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lunes, 6 de octubre de 2025

‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’… ‘pues, vete y haz tú lo mismo’… ¿legalidad o humanidad?

 


‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’… ‘pues, vete y haz tú lo mismo’… ¿legalidad o humanidad?

Jonás 1,1–2,1.11; Sal.: Jon 2,3.4.5.8;  Lucas 10,25-37

De alguna manera la pregunta que le hace aquel maestro de la ley a Jesús es una pregunta que nos hacemos nosotros también y no sé si nosotros andaremos en la honda de lo que era la práctica de aquellos maestros de la ley o de la honda con la que Jesús pretende que sintonicemos. ¿No andaremos también nosotros preguntándonos por cosas que tengamos que hacer, pero sin mover en lo más mínimo las actitudes que tengamos dentro de nosotros? ¿No andaremos también buscando esa lista de cosas imprescindibles para decir que cumplimos pero dejando que nuestro corazón ande por otras partes?

De ahí esa pregunta que no sé si diremos ociosa que se hace aquel hombre ante la respuesta tan formal aparentemente de Jesús. Una pregunta que podría parecer innecesaria pero que se convierte su respuesta en algo fundamental según lo que Jesús nos está queriendo enseñar. ‘¿Quién es mi prójimo?’

Jesús nos propone esta magnífica parábola a la que tantas veces le habremos dando vueltas y vueltas en nuestras reflexiones. El caso de aquel hombre malherido al borde del camino asaltado, robado y maltratado por aquellos ladrones de caminos tan habituales, no sólo en aquellos tiempos sino también en el hoy que vivimos aunque algunas veces se haga con mayor sutileza. Es solo la imagen de punto de partida, aunque también nos tendría que hacer reflexionar.

Pero la parábola comienza a desarrollarse cuando por aquel camino que conduce entre Jericó y Jerusalén transitan un sacerdote y un levita; muy preocupados quizás por llegar puntualmente al templo para la hora de los sacrificios, pero no solo puntualmente sino con la necesaria pureza para poder ejercer su oficio. No solo sería el retraso y la tardanza que se produciría al tener que atender a un hombre herido y maltratado sino las consecuencias en las cuestiones de pureza legal a causa del contacto con la sangre y quizás de un moribundo. Mejor hacerse el distraído. Ellos querían cumplir, ellos querían mantenerse en su pureza legal, ellos querían ser fieles a la ley mosaica, pero, ¿dónde estaba la humanidad? ¿No se casan legalidad y humanidad? Había cosas que cumplir que parece que eran las primordiales.

Será un samaritano, ni siquiera era judío aunque quizás por sus negocios estuviera transitando por aquellos caminos. ¿Iría también con sus preocupaciones y sus prisas por las cosas que traía en mano? Pero aquel hombre supo lo que era lo primordial. Se detuvo junto al caído sin importarle ni preguntarle su procedencia o nacionalidad. La humanidad no tiene que tener esas etiquetas que separan y que distancian. Puso a disposición su cabalgadura, cambió los planes de la organización de su trabajo, ahora había que buscar una posada, ahora había que tener quien atendiera a aquel hombre mal herido, ahora había que disponer de lo que fuera necesario para que aquella persona se recobrara.

No echaba cuentas de lo que se iba a necesitar. ¿Qué interrogante se nos plantea dentro de nosotros cuando andamos preguntando y contando cuánto nos estamos gastando con aquellos inmigrantes ‘ilegales’, y estamos haciendo comparación con lo que nosotros necesitaríamos para salir adelante y que no podemos alcanzar porque se lo dan a otros que tienen menos ‘méritos’ que nosotros. ¿No son esas cuestiones que nos planteamos muchas veces? ¿No son legalidades que queremos reclamar olvidándonos de la verdadera humanidad? Podríamos seguir pensando en muchas cosas que son como el padrenuestro de cada día en nuestras reclamaciones, en nuestras protestas o en nuestras exigencias.

Jesús solo pregunta ‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’ Y solo nos dirá para terminar, ‘pues, vete y haz tú lo mismo’.


miércoles, 5 de marzo de 2025

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2 Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

En un mundo de ruidos y superficialidades necesitamos hacer silencio para poder llegar a una profundización de la vida. Todo parece una loca carrera, son los agobios en los deseos de conseguir todo y lo más pronto posible, como es la banalidad con que vivimos la vida que disfrazamos con tantas vanidades. Ensordecidos al final nos encontramos vacíos, aquello por lo que tanto luchábamos porque nos parecía que era lo que nos iba a hacer más feliz, pronto se desvaneció y ni encontramos esa pronta y fácil felicidad ni encontramos un sentido profundo a la vida que parece que se nos diluye y desaparece como agua que se nos escapa de nuestras manos.

Es necesario detenernos, apartarnos de esos ruidos para encontrar un silencio que nos dé paz, un silencio para la reflexión, para encontrar una mirada nueva, para descubrir una luz en el camino, para saber que al final hay una meta por la que merece la pena luchar, superarnos, dejar cosas atrás, despojarnos de vanidades, buscar lo mejor y lo que es primordial. No sabemos como hacerlo, porque esos mismos ruidos que nos envuelven, nos ensordecen para escuchar las llamadas que recibimos seguramente allá en lo más hondo del corazón, pero que nos llegan también por la mediación de la Iglesia y desde la Palabra de Dios.

En ese ruido de la vida, en medio de tanto bullicio de nuestro mundo, con tantos guiños que recibimos de todas partes y que nos distraen pudiera sucedernos que nos pasara desapercibido este miércoles de ceniza que hoy celebramos. Para algunos ha perdido incluso su sentido, a lo más les es un anuncio de que pronto en cuarenta días llegará la semana santa, pero si no captamos todo su sentido se nos puede quedar, como me decía una persona estos días, es que nos ponen una cruz de ceniza en la frente y ya está.

Lo llamamos de ceniza, es cierto, por ese signo que la liturgia emplea en este día, la imposición de la ceniza. Pero eso tiene un sentido. Es la puerta que se nos abre y nos invita a entrar en nuestro interior para hacer ese silencio que tanto necesitamos. Es cierto que tiene ese sentido penitencial que nos recuerda que somos pecadores, que nos recuerda la nada de nuestra vida que se nos puede quedar en polvo de ceniza que pronto el viento se puede llevar, pero esos signos nos están hablando de un camino que hemos de iniciar, un camino de interiorización, un camino de búsqueda y de escucha para lo que necesitamos hacer ese silencio interior.

Acostumbrados como estamos a tanto ruido - ¿no encendemos desde que llegamos a casa la televisión para que haya unos sonidos que nos alejen de nuestra soledad aunque ni prestemos atención a lo que aparece en la pantalla? – algunas veces nos molesta ese silencio; nos cuesta hacer ese silencio porque nos vamos a escuchar a nosotros mismos, va a aflorar nuestra conciencia que quizás nos traerá muchos recuerdos que preferimos olvidar, nos va a hacer pensar en algo distinto, nos va a hacer sentir una voz que nos invita a algo nuevo.

Pero tenemos que aprender a dejarnos envolver por ese silencio porque será la manera que al final escuchemos la voz de Dios que nos susurra en nuestro corazón. La liturgia nos irá ofreciendo cada día en este tiempo que comenzamos que llamamos la cuaresma la riqueza de la Palabra de Dios como un camino a recorrer; un camino que será de encuentro con nosotros mismos y con nuestra cruda realidad, de renovación porque nos irá dando pautas de por donde tiene que ir el recorrido de nuestra vida, de vaciamiento de vanidades y superficialidades para poder encontrar lo que dará verdadera riqueza a nuestra vida; un camino que será de pascua porque aprenderemos a ir muriendo a nosotros mismos y a despojarnos de todas esas banalidades con que disfrazamos con vanidad nuestra vida, para encontrar ese vestido nuevo de nuevos valores que nos hará sentirnos hombres y mujeres nuevos.

Es el camino que vamos a emprender. Dejemos, sí, que el signo de la ceniza caiga sobre nuestra frente que nos recuerde lo que somos o en lo que nos hemos convertido. Al final habrá un agua que nos lave, la fuente bautismal ante la que renovaremos en la noche de pascua todo lo que es el sentido de la vida de quien sigue a Jesús y su evangelio.

Habrá sido un camino de pascua porque habremos aprendido a morir a todo ese viejo que hay en nosotros para resucitar a una vida nueva con Cristo resucitado. Ojalá cuando llegue la noche de Pascua lo podamos celebrar con todo sentido. Emprendamos ese camino de silencio e interiorización.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Es necesario que sepamos interiorizar para encontrar las verdaderas señales del Reino de Dios y podamos luego llevarlas al mundo que tanto lo necesita

 


Es necesario que sepamos interiorizar para encontrar las verdaderas señales del Reino de Dios y podamos luego llevarlas al mundo que tanto lo necesita

Filemón 7-20; Salmo 145; Lucas 17, 20-25

En la vida muchas veces nos vamos creando expectativas que no siempre son reales; son nuestros sueños o nuestra imaginación, muchas veces, cómo nos gustaría que fueran las cosas o lo que tendría que suceder, pero muchas veces no son realistas. Es bueno soñar, es bueno desear cosas mejores que las que tenemos y muchas veces esos sueños nos hacen caminar, nos hacen esforzarnos, nos hacen buscar; no es tan malo soñar, pero sabiendo diferenciar lo que es un sueño de lo que en verdad podemos conseguir, estamos capacitados para conseguir. Así hacemos camino, así avanzamos, así buscamos nuevas metas que queremos cada vez más altas, así en cierto modo nos vamos programando la vida.

Pero bien sabemos que tenemos que cuidar que no nos confundan; puede haber alguien que quiera aprovecharse de nuestra ilusión  y nos traza planes, pero que no son los nuestros, ni están adaptados a nuestras condiciones, que son las metas que de verdad tenemos en la vida, los principios por los que nos guiamos, y que no podemos dejar que se tergiversen, que se aprovechen de nosotros quizás desde otros intereses que no tienen que ver nada con nuestra vida. Por eso hemos de tener cuidado con las invitaciones o llamadas que nos puedan llegar de aquí o de allá y que no sabemos por qué vienen a nosotros. Otra cosa, claro, es que seamos capaces de dejarnos sorprender por Dios. Es aquí donde tenemos que discernir, sopesar las cosas, descubrir de verdad lo que Dios quiere de nosotros.

¿Sabremos nosotros discernir los signos que Dios va poniendo en nuestro camino de su presencia y de su amor y de la respuesta que nosotros hemos de dar? Atentos tenemos que estar; atentos para no dejarnos ni engañar ni confundir. De eso nos quiere hoy prevenir Jesús en el evangelio.

Por allá andan preguntándole sobre la inminencia de la llegada del Reino de Dios. Tenemos, es cierto, que entenderlos. Se habían creado también unas expectativas de lo que iba a ser y a hacer el Mesías. Confiaban en la inminencia de la llegada del Mesías, pero pensaban más en un Mesías caudillo, en un Mesías guerrero. La situación que vivían como pueblo que se pedía sometido a poderes extranjeros, por una parte, la situación de pobreza en que vivía el pueblo y la desorientación de sus vidas, les hacía soñar también.

Y Jesús había anunciado la llegada del Reino de Dios. Se habían hecho una idea, era el tiempo de la liberación de Israel, de unos tiempos nuevos de libertad, y poco menos que se veían como aquellos antepasados suyos que habían atravesado un desierto para llegar a una tierra prometida. ¿Serían ahora los tiempos de una nueva tierra prometida?

Jesús les hablaba y se los decía claramente que el Reino de Dios no era como los reinos de este mundo. Cuando incluso los apóstoles soñaban con poderes en ese Reino de Dios, Jesús les decía que entre ellos no podía ser como en los reyes del mundo. Otro era el sentido, otra era la manera de servir a ese nuevo pueblo de Dios. Pero les costaba entender, incluso a los discípulos más cercanos y que estaban siempre con Jesús, que seguían buscando puestos a la derecha y a la izquierda.

Por eso les dice que tengan cuidado con los tiempos de confusión que pueden venir, de si tienen que buscarlo aquí o allá. Jesús les están diciendo que se miren al interior, que el Reino de Dios tenemos que sentirlo en el interior de nosotros mismos. Había pedido conversión, cambio profundo desde el interior con nuevas actitudes, con nuevas manera de ser y de vivir, con nuevas manera de actuar. Y les costaba entender. Como nos sigue costando a nosotros hoy que también nos hacemos algunas veces una iglesia a la manera de los reinos de este mundo. Y a la gente le cuesta entender.

Es necesario que vayamos a lo más hondo de nosotros, que sepamos interiorizar, que sepamos buscar en el corazón esas señales del Reino de Dios que luego tendremos que manifestar en lo que hacemos, en nuestro trabajo o en el compromiso con los demás. No se trata solamente de hacer cosas como no se trata de contentarnos con celebraciones bonitas.

Tenemos que abrir nuestro interior a Dios y entonces lo encontraremos y lo podremos llevar también a los demás. Seremos en verdad misioneros que llevemos el mensaje del evangelio al mundo que nos rodea cuando en lo más hondo de nosotros mismos nos hayamos encontrado con Dios y desde nuestro interior saboreemos el verdadero sentido del Reino de Dios. Sin esa vivencia interior y profunda nada seremos ni nada podremos ofrecer con sentido al mundo que esta necesitando de esa luz.

miércoles, 19 de junio de 2024

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

 


Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios

2 Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todavía hay quien va buscando el reconocimiento y el aplauso, quien va buscando, como se suele decir pero como en realidad sucede, la foto. ¿Nos gustan los aplausos? Nos sentimos halagados es cierto y se aviva nuestro orgullo y nuestro amor propio; pero también es cierto que nos sentimos turbados, al menos quienes queremos ir por la vida con humildad y sencillez. Bien sabemos que para todos no es así.

Pero hoy de lo que queremos hablar es de la sencillez y autenticidad con que hemos de ir por la vida, como nos pide Jesús. No es que ocultemos lo bueno que realicemos, porque ya en otro momento dirá que los hombres vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Una cosa es que queramos y busquemos nuestra gloria, y otra que a partir de nuestras buenas obras sean muchos los que reconozcan la obra de Dios y den gloria al Padre del cielo.

Jesús se centra hoy en tres pilares de la religiosidad y de la espiritualidad judía, como son la oración, el ayuno y la limosna. Y cuando nos ofrece sus pautas Jesús para la vivencia por nuestra parte de esa religiosidad está teniendo en cuenta lo que con cierta normalidad se contemplaba en su entorno. Jesús denuncia en muchas ocasiones las actitudes hipócritas y de vanagloria que tenían los fariseos, aquel grupo que se consideraba fiel cumplidor de la ley de Moisés en sus prácticas muy estrictas, pero que sin embargo están envueltos de vanidad y de la búsqueda de la apariencia exterior sin darle verdadera autenticidad a sus vidas.

Es lo que nos pide Jesús. Sencillez y humildad lejos de la vanidad y la apariencia, autenticidad para que aquello que realicemos lo hagamos desde el corazón, verdadera espiritualidad porque lo que se busca es la gloria de Dios viviendo en profundidad nuestro encuentro con El por medio de la oración. Lo bueno que realicemos tiene que surgir de lo más intimo y secreto del corazón.

Por eso nos dirá que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha; por eso nos pide esa interiorización en nuestra oración porque lo que buscamos es el encuentro íntimo y profundo con Dios; por eso nos pide hacer desaparecer esas señales externas que quieran manifestar nuestra penitencia y nuestro sacrificio.

Recordamos cómo alabará la actitud humilde del publicano cuando subió al templo para la oración que humilde se sentía pequeño y pecador ante Dios, frente a quien hacía gala ostentosamente de sus cumplimientos casi como una exigencia con la que se presentaba ante Dios. Vete a tu cuarto interior, nos dice Jesús, que no es tanto escondernos cuando hacer verdadero silencio en torno nuestro para poder escuchar la voz de Dios que es lo que verdaderamente importa. Cuando estamos con nuestras galas de lo que hacemos estaremos como distraídos con esas vanidades y no podremos escuchar la voz de Dios en nuestro corazón.

El ayuno no es tanto lo que le podamos restar de alimento a nuestro estómago cuanto todas aquellas cosas de las que debemos desprendernos para poder tener un corazón libre para amar de verdad según el corazón de Cristo. Ayunemos de orgullos y de vanidades, ayunemos de nuestro amor propio y de nuestros deseos de reconocimientos y recompensas, pero ayunemos también de tantas cosas que nos entretienen y nos distraen que se convierten en ataduras de las que tan difícil nos es liberarnos; pensemos en tantas cosas que tenemos a mano continuamente y estamos utilizando a cada momento, pero que si nos faltaran nos parece que ya no seríamos nadie, que nos parece que no podríamos vivir sin ellas.

Piensa, por ejemplo, en ese aparatito que ahora mismo tienes en tus manos para leer esta reflexión, ¿qué serías sin tu móvil, sin tu tablet, sin esos medios que nos unen a las redes sociales? ¿No habría que hacer ayuno de ellas para entrar más en contacto con los que tienes a tu lado?

Autenticidad, sencillez, interiorización, liberación de ataduras para encontrarnos más con nosotros mismos y con los demás, para encontrarnos más con Dios.

lunes, 6 de mayo de 2024

Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece

 


Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Salmo 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Nos lo habían dicho y no nos lo habíamos creído.  Alguna vez nos habremos hecho este comentario, agradeciendo a aquella persona buena que nos predijo lo que nos había de suceder aunque entonces no le hicimos mucho caso. Siempre hay personas que tienen como visión de futuro, o que desde su experiencia saben lo que suele suceder, quienes saben hacer una lectura crítica de la vida y aunque ahora podamos ver muchos triunfos o muchas cosas que nos parecen bien saben que eso va a cambiar, que nos podremos encontrar con situaciones bastante diferentes. Pero aquello que nos dijeron nos hace ahora sentirnos más seguros, parece como si una presencia invisible está con nosotros.

Es lo que Jesús está haciendo con sus discípulos, está haciendo con nosotros. Nos da la confianza de que no estaremos solos. Con nosotros estará la fuerza de su Espíritu. Nos lo ha prometido muchas veces. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Podemos sentirnos seguros, podremos dar nuestro testimonio con toda valentía. Aunque a veces parece que aflojamos, que se nos turbia la vista, que nos entran de nuevo miedos y cobardías, que nos pueden los cansancios.

Pero no podemos sentirnos confundidos, tenemos que sacar a flote toda nuestra fuerza interior, que no es solo nuestra buena voluntad, sino el Espíritu que va creciendo dentro de nosotros y dándonos fortaleza, la valentía que necesitamos. Porque nos encontramos muchas veces en encrucijadas en las que no sabemos que hacer, qué postura tomar, en confusiones que el espíritu del mal va también metiendo dentro de nosotros haciendo aflorar esas desconfianzas y dudas.

Jesús nos ha hablado claro y no siempre queremos entender. No es cuestión de tomarnos las cosas al pie de la letra con radicalismos que a nada nos llevan, pero sí saber leer esos acontecimientos con que nos vamos encontrando y que son de los que nos ha hablado Jesús. ‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí’.

Los primeros cristianos vivieron eso en la oposición que de los mismos judíos recibieron. Pero esto tenemos que traspasarlo a las situaciones que vivimos hoy día, en las incomprensiones de cuantos nos rodean, muchas veces de los más cercanos que no entienden nuestra fe, que no entienden nuestros compromisos con la iglesia o con los demás. Pero es el ambiente del mundo en que vivimos donde se va perdiendo el sentido de lo religioso, donde lo que les suene a cristiano, a Cristo, a la Iglesia no les dice nada, porque lo ven quizás como algo trasnochado. Es ese mundo que presenta otros valores, otras maneras de entender la vida y que muchas veces nos confunden porque todo nos parece bueno.

Y es ahí donde tenemos que en verdad fortalecernos por dentro, sentir cómo el Espíritu del Señor actuar en nuestro corazón y nos hace ver la realidad y la bondad del Evangelio de Jesús del que no podemos desertar, que no podemos abandonar. Habrá momentos en que nos sentimos quizás confusos por dentro porque haya cosas que no nos convencen, haya ejemplos que no son buenos, haya decisiones que nos cuesta aceptar, pero tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu para que El sea quien en verdad nos guíe y nos fortalezca, nos lleve a ahondar cada vez más en nuestra fe y prepararnos mejor para poder dar respuesta a tantos interrogantes que el mismo mundo nos presenta.

Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece. ‘Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’,  nos dice hoy Jesús.

 

domingo, 18 de febrero de 2024

Emprendamos camino de desierto en la cuaresma, busquemos y dejémonos envolver por el silencio, encontremos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios

 


Emprendamos camino de desierto en la cuaresma, busquemos y dejémonos envolver por el silencio, encontremos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios

Génesis 9, 8-15; Salmo 24; 1 Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

Muchos ‘arcoiris’ necesitamos que se levanten sobre nuestras cabezas en el camino de la vida y en el mundo de hoy. Esa señal luminosa que se forma sobre el horizonte como predicción de fecundas lluvias para nuestros campos, como anuncio de tormentas borrascosas que se alejan de nuestro entorno; una luminosidad llena de colorido cuya aparición siempre se convierte en anuncio gozoso al que quisiéramos alcanzar como un deseo de esa misma armonía que aparece en sus colores pero que tendría que llenar nuestros corazones.

¿Será algo que hoy necesitamos? Tentados nos sentimos demasiado en el mundo que vivimos a rupturas y desencuentros, porque son demasiados los tintes negros que nos rodean en la misma situación de nuestro mundo, muchos desencantos vamos sufriendo en la vida tanto en nuestras mutuas relaciones, como en esa espiral de tensión y de violencia que cada día parece que nos envuelve más.

Sentimos inquietud en nuestro corazón; desearíamos que esos no fueran los derroteros por los que circule nuestra vida; queremos hacer algo desde nuestra voluntad y algunas veces nos sentimos impotentes; muchos con su vida loca e insensata parece que nos están gritando que dejemos a un lado esas preocupaciones y que vivamos la vida que total son dos días; algunas veces parece que queremos meternos también en esa riada de la vida queriendo aprovecharnos de todo, buscando placeres o buscando poderes, dejándonos influenciar por las vanidades de la vida, o por ese estilo de vida de los viven despreocupados por todo y que nos parecen más felices. ¿Qué hacer? ¿Nos dejamos arrastrar por esa vorágine de la vida que contemplamos a nuestro lado o buscamos que nos dé otro sentido y otra profundidad a la vida?

Necesitamos detenernos en esa loca carrera; necesitamos un tiempo que nos haga encontrarnos con algo distinto a lo que nos está ofreciendo la locura del mundo; necesitamos mirarnos a lo más profundo de nosotros mismos, pero también elevar nuestra vida bien a lo alto, más allá de las estrellas para encontrar lo que eleve nuestra vida y lo que nos de otra trascendencia. Necesitamos quizás irnos al desierto, hacer desierto y hacer silencio, porque hay sonidos de los que en medio de esos ruidos no podemos disfrutar.

En este primer domingo de cuaresma, mientras en el ambiente externo se sigue con un ruido ensordecedor – en nuestra tierra sigue y seguirá sonando el bullicio de los carnavales – el evangelio sin embargo nos habla de desierto. Se nos puede hacer difícil escuchar esta Palabra. Pero es una Palabra que de parte de Dios quiere llegar a nuestro corazón y a nuestra vida. El evangelio nos dice que ‘el Espíritu empujó a Jesús al desierto y se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás, vivía con las fieras y los ángeles le servían’.

¿Tendremos que sentir eso mismo en el hoy de nuestra vida? El Espíritu también quiere guiarnos, también quiere hoy conducirnos al desierto, pero no sé si nos dejaremos guiar, nos dejaremos conducir. ¿Acaso le tendremos miedo al desierto? ¿Acaso le tendremos miedo al silencio que allí vamos a encontrar? ¿Acaso no es que estaremos viviendo lo mismo porque también nosotros vivimos entre tentaciones de muchas cosas que nos quieren arrastrar? ¿En qué mundo vivimos? ‘Vivía con las fieras’ decía el evangelio de Jesús en el desierto. ¿Y nosotros? ¿No recordamos lo que antes decíamos de ese mundo que nos envuelve?

‘Los ángeles le servían’, dice el evangelista. ¿No habrá también un ángel del Señor que nos sirve, que nos inspira, que nos acompaña, con el que sentimos que no nos falta la fuerza del Señor? ¿No llegaremos a descubrir esa luz nueva que nos ilumina y esa fuerza que nos alimenta?

Emprendamos este camino de desierto, este camino de Cuaresma que hemos iniciado el pasado miércoles de ceniza. Dejémonos envolver por ese silencio, busquemos ese silencio, encontremos esos momentos de interiorización, entremos en la sintonía de Dios para escucharle, para escuchar su Palabra que sea nuestro alimento y nuestra vida, que sea esa luz que necesitamos. Es ese ‘arcoiris’ anuncio de algo nuevo, prefiguración de victoria, senda de armonía y de paz. Lo anunciaba el Señor a Noé después del Diluvio porque era anuncio de que el amor de Dios no nos faltaría nunca, porque nunca Dios quiere la muerte sino la vida. Ese ‘arcoiris’ que veremos brillar sobre la cruz del calvario porque nos llega la luz de la Pascua. Es para lo que ahora en la cuaresma nos vamos preparando, es el camino que queremos ir haciendo.

‘Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio’. Es la Buena Noticia que seguimos escuchando, es el Evangelio que con el testimonio de nuestra vida nosotros tendremos también que anunciar.

sábado, 1 de abril de 2023

Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios, pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades para que haya auténtica Pascua

 


Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios, pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades para que haya auténtica Pascua

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

Estamos en las puertas de la semana santa y seguramente cada uno se la ha programado según su manera de entender o según las prioridades de la vida. No hemos de escandalizarnos por la deriva que toman muchos en estos días, pues refleja por una parte la pluralidad de nuestra sociedad, los agobios muchas veces en que vivimos donde tan pronto tenemos la oportunidad de escapar de ellos hacemos la carrera, por así decirlo, claro que también a los cristianos que somos más conscientes de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano nos tiene que hacer pensar hasta donde llega el evangelio a nuestra sociedad.

Quizás tendríamos que preguntarnos si la Iglesia, si nosotros los que nos sentimos más cristianos, estaremos realmente siendo evangelio para nuestra sociedad de hoy. Quizás, aunque nos quejemos con mucha facilidad de la falta de evangelización, tendríamos que preguntarnos en qué medida somos evangelio para el mundo que nos rodea, hay una buena noticia en nuestras vidas, en la forma incluso que vivimos nuestros actos religiosos que llame la atención al mundo de hoy. Quizá tendríamos que revisar muchas cosas empezando por la forma en que hacemos las cosas.

¿Estaremos siendo en verdad un interrogante para el mundo que nos rodea por lo que descubre en nosotros? ¿No nos puede estar sucediendo que tampoco nosotros hemos terminado de entender lo que ha de significar Cristo en el mundo? Algo muy cruento es lo que vamos a contemplar y celebrar en estos días, pero lo terrible es que lo hayamos convertido en un espectáculo donde luchamos los unos contra los otros por ver con cuanto más esplendor lo vamos a presentar. ¿Habremos convertido la sangre preciosa de Cristo derramada por nosotros en un oropel más que es como un adorno en este mundo de vanidades en que vivimos? ¿Nos hemos fijado en cual es la carrera que hacemos en estos días en nuestras iglesias, en nuestras procesiones, en nuestros monumentos? ¿Huele a evangelio o solamente se queda en el perfume del incienso que derrochamos en estos días? ¿No podría haber ahí algo, o mucho, de contradictorio?

El evangelio de esta mañana de sábado en las vísperas de la entrada de Jesús en Jerusalén nos habla de aquellos preparativos de la pasión. Sí, fueron auténticos preparativos. Habían llegado noticias de lo sucedido días atrás en Betania con la muerte y la resurrección de Lázaro; cómo las gentes estaban entusiasmadas con aquellos signos de Jesús y los principales dirigentes de Jerusalén andan con el miedo en el cuerpo. Podría haber revueltas, podían actuar los romanos con mano dura, y aquello podía ser anuncio de destrucción. Algo tenían que hacer. En ello estaban deliberando.

Fue el sumo sacerdote el que dio la clave. Claro que hablaba según sus intereses, pero no sabía El que con ello se estaba cumpliendo el plan de Dios. ‘Uno tiene que morir por todo el pueblo’, anuncia el sumo sacerdote. Y ya el evangelista nos dirá que con ello se estaba anunciando la muerte de Jesús que iba a ser para nuestra redención, nuestra salvación. Moriría Jesús no solo por el pueblo de Israel, en habitación de males mayores con la intervención de los romanos, sino que moriría por todos nosotros.

Es lo que desemboca en los acontecimientos que se suceden, como iremos contemplando en estos días. Es el anuncio, sin saberlo ni comprenderlo el sumo sacerdote, de una nueva pascua, de un paso de Dios en la muerte de Jesús. Y es lo que nosotros vamos a celebrar, es lo que nosotros tenemos que llegar a vivir. Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios. Pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades. Es algo que en verdad tenemos que interiorizar para que en verdad desde unas actitudes nuevas, desde algo nuevo y distinto que estamos llamados a hacer, podamos convertirnos en evangelio para el mundo. Es un nuevo anuncio que tenemos que hacer, pero no será con palabras y gestos rebuscados sino desde el mundo en que nosotros nos sintamos transformados por ese paso de Dios por nuestra vida, desde esa Pascua que tenemos que vivir con toda autenticidad.

¿Qué tendremos que quitar, corregir, cambiar para no quedarnos en la banalidad de lo superficial, de lo suntuoso, de lo que está tan lejos del evangelio del Reino de Dios? Con sinceridad ante Dios preguntémonoslo y demos pasos de mayor autenticidad en nuestra vida.

sábado, 5 de febrero de 2022

Necesitamos saber estar con el Señor para tener una nueva mirada, darle una mayor profundidad a la vida, descubrir cómo tenemos que llenarnos de ternura y compasión

 


Necesitamos saber estar con el Señor para tener una nueva mirada, darle una mayor profundidad a la vida, descubrir cómo tenemos que llenarnos de ternura y compasión

1Reyes 3, 4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34

He aprendido más en estos pocos días que he estado con esta persona que todo lo que me habían enseñado en todas las escuelas o facultades en las que he estado en mi vida. No es muy habitual escuchar algo así, pero puede suceder que o lo hayamos oído a alguien en algún momento determinado o nos habrá podido pasar a nosotros mismos.

Quizás todo partió de una invitación de esa persona que amigablemente nos había invitado a pasar unos días juntos; se había planificado irse a algún sitio donde estar más cercanos el uno con el otro, o simplemente había sido una sencilla convivencia en su propia casa, en su propio hogar; pero el estar con aquella persona había sido de gran provecho; no fueron solo las conversaciones que con cierta profundidad se habían tenido, sino simplemente ese estar, ese convivir, ese contemplar el hacer y el actuar de esa persona, ese percibir los detalles de su vida, ese escuchar oportunamente una palabra que encerraba gran sabiduría, fue el compartir un vivir. Cuántas cosas se descubren, cuánto aprendemos a encontrar un sentido de vida.

Era lo que Jesús quería con sus discípulos más cercanos. La ocasión había venido después de la vuelta de aquella misión que les había confiado, donde ellos contaban y contaban cuántas cosas les habían sucedido o habían podido realizar. Ahora dice el evangelista que Jesús quiere llevárselos a un lugar apartado. Y hay una disculpa, es que si están en casa no tienen tiempo ni para comer, y era necesario un descanso.

Pero era lo que había querido Jesús desde el principio. A aquellos primeros discípulos que le preguntan dónde vivía – y esa pregunta encerraba muchas cosas – y les había dicho que se fueran con él para que vieran. Ya sabemos cuál fue la buena reacción posterior. Cuando llama a algunos en particular, ya nos explica el evangelista en el relato que eran para que estuvieran con El. Y es lo que vemos a lo largo del evangelio, cómo se va formando ese grupo de los que están siempre con Jesús, no solo en sus correrías sino también cuando están en casa, cuando están en Cafarnaún donde Jesús se había establecido, probablemente en casa de Pedro.


Ahora se los quiere llevar a un lugar apartado, y aunque pareciera que no se consiguió lo que se pretendía porque al llegar se encuentran con una multitud grande que los estaba esperando, lo que Jesús quería de aquella convivencia se realizó perfectamente. Allí en la cercanía de Jesús, con aquella compasión que siente por la multitud, con ese ponerse a enseñarles pacientemente, con el ir curando a los enfermos, o las mismas indicaciones que va dando a los discípulos de lo que tendrían que hacer, hay toda una hermosa lección. La aprendieron bien los discípulos en aquella cercanía con Jesús, en ese estar con Jesús.

Les hace tener una visión distinta de las personas y de los mismos acontecimientos, incluso de los imprevistos; aprenderán de la comprensión y de la paciencia de su Maestro, aprenderán de su preocupación por todos haciéndoles caer en la cuenta de cuáles son las verdaderas necesidades que tienen aquellas personas, aprenderán a llenar el corazón de ternura y de misericordia, aprenderán a descubrir el verdadero corazón, herido y lleno de angustias de aquellas personas. Estaban con Jesús y su visión comenzaba a cambiar, aunque sabemos cuánto les cuesta ir dando los necesarios pasos.

¿No necesitaremos nosotros estar con Jesús? ¿No necesitaremos ese tiempo a solas con Jesús, sin prisas y sin agobios, sin estar pensando en otras cosas o cuánto tenemos que hacer? porque también nosotros en nuestros agobios y carreras parece que no tenemos tiempo ni para comer, que no sabemos tener tiempo para nosotros mismos, que no sabemos tener tiempo para hacer silencio y aprender a escuchar el latir de los que están a nuestro lado, que no tenemos tiempo tampoco para esta a solas y en paz con el Señor; miremos cómo son las carreras de nuestras oraciones.

Necesitamos saber estar con el Señor, para tener una nueva mirada, para darle una mayor profundidad a la vida, para descubrir cómo tenemos que llenarnos de ternura y compasión para poder ir luego a los demás.

sábado, 22 de enero de 2022

Necesitamos estar con… y decimos en la vida con la familia, con los amigos más cercanos, incluso con nosotros mismos, pero necesitamos estar con Jesús

 


Necesitamos estar con… y decimos en la vida con la familia, con los amigos más cercanos, incluso con nosotros mismos, pero necesitamos estar con Jesús

2Samuel 1, 1-27; Sal 79; Marcos 3, 20-21

¡Cómo ansiamos llegar a casa después de una agotadora jornada de trabajo y descansar! Forma parte del ritmo de nuestra vida. Todo lo puede ser trabajo, hemos de saber encontrar tiempo para nosotros mismos, para descansar, para estar en tranquilidad, con los nuestros, con nuestra familia, para relajarnos y no hacer nada. Aunque pareciera un tiempo perdido, no lo es, porque necesitamos recuperar fuerzas, que no solo es lo físico sino también de la tensión mental que vivimos con nuestros trabajos, con los ajetreos de la vida.

Hoy nos dice el evangelio que la gente cuando se enteró que llegaba y estaba en casa se agolparon a la puerta y no le dejaban tiempo ni para comer. En otros momentos del evangelio vemos situaciones así; cuando se sube a la barca de Pedro para predicar desde allí porque la gente se le echaba encima, cuando marchando a la casa de Jairo la gente por la calle lo estrujaba, cuando le vemos marchar al descampado con sus discípulos porque quería estar a solas con ellos y tampoco entonces encontraron la ocasión porque allí estaba ya la gente venida de todas partes esperándolo.

Dos aspectos podríamos resaltar hoy. Por una parte, esa necesidad de estar en casa, a solas o solo con los suyos. Es la necesidad del descanso, pero es también la necesidad del encuentro más íntimo y más cercano con los nuestros; no vamos a pensar en esta situación del evangelio de hoy que fuera porque necesitara a sus discípulos más cercanos explicarles de manera especial el evangelio del Reino que anunciaba – eso lo veremos también con todo detalle en otros momentos – sino que tendríamos que decir solamente por estar, por estar disfrutando de la compañía de los suyos.

Ya en el relato que escuchábamos ayer en la elección de los doce se hace referencia a que los eligió para que estuvieran con El. Necesitamos estar con… y decimos en la vida con la familia, con los amigos más cercanos, y si queremos incluso para estar con nosotros mismos, para encontrarnos con nosotros mismos. Es tiempo de maduración, es tiempo si queremos llamarlo así de silencio, de interiorización, es tiempo de escucha interior, es tiempo de reposo de nuestro espíritu. Y todos lo necesitamos. Es lo que nos está insinuando el evangelio de que Jesús y sus discípulos se fueron a casa. ¿Sabremos hacerlo? ¿Nos sentiremos necesitados de hacerlo?

Y el otro aspecto es la búsqueda de la gente por Jesús. Lo hemos ido viendo a través de todo el capitulo de esta semana. A donde quiera que va allí está la gente esperándole. Primero, podríamos decir, había sido Jesús el que había ido al encuentro con la gente, pero al ver los signos que hacía, pero al escuchar sus palabras dichas con autoridad, como reconocen, quieren escucharle, quieren estar con El. Y no podemos decir que fuera la novelería de la novedad, como tantas veces sucede, era la curiosidad que desde su interior sentían, porque sus conciencias se agitaban, las esperanzas renacían, descubrían que algo nuevo estaba comenzando.

Ya sabemos que no todos, porque pronto han comenzado los que están siempre acechando, los que no quieren que las cosas cambien, los que se aferran a sus costumbres o a sus privilegios y ven un peligro en toda novedad. Y esos también estarán en contra de Jesús. Pero Jesús actúa con libertad y a todos acoge, para todos tiene una palabra, en todos suscita una nueva esperanza.

¿Sentiremos esa curiosidad por Jesús? ¿Estaremos abriendo de verdad nuestro corazón para sentir la inquietud por el Reino de Dios que Jesús está queriendo sembrar en nuestros corazones? ¿Nos dejaremos sorprender por las palabras y los signos de Jesús para ir así con mayor inquietud en su búsqueda?