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jueves, 6 de marzo de 2025

Nos presenta hoy la liturgia cuaresmal una encrucijada, pero la Palabra de Dios nos deja las suficientes señales para no errar el camino de vida que hemos de tomar

 


Nos presenta hoy la liturgia cuaresmal una encrucijada, pero la Palabra de Dios nos deja las suficientes señales para no errar el camino de vida que hemos de tomar

Deuteronomio 30, 15-20; Salmo 1; Lucas 9, 22-25

Todos tenemos momentos en la vida que son como encrucijadas en las que tenemos que tomar decisiones que se convierten en importantes; cuando llegamos a una encrucijada significa que hay varios caminos delante de nosotros y tenemos que escoger, escoger el mejor camino y no equivocarnos. ¿Sabemos lo que encontraremos a lo largo de ese camino? En ocasiones no vemos sino el primer trecho, los primeros pasos. ¿Tenemos que adivinar lo que hay más allá? No se trata tanto de adivinar, sino de saber leer bien las señales porque son las que nos darán la dirección apropiada. Muchas son las decisiones que tenemos que tomar en la vida, sobre nuestro futuro, sobre el sentido que le queremos dar a lo que hacemos, con quienes vamos a hacer ese camino, donde podemos mejor desarrollar lo que somos y nuestras capacidades, y así muchas cosas.

Apenas iniciamos ayer el camino de la cuaresma con la imposición de la ceniza y la invitación que escuchábamos desde la Palabra de Dios a adentrarnos dentro de nosotros mismos para poder adentrarnos en Dios. Hoy se nos hace un planteamiento serio, se nos pone en una encrucijada ante la que tenemos que comenzar a tomar decisiones.

Es lo que le planteaba Moisés al pueblo que había venido conduciendo por el desierto en aquel camino hacia la libertad, hacia la tierra prometida desde la liberación de Egipto y en el momento en que van a entrar en esa tierra que Dios les da. Es momento también de tomar decisiones, ¿qué va a hacer de sus vidas? ¿Cuál camino van a escoger? ¿Serán como los otros pueblos u optarán por el camino de vida escuchando y siguiendo lo que es la voluntad del Señor? ‘Hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal’. ¿Escogerán el camino que les lleva a la vida y a la bendición?

Pero es también lo que Jesús viene a plantearnos en el evangelio del día. Primero les anuncia claramente cual va a ser el final de su camino. Habiendo vivido la experiencia jubilosa de las multitudes que seguían y aclamaban a Jesús – podemos recordar diversos momentos de su predicación por Galilea – resulta en si mismo chocante que Jesús les anuncia que ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. En otros momentos en que Jesús hace este mismo anuncio el evangelista nos dice que les costaba comprender e incluso insistían en que eso no podía pasarle.

Pero sigamos con el texto de hoy, tras ese anuncio que hace Jesús nos viene a decir ¿queréis ser discípulos míos? Ese es el camino de entrega que también tienen que vivir. Y nos habla Jesús de negarnos a nosotros mismos, de ser capaces de perder la vida para poder ganarla; nos está diciendo que nuestro camino tiene que pasar por el amor y cuando amamos de verdad seremos capaces de olvidarnos de nosotros mismos por ese amor que les estamos ofreciendo a los demás. Y Jesús nos está diciendo ¿seréis capaces de vivir un amor así? Claro que primero nos ha dicho que porque el vive un amor así será capaz de morir para que nosotros tengamos vida.

Es la encrucijada en la que nos encontramos. Porque es cierto que es importante el amor para nosotros, pero algunas veces centramos el amor solo en amarnos a nosotros mismos. No nos dice Jesús que no nos amemos, todo lo contrario, porque en alguna ocasión nos dirá que amemos a los demás como nos amamos a nosotros mismos y lo que no queremos para nosotros no podemos quererlo ni desearlo para los demás. Pero ese amor tiene que tener una progresión en nosotros en que ya lo importante será el amor que seamos capaces de ofrecer a los demás.

Vayamos poniendo los cimientos de este camino cuaresmal que estamos iniciando, estemos atentos a las señales que nos irán apareciendo para no desviarnos de ese camino  podamos llegar a vivir de verdad la pascua.

domingo, 11 de agosto de 2024

Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

 


Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

1  Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

¿Quién no habrá tenido alguna vez un momento duro de la vida en que agobiado por los problemas o las mismas dificultades de la vida no habrá querido morirse? Enfermedades que parece que no tienen remedio, problemas familiares a los que no encontramos solución, problemas económicos con los que nos vemos en la calle sin ninguna posibilidad, dificultades de entendimiento con los que convivimos, problemas en los que quizás nos hemos metido y en los que ahora nos vemos cercados incluso por el prestigio que perdemos ante los que nos rodean… No lo habremos vivido así con esa intensidad como para desear morirse, pero si habremos escuchado gente de nuestro entorno que se siente así y muchas veces no tenemos ni qué decirle.

¿Por qué me hago esta consideración que pudiera parecer un tanto extrema? Es que de eso nos ha hablado la primera lectura con la situación en la que se encontraba el profeta Elías. Se va al desierto y se quiere morir; se ve acosado por la autoridades de Israel porque él proclama y defiende la fe en Yahvé como único Dios y Señor, mientras pretenden imponer la religión de los baales contra lo que lucha denodadamente; pero se siente impotente, se quiere morir. Pero el ángel del Señor se le manifiesta tras aquellos sueños que él deseaba que fueran de muerte, para encontrarse una hogaza de paz y una jarra de agua junto a su cabecera sintiendo la invitación de comer para seguir adelante. Más tarde tendrá la experiencia de Dios en el Horeb sintiéndose ya con fuerzas para volver a su pueblo y seguir con su lucha por la auténtica fe del pueblo de Israel. Ha recibido un alimento de Dios, que no solo ha sido recuperar las fuerzas físicas de su cuerpo extenuado, sino la fortaleza interior para continuar con su misión.


Ahora vamos a pensar nosotros en nuestra situación; no solo aquella descripción que nos hacíamos al principio de esta reflexión sino que podemos ahondar mucho más en nuestro propio interior, en nuestra lucha por la vida, en la situación en que nos encontramos en nuestra sociedad que no sabemos ni a dónde va ni en lo político, ni en lo social ni incluso en lo ético por la pérdida de valores que contemplamos que nos lleva también a una pérdida de la moralidad de la vida. ¿No nos sentiremos también extenuados e impotentes muchas veces donde parece que todo se nos vuelve oscuro?

Y es aquí donde tenemos que escuchar el evangelio de hoy. Jesús nos sigue hablando de un pan de vida que comiendo de él tendremos vida para siempre. Pero ¿realmente de qué se trata? ¿Qué es lo que nos está ofreciendo Jesús? Recordamos que la gente cuando comenzó a hablarles de todo esto le pidió que les diera siempre de ese pan. ¿Sería como la petición de la samaritana que pedía de aquella agua que bebiéndola ya volvería a tener sed, pero era para no tener el trabajo de venir cada al pozo para sacar agua? ¿O estarían pidiendo pan gratis como el que les dio Jesús en el descampado para no tener que buscar donde ir a comprar pan cada día?

Creo que podemos entender que Jesús quiere referirse a algo más que eso. Alimentar la vida no es solo comer unos nutrientes para que nuestro cuerpo se mantenga vivo y podamos seguir haciendo las cosas. No siempre lo entendemos pero ese alimento se refiere a algo más hondo que realmente nos dé ganas de vivir, nos haga vivir y vivir en plenitud, porque le encontremos un sentido a la vida, a lo que hacemos, a nuestros trabajos, a lo que son nuestras relaciones con los demás.

Es encontrar esa fuerza interior y esa sabiduría que nos haga levantarnos cuando estamos decaídos, que nos ayude a encontrar la luz cuando todo parece oscuro, que nos dé respuestas cuando parece que nada tiene sentido, que nos haga encontrar esa fortaleza para mantenernos en la lucha porque seguimos creyendo en nuestros valores, que eleve nuestro espíritu cuando nuestro vuelo y nuestras metas se hagan demasiado rasantes para aprender a tener altos vuelos en la vida, esa gracia para no sentirnos hundidos cuando nos agobien los problemas, a saber poner alegría en el corazón aunque muchas sean las penas porque con optimismo creemos que es posible transformar todo eso.

Por eso los cristianos somos las personas más alegres del mundo con una alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar, no nos dejamos morir sino que queremos vivir pero es que además queremos contagiar de vida al mundo y a cuantos nos rodean. Es que tenemos a Cristo que es nuestra vida, nuestro pan de vida, y con El sabemos que por muy oscuros que sean nuestros caminos tendremos vida para siempre.

Para eso Jesús se hace Eucaristía, así estará más cerca de nosotros porque comiéndole a El lo tendremos en lo más hondo del corazón. Sí, es el pan vivo bajado del cielo para que comiéndole tengamos vida eterna. Esa vida eterna que vivimos en el ahora de nuestra vida, que pone amor en el corazón, paz en nuestro espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino, cada día, en cada instante. Por eso la Eucaristía no es simplemente un rito que realizamos, es una vida que asumimos, porque es asumir la vida de Cristo, vivir la vida de Cristo, vivir a la manera y en el sentido de Cristo.


sábado, 10 de agosto de 2024

Saber morir para saber dar vida, grano de trigo que si no se entierra sabemos que queda infecundo, entender lo que es ser creador de vida desde el morir a nosotros mismos

 


Saber morir para saber dar vida, grano de trigo que si no se entierra sabemos que queda infecundo, entender lo que es ser creador de vida desde el morir a nosotros mismos

2Corintios 9, 6-10; Salmo 111; Juan 12, 24-26

Es preciosa la flor de una planta y sabroso será el fruto que luego recojamos y comamos, pero ¿nos habremos parado a pensar en todo el proceso previo para poder llegar finalmente a saborear el fruto? Desde la semilla que se entierra para que pueda germinar y que de alguna manera es como morir a sí misma para poder hacer que surja una vida, como todo el proceso de crecimiento con sus cuidados correspondientes, la belleza de la flor que un día como que desaparece para que pueda hacer surgir lo que será el fruto que ha de llegar a su correspondiente maduración. Nos comemos el melocotón, por decir una sabrosa fruta, pero no pensamos en todo ese camino para llegar a ser ese sabroso fruto que así vamos a degustar.

Hoy Jesús nos habla de una semilla, como tantas veces lo hace en el evangelio, pero nos dice que la semilla tiene que morir para germinar. Pero no se queda Jesús en la materialidad de ese proceso de la naturaleza sino que nos está haciendo una comparación con nuestra vida. ¿Llegaremos un día a ese estado de la fruta madura como fruto de lo que hemos hecho o vivido? Lo podemos pensar meramente en el aspecto humano de la persona, del sentido de nuestra vida, de lo que hacemos y de lo que somos. No podemos simplemente vegetar, estar ahí porque nos ha tocado estar ahí, como un cañaveral que está en un barranco o un zarzal que se enracima por la pared o por la ladera.

Estamos llamados a dar un fruto en esas obras que realizamos con las que no solo estamos haciéndonos a nosotros mismos sino que estamos siendo fructíferos y fecundos para los demás y para el mundo en el que vivimos; en lo que hacemos nos vamos plasmando, vamos dejando nuestro ser, nos hacemos creadores y creativos porque vamos repartiendo vida, vamos haciendo que nuestro mundo tenga vida.

Desde nosotros mismos estamos alimentando la vida de ese mundo en el que vivimos; no somos unos zánganos que simplemente nos aprovechemos de lo que hay en ese mundo o de lo que hacen los demás. ¡Qué hermoso cuando encontramos ese sentido para nuestra vida! ¡Qué satisfacción más honda podemos sentir dentro de nosotros mismos!

Claro que eso significará también un proceso que hemos de ir realizando en nuestra vida para que haya ese crecimiento y lleguemos a esa madurez. Comenzamos por no centrarlo todo en nosotros mismos, encontraremos el sentido del amor como donación no solo como satisfacciones que recibimos de los demás o nos lleguen por los sentidos. Y ese sentir esa nueva vida, ese nuevo sentido de vida en nosotros algunas veces se nos vuelve doloroso porque habrá que arrancar muchas raíces de egoísmo o de orgullo que se nos van metiendo en los entresijos del alma. Y eso cuesta, como doloroso es el parto que hace hacer una nueva vida.

Por eso hoy Jesús nos hablará de ese morir a nosotros mismos para alcanzar la plenitud de la vida. Es lo que nos va describiendo de lo que significa seguirle, ser su discípulo, vivir ese camino nuevo que nos está señalando. Será costoso pero podemos sentir el gozo del amor del Señor que se derrama y derrocha sobre nuestra vida. Y eso nos hará generosos en nuestro amor, en nuestra entrega, en nuestra capacidad de servicio para los demás.

Hoy en la liturgia se nos están ofreciendo estos textos de la Palabra en razón de la fiesta que celebramos, San Lorenzo Mártir. Cuando lo recordamos a todos nos viene a la memoria la imagen de la parrilla en que fue martirizado, pero quizá no tenemos en cuenta todo lo que hay detrás en su vida; aunque era procedente de España sin embargo él era un diácono de la Iglesia de Roma, con el Papa Sixto V que precisamente hemos celebrado hace unos días. La función del diácono era la del servicio, sobre todo en la atención de los pobres y necesitados con lo que aportaban los cristianos de la Iglesia de Roma.

Después del martirio del Papa la voracidad del emperador de Roma quería apoderarse de los bienes y de las ‘riquezas’ de la Iglesia. ¿A quién reclamar? Al diácono Lorenzo como administrador de los bienes de la Iglesia. Y Lorenzo reunió a todos los pobres de Roma y se los presentó al emperador diciendo que esos eran la riqueza de la Iglesia. La reacción fue el martirio de Esteban, precisamente en ese tormento del fuego, por lo que es presentado con esa imagen de la parrilla.

Esteban bien conocía el pasaje del evangelio que nos ha dado pie hoy a nuestra reflexión, del grano de trigo que si no se entierra y muere no da fruto. No temió por su vida, sino que la entregó libremente, como había hecho Jesús en su subida al Calvario, porque así sabía que obtendría una vida que dura para siempre, la vida eterna.

Ahí tenemos el fruto de la vida de Lorenzo. ¿Seremos capaces nosotros también de llegar a dar esos frutos porque vivamos el sentido de este evangelio?


jueves, 27 de abril de 2023

Jesús es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, verdadera plenitud a mi existencia, de El tenemos que alimentarnos para tener vida para siempre

 


Jesús es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, verdadera plenitud a mi existencia, de El tenemos que alimentarnos para tener vida para siempre

Hechos 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

En la lógica de nuestros razonamientos humanos hay cosas que nos parecen imposibles y aunque en nuestros sueños y deseos aspiremos a otra cosa, lo desechamos como irrealizable y no queremos pensar en ello. Aparte de lo que disfrutemos con la comida, sin embargo quien alguna vez no habrá pensado ojalá comiéramos algo que ya no nos diera hambre nunca más, porque es una lata eso de tener que estar buscando o preparando comida cada día. Pero nos razonamos y nos decimos es imposible ese sueño, porque cada día el organismo necesita alimentarse para poder recuperar sus fuerzas vitales y tener vida y no nos queda más remedio que repetir ese acto de ingerir alimento cada día y a cada determinado tiempo del día.

Pero mira por donde hoy nos habla Jesús de un alimento que El nos ofrece y que nos dará vida para siempre. Les ha hablado del pan bajado del cielo, y los judíos han recordado el maná, pan bajado del cielo también lo llamaban, que les dio Moisés mientras caminaban por el desierto rumbo a la tierra prometida. Pero ya Jesús les dice que comieron el maná, aquel pan bajado del cielo, y sin embargo murieron. ‘Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron…’

Jesús ahora quiere hablarles del verdadero pan bajado del cielo. ‘Yo soy el pan de la vida… este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera’. Y nos está diciendo que ese pan de la vida es El mismo. A los judíos les costaba entender por la literalidad con la que interpretaban las palabras de Jesús. Pero hemos de reconocer que a nosotros, a pesar de ser algo que hemos escuchado muchas veces y en principio parece que aceptamos con facilidad, en la realidad realmente también nos cuesta entender. Y lo digo desde la experiencia de la importancia que luego le damos a esto en la vida de cada día.

Es un alimento que va más allá de un pan material, pero igual que representamos en esa imagen del pan todo lo que es alimento que nutre nuestro cuerpo, también tenemos que pensar no solo en lo que nutre nuestro cuerpo sino lo que nos alimenta como personas, lo que nos hace encontrar un profundo sentido para nuestro vivir.

Sí, queremos tener un sentido de vida, nos preguntamos por qué y para qué, nos preguntamos por el sentido de nuestra vida, nos preguntamos por el valor de lo que hacemos y también de lo que vivimos, no queremos una vida vacía, una vida sin sentido, queremos una profundidad, una razón profunda para nuestro vivir. Esa es la buena nueva de Jesús, ese es su evangelio, eso es lo que nos ofrece Jesús.

Cuando decimos que creemos en Jesús es mucho más que decir que conocemos sus milagros, conocemos su vida, sus andanzas, lo que fue su pasión y su muerte, que sabemos porque lo hemos escuchado muchas veces lo que nos enseña, y digo mucho más porque no son solo conocimientos que iríamos acumulando en nuestra memoria como quien acumula libros en una biblioteca. De nada nos valdrían todos esos libros acumulados en una biblioteca si no nos han enseñado a vivir. Y eso es lo que viene a significar Jesús en nosotros, en nuestra vida; nos enseña a vivir, nos abre un camino, una senda, nos da un sentido y un valor, nos engrandece dándonos la mayor dignidad a nuestra persona, encontramos nuestro verdadero valor.

Ese es el alimento que Jesús nos da. Por eso nos dice que El es el pan de la vida, el pan de mi vida, que da valor y sentido a mi vida, que da verdadera plenitud a mi existencia. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’. Tenemos que alimentarnos de ese pan, tenemos que alimentarnos de Jesús, tenemos que comer a Jesús y tendremos vida para siempre. Podría salirse de todas nuestras lógicas humanas, como decíamos al principio, pero nos lleva a la más honda sabiduría que solo podemos beber en Jesús.

 

sábado, 1 de abril de 2023

Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios, pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades para que haya auténtica Pascua

 


Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios, pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades para que haya auténtica Pascua

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

Estamos en las puertas de la semana santa y seguramente cada uno se la ha programado según su manera de entender o según las prioridades de la vida. No hemos de escandalizarnos por la deriva que toman muchos en estos días, pues refleja por una parte la pluralidad de nuestra sociedad, los agobios muchas veces en que vivimos donde tan pronto tenemos la oportunidad de escapar de ellos hacemos la carrera, por así decirlo, claro que también a los cristianos que somos más conscientes de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano nos tiene que hacer pensar hasta donde llega el evangelio a nuestra sociedad.

Quizás tendríamos que preguntarnos si la Iglesia, si nosotros los que nos sentimos más cristianos, estaremos realmente siendo evangelio para nuestra sociedad de hoy. Quizás, aunque nos quejemos con mucha facilidad de la falta de evangelización, tendríamos que preguntarnos en qué medida somos evangelio para el mundo que nos rodea, hay una buena noticia en nuestras vidas, en la forma incluso que vivimos nuestros actos religiosos que llame la atención al mundo de hoy. Quizá tendríamos que revisar muchas cosas empezando por la forma en que hacemos las cosas.

¿Estaremos siendo en verdad un interrogante para el mundo que nos rodea por lo que descubre en nosotros? ¿No nos puede estar sucediendo que tampoco nosotros hemos terminado de entender lo que ha de significar Cristo en el mundo? Algo muy cruento es lo que vamos a contemplar y celebrar en estos días, pero lo terrible es que lo hayamos convertido en un espectáculo donde luchamos los unos contra los otros por ver con cuanto más esplendor lo vamos a presentar. ¿Habremos convertido la sangre preciosa de Cristo derramada por nosotros en un oropel más que es como un adorno en este mundo de vanidades en que vivimos? ¿Nos hemos fijado en cual es la carrera que hacemos en estos días en nuestras iglesias, en nuestras procesiones, en nuestros monumentos? ¿Huele a evangelio o solamente se queda en el perfume del incienso que derrochamos en estos días? ¿No podría haber ahí algo, o mucho, de contradictorio?

El evangelio de esta mañana de sábado en las vísperas de la entrada de Jesús en Jerusalén nos habla de aquellos preparativos de la pasión. Sí, fueron auténticos preparativos. Habían llegado noticias de lo sucedido días atrás en Betania con la muerte y la resurrección de Lázaro; cómo las gentes estaban entusiasmadas con aquellos signos de Jesús y los principales dirigentes de Jerusalén andan con el miedo en el cuerpo. Podría haber revueltas, podían actuar los romanos con mano dura, y aquello podía ser anuncio de destrucción. Algo tenían que hacer. En ello estaban deliberando.

Fue el sumo sacerdote el que dio la clave. Claro que hablaba según sus intereses, pero no sabía El que con ello se estaba cumpliendo el plan de Dios. ‘Uno tiene que morir por todo el pueblo’, anuncia el sumo sacerdote. Y ya el evangelista nos dirá que con ello se estaba anunciando la muerte de Jesús que iba a ser para nuestra redención, nuestra salvación. Moriría Jesús no solo por el pueblo de Israel, en habitación de males mayores con la intervención de los romanos, sino que moriría por todos nosotros.

Es lo que desemboca en los acontecimientos que se suceden, como iremos contemplando en estos días. Es el anuncio, sin saberlo ni comprenderlo el sumo sacerdote, de una nueva pascua, de un paso de Dios en la muerte de Jesús. Y es lo que nosotros vamos a celebrar, es lo que nosotros tenemos que llegar a vivir. Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios. Pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades. Es algo que en verdad tenemos que interiorizar para que en verdad desde unas actitudes nuevas, desde algo nuevo y distinto que estamos llamados a hacer, podamos convertirnos en evangelio para el mundo. Es un nuevo anuncio que tenemos que hacer, pero no será con palabras y gestos rebuscados sino desde el mundo en que nosotros nos sintamos transformados por ese paso de Dios por nuestra vida, desde esa Pascua que tenemos que vivir con toda autenticidad.

¿Qué tendremos que quitar, corregir, cambiar para no quedarnos en la banalidad de lo superficial, de lo suntuoso, de lo que está tan lejos del evangelio del Reino de Dios? Con sinceridad ante Dios preguntémonoslo y demos pasos de mayor autenticidad en nuestra vida.

jueves, 30 de marzo de 2023

Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre

 


Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre

Génesis 17, 3-9; Sal 104; Juan 8, 51-59

Nadie se quiere morir, queremos vivir, aunque en ocasiones la vida se nos haga dura, problemas, enfermedades, luchas y contratiempos, soledades y abandonos… queremos vivir. Y sabemos de la realidad de la muerte, un día se nos acaba, porque se debilita, se consume y se apaga, porque nos aparece una enfermedad, porque vamos gestando esa muerte según el uso, digámoslo así, que le damos a lo que vivimos, porque de repente un día nos llega el final.

Pero queremos vivir, queremos prolongar la vida, queremos disfrutar de la vida. Y ante eso hay diferentes posturas, desde los que te dicen la vida son cuatro días, aprovecha y disfruta todo lo que puedas y de ahí saldrán las diferentes maneras de entender ese disfrute, o queremos que aunque la vida se nos apague dejemos una huella, una semilla, y serán los hijos, será la familia, serán esas obras que vamos creando con nuestro trabajo, será lo que podamos ir haciendo por ese mundo en que estamos para que otros puedan vivir mejor. Se reflejará así la responsabilidad con que la asumimos, o la pendiente de la superficialidad por la que nos podemos dejar caer.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de que El nos puede dar una vida que no se acaba, no verá la muerte para siempre. Y allí están los entendidos de siempre poco menos que burlándose de Jesús y de alguna manera lo están considerando como un iluso cuando habla de estas cosas, porque todos tienen la experiencia de lo que es el morir. Pero es algo de lo que Jesús nos hablará muchas veces. Es necesario confiarnos en El, es necesario creer su palabra, es necesario vaciarnos de tantos sin sentidos con que vivimos muchas veces para que en El descubramos el sentido hondo profundo que le quiere dar a nuestra vida. Que no son solo las sumas de los años que podamos acumular en nuestro calendario particular. Es algo hondo que tenemos que descubrir desde lo más profundo de nosotros mismos.

¿Cuál es precisamente la buena nueva, la buena noticia que El quiere transmitirnos? Nos quedamos muchas veces en nuestros prejuicios, en lo que nosotros nos decimos que creemos desde siempre y no terminamos de ver ese sentido nuevo que Jesús está ofreciendo a nuestra vida. Nos preguntamos tantas veces para que vivimos, por qué vivimos. Nuestra vida no se puede quedar en acumular cosas que un día de nada nos servirán porque al final todo se va a quedar ahí y ni siquiera sabremos disfrutarlo bien. ¿No recordamos la parábola que un día nos propuso Jesús de aquel hombre ambicioso que porque un día tuvo una buena cosecha que llenó sus graneros y bodegas pensaba que ya todo lo tenía y le llegó la hora de la muerte y todo se quedó atrás?

Son otros los valores que hemos de sembrar en nuestro corazón que verdaderamente enriquecerán nuestra vida. Jesús nos está enseñando que la vida no consiste en vivir para nosotros mismos; Jesús nos abre a otros horizontes en esas personas que hacen camino a nuestro lado y en ese mundo que tenemos de llenar de buenas cosas; Jesús nos enseña a hacer una siembra distinta con una semilla nueva que en verdad transformará el mundo; sembremos paz, sembremos concordia, sembremos entendimiento entre unos y otros, sembremos de generosidad el corazón, creemos verdaderos nidos de armonía donde todos nos sintamos valorados y queridos, hagamos regueros de justicia, de bondad, de unidad, regalemos palabras y sonrisas de amabilidad, y estaremos llenándonos de una vida que bien merece la pena vivir porque pondrá más felicidad en nuestros corazones.

Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre. Para eso El dio su vida por nosotros, aprendamos nosotros a dar la vida y tendremos vida para siempre. ¿No es así como le vamos a contemplar a El en la Pascua?

viernes, 13 de noviembre de 2020

Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

 


Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17, 26-37

En medio de otras muchas calamidades que estamos viviendo como nos sucede con la pandemia que nos está afectando poco menos que de manera universal, por otra parte nos llegan noticias de catástrofes naturales como consecuencias de tifones o de huracanes, como estos días hemos contemplado en Centroamérica o en Filipinas; de un momento a otro se desatan las fuerzas de la naturaleza y aparecen fuertes huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones de todo tipo, desaparición de poblados con sus habitantes y muchas cosas más. No terminamos de acostumbrarnos, y mejor es que no nos acostumbremos, pero las imágenes son escalofriantes y no quisiéramos verlas, pero ahí están.

¿Qué hacer? ¿Qué pensar? ¿Qué solución podemos dar? ¿Qué respuesta encontramos para todo esto con los correspondientes interrogantes que nos surgen por dentro? Como suele decir la gente muchas veces con mucha pasividad ¿contra quien nos rebelamos? Y hablamos de cambio climático, y decimos que somos nosotros los que estamos destruyendo nuestro mundo, que es consecuencia del desorden en que vivimos donde se multiplican cosas innecesarias que luego perjudican a la naturaleza y al mundo y de ahí vienen esas respuestas de que si poco menos tendríamos que volvernos de nuevo a la edad de piedra para no crear tantos contaminantes… son muchas las cosas que decimos, que pensamos, las soluciones que queremos dar pero seguimos preguntándonos ¿qué hacer?

No pretendo con esta reflexión dar respuestas que yo tampoco tengo, pero sí os invito a que busquemos con serenidad un camino de sosiego y que nos haga mantenernos en paz ante todo lo que sucede en nuestro mundo. Parece un poco que el evangelio que hoy escuchamos se alinea con estos problemas con lo que nos dice Jesús en un cierto tono apocalíptico del fin del mundo. Muere uno y el que está al lado puede escaparse de la catástrofe, no intentemos salvar cosas cuando lleguen esos momentos porque las personas son más importantes, hay algo que tendría que despertarse en el corazón que es la solidaridad con los que lo están pasando mal.

Y Jesús nos habla no tanto de intentar salvar la vida, sino más bien de entregarla. ¿Nos estará hablando de esa solidaridad que tiene que despertarse en nuestro corazón que nos llevará a darnos por salvar a los demás aunque nosotros perdamos la vida? ¿Será acaso que nos habremos ido construyendo la vida demasiado pensando en nosotros mismos, en disfrutar nosotros, olvidándonos del bien común que siempre tenemos que buscar y como entonces tendríamos que habernos preocupado más por el bien de todos?

Son pensamientos que me van surgiendo a la medida en que voy reflexionando sobre lo que hoy nos dice el evangelio pero sin olvidarnos de las situaciones difíciles en las que hoy pasamos también en nuestro mundo, en nuestra sociedad. ¿Será quizá una oportunidad todo esto que nos está sucediendo para que despertemos porque hay otra manera de vivir, hay otro sentido que darle a la vida? 

Los momentos difíciles por los que estamos pasando tendrían que hacernos pensar, hacer un parón en el ritmo de vida que llevamos – bueno la pandemia nos ha obligado ya a parar en muchas cosas – pero tenemos que intentar descubrir ese sentido nuevo, ese mundo nuevo que tendríamos que construir, porque ya vemos lo caducas que son las cosas, lo vulnerable que es todo lo que hemos construido que se nos viene abajo nuestra sociedad.

Hemos vivido en una loca carrera y vamos haciendo las cosas parece que sin pensar en sus consecuencias o cual es lo verdaderamente mejor que tendríamos que hacer; nos hemos hecho una sociedad muchas veces muy superficial que solo quiere vivir y disfrutar del momento, sin querer pensar en las consecuencias de lo que hacemos o de nuestra forma de vivir.

Es necesario que busquemos una luz, sepamos encontrar esa sabiduría de la vida que nos haga encontrar el verdadero sentido. Podemos seguir encontrándonos diversidad de pensamientos, de manera de entender las cosas o de enfrentarnos a ellas pero sepamos entrar en un diálogo verdaderamente humano que nos lleve a una verdadera humanidad, que quizás es mucho de lo que nos falta. No es fácil, pero tenemos que intentarlo.