Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta creador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta creador. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de noviembre de 2023

Cuando trabajamos y realizamos nuestras responsabilidades tenemos que pensar en algo más que engrosar nuestra bolsa, pensemos en el bien que podemos hacer a los demás

 


Cuando trabajamos y realizamos nuestras responsabilidades tenemos que pensar en algo más que engrosar nuestra bolsa, pensemos en el bien que podemos hacer a los demás

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8

Dicen que dinero ajeno no nos duele, pero que cuando toca nuestros bolsillos, sobre todo si nos vemos en peligro de tener que poner de nuestra parte, ya procuramos una buena administración, porque no queremos salir perjudicados. Posturas así traen fácilmente en torno muchas corruptelas, porque siempre queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, como dice el dicho popular.

Y por otra parte cuanto empeño ponemos cuando están en juego nuestras ganancias, nuestros intereses económicos, o todo aquello que nos pueda dar brillo o prestigio. Muy interesados somos en lo material, porque decimos que sin ello nada podemos ser o hacer en la vida, olvidando quizás lo que le puede dar verdadera grandeza al hombre. Con astucia andamos en lo material, pero no tenemos quizás la misma inquietud en lo que nos eleva como persona. En la historia de la vida tenemos cuantos se matan por trabajar para tener de todo, y como dicen que no les falte nada a sus hijos, pero quizás se olvidan de otros valores que seria lo mejor que pudiéramos transmitir.

¿Qué es lo que yo en verdad busco en la vida? Podemos vernos envueltos en ese sentido materialista de la vida y nos dejamos arrastrar por esa pendiente de lo que todos hacen sin plantearnos seriamente un sentido más elevado de nuestra existencia. No significa que olvidemos nuestras responsabilidades, que hagamos dejación de esas tareas que van ocupando muchos espacios de nuestra vida. También ese mundo en el que vivimos es responsabilidad nuestra, porque Dios lo ha puesto en nuestras manos y con nuestra tarea y con nuestro trabajo, sea cual fuere, estamos contribuyendo al desarrollo de nuestro mundo, a ser continuadores de la obra de la creación que Dios inició y que, repito, ha puesto en nuestras manos.

Hoy Jesús nos ha propuesto en el evangelio una parábola que a muchos puede en cierto modo desconcertar. Habla de un mal administrador que al final trata de arreglar las cosas, pero para no verse él en peligro de quedarse en la calle. Si antes había sido usurero en el trato con aquellos con los que hacía negocios, ahora dándose cuenta de su error trata de enmendarlo. Quiere además poner humanidad en el trato con los demás, cosa que quizás en su usura no había tenido, porque se iba a sentir que la humanidad iba a ser dura con él. 

Algunas veces no terminamos de entender esos arreglos que hace en los recibos de los deudores de su amo, pero hemos de entender la manera habitual de actuar de quienes eran administradores. Los recibos de entrada iban cargados de fuertes intereses, que en nada beneficiaban al amo, sino que era la parte que ellos pretendían ganar con sus negocios. Lo que ahora está rebajando por el camino de esos intereses que eran sus ganancias, a las que de alguna manera renuncia, esperando que un día con él tengan compasión. Es la astucia que alaba el amo al que tenía que rendir cuentas.

Muchas cosas tendríamos que plantearnos para nosotros mismos en el sentido en que ha ido nuestra reflexión, pero aquí podríamos recordar lo que en otros momentos Jesús nos ha dicho, que no guardemos tesoros donde la polilla los corroe o los ladrones nos podrían arrebatar, sino guardemos tesoros en el cielo donde tendrán premio sin fin. Como nos dice Jesús en otro momento despójate de lo que tienes y véndelo para compartirlo con los pobres.

Aquello que tenemos, aquello que hacemos o que ganamos, ¿habremos pensado seriamente alguna vez cuanto puede beneficiar a los necesitamos que nos rodean? Quizás muchas veces solo pensamos en engrosar nuestra bolsa y aparece nuestro egoísmo e insolidaridad. ¿Le damos valor a lo que hacemos siendo conscientes que con nuestro trabajo estamos contribuyendo también al bien de los demás?

miércoles, 17 de agosto de 2022

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

 

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

Me siento muy satisfecho y muy honrado con que usted me haya permitido trabajar en su obra. Es quizás la reacción que con humildad y sinceridad alguien puede hacer porque, por ejemplo, un artista muy importante lo haya llamado a colaborar en la obra artística que estaba realizando. No va a aparecer su nombre quizá en ningún lado, porque la obra llevará el nombre de su autor, pero sí ha sentido el gozo de poder trabajar al lado y con las orientaciones de personaje tan importante. Esa persona por todas esas cosas disfrutaba de su trabajo, y poco le importaba que su remuneración quizás fuera mínima. Era fundamentalmente el gozo de lo que hacía, en lo que participaba, de la obra que estaba realizando.

Esto puede ser un caso extremo, pero si nos podría ayudar a preguntarnos si nosotros disfrutamos con lo que hacemos. Demasiado vemos el trabajo como una carga consecuencia del pecado, demasiado lo vemos como algo duro y agobiante, demasiado nos quedamos embrutecidos con lo material y lo costoso y no sabemos disfrutar de aquello donde estamos plasmando nuestro ser, porque el trabajo siempre es creador de algo nuevo, es expresión de lo que llevamos en el alma. Y el artista disfruta en su creación, aunque sea costoso, le exija esfuerzo y dedicación, pero allí está plasmando su vida.

‘Nosotros hemos pasado el calor y el bochorno del día’, se quejaban aquellos viñadores contratados, porque les parecía sentirse minusvalorados porque a ellos se les pagara igual que los que habían venido a la ultima hora. No habían disfrutado de su trabajo, no habían sabido descubrir esa vena creadora que tiene todo aquello que realizamos, donde plasmamos nuestro ser, nuestra vida, lo que somos y lo que somos capaces de realizar. Nos mueven solo los intereses, y no descubrimos la belleza de la vida y la belleza también de lo que es nuestro trabajo. No disfrutamos de la vida. ¿No es lo que tendríamos que hacer como el artista que disfruta de la creación de su obra?

Me surgen estas reflexiones desde la parábola que nos ofrece el evangelio. Nos habla del viñador que salió a la plaza a buscar jornaleros para su vida; a todos fue invitando en las distintas horas del día; no importaba ya la hora, ni siquiera la producción en sí misma como una riqueza de la que obtener beneficios. Importaban las personas, importaba el trabajo que realizaran, fuera a la hora que fuera, no importaba la tardanza a incorporarse al trabajo, sino la dicha de poder tener un trabajo; era la felicidad para el trabajador, como era la felicidad también para el que contrataba a aquellos jornaleros para su viña. Y el viñador estaba satisfecho y pagaba con generosidad el trabajo realizado.

Importa escuchar la voz del que nos llama a la tarea; importa la respuesta que damos con entusiasmo en cualquiera que sea la hora en la que la escuchamos. Algunos piensan que cuando ya son las horas de la tarde y se está terminando el día, cuando ya estamos quizás en el atardecer de la vida y nos parece que se nos está acabando la vida, para qué vamos a emprender algo nuevo, para qué vamos a emprender una tarea, y nos olvidamos de la riqueza de esa obra que puede salir de nuestras manos, de nuestro quehacer. En todo momento podemos sembrar una semilla o acudir a una vendimia; en todo momento puede salir una obra hermosa de nuestras manos.

Disfrutemos de la vida, disfrutemos del trabajo, seamos capaces de darnos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora, y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos. Aunque ya estemos en el ocaso de la vida. Es lo que yo intento seguir haciendo a mis años, quiero seguir sembrando buenas semillas en el campo de la vida.

miércoles, 19 de enero de 2022

No seamos nunca sembradores de muerte, sino que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida

 


No seamos nunca sembradores de muerte, sino que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

Aquello del perro del hortelano, que ni come él ni deja comer al amo, es algo que nos encontramos en la vida muchas veces. Son las personas que siempre están al acecho de lo que puedan hacer los otros, al acecho porque siempre estarán con el dedo acusador levantado porque siempre ellos tendrán otra manera de hacer las cosas que les parece que es la única manera de hacerlo y no aceptarán de ninguna manera lo bueno que puedan hacer los demás.

Pasa, hay que reconocerlo, entre vecinos que siempre están detrás de los visillos, y es una forma de hablar, para ver y para juzgar, para mantener sus prejuicios, o para andar condenando a todo quiste sin saber realmente lo que están haciendo; son los que se dejan llevar por las apariencias, por sus prejuicios, por su manera de ver y de creerse los únicos y los mejores.

Pero decimos entre vecinos y nos quedamos cortos, porque demasiado es lo que vemos en este sentido en todo el ámbito de la vida social; cualquiera que quiera emprender una obra buena ha de saber que siempre, haya razón o motivo o no, habrá quien está en contra, quien lo juzgará y lo condenará incluso sin ver resultados.

No digamos nada en el ámbito de la vida política que siempre el adversario hará las cosas mal y los únicos que saben hacerlas bien son los de su cuerda. Es justo que haya disparidad de opiniones, forma parte de nuestra libertad y de nuestra libertad también de pensamiento, pero seamos capaces de ver lo bueno que hay en los demás. Cuántos ejemplos destructivos, de acciones destructivas desde estos razonamientos, nos encontramos en la vida de nuestra sociedad. Qué poco constructivos somos.

Creo que en el sentido más humano de la palabra, o en el sentido más humano que hemos de vivir como personas lo que tendríamos que hacer siempre es aprender a construir entre todos; necesitamos acercarnos para conocernos y para aceptarnos; necesitamos comprender que vivimos una misma humanidad y es entre todos cómo tenemos que construir nuestra sociedad; darnos cuenta que cada uno podemos aportar nuestro grano de arena, desde nuestras inquietudes y saber, desde nuestros valores y nuestras cualidades y que será como aprenderemos a hacer esa sociedad mejor. Qué lástima que seamos tan destructivos, porque a la larga nos estamos destruyendo a nosotros mismos.

Es la historia de nuestra humanidad, es la historia de todos los tiempos; cuántas cosas hemos ido destruyendo simplemente porque son ideas de los otros, porque son cosas de otro momento, porque eso que hay no sabemos compaginarlo con lo que ahora podríamos o tendríamos que destruir; y destruimos nuestra historia, destruimos nuestra cultura, destruimos la creación de otros genios que nos han precedido en la historia de la humanidad. ¿Qué dejamos nosotros a los que nos vienen detrás? ¿Qué valores estamos trasmitiendo a las nuevas generaciones cuando tanto destruimos? Leamos, si queremos y nos sentimos con fuerza para hacerlo, la misma historia que en el momento presente está transcurriendo en todos los sentidos.

El perro del hortelano que ni come él ni deja comer al amo. Me vino a la mente este refrán desde el texto del evangelio que hoy se nos ofrece y me ha sugerido esta reflexión que os he ido ofreciendo. Había un hombre enfermo en la sinagoga, era sábado y allí estaba Jesús queriendo proclamar el evangelio del Reino; pero por allá andaban los que siempre están al acecho, a ver qué hace Jesús. ¿Se atreverá a curar a aquel hombre saltándose todas las leyes del descanso sabático?

Pero Jesús les sale con la pregunta. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ ¿Podemos permitir que una persona siga sufriendo en nombre de esas leyes humanas? La persona en la vida, ¿para qué está? ¿Para destruir y dar muerte? ¿O acaso nuestra misión no es transmitir vida, dar vida?

Y esto lo podemos aplicar a muchas cosas, actitudes, posturas que tomamos en la vida. No destruyamos, sino construyamos; cuando no nos respetamos, cuando rechazamos de plano todo lo que pueda hacer el otro, cuando vamos llenos de prejuicios en la vida, cuando estamos condenando simplemente porque no es de nuestro parecer estamos siendo sembradores de muerte; que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida y nunca de muerte.

jueves, 31 de agosto de 2017

Jesús está recordándonos el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestra laboriosidad y responsabilidad tenemos que realizar y con nuestra creatividad embellecemos también la vida de los demás

Jesús está recordándonos el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestra laboriosidad y responsabilidad tenemos que realizar y con nuestra creatividad embellecemos también la vida de los demás

1Tesalonicenses 3, 7-13; Sal 89; Mateo 24, 42-51
Hace unos días una persona me hacia un comentario en referencia a otra persona que decía que no le preocupaba el trabajo porque con las prestaciones sociales que recibía ya tenia lo suficiente para vivir bien; más allá de la critica, no sé si con intenciones corrosivas, que hacia esta persona pues se notaba que entre ellos no se llevaban muy bien, me vale este hecho para esta reflexión que me quiero hacer sobre la responsabilidad con que tenemos que enfrentarnos a la vida, la responsabilidad de nuestro trabajo.
Ya sé que en el fondo podemos tener esas apetencias de vivir sin hacer nada si tenemos los medios suficientes para poderlo hacer, pero esa ociosidad de la vida creo que puede ser síntoma, o si no al menos lo crea, de un vació interior en el que no le hemos sabido dar un sentido a la vida. Yo diría que tenemos una responsabilidad con la vida misma que hemos recibido. Y aquello que somos, aquellos valores y posibilidades que podamos tener en la vida tenemos que desarrollarlos. Porque nos hace crecer a nosotros mismos, y no solo en el hecho de tener unas ganancias con las que lograr un bienestar.
El bienestar no es solo la posesión de una serie de cosas que nos puedan hacer la vida fácil, el bienestar es algo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos. Y lo logramos desde esa responsabilidad con que asumimos la vida, lo logramos cuando vemos que nuestra vida es útil y no ya para nosotros mismos sino también para los demás, para la sociedad en la que vivimos.
La satisfacción de la creatividad de nuestra vida en aquello que hacemos y que vivimos es lo que mas hondamente nos puede hacer disfrutar. Es la satisfacción del artista que ve su obra terminada, contemplada y admirada por todos. Pero tendríamos que decir que todos somos ese artista en aquello que sabemos hacer, en aquello que realizamos con nuestro trabajo, en aquello con concluimos con nuestra responsabilidad. No nos sentiremos vacíos, sentiremos dentro de nosotros el más hondo bienestar, aparte de esos otros frutos materiales que obtenemos con la realización de nuestro trabajo.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de estar preparados, atentos y vigilantes viviendo la responsabilidad de nuestra vida. Nos habla de la trascendencia de nuestra vida y de ese punto final de nuestra historia. ‘Estad en vela…, Estad. también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre…’  
Pero está queriéndonos recordar también el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestras laboriosidad, con nuestra responsabilidad tenemos que realizar. Es la vigilancia de nuestra responsabilidad, de nuestra laboriosidad, de la creatividad de nuestra vida con que podemos embellecer también la existencia de los demás.

viernes, 31 de julio de 2015

El sentido de fiesta innato en el corazón del hombre ha de llevarnos al encuentro con los demás y a la alabanza al Creador

El sentido de fiesta innato en el corazón del hombre ha de llevarnos al encuentro con los demás y a la alabanza al Creador

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58
Podríamos comenzar afirmando que el sentido de fiesta es algo que lleva el ser humano, por así decirlo, impreso en lo más profundo de su ser. Una manifestación de alegría y de gozo compartido que viene como a expresar también sentimientos de gratitud por el bien recibido ya sea de la vida misma o del mismo compartir con los que convivimos. En el creyente este sentimiento de fiesta, de alegría se eleva sobre si mismo para trascender hasta el que es el Creador y Redentor de su vida. Por eso en la experiencia religiosa de todos los hombres siempre ha estado unida la fiesta también a esas expresiones del culto a Dios.
El Levítico prescribe esas fiestas que el pueblo judío ha de realizar a través del año. ‘Estas son las festividades del Señor, en las que convocarán a asambleas litúrgicas’, les dice Moisés. Y señala la fiesta de la Pascua, como la fiesta de las siete semanas - Pentecostés - que es la fiesta de la ley, la de los tabernáculos para recordar su peregrinar por el desierto, la de la expiación. Serán convocados en asamblea; la fiesta nunca tiene un carácter particular o individualista, sino que siempre se ha de realizar en el compartir; y en esas asambleas siempre se dará gloria al Señor en recuerdo de las maravillas que el Señor ha realizado en su pueblo.
Para nosotros cristianos ya para siempre nuestra fiesta es Cristo. Es el motivo y razón de ser de nuestra alegría más profunda en la salvación recibida en el amor de Dios que se nos manifiesta en Cristo. Por eso el centro de las fiestas cristianas es la Pascua, en la que celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor. Pero más aun cada semana, en el primer día de la semana, el día que resucitó el Señor, los cristianos seguimos reuniéndonos en asamblea litúrgica para celebrar la Pascua del Señor.
Qué sentido más hermoso tiene para nosotros el domingo. Es el día del encuentro, del compartir, donde la familia ha de verse reunida cuando durante la semana hemos caminando cada uno en nuestros quehaceres y ahora el descanso dominical nos facilita ese encuentro, pero es también el día del Señor, donde además nos reunimos en asamblea litúrgica para alabar al Señor que nos salva, al Señor que nos ama y que está con nosotros.
Pero también tenemos que reconocer que vamos perdiendo ese hermoso sentido del domingo, y algunas veces mas que momento de encuentro parece momento de dispersión en que cada uno sigue yéndose por su lado; es una lástima que se pierda ese sentido humano de la fiesta que ha de tener el domingo cada semana, como se pierde el sentido familiar, pero también se vaya perdiendo ese sentido religioso y ya a Dios lo hemos aparcado a un lado en el día del Señor, olvidándonos del sentido más profundo que tendría que tener el domingo.
Y algo parecido tendríamos que decir de nuestras fiestas populares, en su origen con un profundo sentido religioso, pero del que queda el recuerdo de que es la fiesta de este santo o de aquella virgen o aquel Cristo, pero que en la mayoría de los que celebran la fiesta eso se queda en un muy postrero lugar. Se sigue con la fiesta, porque el ser humano siente necesidad de expresar esa alegría y ese encuentro con los demás compartiendo sus gozos y sus esperanzas, aunque hemos de reconocer que mucho de eso en su sentido más profundo también se va perdiendo quedándose muchas veces en algo así como una orgía donde se pierde todo sentido.
Creo que los cristianos, los verdaderos creyentes tenemos mucho que hacer y que decir en ese sentido; por una parte para vivirlo nosotros mismos con intensidad, pero también que recuperemos los sentimientos más humanos en nuestras relaciones interpersonales y en la convivencia con los demás, dándole un profundo y sano sentido a nuestra alegría y a nuestra fiesta. Y claro, nosotros creyentes no podemos olvidar ese sentido religioso de alabanza y acción de gracias al Creador.

jueves, 31 de julio de 2014

Señor, yo quiero ser amado como el barro en manos del alfarero

Señor, yo quiero ser amado como el barro en manos del alfarero

Jer. 18,1-6; Sal.145; Mt. 13, 47-53
Era familiar la imagen de los pescadores, sentados a la orilla del lago de Tiberíades después de las faenas de la pesca con las redes repletas de pescados de todas clases que luego tendrían que seleccionar. Jesús aprovecha la imagen para indicarnos como todos estamos llamados, todos somos invitados a participar en su Reino, pero hemos de dar respuesta; pero no siempre nuestra respuesta es buena. Más que para que nos tomemos estas palabras para llenarnos de temor son una invitación al amor, al amor de nuestra respuesta, al amor con que hemos de responder en nuestra vida al amor que nos está manifestando el Señor.
Jesús les pregunta ‘¿entendéis  todo esto?’; los discípulos entusiasmados por lo que Jesús les va diciendo, por el camino que se abre ante sus vidas con la llegada del anuncio del evangelio dan una respuesta positiva. Bien sabemos que no siempre entienden, que hay momentos en los que les cuesta entender; ahora con las parábolas que les ha ido proponiendo Jesús, les parece que entienden mejor y de ahí la respuesta positiva que están dando a la pregunta de Jesús.
¿Nos hará también a nosotros esa misma pregunta? ¿entendéis todo esto? Claro que nos damos cuenta que este entender no se trata solo de un pensamiento racional, con la cabeza por así decirlo. La pregunta que el Señor nos estaría diciendo podría ser ¿seréis capaz de vivir todo esto? ¿seremos capaces de llevar a la vida todo este mensaje plantando de verdad en la tierra de vuestra vida la Palabra para dar fruto?
Nos puede, nos tiene que ayudar también a nuestra reflexión el mensaje que le hemos escuchado al profeta. Es también como una parábola, cuya imagen hemos tomado en la liturgia para nuestros cantos al Señor. Es la imagen del barro amasado en las manos del alfarero para hacer una vasija nueva en el gusto y en el estilo del Señor.
Nos podría hacer pensar mucho. Somos nosotros la hechura de Dios, aunque algunas veces nos queremos nosotros hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza. Es precisamente el camino por donde van los que no creen o no quieren creer en Dios, pues dicen que Dios es ‘algo’ que nosotros los hombres nos hemos imaginado a nuestra manera para satisfacer deseos nuestros o darle respuesta a lo que por nosotros mismos no sabemos dar respuesta.
Es cierto que si observamos toda la mitología de los pueblos antiguos, y si queremos pensar también en los ídolos o falsos dioses que nos creamos los hombres de todos los tiempos, esa podría ser la imagen que se diera. Se crean muchos dioses que vienen como a justificar las pasiones y hasta los desordenes que los hombres nos creamos en nuestra vida, y lo mismo que hay el dios del amor lo hay de la guerra, el dios del viento y de la tempestad como el dios del sol o del mar, por citar algunos.
El misterio de Dios es algo mucho más profundo y más hermoso, porque no somos nosotros los que nos creamos los dioses sino que es Dios el que se nos revela y nos da a conocer el misterio de su ser; no creamos nosotros a Dios, sino que Dios es nuestro Creador y nosotros somos sus criaturas. Dios no es un ser extraño al hombre que alojamos allá en la inmensidad del firmamento, sino que es Dios de amor que se nos hará presente en nuestra vida y en nuestro corazón, en nuestra historia y allí donde nosotros estamos y vivimos para traernos su salvación y llenarnos de su gracia.
Ahí tenemos, entonces, esa hermosa imagen que nos ofrece el profeta cuando nos dice que nosotros somos ese barro en las manos del alfarero, como luego cantamos también en nuestros cantos litúrgicos, para dejarnos moldear por las manos de Dios en el infinito amor que Dios le tiene al hombre.
‘Como está el barro en las manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel’, termina diciéndonos el Señor por medio del profeta. Barro queremos ser en las manos del Señor para dejarnos hacer y transformar por su gracia. No significa eso que Dios nos quite la libertad o nosotros renunciemos a ella, sino que queremos así ponernos en las manos de Dios; cuando  nos dejamos guiar por el Señor, moldear por sus manos y por su gracia, podremos en verdad transformar nuestra vida para quitar de ella toda maldad. Cristo ha venido a dar su vida por nosotros para arrancarnos del pecado, pero somos nosotros, como decíamos antes, los que tenemos que dar respuesta a esa oferta de gracia que nos hace el Señor.

Señor, yo quiero ser amado como el barro en manos del alfarero; toma mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo.

miércoles, 8 de mayo de 2013


Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria

Hechos, 17, 15.22-18,1; Sal. 148; Jn. 16, 12-15
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos cantado y repetido con el salmo alabando y bendiciendo al Señor que se manifiesta en sus obras. ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime… llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’.
Primer artículo de nuestra fe, reconocer al Señor, ‘Dios creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible’. Y en toda la creación se manifiesta la gloria del Señor. Por eso, el hombre contemplando la maravilla de la creación ha de dirigir su pensamiento al Creador, al Señor Todopoderoso que con su sabiduría infinita realizó toda esa maravilla de la creación en toda su inmensidad que aún no terminamos de descubrir. Toda esa inmensidad del espacio, pero toda esa maravilla de todas las cosas creadas que nos ayudan a ir descubriendo y conociendo más y más al autor de la creación.
Es el Dios de quien quiere hablarles Pablo a los habitantes de Atenas cuando recorriendo el inmenso foro se encuentra con aquel altar al dios desconocido. Aprovecha el apóstol para realizar la catequesis para hacer el anuncio que culminará con el anuncio de Jesús, muerto y resucitado, que tanto les costará a aceptar a los atenienses.
‘Me encontré con un altar con esta inscripción, les dice: al Dios desconocido. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: El Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor de cielo y tierra y que no habita en templos construidos por hombres ni lo sirven manos humanas’. Es el Dios cuyo templo propio es toda la creación por Él realizada, pero que asienta su trono, por así decirlo, en su criatura preferida, en el corazón del hombre, en el corazón del ser humano.
‘Quería que lo buscasen a El, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban: aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ A través de las obras creadas podemos llegar a reconocer al Creador, podemos llegar a conocer a Dios; pero Dios se nos revela más íntimamente porque quiere habitar en nuestro corazón. Con su inmensidad lo llena todo, ‘en El vivimos, nos movemos y existimos’, pero con la revelación de Jesús llegamos a descubrir de qué manera maravillosa Dios se acerca al hombre, se revela al hombre para que pueda conocerle, le inunda con su amor, y quiere habitar en El como hemos reflexionado en estos días.
Que no se nos cieguen los ojos; aunque sea a tientas, porque descubramos sus señales en toda la creación - cuantas maravillas y bellezas podemos contemplar para llegar a admirar lo que es la maravilla y la belleza infinita de Dios - y así vayamos caminando hacia Dios. Que escuchemos la Palabra viva de Dios, Revelación de Dios que es Jesucristo para que podamos conocer cada vez más hondamente a Dios, pues ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’; y Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, un misterio inmenso de amor del cual Jesús es el rostro más maravilloso en su amor y en su misericordia infinita.
Pero más aún, Jesús nos promete que nos enviará su Espíritu, el Espíritu de la verdad que nos lo revelará todo. Así venimos escuchándolo y reflexionándolo una y otra vez estos días, cuando se acerca la fiesta de Pentecostés, la Fiesta del Espíritu Santo. El es ‘el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena’, como le hemos escuchado decir a Jesús hoy en el Evangelio.
No vamos ya a tientas a conocer a Dios, porque contemplando a Jesús contemplamos la gloria de Dios. ‘Hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad… a Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer’. Demos gloria a Dios que así se nos revela.

viernes, 17 de agosto de 2012


El Creador en el principio los creó hombre y mujer… los valores del evangelio para la familia
Ez. 16, 1-15.60.63; Sal.: Is. 12, 2-6; Mt. 19, 3-12

Hay situaciones o problemáticas que en ocasiones nos cuesta afrontarlas con valentía desde nuestros principios y valores, aunque siendo fieles y congruentes sabemos que tenemos que hacerlo porque quizá además necesitan una luz que ilumine criterios a muchos que se pueden encontrar desorientados. Actuar desde esos principios y valores significará muchas veces aquello de nadar contracorriente cuando contemplamos que en el mundo en el que vivimos se está muy lejos muchas veces de esos valores. 

Hemos de reconocer que aunque vivimos en una sociedad que se dice cristiana sin embargo esos valores del evangelio se van diluyendo y lo triste sería que muchas veces quienes nos llamemos cristianos actuemos de forma poco acorde con el evangelio. Es necesario, en verdad, que dejemos iluminar nuestra vida por la luz del evangelio y que le pidamos al Señor valentía para ser en verdad consecuentes en todo nuestro actuar con la fe que profesamos.

En este caso me esto refiriendo al tema del matrimonio y la familia del que nos habla Jesús hoy en el evangelio. Las palabras de Jesús son tajantes, pero nos dice también que el seguirlas es un don de Dios que hemos de acoger y al mismo tiempo agradecer. Esto, creo, que nos puede dar mucha luz y mucha fuerza también para nuestro actuar.

Le están planteando a Jesús el tema del repudio o del divorcio, que como le dicen algunos hasta Moisés permitió. ‘Por lo tercos que sois, os permitió Moisés divorciaros, pero al principio no era así’. Y recuerda Jesús lo que está inscrito en el corazón del hombre y la Biblia nos manifiesta desde el principio. ‘El Creador en el principio los creó hombre y mujer… por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer siendo una sola carne’. 

Hablar de este tema hoy, de estos principios que nos señala el Señor es como nadar contracorriente, como decíamos, viendo lo que sucede a nuestro alrededor. Yo me atrevo a decir que no nos asustemos que quienes no tengan el sentido de la fe y de la moral cristiana opten por un estilo de matrimonio lejos de estos valores cristianos y no reciban incluso el sacramento del matrimonio. Y digo esto consciente al mismo tiempo del dolor que significa cómo se ha ido descristianizando nuestra sociedad y que los valores del evangelio no son la los que iluminan la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

Pero más doloroso es que quienes se dicen cristianos, creyentes en Jesús, en estas cuestiones anden lejos de lo que nos enseña el evangelio y así contemplemos la rupturas y separaciones que están a la orden del día a nuestro alrededor entre personas que se dicen incluso de Iglesia. Es doloroso. 

Nos puede manifestar este hecho muchas cosas, desde la no madurez humana y cristiana a la hora de tomar el camino del matrimonio para comprender bien lo que son las exigencias y también las grandezas de un matrimonio vivido según el sentido de Cristo, o también de la debilidad de la fe que vivimos que nos hace que nos dejemos llevar fácilmente por los vientos reinantes a nuestro alrededor.

Es doloroso cómo hemos ido alejando a Dios de nuestra vida, desplazándolo de manera que no contamos con El en las diversas situaciones por las que podamos pasar. Significa eso también como nuestro espíritu religioso se ha ido enfriando también. Y es que sin Dios, sin su gracia y su fuerza, es difícil mantener una fidelidad total y hacer que ese amor sea único y envolvente de toda la vida de la persona. 

Todo esto tendría que ser motivo de mucha reflexión, de mucha oración y también de preocuparnos de una honda formación de nosotros y de la juventud que nos sigue en estos valores y principios cristianos y del evangelio. En la corta reflexión que nos podemos hacer en medio de nuestra celebración no podemos entrar en mayores profundidades. Pero bueno es recordar estos principios, dar testimonio de la validez del evangelio en todas las situaciones humanas que podamos vivir y que además sea motivo de nuestra oración.

viernes, 11 de noviembre de 2011

No cerremos los ojos para descubrir las maravillas de Dios y cantar la gloria del Señor


Sab. 13, 1-9;

Sal. 18;

Lc. 17, 26-37

‘El cielo proclama la gloria de Dios’, fuimos repitiendo en el salmo. Y nos lo tenemos que repetir muchas veces para que nos convenzamos por dentro y desde la más hondo de nuestra vida siempre proclamemos la gloria del Señor que se manifiesta en sus obras. No pueden ser simplemente unas palabras que repetimos sino que tiene que ser una alabanza que nos salga del alma, que la proclamemos con todo nuestro corazón.

Qué fáciles somos para admirar una obra bella, si tenemos sensibilidad en el alma. Nos extasiamos ante las maravillas de la naturaleza, un paisaje, un amanecer o una puesta de sol, las maravillas de nuestras montañas o la inmensidad del mar, la fuerza de la naturaleza que se manifiesta de muchas maneras, pero nos quedamos en eso muchas veces. ¿No vemos nada más detrás de tanta maravilla? ¿No somos capaces de admirar la mano del Creador?

Como nos dice el libro de la Sabiduría ‘partiendo de las cosas que están a la vista, no reconocieron al Artífice que está en sus obras… Fascinados por su hermosura sepan cuánto los aventaja su Señor, pues los creó el autor de la belleza… si lograron saber tanto que fueron capaces de desvelar el cosmos, ¿cómo no descubrieron antes a su Señor?’

Que no nos ceguemos y sepamos descubrir al que que es Creador de todo y nos ha dado a nosotros capacidad de asombrarnos ante tales maravillas para llegar a reconocer a quien es en verdad el Señor de todo lo creado y nos ama. Todo es una manifestación del amor del Señor que así se nos da y manifiesta su gloria.

Es bueno que nos detengamos en nuestra reflexión en estas cosas sencillas y se despierte así más y más nuestra fe. No nos podemos acostumbrar a las maravillas de Dios y hemos de saber reconocerlas y alabarle y bendecirle, cantar el cántico de las criaturas a su Creador. ‘El cielo proclama la gloria del Señor’, nos invitaba el salmista y nosotros nos queremos unir a ese cántico de alabanza. ‘Sin que hablen, sin que pronuncien, a toda la tierra alcanza su pregón’, que seguía diciendo el salmo.

En la liturgia lo hacemos cada día en distintos momentos de la celebración, pero de manera especial cuando unimos nuestras voces a los a los ángeles y a los santos para cantar la alabanza del Señor. Y repetimos el mismo cántico celestial que nos describen los profetas y el Apocalipsis. Hemos de ser conscientes de verdad de lo que celebramos, de lo que vamos expresando con nuestros cantos, con nuestros gestos, con nuestras oraciones, con todos los signos litúrgicos. El hacerlo repetidamente una y otra vez nos puede hacer caer en la rutina y lleguemos a hacer las cosas sin más sin darle todo su profundo sentido. Por eso es bueno detenernos algunas veces en esto y reflexionarlo un poco.

Todo esto además nos tiene que ayudar a vivir despiertos en esa esperanza de la venida del Señor, de la que nos habla el evangelio hoy. Nos vamos acercando ya al final del año litúrgico y es un aspecto en el que la Iglesia quiere que reflexionemos un poco más y tengamos en cuenta. En distintos momentos en estos días nos irán apareciendo textos en la Palabra de Dios que nos hablan de la segunda venida del Señor, del Hijo del Hombre, para lo que hemos de estar preparados.

Ha hecho Jesús referencia en el evangelio a diversos episodios en los que había que estar atentos y preparados porque no se sabía cuando iban a suceder. Y nos dice Jesús ‘Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del Hombre’. Es la esperanza y la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida, como ya nos hablaba el pasado domingo con la parábola de las doncellas que habían de estar con sus lámparas encendidas para la venida del esposo. Textos en este sentido iremos escuchando muchas veces con tonos un tanta apocalípticos y díficiles de descifrar, pero que son siempre esa invitación a la vigilancia.

Si como hemos venido reflexionando hoy tenemos los ojos bien abiertos para descubrir las maravillas del Señor, es un punto a nuestro favor en esa vigilancia en la que hemos de mantenernos. Que nos encuentre siempre el Señor preparados y dispuestos para que podamos cantar en el cielo también la gloria del Señor.

martes, 28 de junio de 2011

El Señor todopoderoso está siempre a nuestro lado para vencer las fuerzas del maligno


Gén. 19, 15-29;

Sal. 25;

Mt. 8, 3-27

‘Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma… ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen1’

Es el Señor todopoderoso, el Señor del cielo y de la tierra. Es el Dios creador de todas las cosas – por su palabra todo fue hecho, que diría el evangelio de san Juan – y es el Señor de la vida y de toda la creación. No podemos olvidar la omnipotencia de Dios, creador de todas las cosas, y en cuya mano y poder están todas las cosas.

Se despertó la fe de los discípulos, aunque Jesús tuviera que recriminarles ‘¡cobardes! ¡qué poca fe!’. Nos queremos dar explicaciones para todo, hablamos de las leyes de la naturaleza, y algunas veces podemos olvidar que Dios está por encima de todo y que todo ha salido de la nada por su poder. San Ireneo, como nos recuerda el catecismo de la Iglesia católica, decía ‘sólo existe un Dios… es el Padre, es el Dios, el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es decir por su Verbo y por su Sabiduría…’

Todo ha sido creado para la gloria de Dios; para manifestar y comunicar su gloria. Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad. Nos conviene recordar estos pensamientos que forman parte de nuestra fe. Contemplando el poder y la omnipotencia de Dios que asi se manifiestan en las obras de Jesús nos sentimos impulsados a darle gloria, a cantar la gloria de Dios. Contemplar a Jesús que se muestra superior a las propias fuerzas de la naturaleza, nos ayuda a hacer crecer nuestra fe El y querer entonces que toda nuestra vida sea siempre para la gloria de Dios.

‘¿Quién es éste?’, se preguntaban los discípulos en la barca. Jesús nos va dejando huellas de su divinidad en las obras que realiza. Siguiendo su rastro podremos llegar a confesar nuestra fe en El como el verdadero Hijo de Dios que se ha encarnado, que se ha hecho para nuestra salvación.

Porque ya no son solo las fuerzas de la naturaleza las que vemos dominadas por Jesús, sino que descubrimos como El viene a arrancarnos de otras fuerzas peores, que son las fuerzas del mal. Ahí se manifiesta la gloria de Dios en Jesús cuando muriendo derrota a la muerte, muriendo vence al mar, la muerte y el pecado, porque para nosotros quiere vida, quiere gracia, quiere hacernos hijos de Dios.

Por eso en esta imagen, en este signo, milagro de la tempestad calmada podemos contemplar ese poder y esa gracia salvadora de Jesús que nos ayuda a vencer el mal, a triunfar sobre la tentación y el pecado. Esa barca zarandeada en medio de la tempestad en el lago es imagen de nuestra vida que también se pone en peligro cuando nos acecha y zarandea la tentación para arrastrarnos al pecado y a la muerte.

Muchas veces nos sentimos débiles y nos parece que no seremos capaces de vencer la tentación como si estuviéramos solos en esa lucha. Con nosotros está el Señor. No nos faltará nunca su gracia. No pensemos que está dormido o se desentiende de nosotros porque sintamos la fuerza poderosa de la tentación.

No perdamos la fe y la esperanza. Gritémosle una y otra vez en nuestra oración ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del maligno’. Y que nos libre el Señor de esa tentación de pensar que nosotros solos por nosotros mismos podemos vencer al maligno. Sepamos contar siempre con la gracia y la fuerza del Señor que no nos fallará, no nos faltará. Es el Señor todopoderoso, Señor de cielo y tierra, pero nuestro salvador y redentor que está a nuestro lado para vencer las fuerzas del maligno.

martes, 8 de febrero de 2011

Reconocemos la grandeza y sabiduría de Dios que nos ha creado


Gén. 1, 20- 2, 4;

Sal. 8;

Mc. 7, 1-13

‘¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así exclamábamos y repetíamos una y otra vez en el salmo responsorial. ‘Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos… ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?’

Hemos venido ayer y hoy escuchando el relato de la creación que nos trae el Génesis. También ayer decíamos en el salmo ‘¡Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto’. La contemplación de la creación que nos manifiesta la sabiduría y el poder del Señor a eso tiene que llevarnos. A la alabanza y a la bendición. ¡Qué grande es el Señor! Reconocemos la grandeza y el poder del Señor.

Tenemos que captar el hondo mensaje que nos trae el Génesis cuando nos presenta la creación. La Biblia no enseña ciencia, la Biblia nos enseña a conocer a Dios. Es el misterio de Dios el que se nos quiere revelar. No pretende científicamente decirnos cómo fue el inicio del mundo, nos habla conforme a unas tradiciones y conocimientos propios de una época, pero lo que nos quiere enseñar es cómo Dios está detrás de todo eso, porque en Dios está el origen de la vida y de toda la creación.

La Biblia nos enseña la verdad salvífica que nos conduce a la salvación. Con este relato estamos confesando nuestra fe en Dios, Creador y Señor de todas las cosas. ‘Creo en Dios Padre todopoderoso creador del cielo y de la tierra…’ confesamos en el Credo de nuestra fe.

Podíamos fijarnos en muchas cosas hermosas de este texto bíblico que nos enseña la bondad de todo lo creado. Como una muletilla se nos va repitiendo a lo largo de todo el relato de la creación ‘y vió Dios que era bueno’, culminando a la hora de la creación del hombre, ‘y vió Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno’.

En el texto que hemos escuchado hoy además de completar toda la obra de la creación, nos habla de todos los seres vivientes, culmina con la creación del hombre, al que da una dignidad y grandeza especial. ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó…’ Es la dignidad y grandeza del ser humano, hombre y mujer, al que pone sobre toda la creación. ‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…’

Hombre y mujer, absolutamente iguales en su dignidad, llamados a proseguir con su trabajo, con su inteligencia, con su saber, con la voluntad de su esfuerzo a ser, podríamos decir, continuadores de la obra de la creación. Esto que decimos nos podría dar pie en una reflexión más amplia para hablar de la dignidad del trabajo de la persona humana, porque con el trabajo, en el desarrollo de nuestra inteligencia y de todas nuestras fuerzas encontramos nuestra grandeza, de quienes hemos sido creados a imagen del Dios Creador.

Por eso podíamos cantar en el salmo la alabanza al Señor que así nos ha dotado de tal dignidad cuando nos ha creado. ‘¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies’. ¿Cómo no cantar, entonces, la alabanza al Señor?

Cuántas conclusiones para hablarnos de la dignidad de toda persona humana que tenemos que respetar, valor y cuidar; para hablarnos también de la bondad y de la belleza de la creación, de toda la naturaleza que igualmente tenemos que defender y cuidar; para hablarnos finalmente de la dignidad del trabajo y de todo hombre o mujer trabajadores que se dignifican precisamente en ese trabajo y cómo no podríamos convertirlo en una esclavitud ni en una indignidad para el hombre.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Desde nuestra pequeñez cantemos la alabanza del Señor que se nos manifiesta

Hechos, 17, 15.22-18, 1;
Sal. 148;
Jn. 16, 12-15

‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos repetido en el salmo. En verdad en todo momento hemos de alabar y bendecir al Señor. ‘Alaben el nombre del Señor… reyes y pueblos, príncipes y jefes, jóvenes y mayores, niños y también los ancianos… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Como nos dice hay san Pablo ‘el Dios que hizo el mundo y lo que contiene… el Señor del cielo y tierra… que a todos da la vida y el aliento y todo…’ que nos creó y puso en el corazón del hombre el deseo de buscarle y de encontrarle… ‘que no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ el que viene en busca nuestra y nos pide que nos volvamos a El, el que se nos manifiesta en Cristo Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.
El discurso de Pablo en el Areópago de Atenas es toda una invitación a una confesión de fe, porque nos hace un hermoso resumen de la revelación de Dios que tiene su culminación en Cristo Jesús. Así tenemos, pues, que confesar nuestra fe.
En el recorrido que Pablo va haciendo en el anuncio del Evangelio después de salir de Filipos llega a Atenas, centro y capital de la cultura y de la sabiduría del mundo antiguo. De allí han surgido los grandes filósofos y sabios de la antigüedad y la cultura griega se ha extendido por toda la cuenca del Mediterráneo. La lengua común que utilizaba entonces era precisamente el griego hasta que posteriormente con la expansión del imperio romano se introduzca el latín.
Recorriendo el Areópago que algo así como el centro de la ciudad donde estaban todos los edificios públicos de la vida social de los ciudadanos, va encontrándose también los numerosos templos edificados a los múltiples dioses del mundo pagano. Pero se encuentra con uno ‘al Dios desconocido’, que le dará pie a Pablo a hacer ese anuncio de Jesús y su salvación. De ese Dios que se revela en Jesús muerto y resucitado quiere hablarles, pero aquellos sabios y entendidos se dan media vuelta marchándose. ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’, le dicen. No estaban aquellos corazones preparados en la humildad y sencillez para escuchar el mensaje del evangelio.
‘Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’, recordamos que un día dijera también Jesús. Así ahora en esta ocasión. Sólo unos pocos se quedan con Pablo para seguirlo escuchando y aceptar el mensaje del evangelio. Pablo marchará luego a Corinto.
Que tengamos un corazón abierto desde la pequeñez, la pobreza, la humildad para acoger la revelación de Dios. Con humildad tenemos que acercarnos a Dios porque sólo así se nos revelará y podremos conocerle. El orgullo y la autosuficiente son mal camino para ir hasta Dios, porque sólo querrán centrarnos en nosotros mismos. Lo que sucedió en Atenas entonces con Pablo sigue sucediendo a través de todos los tiempos porque los que se creen sabios y entendidos no podrán llegar a conocer el misterio de Dios.
Que así podamos nosotros cantar la alabanza del Señor. Que el Espíritu del Señor venga a nosotros y nos revele todo el misterio de Dios.

viernes, 13 de noviembre de 2009

El cielo proclama la gloria de Dios

Sab. 13, 1-9
Sal. 18
Lc. 17, 26-37


‘El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos… sin que hablen, sin que pronuncien… a toda la tierra alcanza su pregón…’
Así hemos rezado y meditado en el salmo 18 proclamando la gloria del Señor de la que nos hablan todas las criaturas. Como nos enseña san Pablo en la carta a los Romanos ‘desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras…’ La creación nos está hablando del Creador. Las criaturas nos están gritando quien es Dios. El hombre debe elevarse al conocimiento del Dios Creador por la contemplación de las realidades visibles.
De esto nos ha hablado el libro de la Sabiduría en el texto proclamado hoy. Aunque lo hace como una lamentación porque ‘eran naturalmente vanos todos los hombres que ignoraban a Dios y fueron incapaces de conocer al que es partiendo de loas cosas buenas que están a la vista y no reconocieron su Artífice…’
Nos hace falta abrir los ojos de la fe. Tener ojos capaces de admirarse ante las maravillas del mundo creado y preguntarnos por la grandeza, el poder, la sabiduría de quien tales cosas creó. ¿Quién no se queda extasiado ante los colores del cielo en un amanecer o en un atardecer? ¿Quién no se maravilla ante la belleza de un paisaje, la profundidad de las montañas, o la inmensidad de un cielo estrellado en la noche? ¿Por qué no nos preguntamos, entonces, quién está detrás de ese belleza, de esa inmensidad o de esa grandiosidad? No podemos menos que pensar en el poder infinito del Creador.
En nuestra confusión porque contemplamos la belleza y la grandeza de las cosas creadas, nos quedamos como obnubilados y cegados para no ver a Dios, sino convertirlas en Dios. Es lo que sucedía en el mundo pagano que así se creaban multitud de dioses cuando veían la belleza, la grandeza o el poder de las criaturas o las fuerzas de la naturaleza.
Pero se pregunta el autor sagrado, el sabio del Antiguo Testamento ‘si, fascinados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Señor, pues los creó el autor de la belleza. Y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto más poderoso es quien lo hizo. Pues por la belleza y la magnitud de las criaturas , se percibe por analogía al que le dio el ser’.
‘Andan extraviados buscando a Dios y queriéndolo encontrar; en efecto, dan vueltas a sus obras , las exploran y su apariencia los subyuga, porque es bueno lo que ven…’
Busquemos a Dios y no nos confundamos. Admirémonos ante las maravillas de la creación pero para reconocer al Creador. Pero cuidemos también de no hacernos o crearnos dioses convirtiendo en ídolos las cosas creadas. Sigue estando en nosotros también ese peligro de la idolatría creándonos ídolos en nuestra propia belleza, saber o poder, en la riqueza o en los afanes placenteros que rodean nuestra vida. No nos creemos ídolos que nos esclavizan.
Adoremos sólo al Dios que nos da la verdadera grandeza y libertad cuando nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha elevado a la dignidad de hijos y nos ha inundado con su amor para que nosotros le amemos a El y amemos a los demás de la misma manera.

jueves, 5 de febrero de 2009

¿El Dios del temor o el Dios del amor?

Hebreos, 12, 18-19.21-24

Sal. 47

Mc. 6, 7-15

¿Cómo es el Dios en quien creemos? ¿Es el Dios del temor o el Dios del amor?

No dejamos de sentirnos sobrecogidos por la inmensidad del Dios infinito en quien creemos. Admiramos su grandeza y su poder; es el Dios Todopoderoso y Creador y cuando contemplamos la inmensidad del universo casi infinito salido de sus manos no podemos menos que sentirnos pequeños ante tanta inmensidad. Cuando uno tiene la oportunidad de poder contemplar las maravillas del universo – ahora es muy fácil tenemos muchos medios a nuestro alcance – el creyente no puede menos que pensar en el Autor de tanta maravilla, no tiene mas remedio que pensar en el Dios Creador que todo lo hizo. Admiramos su perfección infinita y su Santidad, porque en El está la mayor plenitud de vida que se pueda alcanzar, más allá de todo lo que pueda ser imaginable por el hombre salido de sus manos.

Ante el Dios infinito, todopoderoso y creador, y ante la santidad infinita de Dios no dejamos de postrarnos para adorarle reconociéndole como nuestro único Dios y Señor. ¿Quiénes somos ante anta inmensidad y grandeza?

Pero esa infinitud (valga la palabra) que nos sobrecoge nos hace sentir al mismo tiempo la maravilla de su amor y de su misericordia. Aunque Dios no necesitase del ser humano no sólo lo creó sino que lo amó y le mostró en todo momento su misericordia infinita.

A El queremos tributar nuestra mejor alabanza y cantar en todo momento su gloria, porque no sólo contemplamos su grandeza y su poder admirable en las obras maravillosas salidas de sus manos creadoras - ¡cuánta perfección y belleza ha derrochado Dios en la obra de su creación y sobre todo en su criatura preferida que es el hombre! – sino que sobre todo se nos manifiesta su grandeza y su poder cuando nos revela su amor y su misericordia infinita en su Hijo Jesús. Aunque nos sobrecoja su grandeza nunca eso nos llevará al temor sino al amor.

Nos podemos sentir sobrecogidos cuando se manifiesta en el fuego y en la tormenta del Antiguo Testamento como se le manifestó a Moisés ya fuera en la zarza ardiendo o en lo alto del Sinaí, o en todas las maravillas de la creación, como ya hemos dicho, sino que sentimos sobremanera su gloria y su amor cuando lo contemplamos en Cristo Jesús derrochando su amor sobre nosotros.

‘Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de las trompetas… tan terrible era el espectáculo que Moisés exclamó: estoy temblando de miedo… vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo… a la congregación de los inscritos en el cielo… al Mediador de la nueva Alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de su sangre…’ Así hemos escuchado en la Carta a los Hebreos.

Nos acercamos a Jesús. Viendo a Jesús vemos a Dios. ‘Todo el que me ve a mí, ve al Padre’, respondió Jesús ante la petición de uno de los discípulos. Cristo es la manifestación del rostro misericordioso de Dios que nos mueve a nosotros a la misericordia y al amor. Con Cristo Jesús que derramó su sangre por nosotros ya no cabe el temor, sino el amor. Por eso ahora toda nuestra relación con Dios se basa en el amor, porque es reconocimiento del amor infinito que nos tiene y quiere ser al mismo tiempo respuesta de amor por nuestra parte. No me mueve ya sino el amor, el de Dios que se nos dio primero y la respuesta, aunque siempre pobre y limitada, pero que quiere estar en todo momento henchida de amor. Por eso decíamos en el salmo: ‘¡Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo’.