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jueves, 27 de agosto de 2026

Vigilantes, atentos, despiertos para no perder esos momentos de gracia cuando de muchas maneras el Señor llega y se hace presente en nuestra vida

 


Vigilantes, atentos, despiertos para no perder esos momentos de gracia cuando de muchas maneras el Señor llega y se hace presente en nuestra vida

1Corintios 1, 1-9; Salmo 144; Mateo 24, 42-51

Algunas veces estamos pensando tanto en el futuro que nos olvidamos de vivir el tiempo presente. Esto creo que lo podríamos traducir en muchos aspectos de nuestra vida; desde el que sueña, por ejemplo, en el día que la suerte le acompañe y le toque un gran premio y se imagina cuantas cosas hermosas podrá tener entonces, lo feliz que podrá vivir, las muchas cosas que podrá hacer cuando tenga ese gran premio, pero ahora no sabe aprovechar y disfrutar de las pequeñas cosas con que la vida lo va enriqueciendo o en las oportunidades que ahora tiene; bueno, ahora nos lo arreglamos como sea pero ya llegarán esos momentos futuros.

Eso se puede traducir en el trabajo que cada día tengo que realizar, aunque nos parezcan cosas nimias o poco importantes, pero pensando en lo que un día podrá realizar, abandona la responsabilidad de esas pequeñas cosas de cada día que van a ser el cimiento de lo que un día podrá realizar; y así los cimientos se quedan cojos, por decirlo de alguna manera, y no estamos fundamentando verdaderamente nuestra vida.

Es lo que también en nuestra vida cristiana hemos de tener en cuenta y de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos habla de la venida del Hijo del Hombre que no sabemos cómo ni cuándo será y para lo que hemos de estar preparados. Todo bien, pero muchas veces nos quedamos en el momento final, los últimos tiempos, que por supuesto también hace referencia, pero yo quiero pensar que Dios viene cada día a nuestra vida; cada día va poniendo señales de su presencia que tenemos que saber distinguir, cada día quiere estar a nuestro lado y algunas veces, muchas veces tenemos que decir también no estamos atentos a esa presencia del Señor, y pasa el Señor por nuestra vida y no lo reconocemos.

Claro que hemos de estar preparados para ese momento final que queremos que sea en la gracia de Dios, pero ese momento final lo vamos preparando en el momento presente, en cada momento, en cada día, en cada acontecimiento, en cada llamada que el Señor nos va haciendo en esa palabra que escuchamos y nos llega al corazón, en ese gesto bueno que alguien tiene con nosotros y que tendría que convertirse en gracia de Dios para nuestra vida, en cada esfuerzo que vamos realizando por superarnos, en esa responsabilidad que vivimos en cada momento en lo que hacemos, en ese deseo por crecer espiritualmente, por mantenernos lejos del pecado y del mal. Son presencia del Señor en nuestra vida a la que tenemos que saber estar atentos.

Nos está hablando el Señor de la responsabilidad del administrador de la casa que no puede descuidar la atención que tiene que prestar a cada una de las situaciones que se puedan presentar para saber dar respuesta responsable; nos está hablando del que tiene que estar atento en la puerta para abrir apenas llegue el dueño de la casa; nos está hablando del que no se deja dormir en las cosas que tiene que hacer sino que actúa siempre con responsabilidad.

¿Eso lo hacemos con nuestra vida espiritual? ¿Eso lo hacemos en todo lo que significa el compromiso de nuestra vida cristiana? ¿Es ese el sentido y el estilo con el que vivo mi pertenencia a mi comunidad cristiana con la que estoy contribuyendo con mi colaboración y mi participación? ¿Nos encontrará así atentos el Señor, pero no solo en el momento final, sino en el hoy donde el Señor quiere hacerse presente en mi vida pero al mismo tiempo nos está pidiendo que seamos signos de Él en medio del mundo que nos rodea?

Es la riqueza de gracia que en cada momento podemos vivir; es el saber encontrarnos con el Señor en el día a día de nuestra vida. Tenemos que estar vigilantes, atentos, no podemos perder esos momentos de gracia.


jueves, 24 de diciembre de 2020

Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplareis su gloria

 


Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplareis su gloria

‘Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplareis su gloria’. Es una antífona que nos ofrece la liturgia de las horas en la mañana de este 24 de diciembre. Estamos en las vísperas de la Navidad, aunque ya en la tarde-noche comenzaremos las celebraciones del Nacimiento del Señor. Pero he querido recoger como inicio de esta reflexión esta antífona de la liturgia porque nos expresa bien los sentimientos de esperanza que anidan en nuestro corazón en la preparación del día grande de la navidad. Está cerca ya el día en que contemplaremos la gloria del Señor en el nacimiento de Jesús, tenemos la certeza de la esperanza y con ello nuestro espíritu se prepara.

Hoy sin embargo es un día en que por todos lados andamos ajetreados en los preparativos de las fiestas de la Navidad. Muchas veces no tenemos la calma de preparar lo que verdaderamente es importante, que nos preparemos nosotros. No es preparación de cosas, que es la fácil tendencia y tentación. En otros momentos de la vida de la Iglesia era un día de vigilia, un día que tenia también un cierto tinte penitencial de manera que obligaba incluso la abstinencia como preparación espiritual a este momento del nacimiento del Señor.

Hoy en nuestra sociedad se ha impuesto un estilo distinto y se ha llegado incluso a perder el verdadero sentido de la navidad. Felices fiestas dicen muchos evitando incluso la palabra navidad a la hora de felicitarnos, lo que viene diciéndonos como es a Jesús al menos que tenemos en cuenta a la hora de nuestra celebración. Recuerdo en una ocasión comentando con alguna familia que incluso se tenia a sí misma como muy religiosa y cristiana si ellos no iban a la Misa de Nochebuena, y me decían que como se iban a levantar de la mesa y de la fiesta cuando estaban allí todos reunidos para irse a la Iglesia a la celebración de la Misa del Gallo. Una navidad que se quedaba solamente en una fiesta y en un encuentro familiar por muy hermoso que sea y que había perdido todo su sentido religioso.

Este año, es cierto, las circunstancias sanitarias que vivimos con todas las restricciones que se nos han impuesto nos hacen vivirlo de una forma distinta y ya la celebración no la podemos tener en la hora habitual. Es cierto que también se van a ver limitados esos encuentros familiares y quizá pueda ser una oportunidad para detenerse a pensar un poco en lo que es el verdadero centro de nuestra fiesta navideña y ojalá seamos capaces de encontrar ese momento en ese grupo reducido de familia que va a reunirse para acudir al evangelio, para detenernos a leer el relato del nacimiento de Jesús, para hacer una verdadera oración de acción de gracias por el amor que Dios nos tiene que nos ha entregado a su Hijo cuyo nacimiento es lo que verdaderamente celebramos.

Me atrevo a ofreceros un himno de la liturgia que muchas veces se ha rezado en la Iglesia en estos días, y que nos sirva de oración en esta mañana víspera del nacimiento del Señor pidiendo que en verdad venga a nosotros, venga a nuestra vida, venga y llene de luz nuestro mundo. 

¡Cielos, lloved vuestra justicia!
¡Ábrete, tierra!
¡Haz germinar al Salvador!

 

Oh Señor, Pastor de la casa de Israel,
que conduces a tu pueblo,
ven a rescatarnos por el poder de tu brazo.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Oh Sabiduría, salida de la boca del Padre,
anunciada por profetas,
ven a enseñarnos el camino de la salvación.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Hijo de David, estandarte de los pueblos y los reyes,
a quien clama el mundo entero,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Llave de David y Cetro de la casa de Israel,
tú que reinas sobre el mundo,
ven a libertar a los que en tinieblas te esperan.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Oh Sol naciente, esplendor de la luz eterna
y sol de justicia,
ven a iluminar a los que yacen en sombras de muerte.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia,
tú que unes a los pueblos,
ven a libertar a los hombres que has creado.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!

 

Oh Emmanuel, nuestro rey, salvador de las naciones,
esperanza de los pueblos,
ven a libertarnos, Señor, no tardes ya.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!