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martes, 5 de mayo de 2026

La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

 


La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

Hechos 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

¿Seremos capaces de mantenernos en paz a pesar de tantas guerras que nos rodean y hasta nos envuelven? Hablar de la paz y del no a la guerra casi se ha convertido en un tópico que alimenta nuestras conversaciones de cada día y de lo que no dejamos de hablar. Pero fijémonos en una cosa, utilizamos el tema de la paz para ir siempre en contra de alguien a quien culpamos de todas esas guerras. Es cierto que la situación de nuestro mundo y nuestra sociedad es convulsa pero la convertimos en grandes temas que se pueden convertir hasta en eslóganes de vida, pero ¿buscamos esa paz dentro de nosotros mismos? Yo me pregunto si esa tremenda convulsión que vive nuestro mundo y nuestra sociedad y entonces pensamos en esa cercanía a nosotros de la sociedad en la que vivimos, no será debido a que no hemos sabido encontrar esa paz en nuestro interior. Porque es que lo que llevamos en el corazón es lo que se va a reflejar en esa situación que se vive en el mundo.

Fijémonos en el momento que viven los discípulos de Jesús cuando le escuchamos estas palabras que hoy nos trasmite el evangelio. No están viviendo un buen momento, en la incertidumbre incluso en que están ante lo que va a suceder según lo que Jesús les ha ido anunciando. Estaban inquietos y tristes, porque además todo les sonaba a despedida. Varias veces les dice Jesús que no se acobarden ni se sientan agobiados en lo que está sucediendo y Jesús de la mejor manera les dice que El siempre estará con ellos aunque llegue el momento de su vuelta al padre.

Me recuerda esos momentos de despedida cuando llega el momento, por ejemplo, de que un familiar o una persona querida para nosotros tiene que marchar y ya no va a estar con nosotros, esos momentos previos suelen ser muy dolorosos; me vienen a la memoria momentos de mi niñez cuando los familiares, padres o hermanos, tenían que emigrar a otro país. Aunque aun estuvieran con nosotros y nos prometieran de mil maneras que no nos iban a olvidar, llorábamos como niños en la angustia de la despedida. ¿No serían algo así los momentos que estaban viviendo en aquellas circunstancias los discípulos?

‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice Jesús. Pero Jesús promete algo más, no les puede faltar la paz. No era ya solo decirnos el saludo de paz que entre los judíos era decirse ‘shalom’ (paz) sino que tenía que ser algo que se mantuviera en nuestro corazón. Por eso les decía Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. No es la paz que se logra con la imposición, no es la paz fruto de un orden exterior, no es la paz que se gana con la guerra, no es la paz del dominio de uno sobre otros, del más fuerte frente al más débil, no es la paz del silencio impuesto. ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Miremos lo que se está queriendo hacer en los grandes conflictos que hoy vivimos; es lo que algunas veces también intentamos los unos sobre los otros donde en nuestra prepotencia buscamos dominio y manipulación.

Jesús nos ha ido dejando las bases de esa paz que El quiere para nosotros cuando nos ha ido hablando del Reino de Dios y de sus características; Jesús nos ha puesto el cimiento verdadero a partir del amor; un amor que no se queda en palabras bonitas, un amor que construimos en unas relaciones sinceras y humildes de los unos con los otros, un amor que se sobrealimenta en la comprensión y en el perdón, un amor que porque saber perdonar de verdad sabe también olvidar  y que se convierte en restaurador de unas relaciones estables y duraderas, un amor de corazón abierto haciendo hueco para que en él quepamos todos sin diferencia ni distinción, un amor que no deja de darse a pesar de las incomprensiones que encuentre en su derredor, un amor que siempre es respetuoso al mismo tiempo que generoso, que es ofrecimiento pero que se convierte en regalo de cada día.

¿Buscaremos así la paz que Jesús quiere ofrecernos? Ya no es un tópico sino un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás.

 

lunes, 16 de marzo de 2026

El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

 


El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

La vida para vivirla en intensidad necesita que nos pongamos en camino; no puede ser algo estático ni pasivo porque una actitud así merma nuestra vida. No puede ser nunca quedarnos pasivamente que todo nos lo den hecho o que de una forma mágica lleguen las cosas a nuestras manos; muchos juegan a la suerte, y no es solo es esa locura en la que vivimos en medio de sorteos esperando siempre que nos sonría la suerte, y esas nuevas servidumbres y dependencias pueden ser signo de esa pasividad con que vivimos la vida; que nos toque la suerte, que por suerte nos salgan las cosas bien, pero rehuimos el esfuerzo, el ponernos en camino, el querer buscar algo mejor o cómo desarrollarnos mejor.

Las pasividades nos hacen caer en decadencia, lo vemos en la historia cuando los pueblos se han dormido en sus laureles que detrás vendrá enseguida la dependencia, pero lo habremos experimentado más de una vez en la vida, en esa pasividad no nos esforzamos, no buscamos, no luchamos, terminamos en nuestras rutinas, la tibieza, la frialdad que nos dejará helados al fin.

Hoy el evangelio nos habla de caminos y de caminantes; será Jesús que viene desde Jerusalén atravesando Samaría hasta llegar a Galilea y nos mencionará incluso aquel lugar, Caná, donde Jesús hizo su primer milagro. Pero nos encontramos con alguien más que está en camino, aquel hombre principal con un hijo enfermo que viene a buscar a Jesús. Querrá que Jesús baje con él a Cafarnaún para curar a su hijo, pero Jesús le dice que su hijo vive.

¿Se fiará aquel hombre de la palabra de Jesús? Podría haber pensado que eran bonitas palabras de Jesús, poco  menos que para quitárselo de en medio. ¿Qué hará? ¿Confiará en la palabra de Jesús y se arriesgará a bajar solo con la incertidumbre de si en verdad su hijo se ha curado? Son tantas palabras bonitas que a veces nos decimos para quitarnos de encima a quienes nos pueden resultar pesados. Pero aquel hombre que con fe había acudido a Jesús ahora se fía de la palabra de Jesús y se pone en camino. Le saldrán al encuentro sus sirvientes para anunciarle que su hijo está curado.

Ha hecho un camino de fe, que también tiene sus riesgos pero también ha sabido obrar con confianza; un camino que muchas veces nos cuesta hacer, porque más que la confianza parece que utilicemos más la exigencia, o el palpar con nuestras propias manos el resultado de aquello que buscamos; pero también tenemos que dejarnos envolver por el misterio, no buscando lo mágico, sino sabiendo abrir los ojos a la fe, abrir los ojos con fe para ver lo nuevo que se nos puede ofrecer, lo que es lo verdaderamente importante, pero para decidirnos a emprender ese camino aunque nos cueste, con subidas y con bajadas, pero un camino en que tenemos la certeza de la presencia de Jesús, nos confiamos con toda seguridad en su Palabra, seguimos en nuestro camino de búsqueda donde se nos pueden abrir nuevos caminos.

Un camino que tendrá sus subidas y bajadas, como tendrá sus lugares oscuros, en los que nos aparecerá la incertidumbre y el miedo, donde a veces parece que se nos viene el mundo encima con los problemas, con los sufrimientos, con tantas angustias que nos pueden ir apareciendo en la vida. Pero no nos quedaremos en la pasividad, podremos alcanzar aquello que ansiamos y buscamos, aquello por lo que luchamos, no será en el momento que nosotros desearíamos, pero Dios nunca nos falla.


sábado, 9 de abril de 2022

Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús poniendo toda la sinceridad de nuestra vida y todo lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy con esperanza

 


Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús poniendo toda la sinceridad de nuestra vida y todo lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy con esperanza

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

¿Qué hacemos? Es quizás la disyuntiva en la que nos encontramos muchas veces en la vida. Se abren distintos caminos ante nosotros, hay diversas cosas que podemos hacer, nos llegan diferentes ofertas y tenemos que decidirnos. Aunque estemos en la duda muchas veces. Todo nos parece igual de bueno o al menos es aceptable y eso mismo quizás aumenta nuestra duda.

Pero también lo podemos pensar en referencia a otras personas. ¿Qué va a hacer él? ¿Qué decisión tomará? Pero, claro, nosotros andamos en suposiciones, por lo que en otras ocasiones le hemos visto hacer, por lo que puedan ser sus gustos, pero lo esperamos o no lo esperamos, vendrá o no vendrá, qué es lo que va a hacer, sigue siendo para nosotros la incertidumbre.

En el evangelio estamos escuchando el relato de lo que van a ser momentos decisivos para Jesús. Se acerca la Pascua por El tantas veces anunciada. Y aquello que no entendían los discípulos que Jesús les decía que iba a pasar está a punto de realizarse. Ahora ha sido un momento decisivo después de la resurrección de Lázaro en Betania y la gente está muy entusiasmada por Jesús. Y los dirigentes judíos temen lo peor, que la gente los abandone y se vaya con Jesús, o que se pueda armar una revuelta en la que intervengan los romanos y pudiera haber incluso  una masacre. Por eso se ha reunido el consejo de los Sumos Sacerdotes que tienen que tomar una decisión. Les cuesta, porque saben cómo anda la gente detrás de Jesús. Será el Sumo Sacerdote el que fuerce la decisión, porque ‘no tiene que morir por todo el pueblo’. No sabe él que con sus palabras está dando cumplimiento a las Escrituras.

Pero Jesús se ha retirado más allá de Betania, más allá del Jordán y cuando la gente sube a Jerusalén porque ya se acerca la fiesta de la Pascua, se preguntan si Jesús vendrá o no vendrá a la fiesta. Es la disyuntiva con la que comenzábamos de alguna manera nuestra reflexión. Pero creo que esto tiene que hacernos reflexionar sobre la vivencia de nuestra pascua.

También quizá algunos se preguntan ¿qué hacemos? Se nos ofrecen también unas posibilidades de otras cosas en estos días que ya por tradición todo el mundo llama Semana Santa. Pensar en Semana Santa para un cristiano es pensar en estos días en que celebramos la pasión y la muerte del Señor, en que celebramos la Pascua con su resurrección. Para otros, semana santa significan unas vacaciones, unos viajes, unos días de playa, a lo más quizá para algunos ir a contemplar unas procesiones en algunos lugares que puedan ser más famosos o tener una tradición distinta; miremos lo que abunda estos días en las noticias y cómo es tratado el tema de la Semana Santa.

Y ahí en medio estamos nosotros, nos encontramos ya a las puertas del comienzo de las celebraciones y nos preguntamos también ¿qué hacemos? Puede que muchos hayamos tomado la decisión de quedarnos en casa, de participar en las celebraciones de nuestra parroquia, en los actos que se realicen allí donde vivimos. Pero, repito, la pregunta sigue estando ahí, ¿qué hacemos?

Porque también podemos tener diversas formas de estar o de participar. Son unas tradiciones, es algo que siempre hemos vivido en la familia, son unas celebraciones que reconocemos son hermosas e incluso emocionantes, pero ¿hasta donde llegamos? ¿Nos quedamos simplemente ahí? ¿Daremos un paso más para hacer todo eso parte de mi vida? como ya nos hemos preguntado en otro momento ¿Cómo uniremos nuestras celebraciones religiosas y litúrgicas con lo que estamos viviendo en estos días? ¿Llegaremos a descubrir la pasión de Cristo en el sufrimiento que estamos contemplando, en las expectativas angustiosas que todos podamos tener por la situación que vivimos?

Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús en su entrada en la ciudad. Vamos a ir poniendo toda la sinceridad de nuestra vida pero poniendo ahí lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy. Y vamos a celebrar la pascua como en verdad tiene que ser para un cristiano, algo que vivimos con esperanza, porque la fuerza de todo está en el amor.

Vamos a orar de verdad, vamos a poner de verdad a Cristo en nuestro corazón con esperanza de resurrección; no nos podemos quedar en la muerte, no quiere Cristo que nos quedemos en el dolor y en la muerte sino que lleguemos a la vida, para eso resucitó El. Vamos a darle intensidad profunda a lo que vamos a vivir en estos días.

martes, 7 de diciembre de 2021

Veremos finalmente un camino de luz encontrando sentido a las palabras de consuelo del profeta porque a pesar de todo lo que pasamos podremos celebrar navidad

 


Veremos finalmente un camino de luz encontrando sentido a las palabras de consuelo del profeta porque a pesar de todo lo que pasamos podremos celebrar navidad

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Vamos avanzando en nuestro camino de Adviento. Un camino que vivimos entre nuestras zozobras y nuestras preocupaciones, nuestras carreras y nuestros agobios, nuestro suspirar por tiempos mejores pero también afrontando la realidad del día a día que muchas veces hace aflorar la incertidumbre y el desconsuelo. Ahí están nuestras preocupaciones de cómo llegar a final de mes o como nos vamos a hacer frente a la ola de regalos y comidas que se nos echa encima con esto de la navidad. Ahí están las lágrimas de los que lo han perdido todo – como ha sucedido en nuestra tierra con el volcán de la tierra palmera – y también las lágrimas de los seres queridos que nos han dejado y cuyo hueco sentiremos fuerte en nuestras festivas celebraciones. Así podríamos seguir pensando en muchas cosas, pero también en muchas personas que junto a nosotros van haciendo su camino en la vida y que para ellos muchas veces está muy lleno de sombras.

Y ahí, estamos haciendo nuestro camino de Adviento. ¿Qué significará para muchos? ¿Cuáles son las verdaderas esperanzas que laten en sus corazones? ¿Qué es lo que les puede decir el Adviento? Ya sabemos que para muchos de nuestro entorno – y cuidado nos pueda pasar a nosotros también – no les dice nada, en eso es en lo menos que piensan, otras son sus preocupaciones. Es la realidad. Pero ahí los que nos decimos creyentes, los que en verdad con sentido queremos hacer este camino porque queremos celebrar una verdadera navidad sí tenemos que sentir muy viva esa Palabra que se nos proclama y que vamos escuchando en el día a día de nuestro camino.

Hoy el profeta tiene una palabra de consuelo. ¿No la necesitaremos en verdad? Si algunas de las cosas que mencionábamos antes nos afectan o nos tocan de alguna manera, esa palabra profética puede ser, tiene que ser una hermosa palabra que hemos de escuchar. ‘Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados’. Viene el Señor con su salvación y nos habla a nuestro corazón. ¿Por qué hemos de seguir en nuestras angustias y en nuestras penas? ¿Por qué tenemos que seguir atormentándonos? ¿Por qué vamos a pensar que vamos a seguir siempre en ese camino oscuro en que no encontremos una luz?


‘Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que  apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían…’

Pero en medio nos ha dicho una cosa muy importante, y es que hemos de preparar los caminos del Señor. ¿Cómo nos lo dice? ‘En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios…’ En el desierto. ¿Cuál es ese desierto hoy? No tenemos que irnos a los desiertos de Judea donde predicaba el Bautista; no tenemos que trasladarnos al inhóspito Sahara para hacer allí unos caminos o unas calzadas.

Ese desierto está en ti, en tus preocupaciones y agobios, en tus carreras y en tus locuras, en esas incertidumbres que llenan tu vida ante el futuro o en esos problemas que se te presentan cada día y que quizá en un momento determinado parece que se crecen… es ahí donde tenemos que abrir caminos nuevos, es ahí donde tenemos que preparar esa calzada para nuestro Dios que viene a nosotros, es ahí donde tenemos que sentir el paso del Señor con su consuelo pero también con su fortaleza para no decaer en nuestras luchas, para seguir abriéndonos paso por la vida y ahí dejando nuestro testimonio, el grito de nuestra vida, como nos decía el profeta.

Y una hermosa palabra de esperanza nos deja el evangelio. Tras la parábola que nos propone que nos habla del pastor que va a buscar a la oveja perdida, mientras el resto se queda en el aprisco, Jesús nos dice ‘igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños’. Podremos sentirnos pequeños, poca cosa, que nada valemos pero que además los problemas se acumulan sobre nosotros, nunca podré sentirnos abandonados. Dios no quiere que se pierda ‘ni uno de estos pequeños’.

¿Veremos finalmente un camino de luz? ¿Encontraremos sentidos a las palabras de consuelo que nos ofrece el profeta? ¿Podremos, a pesar de todo lo que pasamos, celebrar con sentido la navidad? Para todos es una palabra de luz esta palabra del profeta.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

 

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

El nacimiento de un niño siempre se ve rodeado de alegría y de expectativas. Es como un signo de esperanza que se levanta al surgir esa nueva vida y en el fondo todos nos preguntamos qué va a ser de aquel niño; su nacimiento viene rodeado de muchos sueños, llenos de imaginación quizá, pero que son deseos de un futuro bueno al que miramos con esperanza. Todos se alegran y se felicitan en su nacimiento, porque todos al contacto de esa nueva vida que en aquel niño está palpitando nos hace desear incluso lo que nosotros no hemos conseguido pero con la esperanza que esos mejores sueños se conviertan en realidad de vida para aquel ser que allí comienza a palpitar.

Es lo que nos está reflejando el evangelio de lo sucedido entonces en las montañas de Judea. Felicitan a la madre y todos mutuamente se felicitan. Las circunstancias especiales que acompañan el nacimiento de aquel niño de unos padres que parece que se les ha pasado la edad de engendrar, hace suscitar mayores esperanzas porque los que mantienen su actitud creyente están viendo la mano de Dios en el nacimiento de aquel niño.

En cierto modo lo miran como algo propio cuando todos se disputan cual ha de ser el nombre de aquel niño. Pero el nombre que va a llevar vendrá determinado por lo que se está ya manifestando que es la acción de Dios con su pueblo a través del nacimiento de aquel niño, por eso su nombre será Juan. Lo señala la madre, lo corrobora el padre a través de la escritura en una tablilla, pero es que está expresándose como Dios ama a su pueblo y está con él.

El nacimiento de Juan es algo verdaderamente importante porque llega la voz del mensajero que nos vendrá a señalar donde está la Palabra. Su misión será grande porque está llamado como había anunciado el profeta porque venia a convertir el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, porque había de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto.

El será la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor, el mensajero que nos anuncia la inminente llegada del Salvador, por eso también con regocijo hemos de acoger al mensajero que llega porque es una forma de escucharle y es una forma de preparar en nuestros corazones los verdaderos caminos del Señor.

Necesitamos escuchar y acoger al mensajero. Es más necesitamos hoy un mensajero que nos anuncie una Buena Nueva cuando parece que todo fueran malas noticias. Necesitamos un mensajero que brille como una luz porque son muchas las tinieblas de muerte que nos están envolviendo en el hoy de nuestra vida.

Escuchemos las noticias y fijémonos bien en lo que nos están diciendo cada día; cada día parece que con mayor intensidad se nos anuncian números teñidos de luto y de muerte, nos hablan del crecimiento de la pandemia, nos hablan del número de muertos y pocas son las esperanzas que se suscitan en nuestros corazones incluso con las noticias buenas y que podrían ser esperanzadoras que en ocasiones se intentan transmitir. Aumenta el desasosiego en nuestros corazones, nos sentimos frustrados cuando no vemos mejoría y nuestros corazones se visten cada vez más de luto.

Por eso, como decíamos, necesitamos un mensajero que alumbre alguna nueva esperanza; no podemos seguir viviendo con nuestros espíritus turbados por la incertidumbre. Necesitamos que la Navidad sea en verdad para nosotros una luz de nueva esperanza, porque ahora más que nunca necesitamos un Salvador pero que no queremos recibir solamente de una forma ritual.

Nuestra navidad a pesar de todas las turbulencias tiene que estar llena de vida y de luz. Escuchemos al mensajero, predispongamos nuestro espíritu para algo nuevo y para algo bueno. El Señor puede realizar maravillas en nuestros corazones. Avivemos nuestra fe para que no decaiga la esperanza, encendamos ese fuego del amor que dé un calor nuevo y vivo a nuestra vida, alejémonos de todo lo que signifique frialdad de muerte. La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza.

‘¡Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación!’

martes, 30 de junio de 2020

Despertemos nuestra fe, que Jesús está ahí y El nunca nos fallará porque El es la Verdad que da respuesta a nuestras dudas y nos quita nuestros miedos


Despertemos nuestra fe, que Jesús está ahí y El nunca nos fallará porque El es la Verdad que da respuesta a nuestras dudas y nos quita nuestros miedos

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Sal 5; Mateo 8, 23-27
No lo reconocemos pero todos alguna vez – o más de alguna vez – sentimos miedo en la vida. Parece como si eso fuera de cobardes, pero yo diría que es una reacción, en cierto modo de autodefensa, que todos podemos sentir, por ejemplo, ante lo desconocido, lo imprevisto, aquello que nos impresiona, que tememos que pueda perjudicarnos o dañarnos, que nos hace sentir intranquilidad dentro de nosotros mismos.  Bueno, los psicólogos podrían decir cosas mucho más acertadas, que estos pensamientos que me brotan así de pronto ante la idea.
Tengo miedo también a equivocarme o que con mis apreciaciones y juicios también pueda perjudicar a los demás. Pero me atrevo a decir que no hemos de tener miedo a tener miedo, sino afrontémoslo sabiendo sacar valentía y fuerza desde nuestro interior para encontrar salida, para dar solución, para descubrir detrás de eso desconocido que se nos presenta qué cosa buena también nos puede venir. Y es que ante los miedos buscamos seguridades, queremos tener un apoyo, no sentirnos solos porque el miedo compartido quizás es menos miedo, tratamos de vislumbrar una luz, un resquicio que nos de oportunidad a una salida, y sentir también que en nuestro espíritu tenemos fuerza para afrontarlo.
Son las situaciones difíciles con que nos vamos enfrentando en la vida, son los imprevistos que casi como accidentes se nos presentan, puede ser una enfermedad en nosotros o en nuestros seres queridos, son las dudas que aparecen en nuestro interior acerca del mañana, la incertidumbre del futuro, es lo dura que se nos hace la vida muchas veces en nuestros trabajos que no prosperan, en lo que emprendemos y que tanto nos cuesta levantar, es también ante el sentido de la propia vida, los vacíos que podamos sentir en nuestro interior o los sin sentidos a los que no sabemos dar muchas veces respuesta..
Algunas veces ante todo esto reculamos, nos echamos para atrás, nos parece que no somos capaces, huimos y hasta nos encerramos en nosotros mismos, nos da miedo compartir con alguien nuestras dudas y temores, o nos ponemos nerviosos y hasta gritamos para ver si desaparecen esos fantasmas que se nos presentan tantas veces, porque en nuestra negrura todo nos parece más negro y más oscuro.
A estas alturas de mi reflexión alguno me podría decir a qué viene todo esto. ¿Será un regodearnos en el miedo y caminar en círculos sin saber por donde encontrar una salida?  Ni mucho menos, quizá me he extendido mucho en el tema, porque son tantos los fantasmas que nos aparecen en la vida que se nos amontonan las ideas en la cabeza y así van brotando. Pero es que en todo esto yo quiero encontrar una esperanza, yo quiero encontrar una luz. Sea cual sea la situación de miedo por la que pasemos en la vida siempre podemos encontrar esa luz.
Es la fe que si queremos decir así, tenemos en nosotros mismos y en nuestra posibilidad y capacidad; pero no me quedo en la fe en mi mismo aunque he de tener también esa autoestima, sino que me trasciendo de todo esto y me quiero elevar, quiero levantar mi espíritu a lo alto para encontrar esa verdadera luz y esa fuerza para mi caminar. Quiero encontrarme con quien es en verdad mi fortaleza para todo lo que es mi vida.
Toda esta reflexión ha surgido en mí escuchando el evangelio. Los discípulos atravesaban el lago cuando de repente se levantó una tempestad tan fuerte que incluso aquellos avezados pescadores que muchas veces se habían enfrentado a tormentas semejantes en el lago pues eran en cierto modo habituales, en esta ocasión tuvieron miedo. Jesús iba con ellos pero aunque pareciera imposible en medio de toda aquella tormenta iba durmiendo en un rincón de la barca.
‘Señor, sálvanos, que perecemos’, le gritan finalmente. ¿Será nuestro grito y nuestra súplica? Parece que a los discípulos les costó decidirse por despertar a Jesús. Como tantas veces nosotros, enfrascados en nuestros miedos damos vueltas y vueltas sin rumbo. No nos valen nuestros propios apoyos, pero no queremos reconocerlo. No encontramos salida, pero no buscamos a quien pueda ayudarnos. Nos cuesta reconocer nuestros miedos o nuestra debilidad, queremos aparentar tanta fuerza y seguridad en nosotros mismos para valernos solos, pero no acudimos a quien puede echarnos una mano.
Nos sentimos tan autosuficientes en nuestra hombría que no queremos reconocer que nos hace falta lo espiritual, lo sobrenatural; nos hemos materializado tanto, o nos hemos tan a la manera de nuestro mundo que dejamos a un lado todo atisbo de religiosidad; nos parecen quizá cosas pasadas de tiempo, que dejándonos llevar por el mundo ateo que nos envuelve decimos que son quizá supersticiones o la religión o la fe no nos va a ayudar en nada. ¿Preferimos hundirnos?
¿Tendremos que escuchar el reproche de Jesús? ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’ Despertemos nuestra fe, que Jesús está ahí y El nunca nos fallará. Pongamos de verdad a Dios en nuestra vida. No temamos dar la cara por nuestra fe. No temamos sentirnos débiles y saber que tenemos que acudir a Jesús porque El es nuestra única fortaleza.

viernes, 17 de mayo de 2019

Si ponemos toda nuestra fe en Jesús nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz no tiene sentido


Si ponemos toda nuestra fe en Jesús nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz no tiene sentido

Hechos 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Hay ocasiones en que nos sentimos preocupados y nerviosos por situaciones que esperamos y a las que tenemos que enfrentarnos y esa intranquilidad nos hace perder la paz y la serenidad y nos hace estar sin estar porque andamos como ausentes en la incertidumbre en que vivimos. Serán acontecimientos anunciados que nos hacen interrogarnos sobre como vamos a enfrentarnos a ellos, o serán situaciones que vivimos en el momento que nos preocupan y nos agobian y que se nos hace duro quizá vivirlas, o serán cosas que nos sorprenden, sorpresas que nos da la vida y que en ese sobresalto nos quedamos como con los pies en el aire sin saber en qué apoyarnos o a donde nos llevarán esas situaciones.
Son momentos que se nos hacen difíciles, que nos crean desorientación, que nos pueden producir incluso angustia, pero que tenemos que afrontar con madurez, aunque la madurez la iremos adquiriendo en la medida en que vayamos sorteando todas esas situaciones y que con su solución nos dan madurez y ecuanimidad para vivir las cosas de otra manera.
A ponerme a pensar en situaciones o momentos que se nos describen en el evangelio de la reacción o las posturas de los discípulos de Jesús o de las que gentes que le siguen o que en otros momentos se enfrentan con Jesús, me gusta hacer como comparación con situaciones similares por las que podamos estar nosotros pasando y que con la luz del evangelio aprenderemos nosotros a afrontarlas con verdadera madurez cristiana desde nuestra fe y lo que nos enseña el propio evangelio.
Los discípulos de Jesús y en este caso los más cercanos, los apóstoles, están pasando por una situación similar en la última cena. Hay incertidumbres y dudas en sus corazones, presienten que algo va a suceder porque no terminan de entender las palabras y los gestos que Jesús va teniendo con ellos, aunque claramente ha hablado Jesús. Todo aquello suena a despedida y las despedidas son tristes y son amargas porque nos llenan de dolor el corazón e intuyen que lo que le va a pasar a Jesús va a ser algo doloroso. Están intranquilos y podemos decir que no las tienen todas consigo, que les falta paz en su corazón.
De ahí las palabras de Jesús. Que no pierdan la calma, que la paz no falte en sus corazones, que lleguen a entender, a comprender todo lo que les ha anunciado y que va a suceder. ‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí’. Y les habla que las despedidas no son definitivas porque El volverá para llevarlos consigo porque quiere tenerlos para siempre a su lado. Y habla de las estancias del reino de los cielos, de cómo han de estar junto a Dios para siempre, porque El les prepara sitio. Pero como dicen, no saben a donde va, y no saben el camino. Siguen sin entender a pesar de todo lo que Jesús les ha dicho y enseñado. ‘Volveré y os llevaré conmigo’, les dice.
Y es cuando les dice algo hermoso, porque nos está abriendo los horizontes, nos está abriendo ante nosotros camino de plenitud. ‘A donde yo voy ya sabéis el camino’, les dice. A las preguntas de los discípulos sobre el camino y a donde han de ir ellos también, les responde y en cierto modo les recrimina. ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’, le dice unos de los discípulos.  ‘Jesús le responde: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí’.
No tenemos otra cosa que hacer. Vivir a Jesús, porque eso es seguir el camino, porque eso es vivir la plenitud de la verdad y de la vida. Así tenemos paz porque tenemos a Jesús para siempre en nuestro corazón. Nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz en tantas ocasiones ¿no será porque no hemos puesto toda nuestra fe y toda nuestra vida en Jesús?

lunes, 18 de diciembre de 2017

Aprendamos a reaccionar con una actitud creyente ante las incertidumbres de la vida, ante las dudas que se nos presentan y que nos inquietan angustian


Aprendamos a reaccionar con una actitud creyente ante las incertidumbres de la vida, ante las dudas que se nos presentan y que nos inquietan angustian

Jeremías 23,5-8; Sal 71; Mateo 1,18-24
Un hombre justo pero un hombre de fe. Así tenemos que decir de san José, cuya figura se nos presenta hoy en el evangelio ya en la cercanía del nacimiento de Jesús. José dudaba, había cosas que no comprendía y se convertían como en un misterio en su corazón que al mismo tiempo por la duda se llenaba de dolor.
Nos sucede también a nosotros. En la vida en ocasiones se nos presentan hechos o acontecimientos que un poco nos descolocan en el camino que estamos siguiendo en la vida; cosas imprevisibles a las que nos cuesta dar respuesta. Nos angustiamos ante el futuro que se nos presenta, sufrimos en nuestro interior en nuestro desconcierto, nos vemos desorientados porque la duda nos llena de sospechas, nos duelen cosas que suceden a personas cercanas a nosotros en que también nos vemos implicados, no lo esperábamos.
Sentimos la tentación de tirar la toalla, como suele decirse, romper con todo para olvidar lo que nos sucede, sentimos desesperación en nuestra impotencia, nos hacemos preguntas en nuestro interior para las que no encontramos respuesta. Alguna vez en la vida pasamos por situaciones así o somos testigos de cómo eso le puede pasar a personas que están a nuestro lado. ¿Qué hacer?
Nos estamos mirando en esas situaciones por las que podemos pasar y lo hacemos partiendo de la duda por la que vemos en el evangelio que esta pasando José. Estaba desposado con María  ‘y antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo’. Era lo que no comprendía José, y podemos imaginar todo el dolor humano que rompería su corazón, todo lo que veníamos reflexionando de lo que sucede en nuestro interior ante las dudas e incertidumbres que se nos presentan en la vida que igual sucedía en el corazón de José.
Pero ya nos dice el evangelista que José era un hombre justo. Una hermosa alabanza que nos habla de la madurez humana de aquel hombre. El evangelio es muy escueto para hablarnos de José, pero cada vez que lo hace es para hablarnos de los problemas que se le iban presentando, pero también de cómo iba afrontándolos. Era un hombre justo que no quería hacer daño, aunque sufriera mucho por dentro. Ya sabemos como suelen ser nuestras reacciones tantas veces.
Pero José era un hombre abierto a Dios, un verdadero creyente para saber escuchar en su corazón lo que Dios quería manifestarle y lo que le iba pidiendo. Era importante el lugar de José en la historia de la salvación. Importante fue el Sí de María en Nazaret ante el anuncio del ángel, pero estamos bien qué importante es este Sí de José ante todo lo que está sucediendo donde él sabe descubrir los designios de Dios.
El evangelio nos habla con el lenguaje de la Escritura y de su tiempo para decirnos como Dios se le manifiesta en sueños. Imaginemos nosotros como queramos la forma, pero él ha sentido la voz de Dios en su corazón. Un ángel, nos dice el evangelista, se le manifestó en sueño para explicarle el sentido de todo. Lo que sucede en María es obra de Dios, es obra del Espíritu divino. El debe aceptar aquel misterio divino que se está realizando ante sus ojos porque de allí nos viene la salvación. ‘La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’.
Y nos recuerda el evangelista, lo recuerda José lo anunciado en la Escritura, ‘lo que había dicho el Señor por el Profeta: Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’. Y José, el hombre justo y el hombre de fe, dice Sí.
¿No tendríamos nosotros también ante la incertidumbre de lo que se nos presenta en la vida, ante esas preguntas sin respuesta que sentimos tantas veces, ante esas dudas que se nos presentan y que nos inquietan y hasta angustian, tratar de responder desde una actitud creyente? ¿Somos en verdad esas personas de fe que intentan descifrar la voz de Dios en los acontecimientos que nos suceden?