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martes, 22 de septiembre de 2026

Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

 


Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Hay hechos o palabras que algunas veces de entrada nos desconciertan porque parece que no están en la onda de lo que nosotros esperábamos, de lo que podría ser lo justo o lo correcto según los parámetros que habitualmente utilizamos para juzgar lo que nos sucede en la vida, pero que sin embargo pueden ser cosas que tras el primer impacto nos abren a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una nueva manera de ver la realidad.

Esto nos sucede en cosas que nos suceden en la vida o en nuestros encuentros con personas que de alguna manera nos sirven de revulsivo para nuestra realidad, con personas de una manera de actuar ciertamente profético no porque sean anuncio de cosas futuras como algunas veces entendemos lo del sentido profético, sino que nos hacen ver la realidad de una manera distinta y nos hacen plantearnos la vida de cada al futuro de una forma nueva.

Es lo que nos puede suceder con el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, o como nos sucede tantas veces cuando con espíritu abierto recibimos el evangelio, esa buena noticia que Jesús quiere ofrecernos. Si es evangelio no es para que sigamos con viejas noticias o maneras de ver, sino que en verdad tiene que ser novedad en nuestra vida. Es el sentido de la palabra misma, pero que no se queda en la palabra sino en el mensaje que nos quiere transmitir.

Hoy el evangelista comienza narrándonos que María y los familiares de Jesús vienen en su búsqueda, quieren acercarse a Él con la dificultad de toda la gente que rodea a Jesús que viene a ser como una barrera para ese acercamiento. El evangelio muchas veces nos habla de esas aglomeraciones que se forman en torno a Jesús, cómo la gente se apretujaba alrededor de Jesús porque todos querían estar cerca, todos querían escucharle, todos querían sentir el beneficio de su presencia. Nos habla de las multitudes que de todas partes salen al encuentro con Jesús allí por donde va, de los que le rodean haciendo que aquella pobre mujer se contentara con tocar la orla del manto de Jesús, de los que se apretujaban a su puerta haciendo que quienes llevaban a aquel paralítico rompieran el techo para hacerlo descender hasta los pies de Jesús. Es lo que ahora sucede cuando María y sus hermanos, como se dice en el lenguaje del evangelio, quieren llegar también hasta Jesús.

Le llevan la noticia a Jesús y en lugar de abrirles paso para que puedan llegar hasta Él nos dice algo que en principio nos deja desconcertados. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ ¿No los reconoce Jesús? Quiere decirnos algo más, quiere abrirnos nuevos horizontes, quiere hablarnos de una nueva familia. ¿No nos había dicho ya el evangelio que no por la carne o por la sangre se iba a comenzar a ser familia de Dios, hijos de Dios, sino por la fuerza del Espíritu en quienes creen en El? Es lo que ahora nos está diciendo Jesús. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

‘Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, nos dice. Ese escuchar es algo más que oír unas palabras; ese escuchar es ponerse en camino para algo nuevo y distinto; ese escuchar es un sentido nuevo para la vida, para nuestras relaciones, para lo que somos y para lo que hacemos, para una nueva manera de mirar al que está a nuestro lado, para sentir que entramos en una nueva relación con los demás de manera que nadie es ajeno o está distante de nuestra vida, para derribar barreras que nos aíslan o abismos que nos distancian porque hemos borrado todas las distinciones y alejado de nosotros todo tipo de discriminación, para una nueva forma de hacer camino en la vida.

No es solo dejar que las palabras entren por nuestros oídos, es hacer que queden sembradas en el corazón, es sentir que son siembra en nuestra vida que le da una nueva fecundidad, es comenzar a quitar la dureza de nuestro corazón para que esa semilla quede bien sembrada, es quitar pedruscos y abrojos de caprichos o de vanidades para hacer que en verdad germine como en tierra buena, es comenzar a sentir que estamos en el mismo campo que entre todos tenemos que mejorar, es apreciar que aunque no tengamos la misma sangre sin embargo hay unos nuevos lazos que nos unen porque comenzamos a amarnos de verdad.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Se preguntaba Jesús, pero nos está hablando de una nueva familia. ¿Estaremos convencidos nosotros que tenemos que ser esa nueva familia de Jesús no solo porque digamos que creemos mucho y tenemos mucha fe sino porque comenzamos a llevar a la vida ese sentido del Reino de Dios del que nos habla Jesús?


viernes, 13 de febrero de 2026

Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor

 


Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor

1 Reyes 11,29-32; 12,19; Salmo 80; Marcos 7,31-37

Qué importante y necesario es que nuestros sentidos, podríamos decirlo así, estén despiertos, estén en la plenitud de lo que están llamados a ser; podemos olfatear el perfume de una rosa como podemos contemplar la belleza de su forma y colorido, podemos llevarla en nuestras manos y convertirla en una ofrenda de amistad y de amor a aquellos que apreciamos y que amamos; podemos escuchar el sonido cantarino de cuanto nos rodea, pero sobre todo podemos entrar en comunicación con los demás escuchándoles y entrando en diálogo de amistad con los que nos rodean. Qué tremendas barreras se interponen cuando nos falla alguno de nuestros sentidos, de alguna manera es como si nos sintiéramos mutilados porque algo ya nos está fallando en nuestra comunicación aunque tengamos el ingenio de buscar otros medios para esa comunicación que nos falta.

Es muy significativo el milagro del que nos habla hoy el evangelio. Jesús, además en esta ocasión, estaba también fuera del territorio propiamente judío, pues estaba en la Decápolis, una zona bordeando la Galilea pero que realmente era tierra de paganos. Es importante el detalle, pero fijémonos en la intensidad a la que vez que sencillez del relato. Le traen un sordomudo para que lo cure. Hay un trato muy humano y personalizado de Jesús con este hombre expresado en los gestos que acompañan el hecho. Jesús toca los oídos y la lengua de este hombre. Solo hay una palabra, ‘Effetá’, ¡ábrete! Y aquel hombre pudo oír y pudo hablar, pudo entrar de nuevo en relación con los demás saliendo de ese mundo de silencio en que vivía.

¿Qué significará para nosotros? Aunque muchos sean los ruidos que nos rodean y nos aturden en este mundo en que vivimos algunas veces queremos aislarnos, y no porque le temamos a los ruidos que muchas veces los buscamos, sino porque quizás no queremos que llegue a nosotros ese sonido incisivo, esa palabra clara y diáfana que nos va a hacer encontrarnos con nosotros mismos o también con la autentica realidad que nos rodea. Nos queremos desentender, no queremos saber en tantas ocasiones, porque en medio de esos sonidos que nos llegan pueda haber interpelaciones a nuestra vida, pueden planteársenos interrogantes, se nos pueden estar pidiendo respuestas que quizás no queremos dar para no comprometernos.

No son ya las carencias que podamos tener en nuestros sentidos sino las sorderas que nos buscamos, las barreras que ponemos, las distancias que vamos creando, allí donde hay una palabra o una realidad que quizás hiere nuestra sensibilidad y no queremos sufrir y por eso no nos queremos enterar. Nos sucede en relación a la realidad de ese mundo que nos rodea, pero tendríamos que analizar si acaso nos está sucediendo con aquellos que son más cercanos a nosotros, en la pareja, en la familia, en el grupo de los amigos, en ese mundo complejo de los compañeros de trabajo, comenzamos a no escuchar, a pasar de largo, a hacernos los sordos, a aislarnos queriendo vivir encerrados ‘pacificamente’ en nuestra torre, pero donde la larga no vamos a encontrar paz.

El evangelio llega a nosotros en esa mano de Jesús que nos toca, nos quiere hacer despertar, que mete sus dedos en nuestros oídos o nos toca nuestra lengua. ‘Effetá’, nos dice. Abre tus oídos, suelta tu lengua, escucha, escucha a quien te habla y quiere entrar en comunicación contigo. Escucha la Palabra de Dios que viene a despertar tu vida para que formemos un mundo nuevo, Reino de Dios lo llamamos, donde se haga una nueva familia, un nuevo sentido de humanidad. Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor.

sábado, 5 de julio de 2025

Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad que siempre será la novedad del evangelio

 


Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad que siempre será la novedad del evangelio

Génesis 27, 1-5. 15-29; Salmo 134;  Mateo 9, 14-17

¡Cómo han cambiado los tiempos!, decimos muchas veces cuando observamos la evolución que se va produciendo en la vida en todos los aspectos; cosas que hasta no hace muchos años utilizábamos en muchas de nuestras tareas ahora han quedado en el olvido porque se nos ofrecen otros materiales, otros instrumentos con lo que lo hacemos ahora con toda facilidad; es la evolución de la ciencia y de la técnica que facilita tantas cosas, es todo este mundo de la informática, de Internet, de las redes sociales, de los medios de comunicación que a muchos coge a traspiés y si no sabemos irnos actualizando continuamente pronto nos quedaremos bien obsoletos con toda la carga de su significado que tiene la palabra. No digamos de las costumbres, de las leyes que regulan la convivencia y la vida social y también, por qué no hay que decirlo, de valores que quizás se están perdiendo. ¿A dónde vamos? ¿En qué nos quedamos?

Sin embargo a veces surgen resabios de añoranzas en algunos que quisieran volver para detrás, pero aunque busquemos unos valores estables, que siempre hemos de buscar, no significa que nos encerremos en cosas que solamente hacemos como una vieja costumbre, muchas veces como una rutina, y que las hacemos porque sí, pero sin buscarle o darle un verdadero sentido. Quizás en la propia evolución de la vida del hombre, de las costumbres y de la mayor profundización en nosotros mismos, en otras épocas se vivían unas normas o costumbres que respondían a lo que era la vida del hombre en aquellos momentos; muchas veces quizás dejándonos arrastrar por viejas tradiciones que podían tener su sentido entonces, pero que en la medida en que crece la libertad interior de la persona no necesitamos de aquellos corsés para mantener una rectitud de vida.

No podemos perder de vista nunca lo que es la dignidad de la persona, de toda persona, que en nuestra antropología cristiana la describimos desde la dignidad con que Dios nos creo, como nos dice la Biblia, a su imagen y semejanza; a eso tienen que ir unidos unos valores, unos principios de vida, unos fundamentos que van a garantizarnos esa dignidad. Es con lo que Cristo quiero hacer que nos encontremos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios nos está hablando de la grandeza del hombre, de la persona, desde ese Dios a quien llamamos nuestro Señor, pero que es nuestro Padre y Creador, encontramos la dignidad del hombre, su valor y su grandeza. Y de ese camino nada ni nadie nos pueden desviar.

En la rigidez de un pueblo que se veía acosado por todos los pueblos de alrededor, con otros valores u otros principios de vida, Moisés marcó unas pautas muy rígidas para que el pueblo no se desviara de los caminos de Dios. Era toda la ley de Moisés fundamento del camino de todo el Antiguo Testamento. Pero los profetas ya fueron señalando lo que tenía que ser fundamental en esa fe del pueblo creyente y anunciaban unos tiempos nuevos, unos tiempos mesiánicos, en que se haría presente aquel Salvador que Dios había prometido, desde la caída en el pecado en el paraíso terrenal. Llegaban esos tiempos nuevos.

Es lo que significaba la presencia de Jesús, ese tiempo nuevo de una nueva liberación para crear un hombre nuevo y un mundo nuevo. Aquellos tiempos oscuros del pasado tenían que quedar atrás, porque quien viviera esa alegría de la nueva liberación, ya no tendría que vivir con los crespones negros de la tristeza. La Ley de Dios que a través de Moisés había guiado al pueblo en su camino creyente ahora alcanzaba la plenitud. Por eso Jesús no dice que venga a abolir la ley, sino que lo que quiere es darle plenitud. Era una renovación, porque era una nueva vida lo que Jesús nos ofrecía; Jesús nos enseñaba a vivir en una libertad nueva, la libertad de los hijos de Dios, porque la verdad nos hace libres. Y era el encuentro con la verdad, el encuentro con Jesús Camino, Verdad y Vida.

Para eso Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, porque nos está dando un nuevo sentido a la vida y a lo que hacemos. Todo parte del amor, porque es una manifestación de lo que es el amor de Dios, pero que ha de ser también nuestro camino. Y quien ama de verdad vive la mayor y mejor alegría del corazón. Por eso nos dirá que los amigos del novio no pueden estar tristes en la boda del novio. Por eso nos hablará Jesús que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo; por eso nos hablará que el vino nuevo no puede seguir en los odres viejos, sino que necesitarán unos odres nuevos.

Los tiempos nuevos que nosotros hemos de vivir no son simplemente los tiempos de las nuevas tecnologías o de los nuevos medios de comunicación; no pueden consistir en que ahora tengamos unas nuevas formas de vestir tan distintas a las que usábamos en otros tiempos; no es cuestión solamente de que la ciencia haya avanzado y se hagan o se vean las cosas de otra manera.

El tiempo nuevo que hemos de vivir es el que nos traza el evangelio, que no es volver a viejas costumbres o a viejos ritos, sino descubrir lo hondo que nos enseña el evangelio para hacer crecer más y más la dignidad de la persona, y que seamos capaces de entrar en un mundo de una verdadera comunicación, no porque tengamos unas nuevas redes sociales para relacionarnos, sino porque vayamos siempre a lo más hondo de la persona en el respeto y valoración de toda su dignidad, pero haciendo que en verdad hagamos un mundo de una nueva humanidad.

No podemos perder esa humanidad y a pesar de todos los medios que tenemos hoy para relacionarnos y comunicarnos, estamos perdiendo sensibilidad, vivimos demasiado en la indiferencia, y no hay verdadera relaciones humanas entre unos y otros porque muchas veces vamos como desconocidos por el mundo de los que están a nuestro lado.

Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad. Es lo que siempre será la novedad del evangelio.

martes, 17 de junio de 2025

Ojalá llegue el día en que los latidos del amor marquen el ritmo de los latidos del corazón de todos para hacer esa nueva humanidad que es el Reino de Dios

 


Ojalá llegue el día en que los latidos del amor marquen el ritmo de los latidos del corazón de todos para hacer esa nueva humanidad que es el Reino de Dios

2Corintios 8,1-9; Salmo 145; Mateo 5,43-48

En fin, tras la lectura de este evangelio tenemos que decir que Jesús nos dice que no solo tenemos que amar a los que ya son amigos, sino que tenemos que sentir como amigos a todos. Entendemos que la palabra amigo significa algo así como amado, porque los amigos se quieren y lo manifiestan en muchos gestos y actitudes buenas que tenemos unos con otros, confianza, cercanía, acompañamiento, estar ahí para lo que nos necesiten, compartir que no son solo cosas sino algo más de nosotros mismos, pues nos contamos nuestras cosas, nuestros proyectos… claro que me vas a decir si ahora tengo que contarle las cosas a todo el mundo, es algo distinto, es algo más profundo pues es abrir las puertas del corazón a los demás.

Porque amar solo a los que nos aman como terminará diciéndonos Jesús lo hace cualquiera, pero es que nuestro amor cristiano, que es nuestro distintivo tiene que ser distinto. De ahí esa apertura de nuestro corazón. Por eso ha comenzado Jesús diciéndonos que tenemos que amar también a nuestros enemigos y rezar por ellos. Aquí corrige la ley antigua que habían interpretado hasta entonces demasiado a la letra y era algo que no podía entrar en los caminos del amor.

Pero Jesús es tajante. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen…’ y nos da una razón muy importante. Será así cómo vamos a manifestar que somos hijos de Dios; porque Dios ‘hace salir el sol sobre malos y buenos, y deja caer la lluvia sobre justos e injustos’. Y cuando Jesús nos pone como modelo de nuestro amor a Dios, ahora nosotros vamos a enmendarle la plana a Dios y le vamos a decir, ahí te equivocas, a los que son malos con nosotros no los vamos a amar. Por eso nos dice que incluso recemos por aquellos que nos han hecho mal, que nos han hecho daño. Cuando comienzas a rezar por alguien lo estás poniendo en tu corazón, y si pones a alguien en tu corazón pronto poco a poco comenzarás a amarle.

Nos habla Jesús de enemigos, pero es que quien ama no se puede considerar enemigo de nadie, ni a nadie puede considerar su enemigo. Claro, pero puede suceder que alguien si se considere enemigo nuestro, nos mire mal, nos desee mal, incluso trate de hacernos mal. Y es aquí donde tienen que aparecer las verdaderas y grandes motivaciones para el amor. Yo diría que claves o piezas importantes para el amor son la comprensión y la misericordia.

Me explico. ¿Por qué alguien se considera enemigo mío? ¿Se sentirá ofendido o molesto conmigo por algo? Tendríamos que analizarnos nosotros los primeros si habrá habido algo en nosotros, un gesto, una actitud en un momento determinado, por el que se sienta ofendido, y claro que tenemos que ser nosotros los que demos el primer paso; pero la comprensión tiene que ir más allá, no nos podemos contentar con decir qué culpa tengo yo de que él tenga un mal momento. Pues eso, todos tenemos malos momentos en la vida y tenemos que ser comprensivos en lo que pueda estar pasando la otra persona para actuar de una manera determinada; conociendo más hondamente seguramente comenzaremos nosotros también a ver las cosas de otra manera.

Y hablábamos también de la otra clave, la misericordia. Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo. Y lo que decíamos antes de la oración lo podemos ver aquí también; misericordia es algo así como poner el corazón al lado de la miseria del otro; pongámonos en su lugar, o más aun, hagámosle lugar en nuestro corazón y cuando sintamos sus latidos al ritmo del nuestro, aunque algunas veces discorden, no vayan al mismo ritmo, hará que al final los latidos del amor pongan un ritmo nuevo no solo en nuestro corazón sino también en el corazón del otro.

Ojalá un día esos latidos del amor sean los latidos que marquen la vida de todos.

domingo, 15 de junio de 2025

Nacidos para amar, para ser hijos de Dios, para entrar en comunión con toda la creación, y en esa comunión de amor con todos porque somos a imagen y semejanza de Dios


Nacidos para amar, para ser hijos de Dios, para entrar en comunión con toda la creación, y en esa comunión de amor con todos porque somos a imagen y semejanza de Dios

Proverbios 8, 22-31; Salmo 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15

Cuando litúrgicamente hemos retomado el tiempo Ordinario parece que aun no queremos olvidar el sabor de la Pascua, nos hemos quedado hambrientos de Pascua y es por lo que en este domingo nos dejamos envolver por todo el misterio de Dios al contemplar y celebrar la Santísima Trinidad de Dios. Porque la Pascua a eso nos ha llevado, a introducirnos en el misterio del Dios amor dejándonos envolver por El en el misterio de su Trinidad.

Decimos misterio, en todo lo referente a Dios, porque realmente sentimos que es algo que nos supera, toda la inmensidad de Dios, toda la inmensidad de su amor que nos regala y que nos da vida, pero es que nuestra vida no puede ser otra cosa sino reflejar en nosotros esa comunión de amor que es la Santísima Trinidad.

Allá en las primeras páginas de la Biblia hay algo maravilloso que viene a definirnos nuestra vida, lo que Dios quiere de nosotros cuando nos ha creado. ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’, nos dice. Hechos a imagen y semejanza de Dios, somos algo más que unas células que conforman nuestro cuerpo y decimos que somos un ser humano. Hemos sido creados, repito y esto es algo muy importante en nuestra fe y nuestra antropología, a imagen y semejanza de Dios; y hablamos de inteligencia y voluntad, es cierto, como unos dones maravillosos que Dios nos ha dado, pero no nos podemos quedar ahí sino que por esa inteligencia y por esa voluntad estamos capacitados para amar.

Y esto es lo grande que contemplamos en Dios y que tenemos que revertir en nosotros. Dios no es un ser inaccesible en toda su inmensidad; primero en Dios encontramos una relación de amor y de comunión entre las tres divinas personas que conforman esa unidad en la Trinidad, pero que no se encierra en sí mismo sino que se va a manifestar en toda la creación y sobre todo en su criatura más amada que es el ser humano. Se nos manifiesta porque nos da la posibilidad de que le conozcamos, porque El mismo se nos revela; se nos manifiesta revelándose a si mismo para que así podamos nosotros entrar en esa comunión con El; se nos manifiesta inundándonos de su amor para que ese amor amemos, no solo a El, a Dios, sino que podamos entrar en esa comunión de amor con los demás. Es lo maravilloso de lo que nos hace participes cuando nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, nacidos para amar, nacidos para ser hijos de Dios, nacidos para entrar en comunión con toda la creación, nacidos para que entremos en esa comunión de amor con los demás creando así una nueva humanidad.

Es lo que contemplamos y celebramos, pero no solo para mirar al cielo, sino también para mirar al suelo, para mirar cuanto nos rodea, para mirar a cuantos conformamos  esta humanidad haciendo posible esa nueva relación de amor de unos y otros. Podemos decir que nos adentramos en esa inmensidad de Dios, pero más aun que dejamos y sentimos que es Dios mismo el que se hace presente en nuestra humanidad. ¿No decimos que somos morada de Dios y templos del Espíritu?

Pero allí donde está Dios tiene que estar también el hombre, porque ya nos enseña Jesús que en el otro tenemos que saber descubrirle a El, saber contemplar a Dios, pero es que si no damos entrada al otro en nuestro corazón significa también que no estamos dejando entrar a Dios en nuestra vida. Estaremos poniendo a Dios en nuestro corazón, dejando que inhabite en nosotros, en la medida en que dejamos entrar en nuestro corazón al otro, al que siempre tenemos que ver como un hermano, porque ya siempre lo estaremos viendo desde el prisma del amor.

El verdadero creyente nunca puede ir solo por la vida, como si él se bastara a si mismo. Siempre decimos que como creyentes caminamos con Dios porque miramos con los ojos de Dios pero también porque tenemos que dejar que nuestras manos sean las manos de Dios. Cuando puso en nuestras manos la obra de su creación no solo para que la disfrutemos sino para que continuemos creándola desde nuestra inteligencia y nuestra capacidad, está poniendo en nuestras manos al hombre, a todo hombre y mujer al que estaremos haciendo llegar ese amor Dios.

Como vemos son muchas las consecuencias y entonces compromiso de vida para nosotros desde la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad. Como decíamos no nos quedamos mirando al cielo sino que tenemos que poner bien los pies sobre la tierra para mirar con una mirada nueva cuanto nos rodea, para vivir esa hermosa comunión con los demás a imagen de la comunión de amor de Dios. No nos quedamos ensimismados, sino que nos tenemos que poner en camino de amor y de comunión.


viernes, 8 de diciembre de 2023

La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

 


La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Apenas iniciado el camino del Adviento nos aparece la figura de María en esta hermosa fiesta tan entrañable para todos de la Inmaculada Concepción de María. Viene como a condensar todo el camino que vamos haciendo acompañados de los profetas y de Juan Bautista, donde María nos aparecerá también en el momento oportuno en la cercanía de la Navidad. Pero hoy nos aparece esta fiesta que es una fuerte invitación a que lancemos el grito de la esperanza porque tenemos la certeza de la victoria de la vida del amor sobre la muerte.

Bien necesitamos ese aliento para el camino que en Maria encontramos. A veces nos encontramos desalentados cuando nos sentimos envueltos en tantas negruras de muerte y de violencia, de enfrentamientos sin sentido ni razón, de insensibilidad y de inferencia que nos hace insolidarios y egoístas porque solo nos miramos a nosotros mismos y no sabemos abrir el corazón a lo que en verdad nos pueda elevar y trascender. Pero es posible un mundo nuevo y distinto; no van a ser los orgullos y las ambiciones los que nos dominen y sigan esclavizando, porque con Maria aprendemos a abrir nuestra vida para que se llene de Dios cuando sabemos abrir el corazón con mirada nueva a los que nos rodean.

Es el aliento que de Maria recibimos haciendo renacer las esperanzas en nuestro corazón. El orgullo de querer ser como Dios destruyó el plan de Dios que quería una humanidad para la dicha y la felicidad; por algo en la imagen de la Biblia aparece el hombre colocado en un jardín que tenía que ser las delicias para la humanidad, pero cuando nos endiosamos nos destruimos a nosotros mismos y causamos destrucción a nuestro alrededor. Qué pronto comenzó la desconfianza en el corazón del hombre cuando se dejó seducir por el pecado; se escondieron porque se dieron cuenta de que estaban desnudos, nos dice el autor sagrado. Y pronto comenzarán las culpabilizaciones, como siempre hacemos en la vida, cuando no queremos reconocer nuestros errores y siempre se los queremos aplicar a los demás. Fue el querer pasarse la pelota entre Adán y Eva, finalmente terminando en la serpiente del maligno.

Es la historia de las negruras de nuestra vida, pero hoy contemplamos a quien no se esconde aunque sienta la humildad de su pequeñez sino que se siente sorprendida con el misterio de Dios que el ángel le está comunicando. Le cuesta entender el misterio – se puso a rumiar y considerar lo que significaban aquellas palabras – pero está pronta, aunque se siente pequeña, para ponerse a disposición del plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

Una nueva aurora se despliega para la humanidad. Será posible la victoria del amor y de la vida. María nos está abriendo el camino. El velo de sombras se va a descorrer porque algo nuevo va a comenzar. Dios está con nosotros, va a ser para siempre el Emmanuel y el sí de aquella doncella de Nazaret hizo posible el nacimiento de una nueva humanidad, porque Dios sigue creyendo en el  hombre, sigue contando con el  hombre y por eso El mismo se hace hombre. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’.

Es cierto que es el Misterio de la Navidad para el que nos estamos preparando y que pronto vamos a celebrar. Hoy con María Inmaculada estamos ya pregustando los gozos de esa fiesta, porque ha renacido la esperanza en nuestros corazones. Es el grito de la esperanza que con María en esta fiesta en que la contemplamos toda pura, sin pecado concebida en virtud de los méritos del que iba a nacer de sus entrañas nosotros queremos proclamar. Es posible ese mundo nuevo en que ya nunca nos escondamos con nuestras malicias y nuestras desconfianzas, en que ya para siempre seamos capaces de tendernos la mano para caminar junto, en que nuestras palabras no serán ya más para el enfrentamiento acalorado culpando siempre a los demás de nuestros males y por eso queramos destruirlos, sino que va a nacer un reino nuevo de amor, de justicia y de paz.

Para nosotros es un compromiso y muy serio. Porque celebrar esta fiesta de María no es para quedarnos estáticos y cada uno en su rincón, sino que es y tiene que ser un ponernos en camino. Como lo hizo María, pronto la veremos en camino para buscar un lugar donde ir a servir, donde llegar la alegría de Dios que desbordará incluso de la casa de Zacarías e Isabel porque se trasportará por todas las montañas de Judea como un adelanto de los cánticos y de gloria y de paz que meses mas tarde harán resonar los ángeles por los campos de Belén anunciando el nacimiento del Salvador.

¿Será lo que nosotros también tenemos que hacer ya desde este día y desde esta fiesta de la Inmaculada? ¿Cuáles van a ser los verdaderos cánticos de paz que tienen que resonar en la noche de la navidad? ¿Veremos pronto la paz en aquellos lugares de conflicto y de guerra o seguirá sin poderse celebrar la noche de Navidad en Belén como algunos anuncian que sucederá en este año? ¿No podremos cambiar nosotros esos anuncios porque allí donde estemos construyamos más comprometidamente la paz?

Creo que María Inmaculada a eso nos está invitando. Ojalá podamos cantar ese cántico nuevo porque sentimos que el Señor sigue haciendo maravillas.

domingo, 20 de diciembre de 2020

De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que tiene que brotar

 


De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que  tiene que brotar

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27;  Lucas 1, 26-38

Es parte de la vida de todo ser humano. ¿Seremos soñadores? ¿O es que hay una inquietud en el ser del hombre por el que no se siente satisfecho con lo que tiene y quiere algo más o quiere algo mejor? Continuamente en nuestra vitalidad queremos las cosas mejor y de otra manera y nos hacemos proyectos, buscamos cómo hacer, qué hacer, cómo mejorar, mejores metas, otras cosas distintas. Dice que aquel que no tiene iniciativas y se queda pasivamente en lo que tiene y lo de siempre está como muerto. Parte de esa vitalidad la expresamos en los proyectos que nos vamos haciendo en la vida.

Pero voy a decir una cosa que parece que rompe todo el razonamiento que he venido haciendo hasta ahora. El que verdaderamente tiene proyectos para nosotros es Dios. El es quien realmente tiene un proyecto para cada uno de nosotros, como para toda la humanidad. Es lo que el creyente sabe reconocer, sabe descubrir. Es, podríamos decir, la base de nuestra condición de creyentes, el dejar meter a Dios en nuestra vida o darnos cuenta de que nuestra vida a la larga es un proyecto de Dios, un proyecto de amor de Dios para cada uno de nosotros.

Todos aquellos proyectos humanos, que mencionábamos, hijos de nuestra vitalidad son como las ramificaciones del proyecto de Dios en nuestra vida. Por eso el verdadero creyente confronta su pensamiento y su deseo con el deseo de Dios, con el proyecto de Dios y sabe en un momento determinado descubrir cuando parece que todos sus proyectos humanos se vienen abajo que detrás como motor de todo está ese proyecto de Dios. Un proyecto de Dios, hay que decir, que no nos anula, sino todo lo contrario, nos engrandece porque nos hará caminar caminos de mayor plenitud. Difícil descubrirlo a veces, difícil en ocasiones de aceptar porque parece que trastoca nuestros planes pero cuando nos dejamos llenar por el Espíritu de Dios nos daremos cuenta de ese camino de plenitud por donde realmente nos conduce.

Me atrevo a decir que es lo que hoy nos quiere trasmitir la Palabra de Dios en este cuarto domingo de Adviento. Será, como nos dice la primera lectura, el proyecto de David de construir un pueblo grande, porque además siente que es lo que le ha confiado el Señor. Ha logrado estar por encima de todos sus enemigos, ha llevado a su pueblo a la paz, está construyendo una Jerusalén grande, y ahora quiere construir un templo para el Señor. Parece justo que así lo hiciera porque además en el concepto de su tiempo los templos esplendorosos construidos para Dios manifestaban de alguna manera la grandeza de los pueblos.

Pero Dios no le permite construir ese templo, sino que le dice que es El quien le va a construir una casa para él. Dios le va a dar una hermosa dinastía y hará que su trono dure para siempre. La palabra casa y dinastía o linaje tienen en el lenguaje hebreo una fuerte consonancia (bayit en hebreo) que es casi como si significaran lo mismo y es lo que como en un juego de palabras el profeta le anuncia a David de parte de Dios.

Es lo que contemplamos también en el evangelio en este cuarto domingo de Adviento. Lo conocemos como el evangelio de la Anunciación que tantas veces hemos escuchado y meditado. El Ángel del Señor que viene de parte de Dios a ofrecerle a María el proyecto de amor de Dios, que no solo es para ella sino que va a ser para toda la humanidad. Un diálogo de fe y de amor. El ángel la saluda como la llena de gracia y María en su humildad que se turba ante estas palabras del ángel que le dice que ha hallado gracia ante Dios para que colabore en el proyecto de Dios para la salvación de toda la humanidad.

María vivía su vida pobre y sencilla en aquel pequeño pueblo de Galilea de nombre hasta entonces desconocido; está desposada con José aunque aún no se han celebrado las bodas; podríamos decir que tenía su proyecto de vida como cualquier mujer sencilla y humilde de cualquier pueblo de Galilea. Y ahora se trastocan todos sus planes y proyectos, que por muy sencillos que fueran, eran sus planes y proyectos. Dios espera de ella algo más. Y María es la mujer creyente que se abre al misterio y al designio de Dios. Cosas incluso incomprensibles para ella pero que ella sabe aceptar porque acepta la Palabra de Dios que se le está trasmitiendo.

Si ella vivía como mujer creyente poniendo toda su confianza en Dios que mueve los hilos de la vida y de la historia, ahora en esa actitud creyente le toca dar un paso más y está dispuesta a todo porque se siente la humilde esclava del Señor. María se deja hacer por Dios. Y el proyecto de amor de Dios se lleva a término encarnándose el Hijo de Dios en sus entrañas, de manera que el hijo de María será el Hijo del Altísimo, y el pequeña aldeano de Nazaret que nacerá será el heredero del trono de David su padre, cuyo reino no tiene fin.

Grande es la lección de María cuando estamos ya a las vísperas de la Navidad. Una lección de María que tenemos que aprender para el conjunto de nuestra vida cuando también en los caminos de la historia, y de nuestra historia reciente, muchas veces vemos como se nos vienen abajo nuestros proyectos, nuestros deseos, aquellas cosas por las que aspirábamos y que vemos que ahora no nos valen porque son muchas las cosas que han cambiado. Es la situación que vivimos en estos momentos y que tantas incertidumbres producen en nuestro corazón, pero donde tenemos que saber despertar muchas esperanzas de que algo nuevo vaya a surgir de todo lo que vivimos.

Detrás de todo lo que nos sucede como creyentes que somos tenemos que saber descubrir el designio de Dios. ¿Qué es lo nuevo que tiene que surgir para la humanidad de todo esto? Cuando sembramos la semilla para que germine y haga surgir una nueva planta su germinación es casi como un pudrirse, destruirse a sí misma la semilla para que brote ese nuevo vástago. ¿Será algo así lo que estamos viviendo? ¿Cómo será ese nuevo vástago lleno de nueva vida que tiene que surgir en nuestro mundo? Es lo que nos toca discernir, para discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy. Una nueva navidad tiene que brotar.

martes, 28 de enero de 2020

Una nueva relación, una nueva comunión que a todos nos hace sentirnos familia de una manera especial


Una nueva relación, una nueva comunión que a todos nos hace sentirnos familia de una manera especial

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23;  Marcos 3, 31-35
Somos conscientes de que las relaciones primarias y básicas de toda persona están en la familia en la que hemos nacido y donde  nos hemos criado, allí donde hemos crecido como personas en esa hermosa relación de amor entre padres e hijos, entre hermanos y también con el resto de la familia más cercano. Ese hogar que ha sido caldo de cultivo de esos valores de los que nos hemos impregnado y donde hemos aprendido a relacionarnos y a comunicarnos y que nos ha ayudado en ese crecimiento humano y espiritual.
Pero somos conscientes también  que hay otro entorno que ha ampliado ese campo de relación y que muchas veces tiene una riqueza extraordinaria que nos hace establecer unos vínculos tan fuertes en muchas ocasiones como aquellos que tenemos en el seno de la familia. Son los amigos, son esas personas cercanas a nosotros a los que miramos de una forma especial, de manera que aunque no hayan vínculos de carne y sangre sin embargo los vínculos son tan estrechos que con ellos nos sentimos como si fueran de la misma familia. Es una apertura hermosa que nos tendría que hacer mirar al mundo con otros ojos y que tendría que ser un camino de esa nueva fraternidad que entre todos los seres humanos tendríamos que establecer. Ya la Sagrada Escritura nos dice en los libros sapienciales que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano…’
Con estos preámbulos de reflexión que nos estamos haciendo no nos han de resultar extrañas las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el Evangelio. Estaba Jesús como siempre rodeado de gente que venia a escucharle y que a gusto se sentían con El apretujándose en su entorno para no perder ni una sola de sus palabras y para sentir el calor de su amor y cercanía. Y nos dice el evangelista que llegaron su madre y sus hermanos. No es necesario extendernos excesivamente para entender que la palabra hermano entre las gentes de aquella época y más en un mundo semita hace referencia a todos los familiares cercanos.
Le comunican a Jesús, ante la imposibilidad de poder llegar por si mismos a sus pies, que allí están su madre y sus hermanos. A algunos les podría parecer extraña la reacción y respuesta de Jesús pero creo que estamos en camino de entenderlo. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y derramando su mirada en torno en todos aquellos que le escuchaban exclamó: ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen…’
No rechaza Jesús la presencia de María, su madre, y demás familiares que le buscan. Pero Jesús nos está abriendo horizontes cuando nos anuncia el nuevo Reino de Dios; Jesús nos está hablando de esa nueva fraternidad que tenemos que aprender a vivir, donde en verdad todos nos sintamos hermanos; no han de ser solo los vínculos de la sangre los que nos han de unir, sino que han de haber otros vínculos de amor, de amistad, de cercanía, de fraternidad que nos han de hacer entrar en una nueva relación. ¿No ha de ser el amor nuestro distintivo? Pero no es un mero amor romántico o de bonitas palabras, sino que ha de ser otra relación más honda, más concreta, más palpable que nos ha de hacer sentirnos hermanos.
No perdamos de vista nunca lo que es el eje fundamental de la predicación de Jesús, el Reino de Dios; ese Reino de Dios que viviremos sintiendo que Dios es el único Señor de nuestra vida, pero donde todos hemos de sentirnos hermanos, donde hemos de cultivar esos valores del Reino que nos harán entrar en esa nueva relación que entre unos y otros ha de existir.