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sábado, 15 de agosto de 2026

Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 


Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10Ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27a; Lucas 1, 39-56

No era para menos. Hay experiencias vividas que no se pueden callar. El bien como el amor es expansivo. Una buena noticia que nos impacta por lo que significa en sí misma pero también por lo que va a repercutir en la vida, en la propia y en la de los demás, no la podemos callar; nos vemos necesitados de comunicarla, de compartirla.

Es lo que estamos viendo hoy en el evangelio que le sucede a María. No ha sido la noticia de que su prima Isabel está esperando un hijo y es mayor y pueda necesitar ayuda. Es importante, es cierto, y es como para ponerse en camino quien tiene la sensibilidad del amor en su corazón para ir a echar una mano. Es el misterio del amor de Dios que está poseyendo a María, como le ha comunicado el ángel, y ésta sí es la gran noticia, que se le desborda a María en su corazón hasta reventar. ¿Quién puede entenderlo mejor que quien también se ha visto desbordada por el amor de Dios concediéndole el don de la maternidad a pesar de sus años? Corre María a casa de su prima que la recibe sintiendo que la noticia también ha llegado a su corazón. ‘¿De dónde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’

Prorrumpen las dos mujeres en bendiciones y cánticos de alabanza. Dichosa y bendita tú que has creído, le dice Isabel a María, porque todo lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Las promesas de Dios se están cumpliendo en Isabel con aquel hijo que va a nacer y que tendrá una misión y un lugar importante en la historia de la salvación. La misericordia y el amor del Señor se está desbordando sobre todos, aunque no todos sean conscientes de ello, y con ello se cumplen las promesas del Señor.

Es el cántico de María que reconoce las maravillas que el Señor en ella está realizando y que serán cumplimiento de las promesas de Dios para toda la humanidad. María, aunque pequeña porque se sigue llamando a sí misma la esclava del Señor, siente que en Dios se está sintiendo exaltada y glorificada porque todas las generaciones la llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en ella. Es un adelanto aquí en este pasaje del Evangelio de lo que hoy en la liturgia estamos celebrando.

María va delante como primicia de esas bendiciones de Dios para toda la humanidad; la contemplamos hoy glorificada en el cielo, participando ya plenamente de la resurrección de Cristo que con El quiso llevarla al cielo trascurrido el curso de su vida terrenal. Pero María quiere seguir saliendo nos al encuentro en cada rincón y en cada momento para hablarnos de las glorias del Señor. Por eso María, madre de la Iglesia, ha querido y quiere estar al lado de esta Iglesia peregrina aquí en la tierra para recordarnos que hemos de recorrer los caminos de Jesús.

Las imágenes de María repartidas en cada rincón de la Iglesia, igual la tenemos en nuestros templos como la tenemos entronizada en nuestros hogares, la llevamos con nosotros ya sea en esa medalla que llevamos al cuello o en la estampa que portamos en nuestra cartera, no están queriendo sustituir a Dios en nuestras vidas sino que son ese recuerdo y esa palabra de Madre que nos recuerda siempre como tenemos que escuchar a Jesús. Habitualmente en sus imágenes nos trae a Jesús o nos señala con algún signo que tenemos que dejarnos iluminar por Jesús.

María a quien vemos hoy en el evangelio ponerse en camino está siendo para nosotros que muchas veces tanto nos cuesta arrancar para comenzar a hacer algo bueno un estímulo y un acicate que nos impulsa también a ponernos en camino porque una Buena Noticia seguimos teniendo que transmitir y que no podemos callar; es el anuncio de la misericordia del Señor que se sigue derramando sobre nosotros y de lo que todos tenemos que hacernos eco. María fue la primera portadora de evangelio cuando corre con la buena noticia a casa de Isabel; María fue la primera portadora de evangelio en nuestra tierra canaria cuando su imagen bendita reposó sobre nuestras costas canarias, como hoy estamos recordando y celebrando en esta fiesta de la Virgen de Candelaria. Fue la luz primera que hizo mirar al Sol a nuestros antepasados porque es lo que reflejaba María en su imagen con la imagen de la luz y portando en sus brazos a Jesús.

Esta fiesta de la Virgen de Candelaria que en nuestra tierra celebramos haciéndola coincidir con la fiesta de su Asunción al cielo es para nosotros una llamada a vivir con toda intensidad el compromiso de nuestra fe. Nuestra tierra sigue necesitando el anuncio del Evangelio con palabras claras y valientes pero también con el testimonio del compromiso de nuestra vida en medio de los problemas con que nos encontramos cada día. Como María en su camino a casa de Isabel nosotros también tenemos que ponernos en camino para ese anuncio de la misericordia del Señor. Como María tenemos que ponernos en camino allí donde haya una necesidad, un dolor o un sufrimiento, una soledad o un cierto distanciamiento.

María saltó todos los obstáculos de las distancias o los peligros de los caminos que había que atravesar; podríamos decir que como luego anunciara el Bautista fue enderezando caminos, allanando valles, recortando distanciamientos que nosotros tenemos también que saber hacer para que no haya soledades, para que los que están tristes encuentren el bálsamo de nuestro consuelo, para que nadie se sienta nunca discriminado por ninguna razón, para que todos se sientan acogidos y valorados sea cual sea su condición, para que a nadie le falte un trozo de pan, para que todos puedan escuchar una palabra de ánimo que les haga levantarse una y otra vez tras sus reiteradas caídas, para que todos encuentren comprensión.

‘Venid vosotros, benditos de mi Padre… porque conmigo lo hicisteis’ ojalá escuchemos un día para participar de la gloria del cielo, como ya hoy estamos contemplando a María tras su gloriosa Asunción al cielo.


lunes, 29 de septiembre de 2025

Tres nombres de arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, que tendríamos que llevar gravado en nuestras vidas por el testimonio que hemos de dar del evangelio de Jesús

 


Tres nombres de arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, que tendríamos que llevar grabado en nuestras vidas por el testimonio que hemos de dar del evangelio de Jesús

Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51

Hay cosas, por decirlo de alguna manera, que no siempre llegamos a entender en todo su sentido, que son de alguna manera un misterio para nosotros, pero que ahí están, que son para nosotros señal y signo de algo distinto y superior a todo lo que nosotros podamos entender o imaginar, pero que de alguna manera envuelven nuestra vida y nos hacen entrar en algo inmensamente superior a nosotros mismos y que abre para nosotros horizontes de plenitud que aunque nos sintamos pequeños llenan de una grandeza superior a nuestra vida.

Es el misterio de Dios que hoy celebramos; sí, quiero llamarlo misterio de Dios, porque nos hace sentir su presencia misteriosa que hace que nuestra vida entre en una nueva dimensión. A lo largo de la Biblia sobre todo en el Antiguo Testamento cuando se nos habla de la presencia de Dios que actúa en la vida de los hombres habitualmente se nos habla del Ángel de Dios que se nos manifiesta. Muchos podría ser los testimonios que nos ofrece la Biblia en este sentido, donde siempre quien recibe esa visita del Ángel del Señor se sentirá fortalecido desde lo más hondo y con una misión nueva en su vida.

Una presencia de Dios en sus ángeles que nos eleva y nos hace al mismo tiempo sentirnos espirituales, que se convierte en fortaleza para nuestro caminar, para mantener viva nuestra fe y para crecer en esa dimensión del amor. Sentiremos esa presencia del Ángel de Dios junto a nosotros que hace entrar en esa nueva dimensión nuestra vida, que no es solo la materialidad de un cuerpo humano sino ese espíritu que dentro de nosotros da sentido y grandeza a nuestro ser.

En este día del 29 de setiembre la iglesia ha querido aunar en una sola festividad a los santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, cada uno, podríamos decir, con sus particularidades propias según se nos van manifestando en distintos momentos de la Biblia y que de alguna manera van a encauzar lo que significa la presencia de los santos ángeles y arcángeles en nuestra vida.

¿No necesitaremos esa fortaleza de Dios que significa la figura del Arcángel san Miguel en esa lucha de nuestra vida por el bien y la verdad para preservar la santidad de nuestra vida en esa lucha contra el maligno?

¿No necesitaremos esa claridad y sabiduría de nuestra mente para saber escuchar y discernir lo que es la Palabra de Dios para nosotros como representó la figura del Arcángel Gabriel que fue mensajero de Dios que tanto en Zacarías como en María los descubría los misterios de Dios y la misión que Dios les confiaba?

Necesitamos sentirnos sanados porque nuestra vida se corrompe con el mal y el pecado, necesitamos sentirnos sanadas de esas perturbaciones que sentimos en nuestro espíritu desde nuestros miedos y nuestra dudas, desde esas influencias del mal y la mentira que dañan nuestro espíritu, necesitamos sentirnos sanados porque el desamor y el odio nos dañan interiormente y necesitamos encontrar esa paz de nuestro espíritu como el santo Arcángel Rafael fue medicina de Dios y acompañante en el camino para Tobías.

Es la imagen que se proyecta sobre nosotros y nuestra vida con esa presencia de Dios que se manifiesta en sus arcángeles para ayudarnos en el camino de nuestra vida. Pero es también en lo que nosotros hemos de convertirnos como signos de una vida nueva ante aquellos que nos rodean. Mensajeros de Dios hemos de convertirnos en medio de nuestro mundo con los signos de una vida santa y de una vida sana; mensajeros de Dios que con el testimonio de nuestra vida nos convertimos en portavoces y trasmisores de un mensaje de salvación para nuestro mundo.

¿No deberíamos llevar el nombre de estos tres santos arcángeles gravado en nuestras vidas sobre todo por el testimonio que damos y por el signo en que nos convertimos de ese Reino nuevo de Dios ante el mundo que nos rodea?

martes, 22 de abril de 2025

No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

 


No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

Hechos, 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

Qué felices y contentos nos ponemos cuando logramos ver o estar con aquella persona, aquel personaje al que tanto admiramos. Hoy vemos correr a la gente de un lado para otro porque llega aquel ídolo de la música o del deporte que tanto se admira y queremos verle pasar, tocarlo si fuera posible u obtener un autógrafo aunque solo sea un garabato. ¡Lo vi! ¡Lo toqué! Paso a mi lado, estaba tan cerca, y la gente se vuelve loca. O es el niño que hace tiempo que no ve a los abuelos y está ansioso por estar con ellos, por recibir su cariño y su afecto, por poderse sentar a su lado o en su regazo. Así podríamos pensar en tantos gestos humanos que luego recordamos, que contamos a todo el mundo, que nos quedan grabados en el alma.

María Magdalena llegó a donde estaba el resto de los discípulos, después de aquella accidentada mañana y viene feliz diciéndoles ‘he visto al Señor y ha dicho esto’. Feliz iba María Magdalena después de tantas lágrimas. No podía callarse lo que había vivido. Había estado al pie de la cruz en el momento supremo de la pasión y de la muerte, formó parte de aquella comitiva que condujeron al cuerpo de Jesús en aquella cercana sepultura, junto con las otras mujeres dejaron bien grabada la imagen en sus mentes de donde y como habían colocado el cuerpo de Jesús con el deseo de volver pasado el sábado para embalsamarlo debidamente, pero la piedra que cerraba la entrada del sepulcros estaba corrida como quien había entrado a robar y el cuerpo de Jesús allí no estaba.

La mañana se la había pasado deshaciéndose en lágrimas, aparte de las carreras por ir a anunciar a los discípulos lo que había sucedido con la venida de Juan y Pedro para comprobarlo, queriendo encontrar como fuera el cuerpo de Jesús. Todos le preguntaban por qué lloraba y no hacía sino repetir lo mismo. Ahora alguien que a ella le parece que es el encargado del huerto le hace la misma pregunta, pero ella casi ni le mira dando la misma respuesta. Fue necesaria solo una palabra, llamarla por su nombre, María, para despertar de su angustia y abrirle los ojos no solo de su rostro sino también de su alma para reconocer que quien estaba allí era Jesús.

De El había recibido el encargo que presurosa había corrido a contar a los discípulos. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Una palabra escuchada en el alma le había devuelto la vida. Había sido de nuevo un encuentro hermoso cuando parecía que todo estaba perdido. Se sentía nueva, porque allí estaba Jesús, allí estaba el Señor resucitado y con El todos resucitados, con El todos volvemos a la vida.

Nosotros también queremos seguir viviendo lo mismo en esta semana de Pascua. Es lo que también nosotros tenemos que seguir repitiendo al mundo que nos rodea, es el testimonio que nosotros también tenemos que dar. ‘Hemos visto al Señor’. Y lo tenemos que afirmar con toda rotundidad aunque haya alrededor nuestro tantos que quieran negarlo. No son ilusiones ni sueños, es una realidad profunda de nuestra vida, es algo que experimentamos dentro de nosotros, algo que sentimos en lo hondo del corazón. Y tenemos que entusiasmarnos, y tenemos que llevar la noticia a los demás, y tenemos que contagiar de nuestra alegría a los que nos rodean.

Desaparezcan las angustias y las desesperanzas, quitemos los agobios del alma, no nos dejemos envolver por esos materialismos de la vida, busquemos con humildad al Señor que viene a nosotros pero abramos las sintonías de nuestro espíritu para escucharle porque El sigue llamándonos por nuestro nombre, El quiere estar a nuestro lado, El es de verdad luz en nuestro camino. Y es lo que tenemos que transmitir a los demás. No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón.


domingo, 2 de febrero de 2025

Mensajeros de una Buena Noticia, misioneros y testigos de una nueva luz que nos llena de esperanza queremos ser de manos de María de Candelaria

 


Mensajeros de una Buena Noticia, misioneros y testigos de una nueva luz que nos llena de esperanza queremos ser de manos de María de Candelaria

Malaquías 3, 1-4; Salmo 23; Hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40

Necesitamos quien nos traiga buenas noticias. Encendemos cualquier noticiero – permítanme la palabra – sea radio o televisión, sea prensa escrita o sea Internet en sus numerosas redes, ¿y qué es lo que escuchamos, lo que vemos, lo que se nos comunica?, sin querer ser pesimista ni negativo muchas veces dan ganas de cerrarlo todo; violencia, guerra, corrupción, acritud, manipulaciones, muertes, accidentes… son cosas que se repiten. Necesitamos escuchar cosas agradables y que entusiasmen por la vida. Nos daría otro sentido de vivir.

¿Será hoy para nosotros y para nuestro mundo un mensaje de esperanza el que se nos ofrece desde la Palabra de Dios? De entrada, desde nuestra fe, tenemos que decir que eso no lo podemos poner nunca en duda. Sin embargo muchas veces nos cuesta escucharlo. Tenemos el peligro y la tentación de irnos por las ramas. Es necesaria una buena escucha como también un buen anuncio que tenemos que hacer al mundo que nos rodea. El evangelio – buena noticia – tiene que seguir siendo luz en nuestra vida y en nuestro mundo.

El profeta nos ha anunciado un mensajero, un mensajero que nos trae noticias de paz, de restauración, de algo nuevo que va a comenzar. Hablaba el profeta en sus tiempos que no eran fáciles, fueron tiempos de restauración para el pueblo de Israel después del cautiverio de Babilonia y había mucho nuevo que realizar. Era necesaria una restauración de la alianza. De eso nos habla el profeta.

Pero en nuestra lectura creyente tenemos que ir más allá; por una parte esos anuncios proféticos tienen una resonancia siempre mesiánica, y nosotros los aplicamos a Jesús. Pero la resonancia de las palabras del profeta tiene que seguir traspasando los tiempos y a través de Jesús tiene que llegarnos a nosotros, en el hoy que estamos viviendo. Por eso siempre es Palabra de Dios para nosotros hoy. No es Palabra de otro tiempo sino para el hoy de nuestra vida. ¿No decíamos que necesitamos mensajeros que nos trajeran buenas noticias, anuncios de algo bueno para el hoy de nuestra vida?

La celebración de hoy, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, la situamos en ese momento del misterio de Jesús en que como todo primogénito varón fue presentado al templo para cumplimiento de la ley. Pero en ese marco sucede algo inédito; no es un sacerdote el que recibe a Jesús en el templo sino unos ancianos que vivían con la esperanza de encontrarse un día con el Mesías de su Señor.

Allí está el anciano Simeón con su esperanza y con su fe bien madurada con el paso de los años. Solo unos ojos de fe podían descubrir en aquel niño, que no se diferenciaba de otros tantos niños que eran presentados al Señor en el templo, al que era el esperando y el deseado de las naciones y que venía para ser luz de todos los pueblos. Por eso sus cánticos de alegría y de acción de gracias, sus ojos habían podido contemplar al que venía como Salvador. Un anciano, un hombre sencillo, un hombre que podía pasar desapercibido entre tantos, pero el hombre de fe que veía cumplidas sus esperanzas.

Es consciente el anciano de lo que significaba el ser el Mesías del Señor; signo de contradicción dirá que va a convertirse en medio de las gentes aquel niño, como luego lo veremos cumplido a lo largo del evangelio; hablará de espadas de dolor que atraviesan el alma, como le va a suceder a María, pero no decae la alegría y la esperanza, algo nuevo en verdad estaba comenzando. Y a su alegría y alabanza se une también otra anciana que lleva muchos años sirviendo a Dios en el templo y que no paraba de hablar de aquel niño a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel.

Sí, es el anuncio que hoy nosotros escuchamos también. Despertemos y maduremos nuestra fe a ejemplo de aquellos sencillos y humildes ancianos para saber descubrir también las maravillas de Dios, las maravillas que Dios quiere seguir haciendo en el hoy de nuestra vida y nuestro mundo. No podemos perder la esperanza, atentos hemos de estar como aquellos ancianos para ver las señales de Dios. Son señales que se van a realizar en nuestra vida, son señales que nosotros por nuestra forma nueva de actuar tenemos que ser en medio del mundo.

A ese mundo que hoy vivimos y del que tantas veces nos quejamos porque no hace sino traernos malas noticias nos ha enviado Jesús para que seamos mensajeros, para que seamos testigos, para que realicemos esas señales del Reino de Dios. Cuando nos confió la misión, como tantas veces hemos escuchado, no tiene también poder y autoridad para realizar esas señales. No desconfiemos de lo que podemos ser capaces, de lo que tenemos que hacer, porque es la misión que se nos ha confiado.

Hoy necesariamente tenemos que mirar también a María. En sus brazos fue llevado el Niño Jesús al templo y en sus brazos se nos presenta hoy a nosotros recordándonos donde está la luz. Por eso esta celebración está también rodeada de signos con las candelas que encendemos y portamos saliendo incluso de nuestros templos para iluminar los caminos del mundo. Pero no es solo algo ritual que realizamos, sino que tiene que ser signo que demos en nuestra vida de ese Reino de Dios.


¿Qué significará hoy llevar esa luz encendida en nuestras manos en la celebración y ritos de este día? Tenemos que pensarlo y dar respuesta aunque nos cueste, pero no podemos dejar apagar esa luz. Mal signo estaríamos siendo. Como decíamos miramos a María, y nosotros los canarios de manera especial la miramos en nuestra querida advocación de la Candelaria, como la celebramos en nuestra tierra. Ella fue la primera misionera que llegó a nuestra tierra en su imagen aparecida en las playas de la isla.

Que ella pues nos impulse a esa tarea misionera de ser mensajeros, de ser portadores de luz, de ser testigos en medio de nuestro mundo. Seguro que si nos dejamos inspirar por quien estaba llena del Espíritu Santo podremos descubrir esas nuevas formas de ser mensajeros hoy.

viernes, 29 de septiembre de 2023

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor


 

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

'Delante de los ángeles tañeré para tí, Señor', decimos con la liturgia de este día en que celebramos la fiesta de los Arcángeles de Dios. Nos unimos a los coros de los ángeles, decimos en otro momento de la liturgia y de ellos tomamos prestadas sus palabras para también entonar ese cántico de gloria del Señor.

No sé, pero aunque nos manifestamos con corazón agradecido a Dios cuando sentimos su presencia en nuestra vida, en medio de nuestras luchas y problemas, creo que no siempre sabemos cantar como es debido a la alabanza del Señor. 'Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria', diremos también en otro momento de la liturgia. Es algo que tendríamos que hacer más. Es gozarnos de la gloria del Señor, es reconocer su grandeza y las maravillas que hace con nosotros, es disfrutar de su presencia en la que nos gozamos con su presencia y de nuestra boca y de nuestro corazón tendrían que salir cada vez con más fuerza esos piropos de alabanza.

¿No es lo que hacen los enamorados que se vuelven poetas rebuscando las mejores y más bonitas palabras para describir de la mejor manera posible lo que han descubierto en su amado o su amada y regalarle con un cántico bien hermoso todo lo que quisieran expresar desde ese amor que sienten en el corazón?

¿No es lo que hacemos en nuestras relaciones humanas cuando descubrimos las cosas hermosas que una persona ha realizado por su comunidad o su pueblo y le dedicamos fiestas en su honor y buscamos los mejores poetas que ensalcen esas figuras que van ya a ser muy importantes para el pueblo?

Que no se enfríen nuestros sentimientos, que no decaiga nuestro amor, que vivamos con intensidad esos momentos en que se desborda nuestro corazón para cantar a Dios, cuando reconocemos sus maravillas, cuando nos sentimos inundados de su amor, cuando somos conscientes de cómo el Señor nos ayuda y nos libera, nos hace seguir caminando adelante con paso firme, porque Él está siempre con nosotros, que sepamos, pues, encontrar el modo en que también sepamos proclamar esas alabanzas para nuestro Dios.

Celebrar esta fiesta de los Santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael, tendría que despertarnos a esa alabanza y a esa acción de gracias que continuamente cantemos a nuestro Dios. Cuando contemplamos hoy a estos arcángeles estamos viendo la intervención divina en nuestra propia historia de la salvación. No solo recordamos a Rafael porque acompañara al joven Tobías en su camino de peregrinación y fuera signo de la medicina de Dios al curar al anciano Tobías; no solo estamos recordando a Gabriel como el mensajero de Dios que llegó a casa de María, como antes lo hiciera en el templo con el sacerdote Zacarías, para transmitirles los designios de Dios; no solo contemplamos a Miguel como algo así como el capitán de los ejércitos celestiales para significar la victoria del bien sobre el mal y el pecado.

Estamos contemplando esa acción de Dios en nosotros, que pone a sus ángeles como compañeros de nuestro camino - en unos días celebraremos a los santos Angeles Custodios -, vienen a ser la voz de Dios en nuestro corazón para inspirarnos el camino del bien o hacernos descubrir los planes de Dios para nuestra vida, sino que también descubrimos esa presencia sobrenatural junto a nosotros para librarnos del mal, para que no caigamos en la tentación, para que tengamos esa luz de lo alto que nos haga descubrir el camino del bien que hemos de recorrer.

Pondrá el Señor a sus ángeles para que nuestro pie no tropiece en el camino, para presentar nuestras súplicas y oraciones ante el trono celestial, para ayudarnos a escuchar y discernir la Palabra de Dios que llega a nuestro corazón. No nos hagamos sordos ni nos resistamos a la gracia de la presencia de los ángeles de Dios a nuestro lado. 'Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre', le decía Jesús al sorprendido Natanael cuando descubrió que Dios conocía sus secretos más íntimos. Sepamos sentir como los ángeles de Dios que nos acompañan en nuestro camino están también contemplando el rostro de Dios y cantando eternamente la alabanza del Señor. Que con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unamos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor.


sábado, 22 de julio de 2023

En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más honda en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor

 


En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más honda en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Hoy no hacemos sino hablar de amor, de amor nos habla la literatura y nos habla la música, mensajes de amor estamos trasmitiendo en todas direcciones en todos los rincones del mundo, es la palabra que más fácil y pronto sale de los labios, la gente dice que está muriendo de amor. Suena muy romántico, parece ser que es una cosa sabida, pero también podemos decir que se muere de amor porque quizás no se alcanza el amor; no sabemos llegar al amor y ser felices porque quizás algunas veces creamos confusiones con la palabra y con el concepto y cuando se está hablando decimos de amor, quizás son otras cosas las que están en nuestro deseo interior. Hemos de tener cuidado con no jugar con esa palabra de amor y lo echemos a perder.

Hoy estamos celebrando y contemplando en algunos momentos de su vida en el evangelio a quien vivió una búsqueda intensa de amor. María Magdalena y el evangelio con certeros trazos nos describe su búsqueda del amor. Marcos nos dirá que de ella Jesús arrojó siete espíritus, que pueden reflejar etapas de su vida y de su búsqueda de amor quizás no siempre de forma correcta; pero se encontró con Jesús y se vio liberada del mal y de la muerte, la vemos caminando con Jesús entre aquellas mujeres que le acompañaban y le ayudaban, pero destacan esos momentos en que la vemos en toda la fidelidad de amor junto a la cruz de Jesús. Nos lo describe el evangelista. No era fácil estar al lado de un reo en el momento de su condena, pero allí está María Magdalena; no era fácil en ese momento supremo de la muerte estar a su lado sin poder hacer nada, pero allí estaba María Magdalena. No podría nunca arrancar de su corazón al amor que había encontrado.

Pero su presencia no termina ahí, porque será del grupo de mujeres que en el primer día de la semana al amanecer corren al sepulcro porque había que cumplir con todos los ritos funerarios en la víspera del sábado no pudieron cumplir. ¿Quién moverá la piedra de la entrada del sepulcro?, iban pensando en el camino pero sentían que la fuerza del amor haría lo posible. Pero la piedra estaba corrida y el cuerpo de Jesús no estaba allí. La llamo la mañana de las carreras; había que contarlo a los discípulos que seguían encerrados en el cenáculo, Pedro y Juan vendrían y constatarían lo mismo, y mientras María se quedaba a la entrada del sepulcro entre sus lágrimas y sollozos porque quería saber donde estaba el cuerpo de Jesús que de allí habían sacado.

Sus lágrimas le impiden ver y entender el mensaje de los ángeles, por cuando alguien se acerca pensando que era el encargado del huerto ya está pidiendo, reclamando donde se ha llevado el cuerpo de Jesús, que ella lo recogería. Será la voz de Jesús la que le hará escuchar y comprender, para encontrarse con Jesús mismo que le ha salido al encuentro. ‘¡Maestro!’ exclama y quiere agarrarse a sus pies porque ya nada ni nadie podrán separarla de Jesús, aunque recibirá un encargo y una misión. Hay que llevar la Buena Noticia a los apóstoles, por eso se convertirá en la primera portadora de evangelio para comunicarlo a los demás. ¿Quién mejor podía ser la primera portadora del evangelio que quien tanto había llenado su corazón del amor de Jesús?

El amor la hace buscar y el amor la hace misionera. ¿Por qué lloras? ¿A quien buscas? Habían sido las preguntas que se le habían repetido en aquella mañana. Ahora había encontrado definitivamente el amor y tenía que ser esa mensajera de amor, del amor verdadero, del amor de quien había dado su vida por aquellos que amaba, que es el amor más sublime.

Es nuestra búsqueda y son también nuestras lágrimas, porque muchas veces buscamos pero no encontramos ese amor porque no sabemos bien donde hemos de ponerlo y se crean tantas confusiones en nuestra mente y en nuestro corazón. No era suficiente para María Magdalena buscar en un lugar de muerte, sino que tenía que encontrarse con quien en verdad estaba vivo. Buscamos a veces amores de muerte, que no nos satisfacen, que nos dejan vacíos, que se nos desbordan en nuestras vidas en cosas que no son verdadero amor. Tenemos que aprender de María Magdalena, aunque también tengamos que pasar muchas veces por el dolor del calvario, pero sabemos que es camino a la vida verdadera, al amor verdadero.

En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más hondo que podemos sentir en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor. Hagamos ese recorrido con arrojo y valentía, porque sabemos además que luego tenemos que seguir caminando porque tenemos que convertirnos en mensajeros del amor verdadero que puede salvar a nuestro mundo. Es el evangelio que tenemos que comunicar.

 

jueves, 16 de diciembre de 2021

En este camino de adviento que estamos realizando escuchemos al Bautista y dejémonos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que nos salva

 


En este camino de adviento que estamos realizando escuchemos al Bautista y dejémonos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que nos salva

Isaías 54,1-10; Sal 29; Lucas 7,24-30

‘Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti...’ Es lo que había anunciado el profeta. Una referencia clara a Juan Bautista. No era otra su misión, pero ¡qué excelsa misión! El que preparaba el camino, el que caminaba delante señalando el camino, por eso lo llamamos el Precursor.

No todos comprendieron el mensaje de Juan. Muchas veces los mensajes de los profetas pueden parecer enigmáticos para el resto de los mortales. No es como poner un calco para que todo salga igual, pero sí vemos en la misión, las palabras y la presencia del profeta algo que nos dice, que nos llama la atención, que nos obliga a aterrizar en la vida para de una forma concreta ver hecho realidad lo que antes está anunciado en profecía.

Es lo que vemos en Juan. Cuando aquella embajada había venido en nombre Juan preguntando si era El o habían de esperar a otro, los enviados se convirtieron en testigos, lo que parecían los enigmas comienza a ser descifrado, todo se convierte en una palabra profética que nos invita a nuestras actitudes, a nuevos actos de servicio, a nuevo estilo de vida. Y con palabras y con hechos tenemos que encontrar la respuesta.

Ya la figura de Juan en si misma es todo un gesto profético. Su andar por los desiertos, su estilo de vida, su austeridad y su pobreza, sus vestiduras y aquello silvestre de lo que se alimentaba. Todo va indicando que nos encontramos con alguien superior, no es como el resto de los mortales aunque él sea también un simple mortal.

Todos sus gestos, todas sus palabras, todos los signos que emplea nos están hablando. No viste a la manera de los que andan en los palacios, su vestidura hecha de piel de camello, y la frugalidad de su comida, saltamontes o miel silvestre, estarán poniendo en un interrogante la vida de los que lo contemplen. No hay modo de que nos comparemos con El. Es pequeño, pero es grande, sus palabras y enseñanzas parecen sencillas pero tienen una profundidad y unas exigencias grandes. Son un fiel espejo en el que tenemos que mirarnos, nuestras ropas de marca, nuestro estilo cómodo de vida, la exquisitez que buscamos en nuestros alimentos pueden estar hablándonos de nuestras superficialidades.

Por eso su palabra exige un cambio en nosotros, nos habla de conversión. Y nos hablará de fuego que purifica, como de hacha que está dispuesta para arrancar todo lo inservible porque ha de ser el principio de un hombre nuevo, que si va a recibir alguna unción será la que nos consagrará como sacerdotes profetas y reyes. ¿Estaríamos dispuestos a esa purificación, a dejarnos arrancar esas ramas inservible que nada de fruto dan y que solo merecerán el fuego de la hoguera donde todo es purificado?

‘¿Qué salisteis a ver en el desierto?’ Les pregunta Jesús. No al hombre que viste ricos ropajes ni el que habita en el confort de un palacio. Es el que viene con una misión, aquel que ha sido escogido como precursor, el que va delante y va marcando el camino. Cuando utilizamos estos medios técnicos y electrónicos para escribir en la pantalla va apareciendo algo que llamamos el cursor que nos está indicando por donde irán apareciendo las letras, las palabras, los dibujos que nosotros vayamos componiendo o realizando. Es la misión del bautista; por eso lo llamamos el precursor, el que va delante, el que nos va señalando el camino.

‘Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta… Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él. Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamó que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos’.

Nosotros ¿escucharemos a Juan o frustraremos el designio de Dios? ¿Queremos en verdad escuchar la Palabra de Dios? ¿Queremos en este camino de adviento que estamos realizando dejarnos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que escuchamos?

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Santos Arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida trayéndonos un mensaje de salud y salvación

 


Santos Arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida trayéndonos un mensaje de salud y salvación

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Hoy celebramos la fiesta de los santos Arcángeles san Miguel, san Rafael y san Gabriel. Los mayores tenemos este día como si fuera únicamente de san Miguel, porque antes de la reforma del calendario romano después del Concilio Vaticano II, san Rafael se celebraba el 24 de octubre y san Gabriel la víspera de la Anunciación del Señor, el 14 de Marzo.

El Catecismo que estudiamos de niños nos decía que los ángeles son espíritus puros que están en la presencia del Señor alabándole siempre. Hoy precisamente en el evangelio Jesús nos habla de los ángeles que están en la presencia del Señor en el comentario que hace a Natanael que se siente admirado por la presencia de Dios en un momento determinado de su vida y le lleva a aquella hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Has de ver cosas mayores, le dice… En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’.

 En la liturgia, recogiendo el sentir del Apocalipsis y de algunos libros del Antiguo Testamento se nos habla de los coros de los Ángeles y de los Arcángeles, los coros celestiales que alaban y cantan la gloria del Señor. Dentro de pocos días celebraremos a los Santos Ángeles Custodios como esos Ángeles que Dios ha puesto a nuestro lado para inspirarnos el camino del bien y preservarnos de todo malo; ya hablaremos de ello.

Hoy celebramos a los Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, a quienes vemos en la Biblia con una muy concreta misión, como incluso el significado del mismo nombre indica. Mensajeros de Dios que nos traen la buena noticia o que nos acompañan en el camino de la vida para preservarnos del mal.

En concreto es habitual contemplar en nuestras iglesias o templos la imagen del Arcángel San Miguel en el cuadro de Ánimas del Purgatorio. Es la imagen que quizás los mayores mas recordamos como un intercesor o mediador para después de la purificación del purgatorio conducirnos a la presencia y gloria del Señor. Es por eso por lo que aparece casi siempre con esa imagen de la balanza en sus manos, signo de la justicia de Dios. Es el arcángel del que nos habla la Biblia algo así como capitán de las milicias y ejércitos celestiales – aunque la imagen aparezca un tanto guerrera – frente a la rebelión de Lucifer, el llamado ángel de la luz.

Del Arcángel Rafael conocemos la historia de Tobías, donde él mismo se presenta como un ángel que está en la presencia de Dios y presentando las súplicas y las oraciones de los fieles. Se le verá como compañero de camino del joven Tobías y el que le inspirará tanto para elegir mujer, como para encontrar el remedio que curara la ceguera del anciano Tobías. Es algo así como medicina de Dios en la interpretación de los santos padres de la Iglesia nos han hecho a través de los tiempos.

Y del Arcángel Gabriel nos habla el evangelio, como del ángel que viene de parte de Dios para anunciarle al anciano Zacarías el nacimiento de un hijo y de cuál sería su misión, como luego quien vendrá hasta la doncella de Nazaret para anunciarle que iba a ser la madre del Señor. Mensajero de la Buena Noticia, primer mensajero del Evangelio que viene de parte de Dios para hacer el anuncio a María.

Brevemente hemos hecho una referencia a los tres arcángeles que en este día celebramos pero que viene a ayudarnos a la comprensión del significado de los ángeles en nuestra vida. Como decíamos, espíritus puros que están en la presencia de Dios, enviados y mensajeros de Dios que nos acompañan en el camino de nuestra vida para hacernos sentir la presencia del Señor. Recordemos como en el Antiguo Testamento normalmente cuando se habla de la presencia de Dios junto a los grandes patriarcas, los jueces de Israel e incluso a los profetas, se habla de cómo se manifestó el ángel del Señor que era una forma de hablar de la presencia de Dios.

Esa presencia de Dios que nosotros podemos sentir en nuestra vida cuando sentimos la inspiración para el bien o para alejarnos del mal. El ángel del Señor que nos acompaña, que nos inspira, que nos hace presente la gracia y la fuerza del Señor para liberarnos del mal. Ojalá sepamos dejarnos conducir esa inspiración buena que tantas veces sentimos en nuestro corazón y que casi no nos damos cuenta de donde nos viene, quien nos inspiró aquella cosa buena, quién se puso junto a nosotros como un escudo protector frente a ese mal o peligro que nos acechaba.

Pensemos, sí, en los Ángeles del Señor, en sus santos Arcángeles que hoy celebramos, en su protección que nos hacen presente y nos hacen sentir la presencia de Dios en nuestra vida y como decimos con los salmos delante de los ángeles, juntos con los coros de los ángeles cantemos para el Señor.


miércoles, 23 de diciembre de 2020

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

 

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

El nacimiento de un niño siempre se ve rodeado de alegría y de expectativas. Es como un signo de esperanza que se levanta al surgir esa nueva vida y en el fondo todos nos preguntamos qué va a ser de aquel niño; su nacimiento viene rodeado de muchos sueños, llenos de imaginación quizá, pero que son deseos de un futuro bueno al que miramos con esperanza. Todos se alegran y se felicitan en su nacimiento, porque todos al contacto de esa nueva vida que en aquel niño está palpitando nos hace desear incluso lo que nosotros no hemos conseguido pero con la esperanza que esos mejores sueños se conviertan en realidad de vida para aquel ser que allí comienza a palpitar.

Es lo que nos está reflejando el evangelio de lo sucedido entonces en las montañas de Judea. Felicitan a la madre y todos mutuamente se felicitan. Las circunstancias especiales que acompañan el nacimiento de aquel niño de unos padres que parece que se les ha pasado la edad de engendrar, hace suscitar mayores esperanzas porque los que mantienen su actitud creyente están viendo la mano de Dios en el nacimiento de aquel niño.

En cierto modo lo miran como algo propio cuando todos se disputan cual ha de ser el nombre de aquel niño. Pero el nombre que va a llevar vendrá determinado por lo que se está ya manifestando que es la acción de Dios con su pueblo a través del nacimiento de aquel niño, por eso su nombre será Juan. Lo señala la madre, lo corrobora el padre a través de la escritura en una tablilla, pero es que está expresándose como Dios ama a su pueblo y está con él.

El nacimiento de Juan es algo verdaderamente importante porque llega la voz del mensajero que nos vendrá a señalar donde está la Palabra. Su misión será grande porque está llamado como había anunciado el profeta porque venia a convertir el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, porque había de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto.

El será la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor, el mensajero que nos anuncia la inminente llegada del Salvador, por eso también con regocijo hemos de acoger al mensajero que llega porque es una forma de escucharle y es una forma de preparar en nuestros corazones los verdaderos caminos del Señor.

Necesitamos escuchar y acoger al mensajero. Es más necesitamos hoy un mensajero que nos anuncie una Buena Nueva cuando parece que todo fueran malas noticias. Necesitamos un mensajero que brille como una luz porque son muchas las tinieblas de muerte que nos están envolviendo en el hoy de nuestra vida.

Escuchemos las noticias y fijémonos bien en lo que nos están diciendo cada día; cada día parece que con mayor intensidad se nos anuncian números teñidos de luto y de muerte, nos hablan del crecimiento de la pandemia, nos hablan del número de muertos y pocas son las esperanzas que se suscitan en nuestros corazones incluso con las noticias buenas y que podrían ser esperanzadoras que en ocasiones se intentan transmitir. Aumenta el desasosiego en nuestros corazones, nos sentimos frustrados cuando no vemos mejoría y nuestros corazones se visten cada vez más de luto.

Por eso, como decíamos, necesitamos un mensajero que alumbre alguna nueva esperanza; no podemos seguir viviendo con nuestros espíritus turbados por la incertidumbre. Necesitamos que la Navidad sea en verdad para nosotros una luz de nueva esperanza, porque ahora más que nunca necesitamos un Salvador pero que no queremos recibir solamente de una forma ritual.

Nuestra navidad a pesar de todas las turbulencias tiene que estar llena de vida y de luz. Escuchemos al mensajero, predispongamos nuestro espíritu para algo nuevo y para algo bueno. El Señor puede realizar maravillas en nuestros corazones. Avivemos nuestra fe para que no decaiga la esperanza, encendamos ese fuego del amor que dé un calor nuevo y vivo a nuestra vida, alejémonos de todo lo que signifique frialdad de muerte. La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza.

‘¡Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación!’

martes, 29 de septiembre de 2020

Con los santos arcángeles y todos los coros celestiales queremos cantar la gloria de Dios sabiendo que por sus manos nuestras oraciones son presentadas ante el trono de Dios

 


Con los santos arcángeles y todos los coros celestiales queremos cantar la gloria de Dios sabiendo que por sus manos nuestras oraciones son presentadas ante el trono de Dios

 Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II se unificaron en una sola fiesta en un único día, el 29 de septiembre, las fiestas de los tres Arcángeles. Todavía nos queda en el recuerdo a los mayores, sobre todo a quienes teníamos algún familiar con ese nombre la festividad del Arcángel san Rafael el 24 de octubre; sin embargo la festividad del Arcángel san Gabriel estaba cercana a la fiesta de la Anunciación y se celebraba en la víspera el 24 de marzo. Ahora celebramos a los tres Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael en este día del 29 de setiembre.

En la liturgia hacemos referencia a los Ángeles y Arcángeles y a todos los coros celestiales que cantan la gloria de Dios a cuyas voces nosotros queremos unirnos con nuestra vida toda. Es, por ejemplo, la invitación que hace el Arcángel Rafael a Tobías a cantar las alabanzas del Señor, recordándole que su oració

n fue escuchada y presentada por los santos ángeles ante el Trono de Dios; de ahí la misión que ahora realizaba como compañero de camino, pero también como medicina de Dios, que por una parte devolvería la visión al anciano Tobías, pero que también liberó de todos los espíritus malignos a la que iba a ser la esposa del joven Tobías.

Así vemos, pues, que los arcángeles a parte de estar como signos de la presencia de Dios junto a los hombres para liberarlos del mal, son también los que tienen una misión especial que realizar en el orden de la historia de la salvación. Es la misión de mensajero de Dios que tiene el Arcángel Gabriel cuando viene a anunciar a María de Nazaret lo que es la voluntad de Dios y lo que Dios espera de ella.

Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret a una joven desposada con José y cuyo nombre era María, nos dice el evangelista Lucas. Es el mensaje de Dios que se va a convertir en centro de toda la historia de la salvación porque nos anuncia que Dios va a ser ya para siempre ‘Emmanuel’, Dios con nosotros cuando de las entrañas de María por la virtud del Altísimo va a nacer el Hijo de Dios y nuestra salvación. Igualmente Gabriel viene de parte de Dios a anunciarle a Zacarías el nacimiento del Precursor del Mesías que había de preparar los caminos del Señor.

Finalmente el Arcángel San Miguel al que quizá más recordamos en este día, pues ha sido el que no ha variado la fecha de su celebración y al que proclamamos de manera especial como protector de la Iglesia desde los tiempos de la Contrarreforma. Es el Arcángel que vemos en la Biblia como el que lucha contra la rebelión de Lucifer que había sido ángel de luz pero que se convirtió en el ángel de la maldad. ‘¿Quién como Dios?’ es el grito que da nombre al arcángel Miguel y se convierte en signo de la fortaleza de Dios que nos acompaña en nuestra lucha contra el mal.

Comentar que en nuestra tierra canaria hay mucha devoción al arcángel san Miguel a quien se proclama protector y patrono de varias islas y de muchos lugares que incluso llevan su nombre; son numerosos los templos y ermitas a lo largo y ancho de nuestra geografía dedicadas a san Miguel y en la mayoría de nuestros templos parroquiales es habitual encontrarnos con el cuadro de Animas, en cuyo centro siempre aparece la figura del Arcángel.

Cuando nosotros hoy celebramos esta festividad los santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael aprendamos a considerar su verdadero significado porque sentir su protección es sentir ese signo de la presencia de Dios que nos llena de fortaleza frente al mal, que nos hace escuchar la voz de Dios en nuestro corazón como la escuchó María con la presencia del ángel del Señor, pero nos hace sentirnos siempre acompañados por esa presencia de Dios en el camino de nuestra vida, sintiendo que es la luz que abre nuestros ojos y la medicina y gracia que sana nuestros corazones.

Que sepamos unirnos al cántico de gloria con que en el cielo alaban y bendicen a Dios para que toda nuestra vida se convierta también en ese canto a la gloria de Dios con la certeza también de que nuestras oraciones son presentadas por manos de sus Ángeles ante el trono de Dios.

 

 

jueves, 7 de mayo de 2020

Mensajeros del evangelio, enviados de Jesús con la misión del anuncio del Reino de Dios, no para anunciarse a si mismos, sino para ser fieles a la misión de quien los envía


Mensajeros del evangelio, enviados de Jesús con la misión del anuncio del Reino de Dios, no para anunciarse a si mismos, sino para ser fieles a la misión de quien los envía

Hechos 13, 13-25; Sal 88; Juan 13, 16-20
En la vida social, política, económica o administrativa es normal el actuar para determinadas acciones que haya que realizar a través de unos representantes que en nombre de quien representan – valga la redundancia – actúan con todos los poderes que han recibido de quien los envía para poder actuar en su nombre. Mientras no le es revocado dicho poder, en muchos casos notarial, actúan en nombre de sus representantes con todos sus poderes. No actúan por si mismos o según su particular criterio sino conforme a quien los envía, pues actúan en su nombre y no en nombre propio. Son los representantes del pueblo en un parlamento y en un gobierno, son los que reciben un acta notarial de poder para realizar determinadas acciones administrativas, son los embajadores que en nombre del gobierno de su estado actúan como sus representantes ante otros gobiernos o entidades de diversa índole.
Me hago esta previa introducción a nuestra reflexión en torno al evangelio para intentar comprender todo el alcance y sentido que tienen las palabras de Jesús a sus discípulos. Los considera sus enviados; ese es también el sentido de la palabra apóstol, el enviado, que en nombre Jesús tiene la misión de anunciar el evangelio. No actuamos en nombre propio, no somos los protagonistas, actuamos en el nombre de Jesús y con el mensaje de Jesús pues somos sus enviados. De eso es de lo que nos está hablando Jesús en el texto que hoy escuchamos.
Esto nos tiene que hacer pensar en la solemnidad y en la responsabilidad de fidelidad que he de tener el anuncio del evangelio por parte de quienes de manera especial tienen esta misión. Con el texto del evangelio estamos pensando en los apóstoles, y con ello quienes como sucesores de aquellos apóstoles tienen también esa misión dentro de la Iglesia.
Responsabilidad de fidelidad por parte de quien tiene que hacer el anuncio del evangelio, pero también de lealtad y de escucha fiel por parte de todos aquellos a los que se  nos hace el anuncio del evangelio. Con qué seguridad han de hacer ese anuncio, y la seguridad no la tienen por si mismos porque se sientan como poseedores de ese mensaje sino por cuanto como enviados tienen la certeza de la asistencia del Espíritu de Jesús para hacer tal anuncio. Saben que no están actuando solos y por si mismos sino con la fuerza y la misión que han recibido del Señor. Es una exigencia para si mismos para que no se anuncien a si mismos, sino que sean fieles al mensaje del evangelio; no son sus ocurrencias e interpretaciones particulares lo que tienen que anunciar sino el mensaje del evangelio de Jesús. Mal servicio le hacen al evangelio cuando solo anuncian esas ocurrencias más o menos en ocasiones gracias del momento.
Con qué respeto tenemos que escuchar ese anuncio, con qué sinceridad hemos de tener esos oídos atentos y abiertos para recibir con fidelidad el mensaje, con qué disponibilidad y apertura del espíritu hemos de ir al encuentro con la palabra del Señor que se nos anuncia. Qué buena tierra bien preparada hemos de procurar ser para que caiga esa semilla en nosotros y pueda dar fruto. Qué fe hemos de tener que nos da la seguridad de que quien nos hace ese anuncio es un mensaje del Evangelio, un enviado del Señor.
Pero al mismo tiempo tenemos que hacernos otra consideración. Esa misión del anuncio del mensaje del Evangelio no está reservada solo para unos determinados mensajeros – aunque en la Iglesia tengamos unos ministros sagrados que han recibido esa especial misión – sino que es misión de todo cristiano. Todo cristiano tiene que ser con el testimonio de su vida, pero también con el anuncio de su palabra un mensajero del evangelio, alguien que se siente también enviado del Señor con esa misión de ser testigo, de dar testimonio ante el mundo que le rodea. Nos tenemos que sentir también los enviados del Señor, los mensajeros del evangelio.

domingo, 19 de abril de 2020

La presencia pascual del resucitado nos renueva en la fe y en la esperanza, para encontrar la paz en el corazón y ser mensajeros de misericordia y de paz para el mundo que sufre


La presencia pascual del resucitado nos renueva en la fe y en la esperanza, para encontrar la paz en el corazón y ser mensajeros de misericordia y de paz para el mundo que sufre

Hechos de los apóstoles 2, 42-47; Sal 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31
Siempre hemos dicho que la paz es el saludo pascual de Cristo resucitado pero que además a quienes creemos en El nos convierte en mensajeros de paz. Hoy lo escuchamos repetidamente en labios de Jesús en los dos momentos en que se encuentra con los discípulos reunidos en el cenáculo. ‘Paz a vosotros’, les dice. Era la experiencia que vivían todos los que se encontraban con Jesús. Lo vemos a lo largo de todo el evangelio. Cuantas veces lo vemos llevando paz a los enfermos y a los pecadores, a cuantos tenían su corazón y su cuerpo lleno de sufrimientos, y quienes iban a escucharle. ‘Vete en paz y no peques más’.
Es la Buena Noticia que nos trae la presencia de Jesús y el evangelio que tenemos que comunicar. No temáis les dice Jesús a las mujeres en sus apariciones o era la sensación espiritual que Vivian quienes se iban encontrando con Jesús, aunque hubiera momentos en que casi no se daban cuenta de que era Jesús quien estaba con ellos.
Hoy es especialmente intensa esa vivencia de la paz con la presencia de Jesús. Ya nos dice el evangelista que los apóstoles estaban reunidos en el cenáculo pero con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Había sido dura la experiencia vivida con la pasión y la muerte de Jesús y de alguna manera temían por sus vidas pues eran sus seguidores. Aún no habían sentido la presencia del Espíritu con ellos, pues ya veremos como tras la experiencia de Pentecostés se lanzarán a la calle para hablar sin ningún temor de Jesús.
Por eso la primera palabra de Jesús resucitado en su encuentro con los discípulos es la paz. Y fue suficiente esa palabra para que se llenaran de alegría y todos aquellos temores y aquellas dudas que les habían llevado a no creer a los que les habían venido a decir que había resucitado se disipan. Pero es que además ya se sienten llenos del Espíritu de Jesús para la misericordia y para el perdón. Eran ya los enviados con el anuncio de la misericordia, con el anuncio de la paz. ‘A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados’. ¿Y puede haber una paz más intensa en el corazón que la de sentirse perdonado? Son enviados, pues, como mensajeros de paz, como portadores del perdón y de la misericordia de Dios para con todos los hombres. Será una de sus bienaventuranzas, dichosos los constructores de la paz.
Pero había alguien que no estaba con el grupo en aquel momento. Por eso cuando los demás discípulos llenos de alegría le anuncian que ha estado allí Jesús con ellos él sigue con sus dudas y su búsqueda de pruebas. Aún no había llegado la paz a su corazón. Cuando a los ocho días vuelva Jesús a encontrarse con ellos Tomás encuentra aquella paz que le faltaba y ya no será necesario meter el dedo en las llagas de sus manos ni la mano en el costado de Jesús abierto por la lanza. Bastó que él estuviera allí con la comunidad de los discípulos cuando llegara Jesús. Y saldrán de sus labios temblorosos por la emoción las palabras de una fe profunda ‘¡Señor mío y Dios mío!’.
Aquella experiencia pascual es la que nosotros tenemos  hoy que vivir. Nosotros seremos de aquellos de los que habla Jesús de que son dichosos sin haber visto. No estábamos nosotros en el Cenáculo en aquella tarde, pero creemos en la Palabra de los testigos que nos lo han trasmitido de tal manera se hace experiencia en nosotros esa presencia de Cristo resucitado. Es lo que vivimos por la fe y lo que estamos celebrando.
Y podríamos decir este año con unas circunstancias muy especiales, por cuanto no hemos podido vivir en vivo y en directo con nuestra presencia las celebraciones pascuales. Pero no nos tiene que faltar la fe, tenemos que aprender a sentir también en estos momentos y de esta manera esa presencia pascual de Cristo resucitado en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia. Y de una manera espiritual muy intensa ser capaces de sentir esa experiencia de la paz que nos trae Jesús, para nosotros y para nuestro mundo.
También nosotros tenemos que convertirnos en mensajeros de paz, en constructores de paz. Cuánto lo necesitamos y cuanto lo necesita nuestro mundo hoy. El momento que vivimos puede agobiarnos, puede hacernos perder esa serenidad espiritual que necesitamos para afrontarlo dignamente. Detrás de ese primer plano de los contagiados, de los que han fallecido, del peligro de poder nosotros contagiarnos también hay otro telón que oscurece nuestras esperanzas, nos llena de miedos, nos interroga sobre muchas cosas, sobre el futuro, sobre la salida de esta situación que tantos problemas de todo tipo ya comienzan a generarse en nuestra sociedad. Y aparecen los miedos y nos podemos encerrar cobardes incluso con posturas de insolidaridad porque pensemos solo en nosotros mismos. Hay inquietud en los corazones y podemos perder la paz y serenidad del Espíritu.
Como los discípulos encerrados en el cenáculo con sus miedos o como los que dispersos, como Tomás, querían quizá buscar otros caminos por su cuenta. La presencia del Señor resucitado en medio de los ellos los renovó, renovó fe y renovó su esperanza, les hizo encontrarse con la paz en el corazón y se convirtieron en mensajeros de misericordia y de paz con el envío de Jesús.
Es lo que sentimos que tiene que ser para nosotros la celebración de esta pascua que queremos seguir viviendo con toda intensidad. Tenemos que convertirnos en mensajeros de paz y de serenidad en medio de nuestro mundo. Con nuestro testimonio convertirnos en verdaderos constructores de esa paz, de ese mundo nuevo que tiene que surgir de las ruinas en las que se está quedando nuestro viejo mundo.
Hay lucecitas hermosas que van apareciendo en tantos gestos de responsabilidad y de solidaridad que nosotros tenemos que avivar aun más. Podemos hacer que nuestro mundo sea mejor, tenemos que hacer que nuestro mundo sea mejor del que desterremos tantas violencias e injusticias, tantos egoísmos y tantos odios, tantas vanidades y tantos orgullos que nos han llenado de vacío el corazón.
Creo que por ahí tiene que ir nuestro compromiso pascual. Es así como con la fuerza de Cristo resucitado transformaremos nuestro mundo. Es así como llegará a tener profundo sentido la pascua que hemos celebrado.