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jueves, 19 de marzo de 2026

Necesitamos ser ese hombre bueno de la fe, como san José, para sentir que Dios está en nuestra vida, sea cual sea nuestra situación, y tiene para nosotros una misión

 




Necesitamos ser ese hombre bueno de la fe, como san José, para sentir que Dios está en nuestra vida, sea cual sea nuestra situación, y tiene para nosotros una misión

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16: Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Llegar a descubrir y sentir que, sea como sea nuestra vida, en las mas diversas y hasta contradictorias situaciones que vivamos, Dios está en nuestra vida y quiere contar con nosotros es una maravilla y un gozo que solo podemos alcanzar por la fe. la vida en ocasiones se nos vuelve ininteligible incluso para nosotros mismos, nos podemos ver confundidos por las situaciones que se nos presentan que en principio no sabemos a donde nos van a llevar, tendremos incluso conflictos en nuestro interior sin saber qué hacer, lo que pueda ser mejor, lo que nos puede dañar o no o a aquellos que pueden estar cerca de nosotros, pero si no perdemos el norte de la fe una luz nos va a iluminar para sentir que Dios anda detrás de todo eso y de alguna manera nos está hablando a nuestro corazón.

¿Era la situación en que se encontraba José con lo que estaba sucediendo en su vida, que de alguna manera le complicaba y ante lo que no sabía qué hacer o cómo actuar? Pero mostró una madurez humana muy grande porque él se sentía envuelto por el amor y cuando hay amor de verdad en nuestra vida no queremos hacer daño a nadie y tenemos la paciencia para esperar y un día poder llegar a comprender. Esperas y paciencia que algunas veces se nos pueden volver callejones oscuros pero tenemos por la fe la confianza de que una luz nos iluminará.

Es lo que contemplamos en este pasaje evangélico en la vida de san José a quien hoy estamos celebrando. ‘Era bueno’, nos dice el evangelista y con ello nos quiere significar mucho; era alguien que había ido madurando su vida en la fe y en el amor; ahora en nombre de ese amor no quería hacer daño a la mujer a quien amaba y con quien estaba desposado, aunque hubiera cosas que no comprendiera y fueran para él callejones oscuros.

Pero  san José sabía captar la sintonía de Dios, aunque en las turbaciones por las que estaba pasando se le podía hacer difícil. El evangelista en la forma de hablar propia de aquellas épocas habla de unos sueños en los que les habla el ángel de Dios. Será también en otros momentos donde volverán a aparecer esos sueños y esa voz de Dios a través de ellos. Pero solo quien tiene la sintonía de la fe, como decíamos antes, es capaz de ver a Dios presente en su vida aunque las situaciones y circunstancias sean difíciles de entender.

Y José desde su fe se deja guiar por esa voz de Dios que de esa manera llega a su vida. Y siente no solo que Dios está con El y Dios está en esas situaciones sino que Dios quiere contar con él. En el plan de Dios hay un lugar para José, el esposo de María, que le va a dar un hijo al que él como padre ha de imponer el nombre de Jesús. Es su función de padre, es el lugar que Dios le está reservando en el misterio de nuestra salvación, es la misión que ha de realizar aunque sea grande el misterio y no siempre las cosas aparezcan con la claridad necesaria. Hoy para nosotros cuando contemplamos estos hechos, lo que nos relata el evangelio, podría parecernos muy claro todo cuanto le está sucediendo a José.

Esto nos tiene además que hacer reflexionar para lo que es también nuestra vida. Jóvenes o mayores quienes nos estamos haciendo esta reflexión habremos tenido o habremos pasado también por situaciones muy diversas en nuestra vida; muchas veces también nos habremos visto perdidos, habrá habido cosas que nos han hecho sufrir, momentos en que también quizás nos hemos visto atormentados por la duda, cosas que no comprendemos y comenzamos a echarle la culpa a quien sea o nos culpabilizamos a nosotros mismos sintiéndonos a la vez confundidos, momentos también en los que habremos podido vivir la vida a la ligera sin preocuparnos ni preguntarnos por nada sino que simplemente nos hemos dejado llevar, cada uno conoce sus situaciones y sus circunstancias, pero quizás  tendríamos que preguntarnos si en esas cosas por las que hemos pasado habremos sabido descubrir la presencia de Dios en nuestra vida.

Aunque hayamos estado cegados Dios ha estado ahí, Dios nos ha ido conduciendo, de alguna manera nos ha estado diciendo que cuenta con nosotros porque tenemos nuestro lugar en el corazón de Dios, nos ha estado abriendo caminos, ampliando horizontes, señalándonos también una misión que tenemos que realizar.

Necesitamos ser ese hombre bueno de la fe como José, para que se manifieste nuestra madurez humana y cristiana para afrontar nuestra vida con un nuevo sentido que es el que le va a dar verdadera profundidad a nuestra vida. ¿Qué querrá Dios de mí? ¿Cuál será la misión que Dios aun sigue confiándonos en la altura que estemos de nuestra vida? Abramos nuestro corazón a Dios como lo hizo san José y dejémonos conducir por la acción de su Espíritu, que no nos hablará en sueños, pero si nos habla en lo más profundo del corazón.

viernes, 29 de diciembre de 2023

Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

 


Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Quienes estuvieran contemplando aquella mañana, quizás desde una distancia emocional o quizá por simple curiosidad, lo que estaba sucediendo en aquellos pórticos del templo, no habría notado nada especial, sino unos matrimonios, en general jóvenes, que se acercaban a hacer las ofrendas rituales por el primogénito que les había nacido y a las correspondientes purificaciones de las madres. Era una escena normal como otras que cada día se sucedían en el templo aparentemente sin ninguna connotación especial.

Pero alguien tenía una visión distinta. Era un hombre de Dios que aguardaba impaciente la llegada del Mesías de Dios y que allá en su interior había sentido el Espíritu divino que le aseguraba que no cerraría sus ojos sin contemplar a ese enviado de Dios. Los misterios grandes que se manifiestan en cosas pequeñas e insignificantes solo serán capaces de contemplarlas quienes tienen una sintonía especial de Dios en sus ojos y en su corazón. Es lo que sucedía en aquel anciano, y posteriormente también en la que llamaríamos la profetisa Ana.

Se adelantó aquel anciano hasta aquellos jóvenes esposos que con su niño en brazos se dirigían a realizar la ofrenda prescrita. Y ahora todo serán gritos de alabanza y de bendición al Señor porque le ha permitido que antes de cerrar sus ojos a la luz de este mundo pudiera contemplar la luz de Dios que nos visitaba. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador… luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel’.

Todo son bendiciones y alabanzas pero también serán anuncios proféticos. Será grande aquel niño, pero será ‘un signo de contradicción’; y la contradicción comenzará para aquella madre que se une gozosa también a ese cántico de alabanza, como ella había venido haciéndolo desde que el ángel del Señor le anunciara las maravillas que Dios iba a realizar en ella, pero se le anuncia ahora una espada de dolor que atravesará su alma. Podíamos decir que María lo sabía. Conocedora era de las Escrituras santas que tantas veces había rumiado en su corazón, y conocería pues los cánticos del siervo de Yahvé que había proclamado el profeta Isaías y que son toda una descripción de lo que iba a ser la pasión de su Hijo.

Pero era aquel Niño el que estaba puesto también como signo de contradicción para todas las gentes. Más tarde mientras uno lo alaban y bendicen, como bendecirán también los pechos que lo alimentaron y el vientre que lo llevó, porque nadie ha hablado como este hombre y Dios ha visitado a su pueblo, habrá quienes estén sin embargo acechando y buscando como quitarlo de en medio. Y es que ante Jesús hay que decantarse siempre, o se está con El o se estará contra El, y el que no esté con él no siembra sino que desparrama. Será un signo de contradicción ‘para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Bien que lo veremos a lo largo de todo el evangelio. ¿Qué significará para nosotros? ¿No tendremos que decantarnos también ante El?

De una cosa si que tenemos que estar seguros ya desde este primer momento, tenemos que saber sintonizar la sintonía de Dios; hemos de aprender a tener unos ojos límpidos como los de aquel anciano que aparece en aquellos momentos por el templo, para saber reconocer el actuar de Dios, la presencia de Dios. Y será en lo pequeño y en lo que es nada aparatoso, será en los gestos sencillos, será desde un corazón humilde y abierto a Dios, será quien se deje conducir por el espíritu divino el que se encontrará en los caminos de Dios y podrá encontrarse con Dios. ¿Serán esas las actitudes de nuestro corazón?

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales para descubrir lo que son los mejores anhelos de los que nos rodean



 Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales para descubrir lo que son los mejores anhelos de los que nos rodean

1 Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35

Vamos por la vida demasiado absortos en nosotros mismos, en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y perdemos la capacidad de entrar en sintonía con los demás, captar lo que en verdad sucede a nuestro alrededor, ver tantas señales de cosas buenas de las que incluso podríamos disfrutar, o también darnos cuenta del sufrimiento de los que están a nuestro lado y podríamos consolar.

Y lo que acontece a nuestro alrededor son llamadas que hemos de escuchar qué pueden decirnos muchas cosas, pueden ser toques de atención que nos tendrían que hacer que andemos precavidos para no caer quizás en los mismos errores, o caminos nuevos que se abren ante nosotros que podrían llevarnos a algo grande.

Muchas veces nos habla jesús de los signos de los tiempos a los que hemos de estar atentos; claro que no se trata de asuntos de metereología si va a llover o a hacer viento, pero sí del tiempo que vivimos, del estado de nuestra sociedad y de los derroteros por donde caminamos, donde tenemos nuestra parte, en cuanto que por lo que hacemos o dejamos de hacer llegamos a las situaciones en que nos encontramos y no tendríamos que volver a los mismos errores porque nos llenemos de confianza en que no nos pasa nada, o porque también tenemos que comprometernos positivamente en hacer que las cosas sean distintas.

Quizás nos viene bien una vida cómoda y sin preocupaciones simplemente dejándonos llevar por lo que va saliendo, pero como seres humanos y que vivimos en una sociedad no podemos desentendernos y enredarnos en nosotros mismos sin hacer nada positivo. Mejor supiéramos abrir los ojos. Pero ahí vamos sin darnos cuenta de lo que nos puede venir en el futuro.

Hoy hemos escuchado a Jesús en el evangelio qué es lo que va a ser de aquella generación en la que vive. ¿En que va a terminar todo? Y hace una comparación muy curiosa. Los compara con los niños que juegan en la plaza, donde en ocasiones parece que no se saben poner de acuerdo. Unos quieren danzar y cantar, pero los otros pasan de todo y no entran a participar en la fiesta; por otra parte andan algunos preocupados, pero los que están a su lado no se dan cuenta de su situación y también pasan de ellos. Como dice Jesús en una frase que se ha convertido en proverbial: 'Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado'.

Pero Jesús no se queda en el proverbio, sino que les va a hablar de algo concreto haciendo una referencia a Juan el Bautista y a sí mismo. Juan les parecía duro y exigente y por eso no querían escucharlo, porque los invitaba a la conversión y al cambio de vida. La austeridad de Juan les asustaba. Ahora está Jesús en medio de ellos, se manifiesta con su cercanía a todos, comparte con todos, vive la vida de ellos y con ellos participa incluso en los banquetes a los que le invitan, por una parte recordamos la invitación de Simón el fariseo, pero también comía con los publicanos y pecadores cuando quiso comer en casa se Zaqueo, o fue invitado por Mateo en el momento de comenzar a seguirle. Y ahora a Jesús lo consideran un comilón y un borracho, lo consideran un pecador porque se acerca a los pecadores para llevarlos por nuevos caminos.

Tenemos que saber descubrir los caminos del Señor, su presencia entre nosotros, su palabra que nos habla también a través de esos acontecimientos de la vida, de eso que cada uno le está pasando allá en lo profundo de su corazón, o de aquello que contempla en los demás. Hay una sintonía de Dios que hemos de saber captar. Y la llamada de Dios es siempre para la esperanza y para la vida, hemos de saber confiar si con sinceridad le escuchamos y le abrimos el corazón.

Pero hemos de saber abrir tambien el corazon a los demás, saber descubrir los mejores anhelos del mundo que nos rodea, como ser sensible también a los sufrimientos de tantos, que quizás lo llevan oculto en el corazón, pero que andan con pasos cansinos por la vida en medio de los tormentos que llevan por dentro. Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales, que sintamos la fuerza de su Espíritu para emprender su camino que nos llevará siempre a una cercanía de los que nos rodean.


martes, 27 de diciembre de 2022

Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

 


Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 1a. 2-8

Hay días que son de especiales carreras. Y no quiero referirme ahora aquí a esos días llenos de agobios que tenemos que hacer muchas cosas y parece que el tiempo no nos da para nada y se nos va escurriendo entre los dedos como agua que queremos abarcar con nuestras manos. Podríamos referirnos a ello pero me refiero más a esos días que son de encuentro; buscamos algo con mucha ansia e ilusión, sabemos donde podemos encontrarlo y allá corremos antes de que llegue nadie para poder recogerlo para nosotros; son esos momentos en que estamos esperando a alguien que significa mucho para nosotros y salimos a su encuentro y parece que acercándonos por el camino más pronto lo encontraremos y correremos a sus brazos tan pronto vemos como se acerca; me vais a permitir no solo pensar en las personas, sino en el animalito que tenemos en casa como mascota y compañía y que está ansioso esperando a que lleguemos y sale a nuestro encuentro y se tira a nuestros brazos, aunque sea poco el tiempo en que hayamos estado ausentes, y no digamos cuando la tardanza ha sido mucha.

Corremos a buscar, corremos al encuentro, deseamos estar con quien es un regalo para nuestra vida, nos cuesta la lejanía o la ausencia de aquella persona a la que tenemos especial aprecio y amamos, salimos a la búsqueda o corremos al encuentro. Experiencias hermosas, momentos emotivos, búsquedas ansiosas y llenas de curiosidad por aquello que nos anuncian como algo hermoso para nuestra vida, ráfagas de luz y de esperanza que nos hacen estar atentos y vigilantes, deseos de lo mejor en ese encuentro que preparamos con ilusión y con mucha esperanza.

No hace mucho hemos escuchado en el evangelio hablarnos de las carreras de los pastores de Belén ansiosos de encontrarse con quien les había anunciado el ángel; para ellos no hubo dificultad en la oscuridad de la noche, o el desconocimiento exacto del lugar donde encontrarían aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre que les había anunciado el ángel. Tuvieron la intuición de encontrar pronto el camino y allí los contemplaremos en la presencia de aquel recién nacido contando todo cuanto les habían anunciado y contemplado. Estaban llenos de alegría, nos dirá el evangelista, dando gloria a Dios.

Hoy el evangelio nos habla de otras carreras. Otras eran las circunstancias que habían llegado de inquietud y hasta de angustia a los discípulos de Jesús, que tres días antes había sufrido la pasión y había sido crucificado. En el sepulcro habían depositado su cuerpo y en la espera, en cierto modo angustiosa, estaban por lo sucedido y por lo que podría suceder. Habían vuelto las mujeres que temprano habían ido al sepulcro con los buenos deseos de embalsamar el cuerpo difunto de Jesús, pero se habían encontrado la piedra corrida, no estaba el cuerpo de Jesús allí y una aparición de ángeles les habían dicho que había resucitado.

Ante las noticias que llegan serán dos de los discípulos los que saldrán disparados en carrera hasta el sepulcro. Aquel discípulo que era más joven había llegado primero pero había tenido la deferencia de esperar a que llegara Pedro y entrara primero para inspeccionar el sepulcro. Estaba vacío como habían dicho las mujeres, las vendas tendidas por doquier pero el sudario bien envuelto estaba en un lugar aparte. Juan también había entrado, y nos dice él mismo en el evangelio que ‘vio y creyó’. Había sido también una carrera porque era necesario encontrar a Jesús, y aunque allí ya no estaba sin embargo la fe se había despertado en su corazón. Seguro que a la vuelta de nuevo hasta el cenáculo una alegría nueva llevaba en el corazón.

Los pastores cuando vieron lo anunciado por los ángeles creyeron; Juan cuando contempla el sepulcro vacío también creyó. El corazón de los pastores pobres y desprendidos de todo estaba dispuesto para creer en los misterios grandes de Dios que solo se revelan a los sencillos. El corazón de Juan que se había vaciado de si mismo porque solo se había llenado de la música del amor era capaz de sintonizar con el corazón de Cristo, sobre el que se había incluso recostado en la última cena y ahora sintonizaba con el misterio que se le revelaba en hechos que podían parecer incomprensibles, pero que solo desde la sintonía del amor podemos llegar a comprender y creer.

¿Seremos capaces nosotros de correr así al encuentro de Cristo, al encuentro de Dios que viene a nosotros? Pero ya sabemos cual es la sintonía que hemos de tener disponible en nuestro corazón, la de la sencillez de los pastores, la de la disponibilidad de Juan, a quien hoy estamos celebrando, la del amor verdadero que podría sintonizar con lo que es el amor de Dios.

jueves, 25 de agosto de 2022

Sepamos estar vigilantes para en todo momento o circunstancia y también en las personas a nuestro lado descubrir esas señales de Dios que llega a nuestra vida

 


Sepamos estar vigilantes para en todo momento o circunstancia y también en las personas a nuestro lado descubrir esas señales de Dios que llega a nuestra vida

1Corintios 1, 1-9; Sal 144; Mateo 24, 42-51

¿Quién tiene que cuidar la casa o los bienes de la casa? Nos habla del dueño de la casa o nos habla de aquel a quien se la confiado una misión de tener todo preparado ante la inminencia de la llegada de alguien; pero se nos habla también del administrador de los bienes, o de aquellos que han sido empleados para mantener todo en orden y realizar los necesarios servicios, como se nos está hablando de cada uno de nosotros que ha de cuidarse y ha de cuidar sus cosas.

Parece poco menos que una multitud. Claro que hablamos en un lenguaje y unas costumbres de otra época porque hoy disponemos de otros sistemas de vigilancia más sofisticados y hasta mas fiables desde la tecnología con que hoy vivimos, que ni necesitamos un vigilante detrás de la puerta y hasta si queréis ni una llave física que abra o cierre, porque la electrónica puede hacer milagros hasta para abrirnos la puerta o tener preparadas las cosas que necesitemos cuando lleguemos.

Pero ya sea de una forma o de otra, bien empleemos los medios tradicionales o vivamos sujetos a los milagros de la electrónica, siempre sin embargo seguimos hablando de vigilancia y de preparativos. Pero además por mucha inteligencia artificial que esté a nuestro alcance hay algo que nada puede sustituir a la humanidad que la persona ha de saber darle a esa espera, a esa vigilancia o a esa acogida de quien llegue a nuestra casa. Nada puede sustituir una sonrisa, una palabra amable salida del corazón, una mano tendida y llena de calor para dar un abrazo que llegue al corazón.

Tienen estos textos del evangelio que estamos comentando un lenguaje un tanto apocalíptico haciéndonos pensar en los últimos tiempos, pero también es una referencia y un mensaje para estar preparados a la venida del Señor a nuestra vida, que además puede llegar a nosotros de muy diferentes maneras. No pensamos únicamente en unas apariciones espectaculares con las que se hiciera presente Dios en nuestra vida, sino saber descubrir, estar atento, en el día a día de nuestra vida para llegada o para esa llamada del Señor. Claro que necesitamos estar atentos, claro que tenemos que saber descubrir los signos y señales de su presencia, claro que tenemos que despertar en nosotros una sintonía especial para poder escuchar esa sintonía de la presencia de Dios.

Algunas veces las señales pueden ser oscuras y difíciles de interpretar, porque quizá sonarán para nosotros en la dificultad del camino de la vida o en los problemas que se nos van presentando, en ese imprevisto que nos hace trastocar muchas veces nuestros planes, o en esas amarguras que en ocasiones se nos pueden presentar en el fondo de nuestro corazón con problemas que reaparecen, con oscuridades que nos llenan de miedos y desconfianzas, con incertidumbres que se nos presentan. En medio de todo eso puede sonarnos también la señal de Dios que nos llama y que nos hace despertar. Es necesario afinar bien las antenas del alma para saber descubrir ahí esa presencia de Dios, que aun en la amargura, siempre será presencia de salvación.

Y eso nos tiene que hacer pensar en mucho más, esa sintonía de humanidad que tiene que haber en nuestra vida para saber encontrarnos con el otro, para saber sentir que quien está a nuestro lado es mi hermano. Que sepamos descubrir y ver siempre a la persona, que tenemos que escuchar y que tenemos que acoger, a quien hemos de saber dar el abrazo que tanto esté necesitando, y también de quien hemos de sentirnos amados.

Sepamos estar vigilantes para en todo momento descubrir esas señales de Dios que llega a nuestra vida.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Sepamos sentarnos en silencio en la presencia de Dios para sentir el palpitar de vida de su corazón que nos haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor

 


Sepamos sentarnos en silencio en la presencia de Dios para sentir el palpitar de vida de su corazón que nos haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

El trato hace la amistad, solemos decir. Es necesario sentir la cercanía, es importante estar en contacto, no podemos perder la relación y la comunicación; no puede ser simplemente algo mantenido en el recuerdo, por muy buenas que hayan sido las experiencias vividas, porque el distanciamiento enfría la relación, poco a poco corta la comunicación y se pierde la comunión. Yo tuve un amigo, llegamos a reconocer, pero ya no sé por dónde anda, se cortó la comunicación y la relación y al final puede parecer que fue algo, muy bonito quizá, que pertenece al pasado y ahora poco o nada nos puede decir. Cuántas amistades abandonadas, cuántos amigos olvidados, cuántos recuerdos que parece que son solo para la historia pero que ahora no hacen vida.

Algo así nos está hablado Jesús. Nos pone comparaciones, tomadas incluso de lo que es la propia naturaleza, pero al final nos dirá tajantemente ‘sin mí, nada sois’. Necesitamos estar unidos a El, mantener nuestra comunión y nuestro amor. Si siempre hemos venido diciendo que todo es una relación y una respuesta de amor, esa llama hay que mantenerla viva, y no se mantiene viva si no se la alimenta. Y el alimento está en esa comunicación y en ese diálogo, en ese conocimiento que crece y que hará crecer el amor, en esa presencia que es luz, fuego, alimento, fuerza para el espíritu.

La comunicación y el encuentro con el amigo, el diálogo lleno de confianza donde todo se comparte y donde mutuamente disfrutamos de esa presencia, de esas palabras, de esas experiencias compartidas, hacen crecer la amistad, harán crecer el amor. Lo tenemos que cuidar; no será solo una presencia ocasional por alguna circunstancia que nos haga encontrarnos; no solo puede ser un encuentro fugaz fruto de nuestras correrías y de nuestras prisas, tiene que ser algo más hondo, algo que se disfrute mejor, algo que nos meta el gozo en el alma del amor y la amistad compartida. No somos amigos por un regalo formalmente compartido ni por una visita de compromiso.


Tenemos que buscar lo que en verdad nos hace crecer como cristianos. Nuestra manera de vivir la presencia de Jesús en nuestra vida. Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos; que hay que cultivar, que hay que cuidar, que hay que incluso podar para que no se vaya por ramajes inútiles e inservibles, que tenemos que saber mantener en profunda unión para que no sea un sarmiento que se seque sino una planta que desde lo más profundo llegue a dar fruto.

Igual que cultivamos de verdad una amistad y cuidamos que nada la entorpezca o la llene de maleza, tenemos que cuidar nuestra relación con Dios, nuestra relación con Jesús. Es la oración profunda que nos llena de la presencia de Dios, es el diálogo de amor en que se nos ofrece la Palabra a la que hemos de dar una respuesta de vida, es el cuidar que esa relación no se quede en lo formal o en lo ritual sino que en verdad nos haga gozarnos en su amor y cantar la alegría de su presencia, es ese saber sentarnos en silencio en su presencia para sentir el palpitar de vida del corazón de Dios que no haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor.

El trato hace la amistad, habíamos comenzado diciendo, y será ese trato y esa relación llena de vida con Dios lo que nos hará crecer en su amor. ‘Permaneced en mi y yo en vosotros’, nos decía Jesús en el evangelio. Qué distintos nos sentiríamos, qué seguridad daría a nuestra vida, qué fortaleza para nuestro caminar, con qué nueva ilusión y esperanza nos pondríamos a contagiar a los demás de ese amor, qué fuerza tendría nuestro compromiso de amor, con qué amor nuevo amaríamos también a los demás a los que ya para siempre miraremos como hermanos.

sábado, 2 de abril de 2022

Aunque ya muchas veces hayamos reflexionado y rumiado la Escritura, escúchala ahora como si fuera la primera vez para que se convierta de verdad en evangelio para tu vida

 


Aunque ya muchas veces hayamos reflexionado y rumiado la Escritura, escúchala ahora como si fuera la primera vez para que se convierta de verdad en evangelio para tu vida

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’, fue la respuesta que dieron los guardias a los sumos sacerdotes del templo que los habían enviado a prender a Jesús. ‘¿Por qué no lo habéis traído?’, preguntaban ante el incumplimiento de sus órdenes.

Pero aquellos guardias sencillos de corazón se habían sentido cautivados por la palabra de Jesús. Como la gente sencilla que le reconocían como el profeta, que casi le proclamaban como el Mesías. Aunque vinieran los entendidos de turno a argumentar que Jesús no podía ser el Mesías, simplemente por el hecho de que venía de Galilea, y el Mesías no sabían de donde vendría.

Aquel fariseo de noble corazón que una noche había ido a hablar con Jesús les argumenta que no se puede condenar a nadie sin haberle escuchado; pero también le rechazan como si fuera un ignorante, argumentando que sabían que Jesús venía de Galilea y de allí no había surgido nunca un profeta. Como si Dios tuviera unos límites para escoger a los profetas que enviase al pueblo para transmitirles su palabra. Los sabios y entendidos de siempre que todas se las saben.

Nos recuerda aquel momento en que Jesús da gracias al Padre porque los misterios de Dios los está revelando a los pobres y a los sencillos y no a los que se creen entendidos; el profeta también había anunciado que la buena nueva se le anunciaría a los pobres, porque una señal de la venida del Reino era que los pobres serían evangelizados.

Son los que escuchan a Jesús, son los que entran de verdad en la sintonía de Dios, serían los que le proclamarían como un profeta y que lo llamarían el enviado del Señor, reconociendo que en Jesús Dios ha visitado a su pueblo. Lo proclamaría proféticamente el anciano Zacarías que bendice a Dios que ha visitado a su pueblo por su entrañable misericordia. Es lo que vamos contemplando a lo largo del evangelio porque en Jesús se manifiesta la misericordia del Señor; son los que rodean continuamente a Jesús y hasta serán capaces de irse al desierto sin provisiones para estar con El, para escuchar su Palabra.

Lo contemplamos hoy en el evangelio en este camino que vamos haciendo con Jesús y su Palabra hasta la Pascua. Es lo que va alimentando ahora nuestra fe, para que seamos capaces también nosotros de entrar en la sintonía de Dios. ¿Qué necesitamos? El corazón de los humildes y de los sencillos, porque será a los que se revela el Señor. Es importante. Tenemos a veces la tentación de darle vueltas y vueltas al Evangelio, buscarle explicaciones o formas de aplicarlo a nuestra vida que podemos llegar a querer ser esos entendidos que a la larga con nuestros orgullos lo que hacemos es cerrar el corazón.

Muchas veces, por otra parte, creemos sabérnoslo todo y lo que hacemos es cerrar el corazón; cuantas veces cuando lo escuchamos ya vamos con nuestras respuestas, nuestras explicaciones o nuestras consideraciones previamente preparadas y no terminamos de abrir el corazón a la novedad que siempre ha de tener el evangelio para nuestra vida. Si lo despojamos de esa novedad ya no es noticia, ya no es buena noticia para nosotros y terminamos por hacerlo algo viejo en nuestra vida desvirtuando su mensaje de salvación que tiene que llegarnos al hoy de nuestra vida.

Aunque ya muchas veces lo hayamos reflexionado y rumiado, escúchalo ahora como si fuera la primera vez que lo escucharas para que se convierta de verdad en buena noticia, en evangelio para tu vida. Entonces sí que podremos decir nosotros también ‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’.

domingo, 13 de marzo de 2022

Tenemos que entrar en la nube, entrar en esa sintonía, aislarnos de lo que está alrededor, olvidarnos quizás de nuestros afanes y agobios, tenemos que abrirnos a Dios

 


Tenemos que entrar en la nube, entrar en esa sintonía, aislarnos de lo que está alrededor, olvidarnos quizás de nuestros afanes y agobios, tenemos que abrirnos a Dios

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17 – 4, 1; Lucas 9, 28b-36

¡Qué bueno está esto!, habremos dicho en más de una ocasión. Un lugar agradable, una agradable compañía quizás, unos momentos de convivencia y de fiesta en que lo pasamos bien, alguna experiencia de algo sorprendente por lo inesperado  pero que dejó buena experiencia en nosotros. Lo expresamos en ese momento, o más tarde lo recordaremos y lo comentaremos con los amigos que tuvimos la misma experiencia, rememorando momentos, anécdotas, conversaciones, experiencias tenidas, recuerdos.

Experiencias humanas agradables que tenemos en la vida. Que desearíamos quizás que se repitieran, aunque nos parezca que ya no va a ser igual, porque lo inesperado siempre le añade un nuevo y distinto sabor. Pero quizás tendríamos que preguntarnos si así son nuestras experiencias religiosas. ¿Las recordamos a posteriori como algo irrepetible? Detrás de esta última pregunta pudieran surgir muchos interrogantes sobre nuestras celebraciones y experiencias religiosas.

Porque quizás muchas veces más que el recuerdo y el deseo de repetir dichas buenas experiencias se nos diluye o acaso sutilmente evitamos esas cosas. Nos habrá pasado a nosotros en la respuesta que hayamos dado a una invitación, o quizás ha sido lo que alguien nos ha respondido cuando le hemos invitado a alguna celebración, o a algún momento espiritual especial. ‘Cuánto me gustaría ir… a mi me gustan mucho esas cosas… pero es que ahora… tengo tantas cosas que hacer… no tengo tiempo… voy a ver si un día me libero de algunas de estas cosas y puedo asistir…’ Respuestas así - ¿disculpas o formas de escaquearnos? - habremos dado o nos han dado quizás.

Pero bueno, vayamos al evangelio. Ha motivado esta introducción la exclamación de Pedro y los discípulos ante lo que está sucediendo en la montaña. ‘Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Estaban disfrutando con la experiencia.

Habían sido especialmente escogidos por Jesús para llevarlos con El cuando se subió a aquella montaña alta para orar. A lo largo del evangelio san Lucas nos presentará a Jesús orando sobre todo en momentos importantes. Ahora van subiendo a Jerusalén y Jesús les está anunciando algo que a los discípulos les costará aceptar. Subían a Jerusalén para la Pascua y aquella Pascua iba a ser algo especial. El momento para Jesús humanamente también es difícil porque sabe a lo que se enfrenta. Pero por medio está la oración.

La oración, que hace sentir siempre de manera especial la presencia de Dios en la vida, en el camino, en las situaciones con las que vamos a enfrentarnos. Decimos muchas veces que pedimos ayuda, como diría Jesús también en oración de Getsemaní que pase de mí este cáliz, y Dios se hace presente. Es la experiencia del Tabor que hoy contemplamos en el evangelio. En ese momento de oración aparecen la Ley y los Profetas representados en las figuras de Moisés y Elías; es la búsqueda de lo que es la voluntad del Señor, es ese abrirnos a Dios para llenarnos de su presencia. Por eso allí en el Tabor se ven envueltos por la nube, envueltos por la presencia de Dios.


Entrar en la nube nos puede producir desazón, intranquilidad porque nos parece que no vamos a ver más allá, pero aquí es la nube de la presencia de Dios. Y Dios nos hará ver, Dios se hará escuchar allá en lo más hondo del corazón. Tenemos que entrar en la nube, tenemos que entrar en esa sintonía, tenemos que aislarnos de lo que está alrededor, tenemos que olvidarnos quizás de nuestros afanes y preocupaciones, tenemos que abrirnos a Dios. ‘Este es mi Hijo, el elegido, escuchadle’.

Es lo que queremos hacer. vamos a quitar nuestros miedos, nuestras dudas, nuestras incertidumbres, las elucubraciones que nos hacemos ante las situaciones que están por venir, nuestros sueños que algunas veces pueden volverse oscuros y por eso inquietantes. Vamos a dejarnos conducir. Escuchemos allá en lo hondo del corazón el susurro de la presencia de Dios. Presencia que se hace luz para nosotros, presencia que nos llena de fortaleza, presencia que nos quita nuestros miedos, presencia que nos impulsa a bajar de la montaña para ir de nuevo a la llanura de la vida donde tanto tenemos que hacer, presencia que nos impulsa a seguir caminando, a realizar nuestra subida a Jerusalén, nuestra subida a la Pascua, presencia que nos recuerda los resplandores de la resurrección. Y es que a ese Jesús le vemos transfigurado con resplandores de resurrección y eso para nosotros tiene que convertirse en esperanza.

Vivamos con intensidad estos momentos en este camino cuaresmal, y en esta cuaresma concreta que ahora estamos viviendo. Sigamos haciendo el camino llenos de esperanza. Sigamos poniendo toda nuestra confianza en el Señor. Subamos a la montaña con El que a eso nos está invitando. No busquemos disculpas. Que podamos decir al final ‘¡Qué bueno es estar aquí!’

 

domingo, 19 de diciembre de 2021

Una sintonía de fe y de esperanza con una comunión profunda en el amor se dio es el encuentro entre María e Isabel y ejemplo y estímulo para nosotros ante la cercana Navidad

 


Una sintonía de fe y de esperanza con una comunión profunda en el amor se dio es el encuentro entre María e Isabel y ejemplo y estímulo para nosotros ante la cercana Navidad

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

¿Qué sucede en nuestros hogares, entre nuestros vecinos cuando acontece algo extraordinario o ha llegado una buena noticia? La persona que ha recibido una noticia de algo importante que le afecta muy directamente va corriendo al encuentro del familiar de más confianza, o la vecina más cercana con quien comparte sus cosas para contarle lo que le ha sucedido o de lo que se ha enterado. Lo bueno que nos produce una gran alegría no lo podemos tener guardado mucho tiempo; y es que lo bueno tiene que difundirse, la alegría no puede contenerse, lo que es grande e importante para uno no se puede tener callado mucho tiempo.

¿Por qué no pensar así en los acontecimientos que estos días nos está narrando el evangelio? ¿Por qué no pensar de manera semejante en lo que le ha sucedido a María que corre presurosa a la montaña de Judea para ir al encuentro de su prima Isabel? Aquella visita inesperada de María, venida desde la lejana Galilea – entonces no había teléfonos ni nuestras redes sociales de hoy para anunciar previamente la llegada – coge de sorpresa a Isabel pero bien sabemos que las personas con gran sensibilidad intuyen rápidamente si que previamente se lo digan lo que ha podido suceder. De ahí, pensando solamente humanamente, podemos entender la alegría de Isabel y cómo pronto su voz se convierte en alabanzas para María, pero también para Dios en quien una mujer creyente como Isabel sabe descubrir detrás de todo cuanto sucede.

Estamos hablando quizá en principio solo desde unas sintonías humanas, pero sabemos que en el corazón de aquellas mujeres había mucho más. Era la mujer creyente que ya en ella había experimentado la misericordia del Señor que le había concedido el don de la maternidad en una edad tan prolongada como ella tenía, y por eso mejor podía tener la intuición, podríamos decir, pero mejor decir la revelación que Dios estaba haciendo en su corazón del misterio que ante ella se estaba manifestando. Dios también se había manifestado misericordioso con ella – así lo manifestaban incluso los vecinos al enterarse de la maternidad que se estaba gestando en la anciana Isabel - y no podía ser menos que hubiera una sintonía especial de Dios en su corazón.


Entendemos así las palabras de Isabel en su encuentro con María. ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Es el reconocimiento por parte de Isabel del misterio de Dios que se está realizando en María. Por eso exclamará con toda la fuerza de su corazón la alabanza a María y la alabanza a Dios. ‘¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!’ Es bendecida María, pero se reconoce que el fruto de las entrañas de María merece también toda alabanza y toda bendición. 

Maravillas se estaban realizando porque también el fruto de sus entrañas era santificado con la presencia de María que era en este caso presencia especial de Dios. ‘Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Siempre hemos visto en este momento como una especial consagración de Juan el Bautista para la especial misión que había de realizar. Era el elegido del Señor para ser el profeta del Altísimo, y la misión que había de desempeñar posteriormente allá en el desierto de Judea se adelanta de alguna manera cuando desde el seno de su madre está sintiendo la presencia de aquel cuya venida había de anunciar y cuyos caminos había de preparar.

Y si hemos venido hablando de una mujer creyente en referencia a Isabel será ahora ella la que proclame y bendiga la fe de María. ‘Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá’. De nadie mejor podría salir esta alabanza que de una mujer profundamente creyente que estaba experimentando en si misma el amor y la misericordia del Señor. Es como la primera bienaventuranza que nos aparecerá en el evangelio y está dirigida a María, la mujer creyente, la mujer que se puso en la manos de Dios, la mujer que se sentía inundada por la presencia y la gracia de Dios – así la saludó el ángel -, la mujer que escuchó la voz de Dios en su corazón y se dejó guiar por Dios para sentirse pequeña aunque reconociese que el Señor estaba obrando cosas maravillosas en ella pero que no era sino la humilde esclava del Señor para que se cumpliera en ella la Palabra de Dios anunciada por el ángel.

Un hermoso recorrido que se nos ofrece en este último domingo de Adviento en la cercanía ya de la celebración de la Navidad. ¿Seremos capaces nosotros también de ir corriendo al encuentro con los demás para recordar cuál es el verdadero misterio que estos días celebramos? Que no son unas fiestas más, como cualquier fiesta que por cualquier motivo celebremos en cualquier otro momento. Celebraremos Navidad, celebramos el misterio inmenso y maravilloso de que Dios ha querido hacerse hombre encarnándose en el seno de María para ser en verdad Dios con nosotros.

No digamos solamente felices fiestas, digamos con todo el sentido y profundidad ‘Feliz Navidad’, porque eso es lo que verdaderamente estaremos celebrando. Un acontecimiento para toda la humanidad, la historia de nuestro mundo se ha dividido desde entonces en desde antes del nacimiento de Cristo y después del nacimiento de Cristo. No pretendamos corregir la historia, como tantos ahora quieren hacer en muchos acontecimientos históricos. A nadie ofendemos con esta proclamación, pero para todos es una inmensa alegría que nosotros podamos anunciarlo y no queremos privar a nadie de esa felicidad.

Aprendamos a tener la sintonía de la fe, para abrirnos a Dios y sentir el misterio de Dios que en nosotros también se realiza, pero también para que en esa sintonía de la fe seamos capaces de comunicarnos los unos con los otros. Nos decimos creyentes y cristianos y estamos los unos junto a los otros tantas veces y parece como si no hubiera ninguna sintonía entre nosotros, porque no nos comunicamos en verdad lo que llevamos dentro de nosotros. Qué maravilla de diálogo se nos ofrece hoy entre aquellas dos mujeres creyentes, María e Isabel; sin comunicarse se estaban comunicando lo que más hondo llevaban dentro de sí mismas. Seamos capaces de tener entre nosotros esa hermosa comunicación de la fe, esa sintonía de la esperanza y esa comunión del amor.

jueves, 28 de octubre de 2021

 


La cercanía crea sintonía en el corazón, quienes seguimos a Jesús estamos llamados a estar con El creando esa sintonía e introduciéndonos en su corazón

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

‘Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles…’ y nos da el evangelista la relación de los doce escogidos para estar con Jesús. Comienza así el evangelio propio de este día de la celebración de dos de esos apóstoles, san Simón y san Judas Tadeo.

Poco más nos dirán los evangelios en concreto de estos dos apóstoles escogidos, salvo que en algún evangelio se hace relación a Simón como el Zelotes, bien porque hubiera formado parte de aquellos grupos revolucionarios contra la dominación romana, o bien porque haga referencia a su celo por el cumplimiento de la ley mosaica. Poco importan estos detalles, pero manifiestan por otra parte como Jesús llama sin distinción ni discriminación, como le veremos llamar también a un recaudador de impuestos para formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, Leví y Mateo según el nombre que le queramos dar.

Serían aquellos que estarían más cercanos a Jesús, podríamos decir, día y noche y a los que iba preparando de manera especial para la misión que un día les confiaría. Recordamos como los lleva a lugares apartados para estar a solas con ellos o como de manera especial los iba instruyendo por el camino; en casa a ellos les explicarías con detalles las parábolas con las que enseñaba al pueblo el mensaje del Reino de Dios.

Los llamó para que estuvieran con El y para un día enviarlos con la misión de anunciar el evangelio a toda criatura. Pero es importante el estar con Jesús. Recordemos cómo a la hora de escoger un sustituto de Judas uno de los criterios que se mantienen es que fuera alguien que hubiera estado desde el principio con Jesús. La cercanía crea sintonía en el corazón. Es importante. No podrían ser los testigos de Jesús si antes no habían sintonizado con Jesús. No era simplemente el conocer los hechos, era más importante conocer la vida, haberse metido en el corazón. Y Jesús los llevaba en el corazón. ‘A vosotros no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos’, les diría en la última cena, ‘porque a vosotros os lo he revelado todo’.

Qué importante esto en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. El estar con Jesús es la experiencia de vivir a Jesús y eso lo iremos logrando desde que vayamos dejando que Jesús se meta en nuestro corazón. Como el amigo que se nos mete en el corazón, el amigo en quien confiamos pero que también nos muestra toda su confianza. Se crea una intimidad del corazón, porque vamos abriendo nuestro corazón a Jesús, pero el también va dejando que nos pongamos en su corazón, que nos introduzcamos en su corazón. Esa intimidad nos hace sentirnos con el corazón abierto y nos sentiremos conocidos como también nosotros conoceremos hasta lo más profundo.

Es lo que tenemos que cultivar en nuestra vida cristiana. Y empleo en todo su profundo sentido esta palabra de cultivar. Para cultivar su rotura la tierra, se introducen la semilla en lo más profundo, continuamente estaremos cuidando ese terreno y esas plantas que en él van surgiendo librándolas de todo lo que las pueda dañar; cultivamos y abonamos, cultivamos y mantenemos la necesaria humedad para que la semilla pueda germinar y para que la nueva planta pueda crecer y dar fruto.

Es toda la tarea de nuestra vida cristiana, donde nos contentamos con decir que creemos en Dios o rezamos en alguna ocasión sino que mantenemos un trato íntimo con el Señor abriéndonos a Dios para dejarnos inundar por su presencia, abriendo nuestro corazón a su Palabra dejando que se haga fecunda en nuestra vida para que al final puedan florecer los frutos de nuestra vida cristiana.

Creo que la fiesta de estos apóstoles que hoy celebramos contemplando como fueron escogidos para estar con El nos interpela a nosotros también para aprender a estar con Jesús, también llamados y escogidos por Jesús para estar con El, dejando que sea el centro de nuestro corazón.

lunes, 9 de agosto de 2021

Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos pero en nosotros ha de haber una sintonía espiritual para captar la señal, la honda de Dios

 


Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos pero en nosotros ha de haber una sintonía espiritual para captar la señal, la honda de Dios

Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Salimos al camino o bien porque nos vayamos a poner en camino para ir hacia alguna parte, o porque esperamos a alguien. Más de una vez lo habremos hecho o habremos visto a alguien a la puerta de su casa como si estuviera esperando a alguien; alguien nos ha avisado que llega y quizás en cierto modo impacientes nos asomamos al camino para ver si atisbamos por donde viene; quizás tengamos que indicar con claridad al que llega cual es el lugar, o por el respeto que nos merece la persona que llega mantenemos la puerta abierta y en cierto modo preparamos algo para recibirle. Había muchos gestos y signos que se realizaban para expresar la acogida que dispensábamos al que llegaba.


Jesús al proponernos hoy la parábola utiliza la imagen de las bodas, en las que las amigas de la novia habían de salir al camino con lámparas encendidas para iluminar el camino y para hacer la acogida del novio que llegaba con sus amigos para la boda. Y aquí era algo importante la luz; era la carencia de luz, algo normal en aquellos caminos, pero la luz que había de servir también para iluminar la sala del banquete de bodas; y era importante la previsión del aceite suficiente para poder mantener las lámparas encendidas.

La parábola habla de una tardanza; los caminos podían ser largos y dificultosos y en el camino siempre nos podemos encontrar contratiempos que nos hagan retrasar la llegada; en el mundo de las puntualidades en el que vivimos en el presente bien sabemos que también se producen los retrasos por lo que siempre hemos de estar atentos al momento de la llegada con los preparativos necesarios.

Es lo que nos sucede en el ritmo ordinario de la vida, esperamos y algunas veces nos llenamos de impaciencia; se nos anuncia que algo va a llegar o a suceder y quizás andamos distraídos en otras cosas y quien llega se nos puede presentar de improviso, porque además nos puede adelantar su llegada. Me estaba acordando ahora de aquel prior del convento que sabía de la llegada del Obispo aquel día a visitar el convento, pero el obispo se presentó antes de la hora prevista y para sorpresa del propio prior se encontró en ropa de faena regando los jardines del claustro, y nada estaba aún preparado pasando sus correspondientes apuros.

Cuando Jesús nos está proponiendo esta parábola está señalándonos la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida porque Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos. Es el ojo del creyente atento a ese actuar de Dios en su vida; las cosas se nos van sucediendo una tras otra y seguimos con normalidad el ritmo de nuestra vida, pero el verdadero creyente sabe tener una sintonía especial para descubrir esa presencia de Dios, esa llamada de Dios, esa Palabra de Dios que nos llega a través de esos mismos acontecimientos ordinarios que vamos viviendo.

La parábola habla del aceite suficiente que se ha de tener preparado porque parte de esa imagen de las lámparas de aceite que se han de tener encendidas. Decimos el aceite y decimos esa sintonía espiritual para captar las señales de Dios; decimos el aceite y estamos diciendo esos ojos de fe para saber estar atentos y a la escucha; decimos el aceite y hablamos de nuestro espíritu de oración para estar a la escucha; decimos el aceite y estamos hablando de esa capacidad de reflexión para pensar y para repensar lo que nos sucede; decimos el aceite y estamos diciendo esa vigilancia y atención para no dejarnos embaucar ni seducir por falsos cantos de sirena en tantas cosas que nos pueden distraer en la vida; decimos el aceite y decimos ese cultivo espiritual que hemos de hacer en nosotros mismos para que sepamos ver más allá de lo material que tantas veces nos ciega.

No importa que tarde o venga fuera de hora incluso adelantándose a lo que quizás teníamos previsto, porque en nosotros hay esa sintonía espiritual para captar la señal, para captar esa honda de Dios.

Hoy estamos celebrando a santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein como era conocida antes de ser religiosa, que un día supo escuchar la voz de Dios, aunque estaba fuertemente enfrascada en sus estudios filosóficos, para entrar por los caminos de la fe y aceptar a Jesucristo como única sabiduría de su vida. La ciencia y el conocimiento filosófico no fue un obstáculo para ella encontrarse con Jesús y consagrarle totalmente su vida.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Sepamos encontrar esa señal de Jesús que nos acoge y despierta nuestra esperanza, pero con nuestra acogida seamos signo de Jesús para los que nos rodean

 


Sepamos encontrar esa señal de Jesús que nos acoge y despierta nuestra esperanza, pero con nuestra acogida seamos signo de Jesús para los que nos rodean

1Corintios 3, 1-9; Sal 32; Lucas 4, 38-44

Cuando encontramos a alguien en la vida con el que nos es fácil sintonizar no nos gustaría separarnos de él; nos sentimos escuchados, aunque algunas veces casi no pronunciemos palabra, pero es que en las actitudes, en los gestos o las palabras que esa persona tiene con nosotros nos damos cuenta que hay una sintonía especial; es la forma de acogernos, son las palabras que nos dice que nos llegan al corazón como respuestas a las inquietudes que llevamos dentro, podemos acercarnos a su lado sin ningún tipo de temor y aunque nos parece como un ser superior a nosotros le vemos tan cercano que es como si fuera nuestro amigo o familiar querido de toda la vida.

Nos sucede en los caminos de la amistad  en esos encuentros maravillosos que tenemos cuando hay alguien que sabe detenerse a nuestro lado. Y es que en el fondo estamos ansiosos por encontrar esa persona que nos escuche, no todo lo que llevamos dentro somos capaces de hablarlo con cualquiera, y algunas veces pasamos soledades interiores que son muy horribles cuando no tenemos o no podemos compartir lo que llevamos en el corazón.

Si en la vida fuéramos capaces de deternernos un poco más a la orilla del camino con los ojos y los oídos bien abiertos nos vamos a encontrar con muchos que viven en esas soledades y están deseando encontrar con quien compartir las inquietudes o los pesos que llevan en el corazón. Vamos demasiado absortos en lo nuestro que no nos damos cuenta de esas sintonías que podríamos establecer con los que caminan a nuestro lado que serán como ondas que se quedan en el aire sin que nadie las escuche o pesos en el corazón que nadie ha sabido aliviar. Es difícil muchas veces y nos cuesta.

Estoy hablando de esas situaciones humanas en que nos encontramos nosotros mismos o que podemos encontrar en el mundo que nos rodea, pero estoy hablado de lo que sucedió con la presencia de Jesús en principio por aquellos caminos, ciudades y aldeas de Galilea. Es lo que estamos viendo en el evangelio de hoy. Poco nos ha dicho hasta ahora el evangelio de lo que Jesús hacia, nos ha hablado de su presencia en la sinagoga de Nazaret y ahora en la de Cafarnaún donde ha ido a enseñar el sábado y donde ha liberado aquel hombre del espíritu inmundo que lo poseía.

Pero inmediatamente llevan a Jesús a casa de Simón porque la suegra está en cama con fiebre e inmediatamente vemos como se agolpan a la puerta de la casa multitudes con sus enfermos de todo tipo que acuden a Jesús.  ¿Cuál había sido la apertura del corazón que Jesús había manifestado? Había entrado en la sintonía de aquellas gentes que se sentían con muchas angustias e inquietudes, con muchas ataduras y esclavitudes del corazón, con muchas esperanzas que parecía que se veían frustradas porque nunca llegaban a realizarse y con muchas oscuridades en sus vidas para las que no veían una salida o un sentido a cuantos eran sus sufrimientos.

Pero allí está quien los escucha. Allí está con quien pueden sintonizar porque en El se vislumbran las respuestas y se abren de nuevo las esperanzas. Justo es que se agolpen con todas sus penas a la puerta o que no quieran dejarlo marchar a otros lugares. Quieren que Jesús se quede para siempre con ellos. ‘Todo el mundo te busca’, le dicen los más cercanos a Jesús.

¿Se despertará así nuestra esperanza con las palabras y la presencia de Jesús? También nosotros llevamos unas inquietudes en el corazón, también hay unas penas y unas frustraciones zarandeados como estamos por todo cuanto sucede en nuestro entorno. Saquemos a flote eso que llevamos dentro y que nos duele y nos hace sufrir; tenemos quien nos escuche, quien esté a nuestro lado, nos diga una palabra de vida y de esperanza. Vayamos a Jesús y deseemos ardientemente estar con El, no separarnos de El. Es lo que en el fondo estamos buscando aunque algunas veces andemos confundidos y dé la impresión que no sabemos ni lo que queremos. Somos parte también de ese ‘todos te buscan’.

Pero no olvidemos también una cosa. Aprendamos a sintonizar con los que están a nuestro lado que también tienen sus inquietudes y sus frustraciones; podemos y tenemos que ser ese signo de Jesús que llega a ellos a través de nuestra acogida.

martes, 16 de junio de 2020

Nos abre Jesús unos nuevos horizontes para que seamos capaces de hacer un mundo nuevo en el que seamos capaces de amarnos todos




Nos abre Jesús unos nuevos horizontes para que seamos capaces de hacer un mundo nuevo en el que seamos capaces de amarnos todos

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48
Podríamos decir que entra dentro de lo normal el que nos relacionemos con aquellas personas que están mas cercanas a nosotros; la cercanía puede significar por supuesto esa cercanía física o geográfica porque viven en nuestro entorno, pertenecen a ese grupo de personas con las que nos relacionamos habitualmente por vecindad, por parentesco familiar, por razones de trabajo o por asistir a aquellos actos sociales que nos son comunes.
La cercanía puede significar también otra sintonía en nuestra manera de pensar o de ver las cosas, la colaboración que nos prestamos para realizar proyectos comunes que nos afectan a esa comunidad humana a la que pertenecemos, o porque nuestra visión de la vida y de la sociedad tiene también una sintonía de ideas donde vemos que podemos dialogar y colaborar.
Es la cercanía que podamos tener cuando de alguna manera nos sentimos en deuda porque es una persona que me ha ayudado y de alguna manera nos sentimos agradecidos y como se suele decir hoy por mi y mañana por ti. No me ha hecho daño, yo también voy a intentar no molestar, pensamos. Lo habitual entre vecinos, por ejemplo, o en las relaciones familiares pero que en cierto modo va creando unos lazos que nos acercan a las personas.
Por supuesto, es muy humano que en casos así esa cercanía vaya creando lazos de amistad, nos hace sentirnos a gusto con esas personas y las preferimos en nuestro trato y relaciones mutuas. Y claro que tenemos que fomentar esa cercanía, esa amistad, ese encuentro porque facilitan la convivencia y al menos en esos ambientes parece que nos sentimos bien y hasta podemos ser más felices.
Pero todo eso lo puede hacer cualquiera con un mínimo de humanidad y respeto, con un mínimo de valoración de lo que es la otra persona y de gratitud por cuanto recibimos unos de otros. Son relaciones humanas que tenemos que cultivar y valorar que vivimos en un mismo mundo y entre todos tendríamos que ayudarnos a ser mejores nosotros y a hacer ese mundo nuestro mejor también. Pero aquí viene la pregunta y la cuestión, ¿un cristiano se tiene que contentar con esto? Somos buenos, decimos, no hacemos daño a quien no nos haya hecho daño, ayudamos a quienes nos ayudan, somos amigos de nuestros amigos en socorrida frase que tantas veces hemos escuchado. Pero quien sigue a Jesús ¿se puede quedar ahí?
Pero para hacer eso que todos hacen ¿hace falta tanto evangelio? ¿No hay algo nuevo y distinto en lo que tendríamos que distinguirnos nosotros los que seguimos a Jesús? ¿Para que nos estaba pidiendo Jesús desde el principio que había que cambiar de mentalidad y creer en la Buena Noticia del Reino de Dios? ¿Para seguir en lo mismo?
Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. ¿Se te ha dicho que tienes que amar al amigo pero al que no es amigo puedes aborrecerlo? Entre vosotros no puede ser así, nos viene a decir. Y nos dice que a todos tenemos que amar, incluso al que nos haya hecho mal. ‘Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.
La razón y el motivo lo tenemos claro, somos hijos del Padre del cielo, ‘que hace salir su sol sobre malos y buenos, manda la lluvia a justos e injustos’. Para Dios no hay distinciones. Dios nos ama a todos. Como nos dirá más tarde san Juan en sus cartas ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’. Y nos amó seamos justos o injustos, seamos buenos o seamos pecadores. Porque esa es la maravilla del amor de Dios. Cristo no murió por nosotros porque éramos buenos, sino que siendo nosotros pecadores nos amó y se entregó por nosotros.
Es un horizonte nuevo el que nos está abriendo Jesús delante de nosotros, es un nuevo mundo el que tenemos que constituir, donde todos nos amemos, donde todos seamos capaces de aceptarnos a pesar de que seamos distintos, donde todos seamos comprensivos los unos con los otros porque reconocemos que todos somos pecadores y todos mas de una vez en la vida cometemos errores y también podemos ofender o dañar al otro; como nos gustaría que nos comprendieran y perdonaran así nosotros tenemos que comprender y perdonar. No es solo al cercano, al que me haya hecho el bien, al que esté de acuerdo conmigo, porque todo hombre es mi hermano, porque todos somos hijos del mismo Padre del cielo.
Es el Reino nuevo que nos anuncia Jesús. Algo nuevo tiene que cocerse en nuestro interior para ser un hombre nuevo; unas actitudes nuevas tienen que haber en nosotros para que podamos hacer un mundo nuevo.