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miércoles, 15 de julio de 2026

Olfato para percibir el actuar de Dios, mirada creyente y contemplativa para leer que en lo pequeño y en lo sencillo también se nos manifiesta Dios

 


Olfato para percibir el actuar de Dios, mirada creyente y contemplativa para leer que en lo pequeño y en lo sencillo también se nos manifiesta Dios

 Isaías 10, 5-7. 13-16; Salmo 93; Mateo 11, 25-27

Algunas veces parece que solo vemos lo que tenemos, como solemos decir, en la punta de la nariz, lo que más brilla o lo que nos llama la atención por lo portentoso o nos parece más maravilloso, igual que ponemos filtros desde nuestros intereses o nuestras ambiciones, aquellas cosas que más nos complacen o simplemente de lo que nos produce envidia de lo que vemos en los demás.

Tener una mirada objetiva también nos cuesta, limpiar los filtros de nuestros ojos para ver con claridad no es fácil, pero no podemos olvidar que hemos de tener sin embargo ojos de discernimiento para saber descubrir lo mejor que quizás no está en eso aparatoso que nos encandila, para ir más allá de esos intereses o ambiciones, para saber escuchar con el corazón o ver lo maravilloso de las cosas pequeñas.

Estamos haciéndonos una reflexión en principio desde unas categorías o unos valores humanos que nos ayudan a ese crecimiento y maduración como personas en lo que todo tendríamos que estar empeñados. Pero como creyentes hemos de saber dar un paso más. Es a lo que nos está invitando Jesús hoy en este pasaje del evangelio. Jesús está haciendo una lectura orante con lo que está sucediendo con su presencia, con los signos que realiza y con la Palabra que anuncia, con la respuesta incluso que va encontrando y que hace sentir la acción de Dios en medio de su pueblo.

Le escuchamos cómo da gracias al Padre que se está revelando en los sencillos y que son precisamente los pequeños y los sencillos los que están más abiertos al misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños…’ Muchos comentarios nos hemos hecho en diversas reflexiones sobre estas palabras de Jesús. No los que aparentan más sabios son los que se abren al misterio de Dios; los pequeños y los sencillos desde su pobreza y su humildad tendrán, podríamos decirlo así, mejor olfato para percibir el misterio de Dios que se revela.

Una hermosa lección para nuestra vida para que aprendamos a tener esa mirada de Jesús y sepamos ver en lo pequeño y lo sencillo, los que nos puede parecer humilde e insignificante un signo de esa llamada de Dios; que sepamos discernir lo que sucede alrededor, los acontecimientos de la historia de cada día, lo que escuchamos desde las noticias que recibimos o de lo que comparten con nosotros, para no dejarnos impresionar fácilmente ni dejarnos confundir, para mantener nuestra propia serenidad, para sacar todo lo bueno que podamos. Llegar a percibir como en lo pequeño de la vida cotidiana se va manifestando el actuar de Dios.

No es pues una mirada cualquiera, una mirada superficial, es una mirada con hondura que nos hace trascender con mirada contemplativa la realidad; por eso decíamos que no nos podemos quedar en lo que está en la punta de la nariz, ni solo lo que brilla o nos pretenden quizás imponer; necesitamos en la vida ser reflexivos y contemplativos, no perder la serenidad y la paz porque nos dejemos arrastrar por las prisas y las carreras de la vida, ir rumiando serenamente lo que vemos o nos va sucediendo. Es también una apertura a una trascendencia espiritual para no quedarnos solo en lo material que por muy bueno que sea nos puede también confundir, una apertura al misterio y a lo sobrenatural para llegar a descubrir la presencia de Dios en nuestra vida.

Que tengamos ese olfato, como decíamos, para percibir esa presencia de Dios, que tengamos esa mirada luminosa para ver el actuar de Dios, que tengamos esa sensibilidad para leer esos signos de los tiempos que en nuestra historia nos ayuden a descubrir lo que Dios quiere.

viernes, 19 de junio de 2026

Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

 


Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

¿Cuál es la luz que de verdad ilumina tu vida? No vamos a responder de forma teórica pensando ya de antemano a lo que nos quiere llevar el mensaje del evangelio de hoy. Vamos a responder desde lo que es la cruda realidad de nuestra vida, a hacerlo con sinceridad. Es como preguntarse seriamente, en lo que es la práctica de nuestra vida ordinaria de cada día, lo que realmente es importante para mi, por lo que sería capaz de darlo todo, seriamente, los intereses que tengo en la vida.

Ya terminaba Jesús el texto que hoy se nos ha propuesto diciéndonos unas palabras que van mucho más allá de lo que literalmente nos dicen porque de alguna manera sienta unos principios de pensamiento. ‘La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ No es referencia a enfermedades del cuerpo o de los ojos sino algo así como suele decirse que veremos según el color del cristal con que se mira. Y en esos filtros que ponemos es donde encontramos la respuesta.

Actuamos según esos intereses que tenemos y no podemos negar que lo material o lo sensual son lentes de enfoque habituales en nuestra vida. Queremos tener y queremos pasarlo bien, que tengamos de todo y de todo podamos disfrutar; por ahí andan nuestros esfuerzos y hasta nuestras luchas porque pronto aparecerán nuestras ambiciones y nuestras envidias, que irán corroyendo la base de nuestra vida entrando en un estado de corrupción de nuestro espíritu; es más, como el espíritu no lo tenemos en cuenta aquello que no se usa al final termina atrofiándose y muriendo por inacción. Algo que nos está sucediendo, que se van perdiendo todos esos valores espirituales y nos vamos embruteciendo en lo material y en lo caduco.

¿Dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Cuáles son, entonces, nuestros tesoros? Con aquello de que hemos creado todo un mundo económico para ese necesario intercambio entre unos y otros para luego poder obtener aquello que básicamente necesitamos para nuestra vida, hemos terminado convirtiendo esa posesión de lo material en lo que parece que es el único objetivo de nuestra vida. Nos creamos unos dioses para depender de ellos en esos bienes materiales. Seremos tan avaros en la posesión de lo material que por una parte nos quitarán la verdadera libertad interior y por otra no seremos capaces ni de utilizarlos para mejorar nuestra vida. La avaricia nos hará mirar solo el brillo del oro pero no sabremos utilizarlo para buscar camino de una mayor dignidad en nuestra vida. El ojo enfermo que no nos permitirá ver la luz.

‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban’, nos dice Jesús. Es lo caduco y lo efímero que tan fácilmente podemos perder. Y no solo es porque en lo efímeros que son pronto se pueden acabar, o por la ambición codiciosa de otros los podemos perder porque nos los roban, sino que somos nosotros mismos los que estaremos perdiendo la verdadera grandeza de nuestra vida.

Pensando que solo lo material nos da felicidad nos olvidamos de disfrutar de la presencia de los demás, disfrutar de la amistad y la compañía de los amigos y de los que te quieren, disfrutar del buen corazón que se vuelve generoso, sentirte en verdad satisfecho cuando haces el bien a los demás, gozarte en lo que es la sinceridad de la vida, elevar nuestro espíritu para disfrutar de lo espiritual y poder entrar en la sintonía divina que nos envuelve con su amor.

‘Haceos tesoros allí donde no hay polilla ni carcoma que los corroan, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’. ¿Entraremos en esa nueva sintonía de la vida? ¿Sabremos poner un hermoso filtro en nuestros ojos para ver la vida de una manera distinta? Que no se nos atrofie nuestro espíritu, que seamos capaces de crecer desde lo más hondo.

sábado, 16 de agosto de 2025

Quitemos filtros y prevenciones de la vida y podremos entrar en la órbita del Reino de Dios que se revela de manera especial a los pobres y sencillos de corazón

 

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Quitemos filtros y prevenciones de la vida y podremos entrar en la órbita del Reino de Dios que se revela de manera especial a los pobres y sencillos de corazón

 Josué 24,14-29; Salmo 15; Mateo 19,13-15

Cuando yo sea mayor… es la expresión que mas de una vez hemos escuchado a un niño o a un muchacho; parece que el niño no quiere ser niño siempre, se ve creciendo a si mismo y cómo su vida cambia en algunos aspectos, pero se compara con los mayores y quiere ser como ellos; sueños de libertad quizás, porque le parece que en su infancia no puede hacer todo lo que quiere o como lo quiere, sueños de una vida distinta en la que se sienta fuerte porque no quiere verse manipulado por nadie y le parece que lo que ahora le dicen sus mayores lo están manipulando y él quiere hacer las cosas a su manera y cuando le de la gana. Cuando sea mayor, y se ve poderoso y dominante, se cree que va a ser el dueño del mundo. No quiere seguir siendo niño. ¿No habrá aprendido lo que significa de riqueza la niñez como una piedra base para su madurez futura?

Claro que somos nosotros los mayores también los que tenemos que preguntarnos si sabemos lo que es la riqueza de la niñez, los valores que allí podemos encontrar, lo maravilloso que podemos descubrir si observamos atentamente lo que significa ser niño. ¿Seremos acaso nosotros también los que los descartamos y los queremos quitar de en medio como les estaba sucediendo a aquellos celosos discípulos de Jesús que pensaban que era una molestia la presencia de aquellos niños en el entorno de Jesús? Querían quitarlos de en medio.

Y Jesús les dice que no, que no impidáis que aquellos niños se acerquen a El. ¿Acaso será que Jesús quiere que nosotros nos acerquemos a El a la manera de los niños? No son barreras sino puentes lo que hemos de poner. Porque además Jesús nos dice que solo de los que son como niños es el Reino de los cielos. ¿Es un reino infantil? Cuidado que algunas veces infantilicemos la religión, la manera de acerarnos y relacionarnos con Dios. Cuidado con el lenguaje que usemos demasiado infantilizado que luego no nos va a servir cuando en verdad maduremos y necesitamos una manera madura de relacionarnos con Dios. ¿No nos sucederá que nos preocupemos mucho de acciones pastorales para los niños  pero luego no ponemos la misma intensidad para cuando no son tan niños o para cuando son adultos?

Con todo esto, sin embargo, parece que de alguna manera las palabras de Jesús nos desconciertan. Nos dice que de los que son como niños es el Reino de los cielos. Ya en otra ocasión nos dirá que la buena noticia hay que darla a los pobres; o que los que parecen que no saben nada por su condición humilde y pequeña, sin embargo será a los que se les revelará los secretos del Reino de Dios; y serán los aparentemente están mas lejos del sentido del Reino porque son pecadores a los que Jesús se acerca y los que mejores y más dispuestas respuestas van a dar a ese anuncio del Reino de Dios. ¿Paradojas?

Hoy nos habla de los niños, del candor y espontaneidad de los niños, de su disponibilidad siempre a flor de piel, de su sonrisa limpia, de los ojos que miran profundamente con curiosidad, de los que buscan y quieren aprender porque sus deseos de crecimiento no son solo de lo corporal sino de lo que mejor puedan aprender. Los niños no ponen filtros ni condiciones, los niños se acercan y juegan con todos sin distinción si nosotros no los hemos marcado antes con nuestras prevenciones. ¿No puede ser esa una base sólida para la construcción del Reino de Dios en nosotros? Con un corazón así limpio y generoso tenemos que aprender a acercarnos a Jesús.

No es ya cuestión de que los niños quieran parecerse a los mayores – y lo malo es que los contagiemos con nuestros filtros y pretensiones – sino que nosotros nos hagamos cono niños – despojándonos de tantas prevenciones con que vamos por la vida - para llegar a vivir en toda su intensidad lo que es el Reino de Dios.

sábado, 17 de mayo de 2025

Vayamos dando pasos, creciendo en nuestra fe, abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús siempre todo el amor de Dios para contemplar la vida y el mundo con ojos nuevos

 


Vayamos dando pasos, creciendo en nuestra fe, abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús siempre todo el amor de Dios para contemplar la vida y el mundo con ojos nuevos

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Tenemos tantas veces las cosas delante de nosotros y no terminamos de verlas; algunas veces estamos en casa buscando algo que necesitamos, un papel, por ejemplo, que tiene mucha importancia para nosotros y revolvemos todo y no lo encontramos, aunque algunas veces lo tenemos delante pero nos pensamos que era otra cosa; pero no es cuestión solo de cosas sino de algo que nos afecta en lo más profundo de nosotros mismos porque de ahí depende cómo veamos la vida, pero no terminamos de entender; como se trata de personas, con las que queremos encontrarnos, que deseamos un amigo de verdad y no lo acabamos de encontrar, alguien que ocupe un lugar que nos pueda ayudar en una tarea que queremos emprender y no terminamos de ver la persona que sea capaz porque queremos poner tantos filtros, estamos poniendo tantas condiciones que al final todo nos parece confuso.

Los prejuicios que tengamos, las ideas preconcebidas, los filtros a trabes de los cuales veamos las cosas o las personas, las influencias que podamos recibir en muchas ocasiones interesadas, las turbulencias por las que podamos estar pasando por la vida nos llenan de confusión. Bien sabemos que un mar revuelto y agitado no nos deja ver el fondo y nos perdemos la belleza y hasta riqueza que podemos encontrar en los fondos marinos.

Nos pasa con lo que queremos hacer de nuestra sociedad que como suele decirse el árbol que está en primer término no nos deja ver el bosque; juzgamos y prejuzgamos a la sociedad en la que vivimos desde los prejuicios o ideas preconcebidas que tengamos o desde lo que algunos nos quieran presentar como una pantalla a través de la cual contemplemos el resto del cuadro; por la actitud o la postura de uno ya juzgamos el resto y estableces marcos generales en los que queremos meter a todos. Aunque contemplemos muchas cosas negativas en nuestro entorno o en ciertas personas de nuestro entorno ¿por eso vamos a decir que todos son iguales y que todo es negativo? Son los juicios que muchas veces nos hacemos.

Nos pasa en el camino de nuestra fe, el camino que nos lleve al conocimiento de Dios y a descubrir lo que son los valores del evangelio que hemos de vivir. Muchas veces tampoco terminamos de aclararnos. Y vienen explicaciones por acá por allá, unas veces interesadas, otras desde algún momento que hayamos vivido y que no ha tenido suficiente claridad y no terminamos de dar los pasos necesarios para ir al encuentro de Dios, o están también las rutinas en las que hemos envuelto la vida y nuestra experiencia religiosa que se convierten en un filtro que puede distorsionar la realidad del evangelio.

Los discípulos de Jesús andaban confusos. Habían seguido a Jesús, le habían escuchado y contemplado las obras que El  hacía, pero pesaba en su interior las ideas preconcebidas que tenían, la imagen que se habían hecho de la religión que ahora les costaba transformar desde la Buena Nueva que Jesús les proponía, se sentían confusos con Jesús mismo porque no terminaban de comprender todo lo que Jesús les decía y también les costaba llegar a Dios. No es tarea fácil el camino de conversión que Jesús pedía, donde tanto había que transformar para vestir ese vestido del hombre nuevo que Jesús nos proponía.

Por eso aún ahora andan haciéndose preguntas y preguntándole o pidiéndole a Jesús que les aclare algunas cosas. La referencia de Jesús era siempre el Padre, del que se sentía enviado y que hacía las obras del Padre, porque en fin de cuentas Jesús viene a ser ese rostro de la misericordia de Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le piden. Y es la respuesta de Jesús. ‘¿Tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis?’. Quien ha visto a Jesús ha visto al Padre. Pero quitemos esos filtros que tantas veces nos ponemos, aclaremos esas turbulencias que hay en nuestra vida para que podamos ver con claridad, para que entendamos de verdad lo que son las obras de Jesús.

‘Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre…’ Claramente nos lo dice Jesús. Y es tal la maravilla que poniendo toda nuestra fe podemos hacer nosotros también las obras de Dios. ‘Hará las obras que yo hago’.

Vayamos dando pasos, vayamos creciendo en nuestra fe, vayamos abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús contemplemos siempre todo el amor de Dios. Contemplaremos la vida y el mundo de forma distinta, veremos con ojos nuevos también a cuantos están a nuestro lado.

 

miércoles, 5 de febrero de 2025

El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

 


El evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado, aprendamos de una vez por todas a dejarnos sorprender por la sabiduría del evangelio

Hebreos 12,4-7.11-15; Salmo 102;  Marcos 6,1-6

Si es el hijo del carpintero… fue la reacción, tenemos que decir que totalmente ordinaria y normal, de la gente de su pueblo. Hasta ellos había llegado la fama de lo que Jesús venía haciendo en Cafarnaún y los distintos pueblos y aldeas por toda Galilea; la fama de sus milagros, la gente que se entusiasmaba y se iba detrás de Jesús, sus enseñanzas que entusiasmaban a la gente porque les parecía escuchar algo nuevo, o algo dicho de una manera distinta a como estaban acostumbrados. Y la fama había llegado hasta Nazaret y ahora lo tenían en medio de ellos. ‘¿De donde saca esa sabiduría?’

¿Dónde habrá aprendido este muchacho tanto?, decimos también en nuestros pueblos y en nuestros ambientes cuando alguien destaca. Como nos conocemos de siempre ahora nos sentimos quizás asombrados, pero sabemos que siempre surge algo más. Hay un orgullo de pueblo cuando destaca alguien de los nuestros y podemos tender a ponerlo como el que no va más; nadie ha salido de nuestro pueblo como este; aunque también aparecen por debajo, disimuladamente quizás al principio, ciertas desconfianzas, buscamos segundas intenciones, tratamos de recordar cosas reales o imaginarias muchas veces, socavamos el prestigio cuando nos pueden hacer sombra, y ya sabemos cuando somos cuando nos dejamos arrastrar por esas malicias y desconfianzas.

Conociéndonos no nos extraña la actitud desconfiada de la gente de Nazaret. Nos sucede con mucha facilidad entre nosotros, vamos de la euforia y el entusiasmo a la descalificación y a las envidias con una velocidad de vértigo. Siempre tenemos nuestros peros y nuestras pegas. Es lo que le estaba pasando a la gente de Nazaret con Jesús. Lo conocemos de siempre, sabemos quien es su familia, es el hijo del carpintero. Y ya Jesús dirá que un profeta nunca será bien mirado en su pueblo.

Y siente pena Jesús por la falta de fe su gente. Allí ha venido a anunciar con toda claridad, con palabras del profeta como nos narrará san Lucas este mismo episodio, lo que era su misión, la tarea evangelizadora que quería realizar. Su Palabra y su presencia querían ser siempre buena noticia para todos, porque eso como se nos dirá en otra parte anuncia la amnistía del Señor, el año de gracia del Señor. Pero no lo aceptaban porque simplemente era el hijo del carpintero.

Nos tiene que hacer pensar en nuestra aceptación personal de esa Buena Noticia, esa aceptación del Evangelio que nos anuncia Jesús. ¿Qué filtros ponemos por medio cuando escuchamos las palabras del Evangelio? El peor filtro es ya no ser capaces de escuchar el evangelio como una buena noticia; nos lo damos por sabido, no nos significa nada nuevo, vamos llevando por delante nuestros prejuicios, sí, nuestras previas interpretaciones, porque recordamos esto y lo de más allá, nos acordamos lo que en otro momento escuchamos o nos explicaron, y ha perdido la frescura de la novedad con que tenemos que escucharlo.

Pero además hemos de decir y reconocer que el Evangelio, es cierto, nos llega a través del texto escrito, pero el evangelio nos llega también escrito en la vida de muchos a nuestro lado. Es el evangelio hecho testimonio en la vida de tantos testigos. Y es el evangelio que tanto nos cuesta aceptar, recibir, escuchar. La gente de Nazaret no escuchaban entonces el mensaje porque era el hijo del carpintero a quien tenían delante; también nosotros vemos a tantos como el ‘hijo del carpintero’ que ya nada nos dice porque decimos que lo conocemos de siempre.

Cuánto nos cuesta aceptar el testimonio de los demás, cuánto nos cuesta ver las cosas en las que se manifiestan esos testigos delante de nosotros. Son filtros que vamos poniendo a la Palabra de salvación que Jesús nos ofrece. Hay muy bonitos testimonios a nuestro lado que tenemos que saber descubrir, porque a través de ellos el Señor nos habla. ¿Aprenderemos de una vez por todas a dejarnos sorprender por el evangelio?

 

lunes, 5 de agosto de 2024

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

 


‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

Jeremías 28,1-17; Salmo 118; Mateo 14,13-21

Se suele decir que cuidado que el árbol no te impida ver el bosque; claro que no es habitual que peguemos nuestra nariz al tronco o a las ramas del árbol si lo que deseamos es ver el conjunto del bosque en su totalidad. Pero es que algo así nos pasa a veces en la vida, tenemos o nos dan una visión distorsionada de las cosas, de lo que sucede, de manera que no terminamos de ver lo que es la realidad; por mucha objetividad que se busque en fin de cuentas las noticias que nos llegan vienen filtradas por quienes nos las trasmiten, y muchas veces pesa mucho esa manera de pensar, esa ideología incluso, en lo que se nos trasmite. Desde las posturas que tomemos ante lo que sucede, insistiremos o resaltaremos más aquello que nos conviene para nuestra visión, ya sea desde un lado o de otro.

Con la problemática que vivimos en estos momentos de la cantidad de inmigrantes que de forma ilegal llegan a nuestra tierra, a nuestras costas hemos de decir en nuestra tierra canaria, hay el peligro de perder la objetividad. Esto días por las redes sociales me llegaba un video donde se veía lo que parecían ser unos inmigrantes en medio de unas peleas y violencias que todo lo destrozaban; quien me lo enviaba cargaba las tintas en que eso era lo que estaba sucediendo con la invasión, así hablaba, de esos inmigrantes.

Casualmente en estos mismos días en la prensa salía un hermoso artículo que hablaba de los jóvenes inmigrantes a los que se les daba una oportunidad y llegaban incluso a unos estudios superiores, mientras comentaba también un educador lo positivo que había sido la presencia de un grupo de estos muchachos en la clase de un colegio en la que la convivencia entre unos y otros hizo mucho bien y madurar de forma extraordinaria a los que eran de nuestra tierra.

¿Son todos violentos y vienen a quitar oportunidades a los hijos de esta tierra, o es una riqueza cultural y de vida el intercambio que se produce, además del bien que hacemos a quienes les damos esa oportunidad? Cuidado que el árbol no nos deje ver la riqueza completa del bosque.

¿Qué tiene que ver esto con el comentario al evangelio que siempre pretendemos hacer en este blog? Creo que mucho. Hoy volvemos a encontrarnos un episodio con el que repetidas veces nos hemos encontrado en estos días pasados. Jesús ha querido retirarse a un lugar apartado con el grupo de los discípulos, además después de la circunstancias de la muerte de Juan Bautista a manos de Herodes, pero cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud esperando. Ya hemos comentado todo cuanto sucedió en aquellos momentos.

Pero creo que el evangelio nos está enseñando también a tener una mirada nueva, una mirada distinta hacia toda aquella gente que se ha reunido allí en búsqueda de Jesús. Los discípulos ven una multitud cansada y hambrienta que además no dispone en aquellos lugares donde encontrar alimento. Pero ¿estará Jesús viendo algo más? En episodios paralelos de otros evangelistas Jesús hablara de quienes están desorientados y abandonados como ovejas sin pastor. Y ahora cuando los discípulos le dicen a Jesús que los despida para que se busquen por si mismos donde encontrar comida – era solo la visión que ellos tenían – Jesús les dice sin embargo que no los despedirá, sino que sean ellos los que les den de comer. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice.

Aunque pudiera parece que solo esa comida material era lo importante en aquel gesto que va a realizar Jesús algo nuevo tendrá que despertarse en el corazón de todos. Allí solo tenían cinco panes y dos peces, nos dirá el evangelista. Y es lo que Jesús les pide. Quiere contar con esos pocos panes y peces. Unos pocos panes y peces que van a servir para que se alimente toda una multitud; unos pocos panes y peces que seguramente despertaría buenos sentimientos en todos aquellos que se vieron favorecidos por aquella comida. ¿Qué se despierta en nuestro corazón cuando en un momento determinado y cuando menos lo esperábamos nos sentimos ayudados, sentimos que se nos tendía una mano para algo nuevo y distinto?

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús a nosotros también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes, aunque sintamos pesar sobre nosotros la pobreza, aunque muchas veces nos sintamos tan incapaces que no sabemos cómo salir adelante, pero siempre hay algo que podemos hacer, siempre habrá una presencia, una mirada, una sonrisa, una palabra amable, una mano tendida, un oído atento para escuchar, un silencio que llena de calor el momento, una mirada nueva por nuestra parte para ver las cosas de otra manera, para descubrir también muchas cosas positivas.

¿Qué nos está pidiendo realmente el mundo que nos rodea? Es cierto que son necesarias grandes soluciones para los problemas que envuelven hoy nuestro mundo, pero es cierto también que muchas están esperando ese gesto sencillo con el que se van a sentir valorados y se sentirán con fuerza para emprender de nuevo el camino.

‘Dadle vosotros de comer’, nos dice Jesús ¿y qué vamos a hacer?


lunes, 4 de marzo de 2024

El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

 


El paso por el tamiz de la humildad nos llevará a descubrir nuestra verdadera grandeza, hará posible el encuentro con Dios, y facilitará nuestra relación con los demás

2Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

No es fácil muchas veces pasar por el tamiz de la humildad. Es muy fino y delicado, por su entramado hay que hacerse muy pequeño para poder traspasarlo.

Cuánto nos cuesta reconocer la realidad de nuestra vida, cuánto nos duele cuando nos hacen agachar nuestra cabeza, cuánto nos cuesta pasar por la puerta estrecha porque cada vez andamos más inflados. Si viene alguien con halagos  y alabanzas, aunque buenamente digamos – y no sé si sería de bocas a fuera como suele decirse – que no lo merecemos, que habíamos hecho lo que teníamos que hacer y no se cuantas cosas más, sin embargo en el fondo estamos agradeciendo esas alabanzas y si pudiéramos se las restregaríamos en el rostro a tantos que pensamos nosotros que no nos valoran ni nos tienen en cuenta. En el fondo nuestro orgullo se quiere alimentar y nuestro ego parece que necesita inflarse. Eso de la humildad acaso pensamos que no es para nosotros.

Como nos narra el texto del libro de los Reyes, hasta Israel ha llegado un hombre muy embebido en su soberbia, pero que sin embargo está enfermo; viene porque una esclava de su mujer le ha dicho que en Israel hay un profeta que puede curarlo. Allá viene con sus credenciales de poder, pero finalmente tiene que llegar hasta la pobre casa del profeta. No sale a recibirlo, como él esperaba con todas las credenciales de grandeza que le acompañaban, sólo el profeta le manda a decir que vaya al río Jordán y se lave siete veces. Herido en su orgullo quiere marcharse, porque en su tierra hay ríos más importantes que aquel para él minúsculo río del Jordán; convencido por sus acompañantes poco a poco va descendiendo de sus pedestales y pasa por el tamiz de la humildad bañándose en el Jordán y sintiéndose curado. Vendrán luego la gratitud y los reconocimientos, pero solo cuando ha pasado por ese tamiz de la humildad se ha encontrado con la gracia y el poder del Señor.

Es a ese episodio al que hace referencia Jesús en su visita, precisamente, a su pueblo y a la sinagoga de Nazaret. Se sienten inflados en su orgullo las gentes de Nazaret por lo que han oído que Jesús ha ido realizando en otros lugares.  Pero en su orgullo persiste la desconfianza, como sucede tantas veces. Parece que el orgullo y la soberbia solo nos hacen creer en nosotros mismos porque nos sentimos grandes. Y Jesús no realiza en Nazaret ninguno de aquellos milagros que ellos esperaban. Como hemos dicho les recuerda el episodio de Naamán el leproso sirio, pero no aprenden la lección. Más bien tratarán de quitarse de en medio a Jesús porque se sienten heridos en su orgullo.


Cómo comenzamos a tirar dardos contra los demás cuando nos vemos humillados, fácilmente nos volvemos violentos y destructivos. Aparecerán pronto los resabios y descalificaciones.
‘Es el hijo del carpintero’, dirán de Jesús, ‘aquí están sus parientes’, como queriendo siempre minimizar los que nos parece grande o nos sentimos heridos por su luz.

¿Qué nos sucede tantas veces con aquellas personas que decíamos que apreciábamos? pero cuando no actuaron como nosotros esperábamos qué pronto nos volvemos contra ellas y cómo todo fácilmente se transforma en resentimientos y en odio. Eran tan amigos y ahora no se pueden ver, porque no supieron pasar por ese tamiz de la humildad su amistad y los pequeños roces o la falta de entendimiento y comprensión se convierten en desaires que crean abismos y distanciamientos.

Pero ¿no nos sucede de manera semejante en nuestra relación con Dios? Lo primero que aparece muchas veces es decir que Dios no nos escucha y no sabemos aceptar con humildad lo que son los planes de Dios para nuestra vida; cómo se enfría fácilmente nuestra religiosidad, como nos vamos alejando poco a poco cayendo en una tibieza espiritual que se hace pendiente que nos lleva al abandono de todo.

Sólo cuando tengamos un corazón humilde podremos llegar a reconocer la grandeza del amor de Dios y cómo en nosotros, sin que sepamos reconocerlo, sin embargo Dios siempre está haciendo maravillas.


lunes, 5 de septiembre de 2022

Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

 


Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

En la vida siempre hay quien lleva filtros en los ojos. Como esos que siempre llevan entintados los cristales de sus gafas; entonces todo lo que miran es con el color del cristal a través del cual están mirando. Lo pueden ver todo turbio o lo pueden ver con negruras, depende de la suciedad a través de la cual miran o de la oscuridad que llevan en la vida.

Cuando nos entra desconfianza en el corazón hacia alguien siempre veremos de manera turbia todo lo que haga esa persona; diremos que esa persona obra por mala intención sin darnos cuenta que quienes llevamos la mala intención en el corazón somos nosotros con nuestra desconfianza, o con nuestra malicia. Personas que siempre están al acecho, están detrás de las mirillas de sus ventanas observando, interpretando, juzgando… condenando, porque las cosas no son como a ellos les gustaría, porque con nuestra malicia interpretamos lo que hacen poniendo malicia o doble intención.

Nacen las criticas sin razón y siempre destructivas. Aparecen las discriminaciones y los rechazos. No somos capaces de ver lo bueno porque siempre tendremos ‘un pero’ que poner. Está detrás nuestra autosuficiencia y el desprecio. Son nuestras miradas puritanas pero que encierran una falsedad en nuestro corazón. Nos volveremos destructivos porque siempre queremos echar abajo lo que los otros realicen y a la menor oportunidad trataremos de rehacer a nuestra manera lo que los otros hayan realizado. No se soporta lo bueno que puedan hacer los demás sobre todo si consideramos que no son de los nuestros.

Lo estamos viendo en el día a día de nuestra sociedad; somos tan partidistas que solo lo que hagan los nuestros será bueno; en nosotros no veremos nunca ningún defecto, ningún error, trataremos de ocultar los fallos que puedan tener los que son de nuestro bando, intentaremos salpicar de maldad todo lo que hacen los demás. No somos capaces de caminar en nuestra sociedad aunando esfuerzos; no queremos escuchar lo que nos puedan ofrecer los demás, aunque luego cuando ya no nos quede más remedios intentaremos hacerlo como si fueran ideas nuestras cuando antes siempre estábamos en contra. Problemas del día a día de nuestra vida social donde tampoco sabemos perder y reconocer el éxito que puedan lograr los demás.

¿Cuándo aprenderemos a buscar lo bueno y lo mejor entre todos en un armonioso diálogo? ¿Cuándo dejaremos a un lado esa acritud que tan fácilmente aparece en los diálogos o discusiones que podamos mantener para ofrecer cada cual las mejores ideas para el bien de todos? Lo malo es que estas actitudes de nuestros dirigentes van contagiando a todos, y las nuevas generaciones serán igualmente partidistas, poco dialogantes y violentas. Nos quejamos de esa violencia que cada vez más agravada en multitud de actos públicos, pero ¿a quien están imitando? ¿Qué se ve en los que se llaman dirigentes de nuestra sociedad?

Son aspectos humanos que tenemos que saber mejorar, son actitudes nuevas que tenemos que saber poner en juego en nuestra sociedad quienes nos decimos seguidores de Jesús. El padeció también esas violencias y rechazos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que en la sinagoga aquel sábado estaban al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Y el que pasó haciendo el bien no podía dejar que un ser humano siguiera sufriendo simplemente por la intransigencia de algunos.

Había allí un hombre con una mano paralizada, pero no querían permitir que Jesús lo curara, estaban al acecho; ya estaban apareciendo las desconfianzas contra Jesús y todo lo que hacia Jesús tenía que pasar por el filtro de aquellos ojos llenos de desconfianza y de maldad.

Y Jesús nos dice que siempre tenemos que hacer el bien, que no podemos permitir el sufrimiento de nadie si está en nuestras manos remediarlo; Jesús nos está pidiendo que vayamos por la vida con  mirada limpia sabiendo recoger todo lo bueno, venga de donde venga. Jesús nos pide que no andemos encorsetados con normas y preceptos que no ayudan al bien del hombre, al bien de la persona. Jesús nos está pidiendo que comencemos a hacer un mundo de mayor armonía y paz, que busquemos siempre el encuentro y el diálogo, que sepamos respetar y valor lo bueno del otro, que arranquemos de una vez para siempre las malicias y desconfianzas del corazón. Son los estilos del Reino de Dios.

viernes, 23 de octubre de 2020

Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de f

 


Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de fe

Efesios 4, 1-6; Sal 23; Lucas 12, 54-59

Hoy todos somos meteorólogos (?) pero quizá no sabemos interpretar el tiempo de la vida; en los medios de comunicación se nos ofrecen las previsiones del tiempo, nos presentan las cartas de isobaras, nos muestran gráficos con las altas o las bajas presiones y sabemos, o creemos saber, si mañana va a llover o no va a llover. Yo soy ya un poco mayor y recuerdo más bien las previsiones que hacían nuestros padres o nuestros abuelos, que no tenían esas cartas de isobaras, pero según las nubes, las corrientes de aire y una serie de señales que observaban en la naturaleza eran capaces de decirnos el tiempo que iba a hacer.

En nuestras islas canarias unas señales que nos hablaban de la cercana lluvia era cuando se veía el Teide coronado de nubes, como sombrillas sobre él o en forma de bufanda arropándolo. Estos días pasados tuvimos unas imágenes espectaculares en este sentido y ya nuestros mayores o los que recordaban lo que decían nuestros mayores nos estaban anunciando por encima de lo que dijeran los meteorólogos que iba a llover, como así fue. Claro que si nos anuncian la lluvia tendríamos que prepararnos para que no nos hagan daño o se sepan aprovechar esos caudales que nos bajan de los cielos.

Interpretamos los signos o señales de la naturaleza y nos confiamos a esas interpretaciones, pero como nos dice Jesús hoy en el evangelio, que empleó esta misma imagen, no sabemos interpretar los signos de los tiempos. En la historia, en los acontecimientos, en lo que sucede en nuestro hoy tenemos que saber hacer una interpretación de la vida. ¿Por qué no podemos pensar que Dios nos habla también a través de los acontecimientos? Es lo que hacían los profetas, leían su propia historia, lo que les estaba aconteciendo con ojos de fe, intentando descubrir la mirada de Dios y en ello lo que Dios quería decirles para su momento presente. No eran simplemente unos visionarios que se creían inventar el futuro, sino que en una honda reflexión sacaban conclusiones de lo que acontecía.

Somos reflexivos para algunas cosas; quizás en nuestros estudios nos hacemos nuestras elucubraciones y hasta nos vamos haciendo una filosofía de la vida desde las experiencias que hayamos vivido. ¿Por qué eso no lo podemos hacer también desde una mirada de fe? Los hechos, incluso, que nos narran los evangelios o nos narra la Biblia pueden tener una transposición también en lo que ahora nos sucede. Tenemos que aprender a mirar la vida desde ese llamémosle filtro de la fe, desde ese filtro del evangelio y tratemos con el evangelio de responder a lo que ahora nos va sucediendo, encontrarle un significado o un sentido, descubrir un camino que hemos de recorrer.

El creyente no es el que simplemente dice que cree en Dios pero lo pone como bien guardado en un armario dejándolo allá en la quietud de los cielos, sino que el creyente saber descubrir a Dios en el caminar de la historia, en nuestro caminar de cada día, descubriendo así lo que Dios quiere de nosotros, lo que ha de ser nuestra vida. Y esa mirada nueva que desde la fe se nos abre tenemos que saber llevarla a los demás, aplicarla a los aconteceres de nuestra vida, iluminar también la vida de los demás abriéndoles los ojos y el corazón a esa trascendencia que desde la fe somos capaces de descubrir.

Muchas veces en nuestros diálogos con personas cercanas a nosotros, o con personas que tienen una sensibilidad semejante a la nuestra reflexionamos sobre la situación de nuestro mundo, nos damos cuenta de la carencia de valores que hay en muchos o de la superficialidad con que viven sus vida, del materialismo que les cerca y de la falta de una espiritualidad que dé profundidad a la vida. Pero quizá nos quedamos ahí, que es lo que no debemos hacer. Esa reflexión que hacemos y que quizá con algunos compartimos sintamos que es esa fuerza de la Palabra de Dios que llega a nosotros y que nos está pidiendo que la llevemos a los demás.

No podemos cruzarnos de brazos, no podemos quedarnos en unas reflexiones muy bonitas que nos hagamos para nosotros mismos, sino que tenemos que salir al encuentro de los demás con un anuncio, con un testimonio, con una palabra que despierte esperaza y que aliente a una búsqueda de algo nuevo y superior. En todo eso nos está hablando el Señor, está poniendo señales que no podemos obviar.

Sepamos leer esas señales de Dios que nos abren caminos nuevos, que nos llevan a un impulso nuevo del anuncio del evangelio, aunque nos cueste. Son señales que nos hacen despejar caminos nuevos, como cuando vemos señales de lluvia y nos preparamos bien para no mojarnos o bien para que las aguas de lluvia aunque sean torrenciales no hagan ningún daño sino que se sepan aprovechar.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Limpiemos las lentes de los filtros con que miramos la vida y a los demás y encontraremos caminos de cercanía y encuentro que nos hacen a todos más felices

 


Limpiemos las lentes de los filtros con que miramos la vida y a los demás y encontraremos caminos de cercanía y encuentro que nos hacen a todos más felices

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 8; Lucas 6, 39-42

Demasiado empañados llevamos los cristales de las lentes con que miramos la vida. Los que tenemos que utilizar gafas para corregir nuestra visión tenemos la experiencia de que hay ocasiones en que nos parece que lo vemos todo turbio y hasta llegamos a pensar si acaso tenemos algún problema en nuestros ojos que van mermando la visión, pero finalmente nos damos cuenta que los cristales de nuestras lentes se han llenado de polvo, de grasas y de mil otras manchas que nos hacen ver con dificultad; no los hemos limpiado. Como aquella mujer que criticaba a su vecina porque mirando desde la ventana de su casa le parecía que lavaba mal la ropa y estaba llena de manchas hasta que un día el marido le dijo que limpiara los cristales de su ventana.

No son ya los cristales de nuestras lentes o de nuestra ventana sino que es la mirada turbia con que nosotros miramos a los demás. Los filtros de nuestras malicias, de nuestros propios defectos o debilidades, de los malos deseos que llevamos en el corazón, de nuestros orgullos o prepotencias, de nuestros resentimientos o nuestras envidias nos hacen mirar mal a los demás. Todo lo estamos viendo con segundas intenciones, con malquerencias enquistadas, con resentimientos no curados, con desconfianzas que impiden todo camino de cercanía y encuentro.

Son tantas las experiencias y situaciones de este tipo que podemos descubrir en los que nos rodean, o acaso aniden en nuestro interior, aunque tratemos de ocultarlos con mil disimulos. Es en lo que hoy el evangelio nos quiere hacer recapacitar cuando Jesús nos dice que quitemos las vigas que tenemos en nuestros ojos, antes de querer corregir las pequeñas motas que pudiera haber en los ojos de los demás. Nos sucede con demasiada frecuencia y no tenemos la humildad de reconocerlo.

Son nuestros orgullos personales donde nunca queremos reconocer que hay debilidades y defectos en nuestra vida o en nuestra manera de ver y hacer las cosas. Pero son también los orgullos comunitarios, podemos decir, cuando los pueblos nos creemos superiores a los demás y de ahí surgen tantas rencillas y desconfianzas entre pueblos vecinos.

Pero surgen actitudes así en nuestras comunidades; siempre hay algunos que se creen superiores a los demás, siempre hay algunos que se creen maestros de todo y de todos, siempre algunos que se convierten en manipuladores de los que parecen más débiles para así quizá considerar que consiguen más cuotas de poder, y no son capaces de abajarse de sus caballos de orgullo para reconocer que no todo lo saben, que no todo pueden hacerlo por si mismos, que siempre hay que saber contar con los demás.

Y esto lo palpamos también en nuestros grupos cristianos en nuestras comunidades y parroquias generándose en ocasiones verdaderas guerras entre unos grupos y otros. No nos damos cuenta de que somos seguidores de Jesús, de aquel que nos dijo que teníamos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos para encontrar la verdadera grandeza y el verdadero sentido de nuestra vida. Cuántas cosas nos pueden salir en nuestra reflexión si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor que anida en nuestros corazones.

Qué distintos son los caminos que nos propone el Señor; qué estilo de vida más sano es el que nos propone para que en verdad seamos capaces de caminar como hermanos en ese camino de la vida que nos toca recorrer y así seamos también más felices haciendo un mundo mejor.