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martes, 1 de septiembre de 2026

El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

 


El evangelio tiene que despertar algo nuevo en nosotros que nos sorprenda e interrogue aunque nos quedemos sin palabras, la palabra de Jesús es la única que vale y nos salva

1Corintios 2, 10b-16; Salmo 144; Lucas 4, 31-37

Hay cosas que nos dejan sin palabras; un hecho sorprendente, inesperado y maravilloso que sucede ante nosotros, una palabra que escuchamos que nos deja un interrogante en nuestro interior, un gesto o un detalle que observamos en alguien de quien no esperábamos que fuera capaz de hacer lo que hizo. Quedarnos sin palabras es no saber explicarnos por qué suceden tales cosas, la sorpresa que nos hace ver las cosas de otra manera a como nosotros pensábamos de siempre y para lo que parece que no encontramos razones pero que vemos que es distinto, algo que hace renacer de nuevo la ilusión y la esperanza porque encontramos una paz que no teníamos, porque nos sentimos sanados por dentro sin saber por qué ese cambio que se ha producido en nuestro interior… son interrogantes que se nos plantean, son preguntas de hasta dónde nos va a llevar esto nuevo que nos está sucediendo, son cuestionamientos de por qué hacíamos las cosas como las hacíamos y no habíamos caído en la cuenta de que podían ser de otra manera.

Claro que muchas veces no nos llevamos bien con esas novedades que nos van apareciendo porque casi queríamos seguir con la misma rutina de siempre, con lo que siempre se había hecho y no se nos había ocurrido que podía ser de otra manera; y puede surgir un rechazo, puede ser que queramos permanecer en nuestro conformismo de lo de siempre porque siempre se ha hecho así, o puede surgir el entusiasmo que nos hace buscar más y ponernos en camino hacia lo nuevo que se nos ofrece.

Son las reacciones que vemos que se van despertando en torno a Jesús, a su enseñanza y predicación y también a los signos que iba realizando como señal de que algo nuevo tenía que surgir. Están los que querían manipular el actuar de Jesús, como ayer contemplábamos en la sinagoga de su pueblo de Nazaret, donde al final pretenderán incluso despeñarlo por un barranco; hoy contemplamos cuando está enseñando en la sinagoga de Cafarnaún ante la admiración y el beneplácito de la gente que surge la voz discordante de aquel hombre poseído por un espíritu maligno que de alguna manera se enfrenta a Jesús. ‘¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.

Pero la autoridad de Jesús se sobrepone sobre esta reacción. Era la señal de lo nuevo que Jesús quería realizar en el corazón del hombre. ‘Jesús le increpó diciendo: ¡Cállate y sal de él!. Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño’.

Entonces el evangelista nos comenta que todos están asombrados preguntándose por aquella autoridad de la palabra de Jesús. Se quedaron sin palabras, como decíamos al principio. No era a lo que estaba acostumbrados, no era la forma de enseñar de los maestros de la ley o quienes en la sinagoga los sábados comentaran las lecturas de la ley y los profetas. No parecían palabras repetidas o aprendidas de memoria, sino que había algo que se estaba transmitiendo desde lo más hondo. Por eso se están preguntando quien era aquel Jesús. que de tal manera les hablaba y les enseñaba.

Y es aquí donde entramos nosotros. Porque no estamos simplemente aprendiendo una lección de historia recordando lo que en otro tiempo sucedió. Nuestra escucha del evangelio tiene que despertar algo nuevo y distinto en nosotros; tenemos que dejarnos sorprender, tenemos que abrirnos a esos nuevos horizontes que Jesús pone ante nuestra vida, tenemos que sentir como nueva esa palabra para que se convierta en palabra de vida para nosotros, tenemos que ponernos humildemente con nuestra realidad ante Jesús aunque nos sintamos incómodos, tenemos que reconocer esas influencias que recibimos de un lago y de otro que algunas veces nos hacen resistirnos ante la buena noticia del evangelio, la buena noticia que tiene que significar aquí y ahora Jesús para nosotros, tenemos que despojarnos de viejas visiones que nos seguirían encerrando en el conformismo y la rutina, tenemos que dejar a un lado el espíritu del mundo que nunca llegará a entender a Jesús para dejarnos envolver, como nos decía san Pablo, por el Espíritu de Dios que nos llena de sabiduría para llegar a saborear de verdad las cosas de Dios.


martes, 11 de agosto de 2026

No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

 


No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Si no es nada más que un niño, habremos oído en alguna ocasión, o también hemos de tener la valentía de reconocerlo es también lo que nosotros hemos pensado y quizás manifestado, cuando hemos intuido o hemos visto que se le da opinión, o se le pide la opinión, por ejemplo, a un muchacho sobre cosas que quizás nos puedan afectar a todos. Y es que, aunque también nosotros tengamos ganas de opinar pensamos que hay que tener una cierta madurez, una prestancia o un prestigio – que quizás vaya acompañado de ciertas influencias de poder y no es necesario decir mucho – para poder participar, expresar una opinión o tomar una decisión sobre cosas que consideramos de importancia.

Realmente en nuestra sociedad vamos cambiando porque esto que estamos expresando así y refiriéndonos a estas situaciones o circunstancias era la forma de actuar, por ejemplo, en relación a la mujeres, o las fuerzas que se contrapesaban entre los poderosos por ser ricos y los que no lo eran a los que siempre se les ponía en otros escalones, y creo que todos nos entendemos.

Hoy Jesús nos está mostrando la novedad que suponía el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Siempre, en todos los tiempos, en todas las circunstancias históricas todos – y aquí no queremos excluir a nadie – hemos tenido deseos de grandeza, que significaba una preponderancia y también una prepotencia sobre los demás y nos buscamos mil razones para presentarnos de esa manera. Nadie quiere quedar por detrás, en un segundo plano, que no sea reconocido ni valorado y nos buscamos mil vanidades para alimentar nuestro ego y nuestro orgullo, para hacer salir nuestro amor propio y manifestarnos con esos prestigios que al final se quedan en vanidades.

Eran también las discusiones que tantas veces se traían de camino incluso los discípulos más cercanos de Jesús. Y son las preguntas que tantas veces le repiten a Jesús. Siempre andan buscando lo principal para saber a qué reglas nos atenemos y saber los límites mínimos con los que nos podemos contentar. ‘¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?’, vienen a preguntarle a Jesús.

Y es cuando Jesús nos da la gran lección. ‘En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

Nos habla de un niño, que no era nada considerado en la sociedad de su tiempo; y nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños, y esto no es tarea fácil; fáciles pueden ser las palabras, pero hacerlas categoría de nuestra vida no es tan fácil; siempre estamos aspirando a dejar atrás nuestra niñez para que seamos considerados, todos queremos ser ‘grandes’, o sea poder comportarnos como mayores para tener nuestras opiniones y nuestros derechos y Jesús nos está diciendo que desmontemos todo ese tinglado que tenemos montado en nuestra cabeza para que comencemos a ser niños. No es tarea fácil, por eso Jesús nos habla de conversión. Porque el que se haga pequeño es el que será grande en el Reino de los cielos.

Por eso como dice a continuación tenemos que comenzar por acogerlos y respetarlos, cuidarlos y valorarlos, porque así tenemos que valorar a todos, también a los que nos parecen pequeños, a aquellos que en nuestra sociedad consideramos insignificantes, y mira que tenemos en nuestra mente una lista grande de todos esos que decimos que no valen. Recordemos simplemente como es nuestra mirada a los que están a nuestro alrededor, a quienes acogemos y a quienes no, con quienes no nos sentaríamos ni en la guagua ni por supuesto a nuestra mesa para compartir nuestra comida, a quienes saludamos en la plaza o a quienes dejaríamos o no entrar a nuestra casa. ¿Cuál es la lista secreta que todos llevamos en nuestra cabeza, o peor aún, en nuestro corazón del cual los excluimos?

Nos pone a continuación la parábola de la oveja perdida y herida que tenemos que buscar, para que en verdad le demos a nuestra vida el sentido del Reino de Dios, y termina diciendo que no es voluntad de nuestro Padre del cielo que se pierda ninguno de esos pequeños. ¿Será así cómo nosotros los buscamos?


sábado, 21 de marzo de 2026

Tomemos posiciones valientes y dejémonos inquietar sin miedo por la Palabra de Dios que nos hace buscar algo nuevo y distinto que se haga vida en nosotros

 


Tomemos posiciones valientes y dejémonos inquietar sin miedo por la Palabra de Dios que nos hace buscar algo nuevo y distinto que se haga vida en nosotros

Jeremías 11, 18-20; Salmo 7; Juan 7, 40-53

Es necesario tomar posición en la vida, definirnos, decir claramente lo que pensamos o lo que queremos, aunque sepamos que nuestras posturas van a resultar incómodas para muchos. Creo que es algo que los cristianos de hoy también tendríamos que tener muy claro y en consecuencia ser valientes. Nos encontraremos con gente que se posesiona de distinta manera, respetar a esas personas no significa que tengamos que comulgar con sus ideas abandonando nuestros principios, ni podemos tener miedo de la situación de preponderancia que puedan tener quienes opinan distinto en la sociedad en la que vivimos, pero nuestra verdad no la podemos callar.

Hoy el evangelio nos presenta un momento un tanto complejo en la relación o en la reacción que muchos puedan tener ante Jesús. Nos irá apareciendo ahora en estos últimos días de la cuaresma, en nuestra preparación para la celebración de la pascua esos momentos en que aquellos que no aceptan a Jesús comenzarán a maquinar contra El. Pero nos vamos encontrando también quienes van descubriendo en Jesús algo distinto. Unos decían que en verdad eran un profeta, sintiéndose interrogados interiormente por su palabra pero también por los signos que Jesús va realizando. Otros dirán que eso es imposible, porque de Galilea nunca había surgido un profeta, y además sabían que Jesús no se había instruido en aquellas rabínicas de Jerusalén. Sin embargo sentían que su palabra los interrogaba por dentro.

Cuando los dirigentes de Jerusalén quieren apresar incluso a Jesús y mandan a unos guardias que ejecuten esa orden se encontrarán que vuelven con las manos vacías, no se habían atrevido a realizar aquel prendimiento por temor al pueblo que escuchaba y reverenciaba a Jesús. La respuesta de aquellos guardias a la pregunta de por qué no lo habían apresado era que nadie había hablado nunca como lo hacía Jesús. Y ya escuchamos la respuesta dura de los fariseos. ‘¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos’.

Pero aquellos guardias habían sido valientes y se habían arriesgado a no hacer lo que les pedían. Escuchaban algo nuevo en las palabras de Jesús. Habían tomado también posición, como la estaba tomando también Nicodemo, aquel magistrado que una noche había ido a hablar con Jesús, que les dice que no se puede condenar a nadie sin escucharlo. Pero recibirá los improperios de sus compañeros por esta palabra de defensa de Jesús que había pronunciado.

Cuando ahora en nuestro camino cuaresmal estamos nosotros reflexionando sobre el evangelio en esta preparación que hemos de hacer de nuestro espíritu para poder vivir la pascua quizá tendríamos que preguntarnos en qué medida en el mundo en el que vivimos hoy nosotros como cristianos nos estamos posicionando. Podríamos estar queriendo nadar y guardar la ropa al mismo tiempo, como dice el refrán, o podíamos estar queriendo nadar entre dos aguas. Necesitamos posicionarnos, necesitamos ese coraje que nos da el espíritu del Señor para dar ese testimonio.

No nos podemos quedar en unos actos que pudieran ser o muy solemnes, o muy llenos de artificio, o simplemente en un sentimentalismo provocado por unas imágenes que vemos pasar pero que no dejamos que penetren profundamente dentro de nosotros. Tenemos el peligro de la superficialidad religiosa en quedarnos en ostentaciones en cierto modo vanidosas, pero sin dejar que la Pascua cale hondamente en nuestra vida para dejarnos transformar por el evangelio de Jesús. Tendríamos que hacer una revisión profunda de la manera como entendemos y vivimos nuestra religiosidad porque aunque plasmemos plásticamente unas escenas del evangelio, sin embargo el evangelio pudiera estar muy lejos de todo eso, y entonces no calar en nuestra vida.

La Palabra de Dios tiene que inquietarnos y no hemos de tener miedo a esa inquietud que nos hace buscar algo más, que nos hace profundizar en el mensaje del evangelio para darle ese sentido profundo que necesita nuestra vida.

martes, 17 de febrero de 2026

Seamos capaces de dejarnos sorprender por la buena noticia que es siempre el evangelio, porque si es noticia es algo nuevo para mi vida hoy

 


Seamos capaces de dejarnos sorprender por la buena noticia que es siempre el evangelio, porque si es noticia es algo nuevo para mi vida hoy

Santiago 1, 12-18; Salmo 93; Marcos 8, 14- 21

Algunos dicen que es cosa de poetas; es cierto que el poeta es el que es capaz de decirnos cosas hermosas empleando palabras bellas; utiliza imágenes muchas veces tomadas de la misma naturaleza o de la vida misma en lo que sucede cada día, pero para que no nos quedemos en la literalidad de las imágenes sino que seamos capaces de ir más allá con lo que se nos quiere significar o con lo que se nos quiere decir. No todos sin embargo tienen la sensibilidad para discernir y para interpretar, para hacer una lectura de la vida misma a través de esas imágenes bellas, y se quedan en la literalidad de las palabras; pero hay personas que saben captar, que se embelesan con esas palabras pero para ir a lo hondo, a su auténtico significado, a lo que se nos quiere decir. Es necesario un buen discernimiento, que quizás nos exija reflexión para no quedarnos en lo superficial. No siempre es fácil, reconocemos.

En esas andaban los discípulos cuando atravesando el lago en la barca llega el momento de confidencias o de advertencias; siempre hay un momento en que podemos decir o podemos escuchar una palabra que nos haga pensar, que nos haga reflexionar. Sin embargo vamos en ocasiones tan entretenidos en nuestras preocupaciones, en lo que son los deseos materiales que nos van apareciendo dentro de nosotros, ciertamente en una búsqueda de algo nuevo o mejor, pero hay ocasiones en que nos quedamos trabados en una palabra que no sabemos interpretar, en una insinuación que se nos quiere dar pero que no entendemos, tan absortos que vamos en nuestras cosas.

Jesús les deja caer como una advertencia algo que tendrían que tener muy en cuenta para no dejarse influir por tantas cosas externas que nos hacen perder el verdadero sentido. Son también muchas las influencias que podemos recibir de los que están a nuestro lado con insinuaciones que tampoco sabemos interpretar y que realmente están queriendo arrimar el ascua a su sardina, están trancando de conquistarnos para sus ideas y apartarnos del camino que hemos querido emprender.

Jesús quiere prevenirlos de esas influencias extrañas y les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos que no siempre es buena o también de las influencias de los dirigentes políticos de aquella sociedad. Oyen hablar de levadura y se acuerdan de que no han cogido provisiones de pan suficientes para el camino que van a realizar. El rábano por las hojas, como dice el refrán. Jesús les habla de algo importante para la escucha del mensaje que les está trasmitiendo del Reino de Dios y ellos piensan en la lista de la compra. No entienden o no quieren entender.

Les recordará Jesús que por qué andan tan preocupados por la falta de pan. Aquí podía venir a colación aquello del momento de las tentaciones de Jesús en el desierto, ‘no solo de pan vive el hombre’. Pero Jesús les recuerda aquellos momentos en que estando sin pan y encontrándose con una multitud que alimentar, tuvieron pan suficiente como para recoger muchos cestos de sobras. Y ellos siguen sin entender. Las paradojas de nuestras escuchas y nuestras respuestas.

¿Estará sucediéndonos de una forma semejante porque tantas veces nos estamos quedando sin entender o haciendo nuestras interpretaciones tan interesadas que no llegamos a captar lo que en verdad nos quiere decir la Palabra de Dios? Nos sucede tantas veces cuando nosotros le ponemos nuestra propia plantilla a la Palabra de Dios que se nos trasmite. Cuantas veces nos hemos dicho, eso ya me lo sé, lo he escuchado muchas veces, sé bien lo que hay que interpretar, pero vamos poniendo tantas plantillas que al final nos quedamos muy lejos de la novedad que tiene que significar siempre para nosotros el evangelio.

Es noticia y si es noticia es algo nuevo, es buena noticia por tanto es noticia de salvación para hoy en mi vida, es evangelio que tiene que ser un revulsivo en nuestra vida y nos exige un cambio en actitudes, en posturas, en comportamientos. ¿Seremos capaces de dejarnos sorprender por esa buena noticia? Si la tomamos como noticia pasada ya no nos sorprenderá y dejará de tener ese necesario impacto para nuestra vida.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

 


Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

Esto se va a pique, nos dice el agorero de turno, aquel que tiene siempre los ojos oscuros para anunciarnos fracasos y caídas, y es como un jarro de agua fría que nos echan encima para ahogar ilusiones y esperanzas. Será en los problemas de cada día, en la familia, en el trabajo, con los negocios, porque vemos que las cosas no marchan y ya no tenemos imaginación para encontrar salidas; será la situación que vemos a nuestro alrededor, y vienen las añoranzas, los recuerdos de otros tiempos que nos parecieron mejores, la pendiente por la que nos parece que discurre nuestra sociedad. Será muchas veces la mirada pesimista que echamos sobre nuestra iglesia, sobre la religión, sobre la fe de la gente donde primero vemos lo negativo, los fallos, los errores, las cosas de otros tiempos que podrían tener sentido en sus circunstancias concretas pero a las que le echamos la culpa de todo lo negativo que podamos ver hoy.

¿Y no hay una palabra de esperanza, una palabra o un gesto que nos haga renovar ilusiones, alguna luz que esté brillando en algún lugar y es como un rescoldo que un día puede encender una gran llama luminosa? Cuidado que los cristianos nos metamos también esa espiral de derrotismo, de pesimismo, de dramatismo ante las situaciones y eso nos paralice o nos haga encerrarnos más en nosotros mismos. Cuidado que con el tema de la fe y de la religiosidad comencemos a buscar refugios donde nos encerremos porque allí nos pueda parecer que estamos más seguros y perdamos esa vitalidad que necesitamos y que sería el mejor testimonio de vida que podamos ofrecer.

No es un optimismo que se distancie de la realidad lo que hemos de buscar; no es un optimismo porque cerremos los ojos a los tropiezos que en la vida podamos encontrar y hacer como si no existieran. La realidad está ahí y tiene sus sombras, pero también hay luces, también hay salidas, no nos puede faltar la esperanza. Dios nos va poniendo señales que tenemos que saber distinguir, habrá personas a nuestro lado que su testimonio es un estímulo para nosotros, hay semillas que germinan y hacen brotar plantas nuevas que florecerán y tenemos la esperanza que un día nos darán fruto.

Quizás hay muchas semillas silenciosas a nuestro lado, pero que en el silencio de la tierra donde fueron enterradas están germinando. Hay mucha gente silenciosa, callada, anomia que sigue haciendo muchas cosas buenas; nos puede parecer que es una viejita que ya no sabe hacer otra cosa que ir a la Iglesia y rezar, pues ahí hay una semilla, ahí se está regando una planta, de ahí aun en medio de las espinas de la vida brotará una flor. Tenemos que saber descubrirlo, palparlo en tantos a nuestro lado a los que quizás no les prestamos atención, que podrían incluso parecernos un estorbo, pero que sin embargo son un estímulo, son un río de gracia y de vida que todo lo va renovando.

No seamos ciegos, no nos hagamos preguntas incongruentes, sepamos distinguir el actuar de Dios, no andemos siempre buscando donde tropezar o donde hacer tropezar a los demás, sepamos descubrir esa palabra buena que nos llega algunas veces no sabemos de dónde pero que nos ayuda, sepamos siempre ir bendiciendo porque es una manera de ir haciendo presente a Dios en la vida de aquello o aquellos que bendecimos.

Por una parte hoy en la Palabra de Dios hemos visto la bendición para el pueblo de Israel peregrino por el desierto pero de quien había sido llamado para maldecir, y por otra vemos la actitud renuente de los fariseos de Jerusalén que ni quieren reconocer la autoridad de Jesús ni tampoco la misión que el Bautista había realizado en el desierto del Jordán. Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción de Dios y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para nuestra vida. No seamos nunca ni negativos ni catastrofistas.


sábado, 13 de diciembre de 2025

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

 


Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Salmo 79; Mateo 17, 10-13

¿Necesitaremos nosotros palabras de fuego que nos hagan de nuevo hervir la sangre en medio de la atonía y la tibieza con que muchas veces andamos los que nos decimos seguidores de Jesús?  Nos hemos amoldado, nos hemos acostumbrado a la tibieza y ya pocos sentimos dentro de nosotros la inquietud por esa atonta espiritual que vivimos. Nos da igual que la gente crea o no crea, se interese o no por el mensaje del evangelio. Vamos cayendo por la pendiente de la rutina y ya no sabemos saborear las palabras del evangelio. Nos hemos acostumbrado a otros sabores que nos ofrece la vida que no sabemos captar ese sabor nuevo que nos da el evangelio.

Las practicas religiosas las hemos convertido en unos convencionalismos sociales y cuando vamos a participar en ellas no llegamos a saborear lo que el evangelio nos ofrece y muchas veces las convertimos en actos que nos vemos obligados quizás a realizar por unas costumbres o unas tradiciones, unas manifestaciones sociales muchas veces muy llenas de vanidad, pero sin hondura espiritual. Y claro encima diremos que somos cristianos de siempre, que nuestra familia siempre ha sido muy católica, que no hay que crea más que nosotros, pero eso no lo traducimos luego en unas vivencias, en unas actitudes, en una toma de posturas ante los diferentes problemas de la vida pero desde la exigencia de una fe y de unos valores que nos ofrece el evangelio.

En este sábado de la segunda semana de adviento se nos presenta la figura del profeta Elías al mismo tiempo que se nos habla de Juan Bautista. De Elías conocemos su celo de Dios, su defensa del nombre de Yahvé, su lucha incesante contra los baales o falsos dioses que se pretendían imponer en el pueblo y la sociedad judía desde ciertas influencias que desde los poderosos ejercían sobre la vida del pueblo. Su Palabra era vibrante, el celo que sentía por las cosas de Dios era algo que no se podía apagar en su corazón, aun con sus dudas y con sus miedos que le llevará al desierto casi con el deseo de morir en su impotencia por conseguir lo que pretendía, pero que le llevará a una experiencia de Dios que le impulsará a seguir realizando su misión profética.

En la tradición del pueblo judío permanecían en la esperanza de la vuelta del Profeta Elías. Y es por lo que ahora le preguntan a Jesús. Y Jesús les habla de Juan Bautista que con tanto ardor preparaba al pueblo en el desierto para la venida del Mesías. Y les da a entender que Elías ha venido, aunque a Juan no todos quisieran aceptarlo. Pero les señala también que esa es la condición del profeta cuando es fiel a su mismo y a su misión. Como diría el anciano Simeón de Jesús, será un signo de contradicción y hará que se decanten los corazones.

¿Temeremos nosotros ser ese signo de contradicción frente al mundo que nos rodea? La tibieza con que vivimos manifiesta esos temores. Necesitamos despertar ese fuego en nuestros corazones. La imagen que contemplaremos en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo son precisamente unas llamaradas de fuego. Es lo que nosotros necesitamos, dejarnos conducir por el Espíritu divino para que se caldee nuestra vida, para que pongamos ese fuego en nuestro mundo. Ya nos dirá Jesús en otro momento que fuego ha venido a traer a la tierra, y lo que quiere es que esté ardiendo. ¿Estaremos en nuestra comodidad y en nuestras rutinas unos bomberos que apaguen ese fuego divino en nosotros?

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu. Por eso Juan anunciará que en Jesús seremos bautizados en Espíritu Santo y fuego.

viernes, 5 de septiembre de 2025

Llegar a descubrir la novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros y dejarnos sorprender para llegar a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del Reino

 


Llegar a descubrir la novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros y dejarnos sorprender para llegar a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del Reino

Colosenses 1, 15-20; Salmo 99; Lucas 5, 33-39

Se suele decir que las comparaciones son odiosas y seguramente alguna vez hemos reaccionado cuando han pretendido compararnos con alguien; si es mejor, si hace las cosas que tú no eres capaz de hacer, si él ha tenido éxito y tu siempre eres un perdedor, y así múltiples cosas más. Sin embargo de alguna manera a veces somos incongruentes, porque lo que no queremos para nosotros mismos, quizás lo ofrecemos como ejemplo o estimulo para los demás, y algunas veces nos sucede en la cuestión de la educación que damos a los hijos; les ponemos modelos quizá en aquellos que son sus amigos o viven en su entorno a los que tienen que imitar o de los que tienen que distanciarse porque pueden ser malas compañías que no los lleven por buenos caminos. ¿No tendríamos que ser más nosotros mismos desarrollando lo que hay en nosotros pero porque queremos llegar a nuestra plenitud de vida?

Allí andaban aquellos a los que les costaba tanto entender a Jesús o aceptar los nuevos planteamientos que Jesús nos propone, que ahora andan con comparaciones entre los discípulos de Jesús y lo que son sus discípulos, aunque lo digan sutilmente hablando de los seguidores de Juan o de la escuela de los fariseos. Y vienen con una cuestión a la que se le daba mucha importancia en el contexto de lo religioso, el ayuno. Los discípulos de Juan ayunan y también lo hacen los de los fariseos, pero le vienen a encarar a Jesús que sus discípulos no ayunan.

No han terminado, o no han querido, entender el mensaje de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús proclama. Aunque esperan al Mesías, parece que lo esperaran para que corroborara o hiciera aquellas cosas que ellos hacían. El Mesías para ellos no significaba una novedad de vida, sino un querer afirmarse en los planteamientos que ellos se hacían de lo que debía de ser ese pueblo de Dios, que Jesús lo llamará el Reino de Dios; era algo más que unas personas que se juntaban o se reunían para algo, tenía que ser una visión nueva del mismo sentido de la vida, como del sentido de Dios. Y ellos pretendían solucionarlo todo con unos arreglitos. Y parecía que por lo que Jesús les enseñaba sus discípulos no debían de estar por esos arreglitos.

Es lo que les viene a decir Jesús. El sentido de la presencia de Dios en sus vidas no era para la tristeza y el luto; un nuevo sentido de fiesta había de tener la vida, por eso Jesús les habla de una boda y de unos amigos del novio que están participando de la fiesta de esa boda. ¿Caben ahí las tristezas y los lutos? Porque además al ayuno le habían cargado una connotación demasiado de caras largas y de duelo. Y Jesús hablaba de fiesta, de una boda, de la fiesta en la que participaban los amigos del novio. Era un nuevo sentido de vivir.

Es lo que Jesús nos está ofreciendo y a un nuevo sentido de vivir no se puede llegar desde unos arreglitos, desde unos remiendos; era un nuevo traje de fiesta el que había de vestirse, y todo creo que podemos entender esa imagen que va más allá de la materialidad de la tela de un vestido, porque tendrá que ser algo hondo que brote del corazón del hombre. Jesús nos hablará de un vestido nuevo y sin remiendos que al final nos traerán rotos mayores, nos hablará de unos odres nuevos que serán los que podrán contener el vino nuevo con toda su fuerza.

Es lo que tiene que ser nuestra vida, es en lo que tenemos que convertirnos en nosotros, porque es algo más que un vestido que nos pongamos exteriormente porque tienen que ser actitudes nuevas, valores nuevos que arrancan de un corazón nuevo, de un corazón que se ha dejado transformar, en el que se ha dejado actuar toda la fuerza del Espíritu.

¿Habremos llegado en verdad a descubrir esa novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros? ¿Nos dejaremos sorprender por el evangelio o lo damos ya por sabido y que no nos dice nada nuevo? Algo estará fallando en nuestro encuentro con Jesús, algo estará fallando en la apertura de nuestro corazón.

viernes, 8 de agosto de 2025

El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

 


El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

Isaías 52, 7-10; Salmo 95; Mateo 5, 13-19

Los que nos traen buenas noticias son siempre bien recibidos, es más, serán agasajados con mucho entusiasmo y alegría. Hoy tenemos muchos medios de comunicación, de trasmitir noticias que en otros tiempos no teníamos; en mi infancia pasé por esas lagunas difíciles de las consecuencias de la emigración, pues mis hermanos y mi padre se tuvieron que ir a América; recuerdo siempre la alegría y emoción con que mi madre recibía sus cartas, pero más aún cuando alguien regresaba de Venezuela al pueblo acudíamos, como quien espera aguas de Mayo, a visitarle para saber de forma directa las noticias que nos podían traer de nuestra familia; cómo si nos visitaban esas personas para darnos noticia dentro de nuestra pobreza le ofrecíamos lo mejor como reconocimiento de las noticias ‘frescas’ que nos podían traer.

En todos los aspectos de la vida deseamos y necesitamos recibir cosas buenas de los demás, palabras que pongan esperanza y renovada ilusión en nuestras vidas; hay personas que se regodean en traernos noticias de cosas calamitosas, que nos están hablando con un tremendismo que al final lo que hace es poner miedo y temor en el alma, personas que parece que son adictas para hablarnos de cosas que nos quiten el sosiego y la paz, todo lo ven a lo tremendo, todo parece que va a tener un final catastrófico y en lugar de poner luz parece que van llenando el mundo de sombras.

Como decíamos al principio los que nos traen buenas noticias son bien recibidos, estamos deseosos de escuchar palabras de ánimo, que nos llenen de esperanza, que nos abran horizontes, que pongan una nueva luz en nuestra vida y en nuestro mundo. Y esto tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros. Es ‘evangelio’, o sea, buena noticia. Y las buenas noticias ponen gozo en el alma, por una buena noticia somos capaces de caminar lo que sea para ir a su encuentro.

Eso fue la vida de Jesús. Ese ha sido su mandato, esa es la misión que nos ha confiado, llevar una buena noticia a nuestro mundo. Esto tiene que ser siempre el evangelio en nuestra vida. Esa es la esperanza que tiene que suscitar siempre en nuestros corazones. Eso es lo que tiene que ser siempre un impacto para nuestra vida, porque las noticias nos sorprenden, pero si son buenas noticias no solo nos sorprenden sino que nos alegran el alma. Eso es lo que nosotros tenemos que anunciar.

Dicho así parece que resulta todo muy bonito, pero es aquí donde quizás tenemos que preguntarnos muchas cosas sobre el espíritu con que nosotros acogemos esa buena noticia. No podemos decir nunca eso ya me lo sé, eso ya lo he escuchado muchas veces. Para nosotros el evangelio tiene que ser siempre noticia para nosotros, y la noticia no nos cuenta cosas viejas, las noticias queremos que sean siempre nuevas para que realmente sean noticias. Pero ante el evangelio depende de la actitud con que nosotros vayamos a él, con la actitud con que nosotros lo escuchemos.

Es siempre algo nuevo que llega a nuestra vida. Y por muy monótona o de rutina que hayamos hecho nuestra vida, nuestra vida va continuamente cambiando; no vivimos hoy lo mismo que vivimos ayer, cada momento tiene sus circunstancias, cada momento en la vida tiene su novedad, en cada momento podemos descubrir algo nuevo, un nuevo matiz; y el evangelio viene a iluminar nuestra vida hoy, en el aquí y en el ahora, en lo que son ahora mis circunstancias y en lo que hoy estoy realizando. Y ahí tenemos que sentir esa novedad del evangelio, esa luz nueva que nos va ofreciendo el evangelio en todo momento.

Pero eso es lo que tenemos que ser nosotros para los demás. Somos, tenemos que ser portadores del evangelio, evangelizadores, decimos. Y como buena noticia se lo ofrecemos al mundo; de la autenticidad con que nosotros los anunciemos va a depender en cierto modo que como tal lo reciban quienes nos escuchan, como buena noticia para sus vidas. Pero es que tienen que notar que eso ha sido para nosotros y es por eso por lo que se lo trasmitimos. Lo triste sería que nosotros no transmitiéramos buena noticia, porque lo hemos convertido en una rutina en nuestra vida, porque no lo estamos reflejando en nosotros en una vida distinta.

Hoy nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Que no podemos ocultar la luz, como no se puede ocultar una ciudad edificado en lo alto de un monte, ni podemos hacer que nuestra vida no sea sal, porque hayamos perdido el sabor. La sal que no da sabor ya no sirve para nada. ¿Nos estará pasando a nosotros? ¿Qué sabor desde el evangelio le estamos queriendo trasmitir a nuestro mundo? La tenemos que recibir con alegría y con alegría tenemos que transmitirla.

sábado, 5 de julio de 2025

Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad que siempre será la novedad del evangelio

 


Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad que siempre será la novedad del evangelio

Génesis 27, 1-5. 15-29; Salmo 134;  Mateo 9, 14-17

¡Cómo han cambiado los tiempos!, decimos muchas veces cuando observamos la evolución que se va produciendo en la vida en todos los aspectos; cosas que hasta no hace muchos años utilizábamos en muchas de nuestras tareas ahora han quedado en el olvido porque se nos ofrecen otros materiales, otros instrumentos con lo que lo hacemos ahora con toda facilidad; es la evolución de la ciencia y de la técnica que facilita tantas cosas, es todo este mundo de la informática, de Internet, de las redes sociales, de los medios de comunicación que a muchos coge a traspiés y si no sabemos irnos actualizando continuamente pronto nos quedaremos bien obsoletos con toda la carga de su significado que tiene la palabra. No digamos de las costumbres, de las leyes que regulan la convivencia y la vida social y también, por qué no hay que decirlo, de valores que quizás se están perdiendo. ¿A dónde vamos? ¿En qué nos quedamos?

Sin embargo a veces surgen resabios de añoranzas en algunos que quisieran volver para detrás, pero aunque busquemos unos valores estables, que siempre hemos de buscar, no significa que nos encerremos en cosas que solamente hacemos como una vieja costumbre, muchas veces como una rutina, y que las hacemos porque sí, pero sin buscarle o darle un verdadero sentido. Quizás en la propia evolución de la vida del hombre, de las costumbres y de la mayor profundización en nosotros mismos, en otras épocas se vivían unas normas o costumbres que respondían a lo que era la vida del hombre en aquellos momentos; muchas veces quizás dejándonos arrastrar por viejas tradiciones que podían tener su sentido entonces, pero que en la medida en que crece la libertad interior de la persona no necesitamos de aquellos corsés para mantener una rectitud de vida.

No podemos perder de vista nunca lo que es la dignidad de la persona, de toda persona, que en nuestra antropología cristiana la describimos desde la dignidad con que Dios nos creo, como nos dice la Biblia, a su imagen y semejanza; a eso tienen que ir unidos unos valores, unos principios de vida, unos fundamentos que van a garantizarnos esa dignidad. Es con lo que Cristo quiero hacer que nos encontremos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios nos está hablando de la grandeza del hombre, de la persona, desde ese Dios a quien llamamos nuestro Señor, pero que es nuestro Padre y Creador, encontramos la dignidad del hombre, su valor y su grandeza. Y de ese camino nada ni nadie nos pueden desviar.

En la rigidez de un pueblo que se veía acosado por todos los pueblos de alrededor, con otros valores u otros principios de vida, Moisés marcó unas pautas muy rígidas para que el pueblo no se desviara de los caminos de Dios. Era toda la ley de Moisés fundamento del camino de todo el Antiguo Testamento. Pero los profetas ya fueron señalando lo que tenía que ser fundamental en esa fe del pueblo creyente y anunciaban unos tiempos nuevos, unos tiempos mesiánicos, en que se haría presente aquel Salvador que Dios había prometido, desde la caída en el pecado en el paraíso terrenal. Llegaban esos tiempos nuevos.

Es lo que significaba la presencia de Jesús, ese tiempo nuevo de una nueva liberación para crear un hombre nuevo y un mundo nuevo. Aquellos tiempos oscuros del pasado tenían que quedar atrás, porque quien viviera esa alegría de la nueva liberación, ya no tendría que vivir con los crespones negros de la tristeza. La Ley de Dios que a través de Moisés había guiado al pueblo en su camino creyente ahora alcanzaba la plenitud. Por eso Jesús no dice que venga a abolir la ley, sino que lo que quiere es darle plenitud. Era una renovación, porque era una nueva vida lo que Jesús nos ofrecía; Jesús nos enseñaba a vivir en una libertad nueva, la libertad de los hijos de Dios, porque la verdad nos hace libres. Y era el encuentro con la verdad, el encuentro con Jesús Camino, Verdad y Vida.

Para eso Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, porque nos está dando un nuevo sentido a la vida y a lo que hacemos. Todo parte del amor, porque es una manifestación de lo que es el amor de Dios, pero que ha de ser también nuestro camino. Y quien ama de verdad vive la mayor y mejor alegría del corazón. Por eso nos dirá que los amigos del novio no pueden estar tristes en la boda del novio. Por eso nos hablará Jesús que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo; por eso nos hablará que el vino nuevo no puede seguir en los odres viejos, sino que necesitarán unos odres nuevos.

Los tiempos nuevos que nosotros hemos de vivir no son simplemente los tiempos de las nuevas tecnologías o de los nuevos medios de comunicación; no pueden consistir en que ahora tengamos unas nuevas formas de vestir tan distintas a las que usábamos en otros tiempos; no es cuestión solamente de que la ciencia haya avanzado y se hagan o se vean las cosas de otra manera.

El tiempo nuevo que hemos de vivir es el que nos traza el evangelio, que no es volver a viejas costumbres o a viejos ritos, sino descubrir lo hondo que nos enseña el evangelio para hacer crecer más y más la dignidad de la persona, y que seamos capaces de entrar en un mundo de una verdadera comunicación, no porque tengamos unas nuevas redes sociales para relacionarnos, sino porque vayamos siempre a lo más hondo de la persona en el respeto y valoración de toda su dignidad, pero haciendo que en verdad hagamos un mundo de una nueva humanidad.

No podemos perder esa humanidad y a pesar de todos los medios que tenemos hoy para relacionarnos y comunicarnos, estamos perdiendo sensibilidad, vivimos demasiado en la indiferencia, y no hay verdadera relaciones humanas entre unos y otros porque muchas veces vamos como desconocidos por el mundo de los que están a nuestro lado.

Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad. Es lo que siempre será la novedad del evangelio.

miércoles, 2 de julio de 2025

El evangelio ha de ser siempre un impacto de vida que nos haga salirnos de nosotros mismos y nuestros apegos y rutinas para vivir intensamente la novedad de vida que nos ofrece

 


El evangelio ha de ser siempre un impacto de vida que nos haga salirnos de nosotros mismos y nuestros apegos y rutinas para vivir intensamente la novedad de vida que nos ofrece

Génesis 21,5.8-20; Salmo 33; Mateo 8,28-34

¿Cómo nos enfrentamos a las situaciones difíciles, o al mal con que nos topamos diariamente en la vida? ¿Nos damos por derrotados viendo la inmensidad a la que tenemos que enfrentarnos, o nos vamos ingeniando, o buscando ayuda, o dejando que otros también puedan iluminar nuestra mente para afrontarlo y para buscar cómo salir cómo vencer en aquella situación en que nos encontramos? Algunos sintiéndose derrotados se resignan y hasta ese sentimiento queremos darle un valor cristiano, o se dan a la huida, o rechazan todo lo bueno que se les pueda ofrecer.

Como cristianos amantes de la vida, como creyentes en Jesús que nos ha dicho que Él ha vencido al mundo, aunque nos pueda parecer derrotado en una muerte de cruz, ¿qué es lo que tenemos que hacer? El evangelio siempre es un camino o nos abre caminos, nos da pautas o se convierte en una luz que guía nuestra vida.

Hoy nos encontramos con una situación que desde una lectura un tanto superficial nos pueda parecer paradójica. Jesús se acerca a una región que no es totalmente judía, la región de los gerasenos y allí se va a encontrar con una situación, que en principio vamos a llamar difícil. Dos hombres poseídos por el espíritu del mal tienen aterrorizados a todos los habitantes. Pero a la llegada de Jesús, estos hombres poseídos por el mal se acercan a Jesús. Pareciera una actitud de rechazo, porque sienten que en Jesús llega la verdadera liberación.

Podríamos decir que hay un diálogo y un acuerdo final. Jesús libera a aquellos hombres de su mal, aunque sus espíritus vayan a poseer a una piara de cerdos que está osando por los derredores y que se arrojarán al lago pereciendo todos con escándalo para quienes los cuidaban que se ven desposeídos, por así decirlo, de sus ganancias. Pero aquellos hombres están liberados de su mal. Más tarde se dirá que quieren seguir a Jesús pero Jesús les conmina para que vayan a dar testimonio ante sus vecinos de lo que Dios ha hecho con ellos. Aunque habían estado poseídos por el mal, habían buscado a Jesús, es una primera conclusión.

Pero ahora las gentes del pueblo, a pesar de haber visto liberados del tormento de aquellos endemoniados, vienen a pedirle a Jesús que se marche a otros lugares. ¿Qué había pasado? Sus intereses se habían puesto en entredicho con la presencia de Jesús. En aquellos cerdos estaban sus ganancias que ahora perdían. ¿Y si fueran muchas más las cosas de sus intereses que se pusieran en entredicho por la presencia de Jesús entre ellos? Algunas cosas tendrían que cambiar en sus vidas, pero parece ser que ellos se encontraban bien como estaban, Jesús era para ellos una molestia.

¿También nos dejaremos arrastrar por unos intereses, que pueden ser de muchas clases ciertamente y eso nos motivará a rechazar una nueva forma de vivir? Nos olvidamos muchas veces de la verdadera liberación que con Jesús vamos a encontrar y preferimos seguir con nuestras ataduras, nuestras viejas costumbres que no queremos renovar, con nuestras rutinas que nos llevan a una vida cómoda y sin esfuerzo de las que no queremos arrancarnos; y ponemos nuestras excusas, es que siempre se ha hecho así, es que a estas alturas de mi vida cómo voy a cambiar, es que es lo que hace todo el mundo y le va bien, y seguimos con una letanía interminable de excusas, pero no queremos el cambio, no buscamos lo nuevo, no nos dejamos transformar por lo que nos dice el evangelio.

¿También queremos huir, irnos a otra parte, encerrarnos en nuestro castillo, hacernos los oídos sordos?


martes, 11 de febrero de 2025

No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

 


No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

Génesis 1,20–2,4ª; Salmo 8; Marcos 7,1-13

Esto siempre se ha hecho así, habremos escuchado en más de una ocasión, o acaso también nosotros lo hemos dicho y argumentado más de una vez; ¿por qué se ha hecho así?, podríamos preguntar, y ¿por qué tenemos que seguirlo haciendo igual si podría haber otra forma mejor? Costumbres arraigadas en la manera de ser y de hacer de la gente, tradiciones que en cierto modo se convierten en leyes, rutinas de hacer las cosas de la misma manera porque nadie les abrió los ojos para ver que se puede hacer de distinta manera y tendrá más efectividad y por eso seguimos haciendo lo mismo.

Nos sucede en muchos ámbitos de la vida, en los trabajos, en las cosas de la casa, en la manera de ver las situaciones, en cerrazones mentales que les impide buscar algo nuevo y mejor; hasta no hace muchos años me encontré personas y con un cierto nivel incluso cultural que no querían la máquina de escribir, y muchos menos podrían pensar en los teclados de un ordenador, porque ellos escribían a mano como lo habían hecho siempre. Cuánto le ha costado a mucha gente, por ejemplo, entrar en el mundo de la informática desde hacer solo lo que desde niños le enseñaron a hacer.

Pero no me estoy planteando esto solamente desde esas cosas podríamos decir materiales en donde podemos contemplar ese avance de la vida, sino quiero referirme mejor a esos planteamientos sobre el sentido de la vida, por ejemplo, y ahí podría entrar toda una forma de pensar y en consecuencia de actuar, que se puede traducir en unos planteamientos o condiciones éticos y morales o que se va a manifestar en la trascendencia que le podemos dar a nuestra vida, con lo que entramos en todo lo que hace referencia a la religión y la forma de expresarla.

Una fe que se nos ha ido trasmitiendo y también descubriendo en lo más hondo de nosotros mismos, una fe que nos ha dado un sentido a nuestra vida cuando vamos descubriendo todo lo es ese plan de Dios para el hombre, para la humanidad, una fe que vamos plasmando en unos principios que rigen nuestra vida y en una forma de relacionarnos con ese Dios a través del culto. Hay cosas que son esenciales en si mismas pero hay formas de expresarnos que con consecuencia de lo que vivimos en unión y comunión con los demás.

El pueblo de Dios tenía lo que era la ley Mosaica, la ley de Moisés, desde aquella manifestación de Dios en el Sinaí y la expresión de lo que era la voluntad de Dios. Era lo que había constituido aquel pueblo unido en una misma fe, pero al mismo tiempo se habían ido forjando unas expresiones propias de un momento o una situación determinada; pero con el paso del tiempo se habían ido como acumulando expresiones o manifestaciones propias de un momento determinado pero que no tenían que ser ley o norma universal para siempre. Era lo que aquellos que se consideraban más fieles a la ley de Moisés querían imponer y conservar; surgieron así aquellos movimientos religiosos sociales de los fariseos, los saduceos y otros grupos que se habían ido constituyendo como dominantes y dirigentes del pueblo de Dios.

Pero la presencia y el mensaje de Jesús significaban un aire renovador, un aire nuevo porque Jesús quería que nos centráramos en lo que era lo fundamental y no nos quedáramos en las vanidades de las apariencias que a nada conducían. Son los enfrentamientos que comienzan a surgir con Jesús. Hoy nos aparecen protestando, por así decirlo, porque los discípulos de Jesús no cumplían con aquellas tradiciones que ellos decían que habían recibido de sus antepasados.

Aparece el tema de la purificación que se había convertido en algo formal y externo, pero que no llegaba profundamente al corazón. Lavarse las manos o comer con manos limpias era lo que mantenía puro el corazón, según ellos, pero Jesús quiere hacernos comprender que la pureza no está en lo exterior sino la tenemos en el interior del corazón. ‘¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?

Era lo que siempre se hacía, pero no llegaban a plantearse donde estaba la verdadera pureza que tendría que haber en la vida. Una norma higiénica para evitar quizás contagios y sobre todo en un pueblo errante por aquellos desiertos se había convertido en ley de purificación; lo que podía ser una imagen que nos hablara de algo profundo, se había quedado en convertir la imagen en ley. Y así Jesús les hace ver que en muchas otras cosas habían introducido sus normas y costumbres anulando la ley del Señor que era muy anterior que todo aquello y más importante y esencial. Pero era algo que les costaba aceptar, por lo que se resistían a la novedad del evangelio de Jesús.

No nos quedemos en pensar y juzgar la actitud de aquellos fariseos o de las gentes en los tiempos de Jesús y pensemos y reflexionemos por donde van realmente nuestros caminos. ¿No nos habremos llenado también de unas tradiciones y costumbres que algunas veces desvirtúan toda la novedad del evangelio de Jesús? ¿Dónde hemos puesto el evangelio? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida? ¿Nos estaremos dejando impregnar de verdad por los valores del evangelio o aun seguimos con nuestras vanidades y apariencias? Creo que gastamos mucho esfuerzo muchas veces en nuestras comunidades en vanidades que no son lo esencial del evangelio.

miércoles, 5 de febrero de 2025

El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

 


El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

Hebreos 12,4-7.11-15; Salmo 102;  Marcos 6,1-6

Si es el hijo del carpintero… fue la reacción, tenemos que decir que totalmente ordinaria y normal, de la gente de su pueblo. Hasta ellos había llegado la fama de lo que Jesús venía haciendo en Cafarnaún y los distintos pueblos y aldeas por toda Galilea; la fama de sus milagros, la gente que se entusiasmaba y se iba detrás de Jesús, sus enseñanzas que entusiasmaban a la gente porque les parecía escuchar algo nuevo, o algo dicho de una manera distinta a como estaban acostumbrados. Y la fama había llegado hasta Nazaret y ahora lo tenían en medio de ellos. ‘¿De donde saca esa sabiduría?’

¿Dónde habrá aprendido este muchacho tanto?, decimos también en nuestros pueblos y en nuestros ambientes cuando alguien destaca. Como nos conocemos de siempre ahora nos sentimos quizás asombrados, pero sabemos que siempre surge algo más. Hay un orgullo de pueblo cuando destaca alguien de los nuestros y podemos tender a ponerlo como el que no va más; nadie ha salido de nuestro pueblo como este; aunque también aparecen por debajo, disimuladamente quizás al principio, ciertas desconfianzas, buscamos segundas intenciones, tratamos de recordar cosas reales o imaginarias muchas veces, socavamos el prestigio cuando nos pueden hacer sombra, y ya sabemos cuando somos cuando nos dejamos arrastrar por esas malicias y desconfianzas.

Conociéndonos no nos extraña la actitud desconfiada de la gente de Nazaret. Nos sucede con mucha facilidad entre nosotros, vamos de la euforia y el entusiasmo a la descalificación y a las envidias con una velocidad de vértigo. Siempre tenemos nuestros peros y nuestras pegas. Es lo que le estaba pasando a la gente de Nazaret con Jesús. Lo conocemos de siempre, sabemos quien es su familia, es el hijo del carpintero. Y ya Jesús dirá que un profeta nunca será bien mirado en su pueblo.

Y siente pena Jesús por la falta de fe su gente. Allí ha venido a anunciar con toda claridad, con palabras del profeta como nos narrará san Lucas este mismo episodio, lo que era su misión, la tarea evangelizadora que quería realizar. Su Palabra y su presencia querían ser siempre buena noticia para todos, porque eso como se nos dirá en otra parte anuncia la amnistía del Señor, el año de gracia del Señor. Pero no lo aceptaban porque simplemente era el hijo del carpintero.

Nos tiene que hacer pensar en nuestra aceptación personal de esa Buena Noticia, esa aceptación del Evangelio que nos anuncia Jesús. ¿Qué filtros ponemos por medio cuando escuchamos las palabras del Evangelio? El peor filtro es ya no ser capaces de escuchar el evangelio como una buena noticia; nos lo damos por sabido, no nos significa nada nuevo, vamos llevando por delante nuestros prejuicios, sí, nuestras previas interpretaciones, porque recordamos esto y lo de más allá, nos acordamos lo que en otro momento escuchamos o nos explicaron, y ha perdido la frescura de la novedad con que tenemos que escucharlo.

Pero además hemos de decir y reconocer que el Evangelio, es cierto, nos llega a través del texto escrito, pero el evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado. Es el evangelio hecho testimonio en la vida de tantos testigos. Y es el evangelio que tanto nos cuesta aceptar, recibir, escuchar. La gente de Nazaret no escuchaban entonces el mensaje porque era el hijo del carpintero a quien tenían delante; también nosotros vemos a tantos como el ‘hijo del carpintero’ que ya nada nos dice porque decimos que lo conocemos de siempre.

Cuánto nos cuesta aceptar el testimonio de los demás, cuánto nos cuesta ver las cosas en las que se manifiestan esos testigos delante de nosotros. Son filtros que vamos poniendo a la Palabra de salvación que Jesús nos ofrece. Hay muy bonitos testimonios a nuestro lado que tenemos que saber descubrir, porque a través de ellos el Señor nos habla. ¿Aprenderemos de una vez por todas a dejarnos sorprender por el evangelio?

 

lunes, 27 de enero de 2025

Cuidado con las posturas combativas ante la novedad del evangelio y se nos pide que algo o mucho en nosotros o nuestras comunidades tenemos que transformar

 


Cuidado con las posturas combativas ante la novedad del evangelio y se nos pide que algo o mucho en nosotros o nuestras comunidades tenemos que transformar

Hebreos 9,15.24-28; Salmo 97; Marcos 3,22-30

Eso no puede ser así. Cuántas veces habremos reaccionado así ante lo que no esperábamos, nos resultaba una sorpresa, venía como a romper nuestros esquemas, se nos planteaban cosas nuevas que iban contra lo que estábamos acostumbrados y se habían convertido como en una rutina en la vida. Eso no puede ser verdad, cómo nos van a cambiar las cosas, y en cierto modo nos volvemos muy conservadores, pero conservadores frente a aquello que nos pueda inquietar, nos haga cambiar nuestros esquemas y ahora nos exija un esfuerzo distinto, o salirnos de aquello a lo que estábamos acostumbrados. Nos cuesta hacernos planteamientos nuevos. Preferimos que las cosas no cambien y más cuando quizás nos hagan desposeernos de nuestros privilegios, o aquello que decimos que nos hemos ganado.

Ese impacto se estaba produciendo en muchos tras la presencia de Jesús, lo nuevo que nos estaba anunciando y los signos que iba realizando de lo nuevo que El realmente quería para el hombre, para cada persona. Era inquietante para muchos lo que Jesús iba anunciando, rompía de alguna manera sus esquemas. Chocaba la idea que se tenían sobre lo que había de ser el Mesías y la manera cómo Jesús se presentaba. Para ellos no podía ser el Mesías. Es cierto que sus palabras tenían un sonido profético, pero en la tradición judía aunque posteriormente valoraran mucho a los antiguos profetas en su momento siempre los rechazaron, sus palabras les resultaban incómodas, eran desprestigiados y perseguidos por los poderosos de su tiempo. Ahora le estaba pasando a Jesús. De Jerusalén llegaban a Galilea continuas embajadas para indagar lo que allí estaba sucediendo, para vigilar las palabras de Jesús y para de alguna manera quitarle valor a los signos que realizaba.

Es lo que ahora está sucediendo. Jesús libera del mal en sus enfermedades, como un signo de lo que en verdad quería realizar en nosotros, y era así que consideraban la enfermedad como un castigo divino o como una posesión del maligno, por eso se nos habla continuamente de la expulsión de los demonios por parte de Jesús. Pero ahora vienen a decir aquellos que han llegado desde Jerusalén que lo que Jesús realiza no es obra de Dios sino que lo está realizando con el poder del maligno. Una contradicción bien difícil de admitir, como incluso Jesús querrá hacerles razonar. Un reino dividido no puede subsistir.

Y Jesús habla de ese terrible pecado. Porque es una desconfianza del poder de Dios, es una atribución al maligno lo que solo puede ser obra de Dios, como es toda nuestra liberación del mal. Más duros se pondrán cuando Jesús hable del perdón de los pecados, por lo que terminarán llamando blasfemo a Jesús. Es un pecado difícil de perdonar, porque nunca se será capaz de reconocer ese pecado, esa malicia que llevamos en el corazón.

Nos chocan y nos parecen incomprensibles aquellas actitudes que muchos mantenían ante la buena noticia que Jesús les anunciaba con su presencia, con sus palabras y con los signos que realizaba. Pero, ¿por qué no pensar cómo nosotros también queremos ralentizar la actuación de la gracia de Jesús en nuestra vida? Nos cuesta reconocer nuestra propia realidad de pecado, ponemos también nuestros limites en la interpretación muchas veces interesada que nos hacemos del evangelio de Jesús; vivimos apoltronados en nuestras rutinas contentándonos con lo que hacemos y sin atrevernos a abrir nuestro espíritu a algo más, a algo nuevo que el espíritu del Señor pueda suscitar en nuestro corazón, también nos ponemos en una actitud defensiva ante los cambios y transformación que hemos de dar en nuestra vida personal o en nuestras comunidades cristianas, seguimos en nuestras rutinas de cada día y no terminamos de dar los pasos de renovación que sabemos bien que tendríamos que dar, nos falta ese espíritu misionero que tendría que brotar de una fe viva.

Pidamos que el Señor nos dé esa valentía que necesitamos para dar esos necesarios pasos de conversión.