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domingo, 17 de marzo de 2024

Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

 


Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

Jeremías 31, 31-34; Salmo 50; Hebreos 5, 7-9; Juan 12, 20-33

Alguna vez habremos escuchado hablar de alguien, del que quizás nos han contado maravillas, y tenemos deseos de conocer a esa persona. Motivados por esa curiosidad y sobre todo sintiendo admiración en cierto modo ya de entrada sobre esa persona, buscaremos medios y formas para acercarnos a ella, lograr que nos la presenten, intentar entrar en su círculo de amistades para hacernos un hueco y poder acercarnos a ella.

Son cosas normales en nuestras mutuas relaciones, que forman parte del engranaje de la vida social en el que nos movemos; será alguien de quien hemos escuchado que hace muchas cosas buenas por los demás, una persona altruista que se desvive por los otros, o como sucede en la sociedad en la que estamos, un deportista famoso, un político de esos que tienen un arte muy especial para ganarse adeptos y amigos, será alguien del mundo de la cultura si esto está en nuestros intereses, un artista de fama que arrastra masas y de quien pretendemos arrancarle aunque sea un autógrafo.

¿Cómo nos sentiremos cuando le conozcamos o logremos aquello que tanto soñábamos? Seguramente que encantados, aunque también hay el peligro o la posibilidad de que nos sintamos desilusionados porque en persona no es lo que nosotros habíamos imaginado. Muchas veces pudiera ser mucho más lo que nosotros llevamos en la cabeza, en la imaginación, que la realidad de ese personaje que queríamos conocer.

¿Cómo se sentirían aquellos griegos que querían conocer a Jesús y de los que nos habla hoy el evangelio? Nos relata el evangelista que había dos griegos, quizás en cierto modo cercanos al mundo judío o prosélitos, que a través de Felipe primero y luego también de Andrés quieren acercarse a Jesús. ‘Queremos ver a Jesús’ fue su petición, y ambos apóstoles se los presentaron a Jesús. Importantes que son también las mediaciones. ¿Nos habremos parado a pensar a través de quienes a lo largo de nuestra vida nos hemos acercado a Jesús o le hemos conocido más? Sería también algo para pensar, pero también para agradecer, quienes han sido mediación en la vida para que nosotros conozcamos a Jesús. Nuestros padres, el testimonio de alguien a nuestro lado, un catequista, el sacerdote que nos ha acompañado, el ejemplo de una persona en la que nos fijamos que calladamente hacía el bien y sin ella siquiera saberlo ha influido en nosotros. Daría para largas reflexiones, como también tendríamos que pensar en cómo habremos sido nosotros mediación para los demás.

Seguramente el encuentro con Jesús de aquellos griegos fue impactante. Fijémonos de lo que comienza a hablar Jesús. Llega la Hora en que ha de ser glorificado el Hijo del hombre. ¿Cuál ha de ser esa glorificación? Los judíos que tan ansiosos estaban por la llegada del Mesías, con su manera tan particular de entenderlo, estarían pensando en esos días de gloria para el pueblo de Israel que por fin se vería liberado de la esclavitud y de la opresión. Días de gloria habían sido los de la salida de Egipto en búsqueda de la libertad, aunque el camino había sido bien duro a través del desierto para llegar a la tierra prometida. ¿Llegarían esos nuevos días de gloria?

Pero Jesús habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida. Jesús habla de una entrega que El va a realizar de sí mismo porque es la manera de alcanzar la vida. ¿Recordarían los discípulos aquello que Jesús tantas veces les había anunciado de que el Hijo del hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y les había hablado de padecer y de muerte? Ellos nunca lo habían querido entender, y seguramente serían palabras que estarían bien guardadas quizás por los temores de lo que anunciaban. Habla Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida. Pero eran palabras que resultaban duras. Y Jesús les dice que el que quiera servirle que le siga, pero ese es el camino, el de la entrega hasta perder la vida para ganarla.

En medio de los interrogantes que podrían están surgiendo en el corazón de quienes escuchaban las palabras de Jesús va a surgir momentáneamente algo extraordinario. Se va a oír una voz venida de lo alto que habla de esa glorificación. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Fue como un trueno, fue algo extraordinario que no acababan de entender, como también les costaba entender las palabras de Jesús; era como la voz de un ángel del cielo, pero todos se sentían como aturdidos. ¿Recordarían los discípulos lo sucedido en lo alto del Tabor? ¿Alguien recordaría las palabras venidas del cielo allá en el Jordán cuando Jesús fue bautizado por Juan? Mas tarde en Getsemaní, ¿recordarían lo que ahora había sucedido?

Allí se estaba manifestando la gloria de Dios. Era como un anticipo de lo que Jesús tanto había anunciado que el Hijo del hombre que había de ser crucificado resucitaría al tercer día. Seguramente después de la resurrección recapitularían todas esas cosas y con la fuerza del Espíritu Santo recibido en Pentecostés llegarían a la plena comprensión.

Nosotros lo escuchamos hoy, en vísperas ya de la celebración del misterio pascual. Es lo que vamos a contemplar y a celebrar. Es la glorificación del Hijo del hombre, pero que va a ser para nuestra gloria, para nuestra salvación, porque en ese amor de Dios que se va a manifestar alcanzaremos el perdón, nos llenaremos de la salvación.  Es para lo que tenemos que seguir preparándonos con intensidad en estos días que nos quedan de cuaresma. Es lo que vamos a vivir en la Pascua. Jesús nos está diciendo que cuando sea elevado sobre la tierra, atraerá a todos hacia El.


domingo, 3 de septiembre de 2023

Dejémonos cautivar y seducir por el amor que será el que nos conducirá a caminos de vida en plenitud



 Dejémonos cautivar y seducir por el amor que será el que nos conducirá a caminos de vida en plenitud


Jeremías 20, 7-9; Sal 62; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27


Hay ocasiones en que no queremos escuchar lo que no nos gusta; pero también hemos de decir que no nos gusta algo porque no lo hemos escuchado. No es solamente aquello de que el pez se come o no se come la cola, sino el saber escuchar para entender muy bien lo que se nos quiere decir. Pero nos ciegan los prejuicios, y damos por entendida una cosa que realmente no hemos entendido. 


Un diálogo de sordos en que vamos con una idea, y por eso no llegamos a escuchar lo que se nos quiere decir; no solo no queremos escuchar sino que nos hacemos nuestras interpretaciones particulares, desde nuestras ideas o desde nuestros criterios muy particulares. cuantas veces quizás alguien que está observando de manera imparcial nuestra conversación o nuestro no entendimiento, termina diciéndonos que estamos diciendo lo mismo aunque cada uno emplee sus propias palabras. 


Nos vale hacernos una reflexión así para que tratemos de escucharnos más, de no crearnos las guerrillas que tantas veces nos armamos sin necesidad.  Un mal entendimiento cuantas veces nos lleva a distanciamientos y a enfrentamientos innecesarios.


Lo que le pasaba a los discípulos entonces y tenemos que pensar que quizás nos sigue pasando hoy. No escuchamos, llevamos las ideas preconcebidas. Como Pedro que se había hecho una idea de lo que tenía que ser el Mesías, que por otra parte le cegaba de alguna manera el amor tan grande que sentía por Jesús. No podía pasarle nada a Jesús. Como le parecía a él, si toda la gente le quería, las multitudes le seguían, iban a escucharle allí donde estaba, se sentían maravillados de los signos y milagros que hacía, ¿cómo podía decir Jesús ahora que iba a ser entregado en manos de los gentiles y que sufriría muerte cruenta? 'Eso no puede pasarte a tí. ¡Quítatelo de la cabeza!'


Pero es Jesús el que le dice ahora que se quite de en medio, que no sea tentador para él, que cambie su manera de pensar. 'Tú solo piensas a lo humano, pero no tienes ni entiendes los pensamientos de Dios'. Jesús también un día había sentido tentaciones así. 


Cuando iba a comenzar su tarea, allá en aquellos momentos en que se retiró al desierto, le venían también esos pensamientos de éxito, de grandezas, de reconocimientos; podría parecerle que la tarea que tenía por delante podía ser fácil y exitosa, porque con los poderes que tenía, con la sabiduría de sus palabras, con los gestos extraordinarios que podía hacer delante de la gente, todo el mundo caería a sus pies. Son lo que los evangelistas nos cuentan de aquellas tentaciones en que el mismo satanás se le presentaba ofreciéndoles caminos de éxito seguro. 


Pero allí sintió Jesús lo que eran realmente los caminos de Dios, caminos que tenían que pasar por el amor y la entrega hasta los límites más insospechados; sabía que no sería comprendido, como le estaba sucediendo ahora con Pedro, con quien parecía que las tentaciones se repetían. Pero otros son los caminos del Reino de Dios.


Esos caminos que Jesús quería ofrecerles a sus discípulos, quiere ofrecernos a nosotros también, y que tanto nos cuesta comprender porque seguimos también con nuestras ideas, nuestros caminos y no nos hemos decidido a emprender los caminos de Dios. como nos decía el apóstol en la segunda lectura, 'no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto'. Tenemos que dejarnos transformar, tenemos que saber discernir muy bien lo que Jesus nos ofrece. 


Hoy nos habla de cruz, de negarnos a nosotros mismos, de ser capaces de entregar la vida porque eso no es perderla sino ganarla. No es que emprendamos un camino masoquista en que nos machaquemos y nos anulemos, ni mucho menos. Siempre el camino de Jesús es un camino a la vida y a vivirla en plenitud, es un camino que nos conduce a la felicidad y a una felicidad que nadie nos podrá arrebatar, es un camino de amor, porque solo el amor es el que salvará el mundo. Claro, cuando amamos nos damos por aquel a quien amamos, sí, seremos capaces de olvidarnos de nosotros mismos porque lo que queremos es el bien de aquel a quien amamos. Y amando así nos llenamos de vida, amando así podremos sentir las satisfacciones más hondas del corazón.


Cuando solo nos buscamos a nosotros mismos, nuestros intereses y nuestras glorias vamos como poniendo círculos a nuestro alrededor que nos aíslan, que nos parecería que nos están elevando, pero lo que están haciendo es alejarnos de los demás, por mucho poder que nosotros queramos manifestar, y al final en ese trono de gloria nos sentiremos solos y nos sentiremos vacíos. 


Los halagos que podamos recibir de los demás estarán llenos de falsedad, pero también de muchos miedos y temores que alejan, o muchas veces son palabras interesadas de las que querrán al final sacar un provecho, que si no respondemos como quieren se transformaran en odios que los pondrán en contra, no serán nunca manifestación de un amor verdadero.


Como nos enseñaba el profeta, dejémonos cautivar, seducir por el amor, será lo que nos llevará por caminos de plenitud.


domingo, 12 de junio de 2022

Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria buscando siempre el bien del hombre

 


Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria buscando siempre el bien del hombre

Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15

¿Qué es buscar la gloria? En nuestros parámetros humanos alcanzamos la gloria cuando hemos conseguido la fama, ya sea un cantante que se ha hecho una fama poco menos que universal dados los medios sociales que hoy están a nuestro alcance, ya sea un deportista que ha alcanzado la gloria a través de sus triunfos que le han llenado de fama y ¿por qué no decirlo?, también de poder; es la búsqueda de la gloria queriendo alcanzar el dominio y el poder, el estar por encima de todo y tener en sus manos poco menos que las riendas del mundo; quizás en nuestras medidas más cercanas pensamos en el prestigio, en el buen nombre, en la consideración que le tienen los demás. Momentos de gloria que se pueden volver efímeros como le ha pasado a tantos que se creían dioses de este mundo, porque la fama se acaba, la gloria del triunfo tiene los días contados, y el poder puede ser que un día nos lo quiten de nuestras manos.

¿Qué será, pues, buscar y alcanzar la gloria? ¿Cuándo hablamos de la gloria de Dios lo hacemos también en este sentido? Desgraciadamente tenemos que reconocer que alguna vez quienes tratan de la gloria de Dios, y en consecuencia están muy relacionados con la religión, con la relación con Dios, podemos habernos confundido muchas veces envolviendo en esos tintes de glorias humanas lo que tendría que ser en verdad la gloria de Dios.

Cuando llegamos a descubrir con mayor o menor profundidad lo que es la gloria de Dios nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. ¿Qué quiere Dios del hombre que ha creado? ¿Qué busca Dios para ese ser humano salido de sus manos creadoras? Si queremos, podemos quedarnos con la primera imagen que nos pone la Biblia, al crear Dios al hombre y a la mujer los pone en un paraíso y quiere el bien y la felicidad del hombre y de la mujer, pues todo lo pone en sus manos para que sienta el gozo de sentirse creador con Dios continuando el desarrollo de la obra creada por Dios con su inteligencia y con su voluntad, y los pone para el amor, porque crea a Adán y Eva, al hombre y la mujer, para que vivan en esa comunicación de amor.

Es lo que hoy de manera maravillosa se nos revela y celebramos cuando en este domingo estamos celebrando el Misterio de la Santísima Trinidad de Dios. Es el misterio de amor de Dios. Dios es amor, nos dirá san Juan en sus cartas, pero bien que nos lo había ido revelando en plenitud Jesús. Una buena lectura de toda la historia de la salvación también tenemos que hacerlo desde esta óptica de amor.  Dios ama, por amor nos crea, por amor nos envía a su Hijo para nuestra salvación, por amor nos llena de su Espíritu de amor cumpliendo la promesa de Jesús. El amor que nos hace presente a Dios, el amor que nos hará ver a Dios, el amor que descubriremos en los actos de amor, vida y salvación que continuamente ofrece a toda la humanidad.

Porque Dios es amor, porque Dios ama no puede sino buscar el bien; su gloria, como decíamos, será siempre el bien del hombre. El amor no oprime ni esclaviza, el amor no es tirano ni exigente, el amor es siempre una ofrenda de sí mismo capaz de gastarse por ese amor en beneficio de aquellos a los que ama. Cómo se nos manifiesta en Jesús, que es la entrega que nos hace Dios a los hombres porque nos ama, que es la entrega que de sí mismo hace Jesús para nuestra salvación capaz de dar su vida para que tengamos vida, es la inundación de amor que se produce en nuestra vida cuando nos llenamos del Espíritu de Dios.

Así, entonces, nuestro amor para que sea verdadero tiene que ser reflejo de ese amor de Dios; así con un amor verdadero nosotros daremos a conocer a Dios a los demás. Así en ese amor verdadero que nos hace llenarnos de Dios tenemos que entrar necesariamente en una comunión de amor con todos los que son amados de Dios y a quienes nosotros también queremos amar. Por eso decimos que nuestra vida de amor es reflejo de esa comunión de amor de la Trinidad de Dios. Así en esa unidad con los demás tendríamos que sentirnos siempre.

¿Nos extraña entonces que el único mandamiento que Jesús nos haya dejado es el amor los unos a los otros? Pero ya sabemos que no es amarnos de una forma cualquiera sino amarnos como Dios nos ama, amarnos con un amor como el de Dios.

Hoy nos sentimos invitados a cantar la gloria del Señor. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, decimos en una de esas aclamaciones que se repiten en la liturgia y en nuestra oración personal. Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria, pero no olvidemos lo que hemos venido reflexionando, la gloria del Señor es el bien hombre, porque la gloria del Señor es el amor de Dios; que así busquemos nosotros siempre el bien del hombre que es construir el Reino de la gloria del Señor en nuestro mundo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un día lleno de emoción en el recuerdo de nuestros difuntos que vivimos en la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la gloria de Dios en el Reino de los cielos

Un día lleno de emoción en el recuerdo de nuestros difuntos que vivimos en la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la gloria de Dios en el Reino de los cielos

Job 19,1.23-27ª; Sal 24; Filipenses 3,20-21; Juan 14, 1-7

Hay momentos en la vida en que afloran los sentimientos y las emociones, ya sea por cosas o acontecimientos que nos impresionan o nos agradan o ya sea porque el recuerdo nos trae al presente momentos vividos con intensidad o personas que no estando ya con nosotros sin embargo fueron importantes en nuestra vida. Hoy es uno de esos días en que por los recuerdos en este caso de los seres queridos que ya no están con nosotros somos fáciles a los momentos emotivos y salen a flote todas nuestras emociones más sentimentales.
Son importantes en nuestra vida esas emociones o ese revivir los sentimientos gratos que hayamos vivido y que no podemos ni tenemos que reprimir. Pero hay algo más nosotros que marca la pauta de nuestra vida, el sentido de nuestro vivir que son esos principios fundamentales que nos rigen y es también el sentido de trascendencia espiritual que le damos a nuestra existencia. Es donde de una forma razonable aparece nuestra fe, esa fe que nos da sentido y que nos da valor; esa fe que encauza por un buen sentido esas emociones y esos sentimientos.
Es así como hemos de darle un verdadero sentido espiritual y cristiano, llenos de trascendencia, al recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, que hoy de una manera especial la Iglesia no invita a conmemorar. Es lo que llamamos el día de difuntos, pero que hemos de saber vivir desde nuestra esperanza cristiana. No será entonces un solo recuerdo lleno de dolor, aunque esa pena de la separación de nuestros seres queridos siempre la tengamos en el corazón. Es algo más y a lo que tenemos que darle una verdadera profundidad cristiana.
No pensamos los cristianos en los muertos como seres que ya desaparecieron para siempre y que se ven consumidos en la nada. Los cristianos vivimos en una esperanza de resurrección y de vida eterna. Los cristianos damos una trascendencia a nuestra viva que nos hace mirar más allá del umbral de la muerte. Para nosotros quienes han muerto a la realidad de este mundo viven, porque nosotros creemos en la vida eterna porque creemos en la palabra de Jesús.
Se queda envuelta de alguna manera por las sombras del misterio como va a ser esa vida eterna, pero en nuestras ansias y sed de Dios y de plenitud tenemos la esperanza de poder vivir esa plenitud en Dios. Por eso nuestro recuerdo cargado de sentimientos y emociones se hace oración, porque uniéndonos a Dios en nuestra oración de alguna manera nos sentimos unidos a quienes tenemos la esperanza de que vivan en Dios para siempre.
Nuestra oración se hace acción de gracias recordando cuanto de bueno vivimos en este mundo con esos seres queridos que ahora recordamos y cuanto recibimos y aprendimos de ellos. Y nuestra oración se hace también suplica e intercesión porque, sabiendo que todos somos limitados y llenos de debilidades, ahora pedimos el perdón y la misericordia divina sobre esos seres amados para que puedan vivir para siempre esa plenitud en Dios que llamamos cielo.
Nuestro recuerdo y oración se nutre en la esperanza y llena aún más de esperanza nuestra vida, porque ansiamos que un día podemos gozar todos juntos de esa plenitud de Dios en el cielo. ‘Recibelos en tu reino, pedimos a Dios en nuestra oración, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria’.

domingo, 10 de enero de 2016

En el Bautismo de Jesús contemplamos el misterio de Dios que se nos revela señalándolo como Hijo amado de Dios

En el Bautismo de Jesús contemplamos el misterio de Dios que se nos revela señalándolo como Hijo amado de Dios y damos gracias porque en el Bautismo del Espíritu también nos hace hijos de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos, 10, 34-38; Lucas 3, 15-16. 21-22
Hay momentos en la vida que son como compendio o resumen. Después de un trabajo realizado vemos el conjunto de todo lo que hemos hecho; después de una meta alcanzada o de un camino recorrido nos sentimos satisfecho y recordamos todo lo que fueron los esfuerzos y las luchas; al iniciar una nueva etapa, nos detenemos, resumimos lo que pretendemos alcanzar, valoramos lo que vamos a hacer y sentimos el gozo de lo vivido que nos impulsa a ese nuevo paso en la vida. Así podríamos recordar muchas situaciones que habremos experimentado y vivido en este sentido.
La liturgia también tiene su pedagogía, que no son solo los protocolos como hoy se dice o los ritos preestablecidos. En la liturgia expresamos nuestra fe y la celebramos; alabamos, damos gracias siguiendo, es cierto, un ritmo para vivir y empaparnos de todos los misterios de la fe que celebramos. Pero la liturgia en su ritmo nos va enseñando y ayudando paulatinamente a ir viviendo en cada momento el misterio de Cristo que celebramos siguiendo como un ritmo ascendente y que al mismo tiempo envuelve toda nuestra vida.
Este domingo, podríamos decir, es uno de esos momentos. Concluimos todas las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía del Señor. Por así decirlo, echamos una mirada a su conjunto. Trascendemos de las escenas de la Infancia de Jesús que contemplamos en torno a su nacimiento para contemplar en El todo el Misterio de Dios que se manifiesta. Porque no podemos infantilizar nuestra religión ni nuestra vivencia de la fe. Ese niño que contemplábamos recién nacido en Belén y recostado entre pajas o en los brazos de María es el Hijo de Dios.
Es lo que se nos viene a expresar, como a revelar, en este domingo del Bautismo del Señor. Es el Hijo del Altísimo del que Juan Bautista iba a ser su precursor en el desierto; es el Salvador anunciado por los ángeles a los pastores en la noche de Belén, cuyo nombre sería Jesús como le señalaría el ángel a José, porque salvaría al pueblo de sus pecados; es el Emmanuel, el Dios con nosotros, anunciado por los profetas y que nació del seno de una Virgen; es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo como señalaría más tarde el Bautista a sus discípulos; es el Hijo amado de Dios que oímos resonar junto al Jordán en su bautismo hoy desde la voz venida del cielo mientras el Espíritu se posaba sobre El en forma de paloma.
Hoy celebramos el bautismo de Jesús en las aguas del Jordán. Quiso Jesús someterse a aquel bautismo, poniéndose en la fila de los pecadores porque El iba a cargar con nuestros pecados. Con razón luego Juan diría que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan había sentido que el Espíritu le revelaba en su corazón que aquel sobre quien viera bajar el Espíritu Santo sería en quien se cumplirían las promesas, porque sería el Mesías anunciado, porque sería en verdad nuestro Salvador.
Allí se iban a manifestar las maravillas de Dios. ‘Se rasgó el cielo, el Espíritu vino sobre El como una paloma, la voz del Padre resonaba desde el cielo: Este es mi Hijo amado, mi predilecto’. Allí aparecía la gloria de Dios. No se escucharían los cantos de los ángeles como en Belén; no resplandecerían en su blancura los vestidos y el rostro de Jesús como más tarde sucedería en el Tabor, pero sí se estaba manifestando la gloria del Señor señalándonos quien era Jesús, el Hijo amado y predilecto de Dios.
Nosotros hoy seguimos con el mismo espíritu de contemplación con que hemos venido celebrando todos los misterios de la Navidad. Sí, nos quedamos contemplando la gloria del Señor; nos sentimos sobrecogidos ante tanto resplandor, pero al mismo tiempo damos gracias porque podemos conocer a Jesús en toda su plenitud, porque podemos conocer y escuchar a Dios.
Es el que nos va a bautizar a nosotros no solo con un bautismo de agua, como el de Juan, sino que seremos bautizados en el Espíritu. Es cierto que necesitamos un bautismo que nos purifique como aquel que Juan administraban en el Jordán, pero a partir de este momento Dios nos va a regalar algo más; no solo nos purificará sino que nos elevará; no solo quitará el pecado de nosotros con su perdón y su misericordia sino que por su amor infinito también seremos llamados hijos, en el bautismo nos hacemos participes en Jesús de su vida divina, para hacernos también hijos de Dios.
¡Qué regalo más hermoso! Podemos ser hijos de Dios, vamos a ser llamados hijos de Dios, pero como nos dirá san Juan en sus cartas, es que en verdad lo somos porque así por la fuerza del Espíritu nos hace participes de su vida divina.
Contemplación, sí, en esta fiesta del Bautismo del Señor para acoger todo este misterio de Dios que se nos revela, pero al mismo tiempo acción de gracias, alabanzas a Dios que así nos ama.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Nuestra esperanza viviendo siempre en la fe y el amor es el encuentro definitivo con el Señor para la resurrección y para la vida

Nuestra esperanza viviendo siempre en la fe y el amor es el encuentro definitivo con el Señor para la resurrección y para la vida

Daniel 6, 11-27; Sal.: Dn 3,68.69.70.71.72.73.74; Lucas 21, 20-28

Cuando recitamos el Credo para proclamar nuestra fe hay algo que decimos y proclamamos pero que tenemos el peligro que un poco nos pase desapercibido. Proclamamos y confesamos la resurrección de Jesús y su ascensión al cielo donde, decimos, ‘está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Sentado a la derecha del Padre para expresar la divinidad de Jesucristo que recibe el mismo poder y gloria, pero desde donde ha de ‘venir a juzgar a vivos y muertos’.
Cuando en el juicio ante el Sanedrín le preguntó a Jesús si El era el Hijo de Dios respondió afirmativamente pero añadió ‘y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo’.
Es a lo que nos hace referencia hoy el evangelio. Jesús habla de los tiempos finales y lo hace con un lenguaje apocalíptico propio de la época. Se entremezclan los anuncios de la destrucción de la ciudad de Jerusalén y del templo con el anuncio del tiempo final. Pero Jesús quiere que lo vivamos con paz y serenidad porque todo conduce a encontrarnos con El. Y nos habla de su segunda venida. ‘Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad’. Es la segunda venida del Hijo del hombre que será para la resurrección y la vida. Por eso termina diciéndonos: ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación’.
Es el momento del juicio final. Será el final de la historia y de este mundo terreno. Será el inicio para la resurrección final. Se acerca vuestra liberación. Ya en otros momentos nos insiste en que hemos de estar preparados. Y preparados estamos si mantenemos nuestra fe y nuestra esperanza. Y preparados estaremos si nos mantenemos en nuestra unión con El viviendo siempre la gracia del Señor con toda fidelidad. Y preparados estaremos si hemos sabido ir guardando nuestros tesoros en el cielo, como repetidamente nos enseña Jesús en el evangelio.
Podemos recordar aquí también la alegoría del juicio final del que nos habla Jesús en el evangelio. Ojalá escuchamos ese ‘venid benditos de mi Padre a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Una invitación a la confianza y a la paz. Una invitación a vivir de forma intensa y activa nuestra esperanza. Una invitación a vivir en el amor de Dios que se traduce en el amor a los hermanos. 

domingo, 31 de mayo de 2015

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20
Cuando terminamos el ciclo de todas las grandes fiestas litúrgicas hoy la Iglesia nos invita a decir, a gritar, a proclamar con todo el ser de nuestra vida, ¡Gloria! Sí, gloria a Dios que nos ha revelado el misterio de su ser, que nos ha manifestado su amor, que nos ha inundado con su gracia, que en su amor nos ha enviado a su Hijo para ser nuestra salvación, que nos regala la fuerza de su Espíritu para que en su Hijo seamos hijos. Sí, ¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo!
Es lo que hemos venido celebrando desde la Navidad a la que nos preparábamos con el espíritu del Adviento; es lo que hemos celebrado en la Pascua haciendo el camino purificador de la Cuaresma; es lo que se ha ido prolongando a través de todo el tiempo pascual hasta que celebramos el don del Espíritu en el pasado domingo de Pentecostés.
Pero todo eso no ha sido sino revelarnos ese amor de comunión que hay en Dios, en sus tres divinas personas, para que vivamos en El, para que vivamos en esa misma comunión, en ese mismo amor, viviendo la misma vida de Dios.
Hoy en el final del evangelio de san Mateo hemos escuchado el mandato de Jesús de ir por el mundo ‘haciendo discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado’.
¿Qué significan estas palabras de Jesús, este mandato de Jesús? No es simplemente a hacer un rito para el que se nos dan unos signos y se nos señalan unas palabras que hemos de decir. Comienza diciéndonos que hagamos discípulos de todas las gentes; como lo había hecho Jesús con ellos. ¿Qué es el discípulo sino el que vive lo mismo que vive su maestro? El discípulo no es solo el que aprende algunas cosas de su maestro; discípulo es el que sigue el mismo camino, vive la misma vida.
Es lo que está pidiendo Jesús, hacer discípulos para vivir la misma vida de Jesús, que es vivir la misma vida de amor y de comunión que hay en Dios. ¿No nos había dicho Jesús que El y el Padre eran uno y quien le veía a El veía al Padre? ¿No nos había dicho Jesús que si le amábamos y cumplíamos sus mandamientos El habitaría en nosotros y nosotros en El?
Nos dice Jesús que nos hagamos discípulos para sumergirnos en Dios, para vivir en Dios en su misma vida que es vivir en su mismo amor y comunión y Dios viva en nosotros. Es lo que nos está diciendo con sus palabras, ‘bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’.
¿Qué significa eso? Bautizar no es simplemente echar agua por encima; bautizar es sumergirse en el agua - hemos simplificado demasiado el rito del agua y del bautismo haciendo que en cierto modo se diluya su sentido - . Nos bautizamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que es sumergirnos en Dios, empaparnos de Dios llenándonos e inundándonos de Dios, viviendo, repito, su misma vida y su mismo amor; viviendo en nosotros también esa comunión de amor que existe en Dios.
Llenos así e inundados de Dios y de su amor y su vida, nos sentimos amados de Dios como hijos. Aquello que nos decía san Juan ‘mirad que amor nos tiene el Padre que nos llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!’. Lo que hoy nos está diciendo san Pablo, ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios. Habéis recibido… un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)’.
Claro que tenemos que decir ¡Gloria! El misterio de Dios que hoy contemplamos y celebramos no lo vemos como a distancia y lejano a nosotros, sino que tenemos que estarlo sintiendo y experimentando en nuestra propia vida con todas sus consecuencias. Quienes confesamos nuestra fe en Dios, en el misterio admirable y maravilloso de Dios, ya nos tenemos que sentir de otra manera, nuestra vida tiene que ser distinta, tener otros parámetros, otra manera de vivir y de actuar.
Y es que estamos sintiendo un Dios cercano, tan cercano que llena nuestra propia vida. Si Moisés en el Deuteronomio les hacía reflexionar para que consideraran lo que era la grandeza de su fe en un Dios cercano, un Dios que estaba con ellos caminando en su misma historia y eso tendría que hacerles caminar en una fidelidad mayor, cuánto más nosotros cuando descubrimos todo este misterio de amor y de comunión que nos revela Jesús, del que nos podemos llenar en su Espíritu.
¿Por qué nos dice Jesús que su único mandamiento es el amor? Porque no tenemos que hacer otra cosa que vivir en ese mismo amor de Dios, que se hace comunión, que abre nuestro corazón y nuestra vida a los demás, que nos hace caminar juntos de una manera nueva, que nos lleva a que por nuestra comunión de hermanos revelemos al mundo la maravilla de la comunión de amor que es Dios. ‘Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado, os he manifestado’, que nos decía Jesús.
Y tenemos la certeza de estará con nosotros todos los días hasta la consumación del mundo. Así habita Dios en nuestros corazones inundándonos de su amor.

martes, 13 de enero de 2015

Para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación

Para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación


Cuando en la vida nos aparece el sufrimiento, ya sea por la enfermedad que daña nuestro cuerpo, por las limitaciones que nos vayan apareciendo en la vida a causa de nuestras debilidades o también por el paso de los años, ya sea por las injurias que podamos recibir de los demás o por los problemas que nos afectan y nos agobian, nos cuesta aceptarlo, nos rebelamos en ocasiones o surgen muchas preguntas en nuestro interior sobre el sentido de todo lo que nos está pasando, poniendo en peligro en ocasiones incluso hasta nuestra fe. A nadie la gusta el sufrimiento que muchas veces se puede convertir en una prueba muy dolorosa también en un sentido espiritual.
El creyente que sigue a Cristo en El busca y quiere encontrar respuestas. Le miramos a El, el justo y el inocente, que al asumir nuestra naturaleza humana haciéndose hombre como nosotros lo veremos también envuelto en dolores y sufrimientos. Contemplamos el acoso que sufrió de parte de quienes no le entendían ni le aceptaban, pero sobre todo le contemplamos en su pasión y en su cruz. Fue su Pascua que para nosotros fue vida y salvación. Fue su Pascua que fue su entrega de amor en la ofrenda que de sí mismo había hecho desde su entrada en el mundo, ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’.
Es por ese camino donde tenemos que encontrar esa respuesta que buscamos,  ese sentido y ese valor que hemos de aprender a darle a nuestros sufrimientos. No es fácil; como decíamos antes, a nadie le gusta el sufrimiento. Pero nuestra vida encuentra sentido desde el amor.  Y primero que nada miramos el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús; que se nos manifiesta en Jesús en su entrega suprema de amor que fue su pascua, que fue su pasión y su muerte que culminó en la resurrección.
De eso nos ha hablado hoy la carta a los Hebreos que estamos escuchando en la primera lectura de la liturgia. ‘Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y su muerte’. Fijémonos en lo que nos dice ‘coronado de gloria y honor por su pasión y su muerte’. No fue ignominia, sino camino de gloria y honor. ‘Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación’. Gracia redentora para todos los hombres fue el sufrimiento de Cristo en su Pascua. Ofrenda de amor para nuestra salvación.
¿Encontraremos ahí un sentido y un valor para nuestros sufrimientos? ¿Encontraremos en Cristo esa respuesta que necesitamos y que ilumine nuestra vida ensombrecida por el sufrimiento? Cuestión de amor, cuestión de ofrenda de nuestra vida para darle ese valor también redentor y de gracia. Es pascua, decimos, porque ahí y así pasa Dios por nuestra vida, aunque nos cueste verle o que en ocasiones sea duro. Cuando encontramos ese sentido se convierte también para nosotros en una purificación de nuestra vida, y a la larga de una consagración de nuestra vida. Será manifestación de la gloria y el honor del Señor en nuestra vida. Será cauce de salvación y de gracia también para los demás.
¿Aprenderemos a hacerlo? ¿Sabremos decirle sí al Señor? Sabemos que no nos faltará nunca su gracia que nos fortalece y su luz que nos ayuda ver el camino. Que todo sea siempre para la gloria de Dios. La pascua siempre termina en vida, en luz, en resurrección. Que podamos alcanzarla.

viernes, 1 de noviembre de 2013

En la comunión de los santos desprendamos el perfume de Dios en la santidad nuestra vida

Apoc. 7, 2-4.9-14; Sal. 23; 1Jn. 3, 1-3; Mt. 5, 1-12
Nos conviene recordar hoy - y más en el marco de los objetivos del Año de la Fe que estamos a punto de concluir - un artículo de nuestra fe que profesamos en el Credo y que nos puede pasar un tanto desapercibido, no solo en el hecho de que simplemente lo recitemos cuando decimos el Credo, sino también porque quizá no le damos suficiente sentido en nuestra vida. ‘Creo en la comunión de los santos’, decimos en el Credo, sobre todo cuando empleamos su formulación más extensa recogiendo el sentir de todos los concilios de la Iglesia que nos han definido nuestra fe.
Hoy, que estamos celebrando la fiesta, la solemnidad de todos los santos, es bueno que resaltemos este artículo de nuestra fe. Cuando decimos que creemos en ‘la comunión de los santos’ estamos queriendo expresar esa comunión que hay entre todos los que creemos en Jesús y hemos recibido el bautismo que consagra nuestra vida. Y decimos todos los que creemos en Jesús y no solo pensamos en los que aún en la tierra peregrinamos viviendo en este mundo y formando la Iglesia, sino que nos queremos sentir en comunión con todos los que traspasadas las puertas de la eternidad glorifican a Dios en el cielo o aún están en estado de purificación en el purgatorio.
Vivimos una misma comunión, porque por nuestra fe en Jesús nos hemos unido a El, configurándonos con El, tanto los que aquí peregrinamos como los que están participando de la gloria del cielo. Vivimos una misma comunión por esa comunión que con Dios vivimos por nuestra fe en Jesús, por la nueva vida de la que nos ha hecho partícipes, por el Espíritu que anida en nuestros corazones y nos hace partícipes de la vida de Dios. Es la misma vida de Dios, que ahora de forma imperfecta por nuestra condición pecadora vivimos, pero que un día viviremos en plenitud en la gloria del cielo, de la que ya son partícipes los que allí cantan para siempre la gloria de Dios.
Es esa vida de Dios, de la que somos participes por el Espíritu Santo que se nos ha dado, la que nos hace santos. Recordemos lo que nos decía la carta de san Juan hoy: ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos, pues ¡lo somos!’ Nos ha concedido el Espíritu de su hijo para que en verdad seamos hijos de Dios. Como nos decía el evangelio de Juan ya desde el inicio ‘a cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios… nacen de Dios’. Es por eso por lo que entonces ha de brillar la santidad de los hijos de Dios en nuestra vida.
La santidad que hemos de vivir en nuestra vida es como el perfume de Dios que hay en nosotros por nuestra unión con El. Una persona que ha estado en contacto con alguien que estaba intensamente perfumado, bien por la cercanía a esa persona o porque, por ejemplo, haya recibido un abrazo, luego va a quedar en ella como un halo de ese perfume del que, podríamos decir así para entendernos, se ha contagiado. Pues bien, esa santidad que ha de haber en nuestra vida es ese perfume de Dios que queda en nosotros cuando con El estamos íntima y profundamente unidos. No podríamos negarlo, no tendríamos que negarlo de ninguna manera porque así debemos de impregnarnos de Dios, de su vida, de su santidad.
Como un cántico de esperanza el libro del Apocalipsis - ése es el verdadero sentido de este último libro del Nuevo Testamento y de la Biblia - nos describe esa ‘muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, que de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos… gritaban con voz potente: ¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero… la alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén’.
Es una descripción de la gloria del cielo a la que nos unimos ahora nosotros, en esa comunión de los santos que vivimos y celebramos. Es ‘la Jerusalén celeste, donde eternamente alaba al Señor la asamblea festiva de todos los santos’, como proclamaremos en el prefacio de la Plegaria Eucarística de este día. ‘Hacia ella nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia’, los que aun peregrinamos en esta tierra como en un país extraño. Ellos son para nosotros ‘ejemplo y ayuda para nuestra debilidad’, porque no solo nos ofrecen el ejemplo de su vida, sino que con su intercesión nos alcanzan la gracia del Señor que nos fortalece en nuestro camino terrenal.
Ese camino de nuestra vida en el que ha de brillar el perfume de Dios en nuestra vida, ha de brillar nuestra santidad y que es iluminado continuamente por la Palabra del Señor que nos sirve de guía en medio de tantas oscuridades que nos amenazan y nos quieren desviar de ese camino. Hoy hemos escuchado en el evangelio el mensaje de las Bienaventuranzas. Es la senda que nos traza Jesús pero son también la promesa de Jesús de que podemos alcanzar esa dicha y felicidad en plenitud, esa dicha y felicidad de la vida eterna.
San Juan nos decía que ‘somos hijos de Dios pero aun no se ha manifestado lo que seremos, porque seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Con esa esperanza de plenitud ahora caminamos y queremos purificarnos más y más para poder alcanzar esa eterna bienaventuranza de la visión de Dios. ‘Los limpios de corazón verán a Dios’, que nos dice una de las bienaventuranzas. Ahora lo vivimos como en primicia, pero un día seremos herederos de ese Reino de Dios.
Por eso ahora siguiendo el espíritu que nos trasmite el evangelio queremos poner toda nuestra confianza en Dios, alejando de nosotros toda desesperación y desconsuelo, porque desde nuestra pobreza sabremos compartir, viviendo en la sencillez y el desprendimiento, poniendo generosidad en nuestro corazón para incluso hacer nuestros los sufrimientos y las lágrimas de cuantos nos rodean, porque sabemos que así haremos un mundo mejor, un mundo lleno de justicia, un mundo lleno de la paz más hermosa, la que nace de una verdadera fraternidad. Sabemos que si caminamos así seremos herederos del Reino y alcanzaremos siempre consuelo para nuestro espíritu y mereceremos ser llamados de verdad hijos de Dios.
En ese Espíritu que anima nuestra vida nuestros corazones estarán siempre llenos de misericordia y de compasión; habremos aprendido lo que es la solidaridad verdad y la mutua confianza para alejar siempre la malicia de nuestro interior; seremos siempre sembradores de paz porque vamos tendiendo lazos de amistad y de fraternidad con todos sin distinción; contagiaremos de la alegría de nuestra fe y de nuestro amor a los que tienen su corazón enturbiado por las desconfianzas y la envidias y están maleados por el orgullo y el amor propio. Sabemos que el Señor es nuestra fuerza y nuestro consuelo y cuando vamos viviendo en ese estilo y sentido de vida iremos impregnando a nuestro mundo del olor de Dios.
No temeremos la incomprensión o el rechazo que podamos encontrar porque en verdad nos sentimos siempre fortalecidos por el Espíritu de Jesús; ante nuestros ojos está el testimonio de los santos que hoy con el Apocalipsis contemplamos en el cielo vestidos con sus vestiduras blancas y con palmas en sus manos. ‘Esos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la Sangre del Cordero’, y esas palmas son las de la victoria con las que cantan la gloria del Señor que nosotros un día esperamos poder cantar también eternamente en el cielo.
Con los santos, con esa multitud que la Iglesia ya ha reconocido su santidad, pero también con esa multitud que nadie podría contar que quisieron ser fieles, que pusieron amor en sus vidas, que trabajaron por la justicia y la paz, que se comprometieron por un mundo mejor, que vivieron siempre en absoluta fidelidad al Señor, aunque no nos conozcamos, hoy nos sentimos en profunda comunión. Es la comunión de los santos que proclamamos con nuestra fe. Es la Fiesta de todos los Santos que hoy queremos celebrar. Es esa multitud de la que nosotros queremos formar parte para con nuestra vida, también aquí y ahora y un día por toda la eternidad, cantar la gloria de Dios.

viernes, 14 de septiembre de 2012


Te adoramos, oh Cristo, porque por tu cruz ha venido la alegría al mundo
Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Filp. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17

‘Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y redimido’. Como todos los años hemos comenzado con estas palabras la fiesta de la Exaltación de la Cruz que hoy celebramos y también la reflexión que ahora nos hacemos para nuestra vida desde la Palabra de Dios y desde todo el sentido con que la liturgia quiere celebrarlo.

Sin embargo, si alguien ajeno a nuestra fe, o simplemente sin fe como tantos a nuestro alrededor, nos ve celebrando la exaltación de una cruz seguro que no lo entendería, porque la cruz es signo de muerte, señal de ignominia en el suplicio más horrible a que podía ser sometido un condenado, lugar de tormento y de humillación sin límites. No le cabría en la cabeza que la cruz pudiera llegar a convertirse en algo por lo que nos gloriamos y que festejamos el que alguien haya muerto en este horrible suplicio. Pero ya decimos es alguien ajeno a nuestra fe cristiana o que simplemente no tiene fe. Son muchos los que a nuestro alrededor miran con escepticismo todas nuestras expresiones religiosas y lo que nosotros queremos expresar y vivir con nuestra fe. No en todos ha llegado a florecer el don de la fe por lo que no llegarán a entender lo que nosotros vivimos y celebramos.

Y es que solo desde la fe es cómo puede comprenderse el valor glorioso e infinito que para nosotros tiene la muerte de Jesús en la cruz. Nos gloriamos en la cruz de Jesucristo, porque en Jesús, en su entrega y donación de amor alcanzamos nosotros la salvación, la vida y la resurrección. Sólo desde la fe podemos alcanzar a comprender la trascendencia de valor infinito que para nosotros, para toda la humanidad tiene la muerte de Jesús en la Cruz. El nos ha salvado y redimido.

La cruz es, sí, humillación y muerte, pero es al mismo tiempo glorificación y exaltación. Jesús había anunciado que cuando el Hijo del Hombre fuera levantado en lo alto como lo fue la serpiente en el desierto todos seríamos llamados a la fe y a la vida. ‘Tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’. Pero san Pablo nos dirá que ‘se había rebajado, había pasado por uno de tantos, había tomado la condición de esclavo y se rebajó hasta someterse a una muerte de Cruz. Pero Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre… Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre’. 

Levantado, sí, en lo alto de un madero que era señal de humillación y de muerte; pero por haber pasado por esa humillación y por esa muerte sería levantado definitivamente para proclamar que Jesús es el Señor. Esa humillación y esa muerte nunca serán para condena para nosotros sino siempre para vida y para salvación. ‘Dios no mandó su Hijo al mundo, sino para que el mundo se salve por El’. En la cruz El  nos ha salvado y nos ha redimido.

Lo que ahora Jesús está realizando nos recuerda lo que nos había enseñado de cuales habían de ser las actitudes y la virtudes que habrían de brillar en quienes pusiéramos nuestra fe en El. ¿Quién quiere ser el primero y el principal? Que se haga el último y el servidor de todos. Porque solo quien pasa por ese camino de la humildad podrá luego ser ensalzado. Y si nos enseñó a nosotros no lo hizo solo con palabras sino que fue delante entregándose El para que nosotros tomáramos ejemplo del camino a seguir.

Para nosotros sí tiene sentido la cruz de Jesucristo. La fe nos ilumina y nos hace comprender tal misterio de amor. Pero además escuchamos la invitación que nos hace Jesús de tomar nuestra cruz de cada día para seguirle; esa cruz, que desde que contemplamos a Jesús clavado en ella, aunque muchas veces nos sea dolorosa en los sufrimientos y dolores de cada día, o en las renuncias y sacrificios que quizá tengamos que hacer para poder seguir el buen camino, ya para nosotros será siempre la señal del amor, de la entrega, de la generosidad que queremos poner en el corazón porque queremos parecernos a quien por amor en ella se entregó, con generosidad sin límites entregó su vida para que nosotros tuviéramos vida, en sacrificio de valor infinito y lleno de amor se inmoló para así rescatarnos y redimirnos, para así hacernos gozar de su salvación. Por algo san Pablo nos dirá que Cristo crucificado es la fuerza y la sabiduría de Dios para la salvación de nuestro mundo.

‘Has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido, por Cristo nuestro Señor’. Es la acción de gracias que queremos proclamar y cantar hoy en esta fiesta de la exaltación de la Santa Cruz. 
Una fiesta que es para nosotros invitación a tomar la cruz, a tomar el camino de la ofrenda de nuestra vida con sus dolores y sufrimientos, a tomar el camino de la entrega y del amor, a tomar el camino de la humildad y del servicio porque será el camino que nos conduzca a la vida, a la salvación, a la resurrección, el camino que cuando nos unimos a Cristo en su cruz nos hace a nosotros partícipes de su gracia salvadora pero al mismo tiempo con la ofrenda de nuestra vida y nuestro amor corredentores con Cristo para el bien de nuestro mundo. Así nuestra vida y nuestro amor serán semilla de amor y de vida que hagan florecer el Reino de Dios en nuestro mundo.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido al mundo; te adoramos, oh Cristo, porque por tu Cruz gloriosa ha venido la alegría de la salvación al mundo.

miércoles, 9 de mayo de 2012


Así seréis discípulos míos… ¿dónde nos apuntamos?

Hechos, 15, 1-6; Sal. 121; Jn. 15, 1-8
‘Así seréis discípulos míos’, terminaba diciéndonos hoy Jesús. ¿Qué tenemos que hacer para ser discípulos de Jesús? Como dirían hoy algunos ¿dónde hay que apuntarse?
¿Será cuestión de apuntarte como quien se apunta a un club o a una sociedad? Algunos lo ven tan fácil como eso de apuntarse a algo, pagar una cuota y ya me considero con todos los derechos.  Pero, creo que todos nos damos cuenta que ser discípulo de Jesús es algo mucho más hondo.
Empezaríamos diciendo que discípulo es el que sigue a un maestro, porque aquella doctrina que enseña, o aquel mensaje que da para la vida le parece interesante y puede encontrar en él un sentido o un valor para lo que hace o para su manera de pensar y actuar. Es cierto que Jesús es nuestro Maestro y con esa palabra lo llamaban los discípulos y muchos de los que lo escuchaban. Y solemos decir que cristiano es el discípulo de Cristo, como nos enseñaba el catecismo.
Pero en Jesús no encontramos sólo ideas; en Jesús encontramos vida. No es solo que el mensaje que nos enseñaba nos da un sentido para nuestra vida, que también, sino que El mismo es la vida que hemos de vivir. Y ser discípulo de Jesús pasa entonces por vivir su vida, hacernos uno con El, configurarnos con Cristo, para ser otro ‘cristo’. No en vano somos también ungidos con el Crisma santo para hacernos con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, para ser nosotros también ‘el ungido’.
Si vivimos a Cristo, porque queremos ser sus discípulos y hacernos uno con El eso se va a expresar en nuestras obras, en nuestra vida. Una vida para la gloria de Dios y una vida que está llamada a dar frutos y frutos abundantes. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’.
No extrañará entonces todo lo anterior que hemos escuchado en el evangelio con la alegoría de la vid que Jesús nos propone para decirnos cómo tenemos que estar unidos a El para que podamos dar fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí… sin mi no podéis dar fruto’.
Es un texto que hemos meditado recientemente, el pasado domingo V de pascua, y ahora lo que queremos hacer es ahondar un poquito más en su mensaje. Cuando decimos que somos discípulos de Jesús y ser discípulo de Jesús es vivir su misma vida, se nos está diciendo en el fondo como tenemos que vivir siempre muy unidos a Jesús. No es nuestra vida a nuestra manera, no es lo que a mi me pudiera parecer, es Cristo, su palabra, su vida la que tengo que transportar a mi vida, para poder llegar a decir como san Pablo, ‘ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí’.
Cómo tenemos, pues, que meternos en la vida de Cristo, empaparnos, impregnarnos de su vida. Cómo tenemos que buscar conocerle cada día más. Cómo tenemos que dejarnos transformar por El, con la fuerza de su Espíritu.
Como ya hemos reflexionado, qué importante es la oración en nuestra vida, entrando en esa intimidad profunda con El para poderme ir configurando cada vez más en El. Qué importante la vida sacramental, la participación en los sacramentos que es dejarnos inundar por la presencia y por la vida de Cristo. No pueden ser nunca una rutina en nuestra vida. Nada nos puede distraer ni separar de su celebración; con qué profundidad hemos de vivirlos. Cómo tenemos que ir empapándonos de su Palabra, gustando y saboreando cada página, cada palabra de los evangelios y de la Biblia para así irle conociendo más e irme impregnando del espíritu del Evangelio. Es la savia divina que tiene que fluir por nuestras entrañas, por nuestro espíritu para llegar a vivir su vida.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante’.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Es navidad fiesta de gozo y salvación


Es navidad fiesta de gozo y salvación


Tenemos que repetir el anuncio sin cansarnos. Hoy es un día de alegría desbordante. ‘Fiesta de gozo y salvación con alegría desbordante’, ya decíamos hace días en nuestras oraciones y para eso nos preparábamos. ‘Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. Los pastores, aunque con gran temor cuando los envolvió la gloria del Señor con su claridad, creyeron el anuncio de los ángeles y corrieron hasta Belén.
Nuestra noche también se ha llenado de claridad y resplandor en el nacimiento de Jesús. Desaparecen las tinieblas y todo se llena de luz no porque pongamos unas lucecitas tintineantes, sino porque la luz que brota del portal de Belén es la verdadera luz que nos ilumina y nos trasforma, es la luz que nos llena de gracia y nos hace contemplar a Dios. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande… una luz les brilló…’ que decía el profeta. Así nosotros también en esta noche que se convierte en noche de luz y de vida.
Hemos venido nosotros también hasta Belén. Hemos escuchado ese anuncio y nosotros también queremos comunicárselo a los demás. En la ciudad de David, en Belén, nos ha nacido el Salvador; es el Señor. Es Jesús, el hijo de María pero que es nuestro salvador. Así le dijo el ángel que había que llamarlo. Su nombre nos viene del cielo. Es el Hijo del Altísimo que le anunció el ángel a María, porque es el Hijo de Dios. El Señor está con nosotros. Es el Emmanuel anunciado por los profetas. Dios está aquí. Dios está en medio de nosotros.
Así lo contemplamos en el relato sencillo y a la vez asombroso que nos hace Lucas del nacimiento de Jesús. Sencillo porque podría parecer simplemente el nacimiento de un niño de unos padres pobres y emigrantes, como tantos que podemos ver a nuestro lado, que no tienen donde guarecerse y se tienen que acomodar en la pobreza de una cueva o un estable. Pero es al mismo tiempo impresionante lo que estamos contemplando porque quien nace allí de María es Dios que se ha hecho hombre. El que viene a asumir nuestra naturaleza y condición mortal y lo hace en la más extrema pobreza es el mismo Dios que será nuestro Salvador. Cuántas cosas nos podría enseñar esta escena maravillosa que contemplamos.
Lo esperábamos, lo buscábamos. Queríamos llenar nuestro corazón de esperanza, y de esperanza de la verdadera. Había ansias de cosas grandes en nuestro corazón; presentíamos que tenía que haber algo que diera hondura a nuestra vida, que saciara nuestras aspiraciones más hondas, o que elevara nuestro espíritu a algo más alto o más espiritual. Buscábamos una salvación que nos diera nueva vida. Estábamos buscando a Dios quizá sin saberlo y Dios nos ha salido al encuentro, ha venido a estar con nosotros, se ha encarnado en el seno de María para hacerse hombre como nosotros pero para ser también Emmanuel, Dios con nosotros. Deseado de las naciones, esperanza de los hombres, consuelo de los afligidos, vida y luz para los que estamos en las tinieblas de la muerte del pecado, Buena Noticia para los pobres y los que sufren.
Queríamos encontrarnos con la Salvación y la Salvación ha llegado, ha llegado el Salvador. Tenemos que alegrarnos, tenemos que hacer fiesta, tenemos que gozarnos desde lo más hondo, porque ha llegado lo más grande y más hermoso que podíamos esperar. Nos ha llegado Dios. Por eso para los cristianos hoy es un día de fiesta especial. La celebración de esta fiesta cristiana ha contagiado al mundo a través de la historia, aunque quizá hoy siga habiendo gente que celebre la Navidad sin saber bien lo que es la Navidad. ¿Necesitará unos nuevos ángeles que lo anuncien para que todos los sepan de verdad? ¿No tendríamos que hacer ese anuncio los cristianos dándole un verdadero sentido a la Navidad?
Nosotros no podemos olvidar ese auténtico sentido de la Navidad. Nada ni nadie podrá apagarnos esa alegría. Nadá tedrá que apartarnos de lo que es el centro de la Navidad, el nacimiento del Salvador. Nuestra alegría no se puede desvirtuar. No podemos distraernos con otras cosas. Todo esto, mejor aún, Cristo Jesús tiene que ser en verdad el centro de nuestra celebración de la navidad como es el centro de nuestra vida.
Ahora sí que decimos Jesús con el más profundo amor y con el más verdadero sentido. Lo hemos visto, está con nosotros. Diremos Jesús porque con su salvación ha comenzado algo nuevo en nuestra vida. Es el tronco viejo lleno de pecado que ha reverdecido para hacer brotar una flor nueva, una vida nueva. Recordemos el tronco de Jesé anunciado por el profeta. En la fría y oscura noche de nuestras dudas y de las tinieblas de nuestras infidelidades ha brotado una primavera llena de flores nuevas prometedoras de buenas frutos. Cristo que nace en nuestra vida y en nuestro corazón hará surgir esa nueva primavera para el mundo con el testimonio de nuestras obras de amor.
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres…’ nos decía el apóstol. Hemos visto aparecer la gracia Dios en el niño recién nacido en Belén porque es Dios que viene a nosotros y con El todo es gracia, todo es vida, todo es regalo de Dios, todo es amor y salvación.
‘Ha aparecido la gracia de Dios…’ Es la vida de la gracia en la que nos sentimos tan amados que ya nos sentimos y somos hijos en el Hijo que nos regala su vida divina. Es la vida nueva de la gracia que, porque nos sentimos amados, aprendemos de verdad lo que es el amor y ahora sí que comenzamos a amarnos con un amor nuevo y de verdad. Es la vida nueva de la gracia que nos hace sentirnos hermanos y se ha creado una comunión nueva y paz y armonía entre todos nosotros.
Con el nacimiento de Jesús florecen ya en nuestro corazón esos valores tan hermosos que nos hacen más solidarios y más generosos, que nos llevan a compartir y a ser capaces de amar de corazón, que nos comprometen a hacer un mundo más justo y más lleno de paz, que llenan nuestro corazón de misericordia y de compasión. Era lo que pedíamos de corazón en este camino que hemos seguido de preparación y en lo que hemos ido ejercitándonos; y ya lo tenemos aquí. Cristo está con nosotros y ya vivimos una vida nueva. Es lo que con la navidad tiene que resplandecer en nosotros.
Esta noche santa y preciosa del nacimiento del Señor parece que nos amamos más, todos nos deseamos mucha felicidad y mucha paz, todos hacemos lo posible por encontrarnos con los seres queridos para hacerlos felices, con los amigos para compatir y parece que ya vamos derramando amor sobre todos los que nos encontramos.
Que desborde nuestra alegría y contagiemos a los demás. Nadie puede estar triste a nuestro lado sin que le ofrezcamos nuestro consuelo. Nadie se puede sentir solo porque ahí estamos nosotros para ofrecerle nuestra compañía y nuestro cariño que alivie soledades. Repartamos sonrisas de amor y alegremos el corazón de los que están tristes o sufren por cualquier motivo.
Es lo que queremos hacer para que sea verdadera navidad, para no quedarnos en cosas superficiales, sino para con nuestro amor hacer presente de verdad a Jesús en nuestro mundo, en ese mundo en el que vivimos, empezando por el ámbito familiar o donde realizamos nuestra convivencia. Será así como vivamos verdadera navidad.
‘Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor’, proclamaba todo el coro celestial alabando a Dios. Que nuestra navidad, esta celebración que ahora estamos viviendo pero todo lo que va a ser nuestra fiesta navideña sea en verdad para la gloria de Dios y para hacer llegar la paz a todos los hombres, porque todos somos amados de Dios.