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miércoles, 13 de agosto de 2025

Si en familia nos amamos y hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente, cómo no hacerlo cuando estando unidos Jesús está en medio de nosotros

 


Si en familia nos amamos y hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente, cómo no hacerlo cuando estando unidos Jesús está en medio de nosotros

Deuteronomio 34,1-12; Salmo 65; Mateo18, 15-20

Los trapos sucios se lavan en casa. Habremos escuchado esta recomendación más de una vez. No es simplemente el hecho de cubrirnos nuestras espaldas, para que cuando luego nosotros tropecemos – que alguna vez tropezaremos porque todos estamos en el camino, como se suele decir – pues den la cara por nosotros. Creo que tiene que ir a algo mucho más profundo y más hermoso.

Si formamos una familia porque nos amamos creo que hemos de sentirnos unidos y sabernos apoyar mutuamente. Es camino que hacemos juntos y en el que no nos sentimos aislados, porque cada una de las cosas que suceden o que son la vida de esa familia a todos nos atañe, todos hemos de saber arrimar el hombro, todos tenemos que ayudarnos para salir juntos de esos problemas o dificultades que se presentan, o para ayudarnos mutuamente a corregir errores, a enderezar posturas, a buscar no solo lo bueno sino lo mejor, porque sentimos como propio lo de los demás miembros de la familia, nos duele lo que a los otros les duele y nos alegra lo que crea ilusión en los demás miembros, evitando rivalidades y enfrentamientos y nunca dejándonos seducir por recelos ni desconfianzas.

Es lo que Jesús nos está diciendo hoy en el evangelio. Fijémonos que termina diciéndonos que si nos sentimos unidos y somos capaces desde esa unión de pedir algo al Padre en su nombre, se nos concederá. Porque además, nos dice Jesús, que cuando en su nombre estamos reunidos El estará en medio de nosotros. Cuánta falta nos hace que estemos verdaderamente convencidos de esto. Con esa premisa qué distinta sería nuestra vida, que seguridad tenemos para nuestro actuar, que niveles de confianza y cercanía nos creamos los unos con los otros. ¿Podremos ponernos a hacernos la guerra los unos a los otros si decimos que cuando estamos unidos en medio de nosotros está el Señor?

Es importante este pensamiento, esta fe que hemos de tener en esa presencia del Señor en los demás, allí donde nos sentimos en esa unión y comunión. Se va a derivar en la manera en que comenzaremos a mirar al otro; no será para mí un extraño, no lo miraremos a la distancia, no comenzaremos a hacer discriminaciones, empezaremos a valorarlo de verdad quitando esos filtros que tantas veces nos ponemos. No será para mi un extraño, un extranjero, un emigrante venido de lejos, alguien de otra raza, un pobrecito del que podamos sentir lástima.

Nuestras actitudes tienen que ser otras, quitando diferencias y buscando cercanía, ofreciendo mi brazo para caminar juntos apoyándonos mutuamente, sintiendo como vibra de manera especial el corazón ante su presencia porque lo estamos viendo como un hermano. Ya no pondremos distancias porque me pueda contagiar con sus malas costumbres como siempre andamos con nuestras desconfianzas, ya sabré acercarme a El con el corazón lleno de comprensión para ayudarle en los tropiezos que pueda tener en la vida.

Hoy nos está hablando Jesús de eso tan bonito que es la corrección fraterna. Seremos siempre ministros y servidores del reencuentro y de la reconciliación, seremos siempre lazo que une y punta de lanza que rompe nudos para regalar el perdón. Si en Jesús estamos unidos con los lazos del amor, ¿cómo no voy a regalar el perdón a quien tengo que amar?

miércoles, 1 de mayo de 2024

Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

 


Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Si no estamos enlazados con la fuente de la energía, en perenne comunicación con dicha fuente, no tendremos energía. Al hablar de esto enseguida pensamos, por ejemplo, en la electricidad y cómo vemos nuestros territorios y nuestras calles hasta llegar a nuestros hogares por torres que sostienen unos cables que son conductores de esa energía desde su fuente de generación; claro que hoy pensamos en otras energías, renovables las llamamos, ya puede ser la fuerza motriz del viento o del agua embalsada, ya se la luz y el calor del sol que nos van también a generar ese energía con la que tendremos que estar igualmente conectados.

Claro que en la época de Jesús no se contaba con esos medios de generación energética, pero si sabían que la luz del sol era como un alimento para las plantas que igualmente tendrían que estar bien enraizadas en tierra, y manteniendo la unidad de la planta, se podría llegar a obtener unos frutos.

Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos, de la necesaria poda para poder aprovechar toda la energía y vitalidad de la planta para mejores frutos, pero también como los sarmientos habían de estar bien injertados en la cepa para que la savia alimenticia pudiera fluir por toda la planta y sus ramas.

Ya sea con los ejemplos de energía con que hemos comenzado a reflexionar, ya sea en esta referencia a la vid y los sarmientos, nos viene a decir Jesús que una cosa es importante, la unión de los sarmientos con la cepa, con vid, porque solo así podremos obtener los mejores y los más abundantes frutos. 

Y esto es una imagen y una alegoría para nuestra vida que tenemos que saber discernir bien. Somos los sarmientos que como brazos que se extienden y se prolongan venimos a trasmitir a nuestro mundo todo el mensaje salvador del evangelio. Pero es necesario que nosotros tengamos vida, que haya vitalidad en nosotros, porque de lo contrario ¿qué es lo que vamos a trasmitir? No vamos a decir lo bonito que somos, no vamos a hablar de nosotros mismos o de lo que puedan ser nuestros proyectos por muy bellos y hermosos que sean. Nos seguimos predicando demasiado a nosotros mismos; nos seguimos creyendo el ombligo del mundo como si nosotros fuéramos el centro de todo; nos sobra autosuficiencia, nos sobra orgullo.

Esto es muy serio y es en algo que tenemos que pensar los cristianos que nos sentimos más comprometidos, es algo que tiene que plantearse muy bien la Iglesia en sus pastores y cuantos tienen una misión dentro de la Iglesia. Muchas veces predicamos la Iglesia y no predicamos a Jesús; queremos manifestar la grandeza de la Iglesia y nos llenamos de magnificencias  que terminan siendo simples, pero duras vanidades que se convierten en un velo que impiden que todos nos encontremos con Jesús. Andamos muy preocupados de prestigios y nos sentimos escandalizados cuando alguien o algo pudiera manchar ese brillo que le queremos dar a la Iglesia, pero nos olvidamos quizás de cosas fundamentales que Jesús nos enseña en el evangelio, olvidándonos de la misericordia y de la compasión.

Algo nos puede estar fallando en esos cables de conexión de la energía cuando no estamos dando buena luz. ¿Habrá muchos ramajes que cortar en nosotros, en nuestra Iglesia, en quienes quieren aparecer en primera pantalla, y que se convierte en distracción que impide que el mundo de verdad mire a Jesús y su evangelio de salvación?

Creo que mucho tendría que darnos que pensar toda esta reflexión que nos estamos haciendo. Busquemos la manera de estar de verdad unidos a la cepa para que no seamos sarmientos inútiles, chupones que roban la verdadera energía y vitalidad que tendríamos que tener.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

 


Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

En los alrededores de donde yo vivo son campos de cultivo de la vid en otros tiempos muy abundantes; hoy cuando salgo en mis paseos por el campo igual me encuentro un terreno cuidadosamente cultivado donde a través del año es muy frecuente encontrarme al agricultor que en cada época realiza los trabajos propios del cultivo de la viña, igualmente me encuentro también en sus cercanía otros campos que no han sido cuidados y hoy sus viñas se encuentran abandonadas a su suerte y presentan una imagen poco menos que selvática.

Es hermoso ver en esta época el crecimiento de la planta ofreciéndonos en ciernes ya lo que serán los futuros frutos de hermosos racimos para producirnos generoso vino; pero, como decíamos, ahí está el trabajo del agricultor cuidando su vida a través de todo el año en las diferente atención que esas plantas necesitan, la poda, el escardar la tierra para evitar hierbajos y la lluvia la pueda empapar generosamente, el levantamiento de la viña en esta época para disponer su ramaje de manera que ni el excesivo sol, ni las corrientes de viento dañen el futuro fruto, y así muchas otras tareas, que no es necesario detallar aquí, pero que serán promesa de abundantes frutos.

Hoy Jesús en el evangelio nos propone una alegoría partiendo de esta imagen de la viña; nos habla de la poda para eliminar los sarmientos inútiles, como nos habla de la necesidad de que el sarmiento no se desgaje y separe de la vida para que pueda dar fruto; y terminará diciéndonos que así nosotros, como el sarmiento a la vida, tenemos que estar unidos a El porque El es la vid verdadera y el Padre es el viñador.

Una imagen muy hermosa que nos describe lo que ha de ser verdaderamente lo que llamamos la vida cristiana. Porque desde la fe nos unimos a El en el Bautismo comenzamos a disfrutar de la vida de los hijos de Dios, porque por la fuerza del Espíritu participamos de su misma vida. Pero no es solo la plantación, sino que necesitamos el cultivo. No solo basta que un día hayamos recibido el Bautismo, o en otros momentos determinados de la vida hayamos recibido algunos sacramentos que nos vinculan a la vida cristiana. Esa vida cristiana hemos de vivirla en el día a día, y no la podremos vivir si no estamos verdaderamente unidos a Jesús. ‘Sin mí, no podéis hacer nada’, ha venido hoy a decirnos.

Y es lo que descuidamos demasiado a lo largo de la vida. Esa unión con Jesús que parte de la escucha de la Palabra y de la oración. Esa unión con Jesús que mantenemos viva con la vivencia de los sacramentos. Como nuestro alimento diario, como el agua de lluvia que riega nuestros campos para hacerlos verdaderamente fecundos, como esa atención que prestamos a lo largo del año a nuestras plantas, en este caso estamos hablando de la vida, para mantener esa planta viva, fértil, fecunda capaz de darnos no solo hermosas flores sino también generosos y abundantes frutos.

¿Cómo podríamos mantener la amistad si no nos relacionamos con el amigo? ¿Cómo podemos renovar e intensificar el amor de hijo si no entramos en relación con el padre y con la madre para escucharle y para contarle, para mantener vivo el cariño, la relación y la confianza, para hacer que sea intenso ese amor familiar que verdaderamente nos hará crecer y madurar como personas? ¿No es en ese trato donde se mantiene y se hace crecer la relación y el amor porque hará que sepamos que siempre podemos contar con ese amor de padre que estará a nuestro lado en las buenas y en las malas?

¿No necesitamos hacer crecer ese amor de hijos hacia Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza nos va a dar en nuestra vida? Por eso esa sintonía de corazones que hemos de mantener con Dios, a quien escuchamos y con quien contamos. Es nuestra oración que es más que un rezo porque será verdaderamente un encuentro donde nos alimentamos de su amor, donde nos llenamos de su vida, donde nos sentiremos empapados de Dios descubriendo siempre lo que Dios quiere para nosotros, por eso nuestra oración será siempre además escucha de Dios.  

Cultivemos bien esa viña de Dios en nosotros. No lo abandonemos.

 

miércoles, 18 de mayo de 2022

Sepamos sentarnos en silencio en la presencia de Dios para sentir el palpitar de vida de su corazón que nos haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor

 


Sepamos sentarnos en silencio en la presencia de Dios para sentir el palpitar de vida de su corazón que nos haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

El trato hace la amistad, solemos decir. Es necesario sentir la cercanía, es importante estar en contacto, no podemos perder la relación y la comunicación; no puede ser simplemente algo mantenido en el recuerdo, por muy buenas que hayan sido las experiencias vividas, porque el distanciamiento enfría la relación, poco a poco corta la comunicación y se pierde la comunión. Yo tuve un amigo, llegamos a reconocer, pero ya no sé por dónde anda, se cortó la comunicación y la relación y al final puede parecer que fue algo, muy bonito quizá, que pertenece al pasado y ahora poco o nada nos puede decir. Cuántas amistades abandonadas, cuántos amigos olvidados, cuántos recuerdos que parece que son solo para la historia pero que ahora no hacen vida.

Algo así nos está hablado Jesús. Nos pone comparaciones, tomadas incluso de lo que es la propia naturaleza, pero al final nos dirá tajantemente ‘sin mí, nada sois’. Necesitamos estar unidos a El, mantener nuestra comunión y nuestro amor. Si siempre hemos venido diciendo que todo es una relación y una respuesta de amor, esa llama hay que mantenerla viva, y no se mantiene viva si no se la alimenta. Y el alimento está en esa comunicación y en ese diálogo, en ese conocimiento que crece y que hará crecer el amor, en esa presencia que es luz, fuego, alimento, fuerza para el espíritu.

La comunicación y el encuentro con el amigo, el diálogo lleno de confianza donde todo se comparte y donde mutuamente disfrutamos de esa presencia, de esas palabras, de esas experiencias compartidas, hacen crecer la amistad, harán crecer el amor. Lo tenemos que cuidar; no será solo una presencia ocasional por alguna circunstancia que nos haga encontrarnos; no solo puede ser un encuentro fugaz fruto de nuestras correrías y de nuestras prisas, tiene que ser algo más hondo, algo que se disfrute mejor, algo que nos meta el gozo en el alma del amor y la amistad compartida. No somos amigos por un regalo formalmente compartido ni por una visita de compromiso.


Tenemos que buscar lo que en verdad nos hace crecer como cristianos. Nuestra manera de vivir la presencia de Jesús en nuestra vida. Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos; que hay que cultivar, que hay que cuidar, que hay que incluso podar para que no se vaya por ramajes inútiles e inservibles, que tenemos que saber mantener en profunda unión para que no sea un sarmiento que se seque sino una planta que desde lo más profundo llegue a dar fruto.

Igual que cultivamos de verdad una amistad y cuidamos que nada la entorpezca o la llene de maleza, tenemos que cuidar nuestra relación con Dios, nuestra relación con Jesús. Es la oración profunda que nos llena de la presencia de Dios, es el diálogo de amor en que se nos ofrece la Palabra a la que hemos de dar una respuesta de vida, es el cuidar que esa relación no se quede en lo formal o en lo ritual sino que en verdad nos haga gozarnos en su amor y cantar la alegría de su presencia, es ese saber sentarnos en silencio en su presencia para sentir el palpitar de vida del corazón de Dios que no haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor.

El trato hace la amistad, habíamos comenzado diciendo, y será ese trato y esa relación llena de vida con Dios lo que nos hará crecer en su amor. ‘Permaneced en mi y yo en vosotros’, nos decía Jesús en el evangelio. Qué distintos nos sentiríamos, qué seguridad daría a nuestra vida, qué fortaleza para nuestro caminar, con qué nueva ilusión y esperanza nos pondríamos a contagiar a los demás de ese amor, qué fuerza tendría nuestro compromiso de amor, con qué amor nuevo amaríamos también a los demás a los que ya para siempre miraremos como hermanos.

sábado, 1 de mayo de 2021

Cultivemos nuestra espiritualidad, buscando desde nuestra oración y la escucha de la Palabra, alimento y Viático de nuestra vida, en esa identificación con Jesús

 


Cultivemos nuestra espiritualidad, buscando desde nuestra oración y la escucha de la Palabra, alimento y Viático de nuestra vida, en esa identificación con Jesús

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

‘Es igualito que se padre’, habremos dicho o habremos escuchado esa expresión alguna vez; o en referencia a la madre ‘se parece en todo a su madre’, haciendo que esa madre se sienta orgullosa y con esas palabras vea premiados sus desvelos, el amor de madre que puso en la educación de aquel hijo. Y no es que en esos parecidos nos estemos refiriendo a parecidos físicos sino que es algo mucho más hondo en lo que descubrimos esa identificación, como todos comprendemos.

Ante la petición que le hace uno de los apóstoles en la ultima cena ‘Muéstranos al Padre y eso no basta’, Jesús le responde ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, para añadir a continuación ‘yo estoy en el Padre y el Padre en mí’. Y es que no podía ser de otra manera. Jesús viene a mostrarnos el rostro de Dios y en el actuar de Jesús, en las obras de Jesús, en toda su vida estaremos siempre viendo las obras de Dios, a Dios mismos. ‘Yo y el Padre somos uno’, nos dirá en otro momento. Por eso había comenzado diciéndonos; ‘Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’.

‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ nos dice la carta a los Hebreos que fue la voluntad y fueron las palabras de Jesús en su entrada en el mundo. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, nos dirá en otro momento. Y continuamente se nos estará manifestando con el enviado del Padre que realiza las obras que el Padre quiere. Nos habla de esa unidad en una misma naturaleza divina que hay entre las tres divinas personas, el Misterio de la Trinidad de Dios. Pero vemos a lo largo del evangelio cómo Jesús busca esa unidad con el Padre, se retira a solas a orar lo vemos repetidamente y si nos enseña cómo hemos de orar nosotros llamando a Dios Padre es porque quiere que nosotros vivamos también esa unidad con Dios.  

En ese diálogo de Jesús con los apóstoles hay una queja por parte de Jesús. No han terminado de conocer a Jesús. ‘Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?’. Grande ha sido la intimidad con que Jesús se ha manifestado con sus discípulos. Era una convivencia diaria por donde quiera que fueran. Cuando convivimos con tal intensidad justo es que lleguemos a conocernos; vamos conociendo el secreto de cada ser y de alguna manera en nuestro amor vamos cada vez más identificándonos con aquella persona amada.

Es lo que pueden decir los que se aman, los que son amigos o los que se sienten cercanos, o los que llegan a una intimidad más profunda por el amor. Aunque bien sabemos que muchas veces nos cegamos y no es ya que nos ciegue el amor sino que muchas veces son otras cosas, otros intereses que dejamos meter en medio de nuestra relación y terminamos desvirtuando ese conocimiento. Son tentaciones a las que todos estamos sometidos y que tendríamos que saber superar.

Es lo que nos pasa muchas veces en todo lo que hace referencia a nuestra vida cristiana y al conocimiento que tendríamos que tener de Jesús. Si en verdad viviéramos nuestra unión con Jesús como de un cristiano tendría que esperarse estaríamos totalmente identificados con Jesús de manera que quien nos viera a nosotros necesariamente tendría que dirigir su corazón a Dios. Pero nos falta mucho en esa identificación con Jesús, ese nosotros hacernos uno con El.

Serán, como decíamos antes, intereses que metemos por medio en nuestra relación con El, será falta de interés por nuestra parte para llegar a tener ese conocimiento de Jesús, será ese poco cultivo espiritual que hacemos de nuestra vida y donde en consecuencia no crecemos en esa espiritualidad cristiana que tendría que sostener nuestra vida, serán nuestras superficialidades o el materialismo de la vida que nos hace encerrarnos en una visión excesivamente terrena y material de la vida. Como decíamos, son muchas las tentaciones que nos acechan y que tenemos que aprender a superar.

Cultivemos nuestra espiritualidad, busquemos la manera de vivir desde nuestra oración en esa unión íntima y profunda con Jesús, crezcamos en el conocimiento de la Palabra de Dios que sea siempre el alimento de nuestra vida y el Viático que nos acompaña. ¿Podría alguien llegar a decir de nosotros ‘igualito a Jesús’?

miércoles, 12 de agosto de 2020

No es solo aquello de que la unión hace la fuerza sino que nuestra comunión es también con Jesús que está en medio nuestro para ser la fuerza de nuestro amor

 

No es solo aquello de que la unión hace la fuerza sino que nuestra comunión es también con Jesús que está en medio nuestro para ser la fuerza de nuestro amor

 Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Sal 112; Mateo 18, 15-20

Creo que en esto estamos todos convencidos. La unión hace la fuerza. Es como un lema que utilizamos mucho en la vida. Cuando queremos emprender algo y deseamos que todos se impliquen acudimos a llamadas como ésta, que como un slogan proclamamos buscando la colaboración, la participación de todos en aquella tarea común, en aquella tarea que sabemos que es para bien de todos.

Aunque reconocemos también que en ocasiones nos ponemos renuentes, miramos de lejos, tenemos miedo de perder nuestra propia autonomía, pensamos quizá que podemos ser manipulados por los demás, tenemos nuestros criterios particulares que quizá puedan chocar con la manera de ver las cosas de los otros y se pone en peligro esa unidad deseada; afloran insolidaridades, egoísmos, nuestros orgullos, la cerrazón de nuestro corazón y como se suele decir no ponemos toda la carne en el asador.

Y de esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Porque cuidado que lo reduzcamos solo a algunos aspectos y no terminemos de ver toda la amplitud que tiene el mensaje de Jesús. Quiere Jesús que busquemos el encuentro, entremos en diálogo los unos con los otros, seamos capaces de abrir nuestro corazón aunque esté llagado y dolido por muchos males que se nos hayan metido dentro, nos aprestemos a colaborar juntos, pero ofreciendo nuestra mano de amistad, ofreciendo nuestra colaboración para ayudarnos a superarnos, seamos capaces de caminar juntos.

Podríamos decir que esto que estamos diciendo es prácticamente lo mismo que decíamos cuando hablábamos de la unión que hace la fuerza, pero creo que en el mensaje de Jesús hay mucho más. porque, por ejemplo, nos habla de algo que a todos nos cuesta mucho, que es el reconocer nuestros errores y nuestros tropiezos y el ser comprensivos con los demás para ofrecer nuestro perdón generoso.

Es tal la comunión que Jesús quiere que haya entre nosotros que no hemos de temer presentarnos ante los demás con nuestras debilidades o que el hermano llegue a mi lado para alentarme y decirme algo en lo que tengo que superarme. Cuánto nos cuesta que nos digan algo. Lo miramos como una humillación y no llegamos a descubrir que en el fondo es un acto de amor; porque nos aman nos quieren ayudar a superarnos, a hacer que reconozcamos esos errores y pongamos también el remedio para salir de ellos.

Y es cuando en esa comunión de amor que se crea entre los que queremos seguir a Jesús aparece la comprensión y la misericordia. Por eso seremos capaces de perdonar, porque a pesar de los pesares sabemos que podemos seguir edificando juntos, sabemos que podemos contar con el otro, sabemos que podemos seguir caminando juntos. El perdón no es solo borrar, por así decirlo, el mal que hayamos cometido sino la oportunidad de levantarnos, la oportunidad de rehacer nuestra vida, la posibilidad de caminar sin tener siempre encima el peso de lo que hayamos hecho. Es saber que somos aceptados tal como somos, porque todos reconocemos que no somos perfectos y todos tenemos muchas debilidades en la vida.

Es difícil muchas veces. Y están todas esas cosas que decimos tantas veces de que perdonamos pero no olvidamos, perdonamos pero cada uno por su lado, perdonamos pero ya no va a ser igual que antes, porque aparecen las desconfianzas y aunque hayamos dicho que perdonamos permanecen los resquemores en el corazón. Por eso tenemos que mirar a Jesús, tenemos que elevar nuestra mirada tal como nos dice Jesús en el evangelio que seamos compasivos y misericordiosos como lo es con nosotros nuestro Padre del cielo.

Pero hay algo más que simplemente aquello de que la unión hace la fuerza. Por una parte Jesús nos dice que cuando oramos al Padre y lo hacemos desde esa comunión que hay entre nosotros tenemos la certeza de que somos escuchados por nuestro Padre del cielo. Pero por otra parte nos está diciendo Jesús que cuando queremos vivir así unidos tenemos la seguridad de que El está con nosotros. No somos solo nosotros los que nos unimos y nos unimos por un interés, podríamos decir, de sacar algo adelante, es que Jesús está con nosotros.

El está en medio nuestro y será quien nos inspire esta nueva forma de vivir; con El a nuestro lado podremos superar todas aquellas suspicacias que decíamos que muchas veces se nos meten por dentro; con El a nuestro lado podremos rebosar de compasión y misericordia en nuestro corazón, para hacer que en él quepan todos a pesar de las oscuridades o debilidades que cada uno lleve consigo; pero El será quien nos dé la fuerza de su Espíritu para poder vivir esa comunión y ese amor.

viernes, 10 de mayo de 2019

Comer a Cristo significa que nuestra manera de entender y de hacer las cosas ha de ser ya como Cristo, con sus mismos sentimientos, su mismo amor, su misma entrega


Comer a Cristo significa que nuestra manera de entender y de hacer las cosas ha de ser ya como Cristo, con sus mismos sentimientos, su mismo amor, su misma entrega

 Hechos 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59
‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros’. Unas palabras que dejan desconcertados a los judíos que las escuchan en la sinagoga de Cafarnaún. Aunque les costaba creer hasta ahora lo que les iba diciendo Jesús era algo que se podía aceptar más o menos. Se podía creer en El y en sus palabras porque despertaban esperanza. Pero lo que ahora les está diciendo Jesús les suena más fuerte. ‘¡Qué fuerte!’ como se expresan hoy los jóvenes cuando les dicen algo que les sorprende.
Jesús les está diciendo que el Pan vivo bajado del cielo es su propia carne, y que hay que comer su carne y beber su sangre para tener vida. Y es cierto que son palabras que desconciertan. Porque ir entendiendo que lo que El les decía era como un alimento para su vida y por eso se empleaba esa terminología en referencia al pan como alimento, era algo que se podía aceptar, se podía entender. Pero ahora suena a canibalismo, tomándose al pie de la letra las palabras de Jesús. Y a nosotros cuando entramos en nuestros propios razonamientos también se nos hacen difíciles de entender.
Sin embargo esa expresión de comerse a alguien bien que la empleamos cuando entramos en el ámbito del cariño o del amor. Pensemos en los mimos que les hacemos a nuestros niños pequeños y las expresiones que empleamos en ese sentido, como en todo lo que pude hacer referencia al amor entre dos personas que se aman profundamente. Se queda quizás en expresiones de amor o en imágenes significativas.
Y es que cuando Jesús nos está diciendo que tenemos que comer su carne y comer su sangre nos está hablando de esa unión tan profunda que hemos de mantener con El que asimilamos todo lo que es su vida, como asimilamos un alimento, para hacerlo vida nuestra. Claro que las palabras de Jesús se vendrán a comprender con mayor sentido y plenitud cuando en la última cena nos ofrezca su cuerpo y su sangre en el signo del pan y del vino, como señal de la alianza eterna en su sangre. Alianza, compromiso de amor eterno para hacer de las dos una sola vida.
Y es que comer su carne y beber su sangre es entrar en esa alianza que nos une para siempre. Cuando comemos el pan eucarístico significa esa alianza de amor que con Cristo tenemos para tener su misma vida, para vivir su misma vida, para hacernos uno con El de manera que lo que somos y lo que hacemos ya no es a nuestra manera sino a la manera de Cristo. No será la materialidad de comer el pan eucarístico sino todo el sentido nuevo y profundo con que queremos vivir nuestra vida. Nuestro pensamiento, nuestra visión de la vida, nuestra manera de entender y de hacer las cosas  ha de ser ya el de Cristo, con sus mismos sentimientos, con su mismo amor, con su misma entrega, con su mismo compromiso por la verdad y la justicia.
Comemos a Cristo, comemos y bebemos el pan y el vino eucarístico, comemos su carne y bebemos su sangre, porque queremos vivir su vida, para poder vivir su vida. Es una vida nueva que hay en nosotros, es una resurrección como El nos dice, es un nuevo sentido de vivir.
Necesitamos ahondar de verdad en las palabras de Jesús. Tenemos que dejar que el Espíritu del Señor nos ilumine y nos aclare y revela la verdad toda. Solo así comprenderemos y aceptaremos su mensaje; solo así podemos tener y vivir su misma vida. ¡Qué fuerte! Podemos decir nosotros también, pero así ha de ser la radicalidad con que seguimos a Jesús y hemos de vivir su vida.


viernes, 17 de agosto de 2018

El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano



El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano

Ezequiel 16, 1-15.60.63; Sal. Is 12, 2-3.4bcd.5-6; Mateo 19, 3-12

La meta del ideal cristiano ha de estar siempre presente en nuestra vida, y por ella hemos de luchar, esforzarnos, tratar de superarnos en nuestras debilidades y dificultades de cada día, y nunca podemos perderla de vista. Es cierto que somos débiles y además tenemos tendencias por todos lados que nos arrastran y hacen que nos cueste más alcanzar ese ideal. Pero con nuestras limitaciones y debilidades tenemos que seguir caminando, poniendo toda nuestra buena voluntad, todo nuestro esfuerzo.
Somos un pueblo de santos, porque ese es nuestro ideal y en el bautismo hemos sido consagrados para ello, pero al mismo tiempo reconocemos que somos un pueblo de pecadores e individualmente cada uno cada día se siente pecador porque a pesar de que se esfuerza sin embargo tropieza y cae muchas veces alejándose de aquel ideal de santidad.
Malo sería, sin embargo, que aun siendo como somos, nos creyéramos tan santos que comenzáramos a despreciar a los demás, porque no vemos en ellos la santidad a la que aspiramos y que tendría que ser el ideal de cada cristiano. No podemos dejarnos arrastrar por esa soberbia, no puede haber nunca desprecio hacia nadie en nuestro corazón, siempre tenemos que ser comprensivos y misericordiosos porque nosotros los primeros nos sentimos pecadores.
Algunas veces nosotros mismos, y podemos verlo incluso hasta en nuestra iglesia en quienes tendrían que ser para nosotros verdaderos signos de misericordia, somos intransigentes con los demás y no le perdonamos la mínima en ninguna cosa. Creo que eso esta muy lejos del espíritu del evangelio. Ahí está nuestro ideal por el que luchamos, pero somos conscientes que no siempre podemos llegar a ese ideal porque pueden ser muchas las cosas que nos cerquen y nos lo hagan costoso.
Hoy en el evangelio se nos plantea lo que es el ideal cristiano del matrimonio. Algo que Jesús nos dejará bien sentado y muy claramente y creo que todos bien conocemos de su unidad y de su indisolubilidad. Pero ya en el evangelio, desde la practica de la vida de las dificultades que Vivian los propios judíos, aparece la debilidad en la consecución de tan hermoso ideal. Ya Moisés en determinadas circunstancias, por vuestra terquedad les dice Jesús, ha permitido la separación de quienes no podían vivir en aquella unión.
Son las dificultades que se siguen viviendo hoy con muchas y diferentes circunstancias a lo que contribuye no pocas veces la superficialidad con que vivimos la vida sin tomarnos bien en serio las cosas. Personas, por otra parte, con muy buena voluntad y para quienes esa ruptura muchas veces produce una ruptura interior acompañada de muchos dramas interiores, que no siempre se ven.
No es que nos acostumbremos a esas cosas pero sin perder lo que es nuestro ideal de vida cristiana también en el matrimonio tendríamos que ser muy comprensivos y actuar con mucho respeto con los sufrimientos y dramas que viven en este aspecto muchas personas a nuestro lado. ¿Lo habremos hecho siempre así? ¿Se habrá manifestado esa misericordia de la Iglesia con tantas personas que sufren en estos aspectos y circunstancias?
Creo que nos hace falta una buena dosis de misericordia en nuestros corazones que nos lleven a esa comprensión y a ese respeto, para saber caminar al lado de quienes sufren tales dramas. No es buscar soluciones fáciles, pero sí es saber caminar a su lado ofreciendo el brazo y corazón de nuestro apoyo, para hacerles presente siempre a todos esa bondad y esa misericordia del Señor. No somos perfectos, pero eso no nos tiene que alejar de la presencia del Señor porque es cuando más lo necesitamos.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús


El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos así nosotros unidos a Jesús

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Nos lo repite Jesús en el evangelio, que lo que El quiere es que nosotros demos fruto y fruto abundante. No se entiende que no demos fruto. Y Jesús cuando pasa por el camino y se acerca a una frondosa higuera y ve que en ella no hay fruto la maldice. Pero al mismo tiempo veremos al dueño de la higuera que viene cada año a buscar fruto a su higuera y al no encontrarla querrá arrancarla porque de nada le sirve sino que es un estorbo en su terreno, pero el agricultor le dice que la cavará y la abonará un año más y tenga que paciencia que al año tendrá fruto.
Pero nos habla también en el evangelio del propietario que sale una y otra vez a las calles y plazas en busca de trabajadores para su viña, y a todos los envía allá para que ellos obtengan fruto y beneficio con su trabajo. Igualmente nos propone la parábola del que preparó muy bien viña, dotándola de lagar y buena casa para el guarda para arrendarla a unos labradores que le proporcionaran cada año el fruto y beneficio de aquella viña.
Todo nos está hablando del fruto que Dios pide de nuestra vida. Y pensamos en los dones y cualidades con los que nos ha dotado a cada uno que tenemos que hacer fructificar porque los talentos no son para enterrarlos sino para hacer que tengan su beneficio para nosotros y para cuantos nos rodean en ese mundo en el que vivimos.
¿Cómo podemos llegar a dar ese fruto? Bien sabemos que algunas veces la tierra parece que se nos hace infructuosa, o que nos pueden aparece plagas dañinas que nos hagan perder toda la cosecha que quizá con tanto esfuerzo antes habíamos trabajado, que nos pueden aparecer ventiscas y temporales que puedan poner en peligro nuestra producción, que las malas hierbas y los abrojos pueden mezclarse con nuestras buenas plantas que les mermen su fructuosidad, que muchas cosas al menor descuido pueden poner peligro el fruto de nuestros trabajos, y así muchas cosas más.
Hoy nos viene a decir Jesús que una sola cosa nos hace falta. El sarmiento tiene que estar bien unido a su cepa, de la que pueda obtener la savia que le alimente y le puede hacer llegar a dar buenos frutos. Creo que entendemos lo que nos quiere decir Jesús. ‘Sin mi no podéis hacer nada’. Un día Pedro había dicho ‘en tu nombre echaré la red’ y la red se llenó de peces hasta casi reventar donde parecía que allí no había peces.
‘El que permanece en mi y yo en El ese dará fruto abundante’, nos dice Jesús hoy. Claro que podemos dar fruto, que no los vamos a dar por nosotros mismos, sino desde la unión que mantengamos con Jesús. Es su gracia la que nos hace fecundos y hará fructificar de verdad nuestra vida.
Tenemos que abonar nuestra vida con la gracia del Señor, pero tenemos que cuidar debidamente la planta de nuestra vida para que no se desarrolle en ramas infructuosas. Hay que realizar la poda cada año para poder tener una planta robusta y fecunda. Cuantas cosas tendremos que podar en nuestra vida, porque tantas cosas maléficas se nos pueden meter en ella. No podemos dejar crecer esos abrojos a nuestro alrededor metiéndonos en terrenos de zarzales que en peligro pueden poner la integridad de nuestra vida.
Con las imágenes que nos ofrece esta alegoría con la que Jesús nos habla se nos está presentando todo un programa de ascesis, de superación, de purificación que necesitamos en nosotros. Muchos apegos nos pueden ir apareciendo a los que en principio quizá no damos importancia pero que se pueden convertir en plagas o malas hierbas que nos impidan el desarrollo de una vida santa. Como el agricultor que está siempre atento y vigilante a los cultivos que realiza para poder obtener una buena cosecha, así tenemos que estar atentos y vigilantes en el camino de nuestra vida cristiana.
Cada día le pedimos al Señor que no nos deje caer en la tentación y que nos libere del mal, porque nosotros queremos avanzar, crecer, madurar y no queremos que nada malogre nuestra vida. ‘Asi recibirá gloria nuestro Padre del cielo’, como nos dice Jesús.

domingo, 29 de abril de 2018

Unidos a Jesús como los sarmientos a la vid tendremos la fuerza de la gracia y la luz del Espíritu para que podamos dar fruto en abundancia


Unidos a Jesús como los sarmientos a la vid tendremos la fuerza de la gracia y la luz del Espíritu para que podamos dar fruto en abundancia

Hechos 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Las imágenes de la naturaleza nos lo explican claramente; si desgajamos la rama de un árbol ya sabemos que pronto se secará y el fruto que quizás en su momento nos prometió con sus hermosas flores pronto se verá malogrado y nos servirá; igualmente si queremos poner producción unos terrenos donde o tengamos árboles frutales, o queramos sembrar cualquier otra cosa, sabemos que el terreno tenemos que cuidarlo, abonarlo debidamente, limpiarlo de los abrojos y matorrales que pudieran ahogarnos aquello que hayamos plantado para su producción.
Pero igualmente en la vida algunos tendemos a querer ir por nuestra cuenta, querernos hacernos las cosas solos sin contar con la colaboración de los demás y veremos que no siempre será eficaz, porque en las dificultades que en si mismas vamos a encontrar para salir adelante, nos faltará también el aliento de quien esté a nuestro lado, confíe en nosotros para realizar aquellos planes que tengamos, y pronto nos puede aparecer el cansancio o el aburrimiento si no conseguimos lo que queremos con la prontitud y el fruto deseado. Bien sabemos que en la vida no podemos ir a nuestro aire, no podemos caminar solos, sino que por nuestra propia naturaleza estaremos siempre interrelacionados los unos con los otros.
De todo esto  nos quiere hablar Jesús e igualmente nos va a proponer unas imágenes tomadas igualmente de la naturaleza. Nos habla hoy con la imagen de la vid, como ya en otros momentos del mismo evangelio o en su conjunto de la Biblia se nos ha hablado de la viña. Recordamos el canto de amor de mi amigo a su viña, del antiguo testamento, o nos habla Jesús en las parábolas, ya fuera de los obreros contratados para trabajar en su viña, o de la viña que aquel propietario preparó cuidadosamente y que dio en arriendo a unos labradores para que le rindieran los frutos a su tiempo.
Pero hoy desde la imagen de la vid y los sarmientos nos está hablando algo más. Será si nuestro trabajo que ha de producir fruto, como se nos dice en las parábolas, pero ahora nos está diciendo donde nosotros podemos tener el alimento y la fuerza para que en verdad podamos vivir y llegar a dar fruto. Los sarmientos no pueden estar desgajados de la cepa, de la vid; como igualmente no podemos tener sarmientos ociosos que podríamos decir, que no nos valen, no nos pueden dar frutos, chupones como dicen los agricultores, que se van en ramaje pero no llegan a producirnos frutos, no nos llegan a dar uvas.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, nos dice Jesús; el que permanece en mi y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada’. Está claro el mensaje que nos quiere dar Jesús. No podemos ser un sarmiento que vayamos por nuestro lado; así no podemos dar fruto, así no podremos tener vida, así nada somos ni nada valemos. ‘Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los  recogen y los echan al fuego, y arden’. Pero esa es nuestra gran tentación.
Cuantas veces tendemos a ir por nuestro lado por nuestra cuenta; a cuantos nos encontramos por la vida que dicen que son buenos, y no lo negamos, pero que ellos no necesitan ni de evangelio, ni de iglesia, ni de religión, ni de Dios. Qué fácilmente nos podemos desviar; qué pronto pueden aparece en nosotros los orgullos que nos endiosan y ya nos creemos sobre pedestales que por algo bueno que hagamos estamos siempre pidiendo reconocimientos y valoraciones de lo que hacemos.
Todos podemos sentir la tentación de una forma o de otra; con que facilidad vemos a algunos que quizá comenzaron con buena voluntad haciendo cosas buenas por los demás y no se lo vamos negar, pero pronto se creyeron imprescindibles, se creían ya que ellos eran los únicos que sabían hacer las cosas, que se creyeron los salvadores del mundo en tantas situaciones que quizá todos veíamos que tendrían que cambiar, pero pronto aparecen las ambiciones, nos llenamos de la soberbia del poder, podemos tender a manipular lo que sea buscando unos réditos para mi vida o unos beneficios no solo ya de influencia sobre los demás sino también de tipo material o económico.
Y es que nuestra unión con Jesús, como nos dice hoy el evangelio, del sarmiento a la vid, no solo es la fuerza de la gracia que voy a recibir porque es de Dios de donde la puedo obtener de verdad, sino que es la luz del Espíritu en nuestro corazón que nos hace aspirar a mejorar nuestra propia vida, nos hace escuchar algo que nos hace pensar, nos va iluminando con esa luz del evangelio para que no perdamos el rumbo de nuestra vida.
Muchas mas reflexiones podríamos seguir haciéndonos a partir de estas imágenes que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Muchas cosas tenemos que revisar en nuestra vida, porque siempre pueden aparecer en nosotros ramajes que tendríamos que podar para que haya una verdadera pureza interior. Mucho tendríamos que revisarnos en como vivimos nosotros esa unión con Jesús, ya sea desde nuestra oración, ya sea en la vivencia sacramental, en la participación en la Eucaristía, en nuestra unión y comunión de Iglesia que siempre hemos de vivir.
Pensemos, pues, que así, unidos a Jesús, podremos siempre dar gloria al Señor. Aquello que expresamos en el momento cumbre de la doxología final de la plegaria eucarística. Por Cristo, con Cristo, en Cristo, unidos en el Espíritu damos gloria y honor a Dios por los siglos de los siglos.