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domingo, 23 de noviembre de 2025

No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

 


No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

2Samuel 5,1-3; Salmo 121; Colosenses 1,12-20;  Lucas 23,35-43

Si nosotros tuviéramos la posibilidad real de elegir – y no es cuestión ya de elecciones que llamamos democráticas que tenemos muy reglamentadas y muy marcadas con muchas connotaciones no siempre tan luminosas – decíamos, de elegir a un dirigente capaz de conducirnos por los mejores caminos no elegiríamos a uno a quien vemos fracasado y poco menos que derrotado en la vida,, sino quien sea capaz de tener un verdadero liderazgo desde su propia rectitud pero manifestado también en un camino recorrido de triunfo y de victorias en cosas conseguidas.

Como respuesta en cierto modo a esto que estamos planteando la primera lectura de este domingo nos habla de cómo los de Israel fueron a buscar a David, rey ya de Judá, para que fuera su rey; es el David que han visto que es un buen estratega y salir victorioso ya en muchas batallas; no es solo un pastor de un rebaño en Belén sino un vencedor en muchas contiendas.

Pero en contraposición a esto que venimos diciendo en el evangelio veremos que aquel ladrón que está también crucificado allí en el Calvario, en postura diferente y contraria a todas las burlas de los que presenciaban la agonía y muerte de Jesús diciéndole que se salve a si mismo, que se baje de la cruz, es precisamente a ese que aparece como un fracasado a quien pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino. Podría parecer algo contradictorio y chocante que ponga la fe en quien a los ojos de todos aparece como un condenado que ha fracasado en lo que proponía como reino de Dios.

‘Mi reino no es de este mundo’, le había respondido Jesús a Pilatos, que no tenía ejércitos que ahora vinieran en su auxilio. Pero Jesús sí había centrado toda su predicación y toda su vida en el anuncio de la llegada del Reino de Dios. No le habían entendido, mientras unos no quitaban de la cabeza la idea de un Mesías guerrero y libertador de Israel, otros no llegaban a entender ese estilo nuevo que Jesús venía ofreciendo para nuestras vidas; no podían entender que el amor tenía que ser el verdadero constructor de un mundo nuevo y no basándonos en otras fuerzas o manifestaciones de poder.

Para muchos escuchando a Jesús, por no entenderlo por tener la mente cerrada con sus ideas preconcebidas, su mundo se les resquebrajaba y se les venía abajo, porque querían construir la vida desde la vanidad o desde un poder que manipula. Es la oposición que va encontrando en aquellos que pensaban que las cosas siempre habían sido así y por qué iban a cambiar, sobre todo cuando su prestigio, su preponderancia, y las apariencias de sus vanidades se venían abajo.

Era algo nuevo lo que Jesús proponía y por eso le decía a sus discípulos que entre ellos no podía ser como entre los poderosos de este mundo; era un camino de sencillez y de humildad, era un camino de mansedumbre y de autenticidad, era un camino de servicio y de desprendimiento de si mismo, era un camino en que todos tendríamos que sentirnos cercanos los unos a los otros porque entre todos había de haber una nueva comunión que tendría que hacer que nos sintiéramos hermanos. Es el camino del Reino de Dios que era comenzar a vivir una vida nueva.

Hoy estamos celebrando ese Reino de Dios y decimos que Jesús es nuestro Rey y Señor. Así comenzaron a verlo con toda claridad sus discípulos a partir de la resurrección. Es cuando comenzaron a comprender muchas cosas que habían visto y escuchado a Jesús en aquellos años de predicación. Ejemplo nos había dado, podemos recorrer todas las páginas del evangelio. Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, así tenéis que lavaron los pies los unos a los otros, les diría en la cena pascual después de aquellos momentos de desconcierto que se quitó el manto y se puso a lavarles los pies uno a uno.

‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’, le había dicho al renuente Simón Pedro; y querrá Pedro que le lave no solo los pies, sino las manos y la cabeza y todo. No era una ablución cualquiera, una ablución ritual lo que Jesús estaba realizando. Estaba mostrándonos nuestro camino. A nosotros nos dirá que si no nos lavamos los pies los unos a los otros no tendríamos parte con El. Pero que pronto lo olvidamos.

En la liturgia de este domingo, último del ciclo litúrgico, pues el próximo domingo entraremos en el Adviento, queremos hacer esta proclamación de Jesucristo como Rey. Es el fruto del camino recorrido, es la consecuencia de todo lo que hemos vivimos a lo largo del año litúrgico desde las grandes celebraciones que han centra nuestra vida en este año, pero desde esa celebración de cada semana en el domingo, día del Señor, o lo que hemos vivido cada día.

Ha sido como un camino de ascensión el que hemos recorrido; muchas experiencias intensas en la vida de nuestra fe habremos tenido a través de las celebraciones y de lo que sido el compromiso de nuestra vida cristiana, como quizás también hemos constatado nuestra debilidad, nuestra poca perseverancia y los tropiezos que hayamos podido tener. Pero una cosa hemos de tener como muy cierta y segura, en ese camino hemos querido estar con el Señor, la presencia del Señor en nuestra vida no ha faltado aunque a veces hayamos camino medio ciegos y sordos.

‘¡Es el Señor!’, tenemos que saber reconocer como Juan allá a la orilla del lago de Tiberíades. Mucho más que un líder o un gran dirigente. Es nuestro Rey y Señor. El nos promete que estaremos con El en el paraíso, como le dijo al buen ladrón. ¿Nos lanzaremos al agua como Pedro tal como estamos porque queremos estar cerca del Señor?

 

sábado, 23 de marzo de 2024

Pensemos en el lugar que va a ocupar Jesús en esta semana santa que vamos a iniciar, no sea que no le abramos las puertas para celebrar la pascua en nuestra vida

 


Pensemos en el lugar que va a ocupar Jesús en esta semana santa que vamos a iniciar, no sea que no le abramos las puertas para celebrar la pascua en nuestra vida

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer. 31, 10-13; Juan 11, 45-57

‘¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?’, se preguntaban los judíos en la cercanía de la fiesta de la Pascua, ya que Jesús aun no había llegado a la ciudad santa y además se rumoreaba que se había retirado más allá del Jordán, ‘a una ciudad vecina al desierto, llamada Efraín’, como incluso nos narra el evangelista.

Hemos escuchado el relato previo, las inquietudes que se habían suscitado entre el grupo de los dirigentes de Jerusalén después de la resurrección de Lázaro y cómo las gentes se iban con Jesús; había provocado una reunión incluso en el Sanedrín donde habían llegado a la conclusión, por moción del Sumo Sacerdote, de que era preferible que uno muriera por todo el pueblo, pues podría surgir una represalia por parte de la autoridades romanas. ‘Aquel día decidieron darle muerte’. Luego vendrían los chantajes y las traiciones, pero mientras Jesús se había retirado al desierto.

Esta pregunta que se hace la gente sencilla me da pie en esta reflexión para que nosotros nos hagamos una pregunta semejante en esta víspera ya del comienzo de la Semana Santa. ‘¿Vendrá Jesús a la fiesta?’ ¿Vendrá Jesús a esta fiesta de la Pascua que vamos a celebrar? ¿Vendrá Jesús a mi vida para yo con El hacer y celebrar también esta fiesta de la Pascua?

Podrá parecer algo muy atrevido lo que estoy planteando, pero creo que no es tanto. Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos. Me van a decir qué cómo se me ocurre pensar o plantear este interrogante, si nuestra semana va a estar llena de celebraciones y procesiones, de actos religiosos populares y de mucha gente que o visita nuestros templos y monumentos, o se pone en la calle al paso de las procesiones haciendo salta incluso alguna lágrima de emoción.

Podemos hacer todo eso, pero ¿qué lugar ocupa Jesús en todo eso? ¿No podríamos quedarnos en unos ritos tradicionales muy bien preparados y que queremos hacer con el mayor lucimiento? Puede parecer duro lo que estoy diciendo, pero es que tenemos que ponernos a pensar bien en serio.

Nuestros pasos procesionales, reconociendo incluso toda la magnificencia del arte que nos representa, es cierto, los diferentes momentos de la pasión ¿qué parecido tienen con lo que allí en Jerusalén sucedió aquellos días? ¿Estaremos quedándonos en ver cosas bonitas y emotivas? ¿Pero dónde ponemos a Jesús en todo eso y como lo traducimos a lo que Jesús quiere realmente para nosotros, para nuestra vida, para nuestro mundo cuando se entregó a la muerte en la Cruz? Cuántos visitan los monumentos del jueves santo para admirar tanto arte, tanta riqueza, o tanta belleza, pero se olvidan de quien realmente está allí en el Sagrario dejando bien cerradas las puertas de nuestro corazón y sin dejar entrar a Jesús.

Es que a mí me preocupa si yo realmente voy a dejar a Jesús que entre en mi vida para realizar y hacer esa Pascua en mí. Podemos pasar por todas estas cosas que vamos a hacer estos días, pero no dejamos pasar a Jesús por mi vida en estos días. ¿Tendré miedo a implicarme en lo que es la salvación que Jesús nos ofrece con su muerte en la cruz donde yo tengo que morir también para poder encontrar la salvación? ¿Tendré yo miedo a que esa cruz de Jesús llegue a mi vida para que haya verdaderamente pascua, o sea paso de la muerte a la vida en esta celebración pascual que vamos a celebrar?

 

viernes, 29 de septiembre de 2023

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor


 

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

'Delante de los ángeles tañeré para tí, Señor', decimos con la liturgia de este día en que celebramos la fiesta de los Arcángeles de Dios. Nos unimos a los coros de los ángeles, decimos en otro momento de la liturgia y de ellos tomamos prestadas sus palabras para también entonar ese cántico de gloria del Señor.

No sé, pero aunque nos manifestamos con corazón agradecido a Dios cuando sentimos su presencia en nuestra vida, en medio de nuestras luchas y problemas, creo que no siempre sabemos cantar como es debido a la alabanza del Señor. 'Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria', diremos también en otro momento de la liturgia. Es algo que tendríamos que hacer más. Es gozarnos de la gloria del Señor, es reconocer su grandeza y las maravillas que hace con nosotros, es disfrutar de su presencia en la que nos gozamos con su presencia y de nuestra boca y de nuestro corazón tendrían que salir cada vez con más fuerza esos piropos de alabanza.

¿No es lo que hacen los enamorados que se vuelven poetas rebuscando las mejores y más bonitas palabras para describir de la mejor manera posible lo que han descubierto en su amado o su amada y regalarle con un cántico bien hermoso todo lo que quisieran expresar desde ese amor que sienten en el corazón?

¿No es lo que hacemos en nuestras relaciones humanas cuando descubrimos las cosas hermosas que una persona ha realizado por su comunidad o su pueblo y le dedicamos fiestas en su honor y buscamos los mejores poetas que ensalcen esas figuras que van ya a ser muy importantes para el pueblo?

Que no se enfríen nuestros sentimientos, que no decaiga nuestro amor, que vivamos con intensidad esos momentos en que se desborda nuestro corazón para cantar a Dios, cuando reconocemos sus maravillas, cuando nos sentimos inundados de su amor, cuando somos conscientes de cómo el Señor nos ayuda y nos libera, nos hace seguir caminando adelante con paso firme, porque Él está siempre con nosotros, que sepamos, pues, encontrar el modo en que también sepamos proclamar esas alabanzas para nuestro Dios.

Celebrar esta fiesta de los Santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael, tendría que despertarnos a esa alabanza y a esa acción de gracias que continuamente cantemos a nuestro Dios. Cuando contemplamos hoy a estos arcángeles estamos viendo la intervención divina en nuestra propia historia de la salvación. No solo recordamos a Rafael porque acompañara al joven Tobías en su camino de peregrinación y fuera signo de la medicina de Dios al curar al anciano Tobías; no solo estamos recordando a Gabriel como el mensajero de Dios que llegó a casa de María, como antes lo hiciera en el templo con el sacerdote Zacarías, para transmitirles los designios de Dios; no solo contemplamos a Miguel como algo así como el capitán de los ejércitos celestiales para significar la victoria del bien sobre el mal y el pecado.

Estamos contemplando esa acción de Dios en nosotros, que pone a sus ángeles como compañeros de nuestro camino - en unos días celebraremos a los santos Angeles Custodios -, vienen a ser la voz de Dios en nuestro corazón para inspirarnos el camino del bien o hacernos descubrir los planes de Dios para nuestra vida, sino que también descubrimos esa presencia sobrenatural junto a nosotros para librarnos del mal, para que no caigamos en la tentación, para que tengamos esa luz de lo alto que nos haga descubrir el camino del bien que hemos de recorrer.

Pondrá el Señor a sus ángeles para que nuestro pie no tropiece en el camino, para presentar nuestras súplicas y oraciones ante el trono celestial, para ayudarnos a escuchar y discernir la Palabra de Dios que llega a nuestro corazón. No nos hagamos sordos ni nos resistamos a la gracia de la presencia de los ángeles de Dios a nuestro lado. 'Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre', le decía Jesús al sorprendido Natanael cuando descubrió que Dios conocía sus secretos más íntimos. Sepamos sentir como los ángeles de Dios que nos acompañan en nuestro camino están también contemplando el rostro de Dios y cantando eternamente la alabanza del Señor. Que con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unamos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor.


domingo, 15 de enero de 2023

Vamos a seguir los pasos de Jesús, escuchar su Palabra y empaparnos de su Espíritu en lo que tiene que ser el camino de cada día de todo cristiano

 


Vamos a seguir los pasos de Jesús, escuchar su Palabra y empaparnos de su Espíritu en lo que tiene que ser el camino de cada día de todo cristiano

 Isaías 49, 3. 5-6; Sal 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34

‘¿Quién decís vosotros que soy yo?’, será una pregunta que un día  hará Jesús a sus discípulos allá junto a las fuentes del Jordán. Ahora en las orillas de ese mismo río Jordán, ya mas cerca quizá de su desembocadura en el mar Muerto, alguien nos va a decir quien es Jesús.

Allí en la cercanía del desierto para significar mejor lo que había de ser el preparar los caminos del Señor – en el desierto hay que ir abriéndose caminos – Juan Bautista era la voz que anunciaba la llegada del Mesías y cómo había que preparar sus caminos con la conversión y en el significado de aquel baño en las aguas del Jordán como un bautismo purificatorio.

Allí mismo se había abierto el cielo, como escuchábamos el pasado domingo, cuando Jesús se puso en la fila de los pecadores que iban a recibir el Bautismo de Juan. Ya lo escuchamos entonces la resistencia del Bautista a bautizar a Jesús cuando decía que era él quien había de ser bautizado por Jesús. Había tenido la revelación de que aquel sobre quien viera bajar el Espíritu en forma de paloma había de señalarlo con quien venía a bautizarnos con el Espíritu.  Entonces se había manifestado esa teofanía de Dios, escuchándose desde el cielo la voz que lo señalaba como el Hijo amado del Padre.

Si hasta entonces la misión de Juan era preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor que llegaba como Mesías Salvador, desde entonces la misión de Juan se transforma para ser el que da testimonio de quien es Jesús. Primero lo señala a sus discípulos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y ya algunos se irán tras Jesús porque quieren saber donde vive, porque quieren estar con Jesús; serán los primeros discípulos. Pero Juan sigue dando testimonio para señalar claramente que es el Hijo de Dios.

‘Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.

Es el testimonio que hoy escuchamos. Es como ponernos delante el titulo y el cartel hacia donde hemos de dirigirnos. Es el pórtico de este tiempo Ordinario que en la liturgia comenzamos a recorrer y celebrar desde que el domingo pasado se terminó el tiempo de la Navidad y la Epifanía. A partir de este momento siguiendo el relato del evangelista seguiremos los pasos de Jesús, su anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que llega y que vamos a escuchar a lo largo del todo el evangelio y para lo que tenemos que prepararnos, se predicación primero por los pueblos y aldeas de Galilea, los signos que realiza, las parábolas que nos ofrece, los pasos que hemos de ir dando en nuestra subida a Jerusalén para vivir la Pascua con Jesús.

Por eso como centro de todo el año litúrgico tenemos la fiesta de la Pascua, para la que nos prepararemos con la Cuaresma y prolongaremos con los cincuenta días del tiempo pascual. Luego retomaremos de nuevo el tiempo Ordinario para continuar en el día a día viviendo el misterio de Cristo empapándonos de cada una de las páginas del evangelio.

Tenemos la ventaja de que se nos está diciendo claramente quien ese Jesús a quien vamos a escuchar y a quien vamos a seguir. Porque vamos a hacer camino con El. Cada año hacemos a través de la liturgia todo un recorrido por el Misterio de Cristo que significa hacer un camino. No es nuestro camino hecho a nuestra manera, aunque seamos nosotros los que tenemos que ir dando los pasos. Es el camino de Jesús, es Jesús mismo porque El es el camino y la verdad y la vida.

Ya desde este primer momento vamos a abrir nuestro corazón, vamos a disponernos con todo nuestro ser para escucharle y para seguirle. Haciendo silencio en nuestro corazón para solo escucharle a El, dejándonos conducir por su Espíritu que es quien no conduce, nos lleva a la vida, permitiendo que la Palabra caiga en lo más profundo de nuestro corazón al que queremos disponer como tierra buena para que de fruto al ciento por uno.

No viviremos ahora la intensidad de la fiesta que hemos vivido en Navidad y que con toda solemnidad retomaremos en la Pascua, pero sí tenemos que hacer fiesta cada domingo y cada día de nuestra vida porque siempre hemos de vivir en el gozo en el Señor. es el espíritu festivo que siempre han de tener nuestras celebraciones, es la alegría llena de esperanza que no puede faltar nunca en el corazón de cada cristiano, es lo que queremos vivir cuando cada semana el día del Señor nos reunamos para celebrar el misterio pascual de Cristo.

jueves, 29 de septiembre de 2022

Al celebrar a los santos arcángeles que Dios nos alcance ver a esos ángeles que a nuestro lado nos elevan y nos estimulan y nos llenan de nueva espiritualidad

 


Al celebrar a los santos arcángeles que Dios nos alcance ver a esos ángeles que a nuestro lado nos elevan y nos estimulan y nos llenan de nueva espiritualidad

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Algunas veces nos encontramos con personas que nos parecen extraordinarias por sus valores reflejados en posturas o en actuaciones valientes en la vida que aunque parezcan ir a contracorriente de lo que habitualmente vivimos sin embargo nos llaman la atención, pero es que además descubrimos que en esas personas hay como una hondura espiritual que crean en ellas un algo muy especial y con quien ciertamente aunque sus posturas o su actuar sean un interrogante en nuestra vida, sin embargo parece que trasmiten una paz que nos hace sentirnos bien. En algunos sitios y en expresiones muy coloquiales se suele decir que estas personas tienen un ángel. Solemos decir algunas veces que nos encontramos Ángeles en nuestra vida caminando a nuestro lado.

¿Creemos en los ángeles? Quizá cuando nos encontramos personas así, tan espirituales, parece que nos inducen de verdad a creer en los ángeles. Es lo que hoy y el próximo 2 de octubre con la liturgia de la Iglesia celebramos. Hoy de manera especial hacemos memoria de los arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael.  Hay una referencia especial a ellos en la Biblia y en especial en el Evangelio para san Miguel y san Gabriel, y san Rafael en el Antiguo Testamento en el Libro de Tobías.

Hoy mismo hemos escuchado en el texto del evangelio que se nos ofrece – el encuentro de Natanael con Jesús a pesar de sus reticencias cuando Felipe le habla de Jesús – que ‘veremos el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. Ya en muchos momentos del evangelio aparece la figura de los ángeles; no solo es el ángel Gabriel el que primero anuncia a Zacarías el Nacimiento del Precursor del Mesías sino también a María que de ella va a nacer el Hijo de Dios.

Serán los ángeles los que cantan la gloria de Dios en su nacimiento anunciando a los pastores que en la ciudad de David les ha nacido un salvador. Serán los ángeles que sirven a Jesús después que el ángel tentador lo haya abandonado en el monte de la cuarentena.  En el momento del inicio de la pasión en Getsemaní será el ángel del Señor el que acompañe a Jesús como consuelo. Más tarde serán los ángeles los encargados de anunciar a las mujeres que no busquen entre los muertos al que ha resucitado. Y como anuncia Jesús serán enviados los Ángeles a los cuatro vientos para reunir a los elegidos y acompañarán al Hijo del Hombre en su venida definitiva con gran poder y gloria, como los ángeles de los niños inocentes estarán contemplando en el cielo el rostro de Dios.

Son los ángeles de Dios que también están junto a nosotros en el camino de la vida inspirándonos lo bueno y haciéndonos sentir la presencia de Dios. Eso lo celebraremos con más intensidad el dos de octubre cuando celebremos los santos ángeles custodios. Pero eso no impide que hoy nos unamos a la liturgia celestial para cantar con los ángeles y con los arcángeles y con todos los coros celestiales la gloria del Señor como lo hacemos en nuestra liturgia de cada día en la celebración de la Eucaristía. Del cánticos de los ángeles en el nacimiento de Jesús tomamos prestadas sus palabras – ‘gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama’ - para entonar también el cántico de gloria y de alabanza cuando iniciamos la Eucaristía. Y deseamos que por mano de su ángel sea presentada nuestra ofrenda en el cielo para que así sea siempre todo para honor y gloria del Señor.

Pero como decíamos al principio debemos tener ojos de fe, ojos limpios de malicia, para descubrir a esos ángeles que Dios pone a nuestro lado en el camino de la vida en esas personas buenas, que con sus valores y también con la profundidad de sus vidas quieren elevarnos a nosotros a que descubramos metas más altas, caminos más grandiosos. Tenemos que dar gracias a Dios porque pone tantas personas buenas a nuestro lado que nos estimulan y nos impulsan a que vivamos una vida distinta, a que arranquemos de nosotros toda malicia, a que llenemos nuestra existencia de una verdadera espiritualidad.

Ojalá seamos capaces de ver ese cielo abierto con esos Ángeles significados en tantas personas buenas que a nuestro lado elevan nuestro espíritu y nos hacen gozar también de la gloria y la presencia del Señor.

jueves, 2 de diciembre de 2021

No nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón porque esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón

 


No nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón porque esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando estamos con los amigos o con aquellas personas que queremos hablamos con naturalidad y espontaneidad, expresando nuestras ideas o nuestro pensamiento, manifestando espontáneamente nuestros sentimientos y no necesitamos buscar palabras rebuscadas para expresarnos. Sería como algo encorsetado que para expresar nuestros sentimientos a aquellas personas que queremos rebusquemos palabras que quizás tomemos de otros coartando así nuestra espontaneidad. Aunque algunas veces de forma romántica quizás nos expresemos con poesías o palabras de amor escritas por otros más inspirados, sin embargo sabemos hacerlas nuestras, poniéndole quizá nuestros propios matices para darles el aire de esa espontaneidad.

Es lo ideal. Que así seamos nosotros mismos. Que nos manifestemos como somos. Que comuniquemos lo que llevamos dentro. Que por hacer florituras de palabras hermosas no llevemos a expresar realmente lo que llevamos dentro, sino quizás las palabras o los sentimientos de los otros. Eso en todas las facetas de la vida. Hay cosas quizás que tienen su tecnicismo, por así decirlo, y según qué lugares pues tengamos que emplear ese lenguaje, pero no nos podemos poner a hablar con la gente normal que está a nuestro lado desde ese manera.

Y ¿esto tiene que ver algo con lo que es nuestra relacion con Dios? Es serio pensarlo, planteárnoslo, porque muchas veces podemos caer también en que repetimos unas oraciones que hemos convertido en fórmulas, pero con las que quizás nuestro corazón se siente lejos. Aquí podemos entrar en varias facetas o campos. Pensemos primero en lo que es nuestra oracion personal con el Señor. ¿Logramos en verdad sentirnos en su presencia y que nuestra oración sea realmente la oración, el diálogo de amor de un hijo con su padre?

Rezamos, decimos, y decimos que rezamos mucho, porque repetimos muchas oraciones una y otra vez. Pero es lo que seriamente tenemos que plantearnos. Que en ese momento de oración en verdad nos sintamos en las manos de Dios nuestro Padre y que nuestra oración sea ese encuentro personal con Dios, con el Dios que nos ama y a quien nosotros también amamos.

Es cierto que nos han enseñado unas oraciones que hemos aprendido desde niños y que seguimos repitiendo; es cierto que una de esas oraciones decimos que es salida de labios de Jesús cuando enseñó a orar a sus discípulos; cuando rezamos el padrenuestro o cualquiera de esas otras oraciones que hemos aprendido de memoria desde pequeños tenemos que hacer que en verdad en esas palabras, vamos a decirlo así, salga nuestro corazón, que las hagamos tan nuestras que en ello estemos poniendo todo lo que son nuestros sentimientos y nuestros deseos, todo lo que tiene que ser nuestra alabanza y nuestra acción de gracias al Señor.

Pensemos también en lo que es nuestra oración comunitaria que fundamentalmente hacemos con la oración litúrgica. Cuando esa oración es la oración de una comunidad reunida en el nombre del Señor es cierto que necesitamos aunar esa oración expresada en las plegarias que la liturgia nos ofrece. Pero aquí creo que hemos de tener un cuidado muy especial para que no sea un simplemente recitar unas oraciones o unas plegarias, como de una forma encorseta como decíamos antes, sino que sea lo que en verdad sale del corazón de aquella comunidad, del corazón de todos y cada uno de los que en esa celebración estamos participando.

Por eso, no nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón. Que por encima de esas palabras esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón. No es simplemente un poema de amor lo que recitamos fríamente, sino que es la oración que desde ese encuentro profundo con el Señor hacemos llegar al Padre que sabemos que nos ama. No es con florituras de palabras rebuscadas con lo que queremos hablar al Señor, aunque bellas son las expresiones de la liturgia. Sepamos sacarle jugo, por así decirlo. Tenemos que poner ahí todo lo que es la espontaneidad de nuestra vida y de nuestros sentimientos, todo lo que es la riqueza del amor que también nosotros queremos ofrecerle al Señor.

Hoy hemos escuchado a Jesús que nos dice en el evangelio. ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’. Que no sea, pues, solamente decir, ‘Señor, Señor’, sino que seamos capaces de poner toda la intensidad de nuestra vida en nuestra oración. Y poner la intensidad de nuestra vida significa cómo con nuestra vida en todo momento siempre queremos hacer la voluntad del Señor. Porque oramos no solo para expresar lo que nosotros sentimos o llevamos en el corazón, sino para abrir nuestro corazón a Dios y escucharle para dejarnos transformar por la fuerza del Espíritu haciendo siempre lo que es su voluntad.

domingo, 29 de noviembre de 2020

Sepamos encontrar el verdadero sentido del Adviento cuando nos demos cuenta que como creyentes somos alguien que está en espera del encuentro definitivo con el Señor

 


Sepamos encontrar el verdadero sentido del Adviento cuando nos demos cuenta que como creyentes somos alguien que está en espera del encuentro definitivo con el Señor

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1Corintios 1, 3-9; Marcos 13, 33-37

La vida del creyente, y sobre todo la vida del creyente cristiano es una vida que está en espera. Y son importantes estas dos palabras ‘está’ y ‘esperanza’. Y decimos está porque vivimos el momento presente, el hoy y el aquí, en toda su cruda y al mismo tiempo dichosa realidad. Y decimos en esperanza, porque siempre estamos esperando, pero ¿qué esperamos? ¿Qué este momento presente cambie y mejore? También. ¿Qué en este momento presente sintamos la presencia del Señor? Por supuesto. ¿Porque se espera la venida del Señor? Es importantísimo aunque algunas veces parece que lo olvidamos, se nos diluye demasiado este aspecto.

El creyente del Antiguo Testamento esperaba la venida del Señor, la venida del Mesías Salvador. Ese era su camino. Era el aliento de los profetas que querían preparar al pueblo, que querían tener un pueblo bien dispuesto; fue la tarea finalmente de la inminente venida del Mesías que realizaría Juan el Bautista allá en el desierto junto al Jordán. Nosotros seguimos viviendo en esperanza de algo inminente pero que no sabemos cuando. Sí. Esperamos la segunda venida del Señor. Como decimos en la liturgia ‘mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’. Y vivimos en el presente con nuestras luchas, con nuestras debilidades y con nuestras tentaciones, con los momentos de inquietud y con algunos momentos de serena paz por eso rezamos y pedimos vernos preservados de todo peligro y de toda tentación. También es nuestro grito como en el final del Apocalipsis ¡Ven, Señor Jesús!

Pero fijémonos que esta actitud de espera en la venida del Señor está muy presente en la liturgia y así tendría que estar presente en nuestra vida. Pero hemos de reconocer que muchas veces decimos palabras en la liturgia que no están reflejando de verdad lo que nosotros llevamos en el corazón, o nosotros no vivimos lo que queremos expresar en la liturgia. Vivimos como absortos en el hoy, en nuestras preocupaciones de cada día y en nuestras luchas y nos falta con demasiada frecuencia esa trascendencia de nuestra vida, ese ser conscientes de que un día llegará un final de nuestra historia y nuestra vida y viene el Señor a nuestro encuentro.

Nos decimos creyentes, decimos que creemos mucho, lo expresamos quizá en mil devociones pero no tenemos en cuenta ese aspecto de esa venida final del Señor, de ese encuentro definitivo que un día tendremos con El. Pensemos en el sentido que le damos, por ejemplo, a la muerte como un final que se convierte en amargo por lo que dejamos atrás, pero no pensamos en lo que vamos a encontrar, con quien nos vamos a encontrar.

Y ni estamos atentos a ese momento ni nos preparamos para ese encuentro; pensemos, por ejemplo, cómo lo queremos ocultar a aquellos que se encuentran en el trance de la muerte y no les damos la oportunidad de prepararse. A lo sumo la preparación la convertimos en un rito, pero que pase de alguna manera desapercibida para quien ha de tener más importancia, para aquel que va a encontrarse definitivamente con el Señor. Cuántos problemas a la hora que la familia ayude a bien morir a una persona, y digo bien morir preparándose para la vida, para la vida eterna; luego quizá muchos llantos, muchos rezos, muchas misas, pero en vida no le dejamos prepararse, no nos preparamos. Algo puede estar fallándonos en nuestra auténtica fe y en la verdadera esperanza que tiene que animar nuestra vida.

El tiempo de Adviento que hoy estamos iniciando tendría que ayudarnos en este sentido si llegamos a comprender todo el sentido del Adviento. El Adviento, podíamos decir, tiene como dos partes; normalmente hacemos mucha incidencia en lo que es la preparación para la celebración de la navidad, pero nos olvidamos de esta parte que tiene el Adviento como preparación para esa segunda venida del Señor. Como nos recordaba hoy san Pablo ‘mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo’. Los dos primeros domingos inciden especialmente en ello.

¿No decíamos al principio que el creyente y el creyente cristiano es el que está en espera? Es lo que ahora queremos expresar, esa espera de la venida del Señor, la segunda venida del Señor en gloria. Luego nos preparamos también para celebrar su primera venida en su nacimiento en Belén, lo que es la Navidad, que tampoco se puede quedar en un recuerdo emocionado.

Celebraremos su primera venida pero siendo conscientes de que el Señor viene, el Señor sigue viniendo a nuestra vida, haciéndose presente en medio de nosotros. Esa misma celebración de la navidad que entonces tendremos tiene que ser señal de que el Señor viene y nos preparamos entonces para ese encuentro que en el día a día de nuestra vida podemos y tenemos que tener con el Señor que llega a nosotros. Nos ha dejado muchas señales de su presencia, en la vivencia intensa del amor y en la celebración de los sacramentos.

Pero eso todo este tiempo será una invitación a estar atentos, a estar preparados, a no dejarnos adormilar sino tener los ojos bien abiertos para sentir y vivir esa presencia del Señor. ‘Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento’, nos decía Jesús hoy en el evangelio. Siempre presente en nuestra vida esa conciencia de que un día nos encontraremos definitivamente con el Señor y para lo que hemos de estar preparados. Qué sentido más bonito y profundo tendría este tiempo de Adviento si llegamos a descubrir toda su riqueza, pero quizá haya tantas cosas que nos distraigan aún cuando decimos que todo lo queremos hacer para celebrar la Navidad del Señor.

Ojalá este año en que vemos mermadas muchas de esas fiestas de las que hemos rodeado la navidad y que algunas veces la diluyen nos ayude a descubrir su verdadero sentido y ya desde ahora vivamos un Adviento con verdadero sentido.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Proclamamos que Jesús es nuestro Rey y Señor cuando reconocemos en el que camina a nuestro lado a un hermano y comenzamos a vivir la primacía del amor



Proclamamos que Jesús es nuestro Rey y Señor cuando reconocemos en el que camina a nuestro lado a un hermano y comenzamos a vivir la primacía del amor

Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Sal 22; 1Corintios 15, 20-26. 28; Mateo 25, 31-46

Llegamos en este domingo al final del ciclo litúrgico. Ya sabemos que el ritmo de la liturgia de la Iglesia no se rige por el año natural o el año civil, sino que todas nuestras celebraciones como toda la vida del cristiano se centra en la Pascua. Es el momento de la celebración de la Pascua de Resurrección el momento central y culminante del ritmo litúrgico como lo es el centro de la vida del cristiano. Todo es vivir la pascua del Señor.

En torno a ello giran todas las otras celebraciones del misterio de Cristo que así se van distribuyendo a través del año con su preparación previa, como fue la Cuaresma para la celebración de la Pascua y como será al comienzo del ciclo litúrgico el Adviento como preparación del misterio de la Navidad; ambos momentos culminantes tienen su prolongación tanto en todo lo que es el tiempo de Navidad y Epifanía después del Nacimiento de Jesús, como todo el tiempo pascual hasta Pentecostés después de la resurrección del Señor.

Por eso culminamos ahora nuestras celebraciones del ciclo que hemos venido viviendo puesto que ya el próximo domingo iniciamos el Adviento como preparación para la Navidad. Y concluimos el año con una celebración muy especial en que proclamamos a Jesucristo como rey del Universo. Esta es una fiesta que podríamos decir reciente en la liturgia de la Iglesia porque en el primer tercio del siglo XX se instituyó aunque se celebraba el último domingo de octubre, pero tras la reforma litúrgica del Vaticano II pasó a celebrarse en el último domingo del año litúrgico.

Según el año litúrgico y el evangelista correspondiente a ese año serán diversos los textos de la liturgia de este día. Hemos venido escuchando en este ciclo al evangelista san Mateo y de él tomamos el evangelio del llamado juicio final que hoy hemos proclamado y escuchado.

Tres imágenes nos describen la figura de Jesús en los textos de la liturgia de este día: pastor, juez y rey. Todo queriendo ser una resonancia de esa proclamación de Jesús como Rey y Señor del hombre y del universo. Todo como una consecuencia de ese anuncio continúo de Jesús que ha sido constitutivo de su evangelio. La Buena Nueva es el Reino de Dios, en el hemos de creer y a él hemos de convertirnos. Pero no es creer, como podríamos decir, en una entidad, sino que es creer en Jesús y convertirnos a El. En Jesús se encarna el Reino de Dios; es Jesús la Buena Noticia de salvación porque El es nuestro único salvador.

Pero es Jesús el que ha venido como buen pastor, como ese pastor que nos anunciaba el profeta en la primera lectura, que busca, que llama, que acompaña, que alimenta, que da la vida por las ovejas, que nos conduce por caminos de vida y de salvación, que El mismo se hace alimento de vida de sus ovejas para que de El nos alimentemos; nos ofrece su palabra y nos ofrece el camino pero El mismo se hace camino y se hace vida para que caminemos por El y para que de El nos alimentemos. ¿Podemos esperar algo mejor de un pastor?

Y nos dirá el evangelio que se sentará en su trono porque desde allí separará a unos y otros como el pastor separa las ovejas de las cabras, como el juez que nos juzga según nuestras obras y nuestra vida. ‘Venid, benditos de mi Padre…’ dirá a unos. ‘Apartaos de mi, malditos…’ dirá a los otros. Porque tuve hambre, estaba sediento, era peregrino, estaba enfermo… y lo que hicisteis con uno de esos pequeños a mí me lo hicisteis. Es el juicio del amor. No es el juicio terrible en el que parece que todos ya estamos condenados de antemano, sino que donde hay un pequeño resquicio del amor allí aparecerá radiante la misericordia del Señor para llenarnos de bendición.

Será el reconocimiento definitivo del Reinado y Señorío de Dios, porque será el momento en reconoceremos de verdad quien es Jesús; ese Jesús que es nuestra salvación, ese Jesús que ha sido el camino y la verdad y la vida para nosotros; ese Jesús a quien hemos querido escuchar a pesar de tantas distracciones como ha habido en nuestra vida, pero que finalmente hemos vuelto nuestra vida hacia El; ese Jesús que vamos a encontrar cercano a nosotros porque lo vamos a encontrar en el hermano, porque lo vamos a ver en el pequeño y en el humilde, porque le vamos a amar en todo aquel que se cruce en nuestro camino porque siempre lo vamos a ver ya como un hermano.

Le contemplamos como Rey y Señor del hombre y del universo pero no necesitamos sentarlo en un trono de gloria elevado en las alturas y separado de nosotros porque le vamos a reconocer en todo hombre que es nuestro hermano y lo vamos a ver siempre a nuestro lado. Cuanto hagamos a ese hombre o mujer que camina a nuestro lado será ya para siempre un reconocimiento de que Jesús es nuestro Señor. Le contemplamos y celebramos como Rey y Señor del hombre y del universo porque vamos a comenzar a descubrir y vivir la primacía del amor que ya va a ser el sentido de nuestra vida y de nuestro caminar para siempre.


lunes, 9 de noviembre de 2020

La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

 


La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Hoy la liturgia de la Iglesia tiene una celebración especial que habitualmente pasa desapercibida para la mayoría de los cristianos. Es la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán; dicho así sin más, poco quizás nos puede decir y nos quedamos pensando en alguna de las muchas Basílicas que hay en Roma llenas de belleza y de arte pero entre tantas quizás hasta nos confundimos y no le damos mayor importancia. Sin embargo, es la madre y cabeza de todas las Iglesias como ha sido llamada a través de los siglos, porque sobre todo es la catedral de Roma y la Sede del Obispo de Roma, es decir del Papa.

Estamos habituados a ver al Papa en san Pedro del Vaticano y para muchos esa es la Catedral del Papa, pero no es así, ni ha sido siempre el Vaticano el lugar donde habitaba el Papa. San Pedro es una de las grandes Basílicas romanas, Basílicas Mayores que se les suele llamar junto a san Juan de Letrán, Santa María la Mayor, y san Pablo extramuros, por estar en las afueras de la ciudad antigua de Roma ya en el camino que conduce al Puerto de Ostia en el Mediterráneo.


Tras el Edicto de Constantino en que se daba libertad a la Iglesia fue precisamente el palacio de Letrán el que se convirtió en la sede del Papa junto al cual se edificó la Basílica de El Salvador que es su más auténtico nombre que con el paso de los siglos se convirtió en la joya artística que en sí es dicha Basílica. Allí, en Letrán, vivieron los Papas hasta la época en que un papa de origen francés se llevó la sede de Pedro a Avignon; posteriormente ante el clamor de la cristiandad volvieron a Roma estableciéndose definitivamente en el Vaticano, aunque no vamos a extendernos en prolijos detalles, pero la sede del Obispo de Roma fue siempre san Juan de Letrán como comúnmente se llama a la catedral del Papa. Algunas veces nos conviene recordar estos retazos de la historia de la Iglesia aunque nos parezca en ocasiones rocambolesca, pero también para llegar a comprender muchas cosas que sin la historia no llegaríamos a entender debidamente.

Pero dejemos ahora la historia a un lado y centrémonos aunque sea brevemente en la celebración de este día. La Dedicación es lo mismo que la consagración, es dedicar aquel lugar a lo sagrado, a lo santo, por eso le decimos consagración, para dedicarlo al culto del Señor. ¿Tiene o no tiene importancia el recordar y celebrar ese momento de la Dedicación? Pues, sí, porque al pensar en la dedicación de un templo de piedra, estamos al mismo tiempo pensando en la dedicación o consagración de los que somos los verdaderos templos de Dios. y si aquel lugar, por ser dedicado al culto lo queremos llamar sagrado, cuanto más nuestro cuerpo que también ha sido ungido con el crisma santo en el bautismo y la confirmación y nuestra vida toda ha de ser también santa para que demos verdadera gloria a Dios con la ofrenda de nuestras vidas y cuanto hacemos.

Pero si pensamos por otra parte en la Dedicación de ese templo que viene a ser como el centro de toda la cristiandad, porque tiene su sede el Vicario de Cristo, el que en nombre de Cristo es signo de unidad para toda la Iglesia, tenemos que pensar necesariamente en el espíritu de comunión que tiene que haber entre todos los cristianos que formamos la Iglesia, pero el espíritu de comunión que hemos de sentir y vivir con el Pastor que nombre de Cristo conduce los caminos de la Iglesia.

Una celebración entonces que nos lleva por un lado a pensar en la santidad de nuestras vidas porque templos moradas de Dios y de su espíritu somos, y por otra parte nos impulsa a la comunión entre todos los que vivimos una misma fe y a la comunión con nuestros pastores que en nombre de Cristo apacientan el rebaño de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le confió Jesús a Pedro a quien un día le había dicho ‘tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, pero a quien le había pedido mantenerse firme para mantener la fe y la comunión de los hermanos.

Una celebración, pues, con un profundo sentido eclesial que nunca podemos perder de vista en todo lo que es nuestra vivencia de la fe cristiana. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que vivir en profunda comunión eclesial porque así nos quiso Cristo.

domingo, 7 de junio de 2020

Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir



Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Sal. Dn 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18
‘Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí… el Señor bajó en la nube y se quedó allí con él…’ Hermosa y reconfortante experiencia. ‘El Señor se quedó allí con él’. Supo Moisés subir a la montaña, pero supo esperar la visita de Dios.
Buscamos a Dios, queremos subir a lo alto, buscamos el silencio y la soledad, queremos verle y escucharle, nos preguntamos muchas cosas que parecen que no tienen respuesta, el misterio nos rodea, no sabemos como sintonizar porque quizá en muchas ocasiones haya muchos ruidos, las preocupaciones y los problemas de la vida nos aturden, parece que nos encontramos desorientados…, pero quizá en un momento inesperado nos sobreviene una paz interior que nunca antes habíamos sentido, nos parece que hubiéramos entrado en otra dimensión que no es lo que habitualmente palpamos en la vida, porque nos hace sentir lo que nunca habíamos sentido, porque parece que hay una nueva luz interior que no solo nos hace ver de manera distinta y hasta seremos capaces de lanzarnos a lo que no sabríamos describir, parece que saboreamos algo que no sabemos explicar…
¿Estamos sintiendo a Dios en nuestro corazón? ¿Será eso vivir la presencia de Dios en nosotros? ¿Nos estará haciendo gustar el Señor su presencia y su vivir? Habremos podido tener esa experiencia de Dios y quizá no supimos interpretarla; era Dios el que estaba tocando a nuestra puerta y quizá nos distraemos o nos confundimos. El niño Samuel en medio de la noche entre sus sueños escuchaba una voz que le llamaba; solo supo correr a los pies de la cama del sacerdote porque pensaba que de allí era la voz que él escuchaba; no era sin embargo la voz del sacerdote sino la voz de Dios que se repetía una y otra vez hasta que supo decir, como le enseñó el sacerdote, ‘habla, Señor, que tu siervo te escucha’, y el Señor se le reveló.
¿Qué es lo que experimentó Moisés en aquellos momentos? El amor y la misericordia del Señor. Así lo escuchaba y lo sentía en lo más hondo del corazón. Era casi como una cantinela que se repetía una y otra vez como cuando le cogemos el gusto a algo y lo saboreamos una y otra vez como para no olvidarlo nunca. ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’. Por eso ya lo que se atreve a balbucir es que la misericordia del Señor esté siempre con ellos, les acompañe y no les abandone nunca. ‘Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’.
¿Qué es todo el misterio de Dios que hoy celebramos cuando hoy estamos en el domingo de la Santísima Trinidad? Es tradicional que en este domingo en que retomamos el tiempo ordinario después de ver concluido la Pascua el pasado domingo de Pentecostés, la Iglesia celebra el domingo de la Santísima Trinidad. Es como recoger todo el misterio de Dios que hemos venido celebrando al celebrar el misterio de Cristo para postrarnos ante Dios y todo sea un cántico de alabanza a Dios por tanto amor como hemos vivido. Es, por supuesto, lo que hacemos en cada Eucaristía y en cada celebración cristiana. Todo por Cristo y con Cristo en la unidad y comunión del Espíritu Santo para la gloria de Dios, como proclamamos siempre en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
‘Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’, escuchábamos en el evangelio en el diálogo entre Jesús y Nicodemo. No para condena sino para salvación porque todo es manifestación de ese amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’.
Algo que sabemos, que repetimos muchas veces pero que hemos de aprender a gustarlo, a vivirlo. Hasta en las fórmulas del saludo litúrgico se nos repite con palabras de san Pablo. Porque el Señor ha bajado para quedarse con nosotros, como hablábamos de la experiencia de Moisés. No olvidemos que Jesús es el Emmanuel, ‘Dios con nosotros’, y como nos había prometido que estaría con nosotros siempre hasta la consumación del mundo, hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que gustar y saborear en todo momento. Tenemos que aprender a prestar más atención.
No nos acostumbremos a escuchar, por ejemplo, las palabras rituales de nuestras celebraciones porque tenemos el peligro de perderles el sentido. Si el Sacerdote nos dice – y son palabras que hoy hemos escuchado en labios de san Pablo en sus cartas - ‘la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con nosotros’, que en ese momento seamos capaces de detenernos para pensar en esa presencia de Dios, para gustar esa presencia de Dios, para dejarnos inundar por ese misterio de Dios.
Aunque hoy no lo hemos escuchado en el texto proclamado, cuando Moisés subió a la presencia del Señor en el Monte Sinaí y como hoy nos decía ‘bajó Dios en la nube y se quedó con él’, la continuación del texto nos dice que cuando Moisés bajó de la montaña y volvió al encuentro con la gente su rostro resplandecía de manera que incluso encandilaba a los que estaban en su presencia. Vio a Dios y se llenó del resplandor de Dios.
Después de nuestras celebraciones, que han de ser verdaderos encuentros con Dios, ¿no tendríamos que ir así resplandecientes de la gloria de Dios al encuentro con los demás? No es que no llevemos los rostros resplandecientes, es que quizá sea nuestra vida la que no resplandezca de verdad en nuevas actitudes y valores y en una nueva vivencia del amor, porque estemos llenos de la gloria de Dios. ¿Se notará en nuestra vida que venimos de Misa, que venimos del encuentro con el Señor?


viernes, 15 de noviembre de 2019

Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida


Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida

Sabiduría13, 1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37
Tenemos que estar preparados en la vida para afrontar las diversas situaciones que se nos presenten. Surgen imprevistos que a veces no sabemos como afrontar, la misma vida exige arrostrar riesgos pero a los que tenemos que enfrentarnos valientemente; no todo es desagradable, también nos suceden cosas hermosas que nos alegran el corazón y nos dan ánimos para vivir, y hemos de saber estar atentos para no dejar escapar esas alegrías de la vida.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura parece que nos llenan de temor porque nos habla de un momento final que no sabemos cuando llegará. Sin embargo si reflexionamos con una mayor profundidad vemos que lo que quiere decir Jesús es que tenemos que saber estar atentos a la vida en todas esas circunstancias que nos toque vivir. Son una gracia del Señor y nunca podemos llenarnos de temor si vivimos una vida con rectitud y también sabemos ir corriendo el rumbo que algunas veces se nos puede desviar. Como el piloto de un barco, de un avión o cualquier otro medio de transporte que está en nuestras manos señalar el rumbo e ir corrigiendo los desvíos que por las inclemencias nos puedan estar influyendo en mantener el rumbo de nuestra ruta; no se puede dejar dormir.
No nos podemos dejar dormir en la vida, atentos no solo al momento final que no sabemos cuando nos puede llegar, sino en ese día a día en que van apareciendo cosas nuevas en nuestra vida y que tenemos que saber valorar. En una mirada creyente son una gracia del Señor que nos ayuda a mantenernos despiertos, atentos, fieles en nuestro camino. Y en una mirada creyente podemos descubrir también cómo es el Señor que llega a nuestra vida de mil maneras y tenemos que estar atentos para recibirle, para acogerle, para enriquecernos con esa gracia que en cada momento derrama sobre nosotros.
Los acontecimientos de la vida pueden ser en verdad una llamada del Señor. El viene a nosotros y con nosotros camina a nuestro lado, aunque nuestros ojos muchas veces estén velados por otras cosas que nos distraen, nos preocupan o nos llaman la atención, como le sucedió a aquellos caminantes de Emaús; el Señor caminaba con ellos y les hablaba y aunque sentían que algo estaba pasando dentro de ellos no se daban cuenta que era el Señor.
Pero pensemos también cómo el Señor viene a nuestra vida a través de los que nos encontramos en el camino. Ya nos dirá El que en el momento final se nos va a examinar del amor con que vivimos nuestro encuentro con los demás, sea quien sea, sean cuales fueran las circunstancias de su vida. Todo lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis, nos dirá el Señor. Y no es que tengamos que escoger a este o al otro, es en cada uno en el que tenemos que saber descubrir esa presencia del Señor y en consecuencia el corazón abierto y lleno de amor con que lo vamos a acoger.
Y pensemos finalmente cómo el Señor quiere llegar a nosotros cada día con su gracia en la vida litúrgica y sacramental. Lo sabemos, pero nos ocupamos en otras cosas; tenemos que ir a tantas cosas, como aquellos convidados de la parábola que desecharon el banquete que les ofrecía su señor. Vamos, pero no siempre estamos con el traje de fiesta de nuestra fe viva y despierta; estamos como si estuviéramos en otra parte; no terminamos de ser conscientes y vivir el maravilloso misterio que celebramos, lo convertimos en un rito que desarrollamos muy ritualmente, y valga la repetición del concepto; no terminamos de estar despiertos y abiertos a la presencia del Señor que es quien nos habla en su Palabra, quien en verdad nos está alimentando con su gracia sacramental.
Mucho más podríamos reflexionar sobre ese estar despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega nuestra vida.

domingo, 2 de junio de 2019

No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni encerrados en nuestros temores, ni tampoco adormecidos en nuestras primeras experiencias pascuales sino que con Jesús hacemos Ascensión


No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni encerrados en nuestros temores, ni tampoco adormecidos en nuestras primeras experiencias pascuales sino que con Jesús hacemos Ascensión

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53
Cuarenta días después de la pascua celebramos en este domingo – hubiera correspondido el pasado jueves – la Ascensión del Señor al cielo. Como el texto sagrado nos hablaba de que durante cuarenta días Jesús se les aparecía resucitado a los discípulos hablándoles del Reino de Dios, la liturgia nos marca esos cuarenta días pascuales y nos señala esta fecha para llegar así a la culminación del tiempo pascual, la fiesta de la Ascensión del Señor.
Como más tarde explicará Pedro en el sermón de Pentecostés a Jesús, a quien habían crucificado Dios lo resucitó de entre los muertos constituyéndole Señor y Mesías. Es el centro de nuestra fe y viene a ser así la culminación de la obra de Jesús y su exaltación para contemplarlo sentado a la derecha del Padre desde donde ha de venir con gloria para juzgar a vivos y muertos como proclamamos en el Credo de nuestra fe.
Esa expresión ‘sentado a la derecha del Padre’ viene a expresarnos cómo contemplamos a Jesús con su mismo poder y gloria. El que se había rebajado y humillado hasta la muerte en la Cruz Dios lo exaltó dándole el nombre sobre todo nombre para recibir el mismo poder y gloria. Por eso a El todo poder y gloria y con El y por El todo honor y gloria a Dios Padre por los siglos de los siglos como proclamamos también en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la plegaria eucarística.
Contemplamos gozosos la Ascensión de Jesucristo al cielo y celebramos hoy una de las fiestas más entrañables del calendario litúrgico tan lleno de signos en sus perfumes, en sus flores olorosas y en el resplandor de una luz especial como la piedad popular ha sabido adornar esta fiesta de la Ascensión. Muchas cosas hermosas se han hoy en nuestras parroquias.
Nos quedamos absortos, es cierto, mirando al cielo viéndole irse, pero como nos enseñaban aquellos Ángeles del Señor no queremos quedarnos solo mirando al cielo sino que por el suelo de esta tierra tenemos que seguir caminando con la esperanza, primero, de la vuelta gloriosa de nuestro Señor Jesucristo como le hemos visto irse, pero también con la esperanza de que un día nosotros también seremos llevados a participar de esa gloria porque El ha ido para prepararnos sitio y llevarnos también con El.
Pero también nosotros tenemos que hacer ascensión. Aun nos quedan los miedos de los discípulos encerrados en el cenáculo de los que tenemos que irnos desprendiendo que para eso hemos de sentir la presencia de Cristo resucitado que viene a nuestro encuentro, que camina a nuestro lado, que nos hace arder el corazón cuando desde lo más hondo de nosotros mismos le escuchamos, y quitándonos todo temor nos llena de su paz. Tenemos que saber levantarnos y no seguir arrastrándonos porque mientras nos llega el momento de esa ascensión definitiva para nuestra vida una misión tenemos que realizar.
‘Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo’. Tenemos que ser testigos y no dejarnos agarrotar por esos miedos que aun anidan en nuestro corazón. ‘En su nombre hemos de predicar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos’, como nos encarga Jesús. Esa buena nueva del evangelio no podemos quedárnosla para nosotros solos sino que tenemos que anunciarla en todas partes del mundo.
Tenemos que levantarnos y ponernos en camino. No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni nos encerramos en nuestros miedos y temores, ni nos quedamos tampoco adormecidos gozándonos en lo que fueran nuestras primeras experiencias pascuales. Comenzaremos por la Jerusalén de los que están a nuestro lado, donde quizá muchas veces nos pueda resultar más difícil hacer ese anuncio sobre todo cuando tantos quizá están de vuelta y desconfiados del mensaje que la Iglesia les pueda trasmitir; pero tenemos que ir hasta los confines del mundo, ese mundo de los lejanos, pero ese mundo de las periferias que quizá geográficamente no está tan lejano, pero que anímicamente se ha creado barreras que muchas veces nos pueden parecer infranqueables.
La tarea no es fácil porque nosotros mismos también nos hemos metido en nuestros abismos de los que tanto nos cuesta salir. La tarea no es fácil porque todo lo que significa ascender siempre nos exige esfuerzo y nos resulta costoso. Pero con Jesús a nuestro lado podemos realizarlo, con la fuerza de su Espíritu podemos hacer ese anuncio y por su gracia todopoderosa podremos realizar el camino.
Es la Ascensión del Señor. Es también la esperanza de nuestra ascensión. Es la contemplación de la gloria del Señor, pero es también la esperanza gozosa de que un día también nosotros podamos gozar de esa gloria del Señor.