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jueves, 26 de noviembre de 2015
Nuestra esperanza viviendo siempre en la fe y el amor es el encuentro definitivo con el Señor para la resurrección y para la vida
Daniel
6, 11-27; Sal.: Dn 3,68.69.70.71.72.73.74; Lucas 21, 20-28
martes, 28 de junio de 2011
El Señor todopoderoso está siempre a nuestro lado para vencer las fuerzas del maligno

Gén. 19, 15-29;
Sal. 25;
Mt. 8, 3-27
‘Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma… ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen1’
Es el Señor todopoderoso, el Señor del cielo y de la tierra. Es el Dios creador de todas las cosas – por su palabra todo fue hecho, que diría el evangelio de san Juan – y es el Señor de la vida y de toda la creación. No podemos olvidar la omnipotencia de Dios, creador de todas las cosas, y en cuya mano y poder están todas las cosas.
Se despertó la fe de los discípulos, aunque Jesús tuviera que recriminarles ‘¡cobardes! ¡qué poca fe!’. Nos queremos dar explicaciones para todo, hablamos de las leyes de la naturaleza, y algunas veces podemos olvidar que Dios está por encima de todo y que todo ha salido de la nada por su poder. San Ireneo, como nos recuerda el catecismo de la Iglesia católica, decía ‘sólo existe un Dios… es el Padre, es el Dios, el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es decir por su Verbo y por su Sabiduría…’
Todo ha sido creado para la gloria de Dios; para manifestar y comunicar su gloria. Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad. Nos conviene recordar estos pensamientos que forman parte de nuestra fe. Contemplando el poder y la omnipotencia de Dios que asi se manifiestan en las obras de Jesús nos sentimos impulsados a darle gloria, a cantar la gloria de Dios. Contemplar a Jesús que se muestra superior a las propias fuerzas de la naturaleza, nos ayuda a hacer crecer nuestra fe El y querer entonces que toda nuestra vida sea siempre para la gloria de Dios.
‘¿Quién es éste?’, se preguntaban los discípulos en la barca. Jesús nos va dejando huellas de su divinidad en las obras que realiza. Siguiendo su rastro podremos llegar a confesar nuestra fe en El como el verdadero Hijo de Dios que se ha encarnado, que se ha hecho para nuestra salvación.
Porque ya no son solo las fuerzas de la naturaleza las que vemos dominadas por Jesús, sino que descubrimos como El viene a arrancarnos de otras fuerzas peores, que son las fuerzas del mal. Ahí se manifiesta la gloria de Dios en Jesús cuando muriendo derrota a la muerte, muriendo vence al mar, la muerte y el pecado, porque para nosotros quiere vida, quiere gracia, quiere hacernos hijos de Dios.
Por eso en esta imagen, en este signo, milagro de la tempestad calmada podemos contemplar ese poder y esa gracia salvadora de Jesús que nos ayuda a vencer el mal, a triunfar sobre la tentación y el pecado. Esa barca zarandeada en medio de la tempestad en el lago es imagen de nuestra vida que también se pone en peligro cuando nos acecha y zarandea la tentación para arrastrarnos al pecado y a la muerte.
Muchas veces nos sentimos débiles y nos parece que no seremos capaces de vencer la tentación como si estuviéramos solos en esa lucha. Con nosotros está el Señor. No nos faltará nunca su gracia. No pensemos que está dormido o se desentiende de nosotros porque sintamos la fuerza poderosa de la tentación.
No perdamos la fe y la esperanza. Gritémosle una y otra vez en nuestra oración ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del maligno’. Y que nos libre el Señor de esa tentación de pensar que nosotros solos por nosotros mismos podemos vencer al maligno. Sepamos contar siempre con la gracia y la fuerza del Señor que no nos fallará, no nos faltará. Es el Señor todopoderoso, Señor de cielo y tierra, pero nuestro salvador y redentor que está a nuestro lado para vencer las fuerzas del maligno.
jueves, 5 de febrero de 2009
¿El Dios del temor o el Dios del amor?
Hebreos, 12, 18-19.21-24
Sal. 47
Mc. 6, 7-15
¿Cómo es el Dios en quien creemos? ¿Es el Dios del temor o el Dios del amor?
No dejamos de sentirnos sobrecogidos por la inmensidad del Dios infinito en quien creemos. Admiramos su grandeza y su poder; es el Dios Todopoderoso y Creador y cuando contemplamos la inmensidad del universo casi infinito salido de sus manos no podemos menos que sentirnos pequeños ante tanta inmensidad. Cuando uno tiene la oportunidad de poder contemplar las maravillas del universo – ahora es muy fácil tenemos muchos medios a nuestro alcance – el creyente no puede menos que pensar en el Autor de tanta maravilla, no tiene mas remedio que pensar en el Dios Creador que todo lo hizo. Admiramos su perfección infinita y su Santidad, porque en El está la mayor plenitud de vida que se pueda alcanzar, más allá de todo lo que pueda ser imaginable por el hombre salido de sus manos.
Ante el Dios infinito, todopoderoso y creador, y ante la santidad infinita de Dios no dejamos de postrarnos para adorarle reconociéndole como nuestro único Dios y Señor. ¿Quiénes somos ante anta inmensidad y grandeza?
Pero esa infinitud (valga la palabra) que nos sobrecoge nos hace sentir al mismo tiempo la maravilla de su amor y de su misericordia. Aunque Dios no necesitase del ser humano no sólo lo creó sino que lo amó y le mostró en todo momento su misericordia infinita.
A El queremos tributar nuestra mejor alabanza y cantar en todo momento su gloria, porque no sólo contemplamos su grandeza y su poder admirable en las obras maravillosas salidas de sus manos creadoras - ¡cuánta perfección y belleza ha derrochado Dios en la obra de su creación y sobre todo en su criatura preferida que es el hombre! – sino que sobre todo se nos manifiesta su grandeza y su poder cuando nos revela su amor y su misericordia infinita en su Hijo Jesús. Aunque nos sobrecoja su grandeza nunca eso nos llevará al temor sino al amor.
Nos podemos sentir sobrecogidos cuando se manifiesta en el fuego y en la tormenta del Antiguo Testamento como se le manifestó a Moisés ya fuera en la zarza ardiendo o en lo alto del Sinaí, o en todas las maravillas de la creación, como ya hemos dicho, sino que sentimos sobremanera su gloria y su amor cuando lo contemplamos en Cristo Jesús derrochando su amor sobre nosotros.
‘Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de las trompetas… tan terrible era el espectáculo que Moisés exclamó: estoy temblando de miedo… vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo… a la congregación de los inscritos en el cielo… al Mediador de la nueva Alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de su sangre…’ Así hemos escuchado en la Carta a los Hebreos.
Nos acercamos a Jesús. Viendo a Jesús vemos a Dios. ‘Todo el que me ve a mí, ve al Padre’, respondió Jesús ante la petición de uno de los discípulos. Cristo es la manifestación del rostro misericordioso de Dios que nos mueve a nosotros a la misericordia y al amor. Con Cristo Jesús que derramó su sangre por nosotros ya no cabe el temor, sino el amor. Por eso ahora toda nuestra relación con Dios se basa en el amor, porque es reconocimiento del amor infinito que nos tiene y quiere ser al mismo tiempo respuesta de amor por nuestra parte. No me mueve ya sino el amor, el de Dios que se nos dio primero y la respuesta, aunque siempre pobre y limitada, pero que quiere estar en todo momento henchida de amor. Por eso decíamos en el salmo: ‘¡Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo’.
