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lunes, 17 de agosto de 2026

Estabilidad, seguridad, futuro, bienestar, plenitud de vida, ¿dónde lo buscamos? El evangelio nos ayuda a abrir nuevos caminos



 Estabilidad, seguridad, futuro, bienestar, plenitud de vida, ¿dónde lo buscamos? El evangelio nos ayuda a abrir nuevos caminos

Ezequiel 24, 15-24; Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 19, 16-22

Una quizás de las luchas que mantenemos en la vida es lograr una estabilidad que además nos garantice un futuro, buscamos seguridades que no son solo esos miedos que podamos tener a que nos asalten o nos roben, o pongan en peligro nuestra vida, que también lo buscamos y lo deseamos, pero queremos tener seguridad y estabilidad en nuestros trabajos, en lo que pueda ser nuestro futuro, en lo que podamos ahorrar para el día de mañana, en la familia o en la forma que hayamos escogido para vivir, por tanto aseguramos nos hacemos seguros de vida, o de accidentes por si me puede pasar algo, o buscamos también un seguro frente a la enfermedad. Pero, ¿es solo eso lo que nos va a dar una seguridad y una estabilidad a nuestra vida? ¿Sólo pensamos en esas cosas externas a nosotros, que muchas veces confiamos a instituciones o entidades que se dedican a eso, como lo que da verdadera seguridad a nuestra vida?

Vivimos en un mundo de economía en que todo parece que tiene que girar a ese poder económico que tengamos, vivimos en una sociedad a la que exigimos que esté bien organizada para que teniendo esas seguridades podamos llegar a esa sociedad del bienestar, que queremos que sea como un paraíso, de la que tanto se nos habla en programa sociales y políticos; el mundo que nos rodea está muy lleno de vanidad y de apariencia donde buscamos una preponderancia social, vamos tras unos prestigios que en el fondo lo que queremos es que nos den poder porque de ahí se pueden derivar muchos beneficios incluso en el mundo de la riqueza; y en consecuencia de todo eso comenzamos a hacer distinciones, comenzamos a dejar a un lado del camino aquellos que no nos pueden servir para nuestros intereses, buscamos influir en los demás desde nuestras ideas que muchas veces son nuestros intereses.

¿Estaremos logrando así un verdadero crecimiento humano y espiritual de la persona? Nos puede llevar a tener que hacernos muchas preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Llegaremos a pensar en algo mejor y distinto que nos dé verdadero sentido y plenitud a nuestra vida? Quizás algo tenga que cambiar en nosotros, en nuestros intereses, en nuestras búsquedas. ¿Estaremos queriendo darle una transcendencia distinta a nuestra vida?

Hoy en el evangelio vemos que alguien se acerca a Jesús con preguntas transcendentales. Alguien que era una buena persona y cumplidor, que se ve que en él habían unos sentimientos religiosos que quería vivir con toda intensidad, pero que se encuentra en ese estadio de búsqueda de algo distinto y superior aunque él no sepa bien lo que está buscando, se acerca a Jesús para preguntar qué había de hacer para alcanzar la vida eterna. Se ve que no hablaba de oídas, que no eran esas cosas que en un momento nos ponemos a pensar pero que pronto olvidamos, se ve que era algo que le estaba rondando el corazón y no encontraba respuesta. Por eso se acerca a Jesús.

Y Jesús con una hermosa pedagogía le habla de aquello que toda persona ha de saber y en cierto modo es el guía de su vida; todos tenemos en el corazón unos principios, unos valores fundamentales que nos llevan a una rectitud de vida; en este caso hablando entre judíos que tenían muy claro lo que era de fundamental la ley del Señor, le recuerda los mandamientos. Pero él era un hombre cumplidos, como dijimos, y todo eso lo había cumplido desde que fue educado en su niñez.

Jesús vislumbra que en aquel corazón había posibilidades de cosas más grandes, que podría entender de verdad el sentido del Reino de Dios que venía anunciando, por eso le pide un paso más de generosidad y disponibilidad para encontrar aquello que le dé altura a su vida. ‘Vende lo que tienes y da el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo’. ¿No hablas tú de alcanzar la vida eterna? Nuestro tesoro no puede quedarse en la tierra y entre nuestras manos, nuestro tesoro tiene que estar bien guardado en el cielo donde los ladrones no lo roban ni la carcoma lo corroe.

Pero aquí se detuvo el camino de este hombre. Era rico y eso de desposeerse de todo era otro cantar. Dar limosna en algunas ocasiones es algo que se puede hacer fácilmente y no voy a encontrar demasiados perjuicios en ello, pero seguiré poseyendo lo mío. Pero Jesús pide un paso más de generosidad y desprendimiento. Y aquel joven que había puesto sus seguridades en sus posesiones se marchó a casa triste y vacío.

Por eso hemos comenzado preguntándonos dónde están nuestras seguridades, donde buscamos nuestro verdadero crecimiento como persona; y con ramajes que se enreden en las materialidades de la vida no podrá haber verdadero crecimiento ni auténtica estabilidad para nuestra vida. ¿Hasta dónde estaremos dispuestos a llegar? Necesitaríamos seguir ahondando en esta reflexión. Dejemos que el Espíritu del Señor nos vaya iluminando.


viernes, 19 de junio de 2026

Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

 


Pongamos un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

¿Cuál es la luz que de verdad ilumina tu vida? No vamos a responder de forma teórica pensando ya de antemano a lo que nos quiere llevar el mensaje del evangelio de hoy. Vamos a responder desde lo que es la cruda realidad de nuestra vida, a hacerlo con sinceridad. Es como preguntarse seriamente, en lo que es la práctica de nuestra vida ordinaria de cada día, lo que realmente es importante para mi, por lo que sería capaz de darlo todo, seriamente, los intereses que tengo en la vida.

Ya terminaba Jesús el texto que hoy se nos ha propuesto diciéndonos unas palabras que van mucho más allá de lo que literalmente nos dicen porque de alguna manera sienta unos principios de pensamiento. ‘La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ No es referencia a enfermedades del cuerpo o de los ojos sino algo así como suele decirse que veremos según el color del cristal con que se mira. Y en esos filtros que ponemos es donde encontramos la respuesta.

Actuamos según esos intereses que tenemos y no podemos negar que lo material o lo sensual son lentes de enfoque habituales en nuestra vida. Queremos tener y queremos pasarlo bien, que tengamos de todo y de todo podamos disfrutar; por ahí andan nuestros esfuerzos y hasta nuestras luchas porque pronto aparecerán nuestras ambiciones y nuestras envidias, que irán corroyendo la base de nuestra vida entrando en un estado de corrupción de nuestro espíritu; es más, como el espíritu no lo tenemos en cuenta aquello que no se usa al final termina atrofiándose y muriendo por inacción. Algo que nos está sucediendo, que se van perdiendo todos esos valores espirituales y nos vamos embruteciendo en lo material y en lo caduco.

¿Dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Cuáles son, entonces, nuestros tesoros? Con aquello de que hemos creado todo un mundo económico para ese necesario intercambio entre unos y otros para luego poder obtener aquello que básicamente necesitamos para nuestra vida, hemos terminado convirtiendo esa posesión de lo material en lo que parece que es el único objetivo de nuestra vida. Nos creamos unos dioses para depender de ellos en esos bienes materiales. Seremos tan avaros en la posesión de lo material que por una parte nos quitarán la verdadera libertad interior y por otra no seremos capaces ni de utilizarlos para mejorar nuestra vida. La avaricia nos hará mirar solo el brillo del oro pero no sabremos utilizarlo para buscar camino de una mayor dignidad en nuestra vida. El ojo enfermo que no nos permitirá ver la luz.

‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban’, nos dice Jesús. Es lo caduco y lo efímero que tan fácilmente podemos perder. Y no solo es porque en lo efímeros que son pronto se pueden acabar, o por la ambición codiciosa de otros los podemos perder porque nos los roban, sino que somos nosotros mismos los que estaremos perdiendo la verdadera grandeza de nuestra vida.

Pensando que solo lo material nos da felicidad nos olvidamos de disfrutar de la presencia de los demás, disfrutar de la amistad y la compañía de los amigos y de los que te quieren, disfrutar del buen corazón que se vuelve generoso, sentirte en verdad satisfecho cuando haces el bien a los demás, gozarte en lo que es la sinceridad de la vida, elevar nuestro espíritu para disfrutar de lo espiritual y poder entrar en la sintonía divina que nos envuelve con su amor.

‘Haceos tesoros allí donde no hay polilla ni carcoma que los corroan, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’. ¿Entraremos en esa nueva sintonía de la vida? ¿Sabremos poner un hermoso filtro en nuestros ojos para ver la vida de una manera distinta? Que no se nos atrofie nuestro espíritu, que seamos capaces de crecer desde lo más hondo.

lunes, 18 de agosto de 2025

Jesús nos mira a los ojos, a lo más profundo de nosotros mismos y nos invita a que demos el paso que nos llena por dentro, que nos lleva a la plenitud de la vida

 


Jesús nos mira a los ojos, a lo más profundo de nosotros mismos y nos invita a que demos el paso que nos llena por dentro, que nos lleva a la plenitud de la vida

Jueces 2,11-19; Salmo 105; Mateo 19,16-22

Andamos por la vida en una carrera loca queriendo ser más, queriendo tener unos medios en nuestras manos que nos ayuden a vivir bien, en nuestra locura nos afanamos por tener más y ansiamos tener los medios que sean para vivir mejor, tener de todo, lo que llamamos disfrutar de la vida, buscamos mejores puestos, que nos consideren alguien importante en la vida, buscar las mejores satisfacciones, pero quizás en un momento nos detenemos, paramos esa carrera, porque aunque tengamos de todo, poder e influencia incluso, sin embargo quizás nos sentimos insatisfechos, como si estuviéramos vacíos y nos preguntamos quizás qué más podemos hacer, que tendríamos que hacer para sentirnos llenos de verdad.

¿Nos habrá pasado a nosotros? ¿Alguna vez habremos sentido un revulsivo por dentro que nos hacía hacernos preguntas sobre nuestra vida, lo que hacemos y lo que somos, o las metas que tendríamos que tener? ¿Vivimos quizá en la inconsciencia de solamente dejarnos arrastrar por la vida, lo que palpamos en nuestro ambiente, lo que son las aspiraciones de la mayoría? ¿Nos habremos encontrado en alguna ocasión con personas que se hacen esos planteamientos porque se sienten vacías? Alguna confidencia de un amigo o de alguien que encontró confianza en nosotros hayamos podido quizás encontrar. ¿Habremos sabido darle respuesta? No es fácil.

En el evangelio hoy nos encontramos con un caso así. Un joven que se acerca a Jesús para hacerle una pregunta que para él considera importante y no sabe cómo darle respuesta. Ya nos dirá luego el evangelista al continuar el relato que era rico. Habrá escuchado en alguna ocasión hablar a Jesús o visto su forma de actuar que le hizo sentir interrogantes en su corazón. No se siente satisfecho con su vida a pesar que tiene de todo e incluso por lo que luego vamos viendo también una buena educación. Pero sabe que le falta algo. ¿Qué tiene que hacer? ¿Será algo que de alguna manera pueda comprar con los medios y riquezas que posee?

También nosotros muchas veces pretendemos solucionarlo todo comprando cosas que hacer. Algunos regalos que hacemos ¿en cierto modo no tienen en el fondo esa finalidad? Pasa en nuestras mutuas relaciones, pero pasa en algo más hondo en nuestra relación con la Iglesia y con las cosas de Dios; con dinero parece que lo solucionamos todo, hasta la vida eterna de nuestros difuntos, cuántas más misas paguemos parece que nuestros dineros sirven de llave para que se abran las puertas del cielo.

Pero las medidas de Jesús son otras. Hay cosas que no se pueden comprar con dinero. Lo que viene planteando este joven rico tiene otros caminos de solución. Es una vida que hay que vivir, por eso le dice Jesús que cumpla los mandamientos. Los mandamientos no son simplemente unas reglas o unos protocolos que hay que seguir, los mandamientos nos dan un sentido de la vida que va a ser la base de ese crecimiento como personas y de ese crecimiento humano y espiritual. No son cosas para rellenar una casilla.

Claro que este joven era bueno, en eso había sido educado y como dice él los ha cumplido desde su niñez. Entonces Jesús mirándole a los ojos con cariño le dice que ha de dar un paso más en su vida, ha de saber despojarse de las cosas para llenar su vida de lo que verdad vale. Por eso le pide que se desprenda de lo que tiene, que comparta todo con los que nada tienen, aunque él se quede desnudo externamente de esas riquezas y de esas vanidades externas que parece que eran lo que le hacía poderoso, se verá en verdad lleno por dentro, como le dice Jesús, tendrá un tesoro en el cielo.

Podía parecerle fácil la solución que él pedía, que era algo así como comprar la vida eterna haciendo algunas cosas, pero Jesús le está diciendo que encontrar el camino de la vida eterna es vivir ahora en ese sentido de vida. No podrá dar ese paso, porque aun su corazón no está preparado para desprenderse de todo y se marchó triste.

¿Hasta dónde seremos capaces de llegar nosotros? Son preguntas que tenemos que hacernos, son procesos de nuestra vida  para encontrar lo que de verdad nos llene, lo que dé sentido de plenitud a nuestra vida. El evangelio nos va señalando los pasos que cada día hemos de ir dando. Jesús nos está mirando a los ojos y esperando nuestra respuesta.


viernes, 20 de junio de 2025

 


Nos está pidiendo Jesús que busquemos el verdadero valor que dará riqueza a nuestra vida porque es tesoro de eternidad

 2Corintios 11,18.21b-30; Salmo 33; Mateo 6,19-23

Cuando hablamos de valores, ¿de qué es de lo que estamos hablando? A la palabra valor le podemos dar según miremos diversos significados; parece que no todos entendemos lo mismo. Se dice que hay que tener valor, o lo que es lo mismo, ser valiente para emprender una tarea que nos cuesta, para realizar un camino que se nos hace difícil, que tenemos que tener valor en nosotros mismos para superar dificultades, los problemas que la vida nos va presentando. ¿Valor en este caso como fortaleza física para realizar algo o como fortaleza en nosotros mismos para hacer un camino de superación?

Otros cuando hablan de valor están pensando en lo que cuestan las cosas, lo que queremos obtener, lo que queremos comprar o lo que queremos vender, o lo que poseemos; y estamos hablando de un valor material, un valor monetario, económico por las ganancias que podemos obtener de lo que hacemos o de lo que tenemos, o por lo económico de lo que tenemos que disponer para poder alcanzar aquello que deseamos, para poder comprar. Hablamos del valor de las cosas en un orden o sentido material o pecuniario.

Pero también hablamos de valores que no se pueden llevar en el bolsillo, que no podemos contar en nuestra libreta de datos bancarios, pero que tendrían que adornar a la persona y que son los que le harían alcanzar la mayor grandeza de su vida. Estamos hablando de valores en otro sentido, que son las virtudes que cultivamos, los principios que fundamentan nuestra vida, lo que nos hace tener unas determinadas actitudes ante los demás o ante lo que tenemos que hacer, las razones de nuestro vivir.

Será la generosidad y la disponibilidad de nuestro corazón, la alegría y el optimismo con que nos enfrentamos a la vida, la constancia en ese camino de superación que nos ayudará a ir creciendo más y más como personas, el respeto con que nos tratamos unos a otros conscientes de nuestra dignidad de personas, la honorabilidad con que actuamos y la rectitud de vida para actuar siempre justamente, la sinceridad con que nos mostramos y con la que nos comunicamos los unos con los otros… muchas cosas podríamos decir en este sentido. Y en el fondo el amor que anima y da forma y sentido a todo lo que hacemos y a esos valores que queremos vivir.

Y todo esto no lo compramos con dinero; cualquiera de esos valores vividos con integridad vale más que todos los tesoros del mundo; y será desde esos valores donde encontraremos ese valor, esa fortaleza para nuestro caminar, para buscar lo que verdaderamente vale y es importante, algo que sea verdaderamente permanente, algo que no se nos escape de las manos como agua escurridiza.

Hoy Jesús nos está invitando a que busquemos ese verdadero valor, un tesoro nos dice que vale más que todos los tesoros de la tierra, porque el oro se corrompe y también nos puede corromper a nosotros, porque esos tesoros mundanos algún día nos los pueden robar y al final nos quedaremos sin nada. Pero esos valores que llevamos impresos en nuestro espíritu ni nos los pueden robar, ni se van a echar a perder.

‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, nos dice Jesús, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón’.

¿En qué ponemos nuestro corazón? ¿Cuáles son nuestros apegos?  ¿A qué le damos verdadera importancia en la vida? Podemos seguir andando, aunque nos digamos cristianos y muy religiosos, con muchas cosas de las que nos sentimos dependientes, esclavos, porque aun no hemos saboreado la verdadera libertad que nos ofrece Jesús. Muletas que nos hemos impuesto en la vida para caminar y sin las cuales no sabemos caminar, camillas en las que seguimos postrados, escamas en nuestros ojos que nos distorsionan nuestra visión y no terminamos de ver claro el camino, en nuestras rutinas, en nuestras desganas, en nuestro poco espíritu de superación, en nuestros miedos a arrancarnos de las cosas o en nuestros miedos al que dirán, en unas costumbres o tradiciones que seguimos por rutina sin querer buscar algo nuevo, en remiendos que vamos poniendo cuando no queremos corregirnos de todo aquello que sabemos que nos hace mal. ¿Dejaremos que Jesús nos sane y nos dé nueva vida?

miércoles, 18 de junio de 2025

Una invitación a la generosidad y a compartir, sin hacer alardes ni vanidades sino en el silencio y la humildad, es el tesoro que guardamos en el cielo

 


Una invitación a la generosidad y a compartir, sin hacer alardes ni vanidades sino en el silencio y la humildad, es el tesoro que guardamos en el cielo

2Corintios 9,6-11; Salmo 111; Mateo 6,1-6.16-18

Alguien me contó una anécdota que creo que tiene honda relación con lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Contaba que en una ocasión que le llegaron a casa unos inesperados invitados se acercó a pedirle al vecino unas lechugas, que éste generosamente le compartió; y cuando le dio las gracias por su generosidad éste le dijo que no le diera la gracias, que más bien dijera ‘Dios te pague’ y lo razonaba de la siguiente manera. Cuando llegue mi hora y me presente ante san Pedro con las manos vacías él me va a decir: pasa, que aquí tienes un montón de  pagarés pendientes.

‘Guarda tu tesoro en el cielo’, nos ha dicho Jesús en otro lugar. Esos actos de generosidad que hayas tenido en la vida, eso que hayas compartido con generosidad son esos pagarés que tendrás acumulados, como decía la anécdota. Eso me ha pensar en una frase que con frecuencia escuchamos ‘de esta vida no nos vamos a llevar nada’, aunque los criterios o razonamientos con que muchas veces se emplea es desde aquel ‘carpe diem’ con el que la gente lo que te está invitando a que te aproveches de la vida para pasarlo bien, porque como dicen es lo único que uno se va a llevar. ¿Serán esos los criterios con que nosotros los cristianos nos guiamos? Algunas veces nos dejamos contagiar por esa irracionalidad y sin sentido de la vida y de alguna manera nosotros andamos también con esos pensamientos o manera de actuar.

Claro que nada de lo material va a atravesar el umbral de la tumba. De la vida sí nos vamos a llevar, sin embargo todo lo bueno que hayamos realizado, la generosidad con que hemos compartido, los buenos detalles que hayamos tenido con los que están a nuestro lado, esa ternura del corazón que hemos derramado o esa ilusión que hemos ido sembrando en los corazones.

Hoy nos decía el apóstol que el que siembra tacañamente, cosechará también tacañamente. Lo que hemos sembrado es lo que va a fructificar. El amor que hayamos puesto en la vida es lo que nos transformará pero también ayudará a que se transforme nuestro mundo. El generoso va a cosechar en abundancia. Son preguntas que también tenemos que hacernos, ¿hasta donde llega nuestra generosidad? ¿Qué disponibilidad hay para el servicio? ¿Seremos capaces de olvidarnos de nosotros para pensar más en los demás? Es sí, la moneda que podemos compartir, pero es mucho más lo que podemos y tenemos que sembrar con generosidad en la vida.

Generosidad pero humildad, porque no hacemos las cosas por conseguir méritos de aquellos que nos ven. Y es de lo que nos está hablando Jesús hoy de manera muy concreta. Cuando vayamos a hacer el bien no vayas tocando la campanilla por delante para que todos puedan ver lo que estás haciendo. Por eso nos dice que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; nadie tiene que saber lo que tú haces. Y nos está hablando Jesús del compartir, en concreto habla de la limosna, pero nos habla en el mismo sentido de nuestra piedad y nuestra oración, como también de aquellos sacrificios que podamos hacer en la vida, nos habla del ayuno.

Fijaos que nos dice que no tenemos que poner cara triste sino cara de fiesta, nos hemos de perfumar, nos dice, en contraposición a lo que era costumbre entre los fariseos de su tiempo, ponían cara de circunstancias para que todos supieran que estaban ayunando. Esas caras de circunstancias todavía seguimos viéndolos en nuestros entornos religiosos. ¿Dónde está la alegría de la fiesta que celebramos cuando hacemos nuestras celebraciones cristianas? Reconozcamos que en esa falta de alegría y de fiesta en muchas de nuestras celebraciones nos morimos de aburrimiento. Qué pena la pobreza de nuestra fe y de nuestra vida cristiana que manifestamos en muchas celebraciones religiosas.

Claro que tiene la alegría con que vivimos en la vida que brotará de nuestros corazones generosos siempre dispuestos a compartir.

lunes, 19 de agosto de 2024

A nosotros nos toca seguirle, liberados de pesos muertos, porque así es la ascensión de nuestra vida cristiana

 


A nosotros nos toca seguirle, liberados de pesos muertos, porque así es la ascensión de nuestra vida cristiana

Ezequiel 24, 15-24; Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 19, 16-22

Nos la damos de generosos pero siempre andamos buscando reglas y medidas para ver hasta donde tengo que llegar, pero sin sobrepasarme, para dar por cumplidos esos protocolos que me pondrían ya en la lista de las personas buenas. Sí, porque no necesitamos hacer más de lo mínimo que se me exige, porque yo tampoco quiero ir de ‘superhombre’, con que me quede dentro de los límites me contento. Porque, bueno, yo ya cumplo.

¿Serán esos los raquitismos con que andamos por la vida? Aunque nos demos de generosos y cumplidores. ¿Es esa la medida de la intensidad con que vivimos nuestra vida cristiana? Cuántas veces habremos estado contando los rosarios que hemos rezado, o las veces que hemos venido a la Iglesia, quizás aun sigamos sintiendo pesar en el corazón porque un día nos propasamos a la hora de dar una limosna. No estoy exagerando, porque son pensamientos y tentaciones que nos asaltan, son cosas que también he escuchado muchas veces. Es lo que realmente le está planteando aquel joven a Jesús.

Parecía venir con buenas intenciones y no lo dudamos; parecía ser una persona buena y con inquietud, y ahí estaban esos deseos de vida eterna; no era de los que habían vivido una vida desordenada, porque había sido muy cumplidor, nos dice que él desde su niñez siempre ha cumplido los mandamientos. Y podemos ver la mirada de Jesús hacia aquel joven que prometía luchar por altas metas en su vida.

Pero el camino es una ascensión continua que no puede detenerse. Jesús ve en aquel joven posibilidades de cosas grandes. Tras ese primer diálogo donde se va viendo esa buena actitud en principio de aquel joven, Jesús propone algo más. La ascensión no se debería detener. Las reglas y medidas han de romperse y saltar por los aires cuando hay algo mejor. Nosotros también tenemos miedo muchas veces, si acaso el paso siguiente que vamos a dar nos va a comprometer mucho, y ya nos ponemos a ver hasta donde podemos llegar, cuanto podemos dar de nosotros mismos. Porque, claro, siempre habría que reservarse algo para uno mismo, por si acaso un día faltara, por si acaso se pueden volver las tornas y al final nos vamos a quedar ‘compuestos y sin novia’, como dice el refrán.

‘¿Qué me falta?’ se sigue preguntando el joven. ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme’, le dice Jesús.

Así en directo, como quiere hablarnos Jesús al corazón. Ya no es ver hasta donde llego, cuanto me queda para mí, lo de ser previsor por lo que pueda pasar. Ahora se trata de todo. Ya no son cumplimientos, ya no son cosas que vamos acumulando para irnos haciendo una reserva allá en el cielo. ‘Vende tus bienes, da el dinero a los pobres y luego ven y sígueme’.

Ya nos dirá en otro momento que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza, ya nos dice que no podemos andar mirando atrás lo que hemos dejado dejando que salgan a flote de nuevo las añoranzas de lo que tuvimos o de lo que vivimos, ya nos dice que su camino es un camino de vida y no de muerte, aunque tengamos que morir a nosotros mismos, ya nos dirá que no vamos buscando prebendas como los poderosos de este mundo para sentarnos por encima de todos, ya nos dirá que tenemos que hacernos los últimos y los servidores de todos. Y aquí no caben reglas, ni medidas, ni protocolos que cumplir; aquí se trata de una vida que dar, como lo hizo El que va delante de nosotros.

A nosotros nos toca seguirle, pero liberados de pesos muertos, porque con esos apegos que nos arrastran no podemos hacer camino de ascensión. Para subir a la montaña de la Pascua tenemos que estar liberados de todo. ‘Tú, ven y sígueme’. Es el camino que nos hace cristianos de verdad identificándonos del todo con Cristo.

 

viernes, 21 de junio de 2024

Cuidemos de cuáles son los tesoros a los que tenemos que sacar brillo para hacer que florezca un mundo mejor y más humano porque lo llenemos de armonía y de paz

 


Cuidemos de cuáles son los tesoros a los que tenemos que sacar brillo para hacer que florezca un mundo mejor y más humano porque lo llenemos de armonía y de paz

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

Cuando andamos muy preocupados por sacar el brillo a los metales preciosos que podamos poseer, no tendremos tiempo para encontrar lo que verdaderamente nos puede hacer felices, porque ni tenemos tiempo para mirarnos interiormente a nosotros mismos, ni sabremos disfrutar de la sonrisa de un niño ni el calor de una mirada agradecida de aquel a cuyo lado nos ponemos, ni el gozo que podamos sentir en el corazón por la satisfacción de lo que nos desprendemos para compartir con los demás.

Cuántas cosas efímeras nos entretienen en la vida que son como barreras que nos impiden acercarnos allí donde está la verdadera riqueza de la persona que es su corazón. Le damos más valor a una joya que solo es un adorno que ponemos por encima de nosotros y que fácilmente se nos puede caer y la perdemos, y no somos capaces de descubrir las joyas de un corazón lleno de valores de generosidad y de ternura que son los que verdaderamente hacen florecer la vida y el mundo. 

Hoy Jesús quiere ayudarnos a descubrir cuales son los verdaderos tesoros de nuestra vida. Vivimos obsesionados por lo que tenemos o podemos poseer, desde esa posesión de cosas materiales queremos garantizarnos la seguridad de un futuro que deseamos que sea mejor, y nos parece muchas veces que la petición más importante del padrenuestro es que se nos garantice ese pan de cada día.

Es cierto que tenemos unas necesidades materiales, porque queremos tener el alimento de cada día o el techo que nos cobije cada noche; es cierto que tenemos que realizar unos trabajos que nos den unos rendimientos para tener lo necesario para una vida digna y si es posible también cada día mejor. No podemos sin embargo dar la espalda a lo que son nuestras responsabilidades como persona y como miembros de una familia, y tampoco podemos olvidar que Dios ha puesto el mundo en nuestras manos y tenemos una responsabilidad en su desarrollo y en hacerlo cada día mejor. No actuaríamos con responsabilidad si no desarrollamos al máximo nuestras capacidades, nuestras cualidades y valores con nuestro trabajo de cada día, porque estamos contribuyendo también a la grandeza de ese mundo, repito, que Dios ha puesto en nuestras manos.

Pero como personas somos algo más. Todo no lo podemos reducir a un trabajo para obtener unas ganancias si al mismo tiempo no le damos, vamos a decirlo así, humanidad a la vida, a nuestras relaciones, a nuestro estar en el mundo, al mismo trabajo que hacemos. No somos unas máquinas para producir. Somos unas personas para vivir. Y vivir es el encuentro, y vivir es una conversación amable para compartir con los demás, y vivir es saborear el momento y también el descanso, y vivir es darle alegría a la vida, y vivir es mantener la paz en el corazón porque va a ser verdaderamente generadora de la buena convivencia y armonía que mantengamos con los demás.

Y es ahí donde vamos poniendo lo mejor de nosotros mismos para sentir las más hondas satisfacciones; y es ahí donde vamos haciendo florecer el mundo con el colorido y calor de la amistad y del amor; y es ahí donde iremos trabajando para lograr una autentica felicidad desde esa armonía que vamos poniendo, desde ese compartir donde mutuamente nos vamos enriqueciendo; y es ahí donde iremos construyendo un mundo mejor donde florecerán los mejores valores que nos harán felices a todos. Qué hermoso cuando contemplamos a tantas personas que se gastan por los demás sin preocuparse de sacar brillo a sus tesoros, porque han comprendido que el verdadero tesoro lo van a encontrar en el corazón cuando hacen más felices a los que están a su lado.

Pero para lograr eso no podemos estar muy entretenidos en sacar brillo a nuestros oropeles que llamamos equivocadamente tesoros; son otros los tesoros que tenemos que buscar y hacer brillar, saquemos lo mejor que llevamos dentro del corazón.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo

 


Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn. 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Cuántas vueltas damos cuando tenemos que desprendernos de algo; como se suele decir dar más vueltas que un perro para echarse. Nos lo pensamos una y otra, esto en otra ocasión nos va hacer falta, ya siempre puedo sacarle alguna utilidad y vete a saber qué es lo que van a hacer con ello, mil imaginaciones, mil vueltas, mil preguntas llenas de dudas; somos recelosos, nos volvemos mezquinos. Es como si solamente pudiéramos dar cuando ya nos sobra y no lo necesitamos para nosotros. Y dar de lo que sobra no es generosidad.

Sin embargo qué grande es la satisfacción que sentimos en nuestro interior cuando damos el paso de la generosidad y del desprendimiento; hasta parece que nos hemos quitado un peso de encima; es que nos sentimos cómo más livianos, más ligeros, más libres. El egoísmo nos ata y nos esclaviza, porque nos esclaviza a las cosas, porque parece que sin ellas nada somos y por eso no queremos desprendernos de lo que consideramos nuestro, y nos esclaviza a nuestro propio yo que nos encierra en nosotros mismos. Cuando somos generosos y damos nos sentimos más libres.

Es la lección que Jesús nos da hoy en el evangelio. Y la da fijándose, precisamente, en las actitudes de los demás. Estaba a la entrada del templo, frente al cepillo de las limosnas. Era el lugar de las ofrendas. Algo que cuando se hace de verdad nos hace humildes, lo tenemos que hacer con humildad para que adquiera todo su valor. Ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Y ya llama la atención de los que poco menos que van tocando campanillas por delante cuando van a hacer algo bueno para que la gente se vuelva hacia ellos y vean lo que hacen. Son distintos momentos del evangelio en los que Jesús nos habla de esto.

Allí iban entrando en el templo los que se consideraban importantes y con mucha ostentación y mucho ruido iban depositando sus monedas en el arca de las ofrendas. El ruido de los que se creen importantes hará que pasan más desapercibidos los que actúan con sencillez y humildad. Es en lo que se fija Jesús. Una pobre viuda deposita también su ofrenda. No hace ruido, nadie sabrá lo que allí ella ha depositado, nadie es consciente del sacrificio que le habrá costado a aquella pobre mujer el depositar religiosamente allí su ofrenda. Es un pobre de Yahvé, de los que habían hablado los profetas. Son las personas humildes que de verdad agradan al corazón de Dios.

Es Jesús el que se ha fijado y resalta ante sus discípulos el valor de lo que hecho aquella mujer. Ha echado todo lo que tenía para vivir. Sus pequeñas monedas sí que son valiosas a los ojos de Dios. Como dice Jesús en su pobreza ha echado más que aquellos que han puesto en el cepillo de lo que les sobra. Aquella mujer nunca se sentirá abandonada de Dios. Podemos recordar ejemplos del antiguo testamento como el caso del profeta Elías con la mujer sunamita, a la que solo le quedaba un poco de harina y unas lágrimas de aceite para hacerse para ella y su hijo y luego esperar la muerte. Pero allí está el profeta que recuerda que la generosidad de Dios es más grande, y no va a mermar el aceite en la alcuza ni la harina en el cajón.

Es lo que ahora nos está enseñando Jesús. No le demos vueltas. No nos lo pensemos tanto. Pongamos generosidad en la vida. Seamos capaces de ser desprendidos. No miremos lo que a nosotros nos puede faltar, sino el regalo de vida que nosotros podemos compartir. Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo.

martes, 11 de julio de 2023

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida


 

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida

Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29

‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’,  una pregunta que parece interesada, una pregunta hecho según los parámetros de nuestro mundo, donde lo que hacemos tiene una retribución, porque el trabajo que realizamos aunque en sí mismo sea una realización de la propia persona, sin embargo lo hacemos porque con lo que alcancemos por ese trabajo, las retribuciones que recibamos van a contribuir a nuestra propia vida para vivir dignamente. En fin de cuentas es un intercambio desde lo que nosotros ofrecemos con nuestro trabajo con lo que recibimos por lo realizado para bien nuestro y de los nuestros. Lo cual también es digno y entra en juego la justicia en nuestras mutuas relaciones.

Claro que esa pregunta tiene un contexto, cuando hoy la escuchamos en el evangelio en esta fiesta de san Benito, pero también por el momento mismo en que fue expresada y por quien fue expresada. En los momentos previos a este episodio Jesús les había estado hablando a los discípulos cómo tenían que liberarse de todo tipo de codicia, había acaecido el hecho del joven que quería alcanzar la vida eterna y quería seguir a Jesús, pero cuando Jesús le pide que tiene que despojarse de todo buscando el tesoro del cielo, lo abandona y no sigue a Jesús porque era muy rico. Y es en este contexto donde Pedro se pregunta qué es lo que van a recibir ellos que ya lo habían dejado todo por seguir a Jesús.

Nos está haciendo recapacitar Jesús sobre el desprendimiento con que hemos de vivir nuestra vida. Cuando hablamos de desprendimiento fácilmente lo relacionamos a riquezas, a posesiones, a cosas de nuestro entorno que si seguimos apegadas a ellas van a ser una rémora que nos frene el seguimiento de Jesús. Primero que nada tenemos que hacernos una escala de valores en todo eso que es nuestra vida, en esas cosas que poseemos o en esas riquezas que atesoramos. ¿Somos más felices porque estemos rodeados o apoyados en tantas cosas? No pueden ser nunca lo primero de nuestra vida, porque además serán como un imán al que apegamos el corazón; cuando nos sentimos arrastrados por un imán perdemos hasta la libertad porque será lo que nos arrastre y nos domine. No pueden ser, pues, nuestro tesoro por el que lo demos todo.

Pero, ¿son solo esos bienes materiales, esas riquezas o esas posesiones de lo único que tenemos que desprendernos? Hay ocasiones que tenemos otros apegos en el corazón que nos hacen más daño. Y tenemos que pensar en tantas rutinas de nuestra vida que nos llevan a hacer las cosas sin razón ni motivación; tantos descontroles que hay en nosotros donde no tenemos la fuerza de voluntad para superarnos, o para arrancarnos de esas cosas que se han convertido en vicios de nuestra vida; tenemos que pensar en ese amor propio y orgullo que nos domina y que nos ciega, que nos vuelve exigentes con cuanto nos rodea y hasta nos llena de violencias; tenemos que pensar en esas inseguridades que tenemos en el corazón porque no somos capaces de forjar nuestra voluntad, esas desganas con que vivimos la vida, esa falta de ilusión y de alegría que nos vuelve amargos e insufribles para los que están a nuestro lado. Así podríamos pensar en muchas cosas y cada uno sabe cual es su piedra de tropezar.

¿No tendríamos que comenzar por ahí? Es necesario que logremos esa madurez de nuestra vida, que sepamos darle profundidad a lo que vivimos y a lo que hacemos arrancándonos de tantas superficialidades que nos llenan de vanidad. Sepamos buscar esa verdadera sabiduría de nuestra vida. En verdad lo habremos dejado todo por seguir a Jesús cuando busquemos esa profunda espiritualidad que El quiere que tengamos en nuestra vida. Mucho nos hace pensar.

viernes, 23 de junio de 2023

Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

 


Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33; Mateo 6,19-23

Hazte un seguro de vida porque no sabemos lo que el mañana nos deparará y mejor es tener asegurado algo, habremos escuchado más de una vez, habremos recibido visitas de corredores de seguros, o quizás nos lo hemos pensado en alguna ocasión. Buscamos seguridades, queremos tener asegurada una pensión para el futuro y que cubra todas nuestras necesidades. Así andamos en la vida, así nos manejamos, así necesitamos esas seguridades.

Pero de esto y de esta manera no es de lo que nos habla el evangelio. Asegurarnos un tesoro en el cielo… y quizás hemos ido acumulando rezos y penitencias, sumamos las veces que hemos ido a Misa, o las cofradías o hermandades a las que pertenecemos, como aquel que me decía un día que él había hecho los nueve primeros viernes muchas veces cuando chico, y que ahora ya lo tenía asegurado todo en referencia a la salvación, ahora, me decía, ya no necesitaba ir a Misa, que las llevaba por adelantado.

¿Es de eso de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio? Muchas veces cogemos sus palabras tan demasiado a lo textual que le queremos hacer decir lo que El no nos ha dicho. Ya sé que en varias ocasiones nos ha hablado de vender todo lo que tenemos para dar nuestro dinero a los pobres y así tengamos un tesoro en el cielo. Porque un día tuviste un pronto de generosidad y repartiste tus cosas con los necesitados, ¿ya lo tenemos todo hecho? ¿Cuál es realmente ese tesoro de nuestra vida? ¿Nos quedaremos en cosas que hagamos y cuyos méritos vamos acumulando?

Creo que Jesús nos quiere decir mucho más que todo eso, aunque nos parezca que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar tranquilos, porque seguimos con nuestros parámetros y nuestras medidas humanas. Nuestro tesoro no son cosas acumuladas, nuestro verdadero tesoro es el Señor, la fe es la que nos hará descubrir esa verdadera riqueza de nuestra vida. Nuestro apoyo y nuestra fortaleza es el Señor, es su amor que cuando nos dejamos envolver y empapar por ese amor de Dios entonces nuestra vida sí estará llena de vida y de esplendor, es la gloria del Señor que envuelve nuestra vida.

Envueltos en esa gloria del Señor, inmersos en Dios y envueltos de su presencia nuestra vida se llenará de luz, porque se llenará del amor de Dios; nuestra mirada será luminosa para descubrir la belleza de esa vida misma que Dios nos ha regalado y que entonces viviremos con un sentido nuevo y distinto, pero para descubrir también el valor y la riqueza de cada persona, a quienes valoraremos de una manera especial, a quienes regalaremos nuestro amor.

Actitudes nuevas aparecen en nuestra vida, una responsabilidad grande sentimos que tenemos en nuestro propio vivir porque todo cuanto hagamos se llena de una trascendencia distinta, comienza a haber una nueva forma de relacionarnos los unos con los otros, un nuevo sentido de comunión se abrirá en nuestros corazones que se hacen generosos y desprendidos.

Vamos llenos de Dios y en ese Dios nos sentimos en comunión con los demás, ¿cómo podremos dejarlos en su sufrimiento, en sus carencias, en su propia debilidad? Todo tiene que ser distinto. Seremos capaces de despojarnos de nuestro yo egoísta y por eso surge aquello que nos dice Jesús que vendamos lo que tenemos para repartirlo con los pobres. No son las cosas que poseemos nuestra riqueza sino que nuestro verdadero tesoro será una vida llena de amor, llena de Dios.

viernes, 17 de junio de 2022

Busquemos esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, verdadero tesoro con valor de eternidad

 


Busquemos esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, verdadero tesoro con valor de eternidad

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

Hoy hablamos muchos de valores cuando estamos tratando de aquello que verdaderamente es importante para la persona, cuando pensamos en nosotros mismos y en la riqueza de la persona, o cuando quienes tienen una misión educadora dentro de la sociedad hablan de esos valores que hemos de cultivar que realmente hacen grande a la persona. Pero hemos de reconocer que la palabra puede resultar confusa; cuando les hablan de valores algunos no piensan sino en la bolsa, en lo bursátil, en esas ganancias que se pueden tener según los negocios que emprendamos, las empresas a las que nos dediquemos; no todos piensan en esos valores bursátiles, porque la verdad que es una cosa bien compleja aunque muchos se dediquen a ello, sino que otros piensan en la bolsa de su bolsillo o los dineros que tengamos acumulados en el banco.

Sé que me vas a decir que esas cosas se diferencian, y que cuando  hablamos de valores, sabemos bien de lo que estamos hablando; pero no quiero pensar en teorías, sino que nos fijemos a qué realmente nos dedicamos con todo ahínco en la vida; pensemos si es verdad o no que lo de las cuentas bancarias sí que lo tenemos bien en cuenta, que todas las cosas las valoramos en la realidad por lo económico que nos puedan costar, y como tenemos la tentación de acumular cosas, riquezas, dineros, joyas o lo que queramos decir pensando en esa riqueza material que podamos acumular, pensemos en las cuentas que nos estamos haciendo siempre o en las ganancias o beneficios que pretendemos sacarle a todo. Seamos en verdad sinceros y veamos que es lo que nos está rondando siempre por la cabeza.

Hoy Jesús quiere hacernos pensar en lo realmente tiene que ser importante en nuestra vida. Y ya nos previene para que no andemos agobiados por el dinero o por estas riquezas materiales. Hay algo más importante que tenemos que buscar, que no está en esas cosas externas y materiales que nos llevan a la vanidad y al vacío, donde todo un día de una forma o de otra se nos consumirá y nos quedaremos con las manos vacías. Como decíamos, otros tienen que ser los valores por los que nos esforcemos, que busquemos, que le den verdadero brillo y valor a nuestra vida.

Tajantemente nos dice: ‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’.

Busquemos lo que en verdad sea permanente, llenemos nuestra vida de eso que va a merecer en verdad la confianza de los demás y que será lo que hará brillar en verdad nuestra vida. Es cierto que tenemos que manejarnos en este mundo con cosas materiales en las manos, pero que no falte la rectitud y la responsabilidad también en esos asuntos. Como nos dirá en otro momento ‘quien no es de fiar en el vil dinero, tampoco en las cosas importantes será de fiar’. Es el justo valor que tenemos que darle a las cosas, es la responsabilidad con que desarrollemos lo que tengamos en nuestras manos; recordemos que nos pide que no enterremos el talento, sino que lo pongamos a generar riqueza. Pero que eso no sea la riqueza de nuestro corazón. Que más importante es esa responsabilidad, esa rectitud con la que actuamos; que más importante es el buen corazón que tengamos hacia los demás que se refleje en nuestro trato, en nuestro respeto, en la valoración que hacemos de la persona, en el bien que buscamos para todos actuando siempre en la verdad y en la justicia.

Ahí están esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, pero con lo que en verdad estamos atesorando ese tesoro en el cielo, como nos dice hoy el evangelio. Que haya verdadera luz en nuestros ojos, que haya verdadera vida en lo que hacemos, que resplandezcamos por esa rectitud y por esa responsabilidad que nos tomamos la vida, pensando no solo en nosotros mismos, sino en el bien que siempre podemos y tenemos que hacer a cuantos nos rodean.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Compartir con generosidad es mucho más que desprendernos de unas monedas, necesitamos saber desprendernos de nosotros mismos, de nuestro orgullo y amor propio

 


Compartir con generosidad es mucho más que desprendernos de unas monedas, necesitamos saber desprendernos de nosotros mismos, de nuestro orgullo y amor propio

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Don… sí que es generoso, escuchamos decir, mira cuanto ha hecho por la Iglesia. A nuestra parroquia no le falta nada porque el atiende cualquier necesidad que tenga la parroquia… Puede ser el pensamiento que tengamos o lo que escuchemos decir a personas de buena voluntad, y es cierto que esa persona se gasta sus dineros en comprar lo que haga falta. Pero quizá al mismo tiempo vamos mirando de reojo porque a la hora de hacer una recaudación alguna persona no dio sino unas monedillas.

¿Qué sabes tú de la situación de esa persona? Cuidado no nos quedemos en las apariencias y en nuestros juicios tanto laudatorios como de minusvaloración de lo que los otros hacen. Es un peligro y una tentación. Aquel que está dando mucho tendrá quizás unas buenas finanzas y si aporta todo eso nunca le faltará para seguir con sus ganancias o sus negocios. Aquel que ha dado poco tenemos que quedarnos en silencio ante su secreto que no tenemos por qué ni desvelar ni juzgar.

Es la lección que nos da Jesús hoy en el evangelio. No hace muchos días ya lo hemos leído y comentado. Jesús se había fijado en quienes entraban al templo y en este caso ostentosamente hacían alarde de sus posibilidades con sonadas limosnas en el arca de las ofrendas. Sonadas, porque como dirá Jesús en otra ocasión algunos van tocando trompetas por las esquinas cuando van a hacer alguna limosna para que todos vean su generosidad. En esta ocasión Jesús se ha fijado en aquella mujer que además era viuda y pobre y con gran generosidad de corazón en aquellos dos reales que depositó en el arca estaba poniendo cuanto necesitaba para vivir.

Pero aquella mujer pasó desapercibida. Para todos menos para Jesús. El conoce el corazón del hombre. ¿Quién se iba a fijar en aquella mujer? Era mujer, era viuda, y además pobre lo que en aquella sociedad agravaba más la situación. Una serie de circunstancias concomitantes además propicias para que nadie se fijara en ella. Eran más sonadas y aplaudidas las generosidades aparentes de aquellos que se las daban de generosos.

Siempre este pasaje del evangelio nos ha servido de punto de examen para ver nuestra generosidad. Y tenemos que decir también nuestra forma de dar. Aquí nos recuerda lo que nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Quien tiene que ver lo que llevas en el corazón es Dios, y El bien que nos conoce. Todavía nos quedan en muchos lugares placas de agasajo y reconocimiento, repartos de diplomas. No significa que no tengamos que ser agradecidos con quienes son generosos, pero la gratitud y valoración verdadera no está en una placa o un diploma que amontonamos en un rincón llenos de polvo y el tiempo envejecerá o el viento se llevará.

Es lo que nos dirá Jesús en otro momento de que guardemos nuestros tesoros en el cielo. Allí no habrá ladrón que nos los robe; allí no hay polilla ni carcoma que lo eche a perder. Lo estaremos haciendo cuando aprendamos a compartir con generosidad; cuando seamos capaces de desprendernos incluso de nosotros mismos. No es cuestión solo de desprendernos de unas monedas o unas riquezas, sino lo importante es el desprendimiento interior que vence todo orgullo y todo amor propio. Eso cuesta muchas veces mucho más que desprendernos de unas monedas.

viernes, 5 de noviembre de 2021

La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios, todo en la vida tendría que centrarse en él buscando guardar nuestro tesoro en el cielo

 


La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios, todo en la vida tendría que centrarse en él buscando guardar nuestro tesoro en el cielo

Romanos 15,14-21; Sal 97;  Lucas 16,1-8

Guardarse las espaldas, decimos cuando ante una situación comprometida tenemos, como quien dice, un as en la manga, una respaldo aparentemente oculto quizá, pero que sabemos que está ahí y que nos va a servir cuando quizás nos pidan cuentas por lo que hemos hecho. Hay gente que es muy especial en esto de guardarse las espaldas, por su astucia, por la habilidad con que manejan las cosas, las situaciones, incluso, hemos de reconocerlo, hasta a las personas. Y siempre sabrán salir adelante, de alguna manera se sienten protegidos.

¿Quién nos guarda las espaldas a nosotros? ¿Seremos capaces de arriesgar en situaciones conflictivas, expresar claramente lo que hacemos o lo que pensamos? Según sean quizás las cosas que nos intereses, sabremos quizás callarnos a tiempo, hacer un favor en un momento determinado para saber que contamos con alguien. Pero ¿significará eso sinceridad en la vida? ¿Significará que sabremos afrontar las cosas de frente – valga la redundancia – para asumir bien las responsabilidades de lo que hacemos, de nuestra manera de actuar o de los pensamientos que tengamos?

Es una cuestión difícil que se nos plantea, porque nunca queremos salir perjudicados; muchas veces queremos nadar entre dos aguas, y no nos manifestamos claramente por lo que realmente pensamos, sino que como se dice ahora hacemos lo políticamente correcto, que habría que pensar si es lo éticamente correcto. Nos hace falta definirnos, aclararnos, expresar con valentía que lo que pensamos, lo que decimos que son nuestros principios. Esto da para mucho pensar, para mucho reflexionar sobre nuestra manera de actuar.

Todo esto me estoy planteando reflexionando en voz algo, como quien dice, a raíz de lo que hoy se nos cuenta en el evangelio. Una parábola que siempre nos resultar difícil comentar. Un administrador que no ha realizado bien su trabajo y al que le piden cuentas; sabe que la cosa está mal y se va ver en la calle, y quiere guardarse las espaldas, haciendo favores a aquellos que le deben a su amor y sobre todo a causa de sus malas cuentas, de su mala administración. Al final parece que cuando le echen por mal administrador va a tener donde refugiarse. Y la parábola que nos desconcierta termina con una sentencia que es clave. El amo felicitó al administrador no porque lo hubiera hecho mal, que eso parece que se da por sentado, sino por la astucia con que actuó. Y así termina diciéndonos Jesús que los hijos de las tinieblas con más astutos que los hijos de la luz.

¿Por donde tiene que ir nuestra astucia? ¿Por actuar con trampa para guardarnos las espaldas? La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios que Jesús nos anuncia, tendríamos que buscar todos nuestros recursos humanos, toda esa inteligencia que decimos que tenemos para buscar y alcanzar lo que verdaderamente es importante. Pero bien sabemos cómo nos cegamos y quizá queremos guardarnos las espaldas en lo humano para seguir ahora con nuestras mezquindades, para seguir con la superficialidad con que vivimos, para dejarnos arrastrar por los cantos de sirenas que nos quieren encantar con felicidades fáciles, y no buscamos lo que verdaderamente nos daría la autentica felicidad, la que nos conduciría de verdad a la vida eterna y felicidad total.

Nos dirá Jesús en otra ocasión que busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se nos dará por añadidura. Ojalá supiéramos escucharlo. Nos dirá que no guardemos tesoros en vasijas de barro que se pueden romper, que no guardemos riquezas ni tesoros donde un día nos pueden fallar, donde nos los pueden robar, sino que guardemos nuestro tesoro en el cielo. Muchos pasajes del evangelio tendríamos que saber escuchar.

domingo, 10 de octubre de 2021

Sepamos valorar lo que somos para discernir la verdadera sabiduría arriesgándonos por el camino de vida que nos ofrece Jesús que nos lleva a la plenitud

 


Sepamos valorar lo que somos para discernir la verdadera sabiduría arriesgándonos por el camino de vida que nos ofrece Jesús que nos lleva a la plenitud

Sabiduría 7, 7-11; Sal. 89; Hebreos 4, 12-13; Marcos 10, 17-30

Saber valorar lo que somos o lo que tenemos es una gran sabiduría. No es cuestión solamente de cuantificar lo que tenemos como quien está contando una y otra vez las riquezas materiales que tiene, sino que es sobre todo ver lo que somos pero no por las cosas materiales que poseamos sino por el espíritu con el que vivimos sabiendo valorar lo que verdaderamente tiene importancia en la vida. 

La sabiduría, como la verdadera riqueza no está en las cosas que poseemos sino en ese yo profundo que saber encontrar un sentido y un camino para ser en plenitud y para darle el valor que en verdad tiene todo aquello que poseemos. No se mide la grandeza del hombre por los codos o centímetros que mida en altura, ni se mide su sabiduría por el peso de sus bolsillos. Serán otras las medidas y será otra cosa lo que se ha de pesar porque será lo que se lleva en el corazón lo verdaderamente importante.

Se postró ante Jesús alguien que es cierto llevaba una inquietud en su corazón aunque no sabía qué respuesta darle o cómo resolver los planteamientos que se hacía dentro de sí. ¿Cómo conseguir la vida eterna? fue la pregunta que de alguna manera le estaba haciendo a Jesús. Cuando hablamos de conseguir algunas veces hablamos de comprar o también podemos pensar qué tenemos que hacer o qué tenemos que gastar para conseguir eso que ansiamos. La pregunta y la petición podía tener, es cierto, algunos matices según se mirara.

Jesús le plantea un sentido de vida. Le señala los mandamientos que son un cauce de vida. El hombre era bueno, cumplía los mandamientos. Como le responde, eso se lo habían enseñado de niño y de niño siempre había tratado de cumplirlos. Jesús sigue señalando un camino de vida, mira a ver lo que tienes y qué es lo que vas a hacer con ello; mira lo que tienes y trata de discernir cuál es el verdadero tesoro que tienes; mira si eres capaz de despojarte de lo que tienes para que pueda tener un tesoro en el cielo; mira lo que tienes y piensa en cuánto puedes hacer con todo eso y beneficiarás a los demás, a los pobres, a los que tienen menos que tú, a los que no tienen nada.

Llegaba el momento del discernimiento, llegaba el momento de encontrar la verdadera sabiduría, llegaba el momento de descubrir cuál era la verdadera riqueza que tenía en su interior, no solo lo que podía pesar en sus bolsillos. Algunas veces las decisiones se hacen difíciles, nos cuesta discernir lo que es verdaderamente importante; y aparecen los apegos del corazón, las búsquedas de seguridades en la vida y la incertidumbre de lo que sería un nuevo estilo y sentido de vida, el miedo a entrar por caminos de valentía que en este caso tendrían que pasar por el desprendimiento, la inseguridad de cual es la verdadera riqueza que hace grande al hombre.

En este caso la decisión fue muy dura. Era un hombre rico, pero no alcanzó a descubrir la verdadera sabiduría de su vida. Lo nuevo que se le planteaba humanamente no le daba seguridades, porque si se desprendía de todo le parecía que el mundo se quedaba vacío bajo sus pies. No supo mirar más allá de lo que tenía, no supo mirarse profundamente dentro de sí mismo para descubrir lo que era lo verdaderamente importante, no supo discernir de que no iba a perder si a tener unas ganancias más estables porque eran ganancias de eternidad, no supo descubrir que había una riqueza que podría generar mucho más en él y en los demás si lo que tenía era capaz de ponerlo al servicio de los otros.

‘¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!’ sentenciará Jesús. No dice Jesús que las riquezas sean malas ni sean malos los que las poseen. Pero pueden convertirse en un obstáculo. Cuando no sabemos qué hacer con lo que tenemos, cuando solo pensamos en acumular para que nos pesen los bolsillos o nos brillen los oropeles, cuando no sabemos darle una utilidad a la vida y a lo que somos dando rendimiento a nuestros valores porque eso es lo más importante, cuando seguimos con nuestros apegos porque creemos que en ellos es donde tenemos la seguridad de nuestra vida, cuando tenemos miedo de lanzarnos a un sentido nuevo y a un camino nuevo que se abre delante de nosotros por las dudas e incertidumbres que agobian el corazón.

Los que en la vida arriesgan son los que tienen posibilidades de ganar, de alcanzar metas, de abrirse a algo nuevo, de encontrar las más grandes satisfacciones. Hay gente que es timorata en los negocios y nunca llegará a nada sino que tienen el peligro de hundirse más en la pobreza; pero en este camino de la vida, en este camino de la vida cristiana es donde no tenemos que ser timoratos sino arriesgarnos porque sabemos de quién nos fiamos y quien va delante de nosotros.

Queremos seguir el camino de Jesús y El nos hará alcanzar la verdadera sabiduría. Dejémonos envolver por la acción de su Espíritu.