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martes, 13 de agosto de 2019

Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante



Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante

Deuteronomio 31,1-8; Sal. Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
No hace muchos días en las rede sociales aparecía una foto de un amigo, no ya tan joven, que aparecía jugando como si de un chiquillo se tratara en esos parques de juegos que ahora fácilmente nos encontramos para entretenimientos de pequeños y de grandes; allí estaba disfrutando como un niño tirándose de unas sogas colgantes, realmente no sé el nombre del juego acaso porque ya me voy poniendo mayor. Yo le comentaba que le estaba saliendo al flote el alma de niño que todavía llevaba dentro.
Me vino a la memoria esta breve anécdota al escuchar lo que nos pide hoy Jesús en el evangelio, que nos hagamos como niños. Hay a quien no le gusta que lo traten de manera infantil, pero realmente llevamos un alma de niño dentro de nosotros que sin embargo por la seriedad con que nos tomamos la vida queremos ocultar como si nos pareciera que eso nos iba a empequeñecer. Pero ojalá nos quedara aquella inocencia y aquellos ojos limpios sin malicia, que desgraciadamente la vida se ha encargado de hacer turbios; aquellos ojos de curiosidad que siempre buscan y preguntan porque quieren saber, porque quieren creer, porque quieren crecer; lo malo es que cuando vamos creciendo dejamos crecer también la mala hierba de la malicia en nuestro corazón que ya nos impedirá tener aquella mira clara y limpia del niño para descubrir lo bello de la vida.
Le había preguntado a Jesús quién es el más importante en el reino de los cielos. Siempre los hombres nos estamos preguntando cómo podemos ser importantes, aparecen esos deseos de grandeza y de orgullo con tanta facilidad en nuestros deseos y aspiraciones. Pero Jesús, por así decirlo, les rompe los moldes porque les pone un niño en medio de ellos. En aquella época el niño era poco considerado, mientras no llegara a una cierta mayoría de edad no eran tenidos en cuenta. También nosotros decimos de las cosas de los niños ‘eso son chiquilladas’ y no le damos importancia tantas veces.
Conocemos bien la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.
Ya Jesús nos dirá en otro momento que el Reino de los cielos es de los pobres, y que serán los pequeños y los sencillos los que más están abiertos a Dios, que se revela a los humildes. Hoy nos dice que si no somos como niños no entraremos en el Reino de los cielos. Ya le diría a Nicodemo que había que nacer de nuevo, aunque aquel hombre se preguntara cómo siendo uno mayor puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Hoy nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños. Y esos serán los más grandes.
¿Nos hemos fijado en la sonrisa alegre de un niño no solo en medio de sus juegos sino también cuando se siente a gusto con los que le rodean? Una alegría que nace de ese corazón sin malicia, de ese corazón inquieto que busca, de esa generosidad espontánea que lleva al encuentro con los demás, de esas cosas hechas con inocencia donde no aparecen ni las malas intenciones ni la doblez y el engaño. Son las cosas que tendríamos que aprender a vivir para que sigamos manteniendo esa sonrisa alegre en nuestra cara.
Aprenderíamos así a convivir y a aceptarnos, aprenderíamos a caminar juntos siendo capaces de darnos la mano porque confiamos siempre en el que va a nuestro lado. Haríamos la vida bella siempre porque estaríamos dispuestos a evitar las espinas que pudieran dañar. Seríamos capaces de seguir jugando como niños con la alegría sana que brota de corazones sanos. ¿No serían estas señales de que estamos viviendo en los parámetros del Reino de Dios?

lunes, 1 de octubre de 2018

La espontaneidad y la disponibilidad generosa para hacer siempre lo bueno hará en verdad que nuestra vida se llene de luz, para contagiar al mundo que tanto lo necesita



La espontaneidad y la disponibilidad generosa para hacer siempre lo bueno hará en verdad que nuestra vida se llene de luz, para contagiar al mundo que tanto lo necesita

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

Probablemente a nadie le gusta que lo traten como a un niño. Hasta los mismos niños en la medida en que van creciendo siempre están aspirando a ser mayores, para que los traten como mayores y para tener su propia autonomía y en la manera de ver las cosas su propia libertad para sentirse mayores, hacer lo que cada uno quiere y no sentir que nadie les impone lo que deben hacer o como deben actuar. Esos deseos de autonomía, de libertad, de sentirse mayores es algo que llevamos innato dentro de nosotros.
Pero, sin embargo, en ocasiones pareciera que quisiéramos seguir siendo niños – quizá por aquello de rehuir responsabilidades – o quisiéramos seguir siendo niños porque parece que necesitamos de una ternura y de un cariño que en la medida en que vamos siendo mayores quizás no nos expresan con la misma intensidad los que están a nuestro lado, pero deseamos esa ternura, esos mimos o cariños que puedan tener con nosotros. Podría parecer incongruencias pero cosas así algunas veces nos suceden.
Pero también hay otros aspectos de inocencia, de espontaneidad, o de unos deseos de búsqueda y en cierto modo aventura que quizá algunas veces añoramos; pero también podríamos tener en cuenta esa inocencia o esa ausencia de malicia que tiene un niño, esa visión quizá idílica en que todo le pueda parecer bueno y hermoso y le hace darse, ser generoso, expresar espontáneamente esos gestos de cariño hacia aquellos que quiere y que le quieren, esa disponibilidad natural para acercarse al otro sin prejuicios y sin desconfianza, con lo que una vida así parece siempre hermosa y en esas pequeñas cosas nos presentamos felices y con nuestra felicidad y con nuestra sonrisa hacemos felices a los demás.
Con lo que estamos diciendo parece que no es tan malo seguir siendo niños, manifestarnos como niños y con una vida de la que desterremos malicias y prejuicios parece que haríamos un mundo más feliz. Esa sonrisa espontánea e inocente del que no tiene malicia ni se deja influir por desconfianzas parece que nos gana el corazón y nos contagia y pudiera ser que nos impulsara a vivir también con esa sonrisa en el corazón y sentimos que nuestro mundo seria mucho mejor si así desterráramos esos prejuicios y desconfianzas, esas malicias que nos harían mirar con unos ojos enrevesados a los que están a nuestro lado.
Esa espontaneidad, esa disponibilidad generosa a hacer siempre cosas buenas haría en verdad que nuestro corazón y nuestra vida se llenara de luz, una luz que contagiaría a nuestro mundo que tanto lo necesita.
Cuando los discípulos andaban discutiendo sobre quien era el más grande, Jesús puso un niño en medio de ellos y les dijo que había que hacerse como un niño, que había que saber acoger a un niño, que quien se hiciera pequeño en el servicio y en el amor, en la humildad y en la sencillez estaría entendiendo lo que era ser grande en el Reino de los cielos. Un poco, podíamos decir, que Jesús les echa un jarro de agua fría sobre ellos cuando estaban aspirando a grandezas y ya andaban incluso con discusiones entre ellos a causa de sus ambiciones.
Antes decíamos que no queríamos que nos trataran como  niños, que aspirábamos siempre a ser grandes, pero en nuestra reflexión fuimos derivando hasta descubrir la belleza de la vida que en un niño podemos descubrir. Es lo que Jesús nos quiere hacer ver. Con ambiciones que nos enfrentan, con apetencias que nos llenan de trampas y malicias no vamos a ninguna parte. Con disponibilidad, con generosidad, con sencillez, con gestos pequeños, con una sonrisa, con un detalle podemos llegar lejos. Es el camino que hemos de saber recorrer, que muchas veces nos cuesta tanto por la carga de ambiciones, de orgullos, de apetencias, de malicias que llevamos en nuestro corazón.
‘Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los cielos’, no lograréis entender de verdad lo que significa vivir el Reino de Dios.

lunes, 26 de marzo de 2018

Con una fragancia de suave olor tenemos que perfumar nuestro mundo derrochando amor, repartiendo sonrisas y abriendo nuestro corazón para acoger a los demás


Con una fragancia de suave olor tenemos que perfumar nuestro mundo derrochando amor, repartiendo sonrisas y abriendo nuestro corazón para acoger a los demás

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11

¿Habrá alguien que sea alérgico o que no le agrade un suave perfume? Qué agradable sensación cuando pasas al lado de una persona que va dejando a su paso un halo de limpieza y de perfume. Como agradable es llegar a un lugar embellecido con unas flores, pero perfumada por el suave olor de las flores. Agradable es aun más cuando sentimos una sensación de paz y de serenidad en el encuentro con las personas que trasmiten no ya un perfume que nos llegue por el olfato sino por su presencia acogedora y llena de amor. Podemos decir, entonces, que hay perfumes y perfumes.
Hay personas que no dan olor y no es ya porque no usen esos perfumes de los que normalmente hablamos sino que su presencia es aséptica al no trasmitir nada en su vida porque les falte esa capacidad de acogida y de empatía para trasmitirnos algo de lo que lleven en su corazón. Ni fríos ni calientes, encerrados en su torre de marfil se manifiestan hieráticos y distantes con lo que ya no nos sentimos a gusto y casi espontáneamente rehuimos su presencia.
Hoy el evangelio nos ha hablado de perfumes. Nos detalla el amor de María de Betania que gastó su dinero en aquel vaso de oloroso y costoso perfume para derramarlo a los pies de Jesús. La fragancia del perfume inundó toda la casa, nos dice el evangelista. Era habitual en ella el derrochar sus perfumes para acoger y recibir a Jesús porque aunque entonces no era de nardo purísimo como ahora ese perfume había también derramado cuando sentándoles a los pies de Jesús le recibió en su casa. Aquel hogar de Betania derramaba torrentes de perfume en la acogida y en el amor con que recibían y atendían a Jesús cuando allí llegaba.
En la narración un tanto cronológica de los últimos momentos de Jesús la liturgia nos ofrece este evangelio cuando ya hemos iniciado esta semana de pasión como acontecimiento cercano a la pasión y a la muerte de Jesús. Después de la resurrección de Lázaro en Betania habían preparado un banquete para Jesús. Allí estaba con sus discípulos, allí está Lázaro el que había vuelto a la vida, Marta como siempre estaba con el servicio a la mesa, pero María ‘se había salido’ como ahora se dice derrochando todo aquel perfume a los pies de Jesús. ‘Lo tenia preparado para mi sepultura’, aclarará Jesús cuando incluso en alguno de los discípulos surgen comentarios interesados y no muy bien intencionados.
Quiero centrar mi pensamiento en ese perfume derrochado a los pies de Jesús. Era un buen perfume que nos habla de amor y de acogida, de sentimientos de gratitud y de muestras de amistad frente a otro mal perfume que quería por allá aparecer en los malos sentimientos e interesados juicios y pensamientos. Por eso la pregunta que me hago es con cuál perfume me estoy yo hoy, lunes santo, acercando a Jesús para celebrar su Pascua.
Desgraciadamente tantas veces en la vida he sido alérgico al perfume del amor y de la acogida cuando he dejado meter la maldad y la insolidaridad en mi corazón; maleamos nuestro corazón desde intereses egoístas, desde juicios maliciosos, desde la frialdad y la insensibilidad con que tantas veces vamos por la vida. Parece que fuéramos alérgicos al amor.
Como nos dirá san Pablo tenemos que dar el buen olor de Cristo y lo haremos cuando pongamos sensibilidad y amor en nuestro corazón, cuando aprendamos a mirar con ojos nuevos a los que nos rodean y seamos capaces de entrar en una nueva sintonía de amor con cuantos nos vamos cruzando por los caminos de la vida. Es la fragancia que tenemos que saber ir dejando a nuestro paso; es la cercanía y el cariño con que sabemos acercarnos a los demás; es la sonrisa que regalamos a todo aquel con quien nos encontremos. Mira con mirada nueva a todo aquel que se cruza en tu camino como si con Cristo mismo te encontraras y harás sentir a todos el perfume del amor cristiano.



domingo, 2 de julio de 2017

Cuánta sed hemos de saber calmar desde esos pequeños gestos de encuentro y de cercanía que harán que nuestra vida adquiera un sentido y un valor nuevo

Cuánta sed hemos de saber calmar desde esos pequeños gestos de encuentro y de cercanía que harán que nuestra vida adquiera un sentido y un valor nuevo

2Reyes 4, 8-11. 14-16ª; Sal 88; Romanos, 6, 3-4. 8-11; Mateo 10, 37-42
Hay quien mira la vida como una rutina donde piensan que todo se repite, considera las cosas pequeñas sin valor y a lo sumo sienten temor ante cosas extraordinarias que pudieran suceder y todo les parece como un azar que no tiene sentido ni valor. Es triste y amargo vivir la vida así, porque pareciera que les falta aliciente, no tienen metas o carecen de ideales que sean como motor de empuje para cuanto día vamos haciendo. Caminar así es un caminar sin sentido, y cuando no tenemos metas todo se nos vuelve rutinario y aburrido y entonces parece que ni siquiera queremos vivir.
La vida está hecha de esas cosas pequeñas de cada día, pero donde hemos de saber encontrarle un sentido y un valor; pero al mismo tiempo siempre va acompañada de otros momentos más fuertes en los que quizá tenemos que tomar decisiones más importantes cuando tenemos que ir afrontando todas responsabilidades que en la vida tenemos que saber asumir.
Esos momentos o esas decisiones, es cierto, le dan como un colorido distinto a la vida, pero eso no quita para que sepamos ver el valor de esas cosas pequeñas de cada día a las que hemos de saberle dar una profundidad, encontrarle su valor, ver que son también importantes porque son como esas pequeñas piezas de un mosaico que van a ayudarnos a dar el trazo definitivo de esa imagen que queremos reflejar. Un mosaico no solo está compuesto de piezas grandes, sino de esos trozos pequeños que nos puedan parecer insignificantes pero que trazarán el dibujo de la imagen que se quiere reflejar.
Esto que podemos decir de toda vida humana que queramos vivir con sentido y a la que siempre hemos de saber dar profundidad lo podemos decir aun con mayor sentido de lo que es nuestra vida religiosa y cristiana. También nos encontraremos quienes nos digan que eso de ser cristiano es aburrido y es una rutina. Pero siguiendo el hilo de nuestra reflexión creo que podemos darnos cuenta de que  no es ni puede ser así.
La vida es un camino y la vida cristiana es ese camino que hacemos queriendo seguir los pasos de Jesús. En ese camino de Jesús habrá momentos importantes, decisivos en los que tendremos que realizar unas opciones que irán marcando, es cierto, el camino de nuestro vivir; es el camino de los grandes valores que nos enseña el evangelio, es esa búsqueda del Reino de Dios y su justicia, como nos dirá Jesús en alguna ocasión; es el momento en que tenemos que plantearnos si aquello que estamos haciendo es en verdad vivir ese Reino de Dios, porque Dios sea ciertamente el único Señor de nuestra vida.
Pero luego estarán esos pequeños gestos de cada día, esas pequeñas cosas que vamos haciendo pero que queremos vivir desde toda la intensidad de nuestro amor. Se nos reconocerá por esa rectitud con que actuamos en nuestra vida, desde unos principios, desde unos valores, desde una opción que hacemos por el Evangelio del Reino de Dios. Por eso nos pide Jesús desde el principio conversión, darle totalmente la vuelta a nuestra vida para que nuestro actuar sea siempre según Dios, sea siempre buscando ese Reino de Dios que todos hemos de vivir.
Pero eso, como decíamos, lo vamos reflejando en esas pequeñas cosas, en esos pequeños detalles, en esos gestos de nuestro amor, de nuestra ternura para con los demás, de nuestra cercanía, de ese encuentro vivo que siempre queremos realizar con el otro, de nuestro querer hacer felices siempre a los que nos rodean. No me dirán que es ilusionante vivir la vida así, dándole intensidad a cada una de las cosas que hacemos.
No son rutinas, no hay aburrimiento, hay siempre ilusión porque siempre queremos sembrar esperanza en nuestro corazón de que podemos ser mejores y podemos hacer un mundo mejor, y siempre podemos poner esperanza en los que nos rodean de que si es posible ese mundo mejor en que todos seamos cada día un poquito más felices.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos dice como hemos de tomar decisiones importantes, donde arranquemos de nosotros todo aquello que nos impida vivir el Reino de Dios, por nada ni nadie tendría que impedírnoslo, pero nos habla de esa mutua acogida que siempre hemos de hacer al otro, porque en el otro siempre hemos de saber ver el rostro de Dios; pero nos habla de las pequeñas cosas que no quedan sin recompensa, como el vaso de agua que demos al sediento.
Cuánta sed hemos de saber calmar desde esos pequeños gestos de encuentro y de cercanía que cada día hemos de tener con los que están a nuestro lado. Cuántas sonrisas podemos repartir para alegrar el espíritu de los que nos miran de frente. Cuántas manos podemos tender para levantar al que está caído o al que le cuesta caminar en la vida. Cuántas veces podemos y tenemos que saber sentarnos al lado del que está triste o del que anda desorientado en la vida. Cuántas miradas luminosas que despierten ilusión podemos tender sobre los que se sienten derrotados para que se sientan animados a que es posible salir de esas negruras de la vida.
Cuántas cosas buenas, aunque sean pequeñas, podemos ir realizando cada día. Todas tienen su valor, todas ponen también ilusión en nuestro corazón, todas harán que nuestra vida adquiera un sentido y un valor nuevo.

sábado, 13 de agosto de 2016

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Habían acudido muchas madres llevando a sus niños a Jesús para que los bendijera. Era una costumbre entre los rabinos. Pero allí están muy celosos del descanso de Jesús sus discípulos más cercanos. No querían que molestaran a Jesús, después quizá de aquellas largas caminatas por los caminos de Galilea y las intensas horas de estar hablando y enseñando a las gentes. No quiere Jesús que les impidan a los niños llegar hasta Él.
Seguro que aquellas bendiciones de Jesús eran bien distintas de las que quizá ritualmente hicieran los letrados y rabinos. Jesús amaba a los niños, les tenía en cuenta, se sentía a gusto entre ellos, nos los ponía como ejemplo de cómo tenemos que ser. ¿Qué ejemplo puede darnos un niño? Podrían pensar algunos. Pero Jesús dice que hay que hacerse como ellos para ser del Reino de los Cielos, para entender lo que es vivir el Reino de Dios.
La sonrisa de un niño cautiva el corazón, la ternura que manifiestan de forma espontánea nos mueve también a nosotros a sentimientos semejantes;  ¿quién no es tierno con un niño? El que no sabe vivir esa ternura es porque quizá ha ennegrecido demasiado el corazón o  lo ha llenado de tantas cosas que ya no hay cabida para el amor. ¿Quién no se conmueve ante la imagen de un niño que camina confiado porque sabe que su padre lo lleva de la mano y con él a su lado nada le puede pasar? La alegría con que el niño se expresa cuando va caminando al lado de aquel en quien confía es contagiosa y nos hace mirar las cosas con otros ojos, con una mirada distinta; no tiene malicia en su corazón y no es capaz de actuar con malicia aunque realice las travesuras de un niño que siempre estaremos dispuestos a perdonar.
Antes nos preguntábamos qué ejemplos nos puede dar un niño y pienso que recordando estas cosas que hemos ido haciendo mención podríamos estar descubriendo, sí, cuantas cosas podemos aprender de un niño. Necesitamos ese corazón puro y limpio para poder contemplar a Dios. Ya nos lo decía Jesús en las bienaventuranzas, ‘dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Y Jesús nos dirá en otro momento advirtiéndonos de qué no les hagamos daño, porque sus Ángeles están contemplando siempre el rostro de Dios; yo lo traduciría en los ojos puros de un niño podemos contemplar ese rostro de Dios.
¿Por qué no andar nosotros confiados, como si fuéramos de la mano, poniendo toda nuestra vida en las manos de Dios que es nuestro Padre? Recordemos cómo en otro momento Jesús nos hablará de la providencia de Dios que cuida de nosotros que somos sus hijos mucho más que de unas flores que hace florecer en nuestros campos, o unos pajarillos que cruzan nuestros aires y nos alegran con sus cantos.
Sintiendo el amor que Dios nos tiene, que es un amor de Padre, ¿no tendrá que brotar también la ternura en nuestro corazón? Hablábamos de la ternura y de la maravillosa sonrisa del rostro de un niño, y tendríamos que pensar que si lleváramos esa sonrisa en nuestros labios y en nuestro semblante con todo aquel que nos encontráramos en los caminos de la vida, haríamos un mundo mucho más hermoso y capaz de ser feliz.
‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’ eran las palabras de Jesús con las que comenzábamos este comentario. ¡Cuánto podemos aprender!

viernes, 6 de mayo de 2016

Vivamos siempre la alegría de la fe y la satisfacción de la semilla que cada día sembramos porque lo hacemos con esperanza

Vivamos siempre la alegría de la fe y la satisfacción de la semilla que cada día sembramos porque lo hacemos con esperanza

Hechos 18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a

Sigue insistiéndonos Jesús en la alegría que tiene que haber en nuestra vida.  ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’. Y nos habla de la mujer que va a dar a luz en medio de los dolores del parte, pero que cuando ha nacido la criatura su corazón se llena de una alegría que nadie le puede quitar.
Es la alegría grande que sentimos siempre en nuestro corazón por el don de la fe. Es la alegría grande por la semilla sembrada aunque haya sido con dolor. Es la alegría y la satisfacción gozosa por el bien que hayamos hecho, por el deber cumplido, por la buena obra que hayamos realizado, por el gozo compartido, por el sufrimiento aceptado y  vivido como una ofrenda de amor.
Muchas veces nos cuestan las cosas. No siempre es fácil. Es necesario esfuerzo y mantener la constancia en la voluntad para llevar adelante esa obra buena que queremos realizar aunque nos cueste muchos sacrificios. Mantenernos en fidelidad frente a tantas cosas que nos tientan al desánimo, a tirar la toalla, a abandonar porque vemos que son muchas las dificultades no es fácil. Más aun cuando quizá no vemos respuesta, no se nos valora aquello que hacemos y no ya solo por los contrarios sino quizá muchas veces dentro mismo de nuestro grupo o nuestra comunidad.
Muchas veces nos sucede como aquello de la parábola que sembramos buena semilla y no podemos recoger fruto, o más bien vemos que en medio de nuestro trigo aparecen las malas hierbas, la cizaña que envenena nuestra cosecha, y podemos sentir la tentación de arrancarlo todo, como aquellos obreros de la parábola; pero hemos de saber tener paciencia, la paciencia que Dios tiene continuamente con nosotros que no siempre damos buena respuesta,  no siempre quizá damos los frutos que se nos pide, pero Dios sigue confiando, Dios sigue esperando nuestra buena respuesta.
Por eso hoy nos está señalando Jesús que no nos puede faltar en nuestro corazón la alegría en medio de las dificultades que nace de la esperanza. Al final nuestra alegría será completa. No lo veremos en plenitud en esta vida, pero nosotros sabemos darle trascendencia a lo que hacemos y sabemos que caminamos a una vida en plenitud, a una felicidad en plenitud que solo podremos encontrar en Dios, en la plenitud de su vida.
Pero mientras ahora vamos caminando sepamos sentir la satisfacción de todo eso bueno que logramos o que al menos intentamos. Que no nos falte nunca esa alegría en nuestro corazón que se refleje también en nuestro semblante. Nuestra sonrisa alegrará también el corazón de los que sufren a nuestro lado. Ya está bien de semblantes serios en el rostro de tantos cristianos que parece que van amargados por la vida. Eso no tiene ningún sentido en un cristiano que vive hondamente su fe. ¿Será que falta la esperanza y por eso no hay alegría y paz también en los momentos que no son tan fáciles? Recordemos aquello que decían los santos, ‘que un santo triste es un triste santo’.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Demos respuesta con nuestra solidaridad y desprendimiento a ese mundo de dolor y sufrimiento que nos rodea buscando una esperanza

Demos respuesta con nuestra solidaridad y desprendimiento a ese mundo de dolor y sufrimiento que nos rodea buscando una esperanza

Isaías 25,6-10; Sal 22; Mateo 15,29-37

‘Acudió mucha gente a Jesús…’ Había venido bordeando el lago, había subido al monte y acudió mucha gente a Jesús que sentado les enseñaba. Acudían a Jesús, dice el evangelio, trayendo a sus enfermos para que los curase,  ‘tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros’; venían con sus sufrimientos y con sus dolores, con sus discapacidades y con todas aquellas cosas que les impedían ser felices haciendo una vida normal; venían hasta Jesús con las ansias más profundas de su corazón, sus necesidades y sus inquietudes, con hambre de bien, de justicia, de paz, de amor quizá.
Y dice el evangelio que Jesús los curaba. Como había anunciado el profeta ‘Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país’. Enjugaba las lágrimas, consolaba, curaba, daba vida. Jesús quería saciar las ansias más nobles había en el corazón del hombre.
Jesús se dio cuenta de que llevaban varios días detrás de él y no tenían que comer. Y llamó a sus discípulos más cercanos para comentárselo. ¿Para descubrirles quizá lo que ellos tendrían que hacer? Entienden, es cierto, que es mucha la gente que está allí siguiendo a Jesús pero no saben que hacer porque están en despoblado y no tienen donde comprar pan.
Buscaban remedios, buscamos remedios. Pero Jesús quiere enseñarnos como tenemos que actuar, qué es lo que tenemos que hacer. No podemos buscar fuera de nosotros soluciones. Busquémoslas en nosotros mismos. Aparecerá la solidaridad de quien pone a disposición los pocos panes que tiene. Puede parecer que aquello no vale para tantos. Pero el pan se multiplicará y todos comerán hasta saciarse.
Por aquí podemos ir descubriendo algo en este camino de adviento que vamos haciendo. Estamos nosotros con nuestra vida y con nuestras inquietudes, también quizá con nuestros sufrimientos o soledades, o con nuestras ansias de hacer algo cuando contemplamos ese mundo que nos rodea con sus problemas, con sus sufrimientos, con su hambre que no solo es de pan.
¿Qué podemos hacer nosotros que somos tan poquita cosa? Jesús nos está señalando caminos y comprometiéndonos. Tendremos solo siete panes y unos pocos peces pero eso que nos parece pequeño puede convertirse en grande. Despertemos nuestra solidaridad; seamos capaces de desprendernos de nuestro yo, de nuestro pensar solo en nosotros mismos, de lo que tenemos aunque nos parezca que es poco y quizá no nos baste ni para nosotros mismos.
Comencemos a hacernos presente en ese mundo de sufrimiento llevando una sonrisa de esperanza; sepamos tener una palabra buena que conforte y que anime; vayamos realizando gestos de cercanía junto a aquellos que están envueltos en sus angustias, aunque no sea otra cosa que hacernos presentes; abramos los ojos bien fuerte para ver el dolor de tantos a nuestro lado aunque eso nos parezca que nos puede herir por dentro. Vayamos sembrando esas pequeñas semillas quizá pero que se convertirán en una espiral de amor que se irá agrandando y hará que muchos a nuestro alrededor vayan comenzando a sonreír también en su corazón.
Estaremos haciendo presente al Señor. Aquello que decía el profeta: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte’.

martes, 1 de diciembre de 2015

En el camino del adviento seamos desde nuestra humildad y ternura instrumentos con los que creemos lazos de armonía y paz en los que nos rodean

En el camino del adviento seamos desde nuestra humildad y ternura instrumentos con los que creemos lazos de armonía y paz en los que nos rodean

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Aquel dicho antiguo de que el hombre es un lobo para el hombre encuentra hoy su contrapartida en la Palabra del Señor que hemos escuchado. Es la triste realidad que todos podemos constatar; muchas veces los hombres parecemos lobos que nos queremos tratar a los otros hombres.
¿No es eso lo que sucede en nuestro mundo tan roto por guerras y rivalidades? ¿No es ese el endurecimiento del corazón con que en nuestros orgullos y ambiciones ciegas nos tratamos injustamente los unos a los otros? ¿No es así la insensibilidad en que nos encerramos en nosotros mismos en que cada uno solo piensa en si mismo olvidándose de los demás? ¿Por qué somos así? ¿Por qué llegamos esas situaciones tan duras e injustas?
Muchas preguntas, muchas negruras, muchas inquietudes que quizá surjan en la bondad de nuestro corazón o en lo mejor que tengamos en nosotros mismos. Creo que es bueno que pensemos y analicemos estas cosas. Es nuestra vida real de cada día en la que no nos sentimos satisfechos, porque aunque muchas veces todos podamos haber actuado así, cuando nos viene un momento de lucidez nos damos cuenta de nuestros errores y quisiéramos que las cosas fueran de otra manera.
Y es además, que en este camino de adviento que como creyentes y cristianos estamos queriendo hacer, hemos de recorrerlo partiendo precisamente de ese carril de nuestra vida con esas negruras y sombras, con esos interrogantes y también con esas esperanzas. La esperanza es una virtud fundamental que avivamos de manera especial en este tiempo de Adviento, porque decimos que estamos a la espera de la llegada del Señor a nuestra vida. Y el Señor viene a nuestra vida a poner luz en esas oscuridades, a sanarnos en todas esas flaquezas que nos debilitan y nos llevan por caminos de muerte.
Viene el Señor y nos llena de su Espíritu; viene el Señor con su espíritu de prudencia y sabiduría, de consejo y valentía, de ciencia y de temor del Señor. Viene el Señor y quiere transformar nuestro corazón. Son bellas las imágenes que nos ofrece el profeta donde vemos una naturaleza reconciliada donde no tienen por que haber enemigos ni enfrentamientos, sino que todo ha de ser paz y armonía. Son las imágenes bellas de esas fieras que podrían ser enemigos irreconciliables y sin embargo pacen juntos en total armonía. Ojalá reconstruyéramos era armonía de la naturaleza, y no me quedo en lo ecológico sino que voy más allá pensando en la armonía que tendría que haber entre todos los hombres. Es la salvación que Jesús nos ofrece, nos regala, viene a traer a nuestro corazón.
Pero como oiremos decir al Bautista hemos de tener un corazón bien dispuesto. Esa armonía que conseguiremos con la presencia de Dios en nuestra vida no la podremos entender ni llegar a vivir si seguimos con nuestros corazones llenos de orgullo y de soberbia. El orgullo y la soberbia corrompen nuestro corazón y lo que hacen es crear divisiones y enemistades.
En el evangelio Jesús da gracias al Padre porque se revela a los pequeños y a los humildes. Es que solo con un corazón humilde podemos llegar a conocer a Dios. Solo con un corazón humilde podremos entender y llegar a vivir lo que el Señor nos pide. Solo con un corazón humilde podremos alcanzar esa armonía y esa paz. Solo con un corazón humilde lograremos que nunca más el hombre sea un lobo para el hombre, sino que en verdad todos nos sintamos hermanos y vivamos en paz.
En este camino de adviento pon cada día tu granito de arena para construir la paz allí donde estés. Que tu sonrisa y tu ternura te acerquen a los demás y sean el instrumento con que vayamos creando esos lazos de amor que a todos nos unan. 

jueves, 10 de julio de 2014

No necesitas dinero ni cosas materiales para regalar una sonrisa al que está a tu lado y alegrarle el día



No necesitas dinero ni cosas materiales para regalar una sonrisa al que está a tu lado y alegrarle el día

Os. 11, 1-4.8-9; Sal. 79; Mt. 10, 7-15
‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’, es el mandato de Jesús. Ya ayer escuchábamos como entre todos los discípulos había escogido a doce a los que constituyó apóstoles, sus enviados a hacer el anuncio del Reino.
¿Cómo han de hacer ese anuncio? Ya escuchábamos entonces que ahora no habían de ir ni a tierra de paganos ni a Samaría sino solo a las ovejas descarriadas de Israel. Aquellos de las que Él había sentido lástima cuando las había contemplado extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor. Aquí envía ahora a sus discípulos, a los apóstoles escogidos y enviados de manera especial.
Han de hacer el anuncio del Reino, pero no serían solo sus palabras sino que su misma vida había de ser signo para aquellas gentes de que el Reino de Dios había llegado, estaba cerca. Les da autoridad para expulsas a los espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Ahora les dice ‘curar enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.
Aquí está la clave, lo que habían recibido. Por eso decimos que no solo habían de ser sus palabras las que hicieran ese anuncio, sino sus mismas vidas. Allí tenían que presentarse como quienes Vivian ya ese señorío de Dios sobre sus vidas, porque eso tenía que ser vivir el Reino de Dios; allí habían de presentarse ellos como los primeros que habían sido liberados por la gracia del Señor de todo mal, y eso mismo habían de hacer con aquellos que encontrasen.
Han de llevar el anuncio de la paz, no solo con el saludo de sus palabras, sino con las actitudes de sus vidas. Por eso les pide que no lleven nada, solo han de llevar la paz que llena e inunda sus corazones; no necesitan nada más para hacer ese anuncio del Reino.  No será en apoyos humanos donde han de afirmarse, sino en la confianza total con el Dios que les ama. ¿No habían oído hablar ya de la providencia de Dios allá en el sermón del monte? Dios proveerá; si la obra que van realizando es obra de Dios, con Dios han de contar.
De ahí el desprendimiento y generosidad que tiene que brillar en sus vidas; de ahí esa disponibilidad y ese dejarse conducir por el Señor. ‘No llevéis en la faja oro, plata o calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón… cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quien hay de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis…’ Es el desprendimiento total; es la confianza puesta en Dios que no nos abandonará; es la fortaleza que encontraremos en el Espíritu del Señor. 
Os confieso una cosa; cuando lee uno los Hechos de los Apóstoles, por ejemplo, los viajes de san Pablo, uno piensa desde las cosas o la manera de hacer las cosas como estamos acostumbrados, que para poder realizar tan grandes desplazamientos se necesitarían muchos medios incluso económicos para poder ir de un sitio a otro. ¿San Pablo era tan rico como para hacerse tan largos viajes y desplazamientos? Es el pensar como una tentación que le viene a uno a la cabeza.
Pero tenemos que haber escuchado antes y meditado mucho este pasaje del evangelio que hoy hemos escuchado y estamos meditando. Es fijarnos en lo que nos pide el Señor; con nuestra pobreza, nuestra disponibilidad, la generosidad del corazón; ya Dios dispondrá de los medios. En El tenemos que poner toda nuestra confianza. Ya sé que eso nos cuesta porque somos muy humanos y nos parece que sin medios materiales poco o nada podríamos hacer. Es cierto que los necesitamos, pero nuestro apoyo lo hemos de buscar siempre en el Señor.
Cuantas cosas buenas podemos hacer cada día si hay disponibilidad para el bien en nuestro corazón. No son cosas materiales solamente lo que necesitan los que están a nuestro lado. Con nuestra acogida y sinceridad, con nuestro espíritu humilde y nuestra generosidad para compartir, con la alegría de nuestro corazón y nuestra capacidad de escucha, cuánto podemos hacer. ¿Necesitas dinero para una sonrisa o para poner cara amable al que está a tu lado? Así podríamos pensar en muchas cosas con las que podemos alegrarle el día a los que están a nuestro lado.
Son los milagros que cada día nos pide el Señor que realicemos, porque primera que nada nosotros tenemos que ser capaces de superarnos de nuestras limitaciones, de nuestros cansancios o de nuestro mal humor, de nuestros agobios para tener paz en el alma, para tener una sonrisa en el rostro, para tener una mano abierta y tendida para ayudar a dar un paso o caminar al que está a nuestro lado. Si tenemos generosidad en el corazón muchas cosas podemos hacer con las que estaremos manifestando de verdad que el Reino de Dios está en nosotros.

sábado, 8 de diciembre de 2012


María Inmaculada, sonrisa de Dios para nosotros

Gn. 3, 9-15.20; Sal. 97; Ef. 1, 3-6.11-12; Lc. 1, 26-28
‘Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas’.
Así comienza la liturgia de este día con esta antífona en que la Iglesia pone en labios de María este cántico de gozo y alabanza al Señor porque se siente engalanada de toda gracia y de toda hermosura. Son palabras proféticas en las que está inspirado también el cántico de María, el Magnificat, que tantas veces hemos escuchado y cantado.
También nosotros queremos hacer nuestro este cántico de alabanza al Señor cuando hoy celebramos esta hermosa fiesta de María en su Inmaculada Concepción y con María nos llenamos de gozo y queremos cantar también porque nos ha dado a María y en ella renacen también nuestras esperanzas y nuestros mejores deseos, reconociendo también cómo el Señor a nosotros nos viste ese traje de fiesta de su gracia.
Yo diría que celebrar esta fiesta de María en su Inmaculada Concepción en este marco y camino del Adviento que vamos recorriendo es contemplar en María la sonrisa de Dios para toda la humanidad. El Señor se complace en María, en su pureza y en su santidad, en su disponibilidad y su apertura a Dios, en su amor y en su esperanza y el darnos a María es como un guiño de amor que Dios quiere tener con toda la humanidad. A través de María nos va a llegar el más hermoso regalo de Dios cuando nos entrega a su Hijo que se hace hombre por amor a nosotros, porque en sus entrañas se va a encarnar para ser Emmanuel, Dios que esté con nosotros; es un guiño del amor de Dios, es la prueba del amor grande, infinito que Dios nos tiene.
Habíamos destruido la belleza y la bondad del hombre tal como El nos había creado cuando escogimos el camino del pecado que nos alejaba de Dios - todo cuanto había creado era bueno, como repite como una muletilla el Génesis -. Sin embargo Dios sigue pensando en el hombre, sigue amando a la humanidad a pesar de que seamos pecadores - esa es la maravilla del amor de Dios que nos ama aun cuando seamos nosotros pecadores - y ya desde los umbrales de la humanidad pecadora nos promete un salvador. Un día la cabeza del maligno va a ser escachada, por ‘la estirpe de la mujer’ que nos anuncia en el Génesis.
María es esa mujer de la que nos nacería el Salvador; María va ser la digna morada donde se encarnase el Hijo de Dios para ser nuestro salvador, y por eso, como confesamos en nuestra fe y hemos expresado también en la oración de la liturgia, ‘en previsión de los méritos del Hijo de Dios’, que iba a ser también el hijo de María, la preservó de todo pecado y la hizo limpia de toda mancha haciéndola Inmaculada desde el primer instante de su Concepción.
‘Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, como proclamaremos en el prefacio.
‘Exulta sin mesura, hija de Sión, lanza gritos de júbilo, hija de Jerusalén. He aquí que viene tu rey’. Sí, lanzamos gritos de alegría que salen de lo hondo de nuestro corazón en esta fiesta grande de María. No podemos menos que hacerlo, porque María nos llena de alegría. Si, como decíamos antes, María es como la sonrisa de Dios para la humanidad,  esque cuando celebramos esta fiesta de María estamos viendo cerca la llegada del Salvador.
‘He aquí que viene tu rey’. Viene el Señor, por eso con tan júbilo celebra la Iglesia esta fiesta de la Inmaculada en medio de este camino de austeridad y preparación para la venida del Señor que es el adviento. Dios quiso así preparar la cuna - preparó ‘una digna morada’ - para el Señor haciendo santa y pura a María y María aceptó ese plan de Dios - ‘hágase en mi según tu palabra’, la hemos escuchado decir en el evangelio - y se dejó hacer por Dios haciendo que en ella entonces brillaran todas las virtudes.
Se sentía pequeña y humilde - ‘la esclava del Señor’ - pero reconoció ese actuar de Dios por eso su corazón desborda de gozo y se alegra en el Señor, su Salvador, como cantaría ella también. Podríamos considerar cómo sería el gozo que sentiría María en su corazón, porque aunque turbada ante las palabras del ángel por su humildad, luego sabía meditar y rumiar en su corazón todo cuanto le sucedía para que así surgiera ese continuo cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios en toda su vida.
Gozosa sentiría al niño en sus entrañas; gozosa correría hasta la montaña para servir, para ayudar a su prima Isabel, como desbordaría de gozo en el encuentro de aquellas dos benditas mujeres, así surgió el cántico del Magnificat; gozosa en el nacimiento aunque fuera en la pobreza de Belén y gozosa en cada momento, aunque algunos fueran duros como su huida a Egipto o más tarde el camino del Calvario. Pero, ¿cómo no iba a sentir gozo en su corazón si llevaba Dios en sus entrañas, en su vida?
María es la bendita de Dios, es la bendición de Dios para nosotros. En ella se derramaron todas las bendiciones de Dios, bendiciones que no solo fueron para ella cuando Dios la hizo grande, sino a través de ella nos llegaron todas esas bendiciones de Dios. ‘Bendito sea Dios, decía san Pablo, Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales’. En María, la primera, estamos viendo esas bendiciones de Dios que la hizo pura y santa, que la preservó de todo pecado y la lleno de gracia porque iba a ser la madre de Cristo, como ya hemos reflexionado.
Contemplando a María aprendemos también a reconocer todas esas bendiciones con que Dios nos ha enriquecido llenándonos de su gracia. Por eso, como decíamos al principio, queremos hacer nuestro el cántico de María de acción de gracias al Señor. Nos ha vestido el Señor a nosotros también con traje de gala o el manto de triunfo de la gracia que nos ha hecho hijos de Dios, como nos recuerda hoy san Pablo, lo que ha de impulsarnos continuamente a que cada día seamos más santos y resplandezca más el amor en nuestra vida. Cuántas gracias recibimos continuamente de Dios y que muchas veces  no sabemos aprovechar.
Vivimos con gozo grande esta fiesta de María y nos sentimos llenos de esperanza, y con esa esperanza renacida en nosotros transportemos a nuestra vida esa sonrisa de Dios que es María a la que queremos tener siempre a nuestro lado, en quien queremos mirarnos como en un espejo para querer parecernos cada vez a ella en la santidad de nuestra vida.
Hoy queremos mirar a María y quedarnos como extasiados contemplando la belleza de su vida que es su amor y su santidad. Miremos a María, contemplemos a María; cuando tengamos miedo, miremos a la Virgen estado de buena esperanza; cuando nos sintamos derrotados, miremos a la Virgen vestida de sol; cuando nos sintamos sucios por nuestro pecado, miremos a la Inmaculada; cuando nos sintamos tristes, escuchemos a María que canta el Magnificat; cuando nos sintamos solos, miremos a María que va a dar a luz al ‘Dios con nosotros’; cuando tengamos dudas en nuestro corazón, escucha a la mujer que dice Si, hágase.
María, madre de la esperanza, enséñanos a esperar, enséñanos a prepararnos para sentir al Mesías que ha de nacer en nosotros.