un cruel sequedal que ya solo verlo nos hace pensar en lo difícil que es vivir en lugares así. Desierto no es solo el Sáhara que para nosotros españoles y canarios nos parece más cercano, sino que lugares así hay en muchos sitios del mundo y quien haya viajado y pasado por lugares desérticos lo ha hecho desde la comodidad de un autobús con aire acondicionado y pensando en el lugar cómodo al que vamos a llegar.

Todos entendemos de la incomodidad de la vida en el desierto, las carencias y sacrificios que puede significar, las dificultades que nos vamos a encontrar para abrirnos paso por el desierto y ya nos hace pensar en un lugar duro y de grandes sacrificios; no pensemos en quienes ocasionalmente los tengamos que cruzar sino en los que viven en dichos lugares.


¿Por qué he comenzado esta reflexión con estas imágenes del desierto que si las edulcoramos un poco las convertimos en idílicas y muy llenas de belleza? Hoy la Palabra de Dios nos habla de caminos que se abren en el desierto y nos presenta por otra parte la figura de Juan Bautista en el desierto allá en las cercanías del Jordán.

Pero cuando hoy la Palabra de Dios nos presenta esta imagen no es solo para que recordemos el peregrinar del pueblo elegido por un desierto para llegar a la Tierra prometida o las palabras del profeta que nos quieren anunciar un segundo éxodo atravesando también un desierto donde se han de abrir caminos. Eso sería solamente mirar para detrás, aunque es cierto que tenemos que contemplar la historia de la salvación, sino que hemos de mirar la vida presente en la cual también podríamos encontrarnos como en medio de un desierto que tenemos que atravesar, del que tenemos que salir, porque el desierto es solo un paso o una etapa para llegar a algo nuevo que nos ofrece el Señor.

En la planilla de la Palabra de Dios hemos de poner nuestra historia de hoy, nuestra historia personal y también el camino que como pueblo o como sociedad vamos haciendo. Hemos de encontrar en la Palabra que se nos proclama las claves para saber leer nuestra historia, nuestra vida y los caminos que el Señor quiere hoy abrir ante nosotros.

Y desiertos vivimos en nuestra vida, y muchos y de muchas maneras. Globalmente miramos el momento presente de nuestra sociedad y es también como si estuviéramos atravesando un desierto, con lo dura que se nos presenta la vida, con las incertidumbres que se están provocando continuamente, con esos momentos oscuros que vivimos sin terminar de encontrar salida y solución a los grandes problemas, con las exigencias de nuevos planteamientos que se nos hacen a la vida donde son muchas las cosas que tenemos que cambiar en nuestras costumbres y rutinas, en nuestra manera de vivir, en las cosas de las que nos vemos despojados, donde parece que hasta se nos resta libertad.

Confinamientos, toques de queda, limitación de movimientos, distanciamiento social, encuentros y cercanías personales que se ven limitadas… muchas son las cosas que nos constriñen, que nos limitan, que nos impiden una convivencia a como estábamos acostumbrados, amen de todos los peligros a los que nos vemos sometidos y de los que nos queremos librar. Un auténtico camino de desierto que tenemos la esperanza que desemboque en algo nuevo y distinto.

Pero junto a todo eso que nos parece que ahora es como lo más grave que nos está sucediendo son también muchas otras las situaciones de desierto con que nos podemos encontrar en la vida. Ahora, podíamos decir, se ha agravado la soledad de muchas personas con esto de los confinamientos y el no permitir los encuentros, pero esas soledades siempre han estado presentes en muchos o en nosotros mismos en el camino ordinario de nuestra vida.

Pensamos en los ancianos solos o recluidos en contra de su voluntad en centros que para ellos se convierten en soledad y desierto, pero podemos pensar en tantos marginados de nuestra sociedad que por un motivo u otros son rechazados y discriminados ya sea por sus orígenes raciales, ya sea por la condición de su vida, ya sea por una vida turbia y llena de vicios y dependencias. Quizá nos es fácil mirarlos desde fuera y desde nuestra vida cómoda llenarlos de culpabilidades y condenas, pero a pesar de todo son personas que sufren, que tienen un corazón, que tienen unos sentimientos, que también ansían a pesar del mundo en que se han metido un encuentro normal con los demás y ser tratados con dignidad.

Porque podemos pensar en las familias rotas sin necesidad de buscar culpabilidades sino como consecuencia de circunstancias que van apareciendo en la vida y detrás de esas rupturas hay personas que sufren, personas que se sienten fracasadas, personas que pagan las consecuencias quizá de los errores de otros, personas que necesitan cariño pero que solo encuentran violencia y desamor. Personas que viven un auténtico desierto en las soledades de sus vidas.

Piensa en ti mismo, como yo pienso en mi mismo, en esos momentos malos por los que todos pasamos en la vida, con problemas que se nos presentan, con silencios interiores porque no sabemos a donde clamar, con momentos también de soledad envueltos en nuestras propias negruras. Quizá sean muchas más las experiencias de desierto que tengamos en nuestra vida que lo que pensábamos al principio.


Hoy el evangelio nos está diciendo que en esos desiertos se han de abrir caminos. La Palabra del profeta era un grito de consuelo ante nuestras penas y nuestros llantos. La Palabra del evangelio nos hace mirarnos de verdad por dentro de nosotros para que descubramos de verdad las montañas o valles de nuestra vida que tenemos que allanar. Cuántas cosas hay que transformar. La Palabra que nos venía a través de la carta de san Pedro nos recordaba que para el Señor mil años son como un día y un día son como mil años, queriendo decirnos cómo el Señor está esperando nuestra vuelta, nuestro caminar a su encuentro porque su misericordia es eterna y El nunca abandona la obra de sus manos, nunca nos abandona.

Adviento, camino de esperanza, camino que nos lleva al encuentro con la luz, camino que nos hace salir de nuestros desiertos porque en los desiertos se van a abrir caminos nuevos.

viernes, 1 de marzo de 2019

Aprendamos a ser generosos en el campo del amor y la amistad y respetarnos y valorarnos mutuamente en lo que cada uno somos



Aprendamos a ser generosos en el campo del amor y la amistad y respetarnos y valorarnos mutuamente en lo que cada uno somos

Eclesiástico 6,5-7; Sal 118; Marcos 10,1-12

Hay personas que nunca están contentas con lo que son o con lo que tienen; y no se trata solamente de ese deseo de superación personal que todos hemos de tener en ese deseo de crecer y madurar, en ese deseo de ser mejores o prestar el mejor servicio a los demás. Ese aspecto si tendríamos que cultivarlo, porque sería una actitud positiva de vida.
Es más bien aquellas personas que viven en una negatividad y es que no les satisface nada de lo que los otros le puedan ofrecer; son los que van poniendo pegas a todo lo que el otro nos dice, que no miramos al otro sino quejándonos de que somos nosotros los que hacemos, los que nos damos y nunca los demás nos ofrecen nada, pero que en esa negatividad con que vivimos no sabemos apreciar lo bueno de los otros o lo que nos ofrecen.
Es una postura de desconfianza que va creando un distanciamiento en nuestros encuentros, en nuestra convivencia. Y cuando queremos convivir de verdad hemos de saber ponernos al lado del otro, a su misma altura, sin creerme que yo estoy en un estadio superior, porque hago mejor las cosas o porque yo soy el que está tirando del carro, por decirlo de alguna manera. Convivir es aceptar al otro, tal como es, valorar lo que en el otro hay, no estar midiendo lo que yo doy u ofrezco, sino que cada uno con sus fuerzas, con lo que es lo que tiene va tirando del carro conjuntamente con el otro.
Y esto es importante en todas las facetas el amor, ya sea la amistad, ya sea el amor de la pareja o del matrimonio. Nunca somos iguales, porque cada uno es como es con sus propios valores y cualidades, y la convivencia de amor está hecha a partir de lo que cada uno es.
Por eso no vale recriminar, ni estar echando en cara lo que hacemos o dejamos de hacer, porque es una forma de desconfianza y eso hace que el otro también se canse de sentirse quizá minusvalorado. Por esas pequeñas grietas que vamos poniendo en el edificio de nuestro amor mutuo y nuestra amistad, se nos puede ir desquebrajando la vida y la convivencia hasta llegar a desconocernos y apartarnos le uno del otro en ese camino que hemos querido hacer juntos.
No soy un experto en estas cuestiones ni soy nadie para dar consejos o recetas, pero ofrezco sencillamente esta reflexión que me ha surgido y que quiere ser un granito de arena, un pensamiento, una semilla que nos haga reflexionar sobre estas cosas enriqueciéndolas cada uno con su propio pensamiento o su propia experiencia.
En el evangelio que hoy se nos ofrece le plantean a Jesús el tema del divorcio. Jesús lo que quiere es recordarnos lo que es la original voluntad de Dios sobre el hombre y la mujer creados para el amor. Eso entraña la generosidad que hemos de tener siempre en nuestra vida en el campo del amor; eso entraña también el respeto y la valoración que siempre hemos de hacer de la otra persona.
Si somos generosos, olvidándonos incluso de nosotros mismos seremos más felices y haremos más felices a aquellos a los que amamos, y eso es lo que ha de importarnos. Si vivimos con respeto valorándonos siempre, cuando el otro se siente valorado se siente feliz y querrá hacerte feliz a ti también. Cosas que tendrían que hacernos pensar para construir con verdadero fundamento ese edificio del amor y del matrimonio.

viernes, 20 de mayo de 2016

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

Jesús hace camino con nosotros en la vida. Lo vemos en el evangelio yendo de un lado para otro siempre al encuentro con la gente. Muchos venían hasta El; El se acercaba a todos; a todos escuchaba, para todos tenía palabras de vida, palabras de luz que iban iluminando sus caminos no siempre fáciles.
Las situaciones vitales que muchos vivían no eran fáciles; estaban las dificultades de cada día por lograr la supervivencia en un pueblo pobre y con muchas necesidades; estaban sus carencias, sus limitaciones que se manifestaban en las enfermedades, en las discapacidades que iban apareciendo en sus cegueras, en su invalidez, en la sordera y así en muchas cosas más; pero estaban también las dificultades de la convivencia en el seno de las familias, en el encuentro con los demás motivados muchas veces desde egoísmos o ambiciones que lo hacían difícil.
Para todos tenía una palabra de luz y de vida; en El encontraban fuerza y esperanza; con El se abrían nuevos caminos para sus vidas. Era la salvación que llegaba con Jesús y a todos alcanzaba; era el Reino nuevo de Dios que se anunciaba y se iba instaurando en aquellos que aceptaban el camino de Jesús.
Vienen hasta Jesús con sus problemas, pero en ocasiones había personas interesadas en tratar de desprestigiarle, o de ponerle a prueba. Es lo que sucede hoy cuando le plantean el problema del divorcio. La respuesta de Jesús es contundente porque recuerda lo que es la voluntad de Dios desde el principio. El matrimonio ha de ser un encuentro de amor para vivirlo en plenitud. ‘Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.
Pero como decíamos en el inicio de la nuestra reflexión no siempre los caminos son fáciles. Hemos de tener bien claras cuales son nuestras metas y nuestros principios y por ellos hemos de luchar sabiendo que nos va a costar. Y esa es la realidad que nos encontramos en las familias y en los matrimonio. Nada tendría que llevarnos a la ruptura y al desencuentro; todo tendría que ir orientado siempre a esa comunión de amor y para eso será necesario superar muchas cosas que se nos atraviesan en el corazón y que crean esas rupturas. Somos conscientes de cuanto de todo eso sucede en nuestro entorno y no siempre se tiene la suficiente fortaleza para mantener esa unidad, para preservar esa comunión.
Cristo que se hace presente en nuestra vida con su gracia ha querido convertir la realidad matrimonial en un sacramento de su presencia. Por eso nos da la gracia del sacramento que santifique nuestro amor matrimonial. Sin la gracia del Señor, solo con nuestras fuerzas, seríamos incapaces de mantener esa unidad porque bien sabemos cuantas son las tentaciones que nos acechan y cuanta es la debilidad que hay en nuestro corazón. Pero la gracia sacramental no fue cosa de un momento, allá cuando celebramos el sacramento, sino que es algo que se prolonga en toda nuestra vida a través de cada gesto de amor. En ese amor se hace presente Jesús, nos llena de su gracia,  santifica nuestra vida.
Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial y así podamos preservarlo siempre de todo peligro para que todo, y en todo momento, nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor.

jueves, 12 de mayo de 2016

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando ponemos gran empeño en sacar un proyecto adelante, un proyecto que consideramos de gran trascendencia para nosotros y para ese mundo nuevo que queremos construir, lo menos que desearíamos es que desde dentro, desde las personas que realizan ese proyecto se pusieran trabas o maquinásemos para destruirlo. Un encargo y un deseo sería que en verdad lo cuidáramos y no hiciéramos nada que pudiera ser obstáculo para llevarlo adelante. La experiencia de la vida nos dice cómo siempre encontraremos quienes están poniendo palos a las ruedas, desde las envidias, los orgullos, los recelos y en lugar de construir destruimos. Esto lo vemos claro en tantos hechos de la vida.
Son las recomendaciones y la oración que Jesús está haciendo por los discípulos, por el Reino de Dios que se está constituyendo, por la Iglesia que está naciendo. Es la oración por la unidad. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Es importante esa unidad de todos los creyentes para que el mundo crea. Si nos ven divididos ¿cómo van a creer en la Palabra que les anunciamos?  Si nos ven desunidos mala imagen estamos dando del Reino de Dios.
Este tema de la unidad nos puede llevar a variadas consideraciones con muchas consecuencias en nuestra vida cristiana y en la vida de la Iglesia. Ya es un drama grande que a lo largo de los siglos se haya producido tantas rupturas y que teniendo todos una misma fe en Jesús nos etiquetemos con tan diversos nombres y hayamos creado esos abismos inmensos de separación y división. Damos gracias a Dios por los gestos de cercanía que se están dando en los últimos tiempos.
Pero yo quiero pensar ahora en nuestras propias comunidades parroquiales o en las comunidades religiosas. ¿Trabajaremos de verdad para que haya esa verdadera comunión y unidad en el día a día de nuestras comunidades? Bien sabemos de los recelos y desconfianzas que muchas veces aparecen. Mucho daría que pensar, porque lo triste sería que fuéramos nosotros los propios cristianos los que desde dentro estuviéramos frenando el avance de la Iglesia. Nos pide Jesús que vivamos unidos, que no nos destruyamos. Con el corazón en la mano nos lo esta pidiendo Jesús. 

martes, 1 de diciembre de 2015

En el camino del adviento seamos desde nuestra humildad y ternura instrumentos con los que creemos lazos de armonía y paz en los que nos rodean

En el camino del adviento seamos desde nuestra humildad y ternura instrumentos con los que creemos lazos de armonía y paz en los que nos rodean

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Aquel dicho antiguo de que el hombre es un lobo para el hombre encuentra hoy su contrapartida en la Palabra del Señor que hemos escuchado. Es la triste realidad que todos podemos constatar; muchas veces los hombres parecemos lobos que nos queremos tratar a los otros hombres.
¿No es eso lo que sucede en nuestro mundo tan roto por guerras y rivalidades? ¿No es ese el endurecimiento del corazón con que en nuestros orgullos y ambiciones ciegas nos tratamos injustamente los unos a los otros? ¿No es así la insensibilidad en que nos encerramos en nosotros mismos en que cada uno solo piensa en si mismo olvidándose de los demás? ¿Por qué somos así? ¿Por qué llegamos esas situaciones tan duras e injustas?
Muchas preguntas, muchas negruras, muchas inquietudes que quizá surjan en la bondad de nuestro corazón o en lo mejor que tengamos en nosotros mismos. Creo que es bueno que pensemos y analicemos estas cosas. Es nuestra vida real de cada día en la que no nos sentimos satisfechos, porque aunque muchas veces todos podamos haber actuado así, cuando nos viene un momento de lucidez nos damos cuenta de nuestros errores y quisiéramos que las cosas fueran de otra manera.
Y es además, que en este camino de adviento que como creyentes y cristianos estamos queriendo hacer, hemos de recorrerlo partiendo precisamente de ese carril de nuestra vida con esas negruras y sombras, con esos interrogantes y también con esas esperanzas. La esperanza es una virtud fundamental que avivamos de manera especial en este tiempo de Adviento, porque decimos que estamos a la espera de la llegada del Señor a nuestra vida. Y el Señor viene a nuestra vida a poner luz en esas oscuridades, a sanarnos en todas esas flaquezas que nos debilitan y nos llevan por caminos de muerte.
Viene el Señor y nos llena de su Espíritu; viene el Señor con su espíritu de prudencia y sabiduría, de consejo y valentía, de ciencia y de temor del Señor. Viene el Señor y quiere transformar nuestro corazón. Son bellas las imágenes que nos ofrece el profeta donde vemos una naturaleza reconciliada donde no tienen por que haber enemigos ni enfrentamientos, sino que todo ha de ser paz y armonía. Son las imágenes bellas de esas fieras que podrían ser enemigos irreconciliables y sin embargo pacen juntos en total armonía. Ojalá reconstruyéramos era armonía de la naturaleza, y no me quedo en lo ecológico sino que voy más allá pensando en la armonía que tendría que haber entre todos los hombres. Es la salvación que Jesús nos ofrece, nos regala, viene a traer a nuestro corazón.
Pero como oiremos decir al Bautista hemos de tener un corazón bien dispuesto. Esa armonía que conseguiremos con la presencia de Dios en nuestra vida no la podremos entender ni llegar a vivir si seguimos con nuestros corazones llenos de orgullo y de soberbia. El orgullo y la soberbia corrompen nuestro corazón y lo que hacen es crear divisiones y enemistades.
En el evangelio Jesús da gracias al Padre porque se revela a los pequeños y a los humildes. Es que solo con un corazón humilde podemos llegar a conocer a Dios. Solo con un corazón humilde podremos entender y llegar a vivir lo que el Señor nos pide. Solo con un corazón humilde podremos alcanzar esa armonía y esa paz. Solo con un corazón humilde lograremos que nunca más el hombre sea un lobo para el hombre, sino que en verdad todos nos sintamos hermanos y vivamos en paz.
En este camino de adviento pon cada día tu granito de arena para construir la paz allí donde estés. Que tu sonrisa y tu ternura te acerquen a los demás y sean el instrumento con que vayamos creando esos lazos de amor que a todos nos unan. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16
La soledad es como la loza de una tumba oscura que si cae sobre nosotros nos hace perder todo sentido y todo valor de aquello que vivimos o que hacemos. No está hecho el hombre, la persona para la soledad. Desde lo más intrínseco de nuestro ser estamos llamados a la comunicación y a la comunión, aunque luego como consecuencia de nuestras propias limitaciones y de los orgullos que dejamos meter en nuestra vida algunas veces se nos pueda hacer difícil.
Necesitamos estar, o más aun, ser para alguien, para el otro, para los demás. En la soledad decimos que nos aburrimos, o lo que es lo mismo parece que todo carece de sentido. Podemos buscar la soledad en un momento determinado porque quizá necesitamos centrarnos dentro de nosotros mismos pero pronto nuestro ser tiende a abrirse a los demás, a ir al encuentro con el otro, a entrar en comunicación y más aun en comunión con nuestros semejantes.
Cuando vemos a alguien que dice que prefiere la soledad, que trata de aislarse de los otros para vivir su vida sin esa interdependencia con los otros, decimos que es un bicho raro o que está caminando a contracorriente de lo que es su ser más hondo. Es difícil que en esa situación se sea verdaderamente feliz, porque tendría que saber buscar ese sentido de su ser para los demás aunque en determinados momentos o situaciones viva a solas.
Pero la soledad no la podemos llenar con cosas. En las cosas tendrá una utilización, pero no la valdrán para el encuentro. Tampoco cualquier ser vivo puede llenar la soledad de la persona, porque esa comunión y comunicación tiene mucho de personal, y entonces será el encuentro de la persona con la persona donde se establezca esa relación personal. Nos encontramos en la vida quienes quieren llenar sus soledades en la posesión de las cosas o en la compañía de los animales. No es el camino que nos lleve a una plenitud de nuestro ser y a esa relación personal que necesitamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Muchos pensamientos y reflexiones surgen al hilo del pensamiento de la soledad de la persona. ‘No está bien que el hombre esté solo’, se dice Dios en el paraíso después de haber creado a su criatura preferida, el hombre. ‘Voy a hacer alguien como él que le ayude’. Y nos habla de la creación de todos los seres vivos que Dios va presentando al hombre para que le ponga nombre. Es una expresión de posesión el dar nombre a algo o a alguien. Pero nada de todos aquellos animales, como antes ninguna de las otras cosas creadas, da satisfacción al corazón del hombre para hacerle salir de su soledad.
Será cuando aparezca la mujer - hemos de saber entender las imágenes de la creación que nos propone el Génesis como una forma de hablar - cuando el hombre llegue a encontrarse de verdad con un ser semejante a él con quien pueda entrar en comunicación y en comunión. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!’, dirá Adán llamando a la mujer Eva.
Nos aparece la sentencia que será base y fundamento de lo que es el matrimonio pero que viene a expresar esa nueva comunión entre los seres humanos que romperá todas las soledades. Se rompe la soledad no solo porque puede estar ya con alguien sino porque además ya la vida y la existencia adquieren un nuevo sentido y valor al ser también para alguien en esa comunión e interrelación que se crea entre los seres humanos.
Nada tendría que romper esa nueva interrelación entre los seres humanos que le llevaría de nuevo a la soledad. Se han entendido siempre estas palabras en relación a esa unión entre el hombre y la mujer que llamamos matrimonio, pero más profundamente nos está hablando de esa comunión que tendría que haber siempre entre todos los seres humanos.
En el evangelio hemos escuchado a los fariseos que vienen a preguntarle a Jesús sobre el tema del divorcio. Les recuerda Jesús las palabras del Génesis que manifiestan la voluntad y el designio de Dios desde la creación para todo el género humano. ‘No son dos sino una sola carne y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando Jesús.
Pero hay algo importante que les dice Jesús en referencia a que Moisés permitió en algunas circunstancias el divorcio. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto’, les dice. La terquedad que se puede traducir en muchas posturas y actitudes, en muchos contravalores que podemos dejar meter en el corazón que nos destrozan y que nos dividen.
Es el orgullo que se mete en nuestra vida y que nos aísla y que nos separa de los demás; todo lo que sea creernos superiores a los otros, convertirnos en reyes y señores de todos para que prevalezca siempre mi propia voluntad, las insolidaridades que nos hacen olvidarnos de los otros para pensar solo en nosotros mismos, el egoísmo avaricioso en que todo lo quiero para mi porque me creo merecedor de todo, y así podríamos seguir diciendo muchas más cosas, nos destruyen desde lo más hondo de nosotros mismos y van creando rupturas en nuestro entorno con aquellos con los que tendríamos que convivir. Y hacemos referencia al matrimonio y a las causas de tantas rupturas, pero podemos hacer referencia a todo lo que va creando barreras con aquellas personas de nuestro entorno.
No podemos vivir en soledad, pero a causa de nuestra terquedad volvemos a encerrarnos en ella aislándonos de la comunión y comunicación que tendríamos que vivir con los demás. Creo que podríamos sacar muchas consecuencias de esta reflexión para nuestra vida de cada día y para esa mutua interrelación que habríamos de vivir con los demás. Cuidemos de no caer de esa manera en las redes de la soledad.
En el camino de nuestra vida cristiana no vamos solos, porque siempre hemos de vivir esa comunión de amor fraterno como nos enseñó Jesús; pero ese camino de nuestra vida cristiana sabemos que tenemos de nuestra parte al Espíritu del Amor que nos dará fuerzas y sabiduría para saber vivir esa comunión de amor que ha de ser toda vida.