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lunes, 1 de mayo de 2023

Tenemos una luz que nos viene del Evangelio que hace resplandecer en todo su esplendor lo que es la vida de los hombres y el trabajo que sale de sus manos

 


Tenemos una luz que nos viene del Evangelio que hace resplandecer en todo su esplendor lo que es la vida de los hombres y el trabajo que sale de sus manos

 

En el ámbito civil se comienza el mes de mayo con una fiesta reivindicativa en el día del trabajo, que también hay que reconocer cada una ha interpretado su sentido y ha celebrado desde sus convicciones en ocasiones y desde intereses siendo con un matiz político en gran parte de las ocasiones. No le quitamos, por supuesto, el sentido positivo que tienen este tipo de celebraciones pues todo lo que sea por una mayor dignidad de las personas y como medio para ello también de la actividad que realiza siempre es bueno. Muchos avances también de tipo social a lo largo de los años se han ido consiguiente dada la visualización de esta fiesta del trabajo y del hombre trabajador. La dignidad de la personas siempre es algo que tenemos que perseguir, pero tendríamos que considerar a la persona en lo que vale en sí mismo y en toda la amplitud de lo que es su existencia.

A mediados del siglo XX la Iglesia quiso poner también su aporte en esta celebración y es como nació una nueva fiesta de san José desde esa perspectiva del trabajo, la fiesta de san José Obrero, como comúnmente se le llama. Algo tenemos que decir nosotros también en este campo, también nosotros podemos y tenemos que proclamar esa dignidad del trabajo humano, que ha de pasar necesariamente por una humanización de esa tarea, una humanización del trabajo. No somos, por supuesto, unas máquinas llamadas a producir; por medio está la dignidad de toda persona que en nuestra antropología cristiana la elevamos más que cualquier otro paradigma que desde el mundo se pueda proclamar.

Cuando hablamos de la persona estamos hablando de una criatura de Dios, alguien que ha sido creado por Dios, porque de Dios nos viene la vida, pero que por la gracia de Dios nos convierte además en hijos de Dios. Una dignidad que tenemos que considerar en toda su amplitud y profundidad y que va a marcar también lo que sale de las manos del hombre en su capacidad creadora, en su capacidad de desarrollar su vida y plasmarse en las obras que salen de sus manos.

Creados a la imagen y semejanza de Dios, con esa inteligencia que Dios nos dio pero también con esa capacidad de decidir, esa voluntad que es capacidad de amar nos sentimos no solo constructores sino creadores porque desde Dios con nuestras capacidades estamos continuando la obra creadora de Dios en el desarrollo de nuestro trabajo.

Es entonces cuando nos damos cuenta de la grandeza de nuestro trabajo, el valor de nuestro trabajo. Será duro y costoso porque todo lo que entraña crear vida nos supera y nos exige esfuerzo, como nos supera y nos exige esa capacidad de amar que tenemos en nosotros desde esa dignidad de personas. El que se siente de verdad creador, sea cual sea la actividad que realice, después del esfuerzo realizado va a sentir una satisfacción hondo, va a experimentar un gozo inmenso en el alma cuando contempla lo que ha creado.

Es la perspectiva bonita con la que tenemos que mirar nuestro trabajo, es la satisfacción que sentimos en lo que hemos realizado, es el disfrute incluso de la misma tarea que vamos realizando aunque nos sea costosa. Una nueva y bella mirada que nos obligará a no dejar infructuosos esos talentos que hemos recibido. Una nueva y luminosa mirada a nuestro trabajo con el que estamos sembrando semillas de vida que van a fructificar en bien de la propia humanidad.

Claro que tenemos que hacer que el trabajo sea humano, nunca esclavizante, ni lo podemos sentir como un peso que queremos quitar de sobre nuestros hombros. Nos exige cuidar esas condiciones del trabajo, nos exige cuidar nuestra dignidad al tiempo que cuidamos también esa capacidad de producir que es como llena de vida al mundo en el que vivimos. Un trabajo que realizaremos siempre para bien de la humanidad, pero un trabajo con el que queremos dar gloria a Dios que de tales posibilidades nos dotó. Por eso los cristianos hablamos de la santificación del trabajo, que con la gracia de Jesucristo también ha sido redimido

Tenemos una luz que nos viene del Evangelio que hace resplandecer en todo su esplendor lo que es la vida de los hombres y lo que es la obra que sale de las manos de los hombres. Demos gloria al Señor por ello.


jueves, 9 de marzo de 2023

No nos quedemos en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino seamos capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos

 


No nos quedemos en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino seamos capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

La tierra no se cultiva para sí misma, sino para tener las condiciones optimas para que nos produzca los mejores frutos. Así podríamos decir la vida del hombre, la vida de toda persona, quien solo piensa en si mismo, porque todo lo que hace es solo para si sin mirar en su entorno, terminará siendo una tierra inhóspita e inhabitable; pasará de poder ser un hermoso jardín florido donde recrearse, o un huerto que nos produzca los mejores frutos a poco menos que un desierto árido y reseco junto al cual nadie con pleno sentido de la vida querrá habitar.

Es la imagen que se me ocurre pensar tras la escucha de la parábola que hoy nos ofrece Jesús en el evangelio. Un hombre que solo era para sí, para su placer y para su disfrute. Se nos habla de un hombre rico y opulento que solo pensaba vivir entre placeres y banquetes cada día, disfrutando solo para si. Tan cerrado en si mismo que no se da cuenta ni de quien tiene a su puerta.

Un hombre que solo por pensar en si mismo pierde hasta el temor del Señor, ha prescindido de Dios en su vida, porque ha querido convertirse en dios de si mismo; su corazón se ha resecado de tal manera que no tiene sensibilidad para lo que pasa a su lado. Allí hay un pobre hombre que nada tiene ni para comer, y que solo es consolado por los perros que le lamen sus llagas.

Ya conocemos todo el desarrollo de la parábola porque muchas veces la hemos meditado. Pero pienso que en este momento es necesario detenernos en la postura y en la manera de vivir de este hombre que solo vive para sí. Hasta la presencia de Dios la ha anulado de su vida, ha prescindido de todo porque solo piensa en su disfrute personal. No nos habla la parábola de que sea un mal hombre que realice actos nefandos, solo se refiere a que no hacía nada, porque había perdido toda sensibilidad en su corazón.

Yo no mato ni robo, dicen algunos y ya piensan que con solo eso son buenos, lo tienen todo bien hecho. Pero la tierra es para algo más que para tenerla vacía de algo que nos pueda producir buenos frutos aunque nos parezca bonita así como está. Pero es una tierra árida y estéril. así es la vida de quien no es capaz de dar ese paso más allá, de no quedarnos simplemente en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino que tenemos que ser capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos. ¿Dónde están los frutos de nuestra vida?

No basta decir yo soy bueno si solo piensas en ti mismo. Claro que pensando solo en ti mismo querrás disfrutar, querrá pasarlo bien, querrás aprovecharte de eso que dices que tienes para llenar tu vida de bienestar y de placeres. Pero ¿no has pensado que eso que tienes no es solo para ti sino que es la riqueza de este mundo que cuando Dios realizó la creación puso en las manos del hombre para que continuara con esa hermosa tarea de seguir haciendo la obra de la creación? Lo que tienes no es solo para ti, la tierra no se cultiva para si mismo sino para ofrecer sus frutos a los demás.

Algunas veces solemos decir que pensamos bien pero tarde. Nos damos cuenta tarde quizá del efecto de lo que hacemos con la vida. Como aquel rico epulón que cuando murió y estaba en el abismo pensó que su vida tenía que haber sido distinta pero que ahora no tenía remedio y ahora quería que sus hermanos con apariciones milagrosas recapacitaran para cambiar. ‘Tienen la ley y los profetas’, le dice la voz profética.

Tenemos la Palabra de Dios junto a nosotros que de mil maneras puede llegar a nuestra vida. Tenemos que escucharla, tenemos que escuchar a Jesús para que no nos convirtamos en tierra inhóspita y estéril sino que demos los verdaderos frutos, que también puedan llenar de vida a los demás. Es la llamada que en este camino cuaresmal escuchamos. Que así también nuestra vida sea bella para los demás, por nuestra sensibilidad y todo lo que somos capaces de compartir.

domingo, 12 de junio de 2022

Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria buscando siempre el bien del hombre

 


Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria buscando siempre el bien del hombre

Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15

¿Qué es buscar la gloria? En nuestros parámetros humanos alcanzamos la gloria cuando hemos conseguido la fama, ya sea un cantante que se ha hecho una fama poco menos que universal dados los medios sociales que hoy están a nuestro alcance, ya sea un deportista que ha alcanzado la gloria a través de sus triunfos que le han llenado de fama y ¿por qué no decirlo?, también de poder; es la búsqueda de la gloria queriendo alcanzar el dominio y el poder, el estar por encima de todo y tener en sus manos poco menos que las riendas del mundo; quizás en nuestras medidas más cercanas pensamos en el prestigio, en el buen nombre, en la consideración que le tienen los demás. Momentos de gloria que se pueden volver efímeros como le ha pasado a tantos que se creían dioses de este mundo, porque la fama se acaba, la gloria del triunfo tiene los días contados, y el poder puede ser que un día nos lo quiten de nuestras manos.

¿Qué será, pues, buscar y alcanzar la gloria? ¿Cuándo hablamos de la gloria de Dios lo hacemos también en este sentido? Desgraciadamente tenemos que reconocer que alguna vez quienes tratan de la gloria de Dios, y en consecuencia están muy relacionados con la religión, con la relación con Dios, podemos habernos confundido muchas veces envolviendo en esos tintes de glorias humanas lo que tendría que ser en verdad la gloria de Dios.

Cuando llegamos a descubrir con mayor o menor profundidad lo que es la gloria de Dios nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. ¿Qué quiere Dios del hombre que ha creado? ¿Qué busca Dios para ese ser humano salido de sus manos creadoras? Si queremos, podemos quedarnos con la primera imagen que nos pone la Biblia, al crear Dios al hombre y a la mujer los pone en un paraíso y quiere el bien y la felicidad del hombre y de la mujer, pues todo lo pone en sus manos para que sienta el gozo de sentirse creador con Dios continuando el desarrollo de la obra creada por Dios con su inteligencia y con su voluntad, y los pone para el amor, porque crea a Adán y Eva, al hombre y la mujer, para que vivan en esa comunicación de amor.

Es lo que hoy de manera maravillosa se nos revela y celebramos cuando en este domingo estamos celebrando el Misterio de la Santísima Trinidad de Dios. Es el misterio de amor de Dios. Dios es amor, nos dirá san Juan en sus cartas, pero bien que nos lo había ido revelando en plenitud Jesús. Una buena lectura de toda la historia de la salvación también tenemos que hacerlo desde esta óptica de amor.  Dios ama, por amor nos crea, por amor nos envía a su Hijo para nuestra salvación, por amor nos llena de su Espíritu de amor cumpliendo la promesa de Jesús. El amor que nos hace presente a Dios, el amor que nos hará ver a Dios, el amor que descubriremos en los actos de amor, vida y salvación que continuamente ofrece a toda la humanidad.

Porque Dios es amor, porque Dios ama no puede sino buscar el bien; su gloria, como decíamos, será siempre el bien del hombre. El amor no oprime ni esclaviza, el amor no es tirano ni exigente, el amor es siempre una ofrenda de sí mismo capaz de gastarse por ese amor en beneficio de aquellos a los que ama. Cómo se nos manifiesta en Jesús, que es la entrega que nos hace Dios a los hombres porque nos ama, que es la entrega que de sí mismo hace Jesús para nuestra salvación capaz de dar su vida para que tengamos vida, es la inundación de amor que se produce en nuestra vida cuando nos llenamos del Espíritu de Dios.

Así, entonces, nuestro amor para que sea verdadero tiene que ser reflejo de ese amor de Dios; así con un amor verdadero nosotros daremos a conocer a Dios a los demás. Así en ese amor verdadero que nos hace llenarnos de Dios tenemos que entrar necesariamente en una comunión de amor con todos los que son amados de Dios y a quienes nosotros también queremos amar. Por eso decimos que nuestra vida de amor es reflejo de esa comunión de amor de la Trinidad de Dios. Así en esa unidad con los demás tendríamos que sentirnos siempre.

¿Nos extraña entonces que el único mandamiento que Jesús nos haya dejado es el amor los unos a los otros? Pero ya sabemos que no es amarnos de una forma cualquiera sino amarnos como Dios nos ama, amarnos con un amor como el de Dios.

Hoy nos sentimos invitados a cantar la gloria del Señor. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, decimos en una de esas aclamaciones que se repiten en la liturgia y en nuestra oración personal. Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria, pero no olvidemos lo que hemos venido reflexionando, la gloria del Señor es el bien hombre, porque la gloria del Señor es el amor de Dios; que así busquemos nosotros siempre el bien del hombre que es construir el Reino de la gloria del Señor en nuestro mundo.

miércoles, 27 de abril de 2022

Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida y nos hace grandes, el amor que nos salva y que nos llena de vida, el amor que en verdad salvará al mundo

 




Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida y nos hace grandes, el amor que nos salva y que nos llena de vida, el amor que en verdad salvará al mundo

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

¿Cuáles son las motivaciones que tenemos en el fondo de nosotros mismos para nuestro actuar y para nuestro vivir? Seguro que queremos dárnoslas de nobles en nuestra respuesta y vamos a decir que si los hijos, que si queremos lo bueno, que si buscamos siempre los valores que nos puedan engrandecernos y cosas así muy bonitas.

Pero seamos sinceros con nosotros mismos y reconozcamos que incluso detrás de esas cosas buenas que manifestamos muchas veces se mueven intereses ocultos como puedan ser unas ganancias y los valores ya los ponemos en lo material y económico, un prestigio, unas vanidades que nos hacen buscar grandezas y lo bueno significa ya lo que me satisfaga a mi o sea para mi bien, o llegar a unas cotas en la vida donde queremos sentirnos poderosos por encima de los demás. Reconozcamos que hay muchas cosas que purificar.

Hoy Jesús, en aquella conversación que mantuvo con Nicodemo, aquel magistrado judío que fue de noche a conversar con Jesús, nos da la clave del sentido de su vida. Y no puede ser otra que la de amor. Como obediencia al Padre buscando siempre hacer lo que es la voluntad de Dios fue su venida al mundo. Pero ahora se nos revela que la razón y motivo de su venida al mundo fue la del amor, pero no un amor algo así como un ente etéreo que no tiene ni un sujeto ni un objeto, sino que es el amor que Dios tiene al hombre, el amor que Dios nos tiene.

Dios que ama porque Dios es amor, como nos diría más tarde san Juan en sus cartas, pero Dios que nos ama, Dios que ama al hombre y ama al mundo. El Génesis nos habla de cómo Dios se iba regocijando en sí mismo según iba realizando la obra de la creación – vio Dios que era bueno, va diciendo en cada uno de los momentos de la creación –  y culmina ese llamémoslo regocijo de Dios cuando crea al hombre y a la mujer – nos dirá y vio Dios que era muy bueno -. Esa expresión viene a significar que al contemplar la bondad de lo que va creando, Dios va poniendo amor en sus criaturas, pondrá un amor especial sobre el hombre y la mujer que ha creado.

Ahora nos llega el momento culminante de la revelación. Aunque ya pesaba sobre el hombre toda la historia de su pecado nos viene a decir que Dios sigue amándonos y con un amor hasta el extremo porque será capaz de darnos a su propio Hijo. ‘Tanto amó Dios al mundo, - tanto amó Dios al hombre que había creado - que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. Y no envía Dios a su Hijo para un juicio de condena, sino para elevarlo aun más dándole la vida eterna. Basta sólo que crea, que ponga su fe en El y tendrá vida eterna.

Por eso se nos dirá en otro momento del evangelio de san Juan que a aquellos que creen, aquellos que reciben y acogen al Hijo enviado del Padre, los hace hijos de Dios. ‘A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es el regalo del amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito’.

¿Nos servirá esta consideración que hoy se nos ofrece como Buena Noticia para que encontremos la verdadera motivación que nos dará la salvación? Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida, busquemos lo que en verdad nos hace grandes. Es el amor que nos salva, es el amor que nos llena de vida, es el amor que nos hace encontrar la verdadera grandeza, es el amor que en verdad salvará al mundo. Busquemos, pues, eso más noble que nos hace grandes, busquemos lo que es la verdadera riqueza de nuestra vida, busquemos lo que realmente nos dará plenitud y nos hará felices. ¿Hay una felicidad más grande que darse por los demás porque los amamos?

Andamos en la vida demasiado ofuscados con nuestros intereses y nuestras ganancias, nuestros prestigios o los pedestales sobre los que nos subamos para poder dominar más sobre los demás. No es el camino. El camino verdadero es el del amor. Esa es la verdadera razón y motivación de nuestra vida.

jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

sábado, 10 de abril de 2021

Dejémonos impresionar por la acción de Dios en nosotros manifestada en Cristo Jesús, muerto y resucitado, que nos transforma y hace entrar en una nueva dimensión

 


Dejémonos impresionar por la acción de Dios en nosotros manifestada en Cristo Jesús, muerto y resucitado, que nos transforma y hace entrar en una nueva dimensión

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

Como solemos decir hay cosas que nos suceden que nos dejan descolocados. Cosas que nos sorprenden, cosas que no esperábamos, cosas que nos suceden en un momento en que estamos viviendo fuertes emociones y el horno no está para muchos bollos, un suceso, algo extraordinario que nos aparece en la vida y que nos hace hacernos nuevos planteamientos, algo que nos hace emprender una nueva forma de ver la vida y lo que hacemos.

Yo creo que algo así les sucedió a los discípulos más cercanos a Jesús y no digamos nada de los que estaban en contra. Quizá nosotros estemos muy habituados a la palabra resurrección que al final ni nos detenemos a ver el significado real de lo que es la resurrección de entre los muertos y las repercusiones que puede tener o que de hecho tiene el hecho de la resurrección en la vida de los que nos decimos creyentes en Jesús.

El lo había anunciado, como había anunciado todo lo que iba a suceder en su pasión y su muerte en la cruz. Pero ya sabemos los reticentes que eran los discípulos cercanos a Jesús para creer lo que Jesús anunciaba; ya sabemos como incluso trataban de quitárselo de la cabeza. Por eso cuando van acaeciendo todos esos sucesos de su pasión y se su muerte en la cruz ya se sentían fuera de órbita y con muchos miedos; muchos no dieron la cara, sino más bien se escondieron o incluso de quien menos se pensaba hasta negó conocerlo.

Pero el hecho de la muerte estaba ahí con todo lo duro que era puesto que de alguna manera podía aparecer como un fracaso de un proyecto de vida, pero es que Jesús había dicho que tras la muerte vendría la resurrección. Había tenido experiencias de resurrección con Lázaro o con la hija de Jairo, pero podrían darle incluso muchos significados. Pero había hablado de su propia resurrección y era por lo que les decían lo que había sucedido en aquella mañana. Las mujeres habían vuelto del sepulcro contando que estaba vacío, así lo constataron algunos que fueron también corriendo al sepulcro a ver lo que había pasado, pero todo andaba como envuelto de misterio.

Poco a poco algunos fueron teniendo la experiencia de encontrarse con El que estaba vivo y resucitado, María Magdalena que se había quedado llorando a la puerta del sepulcro, aquellos dos que se habían marchado a Emaús y ahora contaban como les había acompañado en el camino y lo reconocieron al partir el pan, y el grupo de los discípulos se encontraba con El de repente cuando están reunidos en el cenáculo recibiendo todas estas noticias en las que no querían creer. Pero ahora estaba allí en medio. Era El. Y les recriminaba que no hubieran creído.

Justa la recriminación de Jesús, porque no creyeran los sumos sacerdotes y todos los estaban en su contra podría parecer de lo más normal; pero que no creyeran ellos que con El habían convivido, le habían escuchado, les había enseñado de manera especial, parece que era incomprensible. Pero así andaba la fe de aquellos que tenían que ser sus testigos hasta los confines del mundo.

Porque esa es la misión que les está confiando. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. Mucho quería Jesús confiar en ellos cuando les confía esta misión, pero es la misión de los testigos y ellos tienen que ser testigos. Es la misión que a nosotros también nos confía, porque nosotros también tenemos que ser testigos ante toda la creación.

El evangelio de Marcos de quien está tomado este texto del sábado de pascua en la mañana sabemos que es el más breve de todos los evangelios y el más escueto en el tema de la resurrección de Jesús. Parece como si solamente hiciera un breve resumen frente a lo más prolijos que son los otros evangelistas. Pero nos vale para que nos reafirmemos en nuestra fe, para que nos sintamos fuertes y seguros.

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que El nos guía y nos fortalece. Asumamos la misión que nos confía. Desde este encuentro con Cristo resucitado algo nuevo ha de comenzar en nosotros, una transformación tiene que producirse en nuestra vida, un impacto profundo que nos hace tomar nuevos rumbos para el sentido de nuestra existencia. Dejémonos impresionar por la acción de Dios en nosotros que se nos manifiesta en Cristo Jesús, muerto y resucitado.

viernes, 30 de octubre de 2020

Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 


Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 Filipenses 1, 1-11; Sal 110; Lucas 14, 1-6

El creyente dice por encima de todo está Dios. Es cierto, es nuestra fe. Y Dios es solamente uno, y a Dios tenemos que amarle sobre todas las cosas, como decimos en nuestra formulación breve del catecismo. En consecuencia, decimos, nada ni nadie puede superar ese amor que le tenemos a Dios, nada ni nadie podemos poner por encima de Dios. Decimos que cuando ponemos algo sobre Dios estamos cometiendo idolatría, porque adoramos a quien no es Dios. Hasta aquí, podemos decir, todo correcto.

¿Y qué lugar ocupa el hombre? ¿Qué lugar ocupamos nosotros? ¿Podemos sustituir a Dios o convertirnos nosotros en Dios? Algunas veces quizás nos idolatramos a nosotros mismos, cuando queremos poner nuestra voluntad por encima de lo que es la voluntad de Dios. Pero precisamente es aquí donde el mensaje nuevo de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús nos proclama nos va poniendo, por así decirlo, unos matices distintos. Y es que para Jesús, y nos enseña que para Dios, el importante es el hombre, es la persona.

En primer lugar quizá tendríamos que recordar aquella primera página de la Biblia donde se nos habla de la creación y de la creación del hombre y ya allí se nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Cuando Dios crea al hombre no quiere hacer de él una criatura cualquiera, ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ y a imagen de Dios nos creó. Aquí empezamos a ver la maravilla.

Pero luego Jesús nos irá recalcando en el evangelio continuamente el valor de la persona humana, el valor del hombre y no me importa emplear este lenguaje de toda la vida, porque nos estamos refiriendo por igual al hombre y a la mujer, al varón y a la hembra. Hoy es una muestra de ello, pero no hace mucho hemos recordado aquel pasaje del evangelio en que le preguntan cuál es el mandamiento principal y nos habla del amor a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todo el ser, pero nos dice a continuación y el segundo es semejante a este, amarás a tu prójimo como a tí mismo. Un amor semejante al que le tenemos a Dios hemos de tenerle a nuestro prójimo, sea quien sea. Maravillas de Dios, tenemos que volver a decir.

Y es lo que Jesús nos quiere resaltar hoy como en tantos otros pasajes del evangelio, que por así decirlo se convierten siempre en la defensa del hombre, en la defensa del ser humano. Hoy será con ocasión de aquel hombre con su mano paralizada que está allí en medio de ellos cuando le invitan a comer en casa de un fariseo. Pero es sábado y el sábado no se puede curar; en la visión estricta de los fariseos el sábado estaba dedicado totalmente a Dios y no se podía trabajar, entonces, como Jesús les hace ver, ¿tenemos que dejar a una persona en su sufrimiento porque ese día no podemos curar por estar dedicado totalmente al culto del Señor?

El culto que el Señor quiere, y ya lo decían también los profetas, es abrir las prisiones injustas, vestir al que ves desnudo, enternecerte en tu propia carne ante el sufrimiento del hermano para ayudarle, para curarle. Es lo que hace Jesús con gran escándalo de los fariseos que sin embargo no saben qué decir. El hombre está por encima de todas nuestras leyes y nuestras normas, y poner al hombre por encima de todo lo hacemos porque en verdad Dios está por encima de todo y lo que Dios siempre quiere es la felicidad y el bien del hombre.

Ya decíamos que Jesús en todo su evangelio nos va dando siempre esta valoración de la persona, que es lo que agrada a Dios; podríamos recordar muchos pasajes pero podemos traer a colación la parábola del buen samaritano. ‘Acaso por llegar temprano al templo’, como cantamos también en un canto de celebración, aquel sacerdote y aquel levita pasaron de largo ante el hombre caído a la orilla del camino. Pero, ¿quién se portó como verdadero prójimo del caído? Aquel que se bajó de su cabalgadura para montar al  herido y llevarlo donde fuera en verdad socorrido.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Será esa la valoración que hacemos de toda persona? ¿Será así cómo levantamos al caído? ¿No nos haremos nuestras distinciones y acaso nos apartamos a un lado por miedo a ‘contagiarnos’ cuando nos encontramos al paso a determinadas personas quizá con sus vicios y con sus miserias? ¿Quién será entonces el que lleva la miseria en el corazón porque no es capaz de tener misericordia con el hermano, mientras dice que ama tanto al Señor?

Reconozcamos que nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra mentalidad, en nuestras costumbres y rutinas.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Ante el regalo de Dios que nos llama en las distintas horas de la jornada de la vida y nos regala siempre su amor hemos de estar agradecidos


Ante el regalo de Dios que nos llama en las distintas horas de la jornada de la vida y nos regala siempre su amor hemos de estar agradecidos

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16
Hay personas que parece que tienen siempre la sospecha y la desconfianza detrás de la oreja; están prontos para juzgar intenciones de la gente viendo cosas ocultas que quizá no haya, pero que seguramente es lo que llevan en su corazón y no soportan la bondad o las cosas buenas que puedan hacer los demás; como decimos están siempre con la sospecha de los intereses que pudiera haber detrás.
Cuesta tener una convivencia pacífica con personas que están siempre con la sospecha y el juicio condenatorio, incluso de aquellas cosas buenas que puedan ver en los otros; no se tiene confianza, comienzan las reservas, se crean distanciamientos y a la larga así no se puede convivir. Parece que están siempre con la vara de medir en la mano y a la larga también los hace inaguantables.
¿Por qué tienes que juzgar si yo quiero ser bueno con todos por igual? Algo así le responde el dueño de la finca de la parábola a aquel que andaba por allá murmurando y protestando. Aquel buen hombre había salido de mañana, pero lo había hecho también luego en distintas horas del día, a la plaza a buscar jornaleros para su viña. No tuvo suficiente con los conseguidos a primera hora y por eso volvió en distintas horas del día siempre encontrando gente desocupada que no había encontrado quien los llamara a trabajar. A todos los envió a trabajar en su finca. Ya a primera hora había ajustado lo que les iba a pagar y como a todos al final les pagó por igual es cuando surgen las murmuraciones y desconfianzas.
Muchas enseñanzas podemos deducir esta parábola para el camino de nuestra vida. Dios cada día nos ofrece una oportunidad con la vida misma a la que le hemos de dar un valor y un sentido con lo que hagamos y con la manera de hacerlo. Ese trabajo en el que realizamos nuestra vida no lo podemos ver como una carga pesada sino como una oportunidad de creación. En lo que hacemos vamos dejando nuestra impronta, nuestro ser; con el trabajo nos realizamos como personas y nos dignificamos; con el trabajo nos abrimos a los demás y al mundo que nos rodea porque además podríamos decir que estamos siendo como una prolongación de la obra de Dios creador que la puesto en nuestras manos para que continuemos realizando esa tarea de creación.
Ante el regalo de Dios tenemos que saber ser agradecidos. Si es regalo es gracia, no es merecido por nuestra parte sino que es don del amor que Dios nos tiene. Tenemos que descubrir esos regalos de Dios en nuestra vida que nos llegan de tantas maneras. Nos creemos tan merecedores que no somos capaces de valorar la gratuidad del amor que Dios nos tiene para que aprendamos también a responder con amor.
Con esa misma generosidad también tenemos que ir repartiendo amor, arrancando de nosotros tantas desconfianzas que como malas cizañas crecen tantas veces en nuestro corazón. Hemos de saber regalar ese fruto bueno de la amistad, de la confianza, del aprecio, de la valoración también siempre de lo bueno que vemos en los demás. Si vamos con un corazón lleno de amor sabremos descubrir también el amor y las cosas buenas de los demás y lejos de nosotros estarán los recelos y las envidias, siempre estaremos con la mano tendida ofreciendo nuestra confianza y nuestra amistad. Qué bella sería la vida si fuéramos capaces de entender y de vivirla así.

domingo, 7 de octubre de 2018

No estamos hechos para la soledad sino para la interrelación que nunca puede significar dominio o superioridad sino siempre respeto a una misma dignidad


No estamos hechos para la soledad sino para la interrelación que nunca puede significar dominio o superioridad sino siempre respeto a una misma dignidad

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

El hombre, la persona no está hecha para la soledad. Aunque haya momentos en que deseemos estar solos sin embargo nuestro ser más profundo está creado para la relación, para la íntercomunión, para la comunicación con los demás. Ahí están nuestros sentidos que nos abren al otro, a lo otro, ahí está todo ese nuestro ser interior que busca el contacto, que busca el encuentro, que se comunica y no solo quiere hacerlo desde lo externo, mediante gestos o palabras, sino que buscamos otra intercomunicación más profunda con la que trasmitimos nuestros sentimientos y recibimos también las señales de comunicación del otro, comunicamos lo que llevamos dentro trasmitiendo nuestro pensamiento y al tiempo queremos enriquecernos con lo que el otro nos ofrece.
Mucho puede decir la psicología y la sociología de todo esto y habrá personas que lo expresen mejor que lo que yo ahora intento hacerlo, pero ya mi deseo es comunicación, relación, búsqueda de encuentro. Y aquí tendríamos quizás que decir que la comunicación más profunda y más completa es la del amor, donde nos damos altruistamente al otro, pero que al mismo tiempo estamos recibiendo esas señales del amor que el otro me pueda ofrecer.
Triste es el que va solo por la vida, que se encierra en su soledad y no es capaz de dar de si mismo lo más hondo que tiene en sí. Se convierte en un circulo cerrado y de la misma manera que no da tampoco recibe lo que empobrece su vida, porque aquel que se da generosamente es el más que puede recibir, el más que puede enriquecer su ser cuando está abierto al otro y de alguna manera reconoce su pobreza o su necesidad del otro. Es la necesidad de amar y de ser amado, es la necesidad del amor que es el que de verdad nos enriquece.
Alguno podría pensar que al darse porque el ama se está vaciando de si mismo y se empobrece, pero creo que nos damos cuenta que es todo lo contrario. Es una riqueza amar porque dándose se está llenando del otro al que ama, porque en un verdadero amor, aunque se supone que lo hacemos de forma altruista y nunca interesada, sin embargo está sintiéndose enriquecido con el amor que del otro recibe.
Por eso cuando hay generosidad en nuestro amor, lo cuidamos para que no sea interesado, pero lo cuidamos para que no se enfríe en su intensidad, lo cuidamos para hacerlo cada vez mas maduro aprendiendo a aceptar al otro en lo que es, en la riqueza de su vida, pero también en sus limitaciones como aprendemos a aceptar nuestras propias limitaciones, porque además por encima de todo eso nos damos cuenta de la dignidad y del valor de toda persona. En un amor así no hay imposición ni dominio, nos buscamos distinciones que nos hagan más o menos grandes, aunque nos demos cuenta de la diferencia de cada uno que es lo que nos enriquece. Y así lo hacemos fuerte, así le damos verdadera estabilidad y madurez.
Cuando reflexionamos sobre estos textos que en este domingo nos ofrece la Palabra de Dios tenemos el peligro de comenzar nuestra reflexión por la casuística de lo que vemos en la realidad de la vida, como estaban haciendo aquellos fariseos del evangelio con las preguntas que le hacían a Jesús. Pero creo que tendríamos que ir primero que nada a pensar en lo que es la dignidad y la grandeza de toda persona y en el verdadero significado del amor para descubrir también lo que es el plan y designio de Dios para el hombre y la mujer desde la creación.
El texto del Génesis algunas veces nos lo pasamos un poco por alto como si fuera una simple leyenda que nos habla de la creación según parámetros de otras culturas y otros tiempos. Sin embargo es un texto que en sus detalles nos está expresando una riqueza muy grande. Ya nos habla de esa soledad del hombre, que no podía satisfacerse en cualquier otro ser vivo, como pudieran ser los animales, sino que había de encontrarse ese complemento en alguien que fuera de si misma dignidad. ‘Esta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos’, exclama Adán, pero que no es solo por aquello de que aquel nuevo ser vivo fuera tomado de su propia costilla, sino que nos está hablando de una igualdad en su dignidad. Y es así donde entra la persona en una verdadera relación, en un verdadero encuentro, en el amor.
Como expresábamos anteriormente no es dominio ni superioridad de una parte sobre otra como fácilmente interpretaríamos. Es una misma dignidad del hombre y de la mujer. Porque no fueron creados hombre y mujer para el dominio del uno sobre el otro sino para encontrar su igual donde se tuviera esa hermosa interrelación del amor. A la pregunta de los fariseos a Jesús sobre el divorcio, les responde Jesús de la terquedad con que vivimos nuestra vida cuando nos creemos unos superiores sobre los otros. Ahí no se puede establecer esa verdadera relación, ahí no tiene cabida el amor verdadero, por eso Jesús nos remite a los orígenes, a lo que fue el designio de Dios que ya nos manifiesta el Génesis.
‘Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne’. No busca el hombre a la mujer para dominar sobre ella, sino para ser uno con ella, y lo mismo decimos de la mujer hacia el hombre. ‘Serán una sola carne’, está expresándonos esa igualdad en dignidad. Como nos dice Jesús por la terquedad que nace de nuestro egoísmo vienen los dominios, viene el creernos superiores, vienen unas relaciones que no están bien fundamentadas en su base, viene una falta de amor verdadero.
Termina hoy el evangelio con algo que parece que no tiene relación. Es ese episodio donde le llevan las madres a sus hijos niños a Jesús y los discípulos querrán impedirlo para que no molesten al Maestro. Pero Jesús nos dice como tenemos que acoger al niño, y eso forma parte de las señales del Reino de Dios. Esa acogida del niño significa ese respeto al niño, a la persona, a toda persona y no importa su edad, porque todos tenemos dignidad igual. En línea con lo que venimos diciendo de la mutua interrelación entre todos y en especial del matrimonio donde parece que se centraría más el texto del evangelio.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Sepamos aceptar y creer en esa Palabra de Vida que nos sana y que nos salva y que encontramos en Jesús


Sepamos aceptar y creer en esa Palabra de Vida que nos sana y que nos salva y que encontramos en Jesús

1Corintios 11,17-26.33; Sal 39; Lucas 7,1-10

El valor de la palabra, el valor de la palabra dada y empeñada. Los que ya peinamos canas tenemos esa experiencia muy metida en nuestra memoria y en nuestro ser. Recordamos a nuestros mayores que no necesitaban papeles ni documentos, firmas ni notarios para hacer cualquier transacción; bastaba la palabra dada y aquello era ley. Se respetaba la palabra porque era una palabra veraz, era una palabra dada con honradez y eso estaba por encima de todo. Los que ya tenemos algunos años recordaremos muchas anécdotas de este tipo en nuestros padres, en nuestros abuelos, en nuestros vecinos. No había engaño, se mantenía la fidelidad a la palabra dada.
Me sirve este recuerdo para iniciar la reflexión sobre lo que escuchamos hoy en el evangelio. Y es que se realza sobremanera el valor y la fuerza de la Palabra, una palabra que sana y que salva, una palabra que nos llena de vida y que ilumina nuestro caminar. Ya no es una simple palabra humana con todo el valor y riqueza que tiene en si misma sino que es una palabra de salvación.
Todos conocemos el episodio; el centurión que tiene enfermo un criado al que aprecia mucho, pero que sabiendo que en Jesús puede estar la salvación del muchacho no se atreve a ir por si mismo a hacerle le petición de Jesús. Ha sido un hombre bueno que a pesar de ser del ejercito dominante sin embargo ha hecho muchas cosas buenas a favor de los judíos. Serán los principales de la ciudad los que vengan con la embajada a Jesús para pedirle que cure al muchacho y Jesús se pone en camino para su casa.
Ponerse en camino con prontitud cuanto nos tiene que decir para cuantas cosas tenemos que hacer en la vida. Jesús no lo deja para otro momento, para cuando llegue la ocasión porque pase por la cercanía de la casa del centurión. Jesús se pone en camino, cuánto nos dice.
Pero ahí comienza a resplandecer con más intensidad la fe y la humildad de aquel hombre. Cuando se entera que Jesús viene a su casa le envía otros mensajeros, él no es digno de que Jesús llegue a su casa. Y ya no se trataría de la incomodidad que podría significar para un judío piadoso el entrar en la casa de un gentil. La humildad de aquel hombre va más allá, porque va llena de fe. Basta tu Palabra.
Se basa quizás en sus experiencias humanas de mando en donde está acostumbrado que siempre se obedecen sus ordenes, pero aquí es algo más. Es la humildad de no sentirse digno. Es el reconocimiento, aunque el fuera un pagano, del poder divino de Jesús. Basta tu Palabra.
Es la Palabra por cuanto fue hecho todo lo que existe, que nos dirá san Juan al principio de su evangelio; es la Palabra que es Luz y que es Vida, aunque nosotros los hombres rechacemos tantas veces esa luz prefiriendo las tinieblas. Tendremos que aprender a reconocer la Palabra de Jesús. Reconocerla y abrir nuestro corazón a esa Palabra, a esa vida, a esa luz, a esa salvación que nos ofrece. Es la Palabra que sanó al criado del centurión de su enfermedad o de sus limitaciones, pero es la Palabra que nos sana a nosotros de las limitaciones, de las sombras, de tantas muertes que llevamos dentro de nosotros.
Cuidado que nos contagiemos del mundo que nos rodea. No se cree en la palabra y no solo en el sentido de lo que comenzábamos diciendo al principio, sino que no se quiere creer en la Palabra de Jesús y que en ella podemos encontrar la salvación. Vivimos en un mundo de descreídos, un mundo que se cierra a lo divino y a lo sobrenatural, un mundo que quiere darle explicaciones a todo, pero que no es capaz de reconocer el Misterio que solo en Dios podemos descifrar. Y nosotros los cristianos tenemos el peligro de ir contagiando de esas cosas, de ese sentido, de esos razonamientos que son incapaces de descubrir el misterio de Dios y el misterio de la salvación que nos ofrece.
Tengamos fe en la Palabra. Comencemos, si queremos, por revalorizar nuestras palabras humanas desde la rectitud y sinceridad de nuestras vidas, pero sepamos aceptar y creer en esa Palabra de Vida que nos salva y que encontramos en Jesús.

jueves, 5 de octubre de 2017

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Deum. 8, 7-18; Sal.: 1Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’. Este versículo tomado del salmo 89 podría expresar muy bien el sentido de la feria que en este día se celebra en la Iglesia. Son las témporas de acción de gracias y petición.
En cierto modo la vida del hombre y el ritmo de sus actividades van girando en torno al devenir de la naturaleza que cada año tiene sus ciclos y sus ritmos que nosotros llamamos estaciones, estaciones meteorológicas.
Sobre todo en nuestro hemisferio norte hemos concluido con los rigores de los calores del verano y hemos entrado en nuevo ciclo que es el otoño. Pero de alguna manera las actividades de la vida giran en torno a esto. Por una parte en las actividades agrícolas se acaba un ciclo con la finalización de la recolección de las cosechas entrando la tierra en una época de cierto reposo y de pronta preparación para un nuevo ritmo de siembras y de diversas actividades.
Pero también en nuestra vida laboral y social ha habido un cambio pues el verano ha servido para una gran parte de nuestras gentes tener su tiempo de descanso y de vacaciones, incrementadote incluso en esa época los tiempos de fiestas y de jolgorio; ha vuelto la actividad normal para la mayoría y los dedicados al estudio, también nuestros niños y adolescentes reinician sus cursos escolares y su actividad.
Un final y un principio, unos frutos recogidos y un descanso merecido y un reinicio de actividad en todos los ámbitos y sentidos. Y es en este momento en el que la liturgia nos ofrece estas temperas de acción de gracias y de petición.
El creyente centra su vida en Dios. De Dios espera su bendición y su gracia. Siente que este mundo es una creación del poder de Dios y Dios sigue siendo el alma de toda la existencia. Sentimos que la vida nos viene de Dios y como salidos de sus manos recibimos todos los frutos que en la vida podemos cosechar. Es quien ha puesto en el hombre esa capacidad de su inteligencia y de su trabajo y ese mundo por el creado ha sido puesto en nuestra manos para que nosotros con nuestro esfuerzo continuemos su obra.
Por eso tenemos que ser agradecidos de ese don de Dios y de cuanto recibimos de sus manos igual que de la misión que nos ha confiado para que desarrollemos ese mundo que sea para el bien de todos, de toda la humanidad. Hemos de cuidar ese mundo, esa naturaleza, esa vida que en él encontramos porque sabemos además que no solo es para nuestro bien personal sino que tiene que redundar en el bien de todos los hombres. De ahí la responsabilidad que hemos de tomarnos la vida, con que hemos de tratar ese mundo, de cómo hemos de desarrollarlo desde nuestra inteligencia y nuestras capacidades con las que nos hacemos semejantes a Dios, tal como El quiso crearnos.
Damos gracias en este final de ciclo por cuanto en el año y en toda nuestra vida hemos recibido reflejado también en esos frutos de nuestros trabajos, pero al mismo tiempo pedimos su bendición para ese trabajo que ahora reiniciamos. Queremos hacerlo siempre para su gloria, queremos realizarlo contando siempre con su gracia, queremos hacer que nuestro mundo sea mejor, queremos poner verdadera humanidad en cuanto hacemos y para ello pedimos la gracia del Señor, queremos contar con la gracia del Señor. Así sentiremos el gozo de Dios en nuestro corazón.
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’, decíamos al principio. Que sea nuestra oración y que sea nuestra acción de gracias. ‘Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos bendiga y nos conceda su paz’.

domingo, 4 de octubre de 2015

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16
La soledad es como la loza de una tumba oscura que si cae sobre nosotros nos hace perder todo sentido y todo valor de aquello que vivimos o que hacemos. No está hecho el hombre, la persona para la soledad. Desde lo más intrínseco de nuestro ser estamos llamados a la comunicación y a la comunión, aunque luego como consecuencia de nuestras propias limitaciones y de los orgullos que dejamos meter en nuestra vida algunas veces se nos pueda hacer difícil.
Necesitamos estar, o más aun, ser para alguien, para el otro, para los demás. En la soledad decimos que nos aburrimos, o lo que es lo mismo parece que todo carece de sentido. Podemos buscar la soledad en un momento determinado porque quizá necesitamos centrarnos dentro de nosotros mismos pero pronto nuestro ser tiende a abrirse a los demás, a ir al encuentro con el otro, a entrar en comunicación y más aun en comunión con nuestros semejantes.
Cuando vemos a alguien que dice que prefiere la soledad, que trata de aislarse de los otros para vivir su vida sin esa interdependencia con los otros, decimos que es un bicho raro o que está caminando a contracorriente de lo que es su ser más hondo. Es difícil que en esa situación se sea verdaderamente feliz, porque tendría que saber buscar ese sentido de su ser para los demás aunque en determinados momentos o situaciones viva a solas.
Pero la soledad no la podemos llenar con cosas. En las cosas tendrá una utilización, pero no la valdrán para el encuentro. Tampoco cualquier ser vivo puede llenar la soledad de la persona, porque esa comunión y comunicación tiene mucho de personal, y entonces será el encuentro de la persona con la persona donde se establezca esa relación personal. Nos encontramos en la vida quienes quieren llenar sus soledades en la posesión de las cosas o en la compañía de los animales. No es el camino que nos lleve a una plenitud de nuestro ser y a esa relación personal que necesitamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Muchos pensamientos y reflexiones surgen al hilo del pensamiento de la soledad de la persona. ‘No está bien que el hombre esté solo’, se dice Dios en el paraíso después de haber creado a su criatura preferida, el hombre. ‘Voy a hacer alguien como él que le ayude’. Y nos habla de la creación de todos los seres vivos que Dios va presentando al hombre para que le ponga nombre. Es una expresión de posesión el dar nombre a algo o a alguien. Pero nada de todos aquellos animales, como antes ninguna de las otras cosas creadas, da satisfacción al corazón del hombre para hacerle salir de su soledad.
Será cuando aparezca la mujer - hemos de saber entender las imágenes de la creación que nos propone el Génesis como una forma de hablar - cuando el hombre llegue a encontrarse de verdad con un ser semejante a él con quien pueda entrar en comunicación y en comunión. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!’, dirá Adán llamando a la mujer Eva.
Nos aparece la sentencia que será base y fundamento de lo que es el matrimonio pero que viene a expresar esa nueva comunión entre los seres humanos que romperá todas las soledades. Se rompe la soledad no solo porque puede estar ya con alguien sino porque además ya la vida y la existencia adquieren un nuevo sentido y valor al ser también para alguien en esa comunión e interrelación que se crea entre los seres humanos.
Nada tendría que romper esa nueva interrelación entre los seres humanos que le llevaría de nuevo a la soledad. Se han entendido siempre estas palabras en relación a esa unión entre el hombre y la mujer que llamamos matrimonio, pero más profundamente nos está hablando de esa comunión que tendría que haber siempre entre todos los seres humanos.
En el evangelio hemos escuchado a los fariseos que vienen a preguntarle a Jesús sobre el tema del divorcio. Les recuerda Jesús las palabras del Génesis que manifiestan la voluntad y el designio de Dios desde la creación para todo el género humano. ‘No son dos sino una sola carne y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando Jesús.
Pero hay algo importante que les dice Jesús en referencia a que Moisés permitió en algunas circunstancias el divorcio. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto’, les dice. La terquedad que se puede traducir en muchas posturas y actitudes, en muchos contravalores que podemos dejar meter en el corazón que nos destrozan y que nos dividen.
Es el orgullo que se mete en nuestra vida y que nos aísla y que nos separa de los demás; todo lo que sea creernos superiores a los otros, convertirnos en reyes y señores de todos para que prevalezca siempre mi propia voluntad, las insolidaridades que nos hacen olvidarnos de los otros para pensar solo en nosotros mismos, el egoísmo avaricioso en que todo lo quiero para mi porque me creo merecedor de todo, y así podríamos seguir diciendo muchas más cosas, nos destruyen desde lo más hondo de nosotros mismos y van creando rupturas en nuestro entorno con aquellos con los que tendríamos que convivir. Y hacemos referencia al matrimonio y a las causas de tantas rupturas, pero podemos hacer referencia a todo lo que va creando barreras con aquellas personas de nuestro entorno.
No podemos vivir en soledad, pero a causa de nuestra terquedad volvemos a encerrarnos en ella aislándonos de la comunión y comunicación que tendríamos que vivir con los demás. Creo que podríamos sacar muchas consecuencias de esta reflexión para nuestra vida de cada día y para esa mutua interrelación que habríamos de vivir con los demás. Cuidemos de no caer de esa manera en las redes de la soledad.
En el camino de nuestra vida cristiana no vamos solos, porque siempre hemos de vivir esa comunión de amor fraterno como nos enseñó Jesús; pero ese camino de nuestra vida cristiana sabemos que tenemos de nuestra parte al Espíritu del Amor que nos dará fuerzas y sabiduría para saber vivir esa comunión de amor que ha de ser toda vida.

jueves, 27 de agosto de 2015

La vida es una responsabilidad que nos lleva a realizarnos desde nuestras propias capacidades y en bien de cuanto nos rodea

La vida es una responsabilidad que nos lleva a realizarnos desde nuestras propias capacidades y en bien de cuanto nos rodea

1Tes. 3, 7-13; Sal 89; Mateo 24, 42-51

La vida es una responsabilidad. No se trata simplemente, como se suele decir, ir echando día para atrás, como si viviéramos solamente de una forma llamaríamos vegetativa en la que nos contentáramos con respirar, comer o simplemente existir. Ya solamente el hecho de existir nos plantea unas responsabilidades, porque tendríamos que cubrir unas necesidades básicas para subsistir, un alimento, un abrigo con el que cubrirnos del frío o del calor, un lugar propio donde habitar; todo eso ya nos estaría planteando responsabilidades.
No me vale decir, es mi vida y hago con ella lo que quiero. Es tu vida, pero vives en un mundo, rodeado de otros seres, de otras personas y tú y el espacio en que vives ya no es solo tuyo, sino que entramos en una relación con los demás y con ese mundo. Y eso entrañaría no solo unos derechos para ti sino también unas obligaciones en relación a esa vida, a ese mundo y entorno en el que vives, y en tu relación con los demás.
Pero vivir no es solo subsistir, es algo más. La vida tiene un sentido y un valor. Y tenemos también una función y responsabilidad en ese mundo en el que vivimos. La vida no ha surgido de la nada, sino que te ha sido dada, y pensamos en quien es capaz de sacarla de la nada, el Creador que te dio la vida, que puso la vida humana en este mundo en el que vivimos. La responsabilidad de la vida adquiere una trascendencia; se trasciende hacia los demás, pero se trasciende en ámbitos eternos cuando nos hace volvernos a nuestro creador. Es la respuesta y la visión del creyente de la que arranca nuestra propia visión como cristianos.
Podríamos seguir ahondando mucho más en este pensamiento si queremos meramente desde un sentido humano y terreno, pero queremos dar un paso más para descubrir el sentido de Cristo en ese nuestro vivir, que seguramente nos llevaría a más largas reflexiones de las que en unas líneas podemos aquí y ahora reflejar.
Recordemos algunas parábolas de Jesús como la de los talentos, y pensemos en nuestra vida como ese talento que Dios ha puesto en nuestras manos. Ya en la primera página de la Biblia tras la creación Dios pone en manos del hombre toda aquel mundo que había salido de sus manos; y al hombre da un poder y una responsabilidad, porque ha de continuar con esa obra creadora de Dios con esos mismos dones que Dios le ha dado. ‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra…’ le dice Dios al ser humano.
Luego podríamos pensar en la misión que Jesús nos confía de construir el Reino de Dios, para lo que nos manda por el mundo para anunciarlo y construirlo. Y hoy nos dirá en el evangelio que estemos atentos, preparados y vigilantes porque volverá el Señor. Es una referencia a los últimos tiempos, pero puede ser también una referencia al final de nuestra vida terrena, tras la cual hemos de presentarnos ante el Creador para rendir cuentas de esa vida que Dios había puesto en nuestras manos. Esa vigilancia, esa atención que hemos de prestar nos está hablando de esa responsabilidad de nuestra vida en esa trascendencia profunda que también queremos darle. Nos trascendemos no solo hacia los demás - lo que ya es muy importante -, sino que nuestra vida se trasciende hacia Dios con sones de eternidad.
Muchas cosas ahora podríamos preguntarnos sobre la responsabilidad con que vivimos nuestra vida; no tiene sentido en el ser humano una vida ociosa que se convertiría en una vida sin sentido. Una responsabilidad de desarrollar la propia vida en si mismo, en esos valores, esas cualidades, esas capacidades de las que estamos dotados, lo que llamamos una realización de nosotros mismos; pero una responsabilidad de cara a los demás y a esa sociedad en la que vivimos donde vamos realizándonos cuando ponemos lo que somos y valemos en bien de los demás y de ese mundo en el que vivimos.  Y podríamos hablar también de nuestra responsabilidad con la naturaleza en ese entorno del mundo en el que vivimos, pero es un tema más amplio.