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viernes, 16 de agosto de 2024

Analicemos cuáles son los valores por los que nos movemos y busquemos lo que dé verdadera madurez a nuestra vida

 


Analicemos cuáles son los valores por los que nos movemos y busquemos lo que dé verdadera madurez a nuestra vida

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

Es cierto que a nadie le gusta caminar con una carga pesada sobre sus hombros, y si podemos nos la quitamos de encima; hoy, por cierto, queremos aliviar nuestros trabajos y nos valemos de lo que sea para lograrlo, y de lo que nos cuesta queremos liberarnos porque además nos están educando en que solo buscamos lo fácil y el esfuerzo por alcanzar aquello que es difícil lo rehuimos, porque pensamos que todo en la vida tiene que ir por caminos de comodidad.

No todo esfuerzo tiene que ser un calvario para nosotros, pero eso depende del sentido que le vamos dando a la vida, de lo que valoremos el esfuerzo y la superación, de los deseos que tengamos de alcanzar altas metas aunque sean costosas. ¿No estaremos haciéndonos una sociedad de cómodos y débiles porque no valoramos el esfuerzo y el sacrificio? Tendríamos que analizar mejor los valores por los que nos movemos, el motor que de verdad mueve nuestra vida, las motivaciones que ponemos en lo que hacemos.

¿No te gusta una cosa? Déjala a un lado, tírala y busca algo nuevo, es un poco el estilo por el que nos estamos manejando. Y ya ni nos preocupamos de cuidar las cosas que tenemos, porque si se estropea sabemos que inmediatamente la podemos sustituir por otra. ¿Podemos tener esto como  norma de nuestra vida, como la manera de hacer las cosas? Y esto ya no se refiere solo a las cosas sino que será también en el trato de las personas, que parece que poco menos que las utilizamos como cosas, que cuando no nos sirven las desechamos.

¿Qué pasa, por ejemplo, con lo que pasa con los mayores que ya no nos son productivos sino que mas bien en su dependencia pueden estar costándonos y por eso también los arrimamos a un lado en la sociedad en la que vivimos, y si podemos los desechamos? Es mucha la amplitud en variedad de situaciones que le podemos dar a esta reflexión que nos venimos haciendo y a esa manera de actuar a la que nos vamos acostumbrando. ¿Cuál es realmente el valor que le estamos dando a la persona? Es algo serio lo que nos estamos planteando.

Pero esto no es nuevo, no pensemos que nos lo hemos inventado en los tiempos modernos, aunque sin embargo parece que se agravan estas situaciones. Hoy en el evangelio le están haciendo a Jesús este planteamiento en relación al matrimonio. Es la pregunta clásica de todos los tiempos. ¿Está bien o no eso de divorciarse? ¿Podemos o no podemos hacerlo? Un planteamiento al que hoy se le quiere dar una solución fácil.

Pero Jesús quiere ir a algo más hondo y nos recuerda donde está el origen del sentido del matrimonio. ‘¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.

Es algo más que una pasión. ¿Nos lo habremos planteado el matrimonio como un proyecto de vida que nace de un amor profundo, como para dejarlo todo para compartir una vida? Y un proyecto de tal envergadura no puede nacer solo del impulso de un momento, de una pasión que nos ciega, de un instinto de la naturaleza sino que ha de nacer de lo hondo de la persona poniendo buenos cimientos y comprometiéndoos seriamente en su edificación y conservación de cada día.

Un proyecto es algo que tiene que ir creciendo en cada momento, enriqueciéndose paso a pasa, realizándose en un camino en comunión. Tendrá sus dificultades, encontraremos cosas que nos cuesta realizar, nos exigirá un esfuerzo de superación, nos obligará a corregir las desviaciones que puedan ir surgiendo en el desarrollo del proyecto, no olvidar nunca y tener en cuenta siempre que es lo que estamos pretendiendo.

Pero claro en esta sociedad nuestra tan comodona, que se mueve tanto solo por lo que es fácil, un proyecto así le resulta costoso, como costoso ha sido también el poner unos buenos cimientos, pero que son necesarios para que el edificio no se nos venga abajo. Y costoso será el amor, y costoso será el aceptarnos mutuamente, y costoso es todo crecimiento para llegar a dar esos frutos de madurez.  

Mucho tendríamos que reflexionar en este sentido antes de estar buscando soluciones fáciles y rápidas que siempre nos van a dejar secuelas en la vida.

 

viernes, 15 de marzo de 2024

No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

 


No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Forma parte de la naturaleza de la vida, podríamos decirlo así, hay personas o hay situaciones con las que o en las que nos sentimos cómodos, porque nos parece que hay una sintonía con nosotros, y otras personas que no nos caen bien, no nos sentimos bien a su lado, o situaciones por las que tenemos que pasar en las que no nos sentimos cómodos.

Y esto en distintos frentes. Porque nos puede ser agradable una persona porque quizás es amable con nosotros, nos entendemos cuando hablamos o compartimos cosas o momentos, pero quizá ha situaciones en las que repelemos a la persona precisamente porque es buena, porque es entregada, y es que está chocando con nuestra manera de ser, o con las posturas que nosotros vamos tomando en la vida. Quizás nos hacen ver los errores que cometemos, el desorden que hay en nuestra vida, o que hay otros valores mejores que los que nosotros vivimos, y esto se convierte en un repelente para nosotros, porque de alguna manera su rectitud está denunciando el mal que hay en nosotros.

Siempre ha sucedido que el que obra con rectitud se convierte en blanco de los demás, y al que siempre se le quiere sacar algo, o acumularle algo en su vida que está bien lejos de su comportamiento. La rectitud de sus vidas se convierte en denuncia de nuestro mal obrar y por eso con tanta maldad quizá se trata de denigrarlo de la forma que sea. ¿No es lo que le pasaba a los profetas?

Es lo que pasaba también con Jesús., Y Jesús lo sabía. El Reino nuevo de Dios que anunciaba se convertía en una denuncia de quienes querían vivir anquilosados en sus rutinas y viejas costumbres, pero que no estaban obrando con la debida rectitud ni con la necesaria apertura del corazón. Como los profetas habían sido rechazados, así ahora es rechazado Jesús. Bien nos lo explica Jesús en la parábola de los viñadores homicidas que no hace mucho hemos meditado, pero que no la podemos leer solamente mirando a lo que era la situación de entonces del pueblo judío y su historia, sino que también hemos de saberla leer en la realidad de nuestra vida.

Cuántas veces nosotros también cuando ha habido quien con visión verdaderamente profética nos ha presentado la Palabra de Dios habremos sentido ese mismo rechazo dentro de nosotros; acaso lo hemos querido disimular, porque miramos a otro lado y siempre queremos aplicar las cosas a los demás y no a nosotros mismos, o tratamos de hacernos nuestras rebajas, porque nos decimos que no hay que mirar las cosas con tanta radicalidad.

Pero, ¿aceptamos o no aceptamos a Jesús y su mensaje evangélico?  Hemos escuchado hoy que en principio Jesús no quiere dejarse ver por Jerusalén, porque aun no ha llegado su hora, donde sabe que va a tener una fuerte oposición. Sin embargo Jesús sube también a la ciudad santa para aquella fiesta, y los mismos judíos se sorprenden de su presencia, pues el pueblo notaba el vacío que las autoridades y gente principal querían hacerle a Jesús. Se preguntan si acaso ya habrán aceptado la misión profética o mesiánica de Jesús.

¿De donde viene Jesús? ¿Cuál es realmente su misión? ¿El hecho de ser galileo la resta posibilidad de que pueda ser el Mesías, como en otro momento le dirán los sumos sacerdotes a Nicodemo, que de Galilea nunca ha surgido un profeta?

Como hoy les dice Jesús ‘a mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado…’ Jesús se siente como el enviado del Padre. Nos recuerda lo que en otro momento del evangelio hemos escuchado. El amor que Dios nos tiene es tan grande que ‘nos ha enviado a su Hijo para que quien cree en El no perezca sino que tenga vida eterna’.

Es la maravilla y la grandeza de nuestra fe en Jesús. Así lo reconocemos. La Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. La Palabra que nos ilumina para arrancarnos de nuestras tinieblas y darnos vida. La Palabra que tenemos que escuchar. Podemos recordar muchos momentos del evangelio. No seamos la tiniebla que rechaza la luz. Dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga. No la rechacemos porque nos duela. La medicina nos arde en la herida pero nos sana. Veamos en todo siempre y por encima de todo el amor de Dios que  nos salva.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva para llegar a descubrir de verdad al hermano que sufre a nuestro lado

 


Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva para llegar a descubrir de verdad al hermano que sufre a nuestro lado

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

 Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva del paisaje que tenemos delante o del cuadro que nos están presentando, podremos ver el detalle de la realidad o todo se nos puede diluir y desfigurar ocultando a nuestros ojos lo que desde otro lugar se vería con mayor claridad o mejor perspectiva.

Pero no vamos a contemplar paisajes ni obras de arte, se trata de contemplar la realidad de la vida que muchas veces se nos difumina y se nos hace turbia dejando de ver lo que tenemos crudamente delante de nosotros. ¿Cuál sería la mejor perspectiva o el mejor punto de vista?

Estamos ante un capítulo del evangelio que creo que nos podría ayudar. El samaritano vio al herido y se detuvo junto a él mientras el sacerdote y el levita dieron un rodeo para evitar encontrarse de frente con el hombre caído y disculparse de no haberle visto o de no haberle atendido; el padre vio al hijo pródigo que volvía a casa aun estando lejos, mientras el hermano mayor rehuyó entrar en la casa porque no quería encontrarse con el hermano y así crecerse en sus protestas y exigencias; Jesús ve a los discípulos y los llama uno por uno por su nombre, ve a la multitud que se ha congregado a su alrededor y se pone a enseñarles y a curar enfermos, como cuando Dios ve desde el cielo el sufrimiento de su pueblo y decide bajar para enviar quien los libere de la esclavitud. Hay quien ve y hay quien no quiere ver.

Es lo que concretamente vemos en el evangelio que hoy se nos ofrece; allí está el rico enfrascado en sus banquetes y sus fiestas y no es capaz de ver al pobre Lázaro que está en su misma puerta hambriento y cubierto de llagas. ¿Qué es lo que está cambiando la perspectiva y a uno cierra los ojos, mientras otros son capaces de detenerse para llenarse de compasión ante el sufrimiento de los demás?

El que se encierra en sí mismo, no piensa sino en si mismo, rehuye la posibilidad de manchar sus ropajes, tendrá siempre los ojos cerrados para los demás y no será capaz de descubrir lo que tiene en su misma puerta por donde entra y sale todos los días. Cuando nos sentimos instalados o acomodados en nuestras cosas o en nuestras rutinas perdemos la verdadera perspectiva que nos lleva a descubrir a los demás. Son muchas las cosas que nos pueden hacer que nos sintamos instalados y ya no queramos ver otra cosa.

Tantos apegos del corazón que nos quitan la verdadera libertad interior. Serán las riquezas o serán los caprichos de la vida, serán nuestras comodidades o nuestras rutinas, serán tantas baratijas de la vida que nos entretienen y nos roban nuestro tiempo o nuestra voluntad, serán tantas cosas que nos vuelven insensibles y nos impiden llenar de compasión el corazón para poder tener la mejor visión de manera que ya no importan las distancias para descubrir allí donde está aquel que necesita de nosotros.

Algo nos está queriendo decir hoy el evangelio. Cuántas veces en la vida damos rodeos, cuántas veces no queremos acercarnos para no encontrarnos, cuántas veces pensamos que nos valemos por nosotros mismos y no necesitamos de nadie y por eso no terminamos de prestar atención a lo que hay a nuestro alrededor, cuántas veces vamos ensimismados en nuestras preocupaciones o en nuestros intereses porque no queremos llegar tarde a aquellas cosas que habíamos convertido en prioritarias incluso por encima de las personas.

Al final quizás las circunstancias de la vida nos obligan a detenernos y comenzamos a darnos cuenta de lo que podíamos haber hecho y no hicimos, nos damos cuenta que no son las cosas sino las personas lo que nos debería haber importado que tendrían que ser las realmente prioritarias, nos damos cuenta de que por mucho que nos sintamos fuertes con lo que tengamos realmente estamos siempre necesitados de la mano de los demás.

Nos hace falta una nueva visión, una nueva perspectiva, algo que realmente nos despierte y nos haga abrir los ojos. No es necesario que pidamos milagros extraordinarios, que estemos corriendo de un lugar para otro buscando apariciones milagrosas; algunas veces nos parece que ese es el recurso fácil y que pronto daría resultados; pudieran convertirse en luces fugaces de un día o de un momento, pero que no son los que realmente van a mover el corazón.

Aquel hombre desde el abismo, cuando ahora ya había comenzado de alguna manera a pensar en los demás, todavía pensaba que con apariciones milagrosas sus hermanos podrían cambiar de vida para que no cayeran en el abismo en el que él estaba. ‘Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento… que si un muerto va a ellos, se arrepentirán…’ Pero Abrahán le contestará: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto’.

Ahí tenemos la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar y es la que si la plantamos bien en el corazón nos transformará. Será el Evangelio, la buena noticia de Jesús, lo que en verdad transformará nuestros corazones. Es la semilla que hemos de plantar en nuestro corazón dejando que eche raíces en nosotros para que surja una nueva vida.

 

miércoles, 24 de noviembre de 2021

No nos acobardemos ni tengamos miedo, mantengamos la firmeza y fidelidad que se manifieste en la perseverancia y encontraremos la salvación

 


No nos acobardemos ni tengamos miedo, mantengamos la firmeza y fidelidad que se manifieste en la perseverancia y encontraremos la salvación

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Sal.: Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19

Mantenerse uno firme en sus convicciones no es fácil. Es más fácil acomodarnos. Es la tentación en la que todos estamos en las distintas facetas de la vida. Hoy se emplea mucho la frase de lo políticamente correcto; o sea aquello que tú tienes que pensar o decir para no ir a la contra de lo que todos dicen; porque ahora quieren mandar los que se creen en mayoría; y no hablo ahora de democracia política, sino del común sentir y hacer de la gente, de lo que todo hacemos. 

Hay corrientes de opinión y ahora todos tienen que pensar según esa corriente de opinión dominante; y las corrientes de opinión las crean algunos que más gritan, o más se manifiestan en la calle o en los medios de comunicación, los que van creando influencias en los demás, en la mayoría de la gente, y a esos hay que creerlos y seguirlos, no se puede ir a la contra. Y entonces para no resultar molestos o incómodos, nos acomodamos (vaya con todo sentido el juego de palabras incómodo-acomodarse). Si alguien quiere opinar distinto lo va a tener difícil. La verdad de la vida tiene que ser algo mucho más profundo.

Por eso al que quiere ser cristiano de verdad le va a costar, no le va a ser fácil. Porque muchas veces tendremos que remar en contra. Nuestros valores y nuestros principios son otros de los que el mundo o la sociedad tratan de imponer. Y nos va a costar mucho la fidelidad. Nuestro punto de partida tiene que ser el evangelio, esa buena nueva que Jesús nos ofrece que se convierte para nosotros en un sentido de vida.

Las motivaciones profundas que nosotros tenemos para nuestro trabajo por la justicia, para la construcción de nuestro mundo desde el amor, para conseguir la verdadera paz que nos dé una felicidad duradera y profunda tienen unas características muy especiales que nosotros mamamos (vamos a decirlo así) en el evangelio. Y eso choca con los intereses del mundo, eso choca con un sentido materialista de la vida, eso choca con los egoísmos que nos asaltan y las posturas interesadas de tanto que solo buscan sus ganancias o sus vanidades. Y nos vamos a encontrar entonces con un mundo enfrente, al menos con muchos que no les convencen nuestras ideas y tratarán de destruir lo que nosotros vayamos construyendo sin importarles el destruirnos a nosotros también.

Y de eso es de lo que nos está previniendo Jesús en el evangelio cuando nos habla de persecuciones y de cárceles o de que nos vamos a encontrar enfrente quizás hasta los más cercanos que tengamos a nuestra vida como pueden ser nuestros familiares o aquellos que consideramos amigos. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre… Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre…’

Pero Jesús nos dice que no nos acobardemos, que no tengamos miedo, que no estemos preocupándonos demasiado en como hemos de hacer nuestra defensa, porque su Espíritu estará con nosotros.  ‘Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’.

Termina Jesús hablándonos de la firmeza, de la fidelidad de nuestra vida. Firmeza y fidelidad que se ha de manifestar en la perseverancia. Eso que nos cuesta tanto. Pronto nos cansamos. Pronto tiramos la toalla. Pronto nos parece todo tan oscuro que perdemos las ganas de luchar, de esforzarnos, de seguir adelante. ‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, nos dice Jesús.

Vemos a tantos en la vida, en diferentes aspectos o en diferentes situaciones que cuando encuentran la dificultad ya van derrotados, que podemos nosotros terminar haciendo igual. Además muchas veces queremos que la salida sea a nuestra manera, pero Dios abre caminos nuevos y distintos delante de nosotros. Si permanecemos fieles aun en los momentos más oscuros veremos que al final la luz de Jesús no nos faltará. Como nos dice hoy ‘ni un cabello de vuestra cabeza perecerá’. Confiemos en el Señor, en su Palabra, en la fuerza de su Espíritu que estará siempre con nosotros.

sábado, 23 de enero de 2021

El mundo de hoy necesita ver más locos de amor con posicionamientos más parecidos a los de Jesús y por lo que decían que no estaba en sus cabales

 


El mundo de hoy necesita ver más locos de amor con posicionamientos más parecidos a los de Jesús y por lo que decían que no estaba en sus cabales

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46; Marcos 3,20-21

Pero ¿tú sabes lo que estás diciendo? Tú estás loco, que no te oiga la gente. Se lo habremos dicho a alguien, lo habremos escuchado, o quizás nos lo han dicho a nosotros cuando hemos sido atrevidos para ofrecer una idea nueva, un nuevo planteamiento sabiendo como es la gente que nos rodea, pero que sabemos que aquello que planteamos va a producir salpullidas. Se tratará de una idea nueva que quizá pretende cambiar los presupuestos con los que en la vida vamos siempre, se trata de una forma nueva de ver las cosas que rompe moldes, se trata quizá de enfrentarnos con aquellos que dicen que las cosas siempre han sido así y por qué las vamos a cambiar ahora.

Los parientes de Jesús vinieron a buscarlo para llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales. Algunos se sentían desconcertados con lo que Jesús decía y enseñaba, con su manera de actuar, con su cercanía a los más pobres y necesitados, con su mezclarse con toda clase de gente, ya fueran publicanos o ya fueran mujeres públicas. La gente se sentía sorprendida, algunos comprendían que Jesús estar planteando un mundo nuevo, algunos en sus inquietudes interiores coincidían con Jesús que había que buscar más autenticidad, pero otros no lo entendían, y para sus familiares más cercanos aquello era un escándalo; mira ahora con quien se está mezclando, que no solo eran los publicanos y las prostitutas, sino que entre su grupo había algunos que procedían de aquellos grupos revolucionarios y en contra del régimen como eran los zelotas.

Pero lo que Jesús estaba planteando no era una revolución sin más, porque además era enemigo de la violencia, el evangelio que predicaba era el del amor. Jesús lo que planteaba era un mundo nuevo, una nueva manera de sentir y de actuar, era el Reino de Dios que cuando ponemos de verdad a Dios en el centro de nuestra vida necesariamente tiene que surgir la cercanía con los demás, aunque sean los últimos de la tierra, aunque fueran los más marginados o los que eran rechazados por todos.

En el mundo del amor no caben las distancias ni las barreras, todo eso tiene que transformarse y las murallas que nos separan y que nos distancian tienen que caerse. Por eso Jesús estaba con todos, aunque hubiera gente a la que no le gustaba, incluso entre sus parientes que ahora querían llevárselo. Ya veremos que incluso a los principales o a los que se creían los principales en la sociedad de su tiempo no les parecería bien que Jesús comiese con publicanos y pecadores y de ellos se rodease.

¿Pero seguirá siendo esto así hoy? ¿Es esa la imagen que damos los que nos llamamos cristianos y seguidores de Jesús? ¿Es esa la imagen de la Iglesia? ¿No nos rodearemos de demasiados oropeles que quieren saber y dar olor a poder y a estar solo entre los principales del mundo? ¿No nos podrá suceder que nuestras palabras muchas veces suenen a palabras vacías porque no van acompañadas de gestos y posturas que nos acerquen de verdad a los que son los últimos del mundo como hacía Jesús?

Hablamos muchos de la preferencia por los pobres, de la opción por los pobres que tiene que ser la opción del cristiano y de la Iglesia, pero seguimos encumbrados en los cómodos sillones del poder y cuando la sociedad quiere bajarnos de esos pedestales bien que protestamos y no nos queremos desprender de esos posicionamientos cómodos y calentitos.

Creo que el mundo de hoy necesita ver más locos de amor que toman posicionamientos más parecidos a los que vemos que Jesús tomaba y por lo que decían que no estaba en sus cabales. Andamos demasiado acobardados queriendo nadar y guardar la ropa. No hemos de tener miedo a embarrarnos en los barros de pobreza, dolor y sufrimiento de nuestro mundo.

martes, 18 de febrero de 2020

Evitemos las levaduras del mundo y no olvidemos cuales son nuestras metas, los valores que tienen que envolver nuestra existencia y da un sentido hondo a la vida


Evitemos las levaduras del mundo y no olvidemos cuales son nuestras metas, los valores que tienen que envolver nuestra existencia y da un sentido hondo a la vida

Santiago 1, 12-18; Sal 93; Marcos 8, 14-21
‘A los discípulos se les olvidó tomar pan, y no tenían más que un pan en la barca’. Vaya despiste. Lo normal era que cuando se ponían en camino echaran un poco de pan en la alforja. El bocadillo para el camino que diríamos hoy. Lo normal era que en sus propias casas se hicieran el pan; tenemos que situarnos en la época y en sus costumbres, pero contando también con su pobreza. ¿Por qué llevaba aquel muchacho aquellos cinco panes y dos peces de los que se nos habla en otro lugar? Eran las previsiones para el camino.
Así andaban los discípulos, quizá preocupados, quizá imaginando lo que Jesús les pudiera decir y como resolver el asunto cuando Jesús como cambiando de tercio pero dentro aun del mismo campo les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes. ¿Era una forma de reprensión? ¿Se sentían aludidos en sus despistes o qué quería decir Jesús? No terminan de entender, andan como embotados y Jesús se los echará en cara, por hablar de pan por pan les recuerda lo que había hecho en varias ocasiones en que la multitud había comida hasta saciarse y aun había sobrado. Luego Jesús quería decir algo más.
Los panaderos lo saben y quienes hacen sus amasijos en casa para lo que fuera saben muy bien que no todas las levaduras son iguales. Que algunas fermentan mejor o nos dan mejor sabor de pan y otras quizá hasta lo pueden estropear. Y Jesús ahora no está hablando de cantidades de pan sino de distintas levaduras, pero para la vida. Podíamos decir que la levadura hace que el pan sea pan y sea buen pan, y esa levadura de la que ahora nos habla Jesús es la que nos da sentido o valor a la vida y tendríamos que ver cual es ese sentido y ese valor.
En la vida recibimos una educación de nuestros padres que nos inculcan unos valores  que nos enseñan a vivir. Y el padre se siente satisfecho y orgulloso cuando ve crecer a su hijo y lo ve madurar en responsabilidades y en buenos valores. Pero sabemos también que se puede torcer, porque hay otras influencias que recibimos de nuestro entorno, que recibimos de los amigos, que recibimos del conjunto de la sociedad, que nos bombardea con sus publicidades engañosas y pretende muchas veces hacernos cambiar en nuestros principios y en nuestros valores.
Y el mundo se nos presenta sensual y materialista y nos quiere hacer ver que esas son las cosas importantes que nos pueden hacer felices; y nos encontramos con corruptelas de todo tipo en los negocios, en la vida social, en la política y ya tenemos el peligro de verlo tan normal y natural que casi nos sentimos impulsados a actuar de esa manera. Y nos parece que si no damos el pelotazo para sacar unos provechos y unas ganancias en aquello que hacemos olvidando los mínimos principios éticos, seriamos los más tontos del mundo que no sabemos aprovecharnos como lo hace todo el mundo.
Muchos ejemplos, muchas situaciones podríamos seguir contando pero creo que todos entendemos. Es esa levadura corrompida que nos corrompe, es esa levadura de maldad que se nos mete en los entresijos de la vida y nos lleva a actuar de esa forma injusta y dañina produciendo también tanto dolor en el mundo. Cuando llegamos a acostumbramos a esos sabores todo nos parece normal y perdemos la sensibilidad ética y moral de nuestra conciencia.
Jesús les dice a los discípulos que cuidado con la levadura de los fariseos que trataban de influir en la gente convirtiendo en manipuladores de sus conciencias y que estaban dispuestos a destruir todo lo que no fuera a su manera y según el concepto que ellos tenían de la vida y de la religión. Y lo mismo de la levadura corrupta y sensual de Herodes que en todo buscaba los placeres a su conveniencia y también dispuesto a quitar de en medio a quien pudiera oponerse a su manera de entender la vida como hizo con el Bautista.
Evitemos esas levaduras del mundo, nos viene a decir Jesús, y no olvidemos cuales son nuestras metas, cuales son los valores que tienen que envolver nuestra existencia, cuales son las verdaderas cosas que dan un sentido hondo a nuestras vidas. Busquemos la levadura de Jesús.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser


Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35
A veces no hay quien nos entienda, o quizás no nos entendemos ni nosotros mismos. Así andamos sin saber lo que buscamos, lo que queremos, lo que son en verdad nuestras aspiraciones. Estamos a lo que salta y andamos como veletas según el viento que nos toque. Nos sucede por falta de personalidad, porque no hemos llegado quizá a tomarnos las cosas en serio y no hemos llegado a madurar, o quizá por muchos miedos interiores que nos impiden tomar una decisión, dar una orientación a la vida. Hemos vivido cómodamente así y así queremos seguir, porque ¿para que esforzarnos?
Decimos que tenemos las cosas claras pero somos los más inseguros del mundo; llega el momento de una decisión y damos vueltas y vueltas, y no es porque estemos seriamente reflexionando para buscar lo mejor, sino por miedo a no acertar, a poder equivocarnos, a lo que puedan pensar los demás, a no querer tomar una opinión clara y firme porque puede contradecir a los demás. No es fácil vivir así, aunque lo hacemos por comodidad pensando que así es mejor, pero al final nos encontraremos perdidos porque nadie nos entiende ni nosotros, como decíamos, nos entendemos a nosotros mismos. Al final somos como niños indecisos.
Nos pasa en muchos aspectos de la vida con lo que nos manifestaremos irresponsables y realmente no se nos puede confiar una responsabilidad. Y vamos pasando por una vida gris y sin brillo, nos sentiremos frustrados porque no terminamos de llegar a ninguna meta o es que realmente no la tenemos. Nos sentimos a la larga insatisfechos de nosotros mismos. Todo eso se nos puede volver en contra en nuestra desorientación.
Hoy en el evangelio vemos a  Jesús que no termina humanamente de comprender lo que le sucede a la gente que no quiere aceptar sus palabras, que tan pronto están entusiasmados quizá por los milagros que ven que hace,  o por otro lado se dejan influir por los dirigentes en algún sentido de aquella sociedad o por los que más influencias tienen como los escribas, los fariseos, los saduceos. Jesús en un como suspiro de incomprensión les dice que son como niños en la plaza que no terminan de ponerse de acuerdo en sus juegos y andan discutiendo todo el tiempo.
¿Qué puede pensar Jesús de nosotros? ¿Qué puede pensar de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades? Porque así podemos andar tambaleantes en lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Queremos ser buenos y hasta vamos a Misa pero seguimos con las mismas rutinas de siempre, parece que no hace mella en nosotros la Palabra de Dios que escuchamos, nos nuestras indecisiones y cobardías, nuestra falta de arrojo para lanzarnos un paso adelante y vivir un mayor compromiso, o arrancarnos de esas rutinas, o dar el cambio que sabemos que tendríamos que dar y seguimos dando largas para otro momento que nunca llega.
Y así aparecen nuestras comunidades con tanta tibieza que no terminamos de dar el testimonio que necesita nuestro mundo. Tenemos en nuestras manos el evangelio de salvación y no terminamos de anunciarlo. Solo queremos poner parches, que todos estemos contentos pero esa palabra profética no se llega a pronunciar,  esos profetas no aparecen en nuestro mundo. Para decir esa palabra profética, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser.
Que el Espíritu del Señor nos despierte.