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viernes, 28 de febrero de 2025

Una auténtica madurez humana de la persona es el mejor caldo de cultivo para una amistad verdadera y un amor que nos lleve a una plenitud de vida

 


Una auténtica madurez humana de la persona es el mejor caldo de cultivo para una amistad verdadera y un amor que nos lleve a una plenitud de vida

Eclesiástico 6, 5-17; Salmo 118; Marcos 10, 1-12

Se dice que cada uno cuenta la película según el papel que le ha tocado en suerte desempeñar en ella. Influyen en nosotros circunstancias vividas, situaciones cercanas a nosotros, protagonismo que tengamos en los hechos y también los colores de los cristales con que miramos las cosas. ¿Ser objetivo? No siempre es fácil, pero tendríamos que acudir a unos principios, a unos valores que encuentran la vida y lo que en ella queremos realizar. Y algunas veces nos cuesta ver con claridad esos valores, esos principios, esos fundamentos de lo que hacemos o de lo que queremos vivir.

También queremos decir que hay cosas, hay temas de los que todos queremos opinar, tenemos o queremos tener una palabra que decir. Y necesitamos serenidad para poder llegar a una objetividad, que no siempre es fácil, según ese papel, como decíamos, que nos ha tocado en esas realidades de las que queremos hablar, de las que queremos opinar. Fácilmente podemos dar por universal algo que afecta solo a algunos, o en determinadas circunstancias, pero hay cosas que tenemos que salvaguardar aunque nos cueste.

Todos queremos opinar del amor y de la amistad. Todos lo vemos según la experiencia que vamos teniendo en esas realidades, y porque quizás en alguna ocasión hayamos podido tener una experiencia que no siempre ha sido buena o por cosas que vemos en nuestro entorno, comenzamos a dar nuestras opiniones. Y es un tema muy delicado, ni el amor ni la amistad es cualquier cosa, y a no todo quizás podemos llamar amor y amistad. Hay el peligro de que ambas experiencias nos las tomemos muy a la ligera, a cualquier impulso llamamos amor, cuando quizás está movido por intereses o simplemente por el impulso de la pasión. Creo que el amor y la amistad es un proceso en la vida en el que no podemos quemar etapas para a todo llamarlo amor y a todo llamarlo amistad.

Digo que es un proceso que necesita que vayamos desarrollando una madurez en la vida; y para que las cosas maduren hay que dar tiempo; no podemos querer tomar una fruta para alimentarnos de ella, sin que haya llegado su proceso de maduración; si la tomamos antes ni tendrá sabor, ni tendrán la efectividad alimenticia que pretendemos con ella, ni podremos soportarla. Y hoy andamos en la vida con esa rapidez de la informática que tocando una tecla parece que al instante ya lo tenemos todo a punto.

Nos cuesta madurar en la vida porque necesitamos centrarnos en lo que es verdaderamente importante, porque tenemos que aprender a afrontar las adversidades o contratiempos que encontremos, saber resolver los problemas que van surgiendo, querer aprender de lo mismo que vamos viviendo para ver toda la profundidad que ha de tener la vida, sacar lecciones incluso de nuestros errores, ahondar en lo más hondo de nosotros mismos para conocernos y ver de lo que somos capaces o lo que no podemos afrontar. Y eso exige una buena disposición por nuestra parte, y dejarnos enseñar, y esfuerzo para lograr esa superación que vamos necesitando cada día, y exige en consecuencia tiempo para poder lograr esa madurez de nuestra vida. Y esto nos falta muchas veces.

Tenemos que aprender a cultivar las relaciones verdaderamente humanas si queremos llegar a una bonita amistad, si queremos entender bien lo que es el amor. No podemos empezar la casa por el tejado, se nos decía siempre. Y conocemos a alguien y enseguida lo llamamos amistad, conocemos a alguien y algunas veces si haber labrado una verdadera amistad que exige mucha relación y conocimiento enseguida lo llamamos amor. ¿Hasta cuándo puede durar una amistad o un amor así?

Me estoy haciendo estas consideraciones desde lo que se nos plantea hoy en el evangelio. Es el tema que le plantean a Jesús sobre la estabilidad del matrimonio y la posibilidad de divorcio. Ya escuchamos en el texto evangélico la respuesta de Jesús. Quizás pueda parece que yo me he quedado meramente en el plano humano del amor y del matrimonio, comenzando por la amistad. Pero es que si no hay verdadera humanidad, si no estamos tratando de unos seres verdaderamente humanos desde una auténtica madurez, ¿cómo podemos hablar del matrimonio o de la amistad? Cuidemos las cosas que son verdaderamente importantes y no nos las tomemos con ligereza.

viernes, 16 de agosto de 2024

Analicemos cuáles son los valores por los que nos movemos y busquemos lo que dé verdadera madurez a nuestra vida

 


Analicemos cuáles son los valores por los que nos movemos y busquemos lo que dé verdadera madurez a nuestra vida

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

Es cierto que a nadie le gusta caminar con una carga pesada sobre sus hombros, y si podemos nos la quitamos de encima; hoy, por cierto, queremos aliviar nuestros trabajos y nos valemos de lo que sea para lograrlo, y de lo que nos cuesta queremos liberarnos porque además nos están educando en que solo buscamos lo fácil y el esfuerzo por alcanzar aquello que es difícil lo rehuimos, porque pensamos que todo en la vida tiene que ir por caminos de comodidad.

No todo esfuerzo tiene que ser un calvario para nosotros, pero eso depende del sentido que le vamos dando a la vida, de lo que valoremos el esfuerzo y la superación, de los deseos que tengamos de alcanzar altas metas aunque sean costosas. ¿No estaremos haciéndonos una sociedad de cómodos y débiles porque no valoramos el esfuerzo y el sacrificio? Tendríamos que analizar mejor los valores por los que nos movemos, el motor que de verdad mueve nuestra vida, las motivaciones que ponemos en lo que hacemos.

¿No te gusta una cosa? Déjala a un lado, tírala y busca algo nuevo, es un poco el estilo por el que nos estamos manejando. Y ya ni nos preocupamos de cuidar las cosas que tenemos, porque si se estropea sabemos que inmediatamente la podemos sustituir por otra. ¿Podemos tener esto como  norma de nuestra vida, como la manera de hacer las cosas? Y esto ya no se refiere solo a las cosas sino que será también en el trato de las personas, que parece que poco menos que las utilizamos como cosas, que cuando no nos sirven las desechamos.

¿Qué pasa, por ejemplo, con lo que pasa con los mayores que ya no nos son productivos sino que mas bien en su dependencia pueden estar costándonos y por eso también los arrimamos a un lado en la sociedad en la que vivimos, y si podemos los desechamos? Es mucha la amplitud en variedad de situaciones que le podemos dar a esta reflexión que nos venimos haciendo y a esa manera de actuar a la que nos vamos acostumbrando. ¿Cuál es realmente el valor que le estamos dando a la persona? Es algo serio lo que nos estamos planteando.

Pero esto no es nuevo, no pensemos que nos lo hemos inventado en los tiempos modernos, aunque sin embargo parece que se agravan estas situaciones. Hoy en el evangelio le están haciendo a Jesús este planteamiento en relación al matrimonio. Es la pregunta clásica de todos los tiempos. ¿Está bien o no eso de divorciarse? ¿Podemos o no podemos hacerlo? Un planteamiento al que hoy se le quiere dar una solución fácil.

Pero Jesús quiere ir a algo más hondo y nos recuerda donde está el origen del sentido del matrimonio. ‘¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.

Es algo más que una pasión. ¿Nos lo habremos planteado el matrimonio como un proyecto de vida que nace de un amor profundo, como para dejarlo todo para compartir una vida? Y un proyecto de tal envergadura no puede nacer solo del impulso de un momento, de una pasión que nos ciega, de un instinto de la naturaleza sino que ha de nacer de lo hondo de la persona poniendo buenos cimientos y comprometiéndoos seriamente en su edificación y conservación de cada día.

Un proyecto es algo que tiene que ir creciendo en cada momento, enriqueciéndose paso a pasa, realizándose en un camino en comunión. Tendrá sus dificultades, encontraremos cosas que nos cuesta realizar, nos exigirá un esfuerzo de superación, nos obligará a corregir las desviaciones que puedan ir surgiendo en el desarrollo del proyecto, no olvidar nunca y tener en cuenta siempre que es lo que estamos pretendiendo.

Pero claro en esta sociedad nuestra tan comodona, que se mueve tanto solo por lo que es fácil, un proyecto así le resulta costoso, como costoso ha sido también el poner unos buenos cimientos, pero que son necesarios para que el edificio no se nos venga abajo. Y costoso será el amor, y costoso será el aceptarnos mutuamente, y costoso es todo crecimiento para llegar a dar esos frutos de madurez.  

Mucho tendríamos que reflexionar en este sentido antes de estar buscando soluciones fáciles y rápidas que siempre nos van a dejar secuelas en la vida.

 

viernes, 24 de mayo de 2024

Dureza del corazón que tenemos que romper, nueva ternura y delicadeza que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Seño

 


Dureza del corazón que tenemos que romper, nueva ternura y delicadeza que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Señor

Santiago 5,9-12; Salmo 102;  Marcos 10,1-12

Puede sucedernos que en ocasiones hasta nos pongamos tercos cuando no entendemos algo y preguntamos una y otra vez porque queremos tener las cosas claras y que nos lo expliquen bien; a veces nos sucede que parece que la mente se nos cierra y por muy fáciles o claras que sean las cosas para aquel que nos las explica, sin embargo nos cuesta entender como si se nos cerrara la mente; pero también hay ocasiones que somos tercos quizás por nuestra propia cerrazón en la que no queremos entender, porque vivimos quizás muy apegados a ideas o maneras de pensar del pasado y no queremos renovarnos, no queremos tener la mínima apertura para tratar de ver lo que se nos está presentando.

Es quizás nuestra malicia, es quizás la dureza de nuestro corazón pero por la desconfianza o por la maldad que llevamos dentro, donde no solo nos ponemos a la defensa de cualquier novedad que pueda llegar a nuestra vida, sino que además nos constituimos en oposición hasta sin motivo de lo nuevo que se nos quiere presentar.

¿Era lo que estaba sucediendo a los fariseos en el episodio que hoy nos presenta el evangelio? Se nos está hablando de los caminos que Jesús hacía por los distintos puntos de la geografía palestina, nos habla de su macha hacia Judea y Transjordania; es el momento en que se acercan unos fariseos con las habituales pegas que siempre oponían al mensaje del nuevo Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Le plantean una serie de cuestiones sobre el valor y el sentido del matrimonio donde pareciera que había contradicción entre lo proclamado ya desde el Génesis y lo permitido posteriormente por Moisés, que realmente había sido el gran legislador para el pueblo de Israel desde la ley del Sinaí. ¿Estaba permitido o no estaba permitido el divorcio cuando en el Génesis se había hablado de la unidad entre el hombre y la mujer en el matrimonio de manera que serían como una sola carne?

En estos momentos lo de menos sería la cuestión que planteaban los fariseos, porque además se veía sus aviesas intenciones porque lo que querían eran confundir o hacer entrar en contradicción al propio Jesús en el mensaje del Reino de Dios que estaba proclamando que realmente no se avenía muy bien con las ideas que ellos tenían de lo que realmente había de ser el Mesías en medio del pueblo de Israel. Aunque Jesús no deja de responder a los planteamientos que le hacen, sin embargo les quiere hacer caer en la cuenta de la dureza de corazón que había en sus vidas para no dejarse conducir por el Espíritu del Señor.

Es lo que quizás tendríamos que revisar en nuestra vida en estos momentos, la dureza de nuestro corazón. Sí, es como si hubiéramos creado una dura corteza en derredor nuestro para encerrarnos en nosotros mismos, para encerrarnos en nuestras rutinas y tradiciones muchas veces vacías de sentido y de contenido para no abrirnos al Espíritu del Señor que quiere transformar nuestros corazones.

Como hemos reflexionado muchas veces pareciera que hubiéramos vaciado de contenido el evangelio que yo no sigue siendo para nosotros esa buena noticia de salvación que tenemos que estar abiertos a recibir. No sentimos ni experimentamos en nuestra vida lo que es y tiene que ser siempre la novedad del evangelio. Cuántas veces cuando lo escuchamos nos decimos que ya nos lo sabemos; si es algo ya sabido no será entonces novedad para nosotros, no es noticia nueva, se convierte en algo tradicional que seguimos repitiendo de la misma manera siempre y que terminará siendo para nosotros una rutina más de cosas que hacemos pero a las que hemos despojado su verdadero sentido.

Necesitamos apertura de corazón; necesitamos aprender a dejarnos conducir no por cualquier cosa que nos parezca novedosa que nos pueda aparecer por aquí o por allá, sino por la novedad del Evangelio que nos dará el Espíritu del Señor. Escuchamos con facilidad cualquier cosa que nos digan porque apareció en la televisión, o porque son ideas que nos parecen novedosas porque la hacen no sé en qué sitio o lugar del mundo, pero no nos abrimos a lo que nos dice en cada momento el evangelio dejándonos conducir por el Espíritu del Señor.

Es la dureza de nuestro corazón que tenemos que romper, es esa nueva ternura y delicadeza que tenemos que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Señor.

domingo, 3 de octubre de 2021

Un amor que nos hace crecer y encontrar la plenitud del propio ser, que nos hace entrar en comunión, que no se busca a sí mismo y se hace fidelidad

 


Un amor que nos hace crecer y encontrar la plenitud del propio ser, que nos hace entrar en comunión, que no se busca a sí mismo y se hace fidelidad

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

‘No es bueno que el hombre esté solo, se dice Dios a si mismo en ese texto muy alegórico del Génesis cuando nos habla de la creación, voy a hacerle a alguien como él que le ayude…’

Sí, es como una alegoría que significativamente quiere decirnos muchas cosas. Dios ha creado al hombre y allí está como el rey de la creación, con todo lo que Dios ha creado a su servicio. Pero el hombre está solo. Y cuando empleamos aquí la palabra hombre es una referencia a la persona, no vayan a salirnos los clásicos modernos de turno, para hablarnos de diferencias y desigualdades entre lo masculino y lo femenino. Está solo, nada de todo eso que tiene bajo su dominio será como él, podrá satisfacerle totalmente, le puede conducir por los verdaderos caminos de plenitud de su ser. Esa expresión de ayuda, también tenemos que entenderla en su pleno significado como aquello que le va a hacer encontrar la plenitud de su propio ser.

Y es que la persona está hecha para amar, para dándose a sí misma encontrar en el ser amado esa plenitud de sí mismo; pero solo lo podrá encontrar en quien es igual a él; no le valen las cosas ni todos los otros seres que Dios ha creado, porque ese darse en amor es comunicarse y es entrar en comunión, que sólo en el amor de la otra persona podrá encontrar.

Esto ya tendría que hacernos pensar en la valoración que de nosotros mismos nos hacemos, como la valoración que hacemos del encuentro con el otro; es al mismo tiempo darnos cuenta de la valoración que en su justa medida hacemos de las cosas que están a nuestro alcance, que nunca podrá ser superior a la valoración que hacemos de la persona. Y esa es una piedra de tropezar que tenemos en la vida; cuántas veces valoramos más las cosas que las personas; cuántas veces cuando nos falta ese verdadero amor más que valorar a la persona utilizamos a la persona, utilizamos al otro para unas satisfacciones que realmente no nos llenarán del verdadero sentido de nuestra vida.

Cuando en la vida vamos en ese plan del utilitarismo no pensamos en el otro sino pensamos solo en nosotros mismos; lo otro, incluso el otro me valdrá en cuanto pueda utilizarlo en mi beneficio, en cuanto me sirva para mis satisfacciones personales; cuando no me es útil, lo descarto, lo elimino, no me importa que se rompa o se destruya porque ya no me vale para mí. Y desgraciadamente eso no solo lo hacemos con las cosas sino que tenemos la tentación de hacerlo también con las personas. Y ahí no hay amor, sino interés.

Por eso tenemos que cuidar mucho nuestras relaciones humanas, en el nivel que sea con las otras personas. No podemos partir de ese utilitarismo, no las podemos utilizar como cosas, no podemos decir que buscamos un amor en que simplemente me satisfaga a mí, porque eso no es amor, eso es egoísmo, eso es convertirme yo en el centro y todo lo demás, todos los demás están para esa satisfacción mía. No estamos construyendo una relacion en la que lleguemos ese mutuo encuentro y a esa mutua comunicación profunda que es señal de ese verdadero amor. Por eso terminan destruyéndose tantas parejas que nos parecía que se amaban tanto, pero donde cayeron es esa tentación de cada uno buscarse a sí mismo en lo que llamaban amor.

Hoy en el evangelio vemos que le plantean a Jesús las mismas cosas que se siguen planteando los hombres y mujeres de todos los tiempos. En aquella sociedad judía guiada por la ley mosaica también eso que hoy decimos ‘es que se ha acabado el amor’ era algo que se planteaban también con todas las dificultades que llevaban aparejadas. Cuántas angustias en el corazón acompañan esas situaciones y no podemos entrar en juicios ni condenaciones.

Jesús les recuerda que por la cerrazón de su mente, ‘por la dureza de su corazón’, les dice, Moisés les permitió repudiar a la mujer. Jesús no quiere entrar en casuísticas sino que quiere llevarles a lo que Dios realmente ha querido para el hombre y la mujer desde la creación; y es que Dios nos ha creado para el amor, y ese amor verdadero es el que tenemos que entender. Y si nos fijamos bien y nos hacemos una buena reflexión en la respuesta de Jesús en el fondo también hay una defensa de la mujer.

Cuando Jesús nos está hablando de la fidelidad en el amor no está queriendo imponernos un yugo insoportable, porque es que el amor no puede ser yugo que nos ate y nos anule, sino siempre tiene que ser algo que nos haga crecer a cada uno en su propia persona, pero también en esa mutua comunión hay estímulo y motivo para ese mutuo crecimiento; quiere que aprendamos a liberarnos de esos egoísmos que nos encierran en nosotros mismos y que muchas veces podemos seguir encontrando en aquellos que dicen que se aman y quieren vivir el amor.

Y es cuando no pensamos en esa donación de nosotros mismos para lograr esa comunión de amor y fidelidad sino en buscar lo que en el otro podemos encontrar que me pueda satisfacer estamos haciendo utilización de la persona y manipulación, lo que no será nunca amor verdadero.

Por otra parte tenemos que pensar también que dada la debilidad de nuestra carne donde siempre pueden aparecer los peligros y tentaciones, ese amor y esa fidelidad conyugal es un don de Dios además de una tarea diaria en la que cada día tenemos que empeñarnos. Cada día vivido juntos, cada alegría y cada sufrimiento compartidos, cada problema vivido en pareja, dan consistencia real al amor. Es una gracia del Señor que también hemos de saber pedir.


viernes, 13 de agosto de 2021

Que sea un amor verdadero liberado de egoísmos y deseos de posesión el que esté en el cimiento y fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas que se aman

 


Que sea un amor verdadero liberado de egoísmos y deseos de posesión el que esté en el cimiento y fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas que se aman

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Por las redes sociales circulan muchos dichos y sentencias que quieren hacer reflexionar y que, aunque muchas veces no estemos de acuerdo en la totalidad de lo que nos dicen, sin embargo nos ayudan a pensar y en cierto modo a ser de alguna manera críticos incluso con esas sentencias que se nos ofrecen; ya sabemos que no todo tenemos que tragárnoslo porque lo veamos presentado de una forma bonita y llamativa, sino que tenemos que interiorizar y confrontar aquel pensamiento para sacarle la mejor lección. Son algunas de las cosas buenas que pueden tener para nosotros cuando nos ayudan a pensar y a reflexionar para tener nuestro propio criterio.

En uno de esos mensajes se nos presenta a alguien que hace unas preguntas a un sabio de la antigüedad y entre otras cosas le pregunta por qué en un momento determinado los amigos se separan y parece que se rompe la amistad; aquel sabio le responde que si así sucede es porque allí antes no hubo verdadera amistad.

Hay palabras, conceptos, sentimientos que no nos podemos tomar a la ligera, sino que hemos de saber reflexionarlos para encontrarle su verdadero sentido y no nos suceda que nos confundamos y algunas veces hagamos unas mezcolanzas que al final no sabemos por donde andamos. La gente desde que se conoce en un primer contacto ya dice que somos amigos y cuando hablamos de amistad fácilmente derivamos en la confianza que decimos que nos da la amistad hacia intimidades y confianzas que no tienen que ver con lo que realmente es una verdadera amistad. Una simple atracción porque alguien me caiga bien no tenemos que decir ya de entrada que somos amigos íntimos y nos queremos permitir confianzas y cosas que van más allá del respeto que nos supone una verdadera amistad.

Decimos la amistad o decimos el amor, que muchas veces quiere convertirse en posesión y en dominio, con el peligro de que incluso terminemos intentando anular a la otra persona. La cercanía que nos da la amistad y la unidad a la que nos lleva el amor nos puede hablar de comunión, pero no tiene que hablarnos de dominio; el yo de la persona es algo bien sagrado que compartimos para hacer un nosotros, pero que no anulamos. Nunca la persona que amamos tiene que ser como una cosa para mi sobre la que yo tengo dominio absoluto. Eso es amor.

El amor y llegar a vivirlo de verdad es un camino largo que tenemos que hacer donde tenemos además siempre muchas cosas que aprender; por eso el amor tiene que madurar y es entonces cuando nos da seguridad, es cuando podemos llegar a esa entrega total. Son tantos los pasos que se han de dar, los escalones que se han de subir, las cosas que tenemos que aprender para llegar a esa maduración que nos dé plenitud de verdad al amor. No siempre hacemos ese camino, no siempre llegamos a esa madurez, muchas veces nos quedamos en un amor infantil de posesión, como el niño pequeño que quiere una cosa y que sea exclusivamente para él y nadie más pueda tenerla incluso en sus manos. Un proceso humano de maduración que no siempre hemos sabido hacer en la vida y que nos lleva tantas veces al fracaso.

Hoy en el evangelio los fariseos le plantean a Jesús el tema del divorcio, planteamientos que seguimos haciéndonos en todos los tiempos. ‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?... ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?’

Recuerda Jesús lo que fue la voluntad de Dios desde el principio, que además quería que la unión del hombre y la mujer fueran hacerse una misma carne. ¿Para qué nos ha creado Dios? Tendríamos que responder que para el amor. Es la capacidad más sublime que Dios ha puesto en el corazón del hombre, llegar a esa donación de sí mismo hacia el otro ser al que amamos. Es la base de todas las relaciones humanas, que ya sabemos que rompemos tan fácilmente cuando dejamos meter el egoísmo y el orgullo en nuestros corazones. Tiene que ser el motivo profundo por el que un hombre y una mujer llegan a compartir su vida de la forma más profunda, más absoluta y más sublime. Pero tiene que ser un amor verdadero el que esté en el cimiento de esa relación, en el fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas que se aman.

Es lo que tenemos que buscar para no dejarnos arrastrar por nuestras terquedades como decía Jesús para responder al por qué Moisés les permitió el repudio matrimonial. Es una tarea hermosa, es una hermosa y bella construcción de la persona, será el bello edificio del amor, del matrimonio y de la familia, pero que tenemos que saber cuidar. Que exista siempre ese cimiento del verdadero amor, despojado de orgullos y de egoísmos.

viernes, 14 de agosto de 2020

Dios hizo a la persona para el amor y para un amor que lleva a la comunión y a la comunión más profunda de vida que es el vivir el amor

 

Dios hizo a la persona para el amor y para un amor que lleva a la comunión y a la comunión más profunda de vida que es el vivir el amor

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

‘Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’ Son los problemas de siempre, de entonces en la época antigua, y son los problemas de hoy, que tantos sufrimientos llevan aparejados.

La pregunta de los fariseos va con trampa. ‘Para ponerlo a prueba’, dice el evangelista. Y es que aparte del problema del divorcio en sí podríamos decir, en aquellos momentos había distintas opiniones entre los rabinos sobre lo que se habría de hacer. Y ahora quizá lo que menos les preocupa es la respuesta de verdad que Jesús les pueda dar, sino el ver cómo Jesús se posiciona en sus luchas dialécticas, pero sobre todo porque siempre andaban buscando de qué acusar a Jesús y bien sabían de la lealtad y de la sinceridad de Jesús que en algún momento no les queda más remedio que reconocer.

Pero detrás de todo eso podríamos decir que está el drama que se produce en las personas cuando falla el amor. Jesús les recuerda lo que era la doctrina de siempre, lo que había sido la voluntad de Dios desde la creación. Dios hizo a la persona para el amor y para un amor que lleva a la comunión y a la comunión más profunda de vida que es el vivir el amor. Ahí tendríamos que buscar las bases; es mucho más que superar o controlar la concupiscencia humana, sino que la pasión más hermosa que hay en el ser humano es la del amor. Y es lo que en todo momento, en toda circunstancia tendríamos que cultivar.

Y es lo que cuesta, porque muchas son las pasiones que se entremezclan en el ser humano. Porque el amor que siempre tiene que ser donación, una donación que lleva compartir una vida, una donación que lleva a la comunión, muchas veces lo oscurecemos con el amor propio. Y es cuando surgen los egoísmos y las insolidaridades, es cuando aparecen los orgullos o los afanes de dominio y todo se nos puede volver turbio. Y se confunde nuestra visión como se confunde el corazón. Y se desequilibra nuestra vida, y cuando andamos desenfocados no somos capaces de ver con claridad lo que brilla, lo bueno de las personas, y son las sombras las que lo oscurecen todo y nos oscurecen nuestro sentir, y nos debilitan el amor. Son los dramas que profundamente viven tantas personas y de los que no sabemos cómo salir.

‘Por vuestra terquedad permitió el divorcio Moisés’, les dice Jesús. Qué difícil es buscar y encontrar de nuevo ese equilibrio perdido. Podemos tener muy claros muchos principios y muchas doctrinas, pero qué difícil es a veces entender el corazón humano sobre todo cuando se revuelven las aguas y surgen todas esas pasiones que se hacen pasiones encontradas que enfrentan y que dividen, que separan y que arruinan tantas bellezas que se han podido vivir en la vida cuando había bonita comunión de amor. Las soluciones no son fáciles. Como nos dirá Jesús hoy en lo que va comentando ‘no todos son capaces de entenderlo’, no todos son capaces de vivirlo. Es algo que solo por nosotros mismos tampoco podemos vivir.

Jesús ha querido hacer del matrimonio un sacramento del amor de Dios, porque en el amor matrimonial vivido con toda entrega y comunión estamos reflejando lo que es el amor que Dios nos tiene y no nos abandona nunca. Pero Jesús ha querido hacerlo sacramento porque sabía muy bien que sin su gracia era algo que no podemos vivir. Y el sacramento no fue solamente aquel momento en que nos dimos el sí, sino que sacramento es toda la vida de una pareja, de un matrimonio porque en todo su amor, con todas sus luchas y dificultades también, están queriendo, intentando vivir y parecerse a ese amor de Dios; porque en toda la vida del matrimonio y en todas sus circunstancias no faltará nunca la gracia del Señor, la gracia sacramental que se hace fuerza y que da vida a ese amor matrimonial.

No nos pongamos a hacer ‘casitos’ de lo que veamos o lleguemos a vivir en el matrimonio, como les sucedía a los fariseos cuando acudían a Jesús con sus preguntas para ponerlo a prueba. Seamos capaces de comprender el drama y el dolor que se produce en un matrimonio cuando se llega a una situación de ruptura y hagámoslo siempre con mucho respeto y sin entrar a hacer juicios. Pongamos siempre nuestra vida y nuestro amor en las manos del Señor, que es el que nos ilumina con su gracia y fortalece nuestro amor y nuestra vida.

viernes, 16 de agosto de 2019

Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre


Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12
Si queremos construir un sólido y bello edificio que se mantenga firme con el paso de los años y no tengamos que estar pronto reparando grietas o que pronto se ponga en peligro su estructura ya procuraremos unos sólidos cimientos, pero también nos preocuparemos de los mejores materiales, arquitectos y maestros de obra que lo lleven a su culminación. No significa eso que luego no tengamos que cuidar su mantenimiento para que conserve su belleza y lo podamos utilizar en los fines para los que fue construido.
No quiero andar yo ahora de constructor que técnicos hay en la vida que lleven a cabo su obra, pero sí pienso que esta imagen que hemos querido plasmar aunque sea imperfectamente nos puede valer para muchas cosas en la vida. No nos lanzamos a realizar un proyecto en la vida sin haberlo considerado bien previamente viendo las posibilidades pero estudiando cada detalle de los pasos que tendríamos que ir dando para llevarlo a cabo. No nos quedamos solamente en los sueños de un día, o en unos primeros impulsos que nos podrían inspirar grandes ideas o grandes cosas a realizar. Un primer momento, si queremos decirlo así, de inspiración, pero luego un arduo estudio y trabajo para poderlo realizar.
Así es la vida, así son las cosas que vivimos con toda la creatividad que podamos o tengamos que ponerle, pero es necesario un cuidado y un esfuerzo, hay un gran proyecto de vida que no lo construye uno solo sino que es necesario básicamente una pareja aunque luego vendrán apareciendo otros intervinientes que es el matrimonio y la familia. Algo que como hemos venido diciendo necesita unos sólidos cimientos y exige una ardua construcción.
Desde esos impulsos del corazón y también de nuestros deseos carnales, por qué no decirlo también, muchas veces queremos apurar su construcción y damos por sentado con unas mínimas cosas que ya el edificio está construido y queremos ponernos a vivir en él. Esos impulsos y esos deseos pueden ser un buen arranque – son quizá la inspiración de ese proyecto - pero a los que hemos de dar forma con exquisita delicadeza y cuidado, que quizá no siempre tenemos o ponemos lo suficiente.
Unos sólidos fundamentos, es cierto, de amor y de sinceridad, que nos lleve a un profundo conocimiento de la persona para descubrir cuanta riqueza hay en cada uno pero que han de valernos como un enriquecimiento mutuo incluso en la diversidad de cualidades o pareceres que cada uno pudiéramos tener. Y cuando estamos hablando de amor hemos de cuidar que no sea un amor egoísta que solo busque satisfacciones personales o individuales, sino hemos de comprender todo lo que significa de donación de si mismo, puesto que quien ama se da para buscar el bien y la felicidad del otro, que en un amor mutuo y verdadera será siempre un bien común conseguido.
Hoy le plantean a Jesús en el evangelio el tema del divorcio, como seguimos planteándonoslo en nuestro tiempo. Jesús recuerda lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios desde el principio y nos recuerda también la terquedad del corazón del hombre tan lleno de debilidades. Jesús quiere que le pongamos verdadero fundamento y El con su gracia promete estar junto a nosotros en ese camino de la vida. El sacramento, dignidad a la que Jesús ha elevado el matrimonio significa esa presencia de Dios, porque el amor del hombre y la mujer ha de ser signo también de lo que es el amor de Dios y en el amor de Dios ha de tomar el ejemplo y la fuerza para realizarlo.
Somos débiles es cierto y nuestra vida se nos agrieta por muchos lados, pero nos olvidamos de lo que ha de significar la gracia de Dios en nosotros. Porque el sacramento no es solamente aquel primer momento de la vida matrimonial en la celebración, sino que el sacramento ha de ser toda la vida, en toda la vida sentir esa presencia de Dios que no nos falla y nos ayudará a mantener esos sólidos fundamentos de nuestro matrimonio. Pongamos sólidas bases a su construcción.

domingo, 7 de octubre de 2018

No estamos hechos para la soledad sino para la interrelación que nunca puede significar dominio o superioridad sino siempre respeto a una misma dignidad


No estamos hechos para la soledad sino para la interrelación que nunca puede significar dominio o superioridad sino siempre respeto a una misma dignidad

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

El hombre, la persona no está hecha para la soledad. Aunque haya momentos en que deseemos estar solos sin embargo nuestro ser más profundo está creado para la relación, para la íntercomunión, para la comunicación con los demás. Ahí están nuestros sentidos que nos abren al otro, a lo otro, ahí está todo ese nuestro ser interior que busca el contacto, que busca el encuentro, que se comunica y no solo quiere hacerlo desde lo externo, mediante gestos o palabras, sino que buscamos otra intercomunicación más profunda con la que trasmitimos nuestros sentimientos y recibimos también las señales de comunicación del otro, comunicamos lo que llevamos dentro trasmitiendo nuestro pensamiento y al tiempo queremos enriquecernos con lo que el otro nos ofrece.
Mucho puede decir la psicología y la sociología de todo esto y habrá personas que lo expresen mejor que lo que yo ahora intento hacerlo, pero ya mi deseo es comunicación, relación, búsqueda de encuentro. Y aquí tendríamos quizás que decir que la comunicación más profunda y más completa es la del amor, donde nos damos altruistamente al otro, pero que al mismo tiempo estamos recibiendo esas señales del amor que el otro me pueda ofrecer.
Triste es el que va solo por la vida, que se encierra en su soledad y no es capaz de dar de si mismo lo más hondo que tiene en sí. Se convierte en un circulo cerrado y de la misma manera que no da tampoco recibe lo que empobrece su vida, porque aquel que se da generosamente es el más que puede recibir, el más que puede enriquecer su ser cuando está abierto al otro y de alguna manera reconoce su pobreza o su necesidad del otro. Es la necesidad de amar y de ser amado, es la necesidad del amor que es el que de verdad nos enriquece.
Alguno podría pensar que al darse porque el ama se está vaciando de si mismo y se empobrece, pero creo que nos damos cuenta que es todo lo contrario. Es una riqueza amar porque dándose se está llenando del otro al que ama, porque en un verdadero amor, aunque se supone que lo hacemos de forma altruista y nunca interesada, sin embargo está sintiéndose enriquecido con el amor que del otro recibe.
Por eso cuando hay generosidad en nuestro amor, lo cuidamos para que no sea interesado, pero lo cuidamos para que no se enfríe en su intensidad, lo cuidamos para hacerlo cada vez mas maduro aprendiendo a aceptar al otro en lo que es, en la riqueza de su vida, pero también en sus limitaciones como aprendemos a aceptar nuestras propias limitaciones, porque además por encima de todo eso nos damos cuenta de la dignidad y del valor de toda persona. En un amor así no hay imposición ni dominio, nos buscamos distinciones que nos hagan más o menos grandes, aunque nos demos cuenta de la diferencia de cada uno que es lo que nos enriquece. Y así lo hacemos fuerte, así le damos verdadera estabilidad y madurez.
Cuando reflexionamos sobre estos textos que en este domingo nos ofrece la Palabra de Dios tenemos el peligro de comenzar nuestra reflexión por la casuística de lo que vemos en la realidad de la vida, como estaban haciendo aquellos fariseos del evangelio con las preguntas que le hacían a Jesús. Pero creo que tendríamos que ir primero que nada a pensar en lo que es la dignidad y la grandeza de toda persona y en el verdadero significado del amor para descubrir también lo que es el plan y designio de Dios para el hombre y la mujer desde la creación.
El texto del Génesis algunas veces nos lo pasamos un poco por alto como si fuera una simple leyenda que nos habla de la creación según parámetros de otras culturas y otros tiempos. Sin embargo es un texto que en sus detalles nos está expresando una riqueza muy grande. Ya nos habla de esa soledad del hombre, que no podía satisfacerse en cualquier otro ser vivo, como pudieran ser los animales, sino que había de encontrarse ese complemento en alguien que fuera de si misma dignidad. ‘Esta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos’, exclama Adán, pero que no es solo por aquello de que aquel nuevo ser vivo fuera tomado de su propia costilla, sino que nos está hablando de una igualdad en su dignidad. Y es así donde entra la persona en una verdadera relación, en un verdadero encuentro, en el amor.
Como expresábamos anteriormente no es dominio ni superioridad de una parte sobre otra como fácilmente interpretaríamos. Es una misma dignidad del hombre y de la mujer. Porque no fueron creados hombre y mujer para el dominio del uno sobre el otro sino para encontrar su igual donde se tuviera esa hermosa interrelación del amor. A la pregunta de los fariseos a Jesús sobre el divorcio, les responde Jesús de la terquedad con que vivimos nuestra vida cuando nos creemos unos superiores sobre los otros. Ahí no se puede establecer esa verdadera relación, ahí no tiene cabida el amor verdadero, por eso Jesús nos remite a los orígenes, a lo que fue el designio de Dios que ya nos manifiesta el Génesis.
‘Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne’. No busca el hombre a la mujer para dominar sobre ella, sino para ser uno con ella, y lo mismo decimos de la mujer hacia el hombre. ‘Serán una sola carne’, está expresándonos esa igualdad en dignidad. Como nos dice Jesús por la terquedad que nace de nuestro egoísmo vienen los dominios, viene el creernos superiores, vienen unas relaciones que no están bien fundamentadas en su base, viene una falta de amor verdadero.
Termina hoy el evangelio con algo que parece que no tiene relación. Es ese episodio donde le llevan las madres a sus hijos niños a Jesús y los discípulos querrán impedirlo para que no molesten al Maestro. Pero Jesús nos dice como tenemos que acoger al niño, y eso forma parte de las señales del Reino de Dios. Esa acogida del niño significa ese respeto al niño, a la persona, a toda persona y no importa su edad, porque todos tenemos dignidad igual. En línea con lo que venimos diciendo de la mutua interrelación entre todos y en especial del matrimonio donde parece que se centraría más el texto del evangelio.

viernes, 17 de agosto de 2018

El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano



El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano

Ezequiel 16, 1-15.60.63; Sal. Is 12, 2-3.4bcd.5-6; Mateo 19, 3-12

La meta del ideal cristiano ha de estar siempre presente en nuestra vida, y por ella hemos de luchar, esforzarnos, tratar de superarnos en nuestras debilidades y dificultades de cada día, y nunca podemos perderla de vista. Es cierto que somos débiles y además tenemos tendencias por todos lados que nos arrastran y hacen que nos cueste más alcanzar ese ideal. Pero con nuestras limitaciones y debilidades tenemos que seguir caminando, poniendo toda nuestra buena voluntad, todo nuestro esfuerzo.
Somos un pueblo de santos, porque ese es nuestro ideal y en el bautismo hemos sido consagrados para ello, pero al mismo tiempo reconocemos que somos un pueblo de pecadores e individualmente cada uno cada día se siente pecador porque a pesar de que se esfuerza sin embargo tropieza y cae muchas veces alejándose de aquel ideal de santidad.
Malo sería, sin embargo, que aun siendo como somos, nos creyéramos tan santos que comenzáramos a despreciar a los demás, porque no vemos en ellos la santidad a la que aspiramos y que tendría que ser el ideal de cada cristiano. No podemos dejarnos arrastrar por esa soberbia, no puede haber nunca desprecio hacia nadie en nuestro corazón, siempre tenemos que ser comprensivos y misericordiosos porque nosotros los primeros nos sentimos pecadores.
Algunas veces nosotros mismos, y podemos verlo incluso hasta en nuestra iglesia en quienes tendrían que ser para nosotros verdaderos signos de misericordia, somos intransigentes con los demás y no le perdonamos la mínima en ninguna cosa. Creo que eso esta muy lejos del espíritu del evangelio. Ahí está nuestro ideal por el que luchamos, pero somos conscientes que no siempre podemos llegar a ese ideal porque pueden ser muchas las cosas que nos cerquen y nos lo hagan costoso.
Hoy en el evangelio se nos plantea lo que es el ideal cristiano del matrimonio. Algo que Jesús nos dejará bien sentado y muy claramente y creo que todos bien conocemos de su unidad y de su indisolubilidad. Pero ya en el evangelio, desde la practica de la vida de las dificultades que Vivian los propios judíos, aparece la debilidad en la consecución de tan hermoso ideal. Ya Moisés en determinadas circunstancias, por vuestra terquedad les dice Jesús, ha permitido la separación de quienes no podían vivir en aquella unión.
Son las dificultades que se siguen viviendo hoy con muchas y diferentes circunstancias a lo que contribuye no pocas veces la superficialidad con que vivimos la vida sin tomarnos bien en serio las cosas. Personas, por otra parte, con muy buena voluntad y para quienes esa ruptura muchas veces produce una ruptura interior acompañada de muchos dramas interiores, que no siempre se ven.
No es que nos acostumbremos a esas cosas pero sin perder lo que es nuestro ideal de vida cristiana también en el matrimonio tendríamos que ser muy comprensivos y actuar con mucho respeto con los sufrimientos y dramas que viven en este aspecto muchas personas a nuestro lado. ¿Lo habremos hecho siempre así? ¿Se habrá manifestado esa misericordia de la Iglesia con tantas personas que sufren en estos aspectos y circunstancias?
Creo que nos hace falta una buena dosis de misericordia en nuestros corazones que nos lleven a esa comprensión y a ese respeto, para saber caminar al lado de quienes sufren tales dramas. No es buscar soluciones fáciles, pero sí es saber caminar a su lado ofreciendo el brazo y corazón de nuestro apoyo, para hacerles presente siempre a todos esa bondad y esa misericordia del Señor. No somos perfectos, pero eso no nos tiene que alejar de la presencia del Señor porque es cuando más lo necesitamos.

viernes, 25 de mayo de 2018

En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino


En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

‘El Señor es compasivo y misericordioso’ es una aclamación que rezamos muchas veces en los salmos. Y nos lo hemos de repetir muchas veces porque tenemos que asimilarlo de tal manera que lo hagamos nuestra vida, nuestro sentimiento y nuestra manera de obrar. Reconocer esa misericordia de Dios que nunca nos falla – ‘es lento a la ira y rico en clemencia’, como proclamamos en ese mismo salmo – nos hace sentir paz en nuestro corazón en medio de nuestros infinitos fallos porque más infinito es el amor que Dios nos tiene y la misericordia que derrama sobre nosotros.
Creo que sin ese convencimiento nos costaría vivir en paz porque siempre aparecería en nuestra mente ese fantasma de nuestras faltas y pecados, pero sin contamos con ese amor compasivo y misericordioso del Señor nos sentimos como más impulsados a mejorar nuestra vida y a llenarla de esa misma compasión y misericordia para con los demás. Teniendo presenta esa misericordia que el Señor ha tenido con nosotros, ¿cómo es que nosotros no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás? Por eso decía que nos marcará nuestra manera de actuar.
Y en la vida bien lo necesitamos. Todos tenemos nuestras debilidades y nuestros fallos; todos sentimos la tentación que no siempre sabemos superar; todos tenemos nuestro pecado y el que sinceramente se considere que no tiene pecado será el que pueda tirar la primer piedra. ¿Quién puede tirar la primera piedra? Pero bien sabemos que muchas veces nos volvemos intransigentes con los demás; exigimos y no perdonamos como si nosotros no fuéramos también débiles y pecadores.
Qué lejos tendría que estar de nuestras actitudes la intransigencia; intransigencia que es una señal de nuestro orgullo y vanidad, que nos hace sentirnos soberbios por encima de los otros y gamo despreciando a los demás porque son pecadores. No son solo aquellos fariseos del evangelio que despreciaban a los publicanos por pecadores, sino que esas posturas nos las encontramos en nosotros mismos quizá muchas veces.
Muchas son las situaciones de la vida en las que manifestamos nuestra debilidad o en la que nosotros nos volvemos exigentes con los demás sin querer comprender la situación personal de cada uno. Llenamos la vida de reglas y reglamentos, de normas, leyes y protocolos y parece que todos tenemos que pasar por el aro, sin ver la situación personal de cada uno, que puede ser siempre muy diferente. No es caer en un subjetivismo como regla suprema, sino atender a la singularidad de cada persona. Si dialogáramos más entre nosotros en verdaderos niveles de sinceridad nos conoceríamos mejor, nos entenderíamos más, juzgaríamos menos, no seriamos nunca intransigente con los otros. Mucho tiene cada uno de revisarse de estas cosas.
Hoy el evangelio hace referencia a una de esas situaciones complicadas de la vida que quizá también muchos sufrimientos pudiera hacer pasar a muchos, cuando es una faceta de la vida que tendría que llenarnos de verdadera felicidad y tendría que ser la base de la construcción de ese mundo bueno y cada vez mejor en que todos tendríamos que colaborar en construir. Se habla de matrimonio y se habla también de divorcios, de rupturas. Y se lo plantean a Jesús. Y Jesús lo que quiere es que vayamos a la base y al fundamento de lo que tiene que ser ese matrimonio.
Hemos sido creados para amar y así, podríamos decir, hemos sido constituidos por el Creador. Un amor que conduce a la más profunda comunión que pudiera haber entre hombre y mujer que es el matrimonio. Y es ahí en la construcción del amor, verdadero fundamento de la plenitud de toda persona donde tenemos que ahondar para que construyamos ese edificio sólido y bien fundamentado.
Claro que  no nos podemos confundir en lo que es la verdadera base de ese amor. Muchos comenzamos la casa por el tejado y nos faltan los cimientos más sólidos. No se puede llegar la plenitud de entrega en ese amor como si fuera solo una carrera guiada por el instinto. El amor tenemos que fundamentarlo, tenemos que construirlo bien, tenemos que darle las bases del verdadero encuentro de la persona en el dialogo y la amistad, en la comunicación sincera que lleve a un autentico conocimiento mutuo y en ese deseo de caminar juntos ayudándose y apoyándose mutuamente.
Sí, como reflexionábamos al principio, en esas situaciones en que parece que no ha madurado el amor y se llena la vida de tantos sufrimientos, tiene que aparecer en nuestro corazón la compasión y la misericordia, para comprender, para perdonar, para ayudar, para servir de apoyo y ayudar a madurar en la dificultad al que sufre, para confortar en esos sufrimientos que nos aparecen en la vida, para ser un caminante signo de la misericordia del Señor junto al que tiene su vida llena de amargura y dolor. De formas muy concretas la Iglesia que es madre y es signo de ese amor misericordioso del Señor ha de saber estar al lado de esas situaciones dolorosas de la vida de tantos a nuestro lado. ¿Cómo tenemos que hacerlo y cómo hacerlo? Que el Señor nos ilumine.

domingo, 4 de octubre de 2015

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Estamos llamados a la comunión e interrelación con el otro que rompe soledades y nos lleva por caminos de plenitud

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16
La soledad es como la loza de una tumba oscura que si cae sobre nosotros nos hace perder todo sentido y todo valor de aquello que vivimos o que hacemos. No está hecho el hombre, la persona para la soledad. Desde lo más intrínseco de nuestro ser estamos llamados a la comunicación y a la comunión, aunque luego como consecuencia de nuestras propias limitaciones y de los orgullos que dejamos meter en nuestra vida algunas veces se nos pueda hacer difícil.
Necesitamos estar, o más aun, ser para alguien, para el otro, para los demás. En la soledad decimos que nos aburrimos, o lo que es lo mismo parece que todo carece de sentido. Podemos buscar la soledad en un momento determinado porque quizá necesitamos centrarnos dentro de nosotros mismos pero pronto nuestro ser tiende a abrirse a los demás, a ir al encuentro con el otro, a entrar en comunicación y más aun en comunión con nuestros semejantes.
Cuando vemos a alguien que dice que prefiere la soledad, que trata de aislarse de los otros para vivir su vida sin esa interdependencia con los otros, decimos que es un bicho raro o que está caminando a contracorriente de lo que es su ser más hondo. Es difícil que en esa situación se sea verdaderamente feliz, porque tendría que saber buscar ese sentido de su ser para los demás aunque en determinados momentos o situaciones viva a solas.
Pero la soledad no la podemos llenar con cosas. En las cosas tendrá una utilización, pero no la valdrán para el encuentro. Tampoco cualquier ser vivo puede llenar la soledad de la persona, porque esa comunión y comunicación tiene mucho de personal, y entonces será el encuentro de la persona con la persona donde se establezca esa relación personal. Nos encontramos en la vida quienes quieren llenar sus soledades en la posesión de las cosas o en la compañía de los animales. No es el camino que nos lleve a una plenitud de nuestro ser y a esa relación personal que necesitamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Muchos pensamientos y reflexiones surgen al hilo del pensamiento de la soledad de la persona. ‘No está bien que el hombre esté solo’, se dice Dios en el paraíso después de haber creado a su criatura preferida, el hombre. ‘Voy a hacer alguien como él que le ayude’. Y nos habla de la creación de todos los seres vivos que Dios va presentando al hombre para que le ponga nombre. Es una expresión de posesión el dar nombre a algo o a alguien. Pero nada de todos aquellos animales, como antes ninguna de las otras cosas creadas, da satisfacción al corazón del hombre para hacerle salir de su soledad.
Será cuando aparezca la mujer - hemos de saber entender las imágenes de la creación que nos propone el Génesis como una forma de hablar - cuando el hombre llegue a encontrarse de verdad con un ser semejante a él con quien pueda entrar en comunicación y en comunión. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!’, dirá Adán llamando a la mujer Eva.
Nos aparece la sentencia que será base y fundamento de lo que es el matrimonio pero que viene a expresar esa nueva comunión entre los seres humanos que romperá todas las soledades. Se rompe la soledad no solo porque puede estar ya con alguien sino porque además ya la vida y la existencia adquieren un nuevo sentido y valor al ser también para alguien en esa comunión e interrelación que se crea entre los seres humanos.
Nada tendría que romper esa nueva interrelación entre los seres humanos que le llevaría de nuevo a la soledad. Se han entendido siempre estas palabras en relación a esa unión entre el hombre y la mujer que llamamos matrimonio, pero más profundamente nos está hablando de esa comunión que tendría que haber siempre entre todos los seres humanos.
En el evangelio hemos escuchado a los fariseos que vienen a preguntarle a Jesús sobre el tema del divorcio. Les recuerda Jesús las palabras del Génesis que manifiestan la voluntad y el designio de Dios desde la creación para todo el género humano. ‘No son dos sino una sola carne y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando Jesús.
Pero hay algo importante que les dice Jesús en referencia a que Moisés permitió en algunas circunstancias el divorcio. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto’, les dice. La terquedad que se puede traducir en muchas posturas y actitudes, en muchos contravalores que podemos dejar meter en el corazón que nos destrozan y que nos dividen.
Es el orgullo que se mete en nuestra vida y que nos aísla y que nos separa de los demás; todo lo que sea creernos superiores a los otros, convertirnos en reyes y señores de todos para que prevalezca siempre mi propia voluntad, las insolidaridades que nos hacen olvidarnos de los otros para pensar solo en nosotros mismos, el egoísmo avaricioso en que todo lo quiero para mi porque me creo merecedor de todo, y así podríamos seguir diciendo muchas más cosas, nos destruyen desde lo más hondo de nosotros mismos y van creando rupturas en nuestro entorno con aquellos con los que tendríamos que convivir. Y hacemos referencia al matrimonio y a las causas de tantas rupturas, pero podemos hacer referencia a todo lo que va creando barreras con aquellas personas de nuestro entorno.
No podemos vivir en soledad, pero a causa de nuestra terquedad volvemos a encerrarnos en ella aislándonos de la comunión y comunicación que tendríamos que vivir con los demás. Creo que podríamos sacar muchas consecuencias de esta reflexión para nuestra vida de cada día y para esa mutua interrelación que habríamos de vivir con los demás. Cuidemos de no caer de esa manera en las redes de la soledad.
En el camino de nuestra vida cristiana no vamos solos, porque siempre hemos de vivir esa comunión de amor fraterno como nos enseñó Jesús; pero ese camino de nuestra vida cristiana sabemos que tenemos de nuestra parte al Espíritu del Amor que nos dará fuerzas y sabiduría para saber vivir esa comunión de amor que ha de ser toda vida.

viernes, 28 de febrero de 2014

El Evangelio de Jesús ilumina toda situación de la vida del hombre



El Evangelio de Jesús ilumina toda situación de la vida del hombre

Sant. 5, 9-12; Sal. 102; Mc. 10, 1-12
El evangelio de Jesús es Buena Noticia que viene a iluminar toda la vida del hombre en todas sus circunstancias y situaciones. ‘Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero’, hemos recitado muchas veces con los salmos. Por eso, deseosos de esa luz queremos escuchar a Jesús, acudimos a El desde nuestras oscuridades, de los problemas que tenemos en la vida, desde lo que son nuestras luchas o nuestros deseos. Porque creemos en El y sentimos que es la verdadera luz para nuestra vida acudimos a El, acudimos a su Palabra y queremos dejarnos iluminar.
Algunas veces nos cuesta ponernos con nuestra vida frente a esa luz, porque quizá haya cosas que nos hacen sufrir por dentro, situaciones difíciles o dolorosas de las que no sabemos cómo salir,  pero aún así queremos dejarnos iluminar por su luz y a El acudimos llenos de confianza y queriendo poner mucho amor.
Si seguimos el recorrido que Jesús va haciendo y nos presentan las páginas del evangelio, vemos cómo Jesús se acerca a las diversas situaciones y problemas que viven las personas para allí siempre ir dejando un rayo de luz y de esperanza. Un rayo de luz que ilumine y nos haga ver con un nuevo sentido, con la novedad del Evangelio esas situaciones por las que pasamos. Un rayo de esperanza porque siempre con la presencia de Jesús nos sentimos confortados.
Hoy vemos a Jesús recorriendo otros lugares de Palestina; ha dejado Galilea y se ha venido a Judea y a Transjordania ‘y otra vez se le fue reuniendo gente por el camino, y según costumbre les enseñaba’.  Jesús siempre trasmitiéndonos la luz de su evangelio. En esta ocasión son los fariseos los que se acercan con sus preguntas a Jesús. ¿Eran cosas que les preocupaban? Realmente estaban hablando de situaciones dolorosas por las que pasaban muchas personas cuando veían roto su amor y sus matrimonios abocados a la disolución. Como sigue pasando hoy en tantas personas y en tantas familias.
Pero ¿se acercaron los fariseos a Jesús porque les preocupaban esas situaciones o por la oposición unas veces larvada y otras veces totalmente abierta que tenían ante Jesús y lo que Jesús enseñaba? Ya el evangelista dice que para ponerlo a prueba vinieron a hacerle aquellas preguntas sobre el divorcio y lo que la ley de Moisés permitía.
Jesús les recuerda lo que es lo esencial y fundamental en el matrimonio. Está, por supuesto, reconociendo que no siempre es fácil, porque el corazón del hombre no siempre está lo suficientemente maduro para afrontar toda la riqueza y la grandeza de lo que es el amor matrimonial. Será necesario partir de un amor verdaderamente maduro que sea capaz de entregarse con total fidelidad, y será necesario por ambas partes una capacidad grande de acogida a la otra persona con la que se va a vivir una unidad bien profunda. No siempre es fácil. Pero de ahí, de un amor así, es de donde ha de nacer esa indisolubilidad del matrimonio y esa fidelidad total hasta la muerte. Y esto será posible cuando seamos capaces de vivir un auténtico y verdadero amor.
Cuando hablamos de amor, y también de ese amor tan especial que es el amor matrimonial, siempre el cristiano ha de tener como referencia a Cristo y lo que es su amor. Porque es en Cristo donde vamos a aprender lo que es el amor verdadero. Recordemos que luego san Pablo en sus cartas cuando nos habla de ello hace la comparación entre el amor entre un  hombre y una mujer, un amor matrimonial, con el amor que Cristo le tiene a su Iglesia, convirtiéndolo uno en imagen del otro.
Cristo y su amor serán siempre la luz que ilumine nuestra vida en cada situación concreta que vivamos. Cristo y su amor será  siempre esa lámpara que va a iluminar el sendero de nuestra vida para que podamos recorrerlo, vivir en la mayor plenitud; es la plenitud del amor de Cristo como tiene que ser la plenitud de nuestro amor.

viernes, 16 de agosto de 2013

Esfuerzo, responsabilidad, capacidad de sacrificio y deseos de superación camino de cosas grandes

Josué, 24, 1-13; Sal. 135; Mt. 19, 3-12
Porque las cosas sean difíciles no significa que dejemos de intentarlo. Se suele decir que lo que más cuesta es a lo que mayor valor le damos. Y para conseguir una cosa que es noble y loable hemos de saber poner todo nuestro esfuerzo y también nuestra capacidad de sacrificio.
Algunas veces parece que en la vida queremos andar como entre algodones donde todo sea fácil y cómodo y las cosas las queremos conseguir con el mínimo esfuerzo. Esto que digo tiene aplicación en muchos aspectos de la vida y tendría que hacernos recapacitar en saber tener en cuenta muchos valores que vamos dejando de lado.
Nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho y bien masticado y nos hemos ido llenando demasiado de comodidad y rehuimos todo lo que signifique sacrificio. Cuando nos vienen momentos difíciles no estamos preparados para afrontar con valor esas situaciones y parece que anduviéramos por un mundo de derrotados porque no hemos aprendido lo suficiente a luchar y ser capaces de sacrificarnos.
Igual que en esta sociedad del bienestar que nos hemos creado ya nada se recompone, por cualquier motivo damos las cosas por inservibles y enseguida queremos probar algo nuevo y distinto, luego también en cosas que son fundamentales y trascendentales en la vida queremos hacer lo mismo y las relaciones humanas enseguida peligran porque no somos capaces de recomponer, de restaurar, de revisarnos incluso para ver cómo podemos mejorar lo que ya hacemos o lo que son nuestros mutuas relaciones humanas. Ya digo, todo esto en muchos aspectos y facetas de la vida.
Hoy le plantean a Jesús el tema del divorcio y Jesús recuerda lo que con los principios fundamentales e inmutables. Nos recuerda Jesús como Dios está en el origen y fundamento también de lo que ha de ser la estabilidad matrimonial y la indisolubilidad del matrimonio, porque no solo está en juego la relación de amor de dos personas, el hombre y la mujer que se aman y quieren vivir en matrimonio, sino que por medio está también lo que podríamos llamar la presencia y la gracia del Señor que viene a garantizar y fortalecer dicha unión matrimonial.
‘Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’. Y es que en esa unión del hombre y la mujer en el matrimonio está como fundamento lo que es la voluntad de Dios y lo que Dios viene a garantizar también con su gracia. Por eso para nosotros los cristianos el hecho del amor de un hombre y una mujer no es solo el compromiso de dos partes que se aman sino que por medio está la gracia del Señor que eleva ese amor matrimonial a la categoría sobrenatural de sacramento.
No siempre, incluso entre nosotros los cristianos, tenemos en cuenta y valoramos lo suficiente, quizá por un desconocimiento grande, lo que es la grandeza y la maravilla del matrimonio. No siempre incluso entre nosotros los cristianos tenemos en cuenta ese caudal de gracia con que Dios acompaña esa realidad de la vida humana que es el amor matrimonial cuando lo ha convertido en Sacramento. Más tendríamos que contar con el Señor, dejarnos iluminar por su palabra y por su gracia para así fortalecer esos vínculos sagrados del matrimonio y no lo convirtamos en una cosa de quita y pon, como muchas veces sucede, a ejemplo de tantas cosas que nos suceden en la vida, como decíamos antes, y que no sabemos restaurar debidamente y rehacer para darles el más hondo sentido.

Creo que el tema que nos plantea el evangelio hoy nos daría para extensas y profundas reflexiones y también tendría que ser motivación para una oración más intensa al Señor. Oración para que el Señor nos ilumine y nos haga descubrir esos valores más profundos y nobles que nos ayuden a dar una mayor categoría a nuestra vida. Pero oración también contemplando esa realidad del matrimonio en las diferentes situaciones y circunstancias que contemplamos a nuestro alrededor. Pidamos, sí, por la estabilidad y fortalecimiento en el amor de nuestros matrimonios; pidamos al Señor por aquellos que pasan por especial dificultad; y pidamos por los jóvenes que se preparan al matrimonio para que lo hagan conscientes de su grandeza y conscientes también de cómo han de prepararse debidamente para poder vivirlo en la mayor plenitud.