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martes, 30 de junio de 2026

Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere decirnos y despertar en nuestro corazón



 Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere  decirnos y despertar en nuestro corazón

Amós 3, 1-8; 4, 11-12;Salmo 5;Mateo 8, 23-27

Todos habremos pasado alguna vez por la dura experiencia de tormentas que envuelven nuestra vida y el miedo nos aborda y nos sobrecoge. Reciente tenemos porque aún se está viviendo la tragedia que está sufriendo el pueblo venezolano con los terremotos acaecidos en estos días con sus devastadoras consecuencias; intentamos ponernos en la piel de los que lo están sufriendo que se sienten indefensos y abandonados, con pérdida de esperanzas y sin saber cómo afrontar esos malos momentos y un día encontrar luz para su situación. Seguro que en sus corazones está también ese grito desgarrador elevado al cielo, como la de aquellos pescadores que se sintieron indefensos en medio de la tormenta y les parecía que Dios dormía.

Podemos unir una y otra cosa en esta reflexión que nos hacemos del evangelio que hoy se nos ofrece, porque también muchas lecciones podemos sacar para nuestra vida. Aquellos pescadores avezados por otra parte a aquellos mares y tormentas se sentían sin embargo angustiados porque habían perdido la confianza. Les parecía que a Jesús no le preocupaba su situación. Sin embargo pedían ‘¡Señor, sálvanos que perecemos!’.

Por eso la reacción de Jesús cuando lo despiertan. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’. Por muy duras que sean las tormentas, por muy fuerte que sea la soledad e indefensión que sintamos, por muy oscura que se vuelva la noche de la vida, Dios está ahí. Y Dios se va a manifestar de alguna manera junto a nosotros para que se renueve otra vez nuestra fuerza interior, para que aprendamos de nuevo a confiar, para que sepamos leer las señales que Dios va poniendo a nuestro lado y sepamos entonces sentirnos arropados por su amor. 

Muchas veces quizás la prueba se alarga y no llegamos tan pronto a reconocer esas señales, pero en la prueba tenemos que aprender a confiar y no perder la esperanza; quizás después de que pase toda la tormenta nos daremos cuenta cómo Dios ha estado actuando en nuestra vida y por eso no hemos perdido la paz en el corazón, nos manteníamos firmes en nuestra lucha buscando caminos, buscando horizontes; detrás de muros que nos parecían infranqueables había quizás alguien que pensaba en nosotros y derramaba lágrimas con nosotros aunque no nos diéramos cuenta.

Siempre pueden surgir brotes de solidaridad donde pensábamos que todos eran insensibles, siempre habrá una mano llena de cariño que se pose sobre nuestro hombro para decirnos que están con nosotros aunque parezca que nada pueden hacer; siempre habrán buenos corazones llenos de ternura y compasión para sufrir con nosotros y ofrecernos el consuelo de su presencia. Detrás de esa tormenta también hay algo que el Señor quiere decirnos, quiere despertar en nuestro corazón. Sepamos leer esas señales de Dios.

Un día la tormenta desaparecerá y volverá la paz, y nos sentiremos nuevos y renovados y quizás también se mueven nuestros corazones para que desde la lección aprendida seamos capaces también de ser ese paño de lágrimas para quienes a nuestro lado están pasando esas situaciones difíciles.

Comenzábamos nuestra reflexión con una referencia a lo que sucede en estos momentos en Venezuela y todo esto que venimos reflexionando para esas nuestras tormentas personales lo podemos trasladar como un gesto solidario que el sufrimiento que en estos días los embarga. No somos insensibles ante lo que sucede porque podemos contemplar la solidaridad que por todas partes está aflorando. 

Pidamos a Dios que no les falte fortaleza en esta dura encrucijada y no pierdan la esperanza y de alguna manera vaya llegándoles los frutos de esa solidaridad en las ayudas que necesitan. Que no se sientan abandonados de Dios porque hay muchos corazones que les aman y les harán presente ese amor de Dios.


domingo, 22 de marzo de 2026

En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

 


En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios  que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

Ezequiel 37, 12-14; Salmo 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En la palabra de Dios proclamada en este último domingo de cuaresma se nos habla de sepulcros inundados con el vacío de la muerte, pero al mismo tiempo se nos habla de vida y de resurrección. Son las imágenes que nos ofrece el profeta cuando hablaba a un pueblo que se sentía muerto porque se sentía cautivo lejos de su tierra pero a los que se les anuncia que un día esos sepulcros se abrirán porque el Espíritu del Señor los llenará de vida, que es en principio un anuncio de liberación y de libertad cuando puedan volver de nuevo a su tierra, pero que tiene un sentido profético que va más allá para hablarnos de la vida que en Cristo Dios nos va a ofrecer.

Por otra parte está el relato del evangelio con la enfermedad de Lázaro y con su muerte pero la llegada de Jesús cuando ya llevaba cuatro días enterrado a aquel lugar de desolación y de llanto como es aquel hogar de Betania que tantas veces había recibido a Jesús. Pero se nos está hablando al mismo tiempo de vida y de amor, porque eran los amigos de Jesús – ‘el que amas está enfermo’, fue el recado que le habían mandado a Jesús – y se manifiesta en la ternura y la humanidad de aquel encuentro con Jesús por parte y parte a pesar de los momentos dolorosos pero donde no se ha perdido la fe y la esperanza. ‘Jesús amaba a Marta, a su hermano y a Lázaro’, nos comenta el evangelista

‘Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano’, es la queja de ambas hermanas en el encuentro con Jesús. ‘Tu hermano resucitará’, es la promesa de Jesús. Pero no solo es la esperanza de la resurrección final que ya formaba parte de la fe del pueblo judío como le manifiesta Marta, sino que es el anuncio de otra resurrección, de una vida nueva que Jesús nos ofrece cuando creemos en El. ‘El que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre’, terminará afirmando y anunciando Jesús.

Pero tratemos de fijarnos en todo el signo que es y sigue siendo para nosotros este relato del evangelio que hoy escuchamos. Signo de una buena noticia - ¿no decimos evangelio? – para nosotros también hoy. Es Jesús el que viene y se acerca a aquel mundo de dolor, muerte y desolación. Allí donde está el sufrimiento, las lágrimas, el olor a muerte y Jesús se conmueve y llora con los que lloran. ‘Mira cómo lo amaba’, comentarán los que lo contemplan. ¿Cuál es el misterio de fe, el misterio de Dios que se convierte en eje de nuestra fe? Dios se ha encarnado, Dios se ha hecho hombre, Dios ha plantado su tienda entre nosotros, allí donde está el dolor y el sufrimiento.

¿Cuál es el camino que vemos haciendo a Jesús? Se acerca allí donde está el sufrimiento, se deja envolver por ese sufrimiento humano, la gente lo estrujaba a su paso por los caminos, queriendo tocar su manto o tendiendo la mano para tocar al leproso, para poner barro en los ojos del ciego, para tocar con su saliva al sordomudo, o para llegar al paralítico abandonado en medio de la piscina sin poderse meter en las aguas sanadoras. Hoy lo contemplamos a la entrada del sepulcro de Lázaro de Betania como lo contemplamos a nuestro lado cuando también nos hemos metido en ese mundo de muerte y de pecado.

A este mundo nuestro con su muerte, y pensamos en nuestras violencias y en nuestras guerras a las que respondemos con mayores acritudes y más violencias, a este mundo nuestro tenebroso a pesar de que queramos encender las luces de nuestras vanidades, a este mundo en el que a pesar de tantos medios de comunicación sin embargo sigue reinando la soledad en muchos corazones, a este mundo en el que a pesar de tantos medios que podamos tener para sanar seguimos encontrando corazones heridos y rotos por amarguras y resentimientos que tantos aislamientos van produciendo, a este mundo en el hemos creado tantas vías de comunicación para llegar a los más recónditos lugares pero en el que seguimos encontrando tanta desorientación, tanta gente sin darle un sentido y dirección a sus vidas, a tantos que se enganchan en subterfugios que prometen felicidad pero que terminan esclavizando corazones y vidas, Jesús quiere venir en esta hora para que tengamos vida para siempre.

Nosotros también muchas veces nos vemos envueltos en muerte con nuestras dudas y con nuestras angustias, con esa paz y serenidad que perdemos cuando nos envuelven los problemas o la enfermedad o la muerte se acercan a nuestras vidas, cuando nos dejamos seducir por ese materialismo reinante y dejamos a un lado los valores espirituales que darían un mejor sentido a nuestras vidas, cuando rehuimos el esfuerzo y el sacrificio porque también lo que solo queremos es el pasarlo bien y sin mayores preocupaciones. También Jesús quiere venir a nuestra Betania, a nuestro lugar que también hemos llenado de amargura y desolación. Para nosotros también tiene Jesús un anuncio de vida y de resurrección. Fijémonos cómo en aquel lugar de desolación hay una visita del amor y de la vida.

Es lo que nos disponemos a celebrar y queremos hacerlo con toda intensidad en la próxima pascua. Lo vamos a celebrar porque eso lo hacemos vida en nosotros, porque de esto tenemos que convertirnos en testigos en medio de nuestro mundo. Es el anuncio que tenemos que hacer. Es la luz nueva que tenemos que poner en nuestro mundo. Y nosotros tenemos que convertirnos en signos de ello en medio del mundo de muerte que nos rodea.

Jesús le preguntaba a Marta, ‘¿tú crees en eso?’. Marta hacia una hermosa proclamación de fe. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’. ¿Cómo vamos a decirlo, a proclamarlo nosotros hoy al mundo que nos rodea?

domingo, 15 de febrero de 2026

La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor

 


La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor

Eclesiástico 15, 15-20; Salmo 118; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37

Los caminos, por supuesto, pretenden llevarnos a alguna parte, pero bien sabemos que algunos caminos se nos  hacen pesados, parece que estuvieran llenos de dificultades, detrás de cada curva pareciera que se nos presenta un nuevo obstáculo o dificultad; claro que si pensamos en caminos antiguos por una parte no estaban pensados para los vehículos o los medios de los que hoy podemos disponer, y también hay que tener en cuenta las circunstancias que podían tenerse en el momento de su construcción que de alguna manera condiciona trazados y no solventa siempre las dificultades que podamos encontrar. La visión de lo que ha de ser el trazado hoy de una vía nos da nuevas perspectivas y busca de alguna manera aliviar nuestro camino.

¿Estaremos esperando un ingeniera que echara abajo todo lo hecho para inventarse algo totalmente nuevo? Claro que en la materialidad de las vías y caminos para nuestro transito eso es posible, pero ahora cuando estamos hablando de caminos estamos refiriéndonos a algo más que una senda que cruza una geografía. Queremos ir a algo más hondo que la materialidad de un camino porque estamos queriendo hablar de la vida, de nuestra vida.

¿Era Jesús ese ingeniero esperado, y válganos la imagen y el ejemplo, que venía a echar abajo todo como si nada de lo vivido hasta entonces hubiera valido o no tuviera un sentido? La aparición de un profeta abría siempre la esperanza a nuevas perspectivas, y más en aquel pueblo que se sentía oprimido, y no era ya solo la opresión que pudiera ejercer sobre ellos un pueblo extranjero, los romanos, que dominaban aquellos territorios; eran también muchas las influencias que iban recibiendo de las culturas de los pueblos vecinos, y aquí podríamos pensar en todo lo relacionado con la filosofía griega referencia para la cultura de aquellos pueblos; pero era otra opresión o manipulación interior en las mismas corrientes que iban surgiendo en el judaísmo, cada uno en su momento pretendía imponer sus criterios y de ahí había surgido una cantidad de normas y preceptos que de alguna manera enturbiaban la autenticidad de la ley de Moisés y la predicación de los profetas.

¿Pensaban quizás que con la novedad que Jesús anunciaba como buena noticia del Reino de Dios todo aquello había de cambiar? Es por lo que Jesús es tan tajante en el Sermón del Monte. El no ha venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud. Lo que Jesús querrá purificar es la hojarasca en la que hemos envuelto la Ley de Dios y que de alguna manera en lugar de ayudarnos nos ha puesto más difícil el camino, para que vayamos a lo que es lo fundamental, lo esencial que tiene que estar en el amor y en consecuencia en el respeto y la valoración de la persona, de toda persona por encima de cualquier condición con que queramos revestirla. Jesús quiere ayudarnos a reencontrar el camino verdadero y auténtico que es lo que nos viene a ofrecer la novedad del evangelio.

Es lo que nos irá desgranando en toda esa seria de sentencias o principios que nos va proponiendo a lo largo del Sermón del Monte y que ha comenzado con la proclamación de las Bienaventuranzas. Se había congregado en su entorno una gran multitud nos detalla el evangelista con gente venida de todas partes. Quiero poner un poco de imaginación en mi mente y en mis palabras para ver cómo Jesús va desparramando su mirada sobre toda aquella gente y El que conoce bien el corazón de todos e irá viendo tras aquellos rostros esas diversas situaciones por las que cada uno está pasando y la palabra de Jesús va dando respuesta a esas angustias que van surgiendo de aquellos corazones.

Corazones desbordados en esperanzas fallidas, en violencias y contrariedades de todo tipo, por los mil problemas de la vida en las relaciones entre unos y otros, por las tormentas que van surgiendo en el interior de las personas cuando los conflictos no se resuelven y se van creando abismos de incomprensión y acaso muchas veces de odio, corazones heridos porque se sienten oprimidos y tratados injustamente y a los que les falta paz porque quizás no tienen seguridad para sus vidas, corazones envueltos quizás muchas veces por la vanidad y por la falta de autenticidad y de verdad en sus vidas… y la palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre cada una de aquellas personas porque va despertando nuevas esperanzas, porque es posible que se vayan abriendo caminos, porque sienten que es posible una nueva armonía si en verdad comenzamos a amarnos más los unos a los otros.

Es la Buena Nueva de Jesús, que no solo fue para aquella gente de su tiempo, sino que es Buena Nueva de Jesús para nosotros hoy que también estamos envueltos en nuestros problemas y en nuestros desencantos, que también nos vemos arrastrados por un materialismo que nos ahoga cada vez más y por una sensualidad de la vida que le hace perder la perspectiva de cosas grandes y más nobles. Entremos en la sensibilidad del Evangelio que es entrar en la sensibilidad del amor, pero un amor que nos eleva y que al mismo tiempo nos hace más espirituales. Escuchemos en lo hondo de nosotros mismos el verdadero sentido de las palabras de Jesús.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

 


Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

Esto se va a pique, nos dice el agorero de turno, aquel que tiene siempre los ojos oscuros para anunciarnos fracasos y caídas, y es como un jarro de agua fría que nos echan encima para ahogar ilusiones y esperanzas. Será en los problemas de cada día, en la familia, en el trabajo, con los negocios, porque vemos que las cosas no marchan y ya no tenemos imaginación para encontrar salidas; será la situación que vemos a nuestro alrededor, y vienen las añoranzas, los recuerdos de otros tiempos que nos parecieron mejores, la pendiente por la que nos parece que discurre nuestra sociedad. Será muchas veces la mirada pesimista que echamos sobre nuestra iglesia, sobre la religión, sobre la fe de la gente donde primero vemos lo negativo, los fallos, los errores, las cosas de otros tiempos que podrían tener sentido en sus circunstancias concretas pero a las que le echamos la culpa de todo lo negativo que podamos ver hoy.

¿Y no hay una palabra de esperanza, una palabra o un gesto que nos haga renovar ilusiones, alguna luz que esté brillando en algún lugar y es como un rescoldo que un día puede encender una gran llama luminosa? Cuidado que los cristianos nos metamos también esa espiral de derrotismo, de pesimismo, de dramatismo ante las situaciones y eso nos paralice o nos haga encerrarnos más en nosotros mismos. Cuidado que con el tema de la fe y de la religiosidad comencemos a buscar refugios donde nos encerremos porque allí nos pueda parecer que estamos más seguros y perdamos esa vitalidad que necesitamos y que sería el mejor testimonio de vida que podamos ofrecer.

No es un optimismo que se distancie de la realidad lo que hemos de buscar; no es un optimismo porque cerremos los ojos a los tropiezos que en la vida podamos encontrar y hacer como si no existieran. La realidad está ahí y tiene sus sombras, pero también hay luces, también hay salidas, no nos puede faltar la esperanza. Dios nos va poniendo señales que tenemos que saber distinguir, habrá personas a nuestro lado que su testimonio es un estímulo para nosotros, hay semillas que germinan y hacen brotar plantas nuevas que florecerán y tenemos la esperanza que un día nos darán fruto.

Quizás hay muchas semillas silenciosas a nuestro lado, pero que en el silencio de la tierra donde fueron enterradas están germinando. Hay mucha gente silenciosa, callada, anomia que sigue haciendo muchas cosas buenas; nos puede parecer que es una viejita que ya no sabe hacer otra cosa que ir a la Iglesia y rezar, pues ahí hay una semilla, ahí se está regando una planta, de ahí aun en medio de las espinas de la vida brotará una flor. Tenemos que saber descubrirlo, palparlo en tantos a nuestro lado a los que quizás no les prestamos atención, que podrían incluso parecernos un estorbo, pero que sin embargo son un estímulo, son un río de gracia y de vida que todo lo va renovando.

No seamos ciegos, no nos hagamos preguntas incongruentes, sepamos distinguir el actuar de Dios, no andemos siempre buscando donde tropezar o donde hacer tropezar a los demás, sepamos descubrir esa palabra buena que nos llega algunas veces no sabemos de dónde pero que nos ayuda, sepamos siempre ir bendiciendo porque es una manera de ir haciendo presente a Dios en la vida de aquello o aquellos que bendecimos.

Por una parte hoy en la Palabra de Dios hemos visto la bendición para el pueblo de Israel peregrino por el desierto pero de quien había sido llamado para maldecir, y por otra vemos la actitud renuente de los fariseos de Jerusalén que ni quieren reconocer la autoridad de Jesús ni tampoco la misión que el Bautista había realizado en el desierto del Jordán. Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción de Dios y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para nuestra vida. No seamos nunca ni negativos ni catastrofistas.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida que despierte una nueva esperanza en nuestro mundo tan falto de esperanza

 


Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida que despierte una nueva esperanza en nuestro mundo tan falto de esperanza

Isaías 25, 6-10ª; Salmo 22; Mateo 15, 29-37

Cada día nos llegan noticias desgarradoras e imágenes que nos ponen los pelos de punta, como se suele decir, cuando aun nos queda algo de sensibilidad en el corazón, de los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas atravesando mares no siempre apacibles y que hagan fácil la navegación. Creo que fue ayer mismo cuando escuchamos que habían encontrado un cayuco a muchos kilómetros de la costa de nuestras islas a los que se le había acabado la gasolina pero también la comida. Nos es difícil imaginar la angustia y sufrimiento de esas personas que lo veían todo perdido mientras en el horizonte se divisaba una costa a la que no podían llegar, como quizás habrá sucedido a tantos. Fueron recogidos y atendidos ofreciéndoles agua y comida y toda la atención que necesitaban.

¿Cuál sería el ansia con que al final pudieron alimentarse al alcanzar finalmente la costa? ¿Qué significaba ese momento para ellos? Muchas consideraciones podemos hacernos porque además podría traer muchas consecuencias para el sentido de nuestras vidas. Una comida y un alimento es cierto, pero que significaría mucho más para sus vidas. Un posible horizonte de esperanza se abría para sus vidas, que no era solamente aquel alimento que en aquellos momentos estaban recibiendo.

¿Qué significa para nosotros una comida a la que hemos sido invitados, por ejemplo, en una fiesta, o en una boda o cualquier otro tipo de celebración? Esa comida es mucho más que unos alimentos que pueden ser exquisitos que nos llevamos a la boca. ¿Vamos a un banquete de ese tipo solamente por las exquisiteces que vamos a comer?

Creo que si nos ponemos a pensar un poco nos daremos cuenta que lo exquisito es el encuentro, con la familia, con los viejos amigos, con personas que podemos conocer y con quien vamos a compartir; es la conversación, son los lazos de amistad, es el disfrutar del encuentro, son los sueños que nos pueden hacer comenzar nuevos caminos y nuevos planes. ¡Cuántos proyectos comienzan a ser realizables después del encuentro de una comida! Como aquellos inmigrantes que mencionábamos que llegan hasta nosotros no solo por un plato de comida sino en la búsqueda de un futuro mejor, de unos nuevos horizontes para su vida.

De eso se nos está hablando en la Palabra de Dios que hoy se nos proclama en este camino de Adviento. Es el festín de manjares suculentos, del que nos habla el profeta, que suscitará una nueva alegría y esperanza para aquel pueblo; es significativo que al describirnos lo que es ese festín nos dirá que ‘arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos’, y seguirá diciéndonos que ‘aniquilará la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo…’ Está hablándonos de un mundo nuevo, de una vida nueva, de una nueva esperanza. ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara’, termina diciéndonos el profeta.

¿Y no es eso lo que Jesús nos quiere expresar en el signo que le vemos realizar en el evangelio? También habrá una comida para una multitud hambrienta y que Jesús no quiere dejar ir a sus casas sin haberlos alimentado. Nos hablaba el evangelio de aquella multitud que Jesús se encontró al llegar a aquel lugar, ‘mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies’; allí estaban con sus sufrimientos y con sus ansias de algo nuevo porque la palabra de Jesús suscitaba esperanza en sus corazones. Y Jesús no los podía defraudar.

Está la compasión y la misericordia de Jesús que para todos tenía una palabra y un gesto de vida y salvación, pero está el sentido nuevo y el compromiso que tiene que surgir en los discípulos de Jesús. Pusieron a disposición lo poco que tenía, cinco panes y dos peces y algo nuevo comenzó a suceder, porque todos pudieron comer hasta hartarse. Hablamos del milagro de la multiplicación de los panes, pero tendríamos que hablar del milagro del amor, de los milagros que podemos hacer cuando entramos en la órbita del amor, es el compartir, es el desprendimiento, es el ponernos a servir en disposición de servicio para todos.

Allí ya se diferenciaba nadie unos de otros porque todos compartieron aquel mismo pan; sí, es el pan que tenemos que compartir, que es nuestra vida, que son nuestros gestos, que es nuestra cercanía, que es el encuentro y la armonía que vamos construyendo, es ese pensar que sí podemos hacer algo grande aunque nos parezca que nuestros medios son pocos y son pobres, que es posible que los sueños se hagan realidad. Pero eso cuando sabemos encontrarnos y nos alimentamos no solo de un pan material que llevamos a nuestra boca sino que nos alimentamos de la ilusión y los sueños de aquellos que caminan a nuestro lado y que juntos podemos hacer realizables.

¿Será algo de eso lo que vamos a lograr en la navidad que vamos a celebrar y para la que nos estamos preparando? Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida para sentir que ‘aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara’.

jueves, 23 de enero de 2025

Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

 


Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

Hebreos 7,25–8,6; Salmo 39; Marcos 3,7-12

Confieso que a mí no me gusta meterme en aglomeraciones de personas donde te sientes estrujado por todas partes, parece que no puedes dar un paso sin tropezarte con alguien que no siempre conoces, donde parece que te asfixias en medio de tanta gente, pero algunas veces no queda más remedio si acaso tenemos que atravesar esa multitud para llegar a nuestro destino y no tenemos otro camino, o bien porque nos sintamos convocados a participar en alguna actividad social o de índole religiosa, sean las actividades de las fiestas populares  desde la expresión de nuestra religiosidad.

Podríamos pensar que nos sentimos anónimos en medio de la multitud, pero en un sentido más positivo que no solo somos número sino que es el apoyo de mi presencia, porque allí estoy con lo que es mi vida, con mis realidades y también carencias o con mis sueños, con mis luchas y con mis esperanzas, que no me puede hacer sentirme de forma anónima.

Hoy nos habla el evangelista de las multitudes que se aglomeraban en torno a Jesús. Incluso pone en labios de Jesús la petición de que tuvieran preparada una barca, no como un camino de huida ante la multitud, sino como un refugio para no sentirse estrujado por tanta gente. Nos detalla el evangelista que no era solo una muchedumbre venida de toda Galilea, sino que también de otras regiones y lugares habían venido hasta Jesús, ‘mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón’.

Venían a escuchar a Jesús, pero venían con lo que eran sus vidas envueltas en la pobreza y los sufrimientos, venían con esas esperanzas que parecían marchitarse pero con la presencia y la palabra de aquel profeta de Galilea renacían esperando la llegada de un Mesías liberador; venían con sus enfermos, con el dolor pero también con el mal que anidaba en sus vidas y del que querían liberarse. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Como escucharemos en otros momentos reconocerán que nadie ha hablado como El, que un gran profeta ha aparecido en medio de su pueblo, algunos le llamarán el Hijo de Dios, aunque para Jesús no es el momento de esas manifestaciones y confesiones de fe. Está comenzando a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios y lo que Jesús quiere es que desde lo más hondo los corazones se vayan transformando. Los fogonazos instantáneos de fervor pronto pueden acabarse y quedarse en nada aquella luz. Pero cuando los espíritus inmundos lo reconocían postrándose ante él, ‘Jesús les prohibía severamente que lo diesen a conocer’.

¿Cómo venimos nosotros hasta Jesús? ¿Nos quedaremos en ser parte de una masa anónima o seremos capaces de ponernos ante Jesús como somos y con lo que somos? Es algo que tenemos que cuidar mucho para que nuestros actos no se queden en algo formal y ritual.

Piensa, por ejemplo, cuando vas a la Iglesia casa semana para la celebración dominical de la Eucaristía ¿allí estas poniendo lo que es realmente tu vida, con sus cosas negativas y con sus cosas positivas, con tus sufrimientos y carencias, con tus sueños y tus esperanzas, con lo que son tus relaciones con los demás o con lo que es tu trabajo y tu vida de familia, con tus necesidades de índole material pero también en lo que tiene que ser la vida de tu espíritu? No podemos hacer como dos partes estancas y totalmente separadas lo que es mi vida de cada día y lo que estoy viviendo cuando voy a una celebración.

Es que Jesús quiere llegar ahí, a lo que es tu vida concreta que vives cada día que no siempre es fácil; quiere ser esa luz de esperanza que te haga caminar y te levante los ánimos; quiere ser ese viático para nuestro camino porque es donde nos apoyamos y de donde recibimos la fuerza que necesitamos. Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

 


Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

En la vida siempre estamos a la expectativa de algo; salvo que vivamos de una forma pasiva, simplemente dejándonos arrastrar por lo que salga, siempre hay una inquietud de algo distinto, de algo mejor en el corazón. Malo es no tener expectativas, no tener esperanzas, que se nos hayan apagado las ilusiones. Una expectativa nos hace estar despiertos, porque la esperanza sería pobre si solo fuera algo pasivo.

Claro que no todos tienen las mismas expectativas. También es posible que nos confundamos y nos equivoquemos. Habrá cosas que nos ilusionan por su brillo, pero pronto quizás nos damos cuenta de que es hojarasca, que son oropeles, falsos oros. Nos podemos crear confusión, sobre todo desde las influencias externas que recibimos de acá para allá. Difícil mantener el equilibrio, pero es algo que tenemos que intentar, que necesita quizás un esfuerzo por nuestra parte, y algunas veces parece que no estamos por ese esfuerzo o por esa superación, sino de forma pasiva dejarnos arrastrar.

Miramos nuestra vida, miramos nuestro mundo, miramos la sociedad que nos ha tocado vivir o que entre todos hemos construido o estamos haciendo quizá cada uno queriendo tirar del ascua para su sardina, son muchos los intereses, son muchos los tira y afloja que vamos recibiendo de acá y de allá. Repito que nos cuesta mantener el equilibrio. Será en la forma como queremos la vida, las apetencias de felicidad que todos llevamos dentro, el desarrollo como personas que todos de alguna manera queremos, serán los sueños de algo superior o de cómo mejorar la vida, será el cansancio de la rutina que nos arrastra, será la insatisfacción de lo que contemplamos que otros hacen. Esperamos, quisiéramos, deseamos, buscamos… ¿cuáles son nuestras esperanzas?

Estamos envueltos por la vida con toda su problemática; como creyentes también vamos queriendo hacer un camino; tenemos unas costumbres o unas tradiciones religiosas también que van marcando el ritmo de la vida. En estos momentos estamos en la cercanía de la Navidad. Todo el mundo prepara la navidad, forma parte también de nuestras expectativas. Claro que tenemos que preguntar qué es lo que en verdad estamos preparando cuando decimos que preparamos la navidad.

Ahí están las carreras de compras en las que nos vemos envueltos, vemos los adornos con que vamos llenando nuestras calles, nuestras plazas, nuestras casas, vemos la cantinela de la lotería que ya comienza a escucharse aunque sea en anuncios, pasamos por el mercado y ya estamos pensando en lo que nos va a costar la comida de estas fiestas, suenan las músicas y los villancicos de navidad pero también tendríamos que fijarnos en lo que expresamos en esas músicas y en las letras que cantamos. ¿Qué es lo que predomina en todo eso? ¿Qué es lo que predomina en la preparación de la navidad?

Y es una pregunta seria que tendríamos que hacernos, ¿preparamos navidad o preparamos el nacimiento de Jesús? Lo malo sería que el protagonista principal lo dejemos fuera, no lo invitemos a esta fiesta, porque casi ni nos acordamos de lo que significó aquel momento. Como creyentes que queremos celebrar en verdad la navidad tenemos que hacer un parón, detenernos un poco a pensar. Es lo que para nosotros los creyentes ha de significar este tiempo de Adviento que estamos recorriendo, que es mucho más o algo bien distinto a hacer unas compras o poner unos adornos.

Para el creyente claro que es una gran fiesta para la que nos estamos preparando y todo tienen que ser alegría y es cierto que tienen que brotar los cantos y la música pero quizás –o sin quizás - también algo más. Lo vamos a mostrar en muchos signos de cercanía y de amistad con la familia y con los cercanos a nosotros. Pero ¿de donde tiene que arrancar?

Este domingo es llamado el de la alegría, porque así lo expresa la liturgia también, por la cercana navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos llena de alegría? ‘Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas!, ¡Sión, no desfallezcas!» El Señor, tu Dios, está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta’. Así nos decía el profeta. ‘El Señor, tu Dios, está en medio de ti…’

Eso es la verdadera navidad. ¿No decimos Emmanuel? ¿Qué significa? ‘Dios con nosotros… Dios está en medio de ti’. No lo podemos olvidar. Es la razón de todo. Y si no llegamos a sentir que Dios está en medio de nosotros, es que no hemos entendido la navidad porque muchas fiestas, cantos, comidas y regalos que nos hagamos.

Y es que tenemos que escuchar con mucha atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Nos dice que Juan el Bautista ‘con muchas exhortaciones anunciaba al pueblo el Evangelio’. Por eso también como aquellos que iban a escucharle allá en la orilla del Jordán también nosotros hemos de preguntar, ‘¿qué debemos hacer?’ Y Juan iba señalando de forma muy concreta a cada uno de ellos esas nuevas actitudes que debían tener en su vida.

Y habla de solidaridad y de compartir, habla de rectitud de vida y de responsabilidad, habla de pureza de corazón arrancando maldades y de buen espíritu para la convivencia con los demás; podríamos traducirlo en muchas cosas concretas para nuestra vida; miremos donde están nuestras flaquezas, los tropiezos que vamos teniendo en la convivencia con los demás, las posturas que tomamos en relación a los otros, la forma de vivir nuestras responsabilidades, las carencias que podemos tener en nuestra vida familiar, miremos con sinceridad nuestra vida e iremos encontrando la respuesta a esa pregunta que nos hacíamos.

Y cuando vayamos haciendo que todo eso sea distinto vamos a sentir una nueva paz en nuestro corazón que hará surgir una alegría verdadera; y cuando vayamos abriéndonos a los demás de una forma nueva teniendo nuevas actitudes estaremos abriendo las puertas del corazón para que Dios llegue a morar en él.

Entonces sentiremos al Emmanuel, entonces nos daremos cuenta que Dios está en medio nuestro, en este mundo tan complicado en el que vivimos y con tantos problemas, entonces habrá verdadera alegría de navidad a pesar de tantas sombras de tristeza y de sufrimiento que vemos alrededor, entonces todas esas cosas que hacemos no se quedaran en superficialidades de un día sino que serán comienzo de un nuevo día para nuestra vida. Se cumplirán unas nuevas expectativas para nuestro corazón. Necesitamos, el mundo necesita una nueva Navidad.

jueves, 9 de mayo de 2024

Tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El, para sentir esa alegría honda que nunca nos va a abandonar

 


Tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El, para sentir esa alegría honda que nunca nos va a abandonar

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Salmo 97; Juan 16, 16-20

Cuando las cosas parece que marchan bien, vemos perspectivas de futuro halagador, aunque seamos conscientes de que las cosas no siempre son fáciles, que nos anuncien que aquello se puede venir abajo, que habrán momentos oscuros en que podríamos pensar que todo puede acabar en un fracaso, no nos agrada, de alguna manera nos sentimos desconcertados, nos pueden entrar dudas que nos lleven al desaliento o podemos hacernos oídos sordos de esos anuncios que no nos agradan. Parece como si nos echaran un jarro de agua fría encima.

Algo asó les estaba sucediendo a los discípulos de Jesús aquella noche de la cena pascual. Reciente habían tenido su entrada triunfal en Jerusalén entre cánticos del pueblo que le aclamaba; venía a ser como un colofón de lo que había sido en parte sus recorridos por Galilea donde las multitudes se aglomeraban en torno a Jesús. La cena había estado llena de emociones y sorpresas, Jesús había hablado de que había llegado la hora de su glorificación, y ellos ya se estaban haciendo sus consideraciones sobre lo que significaría esa glorificación.

¿Llegaba el momento en que Jesús iba a ser reconocido por todos como el Mesías?  Ya sabemos lo bamboleantes que eran cuando no tenían las cosas claras, y aunque Jesús anunciaba pasión y muerte, algunos seguían pensando en los primeros puestos que podrían alcanzar en ese futuro reino de Israel. Los triunfalismos nos acechan a todos en la vida. También nosotros somos soñadores muchas veces, y siempre soñamos a favor de reconocimientos y, ¿por qué no?, honores.

Por eso cuando habla ahora Jesús de que lo verán y dejarán de verlo, para volverse a encontrar de nuevo con El, no entienden nada. La verdad que las palabras de Jesús están llenas de enigmas que luego solo comprenderán en todo su sentido cuando se derrame sobre ellos el Espíritu Santo prometido que se los enseñaría todo. Pero ahora están en el desconcierto. Fácilmente aparece la tristeza en sus corazones.

‘Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo: ¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría…’

¿Serán situaciones difíciles también por las que nosotros pasamos en que también nos llenamos de tristezas y de angustias? No siempre es fácil el testimonio que tenemos que dar. El mundo que nos rodea muchas veces se cierra al evangelio de Jesús. Parece como si todo el mundo viniera ya de vuelta y vacunados contra todo. Algo nos falla a veces a los cristianos para la claridad del mensaje que tenemos que transmitir y nuestros antitestimonios muchas veces hacen mucho daño en nuestro entorno.

Quizás también nos hemos hecho una religión llena de crespones negros y en la que falte la alegría verdadera; nuestras posturas conservacionistas con las que pretendemos muchas veces simplemente mantenernos en lo de siempre y sin abrirnos a la novedad que tiene que significar el evangelio cada día en nuestra vida, no ayudan demasiado. Nos contentamos con ir arrastrándonos conservando más o menos el tipo, pero nos falta esa necesaria energía para anunciar con valentía lo que en verdad tiene que ser el meollo del evangelio.

Quien se deja inundar por el Espíritu de Jesús, quien se deja conducir por el Espíritu Santo ha de vivir en una renovación constante, con alegría en el corazón a pesar de los latigazos que nos pueda ir dando la vida, está en una constante revolución espiritual para abrirnos en todo momento a caminos nuevos para poder transmitir toda la novedad que significa siempre el evangelio.

Nos estamos acercando a la fiesta primero de la Ascensión – hoy se cumplen los cuarenta días de la Pascua – y posteriormente a Pentecostés. Tenemos que prepararnos de verdad, abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El. Entonces sentiremos esa alegría honda de la que nos habla Jesús que nunca nos va a abandonar.

lunes, 11 de marzo de 2024

Hay que comenzar a confiar, podemos tener un mundo nuevo, hacer que las cosas cambien, vayamos hasta Jesús, podremos ensalzar al Señor nos ha librado y dado nueva vida

 


Hay que comenzar a confiar, podemos tener un mundo nuevo, hacer que las cosas cambien, vayamos hasta Jesús, podremos ensalzar al Señor nos ha librado y dado nueva vida

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

Muchas veces en la vida nos sentimos como paralizados ante la inmensidad de problemas que nos envuelven. Y no es para menos. Quienes sentimos inquietud por la marcha de nuestra sociedad no terminamos de apreciar que se van encontrando soluciones de verdad a los problemas que se van generando en el día a día de nuestro mundo. 

Nos duele la falta de paz, nos duele lo difícil que se hace muchas veces la convivencia, nos duele que no seamos capaces de entender y que quizás los que tienen que darnos ejemplo e incluso ir como guías delante de nosotros en la búsqueda de una sociedad más justa lo que hacen muchas veces es embrollar los problemas con tantas corruptelas, con tanta actuación desde unos intereses muy particulares y realmente no estemos haciendo todo lo que podamos por tener un mundo mejor, una sociedad más justa.

Nos sentimos agobiados, por otra parte, en nuestros problemas personales, porque nos cuesta crecer, ser mejores, superar muchas cosas que hay en nuestra vida y que realmente son tropiezos para nuestra maduración y crecimiento personal; y no sabemos como salir. Nos duele la pobreza, nos duele tanto sufrimiento que vemos en nuestro entorno, nos duele la falta de paz. ¿Qué hacemos? ¿Podremos tener un día un mundo mejor? ¿Hay posibilidades de un cambio de verdad en la vida, en la sociedad?

Hoy hemos escuchado un texto precioso del profeta. Unas palabras que venían a llenar de ilusión y de esperanza a un pueblo que estaba lleno de sufrimientos. Como todo profeta emplea muchas imágenes pero que son muy enriquecedoras. Un día aquellos campos resecos van a producir alimentos; un día no se va a llorar por la muerte de los niños; un día comenzará a renacer la ilusión y la esperanza del pueblo porque comprenderán que todo puede cambiar. Son hermosas las palabras del profeta y convendría releerlas mirando la situación que vivimos y que nace la esperanza en nosotros de que todo puede cambiar. ¿Cómo?

El texto del evangelio nos ayuda. Jesús ha vuelto a Galilea y anda por Caná; un hombre, un funcionario real se encuentra con un gran problema, la enfermedad de muerte de un hijo. ¿Cómo se siente un padre cuando se encuentra con una situación así y sin esperanza de solución? ¿Podremos estar viendo ahí retratada nuestra vida, la situación de nuestro mundo de la que hablábamos antes? Es así como tenemos que leer el evangelio. Su tabla de salvación está en Jesús de quien ha oído hablar que cura a los enfermos; a El acude. ‘Señor, baja antes de que se muera mi niño’, es la petición insistente de aquel hombre. Y Jesús le dice que vuelva a su casa que su hijo está curado. Lo comprobará con los criados que le salen al encuentro con la noticia y creyó aquel hombre y toda su familia, nos dice el evangelista.

Y nosotros ¿a quien acudimos? ¿Podremos encontrar en Jesús la esperanza de esa nueva vida, de ese mundo mejor? Es la Buena Nueva que precisamente nos está anunciando Jesús. Tenemos que creer, y para eso darle la vuelta a nuestra vida, y el Reino de Dios se hará presente en nosotros.

Pero creer es algo más que una palabra. Hay que ponerse en camino, hay que levantarse de nuestros agobios, hay que ir en búsqueda de la luz y no querer permanecer siempre en las tinieblas, hay que darse cuenta de que hay que dar pasos para esa conversión del corazón, de comenzar a poner actitudes nuevas en nuestra vida, de tener una mirada distinta, de creer en el cambio y comenzar a realizarlo aunque sea a partir de pequeñas cosas, hay que despertar la ilusión y la esperanza porque mientras sigan dormidas no comenzaremos a dar pasos, hay que bajarnos de los pedestales de nuestro orgullo, de nuestra autocomplacencia, de nuestra autosuficiencia en los que nos hemos subido.

Hay que comenzar a confiar. Podemos tener un mundo nuevo. Podemos hacer que las cosas cambien. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús, por su Palabra. ¿Qué es lo que realmente queremos ir haciendo ahora en este camino de Cuaresma? No son solo unos días que van pasando inexorablemente en el calendario, sino un tiempo en que cada día hemos de dar un paso, hacer algo nuevo, despertar nuestra fe, escuchar a Jesús.

sábado, 10 de febrero de 2024

Vayamos siempre de frente con nuestro amor; cuando lo alimentamos de Dios nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás

 


Vayamos siempre de frente con nuestro amor; cuando lo alimentamos de Dios nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás

1 Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Hay momentos, hay situaciones en que nos vemos impotentes, incapaces, los problemas se nos amontonan, se nos desbordan, las soluciones no son fáciles o no se encuentran y no sabemos qué hacer. ¿Nos cruzamos de brazos? ¿Nos ocultamos para no ver los problemas o no querer enterarnos? ¿Damos la espalda? Ante muchas, es cierto, que muchas veces huimos, no afrontamos el problema, no hablamos, aunque nos encontremos con otros en situaciones parecidas parece que nos cuesta dar el paso y hablar, nos encerramos en nuestra oscuridad que más oscura se nos volverá.

Y no puede ser nunca esa la respuesta. ¿Nos vamos a dejar envolver por ese torbellino sin luchar por nuestra parte buscando alguna salida? ¿Por qué nos sentimos tan incapaces? Creo que siempre tendríamos que ser capaces de buscar un resquicio de luz. Tenemos que despertar los mejores sentimientos que tengamos en el corazón y afrontar de frente las situaciones que algún paso, aunque nos parezca pequeño, siempre podemos dar. Tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos, los mejores sentimientos que aun nos queden en el fondo del corazón.

El evangelio de hoy nos habla de que estaban en despoblado y bien lejos de la población más cercana. Se había ido agrupando en torno a Jesús cada vez más gente que salía de todas partes, pareciera que salían de debajo de las piedras, para escucharle, porque sus palabras despertaban cosas buenas en sus corazones. Pero dada la cantidad de gente que se había aglomerado, el lugar donde estaban y que ya caía la tarde parecía que se avecinaba un gran problema. Aquella gente no tenía nada para comer. ¿Dónde encontrar pan para toda aquella gente? Jesús siente lástima y compasión en su corazón y eso mismo comienza a compartirlo con los discípulos más cercanos, que igualmente se ven abrumados por aquella situación. ‘¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?’, es la pregunta que se hacen los discípulos.

‘¿Cuántos panes tenéis?’ termina preguntando Jesús. Y le responden: ‘siete’. Siete panes y la multitud es grande. Pero Jesús les manda que se sienten en el suelo. ¿Esperando qué? Pero allí estaba presente el amor; y el amor se hace bendición, como siempre lo es,  y el amor se crece y se multiplica como se van a multiplicar aquellos panes y unos pocos de peces que también tenían. Y los apóstoles a las indicaciones de Jesús comienzan a repartir a aquellos panes y peces y al final hasta sobrará.

Está, sí, el poder y la gracia del Señor. Jesús podía hacerlo. Y todas aquellas oscuridades se transforman. Era la victoria de la vida porque es la victoria del amor. Podemos hacer las explicaciones e interpretaciones que queramos. Pero aquello fue el milagro del amor. Jesús rebosaba compasión y amor por aquellas gentes. Jesús estaba alimentando sus vidas y sus esperanzas, ¿por qué no había de alimentar también sus cuerpos?

Cuántas cosas podemos hacer cuando nos dejamos conducir por el amor. Sin embargo, lo que hacemos muchas veces es apagar ese amor; como si tuviéramos miedo de amar, de darnos, de entregarnos. Esas pantallas oscuras que muchas veces se ponen delante de nuestros ojos nos hacen olvidar lo mejor que llevando dentro de nosotros y entonces nos llenamos de miedos y de cobardías, y huimos del problema, no nos enfrentamos para encontrar la salida, la solución.

Vayamos siempre de frente con nuestro amor; es nuestro motor, es nuestra fuerza cuando lo alimentamos de Dios y nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás. Aunque tengamos pocos panes en nuestras alforjas pongámonos a repartir ese pan, cuanta vida y esperanza podemos despertar a nuestro alrededor.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

 


Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

Lo habréis escuchado ya, se va a celebrar un gran banquete, una gran comida a la que todos estamos invitados, se está buscando una gran explanada donde poderla celebrar, habrá comida en abundancia, sabrosas viandas y carnes, toda clase de comidas, abundantes vinos y bebidas, habrá música y habrá fiesta, la alegría tiene que rebosar por todas partes. La boca se le está haciendo agua a más de uno.

Es lo que anunciaba el profeta, tal como hemos escuchado, hacia el monte santo confluirán de todos los lugares, gentes venidas de todas partes, tiene un gran sabor y sentido mesiánico el banquete que se nos anuncia. Y luego nos encontraremos con una riada inmensa de cojos y de enfermos, de gente cargando todo tipo de sufrimientos y de angustias, una multitud hambrienta que se reúne en torno a Jesús porque irán hasta la montaña y el desierto para encontrarle si es preciso. Y las provisiones son pocas y ahora no se sabe donde ir a buscar comida porque están en descampado.

Es la imagen que hoy se nos ofrece en la liturgia de estos comienzos del Adviento. Un mundo hambriento y lleno de sufrimientos mientras se habla de celebrar un gran banquete. ¿Será en verdad una imagen de este camino de adviento que este año estamos haciendo?

Miremos nuestro mundo y seamos conscientes de la realidad pero también de las inquietudes que tiene la humanidad en lo más hondo de si misma. Siempre decimos que los tiempos no son fáciles, y eso lo aplicamos en todo momento, porque cada uno y en cada momento de la historia vivimos nuestra propia situación. Ansiamos, es verdad, que todo fuera como ese gran banquete que se nos anuncia, como esa fiesta que en verdad desea toda la humanidad.

Pero algunas veces vamos como cansados por la vida en nuestras luchas y en nuestras frustraciones, en sentir como en cada momento aparecen nuevos problemas o nuevas situaciones que van poniendo en peligro hasta la estabilidad de la propia humanidad. No nos faltan las multitudes hambrientas, como no nos falta dolor y sufrimiento motivado por tantas causas tan diversas. Es una humanidad que se siente rota, que algunas veces se desespera y quizás quiere huir para olvidar o para no aumentar el sufrimiento.

Muchos quizás quieren vivir de espaldas a esos sufrimientos y se entretienen en cosas que les distraigan quizás para no verse involucrados. Son tantos también los que insolidariamente viven encerrados en si mismos, pero también carentes de esperanzas verdaderas en su espíritu, porque solo quieren vivir al día. Aquellas multitudes que seguían a Jesús, unos que le aclamaban, otros que se ponían a distancia simplemente como observadores, muchas que estaban también en una actitud de rechazo.

Somos nosotros los que hoy caminamos en este siglo XXI. Pero no podemos perder la esperanza. Nosotros también escuchamos ese anuncio del profeta, esa invitación a ese nuevo banquete del Reino. Para nosotros Jesús que viene nos prepara y nos ofrece ese banquete de vida. Todo puede cambiar, podemos hacer un mundo nuevo, podemos hacer que la vida sea como ese banquete mesiánico del que nos ha hablado el profeta.

A Jesús lo contemplamos hoy en el evangelio que se deja encontrar por aquella gente que ha acudido de todas partes con sus angustias y sus sufrimientos, con sus sueños y con sus esperanzas, con su hambre que va más allá de ese pan material que también deseaban porque en Jesús están buscando algo nuevo y distinto. Es lo que Jesús nos ofrece. Es lo que vamos a celebrar en la próxima navidad, es lo que cada día hemos de saber vivir porque Dios está llegando a nosotros, a nuestra vida y tenemos que saber abrirle el corazón.

Caminemos con esperanza y con intensidad este camino del Adviento. Seguro que nos encontraremos con Jesús. El viene a nosotros, de muchas maneras se hace presente en nuestra vida y responde a nuestras inquietudes. Abramos los ojos de la fe. Para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos, arrancará el velo que cubre todos los pueblos y enjugará las lágrimas de todos los ojos.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales para descubrir lo que son los mejores anhelos de los que nos rodean



 Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales para descubrir lo que son los mejores anhelos de los que nos rodean

1 Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35

Vamos por la vida demasiado absortos en nosotros mismos, en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y perdemos la capacidad de entrar en sintonía con los demás, captar lo que en verdad sucede a nuestro alrededor, ver tantas señales de cosas buenas de las que incluso podríamos disfrutar, o también darnos cuenta del sufrimiento de los que están a nuestro lado y podríamos consolar.

Y lo que acontece a nuestro alrededor son llamadas que hemos de escuchar qué pueden decirnos muchas cosas, pueden ser toques de atención que nos tendrían que hacer que andemos precavidos para no caer quizás en los mismos errores, o caminos nuevos que se abren ante nosotros que podrían llevarnos a algo grande.

Muchas veces nos habla jesús de los signos de los tiempos a los que hemos de estar atentos; claro que no se trata de asuntos de metereología si va a llover o a hacer viento, pero sí del tiempo que vivimos, del estado de nuestra sociedad y de los derroteros por donde caminamos, donde tenemos nuestra parte, en cuanto que por lo que hacemos o dejamos de hacer llegamos a las situaciones en que nos encontramos y no tendríamos que volver a los mismos errores porque nos llenemos de confianza en que no nos pasa nada, o porque también tenemos que comprometernos positivamente en hacer que las cosas sean distintas.

Quizás nos viene bien una vida cómoda y sin preocupaciones simplemente dejándonos llevar por lo que va saliendo, pero como seres humanos y que vivimos en una sociedad no podemos desentendernos y enredarnos en nosotros mismos sin hacer nada positivo. Mejor supiéramos abrir los ojos. Pero ahí vamos sin darnos cuenta de lo que nos puede venir en el futuro.

Hoy hemos escuchado a Jesús en el evangelio qué es lo que va a ser de aquella generación en la que vive. ¿En que va a terminar todo? Y hace una comparación muy curiosa. Los compara con los niños que juegan en la plaza, donde en ocasiones parece que no se saben poner de acuerdo. Unos quieren danzar y cantar, pero los otros pasan de todo y no entran a participar en la fiesta; por otra parte andan algunos preocupados, pero los que están a su lado no se dan cuenta de su situación y también pasan de ellos. Como dice Jesús en una frase que se ha convertido en proverbial: 'Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado'.

Pero Jesús no se queda en el proverbio, sino que les va a hablar de algo concreto haciendo una referencia a Juan el Bautista y a sí mismo. Juan les parecía duro y exigente y por eso no querían escucharlo, porque los invitaba a la conversión y al cambio de vida. La austeridad de Juan les asustaba. Ahora está Jesús en medio de ellos, se manifiesta con su cercanía a todos, comparte con todos, vive la vida de ellos y con ellos participa incluso en los banquetes a los que le invitan, por una parte recordamos la invitación de Simón el fariseo, pero también comía con los publicanos y pecadores cuando quiso comer en casa se Zaqueo, o fue invitado por Mateo en el momento de comenzar a seguirle. Y ahora a Jesús lo consideran un comilón y un borracho, lo consideran un pecador porque se acerca a los pecadores para llevarlos por nuevos caminos.

Tenemos que saber descubrir los caminos del Señor, su presencia entre nosotros, su palabra que nos habla también a través de esos acontecimientos de la vida, de eso que cada uno le está pasando allá en lo profundo de su corazón, o de aquello que contempla en los demás. Hay una sintonía de Dios que hemos de saber captar. Y la llamada de Dios es siempre para la esperanza y para la vida, hemos de saber confiar si con sinceridad le escuchamos y le abrimos el corazón.

Pero hemos de saber abrir tambien el corazon a los demás, saber descubrir los mejores anhelos del mundo que nos rodea, como ser sensible también a los sufrimientos de tantos, que quizás lo llevan oculto en el corazón, pero que andan con pasos cansinos por la vida en medio de los tormentos que llevan por dentro. Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales, que sintamos la fuerza de su Espíritu para emprender su camino que nos llevará siempre a una cercanía de los que nos rodean.


martes, 25 de julio de 2023

No dejemos de soñar en cómo mejor podemos servir a la tarea de la Evangelización, aunque tengamos que beber el cáliz, tenemos a María como fortaleza de nuestra fe

 


No dejemos de soñar en cómo mejor podemos servir a la tarea de la Evangelización, aunque tengamos que beber el cáliz, tenemos a María como fortaleza de nuestra fe

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15;  Mateo 20, 20-28

También nosotros tenemos nuestros sueños, y solemos decir que soñar es bueno, no sé si para justificarnos; pero, es cierto, soñamos con algo mejor, soñamos que haya cambios en nuestra sociedad, aunque algunas veces nos sintamos un poco frustrados o derrotados cuando no lo logramos como a nosotros nos hubiera gustado – pensemos cómo se sienten muchos en nuestra sociedad en el momento concreto en que vivimos -, soñamos con algo mejor y tenemos el sueño de que seamos nosotros lo que hagamos eso mejor para el mundo y para los demás; soñamos que queremos ser grandes, aunque muchas veces no nos clarificamos bien el como lo vamos a hacer o como lo vamos a lograr. Soñamos porque tenemos ambición en nuestra vida, lo que tendríamos que clarificar bien cuales son esas ambiciones. Y puede ser ahí donde nos podemos comenzar a plantear el sentido o el valor de esos sueños.

Como soñaban los contemporáneos de Jesús en la situación en la que estaban viviendo, con sus pobrezas y sus miserias, con el sentirse oprimidos y sin libertad porque el poder estaba en manos de otros o porque incluso se veían manipulados por los que se consideraban poderosos e influyentes en su sociedad; y la aparición de aquel nuevo profeta de Galilea también les hacia soñar en la pronta llegada de aquel Mesías liberador y en Jesús podían ver su realización. Claro que soñaban los discípulos más cercanos a Jesús, que precisamente por esa cercanía, también quizás por razones de parentesco, con aquel Mesías que se barruntaba ellos podían tener alguna situación mejor, o alguna situación de dominio también sobre los demás. Era bueno el sueño que alimentaba sus esperanzas, pero todo se podía torcer cuando se dejasen envolver por ciertas ambiciones de poder.

Con ese sueño llegaron aquellos dos discípulos hasta Jesús, valiéndose además de la influencia que pudiera tener su madre en razón del parentesco con Jesús. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’, es la petición directa y clara que se atreve a hacerle a Jesús. Pero detrás de aquella madre soñadora estaban los hijos con sus ambiciones también en el corazón. Jesús escucha, Jesús comprende, Jesús no recrimina, Jesús quiere hacer pensar, Jesús quiere que se aclaren en su interior cuales son las verdaderas ambiciones que llevan dentro de sí.

‘No sabéis lo que pedís… ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Muy decididos están y parecen tenerlo claro por su pronta respuesta, aunque como les dice Jesús no saben lo que están pidiendo. ‘Podemos’, fue su pronta respuesta. ‘El cáliz lo beberéis…’ y ellos que a pesar de su prontitud pensaban que no habría momentos de pasarlo mal porque todo sería como un discurrir sobre ruedas.

Pero los primeros puestos no son para quienes los piden así con sus corazones llenos de ambiciones. Había que entender el espíritu de servicio que había de envolver sus vidas; tenían que entender que la grandeza no estaba en esos primeros lugares que estaban pidiendo, sino en hacerse los últimos; otros eran los parámetros de Jesús para medir las grandezas, como el mismo Jesús había de vivir, habría de beber también el cáliz, aunque fuera amargo y llegara el momento de pedirle al Padre que le librara de aquel cáliz. Pero ellos no se iban a librar de aquel cáliz tampoco. ‘Lo beberéis…’

Cuando hoy escuchamos este evangelio, precisamente porque celebramos la fiesta del Apóstol Santiago, patrón de España tendríamos que entender nosotros lo que ha de significar en nuestras vidas ese cáliz que quizás habremos de beber. No le fue fácil al apóstol como nos señalan las buenas tradiciones la predicación del evangelio en nuestras tierras. Muestra de ello es lo que la tradición también nos habla de la presencia de María junto al apóstol para ser un pilar en la tarea de la evangelización. Pero también, por otra parte, las Escrituras nos hablan en los Hechos de los Apóstoles, del pronto martirio decapitado en Jerusalén. Bebió el cáliz en la dificultad de la evangelización de nuestras tierras y bebió el cáliz en el pronto martirio sufrido por el nombre de Jesús. Del Apóstol conservamos el recuerdo de lo que nos dice el evangelio que formaba parte de aquellos discípulos especialmente escogidos por Jesús y estaría al lado de Jesús en momentos importantes como sería la Transfiguración del Tabor, la resurrección de la hija de Jairo y la agonía de la oración en el huerto de Getsemaní al comenzar la pasión.

¿Qué nos puede decir todo esto cuando estamos celebrando su fiesta? ¿Seremos capaces de decir también ‘podemos’ como lo hicieron los hijos del Zebedeo ante la invitación de Jesús a seguirle y al sentirnos también enviados al anuncio del Evangelio? Sabemos que no es tarea fácil, sabemos que vivimos en una sociedad de indiferencia ante el hecho religioso cuando no de una sorda oposición al anuncio y a la vivencia de nuestra fe. Esto nos está pidiendo y exigiendo una fortaleza interior, de la que algunas veces carecemos, porque no hemos cuidado lo suficiente la maduración de nuestra fe.

Hay, sin embargo, una esperanza que podemos tener en la presencia de María, como lo fue para el apóstol Santiago, en esa devoción que aun mantienen a la Virgen mucha de la gente que nos rodea y a quienes hemos de llevar ese anuncio del evangelio. El Seños nos la quiso dejar como madre, y fue precisamente Juan, el hermano de Santiago, el que la acogió en su casa. Acojamos a María y sintamos la presencia de María, que sea un pilar seguro en esa misión que también nosotros hemos recibido de hacer el anuncio del Evangelio.

No temamos el cáliz que también tengamos que beber, porque aunque sabemos que es dura la tarea y nos cuesta tanto doblegar nuestra cerviz para aprender humildemente a hacernos los últimos y los servidores de todos, en se cáliz sabemos que estamos bebiendo la Sangre de Cristo – así nos lo dejó al instituir la Eucaristía – que será para nosotros cáliz de fortaleza y bebida de salvación. No dejemos de soñar en cómo mejor nosotros podemos servir a la tarea de la Evangelización.