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miércoles, 5 de marzo de 2025

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2 Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

En un mundo de ruidos y superficialidades necesitamos hacer silencio para poder llegar a una profundización de la vida. Todo parece una loca carrera, son los agobios en los deseos de conseguir todo y lo más pronto posible, como es la banalidad con que vivimos la vida que disfrazamos con tantas vanidades. Ensordecidos al final nos encontramos vacíos, aquello por lo que tanto luchábamos porque nos parecía que era lo que nos iba a hacer más feliz, pronto se desvaneció y ni encontramos esa pronta y fácil felicidad ni encontramos un sentido profundo a la vida que parece que se nos diluye y desaparece como agua que se nos escapa de nuestras manos.

Es necesario detenernos, apartarnos de esos ruidos para encontrar un silencio que nos dé paz, un silencio para la reflexión, para encontrar una mirada nueva, para descubrir una luz en el camino, para saber que al final hay una meta por la que merece la pena luchar, superarnos, dejar cosas atrás, despojarnos de vanidades, buscar lo mejor y lo que es primordial. No sabemos como hacerlo, porque esos mismos ruidos que nos envuelven, nos ensordecen para escuchar las llamadas que recibimos seguramente allá en lo más hondo del corazón, pero que nos llegan también por la mediación de la Iglesia y desde la Palabra de Dios.

En ese ruido de la vida, en medio de tanto bullicio de nuestro mundo, con tantos guiños que recibimos de todas partes y que nos distraen pudiera sucedernos que nos pasara desapercibido este miércoles de ceniza que hoy celebramos. Para algunos ha perdido incluso su sentido, a lo más les es un anuncio de que pronto en cuarenta días llegará la semana santa, pero si no captamos todo su sentido se nos puede quedar, como me decía una persona estos días, es que nos ponen una cruz de ceniza en la frente y ya está.

Lo llamamos de ceniza, es cierto, por ese signo que la liturgia emplea en este día, la imposición de la ceniza. Pero eso tiene un sentido. Es la puerta que se nos abre y nos invita a entrar en nuestro interior para hacer ese silencio que tanto necesitamos. Es cierto que tiene ese sentido penitencial que nos recuerda que somos pecadores, que nos recuerda la nada de nuestra vida que se nos puede quedar en polvo de ceniza que pronto el viento se puede llevar, pero esos signos nos están hablando de un camino que hemos de iniciar, un camino de interiorización, un camino de búsqueda y de escucha para lo que necesitamos hacer ese silencio interior.

Acostumbrados como estamos a tanto ruido - ¿no encendemos desde que llegamos a casa la televisión para que haya unos sonidos que nos alejen de nuestra soledad aunque ni prestemos atención a lo que aparece en la pantalla? – algunas veces nos molesta ese silencio; nos cuesta hacer ese silencio porque nos vamos a escuchar a nosotros mismos, va a aflorar nuestra conciencia que quizás nos traerá muchos recuerdos que preferimos olvidar, nos va a hacer pensar en algo distinto, nos va a hacer sentir una voz que nos invita a algo nuevo.

Pero tenemos que aprender a dejarnos envolver por ese silencio porque será la manera que al final escuchemos la voz de Dios que nos susurra en nuestro corazón. La liturgia nos irá ofreciendo cada día en este tiempo que comenzamos que llamamos la cuaresma la riqueza de la Palabra de Dios como un camino a recorrer; un camino que será de encuentro con nosotros mismos y con nuestra cruda realidad, de renovación porque nos irá dando pautas de por donde tiene que ir el recorrido de nuestra vida, de vaciamiento de vanidades y superficialidades para poder encontrar lo que dará verdadera riqueza a nuestra vida; un camino que será de pascua porque aprenderemos a ir muriendo a nosotros mismos y a despojarnos de todas esas banalidades con que disfrazamos con vanidad nuestra vida, para encontrar ese vestido nuevo de nuevos valores que nos hará sentirnos hombres y mujeres nuevos.

Es el camino que vamos a emprender. Dejemos, sí, que el signo de la ceniza caiga sobre nuestra frente que nos recuerde lo que somos o en lo que nos hemos convertido. Al final habrá un agua que nos lave, la fuente bautismal ante la que renovaremos en la noche de pascua todo lo que es el sentido de la vida de quien sigue a Jesús y su evangelio.

Habrá sido un camino de pascua porque habremos aprendido a morir a todo ese viejo que hay en nosotros para resucitar a una vida nueva con Cristo resucitado. Ojalá cuando llegue la noche de Pascua lo podamos celebrar con todo sentido. Emprendamos ese camino de silencio e interiorización.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

 


Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Alguien me recordaba ayer que hoy comenzaba la cuaresma y entonces me decía que como comienza la cuaresma no se puede comer (carne, se sobreentendía que quería decir aunque no mencionaba la palabra); yo le respondía que sí era cierto que comenzaba la Cuaresma pero que la Cuaresma es algo más. Pienso que a su manera él quería expresarme que como era la cuaresma venían tiempos de austeridad, de penitencias y de ayunos. Pero me atrevo a decir y con todo respeto para las personas que no llegan a más allá porque eso ha sido resumen de muchas maneras de enfocar las cosas, que eso sería comenzar la casa por el tejado.

¿Qué es la cuaresma que comenzamos hoy? Yo diría que es un camino que nos lleva a la celebración de la Pascua. Hemos de tener clara la meta, por así decirlo antes de hacernos programaciones de muchas cosas a las que hay que darle un sentido. No es penitencia por penitencia, ayuno por ayuno, austeridad por austeridad.

Ya se quejaban los fariseos de que los discípulos de Jesús no ayunaban como sus discípulos o los discípulos del Bautista. Y Jesús les decía que si el ‘novio’ estaba con ellos, qué sentido tendría el que tuvieran que estar tristes, si estar con el novio venía a significar estar en la boda y en una boda hay que estar con alegría y con sentido de fiesta. Pero desgraciadamente esto es lo que muchas veces no brilla en los que nos decimos seguidores de Jesús.

Nos preparamos para la Pascua, es decir, para la fiesta. Sí, no lo podemos olvidar ni descartar. Para nosotros es una fiesta y es una fiesta grande el paso salvador de Jesús por nuestra vida. Es la Pascua del Señor, es el paso del Señor. Queremos en su Pascua sentirnos hombres nuevos, vivir la vida nueva que nos regala Jesús, sentir el gozo de que por el amor que Dios nos tiene nos quiere sus hijos. ¿Pueden andar cabizbajos y tristes los hijos cuando están gozando del amor del Padre?

Es un camino el que hacemos para llegar a vivir eso en toda su plenitud, para llegar a vivir esa fiesta de la Pascua del Señor. ¿Y cómo lo vamos a hacer? Dejándonos impregnar por la Palabra de Dios, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús. Y es ahí donde vamos a encontrar esos caminos de renovación, esos caminos que nos llevan a vida nueva, ese reconocimiento que los caminos que vivimos no son siempre rectos, que la vida que vivimos está llena de muchas sombras que tenemos que iluminar, que tenemos que renovar nuestra vida.

Es entonces, no cuando tenemos que cargar de expresiones tristes nuestras expresiones, sino que vamos a sentir el dolor de haber vivido en esas sombras sin haber escuchado allá en el corazón la Palabra de Dios, pero lo hacemos con esperanza. Y por eso hemos ido dando tropiezos, y nos sentimos pecadores, y queremos acercarnos a Jesús para tocar su manto y que nos cure, dejar que Jesús llegue a nuestra vida y nos tienda su mano para levantarnos, ponga su mano sobre nuestros ojos para que recobremos la luz.

Y claro porque nos sentimos pecadores y en sombras, porque sentimos que nuestra vida está muy llena de muletas de las que un día tenemos que desprendernos, le vamos a decir, ‘si quieres, puedes curarme’, porque sentimos el dolor de nuestra enfermedad, de nuestro pecado. Y claro, cuando nos sentimos así y queremos arrancarnos de esa situación nos sentimos mal, pero no tristes sino con esperanza. Y haremos todo lo posible por ir renovando nuestra vida, y tendremos que aprender a decirnos no en muchas cosas y para eso tenemos que entrenarnos, tenemos que aprender a hacerlo, aunque sea doloroso.

Si ayunamos, si renunciamos incluso a cosas buenas como pueden ser nuestros alimentos – y no tiene que ser el ayuno solo de los alimentos sino de otras muchas cosas que nos dan placer en la vida – es porque queremos aprender a decir no a esas sombras que nos envuelven, porque nos sentimos arrepentidos de nuestro pecado.  No es ayunar por ayunar, no es penitencia por penitencia, es un ejercicio de aprendizaje, de superación en pequeñas cosas para ser capaces de superarnos en lo que verdaderamente es importante. Si vamos a desprendernos de cosas es porque queremos compartir con los demás, porque nos sentimos solidarios de sus problemas o de sus necesidades, es porque queremos que brille de verdad el amor en nuestro corazón y en nuestra vida.

Por eso Jesús no nos quiere tristes y nos manda incluso que nos perfumemos cuando ayunamos para que nadie note que lo estamos haciendo, sino el Padre del cielo, pero además nos pide humildad en nuestra generosidad para evitar lo que sea vanidad u ostentación. Es lo que nos está recomendando hoy Jesús en el evangelio. Así abrimos nuestro corazón a Dios en nuestra oración.

Comenzaremos la cuaresma con ese signo de la ceniza – de ahí el nombre que le damos a este miércoles - que dejamos que se nos imponga sobre nuestras cabezas, como un signo de humildad, es cierto, reconociendo que estamos manchados pero buscando el agua que nos lave, el agua que nos dé nueva vida, ese baño de agua viva que vamos a recibir cuando celebremos la Pascua. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’, nos decía san Pablo. Démosle hondo sentido y significado a este rito con que comenzamos la Cuaresma.

No lo olvidemos, caminamos hacia la Pascua.

miércoles, 22 de febrero de 2023

Detengámonos, hagamos silencio de los ruidos que nos ensordecen, comencemos a afinar los oídos de nuestro corazón y escuchemos a Dios

 


Detengámonos, hagamos silencio de los ruidos que nos ensordecen, comencemos a afinar los oídos de nuestro corazón y escuchemos a Dios

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2;  Mateo 6, 1-6. 16-18

A pesar de la austeridad propia de estos días y de los signos propios de la liturgia de este día, podíamos decir que se comienza hoy con cierta solemnidad haciéndonos un llamamiento muy importante que a todos quiere despertar. Una invitación a todos, pequeños y mayores, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres de toda condición, gente sencilla del pueblo como también a los sacerdotes, servidores del Señor. Resonarán sonidos palpitantes y que a todos han de despertar. ‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno santo,  convocad a la asamblea, reunid a la gente, santificad a la comunidad…’

Es cierto que el mundo en que vivimos tiene otros sonidos estridentes que resuenan también fuertemente y que de alguna manera acallan o quieren acallar esos sonidos de la trompeta. Andan en otros andares, son otras las cosas por las que sienten más interés, muchos ni se enterarán del sonido de esta trompeta, pero cuidado que nosotros también nos hayamos insensibilizado de tal manera que ya nuestros oídos estén sordos para estas llamadas. Muchos quizás aún en este día venimos a la Iglesia, pero cuidado nuestras mentes anden por otros lados, o aún permanezca en nuestros oídos el ruido ensordecedor del mundo que nos rodea.

‘Convertíos a mí de todo corazón, con ayunos, llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del castigo…’

Es la llamada y es la invitación. Es a lo que nos convoca ese toque de trompeta. Es a lo que somos convocados. A volver nuestro corazón a Dios. A rasgar nuestros corazones. A mirar de frente al Señor para darnos cuenta que es compasivo y misericordioso.

Es el tiempo de la reconciliación, es el tiempo de la misericordia, es el tiempo del Señor. ‘Es el tiempo favorable, es el día de la salvación’. Pero es necesaria una cosa. Tenemos que ser en verdad conscientes de que necesitamos de esa salvación. Quien dice que no necesita salvación, poco puede llegar la gracia de Dios a él. Quien dice no necesitar de salvación, aunque se esté cayendo por un profundo abismo, no tenderá la mano en búsqueda de quien agarrarse, en quien apoyarse para salir de ese abismo. Por ahí tenemos que comenzar. 

Porque a veces nos sentimos a gusto de cómo estamos; nos hemos acostumbrado; lo vemos todo tan normal; no queremos sentirnos diferentes de los que están a nuestro lado; seguimos el ritmo de todos que ya todo nos parece bueno; al final hemos terminado por perder la sensibilidad, nuestra conciencia se ha adormecido; hemos llegado a crear una costra a nuestro alrededor, o quizás nos hemos envuelto en los velos de la apariencia y de la vanidad, que no nos damos cuenta de la realidad. Hemos terminado perdiendo el gusto por las cosas de Dios, no captamos ya la sintonía de lo espiritual, nos hemos endurecido quedándonos solo en lo material o del disfrute de lo más cercano y que más pronto o fácil podamos alcanzar.

Ya nos creemos no necesitar a Dios, ¿para qué entonces rezar? Solo nos interesa lo que sea la vida fácil, ¿cómo vamos a entender lo que sea sacrificarnos por alcanzar cosas superiores? Solo pensamos en nosotros mismos ¿para qué vamos a mirar las carencias que puedan tener los demás, cuando son ellos los que tienen que resolvérselo por si mismos?

Despertemos. Busquemos un sentido a lo que vivimos, a lo que hacemos, a lo que es nuestra relación con los demás. Detengámonos de esa loca carrera, porque no es ya que corramos mucho o poco, sino que andamos desorientados y no sabemos ni siquiera a donde vamos corriendo. Acalla un poco ese ruido que te envuelve y escucha esta trompeta que te está llamando. Intenta hacer silencio en tu corazón y comienza a mirarte de verdad; no tengas miedo de enfrentarte a tu realidad, pero no te quedes mirando solo a ras del suelo, eleva la mirada, mira a horizontes más lejanos y más alto, busca el más bello color para tu vida, comienza a afinar las cuerdas de tu espíritu para que puedas descubrir otra música, que te va a conducir por nuevos caminos de felicidad.

Comenzamos la Cuaresma. Escuchemos la voz del Señor. Convirtamos de verdad nuestro corazón a Dios.

 

miércoles, 2 de marzo de 2022

Escuchemos el pregón que hoy la Iglesia nos proclama, comienza el camino hacia la Pascua, es el tiempo favorable, llega el día de la salvación

 


Escuchemos el pregón que hoy la Iglesia nos proclama, comienza el camino hacia la Pascua, es el tiempo favorable, llega el día de la salvación

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Hoy es el día del pregón. Sí, pregón. No sé a qué os sonará esto que digo. La palabra hoy quizás pudiera decirnos poca cosa, o enseguida la desviamos a las fiestas de nuestros pueblos. Hay costumbre en algunos lugares que en días anteriores al comienzo de las fiestas se haga la lectura del pregón, una llamada festiva a participar en las fiestas del pueblo que van a comenzar. Quizás, por otra parte, en nuestros ámbitos religiosos se ha introducido la costumbre de en los días anteriores a la Semana Santa se encargue a alguien que haga un pregón, que nos anuncie las celebraciones que se van a tener y se le de relevancia especial a nuestras tradiciones y cosas así.

Pero insisto en que hoy es el día del pregón. Fijémonos en el sentido que tienen las lecturas de la Palabra de Dios de este día; es el comienzo de un camino que nos lleva a la Pascua, a la celebración de la Pasión, muerte y resurrección del Señor y hoy la Palabra de Dios que se nos proclama es una invitación a hacer ese camino que culmina en la Pascua.

Literalmente los textos, en especial del profeta Joel que escuchamos en la primera lectura tiene este sentido. Invita a que suenen las trompetas llamando a la gente, convocando a la asamblea, a niños y ancianos, a jóvenes y adultos, a hombres y mujeres, a sacerdotes y a todos los que sirven al altar, todos son llamados e invitados.

‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno santo, convocad a la asamblea, reunid a la gente, santificad a la comunidad… Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, servidores del Señor, y digan: Ten compasión de tu pueblo, Señor…’

Ese es el sentido también de la segunda lectura de la carta a los Corintios: ‘Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación… En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’.


El rito y el gesto que nos ofrece hoy la liturgia del miércoles de ceniza tienen este sentido y este valor. Una llamada a la que hoy damos una primera respuesta dejando que caiga la ceniza de la penitencia sobre nosotros, pero es un comienzo de respuesta en ese camino que vamos a hacer. Vamos a celebrar la Pascua. En unos días que cronológicamente nos recuerdan incluso también los momentos de la Pasión y Muerte del Señor nosotros vamos a celebrar también la Pascua. Son momentos importantes, son momentos que nos invitan a hacer Pascua en nosotros para lograr esa renovación de nuestra vida. Y ahora se nos anuncia y se nos convoca para que nos preparemos para darles la vivencia total.

Un camino que hemos de vivir con una intensidad especial dada la importancia de lo que vamos a celebrar. Por eso será la Palabra de Dios que cada día se nos proclame la que va a ser nuestro vademécum de camino. Una Palabra que nos ayude a interiorizar, a escuchar a Dios en nuestro corazón, a mirarnos y a confrontar nuestra vida con el Evangelio, a renovarnos desde lo más hondo, a poner en nosotros actitudes y posturas de la más profunda generosidad para el compartir, a abrir nuestro corazón a Dios para escucharle y para pedirle misericordia.

Hoy en el evangelio se nos invita a retirarnos a nuestro cuarto interior, para allí en el silencio poder escuchar a Dios; no es solamente que busquemos esa habitación apartada sino que sepamos alejarnos de todos esos ruidos que nos aturden y llegan a ensordecernos, porque solo así podremos escuchar a Dios; que sepamos encontrar esos momentos de silencio, de dejar a un lado por unos momentos, o quizás por unos días tantas rutinas de nuestra vida que nos distraen con tantas cosas.

Cuando se nos pide ayuno y abstinencia no es simplemente el que prescindamos de unos alimentos y los sustituyamos quizás por otros, sino que hay muchos apetitos en nuestra vida, muchas cosas que nos atraen, nos llaman la atención, nos entretienen, nos hacen perder el tiempo de las cosas importantes, que son de lo que tendríamos que hacer ayuno y abstinencia. ¿De qué nos vale que nos abstengamos de carne en unos días, si no somos capaces de abstenernos de esas cosas que quizás nos entretienen y nos hacen perder el tiempo?

También a través de este medio de ‘la semilla de cada día’ os iremos ofreciendo pensamientos y reflexiones que nos ayuden a interiorizar en esa Palabra de Dios y a realizar ese camino de renovación que nos lleve de verdad a la Pascua.

El pregón queda hecho. Despertemos, levantémonos, escuchemos la llamada del Señor. Es tiempo favorable, llega el día de la salvación. La noche de pascua escucharemos el pregón pascual, que en ese momento podamos sentir el gozo de que con Cristo nosotros también hayamos resucitado.

miércoles, 17 de febrero de 2021

Es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia, es el tiempo de la misericordia del Señor.

 


Es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia, es el tiempo de la misericordia del Señor.

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Cuando recibimos un regalo diversas son las cosas que podemos recibir como obsequio; quien nos regala seguramente estará atentos a nuestros gustos o cuando se es una persona práctica también a nuestras necesidades, pero el que regala quiere dejar la impronta de sí mismo en el regalo que nos hace para que entonces recordemos a quien nos hizo el regalo, y tengamos como algo muy propio de esa persona, donde está reflejando todo su ser y el grado de amistad que tiene con nosotros.

¿Quién me regala tiempo?, podría gritar alguien, aunque no pareciera que eso fuera un posible regalo; marcamos nuestros tiempo con las horas y con los minutos, marcamos nuestro tiempo por aquellos momentos que haya significado algo especial para nosotros, marcamos nuestro tiempo por las cosas que tenemos que hacer, por las urgencias de la vida, y solemos decir con mucha frecuencia que no tenemos tiempo. ¿No necesitaríamos el regalo del tiempo?

Mira por donde la palabra de Dios nos dice que es tiempo de regalo. ‘Ahora es tiempo de gracia’, nos ha dicho, y ¿qué significa precisamente una cosa que se nos da por gracia? Un regalo; pues así podríamos traducir este pasaje, estas palabras de la Biblia, tiempo de regalo.

Nos explicamos. Comenzamos la cuaresma y tenemos que decir que es tiempo de regalo; un tiempo que nos regala el Señor con un especial amor y al que tendríamos que dar una respuesta. Y quiero precisamente al hablar de la cuaresma comenzando por considera lo que el Señor nos da, lo que el Señor nos regala. Pensamos en la cuaresma y pensamos en no sé cuantas cosas que tenemos que hacer, que si hacemos penitencia para convertirnos al Señor, que si ofrecemos nuestros sacrificios y nuestras renuncias, que si tenemos que ayunar o abstenernos de algunos alimentos, pero olvidamos lo principal, lo que el Señor nos ofrece.

Por ahí tendríamos que comenzar, comenzar por darnos cuenta del regalo que significa para nosotros el amor que el Señor nos tiene. Y creo que si lo consideramos bien ya todo está hecho. Porque todo va a ser una respuesta a ese amor del Señor. Por eso nos viene bien esto que hemos comenzado diciendo del tiempo del regalo, del tiempo en que vamos a recordar de manera especial el regalo del amor que Dios nos tiene. Y a los regalos correspondemos. Será nuestra gratitud o serán unas actitudes nuevas que vamos a tener para aquel que nos hizo el regalo. Alguien nos hace un regalo y nos sentimos avergonzados si no correspondemos a ese gesto de amor que se ha tenido con nosotros; lo llamamos agradecimiento, lo llamaremos todas esas actitudes nuevas que va a haber en nuestra vida para quien tanto nos ama.

Claro que entonces resonará con todo sentido lo primero que vamos a escuchar cuando iniciamos este tiempo de Cuaresma: ‘Conviértete y cree en el Evangelio’. No es simplemente decir que tengo que cambiar porque ahora toca eso de cambiar; es algo más, es corresponder a ese amor que Dios tiene contigo, y como quieres corresponder te das cuenta que tu vida no puede ser igual, que unas actitudes nuevas tiene que haber en nuestro corazón, que una nueva forma de actuar tiene que haber en nuestra vida. Pero ¿en qué van a consistir? ‘Cree en el evangelio’. Es la Buena Noticia de Jesús, en lo que tenemos que creer y que nos va a impulsar a emprender caminos nuevos, a vivir valores nuevos, a tener una vida nueva, a ser hombres nuevos.

Un camino de ascesis, de crecimiento, de maduración el que vamos a emprender. Un camino que algunas veces nos costará seguir, porque también habrá muchas cosas que quieran distraernos. Un camino que como toda subida exige esfuerzo, superación, crecimiento. Un camino en que aprenderemos a buscar lo que verdaderamente es importante, porque no podemos llevar recargada la mochila de la vida en esa subida, lo que nos obligará a una austeridad en nuestra vida, a desprendernos de muchas cosas innecesarias o que son un estorbo.


Hablamos de ayunos y abstinencias, como hablamos de limosna para compartir. Pero no es dejar de comer por dejar de comer, sino que en ello hemos de buscar un sentido y un valor. No nos regalamos en cosas exquisitas sino que vivimos en una austeridad quizá pensando en los que no tienen qué comer y que por necesidad tendrán que ayunar porque no tienen que echarse a la boca; y se moverá nuestro corazón al compartir porque no podemos sufrir ni soportar que un hermano pase necesidad; no vamos a dar de lo que nos sobre y ya no necesitemos sino de eso que es nuestro pan de cada día vamos a partirlo, vamos a compartirlo. Es una nueva manera de ver las cosas, no es imponernos cosas así porque sí o porque estén mandadas, sino que todo va a surgir de ese amor nuevo que habrá en nuestro corazón cuando decimos que creemos en el evangelio.

Y nos falta pensar en algo más aunque en el fondo de todo lo que hemos venido reflexionando está presente. Nuestra unión con el Señor que cada día tiene que crecer más y más. ¿Cómo no van a crecer nuestros deseos de estar con El cuando respondemos agradecidos al tiempo de regalo que nos está dando el Señor, al regalo de su amor que se está haciendo presente en nuestra vida? cuando somos agradecimos con alguien de mil maneras le manifestamos nuestra gratitud, y tratamos de mantener su amistad, y nos gustará vivir en la cercanía de quien sabemos que nos quiere y nos ama, y deseamos escucharle como manifestarle también cuáles son nuestros sentimientos o incluso las peticiones que nos podamos atrever a hacer viendo tantas necesidades y sufrimientos a nuestro alrededor. Ya entendemos todo lo que eso significa.

Es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia, es el tiempo de la misericordia del Señor. Leamos ahora con atención las citas de los textos bíblicos propuestos al principio y propios del miércoles de Ceniza.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Entramos en la cuaresma no solo porque es miércoles de ceniza, sino porque vamos a dejarnos interpelar por el amor de Dios para vivir nosotros en un mismo amor


Entramos en la cuaresma no solo porque es miércoles de ceniza, sino porque vamos a dejarnos interpelar por el amor de Dios para vivir nosotros en un mismo amor

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18
Ceniza, cuaresma, conversión, arrepentimiento, pascua… son algunas palabras que vamos a repetir o vamos a escuchar repetidamente estos días. Pero quiero hacerme una pregunta ¿qué eco van a tener o tienen estas palabras en la gente que nos rodea? La gente sigue con sus fiestas, con sus ocupaciones, sus luchas de cada día por salir adelante y en algunos casos por su supervivencia, en esa loca carrera de la vida por no dejar escapar una oportunidad, o en ese ritmo que nos impone la vida moderna en el que ya parece que no tenemos tiempo ni para nosotros mismos, ni para pensar un poco, ¿a qué les suenan estas palabras? ¿Tendrán eco en sus vidas? Pudiera ser incluso que nos miraran con cara rara cuando las mencionemos porque otros serán quizá sus intereses.
Pero no vamos a pensar en los otros – aunque creo que tendría que ser algo para preocuparnos – sino vamos a pensar en nosotros mismos; sí, los que vamos a la Iglesia, los que incluso vamos hoy miércoles de ceniza porque decimos que queremos de verdad entrar en la cuaresma, ¿qué eco tienen en nosotros? La ceniza ¿un rito que hay que realizar aunque al final nos diga poco? ¿Las otras palabras como algo que se impone hablar de ello por el tiempo en que estamos y siempre se ha hecho así? ¿Harán alguna mella en nosotros?
Porque decir que hacen eco es porque van a encontrar algo en lo que se reflecta ese sonido y el eco viene a ser como una respuesta. Por eso realmente lo que tenemos que preguntarnos es qué respuesta va a haber en nosotros. Esa muralla de nuestra vida en la que han de chocar esos sonidos tendrá que significar una interpelación a nuestra vida. Porque depende de nuestra respuesta para que se ilumine una rayito de luz también para los demás y pudieran comenzar a tener un eco en sus vidas.
Hoy se nos dice claramente que es tiempo de gracia y de salvación. Hoy se nos dice que no echemos en saco roto esa gracia de Dios. Hoy se nos pide que nos dejemos reconciliar, que nos dejemos conducir porque experimentemos en nuestra vida todo lo que es el amor y la misericordia de Dios sintiendo al mismo tiempo la miseria de lo que hacemos, la miseria de nuestro pecado. Si no nos dejamos interpelar no va a haber ningún eco en nuestra vida. Pero ya sabemos que no nos gusta que nos interpelen, que nos hagan ver la realidad de nuestra vida. Pero la interpelación más hermosa será encontrarnos con el amor y la misericordia de Dios.
Pero, ¿sabéis una cosa hermosa? Es que ese encuentro con la misericordia de Dios, con su amor misericordioso es para que nosotros nos hagamos de la misma manera. Quien experimenta que es amado no le queda otra que amar también de la misma manera. Si después de sentir el amor de Dios en nosotros no somos capaces de obrar con ese mismo amor y misericordia con los demás, algo nos ha fallado, aquel encuentro no fue del todo vital, quizá nos quedamos demasiado en un rito o en una rutina, porque no nos hemos sentidos caldeados por ese amor.
La olla que ponemos al fuego, en su contacto con el fuego se caldea de tal manera que trasmitirá ese calor a lo que es su contenido. Es lo que necesitamos de verdad en nuestra vida. Es lo que tenemos que hacer que sea en verdad este tiempo cuaresmal que iniciamos para que no perdamos el tiempo, para que no se nos pierda ese ardor, ese calor del amor de Dios.
Solo así ayudaremos también a que todo esto pueda tener eco en el corazón de los demás. Porque descubran en nosotros que es posible el amor verdadero, que es posible sentir la paz en el corazón a pesar de todas las perturbaciones con que nos encontremos en la vida; porque con nuestros gestos de comprensión, de amor, de cercanía, de misericordia que nosotros tengamos con el que está a nuestro lado les estaremos hablando y de la mejor manera posible de que Dios nos ama y merece la pena probar lo que es ese amor de Dios y poco a poco saborearlo.
Entramos en la cuaresma porque es miércoles de ceniza; entramos en la cuaresma porque vamos a dejarnos interpelar por el amor de Dios para vivir nosotros en un mismo amor.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Nos volvemos a Dios con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor


Nos volvemos a Dios con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor

Joel 2,12-18; Sal 50; 2 Corintios 5,20–6,2; Mateo  6, 1-6.16-18

Es cierto, toda persona que quiere vivir de una forma madura su vida intenta cada día superarse, ser mejor, corregir errores, revisar continuamente lo que hace para tratar de hacerlo mejor cada día. Es bueno, es de alabar y es una tarea en la que hemos de empeñarnos en todo momento. Porque no eres frió ni caliente, te vomitaré de mi boca, dice la Escritura Santa; y es que cuando no intentamos superarnos y crecer, lo que hacemos es retroceder y disminuir. Solo el esfuerzo y la tensión nos harán crecer continuamente, porque la vida es un terreno bien resbaladizo en que si no tenemos la tensión de querer avanzar, lo que hacemos es retroceder.
Pero hoy que comenzamos con el miércoles de ceniza el tiempo de Cuaresma que nos conduce a la celebración del Misterio Pascual de Cristo en la Pascua, recuerdo esta actitud que hemos mencionado tan necesaria en la vida, y vamos a escuchar continuamente cómo la Palabra de Dios nos llama a la conversión. Pero ahora me atrevo a decir       que la conversión que se nos pide es mucho más que aquella buena actitud de la que antes hablábamos. Aquello, ya lo decíamos, es bueno y de alabar, pero la conversión no es solo revisar y corregir errores que hayamos cometido en la vida, aunque también tengamos que hacerlo, pero la conversión exige o pide algo más.
Escuchamos, por ejemplo, lo que os dice hoy el profeta en la Palabra que se nos proclamará en la celebración. ‘Volveos al Señor, vuestro Dios, y desgarrad vuestro corazón en vez de desgarrar la ropa… (Joel 2, 13). La primera palabra que se nos dice es ‘volveos… volveos al Señor, vuestro Dios’. Conversión, pues, no es solo corregir una cosa, una actitud o una acción que no hayamos hecho bien; conversión es volverse al Señor.
Muchas veces cuando comenzamos la cuaresma nos hacemos muchos propósitos, nos trazamos un plan y enumeramos aquellos cosas que creemos que debemos mejor en nuestra vida, y nos proponemos muchas cosas que en nuestra ascesis tenemos que hacer, porque así siguiendo ese plan vamos a mejor, decimos, vamos a convertirnos dándole la vuelta a nuestra vida con las cosas que tenemos que cambiar. Pero cuidado que nos falte la más importante, que esa conversión, que esa vuelta que tenemos que darle a nuestra vida, es un volvernos a Dios.
Nos volvemos a Dios y en El queremos mirarnos; en El que es compasivo y misericordioso, como repetiremos tantas veces. Vamos a sentirnos amados de Dios, la compasión y la misericordia de Dios que se derrama sobre nosotros; vamos a sentir como el Señor nos acoge en su misericordia y nos ofrece una y otra vez su amor y su perdón; vamos a volvernos a Dios y disfrutando de su amor nos sentiremos como enardecidos para vivir en su mismo amor. Será así desde ese amor de Dios experimentado en nuestra vida donde nos sentiremos impulsados a vivir en su amor, a vivir con su amor y será entonces cuando nuestra vida comience a ser distinta.
Nos volvemos a Dios para comenzar a creer de verdad en su palabra, en su evangelio, en su buena nueva de salvación; y vueltos a Dios nuestra vida comenzará entonces a ser distinta. Es algo tan sencillo lo que se nos está pidiendo, pero reconocemos que al mismo tiempo es costoso; nuestra vida se ha amoldado a vivir de una forma en que vamos vueltos hacia nuestros apegos, que parece que los huesos del alma se nos rompen cuando tenemos que dar la vuelta en redondo, para volvernos a Dios y solo a Dios.
Pero nos volvemos a El con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor. Eso es lo que verdaderamente tenemos que hacer, para que sea una autentica conversión; lo otro sería cambiar cosas, pero no habremos cambiado el corazón.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios y a eso nos quiere conducir el camino de la Cuaresma que iniciamos


Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios y a eso nos quiere conducir el camino de la Cuaresma que iniciamos

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Cor. 5,20–6,2; Mt 6,1-6.16-18

Todo el mundo sabe que hoy es miércoles de ceniza. Bueno, no sé si todo el mundo, porque para muchos se queda en lo del miércoles de la sardina, por aquello de que los carnavales se acaban aunque bien sabemos que en muchos sitios se prolongan. Tendrán una rememoración lejana de algo de la ceniza, pero ¿sabrán realmente lo que es o por qué es que hoy llamemos a este día miércoles de ceniza?
Quizá quienes se acercan a esta reflexión sí tengan algo más claro lo que hoy celebramos y por qué. Empezamos un camino que aunque es verdad que es un camino de preparación para la celebración de la Pascua, sin embargo tiene, como todo tiene que ser en la vida de cristiano, una clara rememoración pascual.
Aunque la Pascua la celebremos con gran solemnidad al llegar la celebración de la resurrección del Señor, porque es el culmen de la Pascua, sin embargo, decimos, hacemos este camino con sentido pascual porque en verdad ha de ser un paso del Señor por nuestra vida, un ir dejándonos encontrar por El que nos lleve a esa profunda renovación de nuestra vida, a un morir y a un resucitar, a un renacer a una vida nueva, a que en verdad lleguemos a sentir hombres nuevos en el espíritu del Evangelio.
Hoy, cuarenta días antes de la Pascua, iniciamos este camino. El número cuarenta tiene muchos recuerdos bíblicos, desde los cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto hasta los cuarenta días de Jesús también en el desierto antes de comenzar su actividad apostólica, como nos narra el evangelio.
Aquellos cuarenta años de desierto para el pueblo de Israel que salía de la esclavitud de Egipto le hicieron sentirse pueblo, fue el ir construyendo día a día su unidad y su identidad, un sentar la bases como pueblo entonces peregrino antes de asentarse definitivamente en la tierra de Canaán recibiendo la ley del Señor en el Sinaí que estaba en función de esa constitución como pueblo, y pueblo de Dios.
Fue un tiempo de apertura a Dios, de darle una verdadera trascendencia a su vida aprendida en ese caminar peregrino siempre en búsqueda donde aquella que pisaban no seria nunca su tierra definitiva hasta encontrar aquella tierra que Dios les había prometido. Un tiempo de purificación e ir limando todas aquellas, digamos, asperezas que le impedían sentirse pueblo y mantenerse unidos y donde iban descubriendo que era la mano de Dios la que le guiaba y conducía.
De alguna manera ¿no es eso lo que en este tiempo de cuaresma hemos de ir también redescubriendo? Somos, es cierto, ese pueblo de Dios al que pertenecemos desde el bautismo. Pero bien sabemos que nuestra vida se va maleando y necesita un tiempo de renovación. Muchas cosas vamos dejando meter en nuestra vida que son rémoras en nuestro caminar como cristianos y como pueblo de Dios que tenemos necesidad de purificar.
Necesitamos de nuevo un encuentro profundo con el Señor, con su Palabra que nos abra nuestro corazón a una trascendencia eterna en nuestra vida. Vivimos muchas veces demasiado posicionados en este mundo y en las cosas terrenas que son un lastro para vivir una autentica espiritualidad cristiana. No es penitencia por penitencia, sacrificio por sacrificio porque el sacrificio redentor de nuestra vida ya está realizado en la entrega de Jesús en su muerte y resurrección. Pero necesitamos ese reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios.
En ese reencuentro profundo con nuestro yo y con nuestra vida descubriremos de cuantas cosas tenemos que desprendernos porque de nada nos sirven aunque las tengamos apegadas al corazón y nos cueste dolor arrancarlas de nosotros. Como cuando hacemos una limpieza profunda de nuestra habitación o nuestra casa y nos damos cuenta de cuantas cosas vamos acumulando que son innecesarias o que más bien son un obstáculo para disfrutar de lo que verdaderamente vale y nos sirve. Habrá que tirar todo eso que nos entorpece, aunque nos duela arrancarlas de nosotros mismos.
Para eso nos dejaremos guiar por la Palabra de Dios queriendo convertirnos cada día al evangelio, creer de verdad en él porque sabemos que solo en Jesús tenemos la salvación. Así la liturgia en sabia catequesis nos irá ofreciendo una riqueza grande de los textos de la Palabra de Dios en este tiempo para irnos conduciendo paso a paso a la vivencia profunda de la pascua.
Hoy comenzamos con un signo, que es el que da nombre al día, con la ceniza para que reconozcamos lo que somos, lo manchados que estamos y la futilidad de tantas cosas que tenemos en nuestra vida y de las que tendremos que lavaros, purificarnos. Pero en la imposición de esa ceniza sobre nuestra cabeza el grito grande que tenemos que escuchar es ‘conviértete y cree en el evangelio’. Es la vuelta de verdad que tenemos que darle a nuestra vida. Es el sentido que tenemos que darle a este momento que vivimos hoy.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Una invitación a caminar hacia la plenitud de la Pascua que nos recuerda el sentido pascual y trascendente que tiene nuestra vida desde la plenitud de Cristo

Una invitación a caminar hacia la plenitud de la Pascua que nos recuerda el sentido pascual y trascendente que tiene nuestra vida desde la plenitud de Cristo

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Corintios 5,20–6,2; Mateo 6,1-6.16-18

Hoy es miércoles de ceniza. Hoy iniciamos un camino, un camino que nos recuerda cual es el camino de la vida. Para muchos quizá se quede este día en un rito que tiene la Iglesia del que casi nos quedamos sin entender su sentido. Nos podemos quedar quizá en que se nos recuerde la muerte, por aquello de las cenizas en las que todos nos convertimos y así pueda quedarse todo en el recuerdo de un destino fatal en que todo se acaba y ya no hay nada más, cuando de verdad no tenemos un verdadero sentido de trascendencia en nuestra vida.
Pero celebrar este día del miércoles de ceniza es mucho más, algo mucho más profundo. Ya decíamos que iniciamos un camino. Hoy comenzamos una peregrinación que nos conduce a una celebración pascual. En consecuencia viene a recordarnos ese sentido de pascua que tenemos en nuestra vida desde nuestra fe en Jesús, muerto y resucitado. Vamos a celebrar de una manera intensa en su conmemoración anual algo que da sentido a nuestra vida y que de alguna forma vivimos o hemos de vivir cada día.
Y es que la vida del cristiano tiene que estar impregnada de ese sentido de pascua. Vivimos esa presencia del Señor en nosotros que nos llena de gracia y de salvación. Es el paso del Señor que nos salva; es el paso del Señor que nos llena de su amor. Y eso hemos de vivirlo cada día. Y ese paso del Señor con su salvación tuvo, digámoslo así, su plenitud en la muerte y en la resurrección del Señor. De ello nos hemos hecho partícipes desde nuestro bautismo que nos hizo renacer en Cristo en virtud de su muerte y su resurrección. Desde entonces toda nuestra vida ha de estar, como decíamos, impregnada de ese sentido pascual.
Necesitamos recordarlo, revivirlo. Y a esto viene a ayudarnos el sentido cíclico de nuestras celebraciones de cada año. Por eso decíamos que hoy miércoles de ceniza emprendemos un camino, que es el camino que cada día hacemos, pero que ahora con motivo de las celebraciones de la pascua queremos vivir con mayor intensidad. Esto nos ayudará a que vivamos así en esa plenitud cada día ese sentido de nuestra vida.
Caminamos, sí, hacia la pascua en el recorrido de la Cuaresma. Nos recordará el sentido de nuestra vida y nos ayudará a vivirlo con toda plenitud. La liturgia con sus signos, con la Palabra de Dios que nos ofrece cada día, en ese recorrido que nos recuerda lo que era el catecumenado que preparaba a los catecúmenos para el bautismo, nos va ayudando así a que renovemos nuestra vida. Cuando llegue la Pascua vamos a hacer una renovación de nuestro compromiso bautismal, nuestras promesas bautismales y la profesión de nuestra fe; ahora en este peregrinaje cuaresmal nos vamos preparando.
Este rito con el que iniciamos la cuaresma en este día llamado miércoles de ceniza  por el signo que empleamos nos recuerda nuestra meta, y nos recuerda que quizá hemos tenido muchos tropiezos en el camino que vamos haciendo cada día y que tenemos que enderezar el rumbo. Por eso más que recordarnos la muerte es invitarnos a la conversión, a creer en el evangelio, a buscar ese sentido de trascendencia y de plenitud que tiene nuestra vida, a renovar cuanto en nuestra vida está torcido y empañado por el pecado. No es solo recordar la debilidad de nuestra vida, sino recordar la grandeza y trascendencia que nuestra vida tiene invitándonos a caminar hacia la plenitud que en Cristo podemos encontrar.
Escuchemos con atención esa invitación que se nos hace desde la palabra del Señor y convirtamos de verdad esta cuaresma que iniciamos en un tiempo gracia y de salvación.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Al empezar esta Cuaresma danos, Señor, un verdadero espíritu de conversión porque reconocemos que grande es tu amor

Al empezar esta Cuaresma danos, Señor, un verdadero espíritu de conversión porque reconocemos que grande es tu amor

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Corintios 5,20–6,2; Mateo 6,1-6.16-18
‘Al empezar esta Cuaresma, te pedimos, Señor, que nos des un verdadero espíritu de conversión’. Así se iniciaba la oración de la Eucaristía de este día. Estamos en miércoles de ceniza y estamos comenzando la Cuaresma.
Como siempre decimos, iniciamos el camino de la Pascua, el camino que nos lleva a la Pascua, a la celebración no solo de la pasión y muerte de Jesús sino también de su resurrección. Decimos muchas veces que la cuaresma nos prepara para la Semana Santa; sí y no, porque no solo es celebrar la Semana de la Pasión, sino que siempre en nuestra vida la pasión está unida a la Resurrección; por eso, mejor decimos, que nos preparamos para la Pascua.
Y es que teniendo esto en cuenta no nos quedaremos en vivir luego con intensidad los días de la pasión y de la muerte, sino que podremos llegar con toda intensidad a la resurrección; y llegar a la resurrección no es solo llegar al sábado santo, a la vigilia pascual, sino es llegar y vivir toda la Pascua. Con la misma intensidad tendríamos que seguir luego celebrando toda la pascua. Es tan grande el misterio de la Pascua que no lo reducimos a un día, sino que lo prolongamos durante cincuenta días. Si ahora nos preparamos durante cuarenta días, que es la Cuaresma, es para poder vivir la intensidad de esos cincuenta días de la Pascua.
La primera llamada que hoy escuchamos es la invitación a la conversión. Ya nos lo decía el profeta ‘convertios a mi de todo corazón… rasgad los corazones… convertios al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad…’ Es bueno que escuchemos esta invitación pero en todo el sentido que tiene; nos convertimos, nos damos la vuelta en la vida, para acercarnos al Dios que es compasivo y misericordioso; sabiendo qué grande es la misericordia del Señor con mayor confianza nos acercamos a El, con la seguridad que en El vamos a tener siempre el perdón, el amor, la paz.
Por eso san Pablo nos repetía que nos dejáramos reconciliar con Dios. Dejarnos reconciliar. Nosotros daremos pasos, tenemos que darlos, pero el gran paso es el del Señor que viene a nosotros con su misericordia; El nos hace posible esa reconciliación. Cristo murió por nosotros en la cruz para reconciliarnos, para ofrecernos el amor de Dios y su perdón.
Que entremos, entonces, en este tiempo con verdadero espíritu de conversión, con ese deseo de encontrarnos con el Señor que nos ama y nos perdona, que nos llena de su gracia y de su vida, que nos inunda con su paz. Que lo sintamos de verdad en nuestro corazón. Ahí está todo ese programa que nos trazamos para la cuaresma para ir dando respuesta a la llamada e invitación del Señor.
Nos abrimos a la gracia de Dios, queremos escuchar su llamada, escuchar su Palabra; con espíritu humilde nos acercamos al Señor reconociendo nuestra debilidad, nuestra indignidad, nuestro pecado, pero reconociendo las maravillas que puede hacer el Señor en nosotros. Es nuestra esperanza, la esperanza que nos impulsa a caminar, con la que queremos llenar de paz nuestro corazón.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Tocad la trompeta, congregad al pueblo porque se acerca la Pascua e iniciamos la Cuaresma



Tocad la trompeta, congregad al pueblo porque se acerca la Pascua e iniciamos la Cuaresma

Joel, 2, 12-18; Sal. 50; 2Cor. 5, 20-6, 2; Mt. 6, 1-6.16-18
‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno,  convocad la reunión, congregad al pueblo…’ Es el grito que como un pregón escuchamos en este primer día de Cuaresma. Los que son muy mayores pueden recordar aquellos viejos tiempos cuando se proclamaba un bando en el pueblo; allá venía el pregonero con su trompetín y en los lugares públicos después de recabar la atención de las gentes proclamaba aquel bando o aquel anuncio que se quería hacer; imágenes así hemos visto todos en películas, pero hoy todavía en nuestros pueblos queda el auxilio del coche con sus parlantes o altavoces en alto que va por las calles, plazas y caminos haciendo sus correspondientes anuncios de algo que va a suceder o celebrar, o quizá el anuncio de un vecino que haya fallecido.
Nos viene bien recordar estas imágenes porque hoy lo que hemos escuchado es también un pregón o una llamada que nos hace la Iglesia en su liturgia con la Palabra de Dios convocándonos a este tiempo que iniciamos que llamamos Cuaresma. Y creo que hemos de tomarnos muy en serio esta llamada o convocatoria que se nos hace.
El profeta decía de parte del Señor: ‘Convertios a mí de todo corazón… rasgad los corazones, no las vestiduras: convertios al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad…’ Y por su parte el apóstol san Pablo nos recordaba que ‘ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación’; y nos invitaba ‘a no echar en saco roto la gracia de Dios… dejaos reconciliar con Dios’.
Iniciamos este tiempo que todos sabemos bien que es el camino que nos ofrece la Iglesia para prepararnos para la Pascua. Llegan momentos muy importantes para el cristiano en que nos disponemos a celebrar el misterio pascual de Cristo. Pero, como bien sabemos, la celebración no es un mero recuerdo que hagamos como si fuera una mera representación que nos da gusto contemplar y por eso acompañamos nuestra celebración de unas representaciones plásticas en las imágenes sagradas que nos recuerden los misterios de la pasión y muerte del Señor.
La celebración de la Pascua tiene que ser algo mucho más hondo que todo eso porque de ninguna manera nos podemos quedar en lo externo. Tiene que ser una vivencia profunda del misterio redentor de Cristo haciéndonos participes de esa gracia redentora de Cristo para dejarnos transformar por su vida y por su gracia. Es ahora que tenemos que vivir todo ese misterio de Cristo; es ahora que tenemos que revivir, hacer de nuevo viva en nosotros esa salvación de Jesús en nuestra vida. Por eso nos queremos preparar con intensidad en los cuarenta días de la Cuaresma.
‘Convertios al Señor Dios vuestro’, nos decía el profeta. Por eso  nosotros tenemos que levantar la mirada a lo alto para mirar a Jesús, para mirar a Cristo en todo el misterio de su pasión y de su muerte que nos lleve a la resurrección de una nueva vida en nosotros. Miramos a Cristo, porque sabemos que en El está de verdad la salvación para nosotros y para nuestro mundo.
Miramos a Cristo porque sabemos que El es la luz verdadera que ilumina nuestro mundo, nuestra vida; ese mundo  nuestro con sus crisis y sus problemas, esa vida nuestra llena tantas veces también de muchas tinieblas y oscuridades, ese mundo y esa vida nuestra tantas veces que parece que anda desorientada, en Cristo va a encontrar esa luz que nos señale el camino del verdadero sentido, de la verdadera vida. En Cristo entramos la respuesta a tantos interrogantes que se nos pueden presentar en nuestro interior, porque Cristo es el que en verdad tiene palabras de vida eterna para nosotros.
‘Conviértete y cree en el evangelio’, se nos va a decir en el rito de la imposición de la ceniza. La ceniza nos mancha, mejor aún, nos recuerda que estamos manchados porque somos pecadores; la ceniza nos recuerda la debilidad y la fragilidad de nuestra vida, ‘eres polvo y en polvo te has de convertir’; pero la ceniza nos evoca que si nos acercamos con fe hasta el Señor, convirtiendo nuestro corazón a El nuestra debilidad se puede transformar en vida por la fortaleza de la gracia del Señor.
Nos sentimos débiles y pecadores, pero queremos volver nuestro corazón a Dios. Por eso escuchamos la invitación a la conversión. Pero la conversión no es decir simplemente voy a intentar ser mejor, a cambiar algunas cosas de mi vida que tengo que mejorar; la conversión significa darle la vuelta a nuestra vida para que esté totalmente orientada en Dios; si tenemos que convertirnos, darle la vuelta, es porque el camino que seguíamos no era el bueno, porque andábamos como desorientados y ahora tenemos que darle la vuelta. Tenemos que empezar por reconocerlo. Pero  no es una vuelta cualquiera; es una vuelta hacia el evangelio de Jesús. ‘Conviértete y cree en el Evangelio’, se nos dice.
Creemos en el Evangelio y miramos a Jesús, como decíamos antes. Cuando miremos a Cristo frente a frente, sin ocultamientos ni temores, iremos entonces confrontando nuestra vida, iremos dejando iluminar nuestra vida por su Palabra, iremos dando esos pasos que nos va pidiendo el evangelio, iremos dejándonos reconciliar con Dios que significará también irnos reconciliando más y más con los hermanos, iremos transformando nuestra vida por la fuerza de la gracia del Señor.
Es el camino que nos irá ofreciendo la Iglesia a través de toda la Cuaresma con la Palabra de Dios que cada día se nos proclame, con las celebraciones que iremos viviendo, con todas esas reflexiones que se nos vayan ofreciendo, con esos sacrificios que le iremos ofreciendo al Señor en la conversión de nuestro corazón, y con la intensidad de nuestra oración al Señor. Ayuno, limosna y oración son las tres palabras que se repiten, para hablarnos de ese sacrificio de nuestra conversión, de ese compartir generoso con los demás porque la limosna limpia tus pecados que dice la Escritura, y será nuestra oración al Señor.
Serán momentos para interiorizar de verdad en nuestra vida. Hoy el evangelio nos habla de cómo no podemos quedarnos en hacer las cosas de forma externa solamente buscando la apariencia. Nos dice Jesús que nos metamos en nuestro cuarto interior, que no es simplemente encerrarnos en una habitación para hacer nuestra oración y reflexión, sino saber entrar dentro de nosotros mismos con toda sinceridad para que podamos tener ese encuentro vivo con el Señor. Hay el peligro, y de eso nos quiere prevenir, de que recemos y recemos muchas oraciones pero no haya un encuentro vivo allá en el secreto de nuestro corazón con el Señor. Es lo que tenemos que cuidar mucho.
‘En el tiempo de la salvación te escucho, en el día de la salvación te ayudo…’ nos decía el Señor en la carta de San Pablo. Es el tiempo de la salvación, escuchemos de verdad a Dios en lo más hondo de nuestro corazón, sintamos viva en nosotros la gracia del Señor.

miércoles, 13 de febrero de 2013


MIÉRCOLES DE CENIZA

Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y nos convertimos a El

Joel, 2, 12-18; Sal. 50; 2Cor. 5, 20-6, 2; Mt. 6, 1-6.16-18
‘Convertios al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad…’ Es el primer anuncio, el primer grito e invitación que escuchamos al iniciar con esta liturgia el tiempo de Cuaresma. Es consolador. Es exigente la llamada porque ahora es tiempo favorable, ‘es tiempo de gracia’, pero al mismo tiempo es estimulante. Somos llamados e invitados a volver nuestra vida al Señor ‘porque es compasivo y misericordioso’. Esa es la razón y el motivo, el amor compasivo y misericordioso del Señor.
Es el amor del Señor el que nos llama. ‘Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en El’, que nos dice san Juan en sus cartas. Como nos recuerda el Papa en su mensaje para la Cuaresma ‘no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… y puesto que es Dios quien nos ha amado primero, ahora es el amor ya no solo un mandamiento sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro’.
Mas adelante el Papa en este sentido nos dice en su mensaje: ‘Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta precisamente es la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. El sí de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito.  No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí’.
Creo que nos pueden bastar estas palabras del Papa en el comienzo de la Cuaresma para iniciar este camino que nos conduce hasta la Pascua precisamente en este año de la fe que estamos recorriendo. Tiene que salir renovada y fortalecida nuestra fe. Este ha de ser nuestro empeño en el que vamos a intensificar todo lo posible durante toda esta Cuaresma. Esa fe que en la medida que vaya creciendo más y más en nuestro corazón, hará que crezca de la misma manera el amor, el amor que le tenemos a Dios y el amor que en consecuencia hemos de tener a los hermanos.
‘Abrirnos a su amor significa dejar que El viva en nosotros y nos lleve a amar con El, en El y como El; solo entonces nuestra fe llega verdaderamente a actuar por la caridad y El mora en nosotros’. Es la conversión de nuestro corazón al Señor, a la fe y al amor. Y necesitamos hacer ese proceso de conversión porque nuestra fe es débil muchas veces y en consecuencia no vivimos con toda intensidad el amor, la caridad. Vamos como cojeando en la vida. Palabra del Señor que vamos a ir escuchando es esa medicina, ese alimento, ese apoyo que nos fortalece en nuestra fe y en nuestro amor.
Para ello necesitamos intensificar la escucha de la Palabra de Dios y la oración, porque ahí en la escucha del Señor, en el encuentro vivo con El en la oración iremos sintiendo en el corazón esa luz y esa fuerza, esa gracia y esa presencia del Espíritu del Señor que nos impulsa a progresar en todo lo que ha de ser nuestra vida cristiana. La liturgia cuaresmal es muy rica en la Palabra del Señor que nos va ofreciendo cada día, podíamos decir, de forma muy pedagógica para que vayamos dando esos pasos que renueven nuestra vida, para que demos esos pasos de verdadera conversión al Señor.
Es un tiempo también con un profundo sentido penitencial porque en la medida en que vamos dejándonos  iluminar por la Palabra del Señor y vamos viviendo ese encuentro intimo y profundo de nuestra oración al ir examinando nuestra vida nos sentimos pecadores, nos sentimos limitados y así acudiremos al Señor invocando su misericordia y su perdón. El ayuno penitencial que Dios quiere es que nos liberemos de todo lo que nos ata y esclaviza pero haciendo abierto y generoso nuestro corazón para compartir en el amor con los demás.
Es la austeridad con que hemos de aprender a vivir en la vida para no ser esclavos del consumo, pero también haciéndonos solidarios con tantos que quizá a nuestro alrededor o a lo largo del mundo tienen que ayunar pero porque no tienen para comer en su indigencia o en su necesidad. Por eso la austeridad penitencial que de manera especial queremos vivir en este tiempo nos tiene que llevar a la solidaridad y al compartir.
Por eso como decíamos antes nuestra auténtica conversión nos ha de llevar al amor. Amor para compartir y ser solidarios; amor para ser capaces de tener un corazón compasivo y misericordioso en el trato con los demás; amor que nos ha de llevar a ese buen trato que tengamos con los otros, a evitar todo lo que pueda dañar o herir al hermano que está a nuestro lado; amor que nos ha de llevar a tener auténtica ternura en nuestro corazón con los que están a nuestro lado ofreciendo alegría, amistad, comprensión, perdón, esperanza.
El saber superarnos en todas estas cosas y el vivir con ese corazón lleno de ternura y de misericordia puede ser un buen ejercicio de penitencia, porque será algo que muchas veces nos costará hacer porque nos sentimos tentados tantas veces al orgullo y al egoísmo, o nos aparecen las envidias y las desconfianzas. Y eso que nos cuesta superar son las verdaderas penitencias que hemos de hacer cada día, para ser cada vez más gratos al Señor.
Ahora con la liturgia vamos a dejar caer sobre nuestra frente la ceniza penitencial; pero vamos a escuchar con los oídos del corazón bien abiertos la invitación y la llamada del Señor: ‘Conviértete y cree en el Evangelio’. Que no caiga en saco roto esta llamada y esta gracia del Señor.