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miércoles, 5 de noviembre de 2025

Ama y serás feliz, pero seamos conscientes de lo que en verdad nos exige el amor para que sea auténtico y con todas sus consecuencias

 


Ama y serás feliz, pero seamos conscientes de lo que en verdad nos exige el amor para que sea auténtico y con todas sus consecuencias

Romanos 13, 8-10; Salmo 111; Lucas 14, 25-33

Ya está todo hecho, ama y serás feliz. ¿Será verdad? ¿Será algo tan fácil? Bueno, son unas conclusiones que muchos sacamos de las palabras que escuchamos hoy en el evangelio, pero mira por donde no todos entendemos lo mismo ni todos hacemos lo mismo. Es el lema de muchos que viven a su aire, aunque tendríamos que preguntarnos qué es lo que realmente entienden por amor. ¿Se quedará solamente en una sensualidad o en la búsqueda de unas satisfacciones que a la larga se pudieran convertir en egoísta porque solo lo pienso para mí, para mis satisfacciones particulares?

Seguimos sin negar esa primera cosa que hemos dicho casi como una sentencia, pero no siempre vemos pronto esa felicidad por amar, porque hemos de entender todo su sentido desde lo más hondo que es amar. Porque tenemos que pensar en amor como una donación de nosotros mismos, podemos pensar en lo que eso significa de entrega de mi mismo, porque ya no solo puedo pensar en mi mismo sino en aquel que amo para quien quiero lo mejor, quiero siempre el bien; y no siempre será fácil, porque podemos encontrarnos de frente algo que no nos agrade demasiado, porque tenemos que pensar en un vaciarnos de nosotros mismos porque queremos dar desde nosotros mismos al otro. Y eso no siempre es fácil, cuesta realmente ese olvidarme de mi mismo para solo pensar en el bien de aquel a quien amo.

¿Seré en verdad feliz por amar? Creo que va a entenderse desde el sentido que le estoy dando a mi vida, y entonces aun en el sacrificio que tengo que hacer de mi mismo para amar me voy a sentir hondamente satisfecho. Estaremos entrando en esa órbita de felicidad que no son solo placeres sensuales, sino algo que llega, nace y se desarrolla en lo más profundo de mí ser.

Se suele decir que el amor no es exigente y es cierto porque a quien amamos no le exigimos, a quien amamos trataremos con la mayor delicadeza y atención, a quien amamos le estamos regalando de nuestra vida y nuestro ser. Pero el amor será exigente conmigo mismo. Nos pueden salir como retoños brotes de insolidaridad o de cansancio, desánimo porque no encontramos respuesta para aquello que estamos dando, lo cual estaría señalándonos una falta de generosidad por parte de nosotros mismos, nos puede rebrotar el orgullo o el amor propio que pueden hacerle perder el brillo y la belleza a ese amor. Y es ahí cuando tenemos que ser exigentes con nosotros mismos, para podar esos malos brotes, para arrancar esas viejas raíces que pueden quedar dentro de nosotros. Y eso cuesta y es doloroso. Pero no dejaremos de ser felices con aquella felicidad honda que estábamos buscando.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Que no nos valen unos entusiasmos pasajeros. Cuántas veces en unos buenos momentos prometemos muchas cosas y que nos vamos a querer siempre y que no nos vamos a olvidar los unos de los otros y no sé cuantas cosas más. Pero pronto nos puede entrar la rutina de la vida y aquellos amores y entusiasmos se enfrían, decaen y terminan por morir. Cuántas amistades han comenzado con un entusiasmo rayano en la locura, pero con el tiempo se han difuminado y si acaso no se nos han vuelto en contra.

Seguía mucha gente a Jesús nos dice hoy el evangelista. Pero Jesús quiere dejar las cosas claras. Y habla de que seguirle no es cualquier cosa, nos habla de negación de nosotros mismos y de cruz, nos habla de hacer opciones serias y fundamentales en la vida de las que no nos podemos volver atrás; y nos dice Jesús que las cosas hay que pensarlas bien, como el que va a construir una torre que tiene que ver si será capaz de terminarla, o el rey que va a emprender una batalla y tiene que examinar con cuantas fuerzas cuenta para culminarla bien.

¿Seremos en verdad discípulos de Jesús? ¿Estamos al tanto de todo lo que nos exige el amor? ¿Llegaremos en verdad a ser felices? Yo creo que sí, que encontraremos la felicidad más honda.

miércoles, 19 de junio de 2024

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

 


Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

2 Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todavía hay quien va buscando el reconocimiento y el aplauso, quien va buscando, como se suele decir pero como en realidad sucede, la foto. ¿Nos gustan los aplausos? Nos sentimos halagados es cierto y se aviva nuestro orgullo y nuestro amor propio; pero también es cierto que nos sentimos turbados, al menos quienes queremos ir por la vida con humildad y sencillez. Bien sabemos que para todos no es así.

Pero hoy de lo que queremos hablar es de la sencillez y autenticidad con que hemos de ir por la vida, como nos pide Jesús. No es que ocultemos lo bueno que realicemos, porque ya en otro momento dirá que los hombres vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Una cosa es que queramos y busquemos nuestra gloria, y otra que a partir de nuestras buenas obras sean muchos los que reconozcan la obra de Dios y den gloria al Padre del cielo.

Jesús se centra hoy en tres pilares de la religiosidad y de la espiritualidad judía, como son la oración, el ayuno y la limosna. Y cuando nos ofrece sus pautas Jesús para la vivencia por nuestra parte de esa religiosidad está teniendo en cuenta lo que con cierta normalidad se contemplaba en su entorno. Jesús denuncia en muchas ocasiones las actitudes hipócritas y de vanagloria que tenían los fariseos, aquel grupo que se consideraba fiel cumplidor de la ley de Moisés en sus prácticas muy estrictas, pero que sin embargo están envueltos de vanidad y de la búsqueda de la apariencia exterior sin darle verdadera autenticidad a sus vidas.

Es lo que nos pide Jesús. Sencillez y humildad lejos de la vanidad y la apariencia, autenticidad para que aquello que realicemos lo hagamos desde el corazón, verdadera espiritualidad porque lo que se busca es la gloria de Dios viviendo en profundidad nuestro encuentro con El por medio de la oración. Lo bueno que realicemos tiene que surgir de lo más intimo y secreto del corazón.

Por eso nos dirá que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha; por eso nos pide esa interiorización en nuestra oración porque lo que buscamos es el encuentro íntimo y profundo con Dios; por eso nos pide hacer desaparecer esas señales externas que quieran manifestar nuestra penitencia y nuestro sacrificio.

Recordamos cómo alabará la actitud humilde del publicano cuando subió al templo para la oración que humilde se sentía pequeño y pecador ante Dios, frente a quien hacía gala ostentosamente de sus cumplimientos casi como una exigencia con la que se presentaba ante Dios. Vete a tu cuarto interior, nos dice Jesús, que no es tanto escondernos cuando hacer verdadero silencio en torno nuestro para poder escuchar la voz de Dios que es lo que verdaderamente importa. Cuando estamos con nuestras galas de lo que hacemos estaremos como distraídos con esas vanidades y no podremos escuchar la voz de Dios en nuestro corazón.

El ayuno no es tanto lo que le podamos restar de alimento a nuestro estómago cuanto todas aquellas cosas de las que debemos desprendernos para poder tener un corazón libre para amar de verdad según el corazón de Cristo. Ayunemos de orgullos y de vanidades, ayunemos de nuestro amor propio y de nuestros deseos de reconocimientos y recompensas, pero ayunemos también de tantas cosas que nos entretienen y nos distraen que se convierten en ataduras de las que tan difícil nos es liberarnos; pensemos en tantas cosas que tenemos a mano continuamente y estamos utilizando a cada momento, pero que si nos faltaran nos parece que ya no seríamos nadie, que nos parece que no podríamos vivir sin ellas.

Piensa, por ejemplo, en ese aparatito que ahora mismo tienes en tus manos para leer esta reflexión, ¿qué serías sin tu móvil, sin tu tablet, sin esos medios que nos unen a las redes sociales? ¿No habría que hacer ayuno de ellas para entrar más en contacto con los que tienes a tu lado?

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios.

martes, 11 de julio de 2023

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida


 

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida

Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29

‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’,  una pregunta que parece interesada, una pregunta hecho según los parámetros de nuestro mundo, donde lo que hacemos tiene una retribución, porque el trabajo que realizamos aunque en sí mismo sea una realización de la propia persona, sin embargo lo hacemos porque con lo que alcancemos por ese trabajo, las retribuciones que recibamos van a contribuir a nuestra propia vida para vivir dignamente. En fin de cuentas es un intercambio desde lo que nosotros ofrecemos con nuestro trabajo con lo que recibimos por lo realizado para bien nuestro y de los nuestros. Lo cual también es digno y entra en juego la justicia en nuestras mutuas relaciones.

Claro que esa pregunta tiene un contexto, cuando hoy la escuchamos en el evangelio en esta fiesta de san Benito, pero también por el momento mismo en que fue expresada y por quien fue expresada. En los momentos previos a este episodio Jesús les había estado hablando a los discípulos cómo tenían que liberarse de todo tipo de codicia, había acaecido el hecho del joven que quería alcanzar la vida eterna y quería seguir a Jesús, pero cuando Jesús le pide que tiene que despojarse de todo buscando el tesoro del cielo, lo abandona y no sigue a Jesús porque era muy rico. Y es en este contexto donde Pedro se pregunta qué es lo que van a recibir ellos que ya lo habían dejado todo por seguir a Jesús.

Nos está haciendo recapacitar Jesús sobre el desprendimiento con que hemos de vivir nuestra vida. Cuando hablamos de desprendimiento fácilmente lo relacionamos a riquezas, a posesiones, a cosas de nuestro entorno que si seguimos apegadas a ellas van a ser una rémora que nos frene el seguimiento de Jesús. Primero que nada tenemos que hacernos una escala de valores en todo eso que es nuestra vida, en esas cosas que poseemos o en esas riquezas que atesoramos. ¿Somos más felices porque estemos rodeados o apoyados en tantas cosas? No pueden ser nunca lo primero de nuestra vida, porque además serán como un imán al que apegamos el corazón; cuando nos sentimos arrastrados por un imán perdemos hasta la libertad porque será lo que nos arrastre y nos domine. No pueden ser, pues, nuestro tesoro por el que lo demos todo.

Pero, ¿son solo esos bienes materiales, esas riquezas o esas posesiones de lo único que tenemos que desprendernos? Hay ocasiones que tenemos otros apegos en el corazón que nos hacen más daño. Y tenemos que pensar en tantas rutinas de nuestra vida que nos llevan a hacer las cosas sin razón ni motivación; tantos descontroles que hay en nosotros donde no tenemos la fuerza de voluntad para superarnos, o para arrancarnos de esas cosas que se han convertido en vicios de nuestra vida; tenemos que pensar en ese amor propio y orgullo que nos domina y que nos ciega, que nos vuelve exigentes con cuanto nos rodea y hasta nos llena de violencias; tenemos que pensar en esas inseguridades que tenemos en el corazón porque no somos capaces de forjar nuestra voluntad, esas desganas con que vivimos la vida, esa falta de ilusión y de alegría que nos vuelve amargos e insufribles para los que están a nuestro lado. Así podríamos pensar en muchas cosas y cada uno sabe cual es su piedra de tropezar.

¿No tendríamos que comenzar por ahí? Es necesario que logremos esa madurez de nuestra vida, que sepamos darle profundidad a lo que vivimos y a lo que hacemos arrancándonos de tantas superficialidades que nos llenan de vanidad. Sepamos buscar esa verdadera sabiduría de nuestra vida. En verdad lo habremos dejado todo por seguir a Jesús cuando busquemos esa profunda espiritualidad que El quiere que tengamos en nuestra vida. Mucho nos hace pensar.

domingo, 23 de octubre de 2022

Si no somos sinceros con nosotros mismos, no lo seremos con Dios ni con los demás, quitemos las pantallas de las vanidades y vivamos con humildad

 


Si no somos sinceros con nosotros mismos, no lo seremos con Dios ni con los demás, quitemos las pantallas de las vanidades y vivamos con humildad

Eclesiástico 35, 12-14. 16-19ª; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 16-18; Lucas 18, 9-14

Si no somos sinceros con nosotros mismos, ni seremos sinceros con Dios ni seremos sinceros con los demás. Y ser sincero consigo mismo es conocer su propia realidad, reconocerla, sin poner pantallas, sin poner sombras que difuminen la realidad, pero también sin subirnos en pedestales, aunque también tengamos la humildad del reconocimiento de los dones recibidos. María reconoció que en su pequeñez el que es Poderoso hizo obras grandes, pero eso no le impidió reconocerse como la humilde esclava del Señor y ponerse en actitud permanente de servicio a los demás.

Pero algunas veces confundimos la palabra sinceridad con vanidad; y entonces comienza a aumentar la cuenta de lo que presentamos para exigir reconocimientos; entonces comenzamos a aislarnos de los demás, para que a nosotros no nos confundan con cualquiera, y pondremos barreras, y colocaremos pedestales  donde nos subimos para hacer alarde de lo bueno que somos; y por medio una soberbia que no tiene límites – que venga alguien y no reconozca mis méritos, que va a saber quien está aquí – y comienzan los desprecios porque nadie será capaz de hacer lo que yo hago. Nos encontramos tantas veces repitiendo el yo y el yo que dije, que hice, que estuve, que… está pidiendo alabanzas, en una palabra. De sinceridad nada, de vanidad y orgullo mucho es lo que nos envuelve, aunque muchas veces somos muy sutiles y sabemos disimularlo para que no se note tan a la descarada, pero ahí está.

Es en lo que Jesús quiere hoy hacernos recapacitar con esta pequeña parábola del Evangelio, de los dos hombres que subieron al templo a orar. Qué distinta la postura y qué distinta la oración. Uno erguido allí en medio para que todos lo vean, el otro oculto en último rincón porque no se considera digno de entrar al lugar santo. Uno todo alabanzas, pero no a Dios, aunque dice que da gracias a Dios, pero es por su vanidad, por su orgullo, por todas las cosas importantes -  o eso cree él – que es capaz de hacer; el otro pocas palabras, todo humildad, para reconocer sí, que es un pecador pero para invocar la misericordia y la compasión del Señor. No es necesario que entremos en demasiados detalles, porque ya vemos de lo que somos capaces.

Si el afligido invoca al Señor, él sabe que Dios siempre lo escucha porque tiene compasión del pecador, porque ‘el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él’. Terminará diciéndonos el evangelio que ‘el pecador bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Había sido sincero consigo mismo cuando se sentía pecador, fue sincero con Dios porque no iba a hacer alarde de ninguna cosa que hubiera hecho, era en verdad engrandecido a los ojos de todos, porque ante todos se presentaba según su condición. No había vanidad en su corazón, sino humildad y reconocimiento de su condición pecadora. Cuánto nos cuesta reconocerlo. Queremos mantener siempre la imagen de que somos buenos, nuestro prestigio. Cuánta vanidad envuelve nuestra vida. Por eso decirlo de una forma genérica puede ser hasta bonito y parece que quedamos bien, pero decirlo con la realidad de pecado en nuestra mano parece que nos humilla, pero es lo que en verdad nos engrandece.

Si en el camino todos somos cojos, cada uno arrastramos nuestros pies con nuestros propios tropiezos; tendríamos que aprender a tener una mirada distinta, pero también a presentarnos de una forma distinta ante los demás, reconociendo nuestra debilidad, sabiendo que necesitamos una mano que nos levante en tantos tropiezos que vamos teniendo en el camino; pero ya nos arreglamos para disimular nuestras cojeras, nuestras limitaciones, para que nuestro amor propio no se sienta herido.

Al final piensa que quien te aprecia de verdad no le importarán tus limitaciones y seguirá apreciándote por lo que tú eres y sabrá agradecer los momentos de luz que a pesar de tus sombras le hayas podido ofrecer alguna vez en la vida; quien no es capaz de valorarte por lo que eres y siempre tiene en cuenta algo que un día hiciste que no era bueno, seguro que está ocultando mucho de su vida en esa postura de orgullo y vanidad que se mantiene ante ti. Camina siendo capaz de unirte a esas personas que a pesar de sus debilidades quieren caminar y te ofrecen también una mano para seguir haciendo el camino, sabrás sentir en tu corazón el gozo de lo que es un verdadero aprecio y amistad.

Pero podrás sentir por encima de todo el gozo de un Dios que te ama y quiere seguir contando contigo. ¿Con quiénes se reunía especialmente Jesús? Con los pecadores, con los publicanos, con las prostitutas porque a la larga ellos estaban más cerca del Reino de Dios.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

 


Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

Me van a decir algunos que no, pero hemos de reconocer que queremos ser los más guapos, los más altos, los más inteligentes, en una palabra, que queremos ser los mejores en todo; y no es porque nos estemos esforzando quizás mucho por ser los mejores, pero que venga alguien y ocupe en lugar nuestro aquel lugar con el que soñábamos, que venga alguien y quede por delante nosotros porque en la carrera corrió más, o porque supo ser más sagaz para ponerse por delante y no hubo manera que nosotros le venciéramos; nos sentimos mal, en cierto modo humillados si nos relegaron a un segundo puesto cuando nosotros creíamos que teníamos asegurado el primer puesto.

En esa andaban los discípulos de Jesús, aquellos que andaban más cerca de Jesús en todo momento, aquellos a los que Jesús había elegido para ser sus enviados. Ahora andaban discutiendo por quien valía más, quien era el primero en aquel grupo ya fuera porque se creyeran los más antiguos, los primeros que comenzaron a seguir a Jesús, o porque se consideraban con más derechos o privilegios que los demás para ocupar los primeros puestos cuando Jesús no estuviera. Como nosotros cuando en la vida nos vamos dando empujones porque queremos salir bien en la foto… a ver cuanto más cerca que podamos del personaje que consideramos principal.

¿Esos codazos y esas zancadillas tienen sentido en un grupo de hermanos? ¿Qué sentido y que valor tiene que andemos en esas carreras, con esos empujones cuando formamos parte de una misma humanidad que entre todos tendríamos que preocuparnos de hacer que cada día sea más humanidad? Cuando vemos que Dios nos ha puesto el mundo en nuestras manos para que entre todos los hagamos caminar, no tienen sentido nuestras rivalidades ni nuestras envidias, nuestros orgullos o mal disimulado amor propio cuando tendríamos que aprender a valor lo que realmente cada uno vale y la función que cada uno tiene en ese mundo que es de todos.

Cuánto nos gustan los protagonismos, que aparezcamos nosotros, que parezca que somos los únicos salvadores, que acapararemos todos los méritos, que nos pongan sobre pedestales. Y cuando aparece alguien que nos pueda dar sombra o quitar protagonismo nos recomemos por dentro y surgen los recelos y las envidias, el desprestigiar o el quitar méritos, creyendo que somos los únicos que podemos hacerlo.

Y Jesús nos da la gran lección, a la chita callando, como se suele decir. Solamente cogió un niño y lo puso en medio de ellos y les digo que todos teníamos que comenzar por ser como niños. ¿Nos quiere infantilizar Jesús? Ni mucho menos. Necesitamos de la virtud de la humildad y de la sencillez, el espíritu abierto de un niño que con todos se junta y con todos juega y reaviva sus sueños, en el que no caben personalismos porque aun en él no hemos despertado los orgullos y los sueños de grandiosidades, que se deja querer y a todos ofrece la limpieza de sus ojos.

Pero nos dice aun algo más Jesús, no solo hemos de ser como ellos sino también saber acogerlos a ellos, aunque nos parezcan pequeños y nada nos exijan. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’. Cuantas veces vamos por la vida apabullando a todo el que nos parece menos, a todo el que nos parece pequeño e insignificante. ¡Qué sabes hacer tú!, le decimos a aquel que nos parece inferior, ¿me vas a dar lecciones a mi?

Y Jesús nos está diciendo que nos dan lecciones los niños, que nos dan lecciones los pequeños, que nos dan lecciones aquellos que menos consideramos y a los que quizá no queremos dejar que hagan algo para que no ocupen nuestro lugar. Por allá vinieron a decirle a Jesús que a uno que no de su grupo pero que también echaba demonios en nombre de Jesús se lo habían querido prohibir. ‘El que no está con nosotros, está a favor nuestro’, les viene a decir a Jesús para que nadie se crea el único protagonista o el único que sabe hacer las cosas bien.

Qué distinto es el estilo de Jesús; qué amplitud de miras tiene su corazón; qué apertura a lo bueno, venga de donde venga, porque siempre será construir el Reino de Dios; en qué caminos nuevos nos está poniendo Jesús. No se trata de carreras para ver quien llega primero, sino para ver quien es el que mejor sirve a los demás.

viernes, 9 de septiembre de 2022

Vivamos con autenticidad, con veracidad, siendo sinceros con la verdad de nosotros mismos y nuestras debilidades, camino de la verdadera grandeza

 


Vivamos con autenticidad, con veracidad, siendo sinceros con la verdad de nosotros mismos y nuestras debilidades, camino de la verdadera grandeza

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 83; Lucas 6, 39-42

Con qué facilidad proyectamos sobre los demás lo que llevamos dentro de nosotros, lo que nos sucede, lo que pueden ser unos sentimientos negativos que llevemos dentro. Es como un mecanismo de defensa, no lo vemos en nosotros, porque no lo queremos ver y al final hasta nos convencemos de que eso nos pasa a nosotros, pero lo vemos siempre en los demás. Por eso nunca somos culpables, no tenemos defectos ni vicios, pero todo eso lo vemos en los demás, en los que nos rodean; y creamos sentimientos negativos dentro de nosotros, y contagiamos también a los demás de esos sentimientos negativos.


Qué bueno sería que con quien primero fuéramos sinceros es con nosotros mismos; porque nos engañamos, porque nunca vemos esas cosas en nosotros, y nos justificamos, y aparentamos, y nos llenamos de vanidades y de orgullos porque como somos tan perfectos nos endiosamos mientras siempre estamos condenando a los demás. Cuánto nos cuesta ser sinceros con nosotros mismos para no vivir de apariencias y de vanidades.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús con un sencillo ejemplo; fáciles somos para ver la más mínima mancha en el ojo ajeno, pero no somos capaces de darnos cuenta de la viga que llevamos en nuestros propios ojos. Y claro estamos tan ciegos que no seremos capaces de apreciar nunca lo bueno que hay en los demás. Tenemos que buscar el colirio que limpie nuestros ojos y le dé brillantez para ver y apreciar lo bueno de los demás. Por eso nos dice Jesús que quitemos primero la viga que llevamos en nuestros ojos antes que estar tan preocupados por la pequeña mota que puede haber en el ojo del hermano.

Nos dirá Jesús que con nuestras vanidades terminamos convirtiéndonos en ciegos que quieren guiar a otros ciegos. Y vamos a caer en hoyo. Es que necesariamente iremos tropezando por todas partes, porque hay ceguera en nosotros. Claro que tenemos que preocuparnos de que el hermano que va a nuestro lado en el camino de la vida no tropiece y caiga, pero tenemos que darnos cuenta del daño que con nuestra ceguera vamos haciendo a los demás.

El que tiene los ojos turbios nada bueno puede enseñar a los demás, el que se sube en falso a un pedestal, pronto se va a derrumbar porque no tiene consistencia y nos vendremos abajo, el que se oculta tras las apariencias de las vanidades para no dejar conocer la realidad de su vida, ha de saber que pronto se van a descorrer esos velo y nos van a dejar desnudos en nuestra realidad ante el mundo. ¿No dice el dicho popular que más pronto se coge a un mentiroso que a un cojo?

Nos está invitando Jesús a que vivamos con autenticidad, con veracidad. No temamos el reconocer nuestra debilidad, porque andamos en el país de los ciegos, como suele decirse, y el que más y el que menos todos tenemos nuestras cegueras, nuestras debilidades. ¿Por qué vamos a aparentar lo que en realidad nosotros?

Ya sé que por medio están nuestros orgullos, está nuestro amor propio, ese prestigio que queremos mantener aunque sea a costa de falsedades de la vida, está ese irse siempre comparando con los demás para vernos siempre como en un escalón por encima de los otros, esos halagos que deseamos recibir de los que nos rodean. Seamos sinceros con los demás sobre nuestra propia verdad tan llena de debilidades. La grandeza está en que seamos capaces de luchar por salir de esas debilidades, y esa humildad vamos a ser valorados por los que son realmente sinceros.

Recordemos lo que en otro lugar nos dirá Jesús que el que se enaltece será humillado, sino el que es capaz de humillarse será enaltecido de verdad.

miércoles, 22 de junio de 2022

La falta de autenticidad, dejándonos envolver por apariencias, debilita el testimonio que hemos de dar y manifiesta la tibieza de nuestra vida espiritual

 


La falta de autenticidad, dejándonos envolver por apariencias, debilita el testimonio que hemos de dar y manifiesta la tibieza de nuestra vida espiritual

2Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Sal 118; Mateo 7, 15-20

No sé por qué pero siempre queremos dar la apariencia de que somos mejores de lo que en realidad somos; queremos quizás mantener nuestros prestigios, el que nos vean como buenas y respetables, el ser bien considerados por los que están a nuestro alrededor. ¿Será nuestro orgullo? ¿Será la vanagloria y el amor propio? ¿Será la vanidad? 

Tenemos en cierto modo miedo de que se nos venga abajo toda esa imagen de vanidad que nos hemos creado, que si encuentran alguna debilidad en nuestra vida perdamos toda la consideración y respeto que pensábamos que teníamos. No nos damos cuenta quizás que seremos mejor considerados si nos manifestamos con la verdad y la realidad de nuestra vida aunque aparezcan debilidades y flaquezas, porque será la humildad de reconocerlo lo que quizás mejor consideren los que nos contemplan.

Pero no queremos aparecer como débiles porque pensamos que eso nos debilita, cuando la sinceridad y la humildad será lo que más nos engrandecería. Esa cobardía para reconocer las debilidades y los fallos será quizá lo que nos haga perder aquel prestigio que pensábamos que teníamos. Algún chip tendría que cambiar en nuestra cabeza, en nuestra manera de pensar y de actuar.

Vivimos demasiado de las apariencias y vanidades. Se palpa alrededor en tantas maneras de actuar, en una cierta hipocresía que nos encontramos muchas veces en la sociedad y nos sentimos tentados a lo mismo. Queremos aparecer como árbol bueno cuando en realidad no lo somos. Pero como nos dice hoy Jesús en el evangelio por el fruto se conoce al árbol, por sus frutos los conoceréis.

Es la necesidad de que los cristianos nos manifestamos de forma auténtica ante el mundo que nos rodea; no nos dejemos envolver por las apariencias; y muchas veces el dejarse envolver por las apariencias significa cómo nosotros nos acomodamos al ambiente, para no desentonar. No somos capaces de manifestar nuestra verdad, proclamar y defender nuestros principios y nuestros valores, no queremos ir a la contra de lo que los demás hacen o dicen, guardamos silencio cuando tendríamos que hablar o disimulamos aquello que hacemos para no diferenciarnos de lo que hay a nuestro alrededor. Es una gran debilidad que vivimos, es una cobardía en la que nos dejamos envolver, es una falta de auténtico testimonio que no llegamos a dar.

Actuando así, ¿cuáles son los frutos que esperamos recoger? Estamos dañando nuestro árbol cuando dejamos que se injerten en él púas diferentes a las que podrían fortalecer y mejorar nuestros frutos. Notamos cómo el sentido cristiano se va enfriando en nuestro entorno porque se van dejando de vivir los verdaderos valores evangélicos, vemos cómo incluso se enfría la participación en los actos religiosos que con tanta intensidad quizás vivimos en otros momentos, la gente que incluso sigue bautizando a sus hijos o quieren que hagan la primera comunión vemos cómo pronto dejan de participar en nuestras manifestaciones públicas de la fe y de la religión.

Tendríamos que preguntarnos aquellos que nos sentimos más comprometidos con nuestra fe si el testimonio que damos es verdaderamente auténtico ante el mundo que nos rodea; quizá también la frialdad esté enturbiando nuestras vidas y no ayudamos como deberíamos por nuestro testimonio que vuelva a reverdecer y florecer la fe de tanta gente sencilla que tenemos a nuestro alrededor y quizá necesita nuestro testimonio. ¿Estaremos haciendo producir los buenos frutos de un árbol bueno?

Son inquietudes que hemos de tener en nuestro corazón y que tendrían que hacer que nos preguntemos por la sinceridad de nuestra vida. ¿Nos estaremos dejando envolver por algunas vanidades? ¿Nos manifestamos con verdadera sinceridad?

lunes, 20 de junio de 2022

La claridad que necesitan nuestros ojos pasa por parecernos a Jesús que es manso y humilde de corazón porque así nuestra mirada será siempre límpida

 


La claridad que necesitan nuestros ojos pasa por parecernos a Jesús que es manso y humilde de corazón porque así nuestra mirada será siempre límpida

2Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Sal 59; Mateo 7, 1-5

Hay ocasiones en que los ojos se nos irritan y la vista se nos nubla; nos cuesta percibir con claridad las cosas, como si una niebla se interpusiera entre nuestros ojos y la realidad que nos rodea; todo nos parece turbio, no llegamos a percibir con claridad y nitidez ni los colores ni los detalles de las cosas; no digamos cuando una catarata ha nublado esa lente de nuestros ojos que permitiría que las imágenes llegasen con claridad a nuestra retina.

Pero creo que todos entendéis que no estoy dando una sesión de oftalmología ni mi interés en este momento sea la higiene y el cuidado de los ojos. Hay otras miradas, hay otros nubarrones que se interponen en la relación de unos y otros, hay cosas que nos irritan el alma y que enturbian nuestra razón y nuestra voluntad. Y no lo vamos a buscar en agentes externos, sino que tenemos que mirarlo y descubrirlo dentro de nosotros mismos que nos llenamos de orgullos, que nos dejamos vencer por el amor propio, que permitimos que malquerencias nos dañen nuestro espíritu y en consecuencia nuestra forma de mirar a los que están a nuestro lado. Cuando nos falta la humildad entre los valores que cultivemos, cuando nos es la sencillez la que nos guía, cuando no es un amor verdadero la pauta de nuestro actuar, aparecen todas cosas que nos enturbian el alma, que nos enturbian nuestra mirada.

Es de lo que quiere prevenirnos hoy esta página del evangelio. Mateo reunió y les dio una visión de conjunto en lo que solemos llamar el sermón del monte, diversas enseñanzas de Jesús que probablemente en la realidad fueron surgiendo en esas diarias conversación de convivencia de Jesús con sus discípulos; en esos momentos se habla de todo, en esos momentos van apareciendo situaciones a las que hay que darle otro sentido y de ahí irían surgiendo esas enseñanzas de Jesús, que ahora Mateo nos reúne en estos discursos al pie de la montaña.

En la liturgia se nos van ofreciendo en pequeños párrafos que nos van sintetizando toda esa enseñanza de Jesús. La pedagogía de la liturgia tiene así una gran riqueza, porque nos hace reflexionar en cada momento en situaciones distintas que nos hacen mirar de una manera muy concreta lo que es nuestra vida. Como nos sucede hoy al hablarnos de alguna manera de esa mirada limpia que siempre hemos de tener de los demás. ¿Quiénes somos nosotros para hacer unos juicios de valor de lo que los otros hacen? ¿Es que acaso estamos en su interior para saber lo que realmente pasa en su corazón? Como nos viene a decir hoy Jesús, mejor nos miráramos a nosotros mismos antes de hacer un juicio de los demás.

‘No juzguéis, para que no seáis juzgados…’ nos dice Jesús. Y nos enseña a mirarnos primero a nosotros mismos antes de hacer un juicio de los demás. Suele suceder con mucha frecuencia que eso mismo que criticamos de los otros son situaciones por las que nosotros pasamos y de las que no sabemos cómo salir, aunque bien lo disimulamos. Y nos dice Jesús que la medida que usamos con los demás será la medida que usarán con nosotros, o contra nosotros.

Y terminará diciéndonos Jesús: ‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ Mirémonos a nosotros mismos y démonos cuenta de que no somos tan perfectos como queremos aparentar, o como queremos restregarle en las narices a los demás. Es nuestro orgullo que nos sube en pedestales; el amor propio y la soberbia que no nos deja reconocer lo que realmente somos, lo que hay en nosotros. Qué importante es la humildad, la sencillez de corazón; por eso nos dirá en otro momento que aprendamos de El que es manso y humilde de corazón. La claridad que necesitan nuestros ojos.

miércoles, 15 de junio de 2022

Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

 


Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

A quién le amarga un dulce, solemos decir cuando queremos camuflar el orgullo que sentimos dentro de nosotros ante una alabanza por algo que hayamos hecho, un reconocimiento ya sea en forma de plaquita o de los oropeles de las medallas que quieren colgar sobre nuestros cuellos. Es cierto que en la vida tenemos que aprender a reconocer lo bueno que hacen los demás, y que todos sentimos dentro de nosotros el prurito satisfactorio de una alabanza o de un reconocimiento.

De cosas sencillas y pequeñas, muy elementales nacidas de la gratitud que hemos de tener hacia aquellos que hacen el bien, nacen luego las vanidades que se transforman en vanagloria y hasta desearíamos que nuestro nombre se perpetuara hasta la eternidad, porque así complacemos nuestra vanidad, alimentamos el orgullo y el amor propio y terminamos no solo queriendo elevarnos por encima de los demás sino que hasta seremos exigentes con aquellos que no nos muestran esos reconocimientos.

No vamos a seguir tirando del hilo de las vanidades porque esa hoguera de las vanidades consume muchos corazones o nos llena de muchas ambiciones que pueden terminar convirtiéndose en auténticas batallas que pueden destruir lo más hermoso que podemos llevar en nuestro corazón. Nadie es ajeno a esta tentación de la vanidad, a todos nos puede aflorar en el momento en que menos lo pensemos ese brillo en nuestros ojos emocionados por los reconocimientos. Demasiados oropeles de vanidad envuelven nuestra vida.

De esto nos quiere prevenir hoy Jesús en el evangelio. En el llamado sermón del monte Jesús nos va desgranando diversas situaciones de la vida donde hemos de saber mantener una vigilancia para que se mantenga la pureza de intención en aquello bueno que hacemos y no lleguemos a empañarla con esos brillos de oropeles. Nos señala Jesús diversos momentos o situaciones de nuestra vida, y sobre todo en relación a todo lo que fuera nuestra vida religiosa para que alejemos de ella toda vanidad.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración, del ayuno y de la penitencia que podamos hacer en distintos momentos de la vida. Ya de entrada Jesús nos deja la sentencia, el principio: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos’. Practicar la justicia, hacer el bien con humildad y con la sinceridad de nuestra vida. No por el aplauso y reconocimiento, sino por aquello que con sinceridad queremos hacer desde lo más hondo de nosotros mismos.

Claro que Jesús aquí nos está queriendo contraponer actitudes y posturas de mucha gente de su tiempo, que no pueden ser la pauta de los que nos llamamos sus seguidores, sus discípulos vayamos a hacer en nuestra vida. Son las actitudes de los fariseos que veremos en otros momentos del evangelio denunciar con vehemencia y fuerza por parte de Jesús; es de lo que ahora nos quiere prevenir para que haya esa sinceridad y rectitud en nuestra vida, porque lo que en verdad busquemos siempre sea la gloria de Dios.

‘Tú, en cambio, cuando hagas limosna, nos dice Jesús, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará’. No son las recompensas humanas, no son los reconocimientos de los hombres lo que tiene que movernos. Y nos habla de la limosna, pero nos hablará de la oración que haremos en lo escondido de nuestra habitación, porque es allí en nuestro interior más profundo donde vamos a sentir a Dios, donde vamos a encontrarnos con Dios, dónde y cómo vamos a presentarle nuestras peticiones. ‘Ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Y en el mismo sentido nos va a hablar del ayuno. ‘Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’.

Nos habla Jesús de estas tres situaciones concretas, porque eran hechos que estaban bien palpables en tantos en aquel momento. ¿Hoy qué nos diría el Señor? ¿Qué situaciones concretas de nuestra vida nos estaría señalando? ¿Esa vanidad no irá pareja en la vida con la superficialidad con que vivimos las cosas? Vanidad, superficialidad que nos lleva muchas veces de la rutina y a la vaciedad con que vivimos y hacemos las cosas; y nos fijamos en las apariencias que queremos mantener para que nos tengan en consideración o para que no baje nuestra autoestima; costumbrismo vacío, porque siempre las cosas se han hecho así, y no intentamos ni profundizar ni mejorar y acaso nos contentamos de realizar formalmente, ritualmente las cosas sin darles mayor sentido.

Nos falta muchas veces a los cristianos una auténtica espiritualidad que nos dé profundidad a lo que vivimos; damos la impresión tantas veces de que estamos tan vacíos; sería lo que nos haría creíbles ante el mundo que nos rodea, aunque también hay el peligro o la tentación de que nos rechacen porque les molesta la profundidad que le queremos dar a las cosas que hacemos. Necesitamos cultivarnos por dentro porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos.

sábado, 21 de mayo de 2022

El cristiano está consciente en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor

 


El cristiano está consciente en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Algunas veces tan seguros de nosotros mismos por la vida que creemos que tenemos que caerle bien a todo el mundo, pero nos tropezamos de bruces con la realidad de que no somos tan ‘chachis’ como pensamos y nos encontraremos con gente a las que caemos mal, que juzgan y critican cuanto hacemos, y que de una manera u otra nos hacen frente en la vida, fastidiándonos en muchos casos o haciéndonos las cosas imposibles.

No siempre sabemos reaccionar, porque pronto nos aparece el amor propio, el orgullo y el engreimiento de que somos los mejores o que somos los únicos que sabemos hacer las cosas bien y lo solemos pasar bastante mal. Nos falta quizás la madurez para darnos cuenta de nuestra realidad y nuestras debilidades, o para afrontar el que otro pueda tener otra opinión que nos haga frente; hay gente que se enferma con situaciones así.

Dije al principio lo de ir seguros por la vida, pero haciendo referencia más bien a esa autosuficiencia con que andamos muchas veces. Cuando tenemos convicciones profunda, claro que tenemos que ir seguros por la vida, pero no significa eso que vayamos poniéndonos por encima de los demás, ni vayamos avasallando a nadie o queriendo imponer nuestras cosas; seguridad hemos de tener en nuestras convicciones y principios, seguridad hemos de tener en nuestra fe aunque siempre andemos en camino de búsqueda y de crecimiento interior.

Y cuando hablamos de esa seguridad y libertad interior con que queremos vivir nuestra fe, sabemos muy bien que vivimos en un mundo muy complejo y, aún en nuestros ambientes que decimos cristianos, bien sabemos que no todo es cristiano, que la fe se ha debilitado en muchos, y que otros tienen otros pensamientos, otras formas de afrontar la vida con sus propios principios. No es que tengamos que hacer una mezcolanza, un sincretismo, pero sí actuar con libertad y con respeto hacia los que están en nuestro entorno y puedan pensar distinto. Claro que eso no nos ha de coartar para que nosotros hagamos una presentación clara y valiente de lo que es nuestra fe, porque nuestra meta será siempre querer iluminar la vida del mundo que nos rodea. Tenemos una luz de la que no podemos inhibirnos.

Hemos venido diciendo cómo Jesús en aquel diálogo con sus discípulos y apóstoles en la cena pascual, con aquellos aires de despedida que tenía también, va abriendo su corazón y mostrando en las recomendaciones que les va haciendo a los discípulos las dificultades también con que se van a encontrar. Emplea un lenguaje que en cierto modo puede parecer fuerte cuando les dice que el mundo les odia, porque no son del mundo.

Es el rechazo y la oposición con que se van a encontrar, que veremos en los Hechos de los Apóstoles cómo los primeros cristianos van a encontrar ya desde aquellos mismos comienzos. Les sucede a los apóstoles en Jerusalén, como veremos luego que será la piedra con que vayan tropezando en sus caminos por el mundo anunciando el evangelio. En los viajes del Apóstol Pablo que nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles lo encontraremos claramente.

‘Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra’ les viene a decir Jesús. Pero nos sentimos seguros en nuestro camino porque nos sentimos amados y escogidos del Señor.

No vamos con nuestra misión particular, no vamos a realizar nuestras propias batallas, vamos con la misión que Jesús nos ha confiado, vamos con la confianza de la fuerza del Espíritu que está con nosotros. Es la seguridad con que nos sentimos hoy en nuestra tarea, que sabemos bien que no es tan fácil. Estamos conscientes en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Compartir con generosidad es mucho más que desprendernos de unas monedas, necesitamos saber desprendernos de nosotros mismos, de nuestro orgullo y amor propio

 


Compartir con generosidad es mucho más que desprendernos de unas monedas, necesitamos saber desprendernos de nosotros mismos, de nuestro orgullo y amor propio

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Don… sí que es generoso, escuchamos decir, mira cuanto ha hecho por la Iglesia. A nuestra parroquia no le falta nada porque el atiende cualquier necesidad que tenga la parroquia… Puede ser el pensamiento que tengamos o lo que escuchemos decir a personas de buena voluntad, y es cierto que esa persona se gasta sus dineros en comprar lo que haga falta. Pero quizá al mismo tiempo vamos mirando de reojo porque a la hora de hacer una recaudación alguna persona no dio sino unas monedillas.

¿Qué sabes tú de la situación de esa persona? Cuidado no nos quedemos en las apariencias y en nuestros juicios tanto laudatorios como de minusvaloración de lo que los otros hacen. Es un peligro y una tentación. Aquel que está dando mucho tendrá quizás unas buenas finanzas y si aporta todo eso nunca le faltará para seguir con sus ganancias o sus negocios. Aquel que ha dado poco tenemos que quedarnos en silencio ante su secreto que no tenemos por qué ni desvelar ni juzgar.

Es la lección que nos da Jesús hoy en el evangelio. No hace muchos días ya lo hemos leído y comentado. Jesús se había fijado en quienes entraban al templo y en este caso ostentosamente hacían alarde de sus posibilidades con sonadas limosnas en el arca de las ofrendas. Sonadas, porque como dirá Jesús en otra ocasión algunos van tocando trompetas por las esquinas cuando van a hacer alguna limosna para que todos vean su generosidad. En esta ocasión Jesús se ha fijado en aquella mujer que además era viuda y pobre y con gran generosidad de corazón en aquellos dos reales que depositó en el arca estaba poniendo cuanto necesitaba para vivir.

Pero aquella mujer pasó desapercibida. Para todos menos para Jesús. El conoce el corazón del hombre. ¿Quién se iba a fijar en aquella mujer? Era mujer, era viuda, y además pobre lo que en aquella sociedad agravaba más la situación. Una serie de circunstancias concomitantes además propicias para que nadie se fijara en ella. Eran más sonadas y aplaudidas las generosidades aparentes de aquellos que se las daban de generosos.

Siempre este pasaje del evangelio nos ha servido de punto de examen para ver nuestra generosidad. Y tenemos que decir también nuestra forma de dar. Aquí nos recuerda lo que nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Quien tiene que ver lo que llevas en el corazón es Dios, y El bien que nos conoce. Todavía nos quedan en muchos lugares placas de agasajo y reconocimiento, repartos de diplomas. No significa que no tengamos que ser agradecidos con quienes son generosos, pero la gratitud y valoración verdadera no está en una placa o un diploma que amontonamos en un rincón llenos de polvo y el tiempo envejecerá o el viento se llevará.

Es lo que nos dirá Jesús en otro momento de que guardemos nuestros tesoros en el cielo. Allí no habrá ladrón que nos los robe; allí no hay polilla ni carcoma que lo eche a perder. Lo estaremos haciendo cuando aprendamos a compartir con generosidad; cuando seamos capaces de desprendernos incluso de nosotros mismos. No es cuestión solo de desprendernos de unas monedas o unas riquezas, sino lo importante es el desprendimiento interior que vence todo orgullo y todo amor propio. Eso cuesta muchas veces mucho más que desprendernos de unas monedas.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Busquemos la libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida

 


Busquemos la libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52ª-56ª; Juan 8, 31-42

¡Qué difícil hablar de libertad! Es el ansia, es cierto, de todos los hombres y de todos los pueblos, hoy y en todos los tiempos. Queremos libertad es el grito que más se escucha; se sigue repitiendo en manifestaciones de todo tipo, y incluso en aquellas en las que parece que lo que se pide nada tenga que ver con la libertad, sin embargo es el eslogan preferido, el eslogan más repetido y algunas veces uno se pregunta si los que están pidiendo libertad saben lo que piden. ¿Cómo se reflejará todo eso en sus vidas?

Libertad porque yo tengo derecho a opinar lo que a mí me parezca; libertad porque yo quiero hacer lo que yo quiero por mí mismo sin que nadie me coarte, nadie me tenga que señalar lo que tengo que hacer; libertad, libertad, oímos repetir una y otra vez quizá cuando esos gritos van teledirigidos por intereses de quienes saben manipular los gritos de los que piden libertad pero son los más esclavos porque no hacen sino repetir lo que les dicen sin convicciones profundas, sin un sentido de vida, sin una metas que den más plenitud a la persona, sin valoración ni respeto a los que puedan opinar en contra, porque si opinas de forma distinta ya te dicen que estás atentando contra la libertad. Se siente uno desencantado viendo peticiones y razonamientos, descubriendo intereses oscuros y ocultos de los que manejan los hilos con lo que acabamos todos siendo unas marionetas.

Libertad es cierto es la aspiración más noble de la persona, pero una libertad que me haga grande porque encuentre un verdadero sentido a mi vida; una libertad que valora la persona por encima de todo pero que nos lleva también a respetarla en sus planteamientos aunque nos puedan parecer equivocados; una libertad que con profundos fundamentos construye la vida de las personas desarrollando lo más noble que hay en ellas y así hace una sociedad también más justa; libertad que me levanta del ras del suelo para no ser pisoteado pero me hace ver valores altos, nobles, espirituales que me dan la verdadera grandeza; libertad que me hace encontrarme conmigo mismo para desatar ataduras, para liberarnos de caprichos, para encontrar la verdadera sabiduría de mi vida; libertad que me ayuda también a descubrir la presencia de Dios en mi vida y en mi mundo, pero que no viene para coartar sino para engrandecer al ser humano.

Hoy nos dice Jesús que El viene a nosotros para que sepamos encontrar esa verdadera sabiduría de la vida que nos va a conducir por los verdaderos caminos de la libertad. Y hoy nos dice: ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Conocer la verdad que nos hace libres. Es esto muy importante.

Ya podríamos afirmar de entrada que la mentira nos esclaviza porque es la verdad la que nos libera. De cuántas falsedades nos rodeamos, de cuántas vanidades y apariencias, de cuántos orgullos con los que queremos figurar de otra manera a lo que realmente somos y que nos llenan de apegos, de esclavitudes de tantas cosas, empezando por hacernos esclavos de nuestro amor propio.

Y Jesús viene a liberarnos. Cuando hablamos de liberación, de salvación pensamos en el pecado que nos ata y nos esclaviza, pero puede que se quede en un concepto al que al final no le demos el verdadero valor.


Tenemos que emplear esa palabra liberación con toda la carga de profundidad que tiene, porque nos arranca de esos apegos del alma, de esas esclavitudes que engañosamente muchas veces presentamos como camino de libertad; nos engañamos cuando nos hacemos esclavos del orgullo y del amor propio, de la vanidad de la vida con que nos presentamos y de todas esas apariencias que camuflan y ocultan el vacío que llevamos en nuestro interior. Un vacío que nos llena de falsedad y de mentira, un vacío que finalmente nos esclaviza.

¿Piensas que solo cuando haces lo que te apetece, lo que te dictan tus pasiones, lo que te da la gana como se suele decir tan fácilmente, es cuando somos realmente libres de verdad? Piénsatelo dos veces.

Leamos con detenimiento este pasaje del evangelio que hoy se nos propone para que encontremos esa verdad que es Jesús que nos da la más hermosa libertad.

lunes, 22 de junio de 2020

Que el colirio del amor limpie y llene de luminosidad nuestros ojos para mirar con mirada limpia y saber poner siempre el amor por delante en nuestras relaciones mutuas


Que el colirio del amor limpie y llene de luminosidad nuestros ojos para mirar con mirada limpia y saber poner siempre el amor por delante en nuestras relaciones mutuas

2Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Sal 59; Mateo 7, 1-5
Es cierto que nos pueden gustar o no las cosas que vemos. Incluso la manera de actuar de los demás; cada uno tenemos nuestros criterios, nuestros principios, nuestra manera de hacer las cosas, y podremos estar de acuerdo o no, podremos tener distintos enfoques, podremos estar profundamente en desacuerdo, pero no nos podemos meter en el interior de la persona, no somos nadie para juzgar su manera de actuar con un juicio que signifique condena; y a eso es a lo más que estamos acostumbrados, es quizás lo que nos es más fácil hacer. Tratar de comprender su punto de vista, el por qué hace las cosas como las hace, respetar la decisión de la persona, por mucho que pensemos que está equivocada eso es algo que nos cuesta mucho.
Tenemos que aprender a vivir en un mundo de respeto y comprensión, que es mucho más que eso que ahora se dice tanto de la tolerancia. Porque nosotros podemos presentar con la misma libertad nuestra opinión, nuestra manera de hacer las cosas, pero tenemos que respetar, no podemos nunca condenar.
Además si vemos errores, o nos parece a nosotros, en la otra persona que pueden afectar a lo moral, aparte de esa comprensión y respeto, que también con humildad podemos acercarnos a esa persona sin juzgar ni condenar y hacerle ver lo que a nosotros nos parece que hace mal; pero eso nos hace mirarnos también a nosotros mismos.
¿Es que somos perfectos? ¿Es que todo siempre lo hacemos bien y no cometemos errores? ¿Seríamos capaces de aceptar esa corrección fraterna que nos puede venir del otro que nos quiere hacer ver en qué también nosotros nos hemos equivocado? Y sabemos que salta enseguida nuestro amor propio y nuestro orgullo y no pasamos por eso que consideramos una humillación cuando nos corrigen por muy bien que lo hagan.
Creo que a pensamientos así nos tiene que llevar lo que hoy Jesús nos está enseñando en el evangelio. Porque en ese mundo de amor que es el Reino de Dios que El nos anuncia, ese respeto y esa comprensión tienen que brillar fuertemente en nuestras vidas. Cuando amamos de verdad y entre nosotros tendríamos que sentirnos verdaderamente hermanos sabemos ayudarnos mutuamente, nos dejamos ayudar también por los demás porque nunca con soberbia nos ponemos en el pedestal de querer ser siempre los perfectos.
Creo que no son necesarios muchos más razonamientos sino ser capaces de tener ese espíritu de humildad, ese corazón generoso y lleno de amor para lograr que nuestras relaciones sean siempre hermosas porque estén llenas de paz y porque sepamos colaborar los unos con los otros para ir haciendo que el mundo sea mejor. Y no se trata de hacer grandes cosas, sino esas pequeñas cosas que son nuestras relaciones de cada día con aquellos que más cercanos están a nosotros con los que sabemos ser comprensivos, para los que no estamos teniendo siempre palabras de condena, sino siempre ha de ser palabras y gestos de estímulo, para que nos sintamos bien interiormente, para que no nos falta la paz, para que sepamos aceptarnos aquello que tenemos que decirnos, para que haya siempre una relación de humildad y de sencillez.
Seremos capaces entonces de ir con delicadeza a tratar el ojo del hermano pero también de dejarnos limpiar nuestros ojos que tantas veces llenamos de pedruscos o los enturbiamos demasiado para no ver con claridad. De eso nos habla Jesús cuando habla de la mota o de la viga que puede haber en nuestros ojos. Que el colirio del amor llene de luminosidad nuestros ojos.

miércoles, 1 de abril de 2020

Encontremos la verdad de Jesús y encontraremos la verdadera libertad que es la que nos hace grandes y también hará grandes a todos respetando la dignidad de cada persona


Encontremos la verdad de Jesús y encontraremos la verdadera libertad que es la que nos hace grandes y también hará grandes a todos respetando la dignidad de cada persona

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52a-56ª; Juan 8, 31-42
‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’, nos dice Jesús hoy en el evangelio.
Es un ansia profunda del corazón del hombre. Queremos ser libres. ¿Llegaremos a serlo de verdad? ¿Cómo y dónde alcanzamos esa ansiada libertad? Quizás algo fundamental es tener claro en que consiste esa libertad que anhelamos. ¿En qué ponemos la libertad?
Por supuesto que no queremos que haya ningún dominio sobre nosotros; que nada ni nadie nos domine, nos coarte esa libertad que ansiamos. Es que quizá tendríamos que ver también qué sentido o qué concepto tenemos nosotros del  hombre, de la persona; quizá no solo tenemos que vernos a nosotros mismos como si fuéramos los únicos seres de la creación, sino ver también nuestra relación con los demás y hasta con la misma naturaleza. Toda una antropología, todo un sentido de la persona que construye nuestra vida y que la construimos necesariamente en una relación con el otro, está detrás de todo esto.
No será entonces por caminos de sentirnos dominantes sobre todo y sobre todos por donde desarrollaremos esa auténtica libertad que ansiamos. Aunque algunas veces nos confundamos y lleguemos a pensar que tener libertad es dominar a nuestro capricho todo cuanto nos rodea. No se trata tampoco solamente de liberarnos del poder o de la influencia que los otros puedan ejercer sobre nosotros – que también – sino que tendrá que ser algo más profundo que hemos de sentir y de vivir en lo más hondo de nuestra persona.
Porque quizá podemos encontrarnos esa esclavitud dentro de nosotros mismos, en nuestro capricho, en nuestra pasión, en nuestro amor propio, en el orgullo que nos llena de soberbia y que nos destruirá a nosotros pero que querrá destruir también cuanto se encuentre alrededor. ¿Son esos caminos de libertad? Cuantas cosas podemos encontrarnos en nosotros mismos que nos dominan y nos esclavizan. Es complejo todo esto que estamos reflexionando y donde podemos llenarnos de confusiones que hasta podrían mermar nuestra propia dignidad.
Y Jesús hoy nos dice que si le seguimos, si escuchamos su palabra, si en verdad queremos ser sus discípulos que significa seguir sus pasos, tener su mismo plan de vida conoceremos la verdad y esa verdad nos llevará a la verdadera libertad. Alguien podría pensar con estas palabras que ya no sería libre, porque estaría simplemente siguiendo a otro. Es que lo seguimos libremente, es que en Jesús encontramos la verdad de nuestra vida, la verdad que nos hace grandes; es que en Jesús encontraremos la verdadera libertad.
Quien sigue a Jesús vive con un corazón libre; se habrá liberado desde lo más profundo de aquellas cosas, como decíamos antes, que nos dominan y que  nos esclavizan; es que con Jesús nos vemos liberados del pecado. Es su redención, es la más profunda salvación que Jesús nos quiere ofrecer. Con salvación nos vemos libres de todo aquello que nos destruye por dentro, de todo aquello con lo que queremos también destruir a los demás. Es que con Jesús y su salvación habremos llenado de nuestra vida de amor y de humanidad; serán otras las relaciones que tengamos con los demás, será otro el respeto que nos tengamos los unos a los otros porque nos amamos y siempre queremos lo mejor para el otro y lo mejor para nuestro mundo.
Encontremos esa verdad de Jesús y encontraremos la verdadera libertad que es la que nos hace grandes, pero que también hará grandes a los que están a nuestro lado porque a ello estaremos contribuyendo nosotros con nuestro buen hacer.