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viernes, 28 de agosto de 2026

Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

 


Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

1Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Lo que tenga que suceder ya vendrá haga yo lo que haga, para que voy yo a andar con agobios y preocupaciones, habremos oído decir a alguien o lo habremos dicho en alguna ocasión; no es simplemente una frase que decimos para salir del paso, expresa una actitud y una postura, está quizás manifestando la actitud pasiva con que nos tomamos la vida o las cosas que deberíamos hacer; esperar no es quedarnos sentados aunque estemos en el lugar de paso de quien esperamos, es necesario algo más.

Hace días me sucedió, esperaba el servicio publico de transporte, la guagua como decimos en mi tierra, y estaba en su parada, pero me había sentado tranquilamente y mientras me había entretenido con el móvil, como ahora todos hacemos que lo tenemos siempre en nuestras manos, y pasó el autobús y siguió de largo dándome cuenta cuando ya iba unos cuantos metros más allá de la parada; no era suficiente que estuviera en la parada, tenía que estar atento, tenía que hacer señales de que yo quería utilizar ese servicio. Pasó de largo. Esperar no es solo estar sentado incluso aunque sea el lugar adecuado.

Es lo que nos está enseñando Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces hemos reflexionado; nunca terminaremos de sacar enseñanzas, porque así es la riqueza de la Palabra de Dios. Unas jóvenes que salieron, según las costumbres de la época para recibir e iluminar el camino del novio que llegaba a su boda; su misión esperar para luego poder iluminar acompañando con sus lámparas encendidas al cortejo; pero había que tener también suficiente aceite para que esas lámparas se mantuvieran encendidas. La parábola habla de una tardanza, porque además nunca se sabe ni el día ni la hora, pero también de un dormirse de quienes estaban esperando; despiertas quizás se hubieran dado cuenta de la tardanza y de la posibilidad de no tener suficiente combustible para reabastecerse a tiempo, pero habían entrado en una pasividad por la mala confianza que no les había hecho previsoras. Luego ya no fueron reconocidas cuando llegaron hasta la puerta cerrada ya.

Es la necesaria vigilancia de la vida, hay que estar atentos, debemos dar señales de que en verdad estamos esperando algo, hemos de tener las necesarias disposiciones, tenemos que darnos cuenta de la importancia del momento, tenemos que sentirnos responsables de lo que tenemos entre manos y actuar en consecuencia, las actitudes pasivas no son las mejores porque al final nos quedamos dormidos o perdemos la conciencia del lugar que hemos de ocupar en la vida, hemos de ser conscientes de verdad de la transcendencia que tiene cada momento y cada cosa que hagamos.

Podemos pensar en ese momento final de nuestra existencia para el que debemos estar preparados porque esa vigilancia y esa preparación que vivamos en cada momento va a definir el sentido ultimo de nuestra vida pero también de nuestra eternidad. ¿Podremos escuchar entonces ese ‘venid benditos de mi Padre a poseer el Reino que tengo preparado para vosotros…’ porque realmente hemos estado vigilantes y en buena disposición para ese momento final y transcendental?

Pero precisamente por eso hemos de estar con esa vigilancia y atención en cada momento de nuestra vida porque un tesoro se ha depositado en nuestras manos que no podemos enterrar, como se nos dirá en otra parábola. Tenemos una responsabilidad en nuestras manos y no solo porque pensemos en un beneficio propio sino también porque en eso que hacemos nos debemos a los demás. Desarrollamos nuestros valores y capacidades, hacemos florecer nuestras cualidades y nuestras posibilidades, nos sentiremos enriquecidos y no solo es pensar en lo económico sino en lo humano y en lo espiritual con el fruto que producimos con nuestro hacer, pero que no es solo para nosotros sino que también es en bien de los que nos rodean, de nuestra sociedad a la que estamos enriqueciendo también con lo que nosotros aportamos, construimos, ideamos. Aquellas doncellas no solo alumbraban el camino para si, sino para todos los que iban a participar de aquella boda. Nuestra tarea no solo nos da una riqueza personal sino que es riqueza para toda la humanidad.

Eso nos tiene que hacer pensar en el cuidado de nuestra vida, en cómo nosotros también tenemos que ir enriqueciéndonos interiormente para poder luego iluminar a los demás, cómo tenemos que preocuparnos de crecer por dentro, de no enterrar nuestros talentos, de sacar a flote toda nuestra creatividad, de ofertar a los demás esa riqueza interior que tenemos que alimentar y hacer crecer. 

Qué importante es todo aquello que nos pueda ayudar en nuestra formación y en nuestro crecimiento, qué importantes son esos deseos de superación que tenemos que alimentar dentro de nosotros, qué importante es que limemos todo aquello que forma parte de nuestra vida y de nuestro carácter para que podamos ajustarnos bien con los demás y por el roce nunca nos hagamos daño. Es ese aceite que hemos de mantener siempre como reserva espiritual en nuestra vida y así nuestra luz siempre brillará.


jueves, 27 de agosto de 2026

Vigilantes, atentos, despiertos para no perder esos momentos de gracia cuando de muchas maneras el Señor llega y se hace presente en nuestra vida

 


Vigilantes, atentos, despiertos para no perder esos momentos de gracia cuando de muchas maneras el Señor llega y se hace presente en nuestra vida

1Corintios 1, 1-9; Salmo 144; Mateo 24, 42-51

Algunas veces estamos pensando tanto en el futuro que nos olvidamos de vivir el tiempo presente. Esto creo que lo podríamos traducir en muchos aspectos de nuestra vida; desde el que sueña, por ejemplo, en el día que la suerte le acompañe y le toque un gran premio y se imagina cuantas cosas hermosas podrá tener entonces, lo feliz que podrá vivir, las muchas cosas que podrá hacer cuando tenga ese gran premio, pero ahora no sabe aprovechar y disfrutar de las pequeñas cosas con que la vida lo va enriqueciendo o en las oportunidades que ahora tiene; bueno, ahora nos lo arreglamos como sea pero ya llegarán esos momentos futuros.

Eso se puede traducir en el trabajo que cada día tengo que realizar, aunque nos parezcan cosas nimias o poco importantes, pero pensando en lo que un día podrá realizar, abandona la responsabilidad de esas pequeñas cosas de cada día que van a ser el cimiento de lo que un día podrá realizar; y así los cimientos se quedan cojos, por decirlo de alguna manera, y no estamos fundamentando verdaderamente nuestra vida.

Es lo que también en nuestra vida cristiana hemos de tener en cuenta y de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos habla de la venida del Hijo del Hombre que no sabemos cómo ni cuándo será y para lo que hemos de estar preparados. Todo bien, pero muchas veces nos quedamos en el momento final, los últimos tiempos, que por supuesto también hace referencia, pero yo quiero pensar que Dios viene cada día a nuestra vida; cada día va poniendo señales de su presencia que tenemos que saber distinguir, cada día quiere estar a nuestro lado y algunas veces, muchas veces tenemos que decir también no estamos atentos a esa presencia del Señor, y pasa el Señor por nuestra vida y no lo reconocemos.

Claro que hemos de estar preparados para ese momento final que queremos que sea en la gracia de Dios, pero ese momento final lo vamos preparando en el momento presente, en cada momento, en cada día, en cada acontecimiento, en cada llamada que el Señor nos va haciendo en esa palabra que escuchamos y nos llega al corazón, en ese gesto bueno que alguien tiene con nosotros y que tendría que convertirse en gracia de Dios para nuestra vida, en cada esfuerzo que vamos realizando por superarnos, en esa responsabilidad que vivimos en cada momento en lo que hacemos, en ese deseo por crecer espiritualmente, por mantenernos lejos del pecado y del mal. Son presencia del Señor en nuestra vida a la que tenemos que saber estar atentos.

Nos está hablando el Señor de la responsabilidad del administrador de la casa que no puede descuidar la atención que tiene que prestar a cada una de las situaciones que se puedan presentar para saber dar respuesta responsable; nos está hablando del que tiene que estar atento en la puerta para abrir apenas llegue el dueño de la casa; nos está hablando del que no se deja dormir en las cosas que tiene que hacer sino que actúa siempre con responsabilidad.

¿Eso lo hacemos con nuestra vida espiritual? ¿Eso lo hacemos en todo lo que significa el compromiso de nuestra vida cristiana? ¿Es ese el sentido y el estilo con el que vivo mi pertenencia a mi comunidad cristiana con la que estoy contribuyendo con mi colaboración y mi participación? ¿Nos encontrará así atentos el Señor, pero no solo en el momento final, sino en el hoy donde el Señor quiere hacerse presente en mi vida pero al mismo tiempo nos está pidiendo que seamos signos de Él en medio del mundo que nos rodea?

Es la riqueza de gracia que en cada momento podemos vivir; es el saber encontrarnos con el Señor en el día a día de nuestra vida. Tenemos que estar vigilantes, atentos, no podemos perder esos momentos de gracia.


domingo, 30 de noviembre de 2025

Despiertos y vigilantes con esperanza en el Adviento porque el Señor viene no solo recordando su primera venida sino su presencia en el hoy y aquí de nuestra vida

 


Despiertos y vigilantes con esperanza en el Adviento porque el Señor viene no solo recordando su primera venida sino su presencia en el hoy y aquí de nuestra vida

Isaías 2, 1-5; Salmo 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44

A quien han puesto de centinela, de vigilante, no se le permite ni que ande distraído ni que se duerma. El vigilante tiene que estar despierto y atento; no sabe por donde puede aparecer el peligro, no sabe a la hora que llega quien quizás está esperando, su misión es estar allí, no puede haber otras ocupaciones que le absorban su pensamiento, para poder estar atento a cualquier señal.

Siempre aparece ante nuestros ojos y nuestra consideración esta imagen cuando comenzamos el tiempo de Adviento y nos pudiera parecer por un lado que la vigilancia es cosa solo de unos días en razón de las celebraciones próximas que vamos a tener ni tampoco hemos de pensar que solo al Adviento es cosa de estos momentos previos a la Navidad, como preparación a la celebración del Nacimiento de Jesús.

Pero creo que ambos conceptos tienen una amplitud mucho mayor de la que habitualmente lo reducimos. Como veremos la vigilancia tiene que ser una actitud muy importante en la vida como lo es la esperanza, pero también me atrevo a decir que en cierta manera para el cristiano adviento es todo el año, ha de abarcar toda nuestra vida.

Unimos, reduciendo incluso su significado, el Adviento al hecho de la Navidad cercana, pero la navidad para un cristiano no es solo una celebración como un recuerdo de un momento cuando Dios quiso encarnarse en nuestra carne humana y nació de Santa Maria Virgen en Belén, como vamos a celebrar; es eso pero mucho más, porque no es solo una venida pasada la que celebramos y para la que preparamos sino que en el Credo de nuestra fe hablamos de la venida del Señor, con gran poder y gloria, para juzgar a vivos y muertos; hablamos de la segunda venida del Señor, y para ello también hemos de estar atentos y preparados, y por ahí va también el sentido del Adviento, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, como decimos en la liturgia. Claro que es también Adviento para vivir una autentica Navidad y para ello también hemos de prepararnos.

Pero hay una venida del Señor, una presencia del Señor en el día a día de nuestra vida, porque El nos prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. ¿Seremos conscientes de esa presencia del Señor? ¿Estaremos atentos a ese momento en el día a día de nuestra vida que el Señor se hace presente en nuestra vida, viene a nosotros? Esto es muy importante cuando vivimos con intensidad nuestra fe, para ello necesitamos vivir con intensidad nuestra fe y nuestra esperanza, necesitamos de esa atención, de esa vigilancia para descubrir los signos de esa presencia del Señor en nuestra vida. Adviento así no se reduce a un tiempo litúrgico sino que es parte de nuestra vida.

Cuando nosotros los cristianos celebramos el Adviento no nos podemos dejar llevar por lo que el ambiente externo nos ofrece estos día como preparación para la Navidad. Hoy nos dice la Palabra de Dios que despertemos en medio de esos sonidos y cantinelas que nos aturden porque tanto nos dicen lo que quieren que sea la navidad de demasiado jolgorio y consumismo, que al final nos sentimos arrastrados y olvidamos su verdadero sentido.

Como nos dice Jesús en el evangelio, ‘en los tiempos de Noé la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio’ y nos termina diciendo Jesús ‘estad en vela porque no sabéis qué día vendrá el Señor’. Nos quiere decir mucho el  Señor con estas palabras.

Vivimos nuestra vida, nuestros trabajos y nuestra familia, nuestros momentos de alegría y de fiesta como también momentos oscuros por los que todos pasamos, pero hemos de estar despiertos, porque ahí donde estamos, en lo que es nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con los problemas que vive nuestro mundo o las preocupaciones que tenemos nosotros en el día a día, con lo que estamos pasando o las situaciones por las que hayamos pasado el Señor viene a nosotros; en eso que nos sucede y que vivimos tenemos que saber descubrir el hoy de la presencia del Señor, en eso que vivimos, cueste lo que nos cueste, tenemos que hacer navidad, hacer que sintamos esa presencia de Dios en nuestra vida.

Es el Adviento que hemos de vivir, es la vigilancia que hemos de poner en nuestra vida. No estamos en un mundo sin Dios, no podemos vivir nuestra vida ajenos a Dios, aunque el mundo que nos rodee celebre a su manera una navidad realmente sin Dios. Es donde nosotros tenemos que dar una señal, ser señal para el mundo que nos rodea de algo distinto; nuestra vida por la manera que afrontamos la vida, los problemas, las alegrías, lo que somos y lo que hacemos tiene que ser buena noticia para los demás, tiene que ser evangelio para nuestro mundo.

Que el jolgorio con que envolvemos las fiestas de navidad no nos haga olvidar el verdadero regalo que recibimos. Demos ahora señales de Adviento para que nos podamos convertir en evangelio de Navidad para el mundo que nos rodea, ese mundo que comienza por los que están a nuestro lado, nuestra familia, nuestros convecinos, nuestros amigos.

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

 


Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

Romanos 6,12-18; Salmo 123; Lucas 12,39-48

Que nos digan la hora exacta en que va a llegar y nosotros estaremos allí, mientras tanto podemos estar aprovechando el tiempo en otras cosas, quizás le digamos a quien nos convoca para algo determinado, para que esperemos a alguien que ha de venir; queremos aprovechar hasta el último minuto en nuestras cosas, porque si nos dicen esa hora exacta, pensamos, que vamos a estar perdiendo el tiempo en la espera. Así somos apurados y exigentes en tantas ocasiones, y digo apurados, porque queremos apurar hasta el último minuto en lo que estamos. Si sabemos la hora para ese momento prepararemos todo, aunque como suele suceder cuando dejamos las cosas para última hora que algo sale mal, algo se nos olvida, o algo importante no tenemos preparado a tiempo.

Claro que a quien esperamos, según el evangelio que hoy se nos propone, no nos dice la hora de llegada, porque lo importante no es hacer haciendo arreglos a última hora para quedar bien, sino de lo que se trata es de una vida, toda ella, que hemos de vivir en rectitud, a la que tenemos que darle su sentido y su valor. Así andamos con nuestra vida espiritual, así andamos en la recepción de los sacramentos, así andamos en lo de vivir en verdad nuestro compromiso cristiano; ya tendremos tiempo nos decimos tantas veces, y ahora seguimos con nuestras rutinas, seguimos con nuestros desórdenes porque tantas veces nos falta esa necesaria congruencia en nuestra vida, andamos con nuestra falta de compromiso porque siempre decimos que no tenemos tiempo, que ya volverá otra ocasión, otra oportunidad. ¿Volveremos a tener la oportunidad que ahora tenemos? ¿Por qué tanto dejarlo para más adelante?

Nos falta seriedad en la toma de decisiones, nos falta seriedad en los planteamientos que hemos de hacernos en referencia a lo de vivir nuestra vida cristiana, seguimos andando con muchos remiendos, pero no somos capaces de tomar el paño nuevo que nos haga esa vestidura nueva, como tantas veces nos dice Jesús en el evangelio; seamos capaces de reconocerlo, pero andamos con demasiadas hipocresías en nuestra vida, lo de las dos caras, andamos con la vida dividida, en unos momentos o en unas situaciones queremos aparentar que somos muy cristianos, poniendo una fachada por delante, pero por detrás andan nuestros desórdenes, andan nuestras actitudes y posturas poco claras, seguimos con nuestras cositas aguantando mientras podamos pero nos dominan las pasiones, las viejas costumbres, las rutinas y no sabemos mostrarnos con la suficiente entereza.

Hoy Jesús nos está hablando que nos han nombrado administradores y tenemos una tarea que realizar, que entraña también el trato que tengamos con los que están a nuestro lado; Jesús nos dice de aquel administrador que no era justo con sus compañeros empleados, a los que sintiéndose dueño en ausencia del amo trataba mal y de forma injusta. ¿Así nos sentiremos nosotros tan dueños de la vida que pretendemos hacer lo que nos parece olvidándonos de la rectitud que tendría que brillar en nosotros?

‘Estad preparados, nos dice Jesús, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’. Y nos dice que es necesario que nos encuentre en vela; y estar en vela no es solo estar despierto haciendo lo que nos parece, sino estar con esa responsabilidad en la vida donde tiene que prevalecer en nosotros el espíritu de servicio.

Aquí tendríamos que analizar muy bien todo lo que significa ese estar en vela, en nuestra vida y en nuestras responsabilidades, en lo que es nuestro crecimiento humano y espiritual en el cultivo de esos valores que aprendemos en el evangelio, en el lugar que ocupamos dentro de la Iglesia con la misión que hayamos asumido, pero también en lo que podemos aportar a nuestra sociedad con nuestro compromiso, con nuestra implicación en todo lo que sea el bien de esa sociedad a la que pertenecemos.


martes, 21 de octubre de 2025

Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

 


Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Salmo 39; Lucas 12, 35-38

No todos entendemos quizás el vivir de la misma manera. Muchos parece que simplemente se dejan vegetar, o sea, respiran, caminan, el corazón mantiene su ritmo de pulsaciones, simplemente van dejando pasar lo que sucede delante de sus ojos, pero como una película de la que no nos sentimos actores; muchos que se dejan arrastrar por lo que salga, pasivamente van respondiendo quizás a unos estímulos o impulsos que les de la vida misma o los acontecimientos pero por si mismos parece que nada tienen que ofrecer; quienes se dejan arrastrar por lo que dicen o hacen los demás pero parece que no tienen opinión propia, reaccionan según las influencias que reciban pero además a tono con esas influencias sin enriquecer nada porque no ponen nada de su parte.

Pero hay quienes quieren construir su vida, no simplemente dejarse arrastrar ni influir, sino que provocarán iniciativas, ideas, planteamientos, pero además quieren darle sabor a su vida poniendo emoción pero poniendo sobre todo el vigor del amor, que los hace creadores, revolucionarios incluso, pero que no se quedan solo a ras de la tierra, aunque pisan con fuerza el suelo sobre el que caminamos, pero se elevan dando una trascendencia a su vida, a lo que hacen, que va más allá del tiempo presente o de un futuro inmediato porque tienen visiones de eternidad.

La vida no puede ser pasiva aunque estemos llenos de esperanza; la vida tiene que ser constructiva porque ahí está todo lo que cada uno puede aportar; pero en la vida tenemos que estar con los ojos abiertos porque también vivimos en una interrelación y hemos de estar atentos a lo vamos poniendo para hacerlo siempre con sentido, pero abiertos también a lo que sucede a nuestro alrededor, como también a cuanto llega a nosotros que siempre nos enriquecerá.

Pero en esta trascendencia espiritual que los creyentes, los cristianos que seguimos a Jesús, queremos darle a nuestra existencia vivimos en la esperanza de la llegada del Señor a nuestra vida; y no pensamos solamente en el momento final de nuestra existencia – en el que también tendremos que pensar – sino en el hoy de nuestra vida donde Dios llega a nosotros y se nos manifiesta, podríamos decir, de mil maneras.

Es el Señor que con la fuerza de su Espíritu viene a actuar en nosotros inspirándonos todo lo bueno que hemos de realizar, hablándonos al corazón allá en lo más hondo de nosotros mismos para lo que hemos de estar sintonizados en esa onda especial de Dios; es el Espíritu de Dios que está nosotros fortaleciéndonos en ese camino y haciéndonos sentir su gracia y su fuerza para vernos liberados del mal. ¿No nos ha enseñado Jesús a orar pidiendo que nos veamos liberados del mal y no caigamos en la tentación? Pero aunque lo decimos con mucha prontitud y fidelidad cuando rezamos el padrenuestro luego no estamos atentos y vigilantes cuando nos pueda venir la tentación, para poder superarla con esa fuerza del Espíritu de Dios que está en nosotros.

Hoy nos está hablando Jesús de esa necesaria vigilancia que tendría que haber en nuestra vida, porque la esperanza no es quedarnos con los brazos cruzados y medios dormidos esperando pasivamente lo que nos pueda venir o suceder. El que espera y porque lo hace ya predispuesto con esa seguridad que le va a dar esa esperanza, estará vigilante, estará atento para sentir la señal, para dar respuesta, para ese nuevo actuar.

Y el que está vigilante a causa de eso que espera no se mete en la boca del lobo, sino que si sabe que el lobo está cerca – y la tentación nos acecha en todo momento y por toda partes por donde menos lo esperamos – vigilará para no acercarse allí donde sabe que está el peligro; quien padece de vértigo evita ponerse frente a un abismo porque sabe que en esas circunstancias va a sentir con mas fuerza ese episodio del vértigo. ¿Estaremos haciendo eso en nuestra vida?

‘Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…’

jueves, 28 de agosto de 2025

La venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en el amor y en sintonía con ese amor desde la responsabilidad de nuestra vida

 


La venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en el amor y en sintonía con ese amor desde la responsabilidad de nuestra vida

1Tesalonicenses 3, 7-13; Salmo 89; Mateo 24, 42-51

Forma parte de nuestra fe y así lo confesamos en los artículos del Credo. ‘Está sentado a la derecha del Padre y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Hoy el Evangelio nos habla de estar preparados, porque no sabemos el día ni la hora, como el ladrón que puede llegar a nuestra casa y hemos de estar atentos y vigilantes. Pero la venida del Señor no es la venida de un ladrón – es una imagen para indicarnos lo imprevisible – porque la venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en ese amor, en sintonía con ese amor.

Pero esa venida del Señor de la que Jesús nos habla hoy no es solo referencia a los últimos tiempos a esa venida final con gran poder y majestad como nos dirá en otro momento del Evangelio. Es en el aquí y en el ahora donde tenemos que estar atentos y vigilantes porque el Señor viene a nuestra vida, y nos llega en los acontecimientos, pero nos en ese encuentro con los demás que día a día vamos viviendo, son gracias del Señor, son regalo de Dios que no podemos desechar de cualquier manera, sino que con gozo hemos de saberlo recibir.

Una actitud de vigilancia que nos hará vivir la vida de manera distinta, porque sabemos que todo momento es importante, todo momento tiene su trascendencia y no podemos dormirnos, no podemos vivir de cualquier manera, a cada acto que realicemos hemos de darle su importancia, cada paso que demos ha de ser una búsqueda de lo mejor, cada momento hemos de vivirlo con total responsabilidad, sea cual sea la labor que realicemos o el estatus o situación que vivamos. El vigilante que se duerme no se dará cuenta de quien pasa ante él, y puede dejar escapar grandes ocasiones, podrá suceder que la vida le sorprenda con sus imprevistos y tenemos que saber dar respuesta a cada situación. Y eso no lo podemos hacer de cualquier manera.

Hoy nos habla Jesús de la responsabilidad del administrador que tiene que cuidar cualquier situación que se presente en la responsabilidad que tiene entre sus manos. Cuidará de la casa y los bienes que tiene encomendados, pero ha de cuidar también esas personas que están a su cargo. Somos los administradores de nuestra vida, esa vida que Dios nos ha regalado – toda vida viene de Dios y es un don de Dios – y que nosotros hemos de cuidar, que no es solo mantenerla de forma pasiva, sino que con esos dones y cualidades de los que Dios nos ha dotado tenemos que saber desarrollar, saber hacer crecer, sea el momento o la situación que sea y que estemos viviendo. Nunca podemos darlo por ganado todo ya, sino que siempre tenemos la posibilidad de crecer, pero también de ayudar a crecer a quienes están a nuestro lado o a nuestro encargo.

Responsabilidad de la vida, de tu vida, pero también de los que están en tu entorno, de todos aquellos que forman parte también de tu vida. ¿Serán los padres con sus hijos? ¿Serán los esposos entre sí? ¿Serán los miembros de la familiar ayudándose mutuamente los unos a los otros? ¿Será esa sociedad en la que vivimos de la que todos tenemos que sentirnos responsables y cada uno aportar su granito de arena? No nos podemos sentir ajenos los unos a los otros.

Y en cada uno de esos momentos y situaciones en que nos encontramos con la vida saber sentir al Señor que viene a nosotros, estar atentos a esa venida de Dios que nos transformará a nosotros pero que también transformará nuestro mundo. Tenemos también que ser vehículo, signo de esa presencia de Dios en nuestro mundo, que también a través de nosotros va a llegar a los demás. ¿Nos podemos cruzar de brazos tan tranquilos como si no tuviéramos nada que hacer?

domingo, 10 de agosto de 2025

Confiados porque esperamos, confiados porque tenemos esperanza, es el signo de esperanza que tenemos que ser para los demás en la vida

 


Confiados porque esperamos, confiados porque tenemos esperanza, es el signo de esperanza que tenemos que ser para los demás en la vida

Sabiduría 18, 6-9; Salmo 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19; Lucas 12, 32-48

Mira que eres confiado, nos habrá dicho alguien cuando nos ha visto esperando y esperando aunque no haya señales de llegada de quien estábamos esperando o no hay señales de que se realice aquello que quizás nos prometieron; nos pidieron quizás que guardáramos algo que teníamos que entregar a quien había de venir, y nosotros seguimos guardando y aguardando, porque cuidamos aquello que nos han confiado y mantenemos la tensión y la atención ante la llegada de quien nos prometieron.

Confiados porque esperamos, confiados porque tenemos esperanza. Podría parecer que eso no son cosas que se lleven hoy, porque hemos perdido toda la confianza, porque ya no creemos en las promesas, porque pasamos de todo y ya no nos creemos nada de lo que nos anuncian o nos prometen; hay desencanto, porque hemos perdido la esperanza, porque hemos perdido la confianza, porque ya nos cuesta creer. Lo palpamos alrededor y podemos sentirnos también contagiados de esos cansancios y esas desesperanzas. Nos puede hacer perder el sentido y el valor de la vida, nos podemos por otra parte como que nos metemos en una coraza y ya no tenemos sensibilidad, ya no nos importa nada y vivimos la vida sin trascendencia.

Pero si decimos que es algo que palpamos en el mundo que nos rodea, en la manera de vivir de tantos en nuestro entorno - ¿Dónde han puesto muchos sus esperanzas? ¿Qué es lo que ahora andan buscando? Con cuantas cosas, cuantos sustitutivos queremos camuflar nuestras desesperanzas y perdida de sentido – pero sin embargo es una virtud y un valor fundamental para nosotros los cristianos. No es la frase socorrida que decimos muchas veces de que la esperanza es lo último que se pierde.  Esa esperanza que hemos de manifestar en nuestra vida es un signo de esa búsqueda y esa vivencia que queremos hacer del Reino de Dios. Es alimento de nuestra vida. Es sentido de nuestra vida.

De eso nos está hablando Jesús en el evangelio cuando por otra parte nos está invitando a la vigilancia. Como el dueño de casa que no sabe a qué hora viene el ladrón, como las doncellas que esperan la llegada del novio para participar en el cortejo nupcial con sus lámparas encendidas, como el sirviente que espera la llegada de su amo para abrirle la puerta apenas llegue. Es la vigilancia de nuestra vida para vivirla en plenitud, también en el aquí y en el ahora. No solo pensamos en esa vigilancia porque nos puede llegar la hora de la muerte cuando menos pensemos y estemos dispuestos para presentarnos al juicio de Dios.

Es que eso lo prepararemos en ese día a día vigilante en nuestras tareas y responsabilidades, en ese trato humano que tengamos con los demás, en ese compromiso que todos tenemos de hacer que nuestro mundo sea mejor, en ese esfuerzo que hacemos cada día por superarnos y mejorar en nuestra vida, por crecer interiormente, por compartir lo que somos con los demás. ¿No nos ha hablado del administrador que tiene que repartir su ración a cada uno en su hora oportuna? Y si se descuida y no lo hace, si se aprovecha de su situación sintiéndose superior a los demás, si obra de una manera injusta, tendrá que dar cuentas. ¿No es lo que tenemos que hacer en nuestra vida de cada día? Somos administradores de esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos con todos sus dones y cualidades; tenemos que ser esos buenos administradores.

Y eso es una manifestación de nuestra confianza y nuestra esperanza. Porque sabemos que en esa tarea no estamos solos, que Dios es nuestra fortaleza, que El nos regala la luz de Espíritu para que podamos discernir lo bueno en cada momento. Aunque haya momentos oscuros, noches oscuras, sabemos siempre que el Señor está ahí. Su promesa no nos falla, su presencia y la fuerza de su Espíritu es permanente en nuestra vida. Confiamos, esperamos. Y seguimos realizando nuestra tarea, seguiremos afrontando las dificultades de la vida, no podemos dejar llenar nuestro corazón de angustia como si estuviéramos solos, porque con nosotros está el Señor, aunque a veces no lo veamos, pero si abrimos nuestro espíritu lo sentiremos en nuestro corazón.

Es el signo de esperanza que tenemos que ser en medio de los que nos rodean, para que de nuevo comencemos a confiar, de nuevo todos comencemos a poner nuestra mano en el arado para transformar de verdad nuestro mundo. La esperanza es nuestra fuerza y nos dará sentido a nuestra vida.

miércoles, 30 de octubre de 2024

Vigilancia, y junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, haya ese desprendimiento y generosidad, haya fidelidad

 


Vigilancia, y junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, haya ese desprendimiento y generosidad, haya fidelidad

Efesios 6,1-9; Salmo 144; Lucas 13,22-30

‘La guagua se espera en la parada, y la misa en el altar’, me decían cuando era chico. La guagua, para los que no son canarios, es nuestra forma de llamar al transporte público, los autobuses. Con ese dicho se nos estaba enseñando en que no podíamos dormirnos. No podíamos dejar pasar la guagua – claro que en aquellos tiempos el transporte publico era más escaso y su frecuencia era menor – porque era perder la oportunidad. Había que estar en el momento oportuno, había que estar en lo que se estaba haciendo, era una forma de actuar con responsabilidad, asumir lo que en verdad era la vida.

Algo así nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Hay que aprovechar este momento, porque puede que no se vuelva a repetir; hay que estar atentos, aunque eso cueste esfuerzo y sacrificio. Nos habla Jesús de puertas estrechas; quizás era una imagen muy oportuna en que las ciudades estaban rodeadas de murallas y tenían sus puertas de entrada. Según fuera el momento, según fuera lo que iba a entrar a aquella ciudad se utilizarían determinadas puertas; no todas tenían la misma grandiosidad y amplitud para que todo pudiera entrar; las puertas más habituales de entradas y salidas eran más pequeñas y estrechas; cualquier cosa no podía entrar por ellas, recordemos aquello que en otro momento Jesús nos hablará del ojo de la aguja por el que es difícil el paso de un camello cargado, aunque le sea más fácil que a un rico.

Cuando nos habla hoy Jesús de puerta estrecha no está queriéndonos decir que El nos pone dificultades; quiere hablarnos de nuestro esfuerzo, quiere hablarnos de esa atención que hemos de prestar, de esa vigilancia para no dejarnos dormir; y eso cuesta, como nos costará controlarnos para no dejarnos arrastrar por nuestra rutinas, para no dejarnos arrastrar por lo que sea una vida cómoda y llena de vanidades, para no dejarnos arrastrar por la tentación al egoísmo y la insolidaridad de solo pensar en mí mismo, para no dejarnos cautivar por nuestras ambiciones, afanes de grandeza o de los orgullos que nos quieren hacer subirnos a los pedestales. No es fácil ese control y ese dominio de nosotros mismos, no es fácil arrancarnos de esos apegos, nos cuesta limpiar el cristal con que miramos a los demás para que nuestra mirada sea más luminosa. Por eso nos habla Jesús de la puerta estrecha.

Si nos dejamos dormir se nos pasa la guagua, y luego querremos viajar pero ya no tenemos forma de hacerlo. Aquellos doncellas de las que nos hablará en otro momento en el evangelio no fueron previsoras para tener el aceite suficiente para que sus lámparas se mantuvieran encendidas y cuando quisieron entrar al banquete de bodas la puerta estaba cerrada, y ya no las reconocieron.

Hoy nos dice Jesús que no nos vale decir que en otro momento fuimos buenos, si no hemos mantenido esa perseverancia en nuestras vidas. Es que yo de pequeño fui monaguillo, dicen algunos, e iba a misa todos los días, pero ahora ya me olvidé de todo y hasta donde está la puerta de la Iglesia para entrar, porque hace tiempo que no entro. Es que yo antes colaboraba en muchas cosas, pero no supimos mantener ese espíritu de generosidad y desprendimiento y ahora solo me preocupan mis ganancias o mis placeres. Cuántos ejemplos podríamos poner en este sentido.

Nos dice Jesús. ‘Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; pero él os dirá: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os dirá: No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad. Allí será el llanto y el rechinar de dientes…’

Y termina diciéndonos Jesús: ‘Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos’. Se nos adelantarán otros en el Reino de Dios. Por eso, vigilancia, pero junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, para que haya ese desprendimiento y generosidad en mi vida, fidelidad.

 

miércoles, 23 de octubre de 2024

Seamos capaces de reconocer las señales de la presencia de Dios en nuestra vida como buenos administradores atentos a discernir las señales que Dios pone a nuestro paso

 


Seamos capaces de reconocer las señales de la presencia de Dios en nuestra vida como buenos administradores atentos a discernir las señales que Dios pone a nuestro paso

Efesios 3, 2-12; Sal.: Is. 12, 2-6; Lucas 12, 39-48

¿Va a venir alguien importante a visitarnos? Podemos pensar en el ámbito de nuestra sociedad, ya sea una autoridad que quizás no es tan habitual verlo por nuestras cercanías, ya sea algún personaje de la vida social de nuestro tiempo, ya sea un cantante famoso, un artista de reconocido prestigio, un deportista que por su brillantez en su mundo se ha ganado una merecida fama, como podemos pensar en un entorno más cercano como pueda ser nuestra familia donde se nos anuncia la visita de una persona muy querida, que ha mantenido siempre una buena relación con la familia, sea un caso u otro – podíamos pensar también en más cosas – los preparativos que hagamos queremos que sean lo más exhaustivos posibles.

En el ámbito social incluso hay unos protocolos de lo que hacer, unas exigencias de guión podríamos decir, a lo que estaremos muy atentos para que esa visita sea memorable; si es en el plano de la familia, ya procuraremos que todo lo que hagamos en nuestra casa sea lo más acogedor y cariñoso posible para mostrar también la felicidad que sentimos con dicha visita.

Preparativos con muchas exigencias, de eso nos está hablando también el evangelio. Es la imagen de la llegada del Hijo del Hombre, con la acogida que por nuestra parte hemos de ofrecer. Es la tensión y atención con que hemos de vivir nuestra vida para llegar a sentir y vivir en plenitud esa presencia del Señor. Y Dios llega a nosotros y no siempre somos capaces de vivir con intensidad su presencia.

Quizás pensamos o nos imaginamos cosas extraordinarias, porque parece que esas son las que nos llaman la atención y en cierto modo estamos pensando en cosas portentosas. Qué prontos estamos para correr allí donde hemos oído que ha habido un milagro, algo extraordinario. Y corremos el mundo tras apariciones ya sean de nuestra época o donde haya tradición de cosas extraordinarias más antiguas. Y hemos sembrado el mundo de santuarios milagrosos, como si solo allí se nos va a manifestar la gloria del Señor.

No quiero negar que quizás haya lugares que de manera especial nos puedan ayudar y que también pueden ser signos de esa presencia de Dios en medio del mundo, pero sí tenemos que aprender que en el día a día de nuestra vida, en ese recorrido de fe que tenemos que saber ir realizando cada día Dios también va poniendo señales y signos de presencia que hemos de saber descubrir. Es necesario estar atentos y vigilantes, es cierto, porque esos signos de Dios pueden ser como un susurro que no sabremos ni podremos escuchar si solo estamos expectantes a cosas grandiosas.

Nos habla el evangelio de aquel que en casa ha de estar atento para discernir en cada momento lo mejor que hay que hacer y que de alguna manera nos dará la orientación del camino que hemos de recorrer. El administrador de la casa, como lo llama Jesús en el evangelio. Saber administrar es saber discernir el momento, lo que sucede, la circunstancia, lo que puede ser una llamada o un toque de atención, lo que puede ser una señal en cada momento concreto de algo que hemos de comenzar a hacer. No de cualquier manera podemos hacer ese discernimiento, de alguna manera tenemos que entrenarnos, aprender, sintonizar los oídos de la vida para poder escuchar.

Y no podemos olvidar ni dejar a un lado esa presencia de Dios que se nos manifiesta en los demás. Es aquello que en otro momento Jesús nos dirá que lo que hicimos a cualquiera de esos pequeños que vamos encontrando en la vida a El se lo hicimos. Esos pequeños son presencia de Dios para nosotros, esas personas humildes y sencillas con las que nos vamos encontrando, ese que quizás porque desconocemos nos mostramos ante él con tanta precaución, ese que no nos parece digno porque tras de sí nosotros solo estamos viendo un historial que no es de nuestro agrado; esos pequeños son presencia de Dios en nuestra vida que tenemos que saber descubrir. De eso nos quiere hablar hoy el Evangelio.

Y terminará diciéndonos Jesús que ‘al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá’. Es a nosotros a quien Jesús se está refiriendo, porque tenemos que reconocer cuanto hemos recibido del Señor, recordemos cada uno nuestra historia reconociendo que ha sido una historia de amor de Dios para nosotros. ¿Sabremos reconocerlo? ¿Sabremos dar respuesta? ¿Cuál es la exigencia del amor de Dios para nuestra vida?

 

martes, 22 de octubre de 2024

Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

 


Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

Efesios 2,12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

Estamos acostumbrados a ver esos vigilantes, que llamamos habitualmente seguritas, que se encargan de la vigilancia de determinados lugares o en ciertos acontecimientos; vigilantes, por ejemplo, que en la noche tienen que estar guardando la seguridad de un determinado lugar, bien desde cámaras de vigilancia, por ejemplo, repartidas por un edificio, bien sea en las rondas que durante su tiempo de servicio tienen que estar realizando continuamente; no se les permite que se distraigan con otras cosas para que puedan prestar bien ese servicio de vigilancia; su uniforme, sus medios de disuasión para los intrusos, pero sobre todo la atención que deben prestar. Al final de su servicio sin que haya ocurrido nada presentarán la guardia satisfechos de haber logrado prestar bien su servicio y recibirán el reconocimiento de quienes se lo han encargado.

Me viene a la mente este hecho ante lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros Estad. como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame…’ Ceñida la cintura y encendidas las lámparas, nos dice. Vestidos como quien tiene que salir a realizar un servicio – no acostados en la cama adormilados, podríamos decir – y con los medios adecuados como sería una luz para poder ver en las sombras a quien se acerca y llega. Atentos, porque no se sabe la hora de la llegada, y hay que estar prontos para abrir la puerta y recibir al que llega. Y con eso, nos dice Jesús, que se sienten dichosos, se sienten bien, se sienten a gusto, felices.

Y Jesús nos está diciendo que esa es tarea de nuestra vida. Vigilancia porque hay esperanza; al final dicha y felicidad porque se ha mantenido esa vigilancia, se ha cumplido con esa responsabilidad y se siente la satisfacción final. Una vigilancia y una esperanza vivida con alegría; es el gozo de la espera en la seguridad de lo que ha de venir, de lo que hemos de recibir, de la gloria de Dios que hemos de dar con nuestra vida.

No es fácil esa vigilancia en una noche oscura en la que parece que las horas se alargan. En ocasiones en la vida no nos es fácil mantenernos en esa tensión de la fidelidad; o  nos dormimos, o nos distraemos con otras cosas de las que quizás nos valemos para pasar el tiempo. Pero la vida no nos la podemos tomar como un dejar que pase el tiempo y veremos que la que al final tenga que suceder. La esperanza nunca puede ser pasiva, no es cruzarnos de brazos, es asumir nuestra vida, el lugar que en ella tenemos, lo que es nuestra responsabilidad, lo que nosotros podemos aportar, lo que tenemos que construir.

No es pasar la vida, dejando pasar el tiempo, que ya vendrá el final; es construir, es sentirnos responsables de esa vida, pero también de ese mundo en el que vivimos, por eso no puede haber pasividad, porque el que se siente responsable no actuar de una manera pasiva, sino que se siente activo, se siente con vida y con ganas de vivir. Por eso el que tiene esperanza será siempre una persona optimista, capaz de ver lo bueno que puede construir y se pone de manera activa a realizarlo. Siempre decimos que la esperanza es el gran motivo de nuestra alegría.  Se sentían dichosos, nos dice hoy el evangelio, aquellos criados cuando al final de su tiempo de vigilancia  tenían la satisfacción de haber realizado bien su tarea. Los hará sentar a la mesa aquel buen amo al encontrar a sus criados vigilantes y los irá sirviendo.

¿Viviremos así con esa alegría nuestra tarea y el cumplimiento de nuestras responsabilidades? Lástima esa amargura con que tantos viven su trabajo; no le han terminado de encontrar su sentido y su valor. Y cuando no vivimos con alegría nuestro trabajo seguro que no daremos el cien por cien, sino que simplemente nos contentaríamos con cumplir. Y ya sabemos la merma de calidad que va a tener una vida así y un trabajo realizado de esa manera. Creo que es una hermosa llamada de atención la que hoy Jesús nos está haciendo en el evangelio.

viernes, 30 de agosto de 2024

No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío

 


No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío

1 Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Ya tendremos tiempo, después de lo hacemos, ahora que estamos con esto aprovechemos que todo no va a ser andar preocupado, que tenemos que pasar un rato también. Más de una vez lo hemos dicho y hecho, dejamos las cosas para después, porque nos creemos que tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros, porque decimos que tenemos que tomarnos las cosas con calma y no andar siempre agobiados; y dejamos a un lado responsabilidades, no hacemos aquello que se nos ha confiado en el momento que teníamos que hacerlo, nos creemos capaces de hacerlo luego de cualquier manera… Son tantas las cosas que vamos dejando para después, son tantos los ejemplos que podríamos poner de cosas importantes de la vida, pero también de esos pequeños detalles que realmente son los que van conformando la vida.

Algo así pensarían quizás algunas de aquellas doncellas que tenían que salir a recibir al novio de su amiga que venía para la boda y para lo que tendrían que tener preparadas las luces que iluminasen el camino. Era un engorro eso de tener que estar llevando más aceite de repuesto, porque si acaso se hiciera tarde. Total, luego vamos corriendo y compramos lo que necesitamos, o alguien habrá que nos lo facilite, nos lo preste. Pero su desidia se les puso en contra, porque ni encontraron quien les facilitara el aceite que no tenían, ni llegaron luego a tiempo porque en la tienda tardaron también en obtenerlo. Se quedaron fuera, aunque ellas fueran también amigas de la novia.

Es la parábola que nos está proponiendo Jesús y que tantas veces hemos reflexionado. Pero de nuevo tenemos que vernos en su espejo, porque ahí estamos bien retratados con nuestras desidias, nuestros abandonos, nuestro dejar las cosas para más tarde que ya tendremos tiempo. Jesús nos está queriendo hablar de valores del Reino de Dios que son bien importantes en nuestra vida; pensamos con la trascendencia que tenemos que darle a nuestra vida con mirada también de eternidad, pero tenemos que pensar en esas pequeñas cosas de cada día a las que tantas veces no le damos la importancia que tienen; nos habla de nuestras responsabilidades que no solo es pensar en las grandes tareas que en un momento se nos pueden confiar, pero tenemos que pensar en esos pequeños detalles que crean nuestra relación entre unos y otros y no siempre cuidamos lo suficiente.

Sí, son las tareas de cada día que tenemos que asumir con responsabilidad y eficiencia que son con las que vamos construyendo nuestra vida, fundamentándola de verdad, dándole unos buenos cimientos; tenemos que pensar que cada momento de nuestra vida es una riqueza primero que nada para nosotros, y tenemos que saber aprovecharlos, darles rendimiento que no solo son las ventajas económicas que podamos obtener con nuestro trabajo, sino que es la riqueza humana y espiritual que va adquiriendo nuestra vida; cuántas veces más tarde nos decimos, si yo hubiera sabido hubiera puesto más empeño en aquellos estudios, por ejemplo, que me tomé a la ligera, en aquellas cosas que dejé de aprender por no esforzarme; nuestra vida sería otra con toda seguridad.

Hablamos en lo humano y hablamos en lo espiritual; hablamos en lo que nos atañe a nosotros mismos, pero tenemos que hablar de nuestro entorno social del que tenemos que aprender pero también al que tenemos que aportar desde la riqueza espiritual de nuestra vida. No fuimos reponiendo en la alcuza de nuestra vida ese aceite que luego íbamos a necesitar y ahora quizás nos encontramos en un vacío.

Y tenemos que hablar, por supuesto, en el ámbito de nuestra fe y de nuestra vida cristiana que tan a la ligera de forma superficial nos la hemos tomado a lo largo de la vida. ¿Dónde está ahora el verdadero tesoro que tendríamos que tener guardado en el corazón? Mucho tendríamos que pensar y reflexionar en este aspecto donde de una vez por todas tenemos que despertar. Es la vigilancia de la que nos está hablando hoy Jesús, el cuidado de nuestra fe, la atención a los valores cristianos, el compromiso de nuestra vida, nuestra participación en la vida y en la misión de la Iglesia.

Despertemos. Y ayudemos también a los que están a nuestro lado a despertar para estar vigilantes.

viernes, 9 de agosto de 2024

En la vida hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla

 


En la vida hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla

Oseas 2, 16b. 17 de. 21-22; Salmo 44; Mateo 25,1-13

Una vez escuchaba un comentario en referencia a una persona, a su manera de ser y de hacer las cosas, pero que parecía que nunca estaba a tiempo; ‘piensa bien, decían, pero siempre llega tarde’.

Creo que esto nos lo podemos aplicar también a nosotros mismos, tantas veces que metemos ‘la pata’ y luego nos dimos cuenta de donde estaba nuestro error; no nos fijamos, nos disculpamos, pero no siempre estamos atentos y alertas a lo que nos va sucediendo, vivimos demasiado superficialmente y no reflexionamos antes de dar una respuesta, antes de emprender una tarea, y luego vemos lo que nos pasa, fallamos, no estamos a la altura, no llegamos a tiempo. Y es que en la vida necesitamos ser más reflexivos, sopesar bien las cosas, darnos cuenta de las posibilidades o y hasta dónde podemos llegar, que muchas veces es mucho más allá de lo que habitualmente hacemos, a causa de nuestra superficialidad.

Hoy Jesús nos propone una parábola que habremos medita muchas veces y de la que siempre sacamos buenas conclusiones, pero es una parábola que ahora hemos de escuchar en el hoy de nuestra vida, porque siempre la Palabra de Dios es algo vivo para nosotros y que tenemos que convertir en vida. Conocemos el desarrollo de la parábola, unas jóvenes amigas de la novia que están esperando la llegada del novio para la boda, según las costumbres de la época. El esposo tardaba y cuando llegó el momento resultó que no todas aquellas doncellas tenían aceite suficiente en sus lámparas primero para iluminar el camino y luego también la sala de la boda. Mientras fueron a buscarlo, llegaron tarde.

A muchas situaciones de la vida podemos aplicarlo, pero creo que entre otras cosas nos ayuda a que sepamos discernir la presencia de Dios en nuestra vida, que se nos manifiesta de muchas maneras y de los modos menos esperados, aun en medio de las oscuridades y tensiones con que nos vamos encontrando. Pero la hora de Dios es cierta, es segura. Dios llega en su momento para nosotros, el momento que nosotros necesitamos, el momento que es de gracia para nosotros; podríamos decir que ni es antes ni después, porque Dios tiene su hora.

No es el retraso de quien llega, sino es la poca actitud del que espera. Es sí la vigilancia, la atención que hemos de poner, pero es la seguridad de la esperanza, la certeza de la llegada del Señor a nuestra vida en ese momento que es momento de gracia para nosotros. Es el significado del aceite que hemos de tener siempre de reserva para que nuestras lámparas no se apaguen, con la imagen de la parábola.

Aunque la parábola nos habla de esas luces que hemos de mantener encendidas, creo que en nuestra reflexión podemos ir más allá para saber descubrir esos puntos de luz que Dios nos va poniendo en el camino de la vida; los mismos acontecimientos de la vida tienen que enseñarnos, lo que vamos recibiendo de los demás son también señales de Dios, las posibilidades que se abren ante nosotros, las nuevas perspectivas que nos puedan aparecer, las oportunidades que van surgiendo, podemos decir que no son cosas que nos sucedan al azar, pueden ser esas señales de Dios que necesitamos y que por nuestra inconsciencia, por nuestras prisas y carreras, por no abrir los ojos para detectarlas, las dejamos pasar, muchas veces las perdemos.

Como decíamos antes, es la hora de Dios para nosotros, pero hemos de estar atentos, hemos de volvernos más reflexivos para no llegar tarde, porque la hora de Dios está ahí y llega a nosotros y no podemos perderla. Hoy termina diciéndonos Jesús en la parábola, ‘por tanto velad, porque no sabéis el día ni la hora’.


domingo, 3 de diciembre de 2023

Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

 


Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1 Corintios 1, 3-9;  Marcos 13, 33-37

Supongamos que tenemos un terreno, que tenemos un campo de cultivo en el que tenemos plantada una viña; lo trabajamos y esperamos recoger un día sus frutos; ha sido confiado a unos labradores, pero el amo de la viña vendrá con frecuencia a visitar su viña, a escuchar a aquellos labradores que la trabajan para ver lo que se necesita para hacerla producir mejor, no solo para recoger un día los frutos, sino también para recrearse en ella y en cuanto está produciendo. El amo de la viña viene y aquellos encargados del cuidado de la viña están atentos a su llegada, lo esperan, lo escuchan, como un día al final de la cosecha han de rendir cuentas de ese trabajo.

Me he querido detener en esta imagen porque de alguna manera es lo que ahora estamos viviendo, de manera especialmente intensa en este tiempo de Adviento que comenzamos. Es lo que, podríamos decir, viene a recordarnos. Es lo que esperamos y anhelamos, la venida del Señor al campo de nuestra vida y de nuestro mundo, es lo que pedimos y para lo que queremos prepararnos. Porque queremos pensar de manera especial en esa venida del Señor en el hoy de nuestra vida. Y es lo que con especial intensidad tenemos que vivir en este momento.

¿Cómo está el campo de nuestra vida? ¿Cómo está el campo de nuestro mundo? Tenemos la tentación y el pesimismo de verlo todo poco menos que perdido. Es cierto que hay cosas que nos desalientan, nos preocupan, nos inquietan, tenemos el peligro de perder la paz de nuestros corazones. Son muchas, es cierto, las turbulencias que vive nuestra sociedad hoy; muchos los desencantos y mucha también la indiferencia, aturdidos por el materialismo de la vida - ¿en qué convertimos incluso la navidad que vamos a celebrar? -, arrastrados por la superficialidad que se impone de muchas maneras para hacer que tantos vayan a su rumbo sin metas, sin valores, despreocupados de todo e insolidarios. Y podemos caer en esas redes, se nos pueden enfermar las plantas que pretendemos cultivar esa finca de la vida.

Clamamos al Señor, como decíamos en el salmo que se nos ofrece hoy en la liturgia, ‘Despierta tu poder y ven a salvarnos… Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, y al hijo del hombre que tú has fortalecido…’

‘Ven, Señor, a salvarnos’, es la súplica que en estos días estará en nuestros labios y en nuestro corazón. No solo en estos días, ha de ser algo presente siempre en nuestra vida, en nuestra oración. Cada día tenemos que aprender a descubrir y a sentir la presencia de Dios con nosotros. Cada día hemos de recibirle y escucharle, cada día hemos de sentir su presencia que se hace fuerza y que se hace vida en nosotros para no desalentarnos en nuestras tareas, para no dejarnos arrastrar por esa indiferencia o ese materialismo de la vida que todo lo inunda, para darle profundidad a lo que hacemos y a lo que vivimos. Solo así podremos obtener los buenos frutos que el Señor nos pide.

Vamos a celebrar la Navidad y para eso queremos prepararnos durante este tiempo del Adviento, pero al recordar y celebrar su venida recordamos también que El prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que saber descubrir esa venida del Señor cada día a nuestra vida. El nos va saliendo al encuentro de muchas maneras y tenemos que saber descubrir y sentir su presencia.

Hay como tres imperativos que nos deja hoy Jesús en el evangelio y que son todo un programa de adviento. Estad preparados, nos dice, vigilad. Firmes en la fe, frente a cuanto nos rodea y nos puede envolver. No podemos perder esa línea de fe en todo aquello que vamos haciendo. Es lo que tiene que motivarnos, es lo que nos va a ir dando luz en medio de las oscuridades poniendo una nueva claridad en nuestros ojos, es lo que nos hará descubrir realidades nuevas en medio de todo ese revoltijo de la vida, es lo que nos hará no perder el rumbo frente a los vientos que nos pueden arrastrar por otros caminos, es lo que nos da la certeza de que con el amor es como podremos salvar el mundo. Diligentes en el amor. Es por el amor por lo que tenemos que apostar. Es el amor el que creará una nueva humanidad.

Por eso nos dice también que no nos dejemos engañar por el olvido de Dios, por el secularismo galopante, por el materialismo seductor que reina en nuestra sociedad. Por eso vigilantes, atentos, para escuchar al Señor. Es su Palabra la verdadera luz de nuestra vida que nos conduce a la verdad. Es Cristo nuestro único camino que nos conduce a la vida y nos llena de nueva vida.

Y ‘no tengáis miedo’, nos dice el Señor. No nos podemos sentir agobiados, no podemos perder la paz, nunca nos podremos sentir derrotados aunque sabemos que somos débiles y tenemos nuestros tropiezos. Siempre podemos levantarnos, despertarnos, arrancar de nuevo. Es la esperanza que tiene que llenar nuestra vida. Es la esperanza que tratamos de despertar ahora en este tiempo de Adviento, pero que tiene que acompañarnos siempre. Creemos en el que ha vencido la muerte y el pecado y a nosotros nos lleva también a esa victoria.

Por eso iremos repitiendo muchas veces, mientras seguimos cultivando aquel campo que ha puesto en nuestras manos para que un día produzca abundantes frutos, aquel cántico del Apocalipsis ‘maranatha, ven Señor Jesús’.